sábado, 8 de agosto de 2015

FALTA BIO EN LA VIDA BREVE ¡Aún no! - Carlota Gauna


¡No se animaba!...El puente estaba allí, frente a sus ojos y por debajo el río se escurría.
Hacia arriba la fronda se extendía cual piélago de hojas en fresca efervescencia, arrulladas por el viento suave de aquel día en el que debía acudir a los llamados que ese mismo viento le traía.
Sus manos temblorosas se aferraban a las barandas de ese puente que la llevaría hacia esa tierra que como mortal aún desconocía. Mas no obstante temer ,se rebelaba y en su pecho latía el fervor de caballos desbocados que en tropel la conducían más allá de la rutina de sus días.
¡No podía quedarse! Partida en dos su alma retenía sus ganas de alejarse y su anhelo de envolverse entre los brazos de quienes le imploraban detenerse en las orillas del ocaso sin intentar cruzar los remolinos de luz que apetecía,sopesando explicaciones que le impidieran lanzarse al vuelo tenaz que la llamaba desde abismos luminosos en la corta distancia de un suspiro.
¡Y se alejaba!, dejando atrás los amores que sin tregua reclamaban su regreso sujetándola a la vida, susurrándole al oído que no existen más motivos de alegría y relevancia que aquel disfrute diario de las pequeñas cosas.
Como la risa de los hijos, el fervor de los que se ama,y la ilusión de soñar con el reflejo de esa vida que de repente estalla, ante el fragor de las batallas sostenidas en la lucha cotidiana que se enciende con el sol y que se apaga, día a día,en el silencio de las noches sin destellos cuando el cuerpo cansado se detiene y el corazón se calla por no tener ya más reproches que hacerle a la vida.
Con sus manos aferradas a la baranda de aquel puente precario y movedizo, con la mirada perdida en los abismos ondulados del espacio nocturno,entre el cóncavo brillar de las estrellas que indiferentes al dolor la condenaban ,sin noches de estreno para sus reclamos que a nadie conmovían, la pálida mujer se mantenía al borde del abismo...
¡Parecía una pobre paloma blanca que extraviada,a esos cielos se elevaba!
Miró hacia atrás: los hijos, el hombre que la amaba, su casa, sus esfuerzos por alcanzar el cielo con las manos, amasando en el pecho el pan de sus intentos por mantener la esperanza aún a costa de su ofrenda personal e inmaculada.
Nada resulta meritorio cuando la noche se avecina y hay que cruzar el puente, cansada de sufrir después de tantas luchas sostenidas, sabiendo que no habría de ver más primaveras cubriendo los valles con sus flores refulgentes,escuchando el coro de los grillos y el canto armonioso de esas aves sorprendentes que llegaron presurosas a comer de su mano con un aleteo de alas encarnadas en los tonos relumbrantes del verano.
Entonces miró el vientre de su hija sintiendo su semilla como frutos del campo reventando en la trilla. Vaciló, soltó sus manos, la ganó la duda...
La dorada luz del sol tornasolaba los trigales y entre ellos, las rojas amapolas semejaban su sangre que en su hija continuaba como un rosario de súplicas concedidas.
Decidió despojarse de la mortaja de sueños no nacidos, escogiendo la espera paciente de la luna. ¡Y en silencio, sin reproches cansinos, desanduvo aquel camino!
Cuando abrió los ojos lentamente, supo que aún su misión no estaba terminada. Que habría de recorrer caminos inundados de loca fantasía, de motivos urgentes, razones más importantes que nada en su vida...
Los médicos la rodeaban expectantes y dos enfermeras disimularon lágrimas de dicha bajo las mascarillas blancas...La vida había triunfado una vez más.¡Y con una sonrisa recibió en sus brazos las caricias de aquellos que la amaban!

Acerca de la autora: Carlota Gauna

martes, 2 de junio de 2015

Un extraño suceso - Maritza Álvarez


Aquella mañana salió a trotar como todos los días desde que se jubiló de la universidad donde había impartido sus clases de literatura durante veinticinco años. Iba absorta en sus eternos monólogos internos; ya casi no le provocaba hablar con nadie, porque siempre terminaba discutiendo; se había convertido en una vieja gruñona de la noche a la mañana y no se arreglaba como antes. Solo repasaba en su mente los tantos libros leídos y discutidos con sus estudiantes de todos los semestres. Eso la hacía sonreír y en eso iba pensando cuando fue interceptada por aquel hombre que sostenía un arma, se detuvo en el acto y le dijo:
–Dame todo lo que llevas vieja.
Ella lo miró y le dijo:
–No llevo nada, salí a trotar y no tengo ni siquiera mi celular, además no tengo nada de valor. Aunque espera, sí tengo algo. Mi cerebro es lo más valioso que tengo, allí está depositado todo mi saber, mis experiencias, todas mis lecturas. 
El hombre la miró y lanzó una carcajada, y le dijo: 
Además de vieja ridícula ¿Quién robaría un cerebro? Aunque espera, en estos días leí lo de trasplantes de órganos. Bueno, sacaré algo de ti, aunque viéndote bien aún estás a buen ver, té llevaré a mi casa y después de violarte una y otra vez, veré que hago contigo. 
Ella lo miraba perpleja ¿Cómo podían suceder esas cosas? Lo miró fijamente y le dijo:
Puedes hacer conmigo lo que quieras, pues estoy en etapa terminal del sida, ya me dirás, si quieres violarme o no. ¡Ay!, ¿tienes preservativos? Cerca de casa hay una farmacia, los compramos y ya. 
El ladrón estaba estupefacto y la miraba horrorizado. 
Déjelo así, señora. Ya no tengo deseos ni de violarla, ni de matarla, ni de nada. Es más, creo que me voy a desmayar y se agarraba el pecho Ya no se puede confiar uno de las apariencias, yo pensé que Ud. era una mujer decente y resulta que es una maldita sidosa. Por Dios ¿qué hizo? ¿Cómo se contagió?
Lo miró fijamente y comenzó a reír. Él salió corriendo, y ella se sentó en un banco y dijo para sus adentros: Una historia digna de ser contada.

Acerca de la autora: Maritza Álvarez

viernes, 22 de mayo de 2015

Mal sueño - Luciano Doti


Santiago había estado errando por las calles de la ciudad durante un tiempo indefinido. Pocos humanos quedaban con vida; no se comunicaban entre ellos. Estaban aturdidos, temerosos. Eran sobrevivientes de una explosión o de una catástrofe natural; él no lo recordaba y no hablaba con los otros; por lo tanto, sus chances de averiguarlo eran nulas. Los destrozos en el mobiliario urbano se veían por todos lados. La mayoría de los perros habían perdido su trato amistoso hacia las personas; ya al borde de la muerte por inanición, atacaban a la gente con el claro objetivo de devorar su carne. Santiago también tenía hambre, además de sed. Ahora que lo había perdido todo, se daba cuenta del valor de esos alimentos que jamás le habían faltado en toda su vida. El sentimiento de carencia le produjo un ataque de agorafobia. Sufría; se ahogaba; expiraba. Finalmente, se desmayó.
Cuando despertó, estaba con taquicardia y sudoroso. Sacudió la cabeza y sonrió como quien acaba de entender algo. Una vez que se tranquilizó, fue a la cocina y se preparó su desayuno de todos los días; luego, al consumirlo, lo disfrutó más que nunca.


Acerca del autor: Luciano Doti

Teléfonos modernos - Héctor García


Dado que andaba corto de dinero, no le importó reemplazar su teléfono averiado por uno nuevo en un negocio de dudosa reputación, donde le habían prometido un descuento interesante. En realidad, el celular que compró era usado, pero se trataba de un modelo mucho más reciente, con más y mejores funciones. De hecho, entre las aplicaciones que traía instaladas encontró una que parecía transportar al usuario en el tiempo. Por supuesto, no creyó que aquello fuera verdad. Sin embargo, la curiosidad lo llevó a investigar un poco, así que ingresó la fecha correspondiente a cien años atrás y presionó "Aceptar". Al instante descubrió que había viajado al pasado, pues veía que las construcciones, los vehículos e incluso la indumentaria de la gente que lo rodeaba eran antiquísimos. Impresionado por lo que estaba viviendo, comenzó a tomar fotografías para luego mostrarlas a sus familiares y amigos, y cuando notó que se estaba quedando sin batería decidió emprender la vuelta. Entonces la aplicación le informó que la versión "demo" que estaba usando no le permitía realizar viajes al futuro. Con gusto habría pagado la versión "full", de no ser que para ello necesitaba conectarse a internet, lo cual, en su situación, resultaba imposible. Cualquier persona hubiera caído instantáneamente en la desesperación, pero él tuvo la idea de redactar un mensaje de auxilio en el mismo dispositivo, y luego lo escondió, con la esperanza de que en el futuro lo encontraran y descubrieran la forma de ayudarlo a regresar.
Ante semejante discurso, ¿cómo no creerle un loco de atar? ¿Conoce a alguien capaz de entender toda aquella jerigonza de "celulares", "internet" y "demos"? Créame, oficial, que hice bien en ponerle un chaleco de fuerza y encerrarlo en una celda acolchada. Usted en mi lugar hubiera hecho lo mismo. Como sea, espero que mi declaración ayude a descubrir cómo hizo este sujeto para desvanecerse en el aire sin dejar rastro alguno.


Acerca del autor: Héctor García

Como en una caja - Raquel Sequeiro


Vivo en una casa rosa, en una ciudad en donde todas las casas lo son.
El principal divertimento es el algodón de azúcar, que se pega en el pelo y es más difícil de quitar que el chicle del doctor Lemonade.
Me encanta dar paseos con mi perra.
Odio los días lluviosos. Por ejemplo aquel en que te fuiste a comprar tabaco y no regresaste. Pese a todo eras mi padre; la anécdota la han contado mil veces.
El agua de la ducha está caliente. Restriego bien con una piedra pómez hasta dejarme la piel enrojecida.
Me quedo debajo de la cebolleta, pensando. Pensando estúpidamente en Clark Bacgammon y su pene de 20 centímetros. En el sabor acre de su semen.
Ahora sé que tengo posibilidades, porque me han contratado en esa tienda, aunque me paguen poco. Es un comienzo. Me he depilado las cejas, que lucen como un hilillo, dos tonos por debajo de mi pelo. En media hora, estaré pasando los códigos por caja como me han dicho. La señora Yers parece simpática; cualquiera pensaría que puedo empezar una nueva vida, sólo hay que mirarme. Mirar detenidamente mis ojos azules y el cabello cobrizo, casi naranja; los 40 pies que levanto del suelo, o lo que sea; un metro ochenta de tonterías condensadas en una ciudad gris.
Mi sueño es rosa. Tengo una perra que se llama Black.

He tirado todos los recuerdos sucios del asqueroso de Clark Bacgoma. He tirado los libros del ‘insti’, la ortodoncia en la sucia estantería de mi cuarto alquilado, me he cambiado las bragas. Siete veces.
A veces me duermo despierta. Sueño con los ojos abiertos, y todos aquí dicen que es extraño. Me he mudado hace dos semanas, por el trabajo. Saludo al bajar al primer vecino que me cruzo. “¿Por qué coño las putas casas son de puto color rosa?”. ¡Yo qué sé! (¡Le estoy gritando al puto psiquiatra!).
A la mierda con el rollo de que tendría que haberme marchado. Ese estúpido de Clark que me quitó la ropa a tirones. Sólo veo casas rojas y letreros de neón, un coche que se para frente a mi casa, en uno de los peores barrios de La Vieta. Insiste en que no tenía que haberlo matado, y tiene razón. Pero ya estoy fuera, limpia de drogas. Ese chico era un rompecorazones. Nunca debió llegar hasta el barrio chino, siguiéndome hasta la casa de tío John, el cabrón que se había meado en mis pantalones. “¿Quieres?”, pregunta Ralph. El algodón de azúcar está tan cerca de mi cara que se me pega en la nariz. Ya hace mucho de mi otra vida, me digo.
Ellos vienen y van, como congelados, sin moverse ni un milímetro, rectamente colocados dentro. Como en una caja. Con sus patitas cortas y sus ganchos para aferrarse a la materia de mi cerebro. La memoria. Escupo en el suelo la sangre después del bofetón de Brian. Ese diente no volverá a crecer. El muy imbécil se ríe. Yo le cojo la cabeza y le paso la otra mano alrededor del cuello y aprieto. Froto con el puño cerrado, con los nudillos, hasta que dice ‘¡duele!’.
Faltan meses para que conozca a Ralph, para que me dé cuenta de que puedo ser otra persona. A veces me siento así, como si lo fuese –otra persona-. Despersonalización. Limpia de drogas duras. Sólo que he aprendido mal las cosas. De verdad pueden cambiarse. Todo el mundo lo hace. Cambiar, quiero decir. Todo el tiempo.
A veces van deprisa, otras veces se deslizan momentáneamente, deliberadamente despacio. Me pregunto qué secreto está oculto en Pannaccea, porque casi un tercio de sus habitantes tienen una de esas máquinas con las que cambiar sucesos. (Suelen empeorarlas; las cosas, quiero decir).
No sucederá esto hasta dentro de veinte años, cuando Ralph y yo tengamos tres hijos y una vivienda preciosa a 150 kilómetros del principal centro residencial. Un lugar bastante adecuado para la vida en familia, para los que no trabajamos. La urbe se queda para los de clase 2.
Cerca están las casas de las últimas cuatro tribus de Icks, cruzando el estrecho de Berin hasta la plataforma subacuática de Gonorrea. Mi hijo de quince años, Ángel, sonríe, avieso. Lo contará en todas las reuniones de los viernes con sus amigos, con las botellas cortadas de alcohol (¿qué importa el nombre si así no pueden emborracharse? Límite en sangre de 2,01 cl); pruebas a golpearlas, y, al romper, el cristal se funde con el líquido y se endurece. Tan duro como una de esas cabinas insonorizadas que ya casi nadie utiliza para relajarse, las cabinas de aire caliente.
Nosotros ya tenemos un rolltop y un coche con célula hidroeléctricas y un gato de centelleantes mejillas de plástico orgánico. Me despierto en la cama con la piel chorreando. ¿Qué ha sido esta vez, Laura?, preguntará el doctor; y yo estaré mirando al techo, contando en voz alta todas esas mentiras.


Acerca de la autora: Raquel Sequeiro

lunes, 11 de mayo de 2015

María y Mario - Fanny Blanco


15 de abril del 2015: 8:15 de la mañana, el avión va a despegar y María está en el aeropuerto cargada de maletas. Mario va en el taxi con gestos nerviosos y desencajado apura al taxista, quien rápidamente enciende los faros, pone primera y arranca. Está lloviendo; apenas se ve nada. Mario desempaña con la mano los cristales ahumados de aquel lento Mercedes que no daba llegada al aeropuerto.
 
8:25: María se acerca a la cafetería, espera pacientemente la cola pues el avión despegarà a las 9:25. Compra una revista, un café y un croasant, y mira el teléfono mientras moja el croasant en el café.

 
8:35: Mario nervioso sujeta su pelo en una coleta y vuelve a llamar a María; le salta un contestador... no tiene cobertura y vuelve a apurar al taxista.

 
8:45 María termina relajadamente su café y su croasant, y sale del aeropuerto a que le dé un poco el aire.

8:55: María entra en el aeropuerto desilusionada, porque Mario no le ha escrito ningún whatsapp que la hiciera por unos minutos dudar en tomar aquel avión con destino a Ibiza.

9:00: Mario llega a el aeropuerto; le tiemblan todas las extremidades de su cuerpo. Está agotado pero avanza a pasos agigantados hacia el mostrador de información donde le recibe una mujer poco cordial.

9:10: María se rinde y con la mirada perdida coge sus maletas y se dirige hacia la puerta de embarque destino a Ibiza. Sube la rampa de entrada y cruza el avión en busca del asiento con número 300, le tocó encima del ala derecha, coloca sus maletas en la rejilla superior, se sienta, pide un refrigerio y espera a que las azafatas le den indicaciones de seguridad.

9:12: La mujer poco cordial indica a Mario que ha llegado tarde. Todos los pasajeros con destino a Ibiza permanecen en el interior del avión. A Mario deja de latirle el corazón por unos segundos....
No logró alcanzar a María para contarle aquello.

9:15: las azafatas del vuelo 231, con destino a Ibiza, indican a sus pasajeros las medidas de seguridad. El piloto acciona los botones de mando y el avión emite un ruído atronador ... va a despegar.

9:18: Mario observa, con lágrimas en los ojos, como el avión sobrevuela su cabeza; se suelta el pelo, mete la goma en el bolsillo y con la cabeza baja vuelve a la parada de taxis para dirigirse a su casa.

10: 15: Mario está en una cafetería del centro de su ciudad, coge el periódico, ojea las noticias sin enterarse de nada y toma su café solo largo para despejar las ideas. María ya no estaba y tenía que afrontarlo.

10: 18: en la televisión del bar están dando un programa del corazón; de repente cortan el programa con un "avance informativo": el avión número 300 con destino a Ibiza se ha derrumbado en Madrid a la altura de la sierra de Torremolinos; por el momento se desconocen las posibilidades del accidente; llevaba 352 pasajeros desde Lugo hasta Ibiza con recorrido de aproximadamente dos horas y cuarto.

11:30: Hallan las dos cajas negras del avión, y en el reconocimiento de cadáveres, los familiares de María, destrozados, encuentran partes de su cuerpo sin vida. María había fallecido...

17 de abril del 2015. 11:15 de la mañana. Mario está frente a la tumba de María; le entrega un ramo de flores con una nota, y sin decir lo que tenía que contarle, en la nota ponía:

"María; cariño..., perdona por haber llegado tarde". Firmado: Mario.


Acerca de la autora: Fanny Blanco

Voces del pasado - Pablo Sanucci


Podrían ser los cristales de las ventanas, o de los cuadros, que guardaban y repetían las vibraciones, se decía a sí mismo cuándo comenzó a notar el fenómeno. Hasta que un día, hace muchos años, entró a la habitación de un hotel de cuarta de una región tropical que no tenía vidrio en la única ventana, ni cuadros tampoco, y los sonidos igual aparecieron. No siempre le sucedía, pero cuando escuchaba las voces anteriores lo hacía incluso en presencia del muchacho que le ayudaba con el equipaje. Más de una vez preguntó si ellos también las sentían. No. Las vibraciones sonoras del cuarto de hotel, emitidas por otros huéspedes en tiempos anteriores indeterminados, retumbaban únicamente en los tímpanos de él como si estuviesen sonando en ese mismo instante. Escuchó una conversación telefónica de alguien que extrañaba a su esposa. Escuchó a alguien gritando un gol de un juego que seguía por la radio a principios de los sesenta. Escuchó gemidos de una pareja manteniendo sexo. Escucho una discusión entre un viajero y el administrador de aquel momento en un lenguaje que no pudo entender. Escuchó a uno cantando bajo la ducha una vieja canción del siglo pasado. 
Ahora, recién llegado a la hostería de un pueblo pequeño en el sur de Italia, entra a la número cinco y los gritos desesperados de una mujer que fue asesinada ahí mismo a golpes secos, lo estremecen hasta caer de rodillas en el umbral de la puerta.

Acerca del autor: Pablo Sanucci

sábado, 18 de abril de 2015

Vampiros en El Plata - Luciano Doti


Estamos en el año 1536 de nuestro Señor. La costa del río es un lodazal. Su color amarronado no luce ni genera un gran impacto. Para colmo, las condiciones de vida son de las más agrestes. Hay altos pajonales en la zona. Pasamos hambre. Yo no soy la excepción. Pero la mía es un hambre diferente a la de los demás. Desde que fui mordido...
Vinimos de España a la América. Atravesamos el mar Océano en nuestras carabelas y llegamos aquí. Entonces, nos encontramos con unos hombres indómitos que no aceptan ser civilizados. Y el hambre, ¡ay, el hambre! No hay nada que llevar a la boca, nada con qué engañar al estómago. Algunos han intentado cazar y comer a los caballos, los cuales son propiedad de Su Majestad; hemos tenido que ajusticiarlos, darles muerte y exhibirlos a modo de ejemplo al resto de la tropa. Pero el hambre...
Entre nosotros hay un sujeto de origen bávaro. Es extraño, suele evitar la luz del sol. Debería tener mucha hambre cuando mordió los cuerpos de los recién ajusticiados. A decir verdad, aún vivían en el momento en que sus dientes se hincaron en la carne de ellos. Lo vi comerlos; fue un espectáculo espantoso. Aunque más que comer su carne, bebía su sangre. Confesaré que yo también me sentí motivado a probar bocado de esa carne humana. Me acerqué tímidamente, y al llegar al lugar, el bávaro, borracho de su festín hematófago, me mordió; alcanzó a beber algo de mi sangre, creo.
Ahora mi hambre es diferente, no estoy tan presuroso de comer como de beber, y no precisamente agua. El agua no sacia mi sed. El hambre devino ansia.
Estoy harto de retorcerme en mi precaria morada. Hace frío y necesito beber. Así que, salgo afuera. Hay luna llena y los indios parecen habernos dado una tregua; ellos están tan famélicos como nosotros. Me acerco al lugar donde cuelgan los cuerpos de los ajusticiados; su sangre ya debe estar seca. Sin embargo, por allí anda Centurión, el que fue capitán de navíos del príncipe de Doria, luciendo su capa al reflejo del fuego. Podría beber de él, beber su sangre; tanto odio su actitud arrogante, que no sentiría ningún remordimiento. Lo ataco, hundo mi cuchillo en su cuerpo y bebo; al hacerlo sé que ya nunca podré abandonar esta acción que será un hábito hasta la última de mis noches.


Acerca del autor: Luciano Doti

jueves, 5 de febrero de 2015

La Condesa Drácula - Luciano Doti


Me encontraba yo en una suerte de limbo, donde todo se mostraba etéreo y volátil. Alcanzaba a divisar una dama no muy lejos de mí. Ella me parecía conocida, pero mi sentido racional me indicaba que no podía ser; esa mujer estaba fallecida, sumado a que en caso de estar viva no luciría tan joven. De todas maneras, no pude evitar mirarla; y ella, al mismo tiempo que se acercaba con su andar sensual, me dijo:
—Sí, soy yo.
—¿Vos?
—Ingrid Pitt, "la Condesa Drácula".
—No entiendo.
—Es difícil de explicar. La conversión es así, te saca del orden temporal que conociste hasta aquí. Somos como éramos y siempre seremos.
—¿Perdón?
—A partir de este momento sos uno de nosotros, igual que yo.
—Vos sos...
—No todo es ficción. Hay algo de realidad. Como actriz quise interpretar lo mejor posible mis papeles; investigué sobre el vampirismo, me introduje en ese mundo, hasta que di con cierta gente y me convertí.
—Yo como escritor también investigo sobre el vampirismo, para escribir mejor sobre eso.
—Y por ahí ahora no te acordás, pero diste con la misma gente.

Acerca del autor: Luciano Doti 

El destripador de Milwaukee - Mario Cesar Lamique


No es que el tiempo pase muy rápido,sino que nunca se detienen en su andar, será por eso que el Sargento Juan Simón Satafuza no podía cree que 20 años de su vida se hayan ido en perseguir al destripador de Milwaukee,un asesino al que no podían etiquetar en ningún Perfil,intento que les resultó infructuoso a todos los expertos de todas las temporadas de Criminal Minds.
Quien le hizo notar las dos décadas de persecución fue su esposa, esta cuenta, año tras año ausencia tras ausencia, formo parte de la nota de despedida que el encontró el día en que al llegar su casa la encontró vacía de esposa e hijos.
J.S. Stafuza por primera vez frenó su alocado ritmo persecutorio y se puso a ver cuanto había perdido,pero no corrió a buscar a su familia.Preparo la valija porque salia en un vuelo a Buenos Aires ya que una pista firme ubicaba al destripador en el lejano Sur como jefe de campaña del candidato preferido de las masas,quien por fin traería Paz y Seguridad.
El Sargento se adaptó bastante rápido a este nuevo país, cooperaba con interpool y estuvo varias veces cerca muy cerca, cerquísima de arrestarlo.
¿ Qué sintió?: Una mezcla de sorpresa, alegría y hasta una cierta sensación de vacío cuando por fin pudo atraparlo al salir de la sesión de un grupo terapéutico de control de la ira que el mismo coordinaba.
Veinte años de búsqueda en EEUU, 3 años en Buenos Aires le costo para atraparlo.
Una semana después todo era soledad, un freno abrupto que lo dejó sin posibilidad de inercia.
Tres meses le tomo darle forma al plan.
Media Hora tardó en ayudarlo a escapar de la cárcel.
Se arrepintió,pero puntualmente lo hizo después de terminar de culminar con las acciones.
Culpa,vergüenza y alivio fueron sus nuevos compañeros de cuarto.

La cacería continúa.

El día que el Juan Simón Stafuza falleció hubo un gran pesar entre los integrantes de la fuerza, en el seno de su familia,sus vecinos y sobre todo repercutió de manera directa y profunda en el Destripador de Milwaukee quien sin pensarlo demasiado decidió salir de su escondite e ir a un canal de televisión a entregarse a las autoridades,planeó hacerlo en vivo en un programa periodístico de la CNN.
El Destripador tuvo que esperar su turno ya que se difundía en vivo la Cadena Nacional del Presidente de la República que desde la Casa Blanca,en un solemne acto,estaba devolviendo el Premio Nobel de la paz.

Acerca del autor: Mario Cesar Lamique

jueves, 22 de enero de 2015

Señales -Apuntes del natural - Paulus Deluca


Será por el nombre del lugar en que me encuentro, por la dualidad del mensaje de ese Carpe Diem en la puerta y ese demonio que, silueteado tras de mí me invita a beber y callar porque lo demás no es nada, que de pronto me ha entrado una ligera tentación de melancolía... Echo de menos a Anne... con ella escribía mejor, es cierto. ¿A quién voy a engañar a estas alturas?
No puedo resucitar a Sansón Restrepo y es una lástima, porque hoy me vendría bien su punto de vista.
No puedo decir que Maite me haga infeliz ni mucho menos; ¡Al contrario!.. Parece hecha especialmente para consentir todos mis caprichos y alimentar hasta la más pueril y frívola de mis ambiciones... Y no sé si eso es bueno.
Es un encanto de niña y no puedo negar que tiene un corazón de oro y una paciencia de santo, al menos en apariencia... y por ahora... Pero con ella cerca escribo menos y con menor frecuencia... incluso siento que mi inventiva se resiente: A base de comer todos los días, estoy engordando y me quedo sin ideas...
Es como si esa necesidad de inventar la rueda cada santa mañana hubiera disminuído, porque de algún modo sé que todo se acabará arreglando y que no puede pasarme nada malo mientras Maite ande cerca. Lo decía Zazie: Uno no escribe para decir que todo va bien, que va sobre ruedas... Por eso no escribo sobre ti...
Llamadme idiota, pero con esa arrogancia narcisista que brota en un alma bien dormida, bien comida y sin preocupaciones, que de repente se cree que su futuro depende únicamente de la propia voluntad, no puedo evitar plantearme si realmente todo el camino recorrido llevaba hasta aquí o si esto es sólo un claro en el bosque, un oasis en el desierto... una noche en el Ritz, camino de Auschwitz... o incluso algo peor, camino de ninguna parte... y la tumba como estación término.
Influenciado por un comic de superhéroes que he estado leyendo estos días, no puedo dejar de verme dibujado en colores planos, con un café en la mano mientras en grandes letras el dibujante de esta historia se pregunta: ¿Conseguirá el destino acostumbrar un alma incómoda a una relación serena? ¿Volverá a extenderse la carretera y a estrecharse el cerco en torno al cuello de nuestro héroe? ¿Será este el fin de las aventuras de Paulus de Best?
Y en esas estoy, a punto de escribir algo como: ...No os perdáis el desenlace en el próximo número, al tiempo que ruego al cielo una señal, cuando el teléfono me saca bruscamente de mis cavilaciones.
-¿Tocayo? -dice la voz al otro lado -¡Por fin te encuentro! Engrásate el culo y ponle pilas al magnetófono, que tenemos trabajo...
Y mientras pido al alto de la barra que me ponga otro café y hago cálculos mentales de cuánto costará poner a Miss Daisy a punto para la que se avecina en apenas dos semanas, noto cómo aflora nuevamente una de esas sonrisas...

