Enfermedad - Sofía Ríos



Helena solía balancearse en las hamacas de la plaza del pueblo donde había nacido. Era un lugar tranquilo y sus días así se pasaban. Sus cabellos color avellana, sin brillo, y sin cepillo, se iban con el viento. Y su piel rosada perdía todo rasgo de rojo. Sus huesos esponjosos ya no caminaban, volaban. Volaban aún cuando Helena más necesitaba estar en tierra.
Un día, Helena encontró una bandana blanca; "como la paz", decía. Jugaba con esa bandana, pero no se atrevía a ponérsela; tan sólo imaginaba que el retazo de tela era una paloma, que la venía a buscar y no sé qué otras cosas.
Pero también se miraba al espejo. Ponía la bandana contra su piel y lo podía notar. Ambas se regalaron su color, lo intercambiaron. Así la bandana fue algo rosada, mientras su piel palidecía, hasta encontrarse nívea.
Y una vez, cuando todo proceso de intercambio cromático hubo acabado, Helena se descubrió desnuda ante el mundo. Y su cabeza era como una esfera de nieve, de seda. Y la intentó cubrir con la bandana. Por un rato.

Trazos que unen - Carmen Rosa Signes Urrea



“Aquella delgada línea, era algo más que una fina separación
entre dos zonas diferenciadas. Sonará a galimatías, puede
incluso que al delirio ilusorio de un demente, pero no es a mí
a quién deberían pedir cuentas. No fui yo quién conjuró este hechizo.”

Ar Razí (850-923)

El pulso firme enmarca el entorno, refugio oculto de mi realidad. La atracción que sintió por mí, le ayudó a rescatarme de la tumba ignorada de mi encierro.
Desde los primeros trazos, creería que estaba a punto de conseguir algo importante. Debía pensar que toda inspiración que golpeara su mano, salía de su mente de artista. No tuve necesidad de aliados, se convirtió en mi único ayudante.
Pero, ¿cuándo comenzó a cambiar? Él, pasó de mero observador a oficiante; y yo de admirada quimera a sumisa enamorada. No lo había visto, pero la suavidad de su pulso y la calidez de su voz, pudieron conmigo.
No es justo, debía haber concentrado en él, toda mi ira. Demasiados siglos, olvidada, como un genio en su lámpara apartada del mundo. Tenía que haber renacido como esas maldiciones surgidas de embotellados efrit, dejando caer sobre mi salvador, todo el peso de las consecuencias de su buena acción. Pero no fue así.
Derramaba en mí, como un amante, colores y líneas; conformando un encanto tanto tiempo perdido. Me desprendió de aquel rictus abominable, con el que hacía huir a los hombres. Incluso el vivaz remolino de mi cabello, entre sus dedos, se convirtió en sensual representaciones de las caricias y el sexo. ¿Por qué tenía que suceder?
En un principio mis intenciones estaban claras, pero en las postrimerías de su obra, cuando aquella delgada línea que nos separaba se hallaba cada vez más cerca de fragmentarse, me desviví por exhortarle en su empeño por terminar. Mis labios aún no se podían mover, pero mi pensamiento, aquel que le lanzó en la búsqueda, le conminaba fervientemente para que no concluyera.
—Los ojos… Sí, los ojos. Con ellos termino.
Repetía, mientras delimitaba los contornos, abriendo espacios infinitos que quebraban nuestros mundos, en una equívoca interpretación de mis deseos.
Infructuoso empeño el mío, que sucumbió en el mismo instante en el que terminó mis pupilas y pude verlo, al menos durante un segundo. Me queda la convicción de haberle complacido, pero maldigo este encuentro, esperando que nadie más me halle. No deseo eternizar la agónica desesperación del amor frustrado de esta Medusa.

Destino marcado – Sergio Gaut vel Hartman



La ficha de Lucrecia Mortellini estaba desolada.
—¿Viste lo que le pasó a Lucía Bormann?
—Ni idea —respondió Julieta Cantero, fresca como un pimpollo.
—Se ve que sos nueva —dijo Lucrecia.
—¿Eso que tiene que ver?
—¿No sabés lo que pasa con nosotras después de algún tiempo de tratamiento?
Julieta se retorció para negar de un modo enfático. No sólo no sabía: tampoco le importaba.
—La irresponsabilidad juvenil —terció Gabriela Achával, que para meterse en las conversaciones ajenas era mandada a hacer.
—No te dimos vela en este entierro —protestó Lucrecia—. ¿Por qué no te ocupás de tus cosas?
—Sos una amargada. Y veo que estás jugando con la chica. ¿Por qué no le decís la verdad?
—Eh, esperen —dijo Julieta—, me están asustando. ¿Qué te hacen después de algún tiempo de tratamiento?
Las fichas de Lucrecia Mortellini y Gabriela Achával se miraron y tras unos segundos de vacilación, dijeron a dúo:
—Te archivan, nena, te archivan. Y del archivo es difícil que te saquen alguna vez.

Extraño donante - José Vicente Ortuño



—¿Se encuentra usted bien? —preguntó la enfermera del centro de donación de sangre—. No tiene buen aspecto, está lívido.
El hombre alto delgado y pálido, que acababa de entrar, no tenía apariencia de donante, sino de necesitar una transfusión.
—Por supuesto, que no le engañe mi aspecto, me encuentro muy bien —respondió él—. Vengo a donar mi sangre.
—Claro, siéntese por favor —le indicó la camilla—, voy a tomarle la tensión arterial, súbase la manga, por favor.
Le colocó el tensiómetro evitando tocar aquella piel enfermizamente pálida. Observó la pantalla del aparato y se aseguró varias veces de que funcionaba correctamente.
—¡Es imposible, su corazón no late! —exclamó al fin—. Usted debería estar… —se interrumpió azorada.
—¿Estar qué? —preguntó el hombre enarcando una ceja. El gesto, que en otra persona hubiese parecido cómico, a la enfermera le provocó un escalofrío.
—Mu… mu… muerto —balbuceó la mujer, que templaba confusa.
—Debería estar no, señorita —rió el hombre—, “estoy” muerto. ¿No ve que soy un zombi?
—Zo… zom… —volvió a balbucear todavía más confusa que antes—. Enton… Entonces… ¡Usted no puede donar sangre! —exclamó con esa voz aguda que emite alguien que está al borde de la histeria.
—¿Puedo saber por qué? —preguntó el muerto viviente con expresión de disgusto. El gesto erizó los cabellos a la enfermera de forma tan brusca, que sintió como si le clavasen una aguja en cada folículo piloso de su cuerpo.
—Pues… —pensó alguna excusa rápida—. ¡Sólo pueden hacerlo las personas sanas! —una vez dicho se dio cuenta de que era una tontería, pero ya no podía rectificar.
—Yo no estoy enfermo sino muerto —replicó el zombi utilizando un tono de voz grave, cavernoso, casi siniestro, pero irónico a la vez—. Usted es enfermera y debería conocer la diferencia.
—No… digo sí, pero… —estiró sus palabras buscando una excusa para que el cadáver ambulante se marchara—, pero su sangre estará… —hizo un gesto de repugnancia.
—Mi sangre está perfectamente, la he cuidado durante ciento cincuenta años —dijo el zombi, ofendido por el desprecio que le hacía aquella mujer—. Además, quiero donarla toda —añadió, lo que aumentó el espanto de la enfermera—, hay gente que la necesita más que yo.
—¡Sí, pero… un muerto no puede donar sangre! —chilló la mujer a punto de pasar de la histeria a la psicosis.
—No soy un “muerto”, señorita, soy un zombi —aclaró—. Es decir, un muerto viviente, que no es lo mismo.
—¡Pues eso, un muerto! —exclamó jadeante la enfermera al borde del colapso nervioso.
—Se equivoca, los zombis estamos clínicamente muertos, sin embargo, como puede comprobar no nos descomponemos.
—¡Me importa un pito, señor Muerto! ¡Váyase de aquí ahora mismo! ¡No queremos gente como usted aquí! —gritó mientras forcejeaba intentando abrir la puerta, aunque no sabía si era para que saliera el zombi o para escapar corriendo.
—¡Su actitud es racista! —exclamó el zombi muy ofendido—. Sepa que voy a poner una reclamación por trato discriminatorio.
—¡Sí, seguro que le harán mucho caso a un cadáver putrefacto… que debería estar enterrado! —gritó asomada al abismo de la locura—. ¡Márchese ahora mismo o llamo a la policía y lo denuncio por violación!
Abatido, el zombi salió del centro de donación de sangre. En sus ciento cincuenta años de no-vida jamás lo habían tratado de esa manera. Podía comprender que los campesinos de la Transilvania decimonónica hubiesen querido quemarlo, pero en plena era de la información esperaba algo más de comprensión y toleracia.
Se le acercó un tipo que parecía haber estado esperándolo, vestía un elegante traje de Armani y lucía, zapatos, gafas de sol y reloj a juego.
—Ya te dije que los mortales no querrían tu sangre —susurró—. No saben apreciar una sangre con solera, ¡nada menos que cosecha de 1859! —se relamió los afilados colmillos que mostró de forma fugaz.
—Tenías razón Ivan —dijo el zombi—. ¿Sigue en pie tu oferta?
—¡Naturalmente! El conde Ivan Ivanovich Drakulovsky von Hunsterblich siempre mantiene su palabra —afirmó poniéndose la mano en el corazón con gesto serio.
—¡De acuerdo, mi sangre a cambio de tu Testarossa! —exclamó con un suspiro—. Pero una vez que te la bebas no me pidas que te lo devuelva.
—La duda ofende, querido amigo Boris —replicó el vampiro.
—Hecho, vayamos a tu castillo, pero yo conduzco, que tú vas como loco y yo todavía quiero no-vivir muchos años más.

Secretos - Olga Liliana Reinoso


Hay secretos que corroen el alma. Son monstruos que se agigantan con el tiempo, que trepan como enredaderas por la medianera entre el alma y el cuerpo hasta alojarse en la garganta. Y allí se desparraman, empetrolan, piquetean la libertad de ser feliz.
Pero hay otros secretos que son abeja destilada, dulce manta de viaje hacia las galas del placer, pasaporte de lujo al paraíso.
Y si, además, hay cómplices punibles que sellaron su boca, cada vez que se cruzan las miradas, que se desliza una mano negligente, que se espolvorea un beso distraído y se obsequia una palabra pimpollosa, el secreto renace, nos habita, nos toquetea por dentro, nos urgencia.
El cómplice se va y uno se va de polizón en su cabeza. Los dos saben que hay una ceremonia “dejá vú”, que otra vez el incendio es implacable.
Este secreto es una obra de teatro multipremiada que convoca otra vez los aplausos y destella sonrisas en los días siguientes para que los de afuera conjeturen: “qué boluda”.
¡Ay! Si supieran.

Breve historia de la decantación - Adriana Med


La mezcla (combinación de dos o más sustancias en la que no ocurren reacciones químicas) A estaba perdidamente enamorada de la mezcla (combinación de dos o más sustancias en la que no ocurren reacciones químicas) B en secreto y no se atrevía a hablarle. A menudo se preguntaba: ¿Será realmente heterogénea (mezcla formada por dos o más componentes que se distinguen a simple vista)?, pues corría el rumor de que era reprimidamente homogénea (mezcla formada por una sola fase de la que no pueden distinguirse sus partes), como suele pasar en estos casos.

La masa (magnitud que cuantifica la cantidad de materia de un cuerpo) cayó por su propio peso (medida de la fuerza que ejerce la gravedad sobre la masa de un cuerpo) y nuestros cachondos protagonistas formaron una hermosa mezcla de cuatro componentes bajo el sol de la Toscana. Todo parecía maravilloso y mágico hasta que, ay, se acabó. SE ACABÓ. Firmaron los papeles de la decantación (método físico de separación de mezclas heterogéneas basado en la diferencia de densidad) y ésta se llevó acabo un frío 24 de abril entre elementos y sustacias puras.

Tomado de: http://ellatienehambre.blogspot.com/

Sobre la inmaterialidad - Vladimir Kultyguin




El cielo, ¿existe o no existe?
La luna, ¿flota o no flota en el cielo?
Las nubes, ¿cubren o no cubren el rostro de la luna?
La lluvia, ¿cae o no cae de las nubes?
La hierba, ¿crece o no crece con la ayuda de las nubes?
El sol, ¿calienta o no calienta la hierba?
Muchas otras preguntas ocupaban el cerebro de Fernando mientras estaba de pie en el ascensor, con la comunicación ausente. Ya había contado el enésimo minuto cuando vio reaparecer la iluminación; debía alegrarse mas ¿cómo hacerlo si comprendes que no existes?
Es bastante fácil figurarse cosas cuando uno está parado en un ascensor sin señal alguna de lo que sucede a su alrededor. ¿Acaso existen el ascensor, la casa y todo este inmenso cigarro que es el mundo de las ciudades?
Aquí hay un problema más: si todo esto es así, ¿cómo pudo pensarlo Fernando? ¿Cómo puede pensar o hacer alguna cosa?
Si hubiera dejado caer sus llaves al suelo del ascensor, no las habría podido tomar: habrían atravesado todo hasta los cimientos del edificio, pasando por todo lo colorido y descolorido en lo que pensamos como "Tierra", hasta llegar a un espacio-tiempo donde no hay ni lo uno ni lo otro, y por donde no se puede pasar si no se camina.
Pero también estaría privado de la posibilidad de tomar las llaves del suelo por la razón de ser él mismo compuesto por cosas parecidas a estas llaves, y por ello inmaterial. Logró hacerlo pero a costa de un movimiento exagerado, inseguro, temblando. Las puertas se abrieron, y pudo entrar (¿salir?) a la escalera encerrada entre paredes pintadas de azul.

Presentación - Jorge Ariel Madrazo



A Javier Villafañe, i.m.

De entrada nomás te sorprende la disposición de las sillas, injertadas unas en otras de un modo que suponés casual. Pero basta sentarte y quedás acollarado por un andamiaje de cuerina, de rodillas propias y ajenas. Y nalgas, horrendas nalgas, deleitosas nalgas. Estas últimas, lo sabes bien, incitan a la femenina seda a resbalar con languidez. Y sobre ella, las puntas de tus dedos.
Sentarse allí era un acto de arrojo al que te lanzaste sin pensarlo. Y allí estabas, apoltronado, soñando (el diablo sabe por qué) con «Rose of Picardy» en las grabaciones de Al Jolson e Ives Montand. La primera, de 1949, cuando con unción guardaste tu flamante libreta de enrolamiento; la segunda, del 80, el mismo año en que quedarías prisionero de una silla Tudor, dentro de un saloncito empenumbrado en reflejos celestes, esperando algo. ¿Tal vez a Fred Astaire, con su media sonrisa en aquel old fashion way? ¿Quizás una visión espléndida y distinta, como la que suspiraron los colonos Juan Cruz, Santiago Armella, Wladimiro Katz y Hermenegildo Aguirre, quienes al atardecer del 17 de setiembre de 1934, en las inmediaciones de Cerro Redondo, allá por Olavarría, embobados pero sin extrañeza vieron surcar el cielo a la poetisa Felipa Salgado, igual a un esquife, tan arriba y tan tranquila? ¿O estarás esperando una nueva, infinita función de «El Caballero de la mano Roja» y su villafañesco caballo «Temerario»?
Las caras de los contertulios empiezan a borrarse. Brota de ellas, en crescendo, un coro: «Rose of Picardy», «In the old fashion way». Felipa sobrevuela tu cabeza.
Tantos hechos te impidieron constatar el cerrojo de las sillas presionando a tu cuerpo enflaquecido. El momento cuando unas nalgas te oprimieron; primero te ganó una estimulante excitación, luego supiste: te arrastraban hacia el fondo, al subsuelo donde moran los insectos y adonde fluirán (algún día) tus cenizas.
Rogaste por auxilio, casi sin esperanza. Desde el escenario proseguía, imperturbable, la erudita presentación de un poemario a cargo de una profesora en Letras provista, cómo no, de esos anteojos de carey. En eso, Felipa Salgado arrojó, desde lo alto, su cable de heliotropos. Y por él trepás, jadeante. Hasta donde Temerario te aguarde sudoroso, entre brincos a lo Fred Astaire y en aquel viejo estilo elegante. Hasta un espacio abierto donde no te alcancen, ya, los poéticos aplausos de la jauría.

Golem en Viena - Héctor Ranea


Pasa todas las noches, guiado por una joven coja. Ella apenas lo puede arrastrar porque a veces extravía la palabra que lo mueve. El Golem pasa por ser un viejo vestido de negro, con barba y cabellos largos, trenzados bellamente y blanquísimos, pintados adrede con un buen minio. El sombrero de ala ancha, rígido, apenas se mueve cuando él camina. Sus piernas son maquinarias complejas, pero sus movimientos casi no reflejan tanta ingeniería y se arrastran con dificultad, rígidas y metálicas debajo del pantalón negro.
Cuando pasa cerca de los muchachos del bar italiano, ellos dicen escuchar la suave canción de la coja que a veces responde una voz triste, grave, que parece ser la del viejo.
Los mozos japoneses de la esquina aseguran que no es humano y la presencia de la hembra coja parece darle un escalofriante valor de verdad a su aseveración. Lo cierto es que nadie nota que cada vez que sale de su casa, un cuervo inquieto se transforma en gárgola de piedra gris, como su lomo.
Cuando lo pude ver, la camisa blanca se destacaba sobre el fondo negro de su traje y el negro paño vienés de su sombrero. Caminaba mal, apenas se mantenía en equilibrio, rolando como una nave mal estibada en cada paso. Ella lo sostenía aún con su cojera pero con la desesperación pausada de quien se enfrenta a un cataclismo.
De pronto, la campana desafinada de Juan de Nepomuk pareció despertarlo. La joven escribió algo sobre un papel pardo hecho con sisal de momias y se lo enfiló en la boca al viejo que comenzaba a pisar sobre cada paso. Entonces el viejo volvió a su inconsciente caminata, como antes de la campanada.

Deidad en desgracia - Damián Cés



Síganme, y me darán la razón. Así es, no soy inmune a este gélido viento que cala mis tegumentos y dispara diminutos cristales de sílice contra mis ojos.
Descuiden, el galpón oxidado y erosionado frente a la vieja e inutilizada estación de tren, nos dará cobertura. No importa que de sus paredes sólo quede el esqueleto de metal, que sean pocas las chapas de su calva techumbre que rechinan al son del vendaval y, que de sus vidrios apedreados, quien sabe si por los borregos o por las esquirlas, solo queden vestigios esparcidos en el suelo. Ellos no nos verán, los estúpidos, no nos verán. No, sé los aseguro, cómo podrían, si siempre nos ignoraron.
Espérenme aquí, quiero hacer esto solo. ¿Ven aquel que está justo frente a mí?, es el peor de todos, mi peor enemigo, puedo oler su sudor. Cree verme con esos desmesurados ojos grises. Maldito ciego, jamás lo logrará.
Ahora observo sus desagradables testas, desde aquí, parecen un hato de hongos.
¿Qué si tengo algún reparo a lo que estoy por hacer? ¿Qué si no temo a los remordimientos? Claro que no. Es una pregunta retórica, ¿no es cierto? Ustedes saben bien lo mucho que nosotros hemos sufrido ¿O acaso su jerarquía no se los permite? Además, no sería el primero, no, ni de cerca. ¿Pero porqué me miran así? Un momento, acaso debo refrescarle unas cuantas cosas, increíble.
Cuando llegamos, los primeros, estos seres eran unas pobres bestias. Tanto fue lo que aportamos, que pronto nos adoraron y rindieron tributo. Era algo que particularmente yo, no buscaba, aunque sé que algunos de mis compañeros, incluso me temo, que a varios de ustedes, les gusta, lo disfrutan, realza su ego a limites insospechados ¿No es así? Pero yo sólo quería integrarme con ellos. Por eso conocí a Asher, y desaparecimos por un buen tiempo, en un vano intento por tener nuestra propia y sencilla vida. No funcionó como hubiese deseado y por ella, acepté regresar. Pero todo había cambiado. Una nueva raza dominaba el lugar y me desconocía, me ignoraba, me discriminaba. Lo peor fue que el viejo pueblo también me negó. No, ya sé, esa no es una razón suficiente. Sí, también sé que es algo que le ocurrió a muchos de nosotros y en los lugares más disímiles, ¿pero saben qué? ninguno de ustedes sufrió el despecho que tuve cuando Asher se enamoró de unos de estos nuevos hombres.
Claro que intenté entender, ¿o me creen tan idiota? Primero me alejé y me dije que no me merecía. Luego intenté reencontrarme con ellos y volví a ayudar para que vieran en mí a un amigo. Pero jamás reconocieron nada.
Los odio, ¿entienden ahora por qué? Y quiero irme de está estepa estéril en la que estoy confinado. La única solución es matarlos, matarlos a todos, y es lo que voy a hacer en este preciso instante.
¡Qué! ¡No, esperen! No pueden, soy uno de los suyos, no, no…

No entiendo a mis amigos- Miguel Dorelo




No es que sean raros, no me malinterpreten; son personas comunes y corrientes, como deben ser los de ustedes.
Yo creo que el problema más bien es de comunicación.
Paso a explicarles: resulta que hace un tiempo conocí a una señorita en un evento cultural de esos a los que me invitan habitualmente (bueno, en realidad tuve que pagar la entrada, pero me habían dicho que concurriera), y aunque soy de aquellos que no creen en eso del amor a primera vista, luego de ponerme las gafas cambié totalmente de opinión.
Me acerqué a ella y traté de impresionarla; le conté que era escritor, que publicaba habitualmente y que tenía lectores en prácticamente todo el mundo. Evité en todo momento hablar sobre blogs e Internet, por supuesto.
Como suele sucederme en estos casos, creo que no la impresioné lo suficiente.
—En otra ocasión charlamos con más tiempo —me dijo mientras se retiraba con rumbo incierto y demasiado velozmente para mi gusto.
Como no soy de resignarme fácilmente, al instante siguiente de que la dama despareciera, ya estaba planificando la estrategia de conquista; inclusive ya mi mente había urdido un nombre para el intento: “Operación ninfa”. Reconozco que mi hábito de ver películas clase “B”, están influyendo demasiado en mí.
El plan consistía principalmente, en concordancia con mi método preferido de vida, en aprovecharme de la experiencia ajena. Me decidí completamente y a la mañana siguiente empecé a hacer los contactos correspondientes.
Mis amigos y yo formamos una especie de cofradía; cuando alguno de nosotros necesita de la ayuda o el consejo de los demás, organizamos una reunión y tratamos en lo posible de solucionar el problema del que lo solicita.
—Otra vez el “enamorado precoz” —comentó uno de ellos. Hice como que no lo escuchaba.
Ya reunidos, planteé mi situación y rápidamente comenzaron a llegar a mis oídos los consejos que cada uno de ellos creía más conveniente.
—Encará derecho al arco y en cuanto abra la defensa se la mandás a guardar —aconsejó Juan, fanático del fútbol.
Pedro, abogado de profesión planteó —Exponé tu caso. No trates de ser sincero ni nada de eso, suele ser contraproducente. Lo importante es ganar, la verdad es relativa. Si te rechaza, apelá o tratá de extorsionarla con algo de su pasado.
—Lo principal pasa por planificar bien la operación —dijo Esteban, el cirujano.
—Mentí, mentí siempre. Prometele cosas aunque sepas que no vas a cumplir, suele ser muy efectivo —acotó Fernando, político de raza y recientemente elegido como diputado provincial.
—Lo mejor es dormirla. Después le hacés lo que tengas ganas —saltó Ariel el anestesista, que es un poco degenerado pero buen tipo.
Francisco, el millonario del grupo hizo su delirante aporte a la causa —Le comprás un vestido de un buen diseñador y se lo mandás a la casa junto a una docena de orquídeas. La pasás a buscar en una limousine, van al mejor restaurant de la ciudad, y luego de la cena le regalás una tiara de diamantes o un anillo importante que haga juego con sus ojos. No puede fallar.
— ¿Y para qué querés la aprobación de ella? —se asombró Ramón, el violador.
—Te hacés pasar por alguien inofensivo y simpático, te insertás en ella, le hacés creer que sos indispensable para su buen funcionamiento y después la manipulás a tu antojo —afirmó Javier, hacker especialista en troyanos.
—Vos tendrías que dejar de mirar para otro lado y prestar más atención a las oportunidades que tenés a tu alrededor. Permitite una pequeña licencia y te juro que no te vas a arrepentir —acosó Miguel...Aunque el prefiere que lo llamemos Carla.
— ¿Quién te dijo a vos que la felicidad es tan fácil de alcanzar? Muchas veces nos engañamos creyendo que el amor soluciona todos los problemas y no nos damos cuenta que es un espejismo, una ilusión pasajera. La mayoría de las veces es un mecanismo de autodefensa para ocultar traumas de nuestra infancia, algún destete temprano; o inclusive de cuando éramos solo un feto en el vientre de nuestra madre y ni siquiera estábamos seguros de si realmente ella deseaba nuestra venida a este valle de lágrimas —pudrió todo Alberto, el psicólogo.
—De todas maneras, te va a terminar engañando —concluyó Martín, el cornudo crónico del grupo.
Fue en ese momento que decidi dar por terminada la reunión. Disimulé lo más posible mi decepción y saludé cordialmente a cada uno de ellos, después de todo seguirán siendo mis amigos.
Quizás el problema pase por mí, pero no logro entender de qué me están hablando. O quizás todo pase por la incapacidad de desprendernos de nuestra idiosincrasia cuando debemos hablar de un tema y todo pasa por nuestro exclusivo punto de vista.
De todas maneras siempre hay un lado positivo: la charla con mis amigos me sirvió para darme cuenta que no vale la pena complicarse cuando hasta ahora, si bien no lo ideal, con las manualidades que me acompañaron durante gran parte de mi vida, también puede alcanzarse la felicidad.

Murmullos de Juan Rulfo - Mónica Sánchez Escuer



A mi padre, admirador de Rulfo, en el cumpleaños de ambos

Dicen que no nació donde nació, que a él le gustaba esconderse en sus historias. Sí, dicen que Juan Rulfo era una aparición de Juan Rulfo, por eso se inventaba biografías. Otros aseguran que no, que era una ánima en las calles de Comala que le dio por escribir el aliento de los muertos. Y de los vivos que aún no saben que están muertos. Y de todos los ruidos del dolor y de las ganas en el tallar de los cuerpos. Dicen que miraba mucho el cielo y que ahí encontraba las figuras de sus difuntos, que se quedaba horas sentado en una piedra escuchando los chillidos del aire entre las rocas. Dicen que era callado, que sólo entre silencios y murmullos se movía, pero otros dicen que no es cierto, que colgaba frases lapidarias por todas partes, como quien sabe de los rumores de las sombras y los reparte entre la gente.
Dicen que escribía con la tierra entre los dedos, arañando los huesos enterrados, siguiendo las huellas del sol sobre los muros. Lo cierto es que sus historias nos abren el tacto de la mirada, la vista del oído, nos meten el paisaje seco entre los huesos, nos arrastran por la tierra, nos muestran, así como si nada, en una puerta, en el filo de una arruga, el perverso rencor del tiempo.
Hay quienes dicen que Rulfo era de esos escritores que ni en sueños uno puede seguirles el rastro, que su voz se nos queda pegada, pera nadie es capaz de pronunciarla.
Algunos aseguran que Pedro Páramo le quebró los dedos, que el sol de Comala le quemó las letras. Pero la verdad es que él seguía escribiendo, hablando con sus fantasmas, viviendo con los ojos y el tacto y la garganta a la altura de su cielo. Y retrataba los chorros de luz sobre una piedra, los tejidos de un tronco, la sonoridad de una tumba. Dicen que le gustaba mirar de cerquita la edad de los muros, la piel delgada de una hoja, la rugosa superficie de un gesto. Hay quienes aseguran que murió hace casi veinte años, pero algunos juran que a Rulfo se le ve en ese andar a tientas por el aire, en nuestro esquivo caminar por la penumbra entre alegres calacas de azúcar y amaranto. Porque los muertos regresan para decirnos que aquí no pasa nada, que aquí no vive nadie, que todos somos espectros, apariciones de un tal Juan Rulfo.

Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/

Velocidad - Camilo Fernández


Mis dedos tiemblan al empujar la palanca de mando, la transpiración me acaricia el antebrazo. La nada del espacio se profundiza a cada minuto, como si el sol estuviera a punto de apagarse. Cuanto más me acerco a la tierra, más me aturden los gritos del silencio.
A través de la pantalla, mi querido planeta tiene el extraño tinte de la irrealidad, como queriendo confundirme. Con simples toque sobre el visor, compruebo los parámetros de viaje. Velocidad de impulso constante; distancia, menos de cinco horas. Insatisfecho, prefiero estirarme hasta la escotilla y ver el azulado reflejo de nuestra vieja roca a la deriva.
Han pasado cuatro años desde que dejé mi hogar, y más de cinco desde que decidí enredarme en este extraño experimento psicológico, o “Psicoespacial” como me gusta llamarlo.
Pocos tuvieron el coraje para registrarse en el programa, y muchos menos de acercarse al final. Los que lo logramos, fuimos asignados a diferentes regiones aisladas de nuestro sistema solar, en bases que si bien eran poco menos que improvisadas, proporcionaban más comodidades de las que yo conocía.
Reviso los cálculos. Aún estoy a tiempo. Ingreso los cambios. Los odio... y me odio por darles la razón.

Tomado de: http://2centenas.blogspot.com

Impertérrita - Giselle Aronson


No encontré un calificativo más adecuado, entonces dejé de adjetivarla y declaré que ése sería su nombre.
Impertérrita se había presentado a un concurso que elegiría al nuevo jefe de trabajos prácticos de la cátedra de Educación y Ética, de la cual yo era creadora y profesora titular.
Ya me había asombrado al leer el examen requerido para el puesto, las palabras precisas, la síntesis buscada, interpretaciones adecuadas. Sobresaliente.
Volví a sorprenderme cuando se presentó a la entrevista personal. Impertérrita era todo lo contrario a lo que mi prejuicio había aventurado. Tenía esa clase de belleza zonza que portan las caras de rasgos perfectos. Cada cosa en su sitio y en equilibrada proporción. Iba prolijamente vestida con colores armónicos, la ropa se ajustaba a su figura elegante. El cabello, de un lacio y un color inmaculados, ni una sola mecha fuera de lugar. Sus manos lucían uñas recortadas y barnizadas de un esmalte inalterable.
Durante la entrevista, Impertérrita contestó cada pregunta con voz clara y respuestas certeras. Dijo cada una de las cosas que los profesores presentes queríamos escuchar.
Toda mi naturaleza femenina luchó para no caer en la inevitable comparación y sin desearlo me vi despeinada, con la ropa que trabajosamente había logrado seleccionar de mi placard, mis dedos llenos de anillos y las uñas sin pintar, básicamente maquillada, con mi hablar atropellado y la risa estentórea, la punta de las botas gastadas y las raíces del pelo descoloridas. No me acuerdo de qué pretexto me valí para dejarla fuera de carrera y elegir a otra candidata como profesora. Sólo sé que tanta perfección no me pareció real.
De todas formas, cada año, cuando me dispongo a dar la clase “Los valores y la ética en el aula”, me acuerdo de Impertérrita.

Peor el remedio que la enfermedad – Sergio Gaut vel Hartman


Sus padres lo habían llamado Jonas por Salk, el biólogo que desarrolló la primera vacuna eficaz contra la poliomelitis. Pero a él no le gustaban los médicos, no le gustaban hasta el punto de que prefería retorcerse de dolor antes de aceptar ir a un hospital o un consultorio. Su extremismo terminó siendo obsesivo y perverso, y durante su juventud se enroló en una suerte de militancia que elegía a los profesionales de la medicina como blanco de sus agresiones. Pero Jonas no era necio. Desconfiaba de los hombres que ponían en práctica los avances científicos, no de la ciencia en sí misma. Por ese motivo, a medida que fue envejeciendo, empezó a pensar cómo se las arreglaría para no morir de alguna estupidez, ya que su fuerza de voluntad no sería suficiente para evitar la enfermedad y el envejecimiento. Y la solución llegó de la mano de la informática. Adicto a las computadoras desde su aparición en el mercado, no tardó en advertir que, si lograba describir con precisión los síntomas de una dolencia, podía obtener una respuesta a cualquier pregunta utilizando Google. Así se curó de una laringitis, de una mastoiditis y de una endocarditis sin necesidad de visitar a un médico. Poco a poco se convirtió en un experto y no tardó en estar adecuadamente preparado para enfrentar a las amenazas mayores como el Parkinson, el Alzheimer, varios tipos de cáncer y la terrible Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. No estaba equivocado. Fue resolviendo los problemas a medida que se presentaban, y al cumplir 70 años, Jonás pudo decir, orgulloso, que tenía una salud de hierro y que ninguna enfermedad podía matarlo, que todas aumentaban su fortaleza.
Murió de sobredosis informática el mismo día en que Google inauguró los buscadores de implante craneal.

Problemas de desconexión - Jason Fischer


Sr. TempID # 701536
(anteriormente conocido como Cyrus J Willard)
c / o YMCA Hostel
55 Jeff Kennett Boulevard
NEW MELBOURNE VIC 9001
AUSTRALIA

17 de septiembre 2078

RE: PROBLEMAS DE DESCONEXIÓN POR FALTA DE PAGO DE LAS TASAS

Estimado Sr. TempID # 701536,

Según nuestra reciente correspondencia, reiteramos que su identidad ha sido revocada. Ahora se han agotado todas las vías de apelación jurídicas y queremos recordarle lo siguiente:

• Sus derechos a la identidad conocida como Cyrus J Willard han sido vendidos a un nuevo cliente, junto con todos los derechos subsidiarios (domicilio, pareja, empleo e historial de crédito).
• Tras una serie de enfrentamientos altamente inapropiados, se adjunta una orden de restricción que prohíbe que usted se ponga en contacto o se acerque a Cyrus J Willard, Stacey Willard y Cyrus J Willard Jr.
• Cualquier intento de seguir en contacto con Stacey Willard puede ser considerado causal de divorcio por falta, en cuyo caso Cyrus J Willard recibirá automáticamente el 100% de los activos maritales según el acuerdo prenupcial firmado por usted mismo.

A continuación del pago INMEDIATO y TOTAL de su deuda pendiente de pago, podemos ofrecerle una nueva identidad. Puede elegir entre los siguientes paquetes:
a) Básico - El paquete Básico mantiene su TempID por una tarifa mensual baja, permitiéndole acceder a servicios públicos básicos, membresía en instituciones financieras y derechos de voto.
b) FreshStart - ¡Con una cuenta FreshStart usted puede empezar una nueva vida, bajo el nombre (disponible) de su elección! Viva a la manera antigua, estableciendo relaciones, empleo y crédito.
c) LuckyDip - El paquete LuckyDip ofrece una identidad de segunda mano. ¿Quiere ser médico, técnico de saneamiento o servidor público? Le proveeremos todos los aspectos de identidad de un moroso aleatorio.

Tenga en cuenta que su TempID ha sido proporcionado a usted gratuitamente durante este difícil momento de transición, pero expira en un mes. La no-identidad es un delito federal.

Atentamente,

Atención al Cliente,
Identicaticorp


Traducción de Saurio.
Original en The Daily Cabal

Dolor en las rodillas - Héctor Ranea


¡Ay! Ahora viene el hombre de las mil voces y me pide que bese la puerta. Obedezco a medida que el sol cae y no me preocupa que todo siga girando mal a medida que la pintura no me obedece más. Tal vez el pomo de la puerta sea dulce. Quién sabe. Con este hombre con los ojos en la cabeza nunca se puede saber. Es más. Ayer me pidió que me ajuste mis calzones. Ahora el dolor de besar la puerta, ayer el dolor en las rodillas debido al ajuste. Claro. Él porque tiene los ojos en la cabeza, pero nosotros, los seres del súcubo, con nuestros ojos dentro de los calzones, tenemos serios problemas de dolor en las partes cuando nos tapan los ojos. Y eso sin contar con los cuentos que tenemos que leer con los calzones tan ajustados. En realidad, no sé si no será mejor volver y no intentar invadir este planeta llena de gente que besa puertas, fastidia los calzones y cierra días con azotaínas y verborragias. Sí. Mejor le digo al líder alfa que nos vayamos de acá cuanto antes. Se lo digo no bien logre sacarme los calzones de los ojos.

La costa del mar de la isla de Seto - Lucila Pinto


Un sacudón sin viento y Japón llegó a Buenos Aires. Así, seco, bruto. Por sobre todas las cosas, atemporal. Hiroshímiko. Ya por esos años, pocos para una vida, debía haber escuchado la teoría, que si se hace un pozo en Argentina se llega a Japón. Cuatro años debía tener. O tal vez faltaban cuarenta y cinco para mi nacimiento. La cosa es que una bomba explotó en Japón y se sintió en Buenos Aires. A mí no me lo contaron, lo escuché.
Años de recapacitación, meditación, aproximación, teorización y otros ción y la conclusión es esta: Promediaba el año 1944 cuando. O mejor empezar con: Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima. ¿Hiroshima es costera? Google. Wikipedia. Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima, que fue fundada en 1589 sobre la costa del mar de la isla de Seto, y tiene una población estimada de 1.157.962 personas, una densidad de población de 1.279, 5 personas por km² y una superficie total de 905,01 km². Asakusa era un muchacho tranquilo. Un muchacho tranquilo suena mediocre. Asakusa no llevaba el viento en la sangre, como todo buen muchacho japonés, cortés y burgués, sabía reprimir en tiempo y forma sus instintos y pasiones. Respetuoso de quienes lo precedieron en el honor de portar su mismo apellido, es decir, sus mayores, disfrutaba de pasar horas mirando el cielo y el mar (la costa del mar de la isla de Seto), permitiendo a su mente deambular por rincones éxoticos de su imaginación, mientras pretendía escuchar las historias que su abuelo remitía. Una tarde de marea baja, en el que la ausencia de viento y olas obligaba al joven a atender las palabras del anciano, se enteró de la teoría. Fue una revolución para su intelecto chaval enterarse de que un pozo en Hiroshima lo arrojaría en Argentina. Allí el General se imponía como figura central de la política y la sociedad, un terremoto destruía la ciudad de San Juan y cincuenta años más tarde lo mismo haría una bomba con la Asociación Mutual Israelita Argentina. Efemérides.
Los días de Asakusa Yanurabi se volvieron monótomos, con un objetivo escrito en su frente que perturbaba su visión en el espejo por no verse realizado. Primero fue una cuchara, después una pala y por fin un sofisticado sistema extraetierra. La locación cuidadosamente premeditada, lo más lejos posible de la playa, de la costa del mar de la isla de Seto, porque su experiencia le dictaba que cuando se cavaba en la arena pronto emergía el agua del agujero. Cacofonía. Agua agujero.
Y la parte trágica. Acá hay que cuidar que el tono sea trágico, bien dramático. Signos de exclamación, ahí va. ¡Aquel pozo que no representaba otra cosa que un agujero profundo, cual la profundidad del mar de la isla de Seto, en la infancia y en la inocencia de Akakusa Yanurabi! Y la tierra que de él extraía, que no era sino el vestigio, las ruinas de lo que algún día sería. ¡Un gran hombre! Padre de jóvenes tan prudentes como él lo había sido mientras cavaba, cavaba y cavaba agotando a cuentagotas la fuente de su juventud. No eterna, efímera, juventud pura. Esposo, más que eso, ¡fiel compañero!, de una hermosa doncella que cuidaría su virtud, ¡hasta la noche de su boda!, para después cuidar de él, de Asakusa, hasta que este pereciera en su lecho. Todo eso sería. No, no sería. Todo eso hubiera sido a no ser por la bomba, por la implosión que con ella se llevo el pozo y la joven vida.
Y acá viene lo contario de una analepsis, porque es para adelante. Buenos Aires a destiempo. Corría el año 1994. Las suelas de los zapatos de una mujer fueron sacudidos de su estable contacto con el piso, una leve pero notoria vibración subió por su cuerpo recorriéndolo hasta llegar al lugar donde se les atribuyó una significación que fue posteriormente relacionada con una noticia leída en el diario. Cincuenta años tardó el estruendo en atravesar el agujero zurcado por Asakusa Yanurabi y llegar a los cien barrios porteños. A uno de ellos, al menos, llegó, como un eco japonés, hiroshímiko, el temblor desde el mar de la isla de Seto. Como un sacudón sin viento. Partículas de aire japonés volando por Buenos Aires. Y qué extraño, estadounidenses, japoneses, judíos y menems estaban involucrados en la cuestión. Y cabía en la unión de esos dos átomos de oxígeno la política, la violencia, la guerra y la estupidez.
Otra no queda, tiene que haber sido así, sí o sí.

Uninfiernotriangular - Mariela Anastasio


Atrapada en un espacio raro. Tengo que contarlo para que se entienda de lo que hablo, aunque creo que yo misma nunca lo entenderé. Un lugar amplio, asfixiante por lo extenso, por lo infinito. Todo cielo (azul oscurísimo, sin luna), y un suelo dividido en enormes triángulos, que por su perfección parecían diseñados por el hombre, pero que a la vez revelaban algo más extraño, como de otro universo. Los triángulos estaban dispuestos en calidoscopio, repitiendo cuidadosamente sus materiales: madera lustrada, finísima, mármol verde, tierra rojiza recalcinada, granito blanco y arena. Detrás un manto azul.
¿Qué era aquello?
¿Por qué me sentía tan vacía y triste en aquel lugar?
Más tarde lo descubriría: aquello era la nada. Hacia donde mirara, allí y aquí, los triángulos se multiplicaban infinitamente, y el manto azul que parecía ser el horizonte —tal vez el límite y tal vez la salida— se me alejaba ilusionándome en vano.
¿Estaría muerta?
Se oyó un eco. Un eco de mi voz que no era mi voz. Una repetición distorsionada.
Giré mi cabeza… giré… giré: me encontré con otra mujer, vestida igual a mí. Igual a mí.
Nos miramos largamente.
Caminé hasta ella. Los pasos me parecieron años.
Efectivamente algo pasaba con el Tiempo, porque cuando llegué, ella había envejecido.
—Vos también estás vieja —me dijo.
Miré mis manos y descubrí la piel sin gracia, ajada, transparente.
¿Quién era ella?
¿Quién era yo?
¿Nos conocíamos?
El lugar me aterrorizaba: sin tiempo, sin caminos. Una nada que se extendía en nada hasta el hartazgo.
“Este es el infierno”, pensé.
—El infierno —repitió.
—¿Vos sos yo? —dije tímida.
La mujer me dio la espalda. Caminó en dirección a lo que parecía ser un mar azul y desapareció.
Algo inesperado pasó entonces. Una luz atravesó el espacio, y pronto advertí que se trataba de un tren que venía a buscarme. Un tren sin pasajeros ni conductor.
Subí en silencio.
Al sentarme, era otra vez una mujer joven.
¿Adonde me dirigiría ahora?
El tren surcó triángulos.
¿Qué era aquello? No lo entendía.
Estaba sola y los pensamientos me abrumaban.
“El infierno”, me repetía la voz.
Quise morirme, pero no pude.
La eternidad fue mi castigo.
Yo sin mí.
Los triángulos perfectos.

Morfeo - Guillermo Fernando Rossini


La morfina es una potente droga opiácea usada frecuentemente en medicina como analgésico. Fue bautizada así por el farmacéutico alemán Friedrich Wilhelm Adam Sertürner en honor a Morfeo, el dios griego de los sueños. En la mitología griega, Morfeo (en griego antiguo, de morphê, ‘forma’) es el dios de los sueños. Según ciertas teologías antiguas, es el principal de los Oniros, los mil hijos engendrados por Hipnos (el Sueño) y Nix (la Noche, su madre), o por Hipnos con Pasítea. Era hermanastro de Tánatos (la Muerte).

Las dosis de morfina eran cada vez más altas.
Postrado en una cama de hospital, esperando que la muerte anunciada por los médicos llegara, Tomas empezó a tener un sueño repetido. La primera vez que lo tuvo, soñó que podía viajar en el tiempo y llegar hasta esa noche en que la vio por última vez. Se encontró sentado frente a ella, en aquel bar, apenas prestando atención a lo que ella le estaba diciendo. Se sirvió más vino y esperó a que María terminara de hablar, sin dejar de mirarla. Cuando ella bajó la vista, él le tomó la mano y le dijo que la amaba. El sueño, recurrente, llegaba siempre hasta ese instante. Después, el dolor lo despertaba
El médico de la mañana entró, lo revisó y anotó algo en la historia clínica colgada a los pies de la cama. Le preguntó si le dolía mucho y Tomas contestó que el dolor ya no importaba. El joven doctor lo miró como evaluando la respuesta, y, sin decir nada, siguió su recorrida por las otras camas de la sala. Tomas quería volver a dormirse para seguir soñando. Recién con la dosis de la tarde, pudo volver a dormir. Esta vez, el sueño era algo confuso, diferente: María estaba mirándolo fijamente, con ojos extraños.
—Anoche tuve un sueño muy raro —le dijo ella, con tono grave.
—Contame —dijo Tomas, ya sin dolor.
—Soñé que viajaba en el tiempo, al futuro. Y te iba a buscar a un hospital, y me llevaban a una sala llena de camas con gente moribunda.
—Seguí, por favor. —Algo anda mal, pensó. ¡Llamen al medico de guardia, por favor! (“¿Y esa voz?” —pensó-soñó-imaginó— Tomas).
—Yo te buscaba entre las camas —siguió contando María—, y no te encontraba. Me iba de ese lugar con una tristeza enorme, porque sabía que tenías algo que decirme.
Salieron a la calle y el amanecer los encontró abrazados en algún lugar. En un momento, Tomas recordó lo del sueño de María
—Vos sabes que esto no está pasando ¿no?
—¿Qué decís?
—En realidad yo nunca te dije que te amaba, esa noche cada uno se fue por su lado y el tiempo nos alejó cada vez más, hasta que el olvido hizo su trabajo. Nunca más te vi.
Ella lo miró asombrada y lo besó. Él se dejó llevar por sus labios hasta lugares inexplorados, inclusive por la morfina.
Pero no por la muerte, que también estaba besando el alma de Tomas.
La enfermera la llevó hasta la sala común y le mostró una cama vacía.
—Se lo llevaron esta mañana. Murió mientras dormía. ¿Usted era familiar?
—No precisamente —dijo la mujer.
—¿Viene de lejos?
María no contestó. Cuando la enfermera se alejó, se recostó en la cama y apoyó la cabeza en la almohada, esperando soñar.

Partida - Patricia Ortiz


Si la hubieran visto esa tarde a Clarisa, caminando por el campo, con su gran bolsa blanca al hombro y su carretel infinito de hilo azul, cualquiera hubiera pensado que se trataba de otro de sus juegos. Pero ese día, todo el pueblo estaba distraído, era un día especial ¡un velorio en el pueblo! Tanto era el rumor que corría por las calles que se levantaba polvareda.
—Es el hijo del abogado, parece que era medio rarito, comentaba doña Clotilde.
—¡No me diga! Yo en la panadería escuché que era el sobrino del alcalde, ese alto buen mozo, el que no iba nunca a misa, contestó doña Erminda.
—Nooooo, no diga, doña, ¿el Aníbal? Quién lo iba a decir, tan joven.
No se sorprendieron cuando vieron a Raquelita, la esposa del doctor, caminando calle abajo con un ramo de margaritas; ella siempre era la primera en llegar a los velorios, con un dejo de tristeza muy bien dibujado en sus ojos, y sus recitadas condolencias a flor de labios. Atrás de ella, a unos cuántos metros de distancia, una procesión de viejos y jóvenes, algunos niños, la seguían intrigados... Raquelita se detuvo frente a la casa del alcalde. Golpeó la enorme puerta de caoba con sus nudillos y doña Carmela compungida, abrió de par en par las puertas de la casa. Se apresuraron los curiosos, ocuparon todos los rincones del recinto espacioso, para observar absortos que el muerto ¡era el mismísimo alcalde del pueblo! Un ataque al corazón, comentaba la viuda entre sollozos. Salió a dar su paseo habitual esta tarde, y a duras penas llegó otra vez hasta aquí; quedó tendido a mis pies, sujetándose el pecho con ambas manos. ¡Oh Dios! Siguieron llegando los vecinos del lugar, algunos con sonrisa satisfecha, otros pensando en quién sería el sustituto... La última en llegar fue Clarisa. Los miró a todos con un dejo de superioridad, apenas dibujando una sonrisita irónica. Sacó de su bolsa blanca un gran tablero, lo depositó en el piso. Agitó los dados en el cubilete. Un seis, un tres. Avanzó nueve casilleros con la ficha de la muerte. Resbaló desde su bolsillo el ovillo de hilo azul y se enredó, tornándose invisible, en las piernas de Raquelita. Con sólo un breve chasquido de dedos, volvió el ovillo a sus manos. El pueblo aplaudió; el alcalde se sentó riendo en el ataúd. Sólo Clarisa podía ver el terror en los ojos de Raquelita; ella lo había entendido. El juego había terminado.... se daba comienzo a una nueva partida, dejando atrás la fantasía.


Tomado de: http://lascosasporsunombre.blogspot.com/

Memorias implacables - Rafael Vazquez & Nanim Rekacz


En aquellas edades primigenias respaldar nuestros dichos afirmando "pongo las manos en el fuego" no nos generaba miedo alguno. Nuestros cuerpos incombustibles sostenían sin riesgos la palabra dada.
Sin embargo, ¡cómo asustaba, cómo estremecía hasta la última fibra!, comprometernos diciendo "pongo las manos sobre ella". No se trataba de temor a la lujuria de su piel bruñida ni al turbador contacto de su cuerpo húmedo. Lo único que de verdad nos aterraba era padecer la nostalgia infinita que habría que sobrellevar al apartar las manos de su epidermis. No necesitábamos tocarla para saberlo: bastaba ver los rostros macilentos, el andar perdido de quienes se habían atrevido apenas a rozarla.
Entonces éramos jóvenes y sabios, y lo ignorábamos. Crecer nos volvió audaces en demasía y nos hizo sentir capaces de soportar la táctil música de las sirenas.
Así es como ahora deambulamos con las manos extendidas y ardientes, también nosotros atravesados de melancolía, por los laberintos del fuego.

Alegato final - Miguel Dorelo


—No he sido yo, señor juez; por lo menos el yo que solía ser antes de conocerla, el yo verdadero, no sé si me comprende.
Le aseguro, su señoría, que nunca amé a alguien como lo hice con ella.
Pero, para que entienda lo que estoy tratando de expresar, déjeme remontarme hacia unos meses atrás, hasta el momento en que me enamoré perdidamente.
Soy un ser común y corriente, con buenas y malas; no me considero ni peor ni mejor que la mayoría de las personas. Usted seguramente comprenderá y justificará mi conducta luego de escuchar mi alegato final.
Al poco tiempo de conocernos nos enamoramos y como es natural, empezamos a pasar muchas horas juntos. No, no me quejo, estaba muy a gusto con ella...al principio, ya que era, como decirlo…demasiado absorbente.
—Deberías pasar más tiempo conmigo ¿O acaso no me quieres tanto como dices? —me reprochaba algunas veces.
Empecé a dejar de lado algunas cosas menores habituales de mi comportamiento y así dispuse de tiempo extra para poder estar a su lado durante períodos más prolongados.
—Pareciera que te importan más tus amigos que yo —me espetó un sábado en el que me demoré en llegar a uno de nuestros encuentros por haber pasado a saludar a Juan, un amigo de la infancia, con motivo de ser su cumpleaños.
Primero de a poco y más aceleradamente luego, fui cambiando mis hábitos para contentarla; no más partidos de fútbol los viernes por la noche, se terminaron abruptamente las partidas de póquer de los miércoles y las recorridas por librerías de viejo que solía hacer sin día ni horario fijo. Hasta tuve que regalar a mi gato Florencio porque ya no podía atenderlo.
En poco tiempo, me fui quedando sin amigos; simplemente, no me quedaba ni un minuto libre para poder verlos.
Ni que hablar de los mensajes de texto o los constantes llamados que ella realizaba hasta de madrugada. Yo que siempre me había jactado de mi placentera forma de dormir, empezaba a padecer de insomnio. Empecé a tener pesadillas; a veces soñaba que era atacado por la espalda y me ponían una bolsa de plástico en la cabeza, otras veces que sufría de un ataque epiléptico y erróneamente me enterraban vivo. O caía en profundo estanque lleno de agua lodosa; le aclaro, su señoría que no sé nadar, ni siquiera en sueños. Comprendí que el denominador común de aquellos delirios oníricos era mi muerte por asfixia.
Lo que terminó por desencadenar todo, señoras y señores, fue la fatídica frase que retumbó en mis oídos esa mañana del 14 de Octubre a las 06.15 a.m.
—Mi amorcito, estamos tan bien últimamente que creo que deberíamos casarnos —descargó sin aviso.
Fue, como quien dice, la gota que rebalsó el vaso. Me fue imposible ni siquiera imaginarme una vida con ella a mi lado las veinticuatro horas.
¿Comprende, señor juez?
Fueron estos ojos los que vieron como se desangraba poco a poco, estos oídos los que escucharon primero sus gritos y luego los últimos suspiros de aquellos dulces labios tantas veces besados; también fueron estas manos las que asestaron las siete puñaladas, una por cada mes de nuestra relación, en el cuerpo otrora amado.
Pero, ¿Fueron realmente mis manos, mis ojos, mis oídos?
No, fueron los oídos, los ojos y las manos de ese otro ser en que fui convertido por ella.
Los roles han sido invertidos, su señoría, yo soy la víctima.
Es por eso, que ante los aquí presentes, me declaro totalmente inocente.
Lo mío ha sido clara y definitivamente, un caso de defensa propia.

La Paradoja. Pablo Moreno Romero



Llevo casi toda mi vida luchando contra el miedo, que no da tregua, que habita dentro de mí. Se asienta perpetuo en la boca de mi estomago y allí permanece vigilante, urdiendo planes de conquista. Para él no existen ni el tiempo ni el cansancio. Ataca en la vigilia y en el sueño, perpetra sus incursiones, plaga mi alma de angustias y regresa victorioso a su atalaya desde donde observa su reinado y vigila para que nunca haya paz.
Tiene facciones monstruosas y cicatrices que le recorren todo el cuerpo. Su sonrisa es de hielo y su espada de fuego. En su cinto, atados con gruesa soga, porta los trofeos de sus victorias: mis fracasos en la vida; se jacta vanidoso de que gracias a él yo no soy nada. Me dice jocoso que soy un ser anodino incapaz de dar un paso sin antes consultarle. Y tiene razón.
Vimos juntos como mi mujer me abandonaba, como mi jefe me despedía, como mis amigos me daban la espalda… hasta que sólo quedamos él y yo, enzarzados en una pugna perpetua que yo siempre pierdo, metidos en una violenta rueda que no se ha roto hasta hoy.
El doctor ha entrado en la consulta y me ha mirado a los ojos.
-- Tres meses, máximo seis --me ha dicho impostando la pena en su rostro.
Un súbito alivio me ha recorrido el cuerpo y al cerrar la puerta una sonrisa ha colonizado mi rostro. Luego una carcajada y las miradas de todos los que esperan su diagnostico fijas en mí. ¡Me ha dado igual! Hacía tanto tiempo que no reía que apenas he alcanzado a reconocerme. Andaba ligero, como cuando era un niño y nada me asustaba. La enfermedad y una muerte segura me han hecho vencer la guerra.
Es una paradoja, lo sé, pero todo acabará como comenzó: sin miedo a nada.

Clavado. Alejandro Pereyra


Al principio era apenas un puntito casi imperceptible en el cielo. Poco menos que un lunar entre las colosales escenas que representaban las nubes.
Quizás fue eso lo que capturó mi atención, el hecho de parecer fijo, retenido en la piel atmosférica; aunque es sólo una ilusión, en realidad crece, amenazante, se agranda como una perniciosa mancha de aceite en el tapiz casi turquesa, casi perfecto.
Es un hombre. Puedo reconocer su forma; cae con piernas y brazos abiertos, quizás para mantener la posición, como un eximio paracaidista al que su pericia le permite no perder nunca de vista el punto de aterrizaje. Por momentos, dejo de mirarlo, pues, como la dirección de su trayectoria es cenital con respecto a mí, para verlo debo mantener demasiado tiempo la cabeza inclinada hacia atrás, lo que me provoca un irritante dolor en la nuca. Aprovecho, entonces, esos instantes de descanso para reflexionar sobre la importante decisión que debo tomar al respecto, pues el hombre se dirige, en su libre caída, directamente hacia el punto exacto donde estoy parado. Parece increíble que hace sólo un rato fuese apenas un alfiler negro clavado en lo celeste. Además, al caer con las extremidades extendidas se acrecientan las posibilidades de que me golpee al llegar. He aquí mi dilema: si abandono la posición el hombre inevitablemente se estrellará contra el suelo con toda la velocidad acumulada desde su origen puntiforme; por otro lado, si en un gesto humanitario, amortiguo su caída manteniéndome en el lugar, no puedo ni siquiera imaginar, la gravedad del daño que infringirá el choque en mi cuerpo, ya sumamente dolorido.
A pesar de la innegable urgencia, antes de tomar una decisión definitiva al respecto, espero llegar a vislumbrar al menos el rostro del hombre; quiero decir, específicamente su expresión, la cual me intriga terriblemente. A veces me parece que sus facciones son serenas, como si volara, dominando las leyes de su caída, apaciguado, como un pájaro dormido; pero me cuesta discernir sus rasgos, pues los rayos del sol punzan mis ojos, divirtiéndose con mis inútiles esfuerzos.
Ya está muy cerca, quizás unos cinco, seis metros sobre mi cabeza. Cierro los ojos para poder concentrarme y se me ocurre que en realidad es su sombra la que oblitera mi mirada. En este mismo instante comprendo que el hombre se encuentra a una distancia desde la cual podría ver claramente la expresión de su rostro; por otra parte si abro los ojos y miro, perderé un tiempo primordial, tiempo que necesito para decidir si me apartaré de la meta final del extraño clavadista, o soportaré su caída heroicamente, olvidándome de mi persona.
Metro y medio, quizás menos, me decido y por fin abro los ojos. Es un hombre normal, nada extraordinario, en cuanto a su expresión, creo que parece feliz, o al menos tranquilo, tiene los ojos cerrados, como disfrutando casi extáticamente, mientras que yo, por todo deseo, sólo anhelo fervientemente que no los abra.

Manada - Camilo Fernández


Nos reunimos apenas pasada la medianoche, protegidos por las sombras del distrito financiero. Planeamos hasta el último detalle, incluyendo los disfraces. Hombres lobo. Una genial idea del Cabezón. Cacho se encargó del sistema de seguridad, asegurándose de dejar las cámaras funcionando. Sumar algo de humor me pareció oportuno.
Después de tantos trabajos exitosos, coincidimos en que era hora de dejar una firma distintiva. Revisamos el equipo por última vez y nos deslizamos por el tragaluz. Con los planos estudiados y memorizados, no fue difícil encontrar la caja fuerte ubicada en la oficina principal. Casi me ahogo cuando descubrí que era una Luoyang. Las cajas fuertes Chinas son casi un chiste, las puedo abrir hasta con un disfraz de lobo y una mano atada a la espalda. Pocos minutos después habíamos embolsado varios miles de pesos y un puñado de monedas de oro, gentileza del dueño de la financiera. Por supuesto que dejamos los fajos de cheques, ya nadie los lleva.
Otro trabajo fácil y bien planificado. Lo único que no tuvimos en cuenta es que las cámaras no solo grababan, sino que también las chequeaban en tiempo real. La policía nos acorraló. Los diarios nos apodaron: Manada de Bobos.

Tomado de: http://2centenas.blogspot.com

Lecciones de paranoia mal aprendida 2 - Héctor Ranea


—¡Ni muerto! —dijo el condestable Conrol a su Archicondesa Venerable.
Se refería a la aplicación de siliconas en el pene para alcanzar la medida estándar del Reino y así competir por el premio de Pase una Noche con la Princesa. Que era la hija de la Archicondesa. La doncella, que llevaba quince primaveras concursando desde que había cumplido la mayoría de edad, que en el Reino se había fijado en treinta pasajes del Sol, no había podido dormir con nadie desde el primer concurso. Seguía con su doncellez a cuesta y, antes de llegar virgen a la provectitud, la Madre Deseable quería que tuviera una alegría. Pero los Reglamentos Reales sobre el Soberbio Certamen eran taxativos y rara vez se podían encontrar candidatos. Alguien había escrito en los mismos que la medida estándar de longitud peneal debía equivaler a dos manos de la Archicondesa y eso era imposible de conseguir y, cuando se lo hacía, difícilmente el miembro fuera viril. Así que la doncella seguía así, por los siglos de los siglos.
El Condestable Monrol había estado enamorado de ella antes de que estos concursos sacudieran la paz del Reino y -sospechaba la Soberana Inconmovible, la Archicondesa Venerable- había escrito dos en lugar de una mano, que era lo convencional para evitar que alguien desflorara a su amor. Pero la negativa a ponerse una prótesis era tan cerrada que las sospechas de la Madre de Todas las Madres no sabía a quién culpar. Supuso que los vecinos Pedestales eran los culpables y dio instrucciones para iniciar una guerra, convencida de que el Condestable confesaría. La apoplejía que le sobrevino la dejó sin poder de decisión y una noche el Condestable se acercó, abrió su capa con dos manos dejándole ver a ella, la Soberana Infalible, que había vivido equivocada. Y a fe de ella, con las puertas de la alegría al alcance de sus manos.

El Marqués Divino resucita un cuadro – Héctor Ranea


No cualquiera se daba en aquel entonces una vuelta por Madrid a mirar el tríptico de “El jardín de las delicias” de un holandés llamado Hieronymus Bosch. El Marqués de Sade quiso ir cuando supo de su existencia por dibujos que una pupila en el burdel de la Rue du Beaux Seins copiaba para divertir a sus habitués. Al joven Marqués lo fascinaban esas escenas de gente desnuda y diminuta en un parque dedicado a la lujuria y la lascivia, que para él no eran lo mismo, entreteniéndose solos, de a dos o de a varios.
En una calesa de gran alcance llegó a Madrid y se dedicó a buscar el lugar de tal excepcional regalo de los dioses. No poca sorpresa le causó saber que estaba en El Escorial, nada menos que el fasto templo del ascetismo fanático, y ahí se fue a visitar a un amigo, Marqués como él, cortesano por entonces, de un reino vestido de negro.
Unos sirvientes pícaros y amigos de los Luises de oro, le mostraron el cuadro a la luz del día pero escondido de la vista de todos. Ahí, de Sade tuvo el tiempo necesario para anotar todo lo que veía y gozaba con exquisitez de aquello con que se regodeaban en tan famoso jardín.
Pero primero tuvo que quitarle los ropajes con que habían ataviado esos culos floridos, esas tetas al aire; las escenas de jolgorio estaban poco menos que canceladas con grafito, los monstruos simpáticos que parecían juguetes sexuales habían sido transformados en gatos adormilados y perros de caza. Fue mucho trabajo, pero al hacerlo, de Sade supo que estaba ante una de las más grandes obras de toda la Historia y no podía concebir que estuviese en tan pacato ambiente, con los personajes vestidos en lugar de lucir sus cuerpecitos como quiso el artista.
De modo que, con la complicidad de aquellos dos sirvientes amantes de la buena vida, como él, se cargó el cuadro y lo llevó a su castillo en Lacoste. Ahí fue devuelto a su vida original, con paciencia y concupiscencia por parte del Divino Marqués quien probaba un desmedido apetito venéreo con cada pincelada original que podía revelar con su paciencia. Con el tiempo, en El Escorial notaron la falta, pero más los alivió que dejarlos preocupados, de modo que nunca más se habló de esto ante los monarcas.
En los albores de la Revolución, previendo una ola de prohibiciones y censuras, Donatien Alphonse dispuso regresarlo a El Escorial mediante similar ardid al de su robo, pero sin retocar un ápice esa hermosa muestra de voluptuoso placer pintado.
Recién fue redescubierto cuando todos los testigos de su desaparición o estaban muertos o fuera de palacio, de modo que para su traslado a El Prado a todos maravilló lo bien preservado que estaba, a pesar del descuido e indiferencia con el que fuera tratado tantos siglos.
Todo porque nadie olió el olor a mar de Francia que traía el tríptico. Todavía hasta 1980 era notorio. Ahora el cuadro ha sido colocado lejos del público y ya no está permitido olerlo.

Historia de unos amores bastante imposibles, de cómo se intentó resolverlos y de cómo fue todo un fracaso – Héctor Ranea


Él tomaba una copa de cabernet franc, yo sipaba de un frasco de W-38, un aditivo gel superfluido de mi refrigerante de memorias. Se lo notaba mal, como siempre que hablaba de mujeres, cosa que sucedía cuando volvía a su territorio.
La inteligencia de Gagemundo Nenelmes funcionaba bastante mal. Aunque se le permitía el vino, sus limb se le ponían molestas cuando bebía demasiado. Esa cepa lo dañaba al mismo nivel que a los nativos y sus reacciones a fe mía que parecían calcadas de ellos. De hecho, nueve de cada diez de sus conversaciones terminaban en el tema mujeres.
Evidentemente, las terrenitas eran difíciles para un extracentáurico, no sólo por las limb, no sólo por la tonalidad púrpura, no sólo por el aujero sino porque ellas eran, fundamentalmente, gente complicada.
–Es increíble. Mirando en perspectiva nada tiene el más mínimo dejo de lógica. Todo es un embrollo sin ton ni son.
Yo trataba de mirarlo con actitud de entender, pero no sólo no entendía nada sino que el W-38 me provocaba sulfatación por la presencia de Cr VII que me obnubilaba, pero si no lo sipaba, la situación de descontrol térmico me hacía penar aún más.
El aujero de Gagemundo era muy singular. Nadie tenía uno como el suyo. Él a veces lo usaba un poco tomándonos el pelo a todos, porque podía fungir tanto de máquina del tiempo como de teletransportador. Con ese tipo de abalorios había seducido a más de una terrenita y en varios planetas lo esperaban para que llegara con su aujero a llenar las noches de hastío con él. Por eso tenía su nave llena con ellos. En cierta forma, estaba perdiendo el knack. Eso le preocupaba.
Yo había empezado a sipar unas horas antes. Mi trompa de toma era menos proboscídea que sus limbs y me conformaba con acercar mis telemanos al cárter de mi flúido, de modo que tenía ya cierto nivel de envenenamiento por cromo cuando él llegó. Esto me haría algo torpe en la tarea de revisión y ensamblaje de máquinas de suspensión de animación, pero él empezó con su compleja trama de mujeres terrenitas y sus hazañas de aujero antes de que pudiera irme de ahí. Y seguí sipando.
No había cómo comparar los limbs de los Nenelmes con nuestras trompas, así que era inútil que mientras él hablaba de sus terrenitas yo tratara de entender el funcionamiento de ellos y corría serios riesgos de ser abrasado por el plasma que exhalaban al lagrimear. Era bastante menos corrosivo que el cabernet, pero me jodía los entornos cuánticos de las soldaduras hiperplanas, de modo que no era agradable mantener el nivel de cromo aceptable y mantener una conversación con riesgo lacrimal por otra.
En resumen, el problema de Gagemundo era que la terrenita Goldsisa le había hecho pasar, tiempo atrás, una excelente tarde de mecánica general de mantenimiento de aujeros y limbs. Una maravilla. Compartieron, incluso, un curso de fresado de alta precisión con máquinas trans-Orión que reparaban motores átomo por átomo. Esta terrenita tenía una mano que hacía que los limbs de Gagemundo se convirtieran en delicuescentes femtobots de pocos muones, la lejía de las manos terrenitas que sobaban su aujero no le producía el acostumbrado ardor.
Le extrañaba a Gagemundo, sin embargo, ese aire ausente que embargaba a Goldsisa durante el servicio. Ella, solía tener su overol bastante mugriento, tres o cuatro átomos de As por unidad de superficie, cosa que era suficiente como para intoxicar a cualquier Nenelmes extragaláctico hasta hacerle llorar el aujero y un poco abierto arriba, pero no daba ni noticias de entender que detrás de ese manojo de limbs había una sensible existencia de programación inteligente y que esas maniobras de resucitación de limbs fláccidos no pasaba inadvertida:
–¡Así que por qué me abandonaste! –gritaba Gagemundo después de la quinta copa de cabernet inundándome de lágrimas de plasma.
Nada de esto era oído por la percanta, ya que su función era munir al hexadodecápodo de un aujero pulido, lustroso, femtobotizado y no escuchar sus plegarias de amor eterno o sandeces de ese tenor.
No lo escuchaba simplemente porque todos esos bichos eran iguales.
–No entiendo –se decía– esos chirridos y tengo otras cosas en qué pensar, lo que no incluye andar tras una especie de linterna con patas sin control externo y que parece vivo sólo porque repite sus bips cuando le lustro cada limb.
Goldsisa, aunque el aujero de Gagemundo fuera tan atractivo como sus deseables limbs, no hacía más que lo estrictamente profesional. Al principio ella se daba cuenta de que Gagemundo retornaba siempre, con excusas estúpidas y voliciones absurdas y, sobre todo, malfunciones imaginarias de sus limbs. Complementos, siempre, de lo mismo. A ella, en la estación le habían asegurado que se trataba de esperpentos extragalácticos pero, en cierta oportunidad, un pitido salvaje le dio la pauta de que ahí dentro yacía algo más. De que no era una mera coordinación de electrones y superconductores.
Después de todo, el aparato ese nunca la había comprendido. Goldsisa sabía que muchas muñecas terrenitas cedían a los encantos de estos hexadodecápodos y les hacían creer que tenían por ellos altos sentimientos pero que, en realidad, todo lo que buscaban era un buen viaje en el tiempo para acertar en el bingo y poner créditos en su cuenta. La parte mala era que los “aujeros andantes” como los llamaban ellas, se creían dueños de sus vidas después del viaje y empezaban las fulerías.
La historia terminó mal. Antes de disipar mi envenenamiento, el Nanelmes pidió a Goldsisa, vía remota, un servicio no autorizado por el protocolo, aun sin confirmación del turno, cuando llegó lo esperaban del Consulado extracentáurico. Los mecánicos lo desarmaron y encajonaron casi instantáneamente. Lo único que no pudieron guardar fueron las lágrimas de plasma y las tiraron sobre mí como si fuera inmune.
Estoy recuperando mi coraza protónica con cabernet.

