Helena solía balancearse en las hamacas de la plaza del pueblo donde había nacido. Era un lugar tranquilo y sus días así se pasaban. Sus cabellos color avellana, sin brillo, y sin cepillo, se iban con el viento. Y su piel rosada perdía todo rasgo de rojo. Sus huesos esponjosos ya no caminaban, volaban. Volaban aún cuando Helena más necesitaba estar en tierra.
Enfermedad - Sofía Ríos
Helena solía balancearse en las hamacas de la plaza del pueblo donde había nacido. Era un lugar tranquilo y sus días así se pasaban. Sus cabellos color avellana, sin brillo, y sin cepillo, se iban con el viento. Y su piel rosada perdía todo rasgo de rojo. Sus huesos esponjosos ya no caminaban, volaban. Volaban aún cuando Helena más necesitaba estar en tierra.
Trazos que unen - Carmen Rosa Signes Urrea
Destino marcado – Sergio Gaut vel Hartman
Extraño donante - José Vicente Ortuño
Secretos - Olga Liliana Reinoso
Breve historia de la decantación - Adriana Med
Sobre la inmaterialidad - Vladimir Kultyguin
Presentación - Jorge Ariel Madrazo
Golem en Viena - Héctor Ranea
Cuando pasa cerca de los muchachos del bar italiano, ellos dicen escuchar la suave canción de la coja que a veces responde una voz triste, grave, que parece ser la del viejo.
De pronto, la campana desafinada de Juan de Nepomuk pareció despertarlo. La joven escribió algo sobre un papel pardo hecho con sisal de momias y se lo enfiló en la boca al viejo que comenzaba a pisar sobre cada paso. Entonces el viejo volvió a su inconsciente caminata, como antes de la campanada.
Deidad en desgracia - Damián Cés
Síganme, y me darán la razón. Así es, no soy inmune a este gélido viento que cala mis tegumentos y dispara diminutos cristales de sílice contra mis ojos.
No entiendo a mis amigos- Miguel Dorelo
Murmullos de Juan Rulfo - Mónica Sánchez Escuer
Velocidad - Camilo Fernández

Mis dedos tiemblan al empujar la palanca de mando, la transpiración me acaricia el antebrazo. La nada del espacio se profundiza a cada minuto, como si el sol estuviera a punto de apagarse. Cuanto más me acerco a la tierra, más me aturden los gritos del silencio.
A través de la pantalla, mi querido planeta tiene el extraño tinte de la irrealidad, como queriendo confundirme. Con simples toque sobre el visor, compruebo los parámetros de viaje. Velocidad de impulso constante; distancia, menos de cinco horas. Insatisfecho, prefiero estirarme hasta la escotilla y ver el azulado reflejo de nuestra vieja roca a la deriva.
Han pasado cuatro años desde que dejé mi hogar, y más de cinco desde que decidí enredarme en este extraño experimento psicológico, o “Psicoespacial” como me gusta llamarlo.
Pocos tuvieron el coraje para registrarse en el programa, y muchos menos de acercarse al final. Los que lo logramos, fuimos asignados a diferentes regiones aisladas de nuestro sistema solar, en bases que si bien eran poco menos que improvisadas, proporcionaban más comodidades de las que yo conocía.
Reviso los cálculos. Aún estoy a tiempo. Ingreso los cambios. Los odio... y me odio por darles la razón.
Tomado de: http://2centenas.blogspot.com
Impertérrita - Giselle Aronson

No encontré un calificativo más adecuado, entonces dejé de adjetivarla y declaré que ése sería su nombre.
Impertérrita se había presentado a un concurso que elegiría al nuevo jefe de trabajos prácticos de la cátedra de Educación y Ética, de la cual yo era creadora y profesora titular.
Ya me había asombrado al leer el examen requerido para el puesto, las palabras precisas, la síntesis buscada, interpretaciones adecuadas. Sobresaliente.
Volví a sorprenderme cuando se presentó a la entrevista personal. Impertérrita era todo lo contrario a lo que mi prejuicio había aventurado. Tenía esa clase de belleza zonza que portan las caras de rasgos perfectos. Cada cosa en su sitio y en equilibrada proporción. Iba prolijamente vestida con colores armónicos, la ropa se ajustaba a su figura elegante. El cabello, de un lacio y un color inmaculados, ni una sola mecha fuera de lugar. Sus manos lucían uñas recortadas y barnizadas de un esmalte inalterable.
Durante la entrevista, Impertérrita contestó cada pregunta con voz clara y respuestas certeras. Dijo cada una de las cosas que los profesores presentes queríamos escuchar.
Toda mi naturaleza femenina luchó para no caer en la inevitable comparación y sin desearlo me vi despeinada, con la ropa que trabajosamente había logrado seleccionar de mi placard, mis dedos llenos de anillos y las uñas sin pintar, básicamente maquillada, con mi hablar atropellado y la risa estentórea, la punta de las botas gastadas y las raíces del pelo descoloridas. No me acuerdo de qué pretexto me valí para dejarla fuera de carrera y elegir a otra candidata como profesora. Sólo sé que tanta perfección no me pareció real.
De todas formas, cada año, cuando me dispongo a dar la clase “Los valores y la ética en el aula”, me acuerdo de Impertérrita.
Peor el remedio que la enfermedad – Sergio Gaut vel Hartman

Sus padres lo habían llamado Jonas por Salk, el biólogo que desarrolló la primera vacuna eficaz contra la poliomelitis. Pero a él no le gustaban los médicos, no le gustaban hasta el punto de que prefería retorcerse de dolor antes de aceptar ir a un hospital o un consultorio. Su extremismo terminó siendo obsesivo y perverso, y durante su juventud se enroló en una suerte de militancia que elegía a los profesionales de la medicina como blanco de sus agresiones. Pero Jonas no era necio. Desconfiaba de los hombres que ponían en práctica los avances científicos, no de la ciencia en sí misma. Por ese motivo, a medida que fue envejeciendo, empezó a pensar cómo se las arreglaría para no morir de alguna estupidez, ya que su fuerza de voluntad no sería suficiente para evitar la enfermedad y el envejecimiento. Y la solución llegó de la mano de la informática. Adicto a las computadoras desde su aparición en el mercado, no tardó en advertir que, si lograba describir con precisión los síntomas de una dolencia, podía obtener una respuesta a cualquier pregunta utilizando Google. Así se curó de una laringitis, de una mastoiditis y de una endocarditis sin necesidad de visitar a un médico. Poco a poco se convirtió en un experto y no tardó en estar adecuadamente preparado para enfrentar a las amenazas mayores como el Parkinson, el Alzheimer, varios tipos de cáncer y la terrible Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. No estaba equivocado. Fue resolviendo los problemas a medida que se presentaban, y al cumplir 70 años, Jonás pudo decir, orgulloso, que tenía una salud de hierro y que ninguna enfermedad podía matarlo, que todas aumentaban su fortaleza.
Murió de sobredosis informática el mismo día en que Google inauguró los buscadores de implante craneal.
Problemas de desconexión - Jason Fischer

(anteriormente conocido como Cyrus J Willard)
c / o YMCA Hostel
55 Jeff Kennett Boulevard
NEW MELBOURNE VIC 9001
AUSTRALIA
17 de septiembre 2078
RE: PROBLEMAS DE DESCONEXIÓN POR FALTA DE PAGO DE LAS TASAS
Estimado Sr. TempID # 701536,
Según nuestra reciente correspondencia, reiteramos que su identidad ha sido revocada. Ahora se han agotado todas las vías de apelación jurídicas y queremos recordarle lo siguiente:
• Sus derechos a la identidad conocida como Cyrus J Willard han sido vendidos a un nuevo cliente, junto con todos los derechos subsidiarios (domicilio, pareja, empleo e historial de crédito).
• Tras una serie de enfrentamientos altamente inapropiados, se adjunta una orden de restricción que prohíbe que usted se ponga en contacto o se acerque a Cyrus J Willard, Stacey Willard y Cyrus J Willard Jr.
• Cualquier intento de seguir en contacto con Stacey Willard puede ser considerado causal de divorcio por falta, en cuyo caso Cyrus J Willard recibirá automáticamente el 100% de los activos maritales según el acuerdo prenupcial firmado por usted mismo.
A continuación del pago INMEDIATO y TOTAL de su deuda pendiente de pago, podemos ofrecerle una nueva identidad. Puede elegir entre los siguientes paquetes:
a) Básico - El paquete Básico mantiene su TempID por una tarifa mensual baja, permitiéndole acceder a servicios públicos básicos, membresía en instituciones financieras y derechos de voto.
b) FreshStart - ¡Con una cuenta FreshStart usted puede empezar una nueva vida, bajo el nombre (disponible) de su elección! Viva a la manera antigua, estableciendo relaciones, empleo y crédito.
c) LuckyDip - El paquete LuckyDip ofrece una identidad de segunda mano. ¿Quiere ser médico, técnico de saneamiento o servidor público? Le proveeremos todos los aspectos de identidad de un moroso aleatorio.
Tenga en cuenta que su TempID ha sido proporcionado a usted gratuitamente durante este difícil momento de transición, pero expira en un mes. La no-identidad es un delito federal.
Atentamente,
Atención al Cliente,
Identicaticorp
Traducción de Saurio.
Original en The Daily Cabal
Dolor en las rodillas - Héctor Ranea

La costa del mar de la isla de Seto - Lucila Pinto

Años de recapacitación, meditación, aproximación, teorización y otros ción y la conclusión es esta: Promediaba el año 1944 cuando. O mejor empezar con: Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima. ¿Hiroshima es costera? Google. Wikipedia. Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima, que fue fundada en 1589 sobre la costa del mar de la isla de Seto, y tiene una población estimada de 1.157.962 personas, una densidad de población de 1.279, 5 personas por km² y una superficie total de 905,01 km². Asakusa era un muchacho tranquilo. Un muchacho tranquilo suena mediocre. Asakusa no llevaba el viento en la sangre, como todo buen muchacho japonés, cortés y burgués, sabía reprimir en tiempo y forma sus instintos y pasiones. Respetuoso de quienes lo precedieron en el honor de portar su mismo apellido, es decir, sus mayores, disfrutaba de pasar horas mirando el cielo y el mar (la costa del mar de la isla de Seto), permitiendo a su mente deambular por rincones éxoticos de su imaginación, mientras pretendía escuchar las historias que su abuelo remitía. Una tarde de marea baja, en el que la ausencia de viento y olas obligaba al joven a atender las palabras del anciano, se enteró de la teoría. Fue una revolución para su intelecto chaval enterarse de que un pozo en Hiroshima lo arrojaría en Argentina. Allí el General se imponía como figura central de la política y la sociedad, un terremoto destruía la ciudad de San Juan y cincuenta años más tarde lo mismo haría una bomba con la Asociación Mutual Israelita Argentina. Efemérides.
Los días de Asakusa Yanurabi se volvieron monótomos, con un objetivo escrito en su frente que perturbaba su visión en el espejo por no verse realizado. Primero fue una cuchara, después una pala y por fin un sofisticado sistema extraetierra. La locación cuidadosamente premeditada, lo más lejos posible de la playa, de la costa del mar de la isla de Seto, porque su experiencia le dictaba que cuando se cavaba en la arena pronto emergía el agua del agujero. Cacofonía. Agua agujero.
Y la parte trágica. Acá hay que cuidar que el tono sea trágico, bien dramático. Signos de exclamación, ahí va. ¡Aquel pozo que no representaba otra cosa que un agujero profundo, cual la profundidad del mar de la isla de Seto, en la infancia y en la inocencia de Akakusa Yanurabi! Y la tierra que de él extraía, que no era sino el vestigio, las ruinas de lo que algún día sería. ¡Un gran hombre! Padre de jóvenes tan prudentes como él lo había sido mientras cavaba, cavaba y cavaba agotando a cuentagotas la fuente de su juventud. No eterna, efímera, juventud pura. Esposo, más que eso, ¡fiel compañero!, de una hermosa doncella que cuidaría su virtud, ¡hasta la noche de su boda!, para después cuidar de él, de Asakusa, hasta que este pereciera en su lecho. Todo eso sería. No, no sería. Todo eso hubiera sido a no ser por la bomba, por la implosión que con ella se llevo el pozo y la joven vida.
Y acá viene lo contario de una analepsis, porque es para adelante. Buenos Aires a destiempo. Corría el año 1994. Las suelas de los zapatos de una mujer fueron sacudidos de su estable contacto con el piso, una leve pero notoria vibración subió por su cuerpo recorriéndolo hasta llegar al lugar donde se les atribuyó una significación que fue posteriormente relacionada con una noticia leída en el diario. Cincuenta años tardó el estruendo en atravesar el agujero zurcado por Asakusa Yanurabi y llegar a los cien barrios porteños. A uno de ellos, al menos, llegó, como un eco japonés, hiroshímiko, el temblor desde el mar de la isla de Seto. Como un sacudón sin viento. Partículas de aire japonés volando por Buenos Aires. Y qué extraño, estadounidenses, japoneses, judíos y menems estaban involucrados en la cuestión. Y cabía en la unión de esos dos átomos de oxígeno la política, la violencia, la guerra y la estupidez.
Otra no queda, tiene que haber sido así, sí o sí.
Uninfiernotriangular - Mariela Anastasio

¿Qué era aquello?
¿Por qué me sentía tan vacía y triste en aquel lugar?
Más tarde lo descubriría: aquello era la nada. Hacia donde mirara, allí y aquí, los triángulos se multiplicaban infinitamente, y el manto azul que parecía ser el horizonte —tal vez el límite y tal vez la salida— se me alejaba ilusionándome en vano.
¿Estaría muerta?
Se oyó un eco. Un eco de mi voz que no era mi voz. Una repetición distorsionada.
Giré mi cabeza… giré… giré: me encontré con otra mujer, vestida igual a mí. Igual a mí.
Nos miramos largamente.
Caminé hasta ella. Los pasos me parecieron años.
Efectivamente algo pasaba con el Tiempo, porque cuando llegué, ella había envejecido.
—Vos también estás vieja —me dijo.
Miré mis manos y descubrí la piel sin gracia, ajada, transparente.
¿Quién era ella?
¿Quién era yo?
¿Nos conocíamos?
El lugar me aterrorizaba: sin tiempo, sin caminos. Una nada que se extendía en nada hasta el hartazgo.
“Este es el infierno”, pensé.
—El infierno —repitió.
—¿Vos sos yo? —dije tímida.
La mujer me dio la espalda. Caminó en dirección a lo que parecía ser un mar azul y desapareció.
Algo inesperado pasó entonces. Una luz atravesó el espacio, y pronto advertí que se trataba de un tren que venía a buscarme. Un tren sin pasajeros ni conductor.
Subí en silencio.
Al sentarme, era otra vez una mujer joven.
¿Adonde me dirigiría ahora?
El tren surcó triángulos.
¿Qué era aquello? No lo entendía.
Estaba sola y los pensamientos me abrumaban.
“El infierno”, me repetía la voz.
Quise morirme, pero no pude.
La eternidad fue mi castigo.
Yo sin mí.
Los triángulos perfectos.
Morfeo - Guillermo Fernando Rossini

Las dosis de morfina eran cada vez más altas.
Postrado en una cama de hospital, esperando que la muerte anunciada por los médicos llegara, Tomas empezó a tener un sueño repetido. La primera vez que lo tuvo, soñó que podía viajar en el tiempo y llegar hasta esa noche en que la vio por última vez. Se encontró sentado frente a ella, en aquel bar, apenas prestando atención a lo que ella le estaba diciendo. Se sirvió más vino y esperó a que María terminara de hablar, sin dejar de mirarla. Cuando ella bajó la vista, él le tomó la mano y le dijo que la amaba. El sueño, recurrente, llegaba siempre hasta ese instante. Después, el dolor lo despertaba
El médico de la mañana entró, lo revisó y anotó algo en la historia clínica colgada a los pies de la cama. Le preguntó si le dolía mucho y Tomas contestó que el dolor ya no importaba. El joven doctor lo miró como evaluando la respuesta, y, sin decir nada, siguió su recorrida por las otras camas de la sala. Tomas quería volver a dormirse para seguir soñando. Recién con la dosis de la tarde, pudo volver a dormir. Esta vez, el sueño era algo confuso, diferente: María estaba mirándolo fijamente, con ojos extraños.
—Anoche tuve un sueño muy raro —le dijo ella, con tono grave.
—Contame —dijo Tomas, ya sin dolor.
—Soñé que viajaba en el tiempo, al futuro. Y te iba a buscar a un hospital, y me llevaban a una sala llena de camas con gente moribunda.
—Seguí, por favor. —Algo anda mal, pensó. ¡Llamen al medico de guardia, por favor! (“¿Y esa voz?” —pensó-soñó-imaginó— Tomas).
—Yo te buscaba entre las camas —siguió contando María—, y no te encontraba. Me iba de ese lugar con una tristeza enorme, porque sabía que tenías algo que decirme.
Salieron a la calle y el amanecer los encontró abrazados en algún lugar. En un momento, Tomas recordó lo del sueño de María
—Vos sabes que esto no está pasando ¿no?
—¿Qué decís?
—En realidad yo nunca te dije que te amaba, esa noche cada uno se fue por su lado y el tiempo nos alejó cada vez más, hasta que el olvido hizo su trabajo. Nunca más te vi.
Ella lo miró asombrada y lo besó. Él se dejó llevar por sus labios hasta lugares inexplorados, inclusive por la morfina.
Pero no por la muerte, que también estaba besando el alma de Tomas.
La enfermera la llevó hasta la sala común y le mostró una cama vacía.
—Se lo llevaron esta mañana. Murió mientras dormía. ¿Usted era familiar?
—No precisamente —dijo la mujer.
—¿Viene de lejos?
María no contestó. Cuando la enfermera se alejó, se recostó en la cama y apoyó la cabeza en la almohada, esperando soñar.
Partida - Patricia Ortiz

—Es el hijo del abogado, parece que era medio rarito, comentaba doña Clotilde.
—¡No me diga! Yo en la panadería escuché que era el sobrino del alcalde, ese alto buen mozo, el que no iba nunca a misa, contestó doña Erminda.
—Nooooo, no diga, doña, ¿el Aníbal? Quién lo iba a decir, tan joven.
No se sorprendieron cuando vieron a Raquelita, la esposa del doctor, caminando calle abajo con un ramo de margaritas; ella siempre era la primera en llegar a los velorios, con un dejo de tristeza muy bien dibujado en sus ojos, y sus recitadas condolencias a flor de labios. Atrás de ella, a unos cuántos metros de distancia, una procesión de viejos y jóvenes, algunos niños, la seguían intrigados... Raquelita se detuvo frente a la casa del alcalde. Golpeó la enorme puerta de caoba con sus nudillos y doña Carmela compungida, abrió de par en par las puertas de la casa. Se apresuraron los curiosos, ocuparon todos los rincones del recinto espacioso, para observar absortos que el muerto ¡era el mismísimo alcalde del pueblo! Un ataque al corazón, comentaba la viuda entre sollozos. Salió a dar su paseo habitual esta tarde, y a duras penas llegó otra vez hasta aquí; quedó tendido a mis pies, sujetándose el pecho con ambas manos. ¡Oh Dios! Siguieron llegando los vecinos del lugar, algunos con sonrisa satisfecha, otros pensando en quién sería el sustituto... La última en llegar fue Clarisa. Los miró a todos con un dejo de superioridad, apenas dibujando una sonrisita irónica. Sacó de su bolsa blanca un gran tablero, lo depositó en el piso. Agitó los dados en el cubilete. Un seis, un tres. Avanzó nueve casilleros con la ficha de la muerte. Resbaló desde su bolsillo el ovillo de hilo azul y se enredó, tornándose invisible, en las piernas de Raquelita. Con sólo un breve chasquido de dedos, volvió el ovillo a sus manos. El pueblo aplaudió; el alcalde se sentó riendo en el ataúd. Sólo Clarisa podía ver el terror en los ojos de Raquelita; ella lo había entendido. El juego había terminado.... se daba comienzo a una nueva partida, dejando atrás la fantasía.
Tomado de: http://lascosasporsunombre.blogspot.com/
Memorias implacables - Rafael Vazquez & Nanim Rekacz

Sin embargo, ¡cómo asustaba, cómo estremecía hasta la última fibra!, comprometernos diciendo "pongo las manos sobre ella". No se trataba de temor a la lujuria de su piel bruñida ni al turbador contacto de su cuerpo húmedo. Lo único que de verdad nos aterraba era padecer la nostalgia infinita que habría que sobrellevar al apartar las manos de su epidermis. No necesitábamos tocarla para saberlo: bastaba ver los rostros macilentos, el andar perdido de quienes se habían atrevido apenas a rozarla.
Entonces éramos jóvenes y sabios, y lo ignorábamos. Crecer nos volvió audaces en demasía y nos hizo sentir capaces de soportar la táctil música de las sirenas.
Así es como ahora deambulamos con las manos extendidas y ardientes, también nosotros atravesados de melancolía, por los laberintos del fuego.
Alegato final - Miguel Dorelo

Le aseguro, su señoría, que nunca amé a alguien como lo hice con ella.
Pero, para que entienda lo que estoy tratando de expresar, déjeme remontarme hacia unos meses atrás, hasta el momento en que me enamoré perdidamente.
Soy un ser común y corriente, con buenas y malas; no me considero ni peor ni mejor que la mayoría de las personas. Usted seguramente comprenderá y justificará mi conducta luego de escuchar mi alegato final.
Al poco tiempo de conocernos nos enamoramos y como es natural, empezamos a pasar muchas horas juntos. No, no me quejo, estaba muy a gusto con ella...al principio, ya que era, como decirlo…demasiado absorbente.
—Deberías pasar más tiempo conmigo ¿O acaso no me quieres tanto como dices? —me reprochaba algunas veces.
Empecé a dejar de lado algunas cosas menores habituales de mi comportamiento y así dispuse de tiempo extra para poder estar a su lado durante períodos más prolongados.
—Pareciera que te importan más tus amigos que yo —me espetó un sábado en el que me demoré en llegar a uno de nuestros encuentros por haber pasado a saludar a Juan, un amigo de la infancia, con motivo de ser su cumpleaños.
Primero de a poco y más aceleradamente luego, fui cambiando mis hábitos para contentarla; no más partidos de fútbol los viernes por la noche, se terminaron abruptamente las partidas de póquer de los miércoles y las recorridas por librerías de viejo que solía hacer sin día ni horario fijo. Hasta tuve que regalar a mi gato Florencio porque ya no podía atenderlo.
En poco tiempo, me fui quedando sin amigos; simplemente, no me quedaba ni un minuto libre para poder verlos.
Ni que hablar de los mensajes de texto o los constantes llamados que ella realizaba hasta de madrugada. Yo que siempre me había jactado de mi placentera forma de dormir, empezaba a padecer de insomnio. Empecé a tener pesadillas; a veces soñaba que era atacado por la espalda y me ponían una bolsa de plástico en la cabeza, otras veces que sufría de un ataque epiléptico y erróneamente me enterraban vivo. O caía en profundo estanque lleno de agua lodosa; le aclaro, su señoría que no sé nadar, ni siquiera en sueños. Comprendí que el denominador común de aquellos delirios oníricos era mi muerte por asfixia.
Lo que terminó por desencadenar todo, señoras y señores, fue la fatídica frase que retumbó en mis oídos esa mañana del 14 de Octubre a las 06.15 a.m.
—Mi amorcito, estamos tan bien últimamente que creo que deberíamos casarnos —descargó sin aviso.
Fue, como quien dice, la gota que rebalsó el vaso. Me fue imposible ni siquiera imaginarme una vida con ella a mi lado las veinticuatro horas.
¿Comprende, señor juez?
Fueron estos ojos los que vieron como se desangraba poco a poco, estos oídos los que escucharon primero sus gritos y luego los últimos suspiros de aquellos dulces labios tantas veces besados; también fueron estas manos las que asestaron las siete puñaladas, una por cada mes de nuestra relación, en el cuerpo otrora amado.
Pero, ¿Fueron realmente mis manos, mis ojos, mis oídos?
No, fueron los oídos, los ojos y las manos de ese otro ser en que fui convertido por ella.
Los roles han sido invertidos, su señoría, yo soy la víctima.
Es por eso, que ante los aquí presentes, me declaro totalmente inocente.
Lo mío ha sido clara y definitivamente, un caso de defensa propia.
La Paradoja. Pablo Moreno Romero

Llevo casi toda mi vida luchando contra el miedo, que no da tregua, que habita dentro de mí. Se asienta perpetuo en la boca de mi estomago y allí permanece vigilante, urdiendo planes de conquista. Para él no existen ni el tiempo ni el cansancio. Ataca en la vigilia y en el sueño, perpetra sus incursiones, plaga mi alma de angustias y regresa victorioso a su atalaya desde donde observa su reinado y vigila para que nunca haya paz.
Tiene facciones monstruosas y cicatrices que le recorren todo el cuerpo. Su sonrisa es de hielo y su espada de fuego. En su cinto, atados con gruesa soga, porta los trofeos de sus victorias: mis fracasos en la vida; se jacta vanidoso de que gracias a él yo no soy nada. Me dice jocoso que soy un ser anodino incapaz de dar un paso sin antes consultarle. Y tiene razón.
Vimos juntos como mi mujer me abandonaba, como mi jefe me despedía, como mis amigos me daban la espalda… hasta que sólo quedamos él y yo, enzarzados en una pugna perpetua que yo siempre pierdo, metidos en una violenta rueda que no se ha roto hasta hoy.
El doctor ha entrado en la consulta y me ha mirado a los ojos.
-- Tres meses, máximo seis --me ha dicho impostando la pena en su rostro.
Un súbito alivio me ha recorrido el cuerpo y al cerrar la puerta una sonrisa ha colonizado mi rostro. Luego una carcajada y las miradas de todos los que esperan su diagnostico fijas en mí. ¡Me ha dado igual! Hacía tanto tiempo que no reía que apenas he alcanzado a reconocerme. Andaba ligero, como cuando era un niño y nada me asustaba. La enfermedad y una muerte segura me han hecho vencer la guerra.
Es una paradoja, lo sé, pero todo acabará como comenzó: sin miedo a nada.
Clavado. Alejandro Pereyra

Al principio era apenas un puntito casi imperceptible en el cielo. Poco menos que un lunar entre las colosales escenas que representaban las nubes.
Quizás fue eso lo que capturó mi atención, el hecho de parecer fijo, retenido en la piel atmosférica; aunque es sólo una ilusión, en realidad crece, amenazante, se agranda como una perniciosa mancha de aceite en el tapiz casi turquesa, casi perfecto.
Es un hombre. Puedo reconocer su forma; cae con piernas y brazos abiertos, quizás para mantener la posición, como un eximio paracaidista al que su pericia le permite no perder nunca de vista el punto de aterrizaje. Por momentos, dejo de mirarlo, pues, como la dirección de su trayectoria es cenital con respecto a mí, para verlo debo mantener demasiado tiempo la cabeza inclinada hacia atrás, lo que me provoca un irritante dolor en la nuca. Aprovecho, entonces, esos instantes de descanso para reflexionar sobre la importante decisión que debo tomar al respecto, pues el hombre se dirige, en su libre caída, directamente hacia el punto exacto donde estoy parado. Parece increíble que hace sólo un rato fuese apenas un alfiler negro clavado en lo celeste. Además, al caer con las extremidades extendidas se acrecientan las posibilidades de que me golpee al llegar. He aquí mi dilema: si abandono la posición el hombre inevitablemente se estrellará contra el suelo con toda la velocidad acumulada desde su origen puntiforme; por otro lado, si en un gesto humanitario, amortiguo su caída manteniéndome en el lugar, no puedo ni siquiera imaginar, la gravedad del daño que infringirá el choque en mi cuerpo, ya sumamente dolorido.
A pesar de la innegable urgencia, antes de tomar una decisión definitiva al respecto, espero llegar a vislumbrar al menos el rostro del hombre; quiero decir, específicamente su expresión, la cual me intriga terriblemente. A veces me parece que sus facciones son serenas, como si volara, dominando las leyes de su caída, apaciguado, como un pájaro dormido; pero me cuesta discernir sus rasgos, pues los rayos del sol punzan mis ojos, divirtiéndose con mis inútiles esfuerzos.
Ya está muy cerca, quizás unos cinco, seis metros sobre mi cabeza. Cierro los ojos para poder concentrarme y se me ocurre que en realidad es su sombra la que oblitera mi mirada. En este mismo instante comprendo que el hombre se encuentra a una distancia desde la cual podría ver claramente la expresión de su rostro; por otra parte si abro los ojos y miro, perderé un tiempo primordial, tiempo que necesito para decidir si me apartaré de la meta final del extraño clavadista, o soportaré su caída heroicamente, olvidándome de mi persona.
Metro y medio, quizás menos, me decido y por fin abro los ojos. Es un hombre normal, nada extraordinario, en cuanto a su expresión, creo que parece feliz, o al menos tranquilo, tiene los ojos cerrados, como disfrutando casi extáticamente, mientras que yo, por todo deseo, sólo anhelo fervientemente que no los abra.
Manada - Camilo Fernández

Nos reunimos apenas pasada la medianoche, protegidos por las sombras del distrito financiero. Planeamos hasta el último detalle, incluyendo los disfraces. Hombres lobo. Una genial idea del Cabezón. Cacho se encargó del sistema de seguridad, asegurándose de dejar las cámaras funcionando. Sumar algo de humor me pareció oportuno.
Después de tantos trabajos exitosos, coincidimos en que era hora de dejar una firma distintiva. Revisamos el equipo por última vez y nos deslizamos por el tragaluz. Con los planos estudiados y memorizados, no fue difícil encontrar la caja fuerte ubicada en la oficina principal. Casi me ahogo cuando descubrí que era una Luoyang. Las cajas fuertes Chinas son casi un chiste, las puedo abrir hasta con un disfraz de lobo y una mano atada a la espalda. Pocos minutos después habíamos embolsado varios miles de pesos y un puñado de monedas de oro, gentileza del dueño de la financiera. Por supuesto que dejamos los fajos de cheques, ya nadie los lleva.
Otro trabajo fácil y bien planificado. Lo único que no tuvimos en cuenta es que las cámaras no solo grababan, sino que también las chequeaban en tiempo real. La policía nos acorraló. Los diarios nos apodaron: Manada de Bobos.
Tomado de: http://2centenas.blogspot.com
Lecciones de paranoia mal aprendida 2 - Héctor Ranea
Se refería a la aplicación de siliconas en el pene para alcanzar la medida estándar del Reino y así competir por el premio de Pase una Noche con la Princesa. Que era la hija de la Archicondesa. La doncella, que llevaba quince primaveras concursando desde que había cumplido la mayoría de edad, que en el Reino se había fijado en treinta pasajes del Sol, no había podido dormir con nadie desde el primer concurso. Seguía con su doncellez a cuesta y, antes de llegar virgen a la provectitud, la Madre Deseable quería que tuviera una alegría. Pero los Reglamentos Reales sobre el Soberbio Certamen eran taxativos y rara vez se podían encontrar candidatos. Alguien había escrito en los mismos que la medida estándar de longitud peneal debía equivaler a dos manos de la Archicondesa y eso era imposible de conseguir y, cuando se lo hacía, difícilmente el miembro fuera viril. Así que la doncella seguía así, por los siglos de los siglos.
El Condestable Monrol había estado enamorado de ella antes de que estos concursos sacudieran la paz del Reino y -sospechaba la Soberana Inconmovible, la Archicondesa Venerable- había escrito dos en lugar de una mano, que era lo convencional para evitar que alguien desflorara a su amor. Pero la negativa a ponerse una prótesis era tan cerrada que las sospechas de la Madre de Todas las Madres no sabía a quién culpar. Supuso que los vecinos Pedestales eran los culpables y dio instrucciones para iniciar una guerra, convencida de que el Condestable confesaría. La apoplejía que le sobrevino la dejó sin poder de decisión y una noche el Condestable se acercó, abrió su capa con dos manos dejándole ver a ella, la Soberana Infalible, que había vivido equivocada. Y a fe de ella, con las puertas de la alegría al alcance de sus manos.
El Marqués Divino resucita un cuadro – Héctor Ranea
En una calesa de gran alcance llegó a Madrid y se dedicó a buscar el lugar de tal excepcional regalo de los dioses. No poca sorpresa le causó saber que estaba en El Escorial, nada menos que el fasto templo del ascetismo fanático, y ahí se fue a visitar a un amigo, Marqués como él, cortesano por entonces, de un reino vestido de negro.
Unos sirvientes pícaros y amigos de los Luises de oro, le mostraron el cuadro a la luz del día pero escondido de la vista de todos. Ahí, de Sade tuvo el tiempo necesario para anotar todo lo que veía y gozaba con exquisitez de aquello con que se regodeaban en tan famoso jardín.
Pero primero tuvo que quitarle los ropajes con que habían ataviado esos culos floridos, esas tetas al aire; las escenas de jolgorio estaban poco menos que canceladas con grafito, los monstruos simpáticos que parecían juguetes sexuales habían sido transformados en gatos adormilados y perros de caza. Fue mucho trabajo, pero al hacerlo, de Sade supo que estaba ante una de las más grandes obras de toda la Historia y no podía concebir que estuviese en tan pacato ambiente, con los personajes vestidos en lugar de lucir sus cuerpecitos como quiso el artista.
De modo que, con la complicidad de aquellos dos sirvientes amantes de la buena vida, como él, se cargó el cuadro y lo llevó a su castillo en Lacoste. Ahí fue devuelto a su vida original, con paciencia y concupiscencia por parte del Divino Marqués quien probaba un desmedido apetito venéreo con cada pincelada original que podía revelar con su paciencia. Con el tiempo, en El Escorial notaron la falta, pero más los alivió que dejarlos preocupados, de modo que nunca más se habló de esto ante los monarcas.
En los albores de la Revolución, previendo una ola de prohibiciones y censuras, Donatien Alphonse dispuso regresarlo a El Escorial mediante similar ardid al de su robo, pero sin retocar un ápice esa hermosa muestra de voluptuoso placer pintado.
Recién fue redescubierto cuando todos los testigos de su desaparición o estaban muertos o fuera de palacio, de modo que para su traslado a El Prado a todos maravilló lo bien preservado que estaba, a pesar del descuido e indiferencia con el que fuera tratado tantos siglos.
Todo porque nadie olió el olor a mar de Francia que traía el tríptico. Todavía hasta 1980 era notorio. Ahora el cuadro ha sido colocado lejos del público y ya no está permitido olerlo.
Historia de unos amores bastante imposibles, de cómo se intentó resolverlos y de cómo fue todo un fracaso – Héctor Ranea
La inteligencia de Gagemundo Nenelmes funcionaba bastante mal. Aunque se le permitía el vino, sus limb se le ponían molestas cuando bebía demasiado. Esa cepa lo dañaba al mismo nivel que a los nativos y sus reacciones a fe mía que parecían calcadas de ellos. De hecho, nueve de cada diez de sus conversaciones terminaban en el tema mujeres.
Evidentemente, las terrenitas eran difíciles para un extracentáurico, no sólo por las limb, no sólo por la tonalidad púrpura, no sólo por el aujero sino porque ellas eran, fundamentalmente, gente complicada.
–Es increíble. Mirando en perspectiva nada tiene el más mínimo dejo de lógica. Todo es un embrollo sin ton ni son.
Yo trataba de mirarlo con actitud de entender, pero no sólo no entendía nada sino que el W-38 me provocaba sulfatación por la presencia de Cr VII que me obnubilaba, pero si no lo sipaba, la situación de descontrol térmico me hacía penar aún más.
El aujero de Gagemundo era muy singular. Nadie tenía uno como el suyo. Él a veces lo usaba un poco tomándonos el pelo a todos, porque podía fungir tanto de máquina del tiempo como de teletransportador. Con ese tipo de abalorios había seducido a más de una terrenita y en varios planetas lo esperaban para que llegara con su aujero a llenar las noches de hastío con él. Por eso tenía su nave llena con ellos. En cierta forma, estaba perdiendo el knack. Eso le preocupaba.
Yo había empezado a sipar unas horas antes. Mi trompa de toma era menos proboscídea que sus limbs y me conformaba con acercar mis telemanos al cárter de mi flúido, de modo que tenía ya cierto nivel de envenenamiento por cromo cuando él llegó. Esto me haría algo torpe en la tarea de revisión y ensamblaje de máquinas de suspensión de animación, pero él empezó con su compleja trama de mujeres terrenitas y sus hazañas de aujero antes de que pudiera irme de ahí. Y seguí sipando.
No había cómo comparar los limbs de los Nenelmes con nuestras trompas, así que era inútil que mientras él hablaba de sus terrenitas yo tratara de entender el funcionamiento de ellos y corría serios riesgos de ser abrasado por el plasma que exhalaban al lagrimear. Era bastante menos corrosivo que el cabernet, pero me jodía los entornos cuánticos de las soldaduras hiperplanas, de modo que no era agradable mantener el nivel de cromo aceptable y mantener una conversación con riesgo lacrimal por otra.
En resumen, el problema de Gagemundo era que la terrenita Goldsisa le había hecho pasar, tiempo atrás, una excelente tarde de mecánica general de mantenimiento de aujeros y limbs. Una maravilla. Compartieron, incluso, un curso de fresado de alta precisión con máquinas trans-Orión que reparaban motores átomo por átomo. Esta terrenita tenía una mano que hacía que los limbs de Gagemundo se convirtieran en delicuescentes femtobots de pocos muones, la lejía de las manos terrenitas que sobaban su aujero no le producía el acostumbrado ardor.
Le extrañaba a Gagemundo, sin embargo, ese aire ausente que embargaba a Goldsisa durante el servicio. Ella, solía tener su overol bastante mugriento, tres o cuatro átomos de As por unidad de superficie, cosa que era suficiente como para intoxicar a cualquier Nenelmes extragaláctico hasta hacerle llorar el aujero y un poco abierto arriba, pero no daba ni noticias de entender que detrás de ese manojo de limbs había una sensible existencia de programación inteligente y que esas maniobras de resucitación de limbs fláccidos no pasaba inadvertida:
–¡Así que por qué me abandonaste! –gritaba Gagemundo después de la quinta copa de cabernet inundándome de lágrimas de plasma.
Nada de esto era oído por la percanta, ya que su función era munir al hexadodecápodo de un aujero pulido, lustroso, femtobotizado y no escuchar sus plegarias de amor eterno o sandeces de ese tenor.
No lo escuchaba simplemente porque todos esos bichos eran iguales.
–No entiendo –se decía– esos chirridos y tengo otras cosas en qué pensar, lo que no incluye andar tras una especie de linterna con patas sin control externo y que parece vivo sólo porque repite sus bips cuando le lustro cada limb.
Goldsisa, aunque el aujero de Gagemundo fuera tan atractivo como sus deseables limbs, no hacía más que lo estrictamente profesional. Al principio ella se daba cuenta de que Gagemundo retornaba siempre, con excusas estúpidas y voliciones absurdas y, sobre todo, malfunciones imaginarias de sus limbs. Complementos, siempre, de lo mismo. A ella, en la estación le habían asegurado que se trataba de esperpentos extragalácticos pero, en cierta oportunidad, un pitido salvaje le dio la pauta de que ahí dentro yacía algo más. De que no era una mera coordinación de electrones y superconductores.
Después de todo, el aparato ese nunca la había comprendido. Goldsisa sabía que muchas muñecas terrenitas cedían a los encantos de estos hexadodecápodos y les hacían creer que tenían por ellos altos sentimientos pero que, en realidad, todo lo que buscaban era un buen viaje en el tiempo para acertar en el bingo y poner créditos en su cuenta. La parte mala era que los “aujeros andantes” como los llamaban ellas, se creían dueños de sus vidas después del viaje y empezaban las fulerías.
La historia terminó mal. Antes de disipar mi envenenamiento, el Nanelmes pidió a Goldsisa, vía remota, un servicio no autorizado por el protocolo, aun sin confirmación del turno, cuando llegó lo esperaban del Consulado extracentáurico. Los mecánicos lo desarmaron y encajonaron casi instantáneamente. Lo único que no pudieron guardar fueron las lágrimas de plasma y las tiraron sobre mí como si fuera inmune.
Estoy recuperando mi coraza protónica con cabernet.
La botella – Héctor Ranea
–Tengo sed, marmota –le dijo.
El galán se acomodó porque el frío lo había puesto medio encogido dentro del perramus, pero incorporándose un poco la miró con ojos bastante rojos, señal de que se había bebido algo de la botella.
–¿Qué querés?
–Te quiero a vos, morocho. –Le dijo la impostora mientras se le acercaba como caminando con zapatos de cera en el hielo.
Se puso una mano en la cadera y se contoneaba haciéndose la gata. El flaco estaba entre animado y aterrado. Sólo le habían pasado cosas más terroríficas entre Constitución y Retiro, pero se las había sabido bancar a lo macho. En este caso apenas podía saber cómo actuar. La naifa parecía dispuesta a todo.
–Antes de empezar con el chamuyo –le dijo a la mujer –explicame qué me vas a hacer y cuánto me va a salir.
–Nene. Te hago lo que quieras, mi amor. Y no cobro mucho. Por ser vos, te dejo que pagués el telo y una yapa de pocos pesos. Lo que quieras con tal de estar con vos.
El tipo era de esos más desconfiados que mula tuerta y no se tragó el verso que le hizo la mina pero dejó que llevara un poco el bastón entonces accedió.
Fueron a un hotel que la muchacha conocía con lo cual al tipo empezaron a parársele las antenas de peligro. Aún así, siguió el juego de la araña y la mosca. En algún momento vendría el mordisco, eso con seguridad, pero la única cosa que tenía que hacer era estar atento.
Después de algunos momentos fogosos en el camastro del telo, el tipo se dio por vencido y se durmió. Que era lo que la mina estaba esperando. Le birló la botella y se tomó dos grandes sorbos. Antes de sentir el sabor amargo y escupir lo que tenía en la boca, ya había tragado lo suficiente.
Entonces el tipo abrió los ojos que estaban realmente enrojecidos y le dijo
–¿No querés seguir tomando la sangre de los zombies, papusa?
La mina no creyó lo que había oído hasta que no pudo creer en más nada. El flaco la desangró, hizo con la sangre de la pebeta una reducción y la metió en la botella.
Desde la primera vez que cazaba minas con esta botella se preguntaba cómo es que caían y no encontraba la respuesta pero bueno, funcionaba y un buen vampiro empirista no podía estar perdiendo el tiempo en filosofía barata.
Lecciones de paranoia mal aprendida - Héctor Ranea
Cuando fui a hacer lacrar el sobre con mis poesías para presentarlas al Gran Concurso Nacional, el señor muy circunspecto se lo llevó para la trastienda. Un hombre de cara desencajada que estaba ahí, chupado de mejillas y mugriento, me dijo
—No lo deje. Le van a robar la idea o los poemas. Son viles gusanos.
Yo no le hice caso.
Mal hecho, el tipo casi sin mejillas había ido a patentar la máquina del tiempo hace años. Después me enteré. El viejo circunspecto le robó los planos, construyó la máquina, con eso se me adelantó a publicar mis poemas dos años. Gané el concurso, pero me acusaron de plagio y, como era un ilustre desconocido, me hicieron pagar no sé cuánto ya. Después de eso inventé la máquina del tiempo, la fui a hacer patentar pero el viejo me robó la idea. Y acá estoy, tratando de prevenir a incautos pero tal parece que no quieren entender o será mi aspecto que no los convence. Ni siquiera a mí mismo logré convencerme. ¡Si seré!
El comprador de precios - Arantza Ruiz de Mendarozqueta
Él vivía con su mujer, en una casa que se ubicaba a dos cuadras del supermercado. Un día, revisó el cuadernito negro y descubrió que su esposa había escrito una larga lista de compras. “Tenés que ir a hacer compras, Álvaro” se leía en el final de la lista. Arrancó la hoja y se encaminó hacia el supermercado. Ya en la entrada, revisó la lista y caminó hacia los productos faltantes. Empezó a buscar y a buscar, y de repente, se empezó a sentir raro, extraño, en otro mundo. Miles y miles de precios rondaban por su cabeza, a la vez que los leía. Volvió a su casa con la misma sensación, y con la misma se sentía al otro día, cuando había regresado al supermercado. Compró los mismos productos que había comprado el día anterior, con excepción de una lamparita y un zapallo. Varios días se repitió la secuencia, hasta que un día su amor por los precios fue tan grande, que superó al amor que sentía por su mujer, y más tarde, empezó a llenar su carrito con precios, con la intención de comprarlos sin importarle que la seguridad lo echara del supermercado, y un día, se compró una máquina de precios. Llegó a su casa con la máquina quemándole entre sus brazos, y apenas la sacó de la caja, empezó a ponerle precios a todos los objetos de su casa ¡Y hasta a su mujer! Quince años después, falleció. Algunos piensan que era un loco, y otros que quería deshacerse de su mujer, por eso quería venderla.
Los más aptos - Sergio Gaut vel Hartman
Homero Prezit se consideraba un sobreviviente, un inmune. Como Isher, el protagonista de La Tierra permanece, había logrado eludir las epidemias de dos siglos, incluso la peor de todas, la viruela linfática que en 2010 diezmó la población del planeta. Más devastadora que la peste de 1348, la viruela linfática solucionó los problemas demográficos al producir cuatro mil millones de muertos. El golpe fue duro, durísimo, y la especie humana aprendió varias cosas. Una de ellas fue que la mayoría de los hábitos y costumbres del Viejo Mundo debían ser cambiados. Ya no hubo ejércitos ni magnates y una suerte de mansa sabiduría cayó como fina llovizna sobre las ahora vacías ciudades. Los nuevos humanos conservaron, por cierto, algunas de las conquistas tecnológicas más útiles; hubiera sido absurdo ensañarse con ellas: los artefactos no habían sido los responsables de los errores sino sólo sus instrumentos. Aislados unos de otros, pero conectados gracias a redes virtuales infinitas, las mujeres y hombres se prepararon para dar el salto evolutivo profetizado por Arthur Clarke: se salía, por fin, de la cuna para acceder a un estado de madurez intelectual y espiritual jamás alcanzado en otros tiempos.
Por eso, cuando a Homero se le llenó el cuerpo de escaras y úlceras profundas, perdió el apetito y progresivamente se le fueron atrofiando los cinco sentidos, no sólo se sorprendió atrozmente sino que despertó el estupor de los especialistas que se conectaban con él a través de la red. No había antecedentes de una enfermedad semejante, y médicos, biólogos y genetistas de todo el mundo empezaron a conjeturar acerca de cuál podría ser el origen de la dolencia, aunque no llegaron a ninguna conclusión. La impotencia ganó el ánimo de todos cuando descubrieron que Homero sólo era el primero, pero de ningún modo el único. Tomada por sorpresa, la humanidad no supo reaccionar. ¿Cómo es posible el contagio, se decían los científicos, si todos vivimos aislados, protegidos, sin contacto físico? La red nos nutre, nos mantiene comunicados y nos proporciona los recursos necesarios y suficientes para sostenernos. ¿Cómo es posible?, repetían. Y siguieron haciéndolo después del fallecimiento de Homero, el precursor, y siguieron haciéndolo mientras los seres humanos que habían sobrevivido a todas las pestes sucumbían a la última, la única que ellos mismos habían creado, la peste que nació como defensa contra todas las otras.
DG-44 - Carmen Carrillo

DG-44 plegó el brazo mediante dos movimientos precisos y tocó con sus dedos el chip recién instalado en un último intento por hacerlo funcional. DG-40, el primero de la serie a la que él pertenecía, había sido desechado por no alcanzar los estándares de calidad requeridos. Tres intentos después, la situación parecía repetirse.
Lo peor de todo, era que DG-44 había logrado despertar suficiente interés en la galaxia y ya se decía que los gobiernos de Alcyone y Merope deseaban llegar a un acuerdo para producir el androide en cuanto se probara su eficacia. Tal era la urgencia de reemplazar los modelos DG-20 y DG-30 disponibles en el mercado, cuya falta de personalidad y su programación arcaica, los había vuelto obsoletos.
Lo que nadie sabía era que DG-44 estaba harto de las pruebas motoras, de los escaneos y las programaciones exhaustivas a las que era sometido. Bajo su fría caparazón de antimonio, la rebeldía iba tomando forma. Por eso cuando escuchó al líder del proyecto decir que abortarían el actual diseño debido a un error de programación, prefirió terminar las cosas por sí mismo.
De no hacerlo, acabaría como un bloque de chatarra comprimida en algún botadero a las afueras de la galaxia. No estaba dispuesto a pasar por eso.
Decidido, oprimió la tapa del compartimiento que albergaba el chip y lo sacó. En su lugar colocó uno antiguo, encontrado una semana antes entre un montón de desperdicios del tiradero donde realizó su última prueba de esfuerzo. Había verificado la información que guardaba y su contenido lo dejó asombrado. Era una secuencia de sonidos que nunca había escuchado y que lo sumieron en un embeleso que duró varias horas.
De pie frente a la ventanilla de la cápsula, hizo un zoom a través de su lente y echó un vistazo a la luminosidad que rodeaba el lugar donde lo habían creado. Tomó la manija de la escotilla y la giró. Luego, caminó con decisión por el túnel de salida y cuando el campo gravitacional se fue degradando, sintió cómo se liberaba de su propio peso y era arrastrado por una ola invisible hacia la luz exterior.
Activó su sistema de sonido y del chip recién instalado comenzaron a fluir sonidos ancestrales de algo que bien pudo haber sido el concierto para dos violines en Re menor de Sebastián Bach.
DG-44 se fue flotando lentamente, arrastrado por el mar de microespejos que forman Las Pléyades y cuando pasó cerca de Merope, agitó una mano en señal de despedida, sintiendo bajo su caparazón de antimonio algo muy parecido a la alegría.
Tomado de: http://realistaprincipiante.blogspot.com
Antiguos orificios entremezclados - Saurio

El tiempo después del tiempo. Se funde. Se oculta.
Los pájaros más negros. Cuando para subir las paredes se oculta después de la lluvia. Dónde, para irse, los pájaros se vuelven escaleras, se vuelven para reorientar el tiempo de Europa.
¡Tiempo asesino!
(El tiempo. Inútilmente, el tiempo.)
Y para volver, para reorientar, no habla. Para subir, para subir grita. Y para reorientar se funde.
Sino del árbol después de más tiempo. Inútilmente, el tiempo.
La lluvia, las paredes, la lluvia, el tiempo.
¡No asesino negros!
Tiempo, tiempo del pájaro asesino, tiempo de la lluvia, escaleras del tiempo. El tiempo, la lluvia, sino más.
Sino del pájaro a Roma, y cuando se vuelvan a Roma no habla el árbol sangrante, para irse no habla, para destruir las paredes de Europa. Y se vuelven a la zona, para reorientar el pájaro en el alma. No, no habla inútilmente.
El instrumento para destruir es el Camino. El tiempo es el Camino.
El tiempo en el alma, tiempo para destruir los pájaros, las paredes, el tiempo. El tiempo, tiempo después de más tiempo, el tiempo sangrante.
Después el tiempo se funde por el instrumento.
¡Más negros en Roma!
Tiempo. El tiempo. El espacio. En el corazón. En el alma.
El camino: El espacio para destruir el tiempo.
Para volver después: Los pájaros.
El tiempo se oculta en el corazón.
Y grita el instrumento: ― ¡El pájaro! ¡Asesino! ¡Escaleras! ¡Paredes!
Y habla el árbol: ― ¡Los pájaros! ¡El espacio! ¡Roma!
Y el tiempo se oculta de la lluvia.
Escaleras para reorientar en Europa sangrante. Inútilmente el tiempo grita y, para volver, el espacio habla escaleras, escaleras a Roma. Tiempo después, (no más tiempo sino tiempo de la lluvia, tiempo tiempo, el tiempo es asesino de la lluvia) el tiempo habla a Roma y cuando es tiempo de irse, habla las paredes. En Europa: las paredes: las paredes: el tiempo.
El espacio en el alma grita, habla, no habla, no grita. Habla y grita después. Y cuando grita no habla. Grita las paredes que conducen sangrante el instrumento. Habla el camino en Europa (no después del árbol sino después del asesino). No grita las paredes que conducen para no irse del árbol. Grita el tiempo en el corazón sangrante. Y cuando los pájaros se vuelven a la zona, habla.
Para irse: Las paredes de los pájaros en Europa.
El asesino no habla, grita.
Y después el tiempo se oculta en el corazón.
Perimortem - José Vicente Ortuño

—¡Espera, espera creo que te equivocas! —exclamó presa del terror, retrocediendo hasta tropezar con una pared—. ¿Seguro que no vienes a buscar a otro?
La parca no respondió. Avanzó hacia él con un movimiento fluido y grácil, como si se deslizase sobre hielo en un lugar sin gravedad ni atmósfera que agitase su túnica.
—Vale, de acuerdo, pero ¿no podrías volver otro día? Es que todavía no estoy preparado —insistió con voz quebrada—. Verás, aún me queda mucho por hacer y…
La Muerte levantó un brazo y una mano, formada por un manojo de huesos blancos, asomó de la manga. Hizo un leve gesto y en ella apareció un instrumento, largo como una lanza, pero con una cuchilla fina y curva en el extremo, que recordaba vagamente a una guadaña. Con un suave giro de muñeca cortó el filamento invisible que conecta a cada ser vivo con la fuente de la vida. El cuerpo físico del hombre se mantuvo en pie unos instantes, mientras el corazón se detenía y la anoxia producía un fallo cerebral. Luego cayó desmadejado. Fue una caída humillante, que lo dejó en una postura ridícula, carente de dignidad.
El hombre, sobresaltado, se apartó de un salto de su propio cadáver, que atravesó sin esfuerzo. La Muerte hizo desaparecer su herramienta con otro giro de muñeca, dio media vuelta y comenzó a alejarse.
—¡Oye, Muerte! —llamó el recién fallecido—. ¿Dónde vas? ¿No se supone que debes llevarme al otro mundo?
La Muerte, sin detener su avance, se encogió de hombros.
—¿Te suena lo de cruzar la laguna Estigia en una barca? —insistió el espíritu, pero la parca siguió alejándose—. Al menos me dirás dónde está el embarcadero, ¿no? —añadió sin demasiada convicción.
La Muerte soltó una carcajada, que congeló el tejido de la realidad, mató a todos los insectos y pájaros en un kilómetro a la redonda y agrietó la piel del cadáver, luego desapareció.
—¿Y qué hago yo ahora? —se preguntó el recién fallecido, pero nadie respondió.
Casi Génesis - Antonio J. Cebrián

Y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó la luz de la oscuridad llamando “día” a la luz y “noche” a la oscuridad.
A continuación dijo: —Acumúlense las aguas bajo el firmamento y déjese ver lo seco.
Llamó Dios a lo seco “tierra” y a las aguas, “mar”.
Viendo que lo hecho estaba bien, dijo Dios:
—Produzca la tierra vegetación: hierbas y árboles que den fruto según su especie… En ese momento, sufrió uno de sus “repentinos cambios de humor” y dijo:
—O mejor, no.
Y volvió a su estado de letargo durante otra eternidad.
Un Crimen Pasional - Marcelo Difranco

Contestaría Carla, su esposa.
Lo haría pasar. Javier subiría.
Francamente, pensó en ese momento, la traición de Carla le parecía lógica, predecible y hasta perdonable. Hacía años que no se amaban y eran perfectamente conscientes de ello, pero ninguno iba a ser el primero en admitirlo. Pero lo de Javier era imperdonable. Una cosa es la traición amorosa: el amor a una mujer tenía un inevitable componente instintivo y fisiológico, algo irracional que estaba destinado a agotarse en algún momento. La amistad, en cambio, era algo absolutamente gratuito, en la que ambas partes disfrutaban sólo de la presencia del otro sin buscar nada a cambio. Algo inútil, pero por eso humano.
Ver a Javier tocando el timbre del departamento le parecía algo tan sucio que era capaz de convertir el dolor de las entrañas en odio puro. Imaginarlo en la cama con Carla era insoportable por ser la puesta en escena perfecta de su escasa fe en la humanidad. Hasta lo más sagrado, pensó, era aplastado por el instinto. Ese instinto que le hacía aferrar el arma y palpar suavemente el gatillo.
Nunca había disparado, pensó parado en la puerta.
La primera vez que los había sorprendido, en la misma situación, se sintió hasta orgulloso de haber vencido la locura del odio. En esa ocasión, Javier y Carla se habían avergonzado y humillado ante él, conscientes de lo monstruoso del hecho. El llanto de su esposa y la vergüenza de su amigo habían sido suficientes, al punto de haber sentido que esos dos monos en celo pertenecían a una etapa del camino a la civilización suprema que Alex había superado hacía mucho tiempo.
Una semana después, en la soledad de su nuevo departamento, el malestar se había hecho intolerable, y se maldijo. Maldito era por ceder a la animalidad, y maldito por aceptar la humillación.
En el ascensor lo sintió claramente.
No se lo merecían, no merecían su perdón. Esos dos hijos de puta. En mi propia casa, en mi cama.
Al abrir la puerta, la cabeza, en donde se estaba concentrando toda la sangre de su cuerpo, le estallaba en mil pedazos. Apenas vio la ropa tirada en el living, ya que sus ojos sólo buscaban la puerta de la habitación, y al encontrarla la abrió para encontrar la misma escena obscena de su amigo desnudo sobre su mujer desnuda. Pensándolo bien, las caras de sorpresa de Javier y Carla eran hasta graciosas, y Alex se hubiera reído con ganas si no fuera porque los dos disparos le hicieron perderlas de vista.
Le pareció conveniente disparar un par de veces más, hasta que la sangre bajara de su cabeza y dejara de golpearle los oídos.
Si hiciera un balance del momento, como haría una y otra vez en el futuro cuando volviera a sentir el malestar royendo su alma, la contemplación de la pareja muerta era realmente algo parecido a la felicidad.
Casi les hubiera pegado dos tiros mas, pensó mientras manejaba.
Alex sacó la chequera, esperando que el funcionario de BioClon terminara de imprimir la factura.
—Este mes no sé que pasó, se lo juro —dijo el funcionario—; no dimos abasto. Tuvimos un record de dos mil quinientos tres asesinatos, al punto que tuvimos que comprar, escuche bien, comprar clones a la competencia. A un precio vil.
Le extendió la factura a Alex, que casi sin mirarla empezó a hacer el cheque.
—¿Le sirvió? —preguntó el funcionario
Alex le extendió el cheque.
—¿Si me sirvió qué?
—Matarlos.
Alex pensó un instante.
—Si, me sirvió
—A mí me da un poco de lástima —dijo el funcionario—. Con lo que cuesta clonarlos. Los suyos estaban perfectos, iguales a los originales.
El funcionario miraba el cheque al trasluz, hasta concluir que era de los buenos. Finalmente, se dieron la mano y se despidieron.
Casi llegando a la puerta, Alex se volvió al funcionario.
—Digame una cosa. ¿Sufren?
—¿Quiénes, los clones?
—Sí, ¿sufren realmente?
El funcionario le ofreció su mejor sonrisa
—Claro que sufren —dijo, guiñándole un ojo.
Sorretta dagli angeli - Héctor Ranea

Y los peregrinos, tal vez cansados por el vino del camino, tal vez alucinados por la ascética travesía, pagaban con varias monedas de buen cobre para entrar y ver el prodigio que ni aún el más hereje se atrevía a vislumbrar.
Todo esto, sin embargo, era una burda estratagema para juntar milicias para el conde de Bastiaan, pues se los rociaba apenas entrados en el terreno sagrado con un poderoso ajenjo bendito que les hacía perder la memoria.
A cambio de esta singular leva, los monjes chapuceros recibían un cobre por cada diez incautos.
Los ángeles, en realidad, sólo mostraban su sexo una vez al año durante las celebraciones del nacimiento de los condes del lugar, constructores de la iglesia y firmes sostenedores de esa fe. La única fe de los eunucos.
Darse cuenta - Miguel Dorelo

Dentro de poco voy a cumplir cincuenta, y comprendí que no estaba equivocado, no, en realidad, estaba completamente equivocado. Es increíble la cantidad de tiempo en que uno convive con premisas absolutamente falsas.
Muchas y variadas experiencia amorosas me hicieron comprender al fin tan grande error. Y por fin, saqué conclusiones.
Descubrí el placer de la lectura, la música, la charla con amigos. Escribir, el mate a la mañana, las milanesas con papa fritas. Ver salir campeón a mi equipo de fútbol favorito, sacarme los zapatos después de caminar todo el día, ir al cine, no hacer nada, el sexo casual, acariciar al gato, la cerveza bien fría y la pizza caliente, estar solo…. Y tantas otras cosas más.
Dicen que los años traen sabiduría a los hombres.
Lo he comprobado.
La venganza de Pacha - D. S. Navas & Sergio Gaut vel Hartman

El infame científico había ganado más dinero del que puede imaginarse, pero eso no le parecía suficiente. Karpetinsky quería el premio Nóbel, soñaba con el premio, era parte de su vigilia y no lo abandonaba cuando apoyaba su cabeza en la almohada. Sin embargo, la perversidad no le producía ninguna ofuscación y su cerebro seguía elucubrando planes para extraer más y más salud adicional del organismo de Pacha. Mientras mantenía a su prisionero en una jaula blindada, a la que sólo entraba luego de narcotizarlo con Xilón 109, seguía experimentando con los humores que extraía, a la vez que saturaba la atmósfera del cubículo para estimular al organismo de su prisionero y hacerlo producir nuevas sustancias potenciadoras. Por esta vía, y cuando empezaba a suponer que había llegado al final del camino, descubrió un segundo componente en la sangre de Pacha.
—¡Con esto me aseguro el premio! —exclamó Karpetinsky frotándose las manos. Volvió a mirar el tubo a trasluz y lanzó una sonora carcajada—. ¡El suero de la inmortalidad!
Insaciable, Karpetinsky clavó la aguja una y otra vez en el cuerpo de su prisionero, extrayendo litros y litros de la preciosa sustancia. Estaba tan absorto en su tarea que tardó largos minutos en descubrir que Pacha estaba muerto, ya que le había extraído hasta la última gota de sangre y, por consiguiente, hasta la última gota de la maravillosa sustancia.
—Parece que se me fue la mano —dijo consternado el maldito científico, deprimido por haber matado a la gallina de los huevos de oro. Pero Pacha ya no le servía para nada, por lo que arrastró el cuerpo hasta un terreno baldío y allí lo dejó, a merced de los perros y las ratas.
Lo que Karpetinsky ignoraba era que Pacha, a raíz de los experimentos a los que había sido sometido, estaba más pasado en salud que nunca. Es cierto que su maravillosa máquina corporal tardaría varios días en reaccionar, pero el mecanismo destinado a recuperar la sangre extraída se puso en acción de inmediato. Pacha no sólo no estaba muerto sino que el estado de privación extrema lo había preparado para dar el siguiente salto evolutivo. Demoró un par de días en recuperarse por completo y durante el tiempo transcurrido elaboró su venganza.
Sobre el escritorio del doctor Karpetinsky apareció una misteriosa nota:
“Querido colega, omitiste un pequeño detalle, y lo que es peor, subestimaste mis conocimientos y mi capacidad. Yo también voy en busca del Nóbel”. Dr. Venganza.
Era una nota digna de una de esas pésimas películas de terror que tanto le gustaban a Karpetinsky, pero igual le corrió un escalofrío por todo el cuerpo. Se dirigió a gran velocidad hasta el baldío en el que había dejado el cuerpo de Pacha y al no encontrarlo se arrancó los cabellos con desesperación.
—¿Qué hice? ¿Adónde está el cuerpo de este desgraciado? ¡Yo sé que lo maté!
—Parece que no —dijo Pacha saliendo de atrás de un grueso roble, tras lo cual se abalanzó sobre el atribulado Karpetinsky y le clavó una hipodérmica de tanatanol en la carótida—. Ahora vamos a hacer algunos experimentos, doctor Karpetinsky, pero con mucho cuidado, porque yo no quiero que me ocurra lo mismo que le sucedió a usted.
Pacha trabajó durante dos años en el cuerpo del doctor. Para cuando terminó, Karpetinsky pesaba trece kilos, estaba arrugado como una ciruela pasa y tenía todas las enfermedades que se conocen, aunque Pacha las mantenía controladas en la frontera entre la vida y la muerte gracias al suero de la inmortalidad que obtenía de su propia sangre. La venganza estaba casi consumada. Pero faltaba un pequeño detalle: el bendito premio Nóbel. Pacha presentó su trabajo sobre el suero total y le fue concedido. Se encontró con el rey de Suecia para recibir el dinero y como no había estatuilla compró una en la estación de ferry de Estocolmo; Karpetinsky nunca había visto un Nobel.
—¿Ves esto, maldito? —dijo abanicando el trofeo ante la cara del malvado. Karpetinsky no podía hablar, pero parpadeó. Ahora pesaba apenas medio kilo y parecía a un escarabajo. Eso era exactamente lo que quería Pacha. Ya le había mostrado el supuesto premio y sólo faltaba ponerle la cereza al postre. Utilizó una llave maestra para entrar a la casa de Karpetinsky un día que la esposa del médico había salido de compras, y dejó el cuerpo a los pies de la cama. Cuando la mujer regresó a la casa y vio a aquel bicho repugnante no pudo resistir la impresión y el asco: lo mató a pisotones.
Brujas - Antonio Cruz
Era tarde cuando encontré a Leticia. Es una buena mujer pero no me simpatiza demasiado. Las personas que hablan de más me ponen de mal humor. Con infinita paciencia soporté durante un rato su interminable lista de desdichas. Me parecieron de lo más intrascendentes. Le pedí que se apurara pues temía llegar tarde a una reunión con mis colegas pero eso no le hizo mella. Siguió su perorata hasta que me sacó de las casillas con su afirmación de que las culpables de todos sus males son las brujas. "Seguramente alguien me hizo un trabajito" dijo convencida. "Voy a consultar con un parapsicólogo que me recomendaron" La miré de tal modo que ella se asustó. "¿No crees en las brujas?" Preguntó. No le respondí. Ella insistió de manera descarada. "¿Crees o no?" Me vi obligada a contestarle "Según la sabiduría popular, que las hay, las hay" Ella se puso a reír. Logré zafar y fui corriendo a mi casa, me cambié de vestido, busqué mi sombrero y me dirigí a la pieza trasera. Saqué mi escoba y fui a reunirme con mis colegas que charlaban animadamente en la copa de los álamos.
Para cuando ya no estés - Lilian Elphick
Cómo me devora el tiempo cuando te leo. Hace un minuto vivía mi lunes nublado, gestionando cotidianidades: esa respiración que me condena a volver a decir las cosas por su nombre. Hace un minuto estampaba el ojo en tus palabras: la sencilla razón para que el pecho suba y baje e intente luego un cese al fuego, una calma de café frío, un silencio que sólo tú podrás oír. Porque se trata de mis manos y de las tuyas en un ahora que se fuga veloz con los ayeres que no tuvimos. No sé decir más. Aquí no hay nada, salvo la pequeña muerte rondando en las carnicerías de barrio, en la tarde de ladrido y trino, en la desnudista que termina el baile y cuenta su dinero.
Saberes e ignorancias – Nanim Rekacz
Si en horarios y rutinas había alguien hábil, esa era Eleonora Cacenave. Meticulosa y prolija hasta el hartazgo, sus jornadas empezaban exactamente a la misma hora y satisfacían cualidades de ceremonia ortodoxa. Desde restregarse los ojos y sentarse en la cama poniendo primero el pie izquierdo en la chancleta, hasta colocarse la cofia sobre los ruleros antes de apagar la luz del velador, todo transcurría de modo perfectamente sincronizado y repetido. La misma taza en el mismo mantel en el mismo extremo de la mesa, el plumero quitando el persistente polvo de los muebles, las plantas que se negaban a crecer y multiplicarse, idénticas noticias siempre en todos los canales. Los batones estampados se encarnaban en su gruesa figura y su mirada triste al pasar frente al retrato del esposo fallecido le hacía recordar con insistencia cruel que no le había dejado ningún hijo. No había gracia alguna en su existencia cotidiana, en esas jornadas aburridas y miméticas, clonadas y sin sentido alguno, esos mates lavados, el silencio de voces.
Despedida - Carmen Carrillo
Estaba decidida a dejarlo. No seguiría creyendo que algún día él dejaría a su mujer. Lo había prometido durante los últimos cinco años, una y otra vez, pero seguía casado. La mataba pensar que no era ella quien lo miraba dormir y que cuando él abría los ojos, su primera mirada era Isabel, que era su mujer quien le servía el café y la que ponía en su mano las tabletas que tomaba a diario para la sinusitis.
Chateo pasional — Jorge Ariel Madrazo
Los hombres son de Marte – Gilda Manso
Vaca impulsiva - Héctor Ranea
Epístola del asesino de espejos a la madre pelmaza de turno - Javier Montoro
Transitar sombras – Rafael Vázquez & Nanim Rekacz
Promesas, solo promesas - Nanim Rekacz
—Hubiera querido guardarla... —apenas suspiré las palabras, inútiles y frágiles como las de aquella poesía de tisú.
—¿Para qué? ¿Acaso me vas a decir que necesitás esa servilleta para retener ese momento? ¿O es para tener una justificación para llorar si de acá a diez años te acordás de los bellos buenos tiempos compartidos, de los sueños muertos? —reprochaste.
No puedo contestarte a eso, sé que tenés razón. Nos prometimos tanto, nos escribimos cartas, poemas, dedicatorias... Hasta las paredes escribíamos, nos dejábamos mensajes en clave en los muros de las casas vecinas, en los bancos de las plazas...
Sueños muertos...
—Son los que más duelen —reafirmabas siempre. Claro, lo vivido queda en la memoria, nos ha construido, lo sentido talló nuestros días y pulió nuestras noches. Pero lastima todo eso que íbamos a hacer y ya no haremos, la casa donde no viviremos, los hijos que no nacerán de mi vientre, los paisajes lejanos que jamás hollarán nuestros pies, nuestros cuatro pies... en parejas huellas...
Me abrazo sola, las palmas de mis manos en mis codos, esos que borraron con su desamor tu amor, que se clavaron en la mesa de este otro bar por horas, mientras decidíamos que ya no iba más...
Yo siempre la llevaba conmigo, en la billetera, dobladita tal como me la entregaste esa noche adolescente, con ese poema de letras desparejas y pequeñas, con corazoncitos en las i... Y ahora cuando me la pediste pensé que era para leerla, nada más, no para esto.
Hecha añicos, en el cenicero... supongo que las letras de las palabras de amor se entremezclarán y formarán nuevas palabras, frases de despedida y de ilusiones devastadas. Tu nombre y el mío, partidos, rotos.
Tanto amor que nos cabía en un beso, en las palabras para siempre, en los instantes eternos de los despertares abrazados, sin separarnos más, nunca más, cantábamos bajito... prolongando la dicha.
Todo termina al fin, todo tiene un final..
El café se nos ha enfriado, el corazón se nos ha vaciado.
Antes de irnos, vos pagás tu café y yo el mío.
Ilustración de Susana Boettner
Estridencias - Rafael Vazquez

Ilustración de Susana Boettner
Domino lenguas - Héctor Ranea

Ilustración de Susana Boettner
La confesión en tiempos de Internet – Héctor Ranea

Confieso acá, obviamente compungido, mi engaño, mi traición. He usurpado el nombre de otro en este espacio que tan generosamente me habéis brindado y los hice caer en esta trampa para satisfacer el delirio que tenía de ser escritor.
Yo sé que hice mal, que lastimé a todos ustedes hasta lo más íntimo. Los señuelos que puse, las argucias que usé, los abusos de confianza con los que me maneje este año y meses que pasamos juntos me lastiman ahora.
No sé cómo empezó todo. Supongo que me di cuenta de que los escritos de mi amigo muerto, valían algo y me decidí a probar suerte. Pero creo que no lo premedité, simplemente fue saliendo así. Primero un cuento, luego otro y así hasta que me di cuenta de que ustedes lo apreciaban sinceramente, que sus elogios no eran fingidos y yo, que siempre había fracasado en lo mío, decidí esconder mi verdadera identidad literaria y continué robándole a mi amigo sus textos. Él me los dejó en casa antes de que lo agarraran unos tipos por una cuestión de mujeres y no lo viera más. Varias carpetas, en parte ordenadas, en parte caóticas, que me tomé el trabajo de clasificar. Eso no se me podrá negar, y en ocasiones, con mi escaso talento, mejorar si fuera posible, ya que dejó mucho material inconcluso, mucho sin revisar y además, algunos textos con tantas revisiones que resultaba difícil entender cuál era la final.
Él escribía de todo, por eso ustedes conocen tantas cosas de mí, que en realidad son del muerto. Y tenía miles de escritos, incluso ensayos de arte, notas de viajes. Entonces yo, que nunca viajé, que nunca vi nada de arte en persona, aproveché las mismas para aprender cómo es estar delante de obras de arte legítimas, con su tamaño natural, cómo huele el aire en otros lugares, cosa que para mí era un misterio. Por eso ustedes tienen de mí tantos relatos, poemas, ensayos, escritos varios que me hacen parecer prolífico, cuando en realidad soy parco, inútil casi para escribir y en caso de hacerlo lo hago con lentitud, como extrudando desde dentro una materia viscosa, vieja, abominable.
Entonces, cuando llegó el momento de tratar con uno o dos de ustedes, la bola de nieve que puse en movimiento empezó a agigantarse y empezamos a intercambiar con todos, todo. Por primera vez en mi vida me sentí parte de algo hermoso y digno; era un impostor vil, un torpe imbécil que sólo quería impresionar con frases sacadas de la boca de un amigo muerto. ¿Acaso hay algo más vil, más repudiable, menos perdonable? No lo creo. No es un tema legal, porque nadie podrá probar nunca lo que hice, ya que mi amigo, que yo sepa, sólo tenía publicados unos pocos poemas de un concurso en Chubut, que siempre omití para no dar lugar a sospechas de ningún tipo.
Hasta le copié su manera de hacer los retruécanos, así podía eventualmente comunicarme por vías rápidas. De otra manera, usaba su enorme venero de frases que me venían como al dedillo, haciéndome siempre quedar como un erudito, que él lo era, o como una persona jocosa, que era su característica mejor (y por eso lo buscaban las mujeres) o por fin, lograr incluso escribir algún cuento mío, que era publicado porque ya todos habían caído en mi añagaza.
Algunas veces debí hacerme pasar por él. Alquilé una casa, una mujer, un hijo, hasta un gato (otras veces un perro) para lograr que nadie sospechase ni pudiera encontrarme en un renuncio de toda esta máquina que monté casi sin proponérmelo.
En toda esta acción fraudulenta he aprendido que mucha gente es como ustedes, sincera, buena en el mejor sentido y no acaba de creer que es víctima del timo más insolente, porque cree a pie juntilla la historia que uno teje para armar la telaraña. Así los he captado en esta fascinación de hacerme pasar por lo que no soy, pero no aguanto más esta situación.
Ayer, con la publicación de otro de los poemas de mi amigo, he decidido dar la cara y no seguir con esta operación deshonesta y presentarme tal cual soy, un solitario lobo sin talento, un ave rapaz que se aprovecha hasta de un amigo muerto, un muerto, en fin; que dice ser un escritor pero que no ha hecho otra cosa que copiar, palabra por palabra lo que le dejó su amigo.
Supongo que no podréis perdonarme porque el abuso a la inocencia y la sinceridad no pueden perdonarse, pero acá estoy, esta vez desnudo de alma, diciendo una verdad difícil de decir.
Y ahora así, adiós.
Cumpleaños - Carmen Carrillo

El viento mecía los álamos enfilados a lo largo de la calle y en la superficie de los charcos que había dejado la lluvia nocturna flotaban las primeras hojas del otoño. Por encima de los árboles se levantaba una luz tenue, difusa, la típica de los amaneceres de octubre. Salió a la cochera y como todas las mañanas, recogió el diario. Lo puso sobre la barra de la cocina y encendió la cafetera. Metió el pan en el tostador preguntándose si esta vez él bajaría y antes de hacer cualquier cosa, entraría a la cocina para darle un abrazo de cumpleaños. Aunque sería inaudito que lo hiciera, tal vez ese año le entregaría algún presente... quizá ese pequeño dije con la esmeralda que siempre quiso.
Esperó a que saliera de la ducha y bajara a la sala para comenzar el ritual diario. Calculando el tiempo, sumergió la taza en agua caliente para evitar que el frío de la porcelana cambiara la temperatura del líquido al servirlo. Luego encendió la radio para que pudiera escuchar el noticiero mientras tomaba el desayuno en el salón. Si le hubiesen dado a escoger, ella sin duda hubiera preferido sintonizar la estación donde programan bossa nova. Se había acostumbrado a sacrificar esos pequeños gustos a cambio de una atmósfera libre de discusiones.
Mientras sumergía la taza en agua caliente por segunda vez, notó que el teléfono celular tenía la batería baja y lo conectó de inmediato al enchufe, antes de que él bajara y pusiera el grito en el cielo por el terrible descuido, pues mantener el teléfono con batería completa era responsabilidad de ella. Escuchando las noticias, que le parecieron exactamente las mismas que el día anterior, pensó en cuánto deseaba salir a regar las begonias en ese momento, a esa hora, cuando la brisa es tan distinta a la de cualquier otra hora del día. Se asomó por la ventana, miró las flores y suspiró. Al parecer él no tenía prisa, porque demoró más de lo acostumbrado en afeitarse y eso significaba que ella debía, una vez más, sumergir de nuevo la taza en agua caliente.
Aunque había aprendido a hacerlo todo sin quejarse y ya se había acostumbrado a las excentricidades del marido, no había algo que detestara más que tener que sumergir una y otra vez la maldita taza hasta que él se dignaba a bajar con toda parsimonia, arrastrando las estúpidas pantuflas hasta el aburrido sillón reclinable en el que esperaba a que ella le sirviera el café en la ridícula tacita italiana y la colocara en la charola, al lado de la cucharilla de plata y la azucarera china que forman parte del juego de té que ha pertenecido a su familia por tres generaciones.
Además de la sumersión de la taza, odiaba con el alma esa apolillada otomana de terciopelo azul que debía ver todos los días al depositar sobre ella la charola del desayuno que él tomaba sin dirigirle una mirada, porque su atención se dirigía a alegir una sección del diario que, sabrá Dios porqué motivo, siempre resultaba ser el obituario.
Al percatarse de que todo transcurría sin alteraciones, sintió que el corazón se le encogía. Un cumpleaños más que pasaría sin pena ni gloria. Caminó hasta el salón con la charola en la mano que temblaba de rabia y al dejarla sobre la otomana, derramó el café accidentalmente sobre ella, provocando que él saltara del sillón como si el tapiz de terciopelo tuviera alguna conexión nerviosa con su propia piel. Le dedicó tal cantidad de improperios que ella quedó petrificada. No sólo se había olvidado de su cumpleaños, sino que además mostraba más condescendencia hacia el estúpido mueble que hacia ella, ella que se había entregado en cuerpo y alma al calvario de vivir para complacerlo.
A ella no le humillaron tanto los insultos, sino el hecho de que mientras la insultaba no se tomó la molestia de mirarla. Eso la enfureció. Y tal era su rabia que casi sin pensarlo alargó el brazo y tomó el primer revólver que encontró en la colección que tapizaba la pared. Él no se percató del movimiento, ocupado como estaba en lamentarse del estropicio y lo cierto es que cuando apretó el gatillo, ella esperaba que saliera del cañón el inocuo chirrido del metal añoso y oxidado. Se llevó tremenda sorpresa cuando el movimiento de su dedo liberó en la cámara del revólver una poderosa bala que, convertida en una pequeña dosis de furia, fue a dar en el cráneo del marido, que se abrió instantáneamente como un tulipán gigante del que salieron innumerables serpentinas color carmesí que parecían decir al unísono: Feliz cumpleaños.
Tomado de: http://realistaprincipiante.blogspot.com
El juego - Gilda Manso

El conflicto rebalsó cuando La Niña anunció:
—Afuera están jugando a la escondida y yo quiero ir.
Al oírla, La Guerrera sonrió como sonríe quien ve cumplirse algo que hace tiempo vaticinó; las pocas personas que tuvieron la mala fortuna de enfrentarse a La Guerrera le habían temido menos a su lanza impiadosa que a su sonrisa serena. (Es una mujer tan tranquila y callada que casi nadie nota su existencia. La Guerrera suele permanecer en la más rigurosa de las sombras, al acecho, observando y adivinando. Huele a su enemigo, le permite rondarla y sin aviso clava la lanza. Y, si el enemigo es lo suficientemente digno, La Guerrera sonríe).
La Madrina, por su parte, también sonrió. Pero la sonrisa de La Madrina emanaba amor. No había nada marcial en esa boca de dulzura persistente. (Es una mujer querida. En el grupo, es la encargada de dar la cara; semejante responsabilidad cayó en ella debido a su limpieza y a su extremo sentido de la justicia. No tolera ni permite los golpes bajos. A simple vista se la nota confiable. Es la única que nunca se equivoca).
La Trémula, en cambio, no sonrió. Nadie se extrañó, porque La Trémula no sabe sonreir. (Es una muer extremadamente vulnerable. Su debilidad radica en su terror hacia todo, en su desconfianza hacia la luz porque revela, hacia la oscuridad porque oculta. Es, de un modo muy extraño, la más peligrosa de todas).
—¿Y en qué consiste ese juego? —le preguntó La Madrina a La Niña.
—La gente se esconde y yo tengo que encontrarlos. ¿Puedo salir a jugar?
La Madrina asintió. Cuando La Niña cerró la puerta, La Trémula tembló y dijo:
—¿No se dan cuenta del peligro al que la exponen? ¿Cómo sabemos quién es el que se esconde allá afuera?
—Mientras sigas en tu manía de no asomar la nariz, nunca vas a saberlo —intentó discutir, por aburrimiento, La Guerrera.
La Madrina le rogó con la mirada y habló:
—No podemos seguir negando el afuera. Tarde o temprano nos ahogaríamos acá adentro. Por otra parte, el afuera nos exige jugar. Menos mal que está La Niña, sino ¿quién de nosotras lo haría? Yo no podría, tengo demasiadas responsabilidades.
—A mi me da miedo la idea de salir a jugar —se atajó La Trémula.
—Yo no tengo naturaleza lúdica —agregó, tajante, La Guerrera.
La puerta se abrió y La Niña entró tambaleándose. De su cuello, una herida semejante a un zarpazo manaba sangre.
—¡Me atacó un lobo escondido en una piel de lobo! —lloraba La Niña, asustada más por su ingenuidad vejada que por la herida abierta.
La Madrina se abalanzó a curarla. Tiene vocación de sanadora.
—¿No será un lobo con piel de cordero? —quiso saber La Guerrera. La Niña negó.
—La Trémula me habló tanto de los lobos con piel de cordero, que vi un lobo y me acerqué pensando que era un cordero disfrazado.
La Trémula creyó desmayarse. La Guerrera creyó matarla. La Madrina calmó los ánimos:
—La herida es más superficial de lo que parece. La Niña se va a poner bien, aunque necesita reposo. Pero la realidad es que el juego sigue, y si abandonamos nos van a tirar la puerta abajo... ¿Escuchan los golpes?
Calló un momento y el ruido se hizo irrespirable.
—No tenemos más tiempo. ¿Quién de nosotras va a salir a jugar?
Sirenas - Rafael Vázquez

Mientras el barco se acercaba inexorable a las proximidades del arrecife de rocas donde moraban las fabulosas mujeres con cola de pez, sin posibilidad de cambiar el rumbo a tiempo como para no escuchar sus cantos, todo tipo de imágenes horribles acudía a nuestros ojos y memoria mientras echábamos mano de nuestros recuerdos colectivos para intentar salir indemnes del, de todo punto, imprevisible contratiempo.
Nos apresuramos a atarnos unos a otros con complicados nudos a las arboladuras y trinquetes de la nave, a acomodarnos improvisados protectores acústicos en los oídos, a dañarse, los más asustados, tanque y yunque para poder salvarse de la irresistible tentación sonora.No caímos en que llevábamos años saturando nuestros ojos de todo tipo de imágenes sensuales, nuestros oídos con decibelios de sonidos que exploraban nuestros tabúes mas profundos.
Cómo imaginar que todo eso nos había ido haciendo, lentamente, insensibles a cualquier tentación natural no tecnificada por mucho que esta se hubiese ido perfeccionando generacionalmente durante miles de años.
Y cómo no pensar, después de todo, reflexionábamos mientras el barco se alejaba e íbamos dejando atrás a las esforzadas sirenas, que cualquiera de nosotros había asistido a lo largo de su vida a decenas de espectáculos mejores.
Los viejos villanos - Héctor Ranea

Su madre y yo fuimos con las camisas que nos enviaron de regalo para nuestro aniversario de bodas. Las flores rojas le gustan tanto a su madre que se la quiso poner para este concierto. Por cierto, lindas flores y muy lindas formas y colores en mi camisa de Havai. ¿Se escribe así, no es cierto? Hay frutas y plantas que sólo vimos en televisión y alguna vez en el Mercado de Sinkt Pankrass, en verano. Esas flores, esas frutas, nos hacen sentir muy frescos.
Los días que no vamos a misa pongo en la televisión uno de los programas donde puedan verse las ciudades donde ustedes viven. Están tan lejanas y son tan diferentes de nuestro pueblo, tranquilo y pintoresco, que a veces nos vienen ganas de aceptar la invitación, pero pronto nos damos cuenta de que no podríamos vivir como viven ustedes.
Yo llevo a madre en su silla hasta nuestro banco en la iglesia y le coloco los audífonos para que escuche al cura o al organista. Esta vez el cura nos miró mucho durante su prédica porque seguramente querría saber de dónde sacamos las camisas. Ustedes entiendan, en el pueblo nadie usa cosas de estos colores y seguramente el cura se dio cuenta. Pobre hombre.
En el concierto madre se duerme cuando llega Pachelbel. Siempre. Tan lindo que es el Canon y ella siempre se lo pierde. Todos los años lo mismo. Ella dice que lo escucha, que soy yo el que se preocupa inútilmente, pero tengo miedo de que al despertar se le escape un grito de los que suele proferir en casa. Y la despierto antes de que se vaya a lo más profundo de sus pesadillas.
Hoy en misa ella me miraba con los ojos que siempre tuvo pero sé que en el fondo me estaba diciendo algo. Algo que nunca quisimos decirnos. Recién entramos del concierto, ayer fuimos a misa. Ya estamos limpios. Ella me pidió que la matara y acabo de hacerlo. Les prometo que no sufrió. Le aplasté el cuello con el zueco de matar chanchos. Despacho esta carta en el buzón y me cuelgo del tirante dentro del salón de estar, donde ella ya reposa blanda y transparente como un fantasma. Nos encontrarán dentro de dos días. Felizmente estaremos juntos.
Su padre
Derechos de autor – Sergio Gaut vel Hartman

Impromptu – Héctor Ranea

A la madrugada, con poca luz en la habitación, el trompetista descubre que no está en su casa sino en un lugar lleno de cuerpos desnudos que todavía en cierto modo bailan. Hay incluso algunos jóvenes que están amándose como en el primer minuto. Se levanta como puede y sale. Vuelve a casa intrigado de esa noche tan inquietante que le tocó vivir. Cuando llega al baño la loción que usó está llena de escarabajos, escolopendras, batracios de dos especies, salamandras, escorpiones, gaviotas, teros, surubíes, pargos, corvinas, osos y jirafas zangoloteándose en la tina. Quien le regalara esa loción posiblemente supiera los efectos de las feromonas. Ahora tenía que recordar quién había sido.
El inicio de la tormenta - Libia Brenda Castro
Otoño 1
A ella le gusta el otoño; le gustan, de noche, sus calles corriendo por las pupilas, sus faroles encendidos, sus árboles perdidos en la sombra de un cielo en la cabeza, las tapias del pecho, sus semáforos en los brazos y sus luces derramándose sobre los senos amarillos y pálidos de pezones dulces, que no soportan la saliva del destierro de una cama que no sea la suya.
Le gusta, de hecho, el otoño, por sí mismo, para sí mismo. Le gusta que sea triste y sonámbulo en las nubes con un reflejo anaranjado gracias a la civilización electrizada. Y lo que más le gusta del otoño en la noche es la soledad.
Pero hay algo que no, que no, que le deja un sabor amargo de semen violentando una garganta vuelta de pronto inhóspita por el alarido.
Otoño (2)
Sí, le gusta caminar, respirando los orines de las puertas viejas de madera, los gatos raudos que huyen de repente adivinándola, escuchando algún acelerador que funde el ruido de los pocos grillos que se han perdido en el asfalto; caminar, siempre, sola.
La sombra surge de pronto, entre un cristal roto y un poste de teléfono, y rompe con el encanto de la soledad, de los gatos y de todo, le sonríe con ojos de complicidad, le exige, se carcajea y le promete "un momento inolvidable".
Otoño (3)
Es cierto que a veces, en esos otoños nocturnos que la caminan, algo le interrumpe en medio de un parque y una fuente, la intercepta, la fulmina, pero eso no importa demasiado, es parte del encanto, dos pasos más y ya está de nuevo instalada en esa observación de un cielo atravesado por la respiración suave de los guardianes,
Una voz ronca se introduce en su paladar, un olor de animal, macho en celo, la recorre debajo de la blusa y se burla de ella cuando la tira y le separa las rodillas, que instintivamente había apretado una contra la otra y siente como una saliva espesa y reseca se abre paso entre sus pliegues, más resecos aún por el miedo y la vergüenza.
Quizá en los atrios, en alguna vecindad, o en la azotea, se detiene para levantar alguna pluma olvidada, y la guarda, para sentirse, también ella, un poco ave, o simplemente nada, pero igual levanta las plumas perdidas y prueba el viento con ellas, cortando suave la corriente otoñal que en las noches es más fresca, más espesa, más obscura.
Otoño (4)
Y entonces allí, tirada sobre una banqueta, la cabeza contra un escalón siente frío y humedad sobre su rostro, quizá por el cemento bajo su mejilla, quizá porque sus ojos han empezado a adivinar que todas esas nubes están confabulando uno de los últimos aguaceros del año y el inicio de la tormenta la saluda a ella antes que a nadie; y en algún lugar entre las nubes, el cielo y su cuerpo, flotan esas criaturas etéreas, sabe que miran, y están llorando, mientras ella va sintiendo como aquel aliento forastero jadea sobre sí y rasguña sus caderas desnudas, y ella no se siente, o no se adivina bajo ese peso que la asfixia y la rompe, partiéndola en dos, tres, diez, cien trozos y dejándola en el suelo, con una mano estrujando un puñado de plumas grises y la otra encajada en la madera de una puerta vieja, más sola que antes porque ahora que ha terminado la voz desconocida se va, tambaleante, habiendo cumplido su promesa.
Sí, le gusta el otoño, caminar por él en las noches, pero ya no, jamás volverá a contar las pocas estrellas que se ven a las tres de la madrugada en medio de un boulevard. Es posible que nunca más levante la vista hacia el cielo, hacia aquello que es nada. Es posible que haya dejado de creer, que haya cedido al golpe del desencanto y la magia se haya terminado, se marchó con el viento húmedo.
Y aunque sigue persiguiendo nubes de tormenta sin saberlo, a veces, en la noche, despierta gritando, con una mano encajada en el hule espuma y otra mano estrujando un puñado de plumas suaves, recordando la promesa de un desconocido...
Y entonces, el Vuelo.
Nadie puede ver nada, nadie puede verla ahora, sin más deseo que la muerte, sin un intento de retorno, sin conciencia del dolor, llevando el olvido de los que ya no esperan nada en este mundo.
Pero sabe que hay otros, los ha adivinado siempre y justo entonces, cuando ella siente que sólo queda ese mismo vacío algo cambia, se ha roto y una brisa tibia viene a levantar ese algo, suavemente. Así, puede al fin palpar lo que siempre ha ido a su lado, sólo un poco más arriba pero allí.
“Es hora de viajar a los otros mundos”. La voz parece venir desde adentro, sin embargo sabe que está ahí y sonríe, la noche del último otoño se abre para dejarla ir, para que pueda volar, desplegando sus alas a la Luna...
Remake de la Creación – Sergio Gaut vel Hartman
Molinos de palabras – Rafael Vázquez

La primera arma de todo enemigo es el camuflaje, y Don Quijote sabe que su adversario ha aprendido a ocultar perfectamente su presencia.
Concluye que debe poseer unas dimensiones ciclópeas, pues es capaz de hacer desaparecer montañas de un día para otro, desviar ríos, modificar horizontes; igualmente ha podido crearse una hipotética imagen de su forma y figura a partir de las huellas de sus embestidas.
Si bien los demás hablan de ilusiones ópticas, de desvaríos, de productos de la sinrazón, el ingenioso hidalgo ve en todo ello la obra de quien quiere marcar su vida como una cicatriz que le cruzara toda la piel.
Algo ha cambiado sin embargo desde hace tiempo, en concreto desde el épico episodio de los molinos de viento; su enemigo da muestras de haber resultado herido en esa batalla, su ritmo de combate ha disminuído, su técnica se ha tornado más torpe, sus ataques reflejan debilidad.
De este modo Don quijote está seguro de que si consigue camuflarse correctamente entre las frases del paisaje, detrás de símbolos y apariencias, sólo entonces logrará arrebatarle al autor de su locura y sus desdichas la otra, la única mano que aún conserva.
Anodino - Guillermo Ochoa

Ayer me invitaron a comer. No debí aceptar, pero tenía un hambre indiscutible, aunque serena... La necesaria para ensayar la hipocresía, sonreír a los bultos amigables, reprimir mis deseos de estrangular, patear en los testículos o tirarme a llorar en esta interminable sábana de asfalto. Durante la charla con mis benefactores, escuché varias veces que uno de ellos utilizaba palabras del todo incomprensibles para mí. Dijo, por ejemplo, que fulanito había escrito un cuento anodino, sin ambiciones, redundante y algunos otros adjetivos que yo no conozco pero que me imagino desagradables. Yo había leído el cuento al que se referían y me sorprendió escuchar la palabra anodino. No sé qué significa, aunque me imagino que se refiere a algo redundante y sin ambiciones. O quizás no. Sin embargo, la palabra me ha gustado y a partir de este momento la utilizaré con más frecuencia; en este relato mismo, al que me encantaría que alguien llamara así: anodino. Ayer, como dije anteriormente, me invitaron a comer, no debí aceptar, pero soy tan anodino que acepté. Escuché durante largo rato una conversación plagada de anodineces, las cuales soporté debido al respeto que le guardo a las anodinas de jamón, las cuales me sustraen por momentos de estrangular, acuchillar, patearle los anodinos a los miserables, y en fin, soportar que me continúen invitando a comer.
Recuerdos rigurosamente vomitados – Héctor Ranea

En el andén sin vía del eterno retorno, claman por un lugar cerca de la banda de suicidas los filósofos negacionistas, los empiristas simbólicos, los inclasificables. Se dice que el tren arriba en término, aunque esto se viene diciendo desde al menos el comienzo de la eternidad. Pero, se sabe, la eternidad no debería tener inicio, ya que tal evento podría propagar una perturbación que modifique las condiciones de la eternidad hasta tal punto de hacer que el Universo, o bien colapse sobre sí mismo, o bien se cuele hasta el infinito ya sea acelerando o con velocidad constante. En esta instancia podría ser compatible con la eternidad, pero inmedible. El problema, como dijo una amiga poseedora del futuro en esos raros momentos de gracia que deja el alcohol, es que, si existe un ser eterno, para él no debería transcurrir el tiempo o sea que todo es simultáneo en él, lo que es nuestro futuro y lo que es nuestro pasado, y en estas condiciones no estaría disponible para entender el más banal de los problemas ya que para esto es ineludible saber el orden en el que se presentan las etapas. Así, ese ser sería un inútil despojo de materia inaccesible hacia el cual nada puede fluir para tener contacto con él, pues de hacerlo debería estacionarse el tiempo y a partir de esa detención nada es posible. Entonces mi amiga empieza a vomitar recuerdo tras recuerdo, como arrancando las páginas de una enciclopedia que sólo ella conociera. Y así me entero que estuvo enamorada de mí una primavera que no recuerdo y que guarda un poema que le envié cuando estuve enamorado de ella, pero ella vivía con sus esperanzas en otro que ha olvidado. Y así, recuerdo por recuerdo que iba regurgitando primero y después evacuando, procedía para alimentar una vieja amistad que había quedado trunca en una plaza cualquiera, o para darme esperanzas de que mi amor por ella sería recompensado al menos con una sesión de sexo apañada por la duda porque después de todo: ¿qué son dos horas en una amistad que dura tanto?
Ella vomita recuerdo por recuerdo empapada en alcohol y yo en amargura. Las mismas caras que tengo en mi memoria fluyen de su vómito como en una presentación automática para proyectar en los cines de barrio, sólo que mudas. Las mismas autoridades eclesiásticas que nos denunciaron y que tuvimos que evadir con el olvido y el miedo se cristalizan en su vómito inacabable. Al cabo de un rato, contagiado de su manso vómito, lloré todos los recuerdos, uno por uno. Al despertar, afortunadamente, ninguno de los dos recordaba al otro. Nos dijimos: –Adiós, nada ha sido posible entre nosotros. Todo queda en charcos que lentamente irán drenando sus despojos al mar que es el morir.
HOTEL Casino - José Luis Zárate

¡No mentes al...! - Álvaro Valderas

El abandonador serial - Miguel Dorelo

El espejo – Héctor Ranea

El viejo y la niña viajaban todos los días cuando la hora mejor dibujaba los contornos de las hojas en los árboles y daba más brillo a las azucenas en verano, los junquillos en primavera, los árboles con frutas en otoño.
Pero una tarde de verano, casi cuando el Sol estaba por desaparecer, vi el bote navegando casi al garete y me alarmé. Salté al mío y fui hasta ahí, para encontrar al viejo tomando aire y sumergiéndose con afán en las aguas oscuras del canal.
La niña rubia, contó él después a la policía, viendo que los espejos no podían ser atravesados, pero notando que el agua del canal era un espejo, se arrojó luego de explicar al viejo que lo haría pero sin darle tiempo a reaccionar. En el cadáver que encontraron dos días después. Extrañamente, la niña sostenía un reloj de cadena que nadie en la ciudad reconoció como suyo. Alicia, se llamaba, creo, esa niña.
La última cena - Leandro Javier Oyola

Alicia en el camino del fin del mundo - José Luis Vasconcelos

Señor de los milagros – Carmen Carrillo

Saltar – Alex Jamieson

El cubo – Sergio Gaut vel Hartman

Generaciones - Javier López

A mí me generaron por arte de magia. Mi padre era ilusionista, y echó a mi madre unos polvos mágicos, de los cuáles nací. Eso me contaron.
Nuestro hijo fue generado digitalmente. Por eso, desde pequeño, ha vivido aislado entre videoconsolas, pecés y teléfonos móviles. Tantos elementos de comunicación, y sin embargo con la familia no habla nunca.
Y mi hija nació por generación espontánea. Al menos eso dice mi mujer, pues ella no estaba embarazada cuando fui a Ruanda en misión humanitaria, para alimentar a unos chiquillos famélicos con viejos conejos sacados de la chistera de mi padre. Y cuando volví me encontré con el regalo metido en una cuna.
La comunicación en casa es mala. Porque, para colmo, mi mujer es coreana, y todavía no ha aprendido a decir ni una palabra en nuestra lengua. Más bien, yo diría que no la aprenderá nunca. Afortunadamente es pequeña y no ocupa mucho espacio. Pero por lo demás, todo son inconvenientes. Es incapaz de mediar en el conflicto entre nuestros hijos y yo.
Hoy nuestra falta de entendimiento parece haber llegado a un punto sin retorno. Estábamos en la mesa y le pedí a mi hijo que me acercara la sal:
—01000100 —respondió binariamente, haciendo caso omiso y sin mirarme a la cara.
—Mitosis, meiosis, gónadas —intervino mi hija, tan espontánea como siempre.
—Ming —apostilló mi mujer, sin que yo entendiera nada.
—Abracadabra —sentencié, y salí dando un portazo del comedor.
Ya no tengo dudas. En casa existe un grave problema generacional. Mi familia y yo jamás podremos entendernos.
Travesti – Héctor Ranea

Eso no fue nada.
La máquina que expendía el agua, según comentó azorada mi mujer, comenzó a pasar un tango, cosa que en medio del Friuli era a todas luces una descomunal falta de criterio. Mientras esto me contaba, el perro lazarillo empezó a bailar el tango con su dueño, con tacos altos y todo y la moneda fue devuelta, claro, pero sin habernos dado el agua.
Si todo hubiera terminado ahí vaya y pase, pero no; era evidente que los graznidos de cuervo provenían de unos pájaros iguales a palomas desde lejos y que el guarda del tren regalaba a los niños globos inflados dándole forma de perros y salamines.
Nos fuimos del pueblo en el primer tren que partía hacia nuestro destino y nos llevamos una congoja con nosotros que sólo se resolvió cuando vimos la ciudad desde lo alto, entendiendo que habíamos sido abducidos por un globo aerostático travestido. Por cierto, teníamos mucha, mucha sed. Eso sí, nos devolvieron el importe del pasaje y llegamos antes de lo previsto.
La trampa - Nanim Rekacz

―¡Ladran! ―me gritó― ¡Corramos! ¡son los perros!
Sí, sé que son los perros, los perros de la guerra, los demoníacos mastines que devoran entrañas, preferentemente corazones. Hambrientos de amor jamás recibido, desesperados de espanto, entrenados para matar al llamado “enemigo”, ese que late y siente y ama es la presa predilecta. Han sido crueles y perversos sus instructores...
―¿Qué guerra es ésta? ―me pregunta mientras huímos, mientras las espinas nos arrancan trozos de ropa, nos arañan los rostros, nos despellejan las manos. Me pregunta mientras dejamos un rastro de sangre y de sudor pegado en las ramas, goteando en los setos.
Podría ser la guerra del cerdo, pienso, pero sé que es la guerra del humano cuya calavera va siendo devorada por los gusanos y las moscas, que deja sus señales de muerte en los estratos de la historia. La tierra ha aumentado su tamaño, pienso, mientras sigo corriendo. Capa tras capa de cadáveres han fertilizado y creado promontorios, rellenado huecos, engrosado la trama de la memoria de los que recuerdan.
Ojalá fuera la guerra del cerdo y estuviéramos perdidos, naufragados, extraviados, olvidados... Ojalá fuéramos niños otra vez...
Tengo hambre. Tenemos hambre. Tengo sed. Ella también tiene sed. Nos detenemos a la orilla de un arroyo, los ladridos de los perros se ha interrumpido.
―¿Se callaron los perros o dejamos de oírlos? ―esta vez pregunto yo. Veo su boca modular una respuesta que no percibo. Sin embargo los pájaros cantan y me pregunto en silencio si serán los pájaros que cantan hasta morir, si seremos pájaros, si podremos cantar, si podremos morir en esta tarde de perros y cerdos.
Sumerjo mi cabeza en el agua helada y un remolino sanguinolento se entremezcla con la corriente. Siento millones de agujas atravesándome, incrustándose en mi cuerpo, se meten en mis arterias y punzan mi corazón. Te pienso, te pienso desnuda y agitada, te escucho gritar y tu grito es prehistórico y es eterno, sé que estoy salvo adentro de tu útero, que somos hacedores de cataclismos, que tus senos crecen como cordilleras nuevas y tu vientre se hunde para aplastarme y me extraes todo, el dolor, los recuerdos, las nostalgias, los miedos, te absorbes mis jugos venenosos y me dejas exhausto, papel de seda, transparente...
Te miro, surcada de heridas, la ropa hecha jirones, dejando a la vista esa epidermis que he amado tanto. No puedo entregarte a la jauría, no puedo permitir que te devoren los perros, no puedo dejar que me maten para siempre y no poder nunca más morirme brevemente entre tus piernas. No quiero que siembren nuestras calaveras, mirar con mis órbitas vacías tus órbitas vacías, no quiero cuestionarme si ser o no ser, sé que quiero ser.
―No te amo ―le escupo las palabras― y nunca te amé, sólo te usé.
Ella llora sangre, es una hembra pero es una mujer. Le digo cosas horribles. La insulto. La bastardeo. La menosprecio. Con tanta convicción me expreso que hasta yo mismo me convenzo y me lo creo.
Es la única manera de evitar la mordida de los perros.
Cuando llegan, ambos estamos sentados evitándonos los ojos, callados.
Los perros se acercan, se arremolinan indecisos, nos huelen. Un mastín bestial aprieta su hocico húmedo contra mi pecho. Ha de ser el macho alfa, pienso. Me pregunto qué sentirá ella, si habré logrado que deje de amarme, al menos el tiempo suficiente para engañar a los perros. Me concentro en que no me importe, en ser indiferente, en imaginarla repulsiva y extraña, incapaz de satisfacerme, me hago autoinmune a su presencia. El perro jefe ahora la olisquea a ella, mete su trompa entre sus senos buscando el latido que delata.
No halla nada... creo que lo he conseguido. ¡Sí! Aúlla a su manada y se retiran, desaparecen en el bosque.
Me pregunto si ella habrá comprendido la trampa que nos ha salvado y volverá a amarme.
Me pregunto... si no vuelve a amarme... ¿tendrá sentido estar vivo?
Me pregunto, y la posible respuesta que no había pensado antes me aterra, si el objetivo de la guerra no era matarnos, sino que desaparezca el amor...
Mudanza - Joaquín Torres

Almuerzo - Olga Liliana Reinoso

Miedo - Jorge Ariel Madrazo

Era el fin. La hora cúspide de la semana más cruel de su vida.
Fulminado por el virus desconocido.
Tras horadarlo como vitriolo, la fiebre era reina y señora de sus facultades. Los temblores agitaban el cuerpito consumido, empapado en sus miasmas. Por ruego suyo lo rodeaban sus últimas amantes: Eulalia le administraba esos tecitos de arándano, Silvia le ponía las ventosas del doctor Fucus, Lucía corría con la parte más complicada: hacerle ingerir, por un embudo, la pizza a la calabresa pasada por un rayador. Ah, y el anís Chinchón, infaltable. De a cucharadas, claro.
Temblaba como un pollito, gritaba de miedo. Oprimía las mano de alguna de sus bellas cuando la Implacable se agigantaba llenando de sombras la habitación. La ronda de esqueletos danzaba en la pared, Una Forma Blanca lo espiaba desde los pies de la cama: “Basta de farra, andá abriendo la boca que debo extraerte el alma”.
Todo muy bizarro, ya se ve.
Lo más terrible no fue nada de eso. Lo terrible fue cuando el amigo, el pánfilo de la barra, interrumpió su agonía con la peor noticia imaginable:
—Perdoná, Negro, pero llegó la factura del gas.
Un abrigo - José Luis Vasconcelos

No es fácil formar pareja - Miguel Dorelo
No está bien mezclar las cuestiones personales con lo literario —se dijo inclinado sobre el teclado.Se concentró en lo que estaba escribiendo. El esbozo de un informe que le habían pedido para una nueva enciclopedia temática. Ya tenía el título: “Los animales hacen cada cosa”. Y también el subtítulo “Por algo son irracionales y no como nosotros”.—Vamos que vos podés —se alentó.“La Mantis Religiosa, en época de apareamiento, emite feromonas para atraer al macho.Y comenzó a recordarla; amor a primera vista fue aquello, su dulzura del comienzo y aquellos momentos de paz y sano esparcimiento en las visitas casi a diario al Ital Park. Durante o después de la unión…Ah, el amor y sobre todo el sexo con amor, su timidez extrema en el primer encuentro entre las sábanas y su ardiente y desbordada pasión en las que siguieron. “Para entrar en el cielo no es preciso morir” cuanta verdad en la voz de Ana Belén… suele ponerse muy agresiva…las primeras y malditas peleas, por cuestiones nimias y desgastando poco a poco la relación… y generalmente termina por devorar al macho, empezando por la cabeza”.Si, si maldita hembra: son todas iguales estas hijas de puta. Maldito sea el día que la conocí.Ya no pudo seguir; eran demasiadas coincidencias.—No hay nada que hacerle —reflexionó—, siempre voy a ser un escritor amateur; no encuentro la forma de no mezclar las cosas. ¡Malditas mujeres!http://lacuentoteca.blogspot.com/
Sueños - Milenko Zupanovic
—¡Oh, el mismo sueño todas las noches! —contestó Mario.
Al día siguiente fue al psiquiatra.
—Por favor, doctor, ayúdeme.
—Por supuesto —le respondió el psiquiatra—; tome estos comprimidos.
—Gracias. Tengo ese sueño, pero mi padre está bien, usted lo sabe. Soñé que lo mataba… —dijo Mario— …cuando yo era pequeño, mi padre mató a mi madre. Adiós, doctor.
Cuando terminó la terapia, fue a buscar su padre… y lo mató.
—Hijo, despierta, tienes esa pesadilla —le decía la madre a Mario.
—¡Oh, mami!, ¿Dónde está papá?
—Pronto llegará —le contestó su madre.
Mientras su madre limpiaba la casa, Mario jugaba con una pelota. En un pequeño ángulo de la vivienda el chico encontró el revólver del padre y se puso a jugar con el arma. Desafortunadamente, con ese revólver, mató a su madre.
—Mami, mami, despiértate, por favor —decía Mario. Pero su madre estaba muerta.
—Despiértate, hijo, siempre las mismas pesadillas —le estaba diciendo la madre a Mario.
—Oh, mamá, ¡Estás viva!
En ese momento su padre entró a la casa y mató a su esposa.
—Mami, mami, despierta —decía Mario.
Pero su madre estaba muerta.
Traducción del inglés: María del Pilar Jorge
Enseñanzas - Giselle Aronson & Rafael Vázquez Suárez
El preceptor, dispuesto a comprobar qué ha aprendido el discípulo de la reflexiva jornada, mira el claro reflejo en el agua y desafía con sus palabras:
—Zambúllete y habrás llegado a la luna.
El alumno no entiende bien. Sabe perfectamente que nadie, menos él, puede capturar un reflejo, que el cuerpo real permanece inalcanzable a millones de kilómetros. También sabe que el profesor nunca dice nada en vano, que cada una de sus palabras esconde una enseñanza.
Como el anciano insiste en su petición, al joven no se le ocurre otra cosa que escalar a tientas un chopo cercano que hunde sus raíces en la orilla y, encaramado a una gruesa rama paralela al lago, estira el brazo en dirección al agua. Ayudado por el mentor busca en el líquido elemento alguna sensación que le permita encontrar la luna misma. Extiende el dedo índice y toca, por fin, el astro.
Sin comprender del todo, el aprendiz se siente dichoso. Baja del árbol y avanza hacia el maestro, mientras le describe casi sin respiración el tacto de la luz, los cráteres, las sombras que ha percibido con total claridad. Todo, solo con palpar el reflejo frío y mojado.
—Existen infinitas maneras de llegar a algunos objetivos, es bueno que te permitas descubrirlo.
El anciano escucha atentamente con los ojos distantes, en alturas lejanas y familiares. Una rana croa cerca, las sombras han ido cubriendo todo con sus sutiles telas y una brisa refresca el aire. Comienzan a subir la cuesta que conduce al monasterio. El alumno, también con ojos distantes, pliega su bastón blanco y se apoya en el brazo de su maestro.
A las que me rechazaron - Magnus Dagon

Nueva defenestración - Héctor Ranea

El Primer Recontramaestre Territorial de la Comuna de Vrasmanostiie tembló al ver el sello imperial en la nota que llegaba de Ganso Mesto. El disco de lacre pesaba sus buenas cuatrocientas pezuñas y era difícil de creer que no hubiera aplastado al rollo de panza de cabrito en el que venía, con extraordinaria caligrafía, el pedido al Munster Bragador Real de Vrasmanostiie.
Mientras lo abría con reverencia y parsimonia para que así lo viera el mensajero senescal oficial de primera categoría, el Caballero Sigisislán de Ortocuadro, Segundo Comisario Postal Regional del Marquesado del Bueyatroz, el Recontramaestre sudaba (justo hoy que no estaba el Maestre Boi Loon de Kalamaria, le toca a él recibir este Documento Imperial) pues nunca nadie había llegado tan lejos como para peticionar a los H de Prag Morave Zad Dovoles. Y él no tenía aún idea de cuál podría ser, esta vez, tan única, la orden del Imperio.
A medida que desplegaba el cuero en el que estaba escrito el expediente y veía las firmas que se iban apilando en las diversas etapas de suscripción del mismo, su incredulidad se veía devastada por la evidencia abrumadora de que en las ocasiones que le tocaron vivir eventos al menos lejanamente emparentados con éste, nunca antes había visto tales firmas. Debería contrastarlas con las que el Escribano Superior Real conservaba en el Sancta Sanctorum de la Dieta Regional pero, más allá de las formalidades exquisitas, todo parecía tal como correspondía que fuese a un mensaje de Su Majestad Poderosísima. Desde el Sello Monumental y Serenísimo al pergamino que parecía de nieve de tan blanco hasta la caligrafía augusta, todo daba la sensación de ser perfectamente legítimo y sólo para guardar la pompa burocrática, se aseguraría de cotejar cada renglón con lo marcado por la Etiqueta Judicial Externa.
Alguna señal de cuál era el contenido del expediente la tuvo al encontrar en la maraña de rúbricas la del Brillantísimo Vicecanciller, condestable de la Marina Real y Alto Consejero Distrital, Juez Real de Ganado Mal Dirigido y Orco General de Asuntos Reglamentarios y de Casación.
Su sudoración se hizo viscosa y amarillenta, por no decir también maloliente, pues comprendió que finalmente el pretendiente había conseguido más de cien firmas que avalaban su propuesta.
Ese empeño de más de veinte años de autos, expedientes, capítulos de constataciones y peritajes de diversa laña y sayos, constataciones episcopales, bulas catastrales,, exposiciones a ordalías y confinamientos documentarios en arcones imposibles, estaba tocando a su fin y con ese rollo de pergamino el pretendiente podría estar siendo absuelto.
En efecto, al mirar el manuscrito completo, para lo cual debió poner el rectángulo sujeto por sus vértices con sacos de arena a tal fin, comprendió que se le daba la razón al caballero K (nombrado recientemente como tal por otra Bula Correctiva del Despacho Genuino de Su Majestad Principesca de Blavonia, adosada al expediente que tenía en sus manos el Recontramaestre y en la que se le otorgaban insólitos derechos desde su nacimiento).
En la forma de la Bula se aconsejaba al portador del estandarte submayor, el mensajero que había traído la palabra y Correo Secreto del Venerable Juez que ejecutara inmediatamente al Recontramaestre ahí presente, para eliminar el estamento que había sido creado para ejecutar a K.
Así, veinte años después de haber sido asesinado con dinamita por los esbirros emanados de la Bula, otra le otorgaba al Sr. K los honores a la par que, en reconocimiento del error administrativo, se lo resarcía con la ejecución de quien enviara la orden de ejecución.
El Proceso de K debía, sin embargo, continuar hasta la determinación sin sombra de dudas de su culpabilidad y el grado de participación en los hechos en autos, con pruebas y evidencias sustanciales y no meramente circunstanciales.
La orden se ejecutó ni bien el Recontramaestre terminó de leer el manuscrito. Como era costumbre, se lo ejecutó arrojándolo desde la última ventana y, como también era costumbre, él cayó hasta los cincuentitres árboles de profundidad y se fue a su casa llorando la miseria que de ahora en más lo esperaba. Algunos considerarán milagro el haberse salvado pero ya se sabe cómo son las costumbres de la burocracia. Si en los papeles dice que no morirá, no morirá.
El argumento - Cristian Mitelman

El pecado digital - Guillermo Vidal

Clones 2 - Diego Muñoz Valenzuela

Fraude - Sergio Gaut vel Hartman & Carmen Carrillo

Oficina de recepción - Sergio Gaut vel Hartman

Siempre igual, pensó Stein. Ineptitud, incompetencia, torpeza, incapacidad, ignorancia, inexperiencia. Cargó la mochila sobre la espalda, avanzó otro paso y se dedicó a contemplar al aduone que revisaba tarjetas de identidad sin interés.
Cuando por fin llegó su turno, Stein alargó la placa de goldina y esperó confiado el mordisco del detector. Pero el mordisco no se dejó oír; en cambio lo sobresaltó la voz atiplada del aduone:
—¿Salió de Terra en 2137?
—Sí. ¿Qué tiene de raro?
—Son 295 años. ¿Le parece poco?
—Una enormidad. Artamor está muy lejos. ¿Le molestaría agilizar el trámite? Estoy ansioso por pisar las calles de mi ciudad.
—¿Su ciudad? —La voz del aduone subió una octava. Ahora era un chillido—. ¿Se anima a seguir llamándola su ciudad después de haberla dejado hace tres siglos?
—¿Acaso se supone que debía viajar treinta parsecs para cambiarle los pañales?
—No tenemos un servicio para gente como usted —dijo el aduone dando un giro de ciento ochenta grados a la discusión.
—No necesito servicios. Y no sé de qué servicios se trata. Sólo deseo que marque mi tarjeta y me permita seguir adelante. ¿Es mucho pedir?
—Sí —dijo el aduone—. Es mucho pedir. —Y luego de una breve pausa agregó: —Usted es un sujeto peligroso.
Stein dio un instintivo paso atrás al detectar la velada amenaza en la expresión del aduone, desenfundó la pistola termiónica y con un solo movimiento que implicaba rodar sobre sí mismo para protegerse y apuntar, disparó una carga y derritió la cabeza del empleado.
Entonces el espaciopuerto se convirtió en un pandemonio de sirenas y reflectores. Un ejército de aduones se desplazó por las rampas y pasarelas y abrió fuego a discreción. En realidad disparaban sin ton ni son, ya que Stein se había parapetado detrás del mapa galáctico que dominaba la oficina de recepción. Si ningún aduone lo había visto meterse en el teseract a través del ojo perlado de Ocult Spica, estaría a salvo hasta que el revuelo se calmara. Espió y el cuadro lo dejó atónito:
Docenas de aduones idénticos entre sí (e idénticos al recepcionista que había tenido que matar) se afanaban buscándolo. Pero actuaban como hormigas dementes, tropezando unos con otros y ocasionalmente disparando a sus propios compañeros. El resultado era una pila de cadáveres geométricamente creciente.
—¡Es insólito! —exclamó Stein en voz alta—. ¿Cómo han podido involucionar así en sólo tres siglos?
—Hay una explicación —contestó una voz a espaldas de Stein—. Pero si desea conocerla, suelte el arma y quédese quieto. —Stein obedeció, pero no pudo evitar una mirada por sobre el hombro para ratificar o rectificar sus sospechas: Sí, el aduone que lo estaba apuntando era idéntico a todos los otros.
—Son clones de un solo sujeto; eso ya existía en el siglo XXII. Pero no entiendo por qué eligieron a un imbécil.
—Se eligió solo. Una epidemia de conjuntivitis cancerosa asoló el planeta. Hubo un único sobreviviente: un hermafrodita casi idiota que vivía en una cueva, aislado del mundo. Las cuadrillas de robots lo encontraron cuando ya no abrigaban esperanza alguna. Pero fue providencial: un hermafrodita evitaba las complicaciones de la clonación permanente.
—Habría bancos de esperma, de óvulos...
—Se probó todo. La infección se reproducía in vitro. El único inmune era el hermafrodita. Los robots lo despedazaron y usaron literalmente hasta la última célula para reproducir a la Humanidad y mantener Terra en marcha.
—Eso significa —dijo Stein pronunciando las sílabas muy lentamente— que esas hormigas de allá abajo son el resultado de la clonación de células comunes y usted, que me encontró por pura deducción, es hijo de una célula cerebral...
—Se equivoca —dijo el aduone con un matiz de burla en la voz—. Los únicos clones que sirvieron para tareas directivas, es decir, los únicos que tienen suficiente inteligencia como para manejar las cosas importantes del planeta, fueron los que se fabricaron con tejido vaginal.
Cuervo Lovanium - Héctor Ranea

Cuervo Lovanium - Héctor Ranea
Desde la chimenea del Colegio Papal Marcelino me vio el cuervo. Al mirarlo yo, me graznó una vez.
Al día siguiente, desde un ciprés del cementerio alemán que yo tenía que cruzar, me volvió a ver y me graznó dos veces.
La tercera vez que nos encontramos fue cerca de una cervecería antigua. Él en una aguja de la catedral, yo bebiendo. Y graznó el cuervo tres veces.
Cuando lo volví a ver, poco después, a la entrada del museo de arte antigua, me graznó seis veces. Supuse automáticamente que no sabía contar pero esa misma tarde, escuchando un concierto de campanas en el jardín de un filósofo, me graznó siete veces.
Estuve preocupado la noche entera porque parecía haberme encontrado otras veces en las que no lo alcancé a ver.
Fumando narguile en la calle del oso lo oí graznarme varias veces desde lo alto de una mansarda y fui a verlo. Lo encontré cuando terminaba de escribir con su fuerte pico emplumado una frase que me hizo repensar la naturaleza de nuestros encuentros.
En la nota me pedía que trajera conmigo la pluma del dedo mayor de su primo, que al parecer se llamaba Al Hain. Había sido ayudante del campanero de la Universidad y la sordera laboral lo dejó sin posibilidades de volar.
El cuervo me explicó que ellos saludan a todos los recién llegados, pero que sólo yo contaba los graznidos y por eso me ofrecía la pluma de su primo.
Quería que viniese con su pluma para, por medio de ésta, saber cómo era mi país. Vivo en un país que no es favorable a los cuervos, trate de escribirle para que me entendiera. De hecho, la pluma que me traje no germinó y terminó siendo parte de una lapicera que uso sólo cuando escribo poemas matemáticos.
Espero que esta falta de germinación no me traiga malas relaciones con los cuervos, que son memoriosos y aborrecen los fracasos. Sobre todo los ajenos.
Un buen trabajo- Miguel Dorelo

Paciencia, sobre todo mucha paciencia. Ahí está la clave.
Solo esperar el momento exacto.
Estar atento al más mínimo movimiento y sobre todo, no subestimar nunca al objetivo.
Una buena herramienta de trabajo resulta imprescindible; la mejor aliada para conseguir resultados óptimos.
Gracias a Dios, lo proveían con materiales de primera; esa misma mañana se había deleitado contemplando su nuevo “juguete”: zoom 2.5-10 x, intensidad luminosa variable, cristales Hi-Resolution multitratado de catorce capas y apto para el día y la noche. Una joyita.
A través del objetivo de 50 mm. volvió a observar: un magnífico ejemplar macho, muy joven, solo. Mejor. Cuando actuaban en parejas, todo se complicaba.
Ajustó el corrector de dioptrías y aguardó.
Realmente, una cabeza magnífica, se dijo.
Estaban dadas todas las condiciones para la realización de un trabajo de primera.
Aún no…, murmuró.
Esperaría a que la luz le diera de lleno.
Siendo más joven, la ansiedad lo había llevado a cometer un par de errores que luego lamentó. No estaba dispuesto a volver a repetirlos.
Otro vistazo…
Son más inteligentes de lo que se podría suponer; casi se diría que sospecharan algo. Este en especial, calculaba cada uno de sus movimientos como si lo hubiese olfateado, aunque sabía que por la distancia a la que se encontraba, esto no era posible.
A pesar de su profesionalismo se sentía exultante, ansioso. Sabía que cuando lograra cumplir con su cometido se sentiría muy orgulloso. Su padre lo había hecho antes y en momentos como este, solía recordar las anécdotas que le contaba cuando aún era un adolescente. Hermosa época aquella en la que decidió que seguiría sus pasos.
Se estaba moviendo de nuevo, esta vez con menos precaución. Siempre terminaban por confiarse.
¡Ahora! Su dedo índice actuó casi por instinto. Un pequeño destello y aquél familiar sonido, música para sus oídos.
Estaba hecho.
Con una sonrisa a flor de labios, comenzó a desarmar el equipo.
—Buen trabajo, como siempre —lo felicitó el jefe del operativo observando el cuerpo.
Es más joven de lo que suponíamos en un principio. No se preocupe, el sujeto era menor de edad pero con un frondoso prontuario. Hablé antes con el juez y autorizó la operación: parece que entre los rehenes de la farmacia justo había una clandestina noviecita suya y no quería correr riesgos.
Váyase a su casa que yo me ocupo de todo.
Y saludos a su padre.
Hombre que ladra, mujer que muerde - Paloma Zubieta López

El día se fue rasgando, poco a poco, hasta que la reunión con futuros inversionistas se canceló. A partir de ahí, el hundimiento del Titanic parece cosa de niños. Para salvarme, escapo a un bar. Pido un vodka tonic en la barra, cuando se acerca alguien que pregunta si puede acompañarme. Un rápido escaneo me permite descubrir que no es Leonardo DiCaprio pero considerando mi zozobra y su pinta de John Wayne, le respondo que sí. Conversamos un cuarto de hora y supimos que nos entendíamos. Me descubro arrojada y sin dejo de vergüenza, me gusta esta personalidad desparpajada a la Monroe. Vamos hilando fino hasta que se enuncia la posibilidad y como buen matador, se tira al ruedo y paga la cuenta en un santiamén. Salimos casi corriendo y al llegar a mi auto, suena su celular. Responde en automático y su gesto rompe el hechizo de luna: —¿Si?… claro amor, ya voy de camino… ajá… paso a comprar la medicina… por supuesto… bye. —Al colgar, me mira apenado; no hace falta agregar nada y nos despedimos rápidamente. En cuanto arranco el coche, suena mi teléfono:
—Bueno… ¡hola cariño!... estoy saliendo de la chamba y ya voy para allá… también te quiero. —Hay veces en que la vida nos toma por sorpresa y no hay ni pa’ dónde hacerse.
Tomado de: http://deesquinasyrincones.blogspot.com/
Ricardo pidiendo un caballo, se encuentra con un burócrata - Héctor Ranea

—No nos entendemos— me dice Ricardo el Tercero.
—A fe mía que no— le respondo altanero.
—¿Que de dónde me viene esa manía de elegir tanto las cosas, me preguntas?
—Pues claro, hombre. Te vengo con un conjunto para que elijas el que te de la gana y me sales con unas maldiciones al bardo que me parió y tantas otras palabras soeces que me has dicho que prefiero no repetir.
—Pero, a ver: ¿Qué mierda me trajiste, se puede saber?
—Pediste un caballo, ¿no es cierto? Pues Messer Shakespeare aquí me mandó con estos para que elijas.
—Sí. Carajo, sí. Pedí un caballo. Pero eso no quiere decir que se me tome para la joda. ¡Un poco más de respeto! Seré un asesino, pero sigo siendo el Rey, carajo. No puede ser que un pelotudo como Shakespeare me mande un tinterillo cagatinta con estos caballos para elegir.
—No ofendas a nadie. Además: ¿Qué tienen de malo estos caballos?
—Nada. Salvo que uno es de calesita, el otro de ajedrez y otro de paseo con silla pampeana. ¿A vos te parece? Encima que me están por matar por andar sin corcel ¿Voy a pasar el ridículo frente a la historia?
Pasado - Camilo Fernández

Dieciocho agobiantes años de trabajo, esperanza y penurias comprimidos en esta pequeño dispositivo. Mi vida y felicidad, invertidas en lo que podría convertirse en el futuro de la humanidad; o mejor dicho en el pasado.
He logrado destronar al mismísimo Albert Einstein, que intentó restringirnos con la mentira más terrible de la ciencia: “Sólo podremos viajar en el tiempo hacia el futuro”. El trató de convencernos sobre la velocidad máxima de la luz. El y su limitado análisis fijaron la línea en trescientos mil kilómetros por segundo. Hace dos años demostré que ese límite era un simplismo utilizado para no ahondar en cálculos, pero la comunidad científica se rió de mi. Desde entonces trabajé en secreto para probarlo.
El dispositivo está listo. Enviaré un mensaje que cambiará todo; aquí sentado en el baño de la mismísima casa donde mis padres vivieron hace treinta y cuatro años. Ubico el artefacto frente al espejo. Con las gafas especiales pulso "On". El láser inicia su recorrido, ida y vuelta, acelerando más allá del límite. El mensaje aparece. Tres décadas atrás ocurre lo mismo. “Viejo, soy Edgar, tu hijo. Vendé todo y comprá acciones de Apple. PD: Aflojale al tinto.”
Tomado de: http://2centenas.blogspot.com/
Tequila - Mónica Sánchez Escuer

El encuentro - María Fabiana Calderari

Una vida de película - Martín Gardella

Contrafábula - Lilian Elphick

- ¿Vienes del más allá? – pregunta él, masticando el pellejo seco del roedor.
-Déjate de tonteras, perro inútil. Estás muerto.
El tigre ruge y da el gran salto. Chocan los colmillos.
-Alto ahí –grita un hombre disparando al aire. En esta área no se permiten reyertas.
Ellos continúan, a pesar del miedo al trueno de metal. Pero el instinto de sobrevivencia es más poderoso. Los recuerdos son ráfagas: matanzas, desollamientos, trampas, destierros.
-Dicen que la sangre de humano es dulce – resopla el lobo.
- Probémosla, entonces –aceza el tigre, mirando al pobre infeliz que, por extraños motivos, ha marcado territorio antes de descargar todos los plomos, sin dar en el blanco ni una sola vez.
Tomado de http://lilielphick.blogspot.com/
Se prenden las luces y se ven las caras - Saurio
La cofradía de la manzana - Gabriela Baade
Vea al principio ellos eran, digamos, los tipos más avispados, los que miraban mejor, los que escribieron como leyes cosas tan normales que todos sabíamos pero que nadie se había tomado el trabajo de anotar. Claro, no había escuelas ni nada donde aprender, tomaron esa debilidad y se fueron haciendo fuertes, cada vez más fuertes.
Ninguno sospechaba ¿cómo íbamos a sospechar si eran cosas muy obvias? Toda la población mundial se aprendió esas leyes que comenzaron a dominar el mundo.
Entre ellos también había disputas. “Esta ley es la que rige a todas las demás” decía alguno, se conseguía otros que lo apoyaran y los demás se quedaban rumiando su impotencia. Durante mucho tiempo ése, aunque ya se había muerto, fue el jefe de la cofradía, hasta que vino otro que contestaba todo el tiempo: “y depende”. Formuló una nueva ley que comprendía a las anteriores pero que ampliaba el rango de aplicación. Mire, yo creo que le hicieron caso porque eran tiempos difíciles, tiempos de guerra y el hombre tenía una mirada esquiva, de ojos grandes pero oscuros, caminaba siempre con un cuaderno y hablaba bajito para tener muchos cerca, Además se comentaba que fue su idea la de la gran luz de agosto.
Acá la mayoría de los comunes nos quedamos afuera, ya estaban las universidades y los que querían integrar al grupo selecto se metían ahí y se aislaban del resto bajo el pretexto de que tenían mucho que estudiar.
El grupo dominante se fue agrandando y complicando todo para nosotros pero siempre seguían formulando las leyes que nos mandaban y que estaban por sobre lo demás: dinero, poder, política, relaciones, sentimientos.
Ellos explicaban todo inventando cosas cada vez más pequeñas que regían cosas gigantes, menos visibles y que, por supuesto, no se podían comprobar porque para hacerlo había que construir un aparato tan enorme que no alcanzaba el material o el espacio del que disponían.
Cuando el común de las personas se empezó a avivar se vieron en problemas. La solución fue fantástica: el más famoso de ellos que escribía libros que los ordinarios leían tuvo un accidente, aprovecharon esa circunstancia le inventaron una enfermedad y lo expusieron frente a las cámaras en una silla de ruedas con la cabeza inclinada hacia la derecha y los labios apoyados sobre un tubito conectado a un teclado mediante el cual daba sus conferencias. Imagínese usted ¿Cómo es posible que les creyeran semejante pavada?
Ya nos habían dominado la vida con la gravedad, el movimiento, después el tiempo, la velocidad de la luz, los átomos, partículas súper invisibles, los fluidos, las ondas, el universo plegado, las cuerdas. Hasta dijeron que con un telescopio que vaya a saber dónde cornos pusieron vieron el comienzo del universo.
Yo le aviso, usted haga lo que quiera con esta información.
El Rey del Refrigerador - Jean-Pierre Planque
Tengo la escopeta recortada bien asegurada entre los dedos del pie. Y los ojos atentos. ¡Ni pensar en picotear la comida de Jordi ! Veo la puerta de la cocina en el visor, con el pasillo delante, como en una serie televisiva. La cocina está a oscuras, el pasillo iluminado. Tengo un paquete de cigarrillos a mano. Nada de alcohol. Malo para los reflejos…El alcohol está en el refrigerador, al fresco. Es para la fiesta. Cuando Jordi vuelva. En fin, no siempre… Solo cuando está satisfecho de su noche. Lo que es decir prácticamente nunca. Pero es mi compadre... Casi como mi hermano. Sin exagerar, sentiría mucho que no regresara algún día. Mejor no pensar en eso. ¡Trae mala suerte! Acomodo el almohadón que puse bajo mis nalgas. Me duele el culo, como quien dice. Voy a fumarme uno. Tengo la impresión de que esta noche va a ser tranquila. No como la última, con el mocoso y su historia del gato…
La vida es difícil en los suburbios. Ya no me acuerdo quien lo dijo, pero es cierto. La miseria por todos lados. Los comerciantes se dejan matar por tres euros. No se encuentra más nada para comer. A partir de las seis de la tarde, todo está cerrado. En las terrazas de los cafés, te arrancan la hamburguesa de la garganta, te arrebatan el vaso de cerveza o el paquete de puchos. El fulano salta sobre una moto robada, ¡y adiós!
Ayer a la noche, como siempre, vigilaba el refrigerador de Jordi. No sabía por qué, pero tenía como un presentimiento. Él había salido por negocios, como suele decir. Deambulé un poco por su casa. Sí, mi compadre tiene una que heredó de su familia. El no vive en una barraca HLM, pero a pesar de eso no es un privilegiado. La última vez que lo llamé así, fue para morirse de risa. Me encajó una que me hizo escupir sangre. Enseguida me habló de su padre y su madre, de su exilio y su vida acá. Se habían matado trabajando por él. ¡Los imbéciles ! Pero me cuidé bien de decirle que habían sido unos tontos. No tenía ganas de que me diera otra, pero de todos modos… ¿De qué les sirvió, a sus viejos, trabajar toda la vida para unos patrones? Se dejaron joder, sí. Su casa es pequeña. De hecho, está en la otra punta de los HLM, rodeado por otras viviendas idénticas.
Bien, deambulé, como decía, revisando a izquierda y derecha las piezas de arriba, sin tocar nada. De todas formas, no había qué meterse en el bolsillo. Jordi sabe esconder bien todo lo que tenga algún valor. Y delante del refrigerador, normalmente, estoy yo, con la escopeta recortada. Por la ventana, miré hacia afuera. La calle mal iluminada, la reja mal cerrada, el jardín invadido por el pasto. Fue entonces que las vi. Dos siluetas que se desplazaban entre los arbustos. Hacia la escalinata…
Hice honor a mi puesto. Sentado delante del refrigerador, la escopeta entre las patas, tranquilo. Decidí no arriesgarme, esperar. Cuando los vi moverse en la entrada, hice lo mío. Alguien se puso a chillar. Le había acertado de lleno. Entonces una voz juvenil gritó:
—¡Señor, señor! Mi amiga está herida, tiene sangre en todo el cuerpo... Solo queríamos leche para nuestro gato
Trece, catorce años, pensé. La cagaron. A su edad, yo estaba todavía en lo de mamá, aguardando días mejores…
Esperé el regreso de Jordi.
Título original: Le Roi du frigo
Traducción del francés: Olga Appiani de Linares.
Elle y sus silencios, Angel y sus rarezas - Giselle Aronson y Miguel Dorelo
Creo que por fin encontré a la mujer ideal. Recién nos conocemos, es cierto, pero es tan grande el mutuo sentimiento como la idílica comprensión de nuestras almas. Algunas veces, las menos, hemos tenido alguna diferencia, no lo voy a negar; ¿quién no?; pero cuando esto ocurre, echamos manos a un recurso conciliador que surgió espontáneamente desde nuestros corazones enamorados. Saben, sabiamente nuestras mentes, aferrarse a las coincidencias y dejar de lado las pequeñas, intrascendentes diferencias. Es en la amada poesía, esa que nos acompañó desde el mismo principio de la relación, en donde encontramos el rápido alivio a nuestras cuitas. Una mirada directa a sus hermosos ojos, pone sobre aviso a mi pequeña Elle, sobre lo que a continuación de mis labios surgirá. Raudos, los primeros versos del amado poeta trasandino, corren en salvaguarda del sentimiento apenas empañado por esa ñoña discusión sin sentido, tan fuera de lugar entre dos seres que sin dudas han sido hechos el uno para el otro.Las primeras estrofas: “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente...” te hacen cambiar la mirada. Implacable continúo:…”Y me oyes desde lejos…” Y la ternura invade todo tu cuerpo. …”y mi voz, no te alcanza…”. Y en este momento comprendes que ya no hay razón en el mundo que pueda hacerte sentir ningún enojo hacia mí. La paz ha sido alcanzada por fin. Me recuesto en mi sillón favorito. Tú de lejos me observas arrobada, en silencio. Por fin callada. Sé que mi pequeño acto, tendrá su recompensa. Elle es muy sensible, gracias a Dios. Por fin, callada, mí mi Señor. —Tráeme una cerveza, que ya empieza el partido —ordeno. No hay nada más placentero que mirar a Boca en la tele, sin escuchar el parloteo constante e histérico de una mujer. Aunque esa mujer sea mi Elle.
Ángel y sus rarezas- Giselle Aronson
Me dijo que era raro apenas nos conocimos. Supuse que se refería a algunas mañas propias de su edad o la excentricidad que se les achaca a los escritores. Pero no. Ángel es un ser extraño, por demás.Pude aceptar y comprender sus dificultades con el manejo del celular. Al principio creí que mis aptitudes interpretativas habían alcanzado su máximo esplendor cuando descubrí que mensajes como: “M?s sl ugr fbrshx&”, significaban: “Salgo para allá, poné la pava para el mate”. Era tal el esfuerzo que implicaba tal decodificación que un día lo eximí de responderme por el móvil. Su colección de tés saborizados es la envidia de todas las vecinas del barrio. Guarda con primor, cada saquito en una caja compartimentada de madera, con su nombre grabado en la tapa en un exquisito diseño de letras y flores barrocas.Y no sabe conducir. Para él, es lo mismo un PT Cruiser que un Renault 4. Claro, que el señor se beneficia del vehículo y de mis servicios de incondicional conductora, pero jamás se ha ocupado del mantenimiento y nunca mostró interés alguno en aprender a manejar. Esta tarde tengo que llevar a lavar el auto y Ángel está adosado a mí, desde hace horas. Yo lo adoro, debo reconocerlo, este hombre me cambió la vida, pero a veces se pone cargoso, sobre todo cuando voy a salir. Tengo que pensar alguna estrategia que me permita irme un rato, despejarme, tomar un café, leer y visitar a alguna amiga, mientras dejo el coche en el lavadero. Hoy es domingo y juega Boca. Esa es mi gran oportunidad. Minutos antes que comience el partido voy a volverme muy locuaz y le contaré todo aquello que pase por mi cabeza. No lo podrá resistir y me pedirá, buscando las formas más inverosímiles, que me calle. Yo aceptaré, fingiendo docilidad. Una vez que Ángel esté hipnotizado, en estado catatónico, mirando a su equipo, yo partiré rauda hacia la libertad.
http://lacuentoteca.blogspot.com/
Fotografía ambiental – Héctor Ranea
Fotografía ambiental – Héctor Ranea
El tipo era un furioso amante del silencio en las fotografías. Es decir, aclaro, quería sacar las fotos en silencio. Por eso le costaba tanto sacar en reuniones y en la naturaleza. Tan quisquilloso era que casi nadie sabía de su afición por la fotografía, porque nunca se hacía ver con su cámara por nadie para evitar que le pidieran una foto.
Pero un día vio el árbol de hojas negras y no se resistió a sacarle una foto. Tenía que sacarle una foto. Daba vueltas y vueltas e intentó tomar una foto que pudiese pintar esas hojas entre rojo oscuro, sangre de toro y el negro de la noche. Estaba en condiciones ideales. El sol brillaba, no tenía nubes, el aire terso y quieto no dejaban que las hojas temblequearan.
Todo estaba tan perfecto que no esperó más. Pero cuando puso la cámara en posición, empezó a notar algo raro. Raro no, algo molesto. Muy molesto. El árbol estaba infestado de diversas alimañas: abejas que libaban vaya uno a saber qué en las hojas negras, gusanos que reptaban haciendo un ruido perceptible que modificaba el estado de ánimo del fotógrafo, pájaros que de cuando en cuando saltaban entre las ramas interiores para comerse un par de gusanos. Y mil otras cosas.
Decidido como estaba, quiso pasarlas por alto a esas imperfecciones, pero fue más fuerte que él. Se puso entonces a limpiar las hojas una por una de gusanos, una por una de moscas, garrapatas, pulgas, gusanos, tenias, anfisbenas y hasta algunas ranas arborícolas. Descubrió personajes de cuentos fabulosos (estaba en la ciudad ideal de esos personajes) a los que desalojó aduciendo que era temporario.
Cuando terminó la tarea de limpieza sonora, el Sol casi se estaba extinguiendo en el horizonte y peor, el árbol se había vuelto tan negro que nada de él podía verse.
Ostras para el desayuno – Sergio Gaut vel Hartman