Acerca del autor:  Paulus Deluca

Ese nombre - Luciano Doti





Era un día muy raro. Los hechos sucedían de un modo diferente a lo habitual. Ignoraba en qué hora transcurría mi existencia. Me sentía extraño, como habitando un no lugar en un espacio indefinido.
Llegué a casa y la hallé desierta. Sobre la mesa del comedor encontré unos papeles; daba la sensación de que habían buscado algo con apuro, para salir raudamente.
Sonó el teléfono y lo atendí. Preguntaban dónde era el velatorio de Gustavo. Respondí que no sabía, indiferente. Pero ese nombre...
Decidí ir al bar por unos tragos. En el camino pasé por la sala velatoria del barrio; en la puerta había alguna gente conocida. Cambié de planes y entré.
Ingresé cual ser invisible. Absortos en su dolor, nadie pareció percatarse de mi presencia. Me introduje en el sector donde estaba ubicado el féretro. Observé ante mí a un joven demacrado de rostro tan familiar que se me antojó que en un espejo me contemplaba a mí mismo. Hice fuerza para despertar creyendo todo eso parte de una pesadilla, pero no lo era. Estoy tan seguro de eso como de que en el estadío que llamamos vida mi nombre era Gustavo.


Acerca del autor:  Luciano Doti

jueves, 8 de enero de 2015

A destiempo - Paula Duncan





El sonido del despertador la sacó intempestivamente de un sueño agitado.
Dejó la cama cayendo en una realidad aún peor; como si fuera una película violenta, pasaron muy rápido por su mente las imágenes de la noche anterior: la pelea, los gritos, los golpes, el miedo y esa apremiante sensación de final y muerte; después como si fuera un mal chiste, las disculpas, los ruegos, las promesas como si sirvieran de algo, como si pudiera creerlas.
Hacía bastante tiempo que su pareja iba de mal en peor, estaba agotada, esa relación tan deteriorada ya casi no existía; pero la violencia hacia ella iba creciendo a pasos agigantados, como el alcoholismo de él; decía que tomaba porque no encontraba trabajo y el círculo vicioso imposible de romper sin esfuerzo seguía intacto , sumado a que ella mantenía la casa; no tenía mucha escapatoria, era como vivir sobre un terreno minado.
Se levantó y fue al baño, abrió la ducha; y dejó que el agua caliente la volviera a la vida, lavando tanto dolor, tanta tristeza; dejando que se llevase los golpes de su adolorido cuerpo, sentía que ella tenía el poder de hacerla sentir nuevamente una persona.
Miro el espejo empañado y vio como lentamente se iba dibujando un rostro amigo; era Manuel, a quien conocía desde siempre.Un hombre sencillo, sin grandes aspiraciones, que tenía la habilidad de hacerla sentir bien, contenida, amada. Pensó en la propuesta que le hiciera la última vez que se vieron: Manuel quería comenzar una nueva vida juntos, que ella pudiera deshacer el nudo que la ligaba a esa relación violenta, enfermiza y comenzar el camino, uno nuevo de paz, en búsqueda de la felicidad. El no quería ser una aventura, un amor de paso, el quería ser el definitivo o al menos intentarlo. Siempre se había negado,le faltaba valor; pero de solo pensar en él sintió que se le entibiaba el alma; no podía negarlo: Él ya estaba en su corazón.
Cerró la canilla, se envolvió en su toallon y el espejo le devolvió una imagen aún joven, un cuerpo esbelto…y unas ojeras espantosas.
Comenzó a vestirse para ir al trabajo. Le dolía terriblemente la cabeza; la noche anterior el incesante ir y venir de las sirenas policiales la había inquietado bastante.
Tomo una taza de té y una aspirina por desayuno mientras escuchaba sin ver la últimas noticias en la tele, ahí daban cuenta de la fuga de dos peligrosos delincuentes de la comisaría del barrio.
Antes de salir miró de reojo su habitación, él seguía durmiendo todavía borracho, cerró la puerta y llamo al ascensor.
Mientras bajaba decidió ir a ver a Manuel para decirle que estaba dispuesta a intentarlo, quería creer una vez más, tal vez la última.
Se miró en el espejo del ascensor y se agradó, la decisión había hecho desaparecer el dolor de cabeza y con él se fueron la ojeras, la blusa blanca le sentaba bien sobre la falda azul, tal vez le faltaba algo de color a las mejillas; se apresuró, debía caminar tres cuadras de más para poder verlo antes de entrar a trabajar, pero sabia donde encontrarlo: a esa hora él tomaba el primer café del día en el bar de la avenida, apuro el paso, ya lo divisaba en la mesa junto a la ventana.
Escuchaba mucho ruido a su alrededor pero no le interesaba.
La gente corría, gritaba.
Las sirenas volvieron, sonaban más fuerte que anoche.
Ella solo pensaba en que al fin sería feliz.
Oyó frenadas, extrañas explosiones, tal vez disparos, tal vez niños traviesos jugando con petardos.
No le presto atención.
Solo le faltaba cruzar la calle, Manuel al verla salió corriendo a la vereda.
Le gritaba algo que ella no entendió.
Él agitaba desesperadamente los brazos.
¿Qué le pasaba? pensó
Ella solo quería llegar a su lado.
Corrió y de pronto…algo golpeó fuertemente su pecho haciéndole perder el equilibrio.
Fue cayendo lentamente mientras pensaba ¿Qué sucedió?
Antes de llegar al suelo unos brazos fuertes la sujetaron, lo miró quiso hablar y no pudo, solo veía los ojos de él llenos de lágrimas.
Quería decirle que ya no tendría que preocuparse por ella, que había decidido estar a su lado para siempre; pero la voz había huido de su garganta.
Miró el cielo tan increíblemente despejado, se asombró del profundo silencio a su alrededor y entendió todo claramente.
Ensayo una sonrisa de despedida para su gran amor inconcluso mientras en su pecho justo a la altura del corazón se comenzaba a dibujar una flor roja.


