sábado, 22 de noviembre de 2014

Día de locura - Paula Duncan



                            


María estaba agotada, sentía un tembladeral en su cabeza, el día había sido realmente agotador, tantas situaciones en la que entraba y salía, su vida últimamente se había convertido en una comedia de puertas; cada vez que abría o cerraba una, la siguiente estaba esperándola.
Comió liviano, se sirvió un una taza de valeriana para tranquilizarse y dormir pero fue en vano, eligió un libro, apagó las luces solo dejando la lámpara del sillón y se sentó a leer, tenía en sus manos un volumen de aventuras, esas que tanto le gustaban de adolescente, con personajes fantásticos y lugares exóticos; justo lo que necesitaba para escapar de esa realidad demasiado concreta y aburrida.

El té fue haciendo su efecto y ya no pudo seguir, cerró por un instante los ojos y sintió como los personajes se escapaban del libro, se incorporó de golpe y vio la sombra de ellos caminando por la pared del frente; de pronto estaba en otro mundo, con otros colores y otros aromas que daban martillazos de luz en su cerebro.
Tomó su cartera que había dejado en el suelo para buscar los lentes y cuando la abrió un duende con una pierna casi separada de su pequeño cuerpo le pidió ayuda. Lo sentó sobre el libro, buscó cinta adhesiva y lo compuso, él le agradeció y salió corriendo.
Ella pensó “debo tranquilizarme o me volveré loca, seguro es estrés, no puedo estar viendo los personajes del libro paseando por mi pared...,¿o sí? ¿por qué no?”; necesitó un vaso de agua bien fría, la garganta le estallaba, sentía miles de pequeñas agujas de fuego en ella. Al ir a la cocina descubrió que en el espejo del pasillo había un hombre, que le sonrió encantadoramente, no sintió miedo sino curiosidad.
Fue a la heladera, bebió agua y volvió; al pasar nuevamente por el pasillo el caballero en cuestión seguía ahí, sonriéndole, detrás de él un universo infinito de puertas diversas se extendía hacia el horizonte, parecía que la estaba invitando extendiendo su mano; ella, aunque con algo de miedo, pegó la suya al cristal y éste se hizo permeable, estaba decidida a pasar del otro lado y en ese preciso instante un ruido fuerte la distrajo. 

Volvió al living, la habitación parecía haber implosionado sin perder su estructura. El libro estaba cerrado sobre la mesa al lado de la lámpara junto a su taza de té vacía; el duende se había convertido en un pequeño adorno verde, los personajes ya no andaban en la pared, probablemente habían vuelto al libro, todo estaba en orden; volvió rápido al pasillo, el caballero ya no estaba; de este lado, justo debajo del espejo, como si lo hubieran dejado desde el otro lado, un ramito de jazmines.
Apagó todas las luces y se fue a dormir, se sentía bien. Antes de meterse en su cama se dijo “ojalá mañana sea un día algo más tranquilo” y se durmió, con el aroma de los jazmines inundando su cuarto.



Acerca de la autora: Paula Duncan 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Lo que creemos – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


—Los fantasmas no existen —dijo el escéptico—. No existe ninguna prueba científica que avale la existencia de algo después del fin de la vida tal como la conocemos. Son puras imaginaciones o simples historias de mitómanos.
—Yo lo entiendo, perfectamente —replicó el fantasma—. Pero, ¿qué me dice de los gnomos? ¿No le parece un peligro construir pequeñas figuritas para nuestros jardines o, en mi caso, para mi tumba en el cementerio?
—Los gnomos son solo eso, figuras en los jardines, nada más. Objetos inanimados que no pueden lastimar a nadie.
—Mire, le presento al gnomo que estaba junto a mi lápida.
—Hola —le dijo el gnomo al escéptico—. ¿Ahora cree?
—Hola. Por supuesto que no, para mí, usted solo es un viejito enano que no puede hacer nada extraordinario.
El gnomo usó su magia para hacerlos flotar a todos en el aire e insistió:
—¿Y ahora, usted, cree?
—No —dijo el escéptico—. Obviamente estás usando la tecnología para realizar este truco. A mí no me engaña nadie. Ahora, déjenme tranquilo, debo irme a casa.
—Pero usted vive lejos —comentó el fantasma—, y muy pronto va a amanecer.
—¿Y qué?
—Pues que usted es un vampiro. Y cuando los rayos del Sol atrapan a un chupasangre…
—¡No soy un vampiro! ¡Y tú no eres un fantasma! ¡Y tú no eres un gnomo! ¡Somos personas normales! ¡Yo soy un ser humano común y corriente! —Y se marchó.
Minutos después un resplandor, un horrendo chillido, humo y cenizas.
Luego, nada.
El fantasma y el gnomo retornaron, riendo, al mundo de las sombras al cual pertenecían.

Sobre los autores: Alejandor Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar

Relato de lo acontecido en Mantua, junto a un vado del río Mincio, en los primeros días de julio de 452 - Daniel Frini


León el Grande, Pontifex Maximus, va al encuentro vestido con toda la gala y magnificiencia de la que es capaz. A un paso lo sigue el consul Avenius; y, detrás de él, los prefectos Trigecio y Aluano. Sostiene fuerte, en su mano derecho, el cayado de pastor de la cristiandad, todo de oro con incrustaciones de las más extrañas gemas.
A León le dijeron que la pompa de Roma asusta a los bárbaros, que Atila es supersticioso, que tiene un enorme respeto por las personas que llevan nombres de animales y que, si bien no le importan los romanos, sí lo aterroriza la cólera de su dios crucificado. 
Pero el Papa sabe que el rey de los hunos no siente respeto por ningún nombre, y tampoco tiene el menor interés en el dios romano. A Atila solo le importa poner de rodillas a la ciudad arrogante. En cambio, a León le tiene sin cuidado lo que el bárbaro le pueda hacer a la Ciudad Eterna. Para él, sus verdaderos enemigos están en Oriente, se llaman Nestorio y Eutiques, y se empeñan en discrepar con los dogmas y en tergiversar la doctrina de Pedro, que habla a través de la voz del Papa. Por esa razón le exigió al emperador Valentiniano que los elimine de la Creación en lugar de pedirle que estacione a las legiones en las afueras de Roma, para defenderla de las hordas del Norte. Sabe, también, que es Valentiniano quien debería estar allí en su lugar; en vez de haber huído a esconderse tras las murallas de Rávena para escaper del saqueo; y que, si él tiene éxito, será la primera vez que el poder espiritual de la Iglesia se imponga donde falló la autoridad temporal del Emperador de Occidente. 

Atila, tanjou de todos los pueblos del norte y del este, martillo del mundo, está montado en su caballo. Lleva el torso desnudo y lleno de tatuajes color azul oscuro; el cabello largo y suelto; unos aros grandes, de oro; y unos brazaletes de plata que ciñen sus biceps. Está erguido sobre su montura, con su espada ―quitada a un general romano; y que, le gusta hacer creer, es la espada de Dios, y prometida para vencer en todas las batallas― desenvainada y cruzada sobre la grupa del animal. Siente curiosidad por conocer al representante en la Tierra del dios de los romanos. Su Mirada es adusta y terrible.
Detrás de él, están los ocho elegidos y su general Chanat.
Avanza para reclamar los territorios que hace unos años fueron de Alarico; y a Honoria, Hermana de Valentiniano, que le fuera prometida en matrimonio, que es otra manera de reclamar el Imperio. A su pueblo le cuesta moverse de un lugar a otro arrastrando tamaña cantidad de carros llenos de tesoros. A veces, se pregunta: «¿Para qué más?»; pero la sed de Gloria puede más. 

