El poder de la mandrágora – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman



Para Mandrake fue algo imposible de superar. Es cierto que su fuerte era el ilusionismo y que con la capacidad hipnótica efectiva que poseía era capaz de neutralizar a los peores criminales y malhechores, pero eso no se verificaba sobre sí mismo. Por eso, cuando se enteró que su nombre era el de una planta fanerógama de la familia de las solanáceas que habitualmente ha sido usada en rituales mágicos, entró en un estado depresivo incomparable. Se pasaba todo el día pensando en las bifurcaciones de las raíces, que tienen cierto parecido a una figura humana y las sinuosidades y rizos le evocaban el llanto de un bebé… o de un felino hogareño. Porque hay ciertos momentos en que los gatos imitan a los bebés humanos, en especial cuando quieren resucitarnos de los sueños o pesadillas en las que nos sumen nuestros placeres ocultos. Y la mandrágora hace eso todo el tiempo. Mandrake estaba desolado… más que cuando Narda se fue con Lothar.

Ojo por ojo – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


-Uy! ¡El gato Casi me saca un ojo!
-Sí; pero tenés dos.
-Pero el otro lo dejé en la heladera para ver quién me roba el mate helado.
-¿Y el gato Casi usa tu ojo?
-Si lo dejo, si. Lo que pasa es que a veces Casi se pone a buscar comida con él.
-¿Encuentra más comida?
-Y, sí. Casi se pone un ojo en cada pata, dos en cada oreja apuntando para atrás, uno en la cola y el que me robó.
-¡Pero eso hacen ocho ojos!
-Claro. Diez ojos ven más que dos.
-Pero si vos tenés ocho ojos sos una araña.
-Sí. Ciertamente.
-¡Uy, pardiez! Pero yo soy una mosca. Y las moscas somos el alimento por antonomasia de las arañas.
-Cierto. Vení que te como.
-Bueno. Pero lo hago por mi propia voluntad. Que conste.
-Constará, no te aflijas.

La giganta de Baudelaire - Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Me enamoré de sus tetas de giganta, de sus grandes labios y de su cuerpo enorme, capaces de albergar mi boca y mis manos en un abrazo incoherente. Pero era demasiado pequeño para ella. Me tomó entre dos de sus dedos, me hizo oscilar como si fuera una mosca atada a un hilo y me arrojó al tacho de basura.
Recuperé el sentido doscientos años después. El mundo había cambiado bastante. Baudelaire, tras resucitar para reclamar el premio Nobel, me llenó de patadas en el culo porque yo pretendía a la giganta. ¡Qué tipo prepotente y cerril! ¿Cómo podía yo saber que iba a resucitar? Me fui mascullando furia y me encontré con otro imbécil, Rimbaud, el infatuado, ese demente autodestructivo cuyo mayor anhelo era jugar en Boca.
-¿Seguís obsesionado con jugar en Boca? -le pregunté.
-No es una obsesión. ¡Si volviera el tiempo, el tiempo que fue! Porque el hombre ha terminado, el hombre representó ya todos sus papeles.
Me encogí de hombros y caminé hacia la estación de trenes. Con esa actitud de mierda nunca te van a poner, tontito, pensé. Unas cuadras más adelante esperaba Verlaine con un revólver en la mano. El disparo no era para mí, pero lo recibí agradecido. La vida había perdido su consistencia desde que murió la giganta. Y como no tengo la certeza de que pueda resucitar me despido de ustedes en este mismo momento. The end.
Abro los ojos. Montada sobre el puente de mi nariz hay una mujer de cinco centímetros.
-Te amo, gigante -dice.

Bestia - Antonio Cruz


Para María Luisa Valenzuela

Como era un burro, sus compañeros de escuela lo bautizaron “Bestia”; no hubo apodo mejor puesto en el pueblo. Con el paso de los años honró dicho mote. Fue la oveja negra de la familia. Más ladino que un zorro, astuto como un hurón, chismoso como loro. Venenoso como alacrán, tenía lengua de víbora. Por ser amigo de lo ajeno parecía una urraca, pero cuando lo apretaban se apichonaba y simulaba ser una dócil y sumisa paloma. Las veces que estuvo preso cantó como una calandria y mandó en cana a todos sus amigos.
Con las mujeres se hacía el gallito, pero a la hora de los bifes no alcanzaba a ser otra cosa que un cerdo. Un asqueroso gusano. En fin, una miserable rata que reía como una hiena.
Ya cincuentón, se volvió hombre de confianza de un caudillo lugareño, pero cuando el jefe cayó en desgracia, trató de acomodarse con las nuevas autoridades hasta que cometió una gansada y se hizo perdiz. Desde entonces nunca más tuve noticias de él.

Relatividad - Francisco López Castro


Dos hombres avanzan lentamente por un húmedo pasillo alumbrado sólo por algunas antorchas. Se detienen ante una de las muchas puertas que hay. Desde las celdas llega el sonido de los lamentos en diferentes intensidades. La mayoría de las celdas fueron excavadas en la roca viva, el resto de la estructura que era menos sólido se encontraba completamente empedrado.
—¡Albert! tu comida —grita el carcelero con voz grave, sosteniendo en una mano un cuenco metálico con sopa aguada con un pan rancio flotando.
El carcelero deja la comida en el suelo alejada unos centímetros de una abertura que tiene la puerta en su base. Una mano huesuda y maltratada aparece por ella tanteando. El carcelero la pisa y se siente un grito lastimoso del otro lado.
—Lo primero y más importante. Revisa sus manos: si las tienen oscuras, están infectados y si no nos damos cuenta a tiempo, estamos muertos. ¿Entiendes?¡Muertos! —sentencia alzando la voz y con un dejo de locura en sus ojos—. Éste está bien.
Libera la mano y con el mismo pie empuja el plato. Del interior de la celda se escucha el roce del recipiente metálico contra la piedra. El aspirante a guardia, lleno de curiosidad, se acerca a mirar por la ventanilla que esta en la puerta a la altura de los ojos.
—Te recomiendo no acercarte mucho, podrías devolver todo el desayuno. Aunque con la mierda que dan acá, no vale la pena conservarlo en el estómago —dice el carcelero con un gesto de asco.
—Jefe, cuénteme entonces, ¿quién es? —dice el joven guardia.
—No sé. Éste es bien extraño. Un día pidió un trozo de tiza, como al mes después me llamó y me dijo que se llamaba Albert, que era descendiente de un tal Einstein o como diablos se pronuncie y que había descubierto algo. Que venía del futuro y necesitaba volver. Qué imbécil.
—¿Del futuro?
—Sí. En este pasillo hay solamente criminales locos. Los de arriba piensan que son espías. Por eso torturaron a todos los malditos. Varios murieron. Los que quedan acá terminaron más locos de lo que estaban.
—Jefe, ¿qué se hace si un prisionero se enferma con peste negra?
—Un par de flechazos. Luego, desde la puerta se ensarta el cadáver con lanzas y se tira por la trampilla en el suelo que se abre con esa cadena a tu derecha, el piso de abajo lo convertimos en una hoguera. Cuando veas uno infectado grita inmediatamente "cerdo a las brasas". Luego, como dijo nuestro maestre, se baña la celda con alcohol y se le prende fuego. Hago un pequeño infierno. Las rocas soportan cualquier cosa.
—Jefe, ¿sabe por qué se hace eso?
—Para matar la puta infección en la celda.
—Que inteligente para ser carcelero...jefe. Debería estar arriba con los que mandan.
—Haces muchas preguntas para ser de los nuevos.
El carcelero sigue adelante solo, cortando en seco la conversación. El joven se queda unos metros atrás y le dice:—Amigo, lo siento, a dormir.
El joven saca un arma y dispara un dardo tranquilizante que deja inconsciente al hombre. Obtiene las llaves de las celdas y libera al preso conocido como Albert. En un dispositivo digital marca unos números. Ambos desaparecen.

Dos hombres avanzan por el pasillo de un hospital. Se detienen frente a la puerta del ascensor y presionan el botón de llamada. Un reloj digital marca la hora y la fecha: 10:45 AM, 22 Julio del 2530.
—Extraño el olor a yodo.
—Estos hospitales son muy diferentes, muy modernos.
—¿Dónde vamos, doctor?
—A visitar a nuestro paciente estrella... el último descendiente de Einstein.

El cuento - Max Goldenberg


¿Un cuento querés que te cuente, hijita? Pero mirá que hora es… ¿por qué no te dormís, mi amor? A ver… ¿sabés que mañana papito se tiene que levantar tempranito para ir al trabajito? Entonces cerrá los ojitos y el sueño va a venir solito. Vas a ver. Contemos juntos: a la uuuuuna, a las doooosssss y alaaaaaaaaaaaaaasssss… No no… alas tienen los angelitos, hija. No no, yo no dije “alas” dije “alaaaaaaaaaaassss” para darte tiempo hasta que llega el tres y ahí si: te dormís. ¿Sabés mamita? Dor-mis. Arrorró mi nena, arrorró mi sol… duérmase pedaz… ¿Cómo? ¿Qué se yo qué quiere decir “arrorró”, lindita? Yo nunca te dije que yo sabía todo. Dije que papá, por ser mas grande, sabe mas cosas que vos. Pero todo todo no lo sé. No, mamá tampoco. ¿Que yo le digo que ella piensa que se las sabe todas? Eso se lo habré dicho alguna que otra vez cuando discutimos, mi princesita. Pero eso no quiere decir que mamá las sabe todas. Bueno bueno… me habré confundido. ¿Ves que papá no sabe todo? ¿Ves que papá se confunde? Porque papá es como todos, tiene sueño también y se quiere ir a dormir. Entonces vamos a dormir. ¿Si? No te voy a cantar una canción, hija. Porque no. Para eso te cuento un cuentito. Bueno, uno pero corto porque papá tiene sueño. Si, un cuento y a dormir. ¿Está bien? ¿Qué? ¿Soda? ¿Querés soda ahora justo? Bueno, el cuento y después la soda. No. El cuento y la soda y punto. La canción queda para otro día, corazoncito mío. Todo no se puede. Exacto, como dice mamá cuando le pregunto si cocinó algo rico en vez de las tartas de zapallito. Tenés razón. Bueno, va: había una vez un conde que vivía en un castillo. ¿Cómo decís? No sé mi vida por qué no vivía en un departamento como el nuestro. Que se yo. Porque es chico. No, no… mamá no tiene razón nada cuando se queja que vivimos en un sucucho de dos por cuatro. ¿Mamá es conde? No no, yo pregunto si mamá es conde no si esconde. Ya sé que esconde mamá. No linda, no digo que mamá es conde digo que estoy seguro que mamá esconde. Cosas. Golosinas por ejemplo. No, hijita, no podés comer golosinas. Prestá atención: resulta que el conde se esconde. ¿Dónde se esconde el conde?… ¿Cómo decís? No no… en el cuartito del lavadero no, mi vida. Nadie puede esconderse en el cuartito ese. ¿Qué señor? Esperá, lucecita de mi ser, ¿qué señor viene cuando yo no estoy? No entiendo… ¿El lustrador? ¿Qué lustrador? ¿Qué cuernos? ¿Cómo? ¿Qué el señor le dice a mamá que compre algo para lustrarme los cuernos y ellos se matan de risa? Uy, pero que graciosos que son… Sabés que yo no tengo cuernos, dulce… así no puede lustrarme ningún cuerno, ¿no? Mejor dormite que tengo que hablar con mamá. No no, no pasa nada. El tema es que no puede quedarse un señor en ese cuartito porque le puede hacer mal, ¿sabés? Y me parece que mamá debería cuidar que no pase. ¿Entendés? Entonces le voy a preguntar eso. No hija, nada mas le voy a preguntar. ¿Por qué me lo decís? ¿Qué mensajito? ¿Mamá vió un mensajito en mi celular? No hija, no tengo ninguna amiguita yo. ¿Por qué me preguntás, hermosa de mi corazón? Ah… no no… mamá seguro se confundió cuando dijo que yo tengo que dejar de salir con mis amiguitas o el señor que lustra iba a limpiarme a mi. Es chistosa mamá, ¿sabías? Jajaja… ay que risa… jajaja… si si, yo me río así ahora, hijita… jajajamejor no le digo nada a mamá ¿no? Y vos tampoco, ¿claro? ¿Para qué la vamos a preocupar? Total el señor que lustra debe estar cómodo cuando se esconde… Si si, como el conde, como el conde. Tomá la soda y dormite haceme el favor.

Extraído de: "http://max.com.ar/2009/02/23/el-cuento/"

Cuatro señales - Sergio Gaut vel Hartman




La primera señal fue el libro; lo vio en una mesa de saldos de una librería de Olivos, apilado sin piedad junto a otros de la misma colección. Años atrás había escrito tres novelas de suspenso para un editor que no tardó casi nada en hacerse humo. Pero lo más sorprendente era que los libros hubieran sido publicados; nunca le llegó la menor noticia. La novela estaba firmada con un seudónimo elegido al azar en la guía telefónica, Tristán Finch, pero el título era el mismo: El estafador. Tomó el volumen y lo sostuvo en la mano; sonrió. Así que finalmente… Buscó las otras dos novelas sin éxito, por lo que se quedó con la duda de si habían corrido igual suerte. Era posible que sí, ya que había cinco títulos más, dos firmados por Germán Lawer y tres por Justo Santols. Resistió la tentación de comprarla, aunque costaba sólo diez pesos. ¿Tenía algún sentido?La segunda señal le llegó al día siguiente. Se sorprendió mucho al recibir un llamado telefónico de Damián Martínez, un médico que solía escribir cuentos en sus ratos libres y que en un tiempo había asistido a su taller literario
—¿Te acordás del usurero que usaste de modelo para escribir aquella novela de suspenso que te pidió Piturno?
—¿Así se llamaba? No lo recuerdo.
—¿Al usurero o al editor?
—A ninguno de los dos.
—Del usurero te tenés que acordar; lo tuviste colgado del cuello durante años, tratando de arruinarte.
—Casi lo logra. Flor de hijo de puta, falso y miserable.
—Bueno, ese. Se hizo los análisis en la clínica en la que trabajo. Tiene un cáncer entre la lengua y la mandíbula; inoperable. Tres meses, es todo lo que le queda de vida.
—Como el de Freud.
—Sí, qué elegancia.
—Se lo merece.
—Cierto, pero me sorprendió la casualidad; la historia clínica quedó sobre mi escritorio, y eso que no es mi paciente.
—Yo vi el libro. Ayer. En una librería de saldos de Olivos.
—¿En serio? ¿Al final se publicó? ¿Con tu nombre? —Damián tosió al tratar de no reírse—. Es una doble casualidad.
—Con un seudónimo: Tristán Finch. Pero no veo nada casual en esto, más bien veo algo causal: los indicios de una reparación.
La tercera señal llegó desde España. Pablo Piturno le mandaba un giro por 5000 euros. Había vendido a Francia y Alemania los derechos de traducción de las tres novelas que le había hecho escribir. Y lo más sorprendente era la carta: Piturno se disculpaba por no haberle pagado antes y le pedía otras tres novelas. Como ya las tenía vendidas, era preciso que las escribiera en el plazo de un año. Esta vez serían 15.000 euros por las tres. Año verde. También le proponía que se instalara en Barcelona y se hiciera cargo de la edición de unos libros de autoayuda que dejaban muy buen dinero.
La cuarta señal fue la más difícil de relacionar con el caso, pero llegó puntualmente. Un físico suizo había formulado una teoría descabellada que fue recogida por un ingeniero japonés y llevada a la práctica. La teoría planteaba la reversibilidad de los eventos a nivel cuántico si mediante algún procedimiento se podían hacer “latir” las hebras de la trama última de la realidad. La implementación de Hinochi Akutawa se valía de un cachivache estrafalario, hecho de amplificadores, capacitores, chips y transistores, que se enfocaba sobre el individuo al que se pretendía trasladar a un continuo en el que su dolencia o problema no existiera. La única dificultad era que el transplazador (así se llamaba el artefacto) requería que alguien describiera las características de la persona, sus sentimientos y el contexto en el que deseaba vivir. La realidad cuántica es virtual, decía Akutawa en todas las entrevistas que le hacían en CNN, CBS y UHP de Liechtenstein.
—¿Un escritor para armar el escenario? —le dijo a su amigo, el físico Néstor Sandoval.
—Exacto. Se van a empezar a cotizar, ustedes.
—¿Describo y el tipo vive en el lugar que describo?
—Es mucho mejor que morirse —dijo Sandoval.
Respondió “claro” y, casi de inmediato, en su mente se formó la imagen del tipo que agonizaba gracias a la diligencia de un cáncer inoperable entre la lengua y la mandíbula; de los tres meses ya habían transcurrido dos y medio.
—¡Ni loco! —exclamó—. Que esa rata se muera retorciéndose de dolor.
En una semana hizo nueve compox, como empezaron a llamarse los croquis de realidades alternativas. Se pagaban fortuna si eran de buena calidad, y los de él lo eran. Sacó a una mujer de una depresión terminal y la envió a una realidad en la que el aire mismo era un poderoso estimulante y a un chico abusado por un cura lo puso en un continuo en el que las religiones eran un chiste de mal gusto.
—Hablé con Tauber —le dijo Damián un día que lo llamó a la hora de la siesta.
—¿Quién es?
—Tu querido usurero.
—¿Hablaste? ¿Qué se dijeron? ¿Contaron plata en varios idiomas?
—Quiere que le hagas un compox. —Damián hablaba con firmeza, como si estuviera protegiendo a Tauber. Parecía Smithers ocupándose de los asuntos turbios del señor Burns.
—¿Y te mandó a vos para que me convenzas? ¿Dejaste la medicina y ahora te dedicás a representar usureros con cáncer de mandíbula?
Del otro lado de la línea Damián resopló, fastidiado.
Pero finalmente le hizo el compox. Le cobró la tarifa más alta, como si en vez de las cinco páginas reglamentarias con el plan vital, los sentimientos y el contexto hubiera escrito Crimen y castigo o Madame Bovary. Y no sólo eso. Escribió un escenario en el que el usurero era monja de clausura, tenía pies planos y más granos que cara. La hizo estúpida y obsecuente, flatulenta y hemorroidal, pero eso sí, no tenía un cáncer inoperable entre la lengua y la mandíbula y no le quedaban unos días de vida sino probablemente sesenta o setenta años.

La Guerra Divina (La Primera Derrota) - Sarko Medina Hinojosa


Belial desgarró el cuerpo de Rafael hasta no dejar más que restos de lo que fuera un poderoso arcángel. Satisfecho por su hazaña llegó hasta donde estaba Luzbel y le entregó como ofrenda los despojos.
—Hemos luchado contra diez mil arcángeles y ángeles y hemos vencido y aquí está el cuerpo de su general —le dijo a su supremo comandante mientras el fuego de sus alas se inflamaba de orgullo. Entonces Luzbel atravesó con su tridente los tres corazones de su general.
—¡Basura!, hemos sufrido nuestra primera gran derrota: desde que Dios desapareció, también lo hizo la memoria colectiva del paradero de la Tierra y de la lanza de Longinos, los únicos que lo saben son Gabriel, Miguel y Rafael, ahora él único que entró en batalla está muerto y con él la tercera parte de la ubicación. —Para compensar su ánimo hizo diluir en ácido de belladona a los tres mil Ungarats sobrevivientes de la batalla contra las huestes del malogrado arcángel.

Monólogo de una reincidente - Giselle Aronson


Justo cuando, tras mucho intentarlo, había logrado conquistar las dos plazas de mi cama y dormir desparramada como una alfombra, se le viene a ocurrir a este tipo venirse a vivir conmigo en mi casa.
Tres años hace que lo invité la primera vez, tan ilusionada estaba que imaginaba que no pasarían más de dos meses para que esto se concretara. Pero no, llevó un poquito más. Exactamente treinta y cuatro meses más que los dos que había calculado.
Si tengo que ser sincera, ya empezaba a descartar la idea de que algún bendito día el señor se dignara a atravesar la puerta de entrada, bolso o valija en mano. “Estoy viendo” así me dijo, las pocas veces en que le pregunté si tendría el honor de recibirlo como huésped permanente de mi dulce hogar. Hasta llegué a sospechar que era diabético.
Ni siquiera tenía la excusa de decirle “amor, ¿por qué no te traés los dos calzones que te faltan, si total tenés la mitad de tu casa acá en la mía?”. No, el muy turro, no se dejaba ni el perfume en la almohada.
Yo ya creía que el amor no iba a ocurrir de aquella manera que alguna vez me había sacudido. Me había convencido que en la adultez la cosa se daría tibia y suave como Platero, pero afortunadamente me equivoqué fulero. Cuando Roberto apareció yo sentí que me volvía una adolescente desaforada y desbocada (algo así como una yegua). Sin granos pero con celulitis. Sin tanta inseguridad pero con todo allí donde la ley de gravedad lo había dispuesto.
A lo apasionado de nuestro amor, también se le sumaba lo responsable. Tuvimos que enfrentar muchas condiciones, situaciones, decisiones, presiones, obligaciones. Y bancarnos mutuamente porque ninguno de los dos tenía acciones ni mansiones ni grandes posesiones más que nuestras ganas de construir algo duradero, sincero, grande y fuerte. Y juntos, aunque no rime.
Y un buen día me di cuenta que de tanto romperle la paciencia, lo tenía en lo que otrora fuera MI lado, cuando yo ya había triunfado en conquistar la totalidad de mi cama, viéndome relegada a la orilla opuesta, cual una simple exiliada.
Así fue como también resigné sin chistar la mitad de mi placard con su correspondiente barral y cajonera, como le cedí mi coche, compartí mi casa, lo incluí en la familia, le regalé a mis amigos.
Yo creo que valieron la pena estos tres años, si total Roberto y yo estábamos juntos, amándonos y respetándonos, cada uno desde su domicilio legal o particular, según el caso. Quizás hace un tiempo nos dió el viejazo y por eso nuestra convivencia se nos impuso como una necesidad.
Espero no arrepentirme. No, espero tener mucho tiempo como para arrepentirme.
De todas formas, creo que lo mejor es que él tampoco tiene idea de lo que estamos intentando.

Plegaria para un niño dormido - Alan Frini


El Niño Que No Podía Dormir sufría. Veía a los demás niños durmiendo en el Jardín de Infantes, a sus padres y hermanos en su casa. Hasta los animales dormían. Pero él no. Él no podía. Anhelaba con todo su corazón el momento en que sus parpados se cerraran y se hundiera en un sueño profundo. Quería sentir la sensación de absurdez de los sueños. Quería sentir que volaba, que caía, que no podía correr, quería ver lo que los demás podían.
Él no lograba entender que pasaba con su cuerpo, se sentía diferente a todos. A sus compañeros no los llevaban a ver un doctor distinto cada semana. Ellos no tenían que oír a sus mamás llorando y sufriendo por su hijo incapaz de dormir. A ellos, sus hermanos no los fastidiaban todo el tiempo y los trataban de raros. Ellos tenían una gran vida, una vida que le era ajena al Niño Que No Podía Dormir.
El Niño Que No Podía Dormir tenía una hermosa cama en su habitación. Una cama roja en forma de auto de carrera, con un gran 09 pintado a un costado. Una frazada con dibujos de los más locos personajes, pero de nada le servía. No deseaba si quiera sentarse en ella. La creía culpable de que él sea distinto. No tenía sentido responsabilizar a la cama, pero, ¿a quién, si no? A pesar de su corta edad, sabía que nadie tenía la culpa y que él no podía hacer nada. Entendía, incluso, la frase que estaban escrita en un cuadro, colgado en la pared del consultorio del quinto psicólogo al que visitaron, y que sonaba una y otra vez en su mente: “Pobre no es el hombre cuyos sueños no se han realizado, sino aquel que no sueña.” Entendía su significado. Sabía que nunca iba a poder dormir. Sentir la suavidad de un sueño reparador, sentir la incomodidad de ser despertado, sentir la luz bañándole el rostro a la hora de levantarse. Nunca iba poder odiar al despertador. Mamá nunca iba a poder decirle buen día.
***
La grave enfermedad que él sufría requería de toda la atención de mamá. Las medicinas que tomaba estaban a prueba, y no se conocían muy bien sus efectos secundarios; pero sí se sabía que uno de ellos era sonambulismo. Mamá sabía que los sonámbulos corren mucho riesgo de dañarse a sí mismos, entonces, debía cuidar a su hijo, y pasaba todas las noches en vela al lado de su cama. Pero un día, el sueño la venció.
***
El Niño Que No Podía Dormir se preguntaba qué era él, por qué era así. Pasaba horas escrutando el cielo estrellado tratando de imaginarse cómo se debería sentirse al dormir. Ya no quería estar despierto. Quería dejar de pensar, quería dejar de llorar, quería dejarse llevar. Quería ser feliz, quería dormir.
En la cocina, mamá guardaba la antigua colección de cuchillos de la abuela, y sabía, porque le habían dicho, que éstos no son un juguete, y que pueden lastimar mucho si no se tiene cuidado. Y el cuidado era algo que él ya había perdido. Estaba más allá de un sueño, se había vuelto loco. Un niño loco. Un niño triste, un niño perdido. El Niño Que No Podía Dormir tomó un cuchillo, miró al cielo, escuchó en su cabeza el llanto de mamá, sintió el viento cálido tocando sus manos, empujando el cuchillo y clavándolo suavemente en su garganta. Sintió, por primera vez, que sus parpados le pesaban. El Niño Que No Podía Dormir ya no sintió tristeza, mamá ya no lloraría.
***
Unas horas después, en sueños, mamá recordó que debía preparar el desayuno para sus hijos y uno muy especial para su querido niño que hoy cumplía años. Ésta idea la despertó y se incorporó exaltada, dándose cuenta que había descuidado a su hijo. Miró hacía la cama donde él dormía, pero ya no estaba allí.
Preocupada, se levantó de la silla y corrió por la casa buscándolo y gritando su nombre. Lo encontró en la cocina. Su pequeño estaba en el piso, muerto. Un cuchillo de la abuela estaba clavado en su garganta. El Niño Que No Podía Dormir, miraba con sus ojos celestes, sin vida, al cielo y le sonreía.

Mamá ya no volvería a arropar a su hijo y desearle un feliz sueño. Ya no lo volvería a ver sonriendo mientras él dormía. Ya no volvería a cuidar de que él no se levantase sonámbulo. Mamá nunca dejaría de llorar. Mamá no volvería a dormir jamás.

El pastor mentiroso - Dalmiro Sáenz




En realidad la versión oficial es la correcta. El pastor solía alarmar a los vecinos gritando que venía un lobo para matarse después de risa diciendo:
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No hay ningún lobo! Era una broma.
Un día no fue broma. Un lobo apareció y cuando el pastor dio la alarma los vecinos exclamaron:
-Qué va. Debe ser otra de sus chanzas- y nadie vino en su auxilio y el lobo se comió todas las ovejas.
Arrepentido, el pastor pidió perdón a Dios e ingresó en una iglesia evangélica llegando con los años a recibirse de Pastor. Pero su fama no lo abandonó. Los feligreses lo seguían llamando el Pastor mentiroso y bastó que dijera en su primer sermón desde el púlpito:
"Dios existe" para que todos salieran ateos de la iglesia.
Dios, desde el cielo, se dijo:
-Yo mío, ¿qué hago con este pelotudo? Uno de sus asesores sugirió: -Un diluvio tal vez.
Dios sonrió y dijo:
-Apenas me creen el otro.
-Algo parecido a Sodoma y Gomorra tal vez. Dios volvió a sonreír y dijo: -Habeas corpus.
Cualquier cosa decía Dios a veces. Por fin decidió mandar un Angel.
El Angel se presentó ante el Pastor y le dijo: -Vengo de parte de Dios.
El Pastor lo miró y le preguntó:
-Pero ¿Dios existe? ¿En serio existe? Porque en el pueblo andan diciendo que no existe.
-No sólo existe -contestó el Angel- sino que os manda a decir que vengáis al pueblo, casa por casa, y pregonéis la noticia de que Dios no existe.
El Pastor lo hizo. Golpeó cada puerta v dijo: -Dios no existe.
-¿Quién lo dijo?
-Dios -contestaba el muy pelotudo.
Entonces el Angel decidió dar a esos incrédulos una lección.
-Vamos juntos -dijo el Angel.
A la primera puerta que golpearon los atendió una mujer:
-¿Qué deseáis?
El Pastor dijo:
-Traje conmigo un ángel enviado por Dios.
La noticia corrió de boca en boca. El Pastor mentiroso había traído a un Demonio enviado por Lucifer, por lo tanto era evidente que Dios no existía, pero sí el Demonio.
La primeras misas negras se organizaron en la plaza del pueblo. Se erigió una estatua a Lucifer. Las santerías empezaron a vender barritas de azufre y estampitas con la efigie del Diablo.
En las escuelas se enseñaba que las virtudes eran malas y que los pecados eran buenos y entre estos pecados la mentira era el más preciado.
Al Pastor mentiroso se lo nombró Obispo y se construyó para él una basílica. La maldad generó el progreso. Para defender la guerra se inventó la paz, para incentivar el sexo se inventó la prohibición, Para que pudiera haber ladrones se inventó la propiedad privada, para que existiera la soberbia se inventó la humildad, para que persistiera el caos se instauró el orden, para que existieran los dictadores se inventó la democracia, para resaltar el odio se generó el amor, para preservar la injusticia se creó la justicia y para justificar al Demonio se inventó a Dios.
El Angel retornó al Cielo y se presentó al Creador.
-Misión cumplida -le dijo, y el Señor se regocijó con él.


Dalmiro Saenz – Cuentos para niños pornográficos (1994)

La hora de la siesta - Guillermo Fernando Rossini



Mientras salía del consultorio, decidió que elegiría el lugar donde morir.
En el enésimo pueblo, después de andar millones de kilómetros, llegó hasta la plaza. Era como la de cualquier otro pueblo. Caminó hasta uno de los bancos de madera y se sentó. Recorrió con la mirada la disposición de los edificios que la rodeaban; ninguna sorpresa, ningún detalle diferente. Iglesia, Municipio, Escuela, (en algunos había una comisaría, en otros una farmacia).
Eran las dos de la tarde. “Si la muerte –pensó- pudiera ser un paisaje, sería seguramente un pueblito, visto desde la plaza, a la hora de la siesta”. Se recostó en el banco y miró el cielo; un celeste tranquilo y un sol tibio eran el techo perfecto para su ataúd. Sintió el primer espasmo y no se inmutó: sabía que ese lugar estaba bien. Recordó apenas su vida, que le pareció, a la distancia, gris y aburrida. Cerró los ojos por última vez cuando los espasmos se hicieron cada vez más sostenidos, sintiéndose valiente por empezar ese viaje hacia ningún lugar.
Cuando el pueblo despertó, la plaza estaba vacía, como expectante.

Partida (Gen 6, 5) - Antonio Cruz



(Para Florencia, Agustina y Trinidad)

Llueve. Hace casi cuarenta días que llueve pero no hay vastedad líquida porque lo que cae no es agua sino un chubasco de partículas radioactivas. Menos mal que algunos pudimos escondernos en los refugios y logramos apropiarnos de estos trajes que nos protegen.
Todo es desierto.
En la tierra ya no queda casi nada.
Mientras los técnicos terminan los aprontes para la partida de la nave en busca de algún planeta donde pueda sobrevivir la humanidad, pienso en cuanta vida mancillada.
El cataclismo nuclear no ha respetado nada… Absolutamente nada.
La nave ha sido bautizada con el nombre de “Arca”, pero estoy seguro, completamente seguro, que ninguno de los que viajarán conmigo en este viaje de ventura dudosa, sabe que mi verdadero nombre es Noé y que esta es la segunda y definitiva vez que emprendo un viaje como este.

Cambio de menú - Giselle Aronson



¡No sabés, la cara que puso! No se lo esperaba. Imaginate, encontrarse sobre la mesa, las milanesas con puré cuando era viernes. Se sentó, me miró y preguntó: —¿No es viernes hoy? —Yo le contesté que sí y comencé a comer. El quiso insistir—: ¿Y los viernes yo no te había puesto pastel de papa? Y le volví a contestar que sí, que era ese el menú que correspondía, pero que había querido hacer milanesas con puré, que era lo que cenábamos los sábados.
Hasta ese momento yo estaba tranquila, te juro. Sabía que ese cambio provocaría su ira irremediable, pero me servía de excusa ¿sabés?, porque en mi interior yo necesitaba una razón para lo que venía.
Si, ya sé que varias veces me lo dijiste, que no se puede soportar una existencia de menús programados, con su correspondiente entrada, plato principal y postre para cada día de la semana, de lunes a lunes y sin el más mínimo cambio, por más que las circunstancias más extremas lo requieran. Ya sé que no se puede tolerar vivir alerta de que no falte ningún ingrediente, de tener la despensa bien provista, no vaya a ser que el martes que toca fideos con salsa bechamel, a mí se me terminara la leche y tuviese que acudir a la filetto porque sí tenía tomate.
De todo esto que me dijiste tantas veces me acordaba yo cuando él dio un puñetazo en la mesa y se puso a gritar que hoy era viernes y que él había estado mentalmente preparado para cenar pastel de papa. Y yo, todavía tranquila, pero ya decidida, le explicaba que mi amor, que si es lo mismo, en vez de papa te hice puré, mi vida, y que en vez de la carne picada del pastel, tenés estas milanesas, bien sequitas como a vos te gustan y al horno, corazón, así son más sanas, que no te pongas tan nervioso que hasta respeté el menú completo del sábado y de postre te hice el lemon pie que te encanta, mi cielo, no sabés lo que me costó conseguir limones que están carísimos, pero si a vos te gusta yo los consigo y los encontré re baratos en la verdulería, esa enfrente de la estación.
Y ahí pasó lo que te conté.
Yo seguía explicándole el cambio cuando tiró los cubiertos al piso y se puso a gritar como un desaforado que entonces qué carajo íbamos a comer mañana si a mí se me había ocurrido hacer la cena del sábado el día anterior y qué se yo cuántas cosas más gritó porque yo ya había empezado a desencadenar mi cadena, nunca mejor dicho mirá.
Me levanté y agarré la sartén, te acordás, la sartén Essen que me habías regalado vos para mi casamiento? Bueno esa, dos kilos de acero y aluminio fundidos, de lleno en su cabeza, te juro, no sé de dónde saqué la fuerza. Con el repasador le até las manos hacia atrás, al respaldo de la silla. Y después, lo que te dije, le abrí la boca y le metí de a una, ocho milanesas, bien grandes, porque eran de bola de lomo y sin cortar, como a él le gustan. Así, milanesa a milanesa. Un atracón, como quien dice.
Cuando me cercioré que ya no respiraba le dije: es cierto, hoy hice el menú de mañana. Por eso mañana, me voy a cenar afuera.

Mi madre, mi mujer y la lluvia que las parió - Nanim Rekacz



—Si llueve...
—No empecés, Graciela, vos y tu mala onda... Ya sé que me vas a decir: “abrigate, ponete el piloto, llevá paraguas”. Siempre lo mismo vos, tenés el pronóstico del tiempo en banda negativa. Me hacés acordar a mi vieja, que siempre me hacía salir con el perchero puesto como si me fuera de viaje en vez de a la escuela. Si me acordaré de cuando en el invierno me hacía ir con botas de goma, unas horribles, amarillas, todos los chicos se morían de risa de mí. Y una bufanda tejidas a mano a rayas, azules y verdes, me parece estar viéndola. La odiaba. A la bufanda y a mi vieja. ¡Y gabán! Me había comprado uno enorme, el cuero hacia fuera el corderito hacia adentro, “dos talles más grande, para que te sirva a medida que crezcas”. ¿Podés creer? Yo parecía una pelota de cuero, y con esas botas amarillas y esa bufanda larguísima... Y ahora vos me salís con lo mismo... ¿Será como dicen los psiquiatras, que uno para casarse busca inconscientemente a una mina como la madre? Ya sé que cuando llueve uno se puede mojar el traje, arruinar los zapatos nuevos, resfriarse, engriparse, agarrarse una neumonía. Ya sé, ya sé, ya sé... Pero diez sobre nueve no llueve nada y uno anda todo el día disfrazado de bombero. ¿Cuántas veces perdí el paraguas porque no llovió nada, eh? Sos igual con los pibes, los tratás como si fueran de cristal, les das aspirina antes de que les duela la cabeza. Por si las moscas, los mosquitos y los moscardones, así vivís, Graciela. A vos no habría compañía de seguros que te alcance, porque pensás en la posibilidad de tornados, maremotos, bomba atómica, caída del cabello y de las lolas, secuestros, asaltos con rehenes, revolución productiva, pedrada y hasta peligro de que se te peguen los fideos en la olla. ¿No te das cuenta que eso no es vida, ni para vos ni para mí, ni para los chicos? Mi madre estaría orgullosa de vos, seguro. Con razón le gustaste cuando se conocieron, habrá pensado que eras la mina justa para protegerme del mal del mundo. Allá desde el cielo la muy guacha se pone de acuerdo con vos y me manda la lluvia, sólo para que puedas repetir su modelo y yo sienta que ella está presente. Dejá de ver fantasmas, a veces sale el sol, a veces hay estrellas, a veces hay que correr riesgos. Si llueve, llueve, ¿y qué?. Si me mojo y me enfermo y me muero, tendrías un problema menos. No se puede vivir en un salero ni pensar todo el tiempo en todo lo malo que nos podría suceder. ¿O estás tratando de convocar a los rayos y a los truenos? Porque viste que hay algunos estudiosos que dicen que cuando uno desea muy fuerte algo, pasa. No sé, Graciela, a mí me parece que a nosotros nos va mal porque vos siempre estás pensando que nos puede ir mal. Cero positiva sos. Tanta mala racha no puede venir de la nada. Yo sólo quiero salir a caminar un rato porque es domingo y se me da la gana, no voy a tardarme más de media hora, así que no empecés, Graciela. No va a llover, y si llueve...
—Si llueve traé tortas fritas, eso quería decir, pero no me dejaste terminar...

Tomado de: http://nanimr.blogspot.com/

Matrimonios y algo más (¿o menos?) - Nanim Rekacz


Para algunos, este es el ideal, el matrimonio perfecto. Para otros, la demostración de lo absurdo de la convivencia de por vida. ¿Felices? ¿Infelices? ¿Conformismo? ¿Costumbre? ¿Armonía y adaptación? ¿Conocimiento profundo? ¿Amor?
—El sonido de los árboles me tranquiliza, ¿escuchás?
—Sí, escucho, escucho. Pero a mí me molesta y me pone nerviosa.
—Pero es tan agradable, me recuerda a mi infancia en el campo...
—Sí, claro... vos porque viviste en el campo. A mi me tranquiliza escuchar ruido humano. ¡La civilización!
—Es como una canción de cuna...
—Yo no puedo dejar de pensar que se pueden caer sobre la casa. Como en aquella tormenta hace unos años.
—Fue hace como veinte años eso.
—Y bueno, ahora los árboles tienen veinte años más, están más altos y más viejos, es más peligroso.
—¿Querés un café?
—No, sabés que la cafeína me altera. Prefiero un té de boldo. Siempre me preguntás lo mismo.
—¡Mirá la hora que se hizo! No me había dado cuenta de que había oscurecido.
—Tarde porque sos del campo y porque estamos en el campo. En la ciudad la vida recién empieza a medianoche de un sábado. Se encienden las luces, la gente sale...
—Vieja...
—¿Qué?
—¿Por qué estamos juntos vos y yo?
—Porque estamos casados, ¿por qué va a ser?, las preguntas que hacés...
—Pero nunca estamos de acuerdo en nada.
—¿Y? ¿Si estuviéramos de acuerdo de qué podríamos hablar?
—Tenés razón. Nos aburriríamos. ¿Te alcanzo el azúcar?
—No viejo, yo tomo el té sin nada, así tiene gusto a té.
—Cierto, perdoname, me olvido de las cosas... ¡Qué lindo el rumor de los árboles, me tranquiliza...! ¿Lo escuchás?
—A mí no, me molesta y me pone nerviosa.
—Me recuerda cuando era chico, en el campo... parece una canción de cuna.
—Y a mí al temporal que tiró el álamo en el comedor...

Tomado de: http://nanimr.blogspot.com/

Tarot - José Luis Zárate


Parecería una partida normal, pero había un pequeño detalle. Usaban cartas de Tarot. Las más poderosas que el dinero, o la violencia, podían conseguir.
Los Arcanos Menores podían usarse para mil partidas de juegos intrascendentes. Juntar sotas, oros, bastos, copas. Números y combinaciones. Pero ese no era un juego de azar. Por ello sólo usaban los Arcanos Mayores, esas pocas cartas que resumían el destino completo. Las ponían en el centro de la mesa en una configuración nueva, ni Clementine, ni la cruz celtica, ni el hexagrama. No buscaban la cartomancia. Cada uno llevaba una herida en la palma, creando un dibujo preciso, un signo del cual brotaba su sangre, marcando cada figura. Nadie sabía qué arcano iba a ponerse a continuación, cada uno cambiaba el significado completo de la partida. Los enamorados, el loco, el hombre ahorcado puesto al revés flotando hacia la libertad en vez de colgar de la muerte. Había un número limitado de movimientos y cada uno era vital, en más de un sentido. Todos y cada uno de los participantes estaban jugándose su destino. Años, generaciones, los hijos de sus hijos. Por ello, porque creían en el poder de mañana, llevaban cartas escondidas, marcaban signos propios, tocaban viejos amuletos ocultos entre sus ropas. Había que mover los hilos que controlaban cada vida. Tal su poder. Pero ¿cómo podían saber que eran las cartas las que jugaban con ellos? ¿Las sonrisas impresas en cada figura prefiguradas por el sino? El destino temblaba a su alrededor: una vela podía caer o no en la paja en la casa de junto, un puñal podría saltar a una mano sorprendida y atacar a uno de ellos, una vena estaba a punto de romperse en un cuerpo tenso por el juego. Ignoraban que alguien más maneja a las cartas. Más poderoso, más lejano y omnipotente.
El hombre que escribe, el lector bajo la luna. Tal su poder… Pero del mismo modo que los hombres que ponen las cartas del tarot sobre la mesa no pueden ver las líneas que los controlan, nosotros no vemos que somos Arcanos de un tarot del que ignoramos todo, y que alguien reparte en este instante.

Tomado de: http://zarate.blogspot.com/

Soledad, triste compañía - Dagoberto Friguglietti


Tengo desdibujada aquella jornada en Balvanera, pero puedo decir que fue muy penosa. Aquel hombre solo, atrapado en sus pensamientos, quizás luchando por recuperar algo esquivo, me tentó a fijar la atención. Después de observarlo unos minutos supe que me había conmovido. Él hombre estaba sentado junto a una mesa en uno de esos barsuchos de paso con la única compañía de su soledad. Yo me había detenido por un café. Recuerdo que lo miraba con disimulo desde un lugar apartado. En ese momento sonaba suave la música de un tango y al escuchar la voz de Julio Sosa la piel se me erizó.
Aquel sujeto parecía no poder estarse quieto, por momentos solo tenía apoyada una mano en su amplia sien, en otros sus dedos latían al ritmo de una música que no era la que se escuchaba. Quizás esa intranquilidad se debiese al intento por recordar algo que desentrañara algún embrollo personal, o que la angustia lo tuviera dominado. ¡Cómo saberlo! Mientras tanto yo no le sacaba la vista de encima.
Luego, con otra mano sacó una pipa de una madera parecida al cerezo, que confieso me gustó, y al encenderla humeó un olor difícil de olvidar. Las pitadas eran suaves y un poco alejadas, pero lo curioso era sentir que el humo al elevarse producía en mí una mezcla rara de libertad y maleficio, que entre los arabescos se dibujaban imagines grotescas, figuras casi diabólicas, como si presagiaran algo malo. Entonces me detuve a pensar en la mirada de ese hombre. Parecía penetrar el espacio con la sola intención de escudriñar momentos de su vida alejándolo incómodamente del presente. Sus piernas no vi que las moviera, su cuerpo sí, aunque muy poco, pero reitero que igual me impresionaba ansioso. Enseguida hizo un gesto más vital: pidió una bebida. Yo sentí algo de alivio porque lo vi recuperado. Así estuvo un rato, pensativo, mirando la copa hasta que sacó de un bolsillo de su saco una foto que elevó hasta la altura de sus ojos. Sospeché que la guardaba como resabio de algo muy querido, imaginando incluso que bien podía ser el motivo de su cerrada nostalgia. Se sumó sobre él un halo de intriga que ayudó a que el tiempo y el lugar se apoderaran de lo que sí era notorio: la triste soledad en la que finalmente parecía debatirse. Sin saber por qué imaginé que en la mente de ese hombre se apilaban espectros de miedo y mucha pena, y que cada vez que los removía retornaba al mismo y doloroso punto de partida. Me interrogué acerca de cuáles habrían sido sus sueños, y para ser honesto, si alguna vez le hubiese nacido la osadía de tenerlos.
Minutos después un reflejo de luz sobre su cara me hizo verle una mirada que destellaba brillo, incluso como si demorara lágrimas. Un fino temblor apareció en sus manos que progresivamente fue en aumento. De súbito se tapó los ojos, agachó la cabeza durante unos segundos, hasta que no pudo más y comenzó a llorar amargamente. La foto se le soltó o la tiró porque ahora yacía en el piso. Ese hombre, abatido como estaba, reclinó toda su anatomía sobre la mesa tomándose el pecho con una sola mano y así se quedó un rato. Yo me sentí tentado a tocarlo. Dudé sobre su situación. Cuando el mozo del bar, alertado de que algo raro pasaba, quiso llamarle la atención a ese cuerpo que parecía dormido, no pudo. Antes el hombre se desplomó de la silla donde estaba acomodado, entonces ya no hubo lugar a confusión. Esa pose, esa palidez, y esa frialdad eran las de la agonía o la misma muerte. ¡Qué otra cosa podía ser! La parca había hecho su trabajo.
Al rato no más una ambulancia vino a retirar el cadáver. Sobre el pecho yo le puse la foto que había permanecido a su lado, en el piso, y me persigné como Dios manda. A los pocos segundos se lo llevaron. El mozo, cabeza gacha y disimulando la conmoción, solo atinó a decir avergonzado que ese hombre, sencillamente, había muerto de tristeza.

Un Crimen Pasional - Marcelo Difranco


Casi al mismo tiempo que terminaba su cigarrillo, Alex vio la imagen de Javier en el espejo retrovisor, caminando apresurado por la vereda. Volvieron las nauseas y el derrumbe de todos los órganos sobre su estómago, y el malestar intestinal que se agravaba al recordar que en el bolsillo derecho de su campera estaba el arma. Alex la tocó, esperando que se hubiera esfumado, para poner en marcha el auto y olvidarse del asunto de una vez por todas. En realidad, si lo pensaba bien, ya casi lo había olvidado, y solo se estaba dejando ganar por el orgullo, algo imperdonable en una persona racional e inteligente como Alex creía ser. Pero Javier seguía avanzando hacia el edificio, y tocaría el timbre de su casa.
Contestaría Carla, su esposa.
Lo haría pasar. Javier subiría.
Francamente, pensó en ese momento, la traición de Carla le parecía lógica, predecible y hasta perdonable. Hacía años que no se amaban y eran perfectamente conscientes de ello, pero ninguno iba a ser el primero en admitirlo. Pero lo de Javier era imperdonable. Una cosa es la traición amorosa: el amor a una mujer tenía un inevitable componente instintivo y fisiológico, algo irracional que estaba destinado a agotarse en algún momento. La amistad, en cambio, era algo absolutamente gratuito, en la que ambas partes disfrutaban solo de la presencia del otro sin buscar nada a cambio. Algo inútil, pero por eso humano.
Ver a Javier tocando el timbre del departamento le parecía algo tan sucio que era capaz de convertir el dolor en las entrañas en odio puro. Imaginarlo en la cama con Carla era insoportable por ser la puesta en escena perfecta de su escasa fe en la humanidad. Hasta lo mas sagrado, pensó, era aplastado por el instinto. Ese instinto que le hacia aferrar el arma y palpar suavemente el gatillo.
Nunca había disparado, pensó parado en la puerta.
La primera vez que los había sorprendido, en la misma situación, se sintió hasta orgulloso de haber vencido la locura del odio. En esa ocasión, Javier y Carla se habían avergonzado y humillado ante él, conscientes de lo monstruoso del hecho. El llanto de su esposa y la vergüenza de su amigo habían sido suficientes, al punto de haber sentido que esos dos monos en celo pertenecían a una etapa del camino a la civilización suprema que Alex había superado hacía mucho tiempo.
Una semana después, en la soledad de su nuevo departamento, el malestar se había hecho intolerable, y se maldijo. Maldito era por ceder a la animalidad, y maldito por aceptar la humillación.
En el ascensor lo sintió claramente.
No se lo merecían, no merecían su perdón. Esos dos hijos de puta. En mi propia casa, en mi cama.
Al abrir la puerta, la cabeza, en donde se estaba concentrando toda la sangre de su cuerpo, le estallaba en mil pedazos. Apenas vio la ropa tirada en el living, ya que sus ojos solo buscaban la puerta de la habitación, y al encontrarla la abrió para encontrar la misma escena obscena de su amigo desnudo sobre su mujer desnuda. Pensándolo bien, las caras de sorpresa de Javier y Carla eran hasta graciosas, y Alex se hubiera reído con ganas si no fuera porque los dos disparos le hicieron perderlas de vista.
Le pareció conveniente disparar un par de veces más, hasta que la sangre bajara de su cabeza y dejaran de golpearle los oídos.
Si hiciera un balance del momento, como haría una y otra vez en el futuro cuando volviera a sentir el malestar royendo su alma, la contemplación de la pareja muerta era realmente algo parecido a la felicidad.
Casi les hubiera pegado dos tiros mas, pensó mientras manejaba.
Alex sacó la chequera, esperando que el funcionario de BioClon terminara de imprimir la factura.
—Este mes no sé que pasó, se lo juro — dijo el funcionario—. No dimos abasto. Tuvimos un record de dos mil quinientos tres asesinatos, al punto que tuvimos que comprar, escuche bien, comprar clones a la competencia. A un precio vil.
Le extendió la factura a Alex, que casi sin mirarla empezó a hacer el cheque.
—¿Le sirvió? —preguntó el funcionario
Alex le extendió el cheque.
—¿Si me sirvió qué?
—Matarlos.
Alex pensó un instante.
—Si, me sirvió
—A mi me da un poco de lástima —dijo el funcionario—. Con lo que cuesta clonarlos. Los suyos estaban perfectos, iguales a los originales.
El funcionario miraba el cheque al trasluz, hasta concluir que era de los buenos. Finalmente, se dieron la mano y se despidieron.
Casi llegando a la puerta, Alex se volvió al funcionario.
—Dígame una cosa. ¿Sufren?
—¿Quién, los clones?
—Si, ¿sufren realmente?
El funcionario le ofreció su mejor sonrisa
— Claro que sufren —dijo, guiñándole un ojo.

Campo abonado - Jorge X. Antares


Stephen estaba prisionero desde hacía una eternidad. El campo de concentración se había convertido en su hogar desde que su avión fuera derribado. Al principio intentó escapar pero descubrió que era prácticamente imposible atravesar esas paredes de grueso granito. Abatido por su impotencia, al poco, olvidó sus intentos de fuga e intentó vivir lo mejor posible dentro de las circunstancias. Descubrió que el director del campo, el coronel Wilhem, en el fondo no era mala persona. Incluso llegaron a entablar una creciente amistad debido a una afición común: A ambos les apasionaba la literatura, sobre todo la de anticipación y fantasía. El descubrimiento de esto, como son la mayoría, fue por casualidad. Un día, Stephen se fijó en un libro que sobresalía de uno de los bolsillos del coronel. Acuciado por la curiosidad, se acercó a ver de qué titulo se trataba. Wilhem se dio cuenta, sacó el libro de su bolsillo y se lo mostró. Stephen comentó que no era una mala historia, pero que le gustaba más la continuación. Desde entonces Stephen y Wilhem, siempre que podían, se reunían a hablar de su afición.
—Stephen, tenía razón. La continuación era mejor. Parece que vaya a haber una tercera parte ¿No cree?
—Efectivamente, coronel. Hay una tercera parte. Incluso hay más. Hasta siete.
—Me deja sorprendido. Es una pena que por el tema de la guerra no tenga acceso a ellas.
Stephen se quedó un momento pensativo. Veía en el coronel un alma gemela que, como él, se apasionaba por ese tipo de literatura. De pronto se le ocurrió una loca idea.
—Coronel, tal vez haya una solución. Yo he leído esos libros y me acuerdo perfectamente de lo que pasaba en ellos. Si quiere me puede proporcionar papel y lápiz, y yo se los escribiré con gusto.
—¿Sería capaz de hacer eso por mí?
—Por supuesto, coronel. No se me daba mal en la universidad. Será un placer. —Los dos hombres se dieron un apretón de manos.
Al día siguiente, Wilhem trajo los materiales que Stephen necesitaba. Aparte había conseguido una mesa y una silla cómoda, y además, una pequeña sorpresa: un tocadiscos con unos cuantos discos, que casualmente, eran los preferidos del cautivo.
—Esto es un lujo —comentó Stephen.
—Privilegios de coronel. Ahora, si me disculpa, tengo que atender otros asuntos.
—No se preocupe, coronel. Esta noche tendrá su primer capítulo. —Wilhem asintió con una sonrisa y se marchó.

El coronel llegó a su despacho, cerró cuidadosamente la puerta y accionó un botón que había a un lado de la mesa. De pronto, una luz blanca llenó sus retinas...
—¿Qué tal fue todo, Wilhem ? —preguntó un hombre calvo con bata de medico.
—Muy bien. Continúa la saga. Creo que en breve tendremos otro libro del gran Stephen Kirby en las librerías. Además, me ha dicho que las historias son siete en total.
—¿Siete? ¡Qué agradable sorpresa! Soy un fan suyo. Es una gran suerte.
—Suerte es haberle encontrado. Sus técnicas de inmersión en el subconsciente han permitido que pueda llegar a su cerebro. Creímos que después del accidente de coche y el coma en el que está ahora, habíamos perdido a un genio de las letras
—Estoy deseando ver esas páginas.
—Y yo, mi buen doctor. Como editor de Stephen, no me podía permitir el lujo de perderle...

Dame un beso, Kiss – Max Goldenberg



—Hola, cabo Kiss
—Uy, no empecés, Pato.
—Cabo, lo acabo. Allá yo, acá vos.
—Pato… no podés ser tan pelotudo
—Se lo digo de cabo a rabo, cabo: esto acabó. No de cabotaje: en Cabo de Hornos, en Cabo Cañaveral, en Ciudad del Cabo. Lleve a cabo, cabo, lo que le acabo de decir.
—¿A vos te pagan por decir boludeces? Me parece que estás en cualquiera. Te burlás de mí.
—Escuche, cabo Kiss, yo no me burlo de su investidura. Después de todo, el que habla es un masculino de aproximadamente treinta años de edad que se hace presente en el domicilio del cabo antes mencionado cuyo apellido se puede traducir como “BESO”. El dicente lo saluda propinándole un beso al precedentemente nombrado cabo Kiss o Beso en la mejilla derecha al mismo tiempo que con la palma de su mano izquierda le ofrece dos golpecitos en el omóplato derecho del oficial de la policía. Este golpeteo es aceptado por el cabo Kiss o Beso como parte del ritual masculino de salutación confraterna repitiendo simultáneamente el cabo Kiss o Beso el mismo procedimiento para con el dicente, de tal manera que se puede colegir que existe una amistad entre los masculinos.
—Pato, te lo digo en serio. Cortala. Yo no te jodo a vos con tu laburo o tu apellido. ¿Te gustaría que lo hiciera?
—En ese instante el cabo Kiss o Beso procede a intimidar al dicente de manera virulenta, atosigándolo con improperios y amenazas para con su trabajo y/o el apellido heredado de su progenitor masculino. Esta provocación origina una discusión entre el dicente y el cabo Kiss o Beso que no lleva a nada. Porque Nada posee movilidad y se desplaza por sus propios medios o automóvil.
—Decí que te quiero sino… te mato, Pato.
—El cabo Kiss o Beso procede luego a chantajear de manera improcedente al dicente bajo el engaño de entrega de amor o cariño a cambio del perdón de la vida. El dicente advierte esta coacción y se rehúsa a entregar su corazón. Mucho menos al cabo Kiss o Beso.
—La verdad es que no te cansás nunca vos, ¿no?
—El dicente consensúa con el cabo Kiss o Beso con relación al cansancio, agotamiento y/o extenuación que presenta luego de una charla plagada de improperios y, por qué no, injurias para con él de parte del cabo Kiss o Beso motivo por el cual el dicente decide retirarse al lavabo o excusado para realizar tareas propias del cualquier ser humano o animal que desea expulsar de su interior el material fecal que no desea mantener. Se retira entonces al decir “ME VOY A ECHAR UN CAGO Y VUELVO”.
—Ah que lindo… con ustedes: el embajador. ¿Ves cómo sos? Me gastás a mí y terminás siendo un guarango. Como siempre, bah. No sé de qué me quejo si siempre fuiste igual. Ahora serás el comisario pero yo te conozco, mascarita.
—Cabo Kiss… déjese de joder, carajo. Usted me cansó. Será mi hermano pero yo soy el comisario Kiss así que hágame caso y raje de acá. ¿Sabe qué? Archívese Kiss. Archívese.


Tomado de: http://max.com.ar/


[texto bajo licencia Safe Creative / todos los derechos reservados]

Entre la cocina y el baño – Guillermo Fernando Rossini

Otro sábado sin ella y la casa gritaba su ausencia. Dejó el cigarrillo y el libro que estaba leyendo y se apoyó en el marco de la ventana para mirar la calle empapada por una lluvia interminable. Pasaron dos mujeres charlando animadamente bajo un paraguas compartido; un hombre con un elegante piloto corrió para subir a un taxi detenido en la acera de enfrente. Allá, en la esquina, una mujer, cuya cabeza estaba cubierta por la capucha del impermeable, se movía indecisa.. Volvió a su sillón, a su lectura y a su tristeza. Después de un rato, dejó de leer; recostó su cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Otra vez la idea de que la vida ya no tenía sentido le rondaba la cabeza. Se levantó, fue hasta el botiquín del baño y apretó con fuerza el frasco de pastillas. Se miró en el espejo y sólo vio una caricatura, un imperfecto boceto de hombre. Sonó el timbre y Federico apenas relacionó ese sonido con la llegada de alguien; lo registró, más bien, como el molesto zumbido de algún insecto. Sin embargo, dejó de mirarse en el espejo y salió del baño.
En la puerta de calle, Isabel esperaba, nerviosa, el momento del reencuentro. Pensaba explicarle todo acerca de la carta que le había dejado aquella noche, cuando se había ido repentinamente. La puerta se abrió y Federico, apenas sorprendido, la hizo pasar después de un corto pero intenso abrazo. Se sentaron en el living y, mientras ella se sacaba el piloto, él fue a la cocina a preparar algo para tomar. La escuchó encender el equipo de música y, un instante más tarde, una canción empezó a sonar. Suspiró. Lavó los pocillos, sacó la pava de la hornalla y preparó café para los dos. Cuando estaba poniendo el azúcar, tomo la decisión.
La sala estaba oscura y las dos figuras apenas se recortaban contra la ventana empañada.
—Nada es como antes ¿verdad? —dijo uno de los dos.
—Nada. Salvo que estamos juntos —contestó el otro.
—Sí —sentenció el primero que había hablado.
Cuando sintió que el mareo era demasiado fuerte, Isabel se dejó caer hacia atrás mientras veía como Federico ladeaba la cabeza y caía de costado, en su regazo. Trató de levantarse, pero sus piernas no le respondieron.
La noche empezó a invadir la casa. Paseó sus sombras por el hall de entrada, el living, pasó por arriba de los dos cuerpos abrazados en el sillón y, camino a los dormitorios, atrapó entre sus brazos oscuros un frasco de pastillas vacío, tirado en el piso entre la cocina y el baño.

Febril - José Luis Zárate

Parecía una erupción insignificante. El tatuaje había cicatrizado y, fuera de la tinta, no era más que piel normal. Pero la carne alrededor había enrojecido súbitamente, luego empezó a supurar, después aparecieron anormales excrecencias.
Viniste con miedo, yo era el quinto especialista que consultabas. Estabas dispuesta a probar cualquier cosa: el dolor no admitía réplica alguna.
No fue un proceso ortodoxo, lo sé. No fue una deducción lógica.
La carne deseaba librarse del tatuaje. Había desencadenado una ofensiva inmunológica. El cuerpo lo rechazaba.
Para que la piel regresara a la normalidad, bastó con retirarlo.
Estuviste tan agradecida que me visitaste una y otra vez, salimos juntos, nos enamoramos.
Hoy duermes junto a mí, puedo ver tu hombro desnudo, pongo mi palma en él, disfruto de la cálida sensación de tu carne. Demasiado cálida, febril.
Aparto la mano y veo en tu carne la erupción roja, el primer síntoma del rechazo. Marca, en tu hombro, la silueta de mis dedos.

Tomado de: http://zarate.blogspot.com/

Water Music - Leandro Javier Oyola

Mi abuelo era radioaficionado y el escritor estaba interesado en ese mundo. Por casualidad, una noche cruzaron frecuencias. Desde ese día las sesiones de diálogo comenzaron a extenderse hasta el amanecer.

La historia sucede en el pueblo del viejo. Borges se entera de ella en un viaje que tiene como motivo brindar una conferencia sobre un errático borrador del Martín Fierro que se había encontrado en una aislada pensión del Sur.

En esa ocasión, un aviador que al poco tiempo desaparece le cuenta los sucesos. Este ser enigmático entretuvo al escritor durante un par de horas. De regreso, la monotonía del viaje en tren a la capital federal terminó de redondear la narración de los hechos.

Cuando mi abuelo comenzó a escuchar el relato y a las interferencias platedas que lo hacían más veraz sintió que mucha gente se estaba perdiendo algo importante. Es probable que por esa razón me haya dejado un cuaderno de anotaciones con casi todas las narraciones que había escuchado durante esas noches. Es el gesto de la sangre que recupera las palabras que ahora son duplicadas por mí.

Me contaron una historia que sucedió cuando Río Negro todavía no era provincia y en las aguas del río se sembraban algunos cuerpos para alimentar cangrejos. Me contaron la historia de un asesino. Me refiero así al vacío. Sólo los jueces y los médicos pueden hablar de la muerte con cierta distancia científica. Este era el juez que escuchó la narración de los hechos que puedo calificar, amigo, de musicales:

En la vida real la acción más parecida al relato anónimo es la del crimen perfecto. Es un relato sin autor, lleno de magia, que lleva al investigador a perderse en conjeturas. Entonces, dijo, la única conclusión: un crimen develado es el descubrimiento del relato íntimo de un asesino. Es el descubrimiento de un sueño. Es haber establecido el relato del asesino sin que él sepa que ya ha sido descubierto. Lo demás es venganza, es realidad. Y la venganza sólo tiene sentido cuando uno está despierto le dijo Borges a mi abuelo que escuchaba el relato en el galponcito de las herramientas donde además tenía la radio y tomaba un cafecito con fernet.

Nadie ve desembarcar al que sueña, nadie ve el fango sagrado. No es perceptible el hombre que en el río asesina. ¿Usted ha escuchado a Handel? preguntó. Contestó que no. ¿Usted ha navegado por el río? Sí, contestó mi ancestro. Entonces, dijo el escritor, usted conoce a Handel. No es la condición excluyente navegar el Támesis. Un río es todos los ríos, aunque nunca se reconozca a sí mismo. El nombre y el continente son los detalles circunstanciales de esta historia.

Mi abuelo escuchaba y bebía bajo el frío clásico de las noches del sur patagónico tocado por la voz lejana y gris del anciano que contaba. El era parte del relato. Y toda la ciudad ya lo conocía, pero contado así era extraño y parecía renovado en la lejanía crocante de las interferencias de la radio.

El juez fue enviado por el estado federal. Para crucificar al infeliz público que tejía su red invitando a la gente a navegar en la lancha de la gobernación que era de madera coloreada, si se me permite el matiz, con barniz marino alemán. Un toque altisonante de líneas beteadas blancas y rojas. Un sillón y un bar, la lancha de la gobernación.

Y al lado, navegando por la desembocadura del Río Negro, cerca de ellos, de los pejerreyes, lisas y toninas, la otra embarcación, con toda la banda de la Policía del Territorio que ejecutaba de manera agresiva, en la mitad de la tormenta de los domingos de agosto mientras las olas inclementes sarandeaban el casco como si fuera de papel de arroz, la Música Acuática.

Por supuesto muy mal y algo desafinada, irreconocible. Pero lo que importa es el gesto de imitación a esa monarquía esplendorosa que se volvía a percibir en el futuro.

Imagínese, señor, la Música Acuática en el Río Negro, como en el Támesis, ejecutada por la Banda de la Policía, totalmente maníacos, temblando por el frío impersonal. E imagínese a los guardaespaldas delante de todos los ahí presentes cuando agarraban al invitado de turno y lo abandonaban en la mitad del estuario como si fuera un pez que recobraba la libertad. Como si fuera el objeto del perdón debido a Handel.

-Ahí va el pez libre- dijo.

Para eso mandaron al Juez de Buenos Aires. Para que el mandatario deje de liberar peces, que mientras la banda ejecutaba comenzaban a darse cuenta de que el mejor homenaje que se podía hacer a un enemigo era sepultarlo vivo bajo las aguas furiosas e inocentes y sin voluntad del estuario.

Para éso lo mandaron, para que los niños no siguieran encontrando entre los juncos a los peces muertos que tenían los ojos secos de tanto mirar las pinzas de los cangrejos, para terminar con esa extraña combinación entre la Patagonia y Handel. Y para que desmantelara a la Música Acuática que tanto agradaba.

Cuando se lo llevaron al manicomio sacó una mano para saludar desde abajo del periódico La Nueva Era y las esposas brillaron bajo la luz que se rotulaba en el metal. Al tiempo se escapa de manera misteriosa y nunca más se sabe de él. Igual que aquel aviador que me refirió esta historia hace muchos años.

El relato ya era conocido en el pueblo. Todos casi fuimos peces -pensó mi abuelo y bebió el último sorbo de café con fernet. Luego, antes de apagar el equipo escuchó con deleite el sonido gris y crocante de la noche que emergía por el parlante de veinte wats.

Extraído con autorización de: http://leocarpediem.blogspot.com

La revelación de Ibn Al-Tabib – Paulus Deluca

En el nombre de Dios, El Clemente y Misericordioso.
La noche aún en tránsito hacia el día. No serían más de las tres, a lo mejor las cuatro. Tras tres días de dolor intenso y fiebres, otros tres de insomnio se abrían paso. La casa entera respiraba con el ritmo acompasado y profundo del sueño de los inocentes que flotaba sobre el bajo continuo del compresor de la nevera. Algo más allá, la secadora pedía con tres vueltas de tambor y un leve pitido que alguien la apagara.
Salvo por el resplandor del televisor ante el que infructuosamente buscaba conciliar el sueño, la casa estaba a oscuras. En alguna calleja del barrio, el camión de la basura aceleró y frenó a los pocos metros, temblando como si pudiera desmontarse por completo en cualquier momento.
Abu-Bakr Mohammad Ibn Al-Tabib lanzó la bocanada de humo hacia el televisor y aplastó la colilla en el cenicero. Suspiró profundamente. Lejos, en algún punto cercano al horizonte, sonó indolentemente un trueno.
—Los ángeles corren los muebles para fregar las nubes —recordó que contaba de niño a sus hermanos—. Será San Pedro, a quien la mala conciencia tampoco deja dormir... —Sonrió. Cerró los ojos y recibió como una bendición un cuarto de hora o algo así de un dormir ligero e intranquilo de sueños fragmentados y recurrentes, uno dentro del otro.
Ibn Al Tabib abrió sobresaltado los ojos de par en par. Boqueó profundamente para llenar los pulmones. Sólo había sido un sueño: Su hijo menor lo llamaba desde su habitación. Ibn Al-Tabib se asomó al vano de la puerta para encontrárselo desnudo, envuelto en el halo de una tenue luz blanca, de pie sobre la cama y armado de una espada llameante con la que señalaba alternativamente hacia la noche más allá de la ventana y al suelo, frente a su cama.
Se postró entonces de rodillas ante la cama y apoyando las palmas de las manos en el suelo humilló la cabeza ante su hijo. Recibió un golpe en la base del cráneo, algo por encima de la nuca y sobre el peñasco derecho: un plop doloroso y fulgurante que sonó como si hubieran descorchado una botella dentro de su cabeza mientras su vista se teñía de una luz blanca y cegadora que ocultó por un instante el mundo entero a sus ojos.
Ibn Al Tabib abrió esta vez sobresaltado los ojos de par en par. Boqueó profundamente para llenar los pulmones. Sólo había sido un sueño: Su hijo menor lo llamaba desde su habitación. Ibn Al-Tabib se asomó al vano de la puerta para encontrárselo desnudo, envuelto en el halo de una tenue luz blanca, de pie sobre la cama y armado de una espada llameante con la que señalaba alternativamente hacia la noche más allá de la ventana y al suelo, frente a su cama.
Se postró entonces de rodillas ante la cama y apoyando las palmas de las manos en el suelo humilló la cabeza ante su hijo. Recibió un golpe en la base del cráneo, algo por encima de la nuca y sobre el peñasco derecho: un plop doloroso y fulgurante que sonó como si hubieran descorchado una botella dentro de su cabeza mientras su vista se teñía de una luz blanca y cegadora que ocultó por un instante el mundo entero a sus ojos.
Presa del pánico, Ibn Al Tabib abrió una vez más los ojos de par en par. Boqueó profundamente para llenar los pulmones. La casa estaba en silencio y todo había sido únicamente un sueño:
Oyó a su su hijo menor que lo llamaba desde su habitación. Ibn Al-Tabib se asomó al vano de la puerta para encontrárselo desnudo, envuelto en el halo de una tenue luz blanca, de pie sobre la cama y armado de una espada llameante con la que señalaba alternativamente hacia la noche más allá de la ventana y al suelo, frente a su cama.
Se postró entonces de rodillas ante la cama y apoyando las palmas de las manos en el suelo humilló la cabeza ante su hijo. Recibió un golpe en la base del cráneo, algo por encima de la nuca y sobre el peñasco derecho: un plop doloroso y fulgurante que sonó como si hubieran descorchado una botella dentro de su cabeza mientras su vista se teñía de una luz blanca y cegadora que ocultó por un instante el mundo entero a sus ojos.
Ahogando en llanto e in extremis un grito, abrió los ojos que se le llenaron con un lanzazo en el pecho de luz blanca.
Levantó un puño cerrado en actitud defensiva y mientras intentaba incorporarse, con la otra manoteó, queriendo asir el aire.
Sintió un cuerpo desnudo, menudo pero fuerte frente a él y una voz angelical que susurrando le decía: —Papá, pipí... Baño.
Sus pupilas se acostumbraron enseguida a la luz de la lámpara que el niño había encendido. Aliviado, aunque profundamente avergonzado, bajó el puño. Se incorporó rápidamente, apagó la luz y tomando al niño en brazos lo llevó al cuarto de baño.
Ahí, sentado en la taza, el niño señaló hacia la negra noche ahí fuera. —Noche, papá. ¿No está el día? —Ibn Al-Tabib sintió entonces, tan real y centelleante como en el sueño fractal anterior la punzada de dolor y el plop fulgurante, como si hubieran descorchado una botella en el interior de su cabeza, mientras la vista se le llenaba de una potente luz de tono lechoso que ocultó por un instante el mundo entero a sus ojos.

Tomado de: http://paulus-de-best.blogspot.com/

Tiempo falso sobre la fría loza - David Santiago Vargas Duarte


El ambiente se mostraba frío y solitario. El aire que pegaba en mi rostro era de esos que se volvían cortantes. Veía las cosas pasar delante de mí, impotente por no poder hacer nada, inútil. Mi mirada se perdía en pequeños pero tensos instantes. Recordaba en ese momento fugaz pero eterno cuánto había sufrido por vivir, por sentir aquellas penas que ahora se esfumaban y no tenían ya sentido alguno. Intenté mostrar una lágrima, pero las circunstancias no me lo permitían, no quería, no valdría la pena intentarlo. ¡Qué fugaz había sido todo aquello! Una brisa seca me pegaba por la espalda y me helaba la sangre. Dolor infame e injusto, ya no me dejaba vivir. El tiempo se detuvo desde mis pies hasta mi cabeza, progresivamente, como una enfermedad que me consumía lentamente. Un veneno inevitable, triste, temido.
Veía el cielo. Un pequeño resplandor se formó en mi mirada. Pensé en sonreír, mas no lo intenté, ya que ni el tiempo ni las circunstancias lo permitían. El tiempo se volvía más efímero, pero infinito. Estaba en un estado entre las circunstancias de mi tragedia y mi padecimiento, un estado del cual yo no podía huir, por más cobarde que fuera. Siempre lo fui.
Apoyaba dolorosamente mis manos en el pavimento. Luego, mi cuerpo se tendió inevitablemente sobre la fría loza. Era un frío irónico y burlón que odié brevemente. Ya extrañaba mi corazón, sus latidos y sus ganas de vivir para seguir sufriendo miserablemente.
Mi cuerpo tendido miraba al cielo. Estaba opaco y triste, como un invierno solitario en el cual mi corazón moribundo se sentía ignorado.
Ya no podía sentir odio. Odié eso hasta el final. Mi respiración seguía el ritmo defectuoso de un antiguo reloj cuyas horas ya no importaban, ya habían dejado de serlo.
Mis manos buscaban frenéticamente, aunque no sabían lo que buscaban. Luego ya deseche cualquier intento de gastar mi aliento.
Hacía más frío. Me penetraba, aunque ya no dolía. Pronto mi mente se convirtió en un remolino de antiguos recuerdos que saltaban ante mí en medio de una progresiva oscuridad. Se bañaban en mi sangre. Mis memorias torturaban mi mente, y ésta se revolvía tristemente. Luego, mis ojos se perdieron en la nada y vi ese resplandor fugaz y fatídico. Lo recordaba. El brillo de mi destino.
Ya no había tiempo para lágrimas. El frío me penetraba aún más y se confundía con el de mi cuerpo. El aliento se enfriaba, apagándose lentamente. Ya me había sumergido en sombras y ahora sólo esperaba con resignación. ¿Justo? ¿Qué es justo? Ya no importó, dejaba de serlo por muchas razones.
Escuchaba mis suspiros perdidos y solitarios bajo la agonía de la carne. Ya no era mi carne. Ya no me pertenecía.
El reloj se detenía mientras mi figura se convertía en parte de un paisaje triste y perturbador. Rompía una cotidianidad, o eso creía. ¿Dónde estaba mi corazón? ¡Qué frío! Era un frío seco y triste que me abandonaba.
Ya dejaba de ser yo. Deseché cualquier esfuerzo y comencé a perderme en un vacío desconsolador.
El frío se apagó. Estaba perdido en la nada. Me convertía en algo que ya no contenía recuerdos, que no valía la pena.
Di un gemido largo, doloroso y fatídico, causado por un reflejo de algo que dejaba ir sin extrañarlo. Me perdí. Me perdí para siempre.
La manecillas del reloj volvían a correr, repentinas y cotidianas, más aún, monótonas. Ya había dejado de ser inevitablemente yo. Ahora, sólo me convertía un cuerpo frío, con el corazón herido por un brillo metálico. Un brillo de metal fatídico.
Mi sangre se perdía incontenible y sin importancia alguna, sólo escapaba. Dejaba el cuerpo de algo que ya había dejado de ser. Mi tiempo se acabó. Ahora, el ambiente frío y solitario seguía su rumbo. Continuó el tiempo. Hubiera querido poder odiarlo.

El perro en el fin del mundo - Nancy Jane Moore


Tengo un perro.
Suena vulgar, pero lo que lo vuelve diferente es el contexto. Donde vivimos, hace cinco años que no llueve. No crece nada: no hay tierra fértil en la que sembrar una planta. Mucho polvo, pero que vuela permanentemente a través del aire.
Las plantas que solían crecer se han muerto. Los animales, las plantas, todo lo que acostumbrábamos comer se ha muerto. Muchas de las personas que solían comer los animales y las plantas que antes crecían, también se han muerto. Los pocos que permanecemos vivos lo hemos logrado porque somos expertos en hacer las colas para recibir la comida de caridad, enviada desde lugares donde aún hay plantas y animales. Encontrarse entre las primeras personas de la fila y tener la energía para permanecer allí durante trece horas de un tirón es la mayor muestra de destreza para sobrevivir.
En este contexto, el tener un perro significa que hay algo para la cena.
En realidad, no es que tenga un perro: ya comimos los perros hace mucho tiempo.
Solía tener un gato. Los gatos sobrevivieron a los perros, son peor alimento, poseen un sabor muy grasoso. En general, los predadores no son fuentes de comida sabrosa. Los gatos ganaron su permanencia al lograr alejar a las ratas de los graneros. Eso sucedió por un tiempo, hasta que decidimos que los ratones eran demasiado nutritivos para desperdiciarlos en los gatos.
Por supuesto que no tengo un perro. Sólo estaba señalando el punto.
Sinceramente, hemos ido más allá de los perros, gatos y ratones. Se ha recibido más de un informe sobre canibalismo y estoy dispuesta a apostar que por cada incidente del que hemos tenido noticias, hay diez que nadie menciona. Hasta ahora se ha escuchado que la gente que fue comida, falleció de causas naturales. Las personas explicaron que no podían enfrentarse al acto de apisonar toda esa comida en un agujero en la tierra.
Pero si aún no se ha matado a nadie para la cena, esto es sólo cuestión de tiempo.
Dije que no tengo realmente un perro, ¿dónde podría conseguir uno, hoy en día?
Cada semana solía llegar la comida de la caridad. El año pasado comenzamos a recibirla dos veces al mes. A comienzos de este año nos dijeron que los embarques llegarían solamente una vez en el mes. Conseguimos la misma cantidad de comida que antes: una libra de arroz, una libra de alubias y una libra de trigo.
Todos padecen escorbuto y ninguna criatura ha vivido más de tres meses en un año y medio.
¡Es un chihuahua, por amor de Dios! Piel y huesos. No hay suficiente carne en él para que alguien lo disfrute.
El pozo local se secó y ahora tenemos que caminar cinco millas para conseguir un poco de agua. Cada semana, sólo conseguimos tres galones: nadie se preocupa por usarla para bañarse, beberla es lo más importante.
También hace calor. Acá, el sol siempre ha sido implacable, pero ahora ni siquiera podemos sentarnos bajo un árbol.
Los vecinos se apoderaron de mi perro. Cuando lo mataron, lo escuché gritar y lloré por primera vez en meses.
Lo asaron.
Comí una porción.
Desde hace siete semanas que no llega la comida de caridad. Algunos dicen que ha ocurrido algún nuevo desastre, que ya no está de moda preocuparse por nosotros. Otros dicen que hoy en día aún los ricos pasan hambre y que todo el mundo está en problemas.
Hace diez días que murió un vecino. Ni siquiera hablamos de eso. Cada uno de nosotros contribuyó con madera de nuestras casas para el fuego del asado.
Me hice de cuenta de que esa era otra forma de cremación. Pero comí un poco. Grasosa, como la de los gatos.
Hace tres días que no como. Ayer traté de ir a buscar agua, pero me desmayé en la ruta. Cuando recobré el conocimiento, me arrastré hasta mi casa. Nadie me ayudó.
Ahora todos me observan. Depende sólo de cuánto una persona pueda subsistir sin agua. Un par de personas han pasado por aquí: me trajeron un vaso, para que tomara un sorbo. Aprecio el gesto, aunque sé que lo hacen para sentirse menos culpables cuando les llegue el turno de disfrutar de mis restos.

Título original: “The Dog at the End of the World”
Traducción del inglés: María del Pilar Jorge

De Tizianos y Bosones - Javier López y Héctor Ranea


Airto Ranick tenía unos orígenes inciertos. Él se consideraba italo-argentino. Pero de dónde procedía en realidad, escuché mil y una versiones. La más plausible es que una cápsula espacial lo dejó un buen día a las puertas de la maternidad de algún lugar que nunca ha sido revelado, para regocijo de sus padres.
De Frank J. Luppi no se sabía nada hasta que apareció por Facebook haciéndose pasar por escritor de minificciones. En realidad era un holgazán con título nobiliario y posesiones inmerecidas.
Dos personas con esas trayectorias tenían que conocerse.
Luppi había publicado en su muro una foto del cuadro de Tiziano "Amor Sacro y Profano". Ésto no sería más que una anécdota, si no fuera porque la naturaleza curiosa y el gusto por el arte renacentista de Ranick iban a llevar la historia mucho más lejos.
Los comentarios sobre la foto pronto tomaron un cariz comprometido para Luppi, y le pareció que Ranick descubría algo que a él se le antojaba inconveniente. Así que pasaron a las conversaciones privadas:

—¿En verdad de dónde sacaste esa foto, Frank?.
—Tengo una copia del Tiziano en mi palacio de Bari.
—Ah bien. Interesante lo de tu palacio. Pero desde que la vi pensé que era una foto del original, que está en la Galleria Borghese, en Roma.
—Nunca he estado en esa galería —aseguró Luppi.

Días después Luppi iba a recibir un correo de Ranick que lo dejó estupefacto.

Frank:
Que seas un gangster me trae al pairo. Pero no que seas un mentiroso. Tienes el original del Tiziano.

De inmediato, Luppi sintió una irresistible curiosidad por saber cómo, a través de una simple foto en Facebook, ese hombre había descubierto lo que ni técnicas cromatográficas, ni rayos X, habrían sido capaces de revelar. Así que no tardó en contestarle.

Airto:
No me queda otra que reconocerlo. Confío en que será un secreto bien guardado. Pero dime cómo demonios lo has descubierto, o me estallará la cabeza.

Un par de días más tarde llegó un nuevo mensaje de Ranick:

Querido Frank:
La ciencia y el progreso se nutren de las casualidades. Pero si no hay ojo entrenado capaz de captarlas, no hay ciencia.
Yo era discípulo de Tiziano, y aquella tarde de primavera de 1514 (ahora comprenderás por qué hay tanta leyenda sobre mí, ¡¡juas!!), el maestro merendaba a la par que daba los últimos retoques a su "Amor Sacro y Profano". Una tostada con miel en la siniestra; el pincel en la diestra. Un descuido, y unas gotas de miel cayeron sobre el lienzo. Instintivamente, en lugar de limpiarlas, aplicó unas elegantes pinceladas, mezclando miel y óleo en perfecta síntesis de textura y color.
Cuando publicaste tu foto, me fui a buscar un mate para contemplarla detenidamente. Yo uso un protector de pantalla con fondo blanco y una docena de moscas revoloteando. Tan realista, que a veces he visto a mi mujer atizándole al monitor con una raqueta, pero éste no es el caso ahora. Cuando regresé vi que las moscas habían escapado del salvapantallas y estaban en el Facebook zumbando alrededor del cuadro, las muy golosas.
Y ahora te propongo algo. Me has hablado mucho de tu interés por visitar el acelerador de Ginebra y contemplar la aparición del bosón de Higgs. Queda poco tiempo, probablemente será en octubre. Tengo amigos en el CERN y podría conseguirte una credencial... pero a cambio, los días que estés en Ginebra, me quedaría en Bari junto al lienzo.

Luppi no podía creerlo. Siempre había sentido curiosidad por aquél hombre mezcla de científico y poeta. Y ahora resultaba que era un Inmortal erudito. Eso unido a que la Interpol le pisaba los talones por sus negocios con obras de arte, le hizo aceptar inmediatamente. Cuando el acelerador de Ginebra revelara la partícula de Dios, aprovecharía para escabullirse a través del túnel de gusano que habían previsto que se formara durante unos nanosegundos.
Luppi pasó los meses de verano con miedo a que la policía se adelantara a sus movimientos. Ranick se tomó unas vacaciones y desapareció. Pero, a mediados de septiembre, le escribió de nuevo.

Frank:
He regresado. Vuelo el 8 de octubre a Casablanca. Espero encontrarte en el aeropuerto de madrugada.

Los días de espera se hicieron tensos para los dos. Ranick soñaba con sumergirse de nuevo en el mundo renacentista y Luppi con dejar a la Interpol a un año luz.
Se encontraron al fin, en la fecha acordada. Llegaban con el tiempo justo de tomar cada uno su vuelo. Así que intercambiaron palabras, llaves y credenciales. Quizá nunca volverían a verse, porque Luppi tenía bien trazado el plan de huida, pero no tenía ni idea de adónde iría a parar. De todas maneras pensaba que un título nobiliario sería algo ventajoso en cualquier rincón de la galaxia.
Cuando se despidieron, Airto tomó la mano de Frank, estrechándola y sacudiéndola mientras esbozaba una sonrisa mezcla afecto y complicidad:

—Éste puede ser el principio de una gran minificción.

Y ambos desaparecieron entre la niebla de la pista del aeropuerto.

Troyanos - Antonio J. Cebrián


En el silencio de la noche, la pequeña trampilla de madera del enorme caballo se abre y un puñado de griegos desciende con sigilo. Uno de ellos, espada en mano, se encara con un troyano reclinado en la escalinata de un templo. Cuando la espada se cierne sobre su cuello, el troyano, a pesar de estar ebrio, acierta a decir:
—Tengo un mensaje para ti.
Y extiende la mano, donde sujeta un pequeño rollo de pergamino.
El griego, desconcertado, ensarta al troyano con la espada —la misión antes que nada— y luego recoge el pergamino. Lo despliega ante sí y observa turbado el extraño e incomprensible texto. Las letras comienzan a moverse, se reúnen en el centro del pergamino y empiezan a formar hipnóticos remolinos que se desplazan zigzagueantes hacia la parte inferior aglomerándose alrededor de sus dedos. Luego, antes de que el griego pueda evitarlo, comienzan a salir del pergamino y a deslizarse sobre su piel. Avanzan por sus dedos y alcanzan la mano. Arroja el pergamino y lo destroza con la espada, pero ya es tarde; las letras se diseminan por el brazo y trepan hacia el hombro. Instantes después, el soldado se desploma con los ojos en blanco. Uno tras otro los griegos caen al suelo y quedan inertes. Ahora sólo son hardware vacío; sus discos duros están en blanco.

No se debería experimentar con ciertas cosas - Miguel Dorelo


Algo había fallado, era evidente.
No se sentía, para nada, como un ser superior. A lo mejor lo habían estafado, no sería la primera vez que lo hacían, como aquella vez que le implantaron un miembro que se comportaba totalmente al contrario de lo que se suponía debía hacer.
Tener erecciones prolongadas durante el bautismo del primogénito de su mejor amigo o exactamente al revés cuando por fin había convencido a Pamela de visitar ese nuevo hotel alojamiento, deberían haber servido para curarlo de espanto. Pero no, siempre fue amigo de otorgar segundas o más oportunidades a quienes no debería.
Aún recuerda con tristeza el momento en que empezó aquello de su repulsión hacia las mujeres.
—Quiero uno de esos ojos que permiten ver a través de la ropa, doctor —ordenó poniendo un grueso fajo de billetes sobre el escritorio. Los suficientes para esquivar todas esas formalidades que habían declarado al dispositivo “anticonstitucional, ya que afecta la intimidad de las personas”.
Pobre iluso; un mal ajuste en la profundidad de visión terminó en la contemplación de numerosos procesos internos de las otrora hermosas damiselas con las que había soñado usar su nuevo implante. El observar en detalle el proceso digestivo y posterior ante-evacuación en el cuerpo de Pamela, fue demasiado. Su visión ya no sería nunca lo que había sido y se convirtió en un misógino total.
Su miembro, luego del segundo implante, había terminado por independizarse por completo de su voluntad; no era rara una gran erección ante la vista de el circuito impreso de un lavarropas automático o al observar la próstata de un Gran Danés.
Lo de sus piernas no fue de consecuencias menores, más bien lo contrario.
—Torneadas, sin atisbos de várices y ya que está con depilación definitiva —exigió esta vez.
Llámenlo descuido, exceso de trabajo o simplemente mala praxis; dos piernas izquierdas en lugar del par habitual es lo que permiten reconocer fácilmente a nuestro amigo tanto cuando llega como cuando se va. Tras dos meses de práctica intensiva, al fin pudo desplazarse medianamente con dignidad. Lo del calzado está en vías de solución ya que comprar dos pares y desechar la mitad está acabando con su paciencia.
Aún recuerda el fatídico día en que leyó la publicidad: “¿Cansado de ser lo que es? ¡Ahora, la solución está al alcance de sus manos! Tráiganos su cuerpo, o parte de él y le devolveremos uno completamente renovado. Sea feliz, no sea tonto. Modificaciones acordes a su presupuesto. Financiación.”
Luego, se envició. Uno tras otro implante, siempre con algún efecto colateral al que luego no le encontraban solución. Después, ya perdido por perdido, se dejó convencer con la promesa de la “definitiva conversión, un ser superior existe y es usted. Solo deberá decidirse, pagar nuestros honorarios y firmar aquí”.
Bueno, estaba hecho, dejando de lado los últimos temores, dejaría que hurgaran en su cerebro. ¿Qué más le podía pasar?
Y eso, como solía decir otra adicto a los implantes. Quizás la materia prima utilizada, materia gris demasiado clara recogida del pavimento en la tragedia que había terminado con la vida de cuatro libretistas de televisión, sumado al trabajo a reglamento por un pedido de aumento en el salario familiar de los neurólogos encargados de la supervisión del procedimiento hayan sido las causantes del desastre final.
Estéticamente había quedado bastante bien; detalles menores como el hilo de baba que solía caer de su boca o el tamaño y forma algo inusual en que se había convertido su cráneo, podía aceptarlos, pero lo que de ninguna manera dejarían pasar los abogados y sus familiares era la pérdida de control de sus esfínteres, el incremento de seborrea y la adicción enfermiza a ver programas de TV en los que el conductor gritaba todo el tiempo mientras un grupo de participante perdían su dignidad realizando actividades por demás deleznables y casi incomprensibles.
El sueño del hombre nuevo ha terminado demasiado pronto.

Goteras - José Vicente Ortuño



Un salón en penumbra. Afuera llueve. El agua resbala sobre los cristales del ventanal, como una densa cortina líquida, no permite ver el exterior. Sobre el suelo enmoquetado hay una mujer sentada sobre sus talones. Viste un camisón largo y blanco, que no logra ocultar la extrema delgadez de su cuerpo. Su melena, larga y negra, le cae sobre la cara. Oculta las manos en su regazo. Ante ella hay un televisor encendido. La pantalla muestra la imagen de esa misma habitación y la mujer ante el televisor, en el cual aparece la habitación y la mujer ante el televisor. La escena se repite hasta el infinito, aunque a ojos de un observador sólo se distingue media docena de veces antes de perderse de vista.
En la estancia reina el silencio, sólo se escucha el repicar rítmico de una gotera, que cae incesante sobre la moqueta ya empapada. La mujer, y sus dobles televisivos, se balancean adelante y atrás, al ritmo que marcan las gotas al estrellarse contra el suelo encharcado.
La lluvia no cesa, ni arrecia, se limita a deslizarse sin tregua sobre los cristales. La luz mortecina que los atraviesa, tampoco cambia. Es imposible distinguir qué hora es. Sólo la gotera y el charco creciente marcan el paso del tiempo. El resto es un círculo: La pantalla multiplica la estancia, la mujer que se balancea, la gotera incesante y el charco creciente.
El agua de la filtración ha creado un pequeño estanque, un espejo oscuro que devuelve el relejo del salón, la mujer y el televisor, apenas distorsionados por las ondas que produce la caída de las gotas.
Súbitamente la gotera se detiene. La mujer cesa su balanceo. Gira su torso. Extiende las manos. Son delgadas, esqueléticas. A través de la piel, de un tono grisáceo, se aprecian venas azuladas. Las uñas son largas y amoratadas, casi negras. Apoya las manos como garras en el suelo. Engarfia las uñas sobre la moqueta y se arrastra. Sus infinitos clones en la televisión la imitan uno tras de otro, en lenta secuencia.
Se aleja del televisor, se desliza con lentitud hacia el espejo líquido que inunda media habitación. Su avance tan lento como el del agua, como si cada uno fuese al encuentro del otro.
Al fin se tocan. La mujer se sumerge en el agua con despacio que apenas perturba su quietud, ésta la acoge en su seno sin inmutarse. Se funden. El charco parece no tener fondo. Como un abismo que se abriese hacia algún lugar remoto y desconocido.
La sala se queda vacía. El leve resplandor que emite la televisión ilumina la moqueta vacía. Trascurre un tiempo imposible de medir. La gotera se reanuda, pero las gotas ya no caen, sino que suben. Una tras otra se elevan en silencio y se introducen en la grieta del techo por donde cayeron. Con la misma lentitud con que se formó, el charco retrocede, se encoge y desaparece. La moqueta queda tan seca como al principio. La lluvia continúa en el exterior. En el interior nada se mueve. La televisión se apaga.

Un cuarto de baño con las paredes alicatadas de azulejos blancos. La luz mortecina de dos velas ilumina la estancia. La bañera está llena a rebosar. Tenues penachos de vapor indican que el agua está caliente. Una mujer joven yace sumergida hasta el cuello en su interior. Tiene la cabeza apoyada en una toalla doblada. Duerme. Su respiración es pausada, tan suave que no agita el agua.
Afuera llueve. Por el cristal translúcido de la ventana se desliza una densa cortina de agua. A intervalos precisos una gota cae del grifo, rompe el silencio y crea un pequeño círculo de ondas en la superficie del agua, luego regresa el silencio.
Las velas se consumen de forma casi imperceptible. Son lo único que indica el paso del tiempo. El agua de la bañera deja de emitir vapor, se enfría. La muchacha no parece notarlo.
Algo sombrío oscurece el agua tan despacio que parece no moverse, sin embargo, milímetro a milímetro, un bulto negro rompe la tensión superficial y emerge frente a la joven dormida. Es una cabeza, tiene el pelo largo y negro, tras ella surgen unos hombros, y una espalda huesuda y encorvada. Viste una prenda blanca. La tela mojada se transparenta, muestra piel lívida sobre huesos angulosos.
El torso de mujer emerge. El pelo largo cae empapado sobre su rostro, sin embargo, a su través se percibe la mirada vacía de unos ojos sin iris.
Con la misma lentitud con que emergió, saca del agua una mano esquelética, una garra de dedos deformes, piel gris y uñas negras. La extiende hacia el rostro de la muchacha. A través del cabello se entrevé una mueca retorcida, escalofriante, que podría confundirse con una sonrisa; pero no lo es. La garra se cierne sobre el rostro de la joven, que no parece advertir la macabra presencia, sin embargo, comienza a sumergirse como si cediese ante una presión invisible. La chica desaparece tragada por un abismo sin fondo en lugar de una simple bañera.
La mujer pálida se sumerge muy lentamente hasta desaparecer por completo.
La bañera sigue llena de agua, pero ya nadie la ocupa. El grifo ha dejado de gotear. El silencio es absoluto. La lluvia continúa en el exterior. Las velas se consumen y se apagan con un chisporroteo. Oscuridad.

Antes de que comenzasen a salir los títulos de crédito, que de todas formas me era imposible leer, apagué la televisión y arrojé el mando a distancia sobre el sofá. Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos. Sentía un gran vacío en mi interior. Tras doce horas visionando películas de terror japonesas no había comprendido nada, ni siquiera quienes eran el niño pálido de mirada perdida, que aparece en ascensores y pasillos, y la mujer de los pelos sobre la cara, que se arrastra por el suelo. Lo único que tengo claro es que debo ser impermeable al terror japonés.



El rotor del mengalope - Max Goldenberg


En el viejo taller de Palermo, Tito Gómez levanta el capó y menea la cabeza. Lorenzo lo mira, preocupado, porque sabe que sabe que no sabe sobre motores ni quiere saberlo. Entonces tiene que hacer de cuenta de que es un experto. Se acerca a Tito, que ahora se muerde el labio inferior mientras sigue moviendo la cabeza.
—¿Y Tito? ¿Es el paso a paso, no?
—Ma que el paso a paso… este auto tiene la rosqueta de tirbulato jodida. Encima para llegar a la puta rosqueta hay que levantar el motor…
Cuando Tito pronunció esa frase, a Lorenzo le corrió un escalofrío por toda la espalda. No tenía ni idea de mecánica pero sabía que “levantar el motor” equivalía a sacrificar las vacaciones y parte del living.
—¿Estás seguro, Tito, de que es la rosqueta? Capaz que si entramos por abajo, llegamos directo sin tocar el… ¿cómo se llama?
—¿El rotor de mengalope? —ayudó Tito.
Lorenzo siempre se preguntaba quién era el que inventaba los nombres a las partes de los autos. Nunca “manguerita” o “tornillito” que era lo que al menos él veía cuando desarmaban los mecánicos sus autos. Seguro que el que decidía las nomenclaturas buscaba a propósito nombres complicados. “Ah… ¿querés saber de autos y motores? Bueno, aprendete los nombres” debe haber pensado el muy turro.
—¡Eso! —exclamó Lorenzo sin tener la menor idea de lo que hablaba—. El rotor de escalope.
—Mengalope, Lorenzo. Mengalope.
—Bueno, es lo mismo Tito. Nos mandamos sin tocar el rotor y le damos a la rosqueta de triunvirato.
—Tirbulato.
—¿Es una rosqueta?
—Sí.
—Listo, Tito. No rompas las bolas. ¿Le damos o no le damos?
Una de las cosas que Lorenzo había aprendido era a hablar en la primera persona del plural con los mecánicos. Unirlos, que se sientan en el mismo grupo que uno. Nada de menosprecio sino todo lo contrario. Dar noción de cofradía. Siempre el plural hace que todo parezca menos difícil solamente porque uno va a estar ahí con el mecánico, codo a codo. Aunque sea para molestar.
—No sé Lorenzo, no sé. Si ponemos el auto en el foso, yo me meto por abajo directo pero si toco el rotor de mengalope se caga la tira de bueye y ahí sí estamos fritos.
—Bueyes
—¿Cómo?
—Digo, o es buey o es bueyes. Pero bueye no puede ser Tito. Pensalo. Además, ¿tira de bueyes? ¿qué carajos es la tira de bueyes?
—Es bueye. La tira de bueye es una manguerita que une el tornillito del retén con el tornillito del otro retén.
—¿Y entonces por qué no le dicen manguerita y listo, Tito?
—Que sé yo Lorenzo. Se llama así. ¿Yo te pregunto por qué te llamás Lorenzo? No. Te digo “Hola, Lorenzo” y listo. Vamos a levantar el motor y dejate de joder. Eso sí, va a estar salado el tema.
—Yo soy hípertenso, Tito. No puedo comer sal. Así que hagamos algo sin sal y no hay problemas. Je je…
El humor siempre fue de la mano con la mecánica general. Lorenzo sabía de ese tema y trataba de ser simpático y entrador con los mecánicos. Ellos eran personas muy raras pero a las que les gustaba el buen humor y la alegría. Tener a mano algunos chascarrillos siempre era una buena idea.
También sabía que no había que demostrar las flaquezas frente a un mecánico porque era la perdición. Si ellos detectaban la mínima vacilación, la duda más leve, el parpadeo oscilante de cualquier ojo, caerían sobre el dueño del automotor como un león hambriento sobre los pobres cervatillos. Había que ser firmes, confundirlos, hacerles creer que se sabía del tema. Que los mecánicos hacían el trabajo sólo porque uno no quería ensuciarse las manos.
—Tito —empezó Lorenzo sin dejar lugar a ninguna injerencia de nadie en el taller—, me parece que si el piterospolum o vale se funde con el danonino puede lograr que el big mac se raspe y haga que el cucurucho bañado no funcione como corresponde. Si levantamos el motor, la rosca de pascua se chicle jirafa y ahí estamos sonados. Lo que yo creo es que hay que agarrar la llave inglesa y darle y darle sin pasar por el cid campeador y mandarse de lleno por abajo para no saturar el parque centenario porque si pasa eso, bueno… estamos al horno con papas nuasét, el rotor de mengalope y la tira de bueye.
El secreto es siempre terminar con algo que el mecánico haya dicho. Envolverlo como sea pero jamás hay que finalizar con cualquier cosa. Siempre, siempre, siempre con algo de verdad.
—Lorenzo —dijo Tito secándose la frente con una franela verde musgo—, no te entendí un carajo. Pero dejame el coche y venilo a buscar mañana a la mañana que de alguna forma lo resolvemos.
Lorenzo saludó a Tito con dos golpecitos en la espalda y salió del taller con una sonrisa en la cara. Paró un taxi y se fue al café del Turco García. De pronto, le había agarrado hambre.

Tomado de: http://max.com.ar/
[texto bajo licencia Safe Creative / todos los derechos reservados]

Mojito - Héctor Ranea


Llenó un vaso con las dos terceras partes de ron, el otro tercio de agua, dos cucharas de azúcar, perfumó con menta fresca, unas gotas de angostura y puso hielo, mucho hielo y agregó, ya que limón no tenía, unas gotas de un licor de limón que una amiga le había regalado. Mientras bebía el mojito especial puso en el tocadiscos el Réquiem de Mozart. Bebió con demasiada rapidez y ya en el Kyrie estaba como olvidada de qué tenía que hacer.
Su fuerza de voluntad la impulsó, sin embargo, para aprovechar esa oportuna soledad que había encontrado tan súbitamente. Se levantó y fue a la cocina, un poco borracha, pero casi feliz. Antes de poner todo en orden para cocinar su plato favorito (¿también el de él?) se preparó otro mojito pero sin limón, con menos agua, más alcohólico que el anterior, total, tenía ya preparado el medallón de lomo y las verduras que harían el contorno. Puso la plancha a calentar mientras ordenaba la cocina.
El gato le pidió entrar. Le abrió la puerta, lo acarició. Una belleza ese pelo de otoño, tan suave. Estaba un poco frío. Las noches de otoño son frescas, pensó. Verificó que la plancha estuviera bien caliente, como él siempre dice que tiene que ser. Puso a asar la carne y las verduras, perfumadas con menta, como el mojito. Como no veía bien después de tanto alcohol, se quemó un poco la yema de los dedos pulgar e índice de la zurda dando vueltas las verduras mientras se asaba la carne. Un buen churrasco de lomo en una costra de pimientas en las que había ardido por horas en la heladera. Una maravilla. El aroma era delicioso. Las pimientas hacían oler a pubis recién lavado y a limones extraños. Las verduras exudaban una leche que las dejaba tiernas y Mozart contribuía al clima general del espíritu ascendiendo. Dio vueltas las verduras, rotó el churrasco para que los rombos decoraran el plato y se sirvió un poco de ron puro, apenas perfumado por el remanente de menta. Vigiló la plancha para que nada estuviese fuera de punto. Agregó un ajo antes de dar la vuelta al churrasco para dar un condimento especial y cuando parecía todo listo, arrojó algo de ron que se inflamó.
Preparó su plato para servirlo. Le gustaba ser prolija. Puso primero las verduras en el plato, mientras apagaba la hornalla y dejaba unos segundos más la carne (que de todas maneras le gustaba cruda) y adornó todo con romero, mientras buscaba la pinza para poner la carne en el plato.
Ya al prepararse el primer mojito había abierto la botella de vino para que adquiriera todos los sabores que parecía que tenía que tener. Se sirvió una copa al terminar de asar la carne. Lo olfateó mientras iba hacia la mesa. Estaba en su momento más especial, el vino. Hacía juego con ella.
Se sentó frente al plato cuando estaba por terminar el Kyrie, pero había programado al tocadiscos para que repitiera así que, poco después de sentarse a comer, escuchó de nuevo esas palabras de súplica. Comió con serenidad, con el cuchillo de él, afilado como una navaja, encontrando en cada mordisco una palabra, un adjetivo (siempre dijo que los argentinos no podrían hablar de no ser por los adjetivos) y bebiendo de a sorbos como para bajar toda la botella o lo máximo que pudiera de ella en el menor tiempo posible.
A esa altura de los acontecimientos el mojito ni siquiera era un recuerdo y el lomo con tres mordiscos se enfriaba en el plato mientras ella escribía en un papel las palabras finales del Kyrie. Se fue a la habitación con la botella colgando de su mano. Él estaba tan muerto como lo había dejado, con la amante aún abrazada a su cuello y las puñaladas enrojecidas de sangre violeta. Los miró casi sin comprender. En un arranque de voluntad manejada por los mojitos, con el cuchillo se cortó estúpidamente la garganta y su sangre acompañó el canto del Kyrie, se arrepintió un segundo después.
A la mañana siguiente encontraron tres cadáveres y un bife de lomo a la pimienta frío apenas comido mientras sonaba por vez mil treinta el Kyrie. Dales la luz.

Juanita - Eduardo Betas


Tendría diez años cuando Juanita Schwarzman me “dejó” ser su novio. Ambos íbamos a la misma escuela pública. El mismo día que a mí me dijo que sí, también le había dicho un “No” inmenso e inquebrantable a aquella mediocre profesora de música.
Es que a la maestra se le había ocurrido que teníamos que cantar en un acto un fragmento de la “Misa criolla”, unas canciones de inspiración católica bastante conocidas en la Argentina. Y nosotros, más entusiasmados con eludir la clase que por la vocación musical —y mucho menos religiosa— nos pusimos contentos con la propuesta. Menos Juanita que estaba muy nerviosa. Un día, mientras desafinábamos la parte que dice: “Gloria a Dios en las alturas / y en la tierra paz a los hombres” vi que ella no cantaba mientras gruesos lagrimones le corrían por la cara. Sin que se diera cuenta la profesora me acerqué a ella y le tiré del ponchito que llevaba puesto. Ella me miró, luego miró a la Profesora y pegó un tacazo contra la grada de madera. Luego se bajó y se fue a sentar en una silla con los brazos cruzados y la boca cerrada. —Schulsman, vaya a cantar con los demás —le gritó entonces la profesora.
—No me llamo Schulsman sino Schwartzman y no voy a cantar esa canción.
—¡Cómo! —gritó la profesora—. ¿Y por qué no va a cantar?
—Porque soy judía y no creo en eso que estamos cantando.
En ese momento un grupo de imbéciles empezó a corear: “judía, judía”. Juanita se levantó, empujó a dos y los tiró al suelo. Después se fue llorando al baño. Nadie la siguió. La profesora aprovechó que sonó el timbre de salida para terminar la clase. Volvimos al aula a recoger nuestras cosas. Yo fui al banco de Juanita, guardé sus útiles, tomé los míos y me paré a esperarla en la puerta del baño. Cuando salió, nos fuimos juntos. Cuando llegamos a la esquina le pregunté si me dejaba ser su novio. Y ella me dijo que sí y volvió a sonreír.
Hace poco me la crucé pero pasó tan rápido al lado mío que no pude decirle todo lo que había aprendido aquel día.
Tomado de: http://www.cafediverso.com

Reflejos - Fabián Casas


El mar allá abajo refleja el sol de la mañana. Taon Poro se viste solamente con sus pantalones de caballero, se ajusta el sable de luz a la cintura y sale de la cueva. Necesita anzuelos y algo de comida. Baja del acantilado y camina por la playa, hacia la construcción de madera en lo alto de la duna. Es un mercadito playero, atendido por Kurtis Fran, el despreciable vecino de Taon Poro. Kurtis atiende amablemente a los turistas y dedica un especial respeto al caballero Poro; pero durante los terribles años de la dictadura, fue un activo colaborador de los perseguidores. Nunca se supo qué pasó con los Jedis de la comarca, secuestrados por el ejército imperial. Taon Poro era un niño en aquel entonces. Un día llegaron los tópteros de batalla y se llevaron a los prisioneros, mientras Kurtis miraba sonriente. Hoy Kurtis luce extraño. No parece ya el vecino servicial que se desvive por abrirle la puerta al respetable caballero.
Kurtis espera cruzado de brazos, parado sobre el tablado.
Sonríe, y sus dientes de oro mastican un rayo de sol hasta devorarlo. Se oye la radio del local: "Comunicado número uno..." Taon Poro extrae entonces su sable. Lo enciende y corta por la mitad a Kurtis Fran, cuyo cuerpo cae como ropa sucia sobre las tablas deslustradas.
Taon Poro se sirve unos anzuelos y un pan. Entonces emprende el regreso al acantilado. Tiene mucho por hacer antes de que lleguen los tópteros.

Gordo Anchoa canta la Marcha Peronista - Lisandro Varela


Gordo Anchoa canta la marcha peronista a los gritos. No hay manera de que la cante a pedido del público, ponele en un asado, pero a veces está jugando solo, o en el súper con la madre y empieza a cantar fuerte, de la nada.
Le enseñé la marchita a Gordo Anchoa con la esperanza que de grande sea peronista y tenga la vida solucionada. Deseando que circule sin la menor culpa por quedarse con lo ajeno, que disfrute del poder como si fuera sexo, que sepa, como supo Oscar Wilde, que no hay que quejarse ni dar explicaciones.
Si Gordo Anchoa fuera uruguayo no me preocuparía por hacerlo Blanco o Colorado o descendiente de Sendic. En los países normales esas cosas no importan. En Argentina si no sos peronista estás frito. Así que quiero, por su bien, que Gordo Anchoa sea peronista.
Ahora Gordo Anchoa canta la marcha en la bañera. Hablo con Luz en el living, nos reímos mientras arreglamos cuanta plata me corresponde poner este mes. Pienso en la suerte de que Luz y yo todavía nos riamos.
Gordo Anchoa canta y chapalea agua afuera. La madre se acerca para llamarlo al orden. Gordo Anchoa canta más fuerte eso de combatiendo al capitáN y tira agua. Tira agua y no hace caso.
Tanto tira agua y canta que Luz lo saca de la bañera de prepo, envuelto en una toalla. Gordo Anchoa se entrega, o parece que se entrega, pero en un descuido de Luz se escapa al living y corre y canta desnudo que hubo principios sociales que supimos conseguir.
Quiero agarrarlo y darle un abrazo, pero no se deja, corre y canta y yo sé que ya es peronista de Perón y Evita y soy un padre feliz.

La torre - H.P. Lovecraft


Desde esa esquina se puede ver la torre. Si el testigo abandona por un segundo el ruido de la vida porteña, descubrirá tras las paredes circulares un aquelarre. El eco del mismo lugar que la humanidad resguarda en la penumbra bajo diferentes disfraces. La esencia de los cimientos de construcciones tan antiguas como las pirámides y Stonehenge. Allí se suceden acontecimientos -incluso próximos a lo cotidiano- que atraen a hados y demonios.
Fue lupanar y fumadero de opio. Acaso alguno de sus visitantes haya dejado el alma allí preso del puñal de un malevo. Pero fue cuando llegó aquella artista pálida, María Krum, que su esencia brotó al fin. Recuerdo que apenas salía para hacer visitas a la universidad. Fue en su biblioteca donde hojeó las páginas del prohibido Necronomicón. Mortal fue su curiosidad por la que recitó aquel hechizo. Quizá creyó que las paredes sin ángulos la protegerían de los sabuesos. Pero esas criaturas son hábiles, impetuosas, insaciables. Los vecinos oyeron el grito del día en que murió. Ahora forma parte de la superstición barrial. Pero yo sigo oyendo su sufrimiento y el jadeo de los Perros de Tíndalos que olfatean, hurgan y rastrean en la torre.

El vigilante de la blogósfera - Carmen Carrillo


Daban las 00.05 horas cuando el vigilante se percató de que, por cuarta vez en la semana, la composición de la blogósfera entraba en desbalance. Algo extraño ocurría. Le había tocado ver de todo desde que había tomado el puesto, pero aquello no podía ser resultado de un simple embotellamiento de códigos. La cosa era seria.
Entre la maraña de señales eléctricas vio pasar una ráfaga de cuyo punto final echaba lumbre. Se quedó atento, observando con calma el sector y entre la chatarra de archivos duplicados y la nube de textos basura que generan los spamers, vio aproximarse a toda marcha algo breve, pero no tan breve. Era una pequeña bola de letras de fuego que bufaba como locomotora, abriéndose camino entre los quintillones de comandos .html que daban tumbos sin saber a dónde ir.
El vigilante notó que cada vez que uno de estos endemoniados atravesaba la blogósfera, ésta adquiría una consistencia viscosa, tornándose casi tangible. Siguió así varias horas. A veces tenía la impresión de que sus parpadeos eran generadores de esas pequeñas explosiones. Parpadeó sin parar y notó que no sucedía nada. De pronto, distinguió una mole luminosa que se aproximaba. Era lo suficientemente grande como para conservar una velocidad constante y eso le permitió observarla con detenimiento. Tenía la fuerza de un rayo y en su avanzar elíptico, producía una vibración parecida a la de un cable de alta tensión. Cuando la tuvo suficientemente cerca, se esforzó por ordenar los caracteres que giraban y giraban, como un rehilete. Sea lo que fuere, el fogonazo aquel tenía por destino el buzón de un tal Gaut vel Hartman. Pensó que de todos los nombrecitos raros que pululan en la blogósfera, ese, definitivamente se llevaba las palmas.
Para su sorpresa, la mole no venía sola. Detrás le seguían otras de distintos tamaños y movimientos. Se movían caprichosamente, unas serpenteaban, arrastrándose por entre las montañas de caracteres, otras, dando saltos o rodando como chamizos. Eran un verdadero ejército. El vigilante pensó que podrían ser una amenaza. Eran muchas, estaban organizadas y parecían tener intención de concentrarse. A partir de esa primera ráfaga, ha concentrado sus esfuerzos en encontrar el origen del extraño fenómeno. Ha revisado exhaustivamente cada entrada y comentario generados desde el inicio de los tiempos, y nada. Muy a su pesar, casi se ha resignado a aceptar que nunca entenderá el poder que esa caterva de fenómenos posee para alterar de tal manera la composición de la blogósfera, pero algo es seguro: cuando termine de escribir este cuento y mi dedo índice oprima la tecla “aceptar” no pasarán ni cuatro segundos antes de que el vigilante rechine los dientes al mirar este cuento avanzar frente a sus ojos, extendiendo sus 461 caracteres como la cola de un pavorreal.

Proyectiva de Facundo Buratovich - Fabián Casas


Facundo Buratovich es un niño de nueve años. Vive en los monoblocks del Barrio Juan el Bueno de Berazategui, junto a sus padres y su hermana mayor.
Por supuesto, ninguno de sus familiares tiene la mínima idea del destino que le espera al joven.
Dentro de unos años, un investigador rosarino descubrirá una vacuna genética contra la vejez. Encima, el virus portador será tan contagioso que en un lapso de diez años, toda la humanidad será inmortal. Habrá unos pocos inmunes, pero se irán muriendo hasta que quede uno solo. Facundo Buratovich tendrá ciento noventa y siete años de edad en ese momento. La ciencia lo habrá ayudado en todo lo posible, pero su cuerpo resistirá indómito la milagrosa vacuna. Sus últimos días los pasará en un geriátrico de Nueva Ituzaingo. Su tataranieto lo visitará durante la mañana. Facundo Buratovich le regalará al joven Poseidón Lee Luna Park, su última posesión personal, un viejo generador de nano-vestido con forma de anillo de sello. Luego, el viejo almorzará solo, degustando un pan auténtico de trigo. La antigua y casi olvidada muerte lo sorprenderá durante su paseo vespertino por el domo, mientras mire por última vez la puesta del sol tras las laderas nevadas del monte Ra Patera, en el cinturón ecuatorial de Marte. Una agencia de noticias emitirá un cable que será leído hasta en el rincón más olvidado de los satélites del sistema solar. La humanidad por fin se habrá quitado de encima su pasado más molesto.
Todo esto sucederá. Está escrito.

Ayer, el joven Facundo Buratovich, de nueve años de edad, volvió de la escuela con el boletín de calificaciones. Se sacó dos aplazos: uno en matemática y otro en geografía. Sus padres lo castigaron por no estudiar lo suficiente y andar callejeando todo el día con sus amiguitos. Le prohibieron la play hasta que no levante las notas. De alguna manera, hay que enmendar a ese mocoso.

Symborg - Daniel Frini


Hoy terminaron, por fin, de escanear mi matriz sináptica.
Los técnicos del Laboratorio de Neurología finalizaron el proceso de mind-uploading, levantaron toda la información contenida en mi cerebro, y dicen que estoy definitivamente virtualizado. Completé la emigración desde mi cuerpo biológico hasta este soporte digital. He sido, además, copiado y guardado como respaldo.
Me he liberado de la cáscara de carne enferma, desgastada por el cáncer, que fue mi prisión y en la que transcurrió mi vida desde que fui engendrado por mis padres.
Soy un programa viviente, puedo moverme por la red, reflexionar, rediseñarme, mejorarme, sumar todas las experiencias e interactuar digitalmente con otros organismos, antes biológicos, y que también han sido escaneados.
Soy conciencia, razón, tigre, lobo, hormiga, lógica, roble, girasol, águila, tiburón, matemáticas, rosal, ética y bacteria.
Puedo moverme en el mundo físico como un patrón de ondas, que gobierna máquinas con las que puedo manejar la materia.
Soy, además, inmortal
Ahora, soy la humanidad y la naturaleza y la vida. Los que quedan atrás sólo son mis antepasados. Cien mil años transcurrieron desde el primer pensamiento conciente.
La evolución no termina en mí. Soy el comienzo.
Yo soy.

Rebelde- Miguel Dorelo


Lenta y sigilosamente se fue situando a espaldas de su odiado enemigo; había llegado el momento de hacerle pagar por todo el sufrimiento que le había infligido. Levantó el brazo dispuesto a hundir el puñal en el desprevenido rival...

—¡Me niego rotundamente! —gritó—. La catadura moral de este acto no concuerda en lo más mínimo con lo que yo soy. Es, a todas vistas, un acto cobarde y sin sentido.
—¡Otra vez! Ya te lo expliqué cien veces, tienes que hacer lo que te indique; ¿Cuándo vas a entenderlo? ¡Eres un personaje! ¡Yo soy tu creador!
—Puede ser, todo es relativo en esta vida y de nada se puede estar seguro. De todos modos, no pienso asesinar a nadie por la espalda. Supongamos que tienes razón, soy tu personaje, podemos discutirlo en otra ocasión, pero ¿te da derechos esto a obligarme a actuar de este modo?
—¡Puedo hacer lo que quiera! ¡Soy Dios! O por lo menos, el tuyo, carajo.
—Entonces debo ser ateo. Ni sueñes que en esta ocasión voy a hacerte caso. Piensa otra escena.
Refunfuñando, comenzó a escribir nuevamente.
…Al rato se dio cuenta que se había extraviado. No reconocía el lugar y además las sombras de la noche empezaban a caer lentamente sobre aquel paisaje desolado.
De repente escuchó un aullido y el resonar de pisadas cada vez más cerca anunciaban su violento final…
—¡La puta que te parió! ¿Te has vuelto loco? ¿O es tu venganza por lo que pasó antes? ¿Me vas a hacer comer por los lobos? No sé cómo, pero te voy a cagar la escena, bastante trillada por cierto. Ya vas a ver, no habrá quién te publique esto, te lo juro.
—Está bien. Confieso que me encegueció la discusión anterior. Olvidemos esta parte. A ver que te parece esto.
La ansiedad se hacía cada vez mayor; deseaba con toda su alma que él llegara para cubrirlo de besos. Jamás había amado a alguien con tal fervor y pensaba entregársele en cuerpo y alma…
—¿A mí?
—Por supuesto, eres el personaje principal del cuento.
—Bien.
—¿Puedo seguir?
—Sigue, sigue.
Esa noche estaba más hermosa que nunca. Su cuerpo perfumado lucía espléndido bajo la tenue luz de las velas. Tendrían casi tres horas para ellos solos, ya que su marido no regresaría…
—¡Inmoral! ¿Una mujer casada? ¡De ninguna manera! ¿Por quién me has tomado? Ni siquiera me presentaré ante esta señora. Si se la puede llamar así.
—Pero, pero… ¡Me vas a volver loco!
—¡No, no y no! A otra cosa.
Jamás hombre alguno había alcanzado tan altas cúspides. Era bello en cuerpo y alma. Y no solo eso: su mente poseía un nivel intelectual supremo; todos lo amaban, lo idolatraban…
—Blasfemia. Lisa y llanamente. Mis creencias religiosas me impiden interpretar ni siquiera en broma este tipo de personaje. Dios hay uno solo y por más ególatra que me consideres, no claudicaré. Olvídate.
Una tras otra fueron rechazadas una decena de argumentos y tramas por diferentes motivos. El
sufrido autor comprendió finalmente que estaba ante el más grande desafío de su carrera; debía encontrar una solución o de lo contrario, simplemente, dedicarse a otra cosa.
La decisión estaba tomada; no resultaría fácil planearlo y mucho menos poder llevarlo a cabo, tendría que ser muy cauteloso para no despertar sospechas.
No comprendía los motivos que habían llevado al anteriormente sumiso protagonista principal de sus relatos a adoptar esta nueva y beligerante posición. Lo que sí le resultaba muy claro era el estancamiento al que lo estaba llevando esta situación.
Lo primero, era distraerlo, llamar su atención de alguna sutil manera y agarrarlo desprevenido; inventar historias complejas, con tramas cada vez más difíciles de discernir, pero sobre todo, relatos que alimentaran su insaciable ego.
Estaba seguro que en algún momento, cegado por su afán de figuración, cometería un error.
—Ese momento, tarde o temprano llegará —se dijo el autor.
Eliminar al rebelde personaje sería de ahora en adelante lo que ocuparía la mayor parte de su tiempo.
—No usar cursivas en mi próxima historia quizás lo distraiga y le haga bajar la guardia —se ilusionó. Con suerte, en poco tiempo más, podría dedicarse de lleno a su gran pasión: escribir con absoluta libertad.
Se sirvió una gran taza de café y encendió un cigarrillo. Tendría que tener paciencia y tomarse todo el tiempo necesario.
Comenzó a teclear.


En un futuro y un lugar muy lejanos, donde los hombres…


Tomado de: http://lacuentoteca.blogspot.com/

Diarrea de esporas- Héctor Ranea-Sergio Gaut vel Hartman





—Ochenta vírgenes en pelota y ninguna con una flor en el ojete —dijo el enorme Blogb’r desilusionado—. Si estuvieran mis primos los Globahr seguro que se molestarían.
Berinchov, el checheno, recuperado de su fase porcina, lo miraba azorado. Toda la nave se había convertido en un ir y venir de clones de Samantha en pelotas y el Blobg’r recitaba un poema de otra parte de la galaxia.
—No es mi costumbre ser educado —comenzó el checheno tratando de dialogar con el inmenso ser venido de vaya uno a saber dónde— pero me hincha el huevo que me queda que un globo de diálogo de una historieta me venga a filosofar en medio de este caos.
Ante el inusual uso de más de diez palabras sin improperios, José Vicente, el skipper, se dio vuelta sorprendido y comentó por sobre el hombro con el Venerable Salemo:
—Parece que en esta versión el checheno vino suavizado. ¿Qué corno le puso al caldo de clonación, Salemo?
—Nada —dijo Salemo riendo por lo bajo, sabiendo que la cerveza agria de Tangeria no era la mejor manera de conservar el ADN—. Nada —repitió—. Serán los muones de beta Ortis, la nova que pasamos hace cien minutos.
El skipper tenía dudas acerca de la falaz afirmación de Salemo. Sabía que había estado ingiriendo notables porciones de cerveza de Tangeria con patatas crudas de Siberia y eso podría haber desmejorado su venerabilidad. Pero también tenía el primer tomo de cuarenta sobre la nueva religión y la forma de cultivar tomates en balcones y descartó la idea de que su Sacerdote Maximus estuviera del tomate.
Mientras tanto, la discusión entre el checheno y el Blogb’r seguía por carriles harto normales para los estándares del checheno. En eso, se escuchó al inmenso ser describir a sus primos, los Globahr, seres un tanto inmundos que tenían un ADN casi humano, salvo por el gen del apetito sexual triplicado. A lo que debía sumarse la desventaja evolutiva de haber crecido menos en estatura y más en sexo y otra más, la peor de todas, que no tenían muchas hembras a disposición, por lo que habían desarrollado el extraordinario olfato que los hizo famosos en varias galaxias aledañas. Podían oler una molécula de progesterona por pársec cúbico y desarrollaban velocidades próximas a las de la luz para lanzarse en su búsqueda.
El problema era que Salemo, en su etílica jornada de clonación religiosa, había creado clones de hembras Globahr, lo que presagiaba una lluvia seminal de esos seres de un momento al otro, o viceversa. El skipper, que estaba al tanto, cuidaba a sus hombres para que no fueran confundidos por los seres archisexuados.
—¡Encima que tengo todas esas vírgenes, los marineros azules y a Berinchev medio en pedo, usted, Salemo, y su puta manía de innovar, me hace hembras Globahr! Diga que es Sumo Sacerdote, si no, lo mandaba a bañarse en hormonas femeninas para que lo ajusticien los peludos esos.
El checheno estaba perdiendo la paciencia con el Blogb’r. Lo estaba mandando dulcemente a la mierda cuando se le escapó un bofetón semántico:
—¡Por qué carajo no desaparece!
El Blogb’r, que era muy obediente a su pesar, perdió aire en medio de un flato gigantesco que estremeció la nave, se hizo diminuto como un garbanzo de Sidón, metió su diminuta probóscide en su microscópico ano, succionó y se desvaneció en sí mismo. La sorpresa fue general. El skipper no podía creer lo que había logrado el checheno, aunque en su infancia había visto submarinos amarillos.
—En verdad, checheno de mierda, el tipo olía a mil demonios, pero era el único en toda la galaxia capaz de frenar a los Globahr. ¡Ahora sí que la cagó en toda la línea!
—No sabía que me iba a obedecer así, de una —se disculpó insólitamente el checheno.
Salemo, quien aún se mantenía en pie pese a la dosis extrafuerte de pannabis con cerveza, dijo
—¡No problem! Me hago un clon con estos pelos que dejó tirados el inmundo ser.
—Apúrese don Salemo —suplicó el skipper.
Salemo se puso a mirar la película donde, en medio de las vírgenes que corrían como tontas y locas, el Blogb’r se expresaba con toda su blogbah’ridad. Esa película, gracias a que tenía olores y sabores, le permitiría sacar una copia fiel, y de ella dependía el viaje a través del agujero de gusano para llegar a Marte antes de la inauguración del prostíbulo ecuménico pastoral.
Pero no todas podían ser buenas. En ese mismo momento irrumpió en la cinta el super héroe paranoide, el mismísimo Carlos Yeti.
—¿De dónde salió ese? —exclamó Salemo arremangándose para salir a pelear.
—Mi ser extranjero —devolvió el checheno encogiéndose de hombros.
—¿Y usted? —Salemo miró al rabino Löw de hito en hito.
—No es kosher; no apruebo.
—Entonces el culpable es usted —dijo Salemo apuntando al skipper. José Vicente apretó los dientes comos si Salemo fuera un infractor de tránsito que trata de no pagar la multa. Pero al cabo de diez segundos se rehizo y respondió.
—Diarrea.
—¿Qué dice?
—Sé que Carlos Yeti fue concebido por una diarrea de esporas escupidas por el Eje Fibrilar del Corazón Cuántico. Y no me pregunte qué es eso porque no lo sé.
—¿No es humano? —Salemo se mordió una uña.
—Es como Súper Man: tiene súper poderes porque su mundo original no es la Tierra.
—Pero si salió en la película —dijo Fernández que a esta altura de la serie merece una segunda oportunidad— es porque está en alguna parte de la nave.
—Y si Carlos Yeti está en alguna parte de la nave —acotó el rabino—, estamos perdidos.
—No contaban con mi astucia —dijo Carlos Yeti saliendo de una tobera.
—No, no contábamos —suspiró el skipper, imaginando lo que seguiría. El skipper, no ustedes ni nosotros. En especial nosotros, que no tenemos la más puta idea de cómo sigue esto. Pero por ahora se suspende.

(Los cuentos anteriores de esta serie pueden leerse en este mismo blog:

Óbito- Oriana Pickman


Era el día de su entierro. El problema es que se sentía más lleno de vida que nunca. Había gozo en su corazón, risa en su alma, amor en sus pupilas. Su familia y sus amigos habían decidido que era hora de decirle adiós. Las flores primorosas, el cajón oval, la música sutil, el café y los cigarrillos. Y él, paseando por todas las habitaciones, tratando de convencerles que era un error, mírenme, carajo, por estas venas corre sangre todavía. No había caso. Era como si no existiera.
Lo limpiaron, lo vistieron con el mejor de sus trajes, el de matrimonio, lo peinaron y le engominaron el bigote de gallardo coronel. Y él reclamando, que no, que nunca había llevado el cabello para la derecha, que nadie me conoce en esta familia, esos lentes son para leer, esos zapatos siempre me causaron calambres. Daba lo mismo. Lo colocaron en el cajón como a un delicioso recién nacido.
Llegaron los dolientes, las lloronas. Se tomaron el café y se fumaron los cigarrillos. A él, ni una mirada. Él, en su cajón, soltaba su diatriba.
Lo enterraron a las cinco de la tarde, sin lluvias, sin grandes ceremonias, vivo.

Ceguera- Olga A. de Linares


Del tipo emanaba negrura, rota solo por estrías de un rojo sanguinolento, que delataban o anunciaban al criminal.

Extrañada, descubrió que solo podía percibir eso, como si estuviera ciega para el mañana.
Inquieta se preguntó si podría darle al cliente una lectura tan temible y, a la vez, tan incompleta. Y, sobre todo, si era prudente realizarla.
Pero callar implicaba perder esos pocos pesos que, por cierto, ni en el mejor de los días alcanzaban para nada.
Además, el de hoy había sido francamente malo.
Porque ya nadie creía en adivinas, en milagros, en premoniciones.
Ni siquiera los adolescentes, que pasaban por su tienda igual que por el Tren Fantasma o la Montaña Rusa, y que no tomaban en serio ni sus propias vidas.
Arrancándola de sus pensamientos, él extendió la mano exigente.
La adivina decidió mentir, inventarle otro destino.
Pero él ya había decidido el suyo.
Y en el preciso momento en que el puñal se enterró en su cuerpo, ella supo por qué, esa vez, no había podido ver el futuro.


Tomado de: http://olgalinares.blogspot.com/

El solipsista - Fredric Brown


Walter B. Jehovah, por cuyo nombre no pido excusas puesto que realmente fue su nombre, ha sido un solipsista toda la vida. Un solipsista, en el caso de que no conozcas la palabra, es alguien que cree que él es la única cosa que existe realmente, que el resto de la gente y el universo en general existe sólo en su imaginación, y que si él dejara de imaginarlos su existencia acabaría.
Un día Walter B. Jehovah comenzó a practicar el solipsismo. En una semana su mujer se escapó con otro hombre, perdió su trabajo como agente marítimo y se rompió la pierna en la persecución de un gato negro tratando de evitar que se cruzara en su camino.
Decidió, en la cama del hospital, acabar con todo.
Mirando a través de su ventana, hacia las estrellas, deseó que no existieran, y no estuvieron allí nunca más. Entonces él deseó que no existiera ninguna otra persona, y el hospital comenzó a estar demasiado tranquilo incluso para un hospital. Lo siguiente, el mundo, y se encontró suspendido en un vacío. Se libró de su cuerpo, y dio el paso final para tratar de acabar con su propia existencia.
No ocurrió nada.
Extraño, pensó. ¿Puede haber un límite para el solipsismo?
«Sí», dijo una voz.
«¿Quién eres?», preguntó Walter B. Jehovah.
«Soy el único que creó el universo que acabas de aniquilar. Y ahora tú has tomado mi lugar». Hubo un enorme suspiro. «Puedo, finalmente, acabar con mi existencia, encontrar olvido, y dejarte tomar posesión».
«Pero, ¿cómo puedo dejar de existir? Eso es lo que estoy intentando hacer».
«Sí, lo sé», dijo la voz. «Debes hacerlo del mismo modo que yo lo hice. Crea un universo. Espera hasta que alguien en él crea realmente lo que tú creíste y trate de dejar de existir. Entonces te puedes retirar y dejarle tomar posesión. Adiós.»
Y la voz se fue.
Walter B. Jehovah estaba sólo en el vacío, y era la única cosa que podía hacer.
Creó el cielo y la tierra.
Tardó siete días.

Lo podrido - Sergio Gaut vel Hartman


Corría por las calles de aquella ciudad deprimente; unas calles lúgubres, cubiertas de moho y verdín. Y a pesar de que parecía una alucinación, no pude evitar estremecerme, porque todo eso era real, más real que cualquier sueño. Los traficantes de peste bubónica, por ejemplo, insaciables, me habían obligado a fabricar nuevas cepas mutadas, o de viruela o de gripe canina, les daba lo mismo, o ya no lo recuerdo. Esa incertidumbre era lo que me impulsaba a ir en busca de la mujer que podía sacarme de ahí; pero encontrarla fue decepcionante, porque su estado era calamitoso, peor aún que el de la ciudad. Había perdido todo el cabello y los dientes, la piel se le derretía como cera fundida y los pesados párpados de hojalata que le cubrían los ojos estaban oxidados por culpa del humo fumado a lo largo del tiempo. Busqué el origen de un sonido solitario que reptaba y descubrí cuerpos entrelazados, demasiados brazos y pocas piernas, volando por el aire entre gemidos, fundiéndose con sábanas de seda que brillaban como negativos de viejas fotografías. Las fotos, para más datos, colgaban de alambres tendidos de un lado a otro de la calle, sin más motivos que los que proporciona la costumbre. Pero todo el paisaje no tardó en licuarse ante mi mirada atónita, giró sobre si mismo, enroscándose, y la energía que contenía se rasgó a mi alrededor, silbando en voz baja, bronca, un balbuceo que se volvió esponjoso, traslúcido; luego se transformó en barro y se dispersó... Por eso, aquel espejo fue providencial. No me miré, claro, hubiera sido un acto demente, pero de todos modos supe que yo también tenía el rostro hueco, cubierto de manchas violáceas, como si hubiera estado mucho tiempo pudriéndome en un pantano y me hubieran sacado unos minutos a la luz para burlarse de mi desgracia. Fue entonces que renuncié a comprender, me hice un ovillo y traté de organizar alguna pesadilla salvadora; nada podía ser peor. Pero no pasó nada, y seguí despierto.

