viernes, 17 de octubre de 2014

El arte de comprender – Ana Caliyuri


 John Speek era un niño aficionado en el arte de montar caballos. Una tarde de abril conoció el mal carácter de un pura sangre. Cayó pesadamente sobre una valla dispuesta allí para el circuito de salto. Sintió un fuerte dolor en su espalda, y creyó no sentir más las piernas. Luego de unos minutos, todo retornó a la normalidad y John, un tanto avergonzado por el espectáculo que lo había tenido por protagonista, escondió su rostro tras su padre. La familia decidió que el niño debía tomar clases de equitación. Su madre solía repetirle hasta el cansancio:
—John, tú puedes. Es cuestión de mentalizarte.
—Madre, no subiré más a un caballo…decía el niño por lo bajo.
Una noche en que estaban reunidos durante la cena, el niño dijo:
—¡Padre! Hoy no he saltado ninguna valla, pero dí muchisimas vueltas montado sobre un alazán hermoso.
Su padre, un hombre ocupado en el negocio inmobiliario, le devolvió una ausente sonrisa. Su madre en cambio, sentía henchidas las venas del orgullo. ¡John sería un gran jinete!
Como todas las tardes, salía John rumbo a las clases de equitación de la mano de Clarisa, la niñera.
Ella, demostraba alegría en su rostro cada vez que debía realizar tal tarea pues,sentía una fuerte atracción por Antonio, el encargado del Club, tal es así, que sólo reparaba en el niño a la hora de regreso.Así se sucedieron varios meses, hasta que la madre del niño decidió ver los avances de su primogénito. ¡Hoy le daré una gran sorpresa a mi niño! Es el momento indicado , pensó ella, pues John ama tanto los caballos que cada día relata con pelos y señales el aspecto de cada uno de ellos. La noche anterior, el niño visiblemente emocionado, le había dicho:
—Madre, que he montado uno blanco con pintas negras. ¡Corcovea y me aferro, ya no me caigo!
Ese comentario la impulsó definitivamente a concretar la idea de ir a verlo durante la clase junto al instructor. Esperó que Clarisa y el niño se fuesen rumbo al Club. Sorpresas, son sorpresas, se dijo a si misma. Tomó su auto y en cuestión de minutos, estuvo aparcando en el estacionamiento. Descendió del auto y con paso seguro se dirigió a la pista de equitación. Miró hacia un lado y otro, pero no divisó a John, tampoco a Clarisa. Una leve inquietud se apoderó de su cuerpo. Seguramente el profesor estará dando clases en otro lugar, pensó. Preguntó aquí y allí,acá y acullá, pero nadie había visto a John, ni a Clarisa ni al instructor.
Hizo esfuerzos por recordar el atuendo de su hijo, pantalón de montar, sweater color marrón y el infaltable casco de salto. La mirada pareció multiplicarse. Sin embargo, su hijo no estaba a la vista.
Una dulce melodía la condujo hacia uno de los salones del club. A John le gustaba la música, seguramente estaría alli. Recorrió los metros que la separaban del amolio salón con visible premura. Al entrar al lugar divisó a Clarisa, y un suspiro de alivio la recorrió enteramente. Luego, la voz alzada de su hijo John la sustrajo de los pensamientos.
—¡Madre! ¡Madre! ¡Mírame! ¡No me caigo! ¡Súbete conmigo!
La voz se perdía en el salón sin que ella pudiese reparar el lugar desde donde partía la voz.Ya la música dulzona, le comenzaba a molestar los oídos,no obstante ello, volvió a escuchar.
—¡Madre! ¡Súbete!
Divisó el casco del niño, la sonrisa plena de felicidad y el corazón de Teresa latió apresurado. Observó con detenimiento las facciones de su niño, el gesto feliz de todo su cuerpo. Sin dudarlo, se aproximó a la plataforma giratoria y en un instante estuvo junto a él. La calesita siguió girando, esta vez, John había montado un caballo dorado con arabescos azules y rojos.

Sobre la autora: Ana Caliyuri

Parar la olla – Héctor Ranea


—¿Sabe que me encontré con Vincent? ¿Se acuerda? David Vincent.
—¡Ah! Pensé que hablaba del holandés… ¿Trabajaba combatiendo a Los Invasores, verdad? ¿En qué anda?
—Repara computadoras como negocio pantalla en Triunvirato y Avenida de Los Incas.
—¿No me diga! ¿Pantalla!
—Sí, ni hablar; en realidad recupera oro de la mayoría de lo que le traen. Oro, Niobio, Tantalio y Tungsteno. Está en la cadena de comercialización del Coltan, mire lo que le digo…
—¿Así que en el mercado negro! Me deja sin palabras.
—¡Negrísimo! Se lo vende a los Invasores.
—¿Qué! ¿Se pasó al otro win?
—Y… se sabe. Tiene que parar la olla. Por un lado nadie le daba ni bola. Ya ni réitin tenía. Encima meta con eso de que si no puedes vencer a tu enemigo… únete a él. El tipo no aguantó. Tiene cuatro pibes, creo.
—¿Cuatro? Creí que había quedado estéril después de tanta exposición a la fogata en la que exterminaba a Invasores. ¡Qué cosa! Uno no tiene en cuenta el sacrificio de esta gente…
—Y sí. Escribió varios libros de autoayuda, pero no consiguió nada de tela. Los editores se quedaron varias veces con su hígado.
—¿Qué libros, che? Me interesa porque soy un coleccionista.
—Tiene uno sobre ayuