jueves, 19 de febrero de 2015

Mascota en fuga – Lucila Adela Guzmán & José Luis Velarde


La mascota de Lobsang Rampa salió a dar un paseo en 1961. Harta del escritor que la perseguía día y noche. El hombre anotaba cualquier miau y ronroneo. En la cabecita del siamés las palabras aparecidas vibraban a la altura de los bigotes. Punto sensible y neurálgico en todos los felinos. Una puerta astral como la descrita por Lobsang Rampa en El tercer ojo; la primera novela dictada a Cyril Henry Hoskin hasta constituir un best seller. 
Cyril dejó de ser un inglés del montón gracias al talento de aquella mascota capaz de cambiarle el nombre y volverlo médico del Tibet en dos novelas más. El siamés estaba conforme con las ganancias recibidas por la trilogía complementada por El médico de Lhasa y El cordón de plata. Vivía en un barrio tranquilo y no sentía necesario dictar más libros. Para entonces el tipo era acusado de fraude. Aconsejado por el felino declaró que fue Cyril Henry Hoskin, pero que abandonó esa identidad tras desplomarse de un abeto cuando intentaba retratar a un búho. Inconsciente pudo ver el alma de un monje tibetano llamado Lobsang Rampa. El inglés permitió la entrada del alma vagabunda al cuerpo maltrecho para sobrevivir.
Ahora escribía como Lobsang Rampa, porque en verdad lo era. 
La increíble explicación incrementó la fama del autor y la demanda de libros. Lobsang Rampa se revisaba la frente todos los días para buscar el tercer ojo colocado por la mascota en el texto. Nunca brotó. Lobsang Rampa aún carecía de imaginación y demandaba nuevas historias con gritos y uno que otro golpe. Así que el felino se escabulló por las azoteas como hacen las mascotas que desaparecen, pero el escritorzuelo convirtió aquella huída en un viaje astral.
Consiguió publicar otros libros. Ninguno tan exitoso como los dictados por Fifi Greywhiskers.

Acerca de los autores: Lucila Adela Guzmán & José Luis Velarde

El predador rectal del puerto del Callao – Daniel Alcoba & Carlos Enrique Saldivar


Los gusanos Trépano proceden de Triphis P 675 S 2 Alpha Centauri. Pero igual se colaron en las naves que invadieron Inglaterra hacia 1956, como ratas que son. Primera evidencia de exo génesis de la especie Trépano de Triphis es su densidad: 4,9; próxima a la del hierro. Los tejidos del Trépano trífido recuerdan el haz de conductores de fibra óptica en el interior de una manguera. Los dientes son gemas de opaca oscuridad y mayor dureza que el diamante, que engranan como las hojas de una trituradora de carne. Algunos de estos bichos empezaron a salir de los sanitarios y lastimaron gravemente o asesinaron personas en todo el mundo. La raza más peligrosa es el predador rectal del puerto del Callao, el cual sobrevive muchas horas bajo el agua, es fuerte, veloz e imposible de domesticar; sin embargo, muchos delincuentes comenzaron a utilizarlo como arma para sus fechorías; por ejemplo, cuando asaltaban una tienda: llevaban al Trépano en una caja y lo liberaban ante el dueño del local, el gusano saltaba con rapidez y se le metía a la víctima por el ano. Aunque el episodio más cruento fue la guerra de mafias que duró tres años. Los conflictos territoriales entres narcos, sicarios y extorsionadores condujeron a una serie de batallas urbanas donde los gusanos Trépano eran protagonistas. Los predadores rectales no se atacan unos a otros, mas sí son campeones cobrando vidas humanas. Rufianes de todo el planeta intentaron copiar a los facinerosos chalacos, sin resultados óptimos; solo el predador rectal del puerto del Callao, asociado con ciertos hombres, masacraba otros hombres. Hace dos años el conflicto finalizó, los Trépanos habían acabado con casi todos los criminales chalacos. Hoy han vuelto a lo suyo que es salir por los inodoros para destrozarles el colon a los ciudadanos comunes.

Acerca de los autores: Daniel Alcoba & Carlos Enrique Saldivar

El Cuerpo – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


Lo encuentran en el medio de la calle y nadie sabe si está vivo o no. Llaman al hospital, pero la ambulancia no viene. La policía se niega a tener participación en el asunto. Los vecinos se van desentendiendo. El cuerpo del desconocido queda allí, en una postura un tanto llamativa que con el tiempo pasa a ser cotidiana. Los días corren y nos terminamos acostumbrando a su presencia. El cuerpo forma parte del paisaje. Cierto día de primavera, unos niños que juegan a la pelota cerca del cuerpo reparan en un detalle que hasta entonces había pasado inadvertido: la cabeza ha girado algunos centímetros hacia la izquierda. Pasan las semanas y la medición del lento movimiento se convierte en un deporte practicado por todo el pueblo. Tardamos casi un año en comprobar que la cabeza, completado el ciclo hacia la izquierda, ha empezado a moverse hacia la derecha. Ya anciano, en mi lecho de muerte, uno de mis nietos me comunica algo que yo siempre había sospechado: el cuerpo está diciendo que no.

Acerca de los autores:  Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman

jueves, 5 de febrero de 2015

La Condesa Drácula - Luciano Doti


Me encontraba yo en una suerte de limbo, donde todo se mostraba etéreo y volátil. Alcanzaba a divisar una dama no muy lejos de mí. Ella me parecía conocida, pero mi sentido racional me indicaba que no podía ser; esa mujer estaba fallecida, sumado a que en caso de estar viva no luciría tan joven. De todas maneras, no pude evitar mirarla; y ella, al mismo tiempo que se acercaba con su andar sensual, me dijo:
—Sí, soy yo.
—¿Vos?
—Ingrid Pitt, "la Condesa Drácula".
—No entiendo.
—Es difícil de explicar. La conversión es así, te saca del orden temporal que conociste hasta aquí. Somos como éramos y siempre seremos.
—¿Perdón?
—A partir de este momento sos uno de nosotros, igual que yo.
—Vos sos...
—No todo es ficción. Hay algo de realidad. Como actriz quise interpretar lo mejor posible mis papeles; investigué sobre el vampirismo, me introduje en ese mundo, hasta que di con cierta gente y me convertí.
—Yo como escritor también investigo sobre el vampirismo, para escribir mejor sobre eso.
—Y por ahí ahora no te acordás, pero diste con la misma gente.

Acerca del autor: Luciano Doti 

El destripador de Milwaukee - Mario Cesar Lamique


No es que el tiempo pase muy rápido,sino que nunca se detienen en su andar, será por eso que el Sargento Juan Simón Satafuza no podía cree que 20 años de su vida se hayan ido en perseguir al destripador de Milwaukee,un asesino al que no podían etiquetar en ningún Perfil,intento que les resultó infructuoso a todos los expertos de todas las temporadas de Criminal Minds.
Quien le hizo notar las dos décadas de persecución fue su esposa, esta cuenta, año tras año ausencia tras ausencia, formo parte de la nota de despedida que el encontró el día en que al llegar su casa la encontró vacía de esposa e hijos.
J.S. Stafuza por primera vez frenó su alocado ritmo persecutorio y se puso a ver cuanto había perdido,pero no corrió a buscar a su familia.Preparo la valija porque salia en un vuelo a Buenos Aires ya que una pista firme ubicaba al destripador en el lejano Sur como jefe de campaña del candidato preferido de las masas,quien por fin traería Paz y Seguridad.
El Sargento se adaptó bastante rápido a este nuevo país, cooperaba con interpool y estuvo varias veces cerca muy cerca, cerquísima de arrestarlo.
¿ Qué sintió?: Una mezcla de sorpresa, alegría y hasta una cierta sensación de vacío cuando por fin pudo atraparlo al salir de la sesión de un grupo terapéutico de control de la ira que el mismo coordinaba.
Veinte años de búsqueda en EEUU, 3 años en Buenos Aires le costo para atraparlo.
Una semana después todo era soledad, un freno abrupto que lo dejó sin posibilidad de inercia.
Tres meses le tomo darle forma al plan.
Media Hora tardó en ayudarlo a escapar de la cárcel.
Se arrepintió,pero puntualmente lo hizo después de terminar de culminar con las acciones.
Culpa,vergüenza y alivio fueron sus nuevos compañeros de cuarto.

La cacería continúa.

El día que el Juan Simón Stafuza falleció hubo un gran pesar entre los integrantes de la fuerza, en el seno de su familia,sus vecinos y sobre todo repercutió de manera directa y profunda en el Destripador de Milwaukee quien sin pensarlo demasiado decidió salir de su escondite e ir a un canal de televisión a entregarse a las autoridades,planeó hacerlo en vivo en un programa periodístico de la CNN.
El Destripador tuvo que esperar su turno ya que se difundía en vivo la Cadena Nacional del Presidente de la República que desde la Casa Blanca,en un solemne acto,estaba devolviendo el Premio Nobel de la paz.

Acerca del autor: Mario Cesar Lamique

Fauna de diseño y exofaunas - Daniel Alcoba


Sólo hay un animal más odioso que la jalamalaja, pulga de ingeniería genética, kamikaze hematófaga de hambre descomunal y unos cien gramos de peso. Dicho bestia abominable es el piojowicca de las sabanas pantanosas de Eurídice, planeta del Glóbulo Mayor de Arturo, que parasita a los dracodáctilos. Estos, más que animales, son continentes que vuelan. Fuera del tamaño, si tienen piojos es porque tienen sangre abundante para alimentar al monstruo de seis patas dos pinzas como par de cizallas manejadas con setenta quilogramos de músculos tenaces que succionan la sangre del dracodáctilo con una larga pipeta de acero inoxidable que clavan en su lomo. Estos piojos beben la sangre de cualquier ser vivo que se les ponga a tiro, con la excepción del linfa de los gurgurios de Titán, que los envenena; aunque otras naciones menos bárbaras que las de los pìojowiccas usen el suero linfático rico en gurgurina del gurgurio titánico, para colocarse. 
Las incursiones de los renreles, y en particular las de los flygurubios hermafroditas, jinetes de los dracodáctilos son mortíferas. Estos enormes animales sin gracia, son portaviones que navegan en las atmósferas habitables de los Bioplanetas. Seres buenazos, completamente bisexuales a quienes place seducir a parejas con sus ambiguos o prolijos encantos, a saber: 
Doble pelvis, es el remate y la cara interior de los flygurumuslos: una vulva rosada en el nacimiento de la pierna derecha, un pene de tamaño importante ante cunnus. Miembro acompañado de un par de testículos adentro de un escroto peludo, que protege los testículos de los flygurubios que no se visten sino que generan por automatismo biológico hasta dieciocho pelajes diferentes según la atmósfera donde permanezcan más de un día solar. Y casi siempre, llevan el pelaje rojo escarlata que conviene para exponerse a las gélidas atmósferas del Codo de Orión. 
Son criaturas lascivas, salvo cuando les da la hora biológica de reproducirse. Entonces se apartan de la vida mundana, se recluyen en sus casas cavernarias, y se pasan las horas aplaudiendo con el interior de los muslos una y otra vez -en ciertos flygurubios se vuelve actividad viciosa-. 
La esquizofrenia bipolar es la psicopatía más corriente de los flygurubios. Y el pacto suicida consigo mismos la causa principal de muerte.

Acerca del autor: Daniel Alcoba 

jueves, 22 de enero de 2015

Señales -Apuntes del natural - Paulus Deluca


Será por el nombre del lugar en que me encuentro, por la dualidad del mensaje de ese Carpe Diem en la puerta y ese demonio que, silueteado tras de mí me invita a beber y callar porque lo demás no es nada, que de pronto me ha entrado una ligera tentación de melancolía... Echo de menos a Anne... con ella escribía mejor, es cierto. ¿A quién voy a engañar a estas alturas?
No puedo resucitar a Sansón Restrepo y es una lástima, porque hoy me vendría bien su punto de vista.
No puedo decir que Maite me haga infeliz ni mucho menos; ¡Al contrario!.. Parece hecha especialmente para consentir todos mis caprichos y alimentar hasta la más pueril y frívola de mis ambiciones... Y no sé si eso es bueno.
Es un encanto de niña y no puedo negar que tiene un corazón de oro y una paciencia de santo, al menos en apariencia... y por ahora... Pero con ella cerca escribo menos y con menor frecuencia... incluso siento que mi inventiva se resiente: A base de comer todos los días, estoy engordando y me quedo sin ideas...
Es como si esa necesidad de inventar la rueda cada santa mañana hubiera disminuído, porque de algún modo sé que todo se acabará arreglando y que no puede pasarme nada malo mientras Maite ande cerca. Lo decía Zazie: Uno no escribe para decir que todo va bien, que va sobre ruedas... Por eso no escribo sobre ti...
Llamadme idiota, pero con esa arrogancia narcisista que brota en un alma bien dormida, bien comida y sin preocupaciones, que de repente se cree que su futuro depende únicamente de la propia voluntad, no puedo evitar plantearme si realmente todo el camino recorrido llevaba hasta aquí o si esto es sólo un claro en el bosque, un oasis en el desierto... una noche en el Ritz, camino de Auschwitz... o incluso algo peor, camino de ninguna parte... y la tumba como estación término.
Influenciado por un comic de superhéroes que he estado leyendo estos días, no puedo dejar de verme dibujado en colores planos, con un café en la mano mientras en grandes letras el dibujante de esta historia se pregunta: ¿Conseguirá el destino acostumbrar un alma incómoda a una relación serena? ¿Volverá a extenderse la carretera y a estrecharse el cerco en torno al cuello de nuestro héroe? ¿Será este el fin de las aventuras de Paulus de Best?
Y en esas estoy, a punto de escribir algo como: ...No os perdáis el desenlace en el próximo número, al tiempo que ruego al cielo una señal, cuando el teléfono me saca bruscamente de mis cavilaciones.
-¿Tocayo? -dice la voz al otro lado -¡Por fin te encuentro! Engrásate el culo y ponle pilas al magnetófono, que tenemos trabajo...
Y mientras pido al alto de la barra que me ponga otro café y hago cálculos mentales de cuánto costará poner a Miss Daisy a punto para la que se avecina en apenas dos semanas, noto cómo aflora nuevamente una de esas sonrisas...

Acerca del autor:  Paulus Deluca

Ese nombre - Luciano Doti





Era un día muy raro. Los hechos sucedían de un modo diferente a lo habitual. Ignoraba en qué hora transcurría mi existencia. Me sentía extraño, como habitando un no lugar en un espacio indefinido.
Llegué a casa y la hallé desierta. Sobre la mesa del comedor encontré unos papeles; daba la sensación de que habían buscado algo con apuro, para salir raudamente.
Sonó el teléfono y lo atendí. Preguntaban dónde era el velatorio de Gustavo. Respondí que no sabía, indiferente. Pero ese nombre...
Decidí ir al bar por unos tragos. En el camino pasé por la sala velatoria del barrio; en la puerta había alguna gente conocida. Cambié de planes y entré.
Ingresé cual ser invisible. Absortos en su dolor, nadie pareció percatarse de mi presencia. Me introduje en el sector donde estaba ubicado el féretro. Observé ante mí a un joven demacrado de rostro tan familiar que se me antojó que en un espejo me contemplaba a mí mismo. Hice fuerza para despertar creyendo todo eso parte de una pesadilla, pero no lo era. Estoy tan seguro de eso como de que en el estadío que llamamos vida mi nombre era Gustavo.


Acerca del autor:  Luciano Doti

Burocracia - Héctor Ranea




—Me tendrá que acompañar —dijo el segundo atento al pasajero del rail-bus que no podía enteder por qué lo llevaban con petates y todo.
—¿Perdón? —atinó a decir, pero en el instante en que su tono de voz se alzó por sobre el promedio de ruido del motor, el tercer atento lo encañonó con un arcabuz tan arcaico como temible.
El primer atento le espetó
—Señor, le estamos pidiendo que se baje con todo y equipaje de este rail-bus. Ya seguirá el viaje cuando pueda, pero no haga que los demás pasajeros se retrasen por su tozudez.
Bajaron todos los atentos y el viajero. Amablemente, pero sin dejar de tener contacto físico con él, cosa sumamente molesta, lo llevaron a la oficina de control de tráfico y seres, ahí lo esperaba el jefe de atentos y el caporal de ejecutivos.
—¿Nombre?
—Juan de Dios Filiberto.
—¿Profesión?
—Músico.
—¿Especialidad?
—Tango.
—¿Nacionalidad?
—Se discute —contestó ingenuamente el interpelado.
Hubo un poco de intranquilidad en el cuerpo de los ejecutivos.
—¿Lo liquidamos, jefe? —dijo el caporal.
—¡Sh! —dijo este—. ¡Cállense la boca!
—¿Fecha de nacimiento?
—Más o menos en el 85, 1885.
—¿Sabe qué año es ahora?
—Si no me fallan las cuentas, el 2087.
—¿Sabe por qué lo está buscando la policía de Francia?
—Ni la menor idea —dijo Filiberti con no disimulada sorpresa.
—Lo buscan como desertor. Evitó hacer el servicio militar en tiempos de guerra por la Francia, señor.
—¡Pare un poco! Ni siquiera soy francés.
—Usted mismo dijo que su nacionalidad es materia de discusión —el que hablaba era el caporal de los ejecutivos.
Se hizo un silencio denso y oscuro.
—¿De qué guerra me acusan haber faltado?
—Incontables —contestó el primer atento—. Incontables. Desde la guerra de invasión a Anglia en 1033.
—¿Qué? Si ni siquiera había nacido, diga.
—Tenemos registros de que apareció durante la guerra de la oreja de Jenkins y no se alistó.
—¿De qué carajo hablan?
—Señor, modere su lenguaje —dijo el caporal acercando vistosamente la mano derecha a su pistola Ballester Molina calibre 45.
—¡Modere su locura! —contestó Filiberti—. Parece que me estuvieran tomando el pelo.
—Al parecer —dijo el jefe de los atentos—, usted no completó el formulario ZX23/40, señor Filiberti.
—Filiberto —lo corrigió—. No sé de qué me habla.
—¿No es usted un viajero del tiempo?
—Sí. ¿Y?
—Bueno, le informo que no llenó el formulario ZX23/40.
—¿Y de qué año es?
—Del 2045.
—Fíjese qué dice en mi documento de flete. Salí en el 1953. No estaba vigente.
—Las leyes no las hago yo —dijo el primer atento—. Tengo que vigilar que se cumplan.
—Bueno —concedió el viajero—. Dénme el formulario, lo lleno y listo.
—No es tan simple, señor. Me temo que va a perder el rail-bus.
—¿Y después, qué? —se alarmó Filiberto—. ¿Tiene idea del desbarajuste que van a armar con esta puta burocracia? Si pierdo el tren, habrá lío en todo el continente porque no habrá concierto y...
—¿Perdón? ¿Sugiere usted que nos salteemos un tema tan sensible? Por lo que a mí respecta, usted merece un tiro en la nuca, señor —exclamó contenido el caporal—. Es más, ¿procedo? —dijo dirigiéndose al jefe de atentos con la pistola ya desenfundada.
—Proceda —fue la última, fatídica palabra suya.
El disparo le sonó en el acorde de La Mayor a Filiberto que recordó, extrañado, a Discépolo en el último instante.
—Perdón Filiberto ¿me oye usted? —dijo la voz angelical de la revividora quinta.
—Sí; te oigo pero me retumba un La Mayor. Van a tener que hacer algo con el dolor. Esta puta burocracia me mata.
—Ni que lo diga. Tiene más entradas que nadie, Fili. Va a tener que hacer algo, parece que atrae a los atentos. Deje de usar sombrero.
—¿Usted tiene autoridad para darme consejos? ¿Desde cuando?
—Desde 2131, Fili.
—¡Caramba, cómo pasa el tiempo! —dijo y se durmió por un rato, apoyando su cabeza sobre el regazo de la revividora quinta, su favorita, a quien el llamaba su Clavel del Aire en flor.


Acerca del autor:  Héctor Ranea 

jueves, 8 de enero de 2015

A destiempo - Paula Duncan





El sonido del despertador la sacó intempestivamente de un sueño agitado.
Dejó la cama cayendo en una realidad aún peor; como si fuera una película violenta, pasaron muy rápido por su mente las imágenes de la noche anterior: la pelea, los gritos, los golpes, el miedo y esa apremiante sensación de final y muerte; después como si fuera un mal chiste, las disculpas, los ruegos, las promesas como si sirvieran de algo, como si pudiera creerlas.
Hacía bastante tiempo que su pareja iba de mal en peor, estaba agotada, esa relación tan deteriorada ya casi no existía; pero la violencia hacia ella iba creciendo a pasos agigantados, como el alcoholismo de él; decía que tomaba porque no encontraba trabajo y el círculo vicioso imposible de romper sin esfuerzo seguía intacto , sumado a que ella mantenía la casa; no tenía mucha escapatoria, era como vivir sobre un terreno minado.
Se levantó y fue al baño, abrió la ducha; y dejó que el agua caliente la volviera a la vida, lavando tanto dolor, tanta tristeza; dejando que se llevase los golpes de su adolorido cuerpo, sentía que ella tenía el poder de hacerla sentir nuevamente una persona.
Miro el espejo empañado y vio como lentamente se iba dibujando un rostro amigo; era Manuel, a quien conocía desde siempre.Un hombre sencillo, sin grandes aspiraciones, que tenía la habilidad de hacerla sentir bien, contenida, amada. Pensó en la propuesta que le hiciera la última vez que se vieron: Manuel quería comenzar una nueva vida juntos, que ella pudiera deshacer el nudo que la ligaba a esa relación violenta, enfermiza y comenzar el camino, uno nuevo de paz, en búsqueda de la felicidad. El no quería ser una aventura, un amor de paso, el quería ser el definitivo o al menos intentarlo. Siempre se había negado,le faltaba valor; pero de solo pensar en él sintió que se le entibiaba el alma; no podía negarlo: Él ya estaba en su corazón.
Cerró la canilla, se envolvió en su toallon y el espejo le devolvió una imagen aún joven, un cuerpo esbelto…y unas ojeras espantosas.
Comenzó a vestirse para ir al trabajo. Le dolía terriblemente la cabeza; la noche anterior el incesante ir y venir de las sirenas policiales la había inquietado bastante.
Tomo una taza de té y una aspirina por desayuno mientras escuchaba sin ver la últimas noticias en la tele, ahí daban cuenta de la fuga de dos peligrosos delincuentes de la comisaría del barrio.
Antes de salir miró de reojo su habitación, él seguía durmiendo todavía borracho, cerró la puerta y llamo al ascensor.
Mientras bajaba decidió ir a ver a Manuel para decirle que estaba dispuesta a intentarlo, quería creer una vez más, tal vez la última.
Se miró en el espejo del ascensor y se agradó, la decisión había hecho desaparecer el dolor de cabeza y con él se fueron la ojeras, la blusa blanca le sentaba bien sobre la falda azul, tal vez le faltaba algo de color a las mejillas; se apresuró, debía caminar tres cuadras de más para poder verlo antes de entrar a trabajar, pero sabia donde encontrarlo: a esa hora él tomaba el primer café del día en el bar de la avenida, apuro el paso, ya lo divisaba en la mesa junto a la ventana.
Escuchaba mucho ruido a su alrededor pero no le interesaba.
La gente corría, gritaba.
Las sirenas volvieron, sonaban más fuerte que anoche.
Ella solo pensaba en que al fin sería feliz.
Oyó frenadas, extrañas explosiones, tal vez disparos, tal vez niños traviesos jugando con petardos.
No le presto atención.
Solo le faltaba cruzar la calle, Manuel al verla salió corriendo a la vereda.
Le gritaba algo que ella no entendió.
Él agitaba desesperadamente los brazos.
¿Qué le pasaba? pensó
Ella solo quería llegar a su lado.
Corrió y de pronto…algo golpeó fuertemente su pecho haciéndole perder el equilibrio.
Fue cayendo lentamente mientras pensaba ¿Qué sucedió?
Antes de llegar al suelo unos brazos fuertes la sujetaron, lo miró quiso hablar y no pudo, solo veía los ojos de él llenos de lágrimas.
Quería decirle que ya no tendría que preocuparse por ella, que había decidido estar a su lado para siempre; pero la voz había huido de su garganta.
Miró el cielo tan increíblemente despejado, se asombró del profundo silencio a su alrededor y entendió todo claramente.
Ensayo una sonrisa de despedida para su gran amor inconcluso mientras en su pecho justo a la altura del corazón se comenzaba a dibujar una flor roja.


Acerca de la autora:   Paula Duncan 

Venta de plasmas - Eduardo Poggi




―Señor, no ser posible lo que decir.
―Mirá, negrito, no te hagás el piola conmmigo. ―Lerchundi señaló el plasma última generación―. Te digo que en esa pantalla podés ver cualquier cosa que ocurra en el mundo, ¿no me lo vas a comprar?
―Yo decir verdad, señor ―el pigmeo mostró la cerbatana que sostenía en la mano―. Con esto cazar monos en selva y comer. Ahí no haber comida ―dijo, señalando el plasma.
Lerchundi no entendía, le vendía a mitad de precio los plasmas que había robado, y el negrito este no quería entrar en razones.
―Mirá, te los estoy dejando a mitad de precio. ―Sintonizó el canal Gourmet―. Acá también hay comida, ¿ves?
―No comer vidrio, comer mono ―dijo, volviendo a levantar la cerbatana con la que cazaba.
―¿Para esto viajé a kilómetros de Manaos? Para tener que soportar negritos pelotudos. ―Lerchundi subió el volumen al máximo―. Tiene SAP y sonido estéreo y…
El pigmeo salió corriendo despavorido y Lerchundi atrás de él.
Al otro día, sentado junto a su cerbatana, el negrito asentía con su cabeza.
―Más rico que mono ―dijo―. Mucho más rico que mono.



Acerca del autor:  Eduardo Poggi

El sembrador - Pablo Sanucci





La estepa quemada se desvanece poco a poco, se dispersa en pequeñas plantas y pastos secos. El viajero miró para atrás unos segundos; hacia el último arbusto espinoso y enfrentó al desierto. En despiadada ausencia, treinta y cinco días son caminados. Las pisadas que lo persiguen se esfuman hacia el horizonte. La soledad arrasa. Rocas grises, guijarros negros, dunas pálidas. La sombra de sí mismo se alarga en el atardecer. Se detiene. Gira atónito observando pequeños círculos verdes sobre una planicie infinita. Pecas de hierbas dispersas. Algunas en grupos. Otras solitarias y más notables, tal vez más grandes o claras. Cada círculo tiene una flor alta en tallo único y vibrante. Debió esperar la noche para comprender. El reflejo de la luna bordeó la silueta del niño ciego que camina lentamente entre los círculos de hojas suaves hasta salir más allá del más lejano. Entierra una aguja larga donde proyecta su luz una estrella. El viajero lo intuye porque el único que percibe el brillo sobre la arena es el niño ciego. El niño marca el lugar que impacta el firmamento sobre el desierto y traza un mapa de las constelaciones. Ese es su trabajo en cada noche y continúa hasta el fin de los tiempos cuando la tierra toda rebrote de motas verdes con una flor en el centro. Lo que ahora está en el cielo, nacerá aquí como ojos de vida en un planeta seco.


Acerca del autor:  Pablo Sanucci

jueves, 25 de diciembre de 2014

Nunca debí volver — Ada Inés Lerner


Nunca debí volver. Fue una mala idea. Hoy pertenezco a la UAC Universal, soy bióloga espacial en sus laboratorios científicos y los viajes espaciales de investigación Saturno y Titán me han dejado en el alma y en el cuerpo algunas huellas. 
No previne que en mi pueblo y en el planeta el éxodo había cambiado todo a los saltos, para peor. Que el lugar de la calesita de mi infancia lo suplantó el silencio y muchos, demasiados, son baldíos marcados por la basura que cae de los satélites artificiales. 
Los cómplices de mi adolescencia se han ido ¡vaya una a saber adónde! y ni las paredes de sus casas no han quedado en pie en el sitio en que yo había sido muy feliz: a pesar del entrenamiento en algún lugar guardo los recuerdos de mi infancia de pueblo. 
Las antiguas casas de la partera y la farmacia ya no están, Defensa Civil, casi inexistente, levantó un edificio profundo donde funciona un refugio y cada tanto una alarma llama a los sobrevivientes, antes de entrar los examinan con el láser y luego les dan un hogar de acero sin ventanas ni calor humano. 
Ayer yo no los conocía y hoy sé que están obsoletos aunque imprescindibles pero ¡tan cerca de mi escuela! donde todavía se enseña y se aprende, para una que ya sabe que por ahí no pasará el futuro y porque es difícil regresar donde las viejas ilusiones ya no crecen como la enamorada del muro. 
No, nada dura para siempre. Al pasar por esos lugares eché de menos a alguien que en su momento estuvo a mi lado y hoy se fue ¡quién sabe adónde! Acompañando a otra, que ni siquiera puedo odiar. 
Por si fuera poco aunque él regrese y no me reconozca será porque él tampoco es el mismo. 
Y es posible que lo peor de tal visita sea que pasé por el viejo y ruinoso bar, el único que quedó mostrando la piel ajada de una necesidad humana del vicio y me reconozca “el malo de la historia” y me vuelva a decir con la misma voz burlona. 
—Hola Raquelita, pero si sos vos, vos, aquella creída ¿Querés ver mi “farmacia”?