La botella – Héctor Ranea


La percanta se avivó de que el chitrulo venía con la tellebo bajo el brazo. Inconfundible. Vidrio verde, líquido violáceo. Entonces lo encaró así, liviana y seductora como siempre había sido, como no podría ser de otra forma.
–Tengo sed, marmota –le dijo.
El galán se acomodó porque el frío lo había puesto medio encogido dentro del perramus, pero incorporándose un poco la miró con ojos bastante rojos, señal de que se había bebido algo de la botella.
–¿Qué querés?
–Te quiero a vos, morocho. –Le dijo la impostora mientras se le acercaba como caminando con zapatos de cera en el hielo.
Se puso una mano en la cadera y se contoneaba haciéndose la gata. El flaco estaba entre animado y aterrado. Sólo le habían pasado cosas más terroríficas entre Constitución y Retiro, pero se las había sabido bancar a lo macho. En este caso apenas podía saber cómo actuar. La naifa parecía dispuesta a todo.
–Antes de empezar con el chamuyo –le dijo a la mujer –explicame qué me vas a hacer y cuánto me va a salir.
–Nene. Te hago lo que quieras, mi amor. Y no cobro mucho. Por ser vos, te dejo que pagués el telo y una yapa de pocos pesos. Lo que quieras con tal de estar con vos.
El tipo era de esos más desconfiados que mula tuerta y no se tragó el verso que le hizo la mina pero dejó que llevara un poco el bastón entonces accedió.
Fueron a un hotel que la muchacha conocía con lo cual al tipo empezaron a parársele las antenas de peligro. Aún así, siguió el juego de la araña y la mosca. En algún momento vendría el mordisco, eso con seguridad, pero la única cosa que tenía que hacer era estar atento.
Después de algunos momentos fogosos en el camastro del telo, el tipo se dio por vencido y se durmió. Que era lo que la mina estaba esperando. Le birló la botella y se tomó dos grandes sorbos. Antes de sentir el sabor amargo y escupir lo que tenía en la boca, ya había tragado lo suficiente.
Entonces el tipo abrió los ojos que estaban realmente enrojecidos y le dijo
–¿No querés seguir tomando la sangre de los zombies, papusa?
La mina no creyó lo que había oído hasta que no pudo creer en más nada. El flaco la desangró, hizo con la sangre de la pebeta una reducción y la metió en la botella.
Desde la primera vez que cazaba minas con esta botella se preguntaba cómo es que caían y no encontraba la respuesta pero bueno, funcionaba y un buen vampiro empirista no podía estar perdiendo el tiempo en filosofía barata.

Lecciones de paranoia mal aprendida - Héctor Ranea



Cuando fui a hacer lacrar el sobre con mis poesías para presentarlas al Gran Concurso Nacional, el señor muy circunspecto se lo llevó para la trastienda. Un hombre de cara desencajada que estaba ahí, chupado de mejillas y mugriento, me dijo
—No lo deje. Le van a robar la idea o los poemas. Son viles gusanos.
Yo no le hice caso.
Mal hecho, el tipo casi sin mejillas había ido a patentar la máquina del tiempo hace años. Después me enteré. El viejo circunspecto le robó los planos, construyó la máquina, con eso se me adelantó a publicar mis poemas dos años. Gané el concurso, pero me acusaron de plagio y, como era un ilustre desconocido, me hicieron pagar no sé cuánto ya. Después de eso inventé la máquina del tiempo, la fui a hacer patentar pero el viejo me robó la idea. Y acá estoy, tratando de prevenir a incautos pero tal parece que no quieren entender o será mi aspecto que no los convence. Ni siquiera a mí mismo logré convencerme. ¡Si seré!

El comprador de precios - Arantza Ruiz de Mendarozqueta



Él vivía con su mujer, en una casa que se ubicaba a dos cuadras del supermercado. Un día, revisó el cuadernito negro y descubrió que su esposa había escrito una larga lista de compras. “Tenés que ir a hacer compras, Álvaro” se leía en el final de la lista. Arrancó la hoja y se encaminó hacia el supermercado. Ya en la entrada, revisó la lista y caminó hacia los productos faltantes. Empezó a buscar y a buscar, y de repente, se empezó a sentir raro, extraño, en otro mundo. Miles y miles de precios rondaban por su cabeza, a la vez que los leía. Volvió a su casa con la misma sensación, y con la misma se sentía al otro día, cuando había regresado al supermercado. Compró los mismos productos que había comprado el día anterior, con excepción de una lamparita y un zapallo. Varios días se repitió la secuencia, hasta que un día su amor por los precios fue tan grande, que superó al amor que sentía por su mujer, y más tarde, empezó a llenar su carrito con precios, con la intención de comprarlos sin importarle que la seguridad lo echara del supermercado, y un día, se compró una máquina de precios. Llegó a su casa con la máquina quemándole entre sus brazos, y apenas la sacó de la caja, empezó a ponerle precios a todos los objetos de su casa ¡Y hasta a su mujer! Quince años después, falleció. Algunos piensan que era un loco, y otros que quería deshacerse de su mujer, por eso quería venderla.

Los más aptos - Sergio Gaut vel Hartman



Homero Prezit se consideraba un sobreviviente, un inmune. Como Isher, el protagonista de La Tierra permanece, había logrado eludir las epidemias de dos siglos, incluso la peor de todas, la viruela linfática que en 2010 diezmó la población del planeta. Más devastadora que la peste de 1348, la viruela linfática solucionó los problemas demográficos al producir cuatro mil millones de muertos. El golpe fue duro, durísimo, y la especie humana aprendió varias cosas. Una de ellas fue que la mayoría de los hábitos y costumbres del Viejo Mundo debían ser cambiados. Ya no hubo ejércitos ni magnates y una suerte de mansa sabiduría cayó como fina llovizna sobre las ahora vacías ciudades. Los nuevos humanos conservaron, por cierto, algunas de las conquistas tecnológicas más útiles; hubiera sido absurdo ensañarse con ellas: los artefactos no habían sido los responsables de los errores sino sólo sus instrumentos. Aislados unos de otros, pero conectados gracias a redes virtuales infinitas, las mujeres y hombres se prepararon para dar el salto evolutivo profetizado por Arthur Clarke: se salía, por fin, de la cuna para acceder a un estado de madurez intelectual y espiritual jamás alcanzado en otros tiempos.
Por eso, cuando a Homero se le llenó el cuerpo de escaras y úlceras profundas, perdió el apetito y progresivamente se le fueron atrofiando los cinco sentidos, no sólo se sorprendió atrozmente sino que despertó el estupor de los especialistas que se conectaban con él a través de la red. No había antecedentes de una enfermedad semejante, y médicos, biólogos y genetistas de todo el mundo empezaron a conjeturar acerca de cuál podría ser el origen de la dolencia, aunque no llegaron a ninguna conclusión. La impotencia ganó el ánimo de todos cuando descubrieron que Homero sólo era el primero, pero de ningún modo el único. Tomada por sorpresa, la humanidad no supo reaccionar. ¿Cómo es posible el contagio, se decían los científicos, si todos vivimos aislados, protegidos, sin contacto físico? La red nos nutre, nos mantiene comunicados y nos proporciona los recursos necesarios y suficientes para sostenernos. ¿Cómo es posible?, repetían. Y siguieron haciéndolo después del fallecimiento de Homero, el precursor, y siguieron haciéndolo mientras los seres humanos que habían sobrevivido a todas las pestes sucumbían a la última, la única que ellos mismos habían creado, la peste que nació como defensa contra todas las otras.

DG-44 - Carmen Carrillo



DG-44 plegó el brazo mediante dos movimientos precisos y tocó con sus dedos el chip recién instalado en un último intento por hacerlo funcional. DG-40, el primero de la serie a la que él pertenecía, había sido desechado por no alcanzar los estándares de calidad requeridos. Tres intentos después, la situación parecía repetirse.
Lo peor de todo, era que DG-44 había logrado despertar suficiente interés en la galaxia y ya se decía que los gobiernos de Alcyone y Merope deseaban llegar a un acuerdo para producir el androide en cuanto se probara su eficacia. Tal era la urgencia de reemplazar los modelos DG-20 y DG-30 disponibles en el mercado, cuya falta de personalidad y su programación arcaica, los había vuelto obsoletos.
Lo que nadie sabía era que DG-44 estaba harto de las pruebas motoras, de los escaneos y las programaciones exhaustivas a las que era sometido. Bajo su fría caparazón de antimonio, la rebeldía iba tomando forma. Por eso cuando escuchó al líder del proyecto decir que abortarían el actual diseño debido a un error de programación, prefirió terminar las cosas por sí mismo.
De no hacerlo, acabaría como un bloque de chatarra comprimida en algún botadero a las afueras de la galaxia. No estaba dispuesto a pasar por eso.
Decidido, oprimió la tapa del compartimiento que albergaba el chip y lo sacó. En su lugar colocó uno antiguo, encontrado una semana antes entre un montón de desperdicios del tiradero donde realizó su última prueba de esfuerzo. Había verificado la información que guardaba y su contenido lo dejó asombrado. Era una secuencia de sonidos que nunca había escuchado y que lo sumieron en un embeleso que duró varias horas.
De pie frente a la ventanilla de la cápsula, hizo un zoom a través de su lente y echó un vistazo a la luminosidad que rodeaba el lugar donde lo habían creado. Tomó la manija de la escotilla y la giró. Luego, caminó con decisión por el túnel de salida y cuando el campo gravitacional se fue degradando, sintió cómo se liberaba de su propio peso y era arrastrado por una ola invisible hacia la luz exterior.
Activó su sistema de sonido y del chip recién instalado comenzaron a fluir sonidos ancestrales de algo que bien pudo haber sido el concierto para dos violines en Re menor de Sebastián Bach.
DG-44 se fue flotando lentamente, arrastrado por el mar de microespejos que forman Las Pléyades y cuando pasó cerca de Merope, agitó una mano en señal de despedida, sintiendo bajo su caparazón de antimonio algo muy parecido a la alegría.

Tomado de: http://realistaprincipiante.blogspot.com

Antiguos orificios entremezclados - Saurio


El tiempo después del tiempo. Se funde. Se oculta.
Los pájaros más negros. Cuando para subir las paredes se oculta después de la lluvia. Dónde, para irse, los pájaros se vuelven escaleras, se vuelven para reorientar el tiempo de Europa.
¡Tiempo asesino!
(El tiempo. Inútilmente, el tiempo.)
Y para volver, para reorientar, no habla. Para subir, para subir grita. Y para reorientar se funde.
Sino del árbol después de más tiempo. Inútilmente, el tiempo.
La lluvia, las paredes, la lluvia, el tiempo.
¡No asesino negros!
Tiempo, tiempo del pájaro asesino, tiempo de la lluvia, escaleras del tiempo. El tiempo, la lluvia, sino más.
Sino del pájaro a Roma, y cuando se vuelvan a Roma no habla el árbol sangrante, para irse no habla, para destruir las paredes de Europa. Y se vuelven a la zona, para reorientar el pájaro en el alma. No, no habla inútilmente.
El instrumento para destruir es el Camino. El tiempo es el Camino.
El tiempo en el alma, tiempo para destruir los pájaros, las paredes, el tiempo. El tiempo, tiempo después de más tiempo, el tiempo sangrante.
Después el tiempo se funde por el instrumento.
¡Más negros en Roma!
Tiempo. El tiempo. El espacio. En el corazón. En el alma.
El camino: El espacio para destruir el tiempo.
Para volver después: Los pájaros.
El tiempo se oculta en el corazón.
Y grita el instrumento: ― ¡El pájaro! ¡Asesino! ¡Escaleras! ¡Paredes!
Y habla el árbol: ― ¡Los pájaros! ¡El espacio! ¡Roma!
Y el tiempo se oculta de la lluvia.
Escaleras para reorientar en Europa sangrante. Inútilmente el tiempo grita y, para volver, el espacio habla escaleras, escaleras a Roma. Tiempo después, (no más tiempo sino tiempo de la lluvia, tiempo tiempo, el tiempo es asesino de la lluvia) el tiempo habla a Roma y cuando es tiempo de irse, habla las paredes. En Europa: las paredes: las paredes: el tiempo.
El espacio en el alma grita, habla, no habla, no grita. Habla y grita después. Y cuando grita no habla. Grita las paredes que conducen sangrante el instrumento. Habla el camino en Europa (no después del árbol sino después del asesino). No grita las paredes que conducen para no irse del árbol. Grita el tiempo en el corazón sangrante. Y cuando los pájaros se vuelven a la zona, habla.
Para irse: Las paredes de los pájaros en Europa.
El asesino no habla, grita.
Y después el tiempo se oculta en el corazón.

Perimortem - José Vicente Ortuño



El hombre miró a la Muerte a la cara, es decir, a la calavera. El pánico le hizo estremecer. Sabía que algún día tendría que enfrentarse a ella, pero todavía no estaba preparado.
—¡Espera, espera creo que te equivocas! —exclamó presa del terror, retrocediendo hasta tropezar con una pared—. ¿Seguro que no vienes a buscar a otro?
La parca no respondió. Avanzó hacia él con un movimiento fluido y grácil, como si se deslizase sobre hielo en un lugar sin gravedad ni atmósfera que agitase su túnica.
—Vale, de acuerdo, pero ¿no podrías volver otro día? Es que todavía no estoy preparado —insistió con voz quebrada—. Verás, aún me queda mucho por hacer y…
La Muerte levantó un brazo y una mano, formada por un manojo de huesos blancos, asomó de la manga. Hizo un leve gesto y en ella apareció un instrumento, largo como una lanza, pero con una cuchilla fina y curva en el extremo, que recordaba vagamente a una guadaña. Con un suave giro de muñeca cortó el filamento invisible que conecta a cada ser vivo con la fuente de la vida. El cuerpo físico del hombre se mantuvo en pie unos instantes, mientras el corazón se detenía y la anoxia producía un fallo cerebral. Luego cayó desmadejado. Fue una caída humillante, que lo dejó en una postura ridícula, carente de dignidad.
El hombre, sobresaltado, se apartó de un salto de su propio cadáver, que atravesó sin esfuerzo. La Muerte hizo desaparecer su herramienta con otro giro de muñeca, dio media vuelta y comenzó a alejarse.
—¡Oye, Muerte! —llamó el recién fallecido—. ¿Dónde vas? ¿No se supone que debes llevarme al otro mundo?
La Muerte, sin detener su avance, se encogió de hombros.
—¿Te suena lo de cruzar la laguna Estigia en una barca? —insistió el espíritu, pero la parca siguió alejándose—. Al menos me dirás dónde está el embarcadero, ¿no? —añadió sin demasiada convicción.
La Muerte soltó una carcajada, que congeló el tejido de la realidad, mató a todos los insectos y pájaros en un kilómetro a la redonda y agrietó la piel del cadáver, luego desapareció.
—¿Y qué hago yo ahora? —se preguntó el recién fallecido, pero nadie respondió.

Casi Génesis - Antonio J. Cebrián


Dios dijo: —Haya luz.
Y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó la luz de la oscuridad llamando “día” a la luz y “noche” a la oscuridad.
A continuación dijo: —Acumúlense las aguas bajo el firmamento y déjese ver lo seco.
Llamó Dios a lo seco “tierra” y a las aguas, “mar”.
Viendo que lo hecho estaba bien, dijo Dios:
—Produzca la tierra vegetación: hierbas y árboles que den fruto según su especie… En ese momento, sufrió uno de sus “repentinos cambios de humor” y dijo:
—O mejor, no.
Y volvió a su estado de letargo durante otra eternidad.

Un Crimen Pasional - Marcelo Difranco



Casi al mismo tiempo que terminaba su cigarrillo, Alex vio aparecer la imagen de Javier en el espejo retrovisor, caminando apresurado por la vereda. Volvieron las nauseas y el derrumbe de todos los órganos sobre su estómago, y el malestar intestinal que se agravaba al recordar que en el bolsillo derecho de su campera estaba el arma. Alex la tocó, esperando que se hubiera esfumado, para poner en marcha el auto y olvidarse del asunto de una vez por todas. En realidad, si lo pensaba bien, ya casi lo había olvidado, y solo se estaba dejando ganar por el orgullo, algo imperdonable en una persona racional e inteligente como Alex creía ser. Pero Javier seguía avanzando hacia el edificio, y tocaría el timbre de su casa.
Contestaría Carla, su esposa.
Lo haría pasar. Javier subiría.
Francamente, pensó en ese momento, la traición de Carla le parecía lógica, predecible y hasta perdonable. Hacía años que no se amaban y eran perfectamente conscientes de ello, pero ninguno iba a ser el primero en admitirlo. Pero lo de Javier era imperdonable. Una cosa es la traición amorosa: el amor a una mujer tenía un inevitable componente instintivo y fisiológico, algo irracional que estaba destinado a agotarse en algún momento. La amistad, en cambio, era algo absolutamente gratuito, en la que ambas partes disfrutaban sólo de la presencia del otro sin buscar nada a cambio. Algo inútil, pero por eso humano.
Ver a Javier tocando el timbre del departamento le parecía algo tan sucio que era capaz de convertir el dolor de las entrañas en odio puro. Imaginarlo en la cama con Carla era insoportable por ser la puesta en escena perfecta de su escasa fe en la humanidad. Hasta lo más sagrado, pensó, era aplastado por el instinto. Ese instinto que le hacía aferrar el arma y palpar suavemente el gatillo.
Nunca había disparado, pensó parado en la puerta.
La primera vez que los había sorprendido, en la misma situación, se sintió hasta orgulloso de haber vencido la locura del odio. En esa ocasión, Javier y Carla se habían avergonzado y humillado ante él, conscientes de lo monstruoso del hecho. El llanto de su esposa y la vergüenza de su amigo habían sido suficientes, al punto de haber sentido que esos dos monos en celo pertenecían a una etapa del camino a la civilización suprema que Alex había superado hacía mucho tiempo.
Una semana después, en la soledad de su nuevo departamento, el malestar se había hecho intolerable, y se maldijo. Maldito era por ceder a la animalidad, y maldito por aceptar la humillación.
En el ascensor lo sintió claramente.
No se lo merecían, no merecían su perdón. Esos dos hijos de puta. En mi propia casa, en mi cama.
Al abrir la puerta, la cabeza, en donde se estaba concentrando toda la sangre de su cuerpo, le estallaba en mil pedazos. Apenas vio la ropa tirada en el living, ya que sus ojos sólo buscaban la puerta de la habitación, y al encontrarla la abrió para encontrar la misma escena obscena de su amigo desnudo sobre su mujer desnuda. Pensándolo bien, las caras de sorpresa de Javier y Carla eran hasta graciosas, y Alex se hubiera reído con ganas si no fuera porque los dos disparos le hicieron perderlas de vista.
Le pareció conveniente disparar un par de veces más, hasta que la sangre bajara de su cabeza y dejara de golpearle los oídos.
Si hiciera un balance del momento, como haría una y otra vez en el futuro cuando volviera a sentir el malestar royendo su alma, la contemplación de la pareja muerta era realmente algo parecido a la felicidad.
Casi les hubiera pegado dos tiros mas, pensó mientras manejaba.
Alex sacó la chequera, esperando que el funcionario de BioClon terminara de imprimir la factura.
—Este mes no sé que pasó, se lo juro —dijo el funcionario—; no dimos abasto. Tuvimos un record de dos mil quinientos tres asesinatos, al punto que tuvimos que comprar, escuche bien, comprar clones a la competencia. A un precio vil.
Le extendió la factura a Alex, que casi sin mirarla empezó a hacer el cheque.
—¿Le sirvió? —preguntó el funcionario
Alex le extendió el cheque.
—¿Si me sirvió qué?
—Matarlos.
Alex pensó un instante.
—Si, me sirvió
—A mí me da un poco de lástima —dijo el funcionario—. Con lo que cuesta clonarlos. Los suyos estaban perfectos, iguales a los originales.
El funcionario miraba el cheque al trasluz, hasta concluir que era de los buenos. Finalmente, se dieron la mano y se despidieron.
Casi llegando a la puerta, Alex se volvió al funcionario.
—Digame una cosa. ¿Sufren?
—¿Quiénes, los clones?
—Sí, ¿sufren realmente?
El funcionario le ofreció su mejor sonrisa
—Claro que sufren —dijo, guiñándole un ojo.

Sorretta dagli angeli - Héctor Ranea



La cúpula de San Nicolás, decían los engañifas de la Ciudad Vieja, está sostenida por ángeles. Es más, agregaban esos mentirosos, de ángeles con senos cubiertos por telas transparentes, livianas como el aire y con las piernas abiertas con total desparpajo, mostrando el sexo a quien lo quisiera ver.
Y los peregrinos, tal vez cansados por el vino del camino, tal vez alucinados por la ascética travesía, pagaban con varias monedas de buen cobre para entrar y ver el prodigio que ni aún el más hereje se atrevía a vislumbrar.
Todo esto, sin embargo, era una burda estratagema para juntar milicias para el conde de Bastiaan, pues se los rociaba apenas entrados en el terreno sagrado con un poderoso ajenjo bendito que les hacía perder la memoria.
A cambio de esta singular leva, los monjes chapuceros recibían un cobre por cada diez incautos.
Los ángeles, en realidad, sólo mostraban su sexo una vez al año durante las celebraciones del nacimiento de los condes del lugar, constructores de la iglesia y firmes sostenedores de esa fe. La única fe de los eunucos.

Darse cuenta - Miguel Dorelo



Los años traen sabiduría a los hombres, dicen. Cuando joven creía que el amor de una mujer era lo máximo. Solo vivía por y para ella. Realmente, me faltaba el aire cuando ella no estaba a mi lado.
Dentro de poco voy a cumplir cincuenta, y comprendí que no estaba equivocado, no, en realidad, estaba completamente equivocado. Es increíble la cantidad de tiempo en que uno convive con premisas absolutamente falsas.
Muchas y variadas experiencia amorosas me hicieron comprender al fin tan grande error. Y por fin, saqué conclusiones.
Descubrí el placer de la lectura, la música, la charla con amigos. Escribir, el mate a la mañana, las milanesas con papa fritas. Ver salir campeón a mi equipo de fútbol favorito, sacarme los zapatos después de caminar todo el día, ir al cine, no hacer nada, el sexo casual, acariciar al gato, la cerveza bien fría y la pizza caliente, estar solo…. Y tantas otras cosas más.
Dicen que los años traen sabiduría a los hombres.
Lo he comprobado.

La venganza de Pacha - D. S. Navas & Sergio Gaut vel Hartman



Tras varios meses de cautiverio, Pacha estaba agotado. El doctor Karpetinsky había experimentado con su cuerpo de mil modos diferentes, extrayendo la salud extra, y procesando el producto obtenido para fabricar tónicos y grageas que se vendían muy bien entre los deportistas de todas las disciplinas. Unas gotas de Pacha Forte eran suficientes para que un oficinista sedentario de sesenta kilos fuera capaz de hacer canotaje en los rápidos del Alto Orinoco o talara un álamo con los dientes.
El infame científico había ganado más dinero del que puede imaginarse, pero eso no le parecía suficiente. Karpetinsky quería el premio Nóbel, soñaba con el premio, era parte de su vigilia y no lo abandonaba cuando apoyaba su cabeza en la almohada. Sin embargo, la perversidad no le producía ninguna ofuscación y su cerebro seguía elucubrando planes para extraer más y más salud adicional del organismo de Pacha. Mientras mantenía a su prisionero en una jaula blindada, a la que sólo entraba luego de narcotizarlo con Xilón 109, seguía experimentando con los humores que extraía, a la vez que saturaba la atmósfera del cubículo para estimular al organismo de su prisionero y hacerlo producir nuevas sustancias potenciadoras. Por esta vía, y cuando empezaba a suponer que había llegado al final del camino, descubrió un segundo componente en la sangre de Pacha.
—¡Con esto me aseguro el premio! —exclamó Karpetinsky frotándose las manos. Volvió a mirar el tubo a trasluz y lanzó una sonora carcajada—. ¡El suero de la inmortalidad!
Insaciable, Karpetinsky clavó la aguja una y otra vez en el cuerpo de su prisionero, extrayendo litros y litros de la preciosa sustancia. Estaba tan absorto en su tarea que tardó largos minutos en descubrir que Pacha estaba muerto, ya que le había extraído hasta la última gota de sangre y, por consiguiente, hasta la última gota de la maravillosa sustancia.
—Parece que se me fue la mano —dijo consternado el maldito científico, deprimido por haber matado a la gallina de los huevos de oro. Pero Pacha ya no le servía para nada, por lo que arrastró el cuerpo hasta un terreno baldío y allí lo dejó, a merced de los perros y las ratas.
Lo que Karpetinsky ignoraba era que Pacha, a raíz de los experimentos a los que había sido sometido, estaba más pasado en salud que nunca. Es cierto que su maravillosa máquina corporal tardaría varios días en reaccionar, pero el mecanismo destinado a recuperar la sangre extraída se puso en acción de inmediato. Pacha no sólo no estaba muerto sino que el estado de privación extrema lo había preparado para dar el siguiente salto evolutivo. Demoró un par de días en recuperarse por completo y durante el tiempo transcurrido elaboró su venganza.
Sobre el escritorio del doctor Karpetinsky apareció una misteriosa nota:
“Querido colega, omitiste un pequeño detalle, y lo que es peor, subestimaste mis conocimientos y mi capacidad. Yo también voy en busca del Nóbel”. Dr. Venganza.
Era una nota digna de una de esas pésimas películas de terror que tanto le gustaban a Karpetinsky, pero igual le corrió un escalofrío por todo el cuerpo. Se dirigió a gran velocidad hasta el baldío en el que había dejado el cuerpo de Pacha y al no encontrarlo se arrancó los cabellos con desesperación.
—¿Qué hice? ¿Adónde está el cuerpo de este desgraciado? ¡Yo sé que lo maté!
—Parece que no —dijo Pacha saliendo de atrás de un grueso roble, tras lo cual se abalanzó sobre el atribulado Karpetinsky y le clavó una hipodérmica de tanatanol en la carótida—. Ahora vamos a hacer algunos experimentos, doctor Karpetinsky, pero con mucho cuidado, porque yo no quiero que me ocurra lo mismo que le sucedió a usted.
Pacha trabajó durante dos años en el cuerpo del doctor. Para cuando terminó, Karpetinsky pesaba trece kilos, estaba arrugado como una ciruela pasa y tenía todas las enfermedades que se conocen, aunque Pacha las mantenía controladas en la frontera entre la vida y la muerte gracias al suero de la inmortalidad que obtenía de su propia sangre. La venganza estaba casi consumada. Pero faltaba un pequeño detalle: el bendito premio Nóbel. Pacha presentó su trabajo sobre el suero total y le fue concedido. Se encontró con el rey de Suecia para recibir el dinero y como no había estatuilla compró una en la estación de ferry de Estocolmo; Karpetinsky nunca había visto un Nobel.
—¿Ves esto, maldito? —dijo abanicando el trofeo ante la cara del malvado. Karpetinsky no podía hablar, pero parpadeó. Ahora pesaba apenas medio kilo y parecía a un escarabajo. Eso era exactamente lo que quería Pacha. Ya le había mostrado el supuesto premio y sólo faltaba ponerle la cereza al postre. Utilizó una llave maestra para entrar a la casa de Karpetinsky un día que la esposa del médico había salido de compras, y dejó el cuerpo a los pies de la cama. Cuando la mujer regresó a la casa y vio a aquel bicho repugnante no pudo resistir la impresión y el asco: lo mató a pisotones.

Brujas - Antonio Cruz



Era tarde cuando encontré a Leticia. Es una buena mujer pero no me simpatiza demasiado. Las personas que hablan de más me ponen de mal humor. Con infinita paciencia soporté durante un rato su interminable lista de desdichas. Me parecieron de lo más intrascendentes. Le pedí que se apurara pues temía llegar tarde a una reunión con mis colegas pero eso no le hizo mella. Siguió su perorata hasta que me sacó de las casillas con su afirmación de que las culpables de todos sus males son las brujas. "Seguramente alguien me hizo un trabajito" dijo convencida. "Voy a consultar con un parapsicólogo que me recomendaron" La miré de tal modo que ella se asustó. "¿No crees en las brujas?" Preguntó. No le respondí. Ella insistió de manera descarada. "¿Crees o no?" Me vi obligada a contestarle "Según la sabiduría popular, que las hay, las hay" Ella se puso a reír. Logré zafar y fui corriendo a mi casa, me cambié de vestido, busqué mi sombrero y me dirigí a la pieza trasera. Saqué mi escoba y fui a reunirme con mis colegas que charlaban animadamente en la copa de los álamos.

(Selección Provincial. Concurso Literario Nacional C.F.I. – Año 2004)

Para cuando ya no estés - Lilian Elphick



Cómo me devora el tiempo cuando te leo. Hace un minuto vivía mi lunes nublado, gestionando cotidianidades: esa respiración que me condena a volver a decir las cosas por su nombre. Hace un minuto estampaba el ojo en tus palabras: la sencilla razón para que el pecho suba y baje e intente luego un cese al fuego, una calma de café frío, un silencio que sólo tú podrás oír. Porque se trata de mis manos y de las tuyas en un ahora que se fuga veloz con los ayeres que no tuvimos. No sé decir más. Aquí no hay nada, salvo la pequeña muerte rondando en las carnicerías de barrio, en la tarde de ladrido y trino, en la desnudista que termina el baile y cuenta su dinero.
Hace un minuto mataba con la rabia en la boca, y te escribía para cuando ya no estés. Dentro de ese lapso anida mi vida entera, con sus interpretaciones banales, esos naufragios en la tina de baño, o cuando tú caminas por la sombra de mi sonrisa, canción y epopeya de los dientes.
Para cuando ya no estés, el monumento al perfume desconocido, y una ciudad que se repliega ante mis pasos.
Puedes quedarte con la crueldad, necesaria en toda comunión de fantasmas; útiles las palabras y el equívoco.
Esto no es una carta; aquí el viento es elección y renuncia. Esto es un grito o la bala zumbando deseos bajo sospecha. Esto es la lágrima que se niega a salir; más bien, tragar saliva y seguir viviendo como si no pasara nada. Porque no vamos a esperar que el tren nos vuele la cabeza de tanto amor acumulado, de esa reunión de pieles que el tiempo maltrata en este mismísimo instante.

catorce de septiembre.

Saberes e ignorancias – Nanim Rekacz



Si en horarios y rutinas había alguien hábil, esa era Eleonora Cacenave. Meticulosa y prolija hasta el hartazgo, sus jornadas empezaban exactamente a la misma hora y satisfacían cualidades de ceremonia ortodoxa. Desde restregarse los ojos y sentarse en la cama poniendo primero el pie izquierdo en la chancleta, hasta colocarse la cofia sobre los ruleros antes de apagar la luz del velador, todo transcurría de modo perfectamente sincronizado y repetido. La misma taza en el mismo mantel en el mismo extremo de la mesa, el plumero quitando el persistente polvo de los muebles, las plantas que se negaban a crecer y multiplicarse, idénticas noticias siempre en todos los canales. Los batones estampados se encarnaban en su gruesa figura y su mirada triste al pasar frente al retrato del esposo fallecido le hacía recordar con insistencia cruel que no le había dejado ningún hijo. No había gracia alguna en su existencia cotidiana, en esas jornadas aburridas y miméticas, clonadas y sin sentido alguno, esos mates lavados, el silencio de voces.
Lo que ignoraba, por supuesto, es que ella no vivía una vida de rutina sino que, simplemente, vivía cada día el mismo eterno día.
Y este cuento, aunque te niegues a creerme, lo has leído millones de veces.

