domingo, 7 de diciembre de 2008

Hay más de una muerte - Ricardo Giorno


En un hotel de tercera, donde rezumaba desinfectante barato, la rubia permanecía en la cama. Desnuda, acariciándose los senos.
—Todavía siento que estoy vibrando —me explicó como si yo se lo hubiese preguntado.
La calle me susurraba por las rendijas de las persianas.
—Le regalé una rosa —dije de pronto. No tenía necesidad de hablar pero las palabras salieron solas— y me dijo que no era algo natural. Que le había dado una naturaleza muerta. “Si hasta las espinas le sacaron”, agregó.
La rubia dejó de acariciarse y se sentó. El pelo despeinado parecía de utilería. Me miró frunciendo el ceño. La calle dejó de susurrar para hablarme en voz alta.
—Entonces le regalé un libro de poemas de amor. “Seguro querés adoctrinarme; no te gusto como soy”, me dijo. Salí corriendo, buscando desesperado algo que regalarle. Me frené justo frente a una veterinaria. Un cachorrito todo ojos me miró con la tristeza que consigue el abandono. Pensé que la conmovería. Qué estúpido. “Los perros son el reflejo del esclavo feliz. ¿Eso pretendés de mí, que sea tu esclava sonriente?”. 
—No sé de qué estás hablando. —La rubia enarcaba las cejas, y su cara era un terreno donde el miedo y la sorpresa libraban una batalla.
Vení, me gritó la calle, si ya sabés la historia. Vení, perdete.
—Al borde del abatimiento me encontré una vez más buscando algo. ¿Qué hacer, por Dios? Vi el diamante engarzado en un exquisito anillo. ¡Este será el vencedor! Me dije. Sentado en el sofá, le extendí el presente. No bien lo tomó, ella se miró en las facetas de la gema. “No hay nada más material y frío que una roca pulida”. Levantó la cabeza. Me habló con los labios apretados: “Y los diamantes son para las amantes que trabajan de putas”. No, no, le dije yo, ¿cómo podés pensar eso? “Sí, sí, eso querés para mí, yo no me engaño”. Te digo que no, grité entre lágrimas.
Ahora desvió la mirada hacia el techo descascarado. Trató de peinarse el pelo rubio. Bajó los pies al suelo. La habitación, antes hirviente, se nos presentó gélida. Amenazante.
—Me arrodillé y ahí nomás me extirpé el amor, todo mi amor, y se lo regalé. “Muchas gracias”, me dijo en tono jovial, abrazándose con ternura, y se marchó.
—¿Y todo esto qué tiene que ver con nosotros?
—Es que no tengo nada para darte.
Salí a la calle y me perdí en la multitud.

Días en la noche - David Lagmanovich


A veces en la noche estallaba el día y era hermoso ver de pronto el sol entrando por la ventana y calentando sus pies ya inútiles bajo la manta escocesa. En la habitación seguía pesando el silencio, pero a lo lejos se insinuaba el canto de un pájaro y las hojas del aromo se movían levemente en el jardín. El hombre que había despertado con la eclosión del día volvía a cerrar los ojos y sentía en la piel la caricia de la brisa. Creía percibir un aroma a tierra mojada y por algunos instantes su imaginación le llevaba a los caminos azotados por la lluvia en el pueblo de su infancia. Percibía la respiración del enfermero, que dormía en la habitación contigua; sabía que al entrar en la habitación para tomarle la temperatura preguntaría si había dormido bien, y él no sabría qué responder. Mientras intentaba entrar de nuevo en el sueño, deseaba intensamente que se produjera otro milagro. Pero las lágrimas corrían por su cara y, mientras el día se desvanecía súbitamente en la noche, supo que no despertaría nunca más.

De Casi el silencio, Fundación Tiempo de Compartir, Tucumán, 2005
Tomado de http://convozpropiaenlared.blogspot.com/

Literatura light - Pavel Brito


Abres el libro. Hundes las nalgas en el sillón. Subes los pies al taburete. Las letras caen al piso despatarradas. Se sacuden. Caminan en fila india como hormigas negras. Te levantas. Sacas la lupa del segundo cajón del escritorio. Te acercas a los abecedarios que se aproximan con paso marcial a la cocina. La letra “C” está despeinada. La letra “O” arrastra los pies al caminar. Te acuestas en el suelo. Miras el microscópico espectáculo de cerca. Quisieras ir por la cámara de video. Subes a tu cuarto. Tomas la videocámara. Bajas las escaleras. Ves a tu hijo con sus amiguitos del parque, entrar como corsarios al abordaje en la cocina. Toman un poco de refresco y regresan a sus juegos. Las hormigas caligráficas se quedan pegadas en sus zapatos. Revisas el piso con minucia. Todo se ha vuelto letra muerta. Escoges un libro clásico, Las mil y una noches, sacudes las páginas. Lo pones de cabeza. Las letras están bien pegadas.

Acontecimientos inusuales – Javier Alfaro Martínez


Cada mañana, al levantarme, se repetía el mismo suceso. Un libro aparecía fuera de su lugar en mi pequeña biblioteca personal: “La metamorfosis” de Franz Kafka. Me lo cuestione en muchas ocasiones, ¿quién lo movía por la noche? Pero con el tiempo llegué a verlo como algo normal y rutinario.
Y así fue durante algunos meses. Hasta que un día el ejemplar apareció tirado en el piso. Cuando me acerqué a recogerlo observé atónito que una especie de coleóptero se escondía debajo del librero. Sentir que me miraba fijamente fue patético. Aunque más patética fue mi locura al pensar que se trataba del joven Gregorio Samsa. 
Por muchos días le proveí de alimento y agua antes de irme a trabajar. Cuando regresaba a casa, el enorme escarabajo se asomaba, me miraba con agradecimiento y se volvía a ocultar. Pero una noche, al llegar de mi jornada laboral, no se asomó. Lo busqué por todos lados sin encontrarlo. Había desparecido, al igual que la obra de Kafka. 
Traté de ser realista y razonable. Pensé que se trataba de un caso de psiquiatría. Pero al siguiente día, al salir de mi hogar, se me acercó un joven de aspecto raro. Me regreso mi libro, agradeció mi tolerancia y relativismo. Luego comenzó alejarse agitando, para despedirse, uno de sus cuatro brazos.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Tropos - Ricardo Bernal


Siempre es más tarde de lo que parece: el cosmos se apresura a terminar sus asuntos. Soy arcano sin número. Danzo en el vientre acuático del aire y mis manos se transforman en estrellas, en peces trágicos o en palomas picoteando la superficie de las apariencias. Si cierro los ojos soy un punto en el centro exacto del mapa. La esfera crece en todas direcciones y sus límites tocan otras esferas que no me atrevo a imaginar. Mi vida es un ancla y mi corazón un puño de tierra que me jala hacia la tierra. Por eso vuelo: recorro las situaciones y los días, conozco las escaleras y los atajos. En el agua, hay frente a mí una puerta de cielo invisible; en el cielo, hay frente a mí una puerta de agua donde la muerte es siempre un vuelo interrumpido, un acontecer de silencios y palabras deshojadas.

Lechuza Jezebel - Ademir Pascale


Natan, amigo y compañero de constantes borracheras, que te fuiste pronto, demasiado pronto, no sé adonde... Quién sabe si al cielo o al infierno. 
Lechuza Jezebel: nocturno y crepuscular ser que pasó a acompañarme en las noches de soledad, a vigilar mis pasos vacilantes y a posarse sobre mi hombro en las frías mañanas paulistanas, siempre antes de partir hacia los confines de lo inimaginable. Ave estrigiforme de rara belleza; murutucu, agorera, a veces mascota de Atena, otras, personificación de Lilith, ¿o sólo un pequeño y elemental demonio alado? Su mirada indiscreta y su irritante piar pasaron a perseguirme locamente, noche tras noche. ¿Preludio de mala suerte? Quién sabe, tal vez porque la consideré femenina, engañándome por completo, pues en una noche de tinieblas, después de mi borrachera nocturna, ella se posó astutamente sobre mi hombro izquierdo, provocándome un intenso desagrado, y antes de que yo le diese un fuerte y certero golpe con mi botella de whisky escocés, fijó sus ojos vitrificados en los cansados míos y, sin vacilar, como en una pesadilla escrita por el propio Poe, vociferó: "No te sientas solo; al cielo no fui invitado y del infierno escapé. Estaré a tu lado, viejo compañero, hasta el cercano día en que testificaré tu muerte..."

Leyenda urbana – Sergio Gaut vel Hartman


—¡Hola, Polaco! ¿Cómo va todo?
—Peleándola, ¿y usted?
—Cansado, pero por suerte lleno de laburo hasta las orejas.
—Me alegro. Nosotros no nos podemos quejar. ¿Qué le doy?
—Un cuarto, como siempre. 
—Almendras a la crema, chocolate y limón, como siempre.
—Exacto. ¡Cómo te acordás!
El heladero se concentró en su tarea, pero se movía de un modo errático, como si rumiara algo que quería desembuchar y le resultara difícil. De pronto levantó la vista y me miró fijo a los ojos, con expresión indefinible.
—¿Usa feisbuk?
—Bastante, ¿por?
—¿No se enteró?
—¿De qué?
—Es un invento de la CIA, un método para controlar a la gente. Lo espían, lo filman, registran qué piensa, quienes son sus amigos. Hay que rajarle al feisbuk, me lo dijo uno que viene a comprar helados acá y trabaja en la embajada yanki. 
—¡Macanas, Polaco! Una leyenda urbana más, como tantas.
—¡No! Usted mo me toma en serio, pero el tipo me dijo que tienen a todo el mundo agarrado de las pestañas. No hay salida. Sáquelo antes de que sea tarde.
—¡Por favor! ¿Cuánto el helado?
—Nueve.
—¿Aumentó?
—Y, no hubo más remedio; coletazos de la crisis global.
—Claro, entiendo.
Me dio pena que el Polaco tuviera un ataque cardíaco pocas horas después de esa conversación... tan joven... no había llegado a los cuarenta... y lo que más me molesta es que al nuevo voy a tener que explicarle que siempre, siempre, llevo helado de almendras a la crema, chocolate y limón. Tardan mucho en recordarlo.

El sueño - Bruce McAllister


Soy la soñadora, una muchacha de esas que leen mucho. De “imaginación desenfrenada”, como dicen mis padres y profesores.
En mi sueño, estoy bajando por una colina o por una antigua calzada pedregosa hacia la playa. Vivo en el campo. No hay muchos árboles, el mar es pequeño y muy azul, el sol de un brillo imposible. A mi alrededor, se extienden las paredes y pequeñas casas de un pueblo de pescadores. Todo está hecho de piedra y cal, y no soy una muchacha sino una mujer, la mujer que tal vez nunca pueda llegar a ser.
La brisa comienza a sacudir la ropa limpia tendida en una soga. No demasiado lejos, escucho llorar a un bebé. Observo, y allí, en el cielo azul, percibo el brillo de metal. Es un misil, lo sé, porque eso es lo que significa el brillo. Arrastra algo que va a florecer como el corazón de una estrella, y una vez que florezca traerá la noche al día.
Mientras lo contemplo, el objeto metálico explota en el cielo distante y empieza a expandirse.
Me arrodillo, cierro los ojos, dejo de respirar, hasta mi corazón se detiene. Se detienen la brisa y el llanto del niño, hasta que todo el mundo permanece quieto. Nunca hice esto antes, me digo a mi misma, aunque, por supuesto lo he hecho… porque yo soy la mujer, la que pude o no pude haber sido, no la muchacha que lo sueña.
Cuando me levanto y miro, la expansión se ha detenido. Se contrae y cierra, como una flor que pliega sus pétalos y, en un instante, el objeto metálico se forma de nuevo y el cielo vuelve a nacer. Observo, porque lo deseo, un brillo que indica que el objeto está retrocediendo en su camino hasta regresar al lugar del que surgió, en el horizonte.
Respiro. Cuando lo hago, la brisa regresa, la ropa se sacude ruidosamente en la soga, el bebé llora y continúo mi camino por la calzada pedregosa hacia la playa.
No se lo digo a nadie, no deseo que se rían de mí. 
Como no se lo digo a nadie, los hombres… esos que trabajan para el gobierno y saben qué países van a empezar eso y tienen razones para creer en dones como el mío, nunca conocerán mi existencia. Al no saber nada de mí, no me buscarán. Al no buscarme, no me ayudarán a convertirme en la mujer de mi sueño. Como no me van a ayudar a transformarme en esa mujer —aunque el mundo necesite de esas muchachas y mujeres para detener lo que se viene— mi sueño nunca se va cumplir. 

Título original: The Dream
Traducción del ingles: María del Pilar Jorge

La ebriedad de los mándalas - Saurio


Considerar la posibilidad de volarle de una patada la cabeza a una paloma al pasar, sólo como una demostración de que la crueldad casual es posible, y perderse en la imaginación de caras airadas de alimentadores y transeúntes que aman a un animal inmundo que engorda cucarachas con su mierda, divertirse en llevar el asunto a niveles mayores, iniciar una cruzada colombofóbica, promover la extinción de una plaga con mejor marketing que los útiles murciélagos, y en este sangriento paladear atravesar toda la plaza, con un sol crepusculeando en gris y naranja bajo la sombra de árboles de nombre desconocido, a metros del punto donde coinciden tres barrios disímiles, entre escapes colectivos, practicantes de tai chi chuan y picados en los polvorientos caminos, observar como siempre y desde siempre el culo erecto del bebedor de mármol brillando en la fantasmal luz, como un ojo acusador de sinsentidos o meridiano de puntos neuróticos, y allí olvidar la masacre para pasar a la orgía, cientos de mendigos borrachos tentados a la sodomía con una estatua andrógina que se ofrece sensual y falsamente inocente, hacerse la imagen de los rostros de los pasajeros de colectivos que recorren profusamente dos de las aristas de la plaza quienes observan horrorizados o incrédulos algo que parece absolutamente imposible que ocurra y de hecho es así.
Hundido en esta marisma de enfermos pensamientos sentir de repente y a espaldas una vibrante voz micrófona acompañada por chinchines, tambores y un zumbón órgano portátil de nombre impronunciable, descubrir que uno se ha convertido en involuntario bastonero de un desfile de hare krishnas, que cantan en sánscrito, aunque uno nunca sabe con gente que llama suntuosa cena vegetariana a un miserable plato de plástico con un puñado de arroz frío y porotos negros o lombrices picadas, apurar el paso y comprobar que ellos hacen otro tanto, intentarlo nuevamente y ver que tal acto es imitado, y así seguir en este juego de aceleraciones por más de cinco cuadras, brindando un extraño espectáculo a los que transitan a pie o en auto la avenida quienes no saben si reír o llorar al ver a un pobre idiota corriendo seguido por una multitud de pelados en túnicas naranja que trotan y cantan.
Sólo la brutal irrupción de un sesenta que avanza con la cegata convicción de los rinocerontes pone fin a esta persecución de cine mudo, que la rueda del bondi es más temible que la del karma, o simplemente sea aburrimiento o casualidad.
O tal vez sea que en este mundo hay vectores que llevan a las cosas a moverse y a estar en determinado sitio en un mismo instante de tiempo para conservar la perfecta armonía geométrica del universo, como cuando uno ve desde la calle a un japonés durmiendo en un sillón en el lobby de un hotel mientras un carnicero con su delantal manchado de sangre espía a través de la cortina metálica de su negocio.

La Otra - Carolina Di Bella


Supe de una mujer de mi cuadra. Solía andar bien vestida, como lista para una reunión o, quizás, una cita. Cada vez que yo pasaba a su lado, cada día, notaba en ella cierta inquietud. Yo no la conocía, aunque el verla a diario unos metros antes de llegar a mi casa la hacían parte de alguna parte de mi vida. 
Una tarde, el semáforo me retuvo de pie en la esquina de esa calle rota. Era verano, y el calor se me pegaba al cuerpo. Detenida en ese tiempo que pende de un cambio de color, me deshacía pensando en lo que aún no había hecho. Una frenada de un auto blanco me arrancó de mi sopor, y la vi que me miraba. Inmediatamente, esquivé sus ojos evitando que pasara a más. Me aturdía su constancia incomprensible en estarse allí. La mujer dio dos pasos hacia mí. Yo, que la advertía, no hacía más que fingirme una tranquilidad inventada. El color verde redimió mi angustia, y apuré mi marcha para cruzar la calle y alejarme ya de allí y de ella.
Supe de una mujer de mi cuadra. Solía andar bien vestida, como salida de una reunión o, quizás, llegando de una cita. Cada vez que ella pasaba a mi lado, cada día, notaba en ella cierta inquietud. No quería verme. Su impostora extrañeza, su actuado desconocimiento no lograban engañarme. 
Una tarde de verano, de esas que te lastiman los pies de tanto caminar, la vi en la esquina de mi cuadra. Iba como apurada aunque no podía correrse de allí hasta que el semáforo cambie. Sentía el temblar de su cuerpo, y sin vacilar, me acerqué unos pasos. Su corazón palpitaba en mi piel. Dibujé una caricia imaginada, y antes que pudiera hablarle, se escapó. 
Cada tarde de todo lo tarde que se acumula, la veo pasar. Nos vemos. Ella intenta ignorarme. Y yo sólo puedo estarme ahí, inevitablemente constante, y lista para cuando quiera escucharme.