A León le dijeron que ese, que puede hacer que Roma se extinga, es muy educado, habla gótico, varias lenguas de los pueblos del norte, griego y, por supuesto, latín. Entonces dice, con corrección académica:
―¿Qué acelga, morocho?
Atila contesta, también en latín, aunque con acento de Panonia:
―¿Cómo andamio, cuervo?
―¿Así que andás con ganas de zamparte Roma?
―Ajá.
―¿Y se podría saber el porqué?
―Mayormente, porque la Honoria quiere que me case con ella. Hasta una carta me mandó. Me ruega que la salve, porque el hermano quiere casarla con un tal Baso; que parece que es medio carcamán. Y un anillo de ella, también me mandó. Mirá ―dice Atila, levantando el anular de la mano izquierda.
―Ah ―observa el Papa ―. Pero si la Honoria no está en Roma. Se fue con el hermano a la Galia.
―¡Notepuócreé!
―Se.
―¡Pero si me dijo que me esperaba allá! ―dice Atila, señalando al sur.
―Pero se fue con el hermano para allá ―dice León, señalando al norte.
―¡Entonces voy igual y me llevo todo lo que tenga valor! ¡Oro, plata, piedras preciosas!
―Piedras, ladrillos, botellas, ánforas pinchadas, pilas de madera para leña…
―¿Ah?
―Que no queda nada de valor en Roma. Alarico se llevó todo hace unos años.
―¡Los tomaré a todos como esclavos!
―¿Y a quién le vas a vender tullidos, desnutridos y viejos desdentados?
―Pero…
―Cualquiera que tenga capacidad de trabajar, hace rato que se fue de la ciudad. Andan por Galia, Lusitania, Alejandría o Constantinopla. Ahí no queda ninguno que sirva.
―¡No jodas!
―En serio. Roma está vacía.
―¡Ja! ¡Al menos, llevaré a mis hombres para que disfruten de las mujeres! ¡Los lupanares de Roma son famosos desde el Mar del Oeste hasta los confines de Asia!
―Eso era antes.
―¿Cómo antes?
―Se. Antes todo era una joda. Pero te hablo de la época de mis tatarabuelos. Desde que llegó éste ―dijo el Papa, levantando su cayado para que se viese la cruz― se puso jodida la cosa. Ahora todos son santos, y el ultimo quilombo cerró hace como cien años.
―¡Nuuuuuu! ¡Pero entonces…! ¡Es un embole!
―Satamente.
―¡Naaa! ¡Si mandé mis espías y me dijeron que es una ciudad fantástica!
―Fantasma. Una ciudad fantasma.
―¡Mirá vo!
―Se.
―¡Pero me imaginaba otra cosa!
―Vos sos un tipo culto ¿no?
―Algo.
―¿Oíste hablar del cielo y el infierno que tenemos nosotros los cristianos?
―Clá.
―Pensá en el infierno. ¿Quiénes van allá? Asesinos, violentos, malvados, taúres, ladrones y ―León hace una pausa para generar suspenso ―…promiscuos, prostitutas, mujeres livianas, mujeres infieles, ninfómanas. Ahora, pensá en el cielo. ¿Quiénes van allá? Santas y vírgenes. Y decime: ¿dónde hay sexo, orgías, vino, hidromiel y partusas? ¿En el cielo o en el infierno?
―Calculo que en el infierno.
―Ahí tenés.
―Ahí tenés ¿qué?
―Roma es el cielo.
―¿Ah?
―¡La pelota que sos lerdo! Roma es la sede de ¿quién? Del sucesor de Pedro, que vengo a ser yo. O sea que yo soy ¿quién? El representante de Jesucristo en la Tierra. Y yo tengo las llaves de ¿qué? Del cielo, claro. Yo vivo en Roma, por lo tanto ¡Los que están ahí van a ir todos al cielo! ¿Entendés?
―¡Ahora! O sea ¿nada de putas?
―Nada.
―¿Nada de orgías?
―Nada.
―¿Nada de sexo?
―Nada.
―¿Nada de bacanales?
―Nada de nada.
―¡Dejate de joder!
―¿Te das cuenta de la cruz que me toca cargar?
―¡Te compadezco!
―Es lo que se dice un sacerdocio.
―¿Y dónde queda el infierno? ―pregunta Atila.
―Por allá ―dice el Papa, señalando el Noreste.
Atila hace una larga pausa, mirando sin pestañear a León, a quien un sudor frío le perla la frente. En ese momento exacto se juega el destino del Imperio de Occidente y la superioridad de la Iglesia sobre los poderes terrenos.
Atila tira las riendas de su caballo, que gira sobre sus patas. Se dirige a sus hombres y les dice
―Vamos.
Roma se ha salvado.

Acerca del autor: Daniel Frini

domingo, 9 de noviembre de 2014

Revolución - Slawomir Mrozek


En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.
Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedo más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese «cierto tiempo». Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.
Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la  vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez «cierto tiempo» también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio—es decir, el cambio seguía siendo un cambio—, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

Acerca del autor: Slawomir Mrozek

Desconexión – Carlos Enrique Saldivar


—¡Al fin! —dijo el científico—. ¡He logrado crear la madre de todas las computadoras! ¡Y con ella he podido atrapar la infinita telaraña de Internet, conectando cada una de sus redes a un lugar común! He triunfado, al fin lograré mi gran objetivo: poner fin a esta enorme pesadilla, liberar al mundo de esta cárcel tecnológica que nos mantiene como animales, presos, idiotizados.
El hombre permanecía deslumbrado ante su magnánima invención, no era un artefacto grande, pero sí una creación genial. Esta iba atrapando poco a poco la enorme maraña de Internet hasta convertirla en parte de sí, de esta manera podría desconectar todas las líneas del mundo de golpe, haciendo que la reconexión fuese imposible. Dentro de poco llegaría el gran final. El sujeto tenía sus motivos personales para realizar el violento experimento. Había perdido a su familia, amigos y prometida por culpa del mundo virtual. Estaba solo y sufría. Había tardado nueve años en crear su fabuloso aparato, y al fin conseguiría su venganza.
El proceso se había completado. La Red y la inquietante máquina ya eran una.
—Únicamente he de apretar un pequeño botón y todo llegará a su fin —susurró el espabilado personaje.
Recordó entonces lo fantástica que era Internet. Lo asombrosa, magnífica e incontenible que podía llegar a ser. El libro de arena de Borges. La dimensión de los sueños de Cornwell. Quizá esta inmensa maravilla era también indestructible. O tal vez no. Era cuestión de intentarlo, de presionar el interruptor para anular el sistema que mantenía al gran prodigio con vida. En cuanto apagara el armatoste todo llegaría a su fin. El científico estaba nervioso, su corazón latía con rapidez. No, no debía acobardarse a estas alturas. ¿Podía salir algo mal? Nunca un ser humano común había llegado tan lejos. Nunca.
Oprimió el botón...
Y ocurrieron dos cosas:
La Internet se mantuvo.
La mente del hombre se desconectó para siempre.

Lima, diciembre de 2007

Sobre el autor: Carlos Enrique Saldivar

El compadre Molina - José Luis Velarde


Antes de venir a verte maté al compadre Molina. No te asustes, dentro de lo que cabe, creo que no padeció. Nada más se le fruncieron los labios y luego se fue de cara sin soltar un pujido. Allí mismo, frente al Estero de las Mojarras, hice un pozo bien hondo y lo enterré amortajado con el suadero de su caballo.
No me veas con esos ojotes de vaca recién parida, al fin y al cabo el difunto ya descansa en paz y a mí no me queda otra que volver con los carrancistas del general Patiño, si me quedo aquí capaz que me fusilan.
Regresé muy contento pensando en el gusto que te iba a dar, pero apenas me acerqué al pueblo me dieron el chisme. Te vieron con el compadre en el río. Qué lástima, más de tres veces me sacó de apuros, no se rajaba nunca con los pesos ni con las armas y menos si se le ponía enfrente una vieja franjolina como tú.
No, no te arrecholes en ese rincón, no te voy a pegar, aunque me gustaría amarrarte al palo del chiquero y que tragaras lo mismo que los puercos, pero ya ves que no. Agarra tus tiliches y lárgate, porque ya no aguanto las ganas de reírme. No porque te vayas, sino por el último favor de mi amigo.
No sé cómo diantres te metiste con él. ¿Recuerdas la llaga que traía el compadre más enconada que un pinolillo? ¿Te acuerdas de sus dolores de cabeza y de lo amolado que estaba por las reúmas?
Qué bueno, porque ahora te va a pasar lo mismo. Mi compadre ya no tenía remedio. Por eso lo ejecuté sin remordimiento. A ver si tú encuentras quién te mate, porque de otro modo tendrás que sufrir los mismos dolores que tuvo Molina.
Todo por culpa de esa pinche enfermedad que pegan las pirujas.

Sobre el autor: José Luis Velarde

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Los zombis en el salvaje oeste - Guillermo Vidal

Lo habían llamado desde niño Toro rascándose, porque no le gustaba moverse al ritmo infernal de los demás guerreros de la tribu Sisux. Aunque eso no le impidió ser útil y a su estilo cansino aprender por sí mismo a realizar el rastreo de las manadas para después ofrecer la información y evitar búsquedas infructuosas. Incluso descubrió otras especies para incorporar a la cacería, lo que aumentó la provisión de alimentos pero evitando que una sola variedad de animales fuera afectada y tomando solo lo necesario. Rastreando una manada en época de migración se encontró cara a cara con un carapálida, algo poco común en esos parajes donde todavía los invasores no incursionaban. Éste poseía el color amarillento común entre ellos con el agregado de un tinte verdoso de los cadáveres, incluido el intenso olor fétido. No era algo que pudiera incomodarlo, el olfato era un don preciado entre los Sisux. Lo asombró ver con qué avidez masticaba un enorme bisonte que al parecer había cazado sin ninguna ayuda. Lo llevó con él al poblado, allí lo llamaron de inmediato el cadáver que camina. A los pocos días un destacamento de soldados carapálida se presentó.
—Ustedes tienen un zombi —dijo el soldado al que los otros obedecían, el capitán Rick—, es ese que camina como si estuviera alcoholizado, es peligroso.
—Se refiere al que huele muy mal. Está alcoholizado, pero la bebida lo pone melancólico, no agresivo.
—Muerde y puede contagiar.
—No entre nosotros.
—Tenemos que llevárnoslo, es para protegerlos —explicó el capitán Rick.
—Oh, sí, ya sabemos qué clase de protección ofrecen los carapálidas. Cadáver que camina es parte de los Sisux. Es muy amable con los pequeños, aunque habla poco y cuando lo hace no le entendemos nada, el lenguaje carapálida es oscuro. La única particularidad es que siempre esta con hambre y come todo el tiempo pero no engorda ni un gramo. Aunque es muy útil para cazar, los animales no lo perciben como una amenaza y es capaz de voltear un bisonte de dos mordidas.
—¿No los ataca?
—No.
—Entre nosotros atacó a todo el mundo. Hay otros como él que ya atrapamos, están muertos y para que no se levanten hay que destrozarles el cráneo o se dedican a arrancar la carne de cualquier ser viviente hasta que lo vuelven como ellos.
—¿Les dieron de comer?
—¡No!
—Nosotros sí, le dimos de comer, no es muy educado para masticar pero eso no es un crimen, además ahora nos ayuda en la cacería. ¿Eso de tratar bien a los otros a ustedes no se les ocurre que pueda ser importante, verdad?
—Pero está muerto.
—El hombre está muerto y aun así no lo dejan en paz. Ya sea porqué tiene la piel oscura, los ojos estirados, vestidos raros, o lengua diferente, los carapálidas siempre están listos a disparar. Siempre encuentran un pretexto para perseguir a la gente.


Acerca del autor: Guillermo Vidal

El callejón sin salida - Ana Caliyuri

Camino por el borde de la cornisa del imponente edificio. Estoy dispuesta a asesinarlo, claro que no será cosa fácil matarlo y luego huir.
El Dr. Hollystone ha sido de gran ayuda, hasta hoy en que deberé aprender a no escucharlo. No es cosa fácil, él es un hombre convincente, pero estoy dispuesta a hacer caso omiso a sus recomendaciones.
Le tengo vértigo a las alturas y no obstante ello, aquí estoy: agazapada como lince al acecho.
Los transeúntes, al verme en la punta del rascacielos, alzaron sus testas. Seguramente parezco un diminuto punto en el cielo mismo, aunque como ellos, también yo transcurro inadvertida por este lar llamado Tierra.
No alcanzo a distinguir sus delimitados cuerpos ocupando gran parte de la acera. Yo trato de extender mis confines. Los límites los he dejado a un costado de mi cuerpo. Alcanzo a divisar a través de los cristales de un inmenso ventanal al Dr. Hollystone; porta en sus manos un reloj antiguo que pende de una cadena. Lo mueve de un lado a otro, me quiere hipnotizar. Grita varias veces:
 
Artemisa, Artemisa, baja de ahí.
Me causa pena el Dr. Hollystone, tan empeñado en cuestiones del ego y el alter ego; aún no comprendió que soy un avatar. Ya hace mucho tiempo que la engullí a Artemisa, ahora voy por Apolo.


Acerca de la autora: Ana Caliyuri

lunes, 27 de octubre de 2014

La almohada ergonómica - Virginia Cortés


 Sí, señorita. Le repito que no deseo asentar una queja sino saber si la puedo trasplantar sana y salva. Usted no me está escuchando. ¿Hola? ¿HOLA? Pero la puta madre…

Una planta había crecido en mi almohada. No diré que de la noche a la mañana, pero en un período relativamente breve, sobre todo teniendo en cuenta que yo no la había plantado ahí.

Tengo mal dormir, soy alérgica a la picadura de mosquitos, abejas y no se cuántos bichos más, problemas en las cervicales, en vías respiratorias y con todos los tauro y géminis, así que probé comprarme té de tilo, una almohada ergonómica, cantidad de Loratadina, un nebulizador de los que no hacen ruido y una carta astral por internet por la que me habían advertido en insistentes mails que era “tan exacta que da miedo”.

Una noche algo en la almohada me picaba. Otra noche era más bien un pinchazo cuando me giraba de determinada manera. Luego simplemente me resultaba incómoda. Me parecía que tenía durezas, que estaba despareja, en fin. Podría ser por el uso, trataba de decirme a mí misma, pero sin mucha convicción. La almohada anti-ergonómica fue perdiendo protagonismo en mi cama, pateada y desplazada al vacío espacio “del acompañante” o a los pies, hasta que un día noté un fino tallo verde asomando de la blancura nívea del poliestireno.

Me asombró, no diré que no, y muchísimas dudas inundaron mi mente, pero una cosa era cabalmente cierta: eso era una planta y había que regarla. Así lo hice mientras le transmitía a Berta (me pareció que tenía cara de Berta), una a una todas mis preguntas, y a falta de respuesta de su parte, también mis especulaciones.

Pensé en trasplantarla, pero temí que sus raíces, delicadamente entrelazadas con la almohada se dañaran. Se me ocurrió entonces llevar la almohada con todo y Berta al balconcito, pero cualquier viento podía encajonarse ahí y sacar volando a Berta con la ligerísima almohada. En la mesada de la cocina, al lado de la ventana realmente no había espacio para la almohada. No parecía haber lugar mejor que la cama. Y allí volvió después de la breve peregrinación departamental.

Con Berta preparamos las nueve materias de derecho que me quedaban, hicimos el duelo del Gran Matías, de tres chongos casuales y de una compañera de la facu que estaba muy confundida y bastante buena. Para cuando instalé el 40” en la habitación, ya le asomaba redondo y prometedor un capullo de alguna flor. Empecé a anticiparme a cómo sería la flor, sus colores, su perfume. Incluso me replanteé el nombre, porque Berta es un nombre de una robustez injustificada si llegaba a ser una violeta de los Alpes, por ejemplo. No parecía que lo fuera, tenía el tallo carnoso y firme, pero es un decir.

Al tiempo que abrió su primera flor, empezó a brotar otra, y pronto aparecieron otras dos más. Eran como bocas dentadas, verdes por fuera y rosadas por dentro. Su perfume era bastante desagradable, y ya estaba por deshacerme de ella cuando una noche de insomnio se cortó la luz. Hacía un calor de horror y sin poder usar el ventilador. Abrí el ventanal de par en par. No entraba nada de aire. Mosquitos, sin embargo, entraron unos ocho mil. Los oía zumbar y sentía sus vientos pequeños cuando volaban sobre mi cara. Puteé a Edesur y me preparé mentalmente para empezar a los cachetazos desesperados en todas direcciones. Traté de recordar si tenía Raid en aerosol y una máscara antigases, pero el tumulto pareció disiparse en el aire. Pronto ya no había más zumbidos, ni vientitos, y me dormí como una reina del Sahara.

A la mañana siguiente Berta estaba rozagante, gordita y sus flores dentadas parecían sonreír satisfechas. De una de ellas asomaba una patita fina de algo que podría haber sido un mosquito.

Me dio risa. Después de todo, yo me hice vegetariana recién a los 15.