Despedida - Carmen Carrillo



Estaba decidida a dejarlo. No seguiría creyendo que algún día él dejaría a su mujer. Lo había prometido durante los últimos cinco años, una y otra vez, pero seguía casado. La mataba pensar que no era ella quien lo miraba dormir y que cuando él abría los ojos, su primera mirada era Isabel, que era su mujer quien le servía el café y la que ponía en su mano las tabletas que tomaba a diario para la sinusitis.
De tanto en tanto, cuando se decía que era momento de dejarlo y trataba de reunir valor, recordaba la mañana del único día en que habían amanecido juntos. Fue durante aquel congreso de Química al que ambos asistieron como conferenciantes. Había despertado feliz y se había acurrucado sobre su pecho. Lo miró largamente, embelesada, acariciéndole con los dedos las canas de la barba despeinada y sintió de pronto el impulso de querer arreglarla.
—De ningún modo, querida. Eso es algo que sólo hace Isabel. Si regreso a casa con la barba hecha, podría sospechar —dijo, y para ella fue como si la hubiera abofeteado.
“Sólo Isabel... sólo Isabel...” se repetía mientras lloraba en silencio, contando los intentos que había hecho por dejarlo inutilmente, pues apenas miraba sus enormes ojos azules, enormes y luminosos como dos planetas, su voluntad flaqueaba. Encontraba en el rostro de ese hombre la belleza de un dios griego, poderoso como un Zeus que la poseería hasta el final de los tiempos.
Esta vez estaba decidida. No pasaría otro fin de año sola, esperando su llamada. No volvería a beber un martini de consolación en algún bar oscuro, a escondidas, cuando la invitación era para ir al teatro. Su paciencia se había agotado.
Preparó la mesa, enfrió el vino y encendió la chimenea. Llegó pasadas las once... tarde, como siempre.
Ella sirvió el vino sin hablar, sopesando lo que vendría.
—Estás muy bella, cariño —dijo, mirándola a través del cristal de su copa.
—Tú también —respondió ella mientras se acercaba para acariciarlo—, sobre todo hoy que te has recortado un poco la barba.
—La barba, siempre la barba...
—Me gusta, ¿qué le voy a hacer? Mira —dijo, mostrándole un pequeño frasco de afeite—, esto es para ti huele... ¿no es divino? —preguntó, coqueta.
—¿Para qué te has molestado? No, no logro percibir el aroma... ya sabes que esta sinusitis...
—Supongo que dejarás que te lo ponga, ¿no? —y comenzó a frotarle el rostro antes de que él pudiera responderle.
Él se dejó hacer, disfrutando el calor de sus manos, que recorrieron no sólo su mentón barbado sino la frente, la nariz, las mejillas y finalmente, el cuello. Cuando terminó de mimarlo volvió a llenar las copas. Brindaron. Como de costumbre, él sacó un cigarrillo y lo hizo bailar en sus labios mientras le contaba sus planes para la primavera, que comenzaría la siguiente semana.
—¿A la cabaña, dices? ¿Cuántos días? —preguntó ella sin mucho interés.
—Yo quisiera pasar al menos dos semanas, pero Isabel no soporta el aire de montaña... quizá sea sólo una —respondió, aún con el cigarrillo en los labios.
No podía soportarlo más. Tenía que decírselo ahora, gritarle que lo dejaba, que se largara de su vida en ese momento. Evitó mirarlo y le acercó el encendedor que estaba sobre la mesa.
Cuando notó que se acercaba el encendedor a los labios, le dio la espalda. Del pequeño artefacto brotó una chispa perfecta, juguetona, que se encargó de encender los vapores recién volatilizados del limoneno recién frotado sobre la cara. Cuando se volvió para mirarlo, no encontró aquellos brillantes planetas azules, sino dos guijarros perdidos en el pequeño incendio alimentado por el azufre propio de la queratina de la barba, las cejas, las pestañas Fue un incendio tan corto que él todavía no daba el primer grito de dolor cuando ella se decidió a hablarle.
—¿Sabes, querido? No quiero verte más... pero como un capricho personal y como despedida, decidí que esta vez pasarías la primavera donde yo quisiera, así que olvídate de la cabaña... y dile a Isabel que lamento que tenga que pasar las vacaciones en un hospital.

Chateo pasional — Jorge Ariel Madrazo




Mi amigo, el periodista Enrique Pock, estuvo traicionando a su mujer de un modo asqueante, troglodítico. Pero Dios castigó sus excesos.
Al principio, la PC era para él un símbolo de la insoportable atadura laboral. Pero en los últimos seis meses Pock se pasó las noches en vela: solo, en piyama y pantuflas y con el enfermizo auxilio de una luz verde, mientras tipeaba con frenesí sobre el teclado blancuzco emitía sordos ronquidos de pasión. “Tengo tanto trabajo”, mentía a su comprensiva esposa.
Pock siempre fue callado. Los torrentes de locuacidad los volcó tan sólo en el chateo con la Otra (así, con inicial en mayúscula).
Escribía: Anoche noche soñé con vos. Estabas mona, parecida a la foto.
—Ella: “Mi mago, qué cosas decís, me calientan no sabés cuánto. Has de ser tan viril, mi amor…”
—Pock: Tengo ganas de tomarte una mano.
—Ella: “Ay, otra vez el fuego que me consume hasta hacerme perder el juicio. Esas porquerías que me decís me excitan, creo que voy a convertirme en una pecadora, Dios me valga…
—Pock: Sos linda.
—“No, no me empujes al desliz, mi bien… Ya me siento toda húmeda y ardiente. Como si un rayo flamígero del Señor estuviera hincándose en mis carnes corruptas, tan indignas de Él.
—Pock: Hoy formé tu nombre con la sopa de letras.
—Ella: ¡Mi salvaje! Voy a aferrar tu espada húmeda y roja, como un marlo desquiciador, y a correr loca por el prado, enajenada de placer…
—Pock: Je.
—Ella: Basta, no aguanto más, creo que deberé arrojarme por la ventana, tus palabras son más perversas que las de la Serpiente bíblica. Has hecho de mí una piltrafa de pasión, una mujer toda Eros y lista para seguirte al mismísimo Averno.
—Pock: Debes tener mejillitas suaves, ¿no?
—Ella: ¡Basta, mi Bestia! ¿Hasta dónde crees que podrás arrastrarme por el fango con esa elocuencia abrasadora? Aquí mismo abandono estos diálogos que han hecho de mí un ser malvado, despreciable; mi deseo de vos me llevó hasta a abandonar a mi madrecita enferma, soy tu esclava pero ya  me insubordino. Adiós, mi Henry. Nunca te olvidaré.
Y así, la verba apasionada de mi amigo le hizo perder a la única mujer que, quién sabe, pudo hacerlo feliz.

Los hombres son de Marte – Gilda Manso




No era apendicitis.
—Felicitaciones, es un... eh... ¿varón? —me dijo el médico mientras sostenía con más profesionalidad que ternura al bicharrajo viscoso que había sacado de mi cuerpo.
El coso gimoteaba, eructaba y me llamaba mamá. Yo lo miré y recordé: hacía unos meses había conocido a un hombre. Creo que era un hombre; era verde y me invitó a pasar una noche en su nave espacial. Comodísima, la nave. Y el ¿hombre? hacía comentarios inteligentes, era gracioso y estaba bueno. El color no me importó, nunca fui racista. Luego me bajé de la nave (tenía un puf re mullido que era una divinura), me fui a mi casa, y supongo que él regresó a Marte. Creo que era de Marte, por eso de “los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus”. Capaz no, capaz era saturnino, lunático o neptuniano. Forastero, seguro.
La cuestión es que mi hijo no tiene un padre, y el hombre más verde de mi vida no sabe que tiene un hijo. Quiero contarle que es igualito a él: verdoso y de extremidades largas. Lo baboso y viscoso lo sacó de mí. Y también quiero reclamarle la cuota alimenticia; nuestro retoño come dos docenas de empanadas y un litro de nafta sólo en el desayuno. ¿Alguien sabe cuándo sale el próximo vuelo a Marte? Ah, ¿no hay vuelos a Marte? ¿Cómo puede ser? Una familia más separada por culpa de la burocracia. En este país no se puede vivir. No, no en este país: en este mundo no se puede vivir. Con razón él no volvió. Si este mundo es un desastre: Obama es Nobel de la paz y no hay vuelos a Marte.
Voy a agarrar el telescopio, a ver si lo veo.

Vaca impulsiva - Héctor Ranea




Se me quedó mirando con esa cara con la que las vacas miran a las cámaras fotográficas. Cara de vaca, diría un prosaico, pero, según mi parecer, miran con cara profunda de ángeles lácteos. En fin. Se quedó mirando mi cámara, le pasaba la lengua para saber su tenor de sodio y me pensó una frase que envió telepáticamente. O sea:
—Mañana me mato —me dijo en ese canal.
—¿Una vaca lechera? —le contesté sorprendido por el mismo canal.
—¿Tenés idea de lo que es tener dolor de tetas todos los santos días?
Me imaginé una situación homóloga en mí y se me frunció el upite. No sabía qué responderle, pero ensayé una frase de ocasión.
—¿No las ordeñan antes de que se les produzca esa tensión?
—Eso era antes. Ahora viene el papanatas del cyborg, palpa las más abultadas y las manda a la ordeñadora. No se gastan en las que andamos en el 80% de plenitud. Es una cuestión de racionalización. Me tienen harta con esos coeficientes del carajo.
Me levanté y la miré con ojos bovinos. No sabía cómo explicarle que yo era un cyborg.
Evidentemente, la vaca era un poco chicata. La denunciaría antes de que se suicidase. Otra vaca loca más en el historial nos haría bajar puntos en las calificadoras de riesgos vacunos.

Epístola del asesino de espejos a la madre pelmaza de turno - Javier Montoro




A ver, señora. La niña no quiere bañarse en la playa. Sé que es difícil aceptarlo, que le jode muchísimo, pero en fin. Sepa usted que, por mucho que se la apriete contra el pecho y la hunda en el agua y le cante "los patitos en el agua meneaban su colita", los pataleos y chillidos de la niña no van a cesar. Y normal. Que el agua está helada, señora. No se me encienda, que la niña no quiere bañarse y punto. Que vale que la obligue usted a comer y a dormir y a echarse la crema protectora, pero no a bañarse. Báñese usted. Por favor, ¿no ve cómo llora? ¡Pero no le grite!, ¡venga!, ¡empiece otra vez a cantarle la de los patitos! Así está mejor. Si ya sé yo que le compró usted el bikini para bañarla, pero que la chiquilla no tiene ganas, mujer... Pero mírela, mírela cómo llora. Claro, que tiene que hacer lo que usted quiera. Porque usted es su madre. Que cuando tenga 18 años que haga lo que venga en gana, pero que mientras viva en su casa... Vamos, que si a usted le apetece que la niña se beba el bibi con vodka negro, la niña lo hace...porque vive en su casa. Y que usted es la madre y sabe lo que tiene que hacer. Entiendo. Pues mire, señora. La niña ha dejado clara su postura. Siga, siga, siga hundiéndola, ¡qué vergüenza! Disfrute usted de su día de playa, que disfrute la niña, disfrutemos todos. Déjela que juegue en la orillita, y usted se baña y hace submarinismo si quiere y se coge usted la cabeza y se la hunde, y se traga usted la sal y los peces, coño. A ver si se ahoga y me alegra el día. Si quiere cuando llegue a su casa le ordena a su hija que duerma la siesta y le planifica los juegos (incluso puede zambullirla a presión en la piscinita de plástico) . Pero no obligue a la niña a bañarse en la playa.

Tomado de: http://latintaescarchada.blogspot.com/

Transitar sombras – Rafael Vázquez & Nanim Rekacz




Aprendí a ser consciente en mis sonambulismos, me di cuenta que mientras permanecía dormido, vagando en esa otra dimensión intangible podía realizar algunas funciones propias de la vigilia bajo cierto control.
Con la práctica, adquirí un progresivo dominio del equilibrio, las acciones y la satisfacción de mis expectativas en ese simulacro.
Pequeñas experimentos fueron dándome confianza: probé, por ejemplo, dejarme preparado el desayuno para descubrirlo felizmente sobre la mesa en la mañana al despertar. Me fascinaba intentar discriminar qué era real y qué imaginario, descubrir en las formas y texturas los signos detrás de la apariencia, la mutación molecular producida en el límite sutil entre uno y otro estado.
Era muy divertido deambular por la casa y decidir acostarme en mi cama y, al despertar, encontrarme recostado en cualquier otro sitio, con la plena seguridad de que había hallado el camino exacto a mi cuarto y me habría arropado con las mantas. Pero también eso con el tiempo logré manejarlo y superponer las dos imágenes en mi conciencia, la que provenía del recuerdo de lo real y la que integraba el letargo.
Fui capaz de escribir y de leer, y hasta de interactuar con intrusos que derivaban, factiblemente, de ensueños ajenos. Logré incluso que hermosas mujeres permanecieran en mi casa, aguardando mi deambular sonámbulo, y concreté con ellas mis más ocultas fantasías. Eran relaciones que dejaban su resabio en mi cuerpo agotado, en los amaneceres podía olerlas en el cuarto vacío, recordar la presión del contacto, la precisa curva de los senos guardada en la palma de mis manos, sus humores secos en mi sexo fláccido.
No se trataba después de todo de una aptitud extraña a la que utilizaba en mi vida cotidiana. Durante la rutinaria vigilia, había también aprendido a moverme como un ente autómata, esquivando obstáculos, tornándome invisible. Tal vez mi talento para adquirir conciencia durante los periodos de parasomnia se hubiera engendrado en su antípoda, en las engañosas representaciones que nos rodean y determinan.
Dentro del sueño hay una representación desencajada en tiempo y en espacio, no hay referencias que nos permitan discriminar la absurda realidad saturada de símbolos, rumores y consignas repetidas hasta el hartazgo, de la ficticia. Hasta ésta parece más real, adecuada y cómoda.
Cada vez se me hacía más amargo despertar de esa nueva vida, me sentia frustrado y disconforme con la rutina y las obligaciones. Mi existencia se me aparecía miserable y aburrida.
Crecía la frustración y el descorazonamiento.
Por eso, todo mi tiempo libre lo dediqué a profundizar en este universo transversal, salvo mis horarios laborales y los necesarios momentos dedicados a hacer compras y pagos, el resto de la jornada me aseguraba de permanecer dormido, aún utilizando somníferos. No me importaba si era de día o de noche, mientras pudiera escaparme de las condiciones impuestas por la física. Ni siquiera necesitaba estar despierto para alimentarme o higienizarme, todo eso pasó a formar parte de mi sonambulismo, ya que podía ejercer ese control sobre mis actos.
Tardé en darme cuenta que nadie puede dominar sus quimeras con tan absoluta impunidad, que la trasgresión tendría su contrapartida ineludible: los sueños se me hicieron rutina. A mi cuerpo, a mi pensamiento, dejaron de estimularlos esas ensoñaciones reiteradas hasta el hartazgo, tan semejantes al fin y al cabo a lo que era mi vida de todos los días. Ni siquiera podía salir de las paredes de mi casa puesto que cada vez que lo intentaba, se desmoronaba la fantasía como un desgarro y era doloroso reanudar el ritmo orgánico.
Entonces sucedió. Me dormí en el sueño y se tornó imposible soñar.
Vacío, nada... No logro sentirme en esta oscuridad sin visiones, informe, vagando en sombras, a tientas en la negrura inconsciente, perdido y solo. Sé que pronto olvidaré, me olvidaré... y tal vez me convierta en fantasma de un sueño ajeno.

Promesas, solo promesas - Nanim Rekacz


—Lo que el amor escribió con la mano, el desamor lo borra con el codo —me dijiste mientras arrugabas la servilleta de papel donde escribieras en aquel bar un poema para mí.
—Hubiera querido guardarla... —apenas suspiré las palabras, inútiles y frágiles como las de aquella poesía de tisú.
—¿Para qué? ¿Acaso me vas a decir que necesitás esa servilleta para retener ese momento? ¿O es para tener una justificación para llorar si de acá a diez años te acordás de los bellos buenos tiempos compartidos, de los sueños muertos? —reprochaste.
No puedo contestarte a eso, sé que tenés razón. Nos prometimos tanto, nos escribimos cartas, poemas, dedicatorias... Hasta las paredes escribíamos, nos dejábamos mensajes en clave en los muros de las casas vecinas, en los bancos de las plazas...
Sueños muertos...
—Son los que más duelen —reafirmabas siempre. Claro, lo vivido queda en la memoria, nos ha construido, lo sentido talló nuestros días y pulió nuestras noches. Pero lastima todo eso que íbamos a hacer y ya no haremos, la casa donde no viviremos, los hijos que no nacerán de mi vientre, los paisajes lejanos que jamás hollarán nuestros pies, nuestros cuatro pies... en parejas huellas...
Me abrazo sola, las palmas de mis manos en mis codos, esos que borraron con su desamor tu amor, que se clavaron en la mesa de este otro bar por horas, mientras decidíamos que ya no iba más...
Yo siempre la llevaba conmigo, en la billetera, dobladita tal como me la entregaste esa noche adolescente, con ese poema de letras desparejas y pequeñas, con corazoncitos en las i... Y ahora cuando me la pediste pensé que era para leerla, nada más, no para esto.
Hecha añicos, en el cenicero... supongo que las letras de las palabras de amor se entremezclarán y formarán nuevas palabras, frases de despedida y de ilusiones devastadas. Tu nombre y el mío, partidos, rotos.
Tanto amor que nos cabía en un beso, en las palabras para siempre, en los instantes eternos de los despertares abrazados, sin separarnos más, nunca más, cantábamos bajito... prolongando la dicha.


Todo termina al fin, todo tiene un final..
El café se nos ha enfriado, el corazón se nos ha vaciado.
Antes de irnos, vos pagás tu café y yo el mío.

Ilustración de Susana Boettner

Estridencias - Rafael Vazquez


A veces pesa tanto la cantidad de soledad que llegamos a juntar que nos alojamos en un hotel a media noche sólo para huir de ella. Una vez en la suite inventamos cualquier justificación para pedir servicios por teléfono, regresar a recepción, cruzarnos con huéspedes en los pasillos… Nos sentamos al borde de la cama y el chirriar de los muelles provoca un gemido al otro lado de la pared. Pensamos que no guardaba relación con nosotros hasta que nuevos suspiros responden al oxido de los hierros. Después de la bulliciosa pasión, sin pronunciar una sola palabra, nos hemos dormido con un siseo denso de la garganta. A la mañana siguiente hemos entregado las llaves en el mostrador y hemos descubierto que ruidos conocidos nos seguían, alquilaban un apartamento al lado del nuestro y nos acompañaban hasta que frecuentes discusiones de platos y vasos rotos instalaban de nuevo el silencio y el olvido en nuestras vidas.

Ilustración de Susana Boettner

Domino lenguas - Héctor Ranea


En el Zaire me encontré una señora que hablaba bastante bien swahili, que domino como la palma de mi mano, dijo Mr. Parkinson. Ella nos invitó a pasar a una sala oscura con una vela encendida en el centro. Ahí nos dieron a beber una sopa en una calabaza que ella dijo que era muy antigua. Bebimos hasta quedar saciados de esa sed húmeda que da remontar el Congo. A la mañana siguiente, la muchacha nos mostró su bebé que dijo que era de uno de nosotros dos. Pero era imposible. De un día para el otro no se tienen niños, ni en Zaire ni en ningún lugar, dijimos. Sobre todo mi mujer, que alegó completa inocencia. Cosa que no fue admitida por el brujo de la tribu. Como me negué a responder a los requerimientos económicos, me cortaron la lengua. Desde entonces no hablo ni parsi, ni portugués del Sur, ni boliviano del norte, ni wichi, ni mapudungun, ni aónik’enk, lenguas que adoro y antes manejaba con soltura, sobre todo dentro de la mochila. Nunca me confundía de lenguas. Cuando fuimos a Tahití, mi mujer y yo poníamos nuestras lenguas del idioma universal del Pacífico Sur y siempre íbamos a los mejores lugares porque nos tomaban por lugareños oriundos. En México tuvimos ciertos problemas porque casi no nos dejan pasar con la mochila de lenguas, pero al final fue un paseo divino. Hablábamos como nacionales. Ésa es la ventaja de tener lenguas madres. En cambio, después de esa gira con el holandés errante nos perdimos en Zaire y apenas si pudimos recuperar algunas lenguas, pero eran vírgenes aún. Y ya lo dije, no hay como las lenguas madres. Es lo que nos pasó en la India, sin ir más lejos. O en Nepal, un poco más acá. Así que: pongo a la venta mi mochila con lenguas madres. Algunas están vivas, otras muertitas. Pero se pueden usar. Al principio da asquito porque tienen un poco de gusto a formol, natrón y sustancias momificantes adheridas, nada peor que el poxirán, si me quieren entender. Si quieren, lo pongo a subasta a partir de precios módicos y sumas frioleras. No quiero venderla sin antes ofrecerla a mis amigos.... ¡Ah! ¿Lo del pibe en Zaire, quieren saber? Y nada... lo reconocí a medias. Tenía una dentadura parecida a la mía. Sigo creyendo que de un día para el otro no me pueden decir que nació el purrete, pero lamentablemente, era eso o me cortaban otra cosa... la visa.

Ilustración de Susana Boettner

La confesión en tiempos de Internet – Héctor Ranea


Confieso acá, obviamente compungido, mi engaño, mi traición. He usurpado el nombre de otro en este espacio que tan generosamente me habéis brindado y los hice caer en esta trampa para satisfacer el delirio que tenía de ser escritor.
Yo sé que hice mal, que lastimé a todos ustedes hasta lo más íntimo. Los señuelos que puse, las argucias que usé, los abusos de confianza con los que me maneje este año y meses que pasamos juntos me lastiman ahora.
No sé cómo empezó todo. Supongo que me di cuenta de que los escritos de mi amigo muerto, valían algo y me decidí a probar suerte. Pero creo que no lo premedité, simplemente fue saliendo así. Primero un cuento, luego otro y así hasta que me di cuenta de que ustedes lo apreciaban sinceramente, que sus elogios no eran fingidos y yo, que siempre había fracasado en lo mío, decidí esconder mi verdadera identidad literaria y continué robándole a mi amigo sus textos. Él me los dejó en casa antes de que lo agarraran unos tipos por una cuestión de mujeres y no lo viera más. Varias carpetas, en parte ordenadas, en parte caóticas, que me tomé el trabajo de clasificar. Eso no se me podrá negar, y en ocasiones, con mi escaso talento, mejorar si fuera posible, ya que dejó mucho material inconcluso, mucho sin revisar y además, algunos textos con tantas revisiones que resultaba difícil entender cuál era la final.
Él escribía de todo, por eso ustedes conocen tantas cosas de mí, que en realidad son del muerto. Y tenía miles de escritos, incluso ensayos de arte, notas de viajes. Entonces yo, que nunca viajé, que nunca vi nada de arte en persona, aproveché las mismas para aprender cómo es estar delante de obras de arte legítimas, con su tamaño natural, cómo huele el aire en otros lugares, cosa que para mí era un misterio. Por eso ustedes tienen de mí tantos relatos, poemas, ensayos, escritos varios que me hacen parecer prolífico, cuando en realidad soy parco, inútil casi para escribir y en caso de hacerlo lo hago con lentitud, como extrudando desde dentro una materia viscosa, vieja, abominable.
Entonces, cuando llegó el momento de tratar con uno o dos de ustedes, la bola de nieve que puse en movimiento empezó a agigantarse y empezamos a intercambiar con todos, todo. Por primera vez en mi vida me sentí parte de algo hermoso y digno; era un impostor vil, un torpe imbécil que sólo quería impresionar con frases sacadas de la boca de un amigo muerto. ¿Acaso hay algo más vil, más repudiable, menos perdonable? No lo creo. No es un tema legal, porque nadie podrá probar nunca lo que hice, ya que mi amigo, que yo sepa, sólo tenía publicados unos pocos poemas de un concurso en Chubut, que siempre omití para no dar lugar a sospechas de ningún tipo.
Hasta le copié su manera de hacer los retruécanos, así podía eventualmente comunicarme por vías rápidas. De otra manera, usaba su enorme venero de frases que me venían como al dedillo, haciéndome siempre quedar como un erudito, que él lo era, o como una persona jocosa, que era su característica mejor (y por eso lo buscaban las mujeres) o por fin, lograr incluso escribir algún cuento mío, que era publicado porque ya todos habían caído en mi añagaza.
Algunas veces debí hacerme pasar por él. Alquilé una casa, una mujer, un hijo, hasta un gato (otras veces un perro) para lograr que nadie sospechase ni pudiera encontrarme en un renuncio de toda esta máquina que monté casi sin proponérmelo.
En toda esta acción fraudulenta he aprendido que mucha gente es como ustedes, sincera, buena en el mejor sentido y no acaba de creer que es víctima del timo más insolente, porque cree a pie juntilla la historia que uno teje para armar la telaraña. Así los he captado en esta fascinación de hacerme pasar por lo que no soy, pero no aguanto más esta situación.
Ayer, con la publicación de otro de los poemas de mi amigo, he decidido dar la cara y no seguir con esta operación deshonesta y presentarme tal cual soy, un solitario lobo sin talento, un ave rapaz que se aprovecha hasta de un amigo muerto, un muerto, en fin; que dice ser un escritor pero que no ha hecho otra cosa que copiar, palabra por palabra lo que le dejó su amigo.
Supongo que no podréis perdonarme porque el abuso a la inocencia y la sinceridad no pueden perdonarse, pero acá estoy, esta vez desnudo de alma, diciendo una verdad difícil de decir.
Y ahora así, adiós.

Cumpleaños - Carmen Carrillo


El viento mecía los álamos enfilados a lo largo de la calle y en la superficie de los charcos que había dejado la lluvia nocturna flotaban las primeras hojas del otoño. Por encima de los árboles se levantaba una luz tenue, difusa, la típica de los amaneceres de octubre. Salió a la cochera y como todas las mañanas, recogió el diario. Lo puso sobre la barra de la cocina y encendió la cafetera. Metió el pan en el tostador preguntándose si esta vez él bajaría y antes de hacer cualquier cosa, entraría a la cocina para darle un abrazo de cumpleaños. Aunque sería inaudito que lo hiciera, tal vez ese año le entregaría algún presente... quizá ese pequeño dije con la esmeralda que siempre quiso.

Esperó a que saliera de la ducha y bajara a la sala para comenzar el ritual diario. Calculando el tiempo, sumergió la taza en agua caliente para evitar que el frío de la porcelana cambiara la temperatura del líquido al servirlo. Luego encendió la radio para que pudiera escuchar el noticiero mientras tomaba el desayuno en el salón. Si le hubiesen dado a escoger, ella sin duda hubiera preferido sintonizar la estación donde programan bossa nova. Se había acostumbrado a sacrificar esos pequeños gustos a cambio de una atmósfera libre de discusiones.

Mientras sumergía la taza en agua caliente por segunda vez, notó que el teléfono celular tenía la batería baja y lo conectó de inmediato al enchufe, antes de que él bajara y pusiera el grito en el cielo por el terrible descuido, pues mantener el teléfono con batería completa era responsabilidad de ella. Escuchando las noticias, que le parecieron exactamente las mismas que el día anterior, pensó en cuánto deseaba salir a regar las begonias en ese momento, a esa hora, cuando la brisa es tan distinta a la de cualquier otra hora del día. Se asomó por la ventana, miró las flores y suspiró. Al parecer él no tenía prisa, porque demoró más de lo acostumbrado en afeitarse y eso significaba que ella debía, una vez más, sumergir de nuevo la taza en agua caliente.

Aunque había aprendido a hacerlo todo sin quejarse y ya se había acostumbrado a las excentricidades del marido, no había algo que detestara más que tener que sumergir una y otra vez la maldita taza hasta que él se dignaba a bajar con toda parsimonia, arrastrando las estúpidas pantuflas hasta el aburrido sillón reclinable en el que esperaba a que ella le sirviera el café en la ridícula tacita italiana y la colocara en la charola, al lado de la cucharilla de plata y la azucarera china que forman parte del juego de té que ha pertenecido a su familia por tres generaciones.

Además de la sumersión de la taza, odiaba con el alma esa apolillada otomana de terciopelo azul que debía ver todos los días al depositar sobre ella la charola del desayuno que él tomaba sin dirigirle una mirada, porque su atención se dirigía a alegir una sección del diario que, sabrá Dios porqué motivo, siempre resultaba ser el obituario.

Al percatarse de que todo transcurría sin alteraciones, sintió que el corazón se le encogía. Un cumpleaños más que pasaría sin pena ni gloria. Caminó hasta el salón con la charola en la mano que temblaba de rabia y al dejarla sobre la otomana, derramó el café accidentalmente sobre ella, provocando que él saltara del sillón como si el tapiz de terciopelo tuviera alguna conexión nerviosa con su propia piel. Le dedicó tal cantidad de improperios que ella quedó petrificada. No sólo se había olvidado de su cumpleaños, sino que además mostraba más condescendencia hacia el estúpido mueble que hacia ella, ella que se había entregado en cuerpo y alma al calvario de vivir para complacerlo.

A ella no le humillaron tanto los insultos, sino el hecho de que mientras la insultaba no se tomó la molestia de mirarla. Eso la enfureció. Y tal era su rabia que casi sin pensarlo alargó el brazo y tomó el primer revólver que encontró en la colección que tapizaba la pared. Él no se percató del movimiento, ocupado como estaba en lamentarse del estropicio y lo cierto es que cuando apretó el gatillo, ella esperaba que saliera del cañón el inocuo chirrido del metal añoso y oxidado. Se llevó tremenda sorpresa cuando el movimiento de su dedo liberó en la cámara del revólver una poderosa bala que, convertida en una pequeña dosis de furia, fue a dar en el cráneo del marido, que se abrió instantáneamente como un tulipán gigante del que salieron innumerables serpentinas color carmesí que parecían decir al unísono: Feliz cumpleaños.

Tomado de: http://realistaprincipiante.blogspot.com

El juego - Gilda Manso


El conflicto rebalsó cuando La Niña anunció:
—Afuera están jugando a la escondida y yo quiero ir.
Al oírla, La Guerrera sonrió como sonríe quien ve cumplirse algo que hace tiempo vaticinó; las pocas personas que tuvieron la mala fortuna de enfrentarse a La Guerrera le habían temido menos a su lanza impiadosa que a su sonrisa serena. (Es una mujer tan tranquila y callada que casi nadie nota su existencia. La Guerrera suele permanecer en la más rigurosa de las sombras, al acecho, observando y adivinando. Huele a su enemigo, le permite rondarla y sin aviso clava la lanza. Y, si el enemigo es lo suficientemente digno, La Guerrera sonríe).
La Madrina, por su parte, también sonrió. Pero la sonrisa de La Madrina emanaba amor. No había nada marcial en esa boca de dulzura persistente. (Es una mujer querida. En el grupo, es la encargada de dar la cara; semejante responsabilidad cayó en ella debido a su limpieza y a su extremo sentido de la justicia. No tolera ni permite los golpes bajos. A simple vista se la nota confiable. Es la única que nunca se equivoca).
La Trémula, en cambio, no sonrió. Nadie se extrañó, porque La Trémula no sabe sonreir. (Es una muer extremadamente vulnerable. Su debilidad radica en su terror hacia todo, en su desconfianza hacia la luz porque revela, hacia la oscuridad porque oculta. Es, de un modo muy extraño, la más peligrosa de todas).
—¿Y en qué consiste ese juego? —le preguntó La Madrina a La Niña.
—La gente se esconde y yo tengo que encontrarlos. ¿Puedo salir a jugar?
La Madrina asintió. Cuando La Niña cerró la puerta, La Trémula tembló y dijo:
—¿No se dan cuenta del peligro al que la exponen? ¿Cómo sabemos quién es el que se esconde allá afuera?
—Mientras sigas en tu manía de no asomar la nariz, nunca vas a saberlo —intentó discutir, por aburrimiento, La Guerrera.
La Madrina le rogó con la mirada y habló:
—No podemos seguir negando el afuera. Tarde o temprano nos ahogaríamos acá adentro. Por otra parte, el afuera nos exige jugar. Menos mal que está La Niña, sino ¿quién de nosotras lo haría? Yo no podría, tengo demasiadas responsabilidades.
—A mi me da miedo la idea de salir a jugar —se atajó La Trémula.
—Yo no tengo naturaleza lúdica —agregó, tajante, La Guerrera.
La puerta se abrió y La Niña entró tambaleándose. De su cuello, una herida semejante a un zarpazo manaba sangre.
—¡Me atacó un lobo escondido en una piel de lobo! —lloraba La Niña, asustada más por su ingenuidad vejada que por la herida abierta.
La Madrina se abalanzó a curarla. Tiene vocación de sanadora.
—¿No será un lobo con piel de cordero? —quiso saber La Guerrera. La Niña negó.
—La Trémula me habló tanto de los lobos con piel de cordero, que vi un lobo y me acerqué pensando que era un cordero disfrazado.
La Trémula creyó desmayarse. La Guerrera creyó matarla. La Madrina calmó los ánimos:
—La herida es más superficial de lo que parece. La Niña se va a poner bien, aunque necesita reposo. Pero la realidad es que el juego sigue, y si abandonamos nos van a tirar la puerta abajo... ¿Escuchan los golpes?
Calló un momento y el ruido se hizo irrespirable.
—No tenemos más tiempo. ¿Quién de nosotras va a salir a jugar?

Sirenas - Rafael Vázquez


Hubo un movimiento generalizado de pánico en el barco que a poco hunde la embarcación, debido a que nadie, ni siquiera el capitán del navío, esperaba encontrar a las temibles sirenas en esas aguas y menos aún en esa ruta.
Mientras el barco se acercaba inexorable a las proximidades del arrecife de rocas donde moraban las fabulosas mujeres con cola de pez, sin posibilidad de cambiar el rumbo a tiempo como para no escuchar sus cantos, todo tipo de imágenes horribles acudía a nuestros ojos y memoria mientras echábamos mano de nuestros recuerdos colectivos para intentar salir indemnes del, de todo punto, imprevisible contratiempo.
Nos apresuramos a atarnos unos a otros con complicados nudos a las arboladuras y trinquetes de la nave, a acomodarnos improvisados protectores acústicos en los oídos, a dañarse, los más asustados, tanque y yunque para poder salvarse de la irresistible tentación sonora.No caímos en que llevábamos años saturando nuestros ojos de todo tipo de imágenes sensuales, nuestros oídos con decibelios de sonidos que exploraban nuestros tabúes mas profundos.
Cómo imaginar que todo eso nos había ido haciendo, lentamente, insensibles a cualquier tentación natural no tecnificada por mucho que esta se hubiese ido perfeccionando generacionalmente durante miles de años.
Y cómo no pensar, después de todo, reflexionábamos mientras el barco se alejaba e íbamos dejando atrás a las esforzadas sirenas, que cualquiera de nosotros había asistido a lo largo de su vida a decenas de espectáculos mejores.