Tomado de http://www.ocho-y-medio.blogspot.com

Nunca será mejor - Jorge X. Antares


—¿Cual es tu nick? —gritó el icono superheroico dentro del mundo virtual.
—Betty Frontpage —dijo la pícara muñeca en mitad de la pista de baile kaleidoscópica.
—Encantado. Soy Buster569 —contestó con una sonrisa de molde el musculado personaje.
Luego fueron a un apartado y tuvieron sexo salvaje. Se lo pasaron tan bien que volvieron a verse al día siguiente, y al siguiente,... y así pasaron seis maravillosos meses, y no todo era cibersexo, lo cual les sorprendió agradablemente.
Cada día quedaban a la misma hora y juntos navegaban por la web visitando islas de ensueño y tomando cócteles en románticas terrazas de lejanos mundos, contándose sus anhelos y recuerdos, compartiendo momentos pequeños, sintiéndose completos y felices al estar juntos. Todo era un hermoso romance hasta que él rompió el encanto.
—Quiero conocerte en la realidad —le dijo mientras la abrazaba.
Ella se quedó de piedra y empezó a sudar dentro de su traje de inmersión virtual. 
—No... No va a poder ser. Nunca será igual fuera. Las cosas siempre son distintas en el mundo real. Lo siento, Buster.
—Pero pueden ser mejor...
—No podría soportar una desilusión. La última vez pasé un año con medicación. Será mejor que lo dejemos.
—No, por favor, debemos... Buster569 no pudo terminar la frase. La conexión se cortó.
Betty Frontpage se quitó el casco y miró por la ventana. Nunca volvería a ver a Buster569. Le echaría de menos, pero sabía que había actuado correctamente. La contaminación ocultaba el cielo. Se le saltaron las lágrimas y volvió a ponerse el casco pidiendo un programa de olvido y de diversión extrema que la dejase extenuada y la sumergiera en un sueño sin pesadillas. Todas la historias deberían terminar con el "Y fueron felices y comieron perdices" y nadie tendría que preguntarse qué les pasó al príncipe y a la princesa el día siguiente de la boda.

Kalima – Claudia Suberbordes


Cierta vez los dioses primordiales encargaron a Kalima, la diosa del placer y la alegría, que creara para ellos un mundo lleno de belleza y esplendor, que les sirviera de morada y esparcimiento.
Pero Kalima, que es también la diosa del engaño y la ficción, decide jugarles una pequeña broma. De modo que crea en efecto un mundo maravilloso, y lo llena de bellos árboles, verdes prados, flores multicolores, montañas inmensas y ríos cristalinos, y lo puebla con toda clase de hermoso animales. Pero al final de su creación, la diosa toma un pellizco de tierra, lo amasa humedeciéndolo con su propia saliva, y moldea una figurita semejante a los dioses, creando de esta forma al hombre. Lo primero que el hombre ve es el rostro resplandeciente de la diosa, de modo que se dispone a adorarla como a su Creadora, pero entonces ella lo detiene diciéndole: 
—Tú también eres un dios, hijo mío, pues te he creado a partir de mi propia saliva, de modo que tu espíritu participa de la divinidad. No debes adorar a los dioses, sino tratarlos como a iguales.
Así fue como los hombres, creyéndose semejantes a los dioses, comenzaron a competir con éstos, tratando de ganarles en belleza, inteligencia o piedad, y en lugar de rendirles culto los despreciaban y se burlaban de ellos.
Sin embargo, los dioses primordiales no se atrevieron a quejarse ante Kalima, pues amaban el mundo que ella había creado, y temían que si despertaban la ira de la diosa, ésta destruiría el jardín de las delicias en el que los dioses tanto se deleitaban.
Así pues, los dioses toleran a las infames y soberbias bestiecillas que Kalima ha puesto en su mundo para molestarlos, pero cada vez que la diosa se distrae, no pierden oportunidad de darle un rápido y sorpresivo golpe a alguno de ellos, ocasionándole toda clase de desgracias y miserias, y luego huyen rápidamente, de modo que el hombre atribuye sus dolores a la mala suerte o al destino.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Auxilio - José Luis Zárate


Pude sentir cómo los huesos dentro de mi cuerpo se partían. Pude ver al conductor un instante, a través del parabrisas roto por mi cabeza. Luego miré el cielo desorbitado, el asfalto negro, las luces que se alejaban.
No, no, espera. No me dejes aquí. No sangrando, no roto, no solo.
Pero no hay respuesta que el silencio. Cada parte de mi cuerpo arde, duele, sangra. Pero hay silencio. El mundo no se ha llenado con mi dolor. Es extraño. Si muero aquí nada cambiará alrededor.
Mi mano está frente a mis ojos. No tengo ni una uña. Raro. ¿En que momento las perdí todas?
Me estremezco. No quiero morir solo. No quiero quedarme aquí, desangrándome.
Es mundo es cruel, al universo no le importa la cantidad de horror que debas beber. Si existe alguien, algo, no le molesta en lo más mínimo que deba hundirme en la agonía.
Miedo. No quiero estar solo. No quiero. Una luz azul, brillante. Un destello rojo. Hombres de blanco. Alivio. El universo no es tan malo. Tocan mi cuerpo, lo examinan, lo cubren, se lo llevan.
No, no.
No me dejen aquí. No me dejen solo.
Los fantasmas también necesitamos primeros auxilios.

No fear - José Luis Vasconcelos


El aire pasa a mi lado como un vecino comedido. Hoy es un día diferente. Piso una bufanda roja que está a mitad de la calle.
Algo ocurre. Basta de contemplaciones. Es hora de hacer mi trabajo.
Volteo. Un perro se aproxima y hurga dentro una bolsa de plástico que yace sobre el pavimento. El can husmea y encuentra algo. En el hocico del animal aparece una mano pequeña: de niño.
La gente que madruga —esa que llega temprano al mercado de Las Ausencias— se horroriza.
Alguien, no sé quién, descubre más allá —entre los restos de cáscaras de plátanos y naranjas— otras partes del cuerpecito mutilado.
Se entiende que iba descalzo, trozos de un pantalón de mezclilla vieja están hechos un envoltorio a los pies del poste que no pudo hacer nada. Más allá, un anciano muestra una camiseta ensangrentada con la leyenda “No Fear”.
Observo a los curiosos. Todos los que están ahí deben pensar que el sacrificado era uno de los pequeños indigentes que deambulan por las calles ofreciendo sus cuerpos a los turistas que les dan monedas a cambio de placer. Yo los he visto, cuando resuelvo asuntos en el parque de los Falsarios. Se sientan cerca de la fuente y lanzan piedras a las aguas turbias. Saben que llegaran hasta ellos.
Qué más pueden hacer si a nadie importan.
Ya la mujer regordeta encontró su torso y le cubre la cabeza con un periódico. Ahora todo es cosa de trámites. Uno llamará a la policía; otro a la Cruz Roja y algún compadecido traerá al sacerdote de la iglesia más cercana.
Y… el asco y la impotencia escurren por los rostros de todos. La tristeza no se desprende de sus ropas.
Saben que los únicos autorizados para levantar los despojos —antes deben reunirlos— son los peritos y los representantes sociales; pero estos aún no llegan y cuando lo hagan temerán cumplir con sus obligaciones.
En un día cualquiera —no como hoy— el desparpajo se desnudaría por estas calles. Allá los vendedores de ropa; ahí las mujeres que intercambian chismarajos y cupones de descuento. El verde vestido de los vegetales. Los rojos y amarillos en pieles de mangos y manzanas. Hace tanto que no pruebo un fruto así.
Pero esta mañana —gris por la presencia indeseable de un ventarrón— el ambiente está cuajado de tristeza: de puestos que apenas se sostienen por sí mismos y cajas que hasta las ratas abandonan.
Me gusta merodear. No sé. Excusas para retardar mi labor. Ganas de perder el tiempo, como dicen aquí.
Pero hoy parece que todo duele más. Ninguno de estos mirones podrá conciliar el sueño. Verán las partes mutiladas de ese pequeño sin amigos y sin nombre. La pesadilla les perseguirá: ni dudarlo.
Los motores de los camiones que transportan las frutas y verduras rugen enfadosamente en la bocacalle. Esa joven cuelga racimos de plátanos en las afueras de su tendajón. Pese a todo, las cosas toman su cauce.
Un hombre tuerto se ofrece para cargar las bolsas a la mujer con brazos largos. Notas de música escapan entre el humo que sale de un restaurante.
El torso del pequeño todavía yace en el suelo; su cabeza, cubierta con el periódico.
La calle empieza a soltar malos humores. Un aullido se acurruca entre los postes.
Manos a la obra.
Cruzo entre la gente. Basta de contemplaciones. Hago a un lado el periódico.
Me inclino sobre el rostro del niño. Le sonrío. Se incorpora desconcertado. Casi llega donde acaban mis alas. Acaricio su cabello.
Es el mejor momento del día; lo que más me agrada de este trabajo. Tomo su mano: mientras ascendemos, sé que ya no dejará de sonreír.

