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El francés Cousteau - Max Goldenberg
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El Señalado – Esteban Moscarda
Quien está destinado a morir puede hacer un pedido final. Los guardias, entonces, intentan todo para cumplir dicha voluntad puesto es sabido que quién niega el deseo de un “señalado” estará condenado a ser una sombra de humo, sexo y cristal líquido llorando en las anginosas costas de la Errerk por toda la eternidad. Ese es el marco de esta historia, los últimos momentos en la vida de un “señalado”. Su nombre era Ravi Sradd III. Había servido como músico en la corte del emperador hasta que un error (o una ofensa) lo degradó, lo transformó en un “Ser-en-la-fortaleza”, es decir, un “señalado”. Y allí estaba, esperando la hora y pensando su último pedido, mientras las paredes de roca le mostraban un universo de muerte. Y entonces se le ocurrió; algo simple, que no les demandaría mucho esfuerzo a los cansados guardianes: quiso ver el modo en que las estrellas nacen, se desarrollan, reproducen y mueren en ese universo que está atrás en la larga cadena del existir, justo antes de este nivel.
—Eso es fácil —le dijeron—: ese será tu destino próximo, ser una estrella del cosmos decadente, así que no te vendrá nada mal que eches una ojeada a tu futuro. Qué alivio: pensábamos que ibas a pedir una cena de Trolls y agujeros de gusano con Vino Vinin y eso sí que hubiera sido difícil.
Y de ese modo lo transformaron en un sol. Tuvo que soportar al tercer planeta y a sus seres por mucho tiempo para purgar su culpa…
Sobre el autor: http://biosdelosblogsh.blogspot.com/search/label/Esteban%20Moscarda
El escritor y sus fantasmas - Hugo Perrone
Música de delfines - Fernando Andrés Puga

—¡No! Yo quiero ir a ver la de Tom Cruise —insiste Norma—. No me jodas con esas películas aburridas que te gustan a vos.
Dan en el Arteplex la del director tailandés que ganó en el Festival de Cannes y tengo que verla; los cráneos del bar no paran de hablar sobre ella y yo no tengo nada para decir. Por no discutir, siempre termino viendo cualquier cosa y quedo como un pollerudo.
—Dale, Norma. ¿No podés darme el gusto por esta vez? ¡Dale, no seas mala! ¡Por favor!
—No, che. No entiendo nada, me quedo dormida y me pierdo la que yo quiero ver. Vemos la que vos querés la semana que viene.
—No. Ahora. Siempre lo mismo. Seguro que la semana que viene la sacan de cartel.
¡Qué plomo! No. Hoy no voy a hacer lo que ella quiere. Estoy harto. No puede ser que otra vez tenga que ser yo el que da el brazo a torcer.
Al llegar a la avenida freno el auto junto a la acera y pongo la baliza.
—Bajate— le digo con firmeza—. Volvete en taxi o andate sola a ver lo que se te dé la gana. Hoy voy a ir a ver lo que yo quiero.
Se sorprende. Intenta retrucar, defenderse. No le doy espacio. Aturdida, abre y se baja. Sin abrir la boca, sin volver la vista atrás, se va. ¿Nos volveremos a ver?
Solo en el auto, enfilo hacia el centro. El silencio de su ausencia empieza a aturdirme. Abro la guantera y busco. Pongo un cd que encuentro entre los papeles. ¿Música? No. Son extraños sonidos que invaden el ambiente. Parecen delfines. ¿Cantan? ¿Ríen? ¿Conversan? Bostezo y empiezo a adormecerme. Otro paisaje se dibuja ante mis ojos; uno que aún no es del todo nítido.
Será mejor que vuelva a casa antes de que sea demasiado tarde; total la película la puedo ver otro día y acá, entre nosotros, no creo que sea ¡taaaan buena!
La serpiente emplumada – Guillermo Vidal

Suite – Esteban Moscarda

Desencanto - Hernán Dardes

El salvaje mundo irreal – Guillermo Vidal

─Usted entiende demasiado las cosas, eso nunca puede ser bueno ─le dijo al licenciando interponiendo un usted aunque eran amigos, usaba ese circunloquio cuando le molestaban sus comentarios incisivos y la única defensa era levantar el puente, como le gustaba decir. Una batería de argumentos no va a derrotar una oleada caótica y salvaje subiendo sobre nosotros, pregúntenle al imperio romano su experiencia de los bárbaros. Las respuestas envasadas carecen de vitalidad, aunque como las sopas se hinchen con el agua, siguen siendo incapaces de respondernos ante estas situaciones extremas. La ciencia no a embotado los sentidos, tal como le sucedió la la filosofía y a la religión cuando dieron por sentado que ya tenían el catalogo de todos los misterios, como un menú con el precio de cada uno.
─¿Y ahora?
─ahora viene el caos, la descomposición del tejido social y una vuelta de tuerca. Con suerte encontraremos una alternativa para sobrevivir, lo que llaman la ventaja evolutiva.
─¿Y si no lo conseguimos?
─Serán nuestros huesos objetos de estudio para la especie que tomé la posta. No es la primera vez que sucede.
─Los irreales habrán ganado.
─No tienen que ser mejores, aprovecharon una debilidad de nuestra especie. Nos gusta creer que tenemos al universo en un puño, ya sea con un arma, una idea, un dogma o una formula. En ese sentido somos más irreales que ellos, ellos saben que viven de fantasías, nosotros no. Nos conocen muy bien.
─Entonces vienen observándonos desde hace mucho.
─Yo diría que desde el mismo comienzo, nos vieron desde su mundo lejano y se comunicaron a través de artistas, augures, profetas, científicos que veían mas allá de la realidad opaca pero después eran traducidos en reglas, leyes y dogmas torpes que torcía los mensajes hasta dejarlos irreconocibles.
─Estamos perdidos.
─Nunca estuvimos de otro modo —dijo como un científico seguro de su teoría o un prelado defendiendo su dogma. El caos tiene que ser para nosotros camino.
—Seriamos como los irreales.
—Seriamos los irreales.
Una profusa cascada de sudor descendió a toda velocidad desde la calva del licenciado hasta las pobladas cejas y algunas perladas gotas se le escabulleron cayendo en picada desde la cornisa de los parpados cual si fueran lagrimas desprendidas de sus penas, las que no se atrevía a confesar y una pregunta, ¿la última?, cayó de sus labios agrietados como si emergiera de un abismo sellado hasta un segundo antes—Si nos volvemos irreales, seremos reales —y las palabras empezaron a girar como un tornado para el cual no tenían refugio amenazando tragárselos a todos y devolverlos hecho trizas en algún paraje distante y lejano.—Usted entiende demasiado —dijo y su aspecto se desdibujó para mostrar el irreal con quien había estado conversando el licenciado—eso nunca puede ser bueno —completó el irreal mientras anudaba los sentidos del licenciado en una corriente enloquecida de imágenes simultaneas, reflejo de su propia y extraña manera de percibir el mundo, hasta que el pobre científico quedó reducido a un balbuceo ininteligible. Así lo encontraron al día siguiente.
Sierra Chica – Luciana Ruiz

En el prolongado pasillo el frío se siente hasta en los recuerdos. Sin embargo, los acordes de algún instrumento de cuerdas brindan algo de tibieza. En algún lugar del edificio un grupo se enreda entre alabanzas, gemidos y frenéticos aplausos; todo empezó con los evangelistas que ingresaron al penal con la intención de desterrar el Demonio de los cuerpos de los detenidos. Hoy continúan más por inercia que por convicción religiosa, dos veces por semana un grupo ingresa entre sahumadores, velas e imágenes. Alguna vez se decía: “Ya pasaron años del motín más feroz que recuerda la historia penitenciaria argentina, cuando siete presos fueron incinerados en la panadería del Penal. Las montañas de basura, el clima de muerte y el olor nauseabundo no están. Pero Sierra Chica sigue metiendo miedo”. Ya pasaron demasiados años, cuando el hacinamiento superó cualquier posibilidad de organización interna, cuando los motines aumentaron en número de muertos, de fugas…cuando los enfrentamientos entre guardias e internos dejaron de ser anécdotas aisladas y titulares de los periódicos…ya a nadie más le interesó qué sucedía dentro. Solo un grupo de hombres sumidos en sus túnicas… penitentes silenciosos, brujos milagreros, traspasaban los muros ronroneando versos mántricos.
Frente a una pequeña ventana-hueco un ser de apariencia humanoide respira dificultosamente y repite: “no existe tal cosa…no existe tal cosa…”
Afuera brilla la luz - José Antonio Parisi

El hombre sueña con un animal enorme e indefinido en la noche. También con una mujer de torso desnudo, que cubre los pechos con las manos.
Desea despertarse, pero lo retiene esa persistencia opresora de las pesadillas.
Logra abrir los ojos y los deja tiesos. La sábana corrida, la mejilla aplastada contra el cotín. La oscuridad de la pieza le evoca la penumbra que había imaginado y le cuesta reconocerse en su cuarto del hotelucho familiar. Su cuerpo todavía tenso y alerta, la mano palpa la base del herrumbrado velador cuello de cisne, y lo enciende.
Había echado una siesta pesada, extensa y profunda; de esas que se dan pocas veces y que siempre se recuerdan. Esas siestas que se le piden prestadas a la muerte.
Se sienta en la orilla de la cama, las plantas de los pies en el frío del mosaico. El tuco aceitoso del mediodía le arde en el estómago. Busca un cigarrillo en la mesa de luz. Fuma y exhala un arroyito de humo gris. Con los dedos se quita las lagañas, y enfila hacia la puerta despegando apenas sus plantas del piso. Estira los brazos abiertos, arquea la espalda, y modera un bostezo. Afuera se viene el agua. La panza de unos nubarrones infinitos hace de telón a su tristeza. Evoca a sus dos hijitos, lejos, en aquel pueblo caduco, renunciado de ferrocarril y de todo destino afortunado. Y aquel día en la terminal de Retiro, cuando su mujer histéricamente se subió con ellos al colectivo para llevárselos de Buenos Aires. Pucha si había sido alevosa ella: lo culpó de la pérdida de su puesto en la fábrica. Si la fábrica se fue al Brasil, a él qué culpa le cabía.
Chasquea los labios, cierra la puerta y le da la espalda al recuerdo. Hay que aguantárselas.
Se enjuaga la cara en la palangana, y en la hornalla de la garrafa pone el agua para el mate. Le gusta hacer las cosas con tiempo, y se cambia aunque no tenga que irse ya al trabajo. Vigilador nocturno, conchabo vacío que tanto le costó conseguir y que consiste en hacer nada: la postrada contemplación nostálgica y perturbadora de una oficina en horas de desolación.
Se ceba los primeros mates, que ha cambiado a dulces —bastante hiel hay en su vida como para agregarle de a sorbos—. Y contempla sus manos con pena: tan luego a él, se le han puesto tersas aquellas garras de metalúrgico.
A través del tabique de Durlock le llegan voces apagadas. Ya ha sucedido un par de veces: es la pareja del cuarto de al lado sofocando el principio de una pelea. Pronto vendrán los gritos, y después la biaba y el silencio. Al día siguiente a esa mujer de ojos almendrados, la vergüenza le hará bajar la frente para ocultar una marca. El tipo no. Él sostendrá los hombros anchos, el mentón erguido, como si nadie supiese lo que es.
Pero hoy, hay algo más. Hay más que gritos, biaba y silencio: la vecina le entra a su pieza como un tornado, y se planta temblorosa dos pasos adentro. Lágrimas implorantes en la mirada convulsa. El torso desnudo, los pechos ocultos entre las manos manchadas con sangre.
¿¡Qué anda pasando!? Él deja el mate y va al ropero, cubre a la mujer con un toallón limpio. La hace sentar en la única silla, y le enjuaga las manos con agua fresca de la jarra. Sale al patio, los demás inquilinos alborotados en chisme, ahogan el umbral de la otra pieza. Él se abre paso. En el suelo, a los berridos como un marrano —quién te ha visto, y quién te ve—, el tipo con la cabeza rota y la plancha volcada. El cable alrededor del cuello ha sido un intento inútil de ella: el cerdo respira bien. El hombre busca en el armario un abrigo y una blusa. Vuelve a su cuarto por entre los curiosos, que lo siguen con la mirada y él entorna la puerta. Le entrega la ropa a la mujer, y se pone la campera marrón de vigilador. Fuera, un rayo parte la noche, y el chaparrón dispersa a aquellos entrometidos.
Los dos parados en el vano de la puerta de la pieza con la vista en las agujas de la lluvia, que caen fuertes y rebotan en el patio. Aquel velador cuello de cisne encendido difumina las sombras de sus siluetas en las baldosas mojadas. Él con un brazo rodea a la mujer por el hombro, y se largan a cruzar el patio en busca del zaguán y la calle. La luz del farol brilla en los adoquines y en el follaje húmedo de los paraísos. La pareja se aprieta bajo el aguacero, y en carrerita ligera se pierde en la bruma de la noche.
¡Cuánto ha sucedido! Y, sin embargo todavía, no se han dicho una palabra.
Desazón - José A. García González

Presionó la tecla número uno. En la pantalla apareció un seis. Presionó, entonces, la tecla número seis. En la pantalla se iluminó una ele.
No había caso, la máquina se estropeó otra vez, pensó lamentándose por la pérdida de tiempo. Sin saber si debía sonreír o no ante semejante retraso. Pero, el informe a la Dirección sí debía pasarlo, sin perder tiempo, para que no le descontaran del sueldo. Como si fuera su culpa que la máquina no funcionara adecuadamente y, semana por medio, sucediera lo mismo.
Claro que si la empresa se decidía a cambiar la obsoleta máquina de calcular, tendrían que modificar todo el mueble sobre el que se apoyaba, quitar el escritorio, tal vez romper la pared para sacarla. La excusa perfecta para dividir la oficina en pequeños cubículos idénticos, higiénicos e impersonales llenos de desconocidos.
Ante todo debía evitar eso. Años de esfuerzos vacíos le llevó ganarse la oficina, horas extras, corridas a contrarreloj, gastritis y suelas besadas. Si existía algo a lo que no podía renunciar era a esa oficina.
Suspiró sin saber qué hacer, dándole vueltas a un asunto sin más que una única solución.
Reinició la máquina y esperó a que los sistemas volvieran a ser operativos.
Escuchó los pin, pan, pun, cla, cla, cla, fixxxxxllluuuu, que emitía la máquina como un mantra para calmar sus nervios.
Seis minutos, cuarenta y cinco segundos, después, presionó la tecla número uno, en la pantalla apareció un nueve.
Suspiró otra vez reclinándose en la incómoda silla; miró hacia un costado, la ventana estanca, esa que no podía abrirse, no era más que un ojo ciego mirando el cielo gris. Quince pisos. Los accionistas de la empresa sabían muy bien por qué esa ventana no debía abrirse nunca.
Presionó la tecla nueve, vio apareció una letra ‘A’ mayúscula.
Iba a ser un día muy, muy, largo.
Tomado de Proyecto Azúcar
Verdadera historia de la sábana - Lilian Elphick

La sábana fue inventada por Rashid Sab-Anah el año 1000, vendedor de telas y alfombras en El Cairo (القاهرة). En un principio las confeccionó de lino tejido con doble hilo, pero pronto cayó en cuenta que la tela era gruesa (de aquí la locución grosso modo) y se arrugaba mucho, provocando reclamos de parte de las mujeres que tenían que esperar horas para que se secasen, y luego comenzar el lento proceso de estirado y planchado con una especie de sartén de hierro rellena de carbón encendido.
Mientras en China nacía la pólvora y Leif Eriksson llegaba a América del Norte, bautizándola Vinland, Sab-Anah fabricaba lienzos encimeros de muselina (tela originaria de Mosul), y bajeros de algodón. Las dos telas eran compatibles con los cuerpos que se abrigaban en ellas: el algodón pegado al colchón, que generalmente estaba relleno de lana de cabra, era resistente al roce y a los fluidos nocturnos. La muselina, transparente, suave y vaporosa, estimulaba el amor pasional y el buen dormir.
A pedido de la dueña del prostíbulo más grande de la época, el Lilaz, Rashid Sab-Anah cortó y cosió 240 pares de sábanas de seda roja con miniaturas de posturas sexuales bordadas en color cúrcuma, para que los clientes aprendieran que el arte amatorio no se reduce sólo al encabalgamiento simple o al anacoluto brutal.
Demás está decir que Sab-Anah se hizo rico y famoso. Tuvo diez amantes que de noche lo agasajaban, y de día trabajaban en la floreciente fábrica, pespunteando a mano los bordes de las finas telas para dormir. Llegó a tener cuatro sucursales en El Cairo.
Para los extranjeros provenientes de tierras heladas, y que debían volver a ellas, ideó el forro viril al-cayata, de exquisita lana de camello. Y al comprobar que algunas mujeres no guardaban bien el calor en sus posaderas, para efecto de mantener siempre fresco el al-liqat, creó el calzón térmico con rejilla delantera.
Sab-Anah murió a los 90 años jugando al aleleví con una de sus costureras. Para esconderse, se cubrió con una sábana y tapó su cara con una almohada (colchoncillo para la cabeza, otra de sus creaciones). La falta de aire le provocó un paro respiratorio. La joven trató de reanimarlo con una al Jimaa, pero ya era demasiado tarde.
Jorge Luis Borges lo menciona injustamente en La historia universal de la infamia, 1935.
De por qué a la entrada de un pueblo en ruinas se encuentra un kilómetro de zapatos - Esteban Dublin

Vuelvo. En señal de respeto ante los caídos, me quito los zapatos y los dejo a la entrada, justo antes de pisar el suelo bañado por la tragedia. Después de tantos años, regreso a este pueblo del que ya solo quedan escombros. Mientras camino, trato de reconocer los lugares que me vieron crecer, pero nada me resulta familiar. La desolación del lugar me indica que la lava del volcán que se desbordó aquella noche no solo arrasó con los lugares, sino también con los recuerdos. Lo único que me guía son los epitafios, clavados sobre la lava seca, justo encima de las viviendas que ahora se clasifican como desaparecidas. Sobre las inscripciones solo se encuentra tallado el apellido de la familia, como si los nombres de pila bautismal también se hubieran esfumado esa noche de cuarto creciente. Cada apellido me evoca algo: el olor al pan fresco de la casa de los Muñoz, los partidos de fútbol en el solar de los Amézquita, la inusual belleza de primogénita en la ventana de los Ibarra, los juegos de cumpleaños a las escondidas en el patio de los Restrepo.
Al fin llego a la que era mi casa. Debo estar parado sobre los huesos de mis padres y mis hermanos, sepultados en fracciones de segundo por la furia de un volcán que nunca avisó. Me hinco y cierro los ojos. Lloro en silencio. Cuando me levanto, siento una brisa húmeda sobre mi rostro, pista inequívoca de que los fantasmas, que aún gritan de dolor, se alegran de ver a un conocido. Es hora de partir. Aunque no detallo mis huellas, sé que los vestigios de mis pies descalzos sobre la escoria son un grito de esperanza para las víctimas de este lugar: el saber que uno de cientos de miles sobrevivió a la cólera de la naturaleza esa fatídica noche. No recojo mis zapatos. Los dejo ahí. Es mi manera de decirle al destino que pude escapar de su fatalidad.
De la Serie: Zonas Anónimas
Tomado de: Los Cuentitos
Viejas de pelo largo – Diana Sánchez

Los pelos viejos de las viejas flotanen un nido de espuma. Ellas los cepillan y cepillan pero los pelos quedan paralizados, estáticos. Atónitos, en el estallido de la tarde que se quiebra lenta, inexorable.
Una de las viejas espía sobre el hombro. Mira hacia atrás buscando los relojes de la infancia y sólo encuentra el escalpelo del padre. Lo toca, está frío (por supuesto) también un poco oxidado. Sin embargo, aún brilla contra las aspas del sol cuando otra de las viejas lo hace girar entre sus dedos.
Sixta, la más joven de las viejas enciende un cigarrillo. Volutas de humo y de pelo se entrecruzan en el aire, una hoguera invisible sobre el aparador.
Las viejas juegan en el salón enorme. A veces ríen, cuando Onelia la más vieja de las viejas ahora ciega, parándose con torpeza intenta atraparlas. Cae la silla, se suelta el grito.
Juegan las viejas en el espacio del tiempo.
Como es habitual a esta hora, Andrómeda amenaza a las otras con ir a bailar en patines sobre la pista de hielo. Busca el carmín urgente para empastarse los labios y nerviosa, intenta el rodete con horquillas invisibles.
—¡Que me devuelvan el mundo! —clama obstinada Sixta—.¡Porque el olvido no alcanza! —Y con los brazos en cruz, cae de rodillas.
Alarmada, Onelia extiende el brazo izquierdo y empieza a caminar, buscándola. Tropieza con Sixta y se derrumba a su lado, la más vieja de las viejas ahora, ciega.
Suelta el carmín y empuña el escalpelo Andrómeda, amenazante.
Desde el piso, las dos viejas desnudas como peces heridos, suplican el perdón. Entonces, la más joven de las viejas y más vieja de las jóvenes, explota en una carcajada vigorosa y con maestría, introduce el escalpelo en su pelo largo, a manera de horquilla.
Una cortina de pájaros atraviesa la ventana. El cielo azul recobra su sentido.
Sólo ese caballero - Olga Appiani de Linares
Los jinetes avanzaban a paso lento. Los monstruos calcularon que no estarían a su alcance antes de mediodía.
Hacia las diez de la mañana, el sol castellano definía a los viajeros con mayor precisión.
Uno, algo rechoncho, lucía bastante prometedor; el otro, en cambio, no haría un gran bocado. Pero no eran tiempos de melindres. Por más flaco que estuviera… ¡serviría igual como tentempié!
¡Todo habría terminado antes siquiera de que pudieran entender lo que ocurría!
Grande fue la sorpresa de los gigantes cuando el caballero del jamelgo, tan esquelético como él, se les abalanzó lanza en ristre, sin prestar atención a los clamores de Sancho que, como la mayoría, era incapaz de reconocerlos bajo su disfraz de molinos.
Tomado del blog: Palabras
Sobre la autora: Olga A. de Linares
¿Y qué?- María Pía Danielsen & Miguel Dorelo
Río mientras explota el calor en mi cara.
Aunque mis ojos no me ven, se que el pecho y las mejillas están rojas. Las burbujas ya hicieron estragos por dentro: eliminaron cercos, surcos y atajos.
Aunque mis ojos no te ven, tus manos aprietan mi tronco y tu aliento juega en mi oreja.
Se retuercen entre mil ideas las palabras:-¡Sos tan especial! ¡Sos hermosa!-, mientras los sabores de las cerezas borrachas se alojan en mi saliva.
Aunque mis ojos no te ven, se que la humedad ya recorre la entrepierna.
Aunque mis ojos no me ven, se que mis dedos son tus dedos disfrazados de nunca.¿Y que? Puedo recrear mil veces la despedida.
Y ni una sola lágrima asomará de mis ojos que no te ven ni me ven porque una despedida no es necesariamente un nunca más, sobre todo cuando el adiós queda flotando en el aire, casi sin fuerza, camuflado en un hasta luego, un quizás mañana.
Y por eso risa, como ansia de revancha sin rencor en un tiempo circular que nos encontrará más tarde o más temprano saboreando recordados sabores borrachos de cerezas, re-escuchando palabras hermosas y especiales, tus manos apretando atajos disfrazados de nunca y mi entrepierna húmeda recree mil veces un ¿Y qué?...
Sobre los autores: María Pía Danielsen y Miguel Dorelo
Avatares de un comerciante – Héctor Ranea
Fulvio Velorreta tiene un negocio que le deja pingües beneficios: vende fantasías en un lugar del puerto y ya casi no da abasto. Hasta que un día viene a comprarle una fantasía un niño. Ahí comprende que debe dejar el negocio. Decide vender hortalizas, verduras, frutas y así sigue con sus éxitos hasta que un día
—¡Buenas tardes, Fulvio! Vengo a comprarle algo de frutas —dijo Calixto, el hortelano. Entonces Fulvio decidió decir “No más” a la venta de ensalada y dedicarse de lleno a la pintura y retratar a las señoras sentadas o al flanco del burrito de Calixto. En eso estaba, casi sin aliento pintando a troche y moche, cuando ve venir a Vicente, el pintor más afamado, a pedirle un retrato suyo. Decide abandonar la venta y dedicarse a la transacción de joyas, hasta que la Reina aparece a comprarle un anillo que él hiciera entre gallos y mediasnoches. Entonces abandona el menester y pone en práctica lo que sabe de lutería, que abandona por tener de clientes a los magníficos hombres de Cremona y sigue eligiendo negocios que debe abandonar porque no se siente digno, hasta que retorna a sus primeros beneficios, vendiendo peso por peso su imaginación comprándosela a su vez a los niños.
Sobre el autor: Héctor Ranea
La casa de las películas porno - Gilda Manso
Todos en el barrio lo sabíamos: en esa casa se filmaban películas porno.
Era una casona inmensa, similar a los castillos medievales de mi imaginación. Eso, claro está, no hacía más que alimentar el mito: en esa casa que parecía un castillo se filmaban películas porno.
Yo tenía once años y no entendía bien de qué se trataba el asunto; había escuchado hablar de pornografía como lo hacía toda nena de esa edad en la época previa a internet: oyendo a escondidas las conversaciones pimenteras de alguna que otra sobremesa familiar y numerosa, siempre en tono de chiste, siempre con cuidado de no decir nada explícito porque los niños están por ahí. En la práctica y en ese tiempo, mi noción del sexo filmado se limitaba a las películas de Olmedo y Porcel: Luisa Albinoni y Susana Romero, con sus culos largos, correteando semi-desnudas alrededor de una cama mientras Jorge y Alberto las perseguían sin alcanzarlas jamás. Sin embargo, la banda sonora de esas películas -siempre liviana, siempre naif, como de campanitas alegres y boludas- y la despreocupación con que mis padres me permitían mirarlas me hacían sospechar que el cine porno era otra cosa.
Entonces, Fabiana y yo decidimos pasar por la puerta de la casona hasta descubrir algo. Todas las tardes, al volver de la escuela, nos ingeniábamos para agarrar esa calle, aunque eso nos obligara a desviarnos dos cuadras de nuestra ruta lógica. Durante meses no vimos ni escuchamos ni percibimos nada. Las paredes altísimas y la puerta de hierro del presunto castillo tapaban todo, y nosotras imaginábamos escenas casi de fábula prohibida, con personas semejantes a dioses, Luisa Albinoni pero más bella y diabólica, hombres cuya hermosura y virilidad no nos atrevíamos a delinear, situaciones de otro mundo, un mundo ajeno y tentador como una maldita manzana que te expulsa del casto paraíso.
Un día escuchamos que la puerta de hierro se estaba abriendo. Fabiana, siempre más rápida que yo, fingió detenerse para atar sus cordones ya atados.
De la casa salió una mujer de pelo castaño sobre los hombros. Vestía un pantalón de jean, unas botas marrones de taco bajo y un pullover gris. Se paró frente a la puerta abierta, como para despedirse de alguien.
—Bueno, me voy. Qué frío que está haciendo. Ah, le dije a Julio que mañana puedo venir recién después del mediodía, por lo de mi mamá, viste.
—Sí, quedate tranquila, ya me dijo Julio. Empezamos a filmar después del mediodía. No hay drama- le contestó el hombre que le había abierto la puerta.
Ella sonrió breve.
—Gracias, Edu. Hasta mañana.
El hombre cerró la puerta. Ella se subió a un auto y se fue.
Nunca más pasé por la casona. Ni mi imaginación de once años ni yo estábamos listas para el golpe de esa revolucionaria y abrumadora normalidad.
Gilda Manso
Superando el bloqueo creativo – Sergio Gaut vel Hartman
―No sea tan apocalíptico, don Juan; no es para tanto. Usted habla como si el mundo fuera a terminar realmente, y no de un modo simbólico, como una advertencia a los que pecan sin freno.
―Y usted, don Pablo, ¿o debo llamarlo Saulo?
―Como prefiera...
―Le decía, don Saulo, que no se aferre tanto a los hechos. Entiendo que desee narrar las historias de los apóstoles de los primeros días, pero deje volar la imaginación. La gente quiere cuentos bonitos, no necesita rigor periodístico.
―Es que estoy un poco bloqueado, no se me ocurre nada. ¿Tiene alguna idea para tirarme?
―A ver qué le parece esta: convierta a uno de los tantos caudillos zelotes, Jesús de Nazaret, por ejemplo...
―¿El galileo?
―Ese, conviértalo en un líder espiritual que hace muchos milagros, enfurece a romanos y judíos, lo apresan, lo ajustician y lo transforman en un mártir. Pero que luego de morir resucita. ¿Cómo lo ve?
―Mmm, demasiado fantasioso. ¿Se lo creerán?
―Sin la menor duda.
―La idea está buena. Déjemelo pensar. Lo hablo con los muchachos y veo qué me dicen.
Sergio Gaut vel Hartman
Los fantasmas de lo nuevo - Guillermo Vidal
─En una época la mansión estaba repleta de fantasmas, aterradores susurrantes que espantaban a los que se atrevían a habitarla. Algunos se dedicaban al desequilibrio, otros a impulsar el suicidio, los más simplemente les gustaba escuchar los gritos y disfrutaban las corridas por los largos pasillos. Pero los tiempos cambian.
─Ni que lo digas. Ya no queda ni el más cobarde espectro sacude puertas.
─No critiques sin saber. La última familia que alquiló el caserón era terrible de un modo impredecible, se burlaban sin piedad de nuestros mejores trucos y nos torturaban con sus consolas de juegos con extraordinarios efectos, no pudimos competir con ellos Para mí lo peor eran los chillidos incesantes a todo volumen, yo era especialista en murmullos, ¿Quién iba a escucharme conectados a sonido envolvente? El temor se apoderó de los fantasmas y huimos. Algunos de ser ignorados ya se desvanecen, vamos quedando pocos.
─¿Y qué vamos a hacer?
─No sé y eso es lo que me aterra ¿Qué puede hacer un fantasma si ya no asusta a nadie?
Guillermo Vidal
Cuestión de números - Rita Vicencio
Javier se acaba de enterar. Otro vecino que fallece este año. El cuarto a su alrededor. Dos en su edificio, dos en los edificios de enfrente. La casona abandonada que flanqueaba su edificio ha desaparecido también, por fin ha recibido el tiro de gracia a manos de una máquina demoledora que terminó con su agonía. Una más de las señales familiares que desaparecen en las cercanías. Con esta van cuatro también, en lo que va del año. Las chatarras que sus viejos vecinos llamaban autos y que se hallaban eternamente aparcados a las afueras de su edificio también han ido desvaneciéndose poco a poco. Si mal no recuerda, eran cuatro, incluido el armatoste ese que alguna vez fue un Cadillac de lujo y que desde hace años era casa de ratas y vagabundos. Empieza a distinguir un patrón en todo esto, aunque muy claro no lo tiene todavía. Meditabundo, saluda a una vieja enjuta y frágil eternamente vestida de negro. Hace un año que se ha mudado al edificio, la nueva vecina del cuatro.
Tomado del blog
http://saborajenjo.blogspot.com/
Viajeros frustrados – Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea
—Pasé por Pergamino el lunes a eso de las 8 —explicó el licenciado Fagúndez—, pero no tenía la joya. Seguro que, cuando tenga la joya, no pasaré por Pergamino sino por Junín, me dije, ya que no vuelvo a viajar jamás por esta empresa de mierda, Sanjuan del Plata... Pésima la cena y peor el desayuno. Y Buses Sanjuan de la Sierra va por la 7, no por la 8.
—Estamos fritos —acotó el ingeniero Galiñanes.
—De todos modos —terció el doctor Menzeguetti—, guárdenle una joya a Miguelito, que el arcángel viene a Buenos Aires en cualquier momento, ya que nunca se sabe cuándo habrá una virgen a la que anunciarle un embarazo.
—Depende, doctor, eso siempre que los momentos no le viajen por Tandil, que como todos sabemos ni Pisa ni corta ni pincha.
—Usted me desconcierta, ingeniero. Esto de viajar por el tiempo pero no poder controlar el espacio es algo que me ayudaré a inventar si alguna vez me encuentro de nuevo en el viejo Automotor Pampa, ese que iba por De La Bienal, pasando por Audiencia Real, Amarillo, Diccionario en Tres Tomos y Laguna del Ahogado, para ir de Vicuña Mc Kenna a Laboulaye pasando por la Autopista que unirá Mendoza con Buenos Aires hacia el 2050.
—¡Ni que lo diga, doctor! Cada vez resulta más difícil conseguir los colectivos que hacían ese recorrido o lo harán, nunca se sabe.
—Ese recorrido o cualquier otro, licenciado, no se olvide.
—¿Y yo qué dije?
En ese preciso instante se abrió la puerta e ingresaron tres fornidos enfermeros munidos de sendos chalecos de fuerza.
—¿Esta es la casa del esquizofrénico Rabufetti?
—¡No! —exclamó al unísono el mentado—. Es al lado...
—Ah, bueno, disculpe.
Doble vista – Odeen Rocha & Esteban Moscarda
La Luna se sentía jocosa esa noche. Y quiso hacerles una broma. Arrimó entonces a Katy cerca de Pock y, con un dedo del color argentino, tocó suavemente sobre el hombro derecho de este.
—Perdone —dijo Katy y el amor estaba en el aire.
—La perdono pero prometa que iremos a un motel —dijo el Sr. Pock y el amor estaba en la carne.
De ese modo, Katy y Pock comenzaron su idílico romance. Eros estaba de vacaciones pero la Luna, por suerte, lo remplazaba…
Los escapularios fantásticos – Daniel Flores
Al abrirlo me pregunto adónde habrán quedado los años quietos, el estanque verosímil, el de la memoria, o todos los escapularios fantásticos que la imaginería del tiempo dispone arbitrariamente. Intento retratar esa quietud del espacio en unos renglones. Con esfuerzo, acaso prisionero de una elipsis, logro acercarme a algo parecido a una tormenta, que luego se desvanece. Aunque pronto resucita embravecida y me arrastra implacable. Allá está la mujer que yo quería, en el espacio irreal de un living paralelo, reemplazando a mi mujer, que ahora fuma y lee sin verme. Y allá los retazos de una camisa que rompió el amor de una luna de miel que tampoco fue la nuestra, y las copas que probamos con labios de otro sabor. Hay un zumbido con la grieta que se abre en ese mundo. La memoria se envanece en el dolor; es como un pozo de agua flotante, con ciclos de opresión y respiro. Y resuelvo, elijo, que tu cuerpo (el de mi mujer) no sea más que un espejismo de fuego que tiembla tan débil en el sillón, como una resonancia, una imagen acústica; acaso el humo que largas por la nariz sea el indicio de un gran acto. La señal de que ahora mismo podría reemplazarte, acaso destruirte, con un sortilegio de olvido.
La caverna - Néstor Darío Figueiras

El autor:
Néstor Darío Fugueiras
Pasaje – Carlos Enrique Saldivar

Mi familia estaba muerta, mis amigos también; mi pena era grande, empero no duraría mucho porque un súbito milagro descendió sobre mi enferma y dolorida cabeza.
Eran cientos de naves en forma de esfera; la alegría nos invadió a mí y a muchos cuando éstas llegaron. A pesar de la inicial maravilla una sorpresa nos aguardaba.
El mensaje fue universal y telepático:
«Suban a las partes altas, las puertas de cada navío estelar se abrirán para ceder paso a las personas, de modo que puedan ser trasladadas al planeta Kor, en la galaxia Centauro, un lugar muy similar a la Tierra en suelo y atmósfera. Casi un paraíso tangible. Ahí podrán empezar una nueva civilización. Ya saben lo que han de traer con ustedes. Por favor, regocíjense, hermanos del universo. Confíen en nosotros».
Cuando llegué a una parte alta apareció frente a mis pies un puente luminoso y transparente por el cual procedí a avanzar, emocionado, hacia mi nuevo destino. La fila de gente era grande, aunque no tumultuosa. La mayoría se mostraba ávida por alcanzar las entrañas del divino transporte. ¿Acaso podrían transportarnos a todos? Aquella idea resultaba absurda, imposible. En definitiva no se llevarían con ellos ni a la veinteava parte de los supervivientes. ¿O tal vez la tecnología que manejaban era lo suficientemente poderosa como para lograrlo? No importaba, yo estaba muy cerca de verme a salvo.
Alcancé la entrada de la nave y atisbé a puertas una criatura azul de dos metros y cuatro brazos, calva, desnuda, de contextura similar a la de un gorila.
—Muéstreme su pasaje —me dijo con la mente.
—¿Pasaje? ¿Qué pasaje? —pregunté, consternado.
—La única manera de que usted pueda formar parte del gran viaje es teniendo un pasaje.
—¿Cuándo dieron aquel pasaje?
—Lo han dado desde siempre. Cada vez que un hombre sembró un árbol, limpió un bosque, protegió a otro ser vivo, humano o animal, combatió la contaminación en el planeta, ya sea en forma activa como intelectual, allí estaba uno de nosotros, camuflado entre ustedes, dispuesto a dar un pasaje como recompensa. El pasaje es hereditario, es redondo y pequeño como una moneda. Y nunca se pierde.
—Entiendo —manifesté, agachando la cabeza—. No tengo pasaje.
No tuvo que pedírmelo; cabizbajo, di media vuelta y, al igual que otros, regresé a la azotea del edificio. Luego descendí de él y me sumí en las calles oscuras.
Muchas veces en mi vida quise limpiar mi ciudad, contribuir a la lucha en contra de la contaminación ambiental. Pensé en reemplazar mi auto a petróleo por uno eléctrico. Planeé crear un parque, educar a los niños que vivían en mi barrio. Escribir un texto sobre el tema ecológico, por lo menos. Pero nunca hice nada al respecto, quizá por flojera o porque pensé que alguien más lo haría por mí. Tan solo tenía que luchar por mi distrito, no hacía falta desbordar esfuerzos por mi provincia, por mi país o por la inabarcable inmensidad de nuestro globo. Al conservar el pequeño lugar que habitaba, salvaba al mundo. Nunca lo hice. Ahora acepto resignado el final.
Muy pronto los armatostes llegados del cielo se llenarán. Muy pronto partirán hacia un lugar de ensueño. Y yo, junto a tantos otros, me quedaré en esta tierra moribunda, de aire venenoso, prácticamente irrespirable. Casi sin vida animal o vegetal. Pereceré junto a este planeta sombrío, yo, tonto culpable de su desdicha; y torpe culpable de la mía. Pero es muy tarde ya para quejarse. Demasiado tarde para llorar.
Lima, julio de 2010
El ladrillo – Guillermo Vidal

Siempre nos han desvalorizado como si fuéramos apenas una masa informe o filas insulsas sin voluntad ni inteligencia, pensó el ladrillo, y una oleada de furia invadió sus sentidos: Sabía lo que tenía que hacer, la solución diplomática implicaba convencer a otros ladrillos y conciliar sus voluntades, cuidar que el aliciente fuera suficiente para imponer el proyecto según le conviniera, asegurar a los más influyentes un lugar privilegiado y en especial que no se los tragaran las interminables discusiones o, y esto era lo que en definitiva resumía su pensamiento, dar un golpe maestro, simple y eficaz para poner en acción sus planes desde el principio sin estar preocupado por la estrategia. Estaba en el lugar y conocía de sobra el momento adecuado y cuando pasó el arquitecto saltó de su lugar y la pila de ladrillos, aun sin que lo desearan sus pares se derrumbó encima de ellos, incluido el dueño y el ingeniero y adiós proyecto. Quedarían allí mucho tiempo, en una pila informe, nadie iba a venir a decirles que hacer con sus vidas.
El autor:
Guillermo Vidal
Una hermosa mañana - Oscar Piolini

Caminaba depacio, no porque estuviese cansado sino porque la mañana era tan hermosa que yo quería hacer durar cada segundo.
De los pinares que rodeaban el camino arenoso emanaba un olor a resina joven que se entremezclaba con el dulzón de las retamas en flor.
Deliberadamente inspiré tan profundo como pude, necesitaba embriagarme de aquellos aromas, guardarlos por siempre para rememorarlos después, cada vez que quisiera. Los olores traen consigo la magia de transportarnos a situaciones vividas. A veces vienen de tan lejos…, tanto que me pregunto cuál de todos será el olor más antiguo que preservo en mi memoria.
De a ratos, como vigías ocultos, unos pájaros —vaya uno a saber cuáles— anunciaban mi presencia. Sus graznidos, invisibles y dispares, atravesaban la espesa vegetación. Debo reconocer que en un principio me aturdieron. Después de un tiempo noté un trinar más armonioso y delicado: empezaban a aceptarme. Yo jamás me detenía. A medida que avanzaba, crecía en mí la sensación de que dejaba atrás los problemas, que las angustias cotidianas ya no eran angustias. Andaba más liviano, sin equipaje, sin paraguas, sin recaudos, sin celular, sin apremios ni urgencias. Disfrutaba de mi paseo, disfrutaba de ese aire tibio y amable.
De golpe el rugir de unos motores a la distancia me hizo voltear. Una caravana de autos avanzaba lentamente, regulando la marcha. Un cortejo fúnebre. Pensé que era una pena morir un día tan agradable como ese.
En el auto que precedía la marcha, semioculto bajo las flores de las palmas y coronas, se destacaban unas fajas violetas.
Me aparté del camino, debía dejar paso al cortejo.
Cautivado por las letras doradas me detuve a leer las frases que alguien había armado cuidadosamente en esas fajas: “Te quiero, Papá”, “Te vamos a extrañar. Tus amigos”, “Tus compañeros”.
El segundo auto transportaba el féretro, y en el tercero se arracimaban unos pocos deudos. Dos o tres vehículos más completaban la caravana. Con cierto placer morboso me tenté de leer el nombre del difunto. No, me dije, no tiene sentido. ¿Para qué? ¿Qué me importa? Pero mi mirada desobediente se enfocó en el nombre y apellido que aquellas letras de plástico blanco —letras intercambiables, que habrían escrito ya otros cientos de nombres de otros muertos—, clavadas en el cartelito de felpa negro. Anunciaban a gritos la identidad del que ya no era. Del que iba ahí: en su última morada, un cajón de madera caoba.
Leí pero no leí. Quiero decir, leí pero no comprendí. Entonces quise leer de nuevo, buscando el caprichoso error humano, la complicidad de una letra mal acomodada o un acento que lo aclarase todo.
Como el cortejo seguía su marcha, debí correr hasta alcanzarlo. Y sólo llegué a vislimbrar algunas letras, las primeras sílabas de un nombre familiar, conocido, íntimo.
Me llamó la atención el último auto, un cupé Chevrolet ’78 gris plata… Es…, me dije: ¡es el auto de Fernando! No me había equivocado: las gruesas manos de mi voluminoso amigo se aferraban con furia al volante. Alcé la vista hasta su cara. Sí, era la cara de Fernando, pero distinta: el dolor le había contraído los rasgos, lo había vuelto viejo. Jamás lo habría imaginado en semejante actitud; sombrío, con su enorme cuerpo aovillado contra la ventanilla, su mirada perdida en la inmesidad de ese hermoso día de sol.
¿Quién sería el muerto? ¿Algún familiar de Fernando? Un amigo, no, pensé. Todos nuestros amigos eran por lo general en común. Me hubiese enterado. Fernando me habría avisado. En un acto reflejo, me palpé el bolsillo del jean buscando el celular para llamarlo, y volví a notar su ausencia.
¿Dónde habría dejado el telefono?
La caravana siguió por el serpenteante camino. A los pocos minutos la perdí de vista. Mañana o pasado lo llamaré a Fernando, me dije. Averiguaré qué tan cercano era el difunto. Por lo menos le voy a preguntar si necesita algo… Aunque no quería transformarme en esas personas que se acuerdan de los amigos sólo en los entierros.
Cuando llegué a casa, era de noche. Paula y las nenas ya dormían. Lamenté haber sido tan egoísta, llegar tan tarde. ¿Acaso había estado ocupado en algo importante? No. Entonces, ¿por qué no había llegado a tiempo para cenar con ellas? Hubiese querido comentarles mi paseo, los olores, mis sensaciones. Me sonreí en la penumbra de mi habitación, mientras observaba el cortorno del cuerpo de Julia, apenas cubierto por la sábana.
Me acosté sin hacer ruido, con tanta suavidad que Paula no notó mi presencia.
A la mañana siguiente, me desperté tarde. El sol inundaba la habitación, y Paula y las nenas ya se habían ido. Ni me habían despertado para desayunar. Eso me molestó un poco, sólo un poco.
Ya era casi mediodía, no llegaría a horario al trabajo, así que decidí no ir. En cambio me vestí y salí a dar una vuelta a pie. Caminé una hora aproximadamente. Al pasar frente a una librería, me detuve a examinar la vidriera, algo que jamás se me hubiera ocurrido. Los libros… me atarpaban, quería llevármelos todos, leerlos, estudiarlos, aprenderlos de memoria, aprhender su sabiduría... Me pregunté por qué siempre había aborrecido los libros. Caminé un par de pasos hasta la puerta. Y, ahí, pegado, descubrí un cartelito:
Vendedor se necesita
Decidido, entré.
Ese mismo día comencé mi nuevo trabajo, una nueva vida. Amigos nuevos, gustos diferentes. Con esperanza. Con ímpetu. Con pasión.
Ya pasaron tres años, creo.
Jamás volví a casa, a mi familia, a mis amigos de antes; apenas tengo algunos recuerdos, cada vez menos. Tampoco puedo rememorar con claridad a Paula, a las nenas. Todo se va desvaneciento como el confuso resabio de un sueño que, al despertar, parece realidad.
Pero es lógico que así sean las cosas.
El autor:
Constante - Gilda Manso

Hoy me desperté en la misma cama. Marcos estaba a mi lado. “Mi hija” abrió la puerta del dormitorio gritando que por qué nadie le había preparado la leche chocolatada. Me levanté, me puse una bata floreada y horrible, le preparé la leche a la nena, agarré al gato y sin dejar de acariciarlo me aovillé con él en un sofá.
Nunca sentí tanto miedo.
Pordiosero - María del Pilar Jorge

Aguja - Fernando Andrés Puga

Resistí cuanto pude pero no logré evitar que el tozudo animal lo consiguiera y una vez dilatada la estrecha abertura no hubo bestia que se privara de asomarse a ver qué había del otro lado. Todos lo hicieron: desde el más ágil de los caballos hasta el más pesado y torpe de los hipopótamos.
Hoy fue el colmo. Se acercó un hombre y estuvo calculando el diámetro, evaluando la rigidez del diminuto óvalo metálico. Dudaba. Por su aspecto parecía un hombre satisfecho; alguien sin necesidades acuciantes: Ropa de buena calidad, piel bronceada, bien alimentado… Supuse que en cualquier momento juntaría el coraje necesario y lo intentaría. La curiosidad termina por doblegar la voluntad del más reacio. Seguramente logrará trasponer el umbral que hay en mi ojo, teniendo en cuenta que hasta el más voluminoso paquidermo lo hizo.
Aunque no sé. Tal vez esa cadena dorada de grandes eslabones que cuelga de su cuello se enrede en mi extremo puntiagudo y se lo impida. Además ya me cansé de este juego, de tanto titubeo, así que preferí esconderme acá, en el pajar del establo. Si tiene tantas ganas de entrar en el reino de los cielos tendrá que encontrarme. No creo que le resulte tan fácil.
Mocorola Smart 9000 - Claudio G. del Castillo

–¡Despierta, Evaristo! ¡Despierta!
Evaristo se incorporó en la cama y, sobreponiéndose a un dolor de cabeza que hacía que le rechinasen los dientes, preguntó:
–¿Eh? ¿Eh? ¿Qué pasa?
Desde una mesita su móvil inteligente de última generación, suplente desde la tarde anterior de un obsoleto iFon, le respondió:
–Tengo en línea a la pelirroja de anoche.
–¿Cristina?
–Cristina, Yulisandra, ¿qué más da? Mi opinión es que debes deshacerte de ella en el acto. No me gusta nada su tono de voz. Se me antoja una de esas chicas dominantes de las que es imposible escapar. Ayer fue discoteca, hoy te llama, la semana que viene te invitará a cenar y el día menos pensado… ¡kng-tss!, te verás con un anillo en el dedo y un dedo en el culo. Sí, Evaristo, se te meterá en casa, redecorará las paredes, gastará cientos en muebles, te obligará a limpiar el cuarto y del reciclaje de medias y calzoncillos, despídete.
–No exageres… teléfono; seguro olvidó algo. ¡Mira, mira, aquí está su tanga!
–¡Mira aquí está su tanga! ¡Mira aquí…! Oye, no te doy dos galletas porque soy del modelo 9000, que si fuera del 8500… ¿Sabes qué?, le diré a la tal Cristina que saliste para la empresa y me dejaste cargando. Tómate una Red Bull y, de paso, el día; aprovéchalo para sopesar mis argumentos. ¡Ah, y como vuelvas a apagarme durante el sexo tendremos unas palabras! Soy un móvil discreto. No se me ocurriría pasarte una llamada y nunca, ¡nunca!, usaría mi cámara sin tu consentimiento. Por cierto, mi nombre es Smartie.
¡Joder con el telefonillo! –pensó Evaristo–. Y yo creía que lo de “más listo que usted” era propaganda.
Juguemos otra vez - Fernando Puga
En casa de mamita hay un banco largo, algunos miembros de la familia lo llaman banqueta. Es un mueble que mandó a hacer especialmente cuando nos mudamos a la calle Potosí, allá por el ’66.
Ella quería un asiento pegado a la pared, de punta a punta, así ganaba espacio en el ambiente y podía colocar la mesa grande, la que esconde dos tablas adicionales que sirven para incluir más comensales si algún evento así lo requiere. El banco en cuestión permite ahorrar el lugar de los respaldos de las sillas; los que se sientan en él apoyan sus espaldas directamente en la pared.
Como lo mandó a hacer a medida, se puede decir que mamá lo diseñó. Tiene la altura standard para un asiento y de un extremo al otro, un mullido almohadón forrado en cuerina marrón recibe a quienes se sientan a la mesa.
Mamá siempre fue una mujer práctica. De ahí que el banco tenga espacio en la parte inferior para guardar objetos varios, principalmente relacionados con la cocina, aunque también se ordenan allí algunos juegos de mesa, ésos que nos reunían en la niñez cuando afuera llovía o hacía frío.
Por debajo del almohadón, se divide en tres partes exactamente iguales. La del centro está abierta y tiene un estante al medio. Las de los extremos tienen puertitas, cada una con su respectiva llave. En una de ellas mamá acomoda bebidas alcohólicas, las que no caben en el aparador del living; en la otra hay vasos de whisky y copas de diversos tamaños. En los estantes del centro es donde están los dados y el cubilete, los naipes, el estanciero, el ludomatic, el teg…
El banco tiene más de treinta años y varias veces hubo que repararlo; los niños no cuidan, patean, golpean… no se fijan. Primero fuimos nosotros, mis hermanos y yo, y luego nuestros respectivos hijos. Entre todos nos encargamos de descuajeringar una y otra vez el banco de mamá.
Cuando voy a visitarla suele ser mediodía. Ella me espera con un plato de comida y mucha charla. Prefiere que le avise, pero si no igual se las rebusca y nunca falta algo rico sobre la mesa. Conoce el arte culinario. En casa de mamá nunca se tira nada. Que sirve para el día siguiente, dice. –Voy a hacer unas croquetas, o un guiso, ¡van a ver qué sabroso!
Sentado contra la pared disfruto como el niño que fui y al terminar, el banco largo me recuesta sobre su almohadón de cuerina, me cierra por un rato los ojos y mientras en sueños orejea mis barajas, decide darme otra oportunidad.
Y me perdona.
Anoche - Juan José Tapia
Sabía que ya no podía echarse atrás, había llegado demasiado lejos para emprender el camino de regreso. No tenía muy claro qué le había empujado a actuar de un modo tan impulsivo, él que siempre había sido conocido como un fiel portador del aburrimiento donde quiera que fuese.
No, lo había prometido y lo cumpliría, bastantes historias habían oído ya acerca de otros que, como él, se habían aventurado a afrontar el reto que semejante tarea suponía, viéndose finalmente superados por las circunstancias, pasando a engrosar las filas de los fracasados. Ese no sería su caso, soportaría estoicamente el paso de las horas allí sentado, y no permitiría que el desasosiego de saberse rodeado por miles de tumbas hiciese mella en su férrea voluntad de salir victorioso de tan siniestro trance.
Su reloj señalaba que tan sólo dos horas le separaban del amanecer, una minucia comparada con las más de cuatro que había permanecido junto al mausoleo de la familia Quiñones. ¿Cómo le mirarían los chicos de la facultad en lo sucesivo, le seguirían viendo como a un ser inferior, o sabrían apreciar aquella absurda muestra de coraje?
De improviso un ruido vino a sacarle de sus pensamientos, recordándole los terrores que a punto habían estado de impedirle el salto de la verja. Un sudor frío acudió a su frente cuando percibió el sonido de unos pies que se arrastraban pesadamente, y que poco a poco se acercaban hasta su posición. Había visto suficientes películas de serie B para saber lo que aquello significaba. Presa del pánico sólo tuvo tiempo de descargar un golpe brutal sobre aquel ser, empleando para ello la linterna que le había acompañado entre los oscuros senderos del cementerio.
“Anoche fue brutalmente asesinado el cuidador del cementerio municipal. Al parecer, tenía la costumbre de comenzar su jornada temprano para evitar así los calores propios de esta época estival en nuestra ciudad. Nos amplía los detalles Amanda López”.
El iceberg - Adriana Alarco de Zadra
En medio de una neblina tupida y rodeada de agua por todas partes, trato de enfrentarme a la cruda realidad: me estoy muriendo. El frío me hiela hasta los huesos, no siento la cara y el último pez que hubiera llenado el vacío que siento en el estómago, se me escapó de las manos entumecidas y volvió a caer al agua.
Una niebla húmeda, persistente, gris y muda que atenúa los sonidos y los sentidos, las visiones y los sabores, una soledad infinita, una tristeza sin fin, es todo lo que me rodea.
Al rato me refriego los ojos para quitar la escarcha que se acumula en las pestañas. Una pared alta y blanca, casi transparente se va acercando al bote o quizás yo me voy aproximando; aún no he decidido lo que está sucediendo realmente.
El olor a sal se hace más fuerte, el sabor del último erizo me rebrota a los labios, el sonido del viento vuelve a estallar en mis oídos. ¿Regreso al mundo o me estoy embriagando de delirios?
Por la pared resbala el agua a chorros, lo que es inconcebible. ¿Se está derritiendo una isla ante mis ojos? Sí sé que cierta parte del planeta está en época de deshielo, pero ¿tan rápidamente? Olas impetuosas me empujan hacia el borde de la isla transparente que es de hielo lleno de carámbanos, sombras y fantasmas.
Anclo mi bote entre rocas blancas y bajo con precaución para no resbalar por los cauces que abren grietas en el suelo helado del lugar. Increíble es la cascada que vertiginosa cae al mar desde lo alto. Como un volcán de agua, como un crujir de témpanos, como un disolverse de la materia sólida en otra líquida, como un deslizamiento de tempestades que abre un barranco en un páramo de hielo.
¿Quién soy? ¿Alguien me pregunta que quién soy?
Una mujer extraviada, una exploradora, una náufraga de un barco ballenero sin hogar ni rumbo fijo. Quise ser descubridora, conquistadora, navegante, comandante; llenaba mi vida de sueños y mis ojos de mar. Mi vida se acaba y soy una gota de agua más en esta inmensidad. Yo no soy nadie. Puedo existir o no existir, soy algo más en medio de la vida que prosigue. ¿Y, cuál vida?
Camino como sobre escamas de hielo que se comienzan a fundir y a deslizar bajo mis sandalias que no me protegen del frío. Estoy entumecida cuando veo filtrarse entre la muralla de nubes grises un rayo de luz. Me detengo y alzo la cara hacia esa luz. Esa luz que es vida, que da vida, que ilumina la vida. Pero nada se mueve a mi alrededor.
El frágil suelo que piso, en cualquier momento se hunde y puedo terminar mis días atrapada en un hielo transparente.
El fulgor se hace más fuerte. ¿Es movimiento lo que veo?
Una sombra detrás de la muralla que se está derritiendo me hace pensar que hay algo más que yo en medio de los témpanos helados. Me aproximo mientras un destello refleja sobre los cristales y me ciega. Distingo una sombra que, al diluirse el entorno, descubre una nave distinta a todo lo que he visto antes. Es muy grande y redonda; rodeada de puntas que empiezan a girar lentamente, y esos extremos como cuchillos van rajando las paredes como tratando de librarse de un cascarón que lo oprime. ¿Se está liberando o está naciendo? Es enorme. Se desliza hacia la cascada y el agua termina de descubrir su inmensa mole. Es de metal brillante que gira y lanza rayos brillantes desde algunos orificios. No puedo moverme aunque el glaciar parece que se estuviera hundiendo. El frío o el rayo me han paralizado. Sólo observo, girando los ojos, lo que tengo alrededor. Mi cuerpo ya no me obedece. Me voy a congelar y me va a cubrir la escarcha de esta isla.
Saliendo de la cascada un ser extraño se aproxima. Un ser con sólo un ojo en medio de la frente. Un cíclope infernal, un monstruo que estuvo prisionero de la roca helada. Siento que me levanta con dos brazos escamosos, metálicos, potentes, y yo sigo inmóvil como una estatua de hielo. Sus pies enormes se dirigen hacia la nave que ha abierto un tabique en un costado. ¿El cíclope quiere raptarme, subyugarme, comerme, matarme? ¿Es un ser extraterrestre? ¿Es un sueño, un delirio o me estoy muriendo y es el camino al más allá?
Me desmayo del terror mientras la niebla alrededor va encerrando en su muralla helada el misterio de esa nave incógnita.