Los viejos villanos - Héctor Ranea


Queridos hijos, les quiero escribir sobre nosotros, sobre su madre. Recién regresamos de un concierto en la Basílica de Sinkt Niklaas, como todos los domingos. Esta vez el organista no se equivocó en la entrada de las canciones sin palabras de Mendelsohn, como en el concierto del año pasado.
Su madre y yo fuimos con las camisas que nos enviaron de regalo para nuestro aniversario de bodas. Las flores rojas le gustan tanto a su madre que se la quiso poner para este concierto. Por cierto, lindas flores y muy lindas formas y colores en mi camisa de Havai. ¿Se escribe así, no es cierto? Hay frutas y plantas que sólo vimos en televisión y alguna vez en el Mercado de Sinkt Pankrass, en verano. Esas flores, esas frutas, nos hacen sentir muy frescos.
Los días que no vamos a misa pongo en la televisión uno de los programas donde puedan verse las ciudades donde ustedes viven. Están tan lejanas y son tan diferentes de nuestro pueblo, tranquilo y pintoresco, que a veces nos vienen ganas de aceptar la invitación, pero pronto nos damos cuenta de que no podríamos vivir como viven ustedes.
Yo llevo a madre en su silla hasta nuestro banco en la iglesia y le coloco los audífonos para que escuche al cura o al organista. Esta vez el cura nos miró mucho durante su prédica porque seguramente querría saber de dónde sacamos las camisas. Ustedes entiendan, en el pueblo nadie usa cosas de estos colores y seguramente el cura se dio cuenta. Pobre hombre.
En el concierto madre se duerme cuando llega Pachelbel. Siempre. Tan lindo que es el Canon y ella siempre se lo pierde. Todos los años lo mismo. Ella dice que lo escucha, que soy yo el que se preocupa inútilmente, pero tengo miedo de que al despertar se le escape un grito de los que suele proferir en casa. Y la despierto antes de que se vaya a lo más profundo de sus pesadillas.
Hoy en misa ella me miraba con los ojos que siempre tuvo pero sé que en el fondo me estaba diciendo algo. Algo que nunca quisimos decirnos. Recién entramos del concierto, ayer fuimos a misa. Ya estamos limpios. Ella me pidió que la matara y acabo de hacerlo. Les prometo que no sufrió. Le aplasté el cuello con el zueco de matar chanchos. Despacho esta carta en el buzón y me cuelgo del tirante dentro del salón de estar, donde ella ya reposa blanda y transparente como un fantasma. Nos encontrarán dentro de dos días. Felizmente estaremos juntos.
Su padre

Derechos de autor – Sergio Gaut vel Hartman


La web es increíble. El 8 de septiembre de 2003 colgué un mensaje pidiendo cuentos de ajedrez para una antología, que se publicó en 2004. En 2007 un despistado ofreció un cuento que leí en 2010. Para poder aprovechar el relato, que era excelente, inventé una máquina del tiempo y viajé a diciembre del 2003, pero resulta que en esa época el autor aún no había escrito el cuento. Yo no podía alterar la secuencia temporal, por lo que volví a 2010 y decidí hacer una edición corregida y aumentada del libro, pero resultó que tampoco pude incluir ese cuento, ya que el autor había muerto trágicamente el 25 de agosto de 2009. Activé de nuevo la máquina del tiempo y me fui al fin de los tiempos para hacerle firmar el contrato. Pero había tanta gente esperando ser resucitada que no lo encontré. Regresé a mi presente y tras varios años de reflexión decidí poner el cuento en la antología, de cualquier manera. Se publicó en 2012. Al año siguiente fui detenido por la policía del Juicio Final y confinado en una celda de la cárcel del Limbo por usufructuar derechos de autor ajenos. Traté de defenderme, pero los magistrados eran invisibles y sus voces sonaban dentro de mi cabeza. A la larga comprendí que la condena no era kafkiana sino borgeana, pero eso es harina de otro costal.

Impromptu – Héctor Ranea


A Gabriel siempre le pasa. El tiempo va más rápido que él y siempre llega tarde. Hoy se tuvo que poner la primera colonia que encontró y ya estaba saliendo a la hora que tendría que haber llegado. Los otros músicos lo van a moler a insultos, como siempre. Se sube al auto, raja. Encima no se le ocurre nada para tocar, ninguna melodía. –¿Por qué me habré puesto a cocinar en lugar de irme a bañar? –se pregunta. Cuando llega todos están con caras de culo por el retraso y él, encima, no tiene nada en la cabeza. La besa a B, la baterista, en la boca, como siempre, pero sigue sin nada en la cabeza. Nada de nada. Ni música ni nada. Se le ocurre una melodía banal, de esas que suenan en radios descaradas. Empieza por darla vuelta, mientras pone en orden las cosas. La secciona, la da vuelta, la traspone de mayor a menor, siete compases los vuelve al original, no. Cuatro, después ve. Se le acerca una mujer mayor y lo huele y comenta con una amiga: –Sí, tenías razón. Pero es que no me puedo resistir. Y le da un beso. Gabriel no entiende nada pero sonríe. Mientras trata de ensayar, otra mujer joven lo abraza, lo apretuja. Él trata de zafar con una sonrisa. Empieza a tocar esa música pistola que se inventó y ve que las dos mujeres que lo abrazaron empiezan por tocarse las manos y abrazarse al son de la música. Él sigue, sigue tocando y los músicos están maravillados porque a la baterista la están besando mujeres y varones, discretamente, sin acoso, como se hace con los amigos, pero con un cierto brillo en los ojos y en una actitud inusual en público de casorio. Los que se acercan a Gabriel se van con una sonrisa. Y no es por la música. De su trompeta sólo sale esa música barata dada vuelta y con algún toque de esos impromptus que sabe tocar él y la gente más que bailar se abraza, se soba, se enloquece.
A la madrugada, con poca luz en la habitación, el trompetista descubre que no está en su casa sino en un lugar lleno de cuerpos desnudos que todavía en cierto modo bailan. Hay incluso algunos jóvenes que están amándose como en el primer minuto. Se levanta como puede y sale. Vuelve a casa intrigado de esa noche tan inquietante que le tocó vivir. Cuando llega al baño la loción que usó está llena de escarabajos, escolopendras, batracios de dos especies, salamandras, escorpiones, gaviotas, teros, surubíes, pargos, corvinas, osos y jirafas zangoloteándose en la tina. Quien le regalara esa loción posiblemente supiera los efectos de las feromonas. Ahora tenía que recordar quién había sido.

El inicio de la tormenta - Libia Brenda Castro


Otoño 1
A ella le gusta el otoño; le gustan, de noche, sus calles corriendo por las pupilas, sus faroles encendidos, sus árboles perdidos en la sombra de un cielo en la cabeza, las tapias del pecho, sus semáforos en los brazos y sus luces derramándose sobre los senos amarillos y pálidos de pezones dulces, que no soportan la saliva del destierro de una cama que no sea la suya.
Le gusta, de hecho, el otoño, por sí mismo, para sí mismo. Le gusta que sea triste y sonámbulo en las nubes con un reflejo anaranjado gracias a la civilización electrizada. Y lo que más le gusta del otoño en la noche es la soledad.
Pero hay algo que no, que no, que le deja un sabor amargo de semen violentando una garganta vuelta de pronto inhóspita por el alarido.
Otoño (2)
Sí, le gusta caminar, respirando los orines de las puertas viejas de madera, los gatos raudos que huyen de repente adivinándola, escuchando algún acelerador que funde el ruido de los pocos grillos que se han perdido en el asfalto; caminar, siempre, sola.
La sombra surge de pronto, entre un cristal roto y un poste de teléfono, y rompe con el encanto de la soledad, de los gatos y de todo, le sonríe con ojos de complicidad, le exige, se carcajea y le promete "un momento inolvidable".
Otoño (3)
Es cierto que a veces, en esos otoños nocturnos que la caminan, algo le interrumpe en medio de un parque y una fuente, la intercepta, la fulmina, pero eso no importa demasiado, es parte del encanto, dos pasos más y ya está de nuevo instalada en esa observación de un cielo atravesado por la respiración suave de los guardianes,
Una voz ronca se introduce en su paladar, un olor de animal, macho en celo, la recorre debajo de la blusa y se burla de ella cuando la tira y le separa las rodillas, que instintivamente había apretado una contra la otra y siente como una saliva espesa y reseca se abre paso entre sus pliegues, más resecos aún por el miedo y la vergüenza.
Quizá en los atrios, en alguna vecindad, o en la azotea, se detiene para levantar alguna pluma olvidada, y la guarda, para sentirse, también ella, un poco ave, o simplemente nada, pero igual levanta las plumas perdidas y prueba el viento con ellas, cortando suave la corriente otoñal que en las noches es más fresca, más espesa, más obscura.
Otoño (4)
Y entonces allí, tirada sobre una banqueta, la cabeza contra un escalón siente frío y humedad sobre su rostro, quizá por el cemento bajo su mejilla, quizá porque sus ojos han empezado a adivinar que todas esas nubes están confabulando uno de los últimos aguaceros del año y el inicio de la tormenta la saluda a ella antes que a nadie; y en algún lugar entre las nubes, el cielo y su cuerpo, flotan esas criaturas etéreas, sabe que miran, y están llorando, mientras ella va sintiendo como aquel aliento forastero jadea sobre sí y rasguña sus caderas desnudas, y ella no se siente, o no se adivina bajo ese peso que la asfixia y la rompe, partiéndola en dos, tres, diez, cien trozos y dejándola en el suelo, con una mano estrujando un puñado de plumas grises y la otra encajada en la madera de una puerta vieja, más sola que antes porque ahora que ha terminado la voz desconocida se va, tambaleante, habiendo cumplido su promesa.
Sí, le gusta el otoño, caminar por él en las noches, pero ya no, jamás volverá a contar las pocas estrellas que se ven a las tres de la madrugada en medio de un boulevard. Es posible que nunca más levante la vista hacia el cielo, hacia aquello que es nada. Es posible que haya dejado de creer, que haya cedido al golpe del desencanto y la magia se haya terminado, se marchó con el viento húmedo.
Y aunque sigue persiguiendo nubes de tormenta sin saberlo, a veces, en la noche, despierta gritando, con una mano encajada en el hule espuma y otra mano estrujando un puñado de plumas suaves, recordando la promesa de un desconocido...
Y entonces, el Vuelo.
Nadie puede ver nada, nadie puede verla ahora, sin más deseo que la muerte, sin un intento de retorno, sin conciencia del dolor, llevando el olvido de los que ya no esperan nada en este mundo.
Pero sabe que hay otros, los ha adivinado siempre y justo entonces, cuando ella siente que sólo queda ese mismo vacío algo cambia, se ha roto y una brisa tibia viene a levantar ese algo, suavemente. Así, puede al fin palpar lo que siempre ha ido a su lado, sólo un poco más arriba pero allí.
“Es hora de viajar a los otros mundos”. La voz parece venir desde adentro, sin embargo sabe que está ahí y sonríe, la noche del último otoño se abre para dejarla ir, para que pueda volar, desplegando sus alas a la Luna...

Remake de la Creación – Sergio Gaut vel Hartman




Orson Welles filma la vida de Dios. Pero le cuesta mucho conseguir financiación. Empieza el rodaje. Dios se interpreta a sí mismo, pero es más caprichoso que Greta Garbo. La película queda inconclusa. Dios no quiere estar involucrado en un film maldito. Echa a Orson del paraíso, pero el Diablo se niega a recibirlo. Está en su derecho. Dios, acorralado, resucita al cineasta. Le da el cuerpo de Arnold Schwarzenegger, que acaba de quedar desocupado. Welles se sobrepone a eso y empieza a filmar su propia vida. El vino no alcanza. También queda inconclusa. Dios se apiada y desciende a la Tierra. Decide adelantar la Segunda Venida con la condición de que Él dirija y Orson haga de Jesús II. Orson acepta. Toda el agua del océano se convierte en vino. Dios y Orson se emborrachan y resucitan sucesivamente a Rita, Marilyn, Brigitte y Claudia. Dios, finalmente, empieza a entender un poco de qué va la cosa. Cancela la Segunda Venida y redecora el universo. Contrata a Farmer como asesor para resucitar a todos los que alguna vez vivieron. ¡Es espectacular! ¡La historia más fabulosa jamás contada! Welles se pone celoso del éxito de Dios, se junta con Terry Gillian y dan un golpe de estado. Queda inconcluso.

Molinos de palabras – Rafael Vázquez


La primera arma de todo enemigo es el camuflaje, y Don Quijote sabe que su adversario ha aprendido a ocultar perfectamente su presencia.

Concluye que debe poseer unas dimensiones ciclópeas, pues es capaz de hacer desaparecer montañas de un día para otro, desviar ríos, modificar horizontes; igualmente ha podido crearse una hipotética imagen de su forma y figura a partir de las huellas de sus embestidas.

Si bien los demás hablan de ilusiones ópticas, de desvaríos, de productos de la sinrazón, el ingenioso hidalgo ve en todo ello la obra de quien quiere marcar su vida como una cicatriz que le cruzara toda la piel.

Algo ha cambiado sin embargo desde hace tiempo, en concreto desde el épico episodio de los molinos de viento; su enemigo da muestras de haber resultado herido en esa batalla, su ritmo de combate ha disminuído, su técnica se ha tornado más torpe, sus ataques reflejan debilidad.

De este modo Don quijote está seguro de que si consigue camuflarse correctamente entre las frases del paisaje, detrás de símbolos y apariencias, sólo entonces logrará arrebatarle al autor de su locura y sus desdichas la otra, la única mano que aún conserva.

Anodino - Guillermo Ochoa


Ayer me invitaron a comer. No debí aceptar, pero tenía un hambre indiscutible, aunque serena... La necesaria para ensayar la hipocresía, sonreír a los bultos amigables, reprimir mis deseos de estrangular, patear en los testículos o tirarme a llorar en esta interminable sábana de asfalto. Durante la charla con mis benefactores, escuché varias veces que uno de ellos utilizaba palabras del todo incomprensibles para mí. Dijo, por ejemplo, que fulanito había escrito un cuento anodino, sin ambiciones, redundante y algunos otros adjetivos que yo no conozco pero que me imagino desagradables. Yo había leído el cuento al que se referían y me sorprendió escuchar la palabra anodino. No sé qué significa, aunque me imagino que se refiere a algo redundante y sin ambiciones. O quizás no. Sin embargo, la palabra me ha gustado y a partir de este momento la utilizaré con más frecuencia; en este relato mismo, al que me encantaría que alguien llamara así: anodino. Ayer, como dije anteriormente, me invitaron a comer, no debí aceptar, pero soy tan anodino que acepté. Escuché durante largo rato una conversación plagada de anodineces, las cuales soporté debido al respeto que le guardo a las anodinas de jamón, las cuales me sustraen por momentos de estrangular, acuchillar, patearle los anodinos a los miserables, y en fin, soportar que me continúen invitando a comer.

Recuerdos rigurosamente vomitados – Héctor Ranea


En el andén sin vía del eterno retorno, claman por un lugar cerca de la banda de suicidas los filósofos negacionistas, los empiristas simbólicos, los inclasificables. Se dice que el tren arriba en término, aunque esto se viene diciendo desde al menos el comienzo de la eternidad. Pero, se sabe, la eternidad no debería tener inicio, ya que tal evento podría propagar una perturbación que modifique las condiciones de la eternidad hasta tal punto de hacer que el Universo, o bien colapse sobre sí mismo, o bien se cuele hasta el infinito ya sea acelerando o con velocidad constante. En esta instancia podría ser compatible con la eternidad, pero inmedible. El problema, como dijo una amiga poseedora del futuro en esos raros momentos de gracia que deja el alcohol, es que, si existe un ser eterno, para él no debería transcurrir el tiempo o sea que todo es simultáneo en él, lo que es nuestro futuro y lo que es nuestro pasado, y en estas condiciones no estaría disponible para entender el más banal de los problemas ya que para esto es ineludible saber el orden en el que se presentan las etapas. Así, ese ser sería un inútil despojo de materia inaccesible hacia el cual nada puede fluir para tener contacto con él, pues de hacerlo debería estacionarse el tiempo y a partir de esa detención nada es posible. Entonces mi amiga empieza a vomitar recuerdo tras recuerdo, como arrancando las páginas de una enciclopedia que sólo ella conociera. Y así me entero que estuvo enamorada de mí una primavera que no recuerdo y que guarda un poema que le envié cuando estuve enamorado de ella, pero ella vivía con sus esperanzas en otro que ha olvidado. Y así, recuerdo por recuerdo que iba regurgitando primero y después evacuando, procedía para alimentar una vieja amistad que había quedado trunca en una plaza cualquiera, o para darme esperanzas de que mi amor por ella sería recompensado al menos con una sesión de sexo apañada por la duda porque después de todo: ¿qué son dos horas en una amistad que dura tanto?
Ella vomita recuerdo por recuerdo empapada en alcohol y yo en amargura. Las mismas caras que tengo en mi memoria fluyen de su vómito como en una presentación automática para proyectar en los cines de barrio, sólo que mudas. Las mismas autoridades eclesiásticas que nos denunciaron y que tuvimos que evadir con el olvido y el miedo se cristalizan en su vómito inacabable. Al cabo de un rato, contagiado de su manso vómito, lloré todos los recuerdos, uno por uno. Al despertar, afortunadamente, ninguno de los dos recordaba al otro. Nos dijimos: –Adiós, nada ha sido posible entre nosotros. Todo queda en charcos que lentamente irán drenando sus despojos al mar que es el morir.

HOTEL Casino - José Luis Zárate


Todos sabían que era una trampa. Empleados, huéspedes, vecinos. El hotel con sus puertas abiertas, sus habitaciones de lujo, sus precios increíblemente bajos. Se hablaba de gente que entró a sus habitaciones y no salió más. Podía pensarse en asesinos, o ladrones pero nadie lo hacía. Pensaban en el hambre de las habitaciones, en que las camas siempre aparecían manchadas de rojo. Cuando un huésped desaparecía era posible escuchaban ruidos detrás de las paredes, densos y húmedos, como si una savia oscura circulara lentamente, el lugar vibraba en forma casi imperceptible (casi), y las cosas se veían más nuevas, brillantes y felices. Los osados disfrutaban el hotel y escapaban apenas, los empleados reunían un par de salarios y luego buscaban otro sitio, algunos desesperados, desencantados, cansados, tristes llegaban con sus maletas a ofrecerse a lo que fuera que sucedía.
Una noche los empleados encontraron un pasillo que no había estado ahí, otras habitaciones… el lugar crecía. Algunos se imaginaron una cuadra llena de hotel, otros un centro turístico, más de uno imaginó una ciudad hotel lista a recibir a esos huéspedes que no paraban de llegar, a esa gente de mirada gris que respiraban, aliviados, cuando les entregaban su llave.

¡No mentes al...! - Álvaro Valderas


Buscaba la libreta de mi infancia para consultar unos datos que había olvidado y de repente me era necesario recuperar, pero no lograba hallarla por ninguna parte. Miré en el guardalibros y en la alacena de los cuadernos perdidos, en el cajón de los papeles y en la maleta de aquello que nos llevaríamos a una isla desierta, sin éxito. Le pregunté al silencio si la había visto por alguna parte y él no me contestó, pero me dio a entender que tal vez la había echado a quemar en la hoguera del olvido voluntario –en cuyo caso no habría remedio- o quizá la había enviado al infierno en un mal momento de ira (entonces, aún podía bajar a buscarla, si le ponía valor a la empresa). Y en aquel momento necesitaba tanto mis recuerdos que no me importaron los trabajos ni el miedo, cargué a espaldas mi hatillo de pecados para irlo purgando por adelantado y me llegué a la gélida tumba que abre sus túneles a la Estigia, luego las llamas. Al poco, y tras favores y ventas que no relataré, entré en la verdadera cocina del dolor, tras bajar una interminable escalera de piedra siempre húmeda y cubierta de un moho que es trampa resbaladiza para los pies. Sentado en la baranda había un niño, o lo parecía, que lloraba su juguete roto. “¿Quién te hizo esto?”
—Ubi Dubi, rey de los malos.
Un adolescente sin piernas me llamó a su vera, pocos metros más allá, para confesarme:
—No le crea, maestro, eso se lo hizo Oti Doti.
Fueron muchos mi curiosidad y atrevimiento para llegar a preguntarle al frutero quién le había podrido la mercancía o a la pareja quién los había enfrentado, al ganadero quién le enfermaba la vaca y le cortaba la leche. Continué mi indagación, y supe de Umma, de Palomalo que hacía enfadar a los padres y de Achuptuco, el que incita a los profesores a las notas bajas y el castigo, de Oostre que te cambia los números de la lotería y de Sum Sum, el que te riega de mala suerte general, y así de tantos otros, como Virus, el que te sube la fiebre, o Amigdala, el que te inflama la garganta. Supe de Lunallena y el Sereno, y los señores de todas las desgracias, y sobre ellos hablé con el anciano terriblemente viejo que regalaba helados que nadie por allí quería, hacían como si no lo viesen, ensimismados en su desazón. Como ya no podía oír, me alcanzó el taquito de las esquelas mortuorias en que envolvía los cucuruchos y le fui escribiendo en ellas los mensajes –que tardaba una infinitud en lograr leer y más aún en contestar- y por ellos me enteró de que los condenados habían sido engañados tan a conciencia que ya no sabían por quien, hasta el extremo de que cada uno le daba el nombre que buenamente se le ocurría o, quizá, sólo era que sentían gran temor de pronunciarle el verdadero. “No uno de fantasía, sino el real: Él es el Diabol.” Ahh, el Diabol, ¡cuánto comprendí de pronto! No es lo mismo repetir una palabra relacionada con una idea abstracta que tener el referente delante, entrar en él, sentir su fibra.
No recuperé la libreta, aunque sí la libertad, pagando un alto precio. Desde entonces respeto que algunas palabras se mantengan secretas y, algunos entes, inefables. Yo mismo, algunas noches de locura, pierdo hasta la última sílaba de mi nombre.

El abandonador serial - Miguel Dorelo


Lo que en su comienzo había sido algo inconsciente, poco a poco se transformó en aquella deliberada forma de comportamiento que, creía, no iba a poder abandonar jamás.Quizás se tenga que encontrar las razones en las victimas, en parte era su justificación, pero a fuer de ser sinceros, sólo era una excusa para suponerse más inocente de lo que en realidad era. Asumir la propia culpa, siempre le había costado bastante.Analizándolo fríamente, él nunca había sido abandonado; sus primeras y tumultuosas relaciones sentimentales fueron desgastándose y terminaban diluyéndose sin que se pudieran vislumbrar claramente los motivos.En algún momento, algo dentro suyo se rompió; lenta y progresivamente se fue transformando en algo deliberadamente perverso.–No es culpa mía —era su latiguillo favorito, a veces gritado en el rostro de alguna de sus víctimas. Otras veces, cada vez más frecuentemente, estas mismas palabras eran solo susurradas al oído de la que pasaría a engrosar las enfermizas estadísticas de sus abandonos.Era muy metódico. Un archivo que con regularidad cada vez más frecuente, incorporaba nuevos nombres/víctimas, lo ayudaban a “organizar la cosa”. Un largo listado de nombres femeninos que periódicamente debía actualizar.Aunque su comportamiento casi enfermizo era de antigua data, los avances en la comunicación fueron sus grandes aliados al seleccionar a sus presas.Facebook, twitter, las distintas aplicaciones de mensajería instantánea y los comentarios en diversos blogs formaban parte de su coto de caza.—Este si que fue un trabajito de primera —solía vanagloriarse ante la conclusión de un nuevo abandono.El método utilizado, aunque sencillo, solía ser muy sutil; la mayoría de las veces era la propia víctima la que creía firmemente haber conquistado y tener el dominio de la situación.Después todo se deslizaba inexorablemente hacía donde él así lo quería. Quince o veinte días, a veces menos, a veces algunos más, solían ser el tiempo suficiente para el “trabajo de campo”. Mail´s., el chat, mensajitos de texto; le resultaba indiferente el medio, que ella lo designara. Él sabía que su suerte estaba jugada. Jamás en los últimos diez años había fallado. Ni una sola vez.— ¿Cuál fue tu mejor trabajo? —solían preguntarle un par de amigos que conocían su debilidad.—El mejor siempre es el último —era siempre su respuesta.Y no mentía. Aún teniendo a sus favoritos del pasado, la adrenalina que le generaba estar en plena labor lo excitaba como nunca había logrado hacerlo ninguna de sus presas.Pero, este en especial, su olfato de cazador lo intuía, sería un punto alto difícil de superar.—Esta no va a ser fácil —reflexionó. Mejor, se dijo.Desde el vamos supo que era distinta, le estaba llevando más tiempo del normal arrancarle la primer cita.No era una jovencita, más bien cerca de los cuarenta. Estás nunca le habían dado mucho trabajo, por lo general si no estaban divorciadas y con ganas de compensar años de rutina matrimonial, eran amas de casa casadas y con ganas de probar suerte y carne, con otro que no fuera el de todos los santos días. Casi lo mismo, en realidad. Ambas tenían sus ventajas y sus desventajas. La divorciada por lo general solía estar un poco más a la defensiva luego de los primeros tiempos de desenfreno sexual en que solían incurrir en los primeros seis meses de separadas. Luego, se apaciguaban y se volvían desconfiadas de los hombres en general. Toda separación conlleva un fracaso y la mujer tarde o temprano suele recargar las culpas sobre el hombre. —Son todos iguales —concluyen siempre.La casada tiene menos rollos; sabe que su compañero ocasional es solo eso; a pasarla bien un par de horas un par de días a la semana y a otra cosa. De vuelta a casa con el maridito.Esta, pertenecía al primer grupo; el más complicado.Bastante bonita y todo lo inteligente que es conveniente en una mujer.En el chat era, o parecía, algo tímida.—Zorra vieja —la semblanteó rápidamente. Esta es peligrosa.A veces lo celaba; —debés tener otras en el Facebook —le decía. —Sos libre de hacer lo que quieras, después de todo entre nosotros todo es solo virtual —acotaba en otra de sus charlas.Él, con su fino olfato, se adaptaba rápidamente y tejía su tela de araña pacientemente.Cuarenta y cinco días. Ninguna le había llevado tanto tiempo.Por fin la primer cita. —Y la última —se dijo. —No voy a alargar su agonía; abandono precoz será esta vez. Bastante ya abusó de mi tiempo.La alarma en su cabeza comenzó a sonar solo media hora después de encontrarse con ella. Era más linda que en las fotos. Su sonrisa, su pelo, su mirada. — ¡Alerta! Algo no anda bien —pensó.Con el primer beso, el depredador bajó la guardia por completo.Un par de horas después, la conversión fue completa; jamás se había sentido así.Ella se levantó de la cama —Ya vengo —dijo con voz dulce. —es solo un segundo, no me extrañes.Se dirigió a la cocina, había dejado allí su notebook. Abrió el Word y con una sonrisa de oreja a oreja, comenzó a teclear el nombre de él al final de una larga lista.
Flickr de and_within...

El espejo – Héctor Ranea


El viejo paseaba con la niña rubia en un bote. Mientras remaba, le contaba historias bastante extrañas a la nena. Le hablaba de reinos atrás de los espejos, de huevos parlantes, de conejos relojeros, de gatos evanescentes y otras cosas así. Mientras, la niña parecía languidecer tocando apenas la superficie del agua, levantando una levísima onda que viajaba con ella como una salpicadura intermitente y parecía no escucharlo. Yo los veía todos los días desde mi jardín, que bajaba hasta el canal y me divertía pensando que estaría contando cosas extraordinarias a la niña, porque lo conocía al viejo de sus clases de teología lógica en la Universidad. Y había sido también quien me enseñara a leer, no a leer las cosas para chiquilines, sino a entender los problemas que ahora abordaba como matemático.
El viejo y la niña viajaban todos los días cuando la hora mejor dibujaba los contornos de las hojas en los árboles y daba más brillo a las azucenas en verano, los junquillos en primavera, los árboles con frutas en otoño.
Pero una tarde de verano, casi cuando el Sol estaba por desaparecer, vi el bote navegando casi al garete y me alarmé. Salté al mío y fui hasta ahí, para encontrar al viejo tomando aire y sumergiéndose con afán en las aguas oscuras del canal.
La niña rubia, contó él después a la policía, viendo que los espejos no podían ser atravesados, pero notando que el agua del canal era un espejo, se arrojó luego de explicar al viejo que lo haría pero sin darle tiempo a reaccionar. En el cadáver que encontraron dos días después. Extrañamente, la niña sostenía un reloj de cadena que nadie en la ciudad reconoció como suyo. Alicia, se llamaba, creo, esa niña.
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La última cena - Leandro Javier Oyola


Hay un sentido filosófico en mi triste frase, el que no repetiré porque ya lo he olvidado: todo hombre en algún momento desea ser feliz. Los más ambiciosos no se conforman con la felicidad personal: quieren hacer felices a los demás. Y algunos lo intentan. Explicaré mi caso.
Una noche, luego del restaurante, observé a Triny como se mecía bajo la lluvia, sobre el césped que brillaba solitario bajo las luces del Parque Centenario. La luna llena había quedado disminuida ante ese paraíso artificial creado por el neón. Entonces capté el sentido. La lluvia devenía, y ese devenir de diminutas gotas que cuando pasaba por el haz concéntrico de las luces parecía entrar en otra dimensión fue, para mí, en ese instante autoaniquilado, la metáfora más fuerte del olvido.
Yo estaba sentado y Triny se mecía.
La lluvia, que se repetía contra el reflejo del neón me hizo pensar en la forma de vida no-histórica que propugnaba Nietzsche.
Al rato, cuando llegamos al departamento busqué en la biblioteca Las Consideraciones Intempestivas y transcribí en mi cuaderno:

“Tanto las grandes dichas como las pequeñas, son siempre creadas por una cosa: el poder de olvidar. El que no sabe dormirse en el dintel del momento, olvidando todo el pasado; el que no sabe erguirse como el genio de la victoria, sin vértigo y sin miedo, no sabrá nunca lo que es la felicidad y, lo que es peor, no hará nunca nada que pueda hacer felices a los demás”.

Subrayé: Dormirse para siempre en el dintel del momento, olvidando todo el pasado.
Sentí cierta convicción épica.
Ahora sigo leyendo Las consideraciones.
Luego recorto un nuevo párrafo:

“Imaginemos el ejemplo más completo: un hombre que estuviera absolutamente desprovisto de la facultad de olvidar y que estuviera condenado a ver en todas las cosas el devenir, tal hombre no creería ni en su propio ser, no creería en si mismo. Vería todas las cosas agitándose en una serie de puntos movedizos, se perdería en este mal del devenir”.

Interpreté. El Señor Nietzche, a esa inacción la llama el poder de olvidar. Para él, sentir esos “puntos movedizos” era sin dudas una enfermedad: el mal del devenir.

Sigo copiando:

“Un hombre que pretendiera no sentir más que de una manera puramente histórica se parecería a alguien a quien se obligase a no dormir, o bien a un animal que se viese condenado a rumiar siempre los mismos alimentos. Es posible, pues, vivir casi sin recuerdos, y hasta vivir feliz, a semejanza del animal; pero es absolutamente imposible vivir sin olvidar. Toda acción exige el olvido, como todo organismo tiene necesidad, no sólo de la luz, sino también de la oscuridad”.

De manera súbita, en mi mundo, olvidar era posible. Olvidar era matar. Y como si un ser anónimo me hubiera indicado qué pensar brotó esta frase de mi cerebro: no hay que olvidar si no se conjuga antes esa inacción con la venganza de la sangre.
Luego de realizar esas anotaciones sentí que debía olvidar a Triny. Para siempre. Consideré que esa sería una forma matemática de conseguir la felicidad, aunque no me conformaba con ser feliz sin compartir ese estado tan personal de mi espíritu. También quería que ella fuera dichosa.
Desarrollé durante algunos minutos mi argumentación; ella me miraba incrédula, cité a Nietzsche para reforzar mi pensamiento. Para demostrarle que yo estaba encausado en “una lógica”. Pero luego de explicarle mi revelación se enfureció. Me sentí causa de su ira. Al rato huyó despavorida de mi departamento.
Fui feliz, en el sentido alemán del término.
Concluí: Una mujer se niega a ser olvidada y Triny no era la excepción al “mal del devenir”. Por eso prefirió el insomnio, el sentido histórico. Nunca más la vi. Fue mi última cena con ella. Al otro día viajé a Viedma, en donde seguí recopilando datos sueltos de la historia de mis ancestros.
A esa altura de mi peripecia yo ya estaba al tanto de que toda historia está provista de la facultad de ser olvidada.

Alicia en el camino del fin del mundo - José Luis Vasconcelos


El paisaje es gris; un camino largo que parece llevar al fin del mundo. La joven rubia avanza sobre una bicicleta. De su cabeza caen recuerdos, algunos innecesarios. Los recuerdos, al caer, estallan como huevos sobre la sartén. La chica es Alicia. Voltea y se despide con una sonrisa de los fragmentos de pasado que chisporrotean sobre el pavimento. Se detiene. Baja de la bicicleta y la acomoda sobre un pedazo de presente. Luego se aproxima para ver cómo hierven esos despojos de tiempo.
Mira con detenimiento, una tranquilidad dibuja la sonrisa en su rostro. Sus cabellos sostienen el cielo para que las langostas de rizos azules tengan un sitio para crecer. De sus ojos brotan naipes que se hunden en las costillas de los arbustos. Un conejo locuaz la saluda desde un ramo de nubes.
Alicia regresa al lugar donde dejó la bicicleta y sube a ella. Continúa su marcha por ese camino tan largo que parece conducir al fin del mundo.
Ahora todo queda en silencio como si el mundo fuera un ajo.
El felino despierta. Ve el cuerpo de una joven sobre el sofá; más allá la cabeza con los ojos muy abiertos y azules; los cabellos rubios son ríos de lava amarilla sobre la isla rojiza, brillante. El Gato de Yorkshire ronronea y desaparece; luego se materializa, se acomoda sobre la ventana y continúa soñando.

Tomado de: http://rojanota.blogspot.com/

Señor de los milagros – Carmen Carrillo


Todavía recuerdo la tarde en que me hizo el milagro. Lo traían en andas desde el templo y la gente se amontonaba para tocarlo.
– Lo que es hoy, Cirila, yo me voy de rodillas detrás de la procesión ‘pa que el Señor nos haga el milagro – me dijo Gregorio.
– ¿Y si se entera el pastor de que adoramos imágenes? – le contesté.
– ¡Qué me importa el pastor! Si nos llega un hijo, volvemos a ser católicos – replicó.
En eso escuchamos los tamborazos y salimos. Gregorio se arrodilló al paso del Cristo. Yo rogué en silencio, imaginando el momento de decirle a mi esposo que el milagro estaba hecho y que debíamos cumplir lo prometido. Tres semanas después, cuando nos vio entrar a la iglesia para dar gracias, el pastor se puso muy mal. Empezó a temblar y luego cayó preso de terribles convulsiones. Lo cargaron hasta la parroquia. Después de que el padre lo roció con abundante agua bendita, haciendo caso omiso al frío de la mañana, el pastor reaccionó.
Abrió los ojos y me miró con odio. Cuando pensé que finalmente iba a decir algo, para suerte mía llegó su mujer, que lo sacó de inmediato del lugar. Salió del templo dejando un rastro acuoso, como un caracol que esparce un rastro de baba.
Cuando los perdí de vista me volvió el alma al cuerpo. Mis amigas se acercaron para felicitarnos no sólo por la criatura, sino por volver al rebaño. Fue un día muy feliz, excepto por la amenaza de que el pastor, deseoso de defender su doctrina, se atreviera a gritarle al pueblo que la imagen no era milagrosa, que todo era un teatro. Pasé cinco días de angustia, hasta que la hermana Tere vino a casa y me contó la noticia. El pastor se había muerto. Al parecer estaba a punto de enfermar aquella mañana y el agua bendita había terminado de hacer el trabajo. Enfermó de neumonía y como se había rehusado a comer se había debilitado mucho. Al parecer estaba empeñado en ayunar para que Gregorio y yo volviéramos al buen camino.
Durante aquellos días me había repetido muchas veces que el pastor no diría nada, porque ¿cómo iba a decirle al pueblo que el milagro que llevaba yo en el vientre me lo había hecho él y no el Cristo? No es que yo le deseara la muerte, pero en esta vida nada es seguro. Me tranquilizaba más saber que pronto estaría tres metros bajo tierra. Desde ese día pienso que sí, que no me cabe duda de que Dios hace milagros.

