El iceberg - Adriana Alarco de Zadra


En medio de una neblina tupida y rodeada de agua por todas partes, trato de enfrentarme a la cruda realidad: me estoy muriendo. El frío me hiela hasta los huesos, no siento la cara y el último pez que hubiera llenado el vacío que siento en el estómago, se me escapó de las manos entumecidas y volvió a caer al agua.
Una niebla húmeda, persistente, gris y muda que atenúa los sonidos y los sentidos, las visiones y los sabores, una soledad infinita, una tristeza sin fin, es todo lo que me rodea.
Al rato me refriego los ojos para quitar la escarcha que se acumula en las pestañas. Una pared alta y blanca, casi transparente se va acercando al bote o quizás yo me voy aproximando; aún no he decidido lo que está sucediendo realmente.
El olor a sal se hace más fuerte, el sabor del último erizo me rebrota a los labios, el sonido del viento vuelve a estallar en mis oídos. ¿Regreso al mundo o me estoy embriagando de delirios?
Por la pared resbala el agua a chorros, lo que es inconcebible. ¿Se está derritiendo una isla ante mis ojos? Sí sé que cierta parte del planeta está en época de deshielo, pero ¿tan rápidamente? Olas impetuosas me empujan hacia el borde de la isla transparente que es de hielo lleno de carámbanos, sombras y fantasmas.
Anclo mi bote entre rocas blancas y bajo con precaución para no resbalar por los cauces que abren grietas en el suelo helado del lugar. Increíble es la cascada que vertiginosa cae al mar desde lo alto. Como un volcán de agua, como un crujir de témpanos, como un disolverse de la materia sólida en otra líquida, como un deslizamiento de tempestades que abre un barranco en un páramo de hielo.
¿Quién soy? ¿Alguien me pregunta que quién soy?
Una mujer extraviada, una exploradora, una náufraga de un barco ballenero sin hogar ni rumbo fijo. Quise ser descubridora, conquistadora, navegante, comandante; llenaba mi vida de sueños y mis ojos de mar. Mi vida se acaba y soy una gota de agua más en esta inmensidad. Yo no soy nadie. Puedo existir o no existir, soy algo más en medio de la vida que prosigue. ¿Y, cuál vida?
Camino como sobre escamas de hielo que se comienzan a fundir y a deslizar bajo mis sandalias que no me protegen del frío. Estoy entumecida cuando veo filtrarse entre la muralla de nubes grises un rayo de luz. Me detengo y alzo la cara hacia esa luz. Esa luz que es vida, que da vida, que ilumina la vida. Pero nada se mueve a mi alrededor.
El frágil suelo que piso, en cualquier momento se hunde y puedo terminar mis días atrapada en un hielo transparente.
El fulgor se hace más fuerte. ¿Es movimiento lo que veo?
Una sombra detrás de la muralla que se está derritiendo me hace pensar que hay algo más que yo en medio de los témpanos helados. Me aproximo mientras un destello refleja sobre los cristales y me ciega. Distingo una sombra que, al diluirse el entorno, descubre una nave distinta a todo lo que he visto antes. Es muy grande y redonda; rodeada de puntas que empiezan a girar lentamente, y esos extremos como cuchillos van rajando las paredes como tratando de librarse de un cascarón que lo oprime. ¿Se está liberando o está naciendo? Es enorme. Se desliza hacia la cascada y el agua termina de descubrir su inmensa mole. Es de metal brillante que gira y lanza rayos brillantes desde algunos orificios. No puedo moverme aunque el glaciar parece que se estuviera hundiendo. El frío o el rayo me han paralizado. Sólo observo, girando los ojos, lo que tengo alrededor. Mi cuerpo ya no me obedece. Me voy a congelar y me va a cubrir la escarcha de esta isla.
Saliendo de la cascada un ser extraño se aproxima. Un ser con sólo un ojo en medio de la frente. Un cíclope infernal, un monstruo que estuvo prisionero de la roca helada. Siento que me levanta con dos brazos escamosos, metálicos, potentes, y yo sigo inmóvil como una estatua de hielo. Sus pies enormes se dirigen hacia la nave que ha abierto un tabique en un costado. ¿El cíclope quiere raptarme, subyugarme, comerme, matarme? ¿Es un ser extraterrestre? ¿Es un sueño, un delirio o me estoy muriendo y es el camino al más allá?
Me desmayo del terror mientras la niebla alrededor va encerrando en su muralla helada el misterio de esa nave incógnita.

Magnífica charca de pájaros – Héctor Ranea


El bajo de Casalins es, al decir de pobladores de las ciudades aledañas, uno de los que más pájaros reunía, si no el que más en el mundo. Evidentemente, estas cosas se saben y no faltaban pullas entre los vecinos de La Chumbiada y los parroquianos de Newton acerca de quiénes vieron más pájaros en ciertas temporadas. Y los tienen catalogados. En los museos se conservan las narraciones de los viejos paisanos hechas ahí en el bar. Hubieron quienes quisieron filmar la llegada del primer flamenco cubano al bajío o los que tiraban la suerte, interpretando las formas que parecen escribir en el aire los tordos azules o los chorlitos de Australia en lugar de la zoncera esa del tarot. Los gavilanes, águilas negras, águila zapatuda, cóndores andinos, halcón peregrino y demás rapaces se hacían festines memorables con los teros, avechuchos azules de las Orcadas, chajáes pichones que fenecían entre tanta turbamulta de pájaros. Se llegaron a contar más de cien formas diferentes de pájaros mariposa, pájaros picaflor, pájaros veleta. Poblaban sin duda en forma mayoritaria la charca, las garzas blancas y la overa, las garzas de Fontainebleau que venían con alisos cálidos hasta estas pampas, los chingolos de Canadá y Martinica y los caranchos, pero no duden que habrían encontrado ñandúes, aves fragata, lechuza de campanario y de vizcacheras y otras que parecían ciertamente palimpsestos de aves en extinción, como los reales benteveos de Curaçao. Pájaros carpinteros que se quedaban sin eucaliptus, calandrias que luchaban como toros por mantener su espacio, horneros en tanta cantidad que no alcanzaba el barro para sus casitas y los gorriones que venían a robar lo que podían de lo que dejaban los otros. Y así, sin poder nombrarlos a todos, los pájaros se mecían entre el pelo del agua y la flor del aire.
Desde Solanet, La Reforma, Real Audiencia y otros pueblos se congregaban para el avistaje señoras de misa diaria, aceiteros y mecánicos de tractores, adolescentes como nosotros venidos hasta del otro confín de la cuenca, viudas y, por supuesto, autoridades en la época de elecciones.
Hasta que un día sopló un viento del Oeste Sudoeste que dejó al agua del bajo pero le quitó las plumas hasta los chajáes, que se cuentan entre las aves más difíciles de desplumar. Ese viento embarró la cosa porque los patos y los gansos no pudieron llegar, se volaron las moscas a otras acequias más al norte, las mariposas perdieron el polvo que les daba el color y todo bicho, hasta los peces, fue arrancado de las aguas e incinerado vaya uno a saber en qué hondonada del Salado. Eso, sumado a que el barullo de nosotros los turistas no dejaba a las aves copular decentemente escondidas, hizo el resto.
Ahora hay muchos pájaros, es cierto, nadie podrá negar esto, pero ni sombra, ni sombra de lo que una vez fuera el bajío. Será el calentamiento global, será la afluencia de turistas que predan con sus fotos todo el paisaje que se amustia, pero curiosamente ahora, hoy día, hasta las garzas azules nos vienen a pedir un poco de ginebra para pasar el frío en el bajío de Casalins.

La muerte y la naranja – Lord Dunsany


En la mesa de un restaurante de un país del sur, dos jóvenes morenos estaban sentados con una mujer. Y en el plato de la mujer había una pequeña naranja con una risa diabólica en el corazón. Y ambos hombres miraban todo el tiempo a la mujer, y comían poco y bebían mucho. Y la mujer les sonreía a los dos por igual. Entonces la pequeña naranja cuyo corazón reía rodó suavemente fuera del plato y cayó al suelo. Y los dos jóvenes morenos se agacharon al mismo tiempo para buscarla, y de pronto se encontraron bajo la mesa, y no tardaron en intercambiar palabras filosas, y el horror y la impotencia se apropiaron de la Razón de cada uno cuando se sentó indefensa en el fondo de la mente, y el corazón de la naranja rió y la mujer continuó sonriendo; y la Muerte, que estaba sentada en otra mesa con un hombre viejo, se levantó y se acercó a escuchar la querella.

Título original: Death and the Orange
Traducción del inglés: GvH

El abominable hombre de las nieves - Antonio Mora Vélez


En la escarpada cumbre del Kinchinyinga, casi cegado por el brillo del sol reflejado sobre la nieve, el alpinista divisó la presencia de un ser extraño. "El abominable hombre de las nieves", dijo para sí y se dispuso a enfrentarlo. Había leído mucho sobre él y estaba preparado para hacerlo.
El alpinista se detuvo y aligeró su indumentaria. Tomó en sus manos su pistola de rayos láser por simple precaución y se puso los anteojos de contraste para verlo destacar mejor en el contorno blanco. El abominable hombre de las nieves se quitó las escarchas de su rostro barbudo, tomó un libro entre sus manos, una especie de cuaderno de bitácora, y se lo quedó mirando fijamente.
—What can I do for you? —le preguntó el alpinista luego de un instante de duda y temor.
El hombre de las nieves examinó al intruso de arriba a abajo y le contestó acremente.
—Yanki, son of a bitch, go home!
Entonces el alpinista guardó su arma, recogió sus alforjas y desanduvo el trayecto con soberbia. Primero llegó al monasterio del Karakorum y reprendió a los monjes por no saber nada del hombre de las nieves. Luego diría en una rueda de prensa en Bombay que el mítico personaje no era de este mundo, y finalmente se marcharía con rumbo a Washington. Allí comunicaría a sus superiores del Pentágono que la ciudad subterránea de Shambhala era inexpugnable y que ya nada se podía hacer para conquistarla.

Partir – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


El viejo agarró el diario de ayer y miró el horario de los trenes. Se dio media vuelta y vio que en el andén de la estación el tren se preparaba para partir hacia la ciudad donde él había nacido. En el diario no figuraba ese tren, pero sí uno que salía cinco minutos más tarde. ¿Qué son cinco minutos para uno como yo?, pensó el viejo. Y se sentó mirando al parque. Sobre una rama baja de un árbol reconoció un pájaro que, cuando era un niño, había visto en la ciudad a la que se dirigía ahora. No se acordaba cómo se llamaba pero era más o menos como cualquier pájaro. Es más, no podía acordarse cómo lo reconoció como de su pueblo. Alguna pluma revirada, alguna mancha en la cabeza o en el pico que no había en otros pájaros.
La señora de la bolsa de plástico que pasó frente al viejo lo saludó cortésmente. Pero él hizo un movimiento apenas perceptible con la cabeza. No le gustaba entablar conversación con desconocidas, menos en el parque. Y aún menos ahora que estaba por partir hacia la ciudad donde había nacido. ¡Qué se cree ésa!
Mucho tiempo no debió haber pasado, porque el sol seguía en el mismo lugar y también el pájaro, hasta que un niño vino a darle agua y saludó al viejo, quien respondió con un hosco encogimiento de hombros. Se le estaba haciendo tarde y el tren no aparecía. Estudió de nuevo los horarios y vio por primera vez que junto a sus pies el niño había dejado un tablero de ajedrez donde se veía una partida que estaba a punto de terminar. El viejo no recordaba nada; sólo quería dos cosas: no tener que hablar con el chico y no perder el tren. Pero no pudo evitar lanzarle una mirada a la partida.
Le llamó la atención que el caballo ocupara una casilla inadecuada, o tal vez era que el caballo negro sólo podía llegar ahí si se daban ciertas condiciones. El viejo no sabía cuántas movidas se habían realizado, pero las calculó de a poco. Cuarenta y dos. Algo escribió en su cerebro y recordó que él había cabalgado hasta un monte con alguien a la grupa. No debería estar aquí, dijo la joven; y él se vio en sus ojos: también era joven. Fue entonces que se entusiasmó. ¿Eso era tener memoria? ¿Recordar a esa joven? Pero tal vez esa joven nunca existió, pensó el anciano.
El tren apenas se notaba en la vibración de las vías. Llegaba desde muy lejos, como esa sensación del caballo extemporáneo. O la del alfil blanco que amenazaba al caballo pero no se animaba a matarlo, azuzado por la reina, templado por dos peones. El viejo estuvo a punto de ceder, pero cuando advirtió que venía el tren, tomó el tablero, trepó la escalerilla, recorrió el pasillo, se sentó y, una vez acomodado, siguió estudiando la siguiente jugada. ¿Cuál era la siguiente jugada? Así pasó la tarde, callado, contemplando cómo se viene la muerte y entendiendo por qué había querido perder la memoria, pero a su vez bendiciendo al niño que le ayudó a recobrarla.

Todo el tiempo – Sergio Gaut vel Hartman

El viejo ató a los perros y apagó la luz del galpón. Gruñó al salir al patio cuando se llevó por delante el bidón de querosén, como si se tratara de un obstáculo que alguien hubiera puesto en su camino deliberadamente, y volvió a gruñir en el interior de la casa cuando Ankara, la gran gata de angora, cuyo nombre era la mejor prueba de su humor retorcido, saltó del sillón de mimbre al catre maullando sin entusiasmo. David siguió con sus rutinas, que incluían la activación del campo de fuerza y la conexión de los tubos de cataforesis. Bufó una vez más y maldijo entre dientes al ver que unas gotas de aceite habían manchado la alfombra. Tenía que recordar, ser más cuidadoso en el futuro, aunque sabía que aquello era poco realista: las fugas de memoria eran inevitables, funcionales al procedimiento. Sacudió la cabeza y volvió a protestar. No podía evitarlo; a pesar de que sabía que era un hombre afortunado estaba harto de todo. Miró de nuevo a la gata y sonrió por primera vez en el día, o en muchos días. Luego, con la mayor parsimonia, sacó el cuerpo del cubículo en el que había estado guardado durante setenta años y se preparó para transferirse. Quedaban otros cinco. Muy pronto tendría que transferir también a Ankara, si no quería ser el único ser vivo del planeta durante los siguientes tres siglos y medio.

Enfrente - Salvador Mira

Había acompañado a mi abuela a uno de esos entierros de familiares lejanos que yo no conozco hasta que me dicen que se han muerto ("sí, el tío Augusto, ¿no te acuerdas") y que se producen con una frecuencia de 2-3 al año en mi caso, que tengo una serie de tíos y primos de edad avanzada bastante numerosa, y una abuela a la que le gusta ir de luto a llorar por personas que no ve desde hace 40 años. Así que la dejé con la comitiva fúnebre y me fui a dar un paseo por el cementerio, aprovechando la soleada mañana de domingo que había salido.
Hay gente que los cementerios (igual que los hospitales) le producen mal cuerpo. A mí no, por pocos sitios uno puede pasear más tranquilo. ¿Macabro? Bueno, a lo que iba, estaba yo paseando cuando me encontré a un tipo que iba estudiando nichos y lápidas o algo así. Cuando sintió mi presencia, se sintió ruborizado, y empezó a explicarme torpemente:
- Verá, yo... es que estoy buscando una lápida, ¿sabe?... no, una lápida no... un nicho, ¿entiende?... Es para enterrar a mi madre...
- Vaya, ¿ha muerto su madre? Lo siento mucho...
- No, no, mi madre está viva (y que dios guarde muchos años), pero es que mi padre está enterrado aquí (señaló una lápida) y yo quiero que mi madre esté enfrente de él. No al lado, no, enfrente, porque mis padres incluso dejaron de dormir juntos hace mucho tiempo, porque a mi madre lo que realmente le gustaba no era estar a su lado, sino enfrente, para observarlo.
Lo dejé allí con sus cavilaciones un poco sorprendido. ¿Mirar a su padre? ¿Estando muerta y metida en una caja de madera? Hay veces que es mejor no discutir demasiado estas cosas, y menos en un cementerio, así que me largué a recoger a mi abuela, que seguía con la llorera, y que me dio el viaje recordando lo flamenco que era el tío Augusto de joven.
Como suele ser habitual, a los 4 meses se murió otro primo, o tío, o lo que fuera, y como de costumbre me tocó ser a mí quien llevara a la abuela. Aquel no era un día tan soleado, de hecho el otoño estaba siendo bastante fresco, y corría el viento arrastrando hojas y levantando polvareda. Pero huí, como suelo hacer, me fui a pasear y me volví a encontrar al mismo tipo. Estaba hablando con el enterrador. Yo hice como que no lo reconocía, pero él no tardó en acercarse a mí, con una falsa (o no) alegría, como quien ve a un viejo amigo.
- Hombre, me alegro de verle.
- Ah, perdone, no lo había reconocido, ¿ya encontró el lugar adecuado para enterrar a su madre?
- Bueno, lo encontré y lo reservé, pero ahora he venido a decirle al enterrador que ya no importa.
- ¿Y eso?
- Pues que mi madre, que es diabética, se ha quedado ciega. Entonces, no podrá ver a mi padre, ¿qué importa que la enterremos allí o no?
Me marché de allí completamente indignado.

El reencuentro - Eduardo L. Poggi

Me bajé del auto y entré en ese lugar desconocido, casa o sala o galería o lo que fuera.
Del techado colgaban enredaderas repletas de flores acampanadas, algunas de un intenso azul violáceo con el borde redondeado, otras de un púrpura muy oscuras que escondía el azul. Y otras salpicaban pequeñas cantidades de amarillo anaranjado que hacían resaltar aún más el conjunto. Todas tenían algo en común: o su forma acampanada o su color degradado a medida que se acercaban al tallo, o el color blanco cuando entraban en contacto con él, o el rojo incluido en ellas.
Al frente de ese lugar, había un fuerte resplandor de un sol que lastimaba la vista. Sus rayos se filtraban entre las enredaderas que componían el techo. Las campanillas bailaban por la brisa, y los colores jugaban entre las sombras despidiendo un aroma agradable y extraño.
De aquellos pétalos surgían acordes simulando los bronces de las puertas de entrada, formaban una suave melodía que hacía agradable la estadía. Entre las enredaderas distinguía el aletear de mariposas multicolores haciendo equilibrio en la brisa.
En un ángulo de ese lugar vi una sombra en contraluz. Le sonreí sin saber quién era. Me acerqué más. Al mismo tiempo lleno de congoja y de felicidad, vi que sus labios devolvían mi sonrisa. Mi esposa Lety me miraba con cariño, y atiné a levantar el brazo buscando cortar una campanilla azul violáceo para colocarla en su cabello. Pero desapareció entre mis dedos. En mi mano quedó un jugo pastoso de la flor marchita o de la flor pintada. Entonces vi a Lety bajando su cabeza, señalando el piso cubierto de campanillas caídas. Una alfombra de flores nos rodeaba.
Lety hizo un gesto con su brazo. Apuntaba el dedo índice hacia uno de los lados. Miré y vi dos figuras caminando por la alfombra de colores. Se pararon más allá de las enredaderas. Las corrieron y entraron a ese lugar extraño, con sus pies salpicados por el jugo pastoso de las flores marchitas o de las flores pintadas.
Se acercaron despacio, con movimiento rítmico, como en cámara lenta. Eran mi amigo Gustavo y su esposa Daniela. El azar hizo que nuestras vidas volvieran a cruzarse; hacía más de treinta años que no nos veíamos. Dudamos en saludarnos, pero finalmente nos dimos un abrazo y terminamos los cuatro sentados y charlando como si pudiéramos resumir en ese rato casi la mitad de nuestra vida. Rehusábamos hablar de aquellas circunstancias que nos separaron a las que me referiré más adelante.
—Estás viejo —me dijo Gustavo mientras seseaba al hablar por faltarle algunos de sus dientes.
—Estamos —le dije—, los años no pasaron en vano, y dejaron sus huellas.
Huellas que mostró levantando sus brazos y haciendo manitas con los ocho dedos que le quedaban. Era carpintero, y aquella vez la mano caprichosa se fue debajo de la sierra que le amputó la mitad del índice y pulgar derecho.
La conversación se parecía a esas que habíamos escuchado de nuestros mayores antes de interrumpir la amistad. A mi sordera derecha, consecuencia de un síndrome vertiginoso, él le opuso la suya por calcificación de los huesos del oído interno.
—Ves, fijate los audífonos que tengo en las orejas —y mostraba ambos lados de la cara.
—No, la mía es permanente porque el nervio auditivo está muerto —le explicaba.
Recuerdos, opiniones, vacaciones, hijos. Casi una vida.
No nos fue posible recuperar en esas seis horas los treinta años de amistad perdidos. Ni el esfuerzo que hice para resumir conceptos, ni el empeño que Gustavo puso para dar inútiles detalles, sirvieron para salvar lo pasado. Treinta años sin hablar ni vernos por una idiotez a la que me iba a referir, pero de tan poca importancia que no vale la pena perder tiempo en describirla.
Sin embargo teníamos una nueva oportunidad. Y ahí estábamos, cruzándonos en el camino.
—¿Y tus hijos? —pregunté.
—Allí están, esperando en el auto. —Los míos también aguardaban.
Gustavo los recordaba mejor. Él había convivido más que yo con los suyos.
—Este lugar es extraño y placentero —se me ocurrió explicar —. Es la primera vez que Lety y yo bajamos.
Al decir esto, me confundí recordando que... Mi pensamiento lo interrumpió Gustavo al comentar que ellos recién llegaban cuando nos encontramos. Y recordé la figura de Lety señalando la entrada de Gustavo y Daniela y... Las cosas no encajaban, estaban desfasadas en el tiempo. Yo había entrado con Lety y la encontré enfrente de mí. Me convencí que todo era producto de la emoción.
Gustavo y yo decidimos recorrer ese lugar místico. Nuestros pasos quedaban marcados en las flores marchitas o las flores pintadas esparcidas por el suelo. Y sin embargo, al caminar, no se escuchaba sonido. Sólo los eternos acordes que surgían de las flores.
Me sorprendió el comentario de Gustavo.
—¡Qué lástima que no sea verdad lo que vivimos!
No entendí muy bien lo que quiso decir. Me miré en el brillo espejado de las flores y me vi pálido. No sé si porque estaba pálido o por la palidez de la luz que ahora nos rodeaba.
—Parece que estamos en la Luna —dijo Lety pegando un salto y quedando suspendida en el aire por un lapso tras el cual cayó sobre el jugo pastoso de las flores—. Fue como flotar —explicó, relatando la experiencia de su salto.
Al disiparse la nube de ese lugar —casa o sala o galería o lo que fuera—, se llevó el jugo pastoso de las flores marchitas o de las flores pintadas.
Y todo quedó sumergido en el más profundo silencio.
—Nosotros vamos de vacaciones a la costa —le dije a Gustavo.
—Nosotros volvemos —me respondió él.
Tuvimos la suerte de cruzarnos en la ruta.


Y nuestros hijos aguardaban el retiro de los hierros retorcidos.

El erróneo incidente del perro a medianoche - Gilda Manso

Don Cosme mira por la ventana y espera. O espera y mira por la ventana. Afuera llueve; adentro, también. Es metáfora y no: hay una gotera en algún punto de la habitación de Don Cosme. Hay goteras en todo el asilo.
Don Cosme se pregunta cuándo irá Javier a visitarlo. Los días pasan iguales, siempre. Afuera llueve o hay sol, pero Don Cosme sigue adentro, porque una tarde Javier decidió que ahí, en el asilo, estaría mejor. Don Cosme no tiene ninguna enfermedad que requiera una continuidad de cuidados profesionales; si fuera eso, él lo entendería. Pero Don Cosme sólo tiene vejez, y entonces no sabe por qué su hijo lo puso en ese lugar en vez de dejarlo en la habitación de su casa, donde trataba de no molestar.
Hubo un incidente que podría explicar el presente de Don Cosme, pero eso ocurrió hace muchísimos años, cuando Javier era un nene. Don Cosme ni lo recuerda; es probable que tampoco lo recuerde Javier. Resulta que Javier quería un perro, y Don Cosme se lo compró. Durante un tiempo, todo fue bien. Pero el perro dejó de ser cachorro y dejó de ser gracioso, y empezó a ladrar y a hacer pis y caca en lugares donde no debía. Y entonces Don Cosme dijo que el perro se tenía que ir.
Buscarle un nuevo hogar llevaría mucho tiempo, y Don Cosme no tenía ganas de necesitar tiempo. Después de todo, pensó, es sólo un perro. Esa noche, bien tarde, para que los vecinos no lo vieran (siempre hay algún chiflado que respeta a los perros tanto como a los humanos), subió al perro al auto (Javier quiso ir con él), anduvo cuatro o cinco kilómetros hasta llegar a una plaza, se bajó del auto, ató al perro a un árbol, se subió al auto y regresó a casa. Empezaba a llover. Y Javier sintió (aunque claro, no pudo explicarlo así), que en todo ese ritual había algo de traición. Es decir: al perro le había enseñado que ésta es tu casa, ésta es tu cucha, éste es tu plato de comida, y de golpe, una medianoche, lo dejan atado a un árbol de una plaza y se van. Y el perro ladraba, como es lógico. Y cada vez quedaba más lejano, porque el auto avanzaba y el perro seguía atado, y Javier supo que su padre lo había atado porque, de haberlo abandonado suelto, el perro habría perseguido el auto hasta llegar a casa, porque le habían enseñado que ésta es tu casa, ésta es tu cucha, éste es tu plato de comida. Y uno, sea hombre o perro, es lo que aprende y hace lo que le enseñan. Y esa noche, Don Cosme le enseñó a Javier que abandonar a alguien cuando ese alguien, sea hombre o perro, resulta molesto, es algo que puede hacerse.

-¿Por qué el abuelo no vive más con nosotros? –le preguntó Martín a Javier.
-Porque está viejo, Martín.
-¿Y por qué cuando las personas son viejas se las echa de la casa?
Javier miró a su hijo, y pensó. Y se acordó de algo que creía haber olvidado.
-Ponete la campera. Vamos a buscar al abuelo.

Entresueños - Pablo Blanco Polaina


¿Has perdido el sentido de tu vida?, me preguntó aquel viejo extraño saliendo de una tienda cualquiera, en una calle cualquiera, fría y gris de este otoño algo más melancólico y lascivo que otros años. Yo lo miré sorprendida, sopesando el silencio asombrado de mi boca; perdone, resolví en contestarle, mi vida no es asunto suyo, y desde luego que no ando perdida, pero dígame, sabe usted acaso qué ha sido de la suya? El viejo, de extraños ojos verdes, esbozó un sutil gesto sonriente sin dejar de clavarme su mirada en las pupilas. Suerte princesa, me respondió calmadamente con un deje de dandi de película en blanco y negro. Inmediatamente después prosiguió su camino, sin apenas rozarme el abrigo rojo con el pardo tejido de su chaqueta. Por un momento quise ver en el rincón más escondido de aquella indescriptible sonrisa el oscuro reflejo de un afilado colmillo. Entonces pensé que quizás me hubiese equivocado de cuento. Una bofetada de frío repentina fue la que me hizo despertar de mis divagaciones, a la vez que recordaba, despejando mis dudas, que hacía tiempo que mis dos abuelas habían muerto. Retomé mi camino y volvieron a mi consciencia vivos y claros todos los sonidos y luces de la ciudad nocturna. El frío parecía anestesiar sin embargo mi nocipercepción, aliviándome de las rozaduras de aquellos incómodos zapatos de cristal, a la vez que también cedía el agudo y localizado dolor en el dedo índice de mi mano izquierda tras el pinchazo horas previas con la aguja de la máquina de coser. Mientras tanto continuaba agarrando con mi mano derecha pegada al costado el libro repleto de poemas, aprovechando el vaivén del paso para ir dejando caer disimuladamente y poco a poco, a modo de reguero, todas las palabras al suelo. Cuando la noche creciera y se hiciera profunda y mágica, sólo ellas podrían devolverme a casa.

Tomado de: http://sevendepoesia.blogspot.com/



Apareceres - Héctor Ranea


Voy a contarle lo principal. Le ahorro los detalles. Sé que soy viejo y usted podría pensar que, por ello, me voy a dedicar a nimiedades. No señor, por esta botella de ron que me ofrece, soy capaz de ahorrarle detalles al mismísimo Hemingway; claro que sí. Tuve una familia y un excelente trabajo en este mismo barrio. Ahora, retirado, viudo, con mis hijos que ni deben saber que aún sigo vivo, vengo acá todos los días. Costumbre. Es por la costumbre que nos volvemos viejos.
Lo que vi ese día es que del edificio gris, ése abandonado que ve usted allá, salieron varias personas vestidas como saltimbanquis, funámbulos y hasta había una ecuyere. ¿Pensó que no sabría usar esas palabras? Mire, me gradué en literatura hispanoamericana en Londres, aunque con esta facha mía pueda parecerle absurdo.
Bueno, decía que esos ridículos personajes de circo salieron y, como si supieran dónde estaban los negocios, se fueron: unos a la pescadería, otros al almacén de ultramarinos, la ecuyere a la panadería y compraron vituallas. Luego volvieron al edificio. Todo sin bulla ni agitación. Me dio curiosidad, así que entré. Encontré todo vacío. Recorrí todas las habitaciones y no encontré nada. Sólo se veían algunas huellas cerca de la entrada porque alguno habría pisado mierda de perro. Tuve escalofríos.
Anduve por los sitios adonde compraron y los recordaban, sí, pero nada más. Que hablaban buen castellano y que pagaron con dinero corriente, dijeron. De reojo, cuando salía de sus negocios, los veía ir enseguida a controlar en la caja unos billetes. Más temían una estafa que unos aparecidos anómalos.
Varios días después, esa corte rara apareció por las calles con su caminata ritual. Era un día de lluvia. Aproveché los rastros de agua para llegar hasta una recámara escondida y estrafalaria, llena de floreros azules. Único mobiliario en la casa.
Días atrás, mientras ellos salían a hacer sus compras, me metí en ese salón para verlos al regreso de sus compras. Malhaya, nunca hubiera ido. En efecto, comieron parte de lo adquirido y el resto lo metieron en los floreros. De ellos surgió una luminiscencia que me distrajo y, cuando volví a prestar atención, no estaban más. Podría pensar que fueron fantasmas. Eso está más allá de mis conocimientos. Oí a los comerciantes reclamando por su aparición. Parece que compraban cosas caras.
En fin, gracias por escuchar. ¿Le quedan diez duros?

Fugit irreparabile tempus - Víctor Lorenzo Cinca

Hoy, a pesar de que me ha parecido corto, ha sido un día muy duro. He nacido temprano, poco después de las seis y media de la mañana, con tres kilos doscientos gramos de peso y cuarenta y seis centímetros, en un parto primerizo sin complicaciones. Antes de las siete ya andaba sin tambalearme y me defendía bien con el idioma, así que mis padres han considerado que ya era el momento de llevarme al colegio, lugar del que no he podido salir hasta las doce y pico, convertido en un hombretón. Allí, además de estudiar, he conocido a los que ya son mis amigos de toda la vida, y he tenido mis primeros e inocentes escarceos amorosos. Sin embargo, la relación con Clara ha ido a más. Tras un largo paseo hemos decidido casarnos pero como queríamos hacer las cosas sin prisas, sin precipitarnos, no hemos pasado por el altar hasta casi las dos del mediodía. Un cuarto de hora después, ya éramos tres en la familia, aunque la verdad es que he podido estar poco con mi hijo porque me he pasado toda la tarde trabajando, y cuando he regresado a casa, cansado y envejecido, él ya no estaba. Como mi mujer y yo nos sentíamos solos, hemos pasado todo el atardecer viajando, de aquí para allá, como en una segunda juventud. Al fin, abrazados en los escalones de madera de un parque, hemos visto la puesta de sol más bonita de nuestras vidas y como se hacía tarde, hemos tomado el camino de vuelta a casa. Ahora, una vez escritas estas líneas en mi diario casi en blanco, me acuesto rendido en la cama, le deseo buenas noches a Clara y a dormir. Mañana será otro día. Supongo.


Tomado de Realidades para Lelos

En el principio fue el heavy metal - Daniel Frini

—¿En serio me vas a llevar? ¿En serio?
—Si, hermano, te voy a llevar.
—¡Qué bueno! ¿Y falta mucho para que vayamos?
—Si, faltan más de diez días
—¿Y queda lejos? ¿queda lejos, che?
—No, no queda muy lejos
—¿Y vamos a viajar en tren o en colectivo? Porque a mi el colectivo me da mareos
—En tren, en tren. Ahora dormite, que mañana tengo que levantarme temprano
—¿Y conseguiremos pasaje en el tren? Mirá si no hay lugar…
—Si, vamos a conseguir pasaje. Dormite
—¿Y mamá nos dejará ir?
—Si. Dormite, por favor.
—¿Y papá no querrá venir con nosotros?
—No se. Mañana le preguntamos. ¡Dormite de una vez!
—¿Y ya tenés las entradas?. Mirá si no hay más entradas.
—Por favor…
—Con lo que me gusta Metallica. ¿Mamá y papá me dejarán tatuar la lengua acá en el brazo?
—¡Esos son los Rollings! ¡Y dormite de una vez, carajo!
—¿Y va a haber que hacer mucha cola para entrar? Porque a mi me hace mal el sol
—¡Callate!
—¿Se puede llevar comida? Porque a mi la comida de adentro no me gusta. Aunque nunca la probé, pero los chicos me dijeron que era fea
—¡Callate o juro que te mato!
—Y hay que cuidarse si te convidan algo de tomar con una botella abierta, porque no se sabe qué pueden ponerle adentro
—¡¡Basta!!!
—Y hay que ver si nos dejan entrar con la cámara de fotos ¿no? Porque a mi me gustaría sacarme una foto con…¿cómo se llama el guitarrista?
—¡¡Basta, basta, basta!! ¡¡Dejame dormir!
—Y tendríamos que sacar entradas en el campo, porque se debe poner bueno el pogo…
El palo de golf silbó en el aire; y destrozó, con un golpe seco, la cabeza de Abel.
Caín, al fin pudo dormir en paz.

Con los dedos - Cristian Mitelman, Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman

—Acá tiene, don Gregorio —dijo Eusebio tendiéndole unas cuartillas al chacarero, escritor de microficciones en sus ratos libres—. Úselo como base.
Gregorio miró las hojas por arriba y por abajo, de frente y de perfil.
—¿Está seguro? ¿Miró lo que dice acá? —El chacarero leyó:
“Las cosas más importantes del universo, a saber: la inestabilidad de personificación de los neutrinos, el decaimiento de la tasa de expansión del universo y sus consecuencias o viceversa —o vicerveza— sobre el cambio mundial del euro y el dólar, además del famoso dilema del túbulo unificador (o agujero de gusano) y la posibilidad de viajes en el tiempo basándose en la ecuación de Euler...”
—Sí, lo había leído —interrumpió Eusebio—. ¿Qué tiene de particular?
—Escribir una microficción con esto es más difícil que pellizcar un vidrio.
—¡No sea flojo, hombre! ¡Qué va a ser! —Y siguiendo la acción a la palabra, Eusebio puso el pulgar y el índice sobre el parabrisas de la Ranger de Gregorio y pellizcó. El virulo resultante tenía la forma de la galaxia NGC 5679.

Incógnita pampera - Héctor Ranea

–¡Amalaya! –gritó Exósimo, gaucho del plantel de Zoraido Gómez. –No va que me tragué un murciégalo…–se quejó entrecortadamente mientras tosía.
Después del asco inicial (pudo masticarlo lo suficiente como para matarlo antes de tragárselo) empezó a sentir cosas muy raras: decía que se le revoloteaban adentro las tripas, que le zapateaban un malambo como si fueran pingos. Y otras cosas decía que mejor no repetir.
A los tres días exactos Zoraido le contó al juez de paz que Exósimo había vomitado un raudal de aguas oscuras. Las tinieblas, pensaron algunos, lo estaban cercando al pobre.
Pero no le terminaron ahí los tormentos al gaucho. Al parecer, le empezó a subir un gusto como a lejía o peor, a meada y se olía de lejos. Los paisanos en el monte de eucaliptos en el borde de la chacra lo sentían cuando él no había dejado el baño de las ovejas.
Sospecharon que el murciégalo vivía en su mondongo y más de uno, descontando que estaba endemoniado, quiso abrirlo a puro facón. Menos mal que ni el jefe de policía se prendió en esa y los amenazó con terribles castigos si lo hacían.
Pensar que el volátil aún vivía y eso le traía complicaciones al perejil, fue subestimar a la naturaleza. De hecho, Exósimo siguió su vida comiendo sólo quirópteros de esa especie. Lanudos y suaves, livianos y jediendo a mula muerta. Como abundaban y mal no hacía al comérselos, salvo el olor que le daban al comilón, que por otra parte no era peor que el del juez o el cura o los boyeros, lo miraban papar murciélagos con esa tranquila resignación pampeana.
Así, sin cocinar ni nada, como venían los cazaba. Parecía un sapo manducando moscas, de tal suerte los cazaba. Eran tantos que volaban torpes y no sabían dónde ir. Casi cualquiera que tuviera la boca abierta se los tragaba, así que todos andaban cubiertos con pañuelos del desierto de Sonora, excepto el gaucho Exósimo quien, al parecer, sólo gozaba tragándoselos pero, al revés de los perros que morían atosigados por lo mismo, él parecía gozar cada vez de más salud, inteligencia y viveza.
Una noche serena, pero con nubarrones de esos que presagian todos los males del agua, el Exósimo, que cazaba más bichos que nunca, se quedó solo en medio del corral vacío. Desde dentro el Zoraido lo miraba como quien ve llover y fue entonces que le vinieron a la boca las palabras más temidas:
–¡Me lleve el diablo con pingo y todo! –dijo casi atorado con la ginebra. –¡Al tape Exósimo se lo está cuereando una bestia! –y salió para el corral sin cuidarse ni de rayos ni centellas.
Cuando llegó el enorme murciélago había dejado del Exósimo un poco de panza y el sombrero. Ni las botas de goma respetó la bestia traidora. Que se sepa, nunca antes en ése u otro pago vecino se tuvo semejante hecho de deglución ni miras de entender de qué se trata. De algún lado salieron diciendo que era consecuencia que todos nos estábamos calentando, pero en el pueblo los miraban mal pero sin disimulo. El juez de paz dejó a todos con un gran malestar cuando salió con la opinión de que esos bichos nos están tratando de criar como alimento y nos dan de comer esa porquería porque no soportan nuestra insipidez.
Los murcielaguitos chicos siguen pululando por los bañados, pero ahora sí que todo gaucho advertido no se traga uno ni por casualidad.

Espantapájaros - Gilda Manso


El día era magnífico: brisa, sol, calma. Mi pelo ondeaba, el aire me acariciaba la cara. Entonces apareció la piba. -¡Buen día, amable espantapájaros! Acompáñame en mi viaje y el mago de Oz te dará el cerebro que tanta falta te hace. Miré alrededor; pensé que era una joda. No había nadie.
-¿Perdón? –le pregunté. -¿Tú no eres el espantapájaros sin cerebro? –me preguntó ella, a modo de respuesta. Yo supuse que la chica no tenía todos los patitos en fila.
-No, yo soy el granjero. El espantapájaros está alla –dije, y señalé al espantapájaros.
-¡Oh, le pido disculpas, estimado granjero! Su cabellera al viento y su carencia de cerebro me confundieron. ¿Puedo llevarme a su espantapájaros, para que mi travesía no sea tan solitaria?
-Bueno, depende. Si vos me dejás a tu perrito para que yo lo clave en un poste a fin de espantar a los cuervos y a las adolescentes hinchapelotas, podés llevarte a mi espantapájaros. La piba salió corriendo. Yo seguí tomando sol.

El nombrador - Daniel Frini


Ocurrió en el principio. Quiso Yahvé que Adán entendiese la necesidad de contar con una compañera, haciéndolo ver que cada animal tenía una. Para ello lo mandó a nombrar a los animales; y que así los conociera león y leona, lobo y loba, oso y osa. Dice el Génesis: “Adán puso nombre a todo ganado, y a las aves del cielo, y a todo animal del campo”. Pero Adán vio muy pronto que no era suficiente nombrarlos “caballo”, “buey”, “elefante”, “paloma”. Fue necesario encontrar un sistema jerárquico para clasificarlos en especies, géneros, subórdenes, órdenes, familias, sub clases, clases, subtipos, tipos y reinos, decidir entre monofiletismo y parafiletismo. Se hizo imprescindible diferenciar entre procariotas y eucariotas, autótrofos o eterótrofos; reconocer equinodermos, vertebrados, urocordados y cefalocordados; deuterostomos y protostomos; platelmintos, nematodos, anélidos, artrópodos y moluscos; celomados, pseudocelomados y acelomados; ectodermo, endodermo y mesodermo, diblásticos y triblásticos, cefalización, metámeros y proglótides, poliquetos, oligoquetos e hirudineos, agnatostomados y gnatostomados. Estudiar la simetría bilateral, esférica, pentámera y radiada, o la ausencia total de ella; la segmentación, la gastrulación y la organogénesis; el grado de semejanza bioquímica, y las comparaciones morfológicas o estructurales. Aparecieron, además, problemas para ubicar a algunos organismos; tales como la elysia chlorotica, o las hormigas formicinae y myrmicinae; o la filogenia de la attini. Y, además, ¿dónde ubicar a los virus? Por otra parte, estaba claro que el mensaje de Yahvé tenía que ver con que Adán y su compañera poblasen la Tierra; pero ¿cómo se entiende, entonces, la reproducción asexual de las bacterias, sin que exista meiosis, formación de gametos o fecundación? ¿qué de la plasmatomía y el enquistamiento? ¿Y la gemación, la esporulación, la fragmentación, la conjugación, la automixis o la regeneración? ¿Y dónde ubicar al anthia, capaz de cambiar de sexo?... Yahvé movió negativamente su cabeza y le dijo a Adán:
—Dejá, nomás, deja. Tomá, acá te hice a Eva. Yo me encargo de esto de nombrar a los animales. Ustedes dos vayan a jugar al Paraíso; y no me jodan al menos por dos eones.

Destinos cruzados - Javier López


El taxista me ha sonreído al subir al coche, imagino que como hará con cualquier cliente. Me ha preguntado adónde me dirigía y he contestado que a la Jefatura Provincial de Policía. Lo que él no sabe es que voy a entregarme, como tampoco sabe la historia que hay detrás de esta decisión...
Enzo Romero siempre quiso destacar. De niño era el más odiado de la clase. Delataba a los compañeros para ganarse la confianza de los profesores. Conmigo era especialmente cruel: "ha sido el venas", decía acusándome de cualquier cosa, usando aquel mote derivado de mi nombre que sabía que me enojaba especialmente. Y también era siempre el mejor en los exámenes, aunque no dudara en copiar de cualquier compañero.
Lo que nunca hizo fue soñar, como nosotros. No era capaz de imaginar que el atado de trapo era un balón, ni siquiera que aquella plataforma sobre las ramas de un árbol en el bosquecito más allá del colegio, era una casa en la que otros niños pasábamos horas y horas fantaseando.
Siendo adolescentes mi enemistad con Enzo se fue convirtiendo en un odio visceral. Nunca he podido olvidar el día que tuve a Marta, la linda chiquita rubia de 8º A, casi convencida para que fuera mi acompañante en la fiesta de fin de curso, y llegó él con la motocicleta que le habían regalado sus padres y la invitó a montar. Ya nunca tuve opciones de salir con ella.
Durante el resto de mi vida he visto como ese tipo se convertía en un triunfador, y yo en un don nadie. Él había hecho su carrera igual que hizo sus estudios, aprovechándose en todo lo que podía de sus compañeros, haciendo suyo el mérito y el esfuerzo de los demás. Y ahora estaba bien situado, tenía un buen nivel de vida y, sobre todo, tenía a la mujer que pude haber conquistado si ese idiota no hubiera nacido iluminado por no sé qué estrella.
Por eso hoy voy a entregarme. Sé que en mi último robo dejé algunas huellas, que el guante de látex se desgarró contra una arista poco pulida de una caja de seguridad. Y que, si no me entrego hoy, no tardarán más que unos días en detenerme. Mañana los periódicos dirán que el ladrón conocido por usar máscaras con rostros de anciano, ahora identificado como Venancio Martínez, se entregó en la Jefatura Provincial. Pero tendré la satisfacción de que no podrán decir que Enzo Romero, jefe de policía, lo había detenido tras otra de sus brillantes investigaciones.

Mimo - Víctor Lorenzo Cinca


Bajo temprano a las Ramblas y elijo un buen sitio. Me pongo la camiseta de rayas horizontales, blancas y negras, el ridículo sombrero que encontré ayer tirado en el portal, la nariz de payaso y, con la cara pintada de blanco, simulo estirar una cuerda. Para calentar, porque todavía no pasea nadie.
Se acercan los primeros turistas y finjo, con hábiles movimientos previamente ensayados frente al espejo, estar encerrado en una caja de cristal. Mis manos se detienen en el momento preciso: delante, a los lados, atrás, encima de mi cabeza, creando la ilusión óptica de un cubo ficticio. Y las monedas empiezan a caer en la lata. La gente forma un círculo a mi alrededor, cada vez más pequeño, y por precaución, intento coger el bote, ya medio lleno, para dejarlo en un lugar más próximo, más seguro, pero mis dedos topan con algo que me impide agarrar la recaudación. Me sorprendo, y eso a los turistas parece hacerles gracia, a decir por la cantidad de monedas que arrojan entre risas y flashes. Muevo el brazo hacia atrás y se detiene, brusco, en el aire, pese a mi esfuerzo por traspasar esa barrera invisible. En el intento por encontrar un hueco, mis manos tropiezan una y otra vez ―a los lados, sobre mí, delante― con la pared inexistente, con el cubo infranqueable. Grito pidiendo ayuda, pero los turistas no me entienden, o sencillamente no me oyen, tal vez el tabique insonorice, y señalándome e imitando mis gestos de desesperación, me fotografían a la vez que lanzan unas últimas monedas sobre el bote ya repleto.
Al fin, cuando anochece, se marchan y me dejan aquí, encerrado en mi ilusión, sin poder traspasar el tabique que me separa de todas esas brillantes monedas, fruto de mi perfecta actuación.


Tomado de Realidades para Lelos

Inconvenientes de Facebook – Jorge Ariel Madrazo


Alineó las fotos, con un suspiro. Qué joven era su mujer al irse (ah, la enfermedad maldita). Y aquel amigo, el del absurdo suicidio. Si él pudiera acompañarlos; pero el don no deseado, la inmortalidad, lo condena a vivir más y más de recuerdos; tendrá que reaprender en terapia a vivir con alegría el eterno Tiempo Presente y a recordar cómo era tejer proyectos de futuro. Porque el futuro ya es sólo un proscenio que apenas si le exige esperar lo bastante y… ¡zas! se corporizará. ¿Amar a otra mujer? Para qué, si ella también va a morir. ¿Propiedades, bienes? Se deshacen ante sus ojos. Ya ha presidido su país en dos ocasiones. La primera, fue un héroe. La segunda, un canalla.
Implora la muerte. Del Diablo le llega una risa burlona. Vuelve a maldecir el momento en que trabó amistad con Dorian Gray. Y ni siquiera hay un retrato salvador, una efigie de tela y óleos sobre cuya corrupción creciente clavar el cuchillo que lo redima: todo el miserable contrato con Satán se celebró por Facebook…

El amor te sorprende - Gonzalo Geller


No era la primera vez que lo hacía. No era tan difícil averiguar los datos de la víctima, conocer sus costumbres, observar, espiar: lo más difícil era entrar en la pieza sin que nadie lo viera. Si bien era más fácil entrar por el frente de la casa, por alguna ventana, eso podía hacer que algún vecino curioso – de ésos que nunca faltan —lo viera.
Decidió entrar por la puerta de atrás.
El gato se acercó a él. Estaba preparado: le dio de comer.
En el comedor, siempre en silencio, sembró algunos objetos suyos: una pipa, varios libros, uno de autoayuda, con un señalador de Maitena, unas pantuflas, algo de ropa, no demasiado. El engaño tenía que ser perfecto.
Con cuidado, con muchísimo cuidado, abrió la puerta, se desvistió, y se acomodó, con total sigilo, al lado de la chica.
Cuando ella se despertó, estaba durmiendo con un extraño.
—¿Y vos quién sos?
—¿Qué te pasa, Claudia?
—¿Cómo sabés mi nombre?
—Mi amor... ¿Qué te pasa?
Ella se levantaba, corriendo, y empezaba a ver las cosas de él.
Él la seguía, como si ya estuviera acostumbrado al lugar: empezó a preparar el desayuno, llamó al gato, el gato vino, le dio de comer, mencionó algún comentario al pasar sobre alguna tía de ella, que estaba enferma, y ella empezó a dudar.
—¿Te pasa algo?
—No, no... nada... —intentaba defenderse ella, confundida.
—¿Querés que vayamos a un médico?
—No... está bien... —y así empezaba todo.
Si hay algo que nos da miedo, es que los demás piensen que estamos locos: las chicas, por lo general, terminaban queriendo convencerse de que él era su novio desde hacía algunos meses, de que se habían conocido en una fiesta, que habían tenido algunas peleas, y que no era algo para toda la vida, simplemente estaban conociéndose hasta ver adónde llegaban.
Él vivía así algunos meses, y después fingía su muerte.
Y volvía a empezar.

El ermitaño - Víctor Lorenzo Cinca


Llevaba cincuenta años malviviendo en aquella cueva, solo, aislado, evitando a toda costa el contacto con la gente. Había abandonado su hogar y su familia, muy joven, para alejarse de los peligros del mundo, pero paradójicamente eso también le había distanciado de los placeres que conllevan esas mismas tentaciones. Pasaba hambre y sed; sufría calor en verano y frío en invierno; vestía cuatro harapos y le dolía no poder comunicarse con nadie, porque pese a que le gustaba estar sin compañía ―o al menos eso creía a fuerza de costumbre― odiaba sentirse solo. Pero lo que más detestaba, más allá de las dificultades propias de la vida ascética y anacoreta, era haber pasado casi medio siglo pidiendo a Dios ―sin ningún resultado visible― una señal, cualquiera, un pequeño milagro, que le confirmara que su abandono del mundo no había sido en vano, que la decisión que había tomado hacía ya tanto tiempo, no había sido una estupidez. Pero jamás, en los cincuenta años de penitencia voluntaria, recibió respuesta alguna. Ni una leve experiencia mística, ni un minúsculo arrebato de éxtasis, ni la más mínima prueba ni visión paranormal que afianzara y ratificara su fe. Así que un día, harto del silencio del de arriba, y como ya empezaba a dudar de su existencia, comprendió que había malgastado su vida en aquella cueva y decidió matarse.
Se acercó a la orilla del río, se arrancó los colgajos de tela con los que a duras penas tapaba su cuerpo, y desnudo entró en el cauce. Como no sabía nadar, en pocos segundos desapareció bajo la fuerza de la corriente, que lo escupió a la superficie dos horas después, ya hinchado, muerto, y con un gracioso color azulado. Fue una lástima que nadie, ni siquiera él, pudiera ver cómo su cuerpo sin vida surcaba las aguas ―milagrosamente― río arriba, a contracorriente.

Bookcrossing - Víctor Lorenzo Cinca


En la calle ya oscura hace frío y ha empezado a llover. No llevo paraguas, por lo que me refugio en el primer bar que encuentro, me acomodo en la barra, y pido un café descafeinado. Tengo que llamar a Julia para decirle que voy a tardar un poco en llegar a casa. Excepto el camarero, un tipo delgado y ojeroso enfundado en una camisa demasiado grande, no hay nadie más en el local, que por cierto, compite en oscuridad con el exterior. Tras el primer sorbo advierto que a mi lado, sobre el taburete, hay un libro envejecido, cubierto de polvo, sin título. Lo debe haber dejado, pienso, un utópico de esos que se dedican a liberar libros mientras los niños asiáticos cosen sus camisetas reivindicativas o bajan a la mina, y me río, solo, claro está, de mi ocurrencia y de su doble moral. Lo abro y leo un párrafo al azar, de las primeras páginas. Se describe a un niño que, para poder ver sus huellas, camina de espaldas por la arena de una playa, episodio que curiosamente me recuerda a una tarde de verano de mi infancia. Paso unas pocas hojas y me sorprendo al toparme con un diálogo muy parecido al que tuve con mi madre años atrás cuando descubrió que fumaba. Miro extrañado al camarero, que desde un rincón de la barra observa cómo llueve a través de los cristales mientras va secando mecánicamente unos vasos. Sigo hojeando el libro y me topo con réplicas literarias de mi primer beso, mi primer desengaño, y mi primer trabajo. Hasta del día en que conocí a Julia. Paso unas páginas y leo perplejo que en la calle ya oscura hace frío y ha empezado a llover, que el protagonista no lleva paraguas, por lo que se refugia en el primer bar que encuentra, se acomoda en la barra, y pide un café descafeinado. Cierro el libro de golpe, para no entrar en una espiral sin fin de la que temo no poder salir, pero me puede la curiosidad y lo vuelvo a abrir, esta vez por la parte central. En dos líneas se insinúa que el personaje principal tiene problemas con la bebida, en otras tres se esbozan los primeros problemas de pareja, y en un extenso párrafo se detalla explícitamente una discusión que termina a golpes. Descubro en la parte final del relato al protagonista durmiendo en un cajero, sucio y alcoholizado, y siento pena por él. Sin atreverme a saber cómo termina la historia, dejo de nuevo el libro sobre el taburete y llamo a Julia para decirle que voy a tardar un poco en llegar a casa, que no me espere despierta. Cuelgo, me termino el café de un trago y pido resignado un whisky al camarero. Doble. Sin hielo. Por favor.

Relaciones atemporales - Víctor Lorenzo Cinca


Él vivía a finales del siglo diecinueve; ella a principios del veintiuno. Ese poco más de un siglo de diferencia entre los dos parecía una distancia infranqueable. A veces él se sentaba en el sillón y fumaba en pipa, y se mareaba, o pegaba un sello en una carta manuscrita y la arrojaba a un buzón, sin prisas ni impaciencia, o consultaba la hora en su viejo reloj de bolsillo, unas veces adelantado y otras atrasado. Ella, en cambio, viajaba a lugares para visitar sus gentes y los rincones que no salen en las guías, se impacientaba o se preocupaba muchas veces sin motivo, y vivía sujeta a un teléfono, un ordenador, una agenda y un íntimo círculo de amistades que mantener. La cita parecía imposible pero una extraña mezcla de atrevimiento, caricias y pupilas dilatadas, permitió vencer la distancia temporal. Se encontraron a medio camino, a mediados del siglo veinte. A él se le hizo más pesado el trayecto hasta la década de los cincuenta, pues no estaba acostumbrado a viajar, y menos en el tiempo. Ella parecía llevarlo mejor, aunque a veces temblaba sin motivo o permanecía unos instantes ausente, sonriendo, pensando en quién sabe qué. Estuvieron cuatro días juntos, quizás más. Las manecillas del reloj se movían a su antojo: los minutos se dilataban en horas, y las mañanas se esfumaban como el humo de un cigarrillo entre abrazos, así que perdieron la noción del tiempo. Y también la del espacio. Entre aquellas paredes estaban seguros, aislados del mundo exterior, solos, ellos dos. Pero llegó el momento en que las obligaciones o las responsabilidades familiares ya no podían ser desatendidas y tuvieron que regresar, cada uno a su época. Y aunque sabían que podían salir del tiempo y volver a encontrarse otra vez, cuando quisieran o se atrevieran, la despedida tuvo algo de definitivo. De vuelta a casa, surcando los años en direcciones opuestas, él fantaseaba alegre con la incertidumbre del futuro mientras que ella saboreaba el amargo dulzor de la nostalgia.

Órganos - Laura Ramírez Vides


No sé cómo empezó, simplemente sucedió.
Mi hígado comenzó a fallar y me transplantaron. Claro, ya no es como antes que había que esperar a que apareciera el órgano a través de un donante. Ahora se utilizan órganos artificiales. Este nuevo sistema es manejado por una ONG en forma gratuita y es definitivamente experimental (aunque jamás lo reconocerán).
En principio parece fantástico (por eso ingresé al programa) pero como tenés un órgano “de ellos” el seguimiento que hacen es tan exhaustivo que terminás convirtiéndote en su conejillo de indias.
A ver, después del hígado fallaron los riñones, luego el páncreas, el corazón… y ellos simplemente fueron cambiándomelos “a necesidad”.
Yo estoy convencida que mi cuerpo ya no da más, cumplió su ciclo. Pero, como el financiamiento de esta organización se basa en estadísticas… es muy importante probar y documentar la sobrevida… (sobrevida, justamente lo que yo pienso, estoy viviendo de más) así que te mantienen vivo con este método siniestro de seguir transplantando, implantándo órganos que ni siquiera son humanos.
Convencida que debía haber un límite y después de pasar horas rogando para que lo hubiera finalmente ocurrió; mi cerebro empezó a fallar.
Si bien la ciencia ha avanzado a tal punto de derribar todas las barreras, pensé: “ya está, no pueden cambiármelo”. Porque si me “cambian” el cerebro ¿qué pasa con la memoria?, ¿cómo hacen para traspasarla?, ¿o empezás a vivir con la memoria de otro?, y, en ese caso, ¿de quién, si sería artificial? ¿Sería acaso un cerebro nuevo, limpio, sin memoria alguna?
No, definitivamente, no pueden cambiarme el cerebro. Lo logré. Se terminaron los transplantes.
Ilusa yo. Pueden.
Vienen a buscarme pero esta vez será distinto. Lo decidí; no sigo.
Les sonrío con calma. Abandono este cuerpo. Me voy.

Tomado de http://elpatiodelamorocha.blogspot.com/

El aire es libre – Claudia Cortalezzi


—¡Salí, nene, no molestés! —gritó Melina.
Darío seguía con ese juego infernal de “el-aire-es-libre-yo-no-te-to-co”.
—El aire es libre, yo no te toco —le decía, pasándole la mano a un centímetro de la cara—. El aire es libre, yo no te toco.
—¡Mamá! ¡Darío me está molestando!
No hubo respuesta.
—¡¡Mamá!! —volvió a gritar Melina, esta vez con más fuerza.
—El aire es libre, yo no te toco. El aire es libre, yo no te to…
—¡¡¡Mamá!!!
— El aire es libre, yo no te toco. El aire es libre, yo no te toco. El aire es libre, yo no te…
Melina se preparó para gritar más fuerte, pero Darío esta vez sí la tocó: le tapó la boca con la mano.
—¡Callate, nena! —le dijo— ¿No ves que mamá se está bañando y no te oye? El aire es libre, yo no te toco. El aire es libre, yo no te toco.
Melina lo miró a los ojos y empezó a llorar en silencio.
No era la primera vez que su hermano le hacía el jueguito de “el-aire-es-libre”. Ni tampoco la primera vez que él aprovechaba la ausencia de la madre. Ni, mucho menos, la primera vez que ella no la oyese, estuviera bañándose o no.
Siguió llorando frente a la sonrisa burlona de Darío, que ahora le cantaba.
—¡La nenita llora, la nenita llora! —de pronto se detuvo, la miró con una mueca feroz, como si lo hubiese pensado mejor. Y volvió a entonar—. ¡La nenita llora, la nenita llora porque mamá no le da la teta!
Melina no aguantó más. En realidad, ella era la mayor de los dos, de modo que se hizo de todas sus fuerzas —que eran más de las que creía—, y le dio semejante empujón que lo sentó de culo. En el piso, aquel estúpido se masajeaba los cachetes, con lágrimas en los ojos.
Ella caminó erguida hasta el baño. Iba a golpearle la puerta a su madre para contarle lo que había pasado, antes que Darío le fuera a decir: “Ella me pegó”. Pero no golpeó: el ruido de la ducha le dijo que su madre aún estaba debajo del agua. Mejor no hincharla, se dijo. Ya soy lo bastante grande como para andar con cuentos.
Y fue a encerrarse con llave en su habitación. Se calzó los auriculares, se acostó en la cama y cerró los ojos.
Un golpe en la puerta la sobresaltó. Apagó la música y oyó que su hermano le decía algo. Resolvió no darle importancia. Y volvió a prender la música, ahora más fuerte.

Pasando a un centímetro de su cara, las manos de Darío se habían fundido como si estuviese rezando, y ahora se convertían en la aleta de un tiburón. A cada vuelta del gigante alrededor de su cara, el cuerpo de mujercita de Melina se iba achicando. Brotando de entre esas hileras de dientes triangulares —cada uno de la medida de un dedo de su mano—, la sangre regaba el piso. La sangre, su sangre, ¿de quién si no? Al tantearse el pecho, Melina descubrió un hueco húmedo. Se metió la mano, escarbó entre los colgajos de piel, de carne, y supo que el animal acababa de arrancarle el corazón.
Se despertó con su propio grito.
Miró el reloj. Las nueve de la noche.
—Me quedé dormida —dijo.
Se quitó los auriculares y oyó que alguien lloraba del otro lado de la puerta.
Darío.
No lo consoló. Todavía estaba enojada.
—Mamá no sale del baño —dijo él entre lágrimas—. ¿Qué hacemos?
Melina no le respondió. Fue hacia el baño sabiendo que él la seguía.
—¡No entrés, tarado! —le ordenó, llevando la mano al picaporte.
Abrió.
El vapor de la ducha, que seguía abierta, le impedía ver. Y aunque le daba miedo acercarse, Melina lo hizo. Metió la mano por el costado de la cortina, cerró las canillas.
El agua dejó de correr. Le era imposible ver nada detrás de la cortina oscura.
Melina se sentó en el inodoro a esperar que el vapor y el miedo se disiparan.
No quería pensar. Sabía que la gente andaba muy loca. Lo había visto en la tele: por cualquier estupidez —no poder pagar la cuenta del teléfono, por ejemplo—, se tiraban de la terraza. Pasaba hasta en Japón, que los japoneses tienen plata y todo. Su madre no tenía plata, pero sí sobrados motivos para suicidarse. Estaba renerviosa últimamente, y no paraba de decir: “Un día de estos van a saber lo que es bueno”. Esa frase siempre la asustaba a Melina. Ahora no quería correr la cortina ni verla tirada con las venas abiertas. O a lo mejor colgando de la ducha, una soga al cuello. Siempre había temido que su madre la dejara sola. O, lo que es peor, que la dejara a cargo del infradotado de Darío.
¿Cuántas veces la había escuchado gritarles que si seguían peleándose como perro y gato se iba a matar? Ellos habían estado peleándose como perro y gato.
El espejo del baño chorreaba.
La cortina de la ducha seguía inmóvil.
Detrás de la puerta, todo se había vuelto silencio. Darío ya no lloraba.
Melina sabía que él, a sus nueve años, sentía lo mismo que ella. Sólo debía abrir la puerta para verle el terror.
Se levantó. Su mano tembló al tocar la cortina húmeda y tibia.
Ahora le parecía oír ruidos. No estaba segura, todo le daba vueltas.
Salió del baño.
Darío se abrazaba a su madre, que acababa de entrar en el departamento.
—Me olvidé que había dejado la ducha abierta, Meli —oyó que le decía la mujer—. ¡Qué suerte que te diste cuenta de cerrarla! Tuve que salir tan apurada porque…
Pero Melina no la escuchaba. Ni siquiera sabía si le alegraba verla.
Ya no podría llorar junto al ataúd, y que todos los parientes vinieran a decirle “pobrecita”.
Todo se esfumaba de su cabeza, igual que el vapor en el baño.

La puerta giratoria - Mara Gena


De niña Ana tenía dos patios. Tenía dos patios, dos jardines, dos casas, dos perros, dos madres. Trece gatos. Las repeticiones y las rarezas habían entretejido en ella un particular entendimiento de la realidad. Nunca había podido distinguir con certeza el umbral de salida de los sueños y la puerta de entrada al mundo real.
Esto, que para otra persona podría resultar alarmante, en ella resultaba natural. Jamás se había inquietado al encontrar seres de pesadilla en plena calle y viceversa. Comprendía también —esto se lo habían enseñado sus madres— que los sueños acercaban mensajes y que era preciso estar disponible para recibirlos. Si por alguna razón no recordaba lo que había soñado, durante el día aparecía alguien o algo que se lo evocaba. Así sucedía y Ana nunca se sobresaltaba. Durante el transcurso de su vida había visto adivinos, ciegos, locas, perros bicolores, mujeres con gallinas en la cabeza, un origami de caras que se abría imprevistamente para disipar la niebla de su olvido. Ella siempre escuchaba sin inmutarse.
Pero esa noche el soñar fue diferente.
Viajaba en colectivo. Sentada del lado de la ventanilla, comenzaba a observar las calles. No parecía existir peligro. El cielo estaba completamente despejado y había sol. “Sin embargo, algo va a ocurrir” le decía una voz irreconocible y familiar. Ana se estremecía y se frotaba los brazos como si quisiera darse calor. Lo inminente estaba cercano. Podía sentirlo en el peso extra de su pecho. De pronto tocaban su hombro.
Ana despertó sobresaltada. Al llegar al baño se lavó la cara varias veces. “La sensación es completamente diferente”, dijo mientras se dejaba mirar desde el espejo. Se vistió apurada. Afuera, no había una sola nube y eso le pareció aterrador.
Mientras esperaba el colectivo una impresión le dio de lleno. Ya había tenido ese mismo sueño antes. ¿Cómo no lo recordaba? De pronto se dio cuenta. Estaba atrapada en una puerta giratoria de las que alguna vez le hablaran sus madres. Una vez adentro las escenas se repetirían inevitablemente hasta que pudiera romper con la cadena. Necesitaba despertar de verdad. Sintió miedo. ¿Qué significaba estar realmente despierta?
En el 110 quedaba un último asiento libre junto al pasillo. Esto la tranquilizó. No se sentaría junto a la ventanilla como en el sueño. Avanzó despacio, el vehículo se movía como si no hubiera sido domado. Ana cayó en el asiento con horror. A su lado había una mujer que le daba la espalda. Temblaba y parecía estar abrazándose a sí misma mientras miraba hacia la calle con desesperación.
Ana extendió el brazo.

Chica de porcelana - Trent Walters



Anan Muss era cuidadoso, pero no tan cuidadoso como para no cometer errores (después de todo, una legión de cortadoras del Rey Ceniza una vez blandieron sus hojas arqueadas sobre su cabeza en cada puerto de entrelazamiento cuántico). La precaución de Anan principalmente significaba que le tomaba más tiempo hacer tareas simples ―como si su cerebro se hubiera disparado a la velocidad de la luz, retrasando su tiempo en relación con los demás―. Lavar, planchar y doblar la ropa por lo general le costaba un fin de semana, incluso con los robots. Para la limpieza de su apartamento necesita una semana de vacaciones.
El amor era más complicado. El cortejo duraba eones: un mes o más para reunir el coraje para invitar a las damas al teatro acuario, para hablar intimamente y pasear por los jardines colgantes de orquídeas, sin embargo, un mes más para besarlas bajo los puentes de los canales y un año más para caer perdidamente enamorado. El año siguiente debería ser el del matrimonio, supuestamente, pero las mujeres rara vez esperaban el tiempo suficiente para que él las invitara a salir.
Afortunadamente, la segunda generación de mujeres IA apareció en Japón. Todos los muchachos tímidos quería una. Por su diseño, las cantidades eran bajas y alta la demanda. Una le habría costado su salario anual de contador.
Así Anan ordenó por correo a uno de esas imitaciones casi al límite con lo real hechas en China. Sus dedos temblaron al desenverla. Su piel ―suave, blanco marfil― acentuaba su cabello negro azabache. Su corazón quería ir al galope, pero él lo contuvo con las riendas. Ella aceptó su mano y salió de la caja, "¿No soy hermosa?"
Atrapado con la guardia baja, pero siempre poético, Anan buscó las palabras adecuadas: "Sí ....Quiero decir, no .... Quiero decir, sos hermosa".
"Amame y seré quien quieras."
"Ser uno mismo ya es bastante, aunque el contenido puede asentarse, como el cereal en una caja".
"Y vos serás quien yo quiera que seas".
“Seguro. Dentro de los límites de mi patrón cerebral presente”.
Ella hizo planes para su mutuo futuro. Él dijo que esperaba que ella tuviera paciente comprensión, ser alguien con quien pudiera compartir unas palabras, alguien que lo afilaría suavemente, alguien que desafiara y aceptara desafíos. "Eso es exactamente lo que soy", dijo ella, mencionando su sensibilidad poética sin precedentes.
Mientras él pintaba un poema de amor de porcelana, mencionó esa idea estúpida que había tenido de salir con mujeres en forma virtual ―no por el amor per se, sino para comprender mejor a las mujeres.
Le entregó su poema:
La laxitud en
el amor ordeña
la negra

hinchazón de
minutos retorcidos
en horas


Ella rompió la porcelana y se marchó. "No tengo tiempo para las palabras."
"Ella tiene razón." Anan escrudriñó los pedacitos rotos. "No es un gran poema de amor."