Acerca de la autora: Virginia Cortés

Todo lo que hace falta - Cristian Cano


Llovía como nunca. Agarró la botella con las dos manos y se arrimó a la vidriera para observar la calle. Era ella, estoy seguro. Los brillos que el empedrado soltaba recortaban como con tijeras las figuras grises de la gente. El trasfondo de la avenida era brumoso e inquietante, hasta que recordé que ella siempre estaba en ese café. Al momento olvidé todo, y entré. No miré las primeras mesas debido a un primer miedo irreconocible. No quería abruptos. La intriga me carcomió, pero insistí y me senté en la barra para pasar un rato. Mientras preparaban mi cortadito, aguardé su realidad extraña abrumar mis segundos. Y fue así, porque la botella golpeó la barra, muy cerca de mis manos. Le dije que me había parecido verla, y sonrió sin abrir los labios: esa mueca que se esquina en un costado de su cara, sin preocupación ni miedo a perder muchas veces.

Acerca del autor: Cristian Cano

viernes, 17 de octubre de 2014

El arte de comprender – Ana Caliyuri


 John Speek era un niño aficionado en el arte de montar caballos. Una tarde de abril conoció el mal carácter de un pura sangre. Cayó pesadamente sobre una valla dispuesta allí para el circuito de salto. Sintió un fuerte dolor en su espalda, y creyó no sentir más las piernas. Luego de unos minutos, todo retornó a la normalidad y John, un tanto avergonzado por el espectáculo que lo había tenido por protagonista, escondió su rostro tras su padre. La familia decidió que el niño debía tomar clases de equitación. Su madre solía repetirle hasta el cansancio:
—John, tú puedes. Es cuestión de mentalizarte.
—Madre, no subiré más a un caballo…decía el niño por lo bajo.
Una noche en que estaban reunidos durante la cena, el niño dijo:
—¡Padre! Hoy no he saltado ninguna valla, pero dí muchisimas vueltas montado sobre un alazán hermoso.
Su padre, un hombre ocupado en el negocio inmobiliario, le devolvió una ausente sonrisa. Su madre en cambio, sentía henchidas las venas del orgullo. ¡John sería un gran jinete!
Como todas las tardes, salía John rumbo a las clases de equitación de la mano de Clarisa, la niñera.
Ella, demostraba alegría en su rostro cada vez que debía realizar tal tarea pues,sentía una fuerte atracción por Antonio, el encargado del Club, tal es así, que sólo reparaba en el niño a la hora de regreso.Así se sucedieron varios meses, hasta que la madre del niño decidió ver los avances de su primogénito. ¡Hoy le daré una gran sorpresa a mi niño! Es el momento indicado , pensó ella, pues John ama tanto los caballos que cada día relata con pelos y señales el aspecto de cada uno de ellos. La noche anterior, el niño visiblemente emocionado, le había dicho:
—Madre, que he montado uno blanco con pintas negras. ¡Corcovea y me aferro, ya no me caigo!
Ese comentario la impulsó definitivamente a concretar la idea de ir a verlo durante la clase junto al instructor. Esperó que Clarisa y el niño se fuesen rumbo al Club. Sorpresas, son sorpresas, se dijo a si misma. Tomó su auto y en cuestión de minutos, estuvo aparcando en el estacionamiento. Descendió del auto y con paso seguro se dirigió a la pista de equitación. Miró hacia un lado y otro, pero no divisó a John, tampoco a Clarisa. Una leve inquietud se apoderó de su cuerpo. Seguramente el profesor estará dando clases en otro lugar, pensó. Preguntó aquí y allí,acá y acullá, pero nadie había visto a John, ni a Clarisa ni al instructor.
Hizo esfuerzos por recordar el atuendo de su hijo, pantalón de montar, sweater color marrón y el infaltable casco de salto. La mirada pareció multiplicarse. Sin embargo, su hijo no estaba a la vista.
Una dulce melodía la condujo hacia uno de los salones del club. A John le gustaba la música, seguramente estaría alli. Recorrió los metros que la separaban del amolio salón con visible premura. Al entrar al lugar divisó a Clarisa, y un suspiro de alivio la recorrió enteramente. Luego, la voz alzada de su hijo John la sustrajo de los pensamientos.
—¡Madre! ¡Madre! ¡Mírame! ¡No me caigo! ¡Súbete conmigo!
La voz se perdía en el salón sin que ella pudiese reparar el lugar desde donde partía la voz.Ya la música dulzona, le comenzaba a molestar los oídos,no obstante ello, volvió a escuchar.
—¡Madre! ¡Súbete!
Divisó el casco del niño, la sonrisa plena de felicidad y el corazón de Teresa latió apresurado. Observó con detenimiento las facciones de su niño, el gesto feliz de todo su cuerpo. Sin dudarlo, se aproximó a la plataforma giratoria y en un instante estuvo junto a él. La calesita siguió girando, esta vez, John había montado un caballo dorado con arabescos azules y rojos.

Sobre la autora: Ana Caliyuri

Parar la olla – Héctor Ranea


—¿Sabe que me encontré con Vincent? ¿Se acuerda? David Vincent.
—¡Ah! Pensé que hablaba del holandés… ¿Trabajaba combatiendo a Los Invasores, verdad? ¿En qué anda?
—Repara computadoras como negocio pantalla en Triunvirato y Avenida de Los Incas.
—¿No me diga! ¿Pantalla!
—Sí, ni hablar; en realidad recupera oro de la mayoría de lo que le traen. Oro, Niobio, Tantalio y Tungsteno. Está en la cadena de comercialización del Coltan, mire lo que le digo…
—¿Así que en el mercado negro! Me deja sin palabras.
—¡Negrísimo! Se lo vende a los Invasores.
—¿Qué! ¿Se pasó al otro win?
—Y… se sabe. Tiene que parar la olla. Por un lado nadie le daba ni bola. Ya ni réitin tenía. Encima meta con eso de que si no puedes vencer a tu enemigo… únete a él. El tipo no aguantó. Tiene cuatro pibes, creo.
—¿Cuatro? Creí que había quedado estéril después de tanta exposición a la fogata en la que exterminaba a Invasores. ¡Qué cosa! Uno no tiene en cuenta el sacrificio de esta gente…
—Y sí. Escribió varios libros de autoayuda, pero no consiguió nada de tela. Los editores se quedaron varias veces con su hígado.
—¿Qué libros, che? Me interesa porque soy un coleccionista.
—Tiene uno sobre ayuda para encontrar pájaros comestibles en las planicies de Nuevo México, otro de Manejo nocturno en carretera, uno de Reconocimiento de ovnis a la luz del día o durante la noche…
—¡Claro! Muy específicos. Al lector típico eso no le va.
—Como será que el único que le dio unos pesos fue uno sobre reconocimiento de Invasores.
—¡Pero eso es fácil! Se les reconoce por el meñique de la mano derecha. Ellos no pueden abducirlo.
—Lo mismo le dije yo y me contestó que en la serie lo habían inventado.
—¡Qué desilusión! ¿O sea que no? La cantidad de gente que uno podría haber mandado en cana… Menos mal que yo siempre dije que a la televisión mucho no hay que creerle…
—Menos mal. Lo que sí me dijo (y me regaló la información porque el libro está agotado) es la verdadera manera de reconocer extraterrestres.
—Y dígame, ¡ya que está! ¿De qué manera nos damos cuenta si estamos ante Invasores? O sea, la verdadera manera, claro.
—Parece, según David, que todos los varones cuando nos agachamos se nos ve la raya.
—¿Perdón? Por más que pienso… ¿Qué raya?
—No me haga poner escatológico, don.
—¡Ah, pardón! Continúe.
—No se sonroje. Está todo bien. El tema es con las mujeres. Están las que cuando se agachan también se les ve y las que no.
—¡Oh, pardiez! Supongo que a las que no, se las podría catalogar como… ¿No, no es así?
—Para nada. A las terráqueas no se les ve. Pasa que los Invasores copiaron todo pero ahí supusieron que eran iguales.
—Pero eso es incompleto, diga. ¿Y si son todos varones, cómo hago?
—No sé. No se me ocurrió. Para mí que Vincent nos quiere embromar, ¿no le parece?
—Ahora que lo dice… Supongo que querrá usar la información para seguir parando la olla. Si nos dice todo, capaz que se le termina el negocio. ¿Cómo dicen los gringos? Bísnes is bísnes…
Días después.
—¿Sabe que le pregunté a Vincent?
—¡Ah! ¿Volvió sólo para preguntarle eso de la raya del culo de los varones?
—Necesitaba un poco de coltan y aproveché.
—¿A usted también le está fallando el celular?
—¡Qué le parece? Es un problema. Todos andamos igual. Nos tendríamos que unir y que larguen esto de vender antenas de celulares que se autodestruyen. Es una estafa. Una estafa. Mire, después de todo, lo que le dan a uno en el negrero de David Vincent. Ahora se lo muestro… ¡Oh, se me ha caído! Con este peso…
—No hay problema, se lo alcanzo.
—Me va a tener que disculpar, buen señor, pero no me queda más que matarlo. ¡Usted es un Invasor que se lleva el Niobio a Zertao 23! Lo descubrí, gracias a que a usted no se le ve la raya.
(Aparece David Vincent)
—¡Detente! Este es mi contacto, si me lo amasijas estoy frito.
—Pero… pero… ¡Es un Invasor! ¡Usted me dio todos los datos! ¡No se le ve la raya del culo, como usted me dijo!
—Pero la vida es así, mi muchacho. Tengo que parar la olla. Lo siento, tenemos que proceder.
—¡Qué! ¡Por qué me miran así? ¿Me van a matar? ¡No, no me maten! Yo también soy Invasor. ¡Soy de la centésima décimo primera legión, tercera invasión, vengo de Marte!
—¡Otro perdedor! Vincent, mándelo a la nave. Éste va para la olla comunitaria en la Pequod 41. Esta noche, los niños comerán marciano.