Acerca de la autora:   Paula Duncan 

El sembrador - Pablo Sanucci





La estepa quemada se desvanece poco a poco, se dispersa en pequeñas plantas y pastos secos. El viajero miró para atrás unos segundos; hacia el último arbusto espinoso y enfrentó al desierto. En despiadada ausencia, treinta y cinco días son caminados. Las pisadas que lo persiguen se esfuman hacia el horizonte. La soledad arrasa. Rocas grises, guijarros negros, dunas pálidas. La sombra de sí mismo se alarga en el atardecer. Se detiene. Gira atónito observando pequeños círculos verdes sobre una planicie infinita. Pecas de hierbas dispersas. Algunas en grupos. Otras solitarias y más notables, tal vez más grandes o claras. Cada círculo tiene una flor alta en tallo único y vibrante. Debió esperar la noche para comprender. El reflejo de la luna bordeó la silueta del niño ciego que camina lentamente entre los círculos de hojas suaves hasta salir más allá del más lejano. Entierra una aguja larga donde proyecta su luz una estrella. El viajero lo intuye porque el único que percibe el brillo sobre la arena es el niño ciego. El niño marca el lugar que impacta el firmamento sobre el desierto y traza un mapa de las constelaciones. Ese es su trabajo en cada noche y continúa hasta el fin de los tiempos cuando la tierra toda rebrote de motas verdes con una flor en el centro. Lo que ahora está en el cielo, nacerá aquí como ojos de vida en un planeta seco.


Acerca del autor:  Pablo Sanucci

jueves, 25 de diciembre de 2014

Desvarío - Cristian Cano


Los dos esperaban que la quiniela galáctica realizase los sorteos. Fue en uno de aquellos momentos de tensión absoluta en los que Seis Puntas acuchilló a su compañero antes de que éste le disparase a quemarropa. La policía se encontró despistada cuando comprobó que las víctimas tenían un sólo número para el juego. Habían comprado el ticket a medias en la sucursal del Cíclope suertudo, que queda en Pico. El número era el 96, el mismo que salió a la cabeza. La Grande Supergaláctica casi nunca sale y al Comisario le temblaron las rodillas cuando desenrolló el papelito manchado de sangre: setecientos mil trillardos de créditos pagaderos en dos veces. Observó el suelo y los cuerpos, y después le clavó la vista a su compañero novato. Dijo en voz alta que era demasiado crédito, y el agente comparó ideas diciendo que él llenaba su heladera con veinte credines a la semana. La mano del Comisario Montalbán se acercó a la funda de su phaser, y el joven académico le preguntó si quería quedarse solo en la escena del crimen. Levantando la pera y haciendo un ademán de desprecio, le contestó que sí. Cuando estuvo dentro de la patrulla trató de imaginar semejante suma. Una en mil millones, se dijo. Minutos después no dudó en denunciarlo.

Acerca del autor: Cristian Cano

La creación - Patricia Calvelo




Al principio, crea el cielo y la tierra. Y separa la luz de las tinieblas, y divide las aguas del suelo seco, y ve que todo es bueno. Luego, hace crecer flores y árboles frutales, y les da distintos colores y perfumes, y ve que todo es bueno. Después, pone seres plateados y dorados en las aguas, y crea otros para poblar la tierra, y aves para surcar los cielos, y los bautiza a todos con nombres melodiosos. Y ve que todo es bueno. Y prueba todos los sabores, y decide que uno de los árboles, el de las deliciosas frutas rojas, será sólo para Él. Y se recuesta a descansar y disfrutar de su creación. Pero no se siente del todo satisfecho: algo le falta aún. Entonces dice: Crearé un nuevo ser a mi imagen y semejanza. Y va moldeándolo en arcilla, y cuando está terminado, infunde vida en un beso. Sin duda, ésta es la mejor  de sus obras, la más bella de todas, la más brillante y armoniosa. Para coronarla, le pone un nombre. Al nuevo ser, sin embargo, no le gusta el nombre que le ha dado, y se lo cambia. Él tiene un raro presentimiento. En seguida, esta criatura empieza  a cuestionarle cosas. Entonces, Él comienza a sentir un miedo que no lo abandonará jamás, y le miente: le dice que Alguien, Alguien terrible y todopoderoso, lo ha creado a Él primero, y después le ha sacado una costilla y la ha formado a ella. Y que como ella es solo un pedacito de Él, tiene que obedecerlo en todo. Y que como ella es solo un pedacito de Él, tiene que obedecerlo en todo. Y que ella no debe hablar demasiado ni en voz muy alta para no despertar al Creador; no contradecirlo a Él, a quien el Creador declaró dueño y señor de todo, y en especial no comer del árbol que en este momento le está señalando. Pero ella, que no le cree una sola palabra, arranca un fruto del árbol prohibido y, dándole un gran mordisco, desata la primera tormenta de la historia.


Acerca de la autora:  Patricia Calvelo

jueves, 11 de diciembre de 2014

Dos extremos - María Torres




El hombre es egocéntrico y vanidoso, y cuando hay un exceso de este elemento la persona irradia tanto que se ve encandilada por su propia luz y no puede ver más allá de sus propios anhelos. Entonces suele tender a pasar por sobre el resto con una total falta de tacto, va tras la acción, está motivado a dejar una huella en el mundo, que trascienda su existencia y lo aleje de la vulgaridad, se encuentra con la dificultad de armonizar con otros seres, con el hombre débil y sus necesidades, muy poco receptivo a nuevas ideas, con dificultad de captar conceptos mentales muy abstractos, agota fácilmente su energía, la mente puede desbocarse y llevarlo a un mundo de fantasía. Puede ser muy esquivo a la hora de autoafirmarse y de pelear por su lugar en el mundo, sin ideales, fracasado, la marea de sus emociones pareciera ahogarlo, sus pensamientos negativos y los miedos no le dan tregua.

Acerca de la autora:  María Torres

Trivialidad danesa - Condessa Nadja




La línea de avión alemana era muy cómoda, sin embargo me producía algo de fobia la altura; me arruinaba los nervios, en breve síntesis. 