Ostras para el desayuno – Sergio Gaut vel Hartman
Despertó. Había estado soñando con la fama, el éxito, premios y aplausos. No, se dijo; eso no es el sueño. Esa es mi vida. En el sueño vivía mi vida verdadera. Sólo que en el sueño… algo estaba torcido o era incorrecto, aunque no podía recordar qué…
Estaba desnudo, sentado en la cama. Las sábanas de raso azul formaban olas que rompían contra su cuerpo. Afuera, el sol, prepotente, aporreaba los cristales de la ventana y una suave brisa otoñal movía las cortinas. Se sentía en forma, pleno, estupendo. Se desperezó largamente, sin apuro y se levantó de un salto, se metió bajo la ducha y dejó que el agua le acariciara los hombros, la espalda, los muslos… ¿Qué más había en el sueño? Vi algo, sentí algo. ¿Una mancha? ¿Un hueco? ¿Una sombra que reptaba en los límites de la percepción? Se secó distraído y dejó que su mente reptara a lo largo de un túnel. Emergió en la cocina, donde sirvientes invisibles, quizá ni siquiera humanos, habían preparado un suculento desayuno. Huevos revueltos, croissants, tostadas perfectas y mermelada de moras, café, jugo de naranjas, tres ostras del Báltico. Sólo yo puedo comer ostras a esta hora, pensó, y dejó que el pensamiento sonriera, liso y flexible, tan suelto como puede permitirse un ser lujoso y célebre.
Camisa de seda azul, su color favorito; pantalón de lino blanco, mocasines de cuero de gacela. ¿Y ahora? El sueño regresó, como un torbellino de arena en el desierto y pasó llevándose el placer de las ostras. No es casual, pensó; nadie puede estar satisfecho con algo tan trivial. Regresó a la mesa de caoba en la que, una vez más, los servidores habían acomodado los alimentos y repuesto el café caliente. Comió todo con devoción, con voracidad animal. Se manchó la camisa y el pantalón y debió cambiarlos. Pero tengo cien camisas de seda, pensó, y puedo darme el lujo de no usar la misma dos veces. Volvió a sonreír. Cortó la camisa y formó una larga tira azul, sin saber por qué. Sí sé, respondió a la pregunta no formulada. Voy a estrangular al ser que acecha desde el sueño. Parece una tontería, pero debo estar preparado. Cuando salga…
Tenía una entrevista con su agente; la canceló, fastidiado por la posibilidad de que ese piojoso fuera el dueño de la criatura del sueño. Se detuvo en el centro de la sala y miró a su alrededor. Olfateó el aire y comprendió algo que saltaba a la vista: no era algo que tuviera que ver con el sueño, era algo que tenía que ver con él. Corrió a la cocina, horneó un pan de molde y sin esperar que se enfriara lo cortó en rebanadas, les puso manteca en abundancia y sal, mucha sal. Comió con mayor avidez aún: tenía hambre, ¡hambre! Era eso. No importa cuán rico y famoso seas: cuando el hambre te domina todo lo demás se derrumba. Se limpió las migas con el dorso de la mano. Pero el hambre, en lugar de aplacarse, parecía haber aumentado. Es el monstruo del sueño. Se alojó en mi estómago y traga todo lo que trago.
La mosca - Francisco Costantini
La mosca - Francisco Costantini
Estoy en la plaza, quince minutos antes. Mucha gente circula por aquí a esta hora, bajo este cielo diáfano. Las madres con sus hijos que corren tras algún perro o en busca de la calesita. Un par de muchachas que trotan concentradas en los sonidos de sus auriculares. Algunos ancianos que caminan pesadamente, los ojos anclados en el movimiento pausado de sus pies; otros que se limitan a permanecer sentados en los bancos de madera, intercambiando escasas palabras si el esfuerzo vale la pena. No sé si esto, tanta gente alrededor, es bueno o malo. De todas formas, me siento incómodo. Estoy en la plaza, sí, pero quizás no es el lugar donde debería estar. Todo es una completa insensatez. El tiempo que no corre y los pensamientos, los mismos, recurrentes, que inundan mi cabeza, que ahogan mi paciencia… Jamás tendría que haber aceptado su petición. Pero cómo negarme, si me había arrancado el sí mucho antes de saber qué era lo que quería, con ese caminar felino, las piernas largas y como talladas a mano —imposible toda esa fuerza en una joven de quince años— asomándose por debajo del jumper reglamentario. Y la blusa, indebidamente desabotonados dos botones, conteniendo lo que no quería ser contenido ni un minuto más. Y todo su cuerpo inclinándose hacia a mí, guiado por esos ojos verdes de gatita cachorra, juguetona, indagándome desde el otro lado del escritorio, modulando los labios rosados, afelpados, esgrimiendo la lengua filosa, y yo, tras mis anteojos, preguntándole qué necesitaba, pues el timbre había sonado y ya podía salir del aula. Su respuesta fue esa hoja de carpeta llena de serpenteantes, venenosas líneas que agrupaban palabras que urdían una trama mucho más peligrosa que la que se veía en el papel, una trama tela de araña; y qué problema voy a tener, señorita, en leer esta carta suya y hacerle las correcciones pertinentes para que usted pueda entregársela a quien corresponda.
Ahora restan diez minutos; el tiempo parece coagularse. En cambio, por dentro soy un río caudaloso que corre feroz, arrastrando ideas y sentimientos, sin poder hacer un alto para ver con claridad hacia dónde me dirijo. Esa carta no tendría que haber llegado a mis manos. ¿Pero cómo evitarlo? Una vez que la leí, quedé atrapado en esa red minuciosamente construida por una adolescente. Hablaba de un amor imposible, más bien, impertinente. Hablaba de noches de vigilia y otras de sueños prohibidos, lenguas enroscadas en la oscuridad y humedades calientes, gritos —dolorosos, placenteros—, rasguños. Sólo sueños, grabados en el papel y desde entonces también en mi mente. Algo notó en mí Luciana porque me preguntó si tan mal estaba el examen que tenía esa cara. Tragué saliva antes de contestar, me pesaban los labios. Y la mentira, más bien el ocultamiento de algo que no era más que cosa de adolescentes pero que, por las dudas, los consabidos celos, mejor no comentar. Sí, mi amor, dije, es espantoso; y eso sí una mentira cabal.
Faltan siete minutos y mi intranquilidad se transmuta en desesperación cuando veo a aquella señora retacona, de cabellos color zanahoria y pasos cortos, que sonríe y levanta el brazo mientras se acerca. Es Norma, la chillona directora del colegio, quien ahora me abraza con efusividad y su perfume dulzón me golpea en las narices, una bofetada que me trae a la realidad y me hace preguntar, otra vez, cómo puedo ser tan imbécil. Entonces, al mismo tiempo que Norma quiere saber qué hago acá, me digo que todo esto es una trampa. ¿Cómo explicar, si no, tanta casualidad? Pero ella, ¿por qué me haría esto? Quizás algún compañero suyo al que reprobé... Me imagino un mensaje anónimo llegando a manos de Norma, contándole sobre la relación desdeñable que existe entre una alumna y un profesor de la institución que dirige, y luego el dato preciso con lugar, fecha y hora… Pero no: Norma tendría que haber esperado a que ella llegara y estuviera entre mis brazos, en mis labios, y ahí sí descubrirse para señalar mi falta, hundirme para siempre. Le digo que estoy esperando a un amigo. Ella habla un par de cosas sin importancia, aprieta mi mejilla con un beso y se aleja, rápido como llegó. En la esquina toma un taxi. Respiro aliviado.
Si es puntual, en tres minutos llegará. Ayer, cuando terminó la clase, la llamé para devolverle su texto. Había decidido no preguntarle nada, pasar por alto el contenido de la misiva y olvidarme del asunto. Claro, me intrigaba saber quién sería el destinatario, para qué sujeto habrían sido zurcidas aquellas palabras, dedicadas las noches en vela, los sueños inenarrables. Pero me limité a indicar que la carta estaba perfectamente escrita, lista para ser entregada. Entonces, ella sonrió. Tomó prestada mi lapicera, se sentó en el banco más próximo, y se puso a escribir. Yo observaba todo en completo silencio, expectante. Al terminar, se irguió, dejó la hoja de carpeta en mi escritorio y se marchó lentamente, sin mirarme, sin soltar una sola frase, una mínima palabra, nada. Con manos temblorosas tomé la carta; en el encabezado estaba escrito mi nombre; al pie, figuraban lugar, fecha y hora del encuentro. El fin del recreo me sorprendió aún aferrado al papel, pensando, ya, en la locura que muy pronto iba a cometer.
Es la hora señalada. Los sueños de anoche terminaron por empujarme hasta aquí. Nuestras lenguas enroscadas, su piel veinticinco años más joven, los gritos, los rasguños… Sólo espero que Luciana no se entere, que Norma no se entere, que sea un secreto de ambos, que jamás le cuente a sus amigas, porque no hay marcha atrás, no ahora que la veo cruzar la avenida, caminar por el sendero que cruza la plaza, los jeans y la remera mostrando más que ocultando, sus ojos verdes clavados en los míos, y la sonrisa que es una confirmación de lo inevitable, de lo impostergable, de aquello de lo que ya no puedo —ni quiero— escapar.
El ladrón de almohadas - Lilian Elphick

El ladrón de almohadas - Lilian Elphick
Me llamo Blas Femo y nací en Baluñé, pueblo perdido al final de mi desdicha. Siendo muy joven fui mataburros; luego, bandido de almohadas. Me gustaba besarlas, apretarlas bien con los dientes, dejar mi huella eriaza en los pespuntes. Huía con ellas por los campos y me escondía en los pajares para asistir a la llantina del “yo no fui”. Porque, para ser sincero, no era yo quien dejaba la estela gomosa de saliva en esos recodos de suavidad, no era yo quien apuñalaba con la diestra el carnaval de plumas, besando luego la levedad de cada una de ellas. Dentro de mí crecía una cosquilla, un deleite, un volcán que quemaba mi pudor. Las plumas volaban, subían, subían, y eran como las mariposas que yo cazaba cuando chico y me las colocaba ahí para sentir su aleteo, el diminuto crepitar de sus antenas. Pero no era yo el que dormía después con las almohadas entre las piernas, los labios secos de placer y el deseo vaciado a tal punto que las estrellas no me faroleaban de pura vergüenza.
A lo lejos, sentía el ladrido ronco de los lebreles. Perseguían al otro. Sin embargo, tuve que correr junto a él para librarme de la justicia. Una vieja me cobijó por unos días. Ya estaba enterada del suceso. Has dejado insomne a todo el pueblo, me dijo. Si te pillan, ya sabes lo que va a pasar. Pero yo no sabía. La añosa dama se levantó los faldones y me mostró. La costura era horrible. También había sido ladrona de almohadas.
Vagué de comarca en comarca. Crucé ríos anchos como el amor de Juana, muchacha piadosa que bordó sus iniciales en los restos de mis amores marchitos. Las noches siempre fueron oscuras; no hubo chimutrí para mí y sí fatiga. Nunca me encontraron para coser al otro. Coserlo con lezna de carpintero, allá en el abajo de las tripas.
Lloro de vez en cuando sobre las almohadas. Por ellos, los que no duermen. Yo, que soy analfabeto, he podido leer sus sueños de ojos parados, y en todos está el otro babeando sus mínimas historias.
Tomado de: http://lilielphick.blogspot.com/
Blancanieves y los tres Reyes Nabos - Daniel Frini

Blancanieves y los tres Reyes Nabos - Daniel Frini
Érase una vez, en un claro de un bosque muy oscuro y a eso de las seis de la mañana. Blancanieves estaba barriendo la entrada a la casita de los enanos que hacía más de una hora habían salido para trabajar en la mina; cuando, de pronto, se movieron las ramas más bajas de los árboles cercanos. Como fantasmas, aparecieron tres personajes ataviados con ropajes reales y montados en camellos. Blanca se llevó su mano a la boca, intentando reprimir un grito de terror.
—No temas, niña— dijo uno de ellos —Sólo buscamos ayuda.
—Los señores … son…?— interrogó ella
—Mi nombre es Melpar— dijo uno de ellos, de larguísima barba blanca —A mi derecha está mi colega Galchor; y el de mi izquierda es Basaltar…
—¡¡Y se cayó!!— dijo el mencionado Galchor.
Él y Melpar comenzaron a reírse de manera estruendosa.
—Siempre la misma joda pelotuda— dijo Basaltar, de tez azabache y ojos saltones.
—¿Y porqué montados en camellos?— preguntó Blancanieves.
—Porque venimos de Oriente, siguiendo aquella estrella…— dijo Melpar
—¿Cuál, aquella que se mueve allá?— dijo la joven, señalando el cielo, hacia el norte donde se veía una luz moviéndose velozmente, en la claridad creciente del amanecer.
—Si— contestaron los tres reyes al unísono.
—Ese es el vuelo de Air France que va de Tel-Aviv a Frankfurt, y pasa todos los días más o menos a esta hora.
—¡¡Te dije!!— gritó Galchor
—Pero, hay que ser pazguato…— acotó Basaltar
— Bueeeno… — se disculpó, empequeñecido, Melpar —debo haber confundido las luces cuando se cruzaron en el cielo del Líbano…
—¡Me parecía que se movía muy rápido!— volvió a la carga Galchor —¡Casi se nos mueren los camellos!¡Mirá, la lengua afuera tienen!
—Ya decía yo que el paisaje no era muy desértico…— pareció descubrir Basaltar
—¿Y ahora?— preguntó Galchor
—Se los ve cansados, y a los camellos también— dijo Blancanieves —Déjenlos que abreven a la orilla del arroyo; y pasen a la casa que les serviré algo para reponer fuerzas. La casa no es mía. Yo también soy invitada aquí, pero mis amigos no harán problemas.
Cinco horas después, se abrió la puerta de la casa. El primero en salir fue Melpar, con los ojos abiertos de asombro y un gesto de incredulidad en la cara. Estaba vestido sólo con un calzoncillo tipo boxer, rojo con dibujos de ositos Winnie Pooh. Calzaba sus botas de cuero de antílope con los cordones desabrochados, y llevaba puesta una sola media de color verde. Arrastraba displicentemente su capa carmesí con bordes de armiño; tenía su estola atada a modo de vincha y su corona de oro colgaba en un brazo, como si fuese un casco de moto. Unos segundos después apareció Galchor, apenas cubierto con su capa de color azul marino, abierta, descalzo y restregándose las asentaderas, con una mueca de dolor en su rostro. De los tres, el más compuesto al salir fue el negro Basaltar que, al menos, tenía puestos sus pantalones y su camisa; aunque ambos desabrochados. Bajo el brazo llevaba, en un bulto incierto, el resto de las ropas de los tres.
Ni siquiera miraron atrás.
Bajo el pequeño alero de la casita, quedó Blancanieves, en baby-doll agitando desganadamente su mano, mientras saboreaba su último Virginia Slim.
—¿Qué hacemos ahora?— dijo Melpar, cuando ya estaban en camino, montados en los camellos.
—Esperá. Acá tengo anotado que a un día de camino está la bruja esa, que vive en la casita de chocolate— dijo Galchor.
—No, esa dejémosla para el último— propuso Basaltar
—Bueno, tenemos a la que trabaja de sirvienta para su madrastra…— siguió Galchor.
—¡Ahí!¡Vamos ahí!— dijo Melpar —De todas maneras, la que más me gustó fue esa hermosa joven que estaba en la cajita de cristal
—Si, pero sos un animal. Ni siquiera la despertaste— amonestó Basaltar
—¿Y qué? Si hace como ochenta años que está así— se defendió Melpar. Y cambiando de tono, agregó
—Hay que felicitarte de verdad, Negro. Tuviste una excelente idea
—¿Cuando hay que devolver los camellos?— preguntó Basaltar
—¿Y los disfraces?— preguntó Melpar.
—La próxima vez, yo voy arriba— dijo Galchor mientras buscaba la mejor posición en la montura, para aminorar el dolor.
Cuando se perdieron de vista, Blancanieves pareció despertar de un ensueño; y pensando en voz alta dijo:
—¡Menos mal que la Bella Durmiente me avisó que venían! Ahora, le mando mi paloma mensajera a Cenicienta, para que los reciba— y agregó, mientras soltaba al ave —¡Vuela, palomita, vuela!¡Avísale a mi amiga que hacia ella va la diversión!
De improvisto, sonó un fortísimo ¡PUM! Y la paloma se desvaneció en el aire, en una explosión de bermellón y plumas.
—¡Ufa!— dijo Blancanieves —¡Otra vez el cazador se peleó con Caperucita! Bueno. Mejor le mando un mail a Cenicienta…
Ipod - Carlos Feinstein

Ipod - Carlos Feinstein
Mi ipod es algo grandioso, quizás en él se defina mi vida, llevo toda la música que me agrada, las películas que deseo ver y textos que me gusta leer. Un pedacito de mi alma, de mis preferencias, de mis sentimientos está incrustado en ese artefacto.
Me limpio el polvo de mi cara y lo prendo, es bueno que funcione, a veces me torturo con la idea que cuando trate de encender uno de estos sistemas electrónicos, este haya muerto y no sirva. Cuando prende, la ansiedad pasa y me tranquilizo. Mi psiquis es algo inestable, yo siempre percibo que las demás personas no son como yo ¿Pero eso importa ahora?
Hago un hueco con dificultad entre los escombros y me acomodo a escuchar mi ipod, mi música, lo que soy. Cierro los ojos y medito, recorro mi vida, pienso en mis amigos y en ella. Trato de serenarme y hago mi ejercicios de respiración, logro estabilizarme en algún tipo de equilibrio. La melodía me ayuda. Dejo pasar el tiempo. Aunque se que es mediodía, el sol reaparece lentamente en un nuevo amanecer, me siento mejor, casi feliz.
Cuando veo que la batería marca en rojo, me despido mi música y descubro con frialdad las marcas del deterioro de mi piel por la radiación. Logro vislumbrar entre las nubes de polvo un horizonte cortado por lo que fueron explosiones nucleares y con la poca carga restante en la batería escucho a Michael Hedges por última vez y me preparo a morir.
Entropía y galletas – José Vicente Ortuño

Una vez repuesto volvió a sentir hambre. Abrió la despensa. Las latas y paquetes allí almacenados se habían transformado en un montón confuso de envoltorios degradados, ya fuesen de cartón, plástico o metal, de los que se derramaba los restos putrefactos de los productos que habían contenido. Sobre un anaquel en la cocina estaba su lata de galletas favorita, misteriosamente intacta, aunque en su interior sólo quedaba un sustrato harinoso en el que retozaban unos gusanos pálidos, que le hicieron sentir nauseas de nuevo.
Vagó por la casa abriendo y cerrando puertas, armarios, cajones… Todo estaba igualmente descompuesto. La ropa eran sólo jirones cenicientos colgando de las perchas. Los zapatos, dependiendo del material del que estuviesen hechos, eran montones de polvo o negras masas gelatinosas. Los objetos metálicos estaban muy oxidados o convertidos en montones de óxido, que apenas conservaban su forma original. El vidrio se había convertido en brillante arena. El papel era quebradizo y se convertía en polvo al tocarlo.
Estaba muy confuso. No lograba hallar una explicación a todo aquello. Se sentó frente al televisor y tomó el mando a distancia, pero lo soltó al instante con asco. Del receptáculo de las baterías salía un fluido viscoso. Entonces una idea pasó por su mente. Recorrió el salón abriendo cajones y armarios. Sí, eso era. ¡Todo lo que se hallaba encerrado en algún lugar se había corrompido o convertido en polvo! Aterrorizado huyó de su casa. Sólo cuando las puertas del ascensor se cerraban, se dio cuenta de que éste era también un lugar cerrado…
Sufijos discrepantes - Javier López

La historia prometía, pues tenía pensadas muchas anécdotas para ese señor.
Sin embargo, a él no le gustó el principio de mi relato. No se sentía bien como tipejo delgaducho, y pretendía ser un tipo delgadito. Entonces ya me obligaba a hacerlo vivir en un pueblucho e ir a su trabajo montado en un borricuelo para alimentar a sus chiquitos. Hasta ahí no existía mayor problema, pero no hubo manera de que llevara el aceite en unas garrafejas, porque el cuento quedaba muy feo y se estropeaba.
Así pues, dejé de escribirlo.
Mala racha - Sergio Gaut vel Hartman

El troyano - Héctor Ranea

Pero él era un troyano enviado por Paris para lograr que los ejércitos aqueos sucumbieran.
Con su taladro, Miriápidos trazaba en los dientes de cada uno de sus pacientes los rasgos del demonio que debía poseer al desdichado. Como lo hacía en los caninos superiores, nadie podía ver esa cara y quedaba sin sospechas marcado para siempre. El maleficio se completaba con un brebaje en base a miel, alcohol y cardamomo que todos se peleaban por beber.
Noche tras noche caían mirmidones, aqueos, tirios, frigios, espartanos, beocios y persas infiltrados en sus manos quirúrgicas que tallaban la maldición diminuta.
No tardó en hacer efecto el maleficio y de las escotaduras de la costa, una noche, cada uno de los demonios convocados se llevó una dentadura al Hades.
El ejército aqueo y sus generales (sólo se salvó Néstor, quien ya no tuviera dientes) huyeron despavoridos de las playas de Troya, no vaya a ser que los de AFP los fotografiaran sin dientes.
Maldecido por todos, Miriápidos fue borrado de la historia de Troya.
Eventualmente, los aqueos volvieron e hicieron pelota la ciudad de Príamo, como corresponde. Todos con relucientes sonrisas de metal plateado.
El Creador - Magnus Dagon

Otros antes que yo desaparecieron para no volver. Ahora sé porqué. El Creador llegó a este páramo al usar su propio invento, se volvió loco y se autoproclamó dueño de un imperio de cenizas. Y su mente superior sometió y aprisionó, inutilizando nuestros aparatos, a los que llegamos después (técnicamente a la vez, pero eso no importa ahora).
Los que aún estábamos cuerdos llevábamos meses planeando una rebelión, pero había miedo. Se rumoreaba que con sus conocimientos había creado un arma terrible. Le equiparaban con Dios. Pensé que exageraban.
Pero qué estúpido fui.
Porque mi insurrección me ha hecho servir de ejemplo a otros al usar su arma contra mí. Apenas un segundo en el que empecé a arrugarme como fruta podrida.
Y sé que fui un montón de huesos descalcificados.
Y sé que fui una duna de polvo ondulante.
Y obtuve una paz como hacía tiempo que no conocía.
Pero todo acabó, pues me trajo de vuelta. Me robó la única libertad que me quedaba, mi última expresión como ser humano.
Después de eso me suicidé. Varias veces.
Ahora sé que no moriremos. Que estaremos atrapados en este ciclo de creación y destrucción. Pero mi consuelo es que él no es Dios, ni llegará a serlo.
Es curioso, aun así, cuánto se parece el arma del Creador a un tridente.
Libertad condicionada - Paulus Peluca

Sintió la presión del asiento en la espalda y la vibración en las manos. Hijo de puta... dijo como un halago al motor... Sonrió y cerrando un segundo los ojos volvió a acelerar, bajando una marcha.
Debo ser de la peor especie que existe, se dijo, pero estoy vivo y aunque sé lo que me espera, de momento soy libre y voy camino de ese lugar en la tierra donde Elvis, Marilyn y otros tantos envejecen y juegan a cartas a salvo del mundo.... Soy libre, libre como el viento.... Como el puto Freddy Mercury.
Sólo por recordarle quién era realmente y por llevarle la contraria, se le contrajo la vejiga, ordenándole que buscara un lugar, en los próximos diez kilómetros, donde parar cinco minutos.
Tomado de: http://paulus-de-best.blogspot.com/
Frankenstein vegetal - Nanim Rekacz & Rafael Vázquez Suárez

Ahora sé que existes en todo ser vivo, ahora sé que fluyes por los ríos de savia, que consumas cada fotosíntesis, remontas nutricia en aleteares y vuelos, irradias hacia el bosque. Por eso transito los senderos e intento interpretar los suaves susurros, el perfume en la brisa, como intentamos entender, brindándoles connotaciones y significados, los parpadeos y los reflejos involuntarios de un enfermo. Trato de comprender si te duele el rayo súbito sobre el alto castaño, la hoguera… Si te estremece el rocío en las mañanas de invierno, si se te abre el pecho de humus cuando brotan los musgos. Me esfuerzo por conocer tu espanto ante el disparo del cazador furtivo y si te ofreces, sustanciosa y dulce, en los maduros frutos.
¿Cómo retornarte a mí del sueño denso y vegetal, cómo restituirte desde cada sensación que late y circula, cada zumbido, cada humedad? Necesito constatar tu presencia y volver a poseerte, confirmar que me recuerdas en los pétalos, en los retoños, en el arroyo torrentoso, en la sangre del ciervo, la lluvia pura, el reflejo de la luna... Para traerte de regreso a mí operaré los árboles con precisión quirúrgica; buscándote, abriré cuidadosamente los capullos. Me propongo reconstruirte, célula a célula, tramando tu tejido, rehacer tu núcleo, humana, carnal, corpórea, hembra…
Con delicadeza disecciono un tulipán y comienza a brotar lentamente tu sangre roja.

