Sobre el autor: Héctor Ranea

Una isla hermosa para naufragar - Daniel Frini


Algo salió mal cuando el colisionador alcanzó los mil ciento cincuenta teraelectronvolts y los iones de níquel impactaron en los isótopos de plomo. Nunca se supo qué falló, y en el Crater de Laconnex ―una perfecta media esfera, de treinta kilómetros de diámetro y quince de profundidad; que va desde lo que era Bellegarde-sur-Valserine, en Francia, hasta Cologny, en Suiza; y que se llenó con las aguas del Lago Lemán y de los ríos Ródano y Avre― ya no existe nada que permita un análisis.
Hablaron de disfunciones magnéticas, de vacío cuántico, de un microagujero negro inestable, de strangelets y catalización a materia extraña, de monopolos y decaimiento de protones. Sin embargo, nada está claro.
Tampoco han podido explicar los fenómenos colaterales.
Los doctores Wagner y Sancho aventuraron la hipótesis de la Esponja Cuántica. 
―Carece de sentido indagar sobre la causa ―dijo Wagner ―. Fuera lo que fuese, ocurrió una vez; y se debería construir un acelerador similar para estudiar, con detalle, aquel hecho. El riesgo es muy grande y existe un acuerdo general en no volver a incursionar en ese campo. Sin embargo, es interesante conjeturar sobre las anormalidades marginales que tienen lugar ahora. Creemos que el espacio-tiempo presenta una estructura similar a la de una esponja metálica de cocina donde las hebras de metal actúan como caminos. La imagen más próxima que se nos ocurre es la de un gran laberinto en el que usted puede pasar de una habitación aquí en la tierra, por ejemplo, a otra en una galaxia a millones de años luz de distancia, y a otra habitación en el centro de una estrella supermasiva, y a otra y a otra más. Asimismo, al pasar de un cuarto al siguiente, habrá cambiado de tiempo; digamos que a cualquier momento en el pasado. Y cuando llegue a otra habitación lo hará en cualquier momento del futuro, tan lejos o tan cerca como se imagine. Como es lógico, ese inmenso laberinto que abarca todo el Universo y todos los tiempos, debe ser imposible de resolver. Es probable que el Incidente de Ginebra, sea cual fuere su causa, haya roto una pared y nos haya unido a ese esquema infinito.
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Apoyado en su barcaza de madera, concentrado, el viejo reparaba la red de pesca, en la arena de una playa pequeña, al sur de la isla de Sikinos. Una borrasca persistente fustigaba al Egeo. Notó la presencia del otro cuando lo tuvo a unos pocos metros. 
Levantó la vista: a su frente estaba un hombre no muy alto, musculoso; de piel aceitunada, y vestido con ropas antiguas; el torso descubierto, sucio y con un olor más próximo al de un establo que al del mar. El pescador estuvo a punto de sonreir, pero la postura imponente del otro y la espada corta que llevaba en la mano derecha, lista para atacar, le infundieron cierto temor respetuoso. Notó que en la mano izquierda apretaba, con fuerza, un pedazo de hilo blanco de dos codos de largo. 
El recién llegado habló, con voz enérgica, en una lengua que al otro le resultó familiar, pero ininteligible. Como pudo, mediante señas, se hizo repetir por dos veces, hasta que entendió: el guerrero hablaba su mismo idioma, pero de una manera distinta, cerrada y, se figuró, muy antigua. Al final, el pescador entendió:
―Me llamo Teseo ―dijo el guerrero ―. ¿Tiene usted idea de dónde puede haberse metido Ariadna?

Acerca del autor: Daniel Frini

sábado, 11 de octubre de 2014

Tratado surrealista VIII - Esteban Moscarda




Definiciones. Ángeles que bajan a tomarse un whisky con vos, sí, con vos lector. Vos estás ahí y los ángeles te vienen a tomar el Glenlivet ese que tenés hace décadas. Y vos definiendo, porque sí, definiendo el humo del cigarro de seda y de hierba que te prestó un duende. Definiendo el sueño que acabás de tomar con soda, sueño de galpones oscuros y caminos de tierra manchados por el río turbio, el puerto lleno de putas y los bares cerrados porque ya todos están ebrios y en sus casas de cartón. Vino. Sí, y miel. Y lluvia sobre paradas de colectivo sin techo. Vos con traje y el peso del día gris sobre tus hombros firmes pero cansados, cansados de tanto estimulo visual, cansados —los hombros y tu cara— de tanto culo y tanta mugre y tanto pasillo y tanto hospital y tanta mentira y tanta fruta y tanta merca y tanta crisis y tanto iodo y tanta carne y tanto odio y tanta tantísimas cosas que mejor tomar un whisky con los ángeles, total después del Glenlivet te clavarán un cuchillo y te regalarán los brazos y las piernas de miles de vírgenes…



Acerca del autor:  Esteban Moscarda


La reina Lupita - Luciano Doti



Los pibes del lugar habían oído que a esa chica, que iba ahí algunos fines de semana, le decían “Lupita”. Además, se habían tomado la molestia de averiguar que no se llamaba Guadalupe. De allí que naciera en ellos la inquietud de querer saber por qué la apodaban así. Como en pago chico el infierno es grande, por rumores supieron que tenía que ver con una antigua reina llamada Lupa. Eso los llevó a guglearla, y entonces conocieron su leyenda y el significado de ese nombre que en latín quiere decir “loba”.
A partir de ese momento, comenzó a gestarse una nueva leyenda, la de Lupita. Esa nueva leyenda venía con diferentes versiones según quién fuera el narrador. En una de ellas, Lupita era una lobisona que en las noches de luna llena erraba por el bosque lindero a su casa, matando y devorando a sus víctimas. Ésa era la que más gustaba a los pibes.
Una noche de plenilunio, en que Lupita había llegado a pasar el fin de semana con unos amigos de la ciudad, los pibes se acercaron a la casa del bosque esperando ver algo. Lo que vieron no fue lo que habían imaginado, pero era incluso más gratificante: Lupita participaba de un bacanal junto a sus amigos bajo la luz de la luna; montada sobre uno de ellos, se movía y aullaba como una loba en celo. Los pibes recordaron lo que habían leído sobre la palabra “lupa”: que de ella también deriva “lupanar”.