Llegando a Hamburgo, no hallaba el lugar donde hacer el transbordo para ir a Dinamarca. Los alemanes son algo reacios a cualquier idioma que no sea el de ellos, eso se hizo notar de forma inmediata. Pregunté (en inglés) dónde era el transbordo, me contestaron en alemán. Pensé... puede ser  broma. Salté el detalle cordial. Buena fortuna que entiendo el alemán aunque no lo hable. Corrí como un loco para llegar al transbordo, era tarde. Y ahora en la línea escandinava... ¡Al fin! Quedaba menos... ¡qué alivio! Miré a mi costado, y la ventanilla me dejó pálido al ver tanto océano allí abajo. Preferí ver el monitor que estúpidamente nos contaba el frío que hacía afuera y la altura a la que estábamos, como si tuviera importancia. ¿O sería para alguien que quisiera tirarse? Hay cosas que no se entienden...

Después de casi una hora, ya estaba en Copenhague. La tensión se estaba disipando.
En mi plan de viaje tenía una reserva previa para hospedarme en un departamento.

Retiré mis maletas en el aeropuerto. Tomé un taxi y llegué a mi departamento según la dirección previamente pactada. Allí una persona me aguardaba con las llaves. Me las entregó y se retiró.

Ingresé... y todo estaba extremadamente pulcro y ordenado. Iluminación natural casi perfecta. Pero algo no me encajaba en el puzzle. Me acerqué a ver a través de las ventanas y enfrente había otro departamento igual al mío. Y... desde otra ventana tenía una vista similar.

Quise tomar una ducha... ¡Oh, por dios! ¡No habían cortinas ni persianas! Solo ventanales enormes en todas partes: living, habitación y baño al descubierto. ¿Un baño con ventanal? ¡Vaya ocurrencia! ¡Maldita sea! Era una pesadilla. Y hasta las ganas se me quitaron... 
No entendía este sistema con toques de vulgaridad. Era como estar en "El gran hermano". 

Minutos después vi que enfrente se paseaban personas desnudas por los ambientes como si nada. Uno de mis ventanales se ubicaba frente a un baño. Se divisaba hasta cuando se sentaban en el trono. No era muy agradable esta situación poco agraciada.

Tuve que hacerlo o no me ducharía. Me quité la ropa y vi que los desfachatados me miraban. Tomé mi toalla y me envolví como pude para ir a la ducha. 
Al salir de la ducha, todos esos ojos otra vez encima de mí. Me llegó a dar rabia. No había privacidad. Desarmé la cama y con sábanas blancas tapé mi ventana. Afuera se escuchaban risas. 

Me vestí y salí a caminar cerca del canal del puerto, a ver los barcos. Observé mi habitación desde afuera... la única con cortinas entre miles. Sobresalía... era hasta especial. Me fui en paz con una sensación de alivio y triunfo a la vez.


Acerca de la autora:  Condessa Nadja

jueves, 27 de noviembre de 2014

Corso - Rodolfo Walsh


Vos sabés cómo nos divertimos, el corso era un asco pero nosotros nos divertimos igual. El Ángel se consiguió unos plumachos, dice que los trajo de la isla y que crecen en una planta, pero eran como plumas de avestruz. Después me fijé que en un quiosco los vendían a veinte sopes cada uno, qué atorrantes, imaginate que esas cosas crecen en los árboles y los tipos las venden a veinte mangos.
Hacía un tornillo que te la debo, pero igual las minas andaban casi en bolas en las carrozas, yo siempre digo que estas ñatas con tal de andar en bolas hacen cualquier cosa. El Ángel y yo empezamos a pasarles los plumachos por las gambas, vos sabés qué plato. A las tipas les gustaba, pero algunas ponían cara seria para disimular, vamos, viejo, a quién no le gusta que le hagan cosquillitas. Un jetón que iba en una picá llena de florcitas le dijo al Ángel por qué no se las metés a tu abuela y el Ángel le refregó el plumacho por la cara. El tipo hizo como que se bajaba pero cuando nos vio las caras subió el vidrio y la dejó a la hermanita en el capó y el Ángel le rompió tres plumachos entre las gambas, estuvo exagerado.
Pero lo grande fue cuando vino el hindú en un forcito del tiempo e mama. Este hindú venía todo desnudo, menos un calzoncillo cerradito y un turbante en el melón con una piedra divina, te lo juro. Iba sentado en el capó, con las patas cruzadas, seguro que lo vio en el cine. Con una mano se agarraba la barriga, y con la otra se tocaba la piedra del melón y después el pecho y saludaba, hablando bajito en un idioma. Pero lo mejor que hacía este hindú era que en cada bocacalle se tomaba un trago de un frasquito, prendía un fósforo y escupía unas llamaradas de samputa.
Cuando el Ángel lo vio, se quedó enloquecido y empezamos a seguirlo. Yo le decía dejáme de joder, mirá las minas, y el Ángel nada, el hindú lo tenía entusiasmado, lo miraba de arriba abajo como si fuera Nélida Roca. Ahí supe que iba a hacer una cagada, porque el Ángel será lo que vos quieras, menos eso. Cuando quise acordar estábamos frente al palco el hindú con el forcito y al lado el Ángel y yo detrás. Entonces el hindú mirando el palco donde estaba el intendente, echa la cabeza para atrás y se manda un trago doble de la nasta, y mirando al cielo se arrima el foforito. Y en eso lo veo al Ángel que levanta el plumacho y lo toca justito en el hueso de la garganta, y el hindú empieza a escupir fuego hasta por los ojos y se siente un olor a bife que no te cuento, el hindú parece que se quema, y yo hago lugar para los bomberos, o sea que me rajo. Y por la otra vereda lo veo al hindú que lo corre al Ángel, y ya no le habla en el idioma sino que le dice la puta que te parió, la puta que te parió, y menos mal que no lo agarra porque si no lo mata.
Al rato nos encontramos con el Ángel en la estación, el Ángel hace como que me habla en el idioma, y nos meamos de la risa, viejo, vos sabés qué plato.

Acerca del autor: Rodolfo Walsh