No tengo nada contra usted - David Lagmanovich


No tengo nada contra usted, se lo aseguro. He frecuentado a muchos como usted, me he encariñado con algunos, y ellos me han acompañado a lo largo de la vida. Si le restrinjo el acceso a mis escritos no es por hostilidad, sino más bien para no fatigarlo, para que después no se me acuse de abuso o de falta de consideración. Es cierto que en mi juventud recurría mucho más que ahora a sus servicios. Pero la vida me ha enseñado que para mí su utilidad, perdóneme que se lo diga, no depende de que esté siempre dando vueltas a mi alrededor, sino de un factor que podemos llamar eficacia. Con esto no quiero ofenderlo ni hacerlo a menos: mi respeto por usted es absoluto. Podemos decir que lo considero indispensable, pero en dosis moderadas. Un gran poeta dijo que usted, cuando no da vida, mata. Y yo no quiero que me mate ni que mate mis textos, señor adjetivo.

De Casi el silencio, Fundación Tiempo de Compartir, Tucumán, 2005
Tomado de http://convozpropiaenlared.blogspot.com/

Autómatas - Pavel Brito


Detrás de la cortina de una casa de plástico color ladrillo, el pequeño autómata juega con su tren de juguete frente al fuego de isótopos de la chimenea. El maquinista lo saluda con oxidados chuchús. Diminutos pasajeros de cuerda toman el té y entablan conversaciones de engranes y tornillos. Papá Autómata lee el periódico de lámina plateada, sorbe su taza vacía de café, arquea las cuchillas que coronan sus ojos de microscopio electrónico. Mamá Autómata borda paisajes alpinos con sus dedos de máquina de coser. Un gato mecánico salta sobre una pelota repetidamente con movimientos autistas.
De pronto, el sincronizado tictactóc de sus corazones se detiene. Una tenaza gigante entra por la ventana. El colosal Dios Autómata otra vez le da cuerda a sus creaciones. La ciudad le llega a las rodillas de acero inoxidable. Afuera, las aspas de miles de dinamos dan vueltas y vueltas por todo el planeta. En cualquier momento darán las ocho de la noche, y un autómata más grande tendrá que desconectarlos antes de irse a dormir.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Banco Nación - Patricia Suárez


Me pasa que lo veo y no pienso de repente: ¿qué voy a hacer yo con este chico? Un amigo común insistió en presentármelo; porque él le habló de las ganas que tenía de conocerme. Esa noche estamos en una librería, donde quedamos en encontrarnos y de ahí nos vamos a comer a un restaurant vasco, en el que él había hecho la reserva y donde él paga la cuenta. Parte del tiempo durante esa cena me pregunto si lo que él quiere es proponerme un trabajo –él es editor- o si quiere acostarse conmigo. Quiero decir, en ningún momento se me va de la mente que él es un chico y yo soy una mujer. Pero quiero dejar la aventura correr: él me hace sentir bien. Cuando vamos a mi casa, las cosas quedan muy claras. Después de eso, empezamos a salir. 
Me envía mensajes diciendo que me extraña, me habla día por medio. Se interesa por mi vida; me pregunta sobre mi pasado. Es tan bueno todo lo que hay entre él y yo, que de pronto pienso que no puede ser cierto. Me pide que le acaricie la espalda a contrapelo. Me pide que no me aleje de él. Cuando salimos, él encarga el mejor vino, la botella más cara. Compro un perfume francés, muy bueno, costoso, para estar a la altura de lo que él gasta conmigo. Compro sábanas para mi cama, blandas, con bordados. 
El dice que quiere verme algún mediodía, también. Trabaja en una oficina cerca de mi casa. Tres veces a la semana hago cinco cuadras y tomo un café con él, en un bolichito. En la oficina le pagan un sueldo bajísimo y lo explotan ocho horas. Por eso, él se toma todo el tiempo que puede para escaparse de ahí. Y ese tiempo quiere pasarlo conmigo. Si por él fuera, dice, renunciaría al trabajo y se iría conmigo a una isla desierta. Pero no puede, tiene un hijo al que mantener, el que cría su ex esposa. No puede dejar el trabajo. Pidió un crédito al banco, me cuenta, para comprarse una computadora portátil. Pidió otro crédito, para arreglar la casa en la que vive desde que se separó. La madre le prestó dinero para editar a un autor, sacar un libro que él quiere sacar, de un autor que sólo él conoce. Como sea, me invita un fin de semana al casino, en una pequeña ciudad frente al río. Reserva un apart hotel, y se pasa parte de la noche jugando al black jack. No es un gran jugador; pero recupera lo que apostó. Duermo con él profundamente, siempre. Cuando despierto al día siguiente, me pongo a llorar: no puedo creer que alguien tan bello y generoso esté conmigo. Cuando él despierta y le cuento lo que me pasa, pide una botella de champán para desayunar. Soy feliz; sí, podría decir que soy feliz. 
Un día, el amor sigue pero el dinero se termina.
Me veo obligada a pagar las salidas, aunque ya no sean tan espléndidas como al principio. El está incómodo; como cualquier mujer, lo primero que pienso es que ya no me quiere, o no le gusto, o tiene otra. El quiere seguir con la vida de esplendidez, pero a mi costa. Yo no puedo sostenerla. Dejo de llamarlo y él deja de llamarme a mí. El amor se desvanece en el aire. Parece que nunca hubiera existido. 
Pasa el tiempo; la persona que me lo presentó me cuenta, como un chiste, que él había pedido además un crédito al banco para deslumbrarme, para enamorarme. Al principio, me siento halagada, como una princesa o algo así. Después, lo odio. ¡Qué estúpido, qué amor iba a sostener con créditos bancarios! Todavía, alguna cuota debe estar pagando…

Éxodo - Ricardo Bernal


I 
Mientras tú duermes, ellos entran por debajo de la puerta de tu habitación. Salen de los cajones desvencijados del guardarropa, o de las grietas dibujadas en los muros y desfilan por los senderos invisibles de las cucarachas. No hacen ruido. Son muchos: más de cien. Trepan por el buró. Algunos se hamacan en las telarañas de la lámpara. Otros se esconden detrás del despertador a besarse impunemente, o se meten a nadar en el vaso de agua. Los que pasan por detrás de los cristales de tus anteojos, se verían distorsionados si alguien los viera. Algunos se creen cultos y se meten a las páginas del libro que ahí yace para leerlo, pero sólo leen lo que tú llevas leído: tal vez quieren comprenderte. Es la hora del éter. La hora infalible en que se abre el telón de tus sueños y comienza el espectáculo.

II 
Después de hacer el amor, dos de ellos saltan a la almohada y luego se deslizan al interior de tus sueños. Tienen miedo. A los pocos minutos salen. Son de otro color, ligeramente verde, ligeramente amarillo. Saltan de nuevo al buró y convocan a los demás. Hablan largamente. Casi en silencio, como saben hablar. Su lenguaje no tiene vocablos, sólo gestos, aromas, uno que otro suspiro quejumbroso. Si sus palabras existieran serían larvas, pestañas, láminas delgadas y transparentes. Pasan los minutos. Tú roncas, metidote en tus sueños. Ellos están tranquilos: por el rombo de la ventana ven pasar a un avión que camina de puntitas, a las estrellas, a la luna lenta y frutal. A estas horas, la noche es un rumor de promesas secretas, un pliego de realidad prendido con alfileres para tapar el verdadero rostro del firmamento.

III
Faltan diez minutos para que suene el despertador. Ellos se forman en hileras geométricas, y de siete en siete van saltando a la almohada y entrando a tus sueños. Deslizándose, jugando serios y felices. Si tuvieran boca, sonreirían… Suena el despertador. Tú saltas como un hombre de resortes. Tienes dos ojos y dos orejas. Tienes párpados, pestañas, lengua y un sabor de huesos en el paladar. Luego te tranquilizas. Apagas la alarma, te sientas, tus pies ciegos buscan a tientas las pantuflas. Caminas hacia el baño. Al llegar frente al espejo y mirar tus ojos por fin bostezas perezosamente: lo que ellos ya sabían, lo que ellos esperaban. De tu boca salen más de cien cadáveres invisibles que se convierten en polvo antes de llegar al suelo. Pero también de tu boca salen más de cien almas que se funden con la realidad del nuevo día, que son el nuevo día. Un jueves más que te espera radiante afuera, como un esponjoso felino naranja de luz pura. 