Acerca del autor:  Luciano Doti


Faltan dieciséis y van cero a cero - Daniel Frini


Está parado en el centro del campo. Apenas participó en el partido.
En el área del equipo contrario, la jugada es confusa para suponer un riesgo serio. El arquero toma la pelota y saca del arco con un derechazo imponente. La pelota se confunde con las luces del estadio, y pasa la mitad de la cancha. Alguien la recibe de cabeza, otro se arrastra y toca mitad pelota, mitad pantorrilla. Un compañero suyo despeja. 
Ve que la pelota viene hacia su zona. Sus músculos se tensan. El balón cae, suave, a tres metros por delante suyo. El arco está lejos, pero sólo se interponen un defensor y el arquero. Corre. Pasa la pelota de pie a pie. Un toque a la derecha y el defensor queda atrás. Ve al arquero que sale a achicar. No lo piensa. La emboquillada es perfecta. Uno a cero. El gol se recordará por siempre. Él ya es leyenda. 
El partido sigue trabado y nada cambia el resultado. El árbitro marca el final. La Libertadores es suya. El estadio se cae, todos corean su nombre. Invaden el campo, alguien lo levanta en andas, le arrancan la camiseta, los botines; las medias desaparecen. Le gritan, lo tocan, le pegan, le tiran el pelo. Lo adoran.
Algún fanático arrancó el silbato del árbitro y empieza a sonarlo a unos centímetros de su oído; con mucha fuerza, hasta hacerse molesto. Gira su cabeza para buscar al cargoso, pero solo ve manos que lo buscan.
Su mujer pasa la mano por sobre él y apaga el despertador. 
―Apurate ―le dice ―. Después llegás tarde y el Mudo te descuenta el presentismo.
Mientras orina, recuerda que alguna vez, cuando era chico, tiró una emboquillada en el campito que estaba cerca de las vías, donde ahora está el corralón del Tano; pero el arquero era el gordo Pereyra, que le llevaba dos cabezas, así que la atajó sin problemas.

Acerca del autor: Daniel Frini

martes, 7 de octubre de 2014

Almas de diamante - Fernando Andrés Puga


— Aquí tiene, mi princesa.
Ella extiende la mano y aguarda. Cuando palpa la suavidad del vestidito y de las alas que tiene en la espalda, responde.
— Gracias, señor Quasimodo. Esta hadita azul es una de las más bonitas que me ha traído. Vino del cielo ¿verdad?
— Sí, desde cielos lejanos, montada sobre una golondrina.

Después de sonreírle, Esmeralda se aleja del brazo de la chica que la acompaña hasta el puesto de muñequitas de porcelana fría que Quasimodo tiene en la feria artesanal que se inauguró hace un año en la plaza del barrio. Desde aquel lejano día, pasa cada domingo a buscar un hada. Juntos le inventan un color, le ponen un nombre, le entonan canciones de cuna y vaya uno a saber cuántas otras cosas. No se ausenta ni aunque llueva o el frío se haga sentir. 

Hoy Esmeralda no vino y ahora que el sol se pone y hay que levantar los puestos, Quasimodo se resiste a partir. Ya llegará, se esperanza, pero con la noche cae también la ilusión de volver a oír esa voz cantarina capaz de transformarlo por un instante en el príncipe que la llevará a palacio en su brioso corcel.

Acerca del autor: Fernando Andrés Puga 

El ejército de las sombras – Sergio Gaut vel Hartman & Ana Caliyuri


Era uno de esos días lluviosos y gélidos de pleno invierno. Margot, intentaba arroparse con su abrigo, pero sus esfuerzos por protegerse no impedían que la fina lluvia la empapara. Caminaba abstraída en sus pensamientos y aún así sentía el frío en su cuerpo. Anochecía, y la ciudad, entre medias luces, prácticamente desierta, aunque se cruzó con algún ocasional transeúnte, resultaba desoladora. Parecía caminar sin rumbo alguno hasta que algo la hizo detenerse. En apariencia, era una inmensa figura de color plomizo, inquieta, en medio de la acera. Sintió temor, y no obstante ello decidió aproximarse. Los pasos, progresivamente más lentos, el temblor de su cuerpo y el corazón acelerado eran síntomas que Margot conocía demasiado bien. De pronto, divisó un oscuro charco. Espejismos, sin duda, se dijo a sí misma. No quería verse reflejada en ese ancestral pozo. Sin embargo, no pudo evitarlo y se inclinó para ver de cerca el aguazal, y apenas lo hizo oyó las voces y los llantos. Luego, todo fue oscuridad. El corazón de la mujer se detuvo; ella era efímera pero el ejército de las sombras es inmortal. En el último instante supo que no había por qué alarmarse: estaba siendo reclutada y pronto renacería como un soldado más.

Acerca de los autores: Ana Caliyuri - Sergio Gaut vel Hartman

Madame y yo – Raquel Barbieri


Salgo a caminar en busca de un poco de aire oxigenado porque deduzco que mi malestar físico y anímico se debe a una mala combustión de la estufa de mi dormitorio que hace que mi cerebro produzca pensamientos tristes y mi cabeza estalle de dolor. Tengo una sobredosis de monóxido de carbono que ha logrado que mi manera de pensar de hasta hace poco, haya cambiado casi totalmente. La química tiene un gran efecto en los seres vivos y yo estoy sometiéndome voluntariamente a ella, por pasividad, por dejadez o tal vez por falta de temor a una contaminación paulatina de mi sistema.
Entonces, como todo tiene un límite, tengo que salir; agarro la calle sin rumbo y pienso en cosas, en las grandes decisiones, en las pequeñas e insignificantes, en mi mundo interior plagado de contradicciones. Tomo envión y camino cada vez a paso más veloz, y me alejo. Siempre me han dicho que es difícil seguirme el ritmo de la caminata, pero es así la manera en que funciona para mí, respirando profundamente y soltando el aire en siete, diez veces, cantando para adentro como cuando nado en la pileta, o hablando bajito conmigo misma cuando veo que nadie está cerca. Mi barrio da para eso porque es posible caminar tres cuadras sin cruzarse con nadie. 
La estufa era mi gran amiga, luego pasó a ser una amiga a secas, después una desconocida antipática y ahora se ha convertido en una acechanza que me espera cada día, que hace arder mis ojos y estallar mi cerebro; también calienta mi cuarto, lo cual no es poco, aunque su calor está saliéndome caro. Esta amistad se ha convertido en una relación forzada por las circunstancias, por su ensañamiento combinado con mi negligencia; mala junta. No sé cómo abordarla, cómo decirle que nuestro vínculo es tóxico, como se usa ahora describir ese tipo de relaciones enfermas. Así somos nosotras, y cuando ella-- llamémosla Madame La Chaleur—me ofende con sus emanaciones, me voy, huyo lo más lejos posible y respiro un aire frío y purificador, seco o húmedo, lejano a las malas intenciones de Madame L. C.
Me siento amenazada por su presencia y no me atrevo a entrar tanto a mi dormitorio, sólo lo justo e indispensable; la miro de soslayo para que ella piense que no la percibo, para que ella sola intente morirse y me obligue con dicha muerte a encontrar a una nueva amiga que sólo me dé calor sin envenenarme y sin exigir tanto de mí. La muy puta no se da por aludida. Entonces, para ofenderla solapadamente, abro la ventana de par en par y anulo su efecto nocivo. Al parecer, ella hace lo mismo que yo, me mira de reojo y sigue con su objetivo en mente, que no es otro que matarme. Y es vehemente.
El otro día decidí ir a dormir a mi estudio. Tiré el colchón de las visitas al piso y me arropé; sin embargo, ella parecía llamarme a la distancia. No pude pegar un ojo. Me levanté con un cansancio extremo y añorando la comodidad de mi cama.
Ya está. Tomé una decisión sabia. Dejaré a Madame La Chaleur sola y me iré con mi perro. Viviremos en la calle, aquí cerca nomás; ya tengo visto un pequeño terreno baldío discretamente ubicado, un sitio ideal para esconderse. Cualquier cosa haré, menos darle el gusto a la maldita. Se quedará más sola que cualquier otra estufa en este mundo, y lo que es más importante, no tendrá a quien asesinar. Tendrá toda la casa a su disposición, si quiere. Yo me llevaré unas frazadas y el carrito de las compras con mis pertenencias más básicas. Tejeré un pullover para mi perro y estaremos bien en el baldío. 
Sí, creo que tomé la decisión más sensata y lógica.