Acerca de la autora: Ada Inés Lerner

Desvarío - Cristian Cano


Los dos esperaban que la quiniela galáctica realizase los sorteos. Fue en uno de aquellos momentos de tensión absoluta en los que Seis Puntas acuchilló a su compañero antes de que éste le disparase a quemarropa. La policía se encontró despistada cuando comprobó que las víctimas tenían un sólo número para el juego. Habían comprado el ticket a medias en la sucursal del Cíclope suertudo, que queda en Pico. El número era el 96, el mismo que salió a la cabeza. La Grande Supergaláctica casi nunca sale y al Comisario le temblaron las rodillas cuando desenrolló el papelito manchado de sangre: setecientos mil trillardos de créditos pagaderos en dos veces. Observó el suelo y los cuerpos, y después le clavó la vista a su compañero novato. Dijo en voz alta que era demasiado crédito, y el agente comparó ideas diciendo que él llenaba su heladera con veinte credines a la semana. La mano del Comisario Montalbán se acercó a la funda de su phaser, y el joven académico le preguntó si quería quedarse solo en la escena del crimen. Levantando la pera y haciendo un ademán de desprecio, le contestó que sí. Cuando estuvo dentro de la patrulla trató de imaginar semejante suma. Una en mil millones, se dijo. Minutos después no dudó en denunciarlo.

Acerca del autor: Cristian Cano

La creación - Patricia Calvelo




Al principio, crea el cielo y la tierra. Y separa la luz de las tinieblas, y divide las aguas del suelo seco, y ve que todo es bueno. Luego, hace crecer flores y árboles frutales, y les da distintos colores y perfumes, y ve que todo es bueno. Después, pone seres plateados y dorados en las aguas, y crea otros para poblar la tierra, y aves para surcar los cielos, y los bautiza a todos con nombres melodiosos. Y ve que todo es bueno. Y prueba todos los sabores, y decide que uno de los árboles, el de las deliciosas frutas rojas, será sólo para Él. Y se recuesta a descansar y disfrutar de su creación. Pero no se siente del todo satisfecho: algo le falta aún. Entonces dice: Crearé un nuevo ser a mi imagen y semejanza. Y va moldeándolo en arcilla, y cuando está terminado, infunde vida en un beso. Sin duda, ésta es la mejor  de sus obras, la más bella de todas, la más brillante y armoniosa. Para coronarla, le pone un nombre. Al nuevo ser, sin embargo, no le gusta el nombre que le ha dado, y se lo cambia. Él tiene un raro presentimiento. En seguida, esta criatura empieza  a cuestionarle cosas. Entonces, Él comienza a sentir un miedo que no lo abandonará jamás, y le miente: le dice que Alguien, Alguien terrible y todopoderoso, lo ha creado a Él primero, y después le ha sacado una costilla y la ha formado a ella. Y que como ella es solo un pedacito de Él, tiene que obedecerlo en todo. Y que como ella es solo un pedacito de Él, tiene que obedecerlo en todo. Y que ella no debe hablar demasiado ni en voz muy alta para no despertar al Creador; no contradecirlo a Él, a quien el Creador declaró dueño y señor de todo, y en especial no comer del árbol que en este momento le está señalando. Pero ella, que no le cree una sola palabra, arranca un fruto del árbol prohibido y, dándole un gran mordisco, desata la primera tormenta de la historia.


Acerca de la autora:  Patricia Calvelo

jueves, 11 de diciembre de 2014

Dos extremos - María Torres




El hombre es egocéntrico y vanidoso, y cuando hay un exceso de este elemento la persona irradia tanto que se ve encandilada por su propia luz y no puede ver más allá de sus propios anhelos. Entonces suele tender a pasar por sobre el resto con una total falta de tacto, va tras la acción, está motivado a dejar una huella en el mundo, que trascienda su existencia y lo aleje de la vulgaridad, se encuentra con la dificultad de armonizar con otros seres, con el hombre débil y sus necesidades, muy poco receptivo a nuevas ideas, con dificultad de captar conceptos mentales muy abstractos, agota fácilmente su energía, la mente puede desbocarse y llevarlo a un mundo de fantasía. Puede ser muy esquivo a la hora de autoafirmarse y de pelear por su lugar en el mundo, sin ideales, fracasado, la marea de sus emociones pareciera ahogarlo, sus pensamientos negativos y los miedos no le dan tregua.

Acerca de la autora:  María Torres

Trivialidad danesa - Condessa Nadja




La línea de avión alemana era muy cómoda, sin embargo me producía algo de fobia la altura; me arruinaba los nervios, en breve síntesis. 

Llegando a Hamburgo, no hallaba el lugar donde hacer el transbordo para ir a Dinamarca. Los alemanes son algo reacios a cualquier idioma que no sea el de ellos, eso se hizo notar de forma inmediata. Pregunté (en inglés) dónde era el transbordo, me contestaron en alemán. Pensé... puede ser  broma. Salté el detalle cordial. Buena fortuna que entiendo el alemán aunque no lo hable. Corrí como un loco para llegar al transbordo, era tarde. Y ahora en la línea escandinava... ¡Al fin! Quedaba menos... ¡qué alivio! Miré a mi costado, y la ventanilla me dejó pálido al ver tanto océano allí abajo. Preferí ver el monitor que estúpidamente nos contaba el frío que hacía afuera y la altura a la que estábamos, como si tuviera importancia. ¿O sería para alguien que quisiera tirarse? Hay cosas que no se entienden...

Después de casi una hora, ya estaba en Copenhague. La tensión se estaba disipando.
En mi plan de viaje tenía una reserva previa para hospedarme en un departamento.

Retiré mis maletas en el aeropuerto. Tomé un taxi y llegué a mi departamento según la dirección previamente pactada. Allí una persona me aguardaba con las llaves. Me las entregó y se retiró.

Ingresé... y todo estaba extremadamente pulcro y ordenado. Iluminación natural casi perfecta. Pero algo no me encajaba en el puzzle. Me acerqué a ver a través de las ventanas y enfrente había otro departamento igual al mío. Y... desde otra ventana tenía una vista similar.

Quise tomar una ducha... ¡Oh, por dios! ¡No habían cortinas ni persianas! Solo ventanales enormes en todas partes: living, habitación y baño al descubierto. ¿Un baño con ventanal? ¡Vaya ocurrencia! ¡Maldita sea! Era una pesadilla. Y hasta las ganas se me quitaron... 
No entendía este sistema con toques de vulgaridad. Era como estar en "El gran hermano". 

Minutos después vi que enfrente se paseaban personas desnudas por los ambientes como si nada. Uno de mis ventanales se ubicaba frente a un baño. Se divisaba hasta cuando se sentaban en el trono. No era muy agradable esta situación poco agraciada.

Tuve que hacerlo o no me ducharía. Me quité la ropa y vi que los desfachatados me miraban. Tomé mi toalla y me envolví como pude para ir a la ducha. 
Al salir de la ducha, todos esos ojos otra vez encima de mí. Me llegó a dar rabia. No había privacidad. Desarmé la cama y con sábanas blancas tapé mi ventana. Afuera se escuchaban risas. 

Me vestí y salí a caminar cerca del canal del puerto, a ver los barcos. Observé mi habitación desde afuera... la única con cortinas entre miles. Sobresalía... era hasta especial. Me fui en paz con una sensación de alivio y triunfo a la vez.