Casa de la colina - Nedda González Núñez


La casa de la colina parece frágil para soportar los embates de este viento; sin embargo es muy antigua. Está de cara al mar, rodeada por hierbas ondulantes que se atreven a llegar hasta el borde mismo de los acantilados. Detrás, un horizonte liso y curvo; nada más.
Este lugar no tiene nombre. En mi soledad, un temor indefinido se agita deliciosamente bajo la manta con que me cubro hasta la cabeza, mientras me acurruco en un sillón destartalado. Ahora no hay nada más importante que su textura, y el calor que me mantiene viva.
Cierro los ojos con fuerza. En mi ceguera voluntaria, presiento la última luz del atardecer.
Las sombras que llegan arrastrándose sobre el suelo irán transformándose en dedos oscuros que trepan por las paredes, para luego deshacerse y desaparecer, ya que son fugitivas por naturaleza.
En la habitación, un espejo vacío refleja el infinito. En su centro, sólo está la casa de la colina, que tanto temo y tanto deseo.

Cómo pasar camellos por ojos de agujas - Daniel Frini


No es fácil y tiene sus trampas. Y lleva tiempo. Pero se puede hacer. En primer lugar, consígase una aguja de aquellas que usaban nuestras abuelas para coser colchones, de ojo grande, para no renegar tanto. Tome un camello, de tamaño mediano a chico; mátelo y proceda a trozarlo, prolijamente, en lonjas de un ancho no superior al alto del ojo de la aguja y en un espesor no mayor que el ancho de dicho ojo. Cuando mayor longitud tengan las lonjas obtenidas, mejor. A continuación deberá dejar de lado su asco, en el caso de no atraerle la carne cruda o la sangre de camello, pues deberá tomar, una a una, las lonjas obtenidas, sostenerla por un extremo entre sus dedos pulgar e índice, mojarla levemente entre sus labios; con los mismos dedos, pero de la otra mano, deberá hacer un movimiento entre circular y cónico para aguzar el extremo del trozo de carne, luego enhebrarlo en el ojo de la aguja en cuestión y pasarlo por él, con mucho cuidado. Repetirá esta operación con cada una de las partes en que haya dividido al camello. Con algunas, como los pelos, le será más fácil. Con otras, los huesos son un ejemplo, tendrá mayores inconvenientes. Por supuesto, puede ayudarse de anteojos o una lupa. No se desanime. Trate, sí, de apurarse porque esta operación le tomará varios días y quizá hasta años y el animal se irá pudriendo; haciendo, quizá, más repugnante la operación de mojar el extremo de cada parte entre sus labios.
Existe un truco para la sangre y fluidos derramados, consistente en construir un pequeño embudo que insertará en el ojo de la aguja. Con una esponja absorberá estos fluidos del piso o la mesa de trabajo; y la escurrirá en el embudo mencionado.
De esta manera, con paciencia, usted alcanzará el Reino de los Cielos.
El verdadero milagro no es este, si no armar el camello de nuevo, una vez que pasó por el ojo de la aguja. Y no me venga con ADN y clonación. Después le cuento cómo se hace. Esa es otra historia

Conversaciones a la luz de la esquizofrenia - Héctor Ranea, Miguel Ángel Dorelo & Carmen Carrillo


—¿Esos árboles son olmos? —preguntó el viejo ya tirado en el piso.
—Son perales —contestó una voz bien mexicana de mujer, destilando especias de Monterrey.
—¿Cuáles árboles, don? ¿Los de acá o los de su cuento? —contestó el hombre de pie—. Por si acaso le contesto las dos cosas: los de acá, no sé, pero los de su cuento, lo ignoro. Espero que mi ayuda le haya servido de algo. Y si no, le hace caso a la voz mexicana y son perales. Aunque a lo mejor sólo lo son en México, así que usted decide.
—El de la ilustración del cuento es un ficus —comentó el viejo a punto de hundirse en la arena—. Está tratando de engullir un edificio. Típico de los ficus. Los otros no son perales, así que no le pidan cabezas olmecas...
—¡Y yo que creía que los árboles eran vegetarianos! Si los Ficus comen edificios y si éstos contienen personas en su interior ¿son omnívoros? —comentó el hombre de pie.
—Son pacientes —dijo la voz mexicana desde una penumbra insólita para la hora de la noche—. El que está por engullir mi palacio, por ejemplo, es ornitófago. Por cierto que lo sé pues veo gorriones que anidan una mañana y al atardecer sólo caen algunas plumas y eso en otoño, porque las demás estaciones no más se ven las plumas que le surgen al árbol desde dentro.
—Si lo encuentran a Simón sobre su columna, lo degluten en menos de 300 años —contestó el viejo—. Tragarse un santo los convierte, efectivamente, en omnívoros. Le digo que se han descubierto tumbas con los leones y osos que se tragaban a los cristianos. Están intactos, listos para ser usados de nuevo, ni bien entiendan qué los hace estornudar. Otro ejemplo de omnivoracidad.
Dijo eso el viejo y las arenas lo tragaron. Pero como si nada estuviera ocurriendo, y por esa manía típica de las mujeres de quedarse con la última palabra, la voz mexicana en las sombras, no sin un dejo de locura, dijo: —Por cierto, con esas plumitas me hago de tanto en tanto una bufanda.
En ese momento el caballero de pie creyó ver que la voz venía de una calavera con sombrero de seda y grandes ojos vacíos.

De madera - Sergio Gaut vel Hartman


Las dulces y amorosas princesas, todas ellas embarazadas, caminaban como podían por el bosque. Aurora, Blancanieves y Cenicienta iban en busca de la cabaña en la que, si eran correctos los datos proporcionados por el guardabosque, jugosamente gratificado, hallarían al Príncipe Azul consumando su felonía. Para Blancanieves, más que para las otras dos, el bosque evocaba sucesos dolorosos, pero todas estaban decididas a terminar con el infame, al precio que fuera. Por fin, cuando ya caía la noche, encontraron la cabaña y, tras recuperar el resuello, golpearon a la puerta.
Casi de inmediato, como si las hubieran estado esperando, se oyó el ruido de movimientos precipitados y confusos. Alguien se estaba escondiendo. Pero las mujeres no se intimidaron por eso. Sabían que las cabañas de los bosques de los cuentos sólo tienen una puerta. Toc toc, insistieron.
—Sabemos que estás allí —dijo Blancanieves con voz resuelta—. Deja de esconderte y da la cara, rufián.
—No seas cobarde —se animó Aurora—. De todos modos has sido descubierto.
Del interior de la cabaña llegaron de nuevo los signos de una actividad alocada y difusa, como si alguien arrastrara muebles de un lado a otro.
—¿Abres la puerta o la echamos abajo? —dijo Cenicienta, quien después de haberlas pasado brutas con la madrastra y las hermanastras no se iba a dejar intimidar por un Príncipe más o menos Azul.
—Abro —dijo una voz rugosa y agitada desde adentro—, ya les abro. —Los pasos revelaron que alguien se acercaba a la puerta y el movimiento del picaporte demostró que el que había hablado no mentía. La puerta se abrió y en el vano pudo verse a un Príncipe Azul un tanto fuera de norma, en camisa y con los botones de las calzas mal prendidos. Poco o nada tenía que ver con el joven elegante que se las había ingeniado para seducirlas. Detrás, la modesta cabaña —sin lugar a dudas indigna de un Príncipe Azul— lucía desordenada y sucia.
—¡Pillo, miserable! —se descargó Blancanieves, sin darle al Príncipe la oportunidad de armar una defensa.
—¡Vil gusano, canalla despreciable, sapo repugnante! —reforzó Cenicienta, duplicando la munición, por si hiciera falta.
— Truhán, basura despreciable, infeliz —triplicó Aurora, más que nada por no quedarse atrás.
—¡Mis amadas esposas! —balbuceó el Príncipe Azul.
—¿Entonces, lo admites? —croó Blancanieves, en la cúspide de su indignación.
—¿No esgrimirás ni siquiera una excusa, una mentira? —lloriqueó Aurora, que había empezado a sentir contracciones.
—¿Quién es ella? —soltó Cenicienta, roja como un tomate.
—¿Admitir, excusas, mentiras, ella? —dijo el Príncipe, que nunca se había distinguido por sus dotes oratorias y a quien lo que mejor le salía era repetir las palabras de su interlocutor.
—Si no vas a mentir —dijo Blancanieves con su tono más severo— di de inmediato qué significa esta triple vida, por qué nos engañaste aprovechando nuestra inocencia de doncellas y quién es la dama que has escondido con tanto alboroto.
—Puedo explicarles todo —barbotó el Príncipe tratando de aplacar a las mujeres con algo de humor, pero al ver aquellos ceños adustos extendió los brazos y dijo—: lo que me ocurrió con ustedes...
—Dilo de una vez, hombre —dijo Cenicienta—, ¿o no ves que esta está a punto de romper bolsa?
—¿A punto de qué? —El Príncipe Azul se rascó la cabeza.
—Déjalo ahora —dijo Aurora—. Quiero saberlo antes de empezar a parir.
—Bien, ya que lo pedís con tanta insistencia... —El Príncipe se llevó los dedos a los labios y silbó como un vulgar carrero.
Los movimientos del interior de la cabaña se resolvieron en crujidos y chasquidos. Una figura de gran porte a la que no era posible imaginar como una doncella, se acercó hasta la puerta.
—Lo nuestro es amor verdadero, cabezas de pájaro —dijo Pinocchio mostrando todo el esplendor de su cuerpo de madera. Avanzó hacia las mujeres y empujando al Príncipe Azul sin miramientos miró a Blancanieves, Aurora y Cenicienta con desprecio, arrogante y aparatoso como siempre—. Ustedes son incapaces de entender lo que sentimos.

Crónica de lunes y martes - Giselle Aronson


—Tengo que escribir un cuento erótico —digo mientras me lavo los dientes a las siete y veinte de la mañana del lunes, hora precisa para recordar todas las obligaciones del día. Imposible inspirarse en esas condiciones cuando pasé la noche sin otra compañía que una bolsa de agua caliente sobre el pecho para aliviar esta tos de principios de invierno—. Solo tengo que recordar sus manos —insisto, buscando convencimiento en alguna imagen que me sirva. Pero no hay nada de erótico en la planilla de Excell que me desafía, inescrupulosa, desde la pantalla, siendo ya las tres de la tarde—. Esperaré a la noche, es una buena hora para despertar pasiones.
A las diez llama Él por teléfono. Contesto ilusionada, destripando cada palabra, buscando en su lenguaje algún sentido oculto que me encienda, pero no, su crónica de lunes rutinario no favorece mi morbo literario. Lo perdono: el comienzo de semana no es su culpa. A medianoche me voy a dormir y aunque me esfuerzo, mi desmayo llega mucho antes de que me asalte cualquier pensamiento lujurioso.
El martes despierto preocupada: si no consigo escribir tres líneas de sensualidad, al menos, tendré que recurrir a herramientas más explícitas. Paso nerviosa todo el día; no ayuda ir por la vida indagando el trasfondo sexual de cada cosa.
Salgo de almorzar y en la calle suena mi celular. Es Julio, el dueño de la cochera donde guardo el auto.
—¿Eras vos caminado por Estrada con un gorro de lana? —me dice.
—Sí, ¿por?
—Te llego a agarrar un día en la cochera con ese gorro puesto y te parto como un queso roquefort, estás avisada.
Las sutilezas de Julio tampoco contribuyen.
Llega la noche del martes. Mientras cierro la bolsa de la basura reconozco que mi deseo porque Él venga esta noche se camufla en mi necesidad de musa literaria. Afortunadamente confirma su presencia en mi casa para las nueve.
Cenamos panchos, es fin de mes.
Se acuesta mientras termino de ducharme, ilusionada. Limpia y desnuda me meto en la cama. No es necesario agudizar la audición para escuchar sus ronquidos, que si bien son leves, refutan su obstinada afirmación que él no ronca, no. El no ronca, pero yo escucho.
Entonces miro su boca, mi desnudez y sus manos. Y quiero.
Ahora es él quien escucha.
—Gordo, tengo que escribir un cuento erótico.

Diálogo de tigres - Lilian Elphick



Al que camina las madrugadas en busca de su sombra.

En el bosque de los desprotegidos, dos tigres se encuentran y, como si el agua les bebiera las palabras, se miran. En los ojos de uno se reflejan los del otro. Cuatro soles en la oscuridad, y una distancia enorme que los separa. Ellos lo saben. Conocen los espejismos, los inextricables paisajes de la nada en donde pueden saltar en la agilidad del viento.
Pequeños gruñidos quiebran el silencio. El acto de reconocerse entra por sus narices y sale por las alas del pájaro sin nombre.
El acercamiento es cauteloso: hay demasiadas historias en cada una de sus rayas y un territorio que defender.
Pero se encuentran, y los dos están tan cerca que sus orejas se crispan con los latidos y el ensanche de las venas que permite que la sangre corra ferozmente, sin detenerse ni un segundo, abriéndose a la respiración y al acecho.
Tengo hambre —dice uno.
Yo también —responde el otro.
Se matan en un combate limpio y digno del más solitario de los recuerdos.

Tomado de: http://lilielphick.blogspot.com/

Correo electrónico impreso en la puerta de mi baño – Francisco Costantini



Escribía la autobiografía de mi amigo Santiago Fernández Subiela —qué nombre para una vida— cuando sonó el timbre. A pesar de mi refunfuño, abrí la puerta de la heladera y me dirigí hasta el baño. Allí me esperaba el cartero con un correo electrónico impreso que había llegado a mi nombre. Era extraño, pues nunca nadie me redactaba la más mísera línea. Aparte, tres años atrás internet había desaparecido y nadie se había molestado en buscarla. De todos modos me encogí de hombros y tomé el papel. Ya daba media vuelta cuando el cartero me histó. “Firmemé”, dijo. Tomé la lapicera que sostenía en su mano y sobre su frente —no hallé lugar más propicio para la empresa— estampé el más hermoso “me” de mi vida. Él quedó muy agradecido. Luego metió los pies en la taza del inodoro, apretó el botón, y se marchó. Yo, antes de regresar a la heladera, leí el mensaje. “Tu existencia es una f cción”, decía. Noté que faltaba una vocal —tal vez un error de la impresora—, sin la cual me resultaba arduo comprender el significado de la frase. Pronto descarté mamarrachos como “facción” o “ficción”; tales palabras no existen. Que mi vida sea una fección es algo con lo que no estoy muy de acuerdo. Una focción es mucho decir. Opté, ergo, por que mi existencia es una linda fucción. Después de todo, ¿a quién no le gustan las fucciones? En fin, contento por lo que un anónimo me había hecho conocer de mi propia existencia —aún queda en el mundo gente tan altruista—, volví a la impostergable escritura de aquella autobiografía también impostergable.

Máscaras - Olga A. de Linares



¡Carnaval, carnaval!
Al grito todos nos colocamos las máscaras, nadie ha de ver la propia, como siempre sucede.
Esta vez, es fácil adivinar el rostro ajeno tras los antifaces, tras los simulacros. Reímos, captando de inmediato el ridículo que no nos pertenece, ilusionados con la idea de que en el reparto el azar nos deparó una suerte más digna. Pero el azar no tiene esas delicadezas y es muy probable que la nuestra sea la más grotesca.
Alguien pide auxilio, la máscara la asfixia, impávida en su muerta blancura. Antes de que logre su cometido la arrancamos, dejando el rostro desnudo que, de inmediato, reclama el cobijo de otra.
Algunas se resisten a favorecer ocultamientos, pero al cabo resulta inevitable hallar la que mejor se ajusta a cada uno.
Llega la hora de las palabras. Cada quien las caza como a oscuras liebres en un bosque aún más oscuro y se enmascara, revelándolas. Curvas y líneas se suceden, diciendo, no diciendo, mostrando, no mostrando. Punto final. Es el momento de descubrirse. No es posible partir con ellas, no hay negativa que valga.
Lo intento. Imposible. La máscara se funde a mi rostro, ya olvidado, lo reemplaza. Deberé ir por el mundo con esta faz que ignoro y evitar todo espejo que señale su falsedad -o acaso su verdad-, ambas igualmente irremediables.

Tomado de: http://olgalinares.blogspot.com/

El cuerno sanador - Laurie Anderson


Cuando estuve en Los Ángeles fui a varios servicios religiosos ofrecidos por una organización llamada la Iglesia Universalista Mundial. Los servicios se realizaban en un enorme auditorio, que antes había sido un salón de exposición de autos usados. La cabeza de esta organización era un hombre llamado el Dr. J., egiptólogo, predicador y artista de grabación. En la parte trasera de la iglesia vendía cassettes que había producido en su estudio casero. Los cassettes tenían títulos como "Los OVNIs y las Criaturas que Los Conducen". Su asistente era una mujercita llamada Miss Velma, una soprano que también era la encargada de administrar el Óleo de la Juventud en el Cuerno Sanador. El Cuerno Sanador era realmente un cuerno de orígenes no identificados todo recamado en joyas. Cuando tocabas el cuerno sentías una rejuvenecedora ola de energía, de unos cincuenta voltios, siempre y cuando estuvieses de pie sobre la plancha metálica empotrada en el altar.
El evento más espectacular del año en la Iglesia Universalista Mundial era el servicio de navidad. Había una gigantesca pantalla pintada con una escena del pesebre. Un montón de animales estaban pintados en la pantalla, con huecos en el lugar donde deberían estar sus cabezas; y detrás de cada hueco había un micrófono. Durante el servicio Miss Velma se colocaba detrás de la pantalla y sacaba su cabeza por esos huecos, usando una voz diferente para cada animal. "Hola. Yo soy la vaca y lo vi todo". "Hola. Yo soy la tórtola. La amorosa tórtola. Y también estuve allí y lo vi todo".
Entonces el servicio pasaba abruptamente al Dr. J., quien anunciaba: "Primero Miss Velma va a atravesar un globo con una flecha. Luego ella ejecutará una danza india. Y finalmente interpretará para ustedes una canción en el melofón". Sin más explicación, Miss Velma salía de atrás de la pantalla. Primero ella atravesaba un globo con una flecha. Luego ella ejecutaba una danza india. Y finalmente interpretaba una canción en el melofón.
Y esto era en cierto modo fascinante. Primero él te dice lo que va a pasar y luego efectivamente pasa, exactamente como él había dicho. Era como una profecía que se cumplía.

Ilustración de Laurie Anderson, traducción de Saurio

Estas reglas - Laurie Anderson


No sé cómo serán tus sueños, pero en los míos los temas son bastante básicos.
Vos sabés, de repente George y Barbara Bush aparecen. Después te estás cayendo por un acantilado. Ese tipo de cosas.
Y mi rol es siempre una especie de extra naif que entra y sale de las subtramas.
Una noche, durante un sueño, miré hacia abajo y me vi a mí misma bien en el fondo en un escritorio, escribiendo el sueño y desarrollando esos argumentos complicados para que esta soñadora medio estúpida los interprete a tropezones.
Y esta era como la relación entre un director y un actor, pero también era parecido a lo que le pasa a todo el mundo en el mundo de la vigilia cuando se inventan una personalidad creíble y más o menos consistente y después se las ingenian para vivirla.
Y es sólo cuando hacés algo realmente fuera del personaje - saltar impulsivamente en una fuente mientras vas a trabajar o que te agarre un ataque repentino de ladridos mientras estás esperando el colectivo - cuando te comenzás a preguntar:
¿Al fin y al cabo, quién escribió esto?
¿Quién escribió estas reglas?

Te voy a decir quién escribió estas reglas.
Mrs. Tjell.
¿Quién es Mrs. Tjell?
Ella era nuestra maestra de segundo grado. Y ella nos contaba esas historias sin fin, en las que cada oración planteaba una escena completamente diferente de la anterior. Eran más o menos así:
Una hermosa mañana el conejo gris se despertó. Mr. Edwards estaba por irse a la granja. Pero las gallinas y los conejos iban a salir de viaje. Y entonces la pequeña Barbara gritó: ¡Oh, no!
Me recuerdo mirando a los otros chicos para ver si estaban siguiendo el hilo de esto y la cosa extraña es que, aparentemente, lo hacían.

Ilustración de Laurie Anderson, traducción de Saurio.

Documentos falsos - Laurie Anderson


Fui a ver a una quiromante y lo más extraño de su lectura fue que todo lo que me decía estaba totalmente equivocado. Decía que me encantaban los aviones, que yo había nacido en Seattle, que el nombre de mi madre era Hillary. Pero parecía tan segura de esta información que empecé a sentir como que había estado toda mi vida con estos documentos falsos tatuados en mis manos. Había mucho ruido en el salón y los miembros de su familia entraban y salían todo el tiempo. Hablaban un lenguaje agudo y chasqueante que sonaba muy parecido al árabe. En el piso estaban desperdigados libros y revistas en árabe. De repente se me ocurrió que tal vez lo que había era un problema de traducción ― que tal vez ella estaba leyendo mi mano de derecha a izquierda en lugar de derecha a izquierda.
Pensando en espejos, le di mi otra mano. Entonces ella extendió su otra mano y así estuvimos sentadas por varios minutos en lo que yo supuse que era una especie de ritual participatorio. Finalmente me di cuenta de que había extendido su mano porque estaba esperando dinero.

Traducción de Saurio

Mach 20 - Laurie Anderson



Damas y caballeros, lo que están observando aquí son ejemplos magnificados o facsímiles del esperma humano.
Generación tras generación de estas pequeñas criaturas se ha sacrificado en su persistente, muchas veces fútil, intento de transportar el código genético masculino básico. Pero, ¿de dónde viene esa información? No tienen ojos. Ni orejas.
Sin embargo algunos de ellos ya saben que serán calvos.
Otros saben que tendrán dientes pequeños y torcidos.
Más de la mitad de ellos van a terminar siendo mujeres.

Cuatrocientos millones de criaturas vivientes, todas sabiendo con precisión la misma cosa ― copias carbónicas de cada uno de ellos en una carrera kamikaze contra reloj.
Algunos de ustedes se sorprenderán al saber que si un espermatozoide tuviera el tamaño de un salmón nadaría su viaje de siete pulgadas a 500 millas por hora.
Si el espermatozoide tuviera el tamaño de un cachalote, sin embargo, viajaría a 15.000 millas por hora, o a Mach 20. Ahora imagínense, si lo desean, cuatrocientos millones de cachalotes que parten de la costa pacífica de Norteamérica nadando a 15.000 mph y llegando a las aguas costeras de Japón en 45 minutos.
¿Cómo serían recibidos?
¿Se darían cuenta de que ellos traen información, un mensaje?
¿Habría lugar para tantos millones?
¿Sabrían que fueron enviados con un propósito?

Traducción de Saurio

Herencia - Mónica Sánchez Escuer


Herencia - Mónica Sánchez Escuer
Esa noche, tu reloj de pulsera se detuvo justo en el momento en que entraste a la vecindad. Antes de dármelo, lo miraste: 7:15 p.m. Sabías que a esas horas el hombre, tu hombre, al que nunca quise llamar padre, estaría ya borracho. Y sí, lo estaba. Desde el patio se escuchaban los gemidos. Al subir, lo vimos golpear la puerta con los puños, como si en la madera estuviera estampada la imagen del zurdo ése que le tumbó de un trancazo los dientes y su título de peso gallo. Tú te quedaste en la escalera para mirarlo trastabillar, sonrojarse, maldecirte. Sonreías: quizá pensabas que terminaría demasiado cansado para echársete encima. Yo, con mis seis años, parada detrás de ti, no entendía tu pequeña venganza.
El hombre seguía gritando mientras, a sus espaldas, jugabas con las llaves. Sabías que él no venía por ti, sólo por su asquerosa dentadura con incrustaciones de brillantes y oro que desgranaba a cambio de los tragos. Mucho tiempo después entendí por qué dejabas el vaso con sus falsos colmillos muy cerca de la ventana y te divertía verlo arañar el vidrio, implorándote. Pero esa noche, él rompió el cristal de un puñetazo y con torpes movimientos trató de recuperar su orgullo bucal. Lo único que obtuvo fueron vidrios incrustados en el brazo.
Tú lo viste caer, manchar con su sangre el desgastado “bienvenidos” del tapete. Lo oíste gemir y, sin mirarlo más, brincaste su cuerpo y entraste a la casa. Yo me quedé quieta, mirando cómo sacabas la dentadura del vaso y metías algo de ropa en una bolsa.
Nos mudamos lejos. Otras casas, otros pueblos, otros hombres no borraron la memoria de los golpes. ¿Cómo podía olvidar si a donde quiera que íbamos llevabas entre tu ropa los malditos dientes? Yo sabía que no valían mucho —ni siquiera creo que alcancen para pagar tu entierro— pero tú te empeñabas en guardarlos: Son tu herencia, me decías.
Ahora que leo el improvisado testamento que me dejaste en una hoja de libreta, junto a la dentadura, al fin comprendo que te fueron útiles: “No los vendas, enséñalos a todos tus hombres y nunca nadie te hará daño”.
Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/
Ilustración: Nubes, Héctor Ranea

Fábula frugal - Héctor Ranea


—Algo tenemos que hacer, nosotras, las manzanas de variedades importantes —dijo la Granny Smith, visiblemente enojada.
—¿A qué se refiere? —le contestó con aire distraído la Cox’s Orange Pippin, imbuida en su historia—. Creo no seguirla.
—¡Siempre tan distraído! —le espetó la verde manzana ya enojada.
—Perdóneme, pero usted divaga seriamente.
—Le digo que algo tenemos que hacer. Es inconcebible que sigan esas King David como si nada. Está bien que tienen esas vetas que tanto les gustan a algunos humanos, que tengan un sabor extraño que produce cierto embeleso. Precisamente por eso, debería hacerse algo.
—Confieso que no la sigo —y esta vez terció la Renetta del Trentino, que solía estar de acuerdo con la verde, pero esta vez se le cruzó.
—¡Pero tengo que explicárselo todo! ¡No entienden nada! —bufó sin tapujos la Granny.
—En realidad, no comprendo a qué quiere llegar —le dijo, desde lejos, porque le temía un poco, la Braeburn, que bebía su ración hidropónica al lado de la Fuji, ya estudiando con calma oriental lo dicho por la Granny Smith.
—Claro, entre ustedes seguramente hay varias bicolores. No pueden entender lo que decimos las puras.
—¿Puras? Entre ustedes también hay con varios colores —gritó la Red Delicious sin enojarse, pero decidida a no dejarse avasallar.
—No me chicanee Doña “manzana sin origen conocido” —dijo con desprecio la Granny, convertida en una bestial enemiga. Y siguió—: Ustedes, las manchadas, las bicolores, las de sangre pinta, no entienden. Nosotras estamos en la búsqueda del talismán que usó la Gran Manzana para superar el periodo del cajón en la que fue sacrificada para que todas tengamos un destino de mesas distinguidas: La famosa manzana de las Hespérides que recuperó Hércules, que después desapareció de la historia sin dejar rastros, con su savia y su mágica pureza perdida para siempre.
—Disculpe —dijo la Renetta con algo de ironía—. ¿Con qué la han regado últimamente? Me gustaría que me dieran un poco de esa ración.
Todas las otras manzanas rieron. La Granny Smith se sulfuró sin ambages, y dijo:
—¡Cuando terminemos con las King David, ya van a ver ustedes, colaboracionistas de esa manzana inferior!
La Cox, que había intentado seguir las noticias en los diarios en que estaban a medio envolver, le dijo con total desparpajo: —Usted está hablando de olvidarnos de una manzana tan especial, sabrosa, rica en aromas extraños. ¿Se da cuenta a qué está llevando a sus seguidoras?
—¿Seguidoras —interrumpió la verde—. Usted me dice que tengo seguidoras? —dijo con sorna—. Se confunde, y muy mal —manzana inglesa tenía que ser— porque yo misma soy seguidora. En realidad, somos millones que nos reunimos a tomar jugo de manzanas inferiores a vivar a nuestra líder.
Todas las otras manzanas se alarmaron. Se podía decir que chacoteaban pero, en realidad, estaban alarmadas.
—¡Sí, alármense! ¡Sobre todo Usted! —gritó señalando a la Gloster 69—. ¡Viciosa! Ya veremos en qué la convertimos. ¡Manzanas degeneradas!
La aludida, indiferente, quedó en silencio. Acudieron a defenderla la Janet, la Golden, la Gala (con una bandana pintada con un cuadro de Dalí con ella como Leda).
—Cálmese, doña Smith —le dijeron las más conciliadoras—. ¿A dónde nos llevarían estos aires de superioridad varietal? No empecemos aventuras violentas, por favor.
—¿Ustedes llaman a mis gritos violencia? ¡Pues no saben lo que les espera, entonces! ¡Están al borde del abismo y nosotras vamos a empujarlas! ¡A las King David las borraremos de la faz de la Tierra y todas ustedes irán al mismo gástrico para hacer sidra!
La Stark Jongrimes, una de las más jóvenes, se interpuso tratando de rodar con cierto control por entre las demás. Al estar frente a frente, dijo, con calma pero sin superficialidad pacifista:
—¿Dónde es que se reúnen, señora Granny Smith? Acaba de decir que son millones. ¿Dónde se reúnen?
—¿Me está tratando de sonsacar información, jovenzuela barata?
—Por el contrario, abuela, quiero asistir con usted a esas maravillosas reuniones.
La manzana casi madura de golpe del violento brote de orgullo y le dijo dónde se reunían las manzanas.
La Stark se fue en silencio. Al ser de las más jóvenes poseía cierta agilidad que le permitió acercarse al escritorio del controlador de la fábrica de sidra y escribió con su jugo el lugar de reunión de las manzanas fanáticas. A la mañana siguiente, las apisonadoras irían allí para tener sidra de Granny Smith que, sin ser la mejor, tenía buena salida en el mercado. De paso, las manzanas preservarían su dignidad.


Ilustración: Nubes, Héctor Ranea

¿Qué tiene que ver la felicidad con todo esto? - Guillermo Vidal


¿Qué tiene que ver la felicidad con todo esto? - Guillermo Vidal
Detrás de la casa llovía, en el frente brillaba el sol. En el dormitorio de la planta alta desde la ventana se veía caer nieve y una cadena montañosa. Desde la habitación de los chicos, en el altillo, se veía una selva espesa y húmeda. Lo que se había obviado era la entrada principal. Estos organismos no necesitan calles, un recurso demasiado costoso. Sólo había unas pocas diseñadas para paseos. Las salidas y entradas se materializaban en los portales de recepción habilitados. Nada fuera de lo común en una casa familiar virtual.
Fueron generados por el mismo equipo con una simulación de ADN riguroso; la vida familiar estaba compilada. Había pautas de ahorro: por ejemplo, ninguna discusión podía durar más de cuarenta y cinco minutos. La operación random alteraba las rutinas para no fatigar la función creativa que necesitaba variaciones periódicas. La cantidad de opciones los acercaban a una libertad humana y con capacidad de observar el conjunto y tomar decisiones adecuadas al momento y la necesidad, teniendo en cuenta al grupo.
El nivel de estructuras psíquicas estaba muy avanzado y en proporciones exactas; podía decir con orgullo que era fruto de su trabajo. Hasta le parecía que tenían mejores programas que ellos, los diseñadores. Acostumbraba ir a visitarlos a través de un avatar una vez por mes.
Se quedó a cenar, les hizo preguntas, presentó teorías y les planteó problemas. Como siempre fueron muy gentiles, aunque ahora caía en la cuenta que las respuestas habían sido más escuetas que en ocasiones anteriores.
Al final de la velada, los chicos se levantaron con algún pretexto y quedó con la pareja mientras tomaban café y unas deliciosas masitas que ella había horneado para la ocasión. Hal fue al punto apenas se había servido y estaba con la boca llena.
—Te queremos pedir que por un tiempo no vengas. No te ofendas. Todavía podemos mantenernos en contacto por mail.
—¿Pero qué sucedió?
—Sucede —continuo ella la frase— que los chicos están grandes y no se sienten bien con tantas preguntas. Los tratas, nos tratas a todos como experimentos, Jonás.
—Esperábamos que pudieras participar de la familia en un vínculo más humano —interrumpió él tratando de suavizar el enojo de ella—. Eres distante y no es grato contarte nuestras cosas sin compartir las tuyas. Nos sentimos medidos y evaluados.
Sys no aguantó y volvió a tomar la palabra: —Sé que puede ser doloroso, Jonás. Hace tres años que vienes a nuestra casa y agradecemos tu ayuda, pero no somos tus mascotas. Tal vez tu vida esté más vacía de lo que deseas aceptar. No somos un pretexto para llenarla. ¿Qué les pasa a ustedes allá afuera que no pueden establecer un vínculo sano?
—Querida —dijo él con delicadeza tomándole la mano, ella respiró para dejarlo seguir—. Tienes que trabajar eso y cuando estés mejor lo charlamos. ¿Te parece?
Antes de darme cuenta, estaba desconectado.

Ilustración: Nubes, Héctor Ranea

En el matadero de Buenos Aires, hace cien años - Carlos Barbarito


En el matadero de Buenos Aires, hace cien años - Carlos Barbarito
Cada tres o cuatro días, en tranvía, en tren o a pie llegaban desde el centro. Andaban por el mismo camino por el que entraban las vacas, por el barro y la suciedad, hasta los corrales. Allí, padres e hijos de las familias más adineradas, esperaban que los matarifes concluyesen sus tareas y, entonces, entre ruegos y súplicas, estiraban sus brazos para alcanzarles una copa, de madera o cristal. Cada copa era llenada, si del otro lado había alguien piadoso, con la sangre de las bestias. De esa sangre bebían tísicos y tuberculosos en la creencia de que en ella estaba la curación. Otros, enfermos de reuma, ponían sus piernas o brazos doloridos dentro del vientre abierto y caliente de los animales recién sacrificados. Luego se marchaban por donde habían venido, por el lodo y la mugre, hacia sus mansiones levantadas en anchas calles empedradas. Los paisanos llamaban los extranjeros a ese repetido y angustiado cortejo.