Saltar – Alex Jamieson


Vio que el tren se acercaba y saltó a las vías. Siempre había tenido miedo de que alguien la empujara adrede o de caerse involuntariamente. O voluntariamente. Ese día se había levantado especialmente enérgica y escéptica al mismo tiempo pero con ganas de experimentar sensaciones nuevas. Le daba miedo pensar que un día tendría el temple de dar ese salto que tanto la atraía. Cuando viajaba en tren, le molestaba detenerse durante horas sólo algunas estaciones después de haber subido porque alguien había logrado lo que ella no. ¿Cómo lo habría hecho? ¿Tomando impulso y carrera? ¿Blandamente, desmoronándose por el borde? Como si nada, un saltito de nada. Ver que viene el tren y saltar. Dura un segundo y está en el foso rodeada de papeles, botellas plásticas, metal. Llega a ver también el asombro de dos pasajeros cuando deja apoyados el bolso del gimnasio y la cartera en el andén, como si fuera a volver pronto para buscarlos. Vio que el tren se acercaba.

El cubo – Sergio Gaut vel Hartman


Estoy prisionero. La habitación, un cubo perfecto, está sumida en la más profunda oscuridad. No recuerdo cómo llegué hasta este lugar y nada sé de mis captores. Lo único evidente es que el cubo no tiene paredes, ni techo ni piso; sólo hay puertas, treinta y seis puertas en cada cara del cubo. Doscientas dieciséis puertas y una llave. Una de las doscientas dieciséis puertas puede (debe) ser abierta por esa llave, pero no tengo la menor idea de cuál de ellas, y tampoco sé qué ocurrirá cuando la abra. ¿Caeré al vacío y flotaré para siempre en el espacio? ¿Iré a parar a otro cubo idéntico? ¿Desembocaré en un pasillo que lleva a la salida? Hace horas (digo "horas" por usar una unidad de tiempo convencional; no sé cuánto hace que estoy en esta habitación) que reflexiono, tomo una decisión, la descarto y vuelvo a empezar. Tal vez la llave sea una burla cruel y sirva para abrir cualquier puerta pero, al mismo tiempo, es posible que cualquier puerta sea mi perdición, una trampa mortal. Uso el cerebro para imaginar una salida alternativa y se me ocurre algo que podría resultar fructífero: no usaré la llave. Pienso que, una vez más, voy a la casa de Margarita, la mujer que me cerró la puerta en las narices. Fui cientos de veces (doscientas quince veces), a la casa de Margarita y todas esas veces besé la cerradura. O sea que esto es una metáfora, me digo. O sea que cualquiera de estas puertas es la número doscientos dieciséis. Bien: asumo el riesgo. Arrojo la llave por encima de mi hombro y acerco los nudillos a la madera, dispuesto a besar la cerradura una vez más. Cierro los ojos, pero antes de que el golpe se haga efectivo, la puerta se abre chirriando, y antes de que me atreva a abrirlos, los labios de Margarita se posan en los míos.

Generaciones - Javier López


En casa hay problemas por falta de entendimiento. Mis hijos y yo somos de generaciones diferentes. Quizás, para que se entienda bien, he de explicar el origen de cada uno de nosotros.
A mí me generaron por arte de magia. Mi padre era ilusionista, y echó a mi madre unos polvos mágicos, de los cuáles nací. Eso me contaron.
Nuestro hijo fue generado digitalmente. Por eso, desde pequeño, ha vivido aislado entre videoconsolas, pecés y teléfonos móviles. Tantos elementos de comunicación, y sin embargo con la familia no habla nunca.
Y mi hija nació por generación espontánea. Al menos eso dice mi mujer, pues ella no estaba embarazada cuando fui a Ruanda en misión humanitaria, para alimentar a unos chiquillos famélicos con viejos conejos sacados de la chistera de mi padre. Y cuando volví me encontré con el regalo metido en una cuna.
La comunicación en casa es mala. Porque, para colmo, mi mujer es coreana, y todavía no ha aprendido a decir ni una palabra en nuestra lengua. Más bien, yo diría que no la aprenderá nunca. Afortunadamente es pequeña y no ocupa mucho espacio. Pero por lo demás, todo son inconvenientes. Es incapaz de mediar en el conflicto entre nuestros hijos y yo.
Hoy nuestra falta de entendimiento parece haber llegado a un punto sin retorno. Estábamos en la mesa y le pedí a mi hijo que me acercara la sal:
—01000100 —respondió binariamente, haciendo caso omiso y sin mirarme a la cara.
—Mitosis, meiosis, gónadas —intervino mi hija, tan espontánea como siempre.
—Ming —apostilló mi mujer, sin que yo entendiera nada.
—Abracadabra —sentencié, y salí dando un portazo del comedor.
Ya no tengo dudas. En casa existe un grave problema generacional. Mi familia y yo jamás podremos entendernos.

Travesti – Héctor Ranea


Notamos que algo andaba bastante mal ni bien bajamos del tren. Yo esperaba que mi mujer volviera de comprar agua, pues teníamos sed, cuando vi a ese hombrón vestido de mujer, con peluca de muñeco de plástico desarmable, pelos por todos lados, piernas, sobacos, barba de dos días, anteojos modelo 1958 y falda transparente con visillo.
Eso no fue nada.
La máquina que expendía el agua, según comentó azorada mi mujer, comenzó a pasar un tango, cosa que en medio del Friuli era a todas luces una descomunal falta de criterio. Mientras esto me contaba, el perro lazarillo empezó a bailar el tango con su dueño, con tacos altos y todo y la moneda fue devuelta, claro, pero sin habernos dado el agua.
Si todo hubiera terminado ahí vaya y pase, pero no; era evidente que los graznidos de cuervo provenían de unos pájaros iguales a palomas desde lejos y que el guarda del tren regalaba a los niños globos inflados dándole forma de perros y salamines.
Nos fuimos del pueblo en el primer tren que partía hacia nuestro destino y nos llevamos una congoja con nosotros que sólo se resolvió cuando vimos la ciudad desde lo alto, entendiendo que habíamos sido abducidos por un globo aerostático travestido. Por cierto, teníamos mucha, mucha sed. Eso sí, nos devolvieron el importe del pasaje y llegamos antes de lo previsto.

La trampa - Nanim Rekacz


―¡Ladran! ―me gritó― ¡Corramos! ¡son los perros!

Sí, sé que son los perros, los perros de la guerra, los demoníacos mastines que devoran entrañas, preferentemente corazones. Hambrientos de amor jamás recibido, desesperados de espanto, entrenados para matar al llamado “enemigo”, ese que late y siente y ama es la presa predilecta. Han sido crueles y perversos sus instructores...

―¿Qué guerra es ésta? ―me pregunta mientras huímos, mientras las espinas nos arrancan trozos de ropa, nos arañan los rostros, nos despellejan las manos. Me pregunta mientras dejamos un rastro de sangre y de sudor pegado en las ramas, goteando en los setos.

Podría ser la guerra del cerdo, pienso, pero sé que es la guerra del humano cuya calavera va siendo devorada por los gusanos y las moscas, que deja sus señales de muerte en los estratos de la historia. La tierra ha aumentado su tamaño, pienso, mientras sigo corriendo. Capa tras capa de cadáveres han fertilizado y creado promontorios, rellenado huecos, engrosado la trama de la memoria de los que recuerdan.

Ojalá fuera la guerra del cerdo y estuviéramos perdidos, naufragados, extraviados, olvidados... Ojalá fuéramos niños otra vez...

Tengo hambre. Tenemos hambre. Tengo sed. Ella también tiene sed. Nos detenemos a la orilla de un arroyo, los ladridos de los perros se ha interrumpido.

―¿Se callaron los perros o dejamos de oírlos? ―esta vez pregunto yo. Veo su boca modular una respuesta que no percibo. Sin embargo los pájaros cantan y me pregunto en silencio si serán los pájaros que cantan hasta morir, si seremos pájaros, si podremos cantar, si podremos morir en esta tarde de perros y cerdos.

Sumerjo mi cabeza en el agua helada y un remolino sanguinolento se entremezcla con la corriente. Siento millones de agujas atravesándome, incrustándose en mi cuerpo, se meten en mis arterias y punzan mi corazón. Te pienso, te pienso desnuda y agitada, te escucho gritar y tu grito es prehistórico y es eterno, sé que estoy salvo adentro de tu útero, que somos hacedores de cataclismos, que tus senos crecen como cordilleras nuevas y tu vientre se hunde para aplastarme y me extraes todo, el dolor, los recuerdos, las nostalgias, los miedos, te absorbes mis jugos venenosos y me dejas exhausto, papel de seda, transparente...

Te miro, surcada de heridas, la ropa hecha jirones, dejando a la vista esa epidermis que he amado tanto. No puedo entregarte a la jauría, no puedo permitir que te devoren los perros, no puedo dejar que me maten para siempre y no poder nunca más morirme brevemente entre tus piernas. No quiero que siembren nuestras calaveras, mirar con mis órbitas vacías tus órbitas vacías, no quiero cuestionarme si ser o no ser, sé que quiero ser.

―No te amo ―le escupo las palabras― y nunca te amé, sólo te usé.

Ella llora sangre, es una hembra pero es una mujer. Le digo cosas horribles. La insulto. La bastardeo. La menosprecio. Con tanta convicción me expreso que hasta yo mismo me convenzo y me lo creo.

Es la única manera de evitar la mordida de los perros.

Cuando llegan, ambos estamos sentados evitándonos los ojos, callados.

Los perros se acercan, se arremolinan indecisos, nos huelen. Un mastín bestial aprieta su hocico húmedo contra mi pecho. Ha de ser el macho alfa, pienso. Me pregunto qué sentirá ella, si habré logrado que deje de amarme, al menos el tiempo suficiente para engañar a los perros. Me concentro en que no me importe, en ser indiferente, en imaginarla repulsiva y extraña, incapaz de satisfacerme, me hago autoinmune a su presencia. El perro jefe ahora la olisquea a ella, mete su trompa entre sus senos buscando el latido que delata.

No halla nada... creo que lo he conseguido. ¡Sí! Aúlla a su manada y se retiran, desaparecen en el bosque.

Me pregunto si ella habrá comprendido la trampa que nos ha salvado y volverá a amarme.

Me pregunto... si no vuelve a amarme... ¿tendrá sentido estar vivo?

Me pregunto, y la posible respuesta que no había pensado antes me aterra, si el objetivo de la guerra no era matarnos, sino que desaparezca el amor...

Mudanza - Joaquín Torres


Apenas puedo soportar ya a mis vecinos. El de la izquierda, un muchacho joven y altanero, suele cometer los excesos propios de la gente de su edad. A menudo, dejándose llevar por su vena más contestaria, blasfema a voz en grito y dedica feroces insultos a quienes cometen la torpeza de prestarle atención. El hombre y la mujer de la derecha, por su parte, pasan las jornadas enzarzados en discusiones interminables, cuestionando primero la idea de estar juntos, reconciliándose después y volviendo a reñir al poco rato. En ocasiones, cuando creo que sus mutuos reproches están a punto de colmar mi paciencia, golpeo la estrecha pared que nos separa, pero rara vez se dan por aludidos y guardan silencio. Lo peor de todo es que con el habitual jaleo las visitas nunca desean permanecer demasiado tiempo a mi lado. Afortunadamente, la situación está a punto de cambiar. Pronto la tranquilidad y el sosiego volverán a presidir mi descanso. El crudo invierno ha dañado de forma irreparable mi morada y en pocos días tendrán que trasladarme a una nueva ubicación, lejos de aquí, en el extremo opuesto del cementerio.

Almuerzo - Olga Liliana Reinoso


Olegario ha sido trasplantado a ese sepulcro ventoso por una mujer a la que nunca quiso. Él, porteño de ley, tanguero de tiempo completo, cayó en esta prisión de mentes provincianas.
Sin embargo, sus hijos son un buen motivo para paliar la soledad, que en esas honduras muerde mucho más.
Pero esa mujer lo saca de quicio.
Muchas veces tiene ganas de ahorcarla. Sobre todo cuando llega cargado del supermercado y se encuentra con que ella y los chicos ya comieron: “No te íbamos a esperar, si nunca sabemos lo que vas a hacer.”
La sangre le sube colérica a Olegario. Se le van las manos. Entonces, entra en la cocina y hace un bife a la plancha. Lo come con bronca, masticándola a ella, para que de una vez por todas desaparezca y se vaya por el inodoro, rumbo a las cloacas, hacia “el nunca más.”

Miedo - Jorge Ariel Madrazo


Era el fin. La hora cúspide de la semana más cruel de su vida.
Fulminado por el virus desconocido.
Tras horadarlo como vitriolo, la fiebre era reina y señora de sus facultades. Los temblores agitaban el cuerpito consumido, empapado en sus miasmas. Por ruego suyo lo rodeaban sus últimas amantes: Eulalia le administraba esos tecitos de arándano, Silvia le ponía las ventosas del doctor Fucus, Lucía corría con la parte más complicada: hacerle ingerir, por un embudo, la pizza a la calabresa pasada por un rayador. Ah, y el anís Chinchón, infaltable. De a cucharadas, claro.
Temblaba como un pollito, gritaba de miedo. Oprimía las mano de alguna de sus bellas cuando la Implacable se agigantaba llenando de sombras la habitación. La ronda de esqueletos danzaba en la pared, Una Forma Blanca lo espiaba desde los pies de la cama: “Basta de farra, andá abriendo la boca que debo extraerte el alma”.
Todo muy bizarro, ya se ve.
Lo más terrible no fue nada de eso. Lo terrible fue cuando el amigo, el pánfilo de la barra, interrumpió su agonía con la peor noticia imaginable:
—Perdoná, Negro, pero llegó la factura del gas.

Un abrigo - José Luis Vasconcelos

El taxi avanza con paso de bestia recién alimentada. Más atrás, un convertible rojo se aproxima. El auto de alquiler entra a una callejuela. El otro vehículo sigue en línea recta y dobla a la izquierda dos calles más adelante; luego se detiene. Alguien abre la portezuela del convertible y lanza sobre el pavimento el cuerpo desmadejado de una mujer pelirroja envuelta en un abrigo.
Cuando el taxi sale de la callejuela, gira hacia la derecha; luego continúa dos cuadras y tuerce a la izquierda. Una hembra de cabellos colorados y muy abrigada hace una señal para que se detenga.
Calles adelante el conductor observa por el espejo retrovisor. No hay nadie en el asiento trasero, excepto la prenda que cubría a su pasajera.
El ruletero que levantó a la pelirroja tiembla de terror en el psiquiátrico.
Un amante llora. Recuerda cómo enterró una y otra vez el puñal holandés en el cráneo de su pareja infiel. Sonríe tristemente porque su orgullo fue lavado con sangre.
La del cabello rojo dibuja su propia muerte frente al espejo. Después se vuelve tigre y roe sueños en el interior de una jaula húmeda y fría.
Días después llaman a la puerta de la casa del amante asesino. Un mensajero de rostro cadavérico le entrega en propia mano el abrigo atigrado, recién salido de la tintorería.
La hoja amarillenta donde leí esa vieja historia rueda ahora por la calle, busca la protección de un poste.

Tomado de: http://rojanota.blogspot.com/

No es fácil formar pareja - Miguel Dorelo

No está bien mezclar las cuestiones personales con lo literario —se dijo inclinado sobre el teclado.Se concentró en lo que estaba escribiendo. El esbozo de un informe que le habían pedido para una nueva enciclopedia temática. Ya tenía el título: “Los animales hacen cada cosa”. Y también el subtítulo “Por algo son irracionales y no como nosotros”.—Vamos que vos podés —se alentó.“La Mantis Religiosa, en época de apareamiento, emite feromonas para atraer al macho.Y comenzó a recordarla; amor a primera vista fue aquello, su dulzura del comienzo y aquellos momentos de paz y sano esparcimiento en las visitas casi a diario al Ital Park. Durante o después de la unión…Ah, el amor y sobre todo el sexo con amor, su timidez extrema en el primer encuentro entre las sábanas y su ardiente y desbordada pasión en las que siguieron. “Para entrar en el cielo no es preciso morir” cuanta verdad en la voz de Ana Belén… suele ponerse muy agresiva…las primeras y malditas peleas, por cuestiones nimias y desgastando poco a poco la relación… y generalmente termina por devorar al macho, empezando por la cabeza”.Si, si maldita hembra: son todas iguales estas hijas de puta. Maldito sea el día que la conocí.Ya no pudo seguir; eran demasiadas coincidencias.—No hay nada que hacerle —reflexionó—, siempre voy a ser un escritor amateur; no encuentro la forma de no mezclar las cosas. ¡Malditas mujeres!

http://lacuentoteca.blogspot.com/

Sueños - Milenko Zupanovic

—Despierta, querido, ¡Es sólo una pesadilla! —le decía su esposa.
—¡Oh, el mismo sueño todas las noches! —contestó Mario.
Al día siguiente fue al psiquiatra.
—Por favor, doctor, ayúdeme.
—Por supuesto —le respondió el psiquiatra—; tome estos comprimidos.
—Gracias. Tengo ese sueño, pero mi padre está bien, usted lo sabe. Soñé que lo mataba… —dijo Mario— …cuando yo era pequeño, mi padre mató a mi madre. Adiós, doctor.
Cuando terminó la terapia, fue a buscar su padre… y lo mató.
—Hijo, despierta, tienes esa pesadilla —le decía la madre a Mario.
—¡Oh, mami!, ¿Dónde está papá?
—Pronto llegará —le contestó su madre.
Mientras su madre limpiaba la casa, Mario jugaba con una pelota. En un pequeño ángulo de la vivienda el chico encontró el revólver del padre y se puso a jugar con el arma. Desafortunadamente, con ese revólver, mató a su madre.
—Mami, mami, despiértate, por favor —decía Mario. Pero su madre estaba muerta.
—Despiértate, hijo, siempre las mismas pesadillas —le estaba diciendo la madre a Mario.
—Oh, mamá, ¡Estás viva!
En ese momento su padre entró a la casa y mató a su esposa.
—Mami, mami, despierta —decía Mario.
Pero su madre estaba muerta.

Traducción del inglés: María del Pilar Jorge

Enseñanzas - Giselle Aronson & Rafael Vázquez Suárez

El maestro y el aprendiz pasean por un camino estrecho de piedra que discurre solitario entre un lago y una montaña. Ha empezado a oscurecer y los últimos rayos de luz aún liban placidamente flores y hojas. Ambos han estado todo el día escudriñando la naturaleza de los cielos estelares.
El preceptor, dispuesto a comprobar qué ha aprendido el discípulo de la reflexiva jornada, mira el claro reflejo en el agua y desafía con sus palabras:
—Zambúllete y habrás llegado a la luna.
El alumno no entiende bien. Sabe perfectamente que nadie, menos él, puede capturar un reflejo, que el cuerpo real permanece inalcanzable a millones de kilómetros. También sabe que el profesor nunca dice nada en vano, que cada una de sus palabras esconde una enseñanza.
Como el anciano insiste en su petición, al joven no se le ocurre otra cosa que escalar a tientas un chopo cercano que hunde sus raíces en la orilla y, encaramado a una gruesa rama paralela al lago, estira el brazo en dirección al agua. Ayudado por el mentor busca en el líquido elemento alguna sensación que le permita encontrar la luna misma. Extiende el dedo índice y toca, por fin, el astro.
Sin comprender del todo, el aprendiz se siente dichoso. Baja del árbol y avanza hacia el maestro, mientras le describe casi sin respiración el tacto de la luz, los cráteres, las sombras que ha percibido con total claridad. Todo, solo con palpar el reflejo frío y mojado.
—Existen infinitas maneras de llegar a algunos objetivos, es bueno que te permitas descubrirlo.
El anciano escucha atentamente con los ojos distantes, en alturas lejanas y familiares. Una rana croa cerca, las sombras han ido cubriendo todo con sus sutiles telas y una brisa refresca el aire. Comienzan a subir la cuesta que conduce al monasterio. El alumno, también con ojos distantes, pliega su bastón blanco y se apoya en el brazo de su maestro.

A las que me rechazaron - Magnus Dagon


Hasta ahora, mi vida sentimental ha sido completamente estéril. Los rechazos se han encadenado de manera completamente continuada y sin sucesión. Me he pasado la vida entera buscando, no, suplicando encontrar con verdadera desesperación a alguien que me quiera y a quien querer. Ha habido muchas chicas que me han rehuido y a las que caía bien. Ellas no deseaban hacerme daño, el más mínimo. Y ahora comprendo algo por fin, algo crucial para entender por qué el odio puede estar envenenándome por dentro a pesar de que ninguna deseó para mí ese destino.
Ellas sólo han visionado un capítulo de la historia, pero no la película al completo. No han contemplado mi caso desde mis ojos. No han visto lo que yo he visto, cómo nadie deseaba estar conmigo, darme una oportunidad. Muchas de ellas, si no todas, pensaban, y algunas me lo llegaron a decir, que acabaría encontrando a una chica para mí. Pero ninguna hace realidad esa autocomplaciente profecía. Ninguna piensa 'esa chica podría ser yo'. De ese modo se retiran, tranquilas, contribuyendo con una miguita más a alimentar el monstruoso rencor que ya soy incapaz de contener.
Y por eso, ahora digo: me habéis creado. Yo no era así. Habéis engendrado a este ser solitario y taciturno, que bulle de pensamientos tan negros que todas sin excepción os horrorizaríais, pensando que me he vuelto maligno, sucio, despiadado. Pero me gustaría que estuvierais en mi lugar. Me gustaría que vierais el fracaso pasar ante vuestros ojos, el rechazo prolongado, tan prolongado que llegarais a pensar, como llegué a pensar yo, que no debéis ser humanas, pues hay algo anómalo en vosotras si es que nadie desea compartir con vosotras su amor. Que sintierais, como siento ahora, que más que escribir estas palabras las estáis escupiendo, siseando, vertiendo como ácido corrosivo que destruye las mentes.
Sentidlo. Porque soy vuestra obra, y en vuestro rechazo está la semilla que me creó. Una semilla que fue muy bien cuidada durante todo este tiempo. Cada gesto incómodo, cada 'no' rotundo, cada respuesta nunca obtenida, la hicieron grande y fuerte. Admiradla, porque eso es lo que me habéis dado. Ninguna quiso hacerlo, pero entre todas lo conseguisteis. Enhorabuena, deberíais felicitaros. No todos los días nacen aberraciones como yo, ni en los más osados experimentos para crear hombres sin alma. Y deseo daros las gracias.
Porque ahora soy libre. Ahora no os necesito. Ese impulso ya no se alberga en mi interior. Ya no deseo a nadie a mi lado. Eso es un error, ¿o no? Sí, claro que lo es. Es supervivencia. Evolución, adaptación. Es a lo que he renunciado para poder seguir con vida. Pero ahora estoy vivo. Mutilado, por supuesto. Cercenado emocional y sexualmente. Pero vivo. Más vivo que nunca, más sincero de lo que seré jamás. No sólo con vosotras, conmigo mismo también.
Deberíais probarlo, en serio. Renegar de todo. Es algo liberador. Al fin y al cabo te has pasado la vida entera luchando contra impulsos como ese. Pero no soy idiota. No haré nada horrible, en absoluto. No voy a dar a nadie la oportunidad de pensar que soy un desequilibrado que ha cometido horrendos crímenes. El crimen lo cometieron conmigo. Soy una víctima. Y no me voy a tomar la justicia por mi mano, porque eso restaría toda credibilidad a estas palabras.
Leedlas bien, porque me habéis ayudado a escribirlas. Son tan mías como vuestras. Las habéis depositado en mí, como un regalo. Tal vez el único regalo que me habéis otorgado.
Ahora os las devuelvo. Ya no las necesito.
¿Os parecen duras? Lo comprendo. Es algo nuevo para vosotras. Pero haced un esfuerzo, por un momento. Pensad en la sensación que os están provocando. Ahora pensad en decenas de años, y asociad a esa sensación, de manera consciente, el momento en el que os hayáis sentido más solas en vuestra vida.
Bienvenidas a mi mundo.

Nueva defenestración - Héctor Ranea


El Primer Recontramaestre Territorial de la Comuna de Vrasmanostiie tembló al ver el sello imperial en la nota que llegaba de Ganso Mesto. El disco de lacre pesaba sus buenas cuatrocientas pezuñas y era difícil de creer que no hubiera aplastado al rollo de panza de cabrito en el que venía, con extraordinaria caligrafía, el pedido al Munster Bragador Real de Vrasmanostiie.
Mientras lo abría con reverencia y parsimonia para que así lo viera el mensajero senescal oficial de primera categoría, el Caballero Sigisislán de Ortocuadro, Segundo Comisario Postal Regional del Marquesado del Bueyatroz, el Recontramaestre sudaba (justo hoy que no estaba el Maestre Boi Loon de Kalamaria, le toca a él recibir este Documento Imperial) pues nunca nadie había llegado tan lejos como para peticionar a los H de Prag Morave Zad Dovoles. Y él no tenía aún idea de cuál podría ser, esta vez, tan única, la orden del Imperio.
A medida que desplegaba el cuero en el que estaba escrito el expediente y veía las firmas que se iban apilando en las diversas etapas de suscripción del mismo, su incredulidad se veía devastada por la evidencia abrumadora de que en las ocasiones que le tocaron vivir eventos al menos lejanamente emparentados con éste, nunca antes había visto tales firmas. Debería contrastarlas con las que el Escribano Superior Real conservaba en el Sancta Sanctorum de la Dieta Regional pero, más allá de las formalidades exquisitas, todo parecía tal como correspondía que fuese a un mensaje de Su Majestad Poderosísima. Desde el Sello Monumental y Serenísimo al pergamino que parecía de nieve de tan blanco hasta la caligrafía augusta, todo daba la sensación de ser perfectamente legítimo y sólo para guardar la pompa burocrática, se aseguraría de cotejar cada renglón con lo marcado por la Etiqueta Judicial Externa.
Alguna señal de cuál era el contenido del expediente la tuvo al encontrar en la maraña de rúbricas la del Brillantísimo Vicecanciller, condestable de la Marina Real y Alto Consejero Distrital, Juez Real de Ganado Mal Dirigido y Orco General de Asuntos Reglamentarios y de Casación.
Su sudoración se hizo viscosa y amarillenta, por no decir también maloliente, pues comprendió que finalmente el pretendiente había conseguido más de cien firmas que avalaban su propuesta.
Ese empeño de más de veinte años de autos, expedientes, capítulos de constataciones y peritajes de diversa laña y sayos, constataciones episcopales, bulas catastrales,, exposiciones a ordalías y confinamientos documentarios en arcones imposibles, estaba tocando a su fin y con ese rollo de pergamino el pretendiente podría estar siendo absuelto.
En efecto, al mirar el manuscrito completo, para lo cual debió poner el rectángulo sujeto por sus vértices con sacos de arena a tal fin, comprendió que se le daba la razón al caballero K (nombrado recientemente como tal por otra Bula Correctiva del Despacho Genuino de Su Majestad Principesca de Blavonia, adosada al expediente que tenía en sus manos el Recontramaestre y en la que se le otorgaban insólitos derechos desde su nacimiento).
En la forma de la Bula se aconsejaba al portador del estandarte submayor, el mensajero que había traído la palabra y Correo Secreto del Venerable Juez que ejecutara inmediatamente al Recontramaestre ahí presente, para eliminar el estamento que había sido creado para ejecutar a K.
Así, veinte años después de haber sido asesinado con dinamita por los esbirros emanados de la Bula, otra le otorgaba al Sr. K los honores a la par que, en reconocimiento del error administrativo, se lo resarcía con la ejecución de quien enviara la orden de ejecución.
El Proceso de K debía, sin embargo, continuar hasta la determinación sin sombra de dudas de su culpabilidad y el grado de participación en los hechos en autos, con pruebas y evidencias sustanciales y no meramente circunstanciales.
La orden se ejecutó ni bien el Recontramaestre terminó de leer el manuscrito. Como era costumbre, se lo ejecutó arrojándolo desde la última ventana y, como también era costumbre, él cayó hasta los cincuentitres árboles de profundidad y se fue a su casa llorando la miseria que de ahora en más lo esperaba. Algunos considerarán milagro el haberse salvado pero ya se sabe cómo son las costumbres de la burocracia. Si en los papeles dice que no morirá, no morirá.

El argumento - Cristian Mitelman


Desde el café veo que dos hombres se aproximan hablando casi con indiferencia. A medida que vienen, noto que la conversación entra en la esfera de lo animoso. Antes de llegar a la esquina se separan. Uno de ellos prosigue su derrotero. El otro, en cambio, se cruza al edificio que está enfrente. Luego lo veo salir al balcón (tengo buena vista para estas cosas) y allí mismo se descerraja un tiro en la sien.
Al otro día, encuentro al hombre de ayer hablando con un nuevo acompañante. Lo que parecía cordialidad termina en ofuscación, odio. El nuevo ingresa en otro departamento. Ocurre lo inevitable: sale al balcón y se arroja al vacío.
Creo que es hora de hablar con el responsable de estas muertes. Lo espero en el café. Apenas lo veo, salgo a la calle. Lo increpo. Tolera mis recriminaciones. Enseguida, serenamente, expresa sus motivos. Replico. Vuelve a esgrimir argumentos y, para ser franco, debo admitir la solidez de sus palabras. Sigue hablando y me hundo en la trama de las ideas. Tal vez tenga razón. Tal vez siempre haya tenido razón. Titubeo. No tardo en sentir el peso de las evidencias.
Voy a casa. Subo las persianas. Salgo al balcón.

El pecado digital - Guillermo Vidal


La alarma sonó insistente. Revisé el Aipod, a través del GPS incorporado, me marcaba con precisión (un enorme avance en términos de seguridad y el control del crimen) qué sucedía, con quien y a qué distancia se cometía una transgresión. Apagué el penoso sonido y me transporté dentro de un avatar autorizado hasta el límite de mi circunscripción. En menos de dos segundos llegué al del lugar del hecho.
El delincuente, después de la primera sorpresa, se excusó reconociendo haber faltado cuando estacionó en un lugar reservado e inadvertidamente abolló la trompa de un auto. El vehículo estaba hecho añicos. Según él, no había sido su intención.
—Agente, este hombre me destruyó el auto y ahora no quiere darme los datos —dijo el afectado, mirando con desesperación los destrozos—. Por favor, como brazo de la ley, intímelo a entrar en razones.
—La verdad es que no tengo seguro —terminó de confesar el infractor—, pero le aseguro agente…
Sin tomarme la molestia de esperar a que terminara la frase, lo interrumpí.
—Por favor no me llamen agente, no soy un avatar de policía.
—Oh, entonces no tengo que explicarle nada —respondió feliz el agresor.
—Pero el uniforme dice otra cosa —insistió el otro, tratando de no perder la esperanza de ser auxiliado.
—A veces nos confunden, el diseño es similar, pero no castigamos esta clase de delitos. Soy del tribunal de faltas espirituales.
—¿Y qué tenemos que ver con eso? —se sorprendió el ahora mas desenvuelto el transgresor, ignorando a su víctima.
—El señor nada, ¿usted es Marcelo Esteban Landini?
—Si —contestó, como si firmara su condena.
—Lo tengo aquí inscripto, en la lista del control de pecados de la parroquia de la zona.
—No puede ser. Yo no me anoté. Hace años que no voy a la Iglesia.
—¿Sí?, sin embargo tengo todos sus datos, ADN, obra social, cuando tomó la comunión y su firma digital codificada. Fue presentado por su madre y su ex esposa, hace faltan dos testigos como mínimo, a las que usted autorizó a incluirlo dentro de las rondas de vigilancia para el bien y el cumplimiento de los mandamientos.
—¡No!, yo no sabía nada. Firmé pensando que era para una colecta.
—Lo siento, debe gestionar un recurso de amparo ante el tribunal competente. Ya envié su queja, pero hasta que todo se aclare y sea desafectado, debe comparecer ante nuestro tribunal y acatar la sentencia.
—No tengo idea de que me esta hablando —insistió con tono lastimero.
—Usted ya tenía dos observaciones previas y no se presentó a la audiencia de arrepentimiento y reconciliación, aunque le cortamos el acceso a la red y le congelamos las cuentas y las tarjetas.
—¡¿Fueron ustedes?! pero no pueden hacerme eso. Voy a denunciarlos.
—La justicia federal está sobrecargada, como ya está al tanto, y deja en manos de tribunales particulares la implementación y cumplimiento de las leyes. Usted esta bajo nuestra jurisdicción Ellos no se inmiscuyen en problemas internos.
—No puede ser, ¡alguien tiene que supervisar este abuso!
—Nosotros lo hacemos y si se porta bien lo defendemos pero hoy los sensores éticos registraron un aumento en la polución verbal, con epicentro en su vehículo, son muy precisos. —La pequeña pantalla del Aipod del avatar se iluminó—. Aquí esta, acabo de recibir la condena. De acuerdo a la falta deberá cumplir noventa días de aislamiento, sin conexión alguna, en un monasterio de Pampa de Achala, a pan y agua, y en completo silencio. Lo llevamos sin costo hasta el lugar. Allí tendrá la opción de una penitencia, paso a detallar: castigo corporal de propia mano con látigos de puntas; ayuno de una semana y sin agua o dormir a la intemperie bajo las temperaturas invernales durante toda la estadía. Puede adicionar un silicio en la cintura, de púas, que le reduciría en unos días la pena.
—¿Pero que hice?
—Según los mandamientos a los que está adscripto, “el que ofende con la lengua debe ser punido como criminal”. Se le detectaron doce faltas en expresiones inapropiadas en el término de dos minutos, muy por fuera del límite, con palabras soeces para con los conductores de los otros vehículos.
—Doy fe —dijo el otro recuperando el humor.
—Actúa por venganza —acusó el afectado—; castíguelo a él también.
—Lo lamento, aunque tenga sospechas fundadas de sus motivaciones, no está en mi jurisdicción.
—Quiero un abogado.
—Cuando concluya la penitencia, así es entre nosotros.
El caído en desgracia sólo atinó a correr.
—Lamento tener que llegar a esta instancia —con la autorización remota, el avatar expulsó un potente arco eléctrico que derrumbó al rebelde en plena carrera y lo dejó tendido en medio de la calle—. En unos instantes llegará la ambulancia para llevarlo en custodia. Yo no puedo tocarlo ¿Está dispuesto a atestiguar que el sujeto se resistió a la autoridad?
—Por supuesto —aseveró el ahora feliz damnificado—. Eduardo Olens Bergara —le tendió la mano pero cayó en la cuenta que no podían tomar contacto con el ente virtual—; le paso todos mis datos. Yo no comparto su credo, pero la justicia debe cumplirse y de una u otra manera, un criminal debe purgar sus culpas.