Navegación a vela - Héctor Ranea


Después de muchos años de navegación, la vela iónica comenzó a sufrir el desgaste por los microimpactos permanentes y comenzó a disminuir su área efectiva. De alguna forma había que amarrar la Moby Dick a algún asteroide para repararla. El navegante indicó, a pocos meses de la nave, un asteroide estable que reunía algunas condiciones mínimas de supervivencia, así lo decían las cartas de navegación. No era lo ideal, pero estaba casi a mano. Pasaron los meses con lentitud dada la velocidad exigua del bajel, provocada por la disminución que preocupaba a los marineros. Al atracar en ese planeta enano, uno de los sobrestantes de proa creyó ver correr a un zorro entre las quebradas del asteroide pero, dada la duración del viaje sin gravedad, aún la mínima de este asteroide podría afectar al cerebro y provocar ilusiones o delirios, por lo que se restó importancia al hecho. La voz, sin embargo, se esparció, como en cualquier barco, en tiempo menor al que se tardó en ligar amarras al puerto improvisado. Durante los meses que llevó efectuar la reparación, hubo un excesivo número de avistamientos de serpientes, zorros y personas. El delirio se estaba haciendo demasiado común para ser simple producto de la casualidad. Entonces, decidido a actuar; el capitán se puso al frente de una misión de reconocimiento del planeta, llevándose consigo un par de oficiales y un personal de seguridad.
En un par de días de marcha, encontraron un enano vestido de una manera ridícula, rodeado de boas, zorros y, sentado a su lado, un patético personaje vestido de rey de sotas. Casi conteniendo la risa, aunque perplejos por la extraña apariencia de los personajes, los integrantes de la comitiva se acercaron al grupo estrafalario. 
—No teman, visitantes del espacio. Sabemos que nos abordaron pues están en riesgo sus vidas, así que no los consideramos una amenaza —dijo el enano con voz de niño.
—Yo leí algo sobre ustedes, pero confieso que nunca creí que pudieran existir —dijo el capitán con poca claridad en su dicción por el poco aire de la tenue atmósfera del pedrusco.
—Es que hace un par de años —el enano miró al resto de la corte esperando confirmación o rectificación— un aviador que por acá pasó se fue con esos cuentos a su tierra de ustedes.
—¡Un par de años! Al menos trescientos o cuatrocientos habrán pasado —exclamó el capitán en tono mitad docente, mitad abrumado.
—Nuestro asteroide es el centro del mundo, capitán. El Sol tarda casi doscientos años, de los que usan en su piedra para medir el tiempo, para darnos una vuelta completa —dijo el zorro, que era algo parecido a un astrónomo.
—Mas bien es al revés, le digo —dijo el capitán, pero inútilmente, porque para esto todos miraban al cielo, en el que un asteroide lejano tapaba al débil Sol. Ese momento místico pareció dejar a todos tranquilos. Al capitán y su tropa, al entender que los habitantes de ese guijarro no eran de temer y a los lugareños, que comprendieron que los alienígenas no venían en son de guerra o de conquista.
Una mujer que se sentó al lado del rey de sotas mientras todo esto ocurría, miró a los ojos al capitán Cortés. Eso fue suficiente. El pecho de ese varón se inflamó y mandó quemar la nave.
El pequeño príncipe y su boa no pudieron contener el llanto y una maldición entre dientes: ¡Maldito aviador francés!

Permiso - Sergio Gaut vel Hartman


Los problemas empezaron en cuanto se suicidó.
—¿Tiene el permiso?
Alzó la vista; el que le había hablado era un policía, con uniforme y todo.
—¿Permiso?
—La autorización; usted no es un muerto programado. Todos los suicidas llegan sin permiso, a la que te criaste. Ya me tienen podrido.
—Fue un arranque, no lo planeé. Malina me dejó y no pude resistirlo.
—No me importan sus asuntos personales. Acá sin permiso no entra.
El suicida bufó. —Está bien. ¿Dónde se saca?
—Eso se negocia con la encargada de admisión, cuando uno todavía está vivo. Usted salió tan apurado que ni la vio. Vaya y arregle eso.
Despertó en el interior de una ambulancia. Trabajaban sobre su cuerpo.
—Lo recuperamos —dijo un paramédico grande como un oso, apto para talar eucaliptos a mordiscones.
—Un intento frustrado —dijo la doctora, una criatura tan angelical que  dolía. Cuando el oso se dio vuelta ella acercó los labios al oído del que había intentado suicidarse—. La próxima vez sea más cuidadoso y no me ponga en ridículo. Ya le inyecté el permiso —agregó retirando la jeringa—. Ahora vaya.

Luminarias - José Luis Vasconcelos


Mi hermana y yo despertamos mucho antes de que amanezca y empezamos nuestro trabajo, bajar cada una de las estrellas que alumbran nuestras noches.
Es una labor pesada pero nos pagan bien. Y así nos vamos caminando de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de país en país y de continente en continente. Tenemos que apurarnos para que no nos agarre el día en plena acción.
Para facilitarnos las cosas, amarramos cada lucero con un hilo invisible que vamos jalando y lo enrollamos en su carrete. Cuando ya la tenemos en la mano la depositamos rápidamente porque si se toca unos segundos de más el brillo se le cae.
Cada una de ellas tiene su propia funda, unas son más grandes y otras más pequeñas, pero la mayoría son de cinco puntas.
Los estuches los lanzamos a los mares por los que vamos pasando. No tenemos que memorizar esos sitios, porque las gaviotas, antes de que anochezca, con sus graznidos despiertan a las luminarias y éstas empiezan a desperezarse, hasta que se incorporan tan rápido que parecen flechas de luz que se van a clavar en esos hoyos negros que tienen como asientos.
A veces, con la prisas, se nos olvida lanzar todos los astros a las aguas. Eso es lo más triste del trabajo, por eso algunos días cientos de bañistas encuentran estrellas de mar varadas entre la espuma de las playas, pero lo bueno es que cada vez que alguien pide un deseo nace una nueva, por eso a veces el trabajo se nos acumula.
Mi hermana y yo tenemos mucho tiempo trabajando en esto. El patrón dice que muy pronto nos dará un buen ascenso y nos juró que algún día formaremos una nueva constelación que le dará más brillo a la noche.

Un sueño ochentoso - Saurio


Soñado el 19 de mayo de 1986

Estoy parado en una esquina de Valentín Alsina o de alguna ciudad suburbana similar. Cada vez que piso con fuerza y me concentro comienza a aparecer un charco de agua sulfhídrica alrededor de mis pies descalzos. El charco se evapora ni bien saco los pies. Curiosamente, no tenía el clásico olor a huevo podrido.
El charco que estaba haciendo crecía y ya catarateaba dentro de una alcantarilla cuando aparece Isaac Asimov y me comienza a retar. Creo que me recrimina porque supone que me meé encima. En la calle hay mucho tráfico y le hago señas de que no lo puedo oír, pese a que lo escucho perfectamente. Por alguna razón, esta incomunicación me permite patotearlo:
—A vos, ¿qué te pasa, eh? 
Asimov se olvida de su enojo:
—No, nada, no pasa nada. —Se pone miedoso y servil, me invita a tomar algo en un bar. 
Me sirven un vaso de soda pero yo no tengo ganas de tomar nada, ni sentarme quiero, pero lo acepto. Cuando estoy por pegar el primer trago veo que hay una colilla de cigarrillo flotando en la soda. 
—Disculpe —le digo a Asimov y la saco. Vuelvo a intentar tomar la soda y descubro una caja de fósforos en el fondo del vaso. Me enojo. —Esto es demasiado para mí —digo mientras dejo el vaso en la mesa. Asimov me comenta algo sobre el mal servicio y luego empieza a burlarse de lo mal que dibujo. 
Salimos del bar y aparecemos en la vereda de la cortada Uriburu, en Adrogué, donde yo había dejado uno de mis cuadros secándose, porque lo que realmente estaba haciendo era pintar y no encharcar las aceras con SH2. Descubro que me robaron el cuadro. Le digo a Asimov (que para ese entonces había rejuvenecido unos cincuenta años) que corra para un lado y yo para el otro, así atrapamos al ladrón. Después de una cuadra o dos me doy cuenta de la inutilidad de mi plan y me pongo a llorar.
En la calle hay unos pibitos jugando. Les pregunto si vieron al ladrón. Una nena rubia me contesta con evasivas y fantasías. En la calle no hay casas sino negocios y están, por supuesto, cerrados. Me acerco a uno y pienso en el grupo neo-pop “Hilda” pero no sé por qué. No toco el timbre porque es de noche y voy a despertar a alguien. Alrededor del negocio hay un pequeño abismo pero sé que si caigo no pasa nada porque estamos bajo el agua. Lentamente despierto, quiero llorar por haber perdido el cuadro y por tener que pintarlo por tercera vez (?), pero no lloro. Luego me avivo de que todo fue un sueño, de que el original descansa sobre un atril y que no está terminado. Giro sobre mí mismo en la cama y tranquilo, vuelvo a dormir. No recuerdo lo que sueño después. Eso pasa.