Acerca de la autora: Raquel Barbieri

Llaves - Héctor García


Le voy a contar un secreto: tengo la facultad, por cierto bastante peculiar, de encontrar en mi bolsillo, y al primer intento, la llave indicada para abrir o cerrar la puerta que se halla frente a mis narices en un determinado momento. Por supuesto, la única condición necesaria (algo no trivial, como podrá apreciar), es poseer la llave adecuada.
Usted dirá que, más que peculiar, esta facultad es algo estúpida. Permítame entonces introducir lo que algunos dan en llamar, quizás de forma impropia en estos casos, "condiciones de contorno". Si su llavero consta de cincuenta y dos llaves, y si además el tiempo, o el clima, o su esposa, o su marido, o su amante, o su jefe (o todo eso junto, o cualquier otra cosa o combinación de cosas) apremia, sabrá ver que esta habilidad inclina la balanza más en favor de la peculiaridad (y, sobre todo, de la utilidad) que de la estupidez.
No obstante, tal vez pueda usted seguir en su postura acerca de la futilidad de mis poderes. En ese caso déjeme agregar algunos detalles que, con suerte, harán que cambie de opinión. Resulta que este don no se aplica solamente a puertas de edificios y de vehículos en general, sino a todo tipo de cerraduras: hablo de candados (de bicicleta, de moto, de auto, de lo que se le ocurra), de cofres, de cajas fuertes, de armarios, de casilleros, de tanques de combustible, de motores, de turbinas... y la lista podría seguir indefinidamente.
Si a esta altura aún no le he convencido, deje que me explaye un poco más. Dígame, ¿cuántas veces ha oído hablar de bocas cerradas, de mentes impenetrables, de corazones herméticos? Ante cualquiera de estos obstáculos, el mero uso del gesto indicado (ya sea una mirada, un sonido, un suave movimiento de manos o la más sencilla de las palabras) equivale para mí a una llave con la que acceder, de forma prácticamente instantánea, a todo tipo de confidencias. Créame que, gracias a esto, puedo incluso doblegar la más férrea de las voluntades y alterar los sentimientos y los pensamientos de la gente a gusto y placer. Basta, como ya dije, con tener la llave correspondiente. Si, por ejemplo, finalmente le he persuadido sobre este asunto, querrá decir que entre estas palabras he utilizado la indicada para ello.

Acerca del autor:  Héctor García

jueves, 2 de octubre de 2014

Adictiva y cautivadora - Ada Inés Lerner



Nadie hubiera pensado que la tía Esther pudiera hacer algo así. Su suegra había hecho lo mismo, y la tía deploraba eso. Supo decirme, alguna vez, que por ese navegar a la deriva, sintió vergüenza ajena. La tía mantuvo silencio y luego el tío Negro se fue y toda la perra vida y también llegó Esthercita con su pequeño sol y bueno, ahora la tía había cortado amarras...
Por algún motivo la tía Esther regresó. Convenció a su amiga Mary y reservaron mesa. Esa noche la tía se maquilló con pequeños detalles y se vistió con sus mejores galas, aquella pollerita negra que tan bien le queda y la blusa blanca de cuello volcado que destaca su piel morena. Puso especial cuidado en elegir los zapatos de taco.
Encontré a Mary en el bar de la Estación. Prometió contarme. Está sentada en una mesita frente a la única ventana. Me saluda con cariño:
-Bueno, mirá no sé que le pasó a tu tía, dijo que sólo quería ir a bailar pero cuando llegamos buscó la mesa de él y se esmeró en saludarlo, creo que lo quiere pero a su manera y a su manera, la espanta.¿viste? Él miraba lejos o no quiso verla. Ya ubicadas, él cabeceó y la tía entendió las cosas a medias o las entendió bien, ¡vaya una a saber!
-Sí, nos ha pasado a muchas ¿Y entonces?
-Teté cabeceó y se pararon las dos, Esther y una, muy joven, sentada a su derecha; Teté salió a bailar con la otra, y tu tía se quedó en la mesa, con cara de perro atado al fondo ¿viste?.
Yo conozco esa situación, la mujer permanece con las manos varadas en la falda, vencida sobre las rodillas vacilantes, como un signo de pregunta que se agota en la mirada, mirada que naufraga en la orilla de un lago.
-¿Qué pasó luego?
-Un tanguero nuevo, en lo del Chino, la cabeceó y por supuesto ella aceptó, para darle celos al otro; el tipo resultó ser un cachafaz pero Esther siguió con él hasta que terminó el cuarto tango de Pichuco y volvió a la mesa. ¿Viste? Llegaron las milongas, Teté eligió otra compañera y a Esther la vi más tarde salir del toilette y me contó que estaba la otra, peinándose:
-Ché ¿cómo hiciste? –le preguntó una amiga-. ¿Viste?, me sacó Teté, baila suave, qué hombre! - ¿Lo conocías...?. - Algo, de la clase de tango - Todas la relojearon con admiración y envidia, claro
-¡Mary! –Un amigo. Se sentó a nuestra mesa y le presenté a tu tía. Volvió la tanda de tangos cuando mi amigo la invitó a Esther – Mary parece dudar, acaricia un medallón que lleva al cuello- bueno, ella aceptó. Después las milongas ¿viste?. Siguieron charlando entre los valses y se fueron temprano. Al día siguiente Esther no fue al laburo, el martes tampoco.
-¿Y entonces?
-Bueno, apareció el viernes, dijo que había estado enferma, el tronpa estaba furioso, pero como no tiene una costurera tan buena se lo bancó ¿viste? Aunque vos sabés que Esther...
-Sí, ya sé, no es la primera vez que desaparece con un fulano. Desde que el Negro se fue...
Me despedí de Mary y me dirigí a la casa de la calle Esquiú, la de los viejos del Negro. Y ahí la encontré. Plancha el delantal de Esthercita y matea con la suegra. El mismo perfume y la misma sonrisa con que abrió espacio en el tiempo para ser aquella muchacha con la mirada opaca y resbaladiza como piedrita hundida en el lago y la pollerita cuadrillé y de último, en los pies, las alpargatas.
-¿Cómo estás, tía? ¿A qué hora vas a laburar?
-En el segundo turno – desenchufa la plancha y se vuelve desafiante:- esta noche hay milonga y no quiero faltar, ¿sabés?
-¿Adónde vas a ir, tía?
-Es sábado, si las chicas quieren vamos a La Estrella, dicen que se pone bueno...
-Entiendo y ¿el tío? –Esthercita me saluda, sale con la abuela, a comprar dijeron.
-Y mañana a San Telmo, es verano y Pedro el indio organiza. Después, a eso de las once nos vamos a Almagro.
-¿Volviste a ver a Teté? -Silencio, interrumpido sólo por el agua que caía en el termo
-A veces en lo de José.
-¿Y el tío Negro? -insistí
-Hace años ... Le estaba prometiendo... Que hoy, que mañana. - Sorbe un traguito. Silencio
Se encoge de hombros y se mesa el pelo – Nunca más quiso ir a bailar ni esperar a que se me acabara la cuerda ... – se ríe, busca mi complicidad.
Pensé en el tío Negro, frío como un pescado dicen. A todos nos gusta la milonga pero la tía había sido siempre así, y el tío Negro y su familia... Flotan sin anclaje. Viven para la milonga y el levante. Esther se pasa los dedos por el pelo; y su mirada queda anclada en la espuma del amargo
-Un roce turbado, un candil envejecido, a gatas una pregunta y luego los brazos de un hombre con todas las promesas. ¡Después! ¿Qué importa del después? Así dice el tango, no?- Aprieta fuerte la manija de la pavita y camina hasta el sumidero. Quizá cree que puede elegir momento y lugar en la vida; los ojos de la tía se enturbian cuando tropiezan con una foto de Teté y ella, bailan. Quizá no está intranquila. Quizá me ha olvidado pero no, se vuelve hacia mí:
-Hay otra vida, ¿sabés? Adictiva y cautivadora, en la milonga...
Suena el timbre. La tía aprieta mi mano y sonríe, toreándole a la vida y al tiempo.