Clones 2 - Diego Muñoz Valenzuela


Le pedí que me reemplazara en la fiesta de cumpleaños del jefe. Por suerte tiene buena voluntad y aceptó con entusiasmo. Tiene mi aspecto, sabe todo acerca de mí. Como viene a ser el equivalente de un recién nacido, se interesa por los detalles de mi vida. En cambio a mí estos compromisos me fastidian horriblemente. Se entiende: ahora tiene una existencia de verdad, no una teórica, de libro, por decirlo de alguna forma. Va a hacerlo bien y me va a dejar mejor.
Que tenga cuidado con la perra esposa de mi jefe, le advertí. Que no se atrapar por la ninfomaniaca, por más que le ruegue. Que cuente mis mejores chistes, coma y beba cual cosaco, y se retire ebrio y feliz, adorado por todos. Debe estar ahí, disfrutando de mi vida.
Mañana lo enviaré al trabajo bien temprano. De vuelta pasará por el supermercado. Yo me quedaré leyendo, soñando con otras vidas. Añorando ser el clon de otro.

Tomado de: http://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/

Fraude - Sergio Gaut vel Hartman & Carmen Carrillo


—¿De verdad funciona? —preguntó con gesto desconfiado el jefe de la tribu.
—Por supuesto que funciona —respondió el conde Propotovski—. ¿Cómo cree usted que logré procrear cuarenta y siete hijos bastardos? Desde luego, debe usted utilizarlo correctamente —agregó, ansioso por comenzar a recuperar la fortuna que había dilapidado en los burdeles de Moscú.
—Está bien, la compro —dijo el jefe sacando del taparrabos la bolsita con esmeraldas con las que pagaría el extraño artefacto.
Dos días después, mientras caminaba por las soleadas calles de Río de Janeiro, el conde Propotovski fue sorprendido por agentes de inmigración, que lo llevaron ipso facto a la cárcel.
—Yo les juro que entré al país legalmente. Y que las esmeraldas son producto de un negocio, no las robé.
—No lo procesaremos por robo, señor conde, sino por contrabando.
—¿Contrabando? —preguntó el ruso, sorprendido.
—Tenemos conocimiento de que contrabandea usted con aspiradoras de manufactura china y que las vende entre los xavantes, quienes desconocen la existencia de trámites arancelarios.
Mientras Propotovski se pudría tras las rejas gracias a una sífilis contraída en Tahilandia, el jefe de la tribu seguía preguntándose si debía introducir el miembro en la manguera del artefacto mientras estaba apagado o si había que encenderlo primero. De cualquier modo, no hubiese funcionado: la aldea carecía de energía eléctrica.

Oficina de recepción - Sergio Gaut vel Hartman


Siempre igual, pensó Stein. Ineptitud, incompetencia, torpeza, incapacidad, ignorancia, inexperiencia. Cargó la mochila sobre la espalda, avanzó otro paso y se dedicó a contemplar al aduone que revisaba tarjetas de identidad sin interés.
Cuando por fin llegó su turno, Stein alargó la placa de goldina y esperó confiado el mordisco del detector. Pero el mordisco no se dejó oír; en cambio lo sobresaltó la voz atiplada del aduone:
—¿Salió de Terra en 2137?
—Sí. ¿Qué tiene de raro?
—Son 295 años. ¿Le parece poco?
—Una enormidad. Artamor está muy lejos. ¿Le molestaría agilizar el trámite? Estoy ansioso por pisar las calles de mi ciudad.
—¿Su ciudad? —La voz del aduone subió una octava. Ahora era un chillido—. ¿Se anima a seguir llamándola su ciudad después de haberla dejado hace tres siglos?
—¿Acaso se supone que debía viajar treinta parsecs para cambiarle los pañales?
—No tenemos un servicio para gente como usted —dijo el aduone dando un giro de ciento ochenta grados a la discusión.
—No necesito servicios. Y no sé de qué servicios se trata. Sólo deseo que marque mi tarjeta y me permita seguir adelante. ¿Es mucho pedir?
—Sí —dijo el aduone—. Es mucho pedir. —Y luego de una breve pausa agregó: —Usted es un sujeto peligroso.
Stein dio un instintivo paso atrás al detectar la velada amenaza en la expresión del aduone, desenfundó la pistola termiónica y con un solo movimiento que implicaba rodar sobre sí mismo para protegerse y apuntar, disparó una carga y derritió la cabeza del empleado.
Entonces el espaciopuerto se convirtió en un pandemonio de sirenas y reflectores. Un ejército de aduones se desplazó por las rampas y pasarelas y abrió fuego a discreción. En realidad disparaban sin ton ni son, ya que Stein se había parapetado detrás del mapa galáctico que dominaba la oficina de recepción. Si ningún aduone lo había visto meterse en el teseract a través del ojo perlado de Ocult Spica, estaría a salvo hasta que el revuelo se calmara. Espió y el cuadro lo dejó atónito:
Docenas de aduones idénticos entre sí (e idénticos al recepcionista que había tenido que matar) se afanaban buscándolo. Pero actuaban como hormigas dementes, tropezando unos con otros y ocasionalmente disparando a sus propios compañeros. El resultado era una pila de cadáveres geométricamente creciente.
—¡Es insólito! —exclamó Stein en voz alta—. ¿Cómo han podido involucionar así en sólo tres siglos?
—Hay una explicación —contestó una voz a espaldas de Stein—. Pero si desea conocerla, suelte el arma y quédese quieto. —Stein obedeció, pero no pudo evitar una mirada por sobre el hombro para ratificar o rectificar sus sospechas: Sí, el aduone que lo estaba apuntando era idéntico a todos los otros.
—Son clones de un solo sujeto; eso ya existía en el siglo XXII. Pero no entiendo por qué eligieron a un imbécil.
—Se eligió solo. Una epidemia de conjuntivitis cancerosa asoló el planeta. Hubo un único sobreviviente: un hermafrodita casi idiota que vivía en una cueva, aislado del mundo. Las cuadrillas de robots lo encontraron cuando ya no abrigaban esperanza alguna. Pero fue providencial: un hermafrodita evitaba las complicaciones de la clonación permanente.
—Habría bancos de esperma, de óvulos...
—Se probó todo. La infección se reproducía in vitro. El único inmune era el hermafrodita. Los robots lo despedazaron y usaron literalmente hasta la última célula para reproducir a la Humanidad y mantener Terra en marcha.
—Eso significa —dijo Stein pronunciando las sílabas muy lentamente— que esas hormigas de allá abajo son el resultado de la clonación de células comunes y usted, que me encontró por pura deducción, es hijo de una célula cerebral...
—Se equivoca —dijo el aduone con un matiz de burla en la voz—. Los únicos clones que sirvieron para tareas directivas, es decir, los únicos que tienen suficiente inteligencia como para manejar las cosas importantes del planeta, fueron los que se fabricaron con tejido vaginal.

Cuervo Lovanium - Héctor Ranea


Cuervo Lovanium - Héctor Ranea
Desde la chimenea del Colegio Papal Marcelino me vio el cuervo. Al mirarlo yo, me graznó una vez.
Al día siguiente, desde un ciprés del cementerio alemán que yo tenía que cruzar, me volvió a ver y me graznó dos veces.
La tercera vez que nos encontramos fue cerca de una cervecería antigua. Él en una aguja de la catedral, yo bebiendo. Y graznó el cuervo tres veces.
Cuando lo volví a ver, poco después, a la entrada del museo de arte antigua, me graznó seis veces. Supuse automáticamente que no sabía contar pero esa misma tarde, escuchando un concierto de campanas en el jardín de un filósofo, me graznó siete veces.
Estuve preocupado la noche entera porque parecía haberme encontrado otras veces en las que no lo alcancé a ver.
Fumando narguile en la calle del oso lo oí graznarme varias veces desde lo alto de una mansarda y fui a verlo. Lo encontré cuando terminaba de escribir con su fuerte pico emplumado una frase que me hizo repensar la naturaleza de nuestros encuentros.
En la nota me pedía que trajera conmigo la pluma del dedo mayor de su primo, que al parecer se llamaba Al Hain. Había sido ayudante del campanero de la Universidad y la sordera laboral lo dejó sin posibilidades de volar.
El cuervo me explicó que ellos saludan a todos los recién llegados, pero que sólo yo contaba los graznidos y por eso me ofrecía la pluma de su primo.
Quería que viniese con su pluma para, por medio de ésta, saber cómo era mi país. Vivo en un país que no es favorable a los cuervos, trate de escribirle para que me entendiera. De hecho, la pluma que me traje no germinó y terminó siendo parte de una lapicera que uso sólo cuando escribo poemas matemáticos.
Espero que esta falta de germinación no me traiga malas relaciones con los cuervos, que son memoriosos y aborrecen los fracasos. Sobre todo los ajenos.

Un buen trabajo- Miguel Dorelo


Paciencia, sobre todo mucha paciencia. Ahí está la clave.
Solo esperar el momento exacto.
Estar atento al más mínimo movimiento y sobre todo, no subestimar nunca al objetivo.
Una buena herramienta de trabajo resulta imprescindible; la mejor aliada para conseguir resultados óptimos.
Gracias a Dios, lo proveían con materiales de primera; esa misma mañana se había deleitado contemplando su nuevo “juguete”: zoom 2.5-10 x, intensidad luminosa variable, cristales Hi-Resolution multitratado de catorce capas y apto para el día y la noche. Una joyita.
A través del objetivo de 50 mm. volvió a observar: un magnífico ejemplar macho, muy joven, solo. Mejor. Cuando actuaban en parejas, todo se complicaba.
Ajustó el corrector de dioptrías y aguardó.
Realmente, una cabeza magnífica, se dijo.
Estaban dadas todas las condiciones para la realización de un trabajo de primera.
Aún no…, murmuró.
Esperaría a que la luz le diera de lleno.
Siendo más joven, la ansiedad lo había llevado a cometer un par de errores que luego lamentó. No estaba dispuesto a volver a repetirlos.
Otro vistazo…
Son más inteligentes de lo que se podría suponer; casi se diría que sospecharan algo. Este en especial, calculaba cada uno de sus movimientos como si lo hubiese olfateado, aunque sabía que por la distancia a la que se encontraba, esto no era posible.
A pesar de su profesionalismo se sentía exultante, ansioso. Sabía que cuando lograra cumplir con su cometido se sentiría muy orgulloso. Su padre lo había hecho antes y en momentos como este, solía recordar las anécdotas que le contaba cuando aún era un adolescente. Hermosa época aquella en la que decidió que seguiría sus pasos.
Se estaba moviendo de nuevo, esta vez con menos precaución. Siempre terminaban por confiarse.
¡Ahora! Su dedo índice actuó casi por instinto. Un pequeño destello y aquél familiar sonido, música para sus oídos.
Estaba hecho.
Con una sonrisa a flor de labios, comenzó a desarmar el equipo.

—Buen trabajo, como siempre —lo felicitó el jefe del operativo observando el cuerpo.
Es más joven de lo que suponíamos en un principio. No se preocupe, el sujeto era menor de edad pero con un frondoso prontuario. Hablé antes con el juez y autorizó la operación: parece que entre los rehenes de la farmacia justo había una clandestina noviecita suya y no quería correr riesgos.
Váyase a su casa que yo me ocupo de todo.
Y saludos a su padre.

Hombre que ladra, mujer que muerde - Paloma Zubieta López


El día se fue rasgando, poco a poco, hasta que la reunión con futuros inversionistas se canceló. A partir de ahí, el hundimiento del Titanic parece cosa de niños. Para salvarme, escapo a un bar. Pido un vodka tonic en la barra, cuando se acerca alguien que pregunta si puede acompañarme. Un rápido escaneo me permite descubrir que no es Leonardo DiCaprio pero considerando mi zozobra y su pinta de John Wayne, le respondo que sí. Conversamos un cuarto de hora y supimos que nos entendíamos. Me descubro arrojada y sin dejo de vergüenza, me gusta esta personalidad desparpajada a la Monroe. Vamos hilando fino hasta que se enuncia la posibilidad y como buen matador, se tira al ruedo y paga la cuenta en un santiamén. Salimos casi corriendo y al llegar a mi auto, suena su celular. Responde en automático y su gesto rompe el hechizo de luna: —¿Si?… claro amor, ya voy de camino… ajá… paso a comprar la medicina… por supuesto… bye. —Al colgar, me mira apenado; no hace falta agregar nada y nos despedimos rápidamente. En cuanto arranco el coche, suena mi teléfono:
—Bueno… ¡hola cariño!... estoy saliendo de la chamba y ya voy para allá… también te quiero. —Hay veces en que la vida nos toma por sorpresa y no hay ni pa’ dónde hacerse.

Tomado de: http://deesquinasyrincones.blogspot.com/

Ricardo pidiendo un caballo, se encuentra con un burócrata - Héctor Ranea


—No nos entendemos— me dice Ricardo el Tercero.
—A fe mía que no— le respondo altanero.
—¿Que de dónde me viene esa manía de elegir tanto las cosas, me preguntas?
—Pues claro, hombre. Te vengo con un conjunto para que elijas el que te de la gana y me sales con unas maldiciones al bardo que me parió y tantas otras palabras soeces que me has dicho que prefiero no repetir.
—Pero, a ver: ¿Qué mierda me trajiste, se puede saber?
—Pediste un caballo, ¿no es cierto? Pues Messer Shakespeare aquí me mandó con estos para que elijas.
—Sí. Carajo, sí. Pedí un caballo. Pero eso no quiere decir que se me tome para la joda. ¡Un poco más de respeto! Seré un asesino, pero sigo siendo el Rey, carajo. No puede ser que un pelotudo como Shakespeare me mande un tinterillo cagatinta con estos caballos para elegir.
—No ofendas a nadie. Además: ¿Qué tienen de malo estos caballos?
—Nada. Salvo que uno es de calesita, el otro de ajedrez y otro de paseo con silla pampeana. ¿A vos te parece? Encima que me están por matar por andar sin corcel ¿Voy a pasar el ridículo frente a la historia?

Pasado - Camilo Fernández


Dieciocho agobiantes años de trabajo, esperanza y penurias comprimidos en esta pequeño dispositivo. Mi vida y felicidad, invertidas en lo que podría convertirse en el futuro de la humanidad; o mejor dicho en el pasado.
He logrado destronar al mismísimo Albert Einstein, que intentó restringirnos con la mentira más terrible de la ciencia: “Sólo podremos viajar en el tiempo hacia el futuro”. El trató de convencernos sobre la velocidad máxima de la luz. El y su limitado análisis fijaron la línea en trescientos mil kilómetros por segundo. Hace dos años demostré que ese límite era un simplismo utilizado para no ahondar en cálculos, pero la comunidad científica se rió de mi. Desde entonces trabajé en secreto para probarlo.
El dispositivo está listo. Enviaré un mensaje que cambiará todo; aquí sentado en el baño de la mismísima casa donde mis padres vivieron hace treinta y cuatro años. Ubico el artefacto frente al espejo. Con las gafas especiales pulso "On". El láser inicia su recorrido, ida y vuelta, acelerando más allá del límite. El mensaje aparece. Tres décadas atrás ocurre lo mismo. “Viejo, soy Edgar, tu hijo. Vendé todo y comprá acciones de Apple. PD: Aflojale al tinto.”

Tomado de: http://2centenas.blogspot.com/

Tequila - Mónica Sánchez Escuer


Aquí nadie aguanta el peso de los días. El tiempo se revuelve todito. Dicen que es por tanta espina, tanto maguey que azulea los cerros y ataranta el aire cuando se cuece. Ni la bendita bebida que lleva el nombre del pueblo, lo salva a uno, sólo le hace creer, unas horas, que las penas no existen. Y sí, Fulgencio, el tequila en Tequila, sabe distinto, raspa la garganta y le enciende a uno la voz y el cuerpo luego, luego, como si se llevara el polvo y el olor del agave cocido en cada trago.
Mejor nos vamos. Heladio no nos va a extrañar en el entierro. Y no me quiero embriagar.
Dicen que murió de tiempo, que lo tenía todo perdido, que hablaba con los muertos. Y todos saben que quien muere así, muere sin prisa, así nomás, de un día para otro. No había nada que hacer. Heladio siempre tuvo los horarios torcidos, ¿te acuerdas?, salía de noche y dormitaba de día, miraba como de lejos, de a poquito, y así mareaba a todas las mujeres que se tropezaban con sus ojos.
La última vez que lo vi me dio miedo. Estaba todo encorvado y sin recuerdos, calladito, miraba con odio el cielo como si el sol le hubiera achicharrado la memoria. Y luego, con el mismo coraje, me miró de frente. Creí que se me iba echar encima y salí corriendo. Dicen que los muertos siempre regresan con las rabias y los minutos volteados. Mejor vámonos, hermano, qué tal que Heladio se nos despierta buscando venganza. Si yo no sé por qué lo hicimos, por qué nos la llevamos. Ni estaba tan buena la tal Aralia. Tanto pleito por las tierras, por la herencia de papá, tanto tequila, y las malditas nalgas de su mujer que iban y venían, todito nos encendió los cojones esa noche. Y ¿para qué? Ni las tierras, ni la vieja. Pero la Aralia ya andaba mala cuando nos la llevamos al cerro. Sí, yo me acuerdo. Cuando tú terminaste, ya tenía los ojos en blanco. Yo nomás la tuve como quien tiene un cuerpecito dormido, y no me gustó, Fulgencio, no me gustó. Ándale, vámonos antes de que el viento levante la tierra seca y las cenizas y el olor dulce del agave quemado, no vaya a ser que todo se nos trepe y terminemos como Heladio, nuestro hermano, sin hallarle pies ni cabeza al día, a la noche. A la culpa.

Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/

El encuentro - María Fabiana Calderari

La garúa rebelde duró toda la noche, al igual que su insomnio. Las pequeñas gotas habían logrado fundirse pacientemente en las inmensas canaletas del techo vecino. La torrentera que caía impetuosa desembocaba en una endemoniada lata dejada al descuido. La estridencia casi lo había incitado a la histeria.
Uberto, juez de buen nombre, sobrellevaba esa amarga sensación de afrontar las particiones entre el éxito y el fracaso, lo favorable y lo adverso. Era una costumbre de su oficio.
Se aferró a la idea de soportar un amanecer oscuro y prefirió contemplar el sueño admirable de aquella dama de hermosos años que dormía plácida a su lado. En aquel instante, no supo si aborrecer el capricho de la vigilia o lamentar la profundidad del sueño vecino.
La ciénaga nocturna le recordó que aún estaban intactas las travesías de su nieto en el impermeable gris de confección distinguida. Reprochó tardíamente su descuido. En la mañana se debía conformar con su refinada elegancia adornada con un paraguas. Las primeras luces lo invitaron a sus rutinas varoniles. Ya en el baño, hizo cuanto pudo para que sus hábitos no desquiciaran la prolijidad obsesiva de su mujer.
A tientas presentó su cansancio a la concavidad del espejo. Descubrió la autoridad de sus arrugas en la sien surcada.
Había pasado toda su vida dedicada al oficio de brindar justicia. Se vanagloriaba del conocimiento y buen desempeño de sus funciones.
Comprendía el valor de la adustez del ceño. Comprendía también que una colección de antecedentes no se arrincona en los papeles ni justifican los sacrificios íntimos. Ni la trivialidad de los aduladores, que ven en esos historiales, el compendio personal de un ser humano.
El camarada apareció sorpresivamente. Joven, envidiablemente perspicaz. Imberbe y apasionado.
Los destellos de los ojos del muchacho confundieron al juez. Por momentos su cara se tornaba familiar, pero el diálogo tan irreverente trastornaba la búsqueda genealógica.
Ambos evidenciaron atropellos de conocimientos. El magistrado quedó sugestionado con la vehemencia del joven, quien se permitió remozarle algunos principios jurídicos. Al hombre le bastó la verbosidad fresca del chico, que continuaba retando su madurez y su cansancio. La aguzada dialéctica le devolvió la cordura.
La brocha y la rebeldía de la espuma de la crema de afeitar se aprovecharon de aquella meditación inusual. Aún así, no ocultaron la transfiguración. Era él. El mismo de toda la vida, acechado por las andadas del tiempo, pero era él. El muchacho de las épocas en las cuales los ideales eran fáciles de sostener, porque se desconocían las tórridas tentaciones de la vida.
Cuando terminó de vestirse la lluvia continuaba su cometido inicial.
Su mujer despertó seducida por el olor del café. —¿A dónde vas tan temprano? —le preguntó, con ronca voz.
—A estamparme contra el viento —respondió él.


Tomado de: http://facalderari.blogspot.com/

Una vida de película - Martín Gardella


Apenas transcurridos cinco minutos, Arturo se sintió identificado con el protagonista de la película, no sólo porque era físicamente muy parecido, sino porque todas las cosas que le sucedían al actor, le habían ocurrido antes a él. Luego, descubrió que la historia que mostraba la pantalla era un plagio de su vida, contada resumidamente, a razón de un año por minuto.
La mitad del film lo mostró en su etapa actual, con los sinsabores de haber vivido y la ansiedad por saber lo que vendrá. A partir de allí, pudo verse en el futuro, a través de las escenas representadas en el celuloide por aquel sujeto análogo, que envejecía igual que él.
Después del dramático final, el cerrado aplauso de los espectadores premió la exquisitez de aquella obra cinematográfica de apenas sesenta y cinco minutos. Mientras tanto, en un rincón oscuro de la sala, un acomodador intentaba consolar al desanimado Arturo que, junto con la incertidumbre acerca de su vida pendiente y de su muerte, acababa de perder la vergüenza de llorar en público.

Tomado de: http://livingsintiempo.blogspot.com/

Contrafábula - Lilian Elphick


Y, sin embargo, el tigre logra salir de su estado cataléptico y se interna en la noche en busca del lobo. Camina centenares de kilómetros hasta que llega a la ciudad. Lo asustan los grandes monstruos con patas de goma que graznan cada vez que se enciende una luz roja, y los humanos cruzan el paso llamado “de cebra”, empujándose unos con otros. Encandilado, prefiere irse a un bosque más pequeño, ubicado muy cerca del ruido infernal. Ahí, es obvio, se encuentra con el lobo que ya ha cazado a una rata anémica.
- ¿Vienes del más allá? – pregunta él, masticando el pellejo seco del roedor.
-Déjate de tonteras, perro inútil. Estás muerto.
El tigre ruge y da el gran salto. Chocan los colmillos.
-Alto ahí –grita un hombre disparando al aire. En esta área no se permiten reyertas.
Ellos continúan, a pesar del miedo al trueno de metal. Pero el instinto de sobrevivencia es más poderoso. Los recuerdos son ráfagas: matanzas, desollamientos, trampas, destierros.
-Dicen que la sangre de humano es dulce – resopla el lobo.
- Probémosla, entonces –aceza el tigre, mirando al pobre infeliz que, por extraños motivos, ha marcado territorio antes de descargar todos los plomos, sin dar en el blanco ni una sola vez.

Tomado de http://lilielphick.blogspot.com/

Se prenden las luces y se ven las caras - Saurio


Demasiado dramatismo quizás en tu entrada con un silencio extremo sólo perturbado por el repiquetear de tus tacos sobre un piso de maderas flojas, como requisito de un mediocre guión, entrecortada respirando desencajes faciales, sudando iras arcanas entre bisagras crujientes con hambre de untuoso aceite y yo, nadando entre el lugar común y el asco, en un dormir despierto, con el oído avizor que el desvelo cría, percibiendo tu demasiado mal actuada entrada revólver en mano dispuesta a matarme, por razones que sólo vos o ni siquiera vos conocés o sabés o comprendés, quizás todo sea un malentendido, una confusión como la que una vez nos llevó a posiciones que en otras circunstancias nos hubieran parecido impropias o precipitadas o ni siquiera dignas de ser tomadas en cuenta, pero es que hay vectores que llevan a las cosas a moverse y a estar en determinado sitio en un mismo instante de tiempo para conservar la perfecta armonía geométrica del universo y entonces los torbellinos y las acciones de las cuales nos arrepentiríamos si tuviésemos algo de conciencia, y sin embargo aquí estás, esperando a que despierte porque una vez dije o te dije o creí decir “Mi destino es morir luego de desayunar, inmediatamente después” y vos, que no sos ninguna traidora, esperás, con demasiado dramatismo, cumpliendo paso a paso la mediocridad de un guión que reclama silencio y tacos resonando en un xilófono piso, con vengativa intención de ocultos propósitos, respirando entrecortada desencajes faciales, con una sobreactuación digna del mayor de los escarnios que te lleva a recordar o intuir o suponer que en alguna ocasión dije o te dije o creí decir que decir “Mi destino es morir luego de desayunar, inmediatamente después” y vos, guiada quién sabe si por un código moral o sentido de la justicia o inseguridad o cobardía o ni siquiera eso, no aprovechás la indefensión de mi sueño para cumplir tu propósito y acabar con mi vida y ejecutar tu venganza o cumplir tu misión o cobrarte daños, perjuicios, obras, palabras y omisiones, como la que realmente cometí, porque cierta vez te prometí o creí prometerte o pensé en prometerte escribirte un poema y si no lo hice no fue porque no quisiera sino por la imposibilidad del estómago a soportar poemas de amor o pena o ira o alegre gozo o cualquier otro sentimiento sublime o meridiano pues yo no puedo por más que quiera o desee o me esfuerce en perpetrar una obscena exposición de las partes pudendas de mi alma o psiquis o ego o voluntad o aura o energía vital, como si esto, además, fuese causa o razón o motivo o móvil de tu furia y tu deseo asesino, aunque pocas cosas en el universo tienen una real y verdadera y auténtica y razonable explicación, y entonces demasiado dramatismo en tu espera de mi postergado despertar porque no pienso hacerlo, ni en lo inmediato ni en el largo plazo, sólo observar con el ojo ciego que todo lo mira tus ampulosos gestos y un rostro desdibujando sus rasgos tras borrones de sanguinaria furia como requisito de un guión mediocre para señalar tu arrebatador deseo de venganza por un crimen que no cometí o que creí no hacerlo o que no consideré como tal, porque lo nuestro no fue más que un sofisticado modo de eliminar los súcubos e íncubos que se retorcían prisioneros entre nuestras piernas, una forma elegante de llamar a la lujuria o a la lascivia o la calentura o a la rijosidad o a la fatal atracción que nos lleva a vender nuestras almas por un trozo de carne o un agujero en la misma, y entonces no tiene sentido que vos esperes a que yo abandone mi letargo porque sabés o recordás o intuís o adivinás que alguna vez afirmé o deseé o supuse o enuncié que mi destino era morir inmediatamente luego de desayunar cumpliendo tu barato código de honor de ridícula película de espías o de guerra o policial de conceder un último deseo al condenado o quizás por la ególatra satisfacción de lograr que yo sepa que sos vos y no otra que me mata, como si eso contase o importase o sirviese de algo, en un estático cuadro de pasiones que se prolonga por siglos o décadas lustros años meses días horas minutos segundos, en una sucesión temporal que es demasiado corta para llamarla eternidad pero demasiado larga como para hacerlo de otra manera y entonces sin demasiado dramatismo en tu caída, con un silencio extremo sólo perturbado por el golpear de tu apergaminado cuerpo muerto sobre un piso de flojas maderas, seco de hambre el envase de un encendido arrebato de odio o furia o ira o amor o encono hacia mí, momificada faz desencajada, huesuda mano que aún en tan irreversible estado no suelta el arma homicida, y entonces sí, como consecuencia lógica de la cursileria y la obviedad de este guión mediocre, despierto y con demasiado dramatismo en mi avance hacia la cocina donde entre oscuras infusiones y enmantecados panes escribo o proclamo o pienso o supongo que escribo o proclamo o pienso ésta mi última memoria, pues en cuanto se acaben los cafés y las tostadas moriré tal como es mi destino o mi deseo o mi presunción o mi voluntad o mi única razón de estar vivo.

La cofradía de la manzana - Gabriela Baade


Es así como le digo, usted piense lo que quiera pero cuando se dé cuenta de cómo son cosas ya va a ser tarde. Mire, si no me cree le pongo los hechos delante de su nariz ¿por qué hay tanta gente que no mira más allá de ese punto?
Vea al principio ellos eran, digamos, los tipos más avispados, los que miraban mejor, los que escribieron como leyes cosas tan normales que todos sabíamos pero que nadie se había tomado el trabajo de anotar. Claro, no había escuelas ni nada donde aprender, tomaron esa debilidad y se fueron haciendo fuertes, cada vez más fuertes.
Ninguno sospechaba ¿cómo íbamos a sospechar si eran cosas muy obvias? Toda la población mundial se aprendió esas leyes que comenzaron a dominar el mundo.
Entre ellos también había disputas. “Esta ley es la que rige a todas las demás” decía alguno, se conseguía otros que lo apoyaran y los demás se quedaban rumiando su impotencia. Durante mucho tiempo ése, aunque ya se había muerto, fue el jefe de la cofradía, hasta que vino otro que contestaba todo el tiempo: “y depende”. Formuló una nueva ley que comprendía a las anteriores pero que ampliaba el rango de aplicación. Mire, yo creo que le hicieron caso porque eran tiempos difíciles, tiempos de guerra y el hombre tenía una mirada esquiva, de ojos grandes pero oscuros, caminaba siempre con un cuaderno y hablaba bajito para tener muchos cerca, Además se comentaba que fue su idea la de la gran luz de agosto.
Acá la mayoría de los comunes nos quedamos afuera, ya estaban las universidades y los que querían integrar al grupo selecto se metían ahí y se aislaban del resto bajo el pretexto de que tenían mucho que estudiar.
El grupo dominante se fue agrandando y complicando todo para nosotros pero siempre seguían formulando las leyes que nos mandaban y que estaban por sobre lo demás: dinero, poder, política, relaciones, sentimientos.
Ellos explicaban todo inventando cosas cada vez más pequeñas que regían cosas gigantes, menos visibles y que, por supuesto, no se podían comprobar porque para hacerlo había que construir un aparato tan enorme que no alcanzaba el material o el espacio del que disponían.
Cuando el común de las personas se empezó a avivar se vieron en problemas. La solución fue fantástica: el más famoso de ellos que escribía libros que los ordinarios leían tuvo un accidente, aprovecharon esa circunstancia le inventaron una enfermedad y lo expusieron frente a las cámaras en una silla de ruedas con la cabeza inclinada hacia la derecha y los labios apoyados sobre un tubito conectado a un teclado mediante el cual daba sus conferencias. Imagínese usted ¿Cómo es posible que les creyeran semejante pavada?
Ya nos habían dominado la vida con la gravedad, el movimiento, después el tiempo, la velocidad de la luz, los átomos, partículas súper invisibles, los fluidos, las ondas, el universo plegado, las cuerdas. Hasta dijeron que con un telescopio que vaya a saber dónde cornos pusieron vieron el comienzo del universo.
Yo le aviso, usted haga lo que quiera con esta información.

El Rey del Refrigerador - Jean-Pierre Planque


Soy Melzar Rahmdi, el Rey del Refrigerador. Soy quien cuida la pasta cuando Jordi sale. Me pagan para eso. Bien, digo pago, pero… No quiero decir nada contra Jordi, pero es un poco insuficiente… En realidad, el reparto depende de lo que él traiga de sus expediciones nocturnas. Regla número uno: cerrar. Número dos; esperar que consiga lo más posible. Número tres: sobre todo, no ponerlo nervioso.
Tengo la escopeta recortada bien asegurada entre los dedos del pie. Y los ojos atentos. ¡Ni pensar en picotear la comida de Jordi ! Veo la puerta de la cocina en el visor, con el pasillo delante, como en una serie televisiva. La cocina está a oscuras, el pasillo iluminado. Tengo un paquete de cigarrillos a mano. Nada de alcohol. Malo para los reflejos…El alcohol está en el refrigerador, al fresco. Es para la fiesta. Cuando Jordi vuelva. En fin, no siempre… Solo cuando está satisfecho de su noche. Lo que es decir prácticamente nunca. Pero es mi compadre... Casi como mi hermano. Sin exagerar, sentiría mucho que no regresara algún día. Mejor no pensar en eso. ¡Trae mala suerte! Acomodo el almohadón que puse bajo mis nalgas. Me duele el culo, como quien dice. Voy a fumarme uno. Tengo la impresión de que esta noche va a ser tranquila. No como la última, con el mocoso y su historia del gato…
La vida es difícil en los suburbios. Ya no me acuerdo quien lo dijo, pero es cierto. La miseria por todos lados. Los comerciantes se dejan matar por tres euros. No se encuentra más nada para comer. A partir de las seis de la tarde, todo está cerrado. En las terrazas de los cafés, te arrancan la hamburguesa de la garganta, te arrebatan el vaso de cerveza o el paquete de puchos. El fulano salta sobre una moto robada, ¡y adiós!
Ayer a la noche, como siempre, vigilaba el refrigerador de Jordi. No sabía por qué, pero tenía como un presentimiento. Él había salido por negocios, como suele decir. Deambulé un poco por su casa. Sí, mi compadre tiene una que heredó de su familia. El no vive en una barraca HLM, pero a pesar de eso no es un privilegiado. La última vez que lo llamé así, fue para morirse de risa. Me encajó una que me hizo escupir sangre. Enseguida me habló de su padre y su madre, de su exilio y su vida acá. Se habían matado trabajando por él. ¡Los imbéciles ! Pero me cuidé bien de decirle que habían sido unos tontos. No tenía ganas de que me diera otra, pero de todos modos… ¿De qué les sirvió, a sus viejos, trabajar toda la vida para unos patrones? Se dejaron joder, sí. Su casa es pequeña. De hecho, está en la otra punta de los HLM, rodeado por otras viviendas idénticas.
Bien, deambulé, como decía, revisando a izquierda y derecha las piezas de arriba, sin tocar nada. De todas formas, no había qué meterse en el bolsillo. Jordi sabe esconder bien todo lo que tenga algún valor. Y delante del refrigerador, normalmente, estoy yo, con la escopeta recortada. Por la ventana, miré hacia afuera. La calle mal iluminada, la reja mal cerrada, el jardín invadido por el pasto. Fue entonces que las vi. Dos siluetas que se desplazaban entre los arbustos. Hacia la escalinata…
Hice honor a mi puesto. Sentado delante del refrigerador, la escopeta entre las patas, tranquilo. Decidí no arriesgarme, esperar. Cuando los vi moverse en la entrada, hice lo mío. Alguien se puso a chillar. Le había acertado de lleno. Entonces una voz juvenil gritó:
—¡Señor, señor! Mi amiga está herida, tiene sangre en todo el cuerpo... Solo queríamos leche para nuestro gato
Trece, catorce años, pensé. La cagaron. A su edad, yo estaba todavía en lo de mamá, aguardando días mejores…
Esperé el regreso de Jordi.