Versión de Saurio.
Original en The daily cabal.
Imagen a partir de una foto de Gladys Luque

Hypocrite Écrivain, Hypocrite Lecteur: una carta a los editores de DailyCabal.com - Trent Walters




Estimados editores,
Desde su lanzamiento, he leído fielmente su revista. Es como un barco que a veces se arroja hacia mundos increíbles y a veces raspa su casco lleno de percebes a través de estrechos agujeros de gusano. El poeta de CF Anan Muss, sin embargo, ha naufragado y ya no debería capitanear vuestros mástiles (o incluso limpiar la cubierta).
Sus temas suelen ser variaciones darwinistas sobre los idealistamente aptos, que en realidad son ineptos por su ingenuidad idealista, lo que hace que sean zarandeados por los supuestos ineptos (de acuerdo a los estándares que la humanidad dice sostener), pero que son realmente aptos, ya que obedecen a un tácito darwinismo social. Si bien los temas deberían molestar a los despreocupados y, de hecho, merecen ser escuchados, parece que el poeta en sí no cumple con sus ideales implícitos: Todos tienen un valor y debe ser tratados como tal.
El año pasado, pagué para asistir a un evento en beneficio de la Sociedad de Poetas de CF porque Anan, un hombre de auto-supuestamente altos principios, era el invitado de horror ―perdón, honor―, teletransportado desde Jac-sun V. Se pasó la tarde bebiendo una docena de Chardonnay y tragando salmón más que la cuenta. Muchos trataron de hablar de literatura o acariciar su ego hablando de su obra. Realmente me dirigió una mirada de odio cuando traje a la conversación su disposición temática. Tenía sólo ojos y palabras sólo para una poetisa de tercera y un tercio de su edad. Uno podría suponer donde pasó aquella noche.
Espero que usted tome una porra y golpee a ese hombre entre sus lascivos ojos azul moteado.
Humildemente suyo,
Nadie el poeta


#


Querido Nadie,
Gracias por escribir. Mi primera reacción es "Ese no soy yo." Pero, ¿cuántas veces hemos mirado en el espejo ―especialmente a medida que envejecemos― y nos ha inundado una autoagnosia?
Podría poner excusas: Dionysia me había faltado nuevamente el respeto y yo deseaba venganza (pero eso es mezquino y yo no soy así). Usted o cualquier otro me parecieron sicofánticos (pero eso es egoísta, puesto que todos comenzamos en alguna parte). Mi única esperanza radica ―brota la esperanza― en un error de percepción:
1) No era a mí a quien vio, o
2) Usted me vio pero mi mente estaba en otra parte (si es que confiamos en su versión, no podemos sino decepcionarnos con cualquier escritor que afirma tener objetividad, ver todos los ángulos, mirar en los corazones de todos los personajes con ecuanimidad), o
3) Mi identidad fue mal traducida a través de un entrelazamiento cuántico ―tal vez la distancia entre una persona buena y una mala es un pequeño salto (un salto cuántico, si se quiere ―otra preocupación perenne).
Se dará cuenta que su punto de vista es irremediablemente idealista: la mayoría no haría más que parpadear después de recibir una patada en los dientes por alguien más grande que ellos. Por eso le agradezco. La gente debe tener más espejos y, utilizando sus sentidos, enfrentarse a sus propios estándares.
Dios te bendiga, querido poeta de la incorporeidad. Oremos para que las cortadoras hagan atroz a su muerte.
Anan

Versión de Saurio.
Original en The daily cabal.
Imagen a partir de una foto de Gladys Luque

Suponga - Trent Walters



Pelinegro de nacimiento, Anan Muss era un nadador que recorrió el mismo andarivel once meses al año durante una docena de años. El cloro de la pileta blanqueó su pelo. Después de la escuela secundaria, abandonó la natación. El pelo en la cabeza volvió a su color natural, mientras que las cejas le quedaron de un color rubio arenoso blanqueado. Sus compañeros de clase le preguntaban por qué se había teñido el pelo o si había recibido terapia génica para parecerse más a Aliento de Lagartija. Sus hermanos pensaban que sus cejas habían encanecido.


#


¿Era la imaginación de Anan o sus ojos ahora estaban cubiertos de escamas? Tal vez el creciente número de avistamientos de Aliento de Lagartija lo ponía nervioso. Lo que al principio parecía un simple incendio sin importancia ahora se veía más complicado y siniestro.


#


Anan Muss trotaba largas distancias, poco a poco. Lo hacía lenta y pesadamente, a través de distritos industriales tranquilos y despoblados, para calmar su mente. En caso de que aparecieran ladrones, Anan dejaba su billetera en casa, no dándoles razones para molestarlo. Una noche, después de tres años de correr por la misma ruta, Anan fue arrestado. La policía lo llevó por toda la ciudad hasta un funcionario que no creía que Anan era el sospechoso ya que este vestía ropa diferente y era de una especie ―si no filum― diferente. El amigo del sospechoso no reconoció a Anan (ni Anan reconoció al amigo). Sin embargo, dado que Anan no tenía su billetera, ergo, debía ser el archicriminal Aliento de Lagartija que exhala gas metano y le prende fuego con su encendedor de cigarrillos. Cuando las muestras de ADN fueron negativas, la policía dejó libre a Anan, con renuencia. Cuando Anan decía adiós, se encontró que habían dos fosas donde solían estar sus oídos. Dónde había visto por última vez sus orejas, quería saber la policía.


#


Anan descargó un periódico de las máquinas expendedoras en un café y, como todo el mundo perversamente fascinado por el elemento criminal, compró un encendedor de cigarrillos. Despreocupadamente, jugó con la piedra del encendedor. Se necesitaba más destreza de la que había supuesto. Abrió el periódico delante suyo en una de las mesas bajo el resplandor del sol. Las fechorías de Aliento de Lagartija eran omnipresentes y notorias. Edificios enteros se habían envuelto en llamas. Los expertos en perfiles criminales sospechaban del crimen organizado. Anan levantó la cabeza de los relatos periodísticos sobre Aliento de Lagartija para pensar por qué alguien haría una cosa así. Una mujer le dio una bofetada porque la miraba mucho. Eructó y su aliento se prendió fuego.

Versión de Saurio.
Original en The daily cabal.
Imagen a partir de una foto de Gladys Luque

Esta no es una canción de amor - Trent Walters




“El nuestro es
un amor que
sorbe la negra
leche de galaxias
en espiral”,
el poeta de CF Anan Muss le travenredó a su amante. En respuesta a sus quince segundos de fama, los críticos respondieron: "¿Qué escritorzuelo empalagoso y enfermo de amor no ha pensatwitteado algo por el estilo?"
La diferencia aquí es que el objeto de afecto de Anan no era otro que la encantadora Dionysia, recientemente liberada de un contrato matrimonial con el Rey Ceniza ―aquel que diezma reinos planetarios en forma remota con un golpecito de la uña-chip de su dedo meñique―. Como uno de los camaradas amantes de las artes de Dionysia, Anan, una vez tuvo el desagrado de reunirse con el Rey Ceniza, que descansaba obesamente sobre una montaña de almohadones de gran tamaño en medio de una cacofonía de incienso. El Rey Ceniza desdeñó a Anan del mismo modo que el hastiado de poder rey siempre lo hacía con todos los apenas disimulados amigos “amantes de las artes” de Dionysia que enmascaraban sus deseos con emisiones nocturnas.
A pesar de que los rumores decían lo contrario, Anan Muss nunca encontró intencionalmente una laguna legal en el contrato matrimonial. De hecho, siendo más bien anticuado en las transacciones sexuales, buscó la forma de emparchar el contrato de Dionysia. Sin embargo, cuando Dionysia descubrió el harén secreto de Ceniza en un hoyo debajo de la montaña de almohadones , el primer objetivo del rey no fue otro que Anan Muss. Un golpecito de su meñique real y las cortadoras atravesaron a toda velocidad el desierto rodante en autobicis, hojas arqueadas palmeándose los muslos poderosos.
Las luces de viaje le advirtieron a Annan de los intrusos, lo que le dio tiempo para codifitraducirse a Jac-sun V, un planeta con baja densidad de población y lleno de cerros sobresalientes, plantas rodadoras y arena ―un país donde pocas personas cuerdas elegirían quedarse. Anan le escribió Dionysia para que viniese a vivir con él en el páramo, un mundo donde su amor inflamado podría engullir los espacios vacíos. Después del tiempo suficiente para demostrar que ella y sólo ella tenía el control, Dionysia contestó, “Me estás jodiendo”, y eligió a un sicofante, el intrépido capitán Alondra, que le dio regalos extravagantes aunque empobrecedores, pero que tenía la constitución de alguien que valientemente había sobrevivido a la hambruna y ahora vivía para comer en USA Steak Buffets.
Hasta el día de hoy, Anan traduce copias de sí mismo de regreso al planeta natal ―con la vana esperanza de que ella pudiera encontrar el modo de amarlo ―sólo para ver a su copia ser cubeteada por la hoja de arco de una cortadora en vid-feeds piratas.
Anan se niega a escribir triste sonetos de amor de CF dado que al final la verdad y la justicia triunfan. A nadie le gusta echar a perder un final feliz.

Versión de Saurio.
Original en The daily cabal.
Imagen a partir de una foto de Gladys Luque

La cima de la montaña – Cora Cristina Salerno & Sergio Gaut vel Hartman



El discípulo ascendió hasta la cima del monte; para lograrlo venció mil dificultades, soportó la mordedura de los arbustos espinosos y tropezó varias veces contra las rocas afiladas que erizaban la ladera. Pero finalmente llegó a la choza en la que vivía el maestro y, jadeante, se precipitó en la seca y polvorienta penumbra en la que el anciano mascaba las verdades últimas y definitivas.
Pasaron varias horas en silencio, y cuando el discípulo supo que el maestro no le dirigiría la palabra, se atrevió a escupir la duda que estrujaba su corazón. —Maestro, por favor, revéleme el secreto; mi miserable cerebro, eco de mi podrido corazón, no tiene más entidad que la diaria ración de arroz que ingiero.
En contra de lo que el discípulo había imaginado, el maestro respondió de inmediato, como si hubiera estado esperando la pregunta durante todo el tiempo que habitó la choza de la montaña.
—En el único momento donde de verdad superamos el solipsismo al que nos condena nuestra identidad —dijo—, es cuando tenemos sexo.
El discípulo, estupefacto, anonadado, contempló al maestro, que seguía rumiando la eternidad, impasible. Y cuando por fin logró articular una frase, dijo: —Pero, maestro, eso es imposible. El sexo no es una opción para nosotros…
—Es cierto, hijo; no lo es. —Y acto seguido se apagaron todas las estrellas, la montaña se desvaneció en el aire y también se extinguió el discípulo. El maestro miró a su alrededor y por primera vez en su larga y sabia vida se preguntó si no era hora de visitar el burdel que había mencionado el Budha la última vez que visitó sus sueños.

Denuncia – Héctor Ranea



Cada vez que tengo un poco de tiempo libre –valga la ironía– me hago un viajecito al Jurásico. A veces sólo para dormir una siesta, sin gritos de purretes y botijas ni de madres desesperadas ni de maridos violentos. Será caluroso, húmedo y con libélulas que si te agarran te descogotan, pero se está bien en el silencio de esas selvas. Agarro la máquina que me dio la compañía y me rajo. Total, vuelvo un segundo antes de haberme ido y nadie se da cuenta. Con el ahorro de combustible que he logrado, ni con una auditoría bien exhaustiva me agarran.
A veces, cuando me despierto, los dinosaurios están ahí, observándome extrañados como malevaje frente a un converso. Días atrás –valga la ironía– cuando desperté, me encontré con una hembra de T-Rex. Imponente, un cacho de hembra que mete miedo a cualquiera. Me esperaba –como digo– con un rollo de papel de aluminio todo garabateado, al parecer por un Compsognathus (no estoy seguro porque no conozco la caligrafía de estas bestias) y la hembra despampanante me lo alcanza con ganas contenidas de revolcarme un poco antes de morfarme.
En el rollo decía lo siguiente (escrito en un castellano aceptable aunque un poco rioplatense para mi gusto):
Nosotros, dinosaurios reunidos en Asamblea, queremos presentar una queja formal a periodistas, pensadores, opinólogos, expertos, políticos, gente del común (hombres y mujeres) para que la corten con esto de llamar dinosaurio a cualquier político que se parezca, piense, actúe o emule (sea porque no lo pueda evitar, como que lo haga a propósito) a seres humanos de la talla infame de Hitler, Mussolini, Franco y demás representantes de la violencia organizada para aniquilar gente de su especie.
¡Parenlá de una, loco! –seguía el documento– nosotros sólo nos achuramos entre nosotros, usamos la fuerza para comer y nos la bancamos, pero nunca un pensamiento como esos ni le echamos la culpa a ningún otro dinosaurio si nos va para el culo. Que conste. Se la agarran con nosotros porque somos cachos de piedra y parecemos el epítome de la violencia. Pero si quieren calificar a los tiranos por favor, úsenlos a esos desgraciados y no a nosotros que morfamos como podemos y apenas si logramos un bocado en medio de este mundo. A Pinochet díganle que es como Hitler, a Videla a Massera y a sus émulos no les digan dinosaurios, díganle Franco, díganle fascistas, nazis. ¡Qué sabemos nosotros! No nos metan en sus asuntos, dan asco. Asco y miedo.
No podemos hacer nada que los haga cambiar. No podemos cortarles rutas ni publicar nada en los diarios. Nuestro tiempo ya pasó. Pero déjense de romper con nosotros cada vez que se quedan sin adjetivos para calificar a una de sus bestezuelas propias, usen su imaginación, juéguensela. Esperamos que ahora, cada vez que a alguien que quiera multiplicar la pobreza aduciendo su naturalidad, lo ubiquen en el casillero paradigmático que corresponde.
Sin otro particular, por la Asamblea: T-Rex, Triceratops, Diplodocus, Ornitholestes y siguen las firmas adheridas…
Me devano los sesos pensando ahora que hago con el rollo (y no me vengan con la banalidad grosera de metérmelo donde no me llega el Sol) porque si lo hago público van a descubrir mis escapadas para las siestas. Mejor espero que me den una misión oficial al Jurásico. A veces ocurre que viene un político aburrido o un periodista amigo y quieren salir a cazar y me piden que los lleve a matar un pobre bicho que va a morir... pero ustedes ya conocen esa historia...

La Zona - Miguel Dorelo



Volvió a La Zona por enésima vez en esa semana.
Sabía que eso no estaba bien.

Todo había comenzado cuatro meses atrás.
—Curiosidad, solo una vez y por curiosidad — se dijo esa mañana frente al espejo.
Aunque no fuera de manera oficial, todo el mundo sabía de la existencia de ese sector en el que hombres y mujeres todas las noches tomaban distancia de las “buenas costumbres” y ofrecían sus servicios a todo aquellos que se aventuraran por el lugar.
No sin cierto resquemor, esa misma noche recorrió la zona delimitada por solo unas pocas cuadras, cerca del centro de la ciudad.
De entrada sintió cierto rechazo al cruzarse con las primeras personas que evidentemente eran aquellos que hacían del lugar lo que era, pero no podía negarlo, la atracción que sobre él ejercían era mucho mayor que su mala predisposición.
Se tranquilizó al darse cuenta de la presencia de algunos que otros transeúntes de ambos sexos que evidentemente se encontraban en su misma situación. Mirones; o en el peor de los casos, posibles candidatos a mantener algún tipo de relación con aquellas gentes.
Solo observaría. Un mal menor. De ninguna manera traspasaría ese límite.
Tras un par de horas, decidió que ya era suficiente; no sin dificultad, volvió sobre sus pasos y en menos de diez minutos, dejó atrás las calles y aquellos seres responsables de su decisión de esa mañana.
En los siguientes días se sintió inquieto y su mente imbuida de preconceptos trató de negar los verdaderos motivos de su evidente ansiedad.
Finalmente, tuvo que admitirlo; siglos de enseñanzas y tradiciones no habían podido “civilizarlo” del todo. —Siempre tuviste una tendencia hacia lo prohibido, lo abiertamente inmoral, aunque supieras muy bien que eso suele aparejar problemas —le había dicho una vez su mejor amigo.
Pero, no era el único. De vez en cuando alguno o alguna, se alejaba de los usos y costumbres considerados “normales” y terminaba sucumbiendo ante el deseo de nuevas experiencias.
Aunque se sabía a ciencia cierta que La Zona, como se la conocía popularmente, estaba considerada como peligrosa para la moral pública, no era secreto para nadie que constantemente recibía visitantes insatisfechos con las formas tradicionales en busca de satisfacer apetitos considerados malsanos por la mayoría.
Unos y otros fueron perseguidos al principio por las autoridades, pero al ver que de todas formas ellos tarde o temprano encontraban la forma de satisfacer sus instintos a todas luces retrógrados, decidieron tratar contenerlos en una zona dentro de la ciudad previamente delimitada.
Cuando ya no pudo aguantar más, volvió a acallar su conciencia inventándose un nuevo e infundamentado pretexto. Esa noche, aunque aún no lo supiera, pondría a prueba en su conciencia los civilizados conceptos de convivencia y armonía que imperaban en todo el planeta.
La vio parada en una esquina de la avenida principal de La Zona; aunque tenía los consabidos pruritos con respecto a “ese tipo de mujeres”, como la mayoría solía denominarlas, muy a pesar suyo se sintió inmediatamente atraído.
Luego de un breve titubeo, se decidió; se acercó a ella e intercambiaron aquellas primeras palabras que con el tiempo y las posteriores consecuencias que le acarrearon, dejarían de parecerle banales e intrascendentes.
Solo eso, no quiso o no pudo avanzar más allá. Muy a su pesar, volvió sobre sus pasos y raudamente volvió a abandonar aquellas calles.
Tan solo dos días después regresó. La imagen de aquella mujer y sobre todo su mirada no dejaron alternativa posible a su supuesto libre albedrío; intuyó, ya que no supo, que sus días ya no transcurrirían de la manera anodina que lo habían hecho.
Rotas ya todas las fronteras del pudor se entregó por completo a la nueva experiencia.
Volvió a La Zona noche tras noche, siempre a buscarla. Nunca antes había sentido de esa forma; jamás imaginó que se pudiera sentir algo así. Y menos aún que todo aquello fuera motivado, contra toda lógica, por una sola persona.
—Aquí todo es distinto — dijo ella —los que elegimos vivir de esta manera nos entregamos de manera total a lo que nuestros deseos nos marcan.
Al principio todo era casi idílico, pero, de a poco, sus dudas fueron abriéndose paso en su mente hasta alcanzar el punto de ruptura definitivo. Esto no estaba bien. Era algo malsano y al fin podía comprenderlo.
—No puedo, simplemente no puedo continuar con esta relación —le dijo esa noche.
Ella lo miró. Había comprensión en su mirada.
—Sabía que tarde o temprano esto iba a pasar —dijo.
No volvió a pasar ni siquiera cerca del lugar; no quiso provocar al destino, sabiendo que ella seguramente estaría parada en esa esquina esperando.
Poco a poco volvió a su rutina de amante bisexual, a compartir con el resto de la gente normal el intercambio de pareja y las fiestas sexuales grupales.
Volver a las costumbres imperantes le harían poco a poco olvidar aquél momento de debilidad en que incursionando en La Zona por un momento dudó de todas las enseñanzas que la sociedad le había inculcado.

En La Zona, esa noche ella estuvo en su esquina, como siempre.
Algún día él vendría. Sería alguien como ella, un paria que creyera en aquellas formas que hacía siglos eran mal consideradas.
—Me querrá solo a mí y solo lo querré a él y estaremos juntos por siempre —murmuró.
Y siguió esperando.

La lobotomía en noches de Luna oscura – Héctor Ranea & Carmen Carrillo



Estuve fuera –comenzó a excusarse el síndico– porque me mandaron a hacerme una lobotomía de lóbulo parietal para que dejara de escuchar sirenas cada vez que me lavaba los dientes. El neurocirujano y el patólogo se pusieron a conversar sobre el tocador de la Duquesa de Pomerania, la naturaleza sutil del sonido del banjo, el último gol de la liga Betuniense de Fóbal y de las plumas vaginales de la lora y me dejaron tanteando en la oscuridad.
Al final, me pude volver en canoa ya que estaba bastante embravecido el mar como para volver por aire y ahora que pienso no sé si me dejé el banjo en el quirófano o qué, pero me da la sensación de que me llenaron de estopa el cerebro y medio como que no me da ganas de escribir ni de nausearme ni de nada. Digo yo:
¿Hay un médico ahí que me pueda decir por qué carajos sigo escuchando una sirena que me pide que la desnude y cada vez que lo hago se pone a cantarme la serenata en ambulancia en sol sostenido mayor en el octavo nervio?
Sí señor, dice uno en el teatro del quirófano y le pido encarecidamente que desconfíe de las sirenas que le piden que las desnude. Son las más peligrosas. Por lo regular no llevan ropa, así que si se han tomado la molestia de cubrir las partes donde no les da el sol, es que algo traman. Escuché de algunas que trabajan colectivamente: mientras una se hace desnudar por algún incauto otras tres, disfrazadas de recolectoras de basura oceánica, le roban las llaves del vehículo, los profilácticos, las tarjetas de crédito y por si fuera poco, hasta las estampillas de correo.
¿Sabe que siempre me he preguntando dónde quedan las partes pudendas de las sirenas? le contesto mientras intervienen mi nervio auditivo.
Algunas de esas partes están bien adentro. No se aflija que no las verá a menos que tenga una fibra óptica ahí donde a usted no le da el sol. Pero enfatizo: ándese con cuidado con eso de ir desnudando supuestas doncellas de mar. Desde luego, se quedará atónito al contemplar el perfecto trabajo del cirujano plástico que colocó los 350 cc de solución salina en ambos lados del tórax (y las hay hasta con mayor volumen, pero ésas las usan para transportar mayor cantidad de mercancía robada) y en esas circunstancias quedará en pampa y la vía sin un mango para rascar el fondo de una paella.
Pero es que no quiero escucharlas. Precisamente para eso es que me someto a esta operación.
Nadie le garantiza que la lobotomización le quite esas apetencias, amigo. Quien se lo garantizó, le está sacando el dinero del bolsillo. Las sirenas las tenemos encajadas en el mate. Haga una cosa: rivotrilícese. Es bastante efectivo. Puede uno escuchar elefantes morados cantar el final de acto de (Las Bodas de) Fígaro y ni por error se experimenta conmoción alguna. Claro que si los dopantes los acompaña de dos onzas de buen gin, el resultado es todavía mejor. Llega a ver a Jorge Negrete bailando can-can sin sentirse abrumados, ni usted ni él. Eso sí, todo se complica. A veces las tortugas que vea que lo vienen a llevar a la alta mar, son de verdad.

Maravillas - Javier Arnau



El Teseracto bloqueaba nuestra visión. Su tamaño hacía palidecer la del transporte que nos había traído hasta aquí.

Mientras llegábamos a nuestro destino, la geometría fractal se dispersó como bolas de polvo que algún inmenso escarabajo cósmico estuviera empujando.

Descendimos de la nave, con la gravedad artifical alrededor del enorme hipercubo creada por no sabemos quien, pero totalmente compatible con nuestra fisiología. Lo que ya fue más complicado fue recopilar sus coordenadas, puesto que, como principal punto de interés turístico desde que lo descubrimos en nuestra franja de espacio-tiempo, teníamos que mantenerlo en las mejores condiciones de visita posible. Por ello, a sus coordenadas espaciales, una vez recalculadas y reoordenadas, le añadimos una capa de alfa tiempo, para que su estructura fuera más visible desde todos los puntos de nuestro sistema solar. Pulimos y dimos una capa de fosforescente universal en los puntos que más claramente interseccionaban con nuestro n/espacio, añadimos el cartel de Recién Pintado, y nos alejamos para tener una visión de conjunto.

Perfecto; junto con otras maravillas del universo que habíamos traído hasta nuestra galaxia como reclamo turístico (las Puertas Tanhauser, la Cascada Medusa...), formaban un espectáculo digno de visita por las más altas clases de alienígenas que pudieran permitirselo.

Y en breve, en nuestra ruta turística incluiríamos la visita al estallido de la estrella de aquel planeta llamado Tierra.

Cosas de diccionarios – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¡No voy a aceptar sus palabrotas! —dijo irritado el Uhumunor de Kilikili—. ¿Con quién se cree que está hablando?
—Mis… palabrotas, como usted las llama, excelencia —replicó el terrano Sando Valaenar—, provienen del famoso Zgabagtán Surtik, el diccionario más completo de la galaxia (junto con el de María Moliner, el Oxford y el Bartiróloco-Anazómago (o Anazógamo, nunca me acuerdo bien) que se consigue hasta en los kioskos del subterráneo de Titán.
El Uhumunor, que no quería pasar por patán, miró al embajador con ojo crítico. —¿Eso significa que palabras como hujikuji, feyasioni, jarshanxa y kunilingikuni pueden ser expresadas sin cortapisas, incluso en las reuniones protocolares?
—En efecto —replicó el terrano—. Por la módica suma de homouhu gmog el Zgabagtán Surtik le pone al menos cinco palabrotas en marciano convencional de las terres hautes en cualquier discurso, claro que eso sólo sucede si tiene instalada la versión secreta del Wingow GNU...
—La tengo, pero me parece que es trucha —dijo el Uhumunor de Kilikili—. ¿Sirve igual?
El embajador meneó la cabeza. —Me temo que no.
—¡Qué dehefe noisfute!

El primer día de primavera (El jardín de Chloe) - Christian Lisboa


Cada vez que salías a remover la tierra gredosa del espacio que llamabas “antejardín”, yo sabía que regresarías con los ojos tristes, con ese sentimiento que yo no quería que expresaras, porque cada vez que esa sombra velaba tus ojos, estabas pensando en los parques y en los cerros cubiertos de un manto verde, y en lagunas y ríos y playas y también en paseos y en tardes enteras jugando con tus sobrinos, y en los años de juegos con nuestros niños, cuando eran niños, cuando éramos felices. Y yo me sentía culpable por haber quebrado todo eso, cuando en realidad tú y yo sabíamos que no era así, pero…
—¡Vincent! —gritaste. Como no reaccioné rápidamente, viniste a buscarme y me llevaste de la mano hasta un rincón. Entre la maleza seca, una pequeña planta luchaba por subsistir, extendiendo sus hojas puntiagudas como de palmera.
—Lo ves, yo sabía que alguna de las plantas iba a crecer —me dijiste.
—Es una palmerita china —te dije, mientras intentaba recordar el nombre científico, “rhapsis…”, y los datos de cuidados requeridos, que recibimos en el corto curso de ambientación antes de venir aquí—. Necesita poca agua y resiste bajas temperaturas, pero no vivirá mucho… —Lo dije sabiendo que te enojarías, que me acusarías de insensible, pues todo lo llevo a números, pues bloqueo mentalmente lo que es difícil y lo transformo en imposible… finalmente terminaste la conversación con los ojos húmedos lamentando haber venido aquí, conmigo, y haber dejado nuestro hermoso mundo, nuestros hijos, hermanos, primos y amigos, para ser los estúpidos pioneros en este planeta helado que recién comienza a ser habitable.
De nada serviría decirte que todos deberán abandonar finalmente la Tierra, que no supimos cuidar, que quienes se queden deberán oxigenarse más de una vez al día, que los protectores solares factor 80 no serán suficientes y deberán cubrirse como los beduinos al exponerse a la luz, que si te propuse venir antes fue para adaptarnos y ser de los que prepararán este mundo árido y helado para que una nueva humanidad comience. Y no es suficiente ver al atardecer el hermoso espectáculo de las dos lunas, cuando el disco amarillento del sol va apareciendo en el ocaso. No es suficiente recorrer miles de kilómetros de paisajes que jamás pudimos imaginar, no nos bastamos y las reuniones con los otros pioneros siempre terminan con melancolía y ojos llorosos.
Pero hoy ambos despertamos con una energía diferente. Chloe no salió al jardín, sino que se quedó a preparar el desayuno conmigo. Disfrutamos el pequeño placer de saborear los lácteos y frutas después de hidratarlas con agua marciana. Luego salimos juntos al jardín de Chloe y nos quedamos absortos. Miles de pequeñas hojitas verdes nos miraban sin ojos desde el suelo. Cleyeras, boneteros, hipericum, pitósporo, lobelias, mahonias, áloes. Emocionados, recorrimos las hileras de brotes descubriendo nuevas plantas que sobrevivirán, al igual que nosotros, un año más de 669 días en este mundo frío.

Distorsión - Laura Ramírez Vides


Es tan ridículo y a la vez gracioso. Nos imaginan (¿o nos ven?) verdes, altos, delgados, cabezones; a nuestro planeta lo “pintan” de rojo. Los venusinos tienen mejor imagen, a ellos los dibujan con alas y los llaman ángeles.
Los humanos son realmente unos personajes, aunque en realidad creo que simplemente son burdos. Piensan que avanzan tecnológicamente. En medicina tienen aparatos que consideran de alta sofisticación y siguen sin descubrir el implante.
Ver para creer, dicen. Si supieran que lo que creen ver simplemente no es.
El propósito de la Confederación es claro: los humanos son especimenes para estudio de toda la galaxia y delicatessen para los habitantes de Saturno (nos costó pero logramos frenar su insaciable apetito y tosquedad en la abducción; ¡maldita costumbre tenían de hacerlo siempre en el mismo triángulo!).
Pero hay unos pocos humanos que nos preocupan, son fuertes, determinados, y cuando al nacer les implantamos el distorsionador de imagen, lo rechazan.
Éstos sí son peligrosos.
Varios ya me han descubierto; lo sé, algunos me hablaron pero yo no contesté, sabían que estaba ahí y ayer a la noche… un espécimen femenino caminó directo hacia mí y me tocó.
Algo vamos a tener que hacer con ellos. Los humanos los llaman ciegos. Yo considero que son nuestra perdición.

La extinción de los mugrillos – José Vicente Ortuño


Los mugrillos fueron los únicos seres vivos encontrados en el planeta Marte. Los científicos que los descubrieron quizás se habían cansado de bautizar nuevas especies con nombres en lenguas muertas, o tal vez no conocían ninguna de ellas. Según algunos el nombre proviene de la expresión “mugrientos animalillos”, que ciertamente los describía a la perfección. Otros prefieren creer que se debe a su parecido con los grillos terrestres. Un parecido más bien escaso pues, además de ser de forma esférica y poseer dieciocho extremidades, en lugar de emitir un gracioso cri-cri, los mugrillos emitían un mujido exasperante. Aunque tal vez por eso se les llamó: “mu-grillos”, ¿lo pillan ustedes? “mu-grillos” ¡Ejem! Bueno vale, dejémoslo, porque en realidad no importa demasiado.
Los mugrillos vivían bajo el suelo marciano, donde excavaban túneles incansablemente. En el interior de éstos se concentraba la escasa humedad del planeta, dando lugar incluso a corrientes de agua. Esto causó gran regocijo entre los científicos terraformadores, que aprovecharon el preciado líquido para convertir el planeta rojo en algo bastante parecido a la Tierra.
Si bien es cierto que los militantes del grupo ecologista Redpeace ejercieron presión contra las autoridades para que no se destruyera el hábitat del mugrillo, a éste no parecía afectarle nada de lo que hicieran los humanos. Al contrario de lo que se podía suponer, esos curiosos seres no se sintieron molestos por la destrucción de sus túneles, ni por el cambio en los gases atmosféricos, ni por el exceso de humedad en el suelo. Su adaptación a las condiciones ambientales terrestres fue perfecta. Entonces dirán ustedes, ¿por qué se extinguieron los mugrillos?
Cuando la terraformación de Marte estuvo al fin concluida, se construyeron los primeros campos de golf. Eran unos campos inmensos, ya que la gravedad de Marte, casi un tercio de la de la Tierra, permitía lanzamientos de varios kilómetros. El primer signo de que pasaba algo fue cuando las pelotas de golf comenzaron a desaparecer. Cientos de miles de pelotas de golf desaparecieron y los mugrillos con ellas.
Una comisión multidisciplinar de expertos en todo tipo de materias se devanaron la sesera durante meses, pero no consiguieron ponerse a acuerdo sobre la causa de la desaparición de los mugrillos. Sin embargo, hubo una teoría que caló en el pueblo y que al cabo de los años fue la única que se recordaba. Pero no fue un científico superdotado quien la expuso, sino la abuela centenaria de un funcionario de tráfico, que había llegado a Marte en su juventud como cocinera del primer crucero de lujo que llegó al planeta rojo. Cándida, que así se llamaba la venerable anciana, dijo, ante la incredulidad general y las burlas oficiales, que los mugrillos se habían dedicado a llevarse las pelotas a sus guaridas, pero no para devorarlas sino como compañeras. Ante la pasividad de las pelotas frente a los intentos de apareamiento, los mugrillos habían muerto de amor. ¡Descansen en paz los mugrillos, los últimos románticos marcianos!

Día acción de gracias - Iñigo Fernández


Cuando la transmisión de la Tierra finalizó, todos en la sala suspiraron aliviados. Los Vaqueros habían ganado a los Leones por un punto en el tradicional juego del Día de Acción de Gracias. La costumbre, llevada a Marte ochenta años atrás por los primeros colonizadores y fomentada por la autoridad de NovaWashington —único asentamiento norteamericano en territorio marciano—, generaba en los colonos un vínculo especial con esa lejana metrópoli en la que sólo los más viejos habían tenido el privilegio de nacer.
Como el uso terrestre lo indicaba, una vez concluido el partido, mamá Tyler y la pequeña Rose terminaron de poner la mesa, al tiempo que abuelo Tyler, por ser el único miembro de la familia originario de la Tierra, no paraba de contar anécdotas de juventud que, invariablemente, terminaban por convertirse en críticas amargas contra esa “roca” rojiza en la que ahora se veía obligado a vivir; críticas que, además, lo mismo arrancaban gestos de asombro a Jimmy, su nieto, que bostezos de aburrimiento a papá Tyler, su primogénito.
A un llamado de mamá, todos entraron al comedor y se sentaron en torno a la mesa. Encima de ella había un par de tazas con salsa de arándano; un cuenco grande con puré de papa; una fuente llena hasta el tope de maíz dulce y otra rebosante de judías verdes; una tarta de manzana y un platón con el guiso principal de la cena: “pavo marciano”. Abuelo Tyler revisó los alimentos y, como era habitual en él, al ver el último hizo una mueca de desagrado.
—¡Vamos, abuelo! —dijo mamá con un deje de dulzura al percatarse de lo anterior—. Ahora hicimos un esfuerzo pensando en usted y compramos maíz de la Tierra.
—Además —añadió papá— prometiste que este año ya no ibas a hacer escándalos. ¿Lo recuerdas?
El anciano bajó la mirada y gruñó a manera de respuesta, tras lo cual, papá pronunció la acostumbrada oración de Acción de Gracias familiar. Al amén le siguió un ir y venir de platos que más tardaban en llenarse que en quedar vacíos. El abuelo no fue la excepción, si bien apenas se sirvió una pequeña porción del “pavo marciano”, misma que dejó tras darle una pequeña mordida.
—Sin duda este es el pavo más rico que has preparado, cariño —exclamó papá con la boca llena.
Abuelo Tyler lanzó una risa socarrona.
—No vayas a empezar, papá. Te lo advierto. —el hijo espetó.
Ese día Abuelo Tyler no estaba de humor para discutir, así que después de disculparse, se levantó de la mesa y tomó su bastón. De camino a su recámara recordó los inicios del asentamiento, cuando humanos y marcianos compartían la mesa hasta que las hambrunas obligaron a crear el “pavo marciano”, un eufemismo convertido ahora en tradición, con el que las buenas consciencias ocultaron lo que era un acto de verdadero canibalismo.