Acerca de la autora:  Condessa Nadja

jueves, 27 de noviembre de 2014

Corso - Rodolfo Walsh


Vos sabés cómo nos divertimos, el corso era un asco pero nosotros nos divertimos igual. El Ángel se consiguió unos plumachos, dice que los trajo de la isla y que crecen en una planta, pero eran como plumas de avestruz. Después me fijé que en un quiosco los vendían a veinte sopes cada uno, qué atorrantes, imaginate que esas cosas crecen en los árboles y los tipos las venden a veinte mangos.
Hacía un tornillo que te la debo, pero igual las minas andaban casi en bolas en las carrozas, yo siempre digo que estas ñatas con tal de andar en bolas hacen cualquier cosa. El Ángel y yo empezamos a pasarles los plumachos por las gambas, vos sabés qué plato. A las tipas les gustaba, pero algunas ponían cara seria para disimular, vamos, viejo, a quién no le gusta que le hagan cosquillitas. Un jetón que iba en una picá llena de florcitas le dijo al Ángel por qué no se las metés a tu abuela y el Ángel le refregó el plumacho por la cara. El tipo hizo como que se bajaba pero cuando nos vio las caras subió el vidrio y la dejó a la hermanita en el capó y el Ángel le rompió tres plumachos entre las gambas, estuvo exagerado.
Pero lo grande fue cuando vino el hindú en un forcito del tiempo e mama. Este hindú venía todo desnudo, menos un calzoncillo cerradito y un turbante en el melón con una piedra divina, te lo juro. Iba sentado en el capó, con las patas cruzadas, seguro que lo vio en el cine. Con una mano se agarraba la barriga, y con la otra se tocaba la piedra del melón y después el pecho y saludaba, hablando bajito en un idioma. Pero lo mejor que hacía este hindú era que en cada bocacalle se tomaba un trago de un frasquito, prendía un fósforo y escupía unas llamaradas de samputa.
Cuando el Ángel lo vio, se quedó enloquecido y empezamos a seguirlo. Yo le decía dejáme de joder, mirá las minas, y el Ángel nada, el hindú lo tenía entusiasmado, lo miraba de arriba abajo como si fuera Nélida Roca. Ahí supe que iba a hacer una cagada, porque el Ángel será lo que vos quieras, menos eso. Cuando quise acordar estábamos frente al palco el hindú con el forcito y al lado el Ángel y yo detrás. Entonces el hindú mirando el palco donde estaba el intendente, echa la cabeza para atrás y se manda un trago doble de la nasta, y mirando al cielo se arrima el foforito. Y en eso lo veo al Ángel que levanta el plumacho y lo toca justito en el hueso de la garganta, y el hindú empieza a escupir fuego hasta por los ojos y se siente un olor a bife que no te cuento, el hindú parece que se quema, y yo hago lugar para los bomberos, o sea que me rajo. Y por la otra vereda lo veo al hindú que lo corre al Ángel, y ya no le habla en el idioma sino que le dice la puta que te parió, la puta que te parió, y menos mal que no lo agarra porque si no lo mata.
Al rato nos encontramos con el Ángel en la estación, el Ángel hace como que me habla en el idioma, y nos meamos de la risa, viejo, vos sabés qué plato.

Acerca del autor: Rodolfo Walsh

Memoria de lo que duele - Mario César Lamique





“..o puedes escuchar o puedes encerrarte...Ya no tengo donde guardar mi dolor” 
Proyecto Gomez Casa
 
1- Hoy abrí un cajón y comenzaron a saltar por el aire, imposible ocultarlos,
taparlos o hacerlos desaparecer.

2- Tengo todavía muy presente el día en que mi mamá me encontró uno debajo de la cama no es mío, es de un amigo, fue lo único que le pude decir, me lo dio para que se lo cuidara.

3- Ya hace un año que me despidieron de mi trabajo, el nuevo jefe revisó el Facebook de los empleados y vio que yo mostré uno, y para colmo de males, le puse Me Gusta a mi propio dolor.

4- Cuando me levanto a la madrugada al baño los voy pisando, lo bueno es que a ellos no le duele, lo más complejo de la situación es que aumentan y a mí sí me duele.

5- Mi insulso intento de homicidio fue tratar de matarlos con la indiferencia, pero aunque me duela decirlo, eso tampoco funcionó.

6- Hoy comencé con la limpieza y tuve que deshacerme de varios de ellos porque ya estaban amarillos, viejos, gastados y algunos ni siquiera eran míos.

7- Luego de la limpieza me di cuenta de que no eran tantos al final, me di cuenta de que no son lo único que tengo...

8- Ayer por la madrugada, a “medio despertar” fui al baño con sumo cuidado tratando de no pisar a tantos que quedaron desparramados por el piso "a guardar... a guardar... cada cosa en su lugar", me vino a la memoria esa canción del jardín, es que me agarra el sueño y nunca los ordeno antes de acostarme, siempre he sido bastante desprolijo con las cosas; los libros, la ropa , los sentimientos en general y los miedos en particular.

9- Anoche esquivé casi todos, ya casi casi llegando a la puerta del baño, cuando pensé que ya los había dejado a todos atrás, pise un dolor, que desde ya no se quejó, claro está el que emitió un quejido leve casi imperceptible, aun en el silencio de la madrugada, fui yo.



Acerca del autor:  Mario César Lamique


Paredes - Marcela Guttilla






Cientos de veces me repitió lo mismo: "no te metas en problemas, no te corresponde, Dios no te pide sacrificios tan grandes". Y aunque mi madre aparentemente tenía razón, estaba muy fuera de lo que, para mi conciencia era “la razón”. Volví a mirar la mesa bien tendida, las masas rellenas de dulce de leche, el café, con ese olor inconfundible que despierta los sentidos. Un mantel de hilo color rosa, con tulipanes bordados, y una gran soledad… ella y yo, dos mundos distintos.
Esa noche tuve un sueño que me rescató de la realidad, y al mismo tiempo me introdujo en ella. Un sueño vivido en un eterno presente que jamás olvidaré:
-Paredes deformes, en medio de una oscuridad que parece no tener fin. Se unen, se separan, con vida propia y sufriendo, como doliente condena. El terror de la ausencia va matando lentamente a ese recinto que clama al habitante esperado, que no llega. Sufre, llama rugiendo, entorpeciendo el sentido. Calla, duerme la muerte de un abandono anunciado, temido, esperado. Paredes que lloran la muerte prevista de un ser que no quiere renunciar, que siente, ama, llora, divisa un horizonte lejano, tétrica foto en sepia, aguardando despedida. Paredes nuevas, heridas, atacadas, abandonadas, se consuelan mutuamente esperando la derrota. Recinto lúgubre en un tiempo de horas gigantes, glaciares de indiferencia. Paredes de un estómago aguardando la muerte. Ausencia del pan que rescata una vida. Ausencia de amor, muerte anunciada, corazón en pleno duelo. Ausencia de culpa, profanada inocencia.-
Al despertar, todo se dibujó en las paredes de mi habitación, en gotas de lágrimas rellenas de pan, un pan que no alimenta, un pan que no llega al estómago, un pan que no acalla al corazón dando la paz necesaria.
Aquella noche mi madre hizo la denuncia, cuando volvimos del cine, habían desaparecido todas mis pertenencias, ella nunca entendió por qué sólo mis pertenencias. Y yo, imaginando un corazón arropado, unos ojos emocionados, y las paredes de un estómago recobrando vida. Es maravilloso ser cómplice de quienes lo dan todo por amor, perdón, de quienes lo damos todo… por la vida.