Acerca de la autora:  Ada Inés Lerner

Línea sucesoria – Héctor Ranea


—¿Cómo dijo?, ¿Kazka? ¿Entendí bien? —dijo el Dr. Furcis, el encargado de ablaciones.
—Efectivamente, soy el último de la serie.
—Según el anágrafe, además, es el único vivo.
—En efecto Kaaka murió en 1823 en una novela de dos centavos que escribió por encargue Flash Dickens.
—¿Cómo dijo?, ¿Flash Dickens? A ese aún no lo tengo.
—Es que publicó con pseudónimo. Eso. Escriba pseudónimo. No vaya a poner seudónimo que me viene la carraspera.
—Pero Kaaka murió hace mucho para nosotros, aunque no tanto para ustedes. ¿Lo conoció al famoso Kauka?
—Tío abuelo de mi abuelo. En los mentideros de la familia se dice que es tío por parte de la abuela. Hay un poco de cruces por eso.
—¿Y qué escribió? —cambió rápido el frente el Dr. Furcis como para forzar una contradicción.
—¿Kauka? Que yo sepa escribió un poco sobre el monóxido de carbono, sobre las manchas de estaño y una guía de restoranes de Praga. Se hizo famoso por un graffiti en la entrada de una posada.
—Me refería a usted.
—¡Ah! Perdón. Escribí una novela que quiere ser la continuación de América, del recontra-tatarabuelo Kafka.
—¿La tiene consigo?
—Ni loco la saco a pasear. Es peligrosa. Si la lee un desprevenido puede sentir demasiado terror. América es de terror, ¿sabe?
—¡Me lo va a decir a mí! —replicó casi con orgullo Furcis—. Estuve en todas. Pero en esa suya no lo recuerdo, le juro.
—Es que usted en esa continuación (no digo que no haya otras) apenas hace un papel de funámbulo dormido o sonámbulo y se cae a los dos capítulos de empezada la novela. 
—¿Muero y nadie me dijo nada? ¡Estos de la editorial son obscenamente crueles!
—Es que, en realidad, no lo hemos publicado aún. Está muriéndose.
—¡Acabáramos, muchacho! Bueno, supongo que mis últimas palabras serán: Gusto de haberlo conocido Mr. Kazka, saludos a Franz.
—Serán dados, pero me temo que por usted.
—Claro. Sí; claro. Tiene usted un gran sentido del humor.
—Heredado de Franz, por supuesto —contestó Kazka. Furcis ya se había excedido más allá de las últimas palabras, pero serían borradas de su archivo.
América seguirá navegando hasta que la publiquen: Kazka not dead.

Acerca del autor: Héctor Ranea

Arenga del Mariscal Zamudio al Octavo Ejército de soldaditos de plomo - Daniel Frini


Dirigió su ejército en veintiséis batallas, en cinco guerras. Las ganó todas. Recibió la Legión al Mérito, la Orden de Oro, tres veces la Cruz de Honor, cinco veces la Medalla al Valor en Combate. Fue nombrado Caballero de la Cruz de Hierro y Caballero de la Estrella Militar. Dejó el servicio activo con honores de Estado. Vivía alejado de la ciudad y de los juegos del gobierno. 
Hoy peleó la última batalla de su vida. 
Se encontraba en el sótano de la casona. 
Sobre la gran mesa en la que estaba maquetado el escenario del Some, uno de sus preferidos, esperaba su ejército: a la derecha, el Tercer y el Cuarto cuerpos ―doscientos cincuenta soldados de infantería y cinco piezas de artillería―. A la izquierda: el Primero y el Segundo ―trescientos soldados y ocho cañones―. Al centro, los ochenta integrantes de la Guardia Imperial y los ciento cincuenta combatientes del Sexto Cuerpo de caballería. Atrás, el Quinto de infantería, el Séptimo de Caballería y la Novena Guarnición de Artillería, con veintitrés cañones.
El Mariscal Zamudio vestía sus ropas de combate y cargaba todas sus medallas. Estaba reclinado, con sus nudillos apoyados en la mesa y los ojos cerrados. Todo estaba en silencio.
El viejo Winco carraspeó. En él giraba «La cabalgata de las Valquirias», del amado Wagner; en la versión de Furtwängler, de mil novecientos cincuenta. Apenas sonaron los chelos y tremolaron las maderas, el Mariscal habló:
―¡Soldados! ¡La hora del combate ha llegado! ¡Ustedes van a completar la obra más grande que el Supremo ha encomendado a los hombres: la de salvarnos de la esclavitud! ¡El día es hoy! No mañana, ni la semana próxima ¡Aquí y ahora! ¡En nuestra casa, en nuestro hogar!
Sobre la lluvia del disco, ascendió la escala de vientos y las cuerdas otorgaron una intensidad marcial. Fue como si se descorriese un manto de nubes, dejando ver a las Valquirias. 
―Camaradas de armas: ¡Somos invencibles! ¡Nadie nos negará, nadie nos desafiará, y nadie nos dirá quiénes somos, qué somos y qué podemos ser! ¡La derrota no está en nuestro credo! ¡La debilidad no está en nuestro corazón! ¡Tenemos agallas, tenemos huevos! ¡No hay cobardes entre nosotros!
Fagots, trompas, y chelos dieron paso al piano que creció hasta llegar al forte. Las Valquirias montaron sus caballos y galoparon hasta donde estaba el ejército. La progresión armónica tiñó el aire de misterio.
―Compañeros míos: ¡El enemigo que vamos a destruir, se jacta de treinta años de triunfos, de haber vivido apretando nuestras cabezas con su bota, pero no es digno de medir sus armas con las nuestras, que han brillado en mil combates! ¡El final de este día nos verá con nuestras espadas ensangrentadas o en la gloria de Dios!
La tonalidad cambió y se hizo más triunfalista. Las Valquirias celebraban y cantaban juntas. 
―Hermanos del alma: Subiendo esa escalera está el enemigo. ¡Carguemos contra él! ¡Derramemos su sangre! ¡Arranquémosle las entrañas y usémoslas para engrasar nuestras armas! ¡La Libertad será hija de ustedes! 
La música era impresionante. Todas las maderas hacían el trémolo, los fagots, las trompas y los chelos llevaban el ritmo de la cabalgata; las trompetas, los trombones y los contrabajos tocaban la melodía, con el acento marcado por los platos. Violines y violas dibujaban el ruido de los cascos de los caballos. 
―¡Soldados!: ¡Estoy orgulloso de comandarlos en esta lucha! ¡Mío es el honor de llevarlos al campo de batalla! ¡Conquistaremos aquello que no se ha conquistado! ¡Viva nuestra lucha! Octavo Ejército: ¡Armas a discreción! ¡Paso de vencedores! ¡A la carga!»
La espectacular escala descendente de las cuerdas acompañó el grito de las Valquirias. Los ojos de algunas de ellas estaban llenos de lágrimas. El resto, contuvo la respiración cuando el viejo héroe, blandiendo su sable, subió la escalera de tres en tres escalones. 
El Mariscal Zamudio perdió su última batalla. 
―¡Ah! ¡Ahí está el señor jugando a los soldaditos! ―dijo su esposa apenas Zamudio apareció en la cocina, con el sable en alto― ¡Dejá esa cosa antes de que te lastimes! ¿Dónde estabas? ¿Con tu glorioso ejército? ¡Hace dos horas que te llamé! ¡Andá a lavar esos platos!
El Mariscal bajó la cabeza, dejó la espada, se calzó los guantes de goma ―aún vestido de combate y con todas sus medallas en el pecho―, abrió el agua caliente, tomó la esponja, le puso un chorrito de detergente y tomó el primer cacharro sucio. Mientras, su mujer miraba la novela.
Las Valquirias desaparecieron, silbando bajito, apenas el brazo del Winco llegó al final del disco y el automatismo lo llevó a la posición de reposo. 
El Octavo Ejército de soldaditos de plomo ni siquiera se movió de la mesa.

Acerca del autor: Daniel Frini

sábado, 27 de septiembre de 2014

La basura que cayó del cielo – Guillermo Vidal


La costumbre de mandar la basura a la órbita y a viajar por el espacio terminó de manera imprevista cuando en todo el planeta llovieron desechos. El hedor era insoportable producto de la basura que caía en forma de lluvia constante sobre los techos desde el día anterior. Sin advertencia previa una mañana habían salido a la calle para encontrarse con montañas tapando las casas y los negocios estaban cubiertos de botellas de plástico vacías y papales de oficinas. “Reciclen” había sido el único mensaje recibido en todo el mundo enviado desde la órbita por naves de seres desconocidos. Luego descendieron maquinarias robóticas que procesaban y compactaban la basura y el siguiente mensaje fue: “Traigan la basura separada por materiales y dejara de caer sobre ustedes”. La resistencia fue inútil, cuando empezaron a reciclar disminuyó la lluvia de los desechos. Durante varios siglos la humanidad estuvo cargando basura hasta que un día los robots recolectores se alzaron de la tierra y se perdieron en el cielo. El último mensaje fue: “Ahora que limpiaron su casa pueden seguir jugando, cuiden o volveremos”.

Sobre el autor: Guillermo Vidal