Como todos los días II - Samanta Ortega


Soy un lobo con patas cojas resignado ante la velocidad y la carne. Cada mañana después del baño, exhalo quejas por lo bajo sin desafiar al espejo acuciante. Me pongo el traje de corderito gastado en amarillos . Llego al trabajo con el colmillo afilado, pero las patas cojas me ponen en mi lugar. El deseo constante hace bullir la sangre y por eso hago mi trabajo bien y el del otro, hasta que dreno las fuerzas en palabras y números.
Carla es un perrito amigable, mueve la cola cuando llega o se va alguien y siempre quiere jugar, si es mejor al sol. Cuando se cansa de mover la cola hace lo que tiene que hacer. El trabajo es algo anecdótico que genera pereza y muchos amigos.
Antonio es un ratón que aprendió las ventajas de ser chiquito y escurridizo. Puede verlo y oírlo todo sin que su presencia resulte amenazante.
El manitas de Carum es el mono del circo. Hace reír, se relaja ante la presión, lo que no sabe lo aprende y te ayuda con interés.
Pero sólo yo se lo que hay debajo de mi capa de cordero (aunque se me haya visto la hilacha más de una vez). ¿Qué hay del resto? ¿Usan uniforme? No puedo evitar preguntármelo cada vez que escucho que al ratón no le gusta el queso o cuando veo al perro trepar a la ventana de un salto y sin esfuerzo, porque hay un rayito de sol.

El chirimiri del ángel - Manuel Pérez Báñez


Se cuenta que un niño capturó con liria un ángel de leche, que más que alas tenía incipientes plumones en su espalda. Éste yacía moribundo del titánico esfuerzo por liberarse de la mortal trampa de pegamento. El niño, al verlo, quedó avergonzado y arrepentido. Lo soltó con delicadeza, cicatrizó sus heridas, le dio agua fresca de una fuente y lo llevó hasta una loma cercana donde con paciencia lo instruyó para que recuperara las fuerzas necesarias para poder volar con sus aún inexpertas y níveas alas. No fue tarea fácil. Al cabo de varios días, el ángel restablecido le agradeció al niño su empeño. Con lágrimas (ese día, a pesar de ser verano, llovió suavemente sobre la aldea) se marchó volando una mañana. Desde entonces todos los niños —incluso los más crueles— poseen su ángel de la guardia. Desde entonces una fina lluvia cae cada once de Agosto sobre la aldea. Los del lugar la llaman el chirimiri del ángel. Ese día todos los niños lo celebran soltando jilgueros en la plaza del pueblo.

Lluvia - Pablo Blanco Polaina


Hoy llueve como cuando la infancia y las nubes y la brisa y el olor a lluvia o sea a tierra mojada y el ruido de las gotas estrellándose contra el suelo y los tejados con los ríos desbocados de los canalones y el rugir de la uralita hoy llueve y el tiempo es un fotografía de entre-párpados bajo soportales de un patio lejano y el gato que ronronea sobre la mesa y buganvillas y palmeras y entonces cuando viejo quiero decir cuando joven geranios y jazmines y un palomar abandonado y la lluvia igual igual igual como su olor y esas cuerdas tan iguales en el mundo que sostienen su horizontalidad de alambre oxidado para tender la vida siempre tan iguales esas cuerdas con las mismas siempre iguales gotas transparentes cristalinas puestas a secar en fila india horizontal de perlas que la mano cosecha y chupa la lengua porque esas cosas se hacen cuando viejo quiero decir cuando joven y se sueñan entonces también amores cosas prohibidas la dulzura de la piel tersa y blanca por vez primera mientras la lluvia caía en un rincón del paisaje se sueñan y se palpan tiritando y no de frío húmedo y no la lluvia se saborean hasta el gaznate los pezones de la tierra húmeda esas cosas sin más malicia que el deseo tan intensas y tan lentas a pequeñas dosis de lluvia porque lo desconocido es miedo y deseo cuando joven o viejo qué más da cosas que pasaban hace muchos años y hace tiempo que olvidé pero al menos hoy la lluvia y esa húmeda nostalgia.

Tomado de: http://sevendepoesia.blogspot.com/

Algo para declarar- Max Goldenberg


“¿Tiene algo para declarar?” me preguntas y yo te pregunto a vos: ¿Si tengo algo para declarar? Claro que tengo algo para declarar. Aca parado en el aeropuerto pero también tengo algo para declarar en la vida misma. El que te diga que no, te miente flaca. Todos tenemos algo para declarar. Lo que no sé es si todos tienen las pelotas que tengo yo para decírtelo. ¿Algo para declarar? ¿Estás segura de que querés jugar a este jueguito? Declaro que estoy podrido de hacer la cola en la verdulería, mirá vos. Hago dos horas de cola para que venga algún amigo de Don Carlos y se lleve las mejores bananas. ¿Querés que siga declarando, oficial de la aduana? Declaro que me gusta la Susana desde que la vi en el baile del Loro y no dejo de pensar en ella. Declaro que me baño una vez por semana para no perder la costumbre. No me mires asi, flaca. Yo soy creyente. Creo en el olor corporal, creo en que cada uno tiene que oler como uno huele y no como las corporaciones quieren que huela. Alguien lo tenía que decir. Yo huelo como dice mi documento: Oscar Del Mango. No huelo Rexona, ¿se entiende el concepto? Pedro Rexona olerá como él quiera. Pero yo huelo a mi. Si te gusta, mejor para vos. Si no te gusta, seguí participando flaca. Como sigo participando yo cada vez que abro una puta botella de Coca. Porque yo tomo Coca, no tomo Pepsi. O sea, todo bien con Pepsi, deben ser buenas personas pero a mi no me gusta la Pepsi. Por mas que las dos se llamen “Cola” no tiene por qué gustarme, ¿no? Yo a los melli Voltini los conozco a los dos pero a Tito lo banco y al Pupi no y los dos se llaman Voltini. ¿Si tengo algo para declarar? Declaro que me tienen podrido los taxistas que te piden que les indiques el camino porque son nuevos. ¿Que soy? ¿Un cura? ¿Un Dios superior que tengo que indicarte el camino? No señor… vos elegiste ser taxista, entonces llevame a donde te pedí. ¿Dónde se vió? Debe ser el único laburo donde vos tenés que hacer lo que estás contratando y encima le pagás. Y nadie dice nada. Es como si llamaras a un carpintero y te diga: “¿Una mesa? Como no, acá tenés el serrucho… ¿No la hacés vos que soy nuevo en esto de la carpintería? Son cuatrocientos pesos”. Lo peor de todo es que le indicás igual al tachero: “Tomá por Córdoba derecho y doblás en Juan B Justo” le indicás. Al pedo porque el tipo termina agarrando por donde se le canta el traste. ¿Para qué me preguntás? Te parecés a mi esposa que me pregunta qué quiero cenar y después termino comiendo tarta de zapallitos. ¿”Milanesa” suena parecido a “Tarta” acaso? No me mires así, flaca. Vos me preguntaste. Que espere el avión, mirá lo que te digo. ¿Está apurado el señor capitán? Que espere. Vos me dijiste “¿Tiene algo para declarar?” y bueno, acá estoy, declarando. Declaro que no bajo la tabla del inodoro. La dejo arriba. Que la baje el que venga después. ¿Yo la tuve que subir? que la baje otro. Si viene una mina que la baje y listo. Que baje la tabla y que baje los humos ya que está. No se de dónde carajos se bajan los humos, ¿no? porque todo el mundo te dice que bajes los humos pero yo no se de donde. A mi hablame claro. Si querés que me calme me calmo pero no me pidas que baje los humos porque los humos no se bajan, se huelen. Como todo esto de si tengo algo para declarar que me huele mal, me huele a gato encerrado. A gato con botas. Como las que compré en Miami hace dos días. Así que eso tengo para declarar: un par de botas. Si te gusta bien y si no te gusta, a cantarle a Gardel. Si lo encontrás.

Tomado de: http://max.com.ar/
[texto bajo licencia Safe Creative / todos los derechos reservados]

Las arañas – Héctor Ranea


–Mate bien a las arañas – me dijo el hombrecito vestido de gris.
Yo me sentí un poco abochornado, no sólo porque no me gusta que me digan cómo hacer las cosas, sino porque un hombrecito vestido de gris en mi baño, cuando hago mis necesidades, no es particularmente la idea que me hago de una situación amable ni amena.
Como lo miré con cara de preguntarle: –¿De qué cuernos me está Usted hablando? el tipito me respondió de buena manera:
–Mire leí una vez, pero no recuerdo dónde, que las arañas mal amasijadas vuelven por el tubo de la bañera.
–Pero si están muertas –dije entre sonrisas indisimulables –va a ser difícil que retornen.
–Claro, so estúpido –eso fue cruel e innecesario –vuelven a los sueños del que las mató.
–¡Pero si yo no sueño!
–No sé; allá Usted que no sueña. Vaya a saber cómo se le acomoda la araña. Tal vez quede impotente. No sé. No recuerdo el cuento. Sé que la cosa no es para tomar a la joda. Hágame caso.
Cuando seguí leyendo mi libro, me di cuenta de dos cosas, a saber: una, el tipo se fue. Para mí que hizo mutis por la ventana que da al rosal color salmón. Y dos, que la araña estaba lejos de mi alcance y aunque tuviera una Biblia tamaño baño yo no la alcanzaba como para matarla.
La araña me miraba con sus ocho ojeznos casi con risa y erguida en ocho puntas de pata, muy oronda. Después leí, o vi por la televisión, que algunas arañas mutantes producen una transpiración con un analgésico poderoso y un liserginoide o algo así. Además de que ríen.

Mi madre y Camus - Alexis Socco Demic


Es duro el oficio de escribir. Cuando se te ocurren cosas interesantes para expresarlas, generalmente no estás en tu casa y no tenés a mano un papel o una lapicera. Y cuando te sentás finalmente a la PC para escribir, no se te ocurre nada y por eso escribís las razones por las cuales no comenzás un cuento con una frase del estilo "Hoy mama ha muerto. O tal vez ayer, no sé"… Pero claro, Camus era un genio y vos un idiota dicen, entonces si no tenés mucha autoestima te vas a hundir cada vez más en los rebotes de las palabras de ellos.
A menos que uno tenga el coraje de plantarse y decir ‘a la mierda Camus, yo soy mejor’, pero tampoco sería algo productivo, porque la escritura no es un deporte y nadie gana o pierde o es mejor o peor que otro. Lo cierto es a Camus se le murió la madre y él no recordaba en qué momento había ocurrido.
Ayer murió la mía, y sé muy bien cuándo y cómo ocurrió. Como la de Camus, ella estaba internada en un asilo para ancianos. Existen muchas razones para explicar porqué ella estaba desde hace años condenada a un sitio así, pero no las voy a justificar ahora. Sólo diré que fue víctima de la violencia interna, de su propia impotencia para seguir respirando frente a esas paredes viejas, rotas, grises. No estaba enferma de manera terminal, pero sí temporal. Su tiempo, creía ella, creo yo, había expirado. No encontraba sentido ni motivos para luchar contra lo terrible de su destino.
“Hoy mi madre ha muerto”, escribí ayer. No quise copar al escrito francés, pero no hubo más para describir.
La culpa de su muerte es mía, lo sé, pero sólo yo sé porqué. Y hoy me encuentro vacío, como esta página en blanco, que trata de llenarse como puede, a duras penas. Es duro el oficio de escribir, pero más duro es no tener la posibilidad de revertir las cosas. Sólo escribo, cuando debería tener coraje para asumir mi responsabilidad. Sí, soy un cobarde, como Camus. Y no tengo su prestigio. Eso me hace sentir doblemente culpable.

Peligro de extinción – Antonio Jesús Cruz - Sergio Gaut vel Hartman


—Soy un hereje, aunque no crío cocodrilos —dijo mi amigo Antonio descorchando el tercer Malbec Rosé de la cena.
—¿Podrías explicarlo? —pregunté sin demasiada convicción. A mí me gusta el
Chardonay cosecha tardía, y llegado el caso prefiero un Beaujolais fresco, suave como beso de muchacha. Pero Antonio no se inmutó.
—Como un amigo mío que cría una nambá verde en los quince centímetros cuadrados de su bolsillo.
—¿Una namba verde? —Lamenté no tener acceso a la Wikipedia; la Wikipedia era la solución perfecta. O lo habría sido, si Antonio no hubiese seguido con su incomprensible discurso.
—Ahora bien, lo que Saturnino no sabe es que mi volcán, que antes erupcionaba con abundante lava, ahora sólo tira cenizas, por lo tanto, no puedo utilizar plumas incandescentes para escribir cuentos. Eso me pasa por sentarme a tomar un café justo al frente de la plataforma uno.
Renuncié a seguirlo. Me embutí un buen pedazo de vacío —debo admitir que como maestro asador Antonio raya la perfección— y busqué consuelo en Pocho, el alienígena que había llegado de Tau Ceti para reformular la actividad solar y evitar que el 21 de diciembre de 2012 la desestabilización de la corteza terrestre nos mandara a todos a la quinta del ñato. Pero a Pocho el Malbec Rosé le había pegado de un modo insultante.
—¿Qué cocodrilos, nambáes verdes, cenizas de volcanes y plataformas de trenes? En este planeta lo que hace falta es mano dura para poner en cajas a los intelectuales que todo lo embrollan y confunden. —Cuando se enfurecía, Pocho hablaba con un dejo de acento alemán—. Me parece que no voy a arreglar nada lo de los neutrinos para que este mugriento sistema se vaya por el desagüe.
—Calma, Pocho —dijo Antonio guiñándome el ojo—. Ya vienen las mollejas, y están como te gustan.
Pocho se serenó y pasando la lengua trífida para secar sus jurcias, estiró el brazo y puso la copa en posición para que le sirvieran otro poco de Malbec Rosé.

Marlon Brando sabe todo – Lisandro Varela


Muero y tengo puesto un smoking blanco. Soy yo pero es el pibe de Trainspotting haciendo de mí y me veo desde afuera. Atravieso una fiesta rápido entre mucha gente que no me ve. Sigue una cocina de Sheraton con casamiento y filas largas de platos de metal tapados con metal. Abro una puerta de madera blanca que se abre a lo oscuro y salto sin miedo. Llego a una sala de bingo triste con las paredes cubiertas de tela negra para que no haya incendios.Las mesas son redondas y están un poco torcidas. Tienen un número de papel en el medio y personas sentadas y sillas vacías.En una esta Verónica Rocha, que me dice que esa fiesta estuvo buena y que que bueno que compartamos mesa.Se acerca un señor que es el jefe de la cosa pero no parece jefe, parece un tipo con muchos problemas. El tipo me dice que tengo que volar a otra mesa.Vuelo entre las mesas y el techo bajo y negro. Vuelo como un pájaro pesado que vuela lejos, moviendo los brazos con todo el cuerpo. Todavía soy yo y el chico Trainspotting vestido con un smoking blanco. La mesa que me toca es chica y todos los asientos están ocupados por tipos turbios que hicieron grandes cagadas cuando vivos. Los tipos están felices de que llegue y ahora hay un asiento. Saludo y no me siento. Me pega en el estomago la cosa densa de los tipos que me saludan amables.Vuelvo caminando entre las mesas. El jefe tiene un problema mas ahora que le hablo y le pregunto if is free will possible in this fucking place. El jefe no contesta. Al piso le crece Marlon Brando a los cincuenta vestido de vaquero y a caballo, lo siguen vaqueros heridos de muertes con guerra. Marlon Brando no me dice nada pero me dice that free will is always possible. Marlon Brando y su banda se van al galope como en una película de Sucesos Argentinos.
Publicado en el blog:http://vidadocampo.com/

Atardecer en el lago - Paloma Zubieta López


El día languidece y el corazón del bosque se llena de vida. Una ardilla devora bayas sobre un tocón, las mariposas revolotean por doquier y los tordos saltan de rama en rama. La luz se cuela entre las hojas mecidas por la brisa y varias chicharras cantan. Casi en el margen del lago, vemos una mujer sobre la tumbona. Parece que duerme, pero nos sorprende al abrir los ojos, diminutos, en los que se dibuja el sol a punto de ocultarse. Sus cabellos grises enmarcan un rostro delicado y dulce, lleno de arrugas. Contempla absorta cómo la tarde se acaba en este pequeño paraíso. El cielo explota en tonos de rojo y naranja; ella esboza una sonrisa. La vemos mover los labios como si conjurase un hechizo pero no logramos distinguir qué es lo que dice, ha hablado muy bajo. Observamos que tiembla cuando el viento la acaricia y cómo se cubre las manos con una manta. A lo lejos, un trueno anuncia que pronto lloverá. Cuando no hay casi luz, la mujer se eleva y en las alturas, desaparece. La manta queda sobre la tumbona y el silencio invade el escenario: el ciclo se ha cumplido.

Las Sempiternas - José Luis Vasconcelos



Cuenta Inesita que en los días de luna menguante las sempiternas bajan de los árboles para matar ancianos. Dice que son bestias de tres patas, con alcayatas por uñas y menstruo en lugar de saliva.
Mi amiga no miente, su abuelo fue muerto por unas sempiternas de las que llegan ahí volando sobre la sierra del norte. Su madre jura que bajaron del árbol más grueso del zócalo y luego anduvieron por todas las calles buscando viejitos. La mala suerte quiso que hallaran al abuelito.
Dice que las sempiternas rejuvenecen mientras mastican las carnes marchitas. A cada bocado va cayendo la pelambre que tienen encima y cuando acaban de rejuvenecer vuelan hacia la sierra.
Cuando eso pasa todos los pobladores entran a la iglesia, ahí rezan hasta que sale el sol. No tienen párroco, el último huyó despavorido cuando una de esas bestias se metió a su cuarto por equivocación, porque aseguran que parecía más grande de lo que era.
La próxima semana iré al pueblo de Inesita. Mi madre, con esa sonrisa extraña que pone cuando desea sorprenderme, me dijo que viajaremos ahí por la sierra del norte, porque ya es tiempo de que sepa para qué vine al mundo.

El autobús - Héctor Gomis


El autobús estaba abarrotado y yo luchaba por mantener la verticalidad frente a un grupo de ancianas que aporreaban mis testículos con sus bolsas de la compra. El recorrido solía durar unos treinta y cinco minutos, pero el calor y la incomodidad me lo hicieron parecer mucho más largo. Casi podía notar como el tiempo se hacía viscoso por momentos y frenaba su ritmo hasta casi detenerse. Me concentré en recordar una canción que me cantaba mi padre de niño. Entrecerré los ojos y apliqué mi mente en la tarea de revivir su melodía. Eso me distrajo ligeramente del exterior, y olvidé por unos instantes el dolor de riñones y las gotas de sudor que bajaban por mi cuello. Luego pensé en mi padre. En mi padre y en sus extrañas teorías.
El tiempo es flexible. Eso me decía cuando me veía aburrido. Hay momentos en los que transcurre muy veloz y los minutos apenas se perciben, y en cambio en otros, los segundos se eternizan en su camino y nos desesperamos con su lentitud.
El autobús se detuvo y la pérfida banda de viejas destrozatestículos bajó en tropel. Aspiré hondo, y disfruté del pequeño intervalo de bienestar que tenía hasta que volvieran a acorralarme los nuevos viajeros. Duró poco, lo que dura un pestañeo. Enseguida se volvió a ocupar todo el espacio con otros cuerpos, y de nuevo el tiempo volvió a frenarse.
Durante el resto del trayecto escuché las conversaciones de mis vecinos, y así me enteré de que el señor calvo situado a mi espalda no estaba nada conforme con su sueldo y se planteaba dejar su trabajo, y que la niña apoyada en la ventana había suspendido tres asignaturas y no tendrá vacaciones este verano, y también que la mujer de mi derecha ya no quería a su marido, aunque, como le decía a su amiga, se casaron hasta que la muerte los separara y le tocaba aguantar con él toda la vida.
El tiempo seguía arrastrándose indolente, y yo notaba la tensión de todos mis músculos esforzándose por mantener la posición. Vi como el hombre que tenía enfrente mascaba chicle despacio, muy despacio, y como después de un rato se lo sacó de la boca y lo pegó en una barandilla. Una mujer que lo vio, se lo comentó a su compañera, y las dos le dedicaron unas miradas de desaprobación. Yo, mientras observaba a mis vecinos, me imaginaba que si existía un infierno debía de ser como aquel autobús lleno de gente. Un autobús abarrotado, con un ambiente pegajoso, que nunca llegara a su destino y diera vueltas y vueltas sin cesar.
Por fin llegué a mi parada. Avancé a codazos hasta la puerta y conseguí salir. Al bajar a la calle, crucé la mirada con una mujer. Era morena, de ojos grandes y negros, y su cara, sin ser una cara conocida, me recordaba momentos de mi infancia. Su imagen me transportó a kilómetros de allí, a un lugar feliz donde nunca había estado, y me provocó bienestar. La mujer estaba hablando con una amiga, y reía sin parar. Al verme, me dedicó una sonrisa amable y subió al autobús.
Vi partir al autobús, y escudriñé entre sus ventanas por si conseguía localizar a la mujer. Al final la vi. Estaba apoyada en el ventanal y me miraba. La despedí moviendo la mano, y ella me correspondió haciendo lo mismo.
El tiempo es flexible, lo difícil es controlarlo, eso pensé mientras la perdía de vista.

Tomado de: http://uncuentoalasemana.blogspot.com/

Esperando al salvador - Gilda Manso



Lo vi a la ida, en Pompeya; yo iba en el 160 y él caminaba por la calle, en cueros, mugriento, con una barba que parecía algodón mezclado con engrudo. Edad difícil de calcular, tal vez si le quitáramos la barba y la mugre y las marcas de durezas (metafóricas y no) que le cubren la piel, hallaríamos a un hombre de cuarenta años, o cincuenta, o sesenta, vaya uno a saber.
Paraba a los autos y les pedía plata; fuera cual fuera la respuesta, él gritaba “¡Soy Jesús, soy Jesús!”; supuse que viene haciendo eso desde hace mucho tiempo, porque en el grito ya no había desesperación ni dolor ni indignación ni nada.
A la vuelta seguía ahí. Habían pasado cuatro horas, pero el hombre seguía caminando por la calle, parando a los autos y gritando que es Jesús.

El choque fue tan inesperado y violento que apenas vi lo que sucedió: el auto que iba adelante de mi 160 se llevó puesta la barrera baja, y el tren se llevó puesto el auto. Los bomberos dijeron que no había nada por hacer. El conductor del auto estaba muerto.
Yo, que había bajado del 160 para perderme entre la muchedumbre a la que la curiosidad y el morbo no habían matado pero sí seducido, vi que el hombre que decía ser Jesús se había acercado también, y estaba parado al lado mío, mirando adentro del auto. Entonces lo miré fijo, por las dudas, a ver si veía en su cara una mínima señal de persona que hace un milagro (ceño fruncido por la concentración, mirada de rayos equis, no sé, algo), y un bombero de pronto exclamaba “¡Momento, no está muerto, respira!”, pero nada pasó.
La próxima vez le voy a dar una moneda.

Incidente Diplomático - Guillermo Vidal



Después de arduas negociaciones se llegó a un acuerdo bilateral entre Rúcula tres y la tierra. Se ofreció una cena en la flamante embajada. El menú cuidadosamente elegido consistía en carnes de diversas formas, al gusto de los nativos. El mozo pasaba por las mesas ofreciendo en una jugosa bandeja los diversos platos.
—Gracias —dijo el recién arribado agregado cultural terrestre y abrió un inocente taper—no como carne, traje mi ensalada. Y con un mordisco sonoro hizo crujir la lechuga.
Los ruculanos se pusieron de pie de inmediato y empezaron a agitar sus hojas y a gritar enfurecidos alrededor de la enorme mesa. Sus rugosas pieles pasaron de un pacifico verde a un rojo oscuro sanguinolento. En pocos instantes estaban rodeados de guardias.
Era de esperar que en Rúcula tres fuera un crimen ser vegetariano. Un desliz diplomático imperdonable. El pequeño error de un hombre podía ser un desastre para la humanidad. Este incidente podía llevarlos una la guerra, que podían perder, y que tanto trabajo les había costado evitar. El embajador terrestre reaccionó de inmediato. Entregó al trasgresor para que fuera castigado según las leyes del lugar. Parecía la única salida para enmendar el traspié. La solución fue más sencilla de lo que parecía; se acudió al principio de compensación y ser sirvió en bandeja al criminal.
El embajador terrestre después de pedir disculpas, quiso realizar un gesto de consideración y se sirvió una porción jugosa y humeante de su antiguo colaborador.
—No es lo peor que me ha tocado hacer —dijo a su secretario que lo miraba desorbitado y pensó para sus adentros, ¡Sí que esta sabroso!, que bien cocina esta gente, pensar que en vida era tan insípido. Y se sirvió otra porción.
Entretanto los ruculanos miraban de soslayo y hablaban en su lenguaje todavía bastante indescifrable.
—¿No es suficiente verlos asesinar a los nuestros? ¡También son caníbales! Nadie consume la carne de un condenado ¿Qué clase de gente se come a los suyos?—dijo el representante ruculano a su compañero  de mesa.
—No me sorprende. Que se puede esperar de una especie que consume ensalada —respondió otro a su derecha.
—Esta alianza no va a durar. No voy a cejar hasta verlos a todos ellos en una fuente —dijo el representante.
—Yo no pienso probar —dijo un tercer ruculano, asqueado de solo imaginar el gusto. Y todos alrededor respondieron con el equivalente de una risa estrepitosa. Curiosamente el embajador humano interpretó los sonoros gritos como buenos augurios y siguió masticando.

De familia - Claudia Cortalezzi



Buenos Aires, 7 de Agosto
Querido hermano:
No tengo mucho para contarte, por acá todo bien. Marcela insoportable como siempre, y yo aguantándola.
¡Ah! antes de que me olvide; ayer di bien Anatomía, ¿qué tal? Felicitame, es mi primera materia.
Le conté a mamá que te escribiría y me dijo que te mande un beso de su parte, dice que está muy ocupada y que cuando tenga un ratito te llama. ¿Cómo está? Mejor, hasta engordó unos kilos cuando dejó el psiquiátrico.
Ya sé en qué estarás pensando, pero no. No tengo novia, al menos por ahora. Como vos decís: “Lo primero es el estudio. Para lo demás, ya habrá tiempo”. Me parece verte en esa pose asquerosamente autoritaria que adoptabas cuando me lo decías. Claro que ahora usas bigote, como le dijiste a Marcela por teléfono, tendrías que mandarme una foto porque no te imagino.
La que sí tiene novio es Marcela, pero nadie lo sabe. A mí me lo contó en confidencia, y yo a vos te lo digo porque estás lejos.
El otro día estuvo la abuela, tendrías que verla, cada vez más pendeja. Papá, de estar vivo, parecería su padre. Miramos fotos viejas con la abuela y cuando te vio se puso a llorar. Tenés que escribirle a la pobre vieja. Insiste en que se va a morir pronto y que no va a volver a verte. Seguro que si fuera yo el que está en Francia, ni se acuerda.
Dirás que soy un guacho por decir eso, pero tendrías que pensar que yo estuve acá en los peores momentos. Porque el que se rajó fuiste vos, ¿te acordás? Y la pasás de lo lindo: meta Montmartre, Sena, Follié Bergé y Champs-Elyssé. Y mientras, yo me pudro en esta casa infestada de fantasmas que lo único que hacen es enloquecerlo a uno. Pero no te asustes que tu hermano todavía está de este lado: el de los cuerdos.
Yo sé bien que no te bancaste la enfermedad del viejo y la locura de la vieja. Pero por lo menos podrías haber vuelto para el velorio. ¡Ah, claro! Ya sé, no tenías plata. Aunque le podías haber pedido al tío, no te hubiera dicho que no.
Cambiando de tema: ¿a qué no sabés la última de la vieja? Tapó los muebles. Así como lo estás oyendo. Para cuando vos vuelvas, dice. No sabés las ganas que tengo de recibirme para poder mandarme a mudar de esta casa de mierda. Además parece que el hecho de irte te convierte en imprescindible, hacés bien en no volver. Yo le digo a la vieja —cuando se pone muy hincha— que allá debés tener alguna minita que te atiende de lo lindo. Encima le digo, para darle bronca, que estarás feliz de no tener que vernos la cara a nosotros.
Por suerte cambió de médico (la vieja, digo). Está más tranquila con la medicación que le dio el nuevo, claro que no le entra nada de ropa, como ya te comenté. Debe ser por tanta porquería que está tragando. Pero a vos eso no tiene por qué preocuparte, total la loca está del otro lado del océano, ¿no?
En cambio, yo me tuve que hacer cargo de todo. Porque Marcelita tendrá unos años más que yo, pero es mujer. Y vos la conocés: ella se las toma a lo de una amiga y no vuelve hasta que pasó la tormenta. Y la vieja, bueno, de eso ni qué hablar. Cualquier quilombo, se interna por las dudas.
Por suerte está el tío, ese sí que es un buen tipo. Viste que él se hizo cargo de la empresa y nos mantiene a todos. No quiere que Marce y yo trabajemos hasta que nos recibamos, ¿qué tal? ¡Quién lo iba a decir del solterón, eh!
Con respecto a eso, yo tengo mi propia teoría: para mí que él siempre le tuvo ganas a la vieja, y que ahora ve la oportunidad y la aprovecha. Hace bien, yo creo que si insiste… por ahí tiene suerte y la vieja le da bola. ¿Qué me decís? Tendríamos un papá nuevo. No sería tan problemático, hasta podría presentarnos como a sus hijos. Total tenemos el mismo apellido.
Bueno te dejo porque tengo que estudiar. Como decís vos: “Lo primero es el estudio. Para lo demás, ya habrá tiempo”.
Un abrazo, Alberto.
¡escribíme, no seas fiaca!

P.D.: ¿Te acordás del bigotudo de la armería de la otra cuadra? Bueno, el otro día me llamó y me ofreció una joyita que tenía usada. ¿No te imaginás? Un Colt 357 Magnum ¡Qué tal! Te juro que todavía no lo puedo creer. ¡Yo, con semejante cañón! No veo la hora de estrenarlo; hasta me compré un pasaje abierto a Francia por si me agarra la loca y, en el momento menos pensado, termino de una vez por todas con nuestra adorada familia. —¿Vos me vas a recibir, no?— ¿Sabés qué? estuve probando para tener una idea de cómo van a reaccionar. Sin ir más lejos esta mañana le di un flor de susto a Marcelita.
Bueno, chau.

Los escondidos - Gilda Manso



y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo
(Alejandra Pizarnik).


—Julia, ¿tiene el informe?
(Guillermo se paró al lado del escritorio, detrás de la mujer. Luego retrocedió, luego volvió a acercarse. Le preguntó por el informe con un tono de voz imperioso, seguro, de hielo, de jefe. Tocó la taza de la mujer, la acercó más al centro de la mesa. Se alisó la corbata para hacer algo con las manos).
—Usted me dijo que el informe lo necesitaba para mañana, señor.
(Julia se acomodó un mechón de pelo detrás de una oreja. Le respondió a su jefe con voz de secretaria. Era su secretaria, y le contestaba como su secretaria. Agarró su taza y se tomó lo que quedaba de café: borra y poco más. Acomodó una pila de papeles acomodados).
—Debe haber entendido mal, Julia. Lo necesito para hoy, lunes.
(Guillermo se metió las manos en los bolsillos. Una mosca se había posado sobre la cabeza de Julia; Guillermo miró a la mosca durante más de dos segundos. Guillermo tenía miedo de que Julia fuera amor, y también tenía miedo de que Julia no fuera amor. A Guillermo le gustaba nombrar a Julia, porque nombrar es acercar. Guillermo sentía terror cada vez que se animaba a nombrar a Julia).
—Para hoy es imposible, señor. ¿Podrá ser para mañana al mediodía?
(Julia se sacó una inexistente pelusa de un ojo y la examinó, para hacer algo con la mirada, para no mirar a Guillermo. Luego espantó a la mosca que se había posado sobre su cabeza. Julia tenía miedo de que Guillermo supiera que él era amor, porque él, además de amor, era jefe. A Julia le gustaba escuchar su nombre en la voz de Guillermo; Julia sentía que su nombre era lo único verdadero entre irrealidades de informes, horarios y malentendidos laborales).
—Para mañana sin falta, Julia.
—Sí, señor.

Tandil tiene lomas - Lisandro Varela



En el planeta rivotril veo el programa de Luisa Valmaggia a la una cuarenta AM y se siente bien.
Se siente bien como si mi cerebro estuviera encapsulado en vidrio y la espina dorsal mojada de un liquido espeso y tibio que me inventa un cuerpo gigante que se siente bien.
Tengo el cuerpo gigante. Dos meses de coca regular y cero caminata y cero press de banca en casa.
El lunes empiezo. El lunes que viene.
Ahora veo a Roberto García, capo mal, que le da manija a uno que quiere que vuelva la colimba.
Soy de la clase del soldado Carrasco mártir. Número bajo con el 265. Fui a que me sellen el documento en el distrito militar Tandil y un chico gay quiso hacer alguna cosa en el baño de la terminal. Le dije que buena onda pero no. Después me hice amigo por el día de otros dos que habían zafado y caminamos como en city tour.
Tandil tiene lomas que te cansa subirlas.
Cuando llegué a Retiro no tenia una moneda y el chofer del 22 me llevo gratis.
Hoy cantamos que nos miramos una vez y supimos enseguida que pasaba. Cariños a y yo afinamos para arriba. Emma Peel no te canta canciones que no sean su tono.
Louis Cypher tocó en el piano tres hitazos por minuto. Louis Cypher tiene una linda casa y recibe árabe.
Antes fuimos a Dadá a las cuatro y nos fuimos a las nueve. Dejamos el muerto por un día, sería cope no pagar, que nos lleguen los mensajes por otros regulares pidiendo que aparezcamos con la plata, no poder agarrar por San Martín.
La gente es muy boluda y toma rivotril por cualquier cosa. El rivotril es para sentir felicidad en el cuerpo una vez cada tanto, con la cama tendida recién, con las manos con olor a jabón, con el aire al palo, abajo del edredón.

Tomado del blog: http://vidadocampo.com/

El desvelo del guardián - Daniel Aloisio



Salieron apenas asomó el sol. En las caras de algunos creí advertir cierto desdén, como si los años de trajinar caminos les hubieran agriado los rasgos. Avanzaban de a dos, sobre caballos briosos que entre orines pisoteaban el guadal de las calles.
Nos habíamos reunido, no más de diez, a despedirlos. Con ojos fríos, inclinaban las cabezas al pasar frente a nosotros. Dudo que en esas miradas hubiese respeto, o afecto. Toleraban nuestra presencia: éramos útiles en época de campaña, cuando mujeres y niños se convertían en presa fácil de cualquier ejército invasor. Conocíamos los secretos de las montañas y los túneles que atravesaban los valles. Sabíamos de venenos y conjuros, de trampas letales para cualquier extranjero desprevenido. De allí nuestra fortaleza y la aceptación de los guerreros.
El general, que cerraba la marcha, se acercó al trote y desensilló a mi lado. Alzó una mano a modo de saludo. Respondí de la misma forma, evitando mirarlo a los ojos. Habló con voz ronca:
—Isolina y mis hijos quedan a su cuidado…
—¿Viajan al Norte? —interrumpí.
Mi impertinencia no pareció molestarle. Señaló la aldea con un gesto ambiguo, y continuó:
—Que permanezca cerrado el portón. Mantengan las vallas y no descuiden las torres. Retornaremos en unos meses.
—¿Nuevas anexiones?
—Sí, necesitamos expandirnos.
Dijo esto y se detuvo, como si hubiera oído una voz que le ordenara callar. Repitió el saludo y montó apresurado. Dio la orden, y los hombres partieron al galope. Me dedicó una última mirada, espoleó el caballo y se perdió en la polvareda.
Mientras volvía a la casa recordé la vez en que su madre, mi mujer, lo había alzado en brazos para que yo pudiera besarlo antes de partir rumbo a una campaña. Alejado de estas tierras durante años, recibí al regreso la noticia de la prematura muerte de ella, y el resentimiento, doloroso, del joven huraño en que se había convertido mi hijo.
Entré y decidí dormir. Recostado sobre la estera, esperé en vano la llegada del sueño. Me invadía una angustia extraña, que atribuí a la partida de los hombres, a la soledad, a la vejez.
Con pereza, caminé hacia la cocina: olía a leña, a grasa de cerdo. Bebí agua fresca y me tumbé en una silla, inquieto. Desde ahí podía ver una de las torres de vigilancia. Proyectaba sobre la plaza su sombra alargada: un ogro famélico con sombrero chino. La ocurrencia, lejos de divertirme, me estremeció.