Acerca de la autora:  Marcela Guttilla


sábado, 22 de noviembre de 2014

Día de locura - Paula Duncan



                            


María estaba agotada, sentía un tembladeral en su cabeza, el día había sido realmente agotador, tantas situaciones en la que entraba y salía, su vida últimamente se había convertido en una comedia de puertas; cada vez que abría o cerraba una, la siguiente estaba esperándola.
Comió liviano, se sirvió un una taza de valeriana para tranquilizarse y dormir pero fue en vano, eligió un libro, apagó las luces solo dejando la lámpara del sillón y se sentó a leer, tenía en sus manos un volumen de aventuras, esas que tanto le gustaban de adolescente, con personajes fantásticos y lugares exóticos; justo lo que necesitaba para escapar de esa realidad demasiado concreta y aburrida.

El té fue haciendo su efecto y ya no pudo seguir, cerró por un instante los ojos y sintió como los personajes se escapaban del libro, se incorporó de golpe y vio la sombra de ellos caminando por la pared del frente; de pronto estaba en otro mundo, con otros colores y otros aromas que daban martillazos de luz en su cerebro.
Tomó su cartera que había dejado en el suelo para buscar los lentes y cuando la abrió un duende con una pierna casi separada de su pequeño cuerpo le pidió ayuda. Lo sentó sobre el libro, buscó cinta adhesiva y lo compuso, él le agradeció y salió corriendo.
Ella pensó “debo tranquilizarme o me volveré loca, seguro es estrés, no puedo estar viendo los personajes del libro paseando por mi pared...,¿o sí? ¿por qué no?”; necesitó un vaso de agua bien fría, la garganta le estallaba, sentía miles de pequeñas agujas de fuego en ella. Al ir a la cocina descubrió que en el espejo del pasillo había un hombre, que le sonrió encantadoramente, no sintió miedo sino curiosidad.
Fue a la heladera, bebió agua y volvió; al pasar nuevamente por el pasillo el caballero en cuestión seguía ahí, sonriéndole, detrás de él un universo infinito de puertas diversas se extendía hacia el horizonte, parecía que la estaba invitando extendiendo su mano; ella, aunque con algo de miedo, pegó la suya al cristal y éste se hizo permeable, estaba decidida a pasar del otro lado y en ese preciso instante un ruido fuerte la distrajo. 

Volvió al living, la habitación parecía haber implosionado sin perder su estructura. El libro estaba cerrado sobre la mesa al lado de la lámpara junto a su taza de té vacía; el duende se había convertido en un pequeño adorno verde, los personajes ya no andaban en la pared, probablemente habían vuelto al libro, todo estaba en orden; volvió rápido al pasillo, el caballero ya no estaba; de este lado, justo debajo del espejo, como si lo hubieran dejado desde el otro lado, un ramito de jazmines.
Apagó todas las luces y se fue a dormir, se sentía bien. Antes de meterse en su cama se dijo “ojalá mañana sea un día algo más tranquilo” y se durmió, con el aroma de los jazmines inundando su cuarto.



Acerca de la autora: Paula Duncan 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Lo que creemos – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


—Los fantasmas no existen —dijo el escéptico—. No existe ninguna prueba científica que avale la existencia de algo después del fin de la vida tal como la conocemos. Son puras imaginaciones o simples historias de mitómanos.
—Yo lo entiendo, perfectamente —replicó el fantasma—. Pero, ¿qué me dice de los gnomos? ¿No le parece un peligro construir pequeñas figuritas para nuestros jardines o, en mi caso, para mi tumba en el cementerio?
—Los gnomos son solo eso, figuras en los jardines, nada más. Objetos inanimados que no pueden lastimar a nadie.
—Mire, le presento al gnomo que estaba junto a mi lápida.
—Hola —le dijo el gnomo al escéptico—. ¿Ahora cree?
—Hola. Por supuesto que no, para mí, usted solo es un viejito enano que no puede hacer nada extraordinario.
El gnomo usó su magia para hacerlos flotar a todos en el aire e insistió:
—¿Y ahora, usted, cree?
—No —dijo el escéptico—. Obviamente estás usando la tecnología para realizar este truco. A mí no me engaña nadie. Ahora, déjenme tranquilo, debo irme a casa.
—Pero usted vive lejos —comentó el fantasma—, y muy pronto va a amanecer.
—¿Y qué?
—Pues que usted es un vampiro. Y cuando los rayos del Sol atrapan a un chupasangre…
—¡No soy un vampiro! ¡Y tú no eres un fantasma! ¡Y tú no eres un gnomo! ¡Somos personas normales! ¡Yo soy un ser humano común y corriente! —Y se marchó.
Minutos después un resplandor, un horrendo chillido, humo y cenizas.
Luego, nada.
El fantasma y el gnomo retornaron, riendo, al mundo de las sombras al cual pertenecían.

Sobre los autores: Alejandor Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar

Relato de lo acontecido en Mantua, junto a un vado del río Mincio, en los primeros días de julio de 452 - Daniel Frini


León el Grande, Pontifex Maximus, va al encuentro vestido con toda la gala y magnificiencia de la que es capaz. A un paso lo sigue el consul Avenius; y, detrás de él, los prefectos Trigecio y Aluano. Sostiene fuerte, en su mano derecho, el cayado de pastor de la cristiandad, todo de oro con incrustaciones de las más extrañas gemas.
A León le dijeron que la pompa de Roma asusta a los bárbaros, que Atila es supersticioso, que tiene un enorme respeto por las personas que llevan nombres de animales y que, si bien no le importan los romanos, sí lo aterroriza la cólera de su dios crucificado. 
Pero el Papa sabe que el rey de los hunos no siente respeto por ningún nombre, y tampoco tiene el menor interés en el dios romano. A Atila solo le importa poner de rodillas a la ciudad arrogante. En cambio, a León le tiene sin cuidado lo que el bárbaro le pueda hacer a la Ciudad Eterna. Para él, sus verdaderos enemigos están en Oriente, se llaman Nestorio y Eutiques, y se empeñan en discrepar con los dogmas y en tergiversar la doctrina de Pedro, que habla a través de la voz del Papa. Por esa razón le exigió al emperador Valentiniano que los elimine de la Creación en lugar de pedirle que estacione a las legiones en las afueras de Roma, para defenderla de las hordas del Norte. Sabe, también, que es Valentiniano quien debería estar allí en su lugar; en vez de haber huído a esconderse tras las murallas de Rávena para escaper del saqueo; y que, si él tiene éxito, será la primera vez que el poder espiritual de la Iglesia se imponga donde falló la autoridad temporal del Emperador de Occidente. 

Atila, tanjou de todos los pueblos del norte y del este, martillo del mundo, está montado en su caballo. Lleva el torso desnudo y lleno de tatuajes color azul oscuro; el cabello largo y suelto; unos aros grandes, de oro; y unos brazaletes de plata que ciñen sus biceps. Está erguido sobre su montura, con su espada ―quitada a un general romano; y que, le gusta hacer creer, es la espada de Dios, y prometida para vencer en todas las batallas― desenvainada y cruzada sobre la grupa del animal. Siente curiosidad por conocer al representante en la Tierra del dios de los romanos. Su Mirada es adusta y terrible.
Detrás de él, están los ocho elegidos y su general Chanat.
Avanza para reclamar los territorios que hace unos años fueron de Alarico; y a Honoria, Hermana de Valentiniano, que le fuera prometida en matrimonio, que es otra manera de reclamar el Imperio. A su pueblo le cuesta moverse de un lugar a otro arrastrando tamaña cantidad de carros llenos de tesoros. A veces, se pregunta: «¿Para qué más?»; pero la sed de Gloria puede más. 