La tía Amelia - Beatriz Pustilnik


A la tía Amelia no la podían ver soltera. Tan linda, pero ya tiene veintipico, decían como si fuera un pecado. El único que andaba solo era Ñeco. Tenía más de treinta, no había podido pasar de segundo grado y no se le conocían ni oficio ni trabajo. Ñeco, lindo como un muñeco, decía su mamá. Era el idiota del pueblo, pero soltero. La convencieron entre las cuatro hermanas y ella, que sólo tenía amor por un hombre misterioso de Buenos Aires, aceptó por cansancio. Se casaron, tuvieron una hija. Los domingos caminaban por el centro: Amelia alta y delgada con su tailleur entallado y zapatos de tacón, él, petiso, con el pelo muy corto y las orejas grandes. Iban tomados del brazo, sonrientes como si vivieran en el mejor de los mundos posibles. Ella bordaba para fuera, sus trabajos eran obras de arte. Él paseaba por el pueblo, tomaba una copita de caña en los billares, recibía una mensualidad de la familia que le alcanzaba para sus gastos y para el almacén. Un día Amelia no soportó más esa sonrisa, esa vida inventada, ese dolor enorme de haberlo perdido todo y se suicidó. Pobre Amelia, decía Mamá acariciando la hormiguita bordada en mi vestido.

martes, 2 de diciembre de 2008

El último hombre - Roberto Ortiz


¿Qué se hace cuando se es sólo un robot en un mundo de humanos?, se pregunta Raúl mientras empuja una silla de ruedas. En ella va sentado un anciano con uniforme de rayas, en su regazo hay hojas impresas con cuentos de ciencia ficción. Su nombre es X25, los robots lo han rescatado de un hospicio. Desde entonces Raúl le ayuda a comer, bañarse e ir al baño. X25 duerme. Su cerebro está conectado a Raúl mediante una antena. X25 no habla. Sus pensamientos se deslizan a través del espectro electromagnético. Raúl no es un modelo sofisticado, de hecho pertenece a la primera línea de robots que se han construido con fines domésticos. El asunto está en que Raúl piensa. Pero sus pensamientos están anclados al pesado material del que está hecho, de allí que no puede actuar con total libertad. 
Su primera misión fue en un albergue de niños entrenados para la guerra, cuando la existencia del mundo pendía tan sólo de un hilo y cuando cualquier motivo era suficiente para la aniquilación. Conoció pues la guerra, sus pústulas de paranoia, ambición y locura. Aquellos niños arrancados de su naturaleza eran como un enjambre de hormigas asesinas al acecho de un mundo que se autodestruía. Ya entonces, Raúl se pasaba las noches observando el cielo sin estrellas, preguntándose el porqué del hombre contra el hombre, el porqué de la demencia como punto de partida, el porqué de la vida como el juego más azaroso.
Luego fue enviado a la guerra. Allí fue cartero, repartidor de víveres y narrador de cuentos. Sus historias eran historias plagadas de esperanza, de paz, de anarquía. Historias mínimas que hablaban de las miserias del hombre, y al mismo tiempo, de su grandeza. Pero Raúl sólo era una máquina, así que la guerra continuó.
X25 despierta, mira a su alrededor y ve a Raúl mirar a través de los inmensos cristales. Raúl no está solo, a su lado hay otros dos. Los tres intercambian mensajes que sólo ellos entienden. X25 ve pasar estrellas y meteoritos. ¿Podrán ellos construir una nueva civilización? ¿A dónde van con tanta vehemencia? X25 dormita, cabecea. Intenta comprender el significado de los cuentos que tiene en mano. Tal vez nunca conozca el verdadero sentido de la esperanza, esa que aún en los peores tiempos reluce como una estrella amarilla.

Llamada indiscreta - Jorge X. Antares


La chica marcó el número desde la cabina de teléfono. Lo había hecho muchas veces anteriormente y sabía que así no la podían localizar. Una diversión inocente, al fin y al cabo, pensó. Dio señal dos veces antes de que la contestasen. 
—¿Dígame? —se oyó con voz de señora de mediana edad.
—¿Han puesto ustedes un anuncio de un perro galgo que se ha perdido?
—Sí, sí. ¿Sabe usted algo? Tommy es casi como de la familia. Los niños están que no viven...
—Pues sí... Le he atropellado esta mañana con mi coche —mintió la chica.
Al otro lado del auricular se oyó un silencio que casi se podía cortar. Después un sollozo desconsolado. La bromista no podía aguantar una risa maliciosa y siguió, seria, con su macabro embuste.
—Fue por casualidad al arrancar el vehículo. Oí el golpe y vi al perro tambalearse. Me dio tanta pena que sólo quería acabar con su sufrimiento. Le perseguí con el coche para rematarlo, pero me esquivó y le rompí una pata. No vea como ladraba la pobre criatura. 
Por el auricular se escuchaban gritos y lloros, que arengaron a la chica a seguir con su bromita.
—No se preocupen. Bajé del auto y le di un par de patadas para terminar con su dolor, pero nada. El animal sollozaba cada vez más y más. Cogí del maletero una lata con gasolina y se la eché encima. Luego encendí una cerilla. No vean que olor más horrible soltaba el bicho. Y unos aullidos.¡Qué aullidos! Menos mal que no había nadie en el descampado.
El auricular era un cúmulo de insultos y rabia. La bromista disfrutaba como nunca. Después el silencio.
—Tengo fotos de cómo quedó. Se las hice con el móvil. ¿Quiere verlas? 
Más silencio.
—¿Señora? ¿Está ahí?
Aun más silencio. La chica sentía un placer cercano al orgasmo. De pronto, se oyó una voz masculina por el teléfono.
—¿Tienes un jersey a rayas, una gorra negra y una bufanda granate?
La bromista se quedó de piedra. ¿Cómo podían saber que vestía así? A menos que...
—¿Te has quedado sin voz? Te estoy viendo desde mi ventana —continuó la voz con rabia contenida.
—¡Era una broma! ¡Sólo una broma! —sollozó la arrepentida joven.
—Mi madre acaba de sufrir un ataque al corazón. Sólo quiero que pienses una cosa... 
—¡Perdón, perdón, perdón! —sollozó la muchacha.
—…Sé quién eres. Así que huye. Huye, pensando que el día menos pensado nos encontraremos. Hasta ese momento, hoy, mañana, dentro de unas horas ¿quién sabe? Sólo piensa en esto, sé quien eres pero tú no sabes quien soy. ¿No crees que es divertido?

Nuestro padre - Bruce McAllister


Hay un sitio al que mi padre me lleva día tras día, un pequeño lago cuyo nombre no puedo pronunciar bien, para que pueda cazar las víboras, lagartijas y salamandras que adoro. Cuando mi madre se queja, a él no le molesta, ya no. A la mañana siguiente, nos levantamos —ella está gritando, con la cara retorcida de furia, tratando de golpearnos con los puños, las palmas de las manos, un perchero, cualquier cosa que pueda agarrar— y volvemos a salir de la casa. Los gritos de ella se desvanecen cuando cerramos las ventanillas del coche. Está parada como un jorobado, ahora con todo el cuerpo retorcido, en el sendero de entrada, diciéndonos que nunca llegaremos a nada, que un esposo decente y un hijo cariñoso nunca la abandonarían así, y todos los días.  
Nos alejamos y pronto estamos entre los árboles. Trato de atisbar el agua y, cuando lo hago, lanzo un grito:
—¡Allí está!
Y mi padre, aunque nunca antes me habló así, me dice:
—Sí, y estará allí todos los días, Brad... todos los días que vengamos.
A la mañana siguiente también nos levantamos y, aunque ella sigue gritando, apenas la oímos. La oímos cada vez menos cada día que pasa, hasta que no es más que un fantasma de pie en la escalinata del frente y nosotros, padre e hijo, somos reales, como la víbora de cuello anillado, tan pequeña y perfecta, y la gorda salamandra con sus manchas doradas, y la lagartija de panza azul que toma sol sobre la baranda rota, por encima del suelo húmedo que hace felices a las otras dos. Me las llevo a casa y las pongo en el terrario que me compró mi padre (aunque no tendría que haberlo hecho), el que guardo en la cabañita de secuoya (la que él me construyó) del jardín de atrás, donde nos sentamos bajo la lluvia para observar el agua que chorrea por las vigas, y reírnos, y cenar cereal servido en unos cuencos pequeños. La lagartija pestañea desde su pedacito de madera, debajo de la lámpara, detrás del vidrio. La salamandra se esconde detrás de su tronco. La víbora se asoma y también pestañea, como tratando de entender, y la lluvia no para hasta que cae la noche, y nos quedamos dormidos y nos despertamos cuando ya es de día y nos preparamos para partir de nuevo. 
Esta vez, cuando me vuelvo para mirar la casa, mi madre ha desaparecido. No tengo idea de dónde está, pero ya no podrá seguir encerrando a mi hermano en su habitación. Vuelvo corriendo para buscarlo, riendo y gritando. Ahora podemos llevarlo con nosotros. Él sonríe, regordete y casi tan alto como yo. No le gustan las víboras ni las lagartijas, pero quiere acompañarnos, y por supuesto que lo hace, y nos vamos con nuestro padre, y es como tocar el cielo con las manos.   