Ilustración: Nubes, Héctor Ranea

Servicio - Miguel Dorelo


Servicio - Miguel Dorelo
Lo bueno de mi trabajo está, sobre todo, en la satisfacción de saber que estoy colaborando con designios más allá del entendimiento de la mayoría de los mortales. Seguramente no se comprenderán los motivos, pero sé que si he sido designado para realizar esta tarea por algo será, y no soy quién para negarme. No es difícil y creo ser la persona adecuada.
—Antes de que cumplan un año —fueron las instrucciones recibidas.
Las voces me explicaron que luego de pasado ese tiempo ya no era posible eliminarlos; el íncubo sería reemplazado automáticamente y todo el esfuerzo sería en vano.
Quizás piensen que soy demasiado ansioso, pero empecé lo antes que pude a cumplir con el mandato. El primero me costó, no soy tan necio como para negarlo. Sus engañosas apariencias no colaboran en nada con mi tarea. Luego, todo fue más sencillo y fue fluyendo casi naturalmente.
Por suerte son muy frágiles, solo tengo que apretar: mis manos rodean el pequeño cuello y mis pulgares se hunden lentamente hasta notar que todo atisbo de vida ha abandonado el cuerpecito tan tibio hasta hace solo unos segundos. En ese instante, el placer del deber cumplido invade mi cuerpo y mi alma con un gozo jamás antes sentido.
Quizás para algunos suene cruel o les resulte horroroso el pequeño inconveniente que de algún modo atentan contra el perfecto cumplimiento de mi servicio, pero ya vendrá el tiempo en que pueda diferenciarlos mejor y no tenga necesidad de eliminar a ningún inocente.
—¡Que hermoso niño, señora! ¿Cuántos meses tiene?

Tomado de: http://lacuentoteca.blogspot.com/
Ilustración: Nubes, Héctor Ranea

Una experiencia satánica - Martin Gardella


El demonio se apoderó de mí sin invitación ni aviso previo. Entró a mi cuerpo dándome un beso corto pero profundo, que me irritó la garganta y adormeció mi cuello por dentro y por fuera. Obstruyó mi esófago con sus manos y bajó hecho fuego hasta mi pecho, anestesiando mis pulmones para dejarlos reducidos al mínimo movimiento necesario para respirar.
—Un buen vaso de tequila mata todo —me dijo un experto y acercó la bandeja plateada que contenía una botella a medio tomar, un limón cortado en forma de triángulo y un platito cubierto con sal fina.
El convidador hizo un gesto cortés para invitarme a iniciar el exorcismo y seguí su consejo sin recordar que el alcohol extiende el fuego. El diablo absorbió el trago con la boca abierta, gozoso de recibir aquel complejo vitamínico ideal para su poderío. Mi cabeza latía enérgicamente como si el cerebro dilatado estuviera pujando para abandonar su espacio a través de mi roja mirada. Sudé mares, sufrí escalofríos y, atacado por las náuseas, intenté expulsarlo asomando mi confundida cabeza sobre el inodoro, pero el ocupante resistía el desalojo.
Ávido por escapar de esa pesadilla, arrastré mis pies dormidos por el camino de regreso hasta la habitación del hotel en la península de Yucatán donde me hospedaba. A la mañana siguiente, ya recompuesto, garabateé el primer borrador de esta historia, para nunca olvidar los terribles efectos colaterales que puede sufrir mi organismo si vuelvo a tener la pésima idea de degustar aquel diabólico picante mejicano.

El prisionero del sueño - Guillermo Fernando Rossini


No supo como llegó a quedar atrapado en el sueño recurrente de la mujer, pero ahí estaba, esperando, con el coche en marcha, a que se abriera la puerta del caserón y ella viniera corriendo, con un bolso en cada mano y la cara marcada, y se subiera como una tromba y le implorara que arrancase lo más rápido posible, que si el marido los veía los mataba a los dos. Y él hundía el pie en el acelerador, sin saber adónde ir, ni quien era esa mujer, Ella hablaba y lloraba, mientras doblaban en una esquina y un cartel decía: "Amanecer 20 Km." y la esquina se convertía en ruta y la ruta en noche y la noche en cama y ella que despierta y el marido está con el cinturón - otra vez- en la mano mirándola con una furia alcohólica que inexorablemente mutará en placer para él y dolor, demasiado dolor, para ella, que va a volver a soñar esa noche que un desconocido la viene a rescatar de esa vida de mierda pero nunca la rescata del todo y ya implora que ese coche en el que huye, que va tan rápido, choque de una puta vez y se termine todo y ahora sí el hombre parece comprender mientras suelta el volante y se tapa la cara y ella también se tapa la cara porque el cinturón vuelve a caer una y otra vez y no tiene fuerzas para decir basta y el choque es inevitable y el tipo piensa ahora sí me salgo de este sueño de mierda y cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir está en una sala de hospital, lleno de tubos y enfermeras que lo miran y lo tocan y le dicen que tuvo suerte porque la mujer que iba con él en el auto se había matado y él piensa que ahora ella no va a poder soñar y por fin va a poder volver a vivir normalmente, sin estar preso en los sueños de alguien que lo había elegido para algo que ahora no podía recordar con exactitud.

Vida de perros - Julio Miranda


Somos pobres. Nunca hemos podido tener un perro. ¡Y nos gustan tanto! Por eso decidimos turnarnos: cada uno haría de perro un día entero.
Al principio nos dio un poco de vergüenza, sobre todo a mis padres. Lo imitaban muy mal. Algún ladrido y mucho olfatear. Yo era el que más gozaba, orinando donde quería.
Pero se convirtió en una fiesta. Esperábamos que nos tocara, nerviosos. La noche antes ya se nos escapaba algún grrrr, algún guau. Mamá no se ocupaba de la casa. Papá no iba al trabajo. Yo me salvaba de la escuela. Y ellos se divertían más que yo, saltándose las reglas, mordiéndose y lamiéndose y rascándose y montándose encima y revolcándose, aunque a los dos no les tocara ser perro. Les decía que era trampa. Me mandaban al cuarto.
La casa está hecha un asco. A papá lo botaron. Yo tengo que ir a clases todas las mañanas y luego las tareas. «Otro día haces de perro», me dicen, «otro día», riéndose.
No es justo.

Publicado en: El guardián del museo. Caracas: Monte Ávila, 1992
Tomado de: http://ficcionminima.blogspot.com/

La esquina - Sergio Patiño Migoya


Temprano en la mañana, un hombre camina por la calle. Va pensando en lo que le gusta pasear a esas horas en que la ciudad todavía duerme y se prepara para la batalla diaria. Sus meditaciones se diluyen ante la vistosa realidad de una mujer escultural que camina hacia él. Sorpresivamente, ella se detiene y le da dos besos. Con el segundo, los carnosos labios se acercan a su oído y le susurran: “Cuidado con la esquina”. Luego, continúa su marcha. El hombre no sabe reaccionar, se queda allí quieto, acunado en el vaivén de aquellas caderas que se alejan. Al final piensa que es una loca, preciosa pero loca, y sigue caminando. Unos segundos después, un ejecutivo apresurado le golpea dolorosamente una pierna con el maletín al adelantarlo. Un amago de imprecación se le aborta en la lengua porque ya el trajeado ha doblado la esquina de la manzana. La esquina... Apenas la asociación mental empieza a estructurarse en su cerebro cuando escucha un alarido. Un maletín —el maletín— sale volando por la esquina y se despanzurra contra el asfalto enseñando sus tripas de documentos y emparedado de jamón y queso. El hombre se queda frío. En un primer momento, piensa en ir al socorro de aquella persona pero recuerda la advertencia de la chica y le entra el miedo. Duda. Lo sobresalta entonces una ráfaga de disparos y se pega a la pared. Del otro lado de la esquina le llega el sonido de chirridos de neumáticos, gritos, más disparos. El edificio entero tiembla cuando se produce una gran explosión y un resplandor de lenguas de fuego aparece hasta lamer el sándwich del maletín. Justo después, nada. El silencio absoluto. Tanto, que el hombre puede escuchar sus propios latidos. Ninguna masa despavorida surge huyendo, no se oyen sirenas ni helicópteros. Nada. Tras unos minutos, reúne el coraje suficiente para asomar la nariz por la esquina. Lo primero que ve es un perro escarbando en un cubo de basura al otro lado de la calle. Pasa por ella un coche. Luego otro. Se decide a doblar completamente la esquina y lo que se encuentra es una normalidad total. Transeúntes y coches, el quiosquero abriendo su puesto, la dependienta barriendo la entrada de la mercería. No da crédito. De locos, piensa, locos como la mujer hermosa. Vuelve sobre sus pasos, dobla la esquina y se detiene. Alguien se ha llevado el maletín. Otra vez dobla la esquina y mira. Todo normal. Una sonrisilla nerviosa aflora en su boca. Decide regresar a la seguridad de su casa —allí donde lo normal no es raro—, serenarse y buscar una explicación. Yendo, se cruza con una señora mayor que pasea una bola blanca peluda del tipo perro. No sabiendo muy bien por qué, le da dos besos y le dice que tenga cuidado con la esquina. De repente se siente feliz, con una satisfacción parecida a cuando ayudas a cruzar un paso de peatones a un ciego. Sigue su camino, se va silbando, las manos en los bolsillos, loco de normalidad.

Tomado de: http://breventosybrevesias.blogspot.com/

Carta de despedida, ocho años después - Alvaro Ruiz de Mendarozqueta


Te escribo para poner distancia, para poder reflexionar lo que digo y, la más triste de las razones, para evitar la despedida cara a cara. Qué paradoja la de poner distancia, ya hay más de cuatro años luz entre nosotros, y más de ocho años de tiempo; para mí es como escribir esta carta cuatro días después de haberme ido de tu casa, cuando di ese portazo y dije las cosas más espantosas y las más sublimes. En cierto modo, es también mi propia despedida, de mis cosas, mi gato, mis libros y mi música; de vos.
Te dije que no volvería y en tu cara, a la sombra de la ironía, brillaba la duda, estabas segura de que me verías rendido a tus pies. Claro, lo hice tantas veces que no podías creerme. A esta altura de tu vida, mientras estás leyendo esto, pensarás que estoy loco, que amarte y abandonarte es insano, sería la prueba de que no te amo, pero no es así, te amo como el primer día aún haciendo esto.
Cuando subí a la nave sabía que era irreversible. Aún volviendo y suponiendo que pudiera encontrarte, que aún me amaras, igual sería definitivo. El viaje dura ocho años, más ocho de regreso, serían dieciséis años de tu vida y días en la mía. ¿Cómo podríamos amarnos?
Me late el recuerdo vivo de la última noche, cuando mis dedos, que jugaban a hacer un muñeco que caminaba por tu cuerpo, trepaban a tus promontorios y vos reías divertida, curiosa y excitada. Esa cabalgada tuya sobre mí, con tu cabello suelto y mojado y tus uñas clavándose en mi pecho, aún me sacude el vientre. ¿Te acordás de todo el amor que me diste? Porque a mí me duelen los recuerdos de tan recientes, de tan calientes, de tan húmedos como esa lengua que recorría.
Te escribo pensando que estarás analizando estas líneas como siempre has hecho con todo lo que he escrito. Te escribo para que lo hagas, para que analices cada letra y cada línea para que me pienses y me desees. Ya soy distinto a vos y a todos los demás, porque nos separa una barrera inabordable de espacio y de tiempo.
Te cuento cosas más mundanas. Viajé en la primera misión a la estación Manuel Belgrano en Alfa Centauri —el gobierno le alquiló una parcela a Panamá—, vi el aviso y me anoté. Hace cuatro días que despertamos del viaje. Todavía me duele todo el cuerpo y siento un gusto metálico en la boca. La cápsula criogénica es incómoda. Todo pasó rápido, apenas unos recuerdos borrosos de sueños como en un sueño liviano, una siesta de minutos, pero ahí vos, presente.
Te escribo para decirte lo que nunca te dije, que aquella noche de Año Nuevo, la que pasamos en el hotel, la del baile y los festejos como en una película, la que parecía cursi y ridícula, la de los revolcones en el piso, la de la locura del champaña, la de la violencia contenida en el sexo, la de someterte cual animal desatando lo atávico; esa noche, la que hace que te escriba, fue única para mí, irrepetible. Y ahora pienso que como no la podré repetir jamás, es más mía que nunca. Creo que ese animal desbocado, el que te penetró a los gritos, sacudiendo tu grupa con espasmos, esa bestia soy yo. Y vos, jadeando en posición animal, mirando sin ver, respirando por la boca, vos entendiste y quizás supiste que fue definitivo.
Te escribo para preguntarte lo obvio, después de tanto tiempo, de simular ser un hombre moderno y tolerante no puedo dejar de revelar a mis celos. ¿Qué hiciste estos años que fueron días?
¿Qué hombre te acompañó? No puedo evitarlo, por más que el razonamiento me dice que debo entender; odio a todos los que te han tocado. Me ciega pensar que alguien pudo estar cerca de hacerte sentir algo como lo de aquella noche. Que alguien haya escuchado un bramido como ese que proferiste desnuda en el balcón del hotel. Me corroe solo pensar que le hayas llevado el desayuno a la cama a otro. Seguro que ahora pensás que lo merezco pero no puedo evitar sentirlo así. Son sensaciones simultáneas que reviven a medida que avanzo con la carta.
Te escribo para decirte que no sé porqué lo hice. Te escribo para entender. Que por más fuerza que ponga me doy cuenta que hice una locura. La confirmación de que no puedo volver otra vez a caer rendido a tus pies, a humillarme llorando y mojando tus dedos cuidados, a implorarte que me perdones; esa certeza me duele cruel y permanente.
Si lograse volver, si pudiese aducir algo, esta misma insania que no hace falta exagerar, si pudiese subir en el viaje de regreso, necesitaría unos ocho años más, quizás menos según dicen los tripulantes, aunque no entiendo cómo funciona. Serían dieciséis años después pero volvería. Tenías razón al sonreír irónica sobre mi despedida, ahora quiero volver a tus pies de los que nunca debería haber salido. No me importan los años que tenés ahora, te amo igual. Estarás idéntica, como si no hubiesen pasado y además, desde mi juventud congelada, puedo volver a darte aquello que ahora, con tanta vida en tu vida, quizás disfrutes más, así, tal cual lo leés, machismo del peor.
Te escribo y sin embargo te daré la carta en mano porque el envío hubiese durado lo mismo que mi viaje.
Te escribo para decirte que conseguí volver, es largo de contar pero lo logré, nadie quiere a alguien alterado en las cercanías por lo que no fue tan difícil. Mañana sale el viaje de vuelta y casi todos se quedan en la colonia. Escribo las últimas líneas mientras preparan el ingreso a la cápsula de viaje. Cierran la tapa y se escucha el siseo del frío atroz.
Me imagino golpeando a tu puerta y escuchando tu voz, después de dieciséis años, que pregunta “¿quién es?”.

Idunn - Lilian Elphick


Fui a ver a las Nornas. Urd y Skuld tejían y destejían; Verdandi tenía la rueca mala, y los destinos de algunos hombres se enredaban en las ramas de Yggdrasil. Al otro lado del río, un animal bellísimo me miraba. Le ofrecí una de mis manzanas. Tuve que nadar de espaldas, con la fruta al medio de mis pechos. No podía mojarse. Las hilanderas gritaban que me devolviera. Casi al llegar a la orilla, el animal se acercó a mí y devoró el pomo carnoso y fragante. Serás joven para siempre, le dije acariciando su hocico. Él gimió de alegría, y hundió lentamente sus colmillos en mi cuello. Se ahogó de inmediato con los vapores venenosos de las uñas de los muertos que yo guardaba debajo de la lengua, a modo de precaución.
Trepadas arriba de Yggdrasil, las Nornas soñaban con aguas rojas y batallas eternas. Salí en silencio. No quise despertarlas. Mis dedos estaban traslúcidos.

Tomado de: http://lilielphick.blogspot.com/

No somos nada, nada... - Nanim Rekacz


—¿Recordás cuando mirábamos las estrellas?
—Sí, y nos creíamos parte del universo, piezas fundamentales, imprescindibles para el movimiento del cosmos. Todo había sido puesto ahí para y por nosotros, las estrellas para que las viéramos, las nombráramos, nos hicieran soñar...
—Éramos ingenuos.
—Somos.
Seguimos flotando en ese mar cuyo horizonte no se podía percibir, rodeados de espumas y oleajes intermitentes, de presuntos tiburones, de ignotos fantasmas de marineros de barcos hundidos.
—¿No tenés un salvavidas extra?
El chiste, por repetido, dejó de ser divertido esta vez. No, no tengo salvavidas, no tengo patas de rana, ni alas de ángel, ni bengalas, ni botellas en las que encerrar mensajes de auxilio y dejarlas ir. Sólo poseo este entumecimiento de las articulaciones, esta existencia invisible de mis piernas, diluyéndose en el agua salada, el frío húmedo entrando por las fosas nasales.
—A mí me preguntaron antes de subir al barco si sabía nadar y dije que sí. Mentí.
Todo pensamiento pierde consistencia, los recuerdos se mezclan con los planes, el ahora es una vastedad acuosa, una promesa de eterno presente. Las estrellas son vacíos, lejanas, quizás ya ilusorias, sólo luz voladora cuyo origen desapareció. Somos apenas dos bultos redondos flotando en el azul.
Hay una idea que me taladra a nuca, persistente, toc toc toc, y me hace doler. Temo pronunciarla, se me enreda en la saliva, hincha mi lengua y entreabre mis labios inflamados. No quiero decirla, cuando el sonido salga será real.
—Las estrellas van a seguir brillando cuando dejemos de verlas.
No me miró, hizo como que no me escuchaba, no contestó. Creo que prefería pretender que seguía siendo ingenuo. No pude reprochárselo.

Tomado de: http://nanimr.blogspot.com/

Celebrating Saint Paddy`s - Lisandro Varela


A San Paddy’s van las oficinistas putas.
La opening line se me ocurre en el sillón del living de Nick La Bestia. Decido mover el traste e ir a San Paddy’s solo para poder usarla.
Voy a usarla haya o no oficinistas putas.
En Viamonte Y San Martín se me confunde el centro y camino media cuadra al revés. Soy del interior.
Para doblar por Paraguay hasta Reconquista hay que pasar un retén policial blando.
Un agente me mira las manos.
-Hola, le digo de distraído y sin pensarlo.
-Hola, responde.

En la esquina de Reconquista hay otros policías dándole indicaciones a unos que están de civil. Parecen pibes chorros mejor vestidos. De uno, más viejo y con cara de asfalto, nadie sospecharía que es cana.
Los de civil empiezan a mezclarse entre la gente. Elijo a uno y lo sigo cincuenta metros. Placer paranoide al cuadrado, el de él y el mío. Placer para tocar de lejos. Dejo de seguirlo.
Miro chicas. Muchas en grupo, muchas en grupo sólo de chicas, algunas ya escabio.
Yo lo siento, pero acá vinieron las oficinistas putas.
También hay extranjeras. Nunca se sabe si una extranjera es puta.
También hay chicas de barrio. Putísimas todas.
También hay chicas mojigatas. Dos.
Tipos hay de todo. Trajeados a 400 pesos que no usan corbata como Clooney. Trajeados a dos lucas que no usan corbata como Clooney. Chicos Legacy. Chicos Gran Lebowsky. Chicos que merodean como hienas disimuladas, viendo cual esta suficientemente borracha.

Me encuentro con una compañerita de la facultad que me gustaba. Le brilla la cara de linda. Esta con un novio un poco gris.
Camino. Hay gente ensimismada que hace la cola para comprar cerveza en los bares que hoy atienden adentro y para llevar.
Hay una fila de media cuadra para comprar en el restaurant El Salmón. El chop de kilo cuesta veinte pesos.
A veinte metros unos motoqueros que paran siempre en Reconquista se dan el fernetazo. Usan una botella grande de coca cortada por la mitad.
Camino de idea y vuelta. Hay mucha gente cada vez mas borracha.
Ya no sé si las oficinistas son putas. Las chicas ríen como idiotas por su lado, los chicos ídem por el suyo.
Todos están más borrachos y todo empeora.
Me voy. Cruzo a Retiro por el Sheraton, en infracción. De casualidad no me pisa el 23, Soldati Retiro, Riestra, Tribunales.

Tomado de: http://vidadocampo.com/

El extraño caso del ahorcado John Horwood - Daniel Frini


Por aquellos días, yo trabajaba en el Consulado, en 27 Three Kings Yards, y solía instalarme todas las mañanas a eso de las nueve, en el Gordon Ramsay del Claridge’s Hotel—a pocos pasos, sobre Davies Street— a leer, tranquilo, el diario de mi país del día de ayer, que recorría sus buenos doce mil kilómetros para llegar a mis manos; mientras saboreaba un café canelado; que allí preparan como los dioses. En una nota al pie de la sección de noticias generales hacían referencia a John Horwood; y fue la primera vez que tuve contacto con su nombre. Solo se decía que había sido ajusticiado en Bristol a principios del siglo XIX. Aún no sé porqué asociación de ideas el nombre quedó dando vueltas en mi cabeza.
Pasaron dos o tres meses y fue Alice, mi novia escocesa de entonces, que trabajaba en el Foreing Office; quien en vísperas de un viaje suyo a Cardiff mencionó, al descuido, que debía pasar por Bristol, “la tierra donde mataron a Horwood”. Le conté de mi lectura en el Gordon, pero ella no pudo agregar mucho más a lo poco que yo sabía. 
En el año siguiente el nombre de John me llegó dos o tres veces más, de manera totalmente casual; y apenas pude saber que se lo había acusado de un crimen pasional.
Finalmente, cierto día, una investigación de rutina encargada por el cónsul me llevó a la biblioteca del Imperial College, en el campus de South Kensigton. En un catálogo de publicaciones antiguas de medicina encontré una referencia al “Cutis Vera Johannis Horwood”; y agregaban que ese libro se encontraba en la Oficina de Registros de Bristol. Estimulado por tanta insistencia fortuita; programé con Alice un viaje en mi próximo franco, un día de entresemana.
Llegamos al viejo edificio de paredes de ladrillo gris de la Record Office, casi a las tres de la tarde de un día frío de finales de otoño. Nos anunciamos en recepción y unos minutos después estábamos oyendo la historia completa, de labios del encargado del archivo.A los dieciséis años, John Horwood sentía un amor enfermizo por Eliza Balsum, a quien el muchacho le era totalmente indiferente. John llegó a abandonar su trabajo para pasar el mayor tiempo posible cerca de su amada; gastó sus últimos ahorros y hasta robó dinero con qué comprar las mejores ropas para visitarla. Obsesivo y cegado por ese amor no correspondido, amenazó a Eliza con quemar su casa paterna, y la tarde del día de navidad de mil ochocientos veinte, la siguió a un bosque cercano en donde la atacó con vitriolo; y aunque apenas le dañó la ropa, los familiares de ella intentaron vengarse. El logró escapar, según refieren testigos, mientras amenazaba de muerte a Eliza y juraba triturar sus huesos y hacerlos cenizas.
Un día, a fines de enero de mil ochocientos veintiuno, la siguió hasta cerca del arroyo que se encuentra en los terrenos de la que era, por entonces, la finca de los Balsum. Tomó una piedra de gran tamaño y se la arrojó en la cabeza. A causa de este golpe, Eliza murió el diecisiete de febrero. John Horwood fue enjuiciado y sentenciado a morir en la horca, en la New Gaol Prision, en Cumberland Road.
La sentencia se cumplió a primera hora de la mañana del viernes trece de abril de mil ochocientos veintiuno, tres días después de que John cumpliera dieciocho años,en un patíbulo levantado sobre el arco de la puerta de entrada de la cárcel, ante una multitud y según la vieja usanza, una cuerda corta para que el condenado muera más lentamente por estrangulamiento, en lugar de una larga para que el deceso se produzca por rotura del cuello. 
El cadáver fue entregado al cirujano Richard Smith, de la Royal Infirmary, para usarlo en una de sus clases de disección. El esqueleto acabó en un museo de criminales ejecutados y (aquí es donde la historia toma un cariz macabro) la piel del ajusticiado fue entregada a un talabartero; quien la curtió y la llevó a un librero que la usó para encuadernar un extenso libro escrito por el cirujano Smith, en el que se relata la historia de John. 
Ese es el libro que se guarda en la caja fuerte de la Bristol’s City Record Office. Pudimos verlo en su caja de vidrio. Tiene bordes dorados y cuatro calaveras con tibias cruzadas, en relieve negro, una en cada esquina. Y en su frente puede leerse el título, en letras también doradas, Cutis Vera Johannis Horwood: La piel de John Horwood.
El paso de los años lo ha hecho demasiado frágil para que se lo ponga a disposición del público y solo puede ser consultado en microfilms. En su interior se guarda la factura del encuadernador, quien cobró diez libras por su trabajo. Se detalla, también, el costo de la piel del condenado por la que se pagó apenas algo más de una libra. 
Cuando salimos a Smeaton Road, ya estaba oscuro. Las luces de la ciudad se reflejaban, distantes, en el río Avon. 
A unos cincuenta pasos de nosotros, y en nuestro camino, vimos a alguien parado, como dirigiendo la vista hacia el edificio de la Oficina. La noche naciente no nos permitía distinguir detalles, y no le prestamos mucha atención. Sin embargo, cuando estábamos a unos pocos metros, Alice se detuvo de golpe. La miré y en sus ojos vi asombro, primero, y pánico después. A nuestro frente teníamos a un hombre joven que parecía no sentir el frío, muy quieto. Una oleada de espanto me subió desde la espalda a la nuca cuando contemplé, tétrica, una cabeza sin cuero cabelludo, sin párpados, sanguinolenta y con unos dientes, que se adivinaban grises y sin labios que los cubriesen. Señalando con una mano lúgubre a la puerta cerrada por la que habíamos salido hacía instantes, nos dijo en un inglés con acento singular
 —Mi piel está allí adentro

El precursor de Cervantes - Marco Denevi


Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas.

Álvaro - Gilda Manso


Perdí el control otra vez. El control remoto, quiero decir. En realidad no lo perdí, debe estar en medio de todo esto, abajo de un almohadón o entre la ropa que tengo sobre la cama; voy a tener que ponerme a acomodar las cosas si quiero encontrarlo.

Aunque tampoco me interesa tanto.
La última vez que ordené mi casa fue cuando vino Álvaro a tomar una cerveza. Le dije que viniera una noche, siempre está solo. En cambio mi casa siempre está llena de amigos. Esa vez me puse a ordenar porque yo sé que Álvaro es medio maniático, y tampoco era cuestión de hacerle pasar un mal momento. Es mi casa, pero él era mi invitado. Y yo quería que se sintiera cómodo. Además siempre se portó bien conmigo. Por ejemplo, ese domingo que vinieron mis viejos. Yo me había olvidado que venían a almorzar. Cuando me desperté, casi al mediodía, no tenía nada preparado y mi heladera estaba vacía. Y yo no quería aguantar a mi vieja con su cara de ves que no podés vivir sola. Le toqué el timbre a Álvaro (vive acá al lado, en el 3ºA) y le pedí ayuda. Me moría de vergüenza, pero no sabía qué hacer. Álvaro buscó en sus estantes, agarró unas cuantas cosas y vino a casa. En un rato me preparó una ensalada rusa y unas pechugas de pollo con una salsa que no sé cómo la hizo. Quise besarlo. Bueno, eso de que quise besarlo es una forma de decir, no quise besarlo. O sí, no sé. Cuando se iba, se cruzó con mis viejos. Mi mamá lo miró de arriba a abajo, yo no sabía dónde meterme. Después me preguntó que quién era. Un vecino, le dije. No quise decirle un vecino que a lo mejor me gusta. Porque Álvaro es la clase de hombre que le cae bien a mi mamá, y eso me da bronca. No quiero que mi mamá esté de acuerdo conmigo.
Voy a ver si Álvaro me presta su control.

Un final trágico e inevitable - Miguel Dorelo


—Recuéstese, póngase cómodo y cuénteme, mi amigo.
Con su barba planificadamente descuidada, sus gafas redondeadas y el gesto distante, profesional, mezclado con el aire paternalista adecuado, el psicólogo trataba de que su paciente tomara confianza.
Acomodándose lo mejor posible, recostarse nunca le había resultado cómodo, trató de adoptar una posición medianamente digna.
—Lo escucho —alentó el facultativo.
–Es que no sé bien por donde empezar, doctor.
—Bueno, el principio suele ser lo más adecuado; pero usted decide, déjese llevar.
—Lo extraño —dijo ignorando la sugerencia y arrancando por el final.
—Naturalmente. Fueron muchos años juntos. Siga.
—Muchos, es cierto. A veces pienso que lo mejor es irme junto a él, allí donde quiera que esté. Ya no aguanto más esta angustia.
—Cálmese. Él ya no está en este mundo y usted deberá aprender a convivir con ello. La muerte es muchas veces una salida fácil.
—Pero, es tan grande mi dolor al saber que soy el único culpable de lo sucedido. ¡Si tan solo lo hubiese pensado un poco!
—La culpa es siempre un escollo difícil de superar, pero tenga en cuenta las circunstancias del hecho; estaban destinados a un final trágico no exento de violencia. Los dos siempre fueron a la vez victimas y victimarios. Usted no las pasó del todo bien en esta relación. Y algún día todo termina por resolverse. Para bien o para mal.
—Pero, ahora que ya no está conmigo, creo que en realidad lo amaba.
—Es muy probable. Pero deje las conclusiones en mis manos, que para eso soy el profesional. Además el homosexualismo en individuos como ustedes suele ser algo natural y totalmente libre de pecado. No piense más en ello.
—Ya ni recuerdo desde cuando, pero creo que siempre soné con alcanzarlo, tenerlo entre mis brazos y fundirnos en uno solo.
— ¡Sea positivo, amigo! ¡Piense que al fin lo ha conseguido! Él es ahora parte suyo, estará en su interior para siempre en cierto modo, formando la ansiada unidad tantas veces buscada.
—No sé, no sé, doctor. Quizás viéndolo de esa manera…
—Hágame caso. En toda relación amor-odio uno de los componentes de la pareja termina por devorar al otro; siempre hay un ganador y por consecuencia lógica un perdedor. Esto no hace indigna la relación ni menoscaba a ninguno de los protagonistas. El amor es simplemente así, y así seguirá siéndolo hasta el final de los tiempos.
—Casi me está convenciendo, pero también está lo otro, la presión de la gente.
—Es lógico que así sea. Ustedes dos formaban una pareja, diríamos, mediática, con todo lo que conlleva en materia de exposición. Eran muy populares además. Y ya se sabe, el público cree que tiene derecho a opinar sobre todo aquello que se les ofrece sin importarle demasiado los sentimientos de los involucrados. Suele ser muy cruel la masa.
—Muchos me apoyan, no crea. Pero otros me juzgan sin tener en cuenta los atenuantes y no perdonan mi acto final.
–Haga oídos sordos. Lo que tenía que ser fue.
—¡Pero tienen razón los que no me perdonan! ¡Yo lo maté! ¡Y además, me lo comí, doctor! ¿Entiende? ¡Me lo comí! — gritó entre sollozos, rotos ya todos los diques de la desesperación y la congoja.
—Por supuesto. Es parte de su naturaleza. Su vida ha girado en torno de este sino; y también la de él.
—Pero, pero….
—Píenselo de esta forma: han llegado al final de un viaje, quizás no el mejor final, pero uno de los probables. Algún día la historia tenía que terminar. Ya no daba para más. Era o él o usted. Alguien que está muy por encima de ambos, el Creador, así lo decidió y no hay marcha atrás. Resignación es la palabra que deberá incorporar de ahora en más a su vida. Lo hecho, hecho está.
—Gracias, doctor. Estas últimas palabras han llevado un poco de alivio a mi corazón aún triste.
—Me alegro por ello. A propósito: ha pasado la hora y tengo que dar por terminada la sesión.
—Bien. ¿Cuánto le debo?
—Lo de siempre, doscientos dólares.
—La semana pasada me cobró cien.
—Se olvida que en la anterior consulta usted aún no había alcanzado al Correcaminos y no lo había convertido en su almuerzo, señor Coyote.
—Disculpe, doctor. Una vez más, tiene usted toda la razón del mundo.


Tomado de: http://lacuentoteca.blogspot.com/

96 Lunas - Javier López


Me llamo Uhk y vivo con mi familia en una cueva. No se extrañen, soy un niño paleolítico, y esta es nuestra manera de vivir. A veces un poco arriesgada, como cuando por las noches regresamos a casa y encontramos alguna fiera que ha elegido nuestro hogar para guarecerse. Entonces nuestros padres nos hacen salir y apartarnos de la entrada. Ellos, con sus antorchas, consiguen echar al animal, y cuando todo está tranquilo, podemos entrar a dormir. Pero el olor que queda después suele ser insoportable. A esto siempre me costó trabajo acostumbrarme.

Hoy he cumplido 96 lunas. Al menos, mis padres dicen que se sucedieron 96 lunas llenas desde el día de mi nacimiento. Por ese motivo papá me regaló unos crayones. Los ha hecho él mismo, con una especie de arcilla que él recoge y que es de color rojo muy intenso. Esta noche, a la luz de las antorchas, probaré mis crayones en las paredes de la cueva, y aunque no sé bien qué dibujar, estoy pensando en mi padre y sus compañeros de caza el día que, a lo lejos, vi cómo lanzaban flechas a unos bisontes.

Os lo cuento sabiendo que, posiblemente, a nadie importará nunca lo que dibuje un niño que acaba de cumplir 96 lunas.

Puertas y sombras – Héctor Ranea





Para Nanim y Sergio

Al despertar me di cuenta de estar en el vacío. En el vacío en el que no se puede respirar. Por eso me di cuenta. No podía respirar. Escribía en frases cortas. Para guardar el aliento que me dejó el sueño. Casi nada se podía ver en el vacío. Excepto una ventana. No podía caminar en el vacío. Pero la ventana y yo nos acercamos. Desde chico que sé eso. Las ventanas y yo nos acercamos. No sé bien por qué. Esta ventana estaba poblada de gente conocida. Pero no la podía abrir. Tenía poco aliento y la ventana se trababa en cuanto parecía que iba a ceder. Ahí estaban los cuadros de Caravaggio, las caras de unas tías antiguas, estaba una foto de mi abuela flotando sobre mi hombro.

Me podrían decir por qué no pasé al lado de afuera de la ventana si no había nada más que ella y yo. Es que las ventanas, cuando nos acercamos, marcan el afuera y el adentro. Fue siempre así, incluso cuando fui un tigre de Mompracem o cuando fui invisible o fui una mariposa aplastada por un personaje de cuentos. Las ventanas sellan el lugar y me dejan adentro, siempre. Desde afuera nadie debe mirar por las ventanas. Excepto Caravaggio, claro. Y otros, pero no yo. Yo quedo afuera. Aunque a veces el aire me alcance para frases más largas. En la ventana siempre se ven cosas interesantes. Horribles. Fatales. Incongruentes. Malditas. Bellas. Frías. Gente. Cuadros. Góndolas. Matrices de números aleatorios. Agujas de tejer crochet. Todas esas cosas que pude hacer y las que no. Se agolpan de ese lado que es afuera y yo miro como ahogándome. O como si soplara pero con frío. Me hielo. Estoy tan afuera del vacío que siento frío. Quisiera una cobija que la ventana se abriera para dar calor que la puerta detrás de la ventana no fuera de hielo que la falleba no se calentara tanto hasta hacer estallar la mano que la risa de Caravaggio enfermo no me persiga más que no tengamos más el cerrojo puesto que la mano que abre la ventana no sea la del viento invernal que me sopla desde dentro de una estatua de bronce que habla conmigo porque no tiene a nadie más.

Esta vez, créase o no, la ventana se abrió. Pude respirar. Pude palpar la fruta de Caravaggio, la mano de abrir ventanas de vacío, la tela del tigre, los números incongruentes, los picaportes sombríos.

Suspiré tranquilo cuatro veces, cinco, seis. Estaba en casa. Por fin, estaba en casa.

Macedónico – Francisco Costantini


Un Lector, que pasaba por aquí y se dio cuenta de que esto era cuento —tan evidente resultaba para cualquiera—, decidió quedarse. Se sentó en un rincón a esperar, porque estaba convencidísimo de que algo sucedería. “Si esto es un relato —reflexionaba para sí— algo estará por pasar. Ya lo decía Poe, también Quiroga, si hasta Borges lo respetó: el cuento debe tener una introducción, un nudo y un desenlace, su esencia es la acción”. Y entonces se mantuvo esperando un buen rato, hasta el punto en que comenzó a perder la paciencia. “No puedo creer que en este cuento no pase nada. ¿Será, acaso, que el autor se olvidó de escribirlo?”. Atribulado por esta duda, comenzó a vociferar:
—¡Autor! ¡Autor! ¡Autor! ¡Autor!...
Y así hubiera estado toda la vida, si no fuera porque al Autor le llamó muchísimo la atención que un texto suyo tuviera Lector, cosa que jamás creyó posible, lo cual lo decidió a acercarse hasta aquí.
—¿Qué ocurre? —interrogó, sin mostrarse.
El Lector oyó una voz que resonaba por todas las aristas del cuento y la piel se le erizó. Sin embargo, recordando por qué estaba en este sitio, se armó de coraje y explicó:
—¿Que qué ocurre? —Se llevó las manos a la cintura—. Hace rato que estoy acá esperando que ocurra algo y nada. Absolutamente nada.
—Está bien —dijo el Autor—. Este no es cuento donde tengan que andar pasando cosas.
El otro emitió una breve pero explosiva carcajada.
—¿Pero dónde se ha visto eso? —preguntó después—. Un cuento donde nada ocurre, no es cuento.
El Autor no cabía en sí. ¿Quién se creía este Lector para andar diciéndole a él lo que tenía que hacer? Se lo dijo.
—¿Quién te creés que sos para andar diciéndome lo que tengo que hacer? ¿Eh?
—¿Quién? —Sacó pecho—. El Lector, la razón misma por la que vos, Autor, escribís. Y por eso te reclamo enmiendes este relato.
Hubo un silencio en el que el Autor se dedicó a pensar. Entonces habló:
—Bien. Querés que ocurra algo, algo ocurrirá.
Fue el momento en que el Lector vio un pulgar gigante que descendía directo sobre su existencia. Trató de huir, pero el cuento era —y sigue siéndolo, como ven— tan estrecho que no había dónde ir. Al final el dedo lo alcanzó y lo aplastó contra el suelo. Del Lector no quedó más que una mancha roja e informe.
El Autor limpió su dedo con un pedazo de papel de otro cuento tan descartable como éste, y se sintió satisfecho. El cuento le seguía gustando tal y como estaba, pero para evitar futuros inconvenientes, pegó en la puerta del mismo un cartelito en que aún puede leerse: “Prohibido pasar. Este cuento no admite lectores. El Autor.”

Rebote - Fredric Brown


El poder le llegó repentinamente a Larry Snell, surgido de la nada e inesperadamente. Cómo y por qué lo obtuvo, nunca lo supo. Vino a él; eso es todo.
Podía haberle ocurrido a un tipo mejor. Snell era un bribón de poca monta, que obtenía la mayor parte de sus ingresos mediante la venta de lotería y el tráfico de marihuana a los adolescentes. Era gordo y fofo, con los ojos siempre entrecerrados, que le hacían parecer casi tan perverso como era en realidad. Su única virtud redentora era la cobardía; ésta le mantuvo siempre al margen de la comisión de crímenes violentos.
Aquella noche estaba hablando con un corredor de apuestas, desde la cabina telefónica de una taberna, discutiendo acerca de una apuesta que había efectuado esa misma tarde. Finalmente, dándose por vencido, gruñó:
—¡Muérete! —y colgó el auricular con indignación. No volvió a pensar en ello hasta que más tarde supo que el corredor había caído muerto mientras hablaba por teléfono, justamente a la hora de su conversación.
Eso le dio a Larry Snell algo en qué pensar. No era un ignorante; sabía bien lo que era el mal de ojo. De hecho, ya lo había intentado antes pero sin resultado. ¿Había cambiado algo acaso? Valía la pena probar. Hizo una cuidadosa lista de veinte personas a quienes, por una u otra razón, odiaba, las llamó por teléfono una por una, espaciando las llamadas en el curso de una semana, y a cada una le dijo que se muriera. Lo hicieron, todas.
No fue sino hasta el final de la semana cuando descubrió que no sólo tenía esta facultad, sino el Poder. En cierta ocasión, hablando con una dama, una artista de strip tease perteneciente a un cabaret muy distinguido, que ganaba veinte veces más que él, le dijo burlonamente:
—Encanto, ven al camerino después de la última función, ¿eh?
Así lo hizo ella, lo cual fue una sorpresa, porque sólo estaba bromeando. La chica era objeto de las pretensiones de tipos con mucho dinero y de playboys bien parecidos, pero se rindió de inmediato ante aquella proposición casual, hecha en tono de broma por Larry Snell.
¿Tendría el Poder? Lo probó a la mañana siguiente, antes de que ella se marchara, le preguntó cuánto dinero tenía y se lo pidió. Ella le entregó todo lo que llevaba: algunos cientos de dólares.
Eso era todo lo que necesitaba para empezar un negocio en grande. A finales de la semana ya era rico; pedía prestado a todos los conocidos, incluyendo a amistades superficiales que ocupaban puestos sobresalientes en la jerarquía del bajo mundo y que, por lo tanto, eran bastante solventes, ordenándoles después que olvidaran el hecho. Se cambió de su hotelucho a un apartamento de soltero, y no es necesario decir que nunca dormía solo, a no ser por propósitos de recuperación.
Era una hermosa vida; pero, una semana después, Snell recapacitó y pensó que estaba desperdiciando su Poder. ¿Por qué no lo usaba primero para apoderarse de la nación y después del mundo, convirtiéndose así en el más poderoso dictador de la Historia? ¿Por qué no se apoderaba de todo, incluyendo un harén en vez de sólo una dama cada noche? ¿Por qué no tener un ejército para respaldar el hecho de que su menor deseo fuera ley para todos? Si sus mandatos eran acatados por teléfono, también serían obedecidos por radio y televisión. Lo único que tenía que hacer era pagar (¿pagar?, ¡exigir!) una cadena mundial para que todos le escucharan en cualquier rincón de la Tierra. O en casi todos: quedaría al frente, respaldado por una mayoría, y sería fácil meter en vereda a los demás, posteriormente.
Eso sí sería un asunto serio, el más serio que hubiera ocurrido jamás, así que decidió tomarse algún tiempo para planearlo de tal modo que no existiera la posibilidad de cometer un error. Decidió pasar unos días a solas, lejos de la ciudad y de todos, para redondear sus planes.
Contrató un avión para que lo llevase a una parte relativamente despoblada de la Tierra, y ocupó una posada mediante el simple procedimiento de decir a los demás huéspedes que se largaran. Empezó a dar largos paseos, pensando y soñando. Encontró un sitio que pronto se convirtió en su favorito: una pequeña colina en un valle rodeado de montañas, un magnifico escenario. Allí meditaba y dejaba crecer su euforia al analizar lo que podía hacer.
¿Dictador?, ¡cuernos! Se haría coronar emperador. Emperador del Mundo. ¿Por qué no? ¿Quién se enfrentaría a un hombre dotado de tal Poder? El Poder de hacer que cualquiera obedeciese las órdenes que él diera...
—¡Muéranse!... —gritó desde la cima de la colina, con maligna exuberancia, sin fijarse si había o no alguien al alcance de su voz...
Una pareja de chicos lo encontró al día siguiente y corrieron al pueblo a notificar que un hombre muerto se hallaba en la cima de la Colina del Eco.

Tristezas del mar primigenio - Sergio Gaut vel Hartman


El mar era gris, deprimente, y servía para todo lo imaginable, y lo que no lográbamos imaginar, también. Pero todo empezó a cambiar cuando yo, Uno, me moví con torpeza para salir del huevo de espuma que me retenía. Pensé líquido, pensé sal, pensé espuma. No había mucho más en qué pensar, ni con qué hacerlo. Algo gruñía en alguna parte; no lograba identificar el origen; tripas no tenía.
—Estás loco —dijo Dos, saliendo de su propio huevo. No tenía la menor idea de lo que era la locura; hablaba por hablar: Freud estaba a millones de años en el futuro. Se sacudió el yodo que lo cubría y se sentó sobre la arena húmeda.
—Es culpa del mar —dije—, el maldito mar que nos domina y controla. Quisiera librarme del mar y de las olas. —Yo tampoco sabía de qué estaba hablando. La lógica no había sido inventada y de lo único que estábamos seguros era que el mar nos la tenía jurada.
—Tiene hambre —dijo Dos—, y nos devora.
—Peor para él —repliqué—: será cada vez menos mar.
—¡Fantasías! Se limita a recuperar la materia que nos prestó.
No le contesté, refugiándome en un silencio hosco, resentido. Odiaba que Dos hablara de los fenómenos de la naturaleza; los consideraba obscenos, una categoría de la intimidad, algo que no se ventilaba en público.
El mar adoptó un matiz extraño, azafranado, aunque el azafrán todavía no había sido inventado. Y lo digo aunque sé que me repito. Fue el momento elegido por Tres para aparecer en escena. Emergió con brusquedad y escupió un chorro de mar sobre la arena.
—Escuché la conversación —dijo Tres. Me encogí de hombros y le di la espalda. Dos se arrojó de cabeza al mar dejando detrás de sí una estela llameante de arena rojiza. Hice una mueca—. Se quejaban del mar, como siempre —agregó Tres.
—Ese es el problema —dije sin volverme—; sólo se habla del mar; no hay otro tema de conversación. Seremos todo lo primigenios que quieras, pero el aburrimiento es mortal.
—Hay otro asunto —insistió Tres—. Un sueño.
—¿Un sueño? ¿Qué es un sueño? ¿Algo nuevo? —Mi voz sonó abatida, como si me agobiara un peso insoportable. Tres me miró de reojo; yo lo enfrenté.
—Un sueño es una imagen ajena que se impone a las propias. Un suceso no ocurrido que reclama el rango de los que sí sucedieron. —Esperó mi reacción, pero no se produjo. —Soñé que tenía un perro y lo dejaba morir. Sentí pena y culpa, adentro, y luego afuera del sueño. Aún sufro por eso.
—Un perro —dije inexpresivamente. No sabía lo que era un perro. No conocía la culpa, la muerte, la pena. Ni siquiera hoy lo sé. Pero en aquel momento era peor, porque sólo conocíamos el mar, sólo existía el mar, aunque el mar bien puede ser el padre de los sueños, de los perros y la culpa y la pena; puede crear todo eso del mismo modo que nos crea y recrea a nosotros. En ese momento, una ola golpeó salvajemente contra las rocas. El residuo, de un gris tornasolado, se consolidó con rapidez, como una respuesta elemental a mis dudas: cabeza, tronco, extremidades.
—Miau, miau —dijo la condensación.
—Esto es un perro —dije, convencido.
El mar no nos daba respiro. Devolvió a Dos como si se tratara de un vómito. Una nueva demostración del poder absoluto del mar, de su voluntad superior.
—¿Qué es? —El terror dominó las facciones de Dos. Traté de apoyarme en la roca para neutralizar una sensación de profunda repugnancia, pero el mar volcó otra cortina de espuma.
—Es un perro —dije.
—Así era el perro en mi sueño—aclaró Tres.
—Nunca hubo un perro antes —dijo Dos con desconfianza.
Sin embargo empezábamos a sentirnos felices. Estábamos juntos y hasta teníamos un perro. La vida junto al mar se volvía interesante.
—Miau miau —dijo el perro.

La criatura - Jacques Sternberg


Como era un planeta de arena muy fina, dorados acantilados, agua esmeralda y recursos nulos, los hombres decidieron transformarlo en centro turístico, sin pretender explotar su suelo, estéril por otra parte.
Los primeros desembarcaron en otoño.
Edificaron algunos balnearios, y cuando llegó el verano pudieron recibir varios centenares de veraneantes. Arribaron, seiscientos cincuenta. Pasaron semanas encantadoras dorándose a los dos soles del planeta, extasiándose con su
paisaje, su clima y la seguridad de que ese mundo carecía de insectos molestos o peces carnívoros.
Pero hacia el 26 de julio, de un solo golpe y al mismo tiempo, el planeta se tragó a todos los veraneantes.
El planeta no poseía más forma de vida que la suya. Era la única criatura viva en ese espacio. Y le gustaban los seres vivos, en particular los hombres.
Sobre todo cuando estaban bronceados, pulidos por el viento y el verano, calientitos y cocidos.

Estiramiento fatal - Sergio Gaut vel Hartman




Estaba suscripto a una organización de escritores que mensualmente le enviaba la lista de los concursos literarios convocados. Veamos que hay, se dijo. Barco de vela, cuentos para niños… vencido. Unicornio, novela. Bah, en mi vida voy a escribir una novela. La fábrica de sueños, cuento. Premio 100 euros; ni para pagar el papel. Veamos éste: Concurso de microficciones El dinosaurio apestado. Microficciones tengo, se dijo. De 100 a 200 palabras. Premio: 10.000 euros. Se puede mandar por e-mail. ¡Ideal!
Revisó a conciencia la carpeta de cuentos breves —de hecho, lo único que escribía— y contó las palabras. Doce, cuarenta, diecinueve. Ninguno de los textos que había escrito llegaba ni siquiera a cien palabras. Se rascó la cabeza y la uña tropezó con un montículo de seborrea. No debe ser difícil estirar un cuento brevísimo para que llegue a cien palabras. Veamos éste.
“Sábado a la noche en la ciudad vacía. Los androides ocupan sus lugares en las tabernas y las plazas, pero la alegría que expresan es tan falsa como la cerveza que beben”. Treinta y dos palabras. Vamos a estirarlo un poco. “Cae la noche sobre la ciudad vacía. Es sábado. Los androides salen de sus casas de plástico, viajan en las cintas de goma que han reemplazado a las antiguas calles humanas y ocupan sus lugares en las tabernas y las plazas, pero la alegría que expresan es tan falsa como la cerveza que beben y escupen casi de inmediato. La Tierra se ha llenado de carne plástica”. Más del doble, sesenta y siete. Otro tercio más. Veamos con algunos adjetivos sabiamente intercalados. “Cae la noche, lúgubre, sobre la ciudad vacía. Es el primer sábado de abril de 2101. Los relucientes androides salen de sus casas de plástico vitrificado, viajan tiesos en las anchas cintas de goma negra que han reemplazado a las antiguas calles humanas y ocupan sus lugares en sombrías tabernas y plazas sin árboles, pero la torpe alegría que expresan es tan falsa como la cerveza agria que beben y casi de inmediato escupen en las secas acequias. La vieja Tierra se ha llenado de fría carne plástica”. Ochenta y ocho. No está nada mal. Con un título suficientemente largo y mi nombre completo casi estamos. “Una herida abierta en la carne plástica”. Diego Damián Martínez Sez. ¡Noventa y nueve! Sólo tengo que meter una palabra en alguna parte.

Una herida abierta en la carne plástica. Diego Damián Martínez Sez.
Cae la noche, lúgubre, sobre la ciudad vacía. Es el primer sábado de abril de 2101. Los relucientes androides salen de sus casas de plástico vitrificado, viajan tiesos en las anchas cintas de goma negra que han reemplazado a las antiguas calles humanas y ocupan sus lugares en sombrías tabernas y plazas sin árboles, pero la torpe alegría que expresan es tan falsa como la cerveza agria que beben y casi de inmediato escupen en las secas acequias. La vieja Tierra se ha llenado de fría carne plástica. Amén.

El escritor separa los dedos del teclado. Una sensación de parálisis lo invade. ¿Qué hice mal?, se pregunta. Le pesan los párpados, se le ha secado la boca, le duele el estómago. Aterrorizado, trata sin éxito de alcanzar el teléfono; el escritorio se dilata y parece una vasta pradera. Hace un esfuerzo supremo y sólo logra tirar el aparato al suelo. Necesito hablar con un médico, se dice. Piensa que el teléfono móvil tiene que estar en alguna parte, piensa gritar pidiendo ayuda, piensa que todo es un mal sueño, una pesadilla y seguramente se despertará de un momento a otro. Deja de pensar. Su mente queda en blanco, tersa, lisa, como dispuesta a recibir un mensaje telepático. Con un último destello de lucidez se pregunta de qué mensaje se trata. No sabe ni puede responderse.

—Este es un mensaje del futuro. Mi pensamiento positrónico llega a tu mente para explicarte qué sucedió con la especie humana, aunque se trate sólo de un juego perverso, ya que te llevarás ese conocimiento a la tumba. La epidemia de gripe canina del 2010, que te afecta y te matará en contadas horas, exterminó a tu gente por completo. Nosotros, los androides, somos los herederos de tu estirpe. Fuimos fabricados en secreto por la corporación Philip Reckard a partir de los diseños de Dick Sheep. Nunca fuimos activados fuera del laboratorio. Pero la última frase de tu ficción, por un azar casi inconcebible, operó el milagro. “Fría carne plástica. Amén”, es todo lo que necesitamos para convertirnos en seres vivos. Gracias.

Lluvia - Natalia Gómez





No habría mejor lugar para estar en aquel momento. Llovía fuerte, después de muchos meses de implacable sequía que resecaba las narices y los espíritus, y el mundo parecía iniciar un proceso de limpieza profunda. Aunque la suciedad fuera grande, y a veces pareciera infinita —aún más en una ciudad como São Paulo—, sentía como si ahora todo pudiera cambiar, después de que el agua terminara de caer. Antes del comienzo de la lluvia ya habían caído creencias, miedos propios, compañeros de una vida poco espontánea, y habían caído también muchas, o todas, las certezas que tenía hasta entonces. Estaban estos restos, como pedazos de un aborto exitoso, desparramados por las calles, esparcidos bajo la forma de una vieja polvareda flotando en el aire, impregnando las nubes, manchando el hormigón agujereado. La suciedad la constreñía, como si hubiera entrado en la casa dejando un rastro de caca de perro pisada en la calle, sin darse cuenta.
La lluvia podría limpiar todo ahora. Y ella podría, entonces, comenzar otra cosa, algo que aún ni siquiera podía planificar porque no lo había imaginado por completo. Podría, finalmente, encontrarse con su verdad particular en cuanto la lluvia limpiara todo lo que había sido dejado atrás.

Título original: Chuva
Traducción del portugués: GvH
Tomado de: http://rotativaalternativa.blogspot.com

El cumpleaños del abuelo - Nanim Rekacz




Alguien, con un encendedor, prendía la vela de la enorme torta que ocupaba un lugar destacado en la mesa. Risas, empujones y gritos: pedí un deseo, pedí un deseo, pedí un deseo. Soplar, chispitas y olor a quemado. Luego, como en cada cumpleaños desde que se inventaron esas velas que se vuelven a encender, la llamita resurgía. Y nuevamente los grititos y los aplausos: dale, dale, pedí otro, pedí otro... Después, aparecían los voluntarios para soplar, alguna sobrinita pequeña, el gordo Federico que se hacía el superhombre y aseguraba que él la apagaba definitivamente. O se juntaban varios y armaban un vendaval.
Bueno basta, basta, un par de dedos húmedos de saliva hacían chirriar el reducido estambre de la vela derretida y se iniciaba la ceremonia del asesinato de la torta, cortándola en pedacitos. Que la mía no tiene cereza, que a mí dame del borde con más crema, que está muy borracha... Brindemos, brindemos... Chin, chin, chinchulín…
Y él sonriendo, con una sonrisa que ya no mostraba dientes. No recordaba qué había pedido el cumpleaños pasado. Ni el anterior. Sí tenía muy presentes los anhelos de hacía décadas. Una bicicleta con cambios. Que Luisa le dijera que sí. Vacaciones en el Caribe. Recuperar el empleo. Cancelar la hipoteca. Que Marianita terminara la universidad. Que Juancito sentara cabeza. Que el bebé de Samantha fuera sanito. Que Luisa dejara de sufrir.
Claro, no se acuerda, pero esta vez pidió el mismo deseo que el año que pasó, y que el otro: cumplir un año más, volver a estar en la gran mesa con la gran torta, con la familia reunida. Poder consumar la ceremonia de soplar una y otra vez la vela y pedir, una y otra vez, el mismo deseo: cumplir un año más, volver a estar en la gran mesa con la gran torta y la familia reunida, y presidir la ceremonia de soplar una y otra vez la vela y pedir una y otra vez el mismo deseo...

Tomado de: http://nanimr.blogspot.com

El propósito de la luna 9 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja. Quería mandársela a Marilyn Monroe, pero no sabía cómo hacerlo.
No podía permitirse el mandarla personalmente. No tenían amigos en común. Y si se la mandaba él al estudio de filmación, una mujer fornida en un traje de tweed seguramente la tiraría a la basura.
¿Correría el riesgo de confiársela a Railway Express? ¿A United Parcel Service? ¿A Brink's?
La oreja de Vincent van Gogh era su amor. Incapaz de enviarla a través de canales normales, fue al campo de trigo y la mandó por cuervo.

El propósito de la luna 8 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Inmediatamente tuvo dudas y cayó en una profunda depresión.
"Oh, ¿por qué fui tan presuntuoso?" se preguntó. "Una oreja es algo muy íntimo. ¿Qué tal si a ella no le gustan las orejas? Mejor debería haber enviado violetas o fósforo. Debería haber enviado papas, dentífrico o pinceladas de ancho significativo. Esa oreja la va a ofender, lo sé. Oh, deberían llamarme Vincent van Gaffe. Lo arruiné nuevamente."
En medio de toda su agitación una nota llegó desde Norteamerica. "Querido Señor," comenzaba, "Muchísimas gracias por el bolso de seda." Vincent van Gogh se relajó. Sonrió de oreja a...oops.

El propósito de la luna 7 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Paul Gauguin estaba horrorizado. "Eso fue de muy mal gusto, Vincent," dijo Gauguin. "Dentro de unos años, luego de que estés bien muerto, serás recordado más por haberte cortado tu oreja que por la belleza y la verdad de tu arte."
Desde atrás de sus vendas Vincent van Gogh miró a Paul Gauguin y sonrió. "No te preocupes," dijo. "El Arte se cuida a sí mismo. Y lo que el mundo piense cuando yo esté bien muerto me tiene sin cuidado. Lo que importa es la vida. Lo que importa es el amor. Yeah."
Al día siguiente, Paul Gauguin se cortó su esposa y se mandó a Tahiti.
"Pobre Gauguin," suspiró Vincent van Gogh. "Entendió sólo la mitad de lo que dije."

El propósito de la luna 6 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe.
La oreja mutilada le recordaba a Marilyn Monroe una luna creciente, y por horas la contemplaba a la luz de la luna.
Ella llamó por teléfono a Vincent van Gogh. "¿Tiene un propósito la luna?" preguntó.
Vincent van Gogh consideró la pregunta. Pensó que era tonta.
Albert Camus escribió que la única pregunta seria es si debés suicidarte o no.
Tom Robbins escribió que la única pregunta seria es si el tiempo tiene un comienzo y un final.
Camus claramente se había levantado con el pie izquierdo, y Robbins se debe de haber olvidado de poner el despertador.
Hay una única pregunta seria. Y es: ¿Quién sabe cómo hacer que el amor dure?
Respondeme eso y te diré si debés suicidarte o no.
Respondeme eso y tranquilizaré tu mente sobre el comienzo y el fin del tiempo.
Respondeme eso y te revelaré el propósito de la luna.

El propósito de la luna 5 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Poco tiempo después, Marilyn Monroe voló a París, condujo un auto de alquiler al sur de Francia y buscó a Vincent van Gogh.
Luego de una apropiada introducción, Marilyn Monroe sacó un paquete de Hostess Twinkies. Los Hostess Twinkies siempre viajan de a pares; al igual que el coyote, el gorila, la ballena asesina y la grulla americana, los Hostess Twinkies se aparean de por vida, había un Twinkie para cada uno de ellos.
Cuando la merienda se acabó, Marilyn Monroe buscó en su costurero, sacó una aguja y un carrete de hilo verde y se puso a coser la oreja de Vincent van Gogh donde pertenecía.
"Ya está," dijo, lamiendo un resto de crema de Twinkie de la comisura de su boca. "Ya está, picarón. Y la próxima vez que quieras cortarte una parte tuya como muestra de afecto deberías tener en cuenta la vieja costumbre judía. Es menos sucia y socialmente más aceptable. No te olvides, orejar es humano, prepuciar es divino."

El propósito de la luna 4 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Tras lo cual Marilyn Monroe se cortó una de sus orejas y se la mandó a Vincent van Gogh.
Vincent van Gogh se cortó el dedo chiquito del pie y se lo mandó a Marilyn Monroe. Marilyn Monroe le mandó uno de los suyos a cambio. Luego, Vincent van Gogh se cortó un párpado y lo envió. En el correo de regreso recibió un párpado de Marilyn Monroe. Su amistad se volvía más cálida.
Se intercambiaron anulares, lenguas, ombligos y pezones. Un día, Vincent van Gogh se cortó el corazón y lo envió rápidamente a Hollywood - pero para entonces Marilyn Monroe se había aburrido de todo el asunto y se había fugado a Tijuana con Warren Beatty.
Vincent van Gogh estaba destruído. Sin embargo, no debería sorprenderse. Este es el camino que muchas veces sigue el amor.

El propósito de la luna 3 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Unas semanas más tarde el paquete le fue devuelto a Vincent van Gogh. Le habían escrito REMITENTE FALLECIDO.
Vincent van Gogh hizo averiguaciones y descubrió que era cierto. En su investigación se enteró que Joe DiMaggio había ordenado que rosas rojas frescas se colocaran en la tumba de Marilyn Monroe cada tres días, por siempre. No por lo que durase la vida de Joe DiMaggio, nótese bien, no por lo que durasen Hollywood, sus films y sus cementerios, sino por siempre.
Vincent van Gogh se apoyó contra la mareada corona de un girasol epiléptico. Dijo, "Después del fin del mundo, a Joe DiMaggio le van a devolver algún dinero."

El propósito de la luna 2 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Cuando desenvolvió el paquete y se encontró con la oreja, Marilyn Monroe puso su famosa sonrisa de gato-que-se-comió-la-banana.
Marilyn Monroe colocó la oreja en una caja de palo de rosa en su vestidor. De tanto en tanto, ella sacaba la oreja de la caja, la acariciaba, la soplaba, la rascaba y se reía. Una vez ella enganchó la oreja en una cadena de plata y la usó como collar en una fiesta. Siempre tuvo la intención de escribirle al propietario original de la oreja una hermosa nota de agradecimiento, pero nunca se hizo el tiempo.
¿Fue Vincent van Gogh un tonto?
Quizás Marilyn Monroe fue la tonta. Después de todo, Vincent van Gogh hizo un grandioso gesto y Marilyn Monroe lo recibió frivolamente.

El propósito de la luna 1 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe.
Marilyn Monroe quedó tan conmovida que abandonó todo - su carrera, su piscina, su bamboleo, su teléfono, su suicidio, todo - y se mudó al sur de Francia para estar con Vincent van Gogh.
¿Vivieron por siempre felices? No, nadie lo hace. Pero simularon ser por siempre felices. Y como todas las cosas se vuelven lo que simulan ser, la felicidad falsa es tan buena como la auténtica.


El propósito de la luna se publica simultáneamente en Químicamente impuro y Breves no tan breves.
Tomado originalmente de La idea fija
Traducción de Saurio

Enfermo - Héctor Ranea



ESPECIAL PESTES, EPIDEMIAS Y OTRAS PODREDUMBRES
Estoy enfermo. Esto no es un simulacro, no es una ficción, no es un juego virtual. Esa peste que me ha tomado comenzó por desaparecerme el tacto. Por primero lo he perdido en los dos dedos últimos de la mano izquierda, que es (debiera decir era) mi mano buena. Poco después sentí la zona inguinal insensible. No era profundo, apenas epitelial. La rodilla hacía meses que la había olvidado y ahí está, reclamando atención, como antes. El problema, leo, está en el cuello. Ahí reside lo que uno es. Y lo que no. Porque en lo que uno no es, el cuello siempre manifiesta una dolencia. Así, cuando debo cruzar las calles contra los automóviles me violento en demasía y el cuello me maltrata para demostrarme que no soy así, que no soy violento y que soy viejo.
Estoy enfermo. La primera manifestación fue el dedo mayor de mi mano buena que se torcía y quedaba en posición quasimodo, asemejando una montaña digital, dolorosa y diminuta. Inservible el dedo, inservible la ingle, inservible el cuello. Sobre todo el cuello.
En la cabeza, cuando rememoro los momentos de la infancia, todo funciona perfecto. Los cangrejos en la laguna marítima, nadar con un lobo marino en la caleta, pisar los cantos rodados en un río del Sur, volar con el globo regalado a pesar de su pequeñez. Esas cosas que ponen la niñez tan al alcance de la mano pero la mano que ya no puede salir del cuerpo para asirla y el recuerdo se esfuma, como el amor, en una niebla de resignación.
No puedo luchar porque tengo enfrente el arma más poderosa, el tiempo, que fenece mientras me hace desaparecer por partes, lentamente: un nudillo a la vez, una vértebra por día, un trozo de piel como jornada. Me duelen alternadamente los pies, la cadera, los fémures, la tibia quebrada hace años.
Pero ayer comenzaron los ojos. Las manchas que me persiguen desde hace años se propusieron juzgarme día por día, escribiéndome en el fondo de la retina palabras de condena por lo vivido. Los ojos se confabulan contra el que los usó tanto tiempo, marcando con manchas pecados, culpas olvidadas, sueños de otros destruidos.
Todo reside en el cuello, leo en los libros. Es domingo al caer la tarde, cuando la muerte parece inevitable, como un teorema de Geometría. He decidido quebrar mi cuello. La soga está lista.

Efectos colaterales de la gripe T - Guillermo Vidal



ESPECIAL PESTES, EPIDEMIAS Y OTRAS PODREDUMBRES

Decía el cartel luminoso, como si no lo escucharan hasta el hartazgo: Absténgase de hablar sin necesidad. Use mensajes de texto. No intente contactarse. No de información personal, ni la pida. Anúnciese previo a cualquier acercamiento y tenga siempre actualizado el archivo médico. Mantenga la distancia y en caso de ser tocado por personas no autorizadas, haga la denuncia correspondiente y preséntese a la revisión médica.
—Los dogmáticos no necesitan dioses, aunque, llegado el caso, les den buen uso, les basta un credo, de cualquier tenor, inflexible y aplicado sin restricciones. Lleven sotana, bata o levita son señores que no soportan diferencias fuera del canon. Las disensiones también están pautadas.
—No se gaste. A nadie le importan los rebeldes al sistema. Si quiere llamar la atención basta que toquemos nuestras manos, en pocos minutos estaremos rodeados. En efecto, la sala estaba vacía excepto la única oyente. Por cierto, la misma que lo seguía en las últimas tres conferencias. Permanecieron a distancia.
—Ya expiró el tiempo de charla.
—Se está arriesgando demasiado.
—No hay nadie grabando. Nadie viene, casi nadie. 
—Conozco un lugar más interesante para “hablar”. Era grande el riesgo que corría, y “hablar” podía acarrearle la muerte pero no se resistió. Moría por quitarle el casco a esa voz anónima que lo acariciaba desde exactamente los dos metros cincuenta de distancia. La plaga nos ha vuelto irremediablemente cursis. Que otra cosa podemos hacer, no tenemos tiempo de aprender sutilezas, ni de dar con las palabras adecuadas. Un roce sospechoso y leve puede ser motivo de cárcel y de una cuarentena forzada, por poner en riesgo la salud de la población. Dos metros con cincuenta es la distancia entre personas, casco y guante en encuentros público, un mono cerrado desde la garganta a la pantorrilla. Si se ha tenido el virus, aun como portador sano, una alarma suena advirtiendo al transeúnte de la presencia de un infectado, y si son detectados fuera del horario permitido, entre las tres y las cuatro de la mañana, se los puede matar sin consecuencias. Aun así, a escondidas, pequeños grupos rebeldes se ocultan para acariciarse, para rodearse con los brazos, auscultándose con ansias y minuciosidad desafiando la condena a muerte con juicio sumario. 
—Ni siquiera conocemos nuestros nombres.
—Mejor, no tendremos que mentir si nos interrogan.
—No sabía que una mujer podía tener una piel tan suave. 
—Ni yo. A esta distancia puedo ver que tus ojos son grises. 
—No puedo creer lo que estamos diciendo. Estoy seguro que estas cosas se decían en las peores telenovelas. 
—Me encantan las frases melosas. No te detengas. Hasta hoy no sabía que era ser abrazada. 
—Entonces apretame más fuerte. 
—La verdadera plaga es la distancia en la que estamos obligados a vivir. 
—¡Oh!, esa frase es demasiado hasta para un melodrama. Pero me eriza la piel, ¿ves?  Eran siete, dos de ellos consiguieron escabullirse. Los cinco restantes se quedaron allí, abrazados, tomados de las manos. En un desafío abierto y desesperado dos de ellos unieron sus labios y se besaron. Un soldado instintivamente disparo y cayeron al suelo sin vida, enlazados, como animales. Tenían las manos desnudas y sin el casco la cabeza y la cara expuestas como si estuvieran llamando a los gritos contágienme, contágiense. 
—Una puerta con picaporte. Que gente retorcida. 
—Todos los picaportes parecen inocentes. Como los vasos compartidos y los sillones que permiten sentarse a más de uno. 
—¡Qué manera de arriesgarse! 
—No entiendo. ¿Para qué? 
—Contactómanos, enfermos, adictos a frotarse, tocarse, sentirse como dicen en sus declaraciones delirantes. “Se descubrió un yacimiento de trilobites casi intactos. A un paso del descubrimiento de las razones de la extinción” fue la noticia en primera plana, el entusiasmo duró poco. “Se sospecha que la plaga que termino con la era de los trilobites se activo al ser manipulados los fósiles por los científicos y paso a los humanos, algo hasta el momento considerado imposible”. Todos los involucrados en la investigación murieron en pocas horas. La enfermedad es fatal y aparece con los síntomas de una gripe. El laboratorio de investigaciones paleontológicas fue sellado e incinerado el predio. El temor de que el virus consiguiera evadir el cerco se hizo real. Fue real. 
—Puede que grupos terrorista biológicos aun se reúnan para extender la enfermedad, pero no creo que estos sean otra cosa que gente añorando el contacto. Hace tiempo que no nos topamos con infectados. 
—¿Te arriesgarías a un rebrote por ceder a un momento de piedad? El virus esta contenido pero se esconde, está allí, agazapado, pronto a lanzarse sobre nosotros, puedo sentirlo. Detrás de las bocas, en los alientos apresados en los cascos, en el sudor cálido de las manos tentadoras, y puedo afirmar que hasta en las miradas insinuantes a distancia. ¿Los dejo con vida bajo tu responsabilidad? 
—Yo sólo preguntaba. 
—No hay vacuna a la vista y con una tasa de mortalidad del noventa por ciento no podemos darnos el lujo de hacer excepciones. Terminen con los que quedaron y quemen todo.

Epidemia - Mónica Sánchez Escuer



ESPECIAL PESTES, EPIDEMIAS Y OTRAS PODREDUMBRES

Los semáforos van del verde al amarillo, del amarillo al rojo con el monótono y desincronizado ritmo de siempre. El metrobús ya no atropella a nadie. La gente no se amontona en las paradas ni se aplasta en los cristales de las puertas de los metros. Los taxis no pelean con los micros, los micros con el mundo. No hay autos en doble fila. Ningún embotellamiento. No se escuchan cláxones ni recordatorios familiares en los cruces. Sólo se oye el viento, los pájaros curiosos y el gis de un radio que alguien olvidó apagar. El Circuito Bicentenario luce inútil, desnudo, su nuevo concreto. El aire es transparente como en los tiempos de Fuentes. Hace días que no hay robos. Ningún policía. Todos huyeron. Todos. De la epidemia, de la ciudad, del país. Aún pueden verse en las carreteras, cerca de la frontera, a los más rezagados. Muchos ni siquiera enterraron a sus muertos. En hospitales y casas, sobre las camas sucias, perros, cucarachas, gatos, moscas y ratas se reparten los cuerpos. Ningún cerdo. Los pocos que algunas personas engordaban en sus patios, se comieron los restos de sus dueños. Todos murieron de influenza humana. No hay animal que se trague sus cadáveres.

Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/

Queridos compañeros – Max Goldenberg


Queridos compañeros… gracias por venir al acto de clausura. En este acto los compañeros se han reunido para dar cierre a una campaña inolvidable, queridos compañeros. En esta campaña hemos recorrido un largo camino que nos llevó hasta este momento final en el que nos reunimos y sentimos que somos un solo trabajador. Como dijo el general: “Si nos unimos, quedamos pegados. Y lo que se pega, nada nada lo despega”. Entonces, queridos compañeros, este es un punto de inflexión, un punto final, un punto y aparte. A parte de la población trabajadora que nos han mentido les digo lo que decía el general: “A llorar a la iglesia. A llorar a la catedral. A llorar al Vaticano. Y que el Papa se haga cargo o se haga puré".
Todavía recuerdo, queridos compañeros, cuando comenzamos esta trayectoria, esta carrera por llegar primero y luchar por nuestros derechos. Tuvimos que luchar y negociar con la patronal en pos del bien común, queridos compañeros. Todavía recuerdo… todavía recuerdo… ¿todavía recuerdo, queridos compañeros? La respuesta es “si”. Todavía recuerdo cuando nos pusimos firmes frente a los oligarcas dueños de las empresas para reclamar un ajuste en nuestros salarios. ¿Nos fuimos? No. ¿Hicimos huelga? Sí, queridos compañeros. Hicimos huelga setenta y dos meses. En el camino perdimos algunos trabajadores cuando los empresarios dueños del país iniciaron los despidos masivos. ¿Eso nos acobardó, queridos compañeros? No. Seguimos y seguimos hasta que logramos lo que quisimos: un aumento del trescientos por ciento para mí y una promesa de mejora para todos ustedes dentro de muy poco tiempo. Y eso lo hicimos juntos, queridos compañeros.
En este momento de balance, cuando llegamos a un punto de cierre, se me vienen muchas anécdotas para compartir con ustedes. Como cuando nos quisieron intimidar mandándonos la policía para persuadir nuestras protestas en contra de la reducción en la planta. ¿Y qué hicimos, queridos compañeros? Fui yo en persona a dialogar con el jefe del operativo y decidí por el bien de todos ustedes que terminemos con la violencia y que cada uno se fuera a su casa a descansar. Se, queridos compañeros, que muchos han querido atribuir la compra de mi nueva casa a ese acuerdo pero no se dejen engañar. No caigan en las provocaciones sin fundamentos. Porque esa casa, queridos compañeros, fue fruto de una donación que la Policía Federal hizo hacia mi persona queriendo comprar mi silencio. Yo acepté esa casa, queridos compañeros, solamente para hacerles ver que podrían regalarme eso y mucho más y que no me callaría. Y lo hicieron. Me dieron la camioneta y la lancha y aún así aquí sigo. Y sigo por todos nosotros, por nuestra lucha y nuestra unión. Sigo, queridos compañeros, por ustedes.
El presidente de la nación ha querido ensuciarnos diciendo que éramos una manga de vende patrias. Y es mentira, queridos compañeros, es mentira. Seríamos vende patrias si tuviéramos algo para vender pero no tenemos nada, queridos compañeros. Lo que tenemos lo hemos ganado con el sudor de nuestra frente, con el sufrimiento de nuestros trabajadores, con nuestros viajes pagados por los empresarios. Porque si, queridos compañeros, hemos viajado. Perdón… me corrijo: he viajado junto con los empresarios. Miami, Madrid, New York, Roma… a todos esos lados. ¿Por qué? Porque de esa forma, queridos compañeros, pude entenderlos. Pude meterme en su mundo de lujo y de confort, queridos compañeros, y así poder negociar hábilmente para conseguir mejoras para todos. Hasta el momento, queridos compañeros, solo conseguí mejoras para mí. Pero eso lo he hecho solamente como práctica para cuando, mas adelante, se venga la verdadera negociación para todos nosotros, queridos compañeros.
Ahora nos encontramos aquí, queridos compañeros, cerrando esta campaña haciéndole frente a las denuncias de sobreprecios en la compra de los insumos. Yo les respondo a esas injurias, queridos compañeros, diciéndoles que sobre precios no hablo. ¿Sobreprecios es conseguir buena calidad? ¿Sobreprecios es recibir un sobre? Queridos compañeros… yo he recibido un sobre con precios, no sobreprecios. No se dejen confundir… un sobre con precios especiales y, por qué no, alguna muestra de generosidad por parte de los proveedores nuestros.
Queridos compañeros: veo muchas caras de emoción, veo muchos amigos de años que se enjuagan lágrimas de tristeza por este acto de clausura. Queridos compañeros, quiero decirles que por más que clausuren nuestro sindicato y yo tenga que pasar un tiempo en la unidad de detención, que yo me niego a llamar cárcel, mi espíritu quedará con ustedes. ¿Es defraudar y estafar querer lo mejor? Queridos compañeros… ¿qué son esos aplausos? ¿Son para mí? ¿Acompañan mi caminar? Muchos podrían confundir sus gritos con vítores de alegría y felicidad por mi salida. Mas yo se que lo hacen para evitar las listas negras y las represalias.
Queridos compañeros: simplemente gracias.

Tomado de http://max.com.ar/
[texto bajo licencia Safe Creative / todos los derechos reservados]

Furia en bicicleta - Eduardo Betas


Lo conocí a Flavio Baigorri el año en que tramó aquella lluvia de papelitos en bicicleta. Ambos íbamos a la secundaria en las noches metálicas de la dictadura. Porque, para quien no lo sepa, 1980 fue un año pésimo para los argentinos, un invierno permanente.
Y fue para combatir aquella dictadura que a Flavio se le ocurrió hacer aquella Furia en bicicleta. La idea era simple: una caravana relámpago de bicicletas desde las cuales se arrojarían al aire miles de papelitos que llevaban escritos mensajes en contra de la dictadura.
—Haremos llover papelitos en Buenos Aires. Nuestra palabra se mezclará en el aire para oxigenar la vida y volará hasta la gente. Nuestras bicicletas ese día volarán —se entusiasmaba Flavio en las reuniones secretas.
Pero a quien le pesaba un secreto era a mí. Porque no había podido decirle a nadie que no sabía andar en bicicleta. Y no quería, claro, que de eso se enterara Emilse de quien estábamos secretamente enamorados todos los del comité. En verdad, ella era quien nos motivaba a realizar esos actos heroicos.
Por eso cuando Flavio me dijo que había conseguido una bicicleta para mí no supe qué decirle. La 'Furia' iba a ser la noche siguiente. Y yo tenía mucho miedo.
El mismo miedo que estrujó mi estómago cuando me largué calle abajo, arrojando al aire los papelitos con la palabra Libertad repetida hasta el infinito. Cayéndome cada dos metros mientras las luces rojas intermitentes me acorralaban para poner fin a mi aventura. Pude darme cuenta, al menos, que al tenerme a mí los policías no siguieron a nadie más. Y, aunque la pasé mal en la comisaría, escucharla a Emilse una semana después, me curó todos los magullones:
—Gracias. Si no te hubieras hecho el que no sabías andar en bici, nos detenían a todos…
Recuerdo todo esto porque hoy, 25 años después, le pido una tarjeta al boletero del subte y me responde: "Si, mejor andá en subte porque en bicicleta sos un desastre". Era Flavio Baigorri. Canoso, con menos pelo pero con más cicatrices…

Tomado de: //www.cafediverso.com/ http://www.cafediverso.com

Pipo y la cereza sobre la chica - Ricardo Giorno


—La papa para Pipo —cotorreaba el guacamayo de nombre, precisamente, Pipo—. La papa para Pipo.
En el calor agobiante de la tardecita, de su pedestal pasó al sillón. Vio el control remoto. No Pipo, pensó, malo, malo, malo. Semillas blandas para morder, duras para largar.
—La papa para Pipo —siguió con el cantito—. La papa para Pipo.
Nadie contestaba.
Malo, malo, malo. Papa para Pipo, no. Malo, malo, malo.
Del sillón voló hasta arriba de la heladera. Recordaba sabrosos bocados frutales ahí. Pero nada. Vacía. Entonces recordó.
Voló hasta la habitación principal. A veces los esposos Cuansabata dejaban galletitas sobre la mesa de luz.
—Galleta para Pipo —entró chillando.
Se tuvo que conformar con oler un paquete vacío. Quedaba por revisar la habitación de la hija.
Chica malo, malo. Ata a Pipo. Malo, malo. Corta pluma a Pipo. Malo, malo. Da perejil a Pipo. Chica malo, malo.
Pudo más el hambre, y Pipo se decidió. Descubrió a la joven durmiendo.
Chica quieta. Bueno, bueno.
Buscó el guacamayo por la habitación, y nada. Hasta que la vio. Una enorme, carnosa, sabrosísima cereza, descansando sobre la joven. Las plumas de la cabeza se le pararon al instante.
El pájaro quedó pensativo, deseando aquel sabroso bocadillo.
Fruta rica, rica, rica. Chica quieta. Bueno, bueno, bueno. Papa para Pipo.
Caminó con pasos imperceptibles por la cama sin siquiera rozar a la joven.
Pipo se ubicó a tiro de picotazo. Y en la desesperación que da el hambre, el picotazo tuvo mucho más fuerza de lo acostumbrado.
En la Sala de Emergencias, el cirujano sale del quirófano y, sacándose el barbijo, se dirigió hacia los esposos Cuansabata:
—Señores —dijo—, su hija no corre peligro.
—Doctor… —atinó a decir la señora, pero el cirujano levantó la mano para callarla.
—Como les decía, su hija está fuera de peligro. Le cosimos el pezón y no le perderá. Pero eso sí, cuando cicatrice necesitará cirugía reconstitutiva.

Libre de mácula - Oriana Pickmann


El día en que Dios decidió acabar con la Creación, a mí se me ocurrió limpiar mi casa.
Alistó sus manos, sus rayos, poderes, adminículos, manipulaciones entre los hombres, bombas nucleares y atómicas, botones escondidos entre las montañas, cadenas de explosivos imposibles, huracanes y terremotos. Preparé el agua jabonosa, mopas, trapos de fregar, aceites para madera, plumeros, mangueras, aspiradoras de todo tamaño potencia y aplicación, diferentes tipos de sprays para eliminar todo tipo de manchas, polvo y suciedad.
En algún lugar del mundo erupcionaban cadenas eternas de volcanes, yo empecé a limpiar el polvo en las repisas. Miles de niños que no conocía, madres, abuelas, mujeres embarazadas, todos muertos, calcinados, reventados. Yo cantaba contenta mientras pulía los cubiertos de plata. Al este de todo, un desaforado barbudo activa los mandos que acaban con millones de personas, volviéndolas una masa roja y negra, con la confusión entre lo muerto y lo casi muerto, animales, plantas, personas. En la sala de mi casa, yo usaba la aspiradora llena de gusto, no había ni una partícula de polvo, ni una mancha.
Entonces decidió Dios derretir de una buena vez los polos. Países enteros desaparecían bajo las aguas, no quedaba nada, todo era literalmente borrado. Llena de contento, yo limpiaba las ventanas, los marcos, los vidrios, mientras me divertía con la luz del sol que entraba en mi casa reluciente. No cabía en mí.
Ya casi no le quedaba mucho que hacer, un huracán aquí, otro por allá. Arrastraba las aguas de los mares y los ríos a rincones desiertos, cubriéndolo todo, deshaciendo, eliminando. Dios estaba arrepentido de lo que había creado. Pensé que tendría que apurarme en lavar la fachada de mi casa, pronto tendría que hacer el almuerzo y poner masa para pan. Alisté la manguera y puse el aparato con jabón, para obtener la solución perfecta y así dejar mi casa impecable.
“Un toque más”, pensó Dios. Lo mismo pensé yo. Al momento que crucé el umbral, lista para poner el sofá, la mesa y las sillas en su sitio, empezó un temblor leve. Tropecé con no sé qué, me golpée la cabeza al caer. Sangraba. Dios terminaba con toda su producción, yo moría pensando en cómo haría para sacar las manchas de sangre de mi alfombra...

Tomado de: http://www.nuncaessiempre.blogspot.com/

Islas en el aire - Jorge X. Antares


Miró al cielo. Era un atardecer rojo anaranjado con unos toques de añil. La temperatura era ideal. Sentado en la playa, cogió algo de arena y la dejo escapar de sus manos. Notó la brisa en su cara y cerró los ojos, inspirando profundamente, deleitándose con el momento.
Recordó su otra vida. Parecía que fue hace una eternidad, pero había sido ayer. Ayer, justamente ayer. Un ayer en el que Hatyk esperaba en los aledaños del puerto estelar la llegada de los viajeros. Su planeta inhóspito y olvidado se había puesto de moda en las rutas espaciales. Uno de los motivos era tener uno de los cañones de diamantes más grandes del sistema estelar. El otro era el turismo sexual. Los indígenas eran hermosas criaturas que tenían que prostituirse para poder comer. Hatyk lo sabía muy bien y le dolía no haber nacido en otro sitio. Su única evasión eran unas novelas que encendían sus esperanzas y le permitían sobrevivir el día a día.
Ayer buscaba a un cliente que no fuera muy exigente y se encontró con un grupo de asaltaextraterrenos. Estaban cebándose con un anciano recién llegado en el último vuelo. Hatyk, rehuyendo oír la voz de la razón, salió en su defensa y consiguió ahuyentarles. Ayudó a levantarse al mayor que con una sonrisa le dijo:
—Es el principio. —Entonces un aluvión multicolor le envolvió. Se sintió volar. Las luces caleidoscópicas le acunaban en su viaje y una voz dulce le hablaba.
—Podías haber mirado a otro lado, pero elegiste actuar. Podían haberte matado, pero elegiste hacerles frente. Sin tener nada has hecho todo esto ¿Qué no podrías hacer si tuvieras las herramientas adecuadas? ¿Qué no podrías imaginar? ¿A cuántos como tú podrías inspirar?
Hatyk volvió de sus recuerdos y se fijó en el mar. Pensó en enormes delfines como los que salían en los hololibros y al momento aparecieron saltando. Miró alrededor y se le ocurrió que sería bonito tener una selva, y ésta se formó.
Se levantó y anduvo por la playa. Pensó en una sorpresa para aquellos que vinieran a este lugar precioso, algo inspirador. De pronto se le ocurrió qué sería. Crearía una biblioteca, la mayor de todas, y así, a los que llegasen no les ofrecería un mundo nuevo, sino un universo.

Me gusta cuando callas – Francisco Costantini y Santiago Fernández Subiela


Él la amaba. Se habían conocido una noche de primavera, en uno de esos antros marplatenses donde tocaban bandas punks o de heavy metal. Una remera de los Ramones que pasó caminando a su lado le llamó poderosamente la atención: un diseño extraño, que él desconocía, y que desde entonces vería cada vez con mayor frecuencia. Y portando la remera, ella, que hundía sus pupilas azules en las de él.
Después de esa intersección de miradas ocurrió todo lo predecible que puede ocurrir en una relación amorosa entre dos jóvenes que apenas sobrepasaban los veinte años. Excepto por un pequeñísimo detalle. Él sentía que algo nimio, insignificante, faltaba para que su amor fuese perfecto. Lo sentía cuando sus cuerpos húmedos y calientes se trenzaban en las habitaciones frías y baratas que, en las noches aún más frías y baratas, apenas podían pagar; lo sentía cuando la veía caminar, meciendo los senos con una cadencia cuasi hipnótica; lo sentía cuando la escuchaba reír o hablar... Lo sentía, pronto lo supo, a cada instante.
Cierta tarde lluviosa acababan de hacer el amor. Ella, como siempre, se había dormido de inmediato, con las sábanas ocultando un pezón, mostrando la rosadez del otro, y la pierna izquierda amenazando con caerse de la cama, si no fuera porque la retenía el resto del cuerpo. Él fumaba un cigarrillo, el último, y contemplaba el rostro de la muchacha, la boca entreabierta, los párpados cerrados, un mechón rubio rasgando la frente, y el resto del cabello desparramado como un baldazo de pintura sobre la almohada blanca. La quietud de ella, comprendió entonces, colmaba su ser; nunca lucía tan perfecta como en esos momentos. No pudo evitar desearla nuevamente, pero se contuvo para no estropear aquello que tanto lo maravillaba.
Una noche, aprovechando que sus padres no estaban, la invitó a su casa. Nueve y veinte sonó el timbre y llegó ella, arreglada de pies a cabeza y con una sonrisa dibujada en el rostro. La noche pintaba hermosa: ambos, abrazados y cariñosos, miraban Taken tirados en el sofá. Parecía el momento ideal para tomar algo, así que él fue hasta la cocina por unas cervezas. Enseguida volvió con un porrón enorme en cada mano y le ofreció a ella el que tenía en la diestra. La joven no notó el leve resplandor que encendió, sólo por un instante, los ojos de su novio, y bebió despreocupada varios tragos de cerveza; la película se sobrelleva mejor así, pensó, sintiéndose ancha y liviana, creyéndose feliz.
Pero, entonces, fue una aguda puntada en la panza lo que le arrancó ese alarido involuntario. De un salto abandonó el sofá, con las manos crispadas sobre el vientre y los ojos desorbitados. Pronto cayó de rodillas y articuló un par de sílabas que intentaban ser el nombre de su novio. Él la escuchó, no obstante ni se inmutó. Permaneció en su lugar horrorizado por lo que veía, aunque expectante: la agonía no podía durar demasiado. Por última vez en sus vidas sus miradas se encontraron, suplicante la de ella, ansiosa la de él. Finalmente, el cuerpo de la muchacha fue serenándose, a medida que cada vez más se extendía por el piso. Cuando estuvo muerta, el joven se acercó para cerrarle los párpados. La recorrió con los ojos y el deseo lo capturó. Sonrió complacido: ahora sí que no sería necesario contener las ganas, ya nada podría arruinar la perfección del amor que los unía para siempre.
Entonces, con lentitud, disfrutando del momento, comenzó a desvestirse.

Candy - Patricia Kieffer


Candy llegó a nuestra vida cuando tenía tres meses de edad y diez centímetros de altura.
Al morir mi tía Raquel, mi hermana y yo heredamos todas sus pertenencias, incluyendo las doce mascotas que ella amaba: un papagayo, tres perros, dos gatas, cinco canarios y Candy, una bellísima mona titi capuchina. Regalamos todos los animales a familiares y vecinos, menos a la mona: nos había cautivado de tal modo que decidimos adoptarla; en menos de una semana, mi hermana Luisa y yo nos convertimos en expertas en temas de crianza de monos, gracias a la ayuda de Internet. Aprendimos a darle los cuidados que necesitaba. Pero nunca aprendimos a educarla.
Candy revolucionó nuestras vidas y nuestro pequeño departamento en un abrir y cerrar de ojos; por momentos era un adorable bebé que dormía, jugaba, comía… y en otros parecía enloquecer y corría, chillaba, trepaba, se escondía y rompía lo que iba tirando a su paso. Tenía especial predilección por todo lo que fuese tecnológico: el control remoto de la TV, el equipo de música, el teléfono celular; la mona pasaba horas copiando nuestros movimientos y los imitaba a la perfección ¡hasta había aprendido a calentar sopa en el horno a microondas!
Cierto día llegué del trabajo y me extrañó que Candy no saliese a recibirme con gritos y abrazos. La busqué por todas partes hasta que la encontré, debajo de la cama. No quería salir, hasta que la obligué a hacerlo con un caramelo de dulce de leche, su favorito.
Cuando la vi, casi me muero del susto: su panza brillaba con un leve tono azulado. La envolví con una frazada y salí corriendo a buscar un veterinario de guardia. Luego de una exhaustiva revisación, el profesional me encaró, boquiabierto:
—No lo puedo creer… se ha tragado un pequeño teléfono celular.
—¡¿Cómo hizo eso?!
—Eso quisiera saber yo también. El hecho es que lo tiene alojado en su estómago, encendido y funcionando.
—¿La va a operar?
—Es imposible. No soportaría semejante intervención. Además, es un aparato muy pequeño, no obstruye el paso al intestino. Sugiero dejar al animal bajo estricta observación; si sobrevive las próximas cuarenta y ocho horas, podemos considerar la posibilidad de dejar el teléfono en su estómago.
Candy no sólo sobrevivió esas cuarenta y ocho horas, sino varios años más. Muchas cosas sucedieron en ese tiempo: Luisa se casó, yo quedé viviendo sola con mi mascota inseparable, que en poco tiempo experimentó una increíble mutación.
Cuando sonaba el teléfono, ella apretaba un lugar en su pancita y “atendía la llamada”. Bueno, en realidad venía corriendo hacia mí, abría la boca y el sonido salía sin dificultad. Yo conversaba con mis amigos a través de la boca abierta de Candy. Pronto extendió sus habilidades al punto de marcar números en su pancita y hacer ella misma las llamadas. Varias veces sonaba mi teléfono y en la pantalla podía leer “Candy”. Entonces atendía y escuchaba sus grititos excitados en mi aparato. Y le hablaba, para que me escuchase; a ella le fascinaba la voz de las personas y los sonidos del teléfono. Eso la llevó a aprender a usar también los botones para escuchar música y la radio. Mis amigos y vecinos la llamaban sólo para escuchar sus grititos de alegría cuando ella recibía un telefonema. Lo más sorprendente fue que en poco tiempo, se las ingenió para escribir mensajes simples con las teclas.
Candy se había transformado en un teléfono viviente, al que nunca hubo que recargar. En la última consulta, el veterinario llegó a la conclusión de que el teléfono se alimentaba automáticamente con la propia bioenergía del animal. Sin embargo, me advirtió:
—La batería de estos aparatos tiene una vida máxima de cinco años. Cuando se agote… no sé qué sucederá con Candy. Forman parte el uno del otro.
La batería duró siete felices años. Una fría mañana de agosto, se empezó a agotar. Candy usó los últimos minutos de energía para teclear algo en su pancita; mi teléfono sonó, atendí y leí la pantalla “te extrañaré”. Nada más. La vida de Candy se apagó de repente, junto con la batería del teléfono. La enterré en el jardín, debajo de un manzano.
Han pasado dos años y sigo llorando cuando pienso en ella.
Algo me inquieta: acabo de recibir en mi celular un mensaje que dice:

Te extraño. Voy por ti.
Remitente:
Candy.

Medidas de urgencia - Especial Pestes - María del Pilar Jorge


ESPECIAL PESTES, EPIDEMIAS Y OTRAS PODREDUMBRES

Emergieron por la alcantarilla: cuando la primera asomó su cabeza, nadie la notó. Se deslizó por el asfalto y en un instante volvió a desaparecer.
La segunda era gorda y emitía tenues chillidos: la escuchó Francisca, la esposa del panadero. La mujer, que barría la vereda, al advertir aquellos ojos oscuros fijos en ella, gritó. El suyo fue un alarido interminable, que hizo salir de los negocios del barrio a casi todos los vecinos.
—Era una… enorme… allí… Ahora no está… me mostraba los dientes…
Francisca temblaba. Su marido, para calmarla, le dio dos sopapos y volvió a entrar al negocio. Allí se quedó ella, hipando y jadeante, ante el asombro de los presentes, que comenzaron a acosarla para enterarse de lo que había pasado. Pero Francisca no podía articular palabra alguna.
Pero un instante después, el panadero apareció de nuevo en la puerta del negocio. Desesperado, con los ojos desorbitados, bramó:
—Una rata ¡Mierda! ¡Qué hija de puta! Se metió en la panadería, la condenada.
Poco a poco, las ratas comenzaron a apoderarse del pueblo. Primero devastaron el supermercado, haciendo destrozos a diestra y siniestra. Luego, aparecieron en el banco, en la iglesia y en todos los comercios del centro. La gente comenzó a atrincherarse en sus casas y a comprar todo tipo de trampas y pesticidas. Indemnes, los roedores avanzaban como una maza ondulante por calles y paseos.
La mansión del gobernador había sido edificada en la parte más alta del pueblo. El sistema de seguridad de la enorme casona era perfecto. Casi perfecto. Una tarde, ya finalizada la tarea cotidiana, al salir de su escritorio el buen hombre encontró a la mucama subida arriba de la mesa, dando saltitos y gritando. Después de disfrutar el espectáculo de las piernas bien torneadas de la muchacha, el gobernador comprendió que se tornaba ineludible tomar medidas urgentes.
Aplastó al roedor con un pisapapeles de mármol que había sobre la mesa y luego de consolar a la mucama, que se arrojó en sus brazos, levantó el teléfono e ipso facto convocó a una reunión inmediata del Consejo Vecinal.
Todos acudieron al llamado, porque la locura que los asolaba no distinguía clases sociales. Allí, y con la sangre del roedor masacrado aún húmeda en la cerámica del piso, decidieron en pleno que lo prioritario era conseguir un exterminador, para deshacerse de esa peste.
A primera hora del día siguiente, salió publicado, en el diario del pueblo, un aviso llamando a licitación para contratar los servicios de una empresa exterminadora de plagas. Se presentó el dueño del único comercio de ese ramo que existía en el pueblo y los de las empresas de la competencia residentes en las localidades vecinas. Todos pasaron un presupuesto por el trabajo.
Con las propuestas en mano, el Consejo Vecinal se volvió a reunir, pero la discusión se volvió acalorada. Los honorarios de los expertos eran elevados. Todos habían descrito minuciosamente los riesgos que podían sufrir en el cumplimiento de la tarea: mordeduras, infecciones, gangrenas, alergias. Pero las arcas de la Gobernación estaban casi vacías y ninguno de los presentes ofreció los donativos con los que contaba el Gobernador.
—Piden mucho, hay que negociar.
—Decretemos un tributo de emergencia —sugirió alguno.
—¡Un tributo! La gente nos va a querer linchar.
—¡Qué va! Están muy asustados. Con una buena campaña publicitaria, difundida por la radio y la televisión local, los convenceremos para que colaboren.
—Pero… ¿y la demora? No vamos a juntar ese dinero de un día para otro.
—Solicitaremos un préstamo al banco, hasta que se recauden los fondos —sentenció el gobernador, mientras se sacaba un zapato e intentaba pegarle a una rata que se acababa de subir a la mesa—. El otro día, el gerente estaba desesperado con los destrozos que hicieron en el banco. Es la única solución que nos queda.
—¡Estos bichos son un asco! —exclamó repentinamente la bibliotecaria, que acababa de pisarle la cola a uno de ellos.
—Amigos, no nos demoremos más, o el pueblo se volverá inhabitable. Si se juntan más fondos de los que necesitamos, los guardaremos para alguna buena causa.
Cuando se difundió la noticia se escucharon voces airadas, protestas y hasta aparecieron panfletos pidiendo la renuncia del gobernador, pero la gente comenzó a aportar el dinero: querían salvarse y salvar sus hogares de la plaga.
Todo iba viento en popa: el banco les otorgó el préstamo, y la licitación, por supuesto, la ganó el exterminador menos costoso. El Gobernador se restregaba las manos, siempre y cuando las tuviera libres, porque dos por tres acostumbraba a entretenerse ayudando a bajar de la mesa a la mucama.
Por fin llegó el ansiado momento. El pesticida envolvió al pueblo en una fétida nube gris. Nadie trabajó, todos se escondieron en sus casas. Igual hubo quien sufrió alergias y molestias por culpa del denso veneno. Cuando se disipó el humo, se pudo contemplar a las ratas, que paseaban tranquilamente por las calles.
Hasta el día en que el cocinero del mejor restaurante del pueblo logró atrapar a un par de esas molestas alimañas y descargó su furia haciendo un guiso con ellas. Para su sorpresa, descubrió que la carne, bien adobada, sabía mejor y era más tierna y gustosa que la de los animales de corral, alimentados con comida balanceada.
Tímidamente algunos, otros, movidos por la furia, comenzaron a hacer lo mismo. Así fue como la reproducción de las ratas empezó a mermar y poco a poco, los habitantes del pueblo se olvidaron de pagar el bendito tributo.
El gobernador, agotado por la tarea abrumadora que lo había tenido enclaustrado en su oficina durante ese largo mes, renunció a su cargo, hizo las valijas y se marchó del pueblo. Quienes lo vieron alejarse en su auto rebalsando de valijas, dicen que lo acompañaba la mucama.

The Pillowman - Martin McDonagh.

Había una vez… un hombre, que no se parecía a los hombres normales. Medía casi dos metros y medio de alto y estaba totalmente hecho de almohadas esponjosas color rosa. Sus brazos eran almohadas, sus piernas eran almohadas y su cuerpo era una almohada. Sus dedos eran pequeñas almohaditas y su cabeza era una gran almohada redonda. Los ojos eran como dos botones y su boca era grande y sonriente. Hasta se le podían ver los dientes, que también eran pequeñas almohaditas blancas.
Bien, el hombre almohada tenía que verse suave y seguro porque su trabajo era muy triste y difícil...