Título original: Le Roi du frigo
Traducción del francés: Olga Appiani de Linares.

Elle y sus silencios, Angel y sus rarezas - Giselle Aronson y Miguel Dorelo


Elle y sus silencios- Miguel Dorelo

Creo que por fin encontré a la mujer ideal. Recién nos conocemos, es cierto, pero es tan grande el mutuo sentimiento como la idílica comprensión de nuestras almas. Algunas veces, las menos, hemos tenido alguna diferencia, no lo voy a negar; ¿quién no?; pero cuando esto ocurre, echamos manos a un recurso conciliador que surgió espontáneamente desde nuestros corazones enamorados. Saben, sabiamente nuestras mentes, aferrarse a las coincidencias y dejar de lado las pequeñas, intrascendentes diferencias. Es en la amada poesía, esa que nos acompañó desde el mismo principio de la relación, en donde encontramos el rápido alivio a nuestras cuitas. Una mirada directa a sus hermosos ojos, pone sobre aviso a mi pequeña Elle, sobre lo que a continuación de mis labios surgirá. Raudos, los primeros versos del amado poeta trasandino, corren en salvaguarda del sentimiento apenas empañado por esa ñoña discusión sin sentido, tan fuera de lugar entre dos seres que sin dudas han sido hechos el uno para el otro.Las primeras estrofas: “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente...” te hacen cambiar la mirada. Implacable continúo:…”Y me oyes desde lejos…” Y la ternura invade todo tu cuerpo. …”y mi voz, no te alcanza…”. Y en este momento comprendes que ya no hay razón en el mundo que pueda hacerte sentir ningún enojo hacia mí. La paz ha sido alcanzada por fin. Me recuesto en mi sillón favorito. Tú de lejos me observas arrobada, en silencio. Por fin callada. Sé que mi pequeño acto, tendrá su recompensa. Elle es muy sensible, gracias a Dios. Por fin, callada, mí mi Señor. —Tráeme una cerveza, que ya empieza el partido —ordeno. No hay nada más placentero que mirar a Boca en la tele, sin escuchar el parloteo constante e histérico de una mujer. Aunque esa mujer sea mi Elle.




Ángel y sus rarezas- Giselle Aronson

Me dijo que era raro apenas nos conocimos. Supuse que se refería a algunas mañas propias de su edad o la excentricidad que se les achaca a los escritores. Pero no. Ángel es un ser extraño, por demás.Pude aceptar y comprender sus dificultades con el manejo del celular. Al principio creí que mis aptitudes interpretativas habían alcanzado su máximo esplendor cuando descubrí que mensajes como: “M?s sl ugr fbrshx&”, significaban: “Salgo para allá, poné la pava para el mate”. Era tal el esfuerzo que implicaba tal decodificación que un día lo eximí de responderme por el móvil. Su colección de tés saborizados es la envidia de todas las vecinas del barrio. Guarda con primor, cada saquito en una caja compartimentada de madera, con su nombre grabado en la tapa en un exquisito diseño de letras y flores barrocas.Y no sabe conducir. Para él, es lo mismo un PT Cruiser que un Renault 4. Claro, que el señor se beneficia del vehículo y de mis servicios de incondicional conductora, pero jamás se ha ocupado del mantenimiento y nunca mostró interés alguno en aprender a manejar. Esta tarde tengo que llevar a lavar el auto y Ángel está adosado a mí, desde hace horas. Yo lo adoro, debo reconocerlo, este hombre me cambió la vida, pero a veces se pone cargoso, sobre todo cuando voy a salir. Tengo que pensar alguna estrategia que me permita irme un rato, despejarme, tomar un café, leer y visitar a alguna amiga, mientras dejo el coche en el lavadero. Hoy es domingo y juega Boca. Esa es mi gran oportunidad. Minutos antes que comience el partido voy a volverme muy locuaz y le contaré todo aquello que pase por mi cabeza. No lo podrá resistir y me pedirá, buscando las formas más inverosímiles, que me calle. Yo aceptaré, fingiendo docilidad. Una vez que Ángel esté hipnotizado, en estado catatónico, mirando a su equipo, yo partiré rauda hacia la libertad.

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Fotografía ambiental – Héctor Ranea


Fotografía ambiental – Héctor Ranea
El tipo era un furioso amante del silencio en las fotografías. Es decir, aclaro, quería sacar las fotos en silencio. Por eso le costaba tanto sacar en reuniones y en la naturaleza. Tan quisquilloso era que casi nadie sabía de su afición por la fotografía, porque nunca se hacía ver con su cámara por nadie para evitar que le pidieran una foto.
Pero un día vio el árbol de hojas negras y no se resistió a sacarle una foto. Tenía que sacarle una foto. Daba vueltas y vueltas e intentó tomar una foto que pudiese pintar esas hojas entre rojo oscuro, sangre de toro y el negro de la noche. Estaba en condiciones ideales. El sol brillaba, no tenía nubes, el aire terso y quieto no dejaban que las hojas temblequearan.
Todo estaba tan perfecto que no esperó más. Pero cuando puso la cámara en posición, empezó a notar algo raro. Raro no, algo molesto. Muy molesto. El árbol estaba infestado de diversas alimañas: abejas que libaban vaya uno a saber qué en las hojas negras, gusanos que reptaban haciendo un ruido perceptible que modificaba el estado de ánimo del fotógrafo, pájaros que de cuando en cuando saltaban entre las ramas interiores para comerse un par de gusanos. Y mil otras cosas.
Decidido como estaba, quiso pasarlas por alto a esas imperfecciones, pero fue más fuerte que él. Se puso entonces a limpiar las hojas una por una de gusanos, una por una de moscas, garrapatas, pulgas, gusanos, tenias, anfisbenas y hasta algunas ranas arborícolas. Descubrió personajes de cuentos fabulosos (estaba en la ciudad ideal de esos personajes) a los que desalojó aduciendo que era temporario.
Cuando terminó la tarea de limpieza sonora, el Sol casi se estaba extinguiendo en el horizonte y peor, el árbol se había vuelto tan negro que nada de él podía verse.

Ostras para el desayuno – Sergio Gaut vel Hartman


Ostras para el desayuno – Sergio Gaut vel Hartman
Despertó. Había estado soñando con la fama, el éxito, premios y aplausos. No, se dijo; eso no es el sueño. Esa es mi vida. En el sueño vivía mi vida verdadera. Sólo que en el sueño… algo estaba torcido o era incorrecto, aunque no podía recordar qué…
Estaba desnudo, sentado en la cama. Las sábanas de raso azul formaban olas que rompían contra su cuerpo. Afuera, el sol, prepotente, aporreaba los cristales de la ventana y una suave brisa otoñal movía las cortinas. Se sentía en forma, pleno, estupendo. Se desperezó largamente, sin apuro y se levantó de un salto, se metió bajo la ducha y dejó que el agua le acariciara los hombros, la espalda, los muslos… ¿Qué más había en el sueño? Vi algo, sentí algo. ¿Una mancha? ¿Un hueco? ¿Una sombra que reptaba en los límites de la percepción? Se secó distraído y dejó que su mente reptara a lo largo de un túnel. Emergió en la cocina, donde sirvientes invisibles, quizá ni siquiera humanos, habían preparado un suculento desayuno. Huevos revueltos, croissants, tostadas perfectas y mermelada de moras, café, jugo de naranjas, tres ostras del Báltico. Sólo yo puedo comer ostras a esta hora, pensó, y dejó que el pensamiento sonriera, liso y flexible, tan suelto como puede permitirse un ser lujoso y célebre.
Camisa de seda azul, su color favorito; pantalón de lino blanco, mocasines de cuero de gacela. ¿Y ahora? El sueño regresó, como un torbellino de arena en el desierto y pasó llevándose el placer de las ostras. No es casual, pensó; nadie puede estar satisfecho con algo tan trivial. Regresó a la mesa de caoba en la que, una vez más, los servidores habían acomodado los alimentos y repuesto el café caliente. Comió todo con devoción, con voracidad animal. Se manchó la camisa y el pantalón y debió cambiarlos. Pero tengo cien camisas de seda, pensó, y puedo darme el lujo de no usar la misma dos veces. Volvió a sonreír. Cortó la camisa y formó una larga tira azul, sin saber por qué. Sí sé, respondió a la pregunta no formulada. Voy a estrangular al ser que acecha desde el sueño. Parece una tontería, pero debo estar preparado. Cuando salga…
Tenía una entrevista con su agente; la canceló, fastidiado por la posibilidad de que ese piojoso fuera el dueño de la criatura del sueño. Se detuvo en el centro de la sala y miró a su alrededor. Olfateó el aire y comprendió algo que saltaba a la vista: no era algo que tuviera que ver con el sueño, era algo que tenía que ver con él. Corrió a la cocina, horneó un pan de molde y sin esperar que se enfriara lo cortó en rebanadas, les puso manteca en abundancia y sal, mucha sal. Comió con mayor avidez aún: tenía hambre, ¡hambre! Era eso. No importa cuán rico y famoso seas: cuando el hambre te domina todo lo demás se derrumba. Se limpió las migas con el dorso de la mano. Pero el hambre, en lugar de aplacarse, parecía haber aumentado. Es el monstruo del sueño. Se alojó en mi estómago y traga todo lo que trago.

La mosca - Francisco Costantini


La mosca - Francisco Costantini
Estoy en la plaza, quince minutos antes. Mucha gente circula por aquí a esta hora, bajo este cielo diáfano. Las madres con sus hijos que corren tras algún perro o en busca de la calesita. Un par de muchachas que trotan concentradas en los sonidos de sus auriculares. Algunos ancianos que caminan pesadamente, los ojos anclados en el movimiento pausado de sus pies; otros que se limitan a permanecer sentados en los bancos de madera, intercambiando escasas palabras si el esfuerzo vale la pena. No sé si esto, tanta gente alrededor, es bueno o malo. De todas formas, me siento incómodo. Estoy en la plaza, sí, pero quizás no es el lugar donde debería estar. Todo es una completa insensatez. El tiempo que no corre y los pensamientos, los mismos, recurrentes, que inundan mi cabeza, que ahogan mi paciencia… Jamás tendría que haber aceptado su petición. Pero cómo negarme, si me había arrancado el sí mucho antes de saber qué era lo que quería, con ese caminar felino, las piernas largas y como talladas a mano —imposible toda esa fuerza en una joven de quince años— asomándose por debajo del jumper reglamentario. Y la blusa, indebidamente desabotonados dos botones, conteniendo lo que no quería ser contenido ni un minuto más. Y todo su cuerpo inclinándose hacia a mí, guiado por esos ojos verdes de gatita cachorra, juguetona, indagándome desde el otro lado del escritorio, modulando los labios rosados, afelpados, esgrimiendo la lengua filosa, y yo, tras mis anteojos, preguntándole qué necesitaba, pues el timbre había sonado y ya podía salir del aula. Su respuesta fue esa hoja de carpeta llena de serpenteantes, venenosas líneas que agrupaban palabras que urdían una trama mucho más peligrosa que la que se veía en el papel, una trama tela de araña; y qué problema voy a tener, señorita, en leer esta carta suya y hacerle las correcciones pertinentes para que usted pueda entregársela a quien corresponda.
Ahora restan diez minutos; el tiempo parece coagularse. En cambio, por dentro soy un río caudaloso que corre feroz, arrastrando ideas y sentimientos, sin poder hacer un alto para ver con claridad hacia dónde me dirijo. Esa carta no tendría que haber llegado a mis manos. ¿Pero cómo evitarlo? Una vez que la leí, quedé atrapado en esa red minuciosamente construida por una adolescente. Hablaba de un amor imposible, más bien, impertinente. Hablaba de noches de vigilia y otras de sueños prohibidos, lenguas enroscadas en la oscuridad y humedades calientes, gritos —dolorosos, placenteros—, rasguños. Sólo sueños, grabados en el papel y desde entonces también en mi mente. Algo notó en mí Luciana porque me preguntó si tan mal estaba el examen que tenía esa cara. Tragué saliva antes de contestar, me pesaban los labios. Y la mentira, más bien el ocultamiento de algo que no era más que cosa de adolescentes pero que, por las dudas, los consabidos celos, mejor no comentar. Sí, mi amor, dije, es espantoso; y eso sí una mentira cabal.
Faltan siete minutos y mi intranquilidad se transmuta en desesperación cuando veo a aquella señora retacona, de cabellos color zanahoria y pasos cortos, que sonríe y levanta el brazo mientras se acerca. Es Norma, la chillona directora del colegio, quien ahora me abraza con efusividad y su perfume dulzón me golpea en las narices, una bofetada que me trae a la realidad y me hace preguntar, otra vez, cómo puedo ser tan imbécil. Entonces, al mismo tiempo que Norma quiere saber qué hago acá, me digo que todo esto es una trampa. ¿Cómo explicar, si no, tanta casualidad? Pero ella, ¿por qué me haría esto? Quizás algún compañero suyo al que reprobé... Me imagino un mensaje anónimo llegando a manos de Norma, contándole sobre la relación desdeñable que existe entre una alumna y un profesor de la institución que dirige, y luego el dato preciso con lugar, fecha y hora… Pero no: Norma tendría que haber esperado a que ella llegara y estuviera entre mis brazos, en mis labios, y ahí sí descubrirse para señalar mi falta, hundirme para siempre. Le digo que estoy esperando a un amigo. Ella habla un par de cosas sin importancia, aprieta mi mejilla con un beso y se aleja, rápido como llegó. En la esquina toma un taxi. Respiro aliviado.
Si es puntual, en tres minutos llegará. Ayer, cuando terminó la clase, la llamé para devolverle su texto. Había decidido no preguntarle nada, pasar por alto el contenido de la misiva y olvidarme del asunto. Claro, me intrigaba saber quién sería el destinatario, para qué sujeto habrían sido zurcidas aquellas palabras, dedicadas las noches en vela, los sueños inenarrables. Pero me limité a indicar que la carta estaba perfectamente escrita, lista para ser entregada. Entonces, ella sonrió. Tomó prestada mi lapicera, se sentó en el banco más próximo, y se puso a escribir. Yo observaba todo en completo silencio, expectante. Al terminar, se irguió, dejó la hoja de carpeta en mi escritorio y se marchó lentamente, sin mirarme, sin soltar una sola frase, una mínima palabra, nada. Con manos temblorosas tomé la carta; en el encabezado estaba escrito mi nombre; al pie, figuraban lugar, fecha y hora del encuentro. El fin del recreo me sorprendió aún aferrado al papel, pensando, ya, en la locura que muy pronto iba a cometer.
Es la hora señalada. Los sueños de anoche terminaron por empujarme hasta aquí. Nuestras lenguas enroscadas, su piel veinticinco años más joven, los gritos, los rasguños… Sólo espero que Luciana no se entere, que Norma no se entere, que sea un secreto de ambos, que jamás le cuente a sus amigas, porque no hay marcha atrás, no ahora que la veo cruzar la avenida, caminar por el sendero que cruza la plaza, los jeans y la remera mostrando más que ocultando, sus ojos verdes clavados en los míos, y la sonrisa que es una confirmación de lo inevitable, de lo impostergable, de aquello de lo que ya no puedo —ni quiero— escapar.

El ladrón de almohadas - Lilian Elphick


El ladrón de almohadas - Lilian Elphick
Me llamo Blas Femo y nací en Baluñé, pueblo perdido al final de mi desdicha. Siendo muy joven fui mataburros; luego, bandido de almohadas. Me gustaba besarlas, apretarlas bien con los dientes, dejar mi huella eriaza en los pespuntes. Huía con ellas por los campos y me escondía en los pajares para asistir a la llantina del “yo no fui”. Porque, para ser sincero, no era yo quien dejaba la estela gomosa de saliva en esos recodos de suavidad, no era yo quien apuñalaba con la diestra el carnaval de plumas, besando luego la levedad de cada una de ellas. Dentro de mí crecía una cosquilla, un deleite, un volcán que quemaba mi pudor. Las plumas volaban, subían, subían, y eran como las mariposas que yo cazaba cuando chico y me las colocaba ahí para sentir su aleteo, el diminuto crepitar de sus antenas. Pero no era yo el que dormía después con las almohadas entre las piernas, los labios secos de placer y el deseo vaciado a tal punto que las estrellas no me faroleaban de pura vergüenza.
A lo lejos, sentía el ladrido ronco de los lebreles. Perseguían al otro. Sin embargo, tuve que correr junto a él para librarme de la justicia. Una vieja me cobijó por unos días. Ya estaba enterada del suceso. Has dejado insomne a todo el pueblo, me dijo. Si te pillan, ya sabes lo que va a pasar. Pero yo no sabía. La añosa dama se levantó los faldones y me mostró. La costura era horrible. También había sido ladrona de almohadas.
Vagué de comarca en comarca. Crucé ríos anchos como el amor de Juana, muchacha piadosa que bordó sus iniciales en los restos de mis amores marchitos. Las noches siempre fueron oscuras; no hubo chimutrí para mí y sí fatiga. Nunca me encontraron para coser al otro. Coserlo con lezna de carpintero, allá en el abajo de las tripas.
Lloro de vez en cuando sobre las almohadas. Por ellos, los que no duermen. Yo, que soy analfabeto, he podido leer sus sueños de ojos parados, y en todos está el otro babeando sus mínimas historias.
Tomado de: http://lilielphick.blogspot.com/

Blancanieves y los tres Reyes Nabos - Daniel Frini


Blancanieves y los tres Reyes Nabos - Daniel Frini
Érase una vez, en un claro de un bosque muy oscuro y a eso de las seis de la mañana. Blancanieves estaba barriendo la entrada a la casita de los enanos que hacía más de una hora habían salido para trabajar en la mina; cuando, de pronto, se movieron las ramas más bajas de los árboles cercanos. Como fantasmas, aparecieron tres personajes ataviados con ropajes reales y montados en camellos. Blanca se llevó su mano a la boca, intentando reprimir un grito de terror.
—No temas, niña— dijo uno de ellos —Sólo buscamos ayuda.
—Los señores … son…?— interrogó ella
—Mi nombre es Melpar— dijo uno de ellos, de larguísima barba blanca —A mi derecha está mi colega Galchor; y el de mi izquierda es Basaltar…
—¡¡Y se cayó!!— dijo el mencionado Galchor.
Él y Melpar comenzaron a reírse de manera estruendosa.
—Siempre la misma joda pelotuda— dijo Basaltar, de tez azabache y ojos saltones.
—¿Y porqué montados en camellos?— preguntó Blancanieves.
—Porque venimos de Oriente, siguiendo aquella estrella…— dijo Melpar
—¿Cuál, aquella que se mueve allá?— dijo la joven, señalando el cielo, hacia el norte donde se veía una luz moviéndose velozmente, en la claridad creciente del amanecer.
—Si— contestaron los tres reyes al unísono.
—Ese es el vuelo de Air France que va de Tel-Aviv a Frankfurt, y pasa todos los días más o menos a esta hora.
—¡¡Te dije!!— gritó Galchor
—Pero, hay que ser pazguato…— acotó Basaltar
— Bueeeno… — se disculpó, empequeñecido, Melpar —debo haber confundido las luces cuando se cruzaron en el cielo del Líbano…
—¡Me parecía que se movía muy rápido!— volvió a la carga Galchor —¡Casi se nos mueren los camellos!¡Mirá, la lengua afuera tienen!
—Ya decía yo que el paisaje no era muy desértico…— pareció descubrir Basaltar
—¿Y ahora?— preguntó Galchor
—Se los ve cansados, y a los camellos también— dijo Blancanieves —Déjenlos que abreven a la orilla del arroyo; y pasen a la casa que les serviré algo para reponer fuerzas. La casa no es mía. Yo también soy invitada aquí, pero mis amigos no harán problemas.
Cinco horas después, se abrió la puerta de la casa. El primero en salir fue Melpar, con los ojos abiertos de asombro y un gesto de incredulidad en la cara. Estaba vestido sólo con un calzoncillo tipo boxer, rojo con dibujos de ositos Winnie Pooh. Calzaba sus botas de cuero de antílope con los cordones desabrochados, y llevaba puesta una sola media de color verde. Arrastraba displicentemente su capa carmesí con bordes de armiño; tenía su estola atada a modo de vincha y su corona de oro colgaba en un brazo, como si fuese un casco de moto. Unos segundos después apareció Galchor, apenas cubierto con su capa de color azul marino, abierta, descalzo y restregándose las asentaderas, con una mueca de dolor en su rostro. De los tres, el más compuesto al salir fue el negro Basaltar que, al menos, tenía puestos sus pantalones y su camisa; aunque ambos desabrochados. Bajo el brazo llevaba, en un bulto incierto, el resto de las ropas de los tres.
Ni siquiera miraron atrás.
Bajo el pequeño alero de la casita, quedó Blancanieves, en baby-doll agitando desganadamente su mano, mientras saboreaba su último Virginia Slim.
—¿Qué hacemos ahora?— dijo Melpar, cuando ya estaban en camino, montados en los camellos.
—Esperá. Acá tengo anotado que a un día de camino está la bruja esa, que vive en la casita de chocolate— dijo Galchor.
—No, esa dejémosla para el último— propuso Basaltar
—Bueno, tenemos a la que trabaja de sirvienta para su madrastra…— siguió Galchor.
—¡Ahí!¡Vamos ahí!— dijo Melpar —De todas maneras, la que más me gustó fue esa hermosa joven que estaba en la cajita de cristal
—Si, pero sos un animal. Ni siquiera la despertaste— amonestó Basaltar
—¿Y qué? Si hace como ochenta años que está así— se defendió Melpar. Y cambiando de tono, agregó
—Hay que felicitarte de verdad, Negro. Tuviste una excelente idea
—¿Cuando hay que devolver los camellos?— preguntó Basaltar
—¿Y los disfraces?— preguntó Melpar.
—La próxima vez, yo voy arriba— dijo Galchor mientras buscaba la mejor posición en la montura, para aminorar el dolor.
Cuando se perdieron de vista, Blancanieves pareció despertar de un ensueño; y pensando en voz alta dijo:
—¡Menos mal que la Bella Durmiente me avisó que venían! Ahora, le mando mi paloma mensajera a Cenicienta, para que los reciba— y agregó, mientras soltaba al ave —¡Vuela, palomita, vuela!¡Avísale a mi amiga que hacia ella va la diversión!
De improvisto, sonó un fortísimo ¡PUM! Y la paloma se desvaneció en el aire, en una explosión de bermellón y plumas.
—¡Ufa!— dijo Blancanieves —¡Otra vez el cazador se peleó con Caperucita! Bueno. Mejor le mando un mail a Cenicienta…

Ipod - Carlos Feinstein


Ipod - Carlos Feinstein
Dedicado a Michael Hedges

Mi ipod es algo grandioso, quizás en él se defina mi vida, llevo toda la música que me agrada, las películas que deseo ver y textos que me gusta leer. Un pedacito de mi alma, de mis preferencias, de mis sentimientos está incrustado en ese artefacto.
Me limpio el polvo de mi cara y lo prendo, es bueno que funcione, a veces me torturo con la idea que cuando trate de encender uno de estos sistemas electrónicos, este haya muerto y no sirva. Cuando prende, la ansiedad pasa y me tranquilizo. Mi psiquis es algo inestable, yo siempre percibo que las demás personas no son como yo ¿Pero eso importa ahora?
Hago un hueco con dificultad entre los escombros y me acomodo a escuchar mi ipod, mi música, lo que soy. Cierro los ojos y medito, recorro mi vida, pienso en mis amigos y en ella. Trato de serenarme y hago mi ejercicios de respiración, logro estabilizarme en algún tipo de equilibrio. La melodía me ayuda. Dejo pasar el tiempo. Aunque se que es mediodía, el sol reaparece lentamente en un nuevo amanecer, me siento mejor, casi feliz.
Cuando veo que la batería marca en rojo, me despido mi música y descubro con frialdad las marcas del deterioro de mi piel por la radiación. Logro vislumbrar entre las nubes de polvo un horizonte cortado por lo que fueron explosiones nucleares y con la poca carga restante en la batería escucho a Michael Hedges por última vez y me preparo a morir.

Entropía y galletas – José Vicente Ortuño



Abrió la puerta del frigorífico. Una vaharada de aire cálido y putrefacto le golpeó el rostro. Boqueó como un pescado fuera del agua cuando el contenido de su estómago intentó darse a la fuga. Cerró el inútil electrodoméstico. Corrió hasta la ventana de la cocina dando traspiés, la abrió de par en par y respiró hondo el aire fresco de la mañana hasta que el estómago recuperó su compostura. Pensó que el refrigerador debía de haberse averiado durante la noche, aunque le resultó extraño que el contenido se hubiese podrido tan deprisa.

Una vez repuesto volvió a sentir hambre. Abrió la despensa. Las latas y paquetes allí almacenados se habían transformado en un montón confuso de envoltorios degradados, ya fuesen de cartón, plástico o metal, de los que se derramaba los restos putrefactos de los productos que habían contenido. Sobre un anaquel en la cocina estaba su lata de galletas favorita, misteriosamente intacta, aunque en su interior sólo quedaba un sustrato harinoso en el que retozaban unos gusanos pálidos, que le hicieron sentir nauseas de nuevo.

Vagó por la casa abriendo y cerrando puertas, armarios, cajones… Todo estaba igualmente descompuesto. La ropa eran sólo jirones cenicientos colgando de las perchas. Los zapatos, dependiendo del material del que estuviesen hechos, eran montones de polvo o negras masas gelatinosas. Los objetos metálicos estaban muy oxidados o convertidos en montones de óxido, que apenas conservaban su forma original. El vidrio se había convertido en brillante arena. El papel era quebradizo y se convertía en polvo al tocarlo.

Estaba muy confuso. No lograba hallar una explicación a todo aquello. Se sentó frente al televisor y tomó el mando a distancia, pero lo soltó al instante con asco. Del receptáculo de las baterías salía un fluido viscoso. Entonces una idea pasó por su mente. Recorrió el salón abriendo cajones y armarios. Sí, eso era. ¡Todo lo que se hallaba encerrado en algún lugar se había corrompido o convertido en polvo! Aterrorizado huyó de su casa. Sólo cuando las puertas del ascensor se cerraban, se dio cuenta de que éste era también un lugar cerrado…

Sufijos discrepantes - Javier López


Quise escribir la historia de un tipejo delgaducho que vivía en un pueblecito. Cada día iba a su trabajo montado en un borriquillo. Su empleo consistía en manejar una prensa de aceituna. A veces llevaba de vuelta a casa unas garrafitas de aceite en los capazos de su borriquito. Con el aceite y una hogaza de pan alimentaba a sus chicuelos.
La historia prometía, pues tenía pensadas muchas anécdotas para ese señor.
Sin embargo, a él no le gustó el principio de mi relato. No se sentía bien como tipejo delgaducho, y pretendía ser un tipo delgadito. Entonces ya me obligaba a hacerlo vivir en un pueblucho e ir a su trabajo montado en un borricuelo para alimentar a sus chiquitos. Hasta ahí no existía mayor problema, pero no hubo manera de que llevara el aceite en unas garrafejas, porque el cuento quedaba muy feo y se estropeaba.
Así pues, dejé de escribirlo.

Mala racha - Sergio Gaut vel Hartman


Santa Claus no esperaba pasar semejante Navidad. Primero le llegó el despido de la Coca Cola porque la crisis del capitalismo se había agudizado en los últimos doce meses y estaban prescindiendo de todos los empleados mayores de ciento cuarenta y seis años. A continuación se enteró que los renos habían contraído la temible Espirocolitis Laponiensiis y ya no servían ni para hacer asado. Lo que siguió no fue menos deprimente. Su compañera de toda la vida, la inuit Tapiriit Kanatami, anhelando soles y playas, se había ido con un basquebolista de la NBA que se parecía bastante a Baltazar; ahora vivían en una playa privada del mar Rojo, cerca de Qatar. Y aunque su deseo había sido encontrar recursos para superar la crisis, remató la cosa yendo a la consulta del famoso terapeuta Siegmund Rabinovich: sobre llovido mojado. Tras media docena de sesiones, el gordo se vino a enterar que había soportado un trabajo humillante, mal pago y sin futuro porque era pedófilo.

El troyano - Héctor Ranea


Miriápidos era el dentista de los mirmidones. Con su taladro deshacía las caries y emplomaba a los soldados que tenían alguna falla en la masticación. Todas las noches trataba al menos setenta caries, diez emplomaduras por persona, ciento en total. Más las extracciones y arreglos de sustitución de pernos y prótesis.
Pero él era un troyano enviado por Paris para lograr que los ejércitos aqueos sucumbieran.
Con su taladro, Miriápidos trazaba en los dientes de cada uno de sus pacientes los rasgos del demonio que debía poseer al desdichado. Como lo hacía en los caninos superiores, nadie podía ver esa cara y quedaba sin sospechas marcado para siempre. El maleficio se completaba con un brebaje en base a miel, alcohol y cardamomo que todos se peleaban por beber.
Noche tras noche caían mirmidones, aqueos, tirios, frigios, espartanos, beocios y persas infiltrados en sus manos quirúrgicas que tallaban la maldición diminuta.
No tardó en hacer efecto el maleficio y de las escotaduras de la costa, una noche, cada uno de los demonios convocados se llevó una dentadura al Hades.
El ejército aqueo y sus generales (sólo se salvó Néstor, quien ya no tuviera dientes) huyeron despavoridos de las playas de Troya, no vaya a ser que los de AFP los fotografiaran sin dientes.
Maldecido por todos, Miriápidos fue borrado de la historia de Troya.
Eventualmente, los aqueos volvieron e hicieron pelota la ciudad de Príamo, como corresponde. Todos con relucientes sonrisas de metal plateado.

El Creador - Magnus Dagon


Aún me pregunto qué me obligó a presentarme a un experimento de lejanos viajes en el tiempo. Serás un héroe, viajarás al fin de los tiempos, me dijeron.
Otros antes que yo desaparecieron para no volver. Ahora sé porqué. El Creador llegó a este páramo al usar su propio invento, se volvió loco y se autoproclamó dueño de un imperio de cenizas. Y su mente superior sometió y aprisionó, inutilizando nuestros aparatos, a los que llegamos después (técnicamente a la vez, pero eso no importa ahora).
Los que aún estábamos cuerdos llevábamos meses planeando una rebelión, pero había miedo. Se rumoreaba que con sus conocimientos había creado un arma terrible. Le equiparaban con Dios. Pensé que exageraban.
Pero qué estúpido fui.
Porque mi insurrección me ha hecho servir de ejemplo a otros al usar su arma contra mí. Apenas un segundo en el que empecé a arrugarme como fruta podrida.
Y sé que fui un montón de huesos descalcificados.
Y sé que fui una duna de polvo ondulante.
Y obtuve una paz como hacía tiempo que no conocía.
Pero todo acabó, pues me trajo de vuelta. Me robó la única libertad que me quedaba, mi última expresión como ser humano.
Después de eso me suicidé. Varias veces.
Ahora sé que no moriremos. Que estaremos atrapados en este ciclo de creación y destrucción. Pero mi consuelo es que él no es Dios, ni llegará a serlo.
Es curioso, aun así, cuánto se parece el arma del Creador a un tridente.

Libertad condicionada - Paulus Peluca


Creía haber muerto para estar lejos y sin embargo ahí estaba: Lejos, pero vivo, con el pulso agitado, la vista cansada, el estómago rebotado y durmiendo por partes: Ahora se dormía una pierna, luego un brazo, luego la otra pierna tomaba el relevo.... Sólo la cabeza permanecía aceptablemente despierta mientras, girara para donde girara el mundo, él iría más rápido aún.
Si aparcáramos todos los vehículos con ruedas mirando a levante y los arrancáramos y todos a una, violentamente los pusiéramos en marcha.... ¿Conseguiríamos detener el mundo o invertir su marcha? Los pensamientos iban, venían y volvían a irse de cualquier forma mientras el mundo se convertía en una difusa banda gris amarillento bajo los pies con el tronar del viejo seis en línea en plena aceleración.
Sintió la presión del asiento en la espalda y la vibración en las manos. Hijo de puta... dijo como un halago al motor... Sonrió y cerrando un segundo los ojos volvió a acelerar, bajando una marcha.
Debo ser de la peor especie que existe, se dijo, pero estoy vivo y aunque sé lo que me espera, de momento soy libre y voy camino de ese lugar en la tierra donde Elvis, Marilyn y otros tantos envejecen y juegan a cartas a salvo del mundo.... Soy libre, libre como el viento.... Como el puto Freddy Mercury.
Sólo por recordarle quién era realmente y por llevarle la contraria, se le contrajo la vejiga, ordenándole que buscara un lugar, en los próximos diez kilómetros, donde parar cinco minutos.

Tomado de: http://paulus-de-best.blogspot.com/

Frankenstein vegetal - Nanim Rekacz & Rafael Vázquez Suárez


Te enterré en el mes de abril, hace hoy trece años, bajo un sol solemne y un cortejo de nubes claras. Cubrí tu sepulcro de tulipanes púrpuras y planté en derredor cerezos y manzanos. Arribaron mariposas, anidaron calandrias. No he dejado de cuidar tu frondoso túmulo ni un solo día.
Ahora sé que existes en todo ser vivo, ahora sé que fluyes por los ríos de savia, que consumas cada fotosíntesis, remontas nutricia en aleteares y vuelos, irradias hacia el bosque. Por eso transito los senderos e intento interpretar los suaves susurros, el perfume en la brisa, como intentamos entender, brindándoles connotaciones y significados, los parpadeos y los reflejos involuntarios de un enfermo. Trato de comprender si te duele el rayo súbito sobre el alto castaño, la hoguera… Si te estremece el rocío en las mañanas de invierno, si se te abre el pecho de humus cuando brotan los musgos. Me esfuerzo por conocer tu espanto ante el disparo del cazador furtivo y si te ofreces, sustanciosa y dulce, en los maduros frutos.
¿Cómo retornarte a mí del sueño denso y vegetal, cómo restituirte desde cada sensación que late y circula, cada zumbido, cada humedad? Necesito constatar tu presencia y volver a poseerte, confirmar que me recuerdas en los pétalos, en los retoños, en el arroyo torrentoso, en la sangre del ciervo, la lluvia pura, el reflejo de la luna... Para traerte de regreso a mí operaré los árboles con precisión quirúrgica; buscándote, abriré cuidadosamente los capullos. Me propongo reconstruirte, célula a célula, tramando tu tejido, rehacer tu núcleo, humana, carnal, corpórea, hembra…

Con delicadeza disecciono un tulipán y comienza a brotar lentamente tu sangre roja.