Título original: Our father
Traducción del inglés: Claudia De Bella y María del Pilar Jorge

Una misma sangre - Karina Sacerdote


Un ruido en la planta baja lo despierta. Mira a su lado y Sandra duerme.
Sigiloso toma el arma, oculta de la vista de todo el mundo, en el doble fondo de un cajón de la cómoda. Empuña el revólver y camina. Sin hacer ruido, comienza a descender las escaleras.
El asesino espera.
Juan baja el último escalón. Se paraliza ante la presencia del hombre que, armado también, le apunta.
Ambos, inertes con el dedo en el gatillo, se miran.
Juan piensa que ese hombre podría ser Ignacio, su amigo de la infancia. Sus ojos se parecen, los rasgos de su cara, la cicatriz del mentón. 
Duda. 
El intruso parece notar que Juan no es otro que el amigo que no ve desde hace treinta años. Parece que también vacila. Que duda porque quiere dudar.
El silencio persiste.
Ignacio se pregunta qué pasaría si le hablara, si le dijera que es él. En los ojos del intruso sospecha las mismas presunciones, el mismo miedo.
 “No, no puede ser...” piensa enfrentado al hombre que se ha vuelto un desconocido, una amenaza. Al mismo hombre que ya no se parece a nadie. 
Se descubren como suspendidos. Inmóviles, perplejos. 
Tiemblan. 
El estruendo de los dos disparos, que detonan al unísono, mata al silencio. Los cuerpos caen y la sangre de uno y otro forma un mismo charco. Una misma sangre. La misma que de pequeños los unió en un pacto de amistad hasta la muerte.

En el dormitorio Sandra enciende la luz y llama: ¡Ignacio...!

Desfaciendo entuertos II - Olga A. de Linares


Mientras nuestros héroes se enfrentan a la Gran Barrera de la Brevedad, y el Palantir da tono de ocupado, Pato y Gevidal toman Daiquiris extraterrestres, bien emponchaditos, en un perdido asteroide de la Nube de Oort, bastante chochos de la vida. (Aunque el narrador omnisciente sabe que la vieja y querida culpa judeocristiana ha comenzado a roer el alma de Gevi, por más que intenta ahogarla con brebajes exóticos. A la culpa, no al alma.)
 
[—Oiga, doña...
—¿Sí, don Saurio?
—Mire, usted será todo lo omnisciente que quiera, pero ¿por qué no se deja de dar vueltas y va al grano? ¿O planea hacer una tercera parte, también? ¡Lea el nombre del blog, caramba! No, si al final tiene razón Rasputila, ¿para qué están las normas si nadie les lleva el apunte?
—¡Para ignorarlas, claro! Somos argentinos, querido, y tenemos toda una tradición de desobediencia que mantener... Además, jovencito, exijo un poco más de respeto. Acá, soy Dios, y si me da la gana, lo borro de un teclazo... ¡Camine a cucha!
El personaje se retira, pero no sin hacer un gesto obsceno con el dedo medio de la mano derecha, que ella finge no ver. Al fin de cuentas, el maleducado tiene algo de razón: es sabida la aversión del Capo Máximo por las sagas interminables...]
 
—Pato...
—¿Sí, bebé?
—¿No te parece que se nos fue la mano con la broma?
—¿Broma? ¿Qué broma? —La-que-está-Más-Allá-de-la-Culpa lanza una carcajada digna del Guasón—. ¡Fue todo bien en serio! ¡Y se lo tenían merecido! A mí nadie me tira de las trenzas sin pagármelas...
—Pero los chicos nos querían...
—Daños colaterales... En la guerra y la literatura, ¡todo vale! Y dejate de lloriqueos, que la humedad empaña el Premio.
Gevidal empieza comprender el terrible error cometido al aliarse a ya saben quién. Ahora, ¿quién podrá defenderlo?
—¡Yo! —De una nube refulgente emerge una figura roja.
—¿El Chapulín Colorado? —se pregunta Pato, sorprendida a su pesar.
—¡Oh, Dios, el demonio! ¡Ha venido por mí! —solloza Gevidal, rasgándose las vestiduras.
—¡Ma qué demonio ni demonio! —vocifera Saurio.
—¡Ni qué Chapulín Colorado! —añade Olga. Debe reconocerlo, el rojo no es un color demasiado apropiado para ella. 
—¡Así os quería agarrar, desvergonzados! —brama Rasputila, que también se había subido a la nube-patrulla.
—¡Satanás! —chilla Pato, retrocediendo espantada.
—¡No me vengas con halagos, chavala! ¡Eso no te salvará! 
—¡Piedad, Gran Maestre, fue una joda para Tin-Elli, una bromita inocente...!
—¡Peor aún! —grita Rasputila. Su cabeza gira como si perteneciera a la protagonista del Exorcista, dejando ver su otro rostro, el del venerable Hartmanovich. ¡Parecen el dios Jano!—. Por mencionar a ese innombrable, te duplicaremos la pena. Deberás copiar un millón de veces las normas de envío, y recitárselas en el oído a cada refractario, hasta hacérselas cumplir a rajatabla. 
—¡Olguita, dame una mano, porfa...! Vos viste que siempre elogio los trabajos que presentás, somos colegas de teclado y, más importante aún, de género, ¡ayudame! 
—Si cooperás con el lustrado de las manzanas, prometo interceder por vos. Pero no te garantizo nada... Después de todo, si no fuera por mi misión a Río Negro, también estaría en Babia, como el resto...
—Pero, amorosa, sabía que estabas a dieta y que no comerías pizza ¿verdad?
—No le crea, alumna, los felones atrapados dicen cualquier cosa con tal de salvarse... Además, mientras ella cumpla su penitencia y sus compañeros estén reponiéndose, no tendrá competencia... —susurra astutamente Rasputila-Hartmanovich, buen conocedor del alma humana.
Aprovechando la vacilación de Olga, Pato empuja a Gevidal contra el Doble Maestre, y dando un salto prodigioso se sube a un monoplaza hiperdimensional que acaba de atracar en el helado muelle. Pronto está a años luz, aunque su carcajada maléfica, y la promesa que lanza, remedando a Terminnegger, sigue resonando aún en los oídos de todos los presentes. 
—¡Volveré!
 
De regreso en Taller 7, su sinceramente arrepentido secuaz colabora para crear el antídoto del hechizo. Luego, comienza a cumplir su castigo: ayuda a devolver envíos que no se ajusten a las formas. 
¿El Premio? Desapareció en el viaje de regreso a Joggwwartt. Misterio general. 
Solo el narrador omnisciente sabe quién aprovechó la confusión para apropiárselo. 
Y que, a estas alturas, la culpable está convencida de haberlo ganado en buena ley: si no fuera por ella, todos seguirían babosamente zombis. Y los villanos, tan campantes.

Emparedados - Karla Sandomingo


Entonces, 
llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, 
me zafé de su brazo y le hundí el hacha en la cabeza. 
Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
“El gato negro” de Edgar Allan Poe


Este espacio reducido se extiende ante estos ojos ciegos. En este espacio húmedo abro las garras y estiro las falanges. No hay fronteras. Todo es silencio; se puede escuchar el trago de saliva del otro, cascada en el fondo del estómago. Nos habita una gran cuenca, y ellos, ojos apagados, nuevamente sordos a la luz, sigilosos en un compás de espera, se arquean en el silencio y vibran los pellejos.
Desde aquella noche detenida enmudecí y mi cuerpo se untó en el muro. La humedad era propicia. Nadaba en el líquido de la respiración. Ya no era más que opaca sustancia que ronroneaba en el sueño de un rincón jamás habitado hasta hoy. 
Soy el gato. Ella, con un hachazo en la cabeza, ahí, adentro, escucha del otro lado del muro la voz triunfal de su marido después de emparedarnos. Desde la primera palada se hizo noche, y el sueño, eterno.