Pasaron tres días sin que el cansino ritmo de nuestra vida se alterase. La última noche, sin embargo, alcancé a ver que un pequeño grupo de pobladores hablaba en voz baja y gesticulaba. Lo extraño fue la manera en que se dispersaron en cuanto me vieron acercarme.
A la mañana siguiente desperté sobresaltado por un sueño que entremezclaba hogueras y relinchos. Traté de calmarme, pero no pude. Al fin, cansado de imaginar espantos, decidí recorrer la aldea. Sin pensarlo, enfilé hacia la casa de mi hijo. Me detuve a unos metros, alarmado por un sonido que provenía del callejón: ruedas, algo que era arrastrado con dificultad.
Temeroso, me oculté tras unos fardos y esperé. Sentía el latir del corazón en la garganta, el hormigueo de la sangre en las manos. Pude ver, desde mi precario refugio, cómo unas sombras se acercaban: hombres, hombres de nuestro ejército, que ahora montaban en medio de la calle una tarima.
Estaba a punto de dar un salto de alegría por ver otra vez a los guerreros, cuando advertí que vecinos armados con garrotes irrumpían en la casa de Isolina. Desesperado, corrí en busca de ella y de mis nietos. Pero dos soldados, a punta de lanza, me detuvieron. Entonces vi cómo Isolina y los chicos eran apaleados. Sus cuerpos quedaron a merced de las alimañas.
Entre golpes y escupitajos, fui llevado ante el capitán, quien me azotó hasta que mis piernas ya no pudieron sostenerme. Comprendí que no quería matarme, no tan pronto.
Después, desde el estrado pronunció una arenga que arrancó vítores. Y en su lanza alzó una cabeza humana. El aire se llenó de risotadas, alaridos.
Y sobre mí cayó la horrorosa imagen del motín, de nuestro ejército en manos de traidores. Enloquecido, grité al arrojarme sobre ellos. Un arrebato que la cabeza de mi hijo, con los ojos vacíos, pareció aprobar desde lo alto.

Condenas sucesivas de cumplimiento estricto - Guillermo Vidal



Se despertó sobresaltado. Incorporándose, observó la habitación. Estaba en el hospital, por supuesto. Excepto un pequeño dolor en el cuello, se sentía en perfecto estado.
Casi se sintió contento de estar vivo. Sólo por curiosidad se levantó e inspeccionó si le quedaban marcas. Tal como esperaba, ninguna en el cuello. Se movió a los lados y la columna respondió perfectamente. La muerte por asfixia pendiendo de una cuerda era atroz y no se la deseaba a nadie. No le quedaban señales de que algo así le hubiera sucedido; podía recordar perfectamente la capucha que le ardía en la cara y le impedía ver, la caída violenta al abrirse el suelo, el tirón mortal quebrándole el cuello, la muerte no tan rápida como era deseable, el ahogo, el aire sofocándolo, los pulmones tratando de ganar un poco de aire. Los pies bailando ridículos en el aire.
Esta vez, según había podido escuchar a hurtadillas, le iban a implantar un tumor maligno en el cerebro que le comería la cabeza y lo mataría lenta y horrorosamente. Suerte que no se permitía extender el proceso más allá del año. Ya había cumplido cuatro condenas a muerte y le quedaban tres más pendientes. Vaya a saber qué muerte torturante iban a inventar para castigarlo.
Los familiares de sus víctimas eran muy creativos a la hora de sugerir modos retorcidos de hacerlo pagar sus crímenes. Es cierto que era un asesino, pero no era un perverso.
En un par de días ya se volvería a sentir mal y cada vez peor, añadiendo el tormento de los tratamientos, aún los experimentales; se los suministraban todos y gratis. Para ese momento lo único en lo que pensaba era en cumplir la última condena. Y, por todos los cielos, que a nadie se le ocurriera apelar.

La madriguera - Eduardo L. Poggi



Los fines de semana Gutiérrez se dedicaba al cuidado de su jardín: rastrillaba hojas, cortaba el pasto, podaba los rosales. ¡Una paradoja! En este mundo, Gutiérrez se sentía una hormiga: trabajaba y obedecía. Y, en algunas tareas, hasta había sido reemplazado por una máquina.
Mientras recogía las hojas caídas del plátano, Gutiérrez pensaba: ¡si pudiera apretar el soñado botón de mando! Desde pibe, Gutiérrez había fantaseado con un simple botón que, al apretarlo, le permitiera evadir cualquier situación desagradable. Por ejemplo: apretarlo, y que la basura apareciera embolsada; o mejor aún: apretarlo, y que las hojas esparcidas desaparecieran; que el pasto no creciera, que los rosales se podaran solos. De haberlo tenido cuando mi viejo venía a pegarme, especulaba Gutiérrez, lo hubiera apretado y puf, papá evaporándose junto al rocío, allá lejos, donde las mariposas revoloteaban. O en aquel viaje a Córdoba cuando volcó el Chevalier: hubiera pulsado el botón y páfate, el micro sobre sus ruedas, por la ruta, transitando sobre un colchón de plumas.
O ahora, para cambiar a este mundo de mierda. O, al menos, para zafar.
Gutiérrez evocaba todo esto y, al mismo tiempo, se quejaba porque el viento había desparramado las flores del Jacarandá.
Rumiaba su bronca, punteaba la tierra, y zas: la pala que choca contra algo duro. Se agacha, levanta la piedra, y ve un agujero rodeado de tierra húmeda y suelta, manchas de color blanco, gris, verde. Parece excremento de algún bicho extraño, pensó. ¡Qué olor nauseabundo!
Vaya uno a saber qué será esa porquería, se cuestionó Gutiérrez. No quiso removerla: temió que algo saliera de esa madriguera podrida.
Sin embargo, como suele suceder en estos casos, pensó mal: meto el dedo, dijo, total, tengo puestos los guantes.
Pero olvidó que al dedo índice del guante derecho le faltaba la punta.
Gutiérrez sintió un ardor en la yema del dedo. No sabía qué, pero sí, seguro, algo le había picado.

En horas, deliraba en la cama. La fiebre lo consumía.
—No sé —creyó escuchar que decía el médico—, se ve feo. Hay una picadura en el dedo. ¿Alguien sabe qué ocurrió?
Los presentes se encogieron de hombros.
Adivinaba preocupación en la cara de los familiares.
Los médicos volvieron inútilmente. Sus allegados corrían agarrándose la cabeza.
Y se quedó frito. Dormido.
Al despertar, Gutiérrez notó que el gesto de inquietud de los parientes se había transformado en repugnancia. Algunos se tapaban la nariz con los dedos, otros con las palmas de las manos, otros con un pañuelo. Aunque él no olía nada desagradable, pensó que algo raro ocurría porque, en un tiempo impreciso, la porquería que había considerado como parte de una putrefacta madriguera, ahora lo rodeaba.
No levantó el brazo para verse el dedo porque, de haberlo hecho, no le hubiera servido: habría visto un ala trasparente y membranosa, las imágenes difusas, agrandadas, los movimientos torpes.
Se fue reduciendo en su delirio: volaba, trepaba por las paredes, los ojos le inundaron la cabeza. Colgado del techo, vio la cama borrosa y vacía. Sus familiares y amigos ahora esperaban, mejor dicho, ansiaban el desenlace.
Los médicos volvieron una vez más. Pero sólo confirmaron su incapacidad para diagnosticar el mal.
La caterva —ya no sus familiares— seguía mirándolo. Gutiérrez, bueno... lo que había sido Gutiérrez, se desplazaba por el techo. Los acontecimientos sucedían y él no podía gobernarlos. Y aunque no se diera cuenta del porqué, sería mejor aceptarlo cuanto antes: se había transformado en una mosca.
Una inmunda mosca.
Quizás, el botón tan deseado se le presentaba de esta forma: no tenía duda que resultaba ser su mejor oportunidad para evadirse de este mundo de mierda.
Y así fue que, entonces, voló en busca de una vida diferente.

Al llegar al Mundo de la Vida Diferente, se encontró con un hediondo y putrefacto trozo de carroña que las moscas devoraban. No se consumía nunca: aquella bazofia renacía y se renovaba bajo la aglomeración de moscas. Excrementos, desperdicios, basura, hedor. Un lugar abominable, repugnante.
En los movimientos del enjambre existía un código y una organización. Las moscas con mayor viveza atropellaban a las otras, las malas ostentaban el poder, y las buenas estaban condenadas a una rápida desaparición.
Los dioses —que manejaban la política, la corrupción, la burocracia, los excesos—, no hablaban ningún lenguaje de signos reconocibles, ni tampoco intentaban comunicarse con nadie: sólo entre sí. Sus reuniones eran clandestinas y, en ellas, maquinaban contra la integridad del grupo.
Con estas actitudes, los dioses generaban erosión, decadencia, condiciones que podrían crear un efecto contraproducente. Como escupir para arriba. Sin embargo, los prejuicios, las falsedades, las hipocresías y falacias, el oficialismo y las demagogias, las modas y el esnobismo, en fin, la constante manipulación que los dioses ejercían sobre estas herramientas, siempre jugaban a su favor.
Los dioses de otras pútridas madrigueras también utilizaban estas armas para, bajo la falsa imagen de las buenas relaciones y el protocolo, sacarse ventajas. La carroña se extendía sobre el universo de moscas, y todos los dioses querían comer.
Lo único que esperaba de esta vida la inmunda mosca en que Gutiérrez se había trasformado, era vivir el mayor tiempo posible sin molestias. No había sido engendrada como gusano, pero se sentía un gusano. Un gusano queriendo durar.
Durar para descubrir otra vida. Igual que Gutiérrez.

Alfombras - Gilda Manso



Pasaron años, y sin embargo no lo olvido. Esa mañana, papá me dijo:
-Hoy vamos a ir a la casa del tío Felipe, porque tiene una alfombra nueva.
Yo me estremecí. Nunca me gustaron las alfombras del tío Felipe.
El tío Felipe, una o dos veces por año, iba a la selva y cazaba animales. Luego colgaba las cabezas de los animales en la pared del living, o usaba las pieles para hacer alfombras. Cada vez que volvía de la selva, el tío Felipe organizaba una fiesta; asaba venados y bebía champaña, y toda la familia estaba invitada, y debíamos ir y decir lo mucho que nos gustaba el nuevo puma apachurrado bajo la mesa ratona o la nueva cabeza de jirafa colgada encima de la chimenea. Y a mí, que nunca me gustaron los asesinatos, me repugnaba tanto cadáver disecado.
Llegamos al mediodía, justo cuando el venado de la parrilla empezaba a largar olor a carne chamuscada. El tio Felipe vino hacia nosotros gritando y gesticulando mucho, y empezó a repartir copas y a contar anécdotas aburridas o terribles sobre su última estadía en la selva.
-¡Vamos a ver la alfombra! –exclamó cuando vio que mamá empezaba a quedarse dormida, y nos llevó al living. Un león más grande que los de mi imaginación alfombraba el suelo. El tío Felipe se hinchó de orgullo, aceptó la felicitación de papá, fingió no ver la cara de asco de mamá, y me preguntó si me gustaba. Yo dije que más o menos; lo que no dije fue que el león parpadeó, y no lo dije por dos motivos: uno, porque no iban a creerme, y dos, porque si me creían, mi tío agarraría la escopeta y se aseguraría de que el león no volviera a parpadear. Pedí permiso para quedarme en el living mientras los grandes comían venado en el patio; que no, no tengo hambre, y me dejaron quedarme ahí, sentada en el suelo, al lado de la nueva alfombra.
-Ey –le dije al león apenas nos quedamos solos. El león abrió los ojos y me miró. Luego se paró y se sacudió, como hacen los perros cuando se despiertan. Por algún extraño motivo, mi tío no se había dado cuenta de que el león estaba vivo e indemne; por algún motivo más extraño aún, el león estaba vivo e indemne. Y yo tenía que sacarlo de ahí.
Abrí de par en par los faraónicos ventanales del living; el león se había acercado a ellos y miraba hacia afuera.
-No vas a poder salir, mi tío está en el patio –le dije, mientras trataba de idear un plan para liberar al animal sin que mi tío lo notara; entiendan, yo era una niña.
Pero el león debía saber algo que yo ignoraba, porque me lamió la cara y salió volando por el ventanal hacia el cielo inalcanzable, y lo hizo frente a la mirada asombrada de mi tío, que nunca había sospechado que el león, además de león, era alfombra voladora.

La primera foto - Silvia Rodríguez Ares



Largos cabellos rubios, los ojos transparentes que siempre buscaban el mar, la sonrisa tímida y un ángel asustado que se escondía para no salir en la foto. Y ahí estaba yo, inmóvil, con el uniforme del colegio inglés: la corbata verde bien ajustada, la túnica gris y la camisa blanca abotonada.
Mamá  me peinaba una y otra vez, me colocaba horquillas y un moño que parecía una mariposa a punto de volar. Me tironeaba el pelo y yo protestaba, mamá basta, que me duele. Pero nena, esta foto es para las tías de España, y ¡qué van a decir las tías si te ven toda despeinada!
El ángel se reía a mis espaldas, hasta él se burlaba de mí.
Me mordí los labios, una tormenta sacudió mi pecho. Mis ojos se volvieron un mar enfurecido… La foto para las tías se rompía en mil pedazos.
—Por favor, nena, ¡quedate quieta!, y mirá  la lucecita —dijo el fotógrafo.
Mamá  me clavaba dos puñales de hielo. —A ver, flojita, así, así…
Respiré  profundamente. El ángel me hizo un guiño, acarició mi cabeza y me rodeó con sus alas.
¡Clic! —Ya está, muy bien, querida.
Las luces se apagaron. Mamá y el fotógrafo se fueron; ella le hablaba de lo bien que se vivía ahora en España, no como antes, que eran tan atrasados…
Y yo me quedé allí, en silencio, jugando con mi ángel, imagen imborrable que aún está dentro de mí.

La tragedia jamás contada - Guillermo Vidal



William (Shakespeare) estaba obsesionado. Desde que la había creado a Flora Carmina no podía dejar de pensar en ella. Era un personaje contradictorio, insatisfecho, exigente, pero lo atraía sin razón y sin piedad.
Toda su obra empezó a girar en torno a Flora. Sus tramas se alabeaban y se retorcían para hacerle lugar, desplazando cualquier otro interés que no fuera ella.
Tengo un protagónico perfecto para ella, pensó el dramaturgo, y le ofreció compartir con Romeo una historia que sería inolvidable. A Flora, sin embargo, no le cayó tan bien la idea. Calificó al joven amante de la tragedia como un inmaduro poco confiable; de ninguna manera se quitaría la vida por semejante vacuo de aspecto florido. Fue cruel. Suerte que Romeo, más aspectado que inteligente, no cayó en la cuenta de la ofensa infringida. Por suerte William encontró a una desconocida Julieta de la cual el joven amante se enamoró sin remedio.
No quiso rendirse con Flora y le ofreció participar de una desafiante historia ambientada en Venecia, acompañada de un Moro celoso que la quería desposar. Flora parecía entusiasmada pero no tardó en argumentar que aunque la trama era interesante, no soportaba a los celosos, la aburrían mortalmente. Además, las góndolas eran un pésimo transporte y le daban mareos. Desalentado, el dramaturgo retocó la obra dándole más protagonismo al moro celoso y la estrenó con éxito, pero insatisfecho.
Hizo otro esfuerzo y le dedicó una obra donde un viejo rey con tres hijas la hacía reina después de una larga lucha con sus dos malvadas hermanas, y salvaba a su padre y él moría en paz en sus brazos. Por supuesto a Flora le pareció ridícula: le recordaba demasiado a su padre. William sabía bien que ella no había conocido a su padre, pero no dijo nada.
El escritor, ya en la gloria y el pináculo de su fama, se juró que sería la última vez que su inspiración fuera humillada y escribió una obra que no le pasó por la cabeza que ella pudiera rechazar, era perfecta. La llamó Flora en su honor, era el periplo trágico, de un protagonismo excluyente, de una princesa de Dinamarca en la que su madre mata al padre e impone a su tío en el trono.
Flora leyó con ansias y todo parecía encaminarse al éxito, hasta que comentó que la protagonista era en exceso dubitante y se preguntaba estupideces. La escena con la calavera en la mano le parecía, además de ridícula, asquerosa.
Williams reaccionó con enojo y se arrepintió al instante. Flora se levantó sin saludarlo, pisando en los papeles que con tanto amor él le había escrito. Dijo mientras se alejaba que de todas maneras prefería los autores franceses.
El cisne de Avon no la volvió a ver. Supo, mucho después, que ella había triunfado finalmente con una obra llamada Carmen, su segundo nombre. Desafortunadamente el coprotagonista la mató en la primera función. Aún después de tanto tiempo William quedó devastado.
A pesar de todo lo que la amaba, era cierto que él no pudo sacar lo mejor de ella. Él era mejor dramaturgo, pero el tibio francés le había puesto la corona que se merecía y ofrecido la gloria bajo sus propias leyes.

Sermón - Jorge Etcheverry


Hijos míos, hubo un tiempo en que las diferentes tribus se consideraban —de manera que me resulta más bien oscura— similares. Y repito "de manera que me resulta más bien oscura". Y subrayo "más bien", ya que soy conciente y respeto las ordenanzas de la Oficina de Purificación del Lenguaje y las Costumbres. La afirmación entre comillas no es de mi responsabilidad. La escuché con el debido respeto de quien ostenta en su clara frente la marca de ser mi padre. Que nosotros, el brote impuro, la semilla a medio pudrir, pudiéramos cobijar la menor duda sobre las acciones y dichos de nuestros mayores —que nos han legado junto con la existencia el tesoro inmensurable de nuestras costumbres y creencias—, sería merecedor de un castigo ejemplar.
Dios, en su ilimitada sabiduría y sabiendo que somos su Pueblo Elegido nos ha dado el mandato de erradicar de nuestras costumbres, hábitos y lenguaje, todas las hierbas malignas. Que los campos sean limpiados a fuego, si las espigas de la nueva cosecha nacen defectuosas. Que la fruta permanezca en la tierra, sin ser comida, si su cáscara tiene mácula. Hubo un tiempo de confusión de lenguas, colores y credos, costumbres y naciones. Ahora, cuando los estigmas han sido eliminados, que los pensamientos a medias culpables que cobija nuestra mente sean sopesados por nuestros padres, mientras avanzamos hacia la madurez, mientras entramos en esta nueva generación, fuera de los caminos impuros y maculados de antaño. La conducta de mi padre siempre buscó despertar en nosotros, los pequeños, los casi animales, de rasgos indefinidos y manera torpe, el terror y el pavor de los tiempos ya idos. En nosotros, que no sabíamos manejar los órganos bucales y estábamos apenas aprendiendo la inmutable aplicación de las maneras de la tribu. Las palabras de nuestros mayores nos hicieron aborrecer esos tiempos lejanos en que vastas multitudes de aspecto y lengua diferente se mezclaban en los caminos y poblados de los antiguos países y continentes, de las ahora demolidas grandes ciudades, destruidas por Dios con su fuego que funde la carne y deforma la progenie de plantas y animales.
Hubo esos tiempos para nosotros, sobre nosotros, en que El Malvado conglomeraba en los mismos pueblos incontables seres heterogéneos, donde era posible ver seres de aspecto diferente y lengua deforme, y otorgándoles el calificativo de "humanos", mezclarse con ellos, asimilar sus costumbres impuras, entender los sonidos cacofónicos que proferían y hacían pasar por lenguaje y yacer con sus mujeres, pantanos pestilentes, para procrear bastardos. Las maneras del viejo mundo eran el movimiento y la inseguridad del cambio. El comercio del viejo mundo era la apertura a lo largo y ancho de lo informe y múltiple. La tierra misma devino enferma y envenenada y secó sus ríos, deformó sus plantas y contaminó la carne de sus animales. Fue entonces en que comenzaron a organizarse las tribus, en el vientre mismo de esos depósitos de confusión —las ciudades— y los Primeros Humanos comenzaron a adoptar maneras que los distinguían de los otros, los extraños, y a desarrollar lenguaje y vestimentas que los oponía a ellos, a esa parodia de la verdadera Tribu, que eso es lo que somos, habiendo dejado atrás la Gran Confusión y la Mezcla Impura. Las huestes del Maligno nos habían ido llevando por milenios hacia la Gran Mezcla Caótica. Los Grandes Prelados del Maestro de la Impureza proclamaban que el mundo mismo, las piedras y el suelo, incluso la luz que nos baña, estaban compuestos de diminutas partículas que llamaban átomos, que siendo iguales, se mezclaban formando todo lo que existe. Que todos los seres con dos manos y pies, con dos ojos al frente de la cara, que se visten y poseen el comercio del lenguaje, cocinan su alimento y viven en cavernas artificiales eran iguales y merecían un nombre genérico. Con sus ejércitos e instituciones fomentaron un reinado de confusión y mezcla inmunda por miles de años. Pero no pudieron erradicar la llama de la verdad de los corazones y labios de sus hijos, que desenmarañaron la sucia red y la rompieron en mil pedazos. La vía del altísimo es una y habla una sola lengua: la nuestra. Su apariencia es una y somos (o seremos) su imagen. Que nuestra progenie brota a veces defectuosa sólo nos indica la distancia que nos separa de la pureza total. Dejemos que algunos animales en las cuatro esquinas del mundo proclamen sus dioses y mantengan sus lenguajes, a pesar de su aspecto tan bizarro y a pesar de carecer de melodía los sonidos que emiten y a pesar de ser tan grotescas sus instituciones y vestimenta. No son más que una prueba que Dios nos pone para probar la rectitud y solidez de nuestras vías y maneras.

Cirujano de guardia - Antonio Cruz


Aturdido, se sienta en la cama. Toma conciencia de donde se encuentra; refriega sus ojos mientras mueve la cabeza. La puerta suena con urgencia. Se da cuenta de lo que ocurre y se calza los mocasines rápidamente.
Camina en dirección al baño. Mientras avanza termina de vestirse. Hunde la cabeza en el agua fría; sus ideas comienzan a ocupar el lugar correcto en su cerebro. Se echa encima el guardapolvo y sale al pasillo.
Avanza velozmente hacia la sala de Emergencias Médicas. Saluda a media voz a la enfermera, que intenta explicarle algo; antes de que la mujer abra la boca, él cruza la puerta. Cuando llega, se topa con una de las médicas de guardia y dos enfermeros que luchan contra un río de sangre que brota del tórax del paciente. Un ambiente de irrealidad domina la escena.
- ¿Qué tenemos? - Pregunta con voz firme.
- Un herido de arma blanca - contesta la doctora. Luego continúa con voz monocorde como si estuviera recitando una lección - Paciente de 22 años, sexo masculino, herido en una reyerta. Entró hace aproximadamente diez minutos. Por las características de la hemorragia sospecho que ha interesado pulmón izquierdo. Se le realizó una placa; parece que tiene una colección de sangre en el tórax.
Le extiende la radiografía que el mira a contraluz.
- Un hemotórax - piensa para sí - Seguro que habrá que intervenir rápido.
La Doctora sigue recitando. "Está intubado, ya le hemos pasado 500 de sangre y le estamos dando expansores plasmáticos..." Pero él ya no la escucha. Acaba de tomar una decisión.
Se dirige sin dudar al teléfono. Una voz femenina le contesta desde el otro lado de la línea.
- ¡Quirófano Central!
Ordena con voz segura y se dirige nuevamente al consultorio.
- ¡Doctora!... En diez minutos estará todo listo. Ya llamaron al anestesista; disponga lo necesario para que el enfermo llegue en las mejores condiciones a la cirugía.
Recorre el largo pasillo de paredes azulejadas de blanco con paso elástico, pero a medida que se acerca a la esquina que dobla en dirección a las salas de operaciones su marcha se hace vacilante. Él sabe por qué... Ese hombre... Siempre aparece cuando las cirugías son complicadas. Su presencia es una muerte en el quirófano. El primer encuentro fue una pesadilla. Le contó a alguno de sus amigos, pero todos, sin excepción, se rieron de él. Es el único que ve esa presencia. De nada le sirvió la asistencia psicológica. Estuvo a punto de dejar la medicina. A su pesar. De cualquier forma, el desagradable sujeto es una constante en su vida... Su sonrisa irónica y maligna, condena a muerte al paciente. Durante un tiempo se negó a operar cada vez que lo encontraba, pero los pacientes morían igual porque se tardaba en intervenirlos. Desde entonces resolvió no hablar más del tema con nadie. Afortunadamente no siempre aparece.
Cuando llega a la esquina y está a punto de lanzar un suspiro de alivio, aparece el maldito. Lo mira fijo pero esta vez él sostiene la mirada... El tipo sonríe...
Una vez más el cirujano ha perdido la batalla.
Bamboleante, se desliza en esa realidad repugnante. Cuando llega a la puerta del quirófano, una mujer de mediana edad y rostro agradable se acerca a él y lo abraza convulsa.
-¡Doctor! ¡Por favor! ¡Me dijeron que usted va a operar a mi hijo! ¡Por Dios! ¡Sálvelo! ¡Es lo único que tengo!
Entra al quirófano aún más confundido y preocupado. ¿Cómo se enteró la mujer de que él era el cirujano? ¿Cómo llegó tan rápido desde la guardia? "¡Pobrecita!" Piensa para sí. Ese hijo de puta no le va a ganar esta vez. Esa mujer desesperada no merece que él se deje vencer. Siente la mirada en su nuca, pero no se da vuelta "¡Esta vez no!" Se dice. "¡Esta vez no!"
Se saca la bata con gesto cansado pero satisfecho de sí mismo. ¡Está tan contento! Los signos vitales del paciente, le dicen que ha triunfado. Fuma un cigarrillo. Se duerme sentado en una silla. El ruido de una caja de instrumental lo despierta. Una enfermera le sonríe: -¿Dormí mucho rato? Ella le dice que alrededor de una hora. Se levanta; camina por el pasillo clareado por la luz de la mañana. Encuentra a su paciente respirando de manera rítmica. El pulso es bueno. Con extrañeza nota que está solo. Seguramente la madre se fue a dormir un poco más aliviada.
El muchacho abre los ojos y quiere hablar pero no puede. Dibuja con los labios la palabra gracias. Se acerca al joven y le susurra: “El que tiene que agradecer soy yo; todo salió bien gracias a tu mamá”. Este cierra los ojos y sonríe.
Camina satisfecho rumbo al dormitorio de los médicos de guardia. Se dirige al baño. En el momento en que se lava las manos se observa al espejo. El cristal le devuelve una imagen oculta por el vaho. Ahí está de nuevo el tipo. Mientras el espejo se desempaña, comienza a descubrir su propio rostro... Se hace la luz en su cerebro... ¡Al fin a descubierto a su enemigo! ¡Era él mismo!... Su miedo, sus contradicciones. Lanza un grito de júbilo con la certeza de que nunca más volverá a pasar por lo mismo. A unos cuantos metros, el muchacho herido, se pregunta qué habrá querido decirle el médico con la frase "Todo salió bien gracias a tu mamá". Seguramente no sabe que su madre ha muerto hace cinco años.


El bosque (II) - Gilda Manso


Hay un congreso de magos en el medio del bosque. Cada año se reúnen para discutir idioteces: las jerarquías de la raza (sabio, maestro, discípulo, inútil perdido) de acuerdo al largo de las varitas, si las mujeres mágicas son brujas o magas, y una interminable lista de sandeces. Es decir: pueden hacer magia, magia de la de verdad (por ejemplo: convertir el cemento en mar, volar sin necesidad de aviones o de águilas gigantes, hablar dialectos inexistentes y encontrarles un sentido), pero se juntan cada año en el centro del bosque para discutir cosas dignas de personas corrientes, de personas que deben recurrir al truco o a la ilusión.
La niña maga se aburre sentada al pie de un árbol, mientras espera que su padre termine de adormecer a los demás congresistas con su discurso sobre la mejor manera de solidificar el fuego; la niña intenta atraer a los pájaros mediante un conjuro, pero aún es muy pequeña, y los pájaros siguen altísimos e inalcanzables.
Se acerca el hijo del guardabosques, lleva una guitarra en las manos. El sonido es tan dulce que los duendes se vuelven visibles y salen de sus cuevas para escucharlo mejor, y los pájaros se vuelven posibles al bajar de las ramas casi célicas, y se posan sobre la cabeza de la niña maga, quien mira al hijo del guardabosques y piensa que su raza, la mágica, aún tiene mucho por aprender.

Juegos con la luz – Héctor Ranea


La Compañía ofrecía una forma nueva de entretenimiento. Los fuegos artificiales –escribían en la propaganda – terminaron su ciclo, después de más de mil años de servicios para diversiones populares y expresiones sangrientas de manifestaciones colectivas de júbilo.
Prometía –según parece – oscuridad artificial, es decir: artefactos que, lanzados al aire, producían, al estallar, diversos efectos de oscuridad. Oscuridades profundamente rojas, de esos rubíes densos, corporizados en vinos que corrían por las mentes nubladas de los observadores, allá abajo. O creaban tremendos verdes opalescentes que dejaban libre a los ojos para enceguecerse con la luz remanente del cielo. Y así con todos los tonos y colores; hasta los más raros magentas, lilas, amarillo abedul, antiguos añiles descoloridos y amarillos cromo oscuro que llenaban de oscuridad de Sol la atmósfera transparente. Quienes miraban esos colores recordaban las caras adivinadas en los granos de arena, en las pecas de los pavimentos, las formas de nubes en las que se recortaban en blanco ciertas figuras fabulosas.
Era obvio que los días de tormenta las oscuridades eran aún menos visibles, de modo que los municipios en zonas de tormenta contrataban más frecuentemente a la Compañía pues nadie se quejaba de esas oscuridades artificiales que oscurecían el día en forma tan brillante.
A la luz de la luz que quedaba libre después de tamaño espectáculo, las sombras nunca más parecerían grises, ni oscuras, ni oscuridades sombrías, sino que con esas oscuridades se escribirían partituras de cuadros, pinturas al óleo oscuro, diagramas en tinta de colores que destacarán el negro.
El Jefe de la Compañía, cuando cerraba los contratos hacía leer a todos los presentes y en voz bien alta una cláusula a la que la formalidad le había hecho perder significado. Esa frase decía más o menos así: “En la eventualidad de producirse decesos como efecto de la utilización de este medio de esparcimiento, la responsabilidad de la Compañía se reduce al traslado de los restos a un lugar adecuado para su posterior tratamiento.”
Nadie captaba la sutileza de la redacción, lo cual era profundamente agradecido por el Jefe, quien no paraba de felicitar a quienes enseñaban a leer la superficie de las cosas.
Pero llegó el día en que el usufructo de la oscuridad trajo consecuencias y la Compañía comenzó a recolectar sus regalías, porque en la fórmula firmada en forma tangencialmente inicua, se escondía una frase famosa en el idioma de los magos, presente tal vez en los dichos de Hermes Trismegisto y en los libros de los martillos del bien. Así, el empedrado de las intenciones de la Compañía comenzó a rendirle pingües ganancias al verdadero gestor de esa oscuridad.
Como adoradores de cierto flautista famoso, los difuntos comenzaron a seguir la ruta marcada en secreto por las estelas oscuras, por las luces aniquiladas y comenzaron a juntarse, al principio por algunos pocos miles, pero es sólo el comienzo.
Nadie sabe cuáles son las intenciones de la Compañía pues nadie recuerda qué decía el contrato respecto de las poblaciones de muertos que se establecían en los confines de las ciudades de los vivos.

La odisea de la Mamuth - Héctor Ranea y Javier López



Transportar hamburguesas a Marte se había convertido en una rutina de lo más elemental.
El producto cárnico era irradiado en la Tierra. Por entonces, esa era la técnica de conservación para todos los alimentos. Ya no se fabricaban frigoríficos ni congeladores. La radiación aseguraba 2 meses de consumo en los que la carne, pescado, frutas y verduras se mantenían totalmente frescos.
El gutaperk Harablax Rontes, de Titán (de ahora en más: HR) había ordenado la carga en las bodegas de la Mamuth, una nave de transporte no demasiado grande pero en la que podían acarrearse sin mayor problema unas mil millones de hamburguesas. Teniendo en cuenta que la colonia terrosa en el planeta rojo, que por entonces se había convertido ya en azulado tras dos siglos de terraformación, estaba constituida en su mayoría por norteamericanos, éste era el cargamento exclusivo de la mayoría de los transportes, en detrimento de titanios, jurublamos, merendevices y otros terrosos más o menos urbanos que atestaban las calles de las colonias marcianas.
De los cincuenta y seis millones de kilómetros que duraba el viaje, cuarenta de ellos se habían hecho sin el menor problema y en los plazos previstos. Para el capitán llegaba la época que podría llamarse de nstilos, en que los dragones humanoides como él y su contramaestre JL (iniciales de Jaloviger Láperez) usan las orquestas de barrio cuando viene la época de la kermesse de primavera, durante la cual una señorita agraciada con buenos galupos hace de bequebeque y por unos céntimos de ratgiadares te hace un buen sestises y te larga con un beso y una flor.
Pero cuando HR empezó a cargar los programas de aproximación para el amartizaje, comenzaron los inconvenientes. La nave, que era comandada por Windows, había sufrido un fallo relacionado con los códigos de programación de secuencias y, aunque el HR había traído la versión titania Whowhonder que era mucho mejor (aunque bilingüe en terroso y kisternets) y sólo fallaba tres de cada diez veces, la versión no había funcionado. El sistema operativo 8.3 Trienium no era por completo compatible con los dispositivos de hardware, con lo cuál hubo una caída de potencia que no auguraba nada bueno.
En un gesto de enorme valentía, el HR se decidió por resetear el ordenador que se encargaba de la secuencia de entrada al planeta, mientras la tripulación contenía la respiración, pues esperaban el temible mensaje de error de sistema sobre pantalla azul que supondría el acabose de la nave y de sus sailoreantes.
Afortunadamente, el reinicio funcionó. Pero no se obtuvo la suficiente potencia en el grimole del furbice. Eso podría suponer un retraso de casi un mes en el viaje, lo que garantizaba la podredumbre en la bodega de carga. Y eso no falló.
Quince días después en la nave ya no se podía respirar. Ahora el problema era que la tripulación pudiera sobrevivir al horrible olor a hamburguesas en descomposición. En términos económicos, pensaron que no habría tantos problemas. Aunque los americanos no querrían ni saber de aquella bazofia, siempre habrían korindegon dispuestos a comprar la mercancía a precio de hatmasún ritgiadar, pues de todos era conocida su pasión por la carne en estado de putrefacción.
En los paneles transparentes de la Mamuth, el planeta rojo empezaba a aparecer, a lo lejos.