A León le dijeron que ese, que puede hacer que Roma se extinga, es muy educado, habla gótico, varias lenguas de los pueblos del norte, griego y, por supuesto, latín. Entonces dice, con corrección académica:
―¿Qué acelga, morocho?
Atila contesta, también en latín, aunque con acento de Panonia:
―¿Cómo andamio, cuervo?
―¿Así que andás con ganas de zamparte Roma?
―Ajá.
―¿Y se podría saber el porqué?
―Mayormente, porque la Honoria quiere que me case con ella. Hasta una carta me mandó. Me ruega que la salve, porque el hermano quiere casarla con un tal Baso; que parece que es medio carcamán. Y un anillo de ella, también me mandó. Mirá ―dice Atila, levantando el anular de la mano izquierda.
―Ah ―observa el Papa ―. Pero si la Honoria no está en Roma. Se fue con el hermano a la Galia.
―¡Notepuócreé!
―Se.
―¡Pero si me dijo que me esperaba allá! ―dice Atila, señalando al sur.
―Pero se fue con el hermano para allá ―dice León, señalando al norte.
―¡Entonces voy igual y me llevo todo lo que tenga valor! ¡Oro, plata, piedras preciosas!
―Piedras, ladrillos, botellas, ánforas pinchadas, pilas de madera para leña…
―¿Ah?
―Que no queda nada de valor en Roma. Alarico se llevó todo hace unos años.
―¡Los tomaré a todos como esclavos!
―¿Y a quién le vas a vender tullidos, desnutridos y viejos desdentados?
―Pero…
―Cualquiera que tenga capacidad de trabajar, hace rato que se fue de la ciudad. Andan por Galia, Lusitania, Alejandría o Constantinopla. Ahí no queda ninguno que sirva.
―¡No jodas!
―En serio. Roma está vacía.
―¡Ja! ¡Al menos, llevaré a mis hombres para que disfruten de las mujeres! ¡Los lupanares de Roma son famosos desde el Mar del Oeste hasta los confines de Asia!
―Eso era antes.
―¿Cómo antes?
―Se. Antes todo era una joda. Pero te hablo de la época de mis tatarabuelos. Desde que llegó éste ―dijo el Papa, levantando su cayado para que se viese la cruz― se puso jodida la cosa. Ahora todos son santos, y el ultimo quilombo cerró hace como cien años.
―¡Nuuuuuu! ¡Pero entonces…! ¡Es un embole!
―Satamente.
―¡Naaa! ¡Si mandé mis espías y me dijeron que es una ciudad fantástica!
―Fantasma. Una ciudad fantasma.
―¡Mirá vo!
―Se.
―¡Pero me imaginaba otra cosa!
―Vos sos un tipo culto ¿no?
―Algo.
―¿Oíste hablar del cielo y el infierno que tenemos nosotros los cristianos?
―Clá.
―Pensá en el infierno. ¿Quiénes van allá? Asesinos, violentos, malvados, taúres, ladrones y ―León hace una pausa para generar suspenso ―…promiscuos, prostitutas, mujeres livianas, mujeres infieles, ninfómanas. Ahora, pensá en el cielo. ¿Quiénes van allá? Santas y vírgenes. Y decime: ¿dónde hay sexo, orgías, vino, hidromiel y partusas? ¿En el cielo o en el infierno?
―Calculo que en el infierno.
―Ahí tenés.
―Ahí tenés ¿qué?
―Roma es el cielo.
―¿Ah?
―¡La pelota que sos lerdo! Roma es la sede de ¿quién? Del sucesor de Pedro, que vengo a ser yo. O sea que yo soy ¿quién? El representante de Jesucristo en la Tierra. Y yo tengo las llaves de ¿qué? Del cielo, claro. Yo vivo en Roma, por lo tanto ¡Los que están ahí van a ir todos al cielo! ¿Entendés?
―¡Ahora! O sea ¿nada de putas?
―Nada.
―¿Nada de orgías?
―Nada.
―¿Nada de sexo?
―Nada.
―¿Nada de bacanales?
―Nada de nada.
―¡Dejate de joder!
―¿Te das cuenta de la cruz que me toca cargar?
―¡Te compadezco!
―Es lo que se dice un sacerdocio.
―¿Y dónde queda el infierno? ―pregunta Atila.
―Por allá ―dice el Papa, señalando el Noreste.
Atila hace una larga pausa, mirando sin pestañear a León, a quien un sudor frío le perla la frente. En ese momento exacto se juega el destino del Imperio de Occidente y la superioridad de la Iglesia sobre los poderes terrenos.
Atila tira las riendas de su caballo, que gira sobre sus patas. Se dirige a sus hombres y les dice
―Vamos.
Roma se ha salvado.

Acerca del autor: Daniel Frini

domingo, 9 de noviembre de 2014

Revolución - Slawomir Mrozek


En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.
Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedo más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese «cierto tiempo». Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.
Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la  vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez «cierto tiempo» también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio—es decir, el cambio seguía siendo un cambio—, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

Acerca del autor: Slawomir Mrozek

Desconexión – Carlos Enrique Saldivar


—¡Al fin! —dijo el científico—. ¡He logrado crear la madre de todas las computadoras! ¡Y con ella he podido atrapar la infinita telaraña de Internet, conectando cada una de sus redes a un lugar común! He triunfado, al fin lograré mi gran objetivo: poner fin a esta enorme pesadilla, liberar al mundo de esta cárcel tecnológica que nos mantiene como animales, presos, idiotizados.
El hombre permanecía deslumbrado ante su magnánima invención, no era un artefacto grande, pero sí una creación genial. Esta iba atrapando poco a poco la enorme maraña de Internet hasta convertirla en parte de sí, de esta manera podría desconectar todas las líneas del mundo de golpe, haciendo que la reconexión fuese imposible. Dentro de poco llegaría el gran final. El sujeto tenía sus motivos personales para realizar el violento experimento. Había perdido a su familia, amigos y prometida por culpa del mundo virtual. Estaba solo y sufría. Había tardado nueve años en crear su fabuloso aparato, y al fin conseguiría su venganza.
El proceso se había completado. La Red y la inquietante máquina ya eran una.
—Únicamente he de apretar un pequeño botón y todo llegará a su fin —susurró el espabilado personaje.
Recordó entonces lo fantástica que era Internet. Lo asombrosa, magnífica e incontenible que podía llegar a ser. El libro de arena de Borges. La dimensión de los sueños de Cornwell. Quizá esta inmensa maravilla era también indestructible. O tal vez no. Era cuestión de intentarlo, de presionar el interruptor para anular el sistema que mantenía al gran prodigio con vida. En cuanto apagara el armatoste todo llegaría a su fin. El científico estaba nervioso, su corazón latía con rapidez. No, no debía acobardarse a estas alturas. ¿Podía salir algo mal? Nunca un ser humano común había llegado tan lejos. Nunca.
Oprimió el botón...
Y ocurrieron dos cosas:
La Internet se mantuvo.
La mente del hombre se desconectó para siempre.

Lima, diciembre de 2007

Sobre el autor: Carlos Enrique Saldivar