El negro y sus bolas - Juan Torchiaro


El negro se regocija con sus bolas. Las pasa de una mano a la otra. Las sopesa con delicadeza y es evidente que esto le proporciona un singular deleite. Acaso por ello sonríe mientras ejecuta tan grata tarea. Por momentos, sus movimientos parecen perder entusiasmo, entonces cabe suponer que dejará por fin de manipular, pero no, sólo modifica el ritmo para apurar sus maniobras, dotando así de mayor realce su jugueteo, al tiempo que se hacen más vistosos sus holgados calzones.
Bolas arriba, bolas de costado, hacia un lado y otro y vuelta a revolearlas, con primorosa cadencia, ahuecando la palma de sus manos. Sus largos dedos, oscuros y lúbricos, cumplen con el consabido manoseo. Mientras, el mundo se reparte en sus distintas versiones de primero, tercero y último; y el futuro, ahí nomás, revoleado, apremiante, en su mirada de bolas arriba, lisas y brillantes ya de tan sobadas, y bolas abajo, no del todo esféricas pero admirables en la armonía del conjunto, y boleo y revoleo de bolas. Hasta el instante de infausta distracción. Porque señora rubia, fascinada con las bolas, mordiéndose un cachito el labio, dispara flash de maquinita, y chau negro, encandilado, con mirada de rotas bolas, y sus bolas de malabares caídas, entre las piedras de la concurrida calleja colonial.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Anuncios y partidas - Luis Cortés


Adriana durante algún tiempo estuvo enamorada de Omar, quien a su vez estuvo enamorado de ella: amor de esos, fugaces e indoloros, en los que a cierta edad la vida acierta en enredarnos. Magda y Jaime vinieron después, y su divisa no era lo fugaz. Adriana se casó con Jaime. Magda fue a vivir con Omar.Esta tarde, Adriana escucha a Magda desde su sillón, fijos los ojos al frente, pero cada tantos pestañeos mira de reojo a Omar. A Omar ausencias constantes, Omar taza de café que no se acaba nunca, Omar risas de quién no recuerda un buen chiste. Siente cómo una tristeza profunda y lenta sube desde la taza de café a sus manos, ahora a sus hombros y desde ahí escurre por todo el cuerpo dejándola tan lejos pero aún en ese sillón frente a ellos, tan lejos del interés por el libro del que habla Magda, tan lejos de los brazos de Omar que ahora envuelven un cojín rojo, ridículamente grande y que casi le tapa la mitad del rostro al abrazarlo.
Adriana sabe que si alguien fuera capaz de tomar una fotografía de lo que es una despedida, al revelarla mostraría una imagen muy similar a esta: tres personas separadas por apenas centímetros pero que ya se hallan unos de los otros a una distancia que no hace falta medir en metros, sino tal vez en días, o en páginas colmadas de una letra apretada —críptica— que cuenta en el papel todas esas cosas que no se dicen ante una taza de café y dos pares de ojos.

Migajas - Patricia Suárez


Pregunta qué hice en estos días, le digo que fui al cine, elogio la música de la película. Enseguida critica a la cantante: “No sabe componer, hacer canciones, tiene buena voz y hasta está bien cuando interpreta canciones de otro”, eso dice. 
La banda de sonido era ella, un tema que repetía: las historias siempre empiezan, siempre están empezando: ¿quién puede decir cuál es el exacto comienzo?
Pregunta después si yo estoy saliendo con alguien y tardo en responder. Me quita la ropa, el vestido azul por la cabeza y admira los agujeritos de mis medias. De pronto está viendo mis piernas, mis medias como a la Octava Maravilla del Universo. ¿Cuánto hace que no nos vemos? Cuánto tiempo pasó? El no sabe, no se acuerda. Pero siempre estamos viéndonos, hace un año o más. Yo sé que él ve otras mujeres; él dice que conmigo quiere una relación diferente, que yo soy una mujer con la mente abierta. Que él me quiere. Yo pienso que estoy dándome con él un banquete de migajas. Migajas, nada más que migajas. Nada a lo que pueda echarle un buen bocado, sólo migajas. Conocerlo apenas, es conocerlo bien. Le digo algo de esto, tendida al lado suyo: que creo que seguiremos y seguiremos como hasta ahora, pero nunca terminaremos de pasar la incandescencia del primer encuentro. En cierto nivel, él es lo más cercano al amor que tengo en mi vida ahora, pero así y todo sigue estando lejos. Lo más cercano a una relación que tengo está muy lejos. El cree que es interesante lo que digo. Debe estar pensando en otra cosa cuando lo dice, me doy cuenta. Suelto unas lágrimas y él me abraza fuerte. Igual él tiene que irse y por eso dejo que se robe mis llaves.
Después, uno o dos mensajes donde no decimos más.
Yo quería ser lo más grande de su vida.
Pero nos pasamos todo este tiempo juntos como madrugadas en un bar.

Film - Ricardo Bernal


Los tres negros, lentes oscuros y dientes de oro, entran al restaurante chino cantando gospel. Cuando todos los comensales los miran, muestran sus revólveres y dicen las palabras mágicas: éste es un asalto, que nadie se mueva. Entonces, cuatro mafiosos rusos que comían tranquilamente sus sopas de cebolla, sacan las metralletas de sus estuches y encañonan a los negros. En la cocina, el chef busca la granada que tiene escondida en una de las alacenas. Afuera se oyen gritos, órdenes bruscas, el ejército alemán hace sus últimas maniobras: los toscos tanques entran como orugas por las principales arterias provocando el caos y el horror en las multitudes. De las tumbas de los cementerios cercanos y lejanos, comienzan a brotar zombis enloquecidos; huelen mal y no descansarán hasta comerse la última partícula de carne de la última vértebra del último esqueleto humano. De pronto los cielos se oscurecen: decenas de miles de platillos voladores han llegado a la Tierra; sus tripulantes, pegajosos y azules, mueven sus tentáculos y preparan sus sofisticadas armas de rayos láser para la guerra de conquista. En su hipogeo secreto, el lóbrego sacerdote lee en voz alta un libro de conjuros: Yog-Sothoth y Cthulhu despiertan de su letargo de eones y se filtran lentamente desde otro plano dimensional… Arriba, en su sala de controles, Dios se pone un guante blanco, abre una puertita transparente y se dispone a apretar, de una vez por todas, el botón rojo que destruirá para siempre este mundo tan aburrido.

Las siete maravillas del mundo - César Fuentes Rodríguez


Los hombres construyen por vocación de inmortalidad, con la esperanza de que el Tiempo, su gran rival, sucumba a un descuido imposible y no borre de un plumazo todo lo edificado con el sudor y la fantasía de cada generación. 
Pero se hace duro jugar con un contrincante que reparte cartas marcadas, decide las reglas y tiene la partida ganada de antemano. De modo que los hombres sólo pueden imponerse recurriendo al ilusorio expediente de considerarse "campeones morales", que —así piensan— suspende por un momento los dictados inexorables del azar. Elevan sus monumentos audazmente, y mientras el Tiempo está entretenido haciéndolos polvo, ellos corren a renombrarlos y así triunfan con un empate que ningún jurado puede discutir.
Las Siete Maravillas del Mundo nunca son las mismas, y por eso se sigue hablando de siete maravillas, como si desde el principio no hubiesen cambiado. Si el Tiempo hunde los Jardines de Babilonia en una ciénaga, los hombres vienen con la Torre Eiffel; si aquél desmorona el Coloso de Rodas hasta sus cimientos, estos se apresuran a postular el Observatorio de Arecibo. 
¡Curiosa raza, los hombres!... Acaso no sean tan tontos como parecen.
Con la desfachatez que da la práctica, hoy también se empecinan en presentarnos la lista de sus Maravillas. No os extrañéis si, en definitiva, pretenden otra vez que son siete.

¿Cobarde, yo? – Ricardo Giorno


Ayer te vi en mi propia casa, Liliana. Calentita, mezclando aliento con esa bestia peluda.
—Sos un chabón aburrido —me habías dicho—. Y la rutina me mata. —Después me echaste de casa—. ¡Cobarde¡ ¡Plomo sin huevos! —agregaste antes de cerrarme la puerta.
Y yo ahí afuera, aterido en la vereda, te observé a través de la ventana del living. Y mordí la bronca, carajo: me cambiaste por ese que sólo sabe mover el culo cuando vos tenés ganas, Liliana.
Hoy digo basta.
Al fondo del jardín se levanta el cuartito de herramientas. Yo sé dónde está la escopeta del abuelo.
Ahora vas a ver si soy o no soy cobarde. Te vas a arrepentir. Te vas a sentir culpable por el resto de tu la vida
Ya está; un cartucho, ¿Para qué más?
¿Me tiembla el dedo? Sí, pero no de cobardía, si no de deseo. Deseo verte la cara cuando la sangre comience a fluir, Liliana.
Entro a mí casa y el pelotudo no hace más que mover el culo. ¡Justo delante de mí!
Comenzás a gritarme, pero yo sólo escucho tus palabras anteriores, cuando me echaste: “aburrido”, “cobarde”, “rutina”.
Decidido, aprieto el gatillo. Y miro tu cara, tu boca. Mi deleite de tus ojos que se abren como nunca.
Te maté al perro, boluda. Ahora la única que va a mover el culo sos vos.
Pss, ¿cobarde, yo? No me hagas reír.
Me arrellano en el sillón, justo encima de la sangre. Apoyo la escopeta contra el respaldo. Te sonrío.
—Liliana, traeme un café doble. Afuera hace frío.
Vos por fin cerrás los ojos. Te pasás el dorso de la mano por ellos, y te vas para la cocina.