Los Libros Perdidos - Guillermo Vidal



Fuimos creados por Teh-Os (ser eterno), en una galaxia que nuestros padres habían llamado A-Eden. Vivíamos felices. Crecía en nuestros jardines el árbol de la ciencia, las artes y el conocimiento.
Unos eran frutos rojos, dulces, del saber de todas las dimensiones; el de las artes y técnicas, áspero y agridulce, color naranja y el de los fines y las últimas razones, verde y acido.
Podíamos comer del rojo o el naranja, pero siempre con un mordisco del verde. Esto era un imperativo.
Una galaxia, Luz-Bel, se había salido de su camino y chocaría con la nuestra, expulsándonos de A-Eden. Con la ayuda de Teh-Os construimos el B-Arca que guardaría el ADN de todas nuestras especies para renacer en otro mundo, en una galaxia nueva donde estuviéramos a salvo.
Teh-os quedaría reordenando esa parte del universo y luego se nos uniría, era una promesa. Después de un largo viaje, despertamos en un mundo de mares benévolos, perfecto para recrear Bi-Blos.
Con las partes de B-Arca construimos, una torre, un ascensor para salir a las estrellas. Para reponer los frutos sembramos un jardín con los arboles. Tardarían en crecer, pero podíamos esperar, teníamos la reserva de los frutos.
Los Kaín, un grupo nativo, eran de color verde aterciopelado y las mujeres poseían unas antenas que resonaban de una manera perturbadora y embriagaban a los A-danes; el clan de A-Bel para congraciarse con las esquivas nativas, les entregaron los últimos frutos. La E-vas eran las custodias de los últimos frutos que guardábamos, para poder reconstruir el nuevo mundo. Ellas acusaron a todos los A-danes ante el sumo Tri-uno por faltar a los imperativos. La sentencia condenó a todos los A-danes, sin excepción, a trabajo forzado y a las E-vas, por descuidar el fruto, a quedar confinadas a sus casas. Las nativas dieron a sus varones los frutos sustraídos a los A-dan y adquirieron conocimiento. Hubo guerra, la primera que habían conocido. Pero eventos peores precipitaron la caída. Sin saberlo, cuando el B-Arca cruzaba el espacio atrapó un asteroide, lo llamamos Serpen-Teh (muerte eterna), que nos siguió y ahora se precipitaba sobre nuestro el nuevo hogar. La oscuridad nos cubrió y debimos escapar a ciegas, unos pocos con B-Arcas improvisadas hacia un mundo desierto y desconocido del que no sabíamos nada. Los frutos de los nuevos árboles no habían alcanzado a madurar y ahora estaban perdidos para siempre. Muchos murieron durante el viaje. Bar-Ro no era el más apto para recordar, pero intentó en la caverna, aterido por el frio y aterrorizado por las bestias que los acosaban, redactar algo de la historia de sus orígenes, para sus descendientes, si es que sobrevivían. Todavía guardaban la esperanza de que Teh-Os los encontrara como había prometido.
Mientras escribía tembloroso, en la húmeda piedra, recordaba los mares serenos del mundo que habían llamado Mar-Teh (mar eterno) u, olvidado el dulce lenguaje antiguo, dicho como el golpe seco y cortante de la espada de un guerrero: MARTE.

Chau, marciano, chau - Francisco Costantini



Uno levantaba la tapa de una olla, abría la puerta del placar, tomaba el colectivo, encendía el televisor o entraba al baño y se topaba con un marciano. Y, entonces, lo escalofriante (una vez acostumbrados a la presencia alienígena) resultaba no saber lo que ocurriría a continuación: el marciano podía ser un inofensivo pacifista o, en el extremo opuesto, un monstruo voraz sediento de carne humana. El mundo era un absoluto descontrol.
Los marcianos habían aparecido de repente, sin previo aviso, y estaban por todos lados y a toda hora. Se sabía que eran marcianos porque así lo habían explicado ellos mismos. Sin embargo, las diferencias físicas, mentales y espirituales que existían entre unos y otros causaban confusión. Habían los que medían apenas tres centímetros de estatura y que eran unos tremendos depravados sexuales que no dejaban de introducirse en el primer orificio que hallaban; otros, humanoides, que ostentaban portentosos e intimidantes aparatos tecnológicos y poseían planes de dominio galáctico; otros, semejantes a monstruos salidos de películas como Godzilla o Cloverfield, destruían ciudades y comían gente; y la lista sigue, lo que sumergía en la perplejidad al mundo científico. Además, Marte continuaba pareciendo tan muerto como siempre. O los marcianos no eran tales y mentían (desfachatadamente), o había muchas cosas que los humanos aún no comprendían del universo. Cómo deshacerse de los marcianos, nadie tampoco lo sabía; podían matarlos, pero siempre había más, más, y más…
Una noche, en una de las ciudades menos afectadas por estos acontecimientos, cuatro amigos que compartían el gusto por la literatura, se encontraban conversando. Juan, el dueño de la casa, dijo que el asunto de la insólita invasión le recordaba bastante a la novela Marciano vete a casa de Fredrik Brown. Algunos mencionaron otras novelas o películas y entonces, por la cabeza de Marcos cruzó una idea que le pareció cómica y, sin pensarlo demasiado, la soltó:
—Tal vez provengan de la literatura estos bichos de mierda, y no de Marte—y largó una pequeña carcajada, que no se extendió más porque notó que sus compañeros lo miraban serios, con los ojos brillantes. Él se apuró a decir algo, pues adivinaba lo que esos ratones de biblioteca estaban pensando—: No me digan que…
—Y por qué no —lo interrumpió Leandro, acomodándose los anteojos—. Nadie sabe de dónde salieron. Marte, definitivamente, no es capaz de albergar vida, menos a seres tan dispares entre sí, algunos de dimensiones desproporcionadas, otros de alto nivel cultural y tecnológico… ¿No lo habríamos sabido antes?
—Leandro, lo dije en joda, cómo vas a pen…
—No, no, cállate, Gordo —ahora lo interrumpía Matías, mordiéndose el labio inferior, señal inequívoca del entusiasmo que el tema le generaba—. Lo que sucede es verdaderamente absurdo, inconexo con la realidad tal y cual la conocemos. Parecen cosas salidas de una ficción… o de varias.
—Un argumento convincente, tal y como van las cosas —reconoció Marcos—, pero, entonces, no puede hacerse nada contra ellos; decir que pertenecen a la literatura es como decir que no existen, ¡y no podés hacer nada contra algo que no existe!
La última frase la gritó, y sus amigos enmudecieron por breves segundos.
—Me extraña, Gordo, que vos digas eso —dijo, luego del silencio, Leandro—. La ficción no es contraria a la realidad, simplemente es otra, pero existe. Si no, ¿para qué nos juntamos cada viernes? ¿A hablar de nada? ¿Eso que leemos no nos afecta, no nos condiciona? ¿Eh?
Marcos lo miró, meneando la cabeza, aunque le dio la razón.
—De todos modos —objetó— no hay nada que podamos hacer.
Ahora el silencio se hizo más extenso y profundo, llegando hasta lo más íntimo de sus conciencias; quizás no erraran en la hipótesis disparatada (a esa altura, el mundo en sí era un disparate), pero no podían sacar nada valioso de ella si no obtenían una solución.
—¿Y si escribimos una ficción en contra de esta gran… ficción? —interrogó Juan, rompiendo el mutismo.
Se miraron los cuatro, un cosquilleo recorrió sus cuerpos, y sonrieron. Sonaba loco, un plan más de los tantos planes ineficaces contra los extraterrestres. ¿Pero qué podían perder? Al menos lo intentarían y, en última instancia, se divertirían. Pronto comenzaron a esbozar un argumento que partía de la realidad de ese entonces, con los marcianos por todos lados, y que luego trocaba en la completa desaparición de estos seres. Simplemente se desvanecían, como en la novela de Brown, pero antes reparaban todos los daños causados (incluso los muertos volvían a la vida) y, de paso, cooperaban en la lucha contra el calentamiento global, el hambre y destruían cada arma nuclear del planeta.
Amanecía cuando terminaron el cuento, bastante extenso, que titularon “Chau, marciano, chau”. Lo subieron a un blog (internet aún funcionaba), para que de alguna manera estuviera publicado. Después, se mantuvieron durante horas largas frente al televisor, esperando escuchar que los marcianos dejaban de burlarse, atacar y violar a la gente y, en cambio, se ponían a reparar los daños cometidos… Pero nada de eso ocurrió. Los muchachos se desanimaron y avergonzaron de sí mismos. Nunca más volvieron a verse ni hablarse; a tal punto se sentían humillados.
Ya era tarde cuando Marcos dejó la casa de Juan.
—¡Eh, gordo puto! —escuchó que le decían.
Giró y vio a un marcianito de tres centímetros; se reía y mostraba su lengua verde flúor. Amagó con perseguirlo para darle una buena paliza, pero el enano salió corriendo hacia un callejón oscuro, donde el muchacho creyó ver un par de ojos rojos que aguardaban. Levantó la cabeza y, a lo lejos, contempló a un trípode gigante que avanzaba por entre los edificios… El mundo se estaba yendo al carajo, pensó, pero de inmediato se encogió de hombros, pues, comprendió, los marcianos no estaban haciendo más que acelerar el daño que los mismos hombres habían iniciado.
A paso tranquilo, mientras la ciudad se caía a pedazos, Marcos comenzó a caminar a su casa, preguntándose si todavía permanecería en pie.

El elegido - Víctor Lorenzo Cinca



Entre todos los allí presentes, he sido yo el elegido. Sin duda me escogió al azar, pues no creo poseer nada que me distinga de los demás. Soy como la mayoría, ni más alto, ni más delgado, ni más rubio, ni más fogoso. Por ello, nunca pensé que el futuro me depararía un momento como éste, jamás creí que compartiría cama, aunque sólo fuera durante unos pocos minutos, con una chica tan bella. Pero nuestro destino está marcado, y ahora siento el calor de sus dedos, la humedad de sus labios. Noto cómo me enciendo, cómo ardo por dentro, mientras sus ojos ―manchados de algo que quiero creer que es amor― me miran fijamente. Desnuda entre las sábanas, entorna sus párpados para intentar esconder esa mirada lujuriosa cada vez que me acerco a su boca. Entro en ella, penetro profundamente en su cuerpo, con lentitud, dejándome llevar, cediendo a su ritmo, sintiendo su respiración más cerca. Y yo me diluyo en partículas volátiles. Pero pese a todo, no soy feliz. Sé que me olvidará con facilidad. Sé que acabaré, como todos los que ya han disfrutado de su compañía, aplastado en un cenicero, convertido en ceniza y humo.


Tomado de Realidades para Lelos

De capa y espada - Javier López



El hombre llevaba cuatro horas detenido cuando me dejaron hablar con él.
—¡Sáqueme de aquí, inmediatamente! —me gritó con voz amenazadora e inquietante, la de una persona fuera de sus cabales.
—Antes que nada, le recuerdo que soy su abogado, su única ayuda en este momento. Y que las cosas requieren su tiempo. Primero cuénteme qué ocurrió —contesté, intentando tranquilizarlo—. Dígame cómo transcurrieron los hechos, desde el principio.
—Yo no he hecho nada malo. Al contrario, deberían haberme felicitado por mi acto valiente y abnegado.
—Pero dice el comisario que usted le propinó una tremenda paliza a la persona que lo ha denunciado.
—Sólo actué en justicia. Había un hombre en situación desesperada, gritando y pidiendo auxilio. Y el otro, al que aticé, blandía una espada y estaba a punto de atravesarlo con ella. Yo sólo intenté ayudar. Y hay muchos testigos que pudieron verlo.
—Sí, señor. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero se le denuncia por irrumpir en el escenario de una obra de teatro y dar una paliza al antagonista. Así que intentemos buscar una historia más convincente antes de que pasen quince minutos y lo lleven delante del juez. Empecemos de nuevo. Cuénteme qué ocurrió exactamente...

Dígitos - Camilo Fernández



Resignado, me dejo caer junto al diabólico aparato que se empeña en atormentarme hasta empujarme al límite. Es, a esta altura, una batalla perdida. El tiempo está en mi contra. Siempre lo estuvo.
Trago saliva, sabiendo que si tuviera úlcera ya estaría revolcado en el piso en medio de mi propia inmundicia. El interior me quema y no puedo evadir el pensamiento: la úlcera está creciendo. Algo está creciendo.
Los dígitos luminosos siguen avanzando. Siento deseos de correr, alejarme sin volver la vista atrás, pero sé que jamás podré hacerlo. Soy prisionero en esta ratonera, iluminada apenas por los destellos rojizos del contador. Intento cerrar los ojos y olvidar la realidad que me atormenta. Por una vez, crear mi propio mundo, aunque sólo sea en mi imaginación.
Nada. Oleadas de asquerosa realidad inundan mi débiles intentos. No tengo a dónde ir, ni nadie que me espere. Sólo puedo permanecer y perecer. Caminar en círculos tampoco ayuda. Tan sólo esta espiral descendente con rumbo a lo inevitable.
Necesito hacer algo por mi. Tal vez saltar o tal vez intentar escapar. Me inclino por la última. Salgo de la cama y con una sola mano estrello el reloj contra la pared.

Tomado de http://2centenas.blogspot.com/

De intromisiones - José Luis Vansconcelos


Dios no fenece aún, pero su muerte es inevitable.
Un día desperté con Él dentro de mí. Al principio nuestro diálogo parecía fructífero, pero después las cosas se complicaron. Explicó por qué estaba en mi nterior; dijo que pretendía adentrarse en su obra, palpar las complejidades del hombre y no sé cuántas tonterías más.
Yo, territorial como soy, respondí que invadía mi privacidad y que no tenía vocación de hospedero. Mencioné que era de pésimo gusto que se entrometiera como dolor de muela en lo más íntimo de mi ser. Exigí que se fuera mucho a la Eternidad o al sitio que mejor conviniera a sus intereses, pero nada funcionó.
Fueron muchas las veces, lo juro, en las que trate de arreglar las cosas para que me dejara en paz. No hizo caso, nunca lo hace...
Que Dios me perdone, pero hoy cercenaré mi yugular para acabar con esta relación que, de plano, me jode la vida.

Perros de la calle - Camilo Fernández



Hoy por primera vez el gobierno oficializó la noticia. Los perros se han vuelto locos. El diario dice que es un virus, pero a mi no me convencieron. Aquí en el barrio hace más de un mes que sabemos esto. Fue cuando los perros comenzaron su ataque. En las casas las mascotas se volvieron contra sus dueños, acorralándolos y lastimándolos sin piedad; en las calles la situación fue aún peor, los transeúntes sufrieron incontables heridas.
Más de cien personas han muerto en la ciudad y muchos más morirán. Las mordeduras matan a la gente mucho después, aunque se salven de sus dientes.
Desde hace días, nadie se anima a salir a la calle. Casi no quedan provisiones en nuestra casa y dudo que el resto de las familias esté mucho mejor. Por la mañana tendré que salir. Ya hice un recuento de las armas con las que contamos. Supongo será suficiente para buscar algo de comida y volver.
Lo que más me extrañó fue la importancia que le dieron al comportamiento agresivo de los perros. Queriéndonos engañar con eso del virus. Como si nosotros no nos diéramos cuenta de la evidencia maléfica. "Rabia", quieren bautizarla. ¡Mentira!

La enfermedad de las musas - Guillermo Fernando Rossini



La certeza de la enfermedad de las musas la tuvo cuando su cuaderno de notas empezó a tener los primeros síntomas. Sus viejas poesías, sus esbozos de cuentos, sus cartas de amor inconclusas iban desapareciendo del papel como si hubieran sido escritas con algún tipo de tinta con fecha de vencimiento. Intentó copiarlas en otro cuaderno, en cien papeles diferentes y nunca llegaba a terminar de transcribirlas porque se escapaban de su memoria antes de terminar. Y cuando podía recordar una estrofa más o un párrafo, el anterior ya no estaba.
—Una especie de gripe —le dijo el dueño de la librería—. Libérese de todos sus escritos antes de que lo contagie a usted y le quite la inquietud por la escritura. Afecta a las musas. Están muriendo poco a poco.
—¿Pero, y todo lo que escribí? —preguntó angustiado el escritor.
—Está contaminado. Sus escritos están ahora en cuarentena, señor. Le sugiero que no siga escribiendo hasta que se declare el fin de la emergencia.
Antoine salió del local, cabizbajo. La luz mortecina de la tarde nublada no ayudaban a mejorar su estado de ánimo.
—¿Y qué voy a hacer yo, si lo único que sé hacer es escribir? —gritó en una desierta calle empedrada.
Caminó hasta la esquina y dejó caer su cuaderno, ya en blanco, en una alcantarilla.

La creación - Carmen Carrillo



Aquel día, Dios se sentó a contemplar la creación. Vio a los hombres montados en tanques, buques y aviones, lanzándose bombas unos a otros. Hacía tiempo que dos continentes habían desaparecido y la gente iba de un lugar a otro, buscando refugio. Sólo los sitios más fríos ofrecían un poco de tranquilidad. La guerra se había extendido como un chancro sobre la faz de la tierra.
—¿Para esto los hiciste, Señor? —inquirió Pedro, mientras miraba tristemente cómo se hundía Groenlandia.
—Los hice porque pensé que era una buena idea —respondió Dios tras un largo suspiro.
Y la verdad es que, en efecto, al principio era una buena idea poner seres humanos sobre la tierra. Pero también otra cosa era cierta: Dios era un novato en eso de crear universos y aunque tenía el clásico optimismo de los inexpertos, le faltaba afinar muchísimo la técnica.
—Podrías haber previsto que esto ocurriría. Para eso eres Dios —le dijo Pedro, tintineando las llaves con impaciencia y clavando sobre él una mirada inquisitiva, igual que hubiera hecho el encargado de control de calidad de una transnacional.
—La emoción fue mucha. Cuando descubrí que no sólo podía crear árboles y montañas, sino seres con pensamientos, capaces de crear a su vez otros mundos, me desboqué. No pensé en nada, sólo en ejercer ese grandioso poder que hormigueaba en las palmas de mis manos. Tomé un amasijo de barro, le di unos porrazos y después de unos cuantos apretones, salió Adán. No pude resistirme a la idea de ver qué pasaba si le daba una compañera. Luego, pasó lo que pasó —se disculpó, con la cara roja de vergüenza.
—Son unos malagradecidos. No les importa nada, ni siquiera ellos mismos. Están engolosinados usando su poderío militar y no se dan cuenta de lo que viene —gruñó el portero del reino.
—¿Y qué querías? Ya te dije que me desboqué. Los hice a mi imagen y semejanza y no hay nada qué hacer —contestó Dios, resignándose a la idea de que ese día no llegaría a su fin sin que viera estropeada para siempre su obra.

Si te arrancas una cana... - Víctor Lorenzo Cinca



Empezaba a tener complejos con la alopecia y una mañana, frente al espejo, recordé que mi abuelo siempre decía que cuando te arrancas una cana te salen siete más. Mejor tenerlo blanco que no tenerlo, reconocí. Y me arranqué la más arrogante del ridículo flequillo, a la salud de mi abuelo.
Al rato brotaron en mi ancha frente, muy cerca el uno del otro, siete pelos débiles, blancuzcos. Los arranqué de un tirón, sin demasiado esfuerzo, y aparecieron en su lugar casi medio centenar de canas. Fui estirando uno a uno esos cabellos blancos y comprobando cómo al instante más de media docena de hebras lechosas reemplazaban a su predecesora e iban ocultando mis cada vez menos preocupantes entradas. El crecimiento exponencial de los cabellos convertía el proceso en algo muy sencillo y rápido, casi indoloro. Así, como en un juego, en unos pocos minutos conseguí una frondosa aunque, eso sí, blanca melena. De todos modos no me importaba el color, incluso lo prefería así, porque el pelo cano me daba un aire interesante. Pero entonces vi una cana que destacaba, sola, un dedo por encima de la ceja derecha.
La arranqué y en su lugar salieron otras siete. Me asusté y también las arranqué. Y lo mismo con las que aparecieron en su lugar. Poco a poco mi cara se fue llenando de canas y yo, asustado, las extirpaba a tirones. Debido a la falta de espacio en mi cabeza, mi pecho se fue llenando de cabellos blancos, largos y quebrados. Y mis brazos, mi espalda, mis piernas, mis pies, mis manos...
Ahora, convertido en una repugnante bola de pelo blanco y marginado por todos, ocupo mi tiempo, sin molestar a nadie, escribiendo cosas como ésta.


Tomado de Realidades para Lelos

Mutilaciones - Víctor Lorenzo Cinca



Llego a casa, me acomodo en la butaca y, todavía con los guantes de lana puestos, me voy desatando lentamente los cordones. En la calle hace un frío espantoso. Con la punta del zapato derecho empujo el talón del izquierdo. El zapato cae con un ruido sordo sobre la alfombra, pero mi pie no aparece como de costumbre al final del pantalón. El corte es indoloro y limpio, como en una ilustración de un libro de anatomía. Sin asustarme demasiado repito la operación, con ligeros cambios y algunas dificultades añadidas, pues dispongo de un pie menos, en el otro zapato. Idéntico resultado. No brota sangre de ninguna de las cuatro partes seccionadas. Curioso. Me arrastro por el salón hasta llegar al teléfono. Me quito de un tirón el guante izquierdo para buscar en la agenda tu número pero del final de la manga no surge mi mano. Cojo el bolígrafo con la única mano que me queda y escribo estas líneas. Quién sabe si serán las últimas.


Tomado de Realidades para Lelos

Ya llegan – Fermín Moreno González



Atrapado. Encadenado. Torturado.
La existencia no es más que un breve lapso de solitario olvido entre abruptos riscos de pura agonía. Tal vez hubo otra vida fuera de la oscuridad de la jaula. Una vida de carne intacta y alma entera. Sin ganchos de hierro, sin máquinas de madera de torvo propósito, sin tensas tiras de cuero. Hombres de faces descubiertas a los que no rogar desesperado.
Miento. No estoy solo. Mis eternos compañeros jamás me abandonan. La dama de hierro sigue ahí mirándome, mostrándome su sardónica y expectante sonrisa metálica de un modo tan incitante que casi echo en falta su punzante y sombrío interior. Pero ahora me engaña con otro inesperado amante. Puedo oír sus débiles gemidos dentro de ella. Las ratas se abalanzan desde la negrura de su cubil para lamer la sangre que rezuma a sus pies. Luego desearán algo más. Y lo tendrán. A mí me tuvieron.
El creciente rumor de pasos ominosamente silenciosos llena el hediondo aire. Ya llegan.
Ya llegan.
¿Quién será su presa esta vez?
Tal vez el viejo sin ojos a mi izquierda. No puede ver ni oír, pero tiene un espléndido olfato y habiendo ya olisqueado su llegada, empieza a temblar y convulsionarse. Les encanta el pobre diablo. Sus locos aullidos se clavan en mi mente tan intensos que deseo que sea torturado.
Mi compañero a la derecha es diferente. Deliciosamente silencioso. Su rostro siempre logra de algún modo hacerme llegar una miríada de profundos y elaborados pensamientos, y de tal guisa, solemos entretenernos manteniendo una taciturna charla privada. Le cortaron la lengua.
También está el chico. Una expresión ausente de total locura reina en su estólido rostro. Sus llorosos ojos brillan animalescos. Hace mucho tiempo, lo llevaron aparte y le infligieron un castigo demasiado duro para ser presenciado. Eso me da miedo. Hasta los torturadores se avergüenzan. Y futuros pecados sangrientos les servirán para perdonarse los pasados. Sobre cuerpos demolidos y vencidas, sojuzgadas voluntades.
Ya llegan.

Tomado de: http://escribadetinieblas.blogspot.com/

Tribulación - Héctor Gomis



¿Que le voy a hacer si me siento sola?, a pesar de los que me rodean me siento sola, diluida entre una marea de semejantes, silenciada por las voces de mi entorno, por sus opiniones, por sus consejos.
Me encuentro a menudo buscando un lugar de partida, un punto de inflexión desde donde empujar y ganar terreno, terreno para caminar, sitio para respirar aire puro.
Mi entorno, amante, protector, comprensivo, asfixia mi alma.
Busco un resquicio por donde dejar que goteen las pocas fuerzas que me quedan, pero es difícil, me abruma la cordura de mi entorno, todo tan ordenado, tan perfecto, tan concreto y preconcebido.
Soy una pequeñísima parte de una ecuación, imprescindible para su resolución, pero minúscula, inservible fuera de ella. ¿Qué razón tiene todo?, ¿qué hago yo aquí?, ¿Qué objeto tienen mis tribulaciones?
A pesar de todo, la hormiga continuó arrastrando su grano de trigo hacia el hormiguero, igual que hizo ayer, y que hará mañana, y todos los días hasta que su vida se acabe.


Tomado de: http://uncuentoalasemana.blogspot.com

Ayer en el andén – Alicia Diez



Una madre-niña, de no más de trece años con un nene de dos, o poco más, que ya tenía cara de viejo. Ella lo insultaba y empujaba mientras en su mirada destellaba la rabia de una existencia precaria. El pequeño caminaba solo junto al abismo del andén, y en su cara vibraba el deseo de escapar. ¿Es posible comprender lo que eso significa? Tal vez el miedo a irse o el miedo a quedarse lo llevó a gritar: —¡Andate! —Y se quedó sentado contra la pared sin poder dar respuesta a lo que le estaba sucediendo; era la imagen del desconcierto.
A pocos metros asistía a la escena un padre con su nena de vestido prolijo, anteojitos; la llevaba cargada sobre los hombros... Al cabo de un momento, el pequeño no pudo resistirlo. Se levantó de su rincón y se acercó a observar esa escena como si fuera una pintura, una escena de otro mundo, inaccesible, fantástica... como una película de ciencia ficción... y allí, solo... se quedo mirando.

De nacimiento – Claudia Cortalezzi



A Vero le hubiera encantado salir al patio —ese tipo con pinta de gorila la miraba sin disimulo y ya no podía soportarlo—, pero llovía como nunca.
—Veri —le dijo su madre—. Traé el balde antes de que esta gotera me inunde la pieza.
La orden fue como un bálsamo. Vero corrió a buscar el balde. Lo encontró en el fondo del patio, cerca del baño.
Entró y lo puso bajo la gotera.
Abrió una de las puertas del ropero y se ocultó detrás, como si fuera un biombo. Ahí se quitó el vestido. El orangután no le sacaba los ojos de encima.
Vero advirtió que se le había corrido el borde de la bombacha y se le salía la frutilla: esa mancha abultada y horrible, que tenía de nacimiento.
El tipo tenía los brazos cruzados en el respaldo de la silla, y fumaba. Sentado sobre una alfombra de colillas la miraba sonriente. Ella supo que no se había perdido detalle de la escena y sintió asco. Le pareció que su madre intentaba taparla con el cuerpo mientras la secaba.
Le puso el camisón y ella se tiró en la cama.
—Desenredate —le dijo su madre alcanzándole el peine.
Ella no quería peinase ni sacarse el pelo de la cara. De esa manera podía mirar al tipo sin que se diera cuenta.
Recordó la primera vez que él había venido a su casa. Ella se había ilusionado entonces pensando que por fin tendría un padre. Pasado un tiempo su única ilusión era que no volviera nunca más. No lo aguantaba comiendo con la boca abierta y tocándole la cola a su madre cada vez que le pasaba cerca.
Pobre mamá, pensó Vero. Estaba muy gorda y desprolija últimamente. Pero parecía otra cuando él venía. Se preparaba desde temprano. Se afeitaba las piernas, se pintaba los labios con cuidado y por un rato se cambiaba las ojotas. A veces hasta le cocinaba torta fritas para el mate.
De golpe todo se quedó a oscuras.
—¡La puta madre! —gritó el mono—. ¡Lo único que faltaba era que se cortara la luz! ¿Ahora cómo mierda me vuelvo a mi casa?
Vero oyó ruidos: alguien estaría buscando las velas.
—Hay una sola —dijo el tipo. Y la encendió encima de la mesa.
Unos minutos después, Vero vio que su madre se le acercaba con una sonrisa de oreja a oreja.
—No se va a poder ir —le dijo—. Las calles están inundadas y si no vuelve la luz...
Seguiría lloviendo toda la noche, los truenos no paraban. Debía ser la tormenta de Santa Rosa que todos decían. Y él se quedaría otra vez. La lluvia se había convertido en la excusa del día.
Comieron temprano, antes de que se consumiese la vela, y la mandaron a dormir enseguida.
Por suerte había parado de llover cuando Vero salió al patio y corrió al baño. Igual se le mojó el ruedo del camisón y se tuvo que poner un joggin para dormir.
—Pasame la linterna —le dijo el tipo—, que yo también voy al baño.
Después fue su madre la que salió.
Volvió enseguida y le dio la linterna a ella.
—Ponela abajo de la almohada —le dijo.
Vero le hizo caso. Con la linterna era como si estuviese protegida.
Ellos también se fueron a la cama.
Un trueno iluminó la pieza y Vero sintió alivio. Gracias a la tormenta, esa noche no la molestaría la cercanía. La cama de su madre quedaba del otro lado del ropero, pero por suerte el ruido de la lluvia en la chapa del techo le impediría escuchar.
Otras veces los había oído hablar en voz muy baja de cuando se murió el abuelo, y de otras cosas que ya habían pasado. Ella siempre trataba de dormirse rápido, antes de que dejaran de hablar.
Cuando el tipo se quedaba había ruidos que ella no entendía. No entendía pero le daban miedo, parecía que su madre y él peleaban.
Agarró la almohada y se tapó la cabeza, concentrándose sólo en el ruido de la gotera en el balde. Si pudiera escaparme, pensó. Pero, ¿a dónde iría?

Vero sintió que la aplastaban contra el colchón, mientras una mano se le metía debajo de la ropa. Creyó que era una pesadilla, pero notó que realmente tenía el cuello mojado. Era ese mono inmundo que la estaba babeando como un animal en celo. Ella logró zafarse y darse vuelta de golpe.
El tipo saltó de la cama.
Vero agarró la linterna de abajo de la almohada y alcanzó a alumbrarlo antes que se perdiera detrás del ropero.
El tipo iba desnudo, pero había algo más. Algo que la aterrorizaba.
Se quedó despierta, mirando el techo, esperando que se hiciera de día.
No podía dejar de pensar en lo que había visto.

La claridad que entraba por el borde de la persiana, le mostraba todos los objetos: la mesa, los platos sucios, la silla donde ese se había sentado a fumar. El olor a cigarrillo parecía más intenso a la mañana.
Vero apoyó un pie descalzo en el piso helado de cemento. Se incorporó de a poquito y caminó sin hacer ruido hasta el otro lado del ropero, donde estaban aquellos dos.
Había parado de llover y todo era silencio.
Su madre y la bestia roncaban profundamente dormidos, destapados. El mono estaba boca abajo.
Vero observó la cara del tipo, temerosa de que se despertase.
Tal vez ella se hubiera equivocado. La luz de la linterna, el susto, la tormenta.
Si miraba podría comprobar su error.
Fue girando la cabeza hacia la cola del mono.
Ahí estaba: aquel hombre tenía una frutilla en el muslo, idéntica a la suya.

“De nacimiento” recibió una Mención en el Concurso “Historia de mujeres”, Biblioteca Adrogué, en 2007.

Presagio cobarde - Laura Ramírez Vides



Estoy en la oficina. Suena el teléfono. Del otro lado está mi hija que balbucea, lloriquea, solloza, grita. No entiendo nada. Mi hija tiene solo 3 años pero le he enseñado qué tecla tiene que apretar en el teléfono para llamarme al trabajo (las maravillas de las memorias rápidas de estos aparatos modernos). Trato que se calme, logra decirme que papá está en el piso, que papá se ahoga. Mi corazón se sobresalta de tal manera que parece salirse del pecho. Intuyo que ella se acerca a él porque lo siento respirar atragantado, luchando por cada bocanada de aire. No sé qué hacer. Le digo que se quede tranquila, que le acerque el celular a papá para que llame al servicio de emergencias (eso no se lo enseñe, ¡mierda!). Me dice que papá no puede, que no ve los números. Le dicto yo qué números marcar. Sí, 3 años y ya sabe los números. Escucho el ahogado pedido de auxilio de mi marido. ¿Será un infarto? ¿Presión alta? Le digo a mi hija que tengo que cortar para poder ir para casa. Que apriete el botón que ella ya sabe y que yo la llamo enseguida desde el taxi. Miro a mi jefe y supongo que mi cara desencajada dijo todo porque se ofreció a llevarme él mismo. Mientras estoy subiendo al auto a la vez que marco el teléfono de casa me pregunto si llegaré a tiempo, si la gorda va a poder abrir la puerta (dar vuelta la llave; algo que tiene terminantemente prohibido). ¡El portero! (perdón, el encargado) ¡Tengo que avisarle a él para que ayude! Trato de comunicarme con él desde el teléfono de mi jefe. No lo encuentro. El tráfico es un horror. Enmarañado como siempre en nuestra querida ciudad. Me empiezo a desesperar a la vez que trato de calmar a mi hija que ya me atendió y sigue llorando y repitiendo: ¿cuándo venís mamá? ¿ya llegás?.
No hay forma que llegue rápido. No hay forma que llegue a tiempo. No hay nada que pueda hacer.
O tal vez sí.
Despertarme.


Tomado de: http://elpatiodelamorocha.blogspot.com/

El perro - Carlos Feinstein



Tiene cuatro patas, dos orejas, una nariz, una cola. Si tiene forma de perro y ladra como perro, entonces es un perro. Es mi mascota, la encontré entre los restos de un supermercado, escondida en un recoveco entre los techos derrumbados. Es buena compañía cuando no hay muchos humanos vivos, y además tiene buen olfato, útil a la hora de desenterrar comida. Aunque hayan pasado 20 años, las latas son buena cosa, todavía sirven. Enterradas por los shocks nucleares, la radiación las esterilizó.
Veo con preocupación que los dientes del perro siguen creciendo, sus colmillos tienen el largo de un diente de sable, aumenta de tamaño y también de ferocidad.
Se le ha caído el pelo y unas escamas con agujas blindan su piel, su cola fue reemplazada por unos feos estiletes afilados.
La comida cada día, es más difícil de encontrar.
Creo que mis días están contados.

Demasiados recuerdos - Guillermo Vidal



Con la intención de mejorar y optimizar la administración de la memoria se instaló una actualización. Aunque la anterior funcionaba bien, había quedado obsoleta y la versión más reciente le reportaba nuevas ventajas. Disfrutó las novedades del upgrade como si fuera un juguete nuevo, aunque analizando no eran nada espectacular. Decía que rastreaba la memoria en bajo nivel, para recuperar datos que a mi edad ya se empezaban a escapar a un sector desconocido e inaccesible del cerebro. No sé si necesitaba tanto rescatar cosas que había olvidado; sin notar la falta no parecen demasiado importantes.

