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lunes, 19 de noviembre de 2012

Piedras no olfatean - Federico Laurenzana


“Mi olfato no me falla.”

En un alto edificio sus escalinatas de piedra habían sido recorridas por tres niños que anhelaban llegar a la cúspide. Verla era deseable, aunque más aún situarse sobre ésta para contemplar lo bajo del mundo. Eran visiones que se ensimismaban –por altaneras- a quienes temían el ascenso mediante sus cinco sentidos, como si éstos les dijesen, les repitieran un riesgo.
Comenzaban escalón por escalón. Sobre algunos descansos no hubo albergue para los tres, y por eso uno debía seguir el paso. Seguros se sentían mientras a baja distancia del suelo se mantuvieron; inseguros se detenían –de vez en cuando- para mirar hacia abajo, aunque no había alejamiento suficiente como para satisfacer sus deseos.
Persistiendo, escalando procuraban no hablar ni propiciar diálogo alguno que reste un amuleto de valor sobre el cuello del compañero afligido. Es que eran sólo tres niños aventureros dentro de un deshabitado edificio jamás en funcionamiento. Y sin embargo, ellos ya no pensaban en retroceder por mero agotamiento o miedo amenazante.
En un solo día habían llegado al piso veinticuatro sabiendo que tras semanas al menos habrían de alcanzar el tercio del total. Pues cada uno medía ocho metros de altura. Y sin tener en cuenta los de dieciséis donde se habían establecido juegos.
Aún así, seguían.
Durante la primera semana, uno de ellos se había resignado y, los dos restantes, no lo vieron más. Creían que se había perdido, o quedado en alguna habitación recreativa. Asimismo, habían continuado sus escaladas. Es que no meditaban en que la altura podría ser un manto inalcanzable cubriendo la desfachatez de recriminarlos demasiado osados.
Durante la segunda semana, uno de los dos había susurrado que nunca llegarían, que no había sido pánico ni flaqueza alguna el motivo causante de su decisión. Y se detuvo en un balcón donde observó al primer compañero en desistir un poco más abajo, y mirando hacia arriba.
Un único niño se había encargado de cumplir el viaje hacia el trono sublime de la altura, hacia lo que le devolvería el poder de saberse premiado por un inusual denuedo.
Durante la tercera semana, él ya no insistía. Ya no había interés alguno en sobrexigirse y parafrasear junto a las nubes el divino ícono de censar a los de abajo suyo. Se había sentado junto a un borde para ver a sus dos amigos.
Al fin de cuentas, nadie había llegado arriba, nadie había sido presunto dignatario de demostrarse elevado. Aunque sí, las piedras de la escalera, porque éstas no sentían. Ninguna de sus percepciones era como la de ellos. No eran capaces de sentir y sufrir temor alguno. Cualquier aspecto del peligro jamás sería presenciado por ellas. Por esto no lo olfateaban como los niños, no podían decidir por su protección. Entonces quedaban siempre quietas, inmóviles una sobre otra.
No es que yo no las aprecie. No. No es que yo por haber sido el primero en detenerme las envidie. Es al contrario: pues desde tan baja altura veo la cúspide rígida. Y mis compañeros, afectados por la búsqueda de concederse prestigios, me miran. Están viendo hacia acá, cuando soy yo el que entiende y ve la más alta torre de agudo pico.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

lunes, 5 de noviembre de 2012

Curvado linealismo - Federico Laurenzana


Dentro de la curva de mi blanco pasillo nada ignora balancearse. Veces que invaden con la ilusión de verme lineal se trastruecan en veces imposibles. Cada roce convierte la blancura de la senda en homogénea realidad que nunca convence por indeseable.
Avanzo. Las redondeces de la pared se vierten como colas de unicornios caminantes. Se dilatan. Sus vueltas insosegables jamás perecen por pertenecer al rumbo de la verdadera rumia que contrae hasta desplazar cualquier intento de olvido. Es que somos uno, somos uno mientras piense lo contrario, mientras ufane el lineamiento del cuerno de los unicornios, o tal vez sus alas para atravesar los techos. Pero siempre manteniéndome en una recta dirección curvada.
No avanzaba realmente. Desde que había iniciado el caminar, ese pasillo angosto y blanquecino conducía hacia el primer pisar de los pisares a todas las andanzas. Y lo había notado. Lo supe desde que la historia de cuantos pasos di, doy o daré, se habían citado entre ellos para desprenderse de cuanto estuviera a mi alcance, lejos, alejado de cuanto pudiese dominar.
He estado en un pasillo curvo persiguiendo una linealidad, un lineamiento en el que la propia elección y su hecho se mancomunaran. Pero nunca lo he conseguido.
No lo alcanzaré por mayor pretensión jamás lograda, porque la división entre una línea y una curva –como emblemas de capacidad de gobierno y de imposibilidad frente a éste- continuarán presentándome como un débil potrillo. Como a un animal de carga quizás esta situación me haya dominado, hecho esclavo de todo antojo deseado.
Avanzo sin avanzar y sintiendo que los relatos idos y por venir de toda historia se desprenden desde cada protagonista como si el vuelo de un corcel alado usurpe desvinculando cada opción hecha.
Avanzo, aún cuando creo no perderme detrás de lo sabido, cuando persisto en hallar ese lineamiento dócil y dado para serme empleado. Y no avanzo cuando reconozco que la curva conduce hacia otra curva hasta los límites de mis ejecuciones optativas.
La linealidad curvada no será mi vida, entonces, será otra historia. Y éste es el real lamento del caballo cabalgado, pero no del unicornio.
Él vuela, hace y deshace a su antojo sin prescripciones ni réplicas. Ronda curvas libres pero siempre detrás de la línea de su cuerno director.

 Sobre el Autor: Federico Laurenzana

miércoles, 11 de febrero de 2009

Aureola - Federico Laurenzana


Pertenecía a la raza de quienes veían en toda sombra los vestigios de aquella luz. Las oscuridades se anidaban entre días y noches haciéndolos uno, indivisibles. La oscura, la lenta tenuidad de lo que podía verse era solamente el nido donde ningún ave brincaba por temer la pérdida de su regreso.
Nada ante la pusilanimidad del sol había quedado siendo reflejo —siquiera mermado— de las dilataciones luminosas. Nada. Todo oscuro refrán reinaba sobre la indiferenciación postergando su clarividencia restringida. Porque si bien ya habían estado presentes entre nosotros (de manera relativa), cuando habían cedido los solares, ya no se determinaban ni delimitaban sus restricciones usurpándolo todo. Y las caricias de esos tiempos sombríos hasta estremecían los bríos de los vientos cuando daban pulsiones en las aves.
Siempre había visto palomas, y siempre volando y provocando la liberación en sus pichones. Siempre las había visto. Pero nunca desde la muerte del sol.
Viendo un ápice de refulgencia en una aureola, creía ver el cielo entero y compuesto enteramente. La veía ingrávida y solitaria. Sola, vibrante parecía desplazarse desde un rincón hacia otro sobre el pleno espectro celeste, ya violeta. La había supuesto cortejando a la Luna, aunque pronto supe que se desconocían, que ya nada formaba parte de nada en el reino de los cielos. Es que la aureola ya era anillo, aro del oscurantismo cubriéndonos, manteniéndonos ajenos de cuanto allá sucediera. Porque quizá alguna trama se estuviese desarrollando. Pero una imprescindible, necesaria para el continuo día que sucede a otro día tras la noche.
Tal vez. No sé. Tal vez se reinicie nuevamente la continuidad de los extremos tonos que siembran con fuego, con hielo. O tal vez se inicie otra temporalidad hasta ahora desconocida donde no existan tonos, sino esculturas sembrando. Y quizá estas esculturas no siembren, porque cosecharán lo ya sembrado. 
Ahora lo único que puedo constatar con mi mayor lucidez son los repentinos vuelos de las palomas mensajeras. Como si ya no le prestasen atención a la desaparición del Sol, vuelan de nido en nido hasta alzarse en tropel hacia las alturas. 
Forman bandadas que llevan una plegaria, el mensaje. Quizás el mío, quizás el tuyo. Vuelan como nunca lo han hecho hasta desaparecer.
Y mientras espero cualquier respuesta, sé que hasta este momento jamás he visto el regreso de ninguna, la vuelta hacia sus nidos. 
Aunque advierta la respuesta en sus extinciones, como esculpiendo mediante sus travesías el tono final de tanta sombra, aún espero. Pero no el regreso del Sol; aguardo el de una paloma para verme deshecho junto a su ala desaparecida.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

sábado, 7 de febrero de 2009

Laboratorio - Federico Laurenzana


Siempre hasta que no hallan lo buscado, tendrán toda investigación con su impertinente interrogatorio perturbador. La búsqueda cuando ha sido regidora de demandas, ha sido apasionamiento de ciencia experimental entre apóstoles tubos de ensayo.
En los laboratorios nunca sé qué ufanan los científicos, mis empleados. No sé cuánto añoran siéndome nefasta la sospecha acerca de todos sus méritos. Quizá haya alquimia alguna —tal vez apenas certera— para contrarrestarles las frustradas ambiciones por conquistar una teoría nacida desde una sugestiva hipótesis allende la linealidad hasta ahora establecida. No lo sé.
Los laboratorios elaborados mediante científicos, con la mesurada, crítica y tan precisa dádiva arquitectural, postales de otro fin se me revelan, como paisajes de otro destino. Si no los veo adentro de cada una de sus miradas interrogantes, no es posible verlos. Porque nada de magias para descifrar hay en el acervo de un mirar que no demuestra la plena abstracción por asir un concepto trascendental.
Sin embargo, no comparto demasiado sus desesperanzas, sus temblequeos ante la enigmática desazón, no serenar sus miradas sobre la tubular cristalería rodeándolos. Y jamás en quien no la he visto, he vuelto a recordar.
Sépanme ciencia, laboratorio bajo continuo rodaje; sépanme labranza, cristales que en forma de tubos ya son cuanto anhelo pudiese desear. Es que un laboratorio soy. Como si fuese un sacerdote que atiende con ciencia docta, los tubos de ensayo son asequibles para quien busque. Porque jamás ha existido un resultado positivo, acertado, sin el empleo de mí.
Laboratorio soy para que de mí quiten las resoluciones o verdades de cada esperanza, de cada boca abierta e inmuta que aguarda gritar el silencio al descubrir que su voz es sostenida, comprobable.
Y cuando ya propagan sus leyes, ya lejos de mí, ya para mí extraños por haber sido su pasada clínica, me desconsuelo y hermetizo.
Me detengo, pero no callo. Porque en quien continúa soy, dentro del campo de experimentos pasionales, el confesor y compañero cuando los interrogantes saturan todo atisbo en espera fenomenal.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

jueves, 29 de enero de 2009

Madera e imán - Federico Laurenzana


Dentro de la cesta nadie sabía cuánta fluorescencia residía. Desde afuera se la veía opaca, tenue calibración entre la descalibrada orfebrería de quienes sabían acerca de sus contenidos. Desde afuera, más lejano, distante y ajeno, se la contemplaba indistinta, semejante al resto. Aunque sin embargo, el anciano que había llegado con un pequeño trozo de madera e imán hasta la tienda, dijo ver más.
Cuando había estado junto a los hombres de roble, le habían dicho que las propiedades de la madera eran auténticamente desvinculares. Que ningún otro mineral u organismo inerte se plegaría sobre su dorso como las sombras contra los cuerpos durante la noche. La habían notado desde siempre aislada, aunque dócil; perenne hasta que algún insecto u otro existencial le quitase parte de sí para acumularla o utilizarla según fines particulares. Y tanto la habían descripto que él, quien jamás había advertido la cualidad más evidente de ésta, les había pedido una. Y le fue dada.
La cargaba debajo del manto de lana que lo cubría, la ocultaba ante cualquier mirar extraño e incauteloso, la cuidaba. Pequeña madera y con las mismas propiedades que poseían los robustos robles, era su obsequio, y adoración más enaltecida.
Buscaba el anciano. Al recorrer los bosques en busca de elementos singulares, hallaba en cada región de campamento uno más dispar que otro; pero nunca tan elocuente como la madera. Buscaba ya el anciano alguno que equivaliera lo que el primero había significado. Buscaba, y tras tanta fe aventurera —si es que haya alguna que no lo sea— encontró sobre una montaña restos de imán. Y había escogido uno.
No hubo nadie quien le comentara sobre éste, nadie quien le explicara las propiedades de atracción. Y no hubo otro sino él para aprenderlas y valorarlas cual autodidacta solitario ante un tesoro deslumbrante. Lo había notado con ligeras idas hacia los metales (las escasas monedas que portaba), lo había confundido hasta tal punto de creerlo con vida por su desplazamiento. Es que era, este imán, el único objeto hallado hasta ese entonces dotado de inquietud, y hasta de imprevisibilidad si no fuera por anticipar su recorrido tras ver algún metal cerca.
Al volver descendiendo, escalón por escalón desde las cimas, cargaba dos elementos a los que debía protección. Realmente no sabía por qué, pero sentía debérsela.
Entre la diversidad de cestas que había distinguido en la tienda, sólo había ido hacia una, la que veía estridente, como conteniendo vahos de polvo verde, fluorescente. Había anunciado esta singularidad al resto, pero nadie lo escuchó. Aún así, dirigiéndose como río hacia su catarata, se acercó, la abrió y arrojó ambos elementos adentro, la madera y el imán.
Nada pudo ver en donde la emanación de candencia luminosa lo irritaba, lo cargaba hasta forzar y cerrar los añejos párpados que ya no se estremecían sino frente a los manantiales que su fe indicaba. Y sin ver había cerrado la cesta, hasta creer justo el momento de la respuesta.
La había abierto y retirado la madera. Cuando la cerraba había recordado el imán y su velocidad para adjuntarse a los metales, aquellos restos de la batalla que lo habían dejado sin descendencia ni rey a quien confesar sus presagios. Había rememorado las espadas blandiéndose sobre cabezas hasta dejarlas sin cuello, sin vida, viendo a esas etéreas formaciones verdes disiparse desde los muertos. Esos vahos que como bruma fluorescente se despedían y como si almas de cada cuerpo caído fueran. Y había dejado el imán, prefiriendo olvidarlo junto al resto de sus conciudadanos que habitaban dentro de esa cesta.
Volviendo sobre sus pasos, habiendo concluido su tarea a medias comenzaba el inicio de los vestigios. Porque aún anhelaba reconstruir siquiera un árbol sobre aquella montaña oriunda. Volviendo sobre sus pasos, cargando el pequeño trozo de madera sabia, estaba seguro de que el imán estaría quitando cada estocada hecha en las almas descorporeizadas. 
En cada paso, el anciano supo la importancia que le daría comenzar una capilla con esa madera, la elemental razón para reconstruir.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

domingo, 25 de enero de 2009

Caverna de abstractos - Federico Laurenzana


“…me hace cosquillas con sus ojos como ella sabe hacerlo 
y me ataja el miedo ese que tengo de morirme.”
Juan Rulfo

Desde que había llegado, el frío le balbuceaba a mi aislamiento ideario. Las estalactitas me señalaban polémico sin que yo les opusiera mi calor al haberlo dejado tras mi última ensoñación mundana; remota exaltación que jamás pude concretar. Afectado por sombríos espasmos me deberán creer aquellos cuando hube decidido habitar acá, cuando hube rechazado a mis percepciones sensoriales para albergarme en la plena abstracción. Me refiero a aquellos, no a esa mujer quien había desplegado sus saludos a pesar de la demacrada observancia que le había dirigido cuando partí.
Conos sembrados desde los ramilletes de mis cláusulas se repartían en el techo. Eran dispares cuerpos de los que yo me distanciaba para volatilizarme dentro de mis especulaciones. Distrayendo a mi concupiscencia, me elevaba para evitar el leve temblequeo del suelo, el verdín del umbral y las antojadizas flores que se empecinaban para que yo apreciara sus pétalos variables. Puesto que había optado por sentir en este mundo al del más allá, al otro tan ponderado, había tratado de deshacer nimios cruzamientos con los estímulos bajos. Y había llegado a desafiar en este infierno a sus propagadores de todo género encerrándome en una cueva donde sólo mis ideas incontaminadas residiesen.
Hasta el último cambio matizado de una semilla en fruto que no pude desconsiderar, no necesité confesiones de arrepentimiento; hasta la póstuma brisa que erizó su vigencia ante mis desdenes, me creí conforme. Eran las insinuaciones hacia un retorno —adecuado a mi interés— que no supe advertir, y que solo aquella mujer, al buscarme y encontrarme, lo explicó con el mensaje de un único parpadeo. Cuando se hubo disipado su efímera visita, hallé el incontrolable deseo de hablarle. Sabía que sus ojos parlantes no pertenecían a lo palpable, sino a lo incorpóreo.
Tan sólo desde entonces salí de mi caverna sabiendo que sobre esta tierra, sobre estas mismas hierbas, reencontraré a esa mujer, a la enviada de los ojos etéreos. No lo sé: quizás, al poseerla, se unan los dos mundos y yo resurreccione.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

lunes, 12 de enero de 2009

Giros - Federico Laurenzana


Treinta y seis números (y algunos más con pleno significado) dividen mi cuerpo. Son partes que asemejan ser reglas, únicas variables, patrones del corpóreo girando. Un eje gira y hace que gire. Me hace girar, ruleta, en veloz rapto para recibir una bolilla, para darle una designación o número.
Desde que había comenzado a dar vueltas, nadie había podido distinguir ni diferenciar las casillas en movimiento. Los gestos se paralizaban donde los vértigos decidían las fortunas, las multiplicaciones. Y una mano se acercaba.
Desde que se iniciaba la giratoria carrera, los dedos contenían una bolilla, un volumen pronto a ser volcado. Y cuando ya sobre mí se detenía, poco restaba para que se precipitaran los jugadores.
Treinta y seis. En la casilla trigésimo sexta caía la bolilla, se definía, se le atribuía un destino. 
Pero creo que mientras giraba, ella se quedó demasiado tiempo sobre una frontera y se sintió completa. Porque aunque más de treinta y seis partes compongan mi totalidad hay una estructura. Hay límites de madera, como si fuesen una cuadrícula con diagonales. Es una estructura lo indispensable de todo orden, de todo régimen donde haya partes que asignan.
Entre la primera y segunda caída obtiene un significado. Ningún jugador observa que un límite es su destino para ser, su fin. 
Y ya fuera del borde, de esa frontera entre una casilla y otra, está perdida. La bolilla no se pertenecerá. Son los números, las partes -en vez de las estructuras- sólo los únicos registros de los jugadores después de todo giro.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

jueves, 8 de enero de 2009

Captura - Federico Laurenzana


Durante varios siglos inmodificables, leía en los vacíos márgenes sin capturar. Veía en cada contorno de página un escudo siendo frente, vulnerable y frágil del libro, de los libros inaccesibles.
Nada sabía de aprehender, de asimilar desde palabras un símbolo, un signo, un significado para retener. Había abierto y cerrado tomos en la biblioteca creyendo que podría encontrar lo revelado en estos. Y cuando ya había elegido a varios se los llevaba pronto. 
Leía. Ya había alcanzado la última frase y notaba que nada de tanto sustantivo adjetivado con aceleradores corceles de verbos hípicos quedaba en él. Nada. El lector, el simple mirador deshabitado de observaciones, dejaba el libro junto al resto. Repasó los títulos, y nada. Releyó índices, y nada le indicaban más que títulos con números de calculados silábicos. Tanto se había apesadumbrado por su ineficacia que estuvo a punto de dejar sus ambiciones letradas. Pero lo asaltó el recuerdo de una frase que lo movilizaba a continuar. 
La oración fue compuesta mediante partes dispares, según la cadencia cayendo sobre su conciencia, su presente. Tras reconstruirla había vuelto a leer el primer libro escogido, y fue entendido, capturado en su plenitud, hecho presa. Es que cazaba con la creencia, pues creía en sus lecturas.
Daba con su arma, y hallaba puntos vulnerables para hacer puntadas, para retener. Hallaba otras armas, y mientras persistía con su descomunal caza había cada vez menos sitios donde depositarlos. Ya necesitaba un aula, un salón, un recinto rodeado por los estantes donde sus varias armas apuntaran hacia el centro. 
Necesitaba nutrir, siempre iba a conseguir su objetivo donando parte suya, dando siquiera el señuelo que sería uno de sus miembros. Y brindaba libros, la biblioteca. Lo hacía para atraer hacia sí a lectores distraídos, buscadores de páginas seductoras. 
Se mantenía firme. Rígida, exponía sus estantes ante todos aquellos que se acercasen, que quisieran apreciar alguna inusitada nota voceando una tónica imprevista y fatal. Ella bien conocía su oficio: ser hospicio infrecuente y animado de lectores. 
Varios siglos atrás había sido construida, elaborada para servir. Varios anaqueles proveía para quien se acercara. Aunque no variaba en modificaciones respecto a su trato con los allegados, advertía vacíos entre ella, huecos como si fueran márgenes de páginas. Eran sus pasillos y deseaba ocuparlos. 
No asimilaban a los veloces lectores apresurados por identificar un volumen e irse para verificar, reafirmar su esperanza de inmortales cazadores.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

martes, 30 de diciembre de 2008

Recogimiento - Federico Laurenzana


…las partes —en vez de las estructuras—, 
sólo los únicos registros de los jugadores…
“Giros”, de F. Laurenzana

Cuando el bloque cerraba la tercera abertura de la sala, él temía perderse tras la agonía plástica. Sabía que se le estaba presentando el remoto vaticinio del silencio sin ornamentos, de las habitaciones incoloras, mudas. Pensaba que no volvería a ver a la niña de pelo cobrizo.
Maquinaba, especulaba durante el cierre de toda la metrópoli, de todo lo conquistado, del mundo. Su sien no se había calmado mientras buscaba irse, mudar de habitáculo. Hasta había llegado a elaborar, a representarse mediante su memoria, cada modificación del entorno y el tiempo acarreado. Ante cada veloz impedimento que brotaba, la desaforada voluntad por hallarla a ella se disipaba en vacíos espacios perdidos. 
Al verse encerrada había derramado la última lágrima de esperanza, y ya comenzaba a forjarse por dentro una piel invulnerable, metálica, apropiada para la extrema espera, ahí, en esa mazmorra transparente. Porque podía verse a su través.
Se veía desde un horizonte hasta el otro atravesando todas las paredes. Simulaba la inexistencia de estas, aunque ante el primer paso se palparan. Nada era reflejado. Ventanas, puertas y toda construcción de las salas eran transparentes en su plenitud. 
Era una edificación donde sólo dos personas habían sido dejadas desde muy temprana edad. El constructor, diseñador o mentor de la obra jamás había sido visto. Aunque esto no llegara a mortificarlos, después de haberse conocido y frente al enclaustramiento general se habían separado. Ahí se habían iniciado sus agonías, el principio del declive.
Ya sin salida, él podía verla dormir o llorar, caminar o detenerse para verlo. Se habían acostumbrado a sentirse mediante distancias de toda índole. 
Ya sin posibilidad de irse de la habitación treinta y seis, él había pensado que formaban parte de un gran sistema; aunque sean las únicas partículas expuestas al dolor. Había supuesto a un operario del mundo, aunque pronto olvidaba la idea por extravagante. Todas las partes en conjunto forman un todo mediante una estructura vacía, pensó. Y aceptando esta condición elevada hasta que llegase a ser un  axioma fundamental de su basamento ideológico, cedió, y ofreciendo su integridad ante la encrucijada, empezó a crecer. Porque ya dependía de un pensar propio —que se adecuaba y resucitaba lo disminuido en él— para convivir de la forma más conveniente, mediante una acepción de crecimiento poco expuesta a críticas.
En la habitación doble cero, ella era vista a través de las innúmeras paredes. Su ocre cabello dilataba las pupilas de él, como la elegante caída del largo pelo y los matices degradados sin anuncio alguno. Ella lo veía, pero quieto y sin gesticular. 
Cuando la idea de un crecimiento había desplazado su angustia, él ya ni siquiera advertía el claustro donde había quedado convicto. Un recogimiento abstracto lo embutía dentro de una sala plástica, flexible a tu pensar o al mío, para sobrevivir bajo la disposición del sistema transparente.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

lunes, 22 de diciembre de 2008

Cascaración - Federico Laurenzana


Jamás he sabido el momento exacto, el preciso instante de las apariciones. Si bien haya formado parte de una de ellas alguna vez, una remota y añeja vez evocada entre herrumbrados esfuerzos con débiles anzuelos, nunca la he advertido como para citarla con plena certeza. 
Hay un pescador que conoce con legítima fidelidad la ida prevista de mi presencia. Éste y no otro, éste, quien con briosos anzuelos había sujetado el gusano para darlo a las aguas, a los peces.
Este pescador desconoce que lo conozco, que no lo olvidaré aunque haya lanzado la caña hacia la marea cuando en el muelle quedaba solo bajo la inclemencia, el temporal. 
Pescadores no eran aquellos que al retirarse con apenas siete o nueve presas, devolvían a los gusanos hacia la tierra. No. Aquellos habían sido señores, nobles que libraban tanto a estos como a los pescados. A estos señores debo la imagen viva de quien me ha expulsado, y que sin verlo fijaré y fijaré hasta su mueca erizada.
Al desconocer el momento exacto, el preciso instante de mi aparición sobre el gusano, asimismo ignoro mi desaparición. Porque por ser la cáscara que se adhiere junto al cuerpo durante su esplendor, y se retira deshecha y media invisible durante su declive, no he sido —y nunca seré— capaz de notar los estadíos. Cuando iba apoderándome del abdomen del gusano había tomado conciencia de mi posesión, pero sin saber el principio de ésta. Y cuando caía vencido sobre el césped o tierra bajo la tormenta cegante ya notaba el olvido acerca del tiempo en el cual había dejado al gusano mientras otro cascarón lo tomaba.
Caminando junto a otros cascarones hacia la caída, nada aclara tantas suposiciones y divagues hacia este accionar depositados. Nada  aquieta, ni silencia los torturantes murmullos que más y más cuestionan mis etapas. Nada socorre.
A ellos tampoco. Caminan alrededor y siempre siguiendo el mismo ritmo y destino, el mismo fin. Siempre seguimos siendo transiciones de un ente para su pervivencia, su brío. Y como aquel pescador que había continuado arrojando anzuelos cargados bajo la superficie marina, ahora somos conducidos —por haber un único camino— hacia el hoyo de las cáscaras. Como aquel pescador perseverando, creo y sostengo que hay alguien que nos arroja hacia ese hoyo, último fondo sin escape. Quizá sea el simple sino de cada cáscara.
Jamás he sabido los precisos momentos, aunque lo haya intentado. Al ser cáscara veo a otras aparecer y desaparecer —aunque no con una exactitud extrema—, y sé que así ellas a mí; pero yo nunca podré verme. Jamás sabré de momentos ni de sus mediciones cuando sólo cuento de haber transitado sin huellas pero amparando, cascaracionando es decir.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

sábado, 20 de diciembre de 2008

Fusionado – Federico Laurenzana


Me dirijo hacia la red de reclusión. Cuanto antes llegue, antes sabré sobre su dominio perpetuo, mixto. Más sabré sobre su mezcla de atracción inalterable entre yo y ella, entre un hombre y esto.
Dirijo, aunque advierta mi univocidad de opción, dirijo mi última instancia acerca de ir más o menos veloz. Alcanzarla antes o después de cuantas ligerezas detonen desgarrando con una corrida, es un pensar impertinente. Aunque no, aunque no tanto el saber si llegaré o no.
Se dirige hacia mí, ahora. Rapaz, en extremo intrépido detona corriendo desgarrador, y corre a mis pensares. Si es que no identifica lo que soy, lo presume; si es que lo sabe, acertará y aclarará su sapiencia siempre y cuando se sepa recluso. Pues jamás de mí se librará. Nunca. Por siempre seré la celda que ha atraído huestes de hombres desenfrenados.
Ya dentro de mí la puerta cierra la única altiva esperanza de vana huída. 
Me dirijo en derredor, aunque advierta que no volveré hacia las afueras, aunque perciba que no podría si quisiese volver. En donde he entrado no hay vida, no hay muerte. Hay espera. El sutil anzuelo en donde tus divagues caen buscando eternidad.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

sábado, 13 de diciembre de 2008

Hipnótico - Federico Laurenzana


Sus circulares vértigos se indefinían en el centro plural. Su micro silueta convergía en un macro universo infinito donde a cada instante más ondas recaían para desprenderse. 
Espiral que ni había menoscabado tras sones de un pendular minutero, se hacía constante, persuasiva por arrear más líneas hacia sí. Era una imagen móvil. Era una incisiva ronda de brotes curvilíneos sólo para atraerlo. Pues el hombre no había dejado de observarla, de mimetizarse ni siquiera cuando se agotaba y prescindía pestañear. 
Nadie se lo había impuesto. La espiral había estado encerrada bajo un cuaderno, bajo unos bosquejos de ordenamientos precisos. Al él ya tantos le habían sugerido que no la viera, que no se acordara, que esto fue estímulo tenaz para buscarla.
Se había sentado en un parque, junto a personas que se dispersaban, junto a desordenados imprevistos. Ahí había llevado a la silueta, pues no creía necesitar alejarse de ningún sitio. Es que, aunque le habían dicho que no habría de tolerar movimiento y sonido alguno cuando ante ella se viera, jamás advirtió sensatez en ello.
Cuando había desplegado la espiral, ya no podía ver ni oír sensación alguna. Ya estaba, sin predisponérselo, inmerso en aquél orbe de tiranía curva. Y así había pasado sus segundos.
Cuando la imagen lo había librado, ya todo le resultaba similar comparándolo con los momentos previos de esta experiencia, como si nada hubiera ocurrido.
Guardaba el disco y volvía del parque. Volvía para guardarlo sabiendo que las suposiciones del elemento hipnotizador habían sido mal hechas, mal decididas. Aún las de menor riesgo, pues nada en él se había modificado.
Aunque de vez en cuando notara que la figura movediza se intercalaba ante sí, no le prestaba atención. Es que se lo atribuía a su memoria. Y estos saltos de su percepción para nada incomodaban su estar. Pues tanto veía a la espiral como al entorno, a la imagen unívoca como a las apariciones inesperadas de la calle. Había llegado a ver todo —ambos cosmos— a la misma vez, sin dejar de caminar ni de preocuparse. 
Él ya creía que la hipnosis le había abierto un mundo, en vez de cerrárselo, que ahora era capaz de contemplar una silueta antes ignorada. 
Hasta que el hombre comenzó ovalarse.
Sus brazos se encerraban hacia un centro simple. Así, su micro cuerpo se extralimitaba y fundía en un macro núcleo sidérico, donde a cada instante más de sí se desprendía.
Se hacía arremolinado, aunque con orden. Se hacía circular, curvo, y en perpetuo movimiento.
Sin más ilusión ni esperanza de volver a ser hombre, espiral ya era. Sin más quietud ni dispersión dada a expandirse quedó hipnótico.

Sobre el autor: Federico Laurenzana