Argumento de viejo decía mi hijo y yo creído que era sabiduría. Por lo tanto probé esta función para poder decir que, en efecto, no tenía más destino que la de adornar la publicidad del producto. Dicho y hecho, sólo pude dar con algunas curiosidades que bien olvidadas estaban, y deje atrás el tema. Los suplementos psíquicos sirven, pero por supuesto no te hacen más joven ni más paciente.
Después de varios días noté que me venían imágenes de una cueva, pinturas rupestres, hombres y mujeres de otros tiempos. Algún documental que me quedó dando vueltas. Tan inmerso estaba en lo extraño de esas imágenes que no caí en la cuenta de que estaba haciendo una fogata con los libros en medio del comedor. Levanté la vista y vi un par de sillas perfectas para hacer combustible. En unos pocos segundos las partí en pedazos y las agregué a la pira. Hacia frío en la caverna. Mientras me cubría con una manta y me tiré acurrucándome en el suelo cerca del calor del fuego, miré el lugar y vi cosas de formas extrañas. Algunas me parecieron vagamente conocidas pero no podía precisar por qué. Oí algunos ruidos chillones que parecían venir de un bulto negro brillante, por lo que agarré una de las patas de la mesa y lo molí a palos hasta que dejó de gritar; hizo un terrible chispazo agonizante antes de morir. Luego, ya más tranquilo, encontré un objeto mullido, lo desmenucé y acomodé los pedazos en un rincón. La cueva estaba llena de objetos extraños pero muy útiles, pensé; mañana durante el día los investigaré a fondo. Me quedé dormido encima del improvisado lecho.
Desperté confundió y con la cabeza dándome vueltas. Apenas pude incorporarme me di cuenta de que no estaba en mi casa, estaba en el hospital y mi hijo me miraba, mientras que el que parecía ser un médico sonreía.
—No se preocupe —dijo con la voz cálida del que tiene oficio—; va a estar bien. Fue el upgrade. Los parches de la personalidad son buenos pero todavía los están desarrollando. Este, lamentablemente, tenía un bug que conectaba la memoria genética primitiva con la memoria propia. Esta semana vimos cada cosa…
—¿Cuándo me puedo ir?
—Cuando se sienta mejor.
—Sí, me siento mucho mejor —contesté por contestar, pero me mantuve alerta, cuidando de no contrariar a mi captor. Estaba ansioso por volver y revisar la cueva en la que había dormido.

Cosas de gauchos – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman



—¿Qué puede decirnos sobre lo que ocurrió —preguntó el periodista, acercando el micrófono a la cara de Marcial Arturiz.
—No tengo muchos gustos, amigo, soy hombre de una sola lengua. Polígono era mi tatarabuelo Esaú, que manejaba los bueyes en la compañía de Juancho Flores, El Lenguaraz, un cirquero de mala fama que solía pasear la compañía por el valle del Salado, donde visitaba a Eufrasia Gómez, viuda de Langostín Tiburci, que tenía dos cuñadas ambas enamoradas de él, tanto como la Eufrasia. Comisario supo ser, en cambio, un chiquizuelo (abuelo chisquicientas veces) que lo corrigió al Esaú, o sea, le sacó lo que le sobraba y lo puso en el anzuelo de mojarritas. Ahí sí se le complicó la cosa con la viuda, porque sin sobrantes había perdido parte de su encanto. Así nació una larga amistad y el comisario siguió pescando mojarritas.
—Pero de los marcianos que aterrizaron en su huerta, ¿no nos va a decir nada?
—¡Ah! ¡Los marcianos! ¡Mozos simpáticos los marcianos! Pero no resisten el mate amargo, ¿sabe? Tal vez, si se lo hubiera endulzado, no sé, flojitos vinieron a ser los marcianos, ¿no? En cambio mi tío Jonás, el domador de lombrices de Madariaga, ese sí que era fuerte. Mire que le ponía acíbar al mate amargo… No, amigo, los marcianos esos no sirven ni para arriar escarabajos peloteros… Pelotero se armó en lo del Justino Osdrúbal Rampallo… Pero ¿dónde se metió el señor del diario?

El pequeño enigma - Antonio J. Cebrián



—¿Ha dicho algo más? —preguntó el capitán mientras entraba al laboratorio.
—Sí, aquí lo tengo —dijo el ingeniero—. Ha dicho “Hualp”.
—Bien, con todo lo que ha dicho hasta ahora, la frase queda así: “Urrlka relk talma fsí undda kora kantia Hualp” —leyó el capitán en la pantalla—. ¿Tiene idea de lo que puede significar?
—Estamos analizándola con el más potente de los sistemas, pero es complicado, sin una sola palabra repetida ni referencias externas.
—Y sobre la criatura, ¿qué han averiguado?
—Nada nuevo. Sabemos que es un ente biomecánico con un cerebro activo y un metabolismo muy lento. Tiene escasa movilidad y reacciona torpemente a los estímulos externos.
—¿Está solo?
—Por el momento sí —respondió el ingeniero—. Todos los individuos de otras especies huyeron cuando nos aproximamos.
—“Teko” —gimió el pequeño ser.
—¿Ha oído? No para de hablar pero lo hace muy lentamente. Quizá se trate de un deficiente con alguna limitación mental.
—¿Han probado alguna comunicación no verbal? Luz, ondas de radio…
—No creo que sirva de nada hasta que no termine la frase y podamos traducirla. Lo único que hacemos es agobiarlo.
—“Fsikie” —dijo, casi risueño el marcianito.
Alguien entró con una pequeña lámina electrónica y se la mostró al ingeniero.
—¡Han traducido la primera palabra! —dijo este.
—¿Y bien? —preguntó expectante el capitán.
—Significa… “diez”.
El rostro del capitán se puso lívido y exclamó:
—¡Usted y sus hombres son un hatajo de imbéciles incompetentes!
—Creo que tengo que darle la razón —respondió el ingeniero.
El “marciano” articuló la primera sílaba de la undécima palabra. Aquella que jamás terminaría de pronunciar.

Los canales de Marte - Hernán Domínguez Nimo



Los canales de Marte existen. Son catorce para ser precisos. Los tres canales de aire son históricamente los más populares entre los marcianos, aunque en los últimos milenios hayan empezado a adolecer de mal funcionamiento, una cierta interferencia que sería ocasionada por la creciente dificultad en la propagación aérea. Por ello es que los canales de cable, considerados de segunda clase en un inicio, han resurgido con más fuerza. Estos canales tienen todo su cableado bajo tierra, y no son pocas las voces de ombligos marcianos que reclaman el cableado exterior para evitar la contaminación visual de sus ciudades subterráneas. La programación de los canales de Marte es tan variada como su público. Pero desde las novelas del corazón (inferior y superior) como Celeste Pasión, hasta micros de corte fantasioso como "Hay vida inteligente en el 3er planeta", todos ellos tienen, lamentablemente, un componente común y pernicioso: apuntan al estrato social más bajo, con contenidos ciertamente alienantes.

El último marciano – José Vicente Ortuño



El último marciano, sentado en la cima de una colina, observaba el ocaso. La piel correosa de sus miembros y las placas quitinosas de su torso, estaban cubiertas de polvo rojizo. Sus grandes ojos, protegidos por un juego cuádruple de párpados, se mantenían fijos en la estrella que lucía durante el día y cuyo nombre había olvidado, si es que alguna vez llegó a saberlo. Tampoco el marciano lo tenía y, si lo tuvo, ya no lo recordaba. En el fondo de su memoria flotaban las imágenes de otros seres parecidos a él. Pero eso fue, recordó, cuando todavía corría agua sobre la superficie y sólo brillaba un lucero durante la noche. Recordaba muy bien cuando llegó el segundo lucero nocturno. Fue un gran cambio en su vida monótona y vacía. Hasta sintió algo para lo que no tenía tampoco nombre y que le hizo emitir absurdos sonidos entrecortados. Aquella noche redescubrió su voz. ¡Hacía eones que no emitía sonidos! Claro que, ¿para qué, si no había nadie más con quien comunicarse? Pero no tardó en volver a su mutismo. ¿Qué sentido tenía hablar consigo mismo?
La estrella casi había alcanzado el horizonte. El polvo que saturaba la atmósfera difuminaba su luz y creaba un halo a su alrededor.
Descorrió su cuarto párpado al tiempo que se giraba para mirar hacia atrás. La criatura seguía allí. Inmóvil. Mirándolo con su único ojo. Debía de sentirse tan solo como él, pues desde que se encontraron no había dejado se seguirlo a todas partes. Al principio intentó comunicarse, pero resultó muy extraño, pues, el ser que se desplazaba sobre seis miembros rodantes, respondía con una lentitud exasperante. Claro que él no tenía prisa y no había desistido de comprender de dónde venía y qué buscaba, porque parecía buscar algo, siempre escarbando en el suelo, recogiendo arena y piedras, observándolo todo con su ojo.
Había cosas de aquel ser de piel dura y brillante que no comprendía, como la extraña forma de desplazarse, haciendo largas pausas. Tal vez descansaba. Quizás pensaba la forma de continuar su camino. Parecía alimentarse de la luz de la gran estrella que brillaba de día. En eso eran parecidos, pues él acumulaba el calor del día para mantener en funcionamiento su cuerpo durante la noche.
La estrella desapareció engullida por las lejanas montañas. Descorrió el tercer parpado, que ya no le era necesario.
A pesar de que el extraño ser rodante no se movía durante la noche, en su interior podía percibir actividad. Veía el calor que emanaba de la criatura, oía la vibración de sus entrañas. Olía la energía moviéndose de un lado a otro.
Era completamente de noche. Descorrió los otros dos párpados y elevó su mirada a las estrellas. Allí estaban los dos luceros nocturnos, que se desplazaban en su siempre alocada e interminable carrera.
Recordó que, tras la aparición del segundo lucero, se distrajo infinidad de noches, calculando cuándo y dónde se adelantarían el uno al otro. Pero aquel baile irregular pronto se convirtió en rutina y perdió casi todo el interés por ellos.
Súbitamente algo rompió la rutina celeste. Un objeto nuevo y veloz apareció por un lado del horizonte, pasó entre los luceros nocturnos y se perdió en el lado opuesto. El marciano se irguió sobre sus cuatro miembros traseros y extendió sus membranas captadoras, intentando comprender aquella maravilla. Hasta que llegó el amanecer observó la nueva luz pasar a intervalos regulares y cuando la gran estrella apareció de nuevo, desapareció de su vista.
A mediodía, otra luz o quizás la misma, comenzó a descender hacia él.

Unos minutos después, en el Centro de Control de la ESA, el supervisor, de nombre Mariano y oriundo de Lepe, arengaba a los controladores…
—¡Pero, ¿cómo cojones lo habéis conseguido? Si Marte tiene 6.794,4 kilómetros de diámetro, ¿cómo coño lo habéis hecho para acertarle al último marciano y dejarlo convertido en gazpacho manchego? ¡Panda de inútiles!

Alien - Claudio G. del Castillo



Del pobre viejo decían que era un extraterrestre; que a pesar de vivir en la Tierra durante años, aún se comportaba de manera singular para ganarse el sustento. Por supuesto, yo no creía una sola palabra de tales historias. Sin embargo, un día lo vi en el parque en una postura inusual y, aguijoneado por la curiosidad, me le acerqué:
—Buenas tardes.
—No moleste: estoy moñingando —dijo sin inmutarse—. Y córrase a un lado que me espanta la clientela.
Debo admitir que, por más que lo observaba, no lograba comprender qué estaba haciendo ni cómo.
—No me tome el pelo. Y, ¡por Dios!, déjese de bobadas que se va a partir la espalda.
—En Marte quizás. Moñingar aquí es mucho más fácil —aseguró.
—Pero… ¿De qué habla? ¿Qué es moñingar?
—¿Para qué explicarle? —gruñó exasperado—. Jamás lo entendería.
Yo estaba apurado, así que decidí presionarlo. Paseando tres billetes de a cinco frente a sus ojos, le dije:
—Si me enseña a moñingar, son suyos.
—No sea estúpido. Aunque usted lo intente, no podrá.
—¡Pues váyase a la mierda! —exploté por fin.
—¡Y usted a ñatuflarse la grufa! Pero qué digo —farfulló—, si tampoco podría.
Discretamente me escurrí entre la multitud que se agolpaba, convencido de no querer saber qué era aquello.

Amores - Rogelio Ramos Signes


Él (Rahamín Jinnáh) era pakistaní, de Karachi; ella (Nieves Mamaní), de acá nomás, de donde la ruta que viene desde Monteros se abre a la izquierda camino a Tafí del Valle. Se conocieron un sábado en la feria de Simoca. Ella vendía empanadas de matambre; y él, elefantitos de madera cubiertos por espejos diminutos. Él, ansioso por mimetizarse, se hizo devoto de la Virgen del Valle; mientras que ella, por el mismo motivo, abrazó la fe hindú. Así fue que juntaron sus dos puestitos en la feria y lo convirtieron en uno. Himalaya y Amalaya fue el nombre que eligieron.
Desde entonces es muy común encontrar espejitos dentro de las empanadas; lo que viene muy bien para mirarse por dentro, según lo que ella piensa ahora. Sin embargo, no sabemos si los elefantitos se acostumbraron al matambre con cebolla de verdeo. Lo que sí pudimos comprobar es que, antes de abrir el puesto, nuestra tucumana se pega una lentejuela en la frente, entre ceja y ceja; y el pakistaní, sin mayores vueltas, coquea todo el día.

Un milagrito de Navidad, aunque sea chiquito - Laura Ramírez Vides



Es lo que Juan pedía todas las noches, asomado a la ventana de su cuarto mirando al cielo. Le encanta mirar al cielo; se puede quedar horas y horas mirándolo. El dice que si mirás un rato largo a una estrella ella se da cuenta y te saluda con un guiño; todavía no logró que la luna lo salude pero está convencido que es sólo una cuestión de tiempo y paciencia.
Todas las noches desde ese 8 de diciembre en que su mamá le contó la historia de la Navidad mientras armaban el arbolito, él elevaba su pedido sin estar muy seguro de a quién lo estaba haciendo. Si a las estrellas -sus amigas- para que se lo transmitieran a la luna que según dicen es muy poderosa, ¡mueve el mar! Si a Papá Noel, que es como llamamos por estos lares a Santa Claus que, si bien puede hacer un volar un trineo y recorrer el planeta en una sola noche (que parece ser más larga que las otras, o debería serlo), que se supone sólo reparte juguetes, ¿o regala algo más? Si a Jesús, a María; ¿sería, tal vez, a Dios?

Había escuchado tanto en todos lados del espíritu navideño y del milagro de la Navidad que así, sin saber muy bien cómo, ni exactamente a quién, sólo confiando, Juan, noche a noche, miraba al cielo y pedía soñando recibir.

En su familia todos están al tanto de su pedido pero cuando le preguntan cuál es exactamente: Juan simplemente sonríe y repite bajito "un milagrito, aunque sea chiquito". Y si insisten, él se encoge de hombros, pone cara de "no puedo" y acota "si les cuento no se va a cumplir".

Llegó la nochebuena y la intriga sobre el milagrito de Juan, que hasta ese momento había embargado a su familia, fue poco a poco transformándose en ternura hacia esa personita que creía en los sueños, en la magia, en los milagros.

"Claro, todavía es chico" decían, como si los años fueran matando poco a poco la capacidad de confiar, de creer.

Finalmente esa noche, no se sabe bien si invadidos por la ternura que les causaba el esperanzado pedido de Juan o por el espíritu navideño, todos -grandes y chicos- al principio tímidamente, después con soltura fueron compartiendo sus sueños y deseos. Al llegar, la medianoche, se sintió mágica.

Juan tiene ahora 30 años, sigue contemplando el cielo por las noches. Nunca reveló a nadie su gran secreto, ni si se cumplió o no.

Él asegura que sin duda esa fue su primera Navidad mágica. Nos los contó anoche, en la sobremesa, junto al árbol iluminado mientras esperábamos la llegada de la medianoche y de una nueva Navidad y una vez más la magia emergió. ¿O habrá sido su milagrito?


Tomado de http://elpatiodelamorocha.blogspot.com/

Llegar - Miguel Dorelo


Emprendió el camino, como suele decirse, “con todo el entusiasmo del mundo”, no había ningún motivo para que así no lo hiciera.
Juventud y optimismo suelen ser buenos compañeros a la hora de comenzar lo que sea.
A esa temprana edad todas las sendas le parecían transitables, inclusive aquellas que a primera vista se presentaban sinuosas, con escollos que sabía, solo estaban allí para ser superados. Las dificultades se convertían rápidamente en incentivos.
—Nada es imposible —solía decir y decirse.
Y anduvo muchos caminos.
Y recorrió numerosos senderos.
Siempre buscando llegar.
Pasaron los días, se sucedieron los meses y llegaron los años.
Y siguió su derrotero.
Y nuevos tiempos y nuevos recorridos se fueron acoplando a su espalda.
Y un buen día, o quizás uno malo, al fin comprendió la verdad.
La verdad. Que no es triste ni es alegre, es solo lo que debe ser y es lo que es.
—No hay nada. Al final del camino no hay nada —susurró.
Y siguió caminando.

Tomado de http://lacuentoteca.blogspot.com/

Huellas - Javier López


La mujer de la bata blanca observaba atentamente a través del visor.
Le resultaba familiar aquel relieve. Y estaba casi segura de haberlo cartografiado alguna vez. Pequeños cerros se elevaban y caían incesantemente formando valles circundados por riachuelos que no desembocaban en ninguna parte, sino que se retorcían y giraban alrededor de ellos sin que pudiera explicarse bien de dónde provenía su flujo.
El jefe Marcial entró en la sala.
—¿Qué opina usted? —le preguntó.
—Yo diría que coinciden —respondió ella con bastante seguridad, sin apartar la mirada del objetivo.
—Monitorícelo —le ordenó, en un tono que denotaba su ansiedad.
Varios hombres más se hallaban en la sala, cuando la teniente de la policía científica dejó de observar a través del microscopio electrónico, para ofrecerles las imágenes en una pantalla colgada de la pared. En ésta empezaron a mezclarse el paisaje recién descubierto con el modelo registrado en la base de datos. Durante unos instantes se superpusieron valles con riachuelos y cimas con laderas, mientras que todos contenían la respiración. Entonces todo pareció encajar.
Cuando las imágenes quedaron perfectamente superpuestas, ambas formaron una única y nítida huella dactilar. No había duda, acababan de dar con el psicópata que había atemorizado durante meses a la población. La orden de busca y captura se transmitió inmediatamente a todos los departamentos.

Al pan, pan - Rogelio Ramos Signes


Hubo una época en la que todos los panaderos quisieron ser originales. Ya no bastaba con los panes tradicionales, con mucha o con poca levadura, aplastados o esponjosos, en diminutos miñones o en alargadas baguetas, en marrasqueta o en cacho. Los consumidores estaban satisfechos, pero los jefes de cuadra iban por más. Así fue como nacieron el pan acéa, con propiedades curativas; y el pan dora, con sorpresas dentro, como un huevo de Pascua resuelto en harinas; y el pan fleto, que se convirtió en el favorito de los más exaltados agitadores políticos; y el cilíndrico pan orama, que ayudaba a ver la vida de forma más amplia; e incluso el pan tera, de gusto salvaje, agresivo y áspero. Pero alguien (siempre hay alguien que se empeña en complicar la vida) inventó el pan demónium, exquisito, adictivo, irrepetible. Y así fue como, con un pie en el cadalso, muchos inocentes aguardaron que la Santa Inquisición les ayudara a borrar sus vicios gastronómicos. ¡Cuánto dolor por un gusto tan mundano!

Doble fondo - Gilda Manso


Atrás de sus ojos hay un talego lleno de palomas, una galera con conejos de chocolate y elefantes de menta, una varita mágica que convierte los descampados en caminos y los caminos en rutas que conducen a muchos lados. Atrás de sus ojos hay leones enjaulados en prisiones absurdas, leones que saltan aros prendidos fuego porque se aburren si no lo hacen. Atrás de sus ojos hay cajas con mil cerraduras que guardan pedazos de mujeres: allá un torso, allá unas piernas, allá una cara sonriente, y ninguna de esas mujeres soy yo, porque yo estoy de este lado, estoy entera y estoy mirando lo que hay detrás de sus ojos.
Y le digo: atrás de tus ojos hay muchas más cosas de las que ponés adelante, y entonces él cierra los ojos para que yo no lo vea, pero ya es tarde, porque ya vi lo que hay atrás de sus ojos y porque yo también tengo muchas cosas atrás de mis ojos.

Maese Rasputila 2 - José Vicente Ortuño


El maestro Rasputila, buscando tranquilidad que inspirase su creatividad literaria, ingresó en un convento. Pero su vida en la Cartuja de los Hermanos Penitentes de la Perpetua y Silenciosa Angustia no era tan tranquila como había pensado cuando se recluyó allí. Dar clases en la Escuela de Literatura Conjetural Hartmanovich para Escritores Noveles había sido duro, pero el monasterio no había resultado el sitio tranquilo que buscaba. Por la noche los monjes se levantaban a orar cada dos horas y entre rezo y rezo se flagelaban en sus celdas. Era cierto que su angustia era silenciosa, aunque los zurriagazos que se arreaban eran bastante sonoros. Además, no sincronizaban los golpes de manera que formaban un estruendo insoportable.
Abandonó el monasterio dando un portazo, para disgusto de los monjes, que arreciaron su penitencia para purgar ese sentimiento, y marchó en busca de un lugar verdaderamente tranquilo.
Maese Rasputila subió a una montaña. Durante el día escribía sentado bajo un árbol. Pero en éste habitaban criaturas que correteaban, gritaban y le arrojaban inmundicias.
Se trasladó al hueco bajo una cornisa de roca, pero allí el fuerte viento se llevó el prólogo que acababa de terminar.
Se mudó al interior de una cueva. Escribir a la luz de una vela rodeado de oscuridad no le inspiraba y el goteo de las filtraciones de agua le sacaba de quicio. Durante breves instantes echó de menos su despacho en la Escuela Hartmanovich. Pero desechó la idea de volver, no se daría por vencido tan pronto.
Guardó sus escritos en el zurrón, tomó el báculo y arremangándose la toga caminó montaña abajo, rumbo al mar, donde lo inspiraría el arrullo de las olas.
Maese Rasputila llegó al mar. Se acomodó en una casita al borde de un acantilado. La vista era impresionante y el aroma del aire maravilloso. Continuó con su libro, pero el batir del mar contra las rocas y el bramar del viento no le dejaban dormir. Durante el día los graznidos de las gaviotas enajenaban su mente. Además, la humedad del aire comenzó a hacer mella en su viejo esqueleto aquejado de dolores reumáticos. Volvió a echar de menos la Escuela Hartmanovich. Lejos de darse por vencido, pensó en regresar a la ciudad, donde podría encerrarse a escribir tranquilo sin tener contacto con el resto del mundo. Recogió su magro equipaje y puso rumbo a la ciudad.
Maese Rasputila llegó a la ciudad. Se instaló en un ático con vista al centro neurálgico de la metrópoli.
Se sentó ante un flamante ordenador portátil y… consultó el correo atrasado tras su larga ausencia. Borró ochocientos mensajes basura. Comenzó a leer y a responder. Una semana después sólo había respondido correos y no había adelantado nada su novela. Decidió dejarse de tonterías y ponerse a trabajar. Entonces vio la invitación de un amigo a Facebook. Sintió curiosidad, aceptó, se registró y…
Tres meses después tenía 15.786 amigos, estaba anotado a 9.854 causes, 7.658 grupos, 254 juegos, su muro tenía 33.654 mensajes y… su libro no había avanzado ni siquiera una línea. Dejó el ático con vistas, le regaló el portátil a una vendedora de castañas y se marchó con rumbo desconocido.

Heridas invisibles - Javier López


Se derrumbó en mitad de la calle. Algunos transeúntes lo miraron sin acercarse siquiera. Hoy día ya se sabe, nadie quiere meterse en asuntos ajenos. Pero alguien llamó a una ambulancia.
Tardó pocos minutos en llegar, y en el mismo vehículo le aplicaron los protocolos habituales: una vía intravenosa, inyección de adrenalina, masaje cardíaco. Sólo experimentó una leve mejoría que lo mantuvo con vida.
Una vez en el centro hospitalario, le hicieron todo tipo de pruebas. Sus constantes estaban bajo mínimos y seguía sin reaccionar a los tratamientos. Sólo su naturaleza fuerte hizo que se recuperara con el paso de los días.
Al fin le dieron el alta. No había ningún daño físico, ni los médicos habían logrado encontrar explicación alguna al extraño padecimiento de ese hombre en el transcurso de las pruebas a las que fue sometido.
El informe médico fue igual de poco concluyente: "Diagnóstico: traumatismo producido por heridas invisibles. Presumiblemente causadas por la vida".

Memoria - Javier Arnau


Llévate mi memoria, y utilízala como mejor te convenga; he estado desaparecido, disperso entre las ambigüedades que conforman mi existencia, y la linealidad de la mente que preservaba mi espacio hizo inútil la acumulación de recuerdos. Recopilé en una pequeña singularidad de espacio tiempo retazos, segmentos de lo que podía haberse considerado mi vida, en caso de realmente haber vivido. Luego la expuse a pública atención en los confines de reminiscentes estadios de materia y energía, de masa y espectro, de sombras y reciedumbre; y entonces apareciste tú, y con la ganalura de tus matrices, atraíste sus ambivalencias hacia el entorno probabilístico de tu órbita.

Quédate con la evocación de mis esfuerzos por construir una historia coherente con la fluctuación de la materia en este loco universo de expectativas desquiciadas, y rellena sus huecos como mejor te sea posible, antes de que la nada, la ruptura de sus artificiales sinapsis, ponga un aureolado fin a su programación.

El recolector – Héctor Ranea


De joven supe tener un poder extraño, casi un defecto. Con las pestañas de mi ojo derecho (el izquierdo era, en ese sentido, algo más perezoso) era capaz de detectar la presencia de una mosca, aun de las pequeñas, volando en mi habitación aún antes de oírla. Yo sabía, entonces, aunque estuviera escuchando música, que una mosca andaba dando vueltas por ahí.
Esto no es trivial, ya que con los ruidos de otras máquinas funcionando en una oficina, nadie podía oírlas, ni a una mosca ni a una manada de gansos migratorios.
Molesto este tema que, con la vejez, se me ha ido perdiendo, junto con otras dotes bastante más importantes. Yo, con mi modesta facultad a cuestas, mantenía a raya a los dípteros y las máquinas funcionaban bastante mejor porque hasta una mosca que tragaran en las tolvas podía arruinar todo el trabajo. Gracias a mí la producción aumentó un 20%, pues era el único con esta capacidad extraña.
Era horrible sentir el cosquilleo en los labios de los párpados, casi como si la mosca me caminara por el ojo y me sacudiera las pestañas con las alas. Era tal la fobia hacia esos volátiles que también tenía una técnica infalible para matarlas, que no voy a revelar para no ofender a las damas que puedan estar leyendo esto pero que, ciertamente, me ayudó mucho en el conchabo que describí arriba.
Tiempo después, el poder me fue mutando de manera sorprendente. Al tiempo podía detectar otro tipo de insectos, no sólo moscas. Entonces comenzaron a llamarme de todos lados, como quien llama al exterminador de ratones, de lauchas, de ratas, de murciégalos, de vampiros y otras sabandijas. Pasé por todo. Recolectaba enjambres de abejas melíferas, porque las detectaba mejor que los osos, además de que vivía donde no había osos. Me subía a los árboles y mis pestañas me decían dónde buscar y hasta tenía cómo saber cuando había entrado la reina al cajón, con lo que me ahorraba bastantes picaduras. En el final de la sequía logré juntarme un enjambre de cien mil abejas en un santiamén, porque sabía lo que no sabía otro recolector. Esa capacidad mía me dio buenos dividendos.
Lo que más me inquietó fue cuando descubrí que me cosquilleaban los párpados cuando encontraba ciertas personas. Para mí eran iguales a todos, pero mis párpados me decían cosas a través de ese tamborileo específico. Tiempo después de las primeras manifestaciones de mi mutación, un tal Profesor George Romer me contactó de casualidad porque un enjambre de avispas camoatí le había colonizado un cedro. Al verme trabajar, me preguntó cómo sabía yo dónde buscar y le conté. Me miró con una mirada extraña.
Al poco tiempo me llamó y me contó de ciertos humanos peculiares y, me dijo, se preguntaba si yo no podría ayudar a detectarlos. Como le dije que había gente que me provocaba cosas en los ojos, empezó con ansiedad a querer salir conmigo. Ahorro los detalles truculentos a las damas, porque cuando aplastaba a esos seres la queresa era bastante horrible de ver, las moscas, los gusanos, las babas que vivían adentro de ellos. Fue un lapso terrible en mi vida, pero gané buena plata. Después, cuando le dije al Profesor que me quería abrir, me pidió una muestra de mi sangre, me sacó unos pelos y algunos centímetros cuadrados de piel. Dijo que era para hacer un clon de mí y poder continuar la búsqueda. Yo se los dí. Total, no sé qué es un clon y plata no me costó.

El atropello - Víctor Lorenzo Cinca


Aquella noche le costaba conciliar el sueño. El calor era pegajoso y el silencio insoportable. Cansado de dar vueltas entre las sábanas, se levantó bruscamente de la cama y se acercó a la ventana. Le sorprendió ver a un tipo deambulando por las calles a esas horas de la madrugada y, tras alcanzar un cigarrillo de la mesita de noche, se apoyó en el alféizar para observar con calma sus movimientos. Aunque su silueta le resultaba familiar, no podía distinguirlo con nitidez. Los cuatro pisos que les separaban y la mala iluminación del barrio impedían que pudiera reconocerlo. El tipo parecía desorientado. O ligeramente borracho. Miraba a un lado y otro de la calle, como buscando algo. Entre calada y calada descartó que se tratara de un ladrón, pues no había ningún coche aparcado en la calzada peatonal. Vio cómo, tambaleándose, cruzaba la calle sin dejar de observar por todas partes, girándose a cada paso, intentando hallar algo que, por lo visto, no aparecía por ningún lado. El chirrido de unos neumáticos, acompañado del estruendo de un motor demasiado revolucionado, rompió el silencio. Desde la ventana pudo ver cómo un coche doblaba la esquina a toda velocidad y se abalanzaba contra el tipo de la calle, que no parecía darse cuenta de lo que sucedía, ensimismado en su búsqueda. Intentó alertarlo con un grito, cuidado, apártate, pero fue inútil. El vehículo arrolló su cuerpo, que quedó tendido bajo las ruedas, inmóvil. Bajó los cuatro pisos apresuradamente, sin pensarlo, con la esperanza de proporcionar algo de ayuda al accidentado, o por lo menos, identificar al conductor del vehículo. Salió del portal y encontró la calle desierta. Ni rastro del coche. Tampoco de la víctima. Absorto, miró a un lado y otro de la calle; atravesó la calzada y se situó en la acera opuesta. No había huellas de neumáticos ni manchas de sangre. Recorrió con la vista el asfalto, sabiendo que no encontraría lo que buscaba. Cruzó de nuevo la calle para regresar a su casa, cabizbajo, atemorizado. No supo qué había ocurrido hasta que escuchó en lo alto del edificio una voz de alerta, cuidado, apártate, pero ya fue demasiado tarde.

(Publicado en La Bultra, nº 1)
Tomado de Realidades para Lelos

Nómade - Anahí González


Solíamos amarnos bajo la noche abierta desnudos como heridas. Entonces éramos ingenuos. No sabíamos que la felicidad es una mariposa que muere en el aire, en plenitud de su belleza.
Todo empezó a estar mal cuando la vi en tus ojos ¿Quién era ella? ¿Por qué se adhería a tus pupilas como un mal bicho? Hubiera querido ahuecar tus órbitas, apretar los puños hasta quebrarme los dedos. Ciego, dejarte ciego, condenarte a la imbécil vida del topo y alejarme para siempre de tu laberinto.
Pero al dudar me convertí en cómplice de tu juego perverso y una consigna obsesiva guió mi estrategia: los hombres infieles sólo buscan placer.
Entonces, hice todo por borrar el camino trazado por su saliva.
Fue inútil: ella vivía en tu mirada como una certeza. Era la imagen invertida del naufragio. Nosotros; la vela rota, el barco hundido, el esqueleto de óxido pudriéndose en el fondo.
Es que el amor, como el viento, no tiene casa.
Hubiera querido arrancarte los ojos, pero ella se hubiera convertido en tu última imagen.
Hubiera. Estúpido verbo.
Ahora sólo me resta tomar coraje y apretar el gatillo.

Tomado de : http://www.misespejitosdecolores.blogspot.com/

Habitaciones separadas - Javier López


Por la mañana habían cruzado sus miradas en la recepción del hotel, justo en el momento en que ambas parejas se inscribían como clientes.
Ella iba con un tipo de edad avanzada. Era hermosa, una mujer de líneas estilizadas, ojos de ensueño y un precioso cabello largo con reflejos rojizos, a la que la única razón que le serviría para acompañar a aquel hombre casi anciano y nada agraciado, era la importante fortuna que seguramente poseía.
Él iba con su esposa. Una mujer con la que hacía muchos años sólo sentía en común el desencuentro. Pero tenían hijos, una hipoteca que pagar y una vida que los ponía en un mismo escenario del que se habían cansado hacía tiempo de ser actores. Sólo la fuerza de la costumbre y la necesidad los mantenía unidos.
Él pensó en ella todo el día, en sus ojos del color del mar en esos días nublados de verano en los que la fuerza del sol traspasa las nubes y da al agua un cálido color verdoso. En sus senos elevados, desafiantes, macizos bajo el ajustado suéter que los marcaba en todo su esplendor, en sus piernas inacabables, su cintura estrecha, sus caderas rotundas.
Ella recordaba de él su sonrisa franca, su mirada de hombre necesitado de muchas más emociones de las que le proporcionaba su vida seguramente metódica y poco dada a la aventura.
Por la noche ambos se buscaron. Quisieron sentirse vivos de nuevo, cabalgar en la oscuridad, estallar en gemidos de placer y palabras de deseo.
Llegaron a la cima al mismo tiempo, fue un éxtasis como ya no recordaban. Y finalmente un "te quiero" susurrado tan suave que cada uno apenas pudo escuchar el del otro.
A ambos lados del fino tabique que separaba sus habitaciones de hotel se escucharon los clics al apagar las lamparitas de noche. Se desearon felices sueños.

Contrahechos - Gabriela Baade


La plaza con baldosones rectangulares guardaba en el centro de la cuadrícula, el espacio para el árbol más recto nunca antes visto, el único árbol del pueblo.
La Sociedad de Fomento había elegido a Don Julio para que buscara el ejemplar. Al mes de investigar en la capital, Julio comenzó a sentir un dolor en la espalda. Volvió a sus pagos, plantó la semilla de un álamo y consultó con el doctor Marcial que le indicó una serie de estudios; al cabo de un tiempo le dio el diagnóstico: cifosis progresiva.
Don Julio se fue curvando. La gente, por solidaridad, al cruzarlo en la calle le preguntaba si había perdido algo. Don Julio decía: “No m´hijo es una cosa de la columna”. Finalmente, Julio no salió más de su casa harto de sus vecinos.
El árbol crecía con forma de una jota invertida.
Cuenta la crónica popular que varias veces intentaron enderezar la rama que descendía en comba. Pusieron tutores de madera y la rama los partió, de metal y los dobló, de cemento y se cayó. Para disimular quisieron poner una hamaca pero las cadenas se alejaban siguiendo la curva y dejaban el asiento pegado al arco de la rama.
Podaban el árbol por la tarde y a la mañana volvían a ver la perfecta jota invertida.
Injertaron otra rama derechita en el lado opuesto y no prendió.
Los vecinos levantaban firmas, hacían asambleas, presentaban notas al intendente para que sacaran el árbol torcido.
Tanta intolerancia por parte de los pobladores hizo que el álamo en jota se secara.
Aquella madrugada, la tormenta que azotó la región le arrancó las raíces de cuajo, lo llevó volando varios kilómetros y desapareció.
En la plaza central de la ciudad del árbol hicieron una estatua, en mármol, del jotárbol para recordarlo.
Don Julio, se mudó.

Adultos: La explicación - Luc Reid



― El otro día, cuando llevé a casa mi examen de historia, pensé que papá iba a matar ― dijo John.
Su amigo Sunil sacudió la cabeza.
―Ya sé, no me lo digas. Mi padrastro se puso igual cuando se enteró de que reprobé matemáticas.
―Repetía y repetía “¡Sesenta y cuatro! ¡Sesenta y cuatro!” como si yo no pudiera leer mi propia calificación…
―Odio cuando hacen eso.
― … y prácticamente me estaba rompiendo la cabeza con eso, y yo le digo “¡Por favor, papá! ¡Hay más cosas en la vida que el cerebro!”
― ¡Ey, guarda! Viene la vieja Heiserman...
John levantó la vista justo a tiempo para ver a la señora Heiserman tirar su andador a un lado y tambalear hacia Sunil y él. Manoteó a ciegas detrás suyo por unos segundos antes de encontrar la palanca de hierro que guardaba en su mochila, pero lo logró justo a tiempo y le pegó en la cabeza a la señora Heiserman. Ella debía tener hambre, sin embargo, ya que el golpe apenas la frenó. John le dio una patada en la rodilla y ella se desplomó en la acera, siseándole. Mientras la mujer se regeneraba, Sunil y él cruzaron el césped de los Weber y se fueron de regreso a casa.
―Están locos los adultos, chabón.
―Ya sé― dijo Sunil.
En la casa la madre de John había regresado de su trabajo en el Hospital de los Niños y estaba haciendo pescado al horno con coco. Trataron de pasar por la sala, pero ella los debe haber escuchado.
―¡Tarea! ¡Hacé tu tarea! ― gimió, avanzando a los tumbos hacia ellos.
―La voy a hacer, má. Sólo vamos a jugar con la Wii en mi cuarto unos minutos, y después la hago.
―¡Tarea primero!― ella se abalanzó hacia ellos y le agarró la cabeza de John. ― ¡Cerebros!
― Vamos, má, dejá tranquilo a mi cerebro― dijo John. Sunil y él corrieron a su cuarto y pusieron una barricada contra la puerta.
―¡Peinate!― gruñó su mamá.
― Chabón, ojalá cuando crezca no me convierta en semejante zombi― dijo John.
― Ojalá, chabón,― dijo Sunil agarrando una bolsa abierta de Doritos del ropero. ―Ojalá―.

Versión de Saurio.
Original en The Daily Cabal

Mi amigo en el infierno - Luc Reid


―¡Chabón, cuánto hace que no te veía!
―Cierto.
―Te preguntaría cómo estás, pero me imagino que como estás en el infierno, probablemente no la estés pasando bien.
―No, fiera, la verdad que no.
―¿ Ese diablo tiene que hacerte eso mientras hablamos?
―Sí, siempre lo hace.
―¿Pero no es, digamos, doloroso?
―Sí. En realidad, muy doloroso.
―Pero vuelven a crecer, ¿no?
―Esa parte es un poco asquerosa. Olvidémosla, ¿OK? Decime, ¿cómo entraste aquí? Me dijeron que no podíamos tener visitantes, ni siquiera otros chabones Condenados.
―Bueno, allá en el Cielo nos dan casi cualquier cosa que pedimos. ¡Ni te imaginás lo que son los porros! Y tengo un asuntito con Heidi Klum ... No sé si en realidad, es Heidi Klum, sabés, pero…
―Ahora entiendo por qué me dejan verte. Creí que la estaba pasando mal, pero pensar que estás allá fumando porros con Heidi Klum, mientras yo estoy aquí, realmente me cagó la existencia.
―No sólo fumamos porros: jugamos Halo, vamos a los conciertos de Santana ... ¡Ah, y tenemos esas fantásticas batallas aéreas! Todo el mundo tiene alas, ¿verdad? Y nos hacemos unos picnics…
―Chabón, cortala. El infierno, ¿te acordás?
―Ah, sí, perdón. Como sea, vine porque quería preguntarte algo.
―¿Qué?
―¿Quieres tomártelas de aquí?
―¡Guau! ¡Santa mierda!
―Lo siento. No te traje, ¿no?
―¡Vieja! ¿De dónde sacaste esa arma?
―Te dije, podés conseguir lo que quieras allá arriba.
―¡Tengo pedacitos de diablo quemado encima!
―Perdón ... y por el olor.
―Chabón, no te disculpes. ¡Eso fue copadísimo!
―Tomá, aquí te traje un arma para vos. ¿Querés jugar un poco de Doom de la vida real antes de que nos rajemos de aquí?
― Sos lo súper más, fiera. ¿Pero van a dejarme entrar allá arriba? ¿Te van a dejar entrar de nuevo a vos?
―No lo sé, chabón. Cualquier lugar va a ser mejor que este pozo, ¿verdad?
―¡Pero los porros! ¡Y Heidi Klum!
―Sí, pero, chabón... los amigos son irremplazables.

Versión de Saurio.
Original en The Daily Cabal

Muestra al azar - Luc Reid



―Párese― dijo el extraterrestre.
―¿Habla inglés?― dije. Todavía me estaba recuperando de que un rayo de luz ocre me chupara de la cama y me sacara por la ventana. Yo estaba en el suelo metálico de una habitación triangular sin ventanas, puertas, muebles ni ningún rasgo excepto por algunos dibujos en relieve apenas perceptibles en el piso, paredes y techo. Mis ropas no habían sido transportadas conmigo. Estaba tan asustado como para mearme encima.
―Su pregunta es bastante estúpida― dijo el extraterrestre, una cosa gris, alta, gomosa y de ojos saltones. ―¡Párese ya o lo vamos a obligar.
No quise pensar en lo que implicaría el obligarme: Me puse de pie y esperé. El suelo se abrió delante de mí y apareció una pequeña mesa. Sobre ella había cuatro porciones diferentes de torta de queso, cada una en un plato triangular negro. Al lado de cada plato había un tenedor de unos 25 centímetros, limpio y brillante.
―Pruebe las tortas de queso y emita su opinión― dijo el extraterrestre.
Me quedé mirándolas. ¿Era una broma? No, nadie que yo conociera tenía un sentido del humor tan enfermo ― ni acceso a alucinógenos pesados.
―¿Torta de queso?― dije.
―Usted emitirá su opinión. Es por eso que está aquí.
―¿Me secuestraron para realizar un testeo de tortas de queso?
―Todos los otros métodos producen un muestreo aleatorio inadecuado en los grupos de enfoque ― dijo el extraterrestre. ―Vamos a conquistar su Tierra monopolizando sus recursos económicos a través de la venta de tortas de queso. Tenemos que saber cuál es la receta triunfante.
Mis opciones eran limitadas, así que tomé un tenedor y empecé a comer torta de queso. Les ahorraré los detalles ― los gemidos involuntarios, el asombro, la alegría, el éxtasis. La versión corta es que las porciones 1, 2 y 4 eran mucho mejor que la mejor torta de queso que jamás había probado, pero la número 3 pertenecía a una clase más allá de cualquier alimento. Lloraba de alegría mientras me la comía.
―¿Es la número 3, entonces?― dijo el extraterrestre. ―La número 3 es muy popular.
Asentí.
―¿Cómo puede existir algo así? ¡Es una experiencia religiosa!
―También tiene cero calorías― dijo el extraterrestre. ―Y ya terminamos.
―¿Eso es todo?― dije, incrédulo. ―¿Ya terminé? ¿Puedo ir a casa?
―Terminó― dijo el extraterrestre, agarrándome. ―Pero usted no se va a casa.

Traducción de Saurio.
Original en The Daily Cabal

Rombos, como corazones asustados - Eduardo Betas



A Vladimir se le murió la patria cuando él estaba lejos. Salió de Veselde, Ucrania una mañana gris de 1990 sin saber que ese día iba a ser la última vez que besaría en los labios a su mujer, Luba. No sabía aún que el amor y la alegría se le iban a deshacer en ese viaje. Porque Luba, que quiere decir amor en ruso, no iba a soportar más de un año y medio la distancia. Y él iba a tardar muchos años más en volver a pisar las calles donde creció y fue feliz, en Veselde que en ruso quiere decir alegría. Vladimir, marino de los siete mares, subió a ese barco como tantas veces ya lo había hecho, para procurar el sustento de su familia. Se empapó, como siempre, del calorcito del abrazo de Sergei, su hijo, de nueve años de edad que quedó también allí, en la patria muerta. Por eso él se acostumbró a llevarlos en la memoria a pesar de que con el tiempo y el traqueteo por las calles de Buenos Aires ese recuerdo se le iba desflecando hasta quedar hecho tiritas. Vladimir tirita aún cuando no hace frío. Es diciembre y una sensación rara se percibe en el aire. Han pasado diez años ya que llegó en aquel barco antes que su país se deshiciera en la historia y lo dejara abandonado, a la deriva. Se acostumbró entonces a vivir como naufrago en Buenos Aires buscando el mejor lugar de la calle para dormir. Se aprendió de memoria el lenguaje burocrático de la oficina de Migraciones donde fue cientos de veces en busca de algún papel que diga que es alguien en el mundo. Y hoy puede ser ese día para Vladimir. Por eso abandona los cartones que lo han cobijado por la noche y se alisa la ropa. Mira una y otra vez el papelito de Migraciones y se pone en camino con la misma esperanza de quien va a nacer de vuelta. Porque se sabe cerca de que empiecen a tratarlo como un inmigrante y no como un refugiado. Por más que la tristeza, que él espanta con risas sabias de buen ruso, no conoce de diccionarios y pinta de exilio cualquier ausencia. Pero ese día amanece raro. La gente corre de un lado a otro y no con esa prisa de hacer trámites a lo loco. Es algo distinto. Vladimir siente el aire cargado de presagios y por eso invoca el nombre de su hijo para no tener miedo. Sobre todo cuando esos carros de policía que cruzan las calles con sus sirenas rabiosas. Pero él no se detiene. Ni siquiera cuando comienza a escuchar esos bombos que laten como corazones asustados. Ni aún cuando ve la Plaza de Mayo llena de un humo que hace llorar... Vladimir sacude su papelito con la cita de Migraciones y pregunta qué sucede. Pero nadie le responde. Ni siquiera cuando se mete en esa multitud desesperada, que se aprietan entre sí para sentirse más fuertes ante los policías que ya han sacado sus largos palos, con los que se dan golpecitos en las manos como para calentarlos. —Hoy es mi día —llega a gritar mientras agita el papelito. —Está bien, viejo. Feliz cumpleaños y cállate que estos nos van a cagar a palos... —le responde un morocho grandote. Vladimir intenta salir de la multitud para seguir su camino. Pero todo está cortado con vallas, con banderas, con policías o con gente. Arremete entonces contra alguna de esas barreras y le muestra a la policía su papelito. Pero nada. Rebota contra el escudo plástico del uniformado y sólo recibe silencio. Y la saca barata porque del otro lado de la Plaza ya empezaron a pegar. Y él, allí, con su papelito, apretado contra la valla metálica no sabe cómo expresar su impotencia en español y por eso grita una y otra vez: Berlín, el muro murió y regresa caminando hacia los cartones donde durmió la noche anterior. En su cabeza iba a seguir rebotando por muchos días más esos bombos, como corazones asustados...
Tomado de: http://www.cafediverso.com

El juego de los espejos - Eduardo Betas



De un día para otro dejaron de jugar al espejo. Y a pesar de que ambas sabían que eso iba a suceder algún día, Herminia y Yang se sintieron raras. No se enojaron pero dejaron de hablarse, aunque seguían viviendo en el mismo edificio,
Ambas habían crecido. Ya no tenían tiempo para sentarse una frente a la otra y jugar a copiar sin equivocarse las morisquetas que hacía la otra. Los vecinos dejaron de escuchar sus risas. Yang, más chiquita, tenía una risa aguda, tintineo de copitas de cristal; Herminia, era corpulenta y de risa más gruesa.
Pero Yang y Herminia no se hicieron amigas enseguida. Aunque sus familias habían llegado recién a la Argentina y se habían mudado para la misma época a ese edificio inmenso de cien departamentos y pasillo larguísimo. Además, ni Yang hablaba el guaraní, idioma de la paraguaya Herminia, ni ésta lograba entender el chino, la lengua que hablaba Yang. Y ninguna de las dos hablaba español.
Ambas eran en aquel momento tan pequeñas que el mundo no tenía más palabras que las de mamá y más patria que una tarde de juegos.
Pero un día hubo un accidente frente a la puerta del edificio. Y ambas madres con sus hijas llegaban al mismo tiempo y se quedaron viendo qué había pasado. Yang y Herminia se miraban sin decirse nada. Hasta que una de ellas se tentó de risa y contagió a la otra. Era una risa aparentemente sin sentido. Aunque para ellas era el festejo de saber que podían ser amigas.
Se rieron más aún cuando advirtieron que ninguna de las dos entendía lo que decía la otra. Y aunque no sabían cómo hacer para jugar, tratar de entenderse fue el primer juego.
Una tarde a Yang se le ocurrió jugar al espejo. Se entusiasmaron tanto que las madres de ambas tuvieron que ir a buscarlas porque era la hora de la cena y ellas seguían jugando.
Luego de esa tarde jugaron al espejo todos los días. Y las dos se habituaron tanto a los gestos de la otra que, cuando fueron más grandes, casi no tenían necesidad de hablar para entenderse. Sobre todo cuando charlaban con los muchachos que vivían en el edificio.
Y tal vez fueron esos muchachos o el simple hecho de crecer lo que les quitó tiempo para encontrarse en el huequito del pasillo. Aunque, en verdad, ya se sentían ridículas haciéndose morisquetas la una a la otra. Por otro lado, a Herminia no le iba bien en la escuela y Yang empezó a ayudar en el pequeño autoservicio familiar.
La última tarde que jugaron al espejo, casi como un presagio, Yang le dijo a Herminia que en un libro de su escuela había encontrado una leyenda de su país. Y, trabajosamente, le tradujo del chino: "hubo una época en que los seres de los espejos no se parecían a las personas ni copiaban sus actitudes. Eran libres. Pero una noche los habitantes de los espejos invadieron la Tierra y aterrorizaron a la gente. Entonces, el Emperador logró que volvieran a su mundo de espejos y, con sus poderes, los hechizó condenándolos a copiar mecánicamente las formas y gestos de los seres humanos."
—¿Y cual de nosotras era la hechizada? —preguntó Herminia.
—Ninguna o las dos —le respondió Yang.
Herminia sintió que algo se había roto. Se lo iba a decir pero prefirió dejarlo para otro día. En ese momento vio entrar por el pasillo al Hernán. Pegó un salto y fue a encontrarse con él. Al día siguiente no tuvo tiempo porque el Hernán la invitó al cine. Después fue Yang la que no pudo porque había mucho trabajo en el autoservicio. Así comenzó a pasar el tiempo y el huequito del pasillo se quedó solo. Sin risas ni espejos.
Llegó el fin de ese año. Yang terminó el bachillerato y se fue de viaje de egresados. Por eso no estuvo en Buenos Aires la noche en que Herminia, con un embarazo de dos meses, salió por última vez de su casa para encontrarse con el Hernán, que la esperaba en la puerta.
Tomado de: http://www.cafediverso.com

Palabras rotas - Eduardo Betas



Norberto, por ese entonces, tendría unos nueve años; nunca entendí por qué su madre le había regalado aquella máquina de escribir. Casi seguro que para ella sólo había sido uno más de esos desmesurados regalos con los que buscaba adornar la soledad de ese único hijo que había tenido con aquel hombre que nunca lo iba a reconocer. Pero en ese momento no podía pensar nada de eso porque yo ya bordeaba los doce años y una máquina de escribir era lo que más quería en el mundo.
Por eso aquello me revolucionó la vida. Tipeando algunas palabras me sentía ya como el periodista que veía dibujado en la Enciclopedia Estudiantil. Tan sólo por eso valía la pena soportar los caprichos de chico rico de Norberto.
Me acuerdo que le proponía que jugáramos a hacer un diario. Pero él quería ser el comisario que me tomaba declaración. Él vivía en el cuarto “B” y yo en la Portería. Su madre era propietaria de ese amplio departamento mientras que mi padre era el encargado del edificio.
Y habrá sido por todo eso que yo no le podía decir nada a Norberto cuando se cansaba —y se cansaba rápido— le pegaba puñetazos a la máquina con la que nunca escribiría nada. Puñetazos que a mí me provocaban ese dolor duro que forma costras. Tal vez porque en aquellos días yo ya vivía mi fin de infancia.
Fue también por aquel tiempo en que empecé a ayudar a mi padre a juntar los residuos del edificio. Algo que convertí en un nuevo juego imaginándome al ascensor como un camión que paraba en cada piso. Y fue en una de esas tardes de juntar basura en que encontré un cartón gastado que simulaba ser un teclado de máquina de escribir. Cuando se lo mostré a mi hermano me dijo que eso lo usaban para practicar los estudiantes de dactilografía.
Con aquellas teclas de cartón escribí mis primeras crónicas. Las que no podía leer nadie salvo que yo se las leyera en voz alta.
Un par de meses después, mi padre comenzó a hacer limpieza de oficinas por la noche y yo obtuve, a cambio de limpiar los baños, la posibilidad de escribir en máquinas de verdad.
Con tantas ocupaciones me fui olvidando de Norberto. Aunque mi padre me sugería siempre que vaya a jugar con él a su departamento. Pero, como yo no iba, una tarde él subió la escalera de servicio y llegó hasta la Portería para invitarme a jugar.
—Dale, jugamos a lo que vos quieras —me dijo.
—¿A qué hacíamos un diario también?
Y él dijo que sí. Pero se volvió a cansar rápido del juego. Y fue peor que otras veces. Sus puñetazos sobre la máquina fueron terribles. Aquella fue la primera vez que pude gritarle. Pero no me hizo caso y se rió con unas carcajada punzante que más le dolió a él que a mi.
—Tomá, te la regalo —me dijo y levantó la máquina de escribir a la cual ya la cinta negra y roja se le salía de adentro como si fuera sangre—. Tomá, ya que la querés tanto… —y yo, sin poder creer lo que me decía me acerqué para tomarla. Cuando estaba apunto de hacerlo Norberto la estrelló contra el piso y volvió a reírse con esa carcajada de animal. La máquina se destrozó y yo salí corriendo. Tras de mí seguía escuchando las terribles risotadas y los ruidos de vasos, platos, juguetes rompiéndose.
Fue la última tarde de Norberto en el edificio. Su madre se lo llevó y nunca más lo vi ni supe de él hasta hace poco en que lo encontré trabajando en una biblioteca municipal. Me contó que su madre había muerto y que él había tenido que dejar el colegio privado porque ya no podía pagarlo. Vendió el departamento y un tío le consiguió ese empleo.
Me fui de aquella biblioteca con un regusto amargo. Sentía que el mismo pibe malcriado al que la madre le quiso comprar palabras como si fueran juguetes, hoy sobrevivía manteniendo el silencio para que otros puedan leerlas.
Tomado de http://palabrar.com.ar/

Relatos desde el ciber/1 - Eduardo Betas



La imagen del perro que al orinar dejaba sobre la pared el dibujo del rostro de Cristo empezó a aparecer en los monitores del ciber todos los días, a partir de esa tarde, casi noche, en que se realizó la primera movilización de ciegos al Congreso.
Era el atardecer de un miércoles de noviembre y los no videntes hacían sonar en forma rítmica sus bastones blancos contra las baldosas de la vereda. Mientras, algunos repartían volantes confiados en que en esos papeles se leía que reclamaban el no al cierre de la Biblioteca Parlante. Y eso era lo que tenían impreso esos papeles.
Por supuesto que nadie iba a afirmar que ambos hechos estaban relacionados pero lo cierto es que el video del perro de meada milagrosa iba a irrumpir unos segundos, a partir de esa tarde, en todas las pantallas del ciber de Congreso. Siempre a eso de las seis y cuarto.
—Fue muy extraño todo —me contó luego Pierre, el recepcionista del ciber aquella primera tarde.
Yo no había estado porque me había entretenido en la manifestación de los ciegos. Pero Pierre me dijo que hubo un par que saltaron de sus asientos para arrodillarse frente a la computadora y rezar, en voz alta, un padrenuestro. Que los cuatro o cinco israelíes que hablaban por Skype comenzaron con gritos guturales al monitor. En tanto, David salió corriendo al grito de que el fin del mundo había llegado. De paso, no pagó su hora de internet.
—El que no estaba —me dijo Pierre—, es Moisés. Raro porque él siempre está a esa hora.
Pero eso yo ya lo sabía. Lo había visto cerca de la esquina del Congreso. Miraba con insistencia a los ciegos. En especial a una mujer casi muchacha, pequeña, emponchada en un tapado de paño rojo, rubia, que apuntaba su rostro hacia donde estábamos nosotros como intuyéndonos. Moisés, yo aún no sabía que se llamaba así, tendría cuarenta y tantos años, una melena larga, unos bigotes grandes y grises que parecían oler a esos ideales revolucionarios por los que habíamos gritado tanto.
—Yo no sabía que se había quedado ciega —me dijo y descubrí en sus ojos el susto—, y ella me dijo que yo era la luz de sus ojos pero ahora que la veo así tengo miedo…
Y fue en ese momento en que se me ocurrió que ese tipo estaba apagado. Se había quedado a oscuras sin ninguna necesidad de que a esa mujer rubia, friolenta, bonita, le haya pasado lo que le pasó.
—Así como ella se quedó ciega para afuera, vos te quedaste ciego por dentro.
Sé que eso es lo que debí decirle. Pero no. No se lo dije. Disimulé mi timidez o mi miedo con unas palabras de circunstancias de las que ahora ni me acuerdo y me fui sin mirarla a ella y sin saber que esa tarde comenzaría algo que duraría hasta ahora.

Sonata fantasmal - Javier López



Ya no podía soportar más la sonata número 11 de Mozart.
Durante el día yo la ensayaba en el salón de casa, porque tenía que preparar el examen de sexto grado para el Conservatorio. Cuando terminaba, dejaba la partitura sobre el piano, y así estaba preparada para el día siguiente, porque durante ese tiempo no practicaba ninguna otra pieza.
Todo iba bien hasta que el fantasma del abuelo empezó a aparecerse por las noches. Se sentaba en la banqueta del piano e interpretaba la sonata durante horas.
Al principio no podía dormir, y aunque con el tiempo conseguí hacerlo a duras penas, los arpegios en La Mayor de la sonata parecían ya embutidos en mi cerebro. El último movimiento, la Marcha Turca, me despertaba sobresaltado si es que antes no lo habían hecho el andante o el minueto.
Así que tuve que tomar una determinación. Y ésta fue tan simple como retirar la partitura una vez que acababa mis ensayos, y guardarla en un armario. Naturalmente, dormía con la llave bien protegida.
Durante unos días mi hogar volvió a la normalidad y pude dormir tranquilo por las noches. Pero al poco tiempo los problemas volvieron. Y aún peor: se agravaron. Ante la ausencia de partituras, el fantasma del abuelo se ha dedicado desde entonces a ejecutar disparatadas improvisaciones.

La plaga - Silvana D’Antoni



Clara entró en el departamento, encendió la luz y vomitó. Intentó apurar el paso pero su desconcierto se lo impidió. Avanzó horrorizada entre ellos, temiendo pisar la sangre y enseguida llegó otro vómito. Los siete cuerpos estaban allí, tendidos a lo largo del pasillo con las cabezas aplastadas. Clara comenzó a gritar. Gritó hasta que se le partió la garganta Algunos vecinos estaban agolpados en la entrada. Los alaridos hicieron que el encargado también se acercara al departamento. El hombre pronto disipó a la gente y se quedó a solas con la mujer. Ahora, Clara se movía inestable, perturbada como un hambriento animal salvaje
—¿Qué hizo, bestia? —maldijo al encargado.
—Yo… yo… —titubeó el hombre—. ¡Hice lo que usted me pidió! ¿Acaso no estaba harta de los bichos del edificio? —musitó cabizbajo.?
—Mos…moscas… —alcanzó a decir Clara y cayó desmayada.
El encargado buscó el teléfono y llamó a su mujer?
—Juana, bajame al segundo una bolsa. ¡Sí, al segundo! —le dijo en forma quejosa.
Los siete gatos con las cabezas aplastadas seguían allí, a sus pies. El hombre los observó en silencio. ¡No se había equivocado!, pensó. ¡No se había equivocado! ¿O, tal vez sí?


Tomado de: http://silvanadantoni.wordpress.com/

Madre – Francisco Costantini


Mi madre siempre fue una mujer sumisa, respetuosa acérrima de los dictámenes de mi padre. Llegaba a tal punto su docilidad, que era capaz de soportar la soledad de las noches en que su marido salía de juerga con amigos y con amigas, y que regresaba con olor alcohol, varios miles de pesos menos en los bolsillos, y el perfume barato de Ella; siempre Ella. Aunque, en realidad, la mansedumbre era la forma que tomaba su resistencia ante la inseguridad, no tanto de su futuro, sino del de sus tres hijos varones. ¿Qué iba a ser una mujer que no pasó del tercer grado, criando sola a los frutos de su vientre?
Pero un día, pasados los años y consciente del apoyo filial, arrinconó al rey de mi padre y el juego se terminó. Recuerdo aquella tarde gris de la mudanza, las gargantas de todos anudadas por el llanto, y el camión alejándose del chalet de dos pisos, y en mi madre ese brillo especial en los ojos que contemplaban el inicio de una nueva vida. No sólo había ganado el juego, también había pateado y pisoteado el tablero.
Ahora tiene novio, sonríe, parece más joven que durante las décadas junto a mi padre. Está feliz. Sin embargo, aterra un poco la distancia que ha tomado de la otra madre que yo conocí, la sumisa, pero, también, la que daba todo por sus hijos. Una pequeña incomodidad se deposita en mi pecho cuando la veo partir los sábados por la tarde para regresar recién los lunes en la madrugada. A veces pienso y dudo que ésta sea mi madre, y hasta tengo el temor de encontrar algún día, en algún pedazo de tierra de las doce hectáreas donde está el chalet de mi infancia, los restos inertes de mi verdadera y única mamá.

Renata – Euge Fluir


Era una mañana fría de mayo, pero el rayo de sol que me despertó era cálido y envolvente. Me sentía incómoda y distinta, como si mi cuerpo se hubiera desprendido, como si ya no me perteneciera. ¿Qué me estaba sucediendo? Hice memoria, y luego de encender varios cigarrillos y tomar un café, pude recuperar el recuerdo de la noche anterior: había estado con Renata. Ahí entendí que esa era la causa de esta movilización corporal.
A la tarde, alrededor de las siete, apareció Renata en el chat, siempre alegre y enigmática, y me saludó. Sabía que no tenía que responder, pero estaba aburrida, lo que se sumaba a mi necesidad constante de vivir con adrenalina y sorpresa; así que seguí el contacto. Me contó que en su clase de teatro había tenido que hacer una improvisación jugando a ser otra persona, alguien que le provocara excitación. Yo fui la elegida. Uy, pensé, estoy en problemas. ¿Quién me manda seguirle el juego?, ya tendría que haber aprendido, pero el provocar eso en alguien —más siendo mujer—, me tentó a continuar el diálogo. Ella se explayó describiendo cada movimiento imitado; me copió el vestir, la forma de hablar, hasta algo del sentir. Era fuerte leer cada palabra, palabras intensas y fogosas. Me di cuenta que en simultáneo y con mucha timidez yo me iba encendiendo; me dejé llevar.
El chat nos mantuvo en vilo durante horas que se hicieron cortas, hasta que propuso nos viéramos; y entiendo que mi respuesta debería haber sido ¡no!, pero soy débil y amo jugar, así que fue un ¡sí!; pero luego de afirmar el encuentro, me reté por ser tan crédula, por ansiar una amistad con ella. ¿Dónde se ha visto que eso sea posible, si media entre dos almas tan tremendo deseo?
Quedamos en encontrarnos a las once de la noche en el bar donde nos habíamos conocido.
Al verla sentada en la barra sentí que me invadía un cosquilleo y mi estómago se llenaba de mariposas. Nuestros ojos se encontraron primero y mientras la saludaba vergonzosa, pedí un dry martini. Nos dejamos fluir en la charla; cine, libros, teatro y vivencias personales nos conectaban siempre. Me distendí, disfrutaba el momento… hasta que de repente me escuché invitándola a mi casa. Ya era tarde para retroceder; nos fuimos caminando.
Llegamos, nos descalzamos, serví dos whiskies —lo había probado conmigo su primera vez—, puse el cd de Melero que a ella tanto le gustaba. Nos recostamos en el sillón, dejándonos transportar por la melodía de la música y la que se desprendía de nuestros cuerpos silenciosos.
No recuerdo el momento en que sus manos comenzaron a recorrerme; primero mis labios, luego el cuello; rozó mis senos sedientos, el vientre, las piernas… Fue en ese instante cuando nuestros cuerpos se desnudaron y fundieron para dar lugar a un incesante intercambio de besos, caricias más fuertes, gemidos; su lengua, tibia y erecta se instaló en mi húmedo sexo, arrancó mi primer orgasmo... seguido al instante por una catarata cuando sus suaves dedos frotaron mi hinchado clítoris, hasta penetrarme con la intensidad y la fuerza de un gran pene.
Nos dormimos, no sé cuando. Al despertarme le pedí se fuera; no quería amanecer con ella en mi cama, quizá para borrar de ese modo el recuerdo de lo que no tendría que haber sucedido. Lo sé, son mentiras sin sentido.
Pero mi cuerpo quedó impregnado por el de ella y ella se llevó el mío. ¿Cómo haré para recuperarlo?

Una bella película - Guillaume Apollinaire


¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? preguntó el barón d'Ormesan―. Por mi parte, ya no me tomo la molestia de contarlos. He cometido algunos que me produjeron dinero, y si hoy no soy millonario, debo culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos.
En 1901, en unión de unos amigos, fundé la Compañía Internacional Cinematographic, a la que para abreviar llamamos C.I.C. Nuestro propósito era producir una película de gran interés y pasarla luego en los cinematógrafos de las principales ciudades de Europa y América. Nuestro programa estaba bien trazado. Gracias a la indiscreción de uno de los domésticos, pudimos obtener una escena interesantísima que representaba al presidente de la República, en momentos en que se levantaba de la cama. Siguiendo idéntico procedimiento, también logramos la filmación del nacimiento del príncipe de Albania. En otra oportunidad, después de comprar a precio de oro la complicidad de algunos funcionarios del Sultán, pudimos fijar para siempre la impresionante tragedia del gran visir Malek Pacha, quien, después de los desgarradores adioses a sus esposas e hijos, bebió, por orden de su amo y señor, el funesto café en la terraza de su residencia de Pera.
Sólo nos faltaba la representación de un crimen. Pero, desdichadamente, no es fácil conocer con anticipación la hora de un atraco y es muy raro que los criminales actúen abiertamente.
Desesperando de lograr por medios lícitos el espectáculo de un atentado, decidimos organizarlo por nuestra cuenta en una casa que alquilamos en Auteuil a esos efectos. Primeramente habíamos pensado contratar actores para un simulacro de ese crimen que nos faltaba, pero, aparte de que con ello hubiésemos engañado a nuestros futuros espectadores al ofrecerles escenas falsas, habituados como estábamos a no cinematografiar más que la realidad, no podíamos satisfacernos con un simple juego teatral por perfecto que fuera. Llegamos así a la conclusión de echar suerte, para establecer quién de entre nosotros debía juramentarse y cometer el crimen que nuestra cámara registraría. Mas ésta fue una perspectiva ingrata para todos. Después de todo, éramos una sociedad constituida por personas de bien y nadie tomaba a broma eso de perder el honor ni aun por fines comerciales.
Una noche decidimos emboscarnos en la esquina de una calle desierta, muy cerca de la villa que alquiláramos. Éramos seis y todos íbamos armados con revólveres. Pasó una pareja: un hombre y una mujer jóvenes, cuya elegancia muy rebuscada nos pareció a propósito para acondicionar los elementos más interesantes de un crimen pasional. Silenciosos, nos abalanzamos sobre la pareja y amordazándolos los condujimos a la casa. Allí los dejamos bajo el cuidado de uno de nuestro grupo, volviendo a nuestra posición. Un señor de patillas blancas vestido con traje de noche apareció en la calle; salimos a su encuentro y lo arrastramos a la casa a pesar de su resistencia. El brillo de nuestros revólveres dio razón de su coraje y de sus gritos.
Nuestro fotógrafo preparó su cámara, iluminó la sala convenientemente y se aprestó a registrar el crimen. Cuatro de los nuestros se colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos.
La joven pareja estaba todavía desvanecida. Los desvestí con atenciones conmovedoras: despojé a la muchacha de la falda y el corsé, dejando al joven en mangas de camisa. Dirigiéndome al señor de esmoquin, le dije:
―Señor: ni mis amigos ni yo deseamos a usted ningún mal. Pero le exigimos, bajo pena de muerte, que asesine, con este puñal que arrojo a sus pies, a este hombre y a esta mujer. Ante todo, usted tratará de que vuelvan de su desmayo; tenga cuidado que no lo estrangulen. Como están desarmados, no cabe la menor duda de que usted logrará su propósito.
―Señor ―repuso cortésmente el futuro asesino― no tengo más remedio que ceder ante la violencia. Usted ha tomado todas las resoluciones y no deseo en lo más mínimo modificar una decisión cuyo motivo no se me aparece claramente; voy a pedirle una gracia, sólo una: permítame cubrirme el rostro.
Nos consultamos y resolvimos que era mejor así, tanto para él como para nosotros. Coloqué sobre la cara del hombre un pañuelo en el que previamente habíamos abierto dos orificios en el lugar de los ojos, y el individuo comenzó su tarea.
Golpeó al joven en las manos. Nuestro aparato fotográfico empezó a funcionar, registrando esta lúgubre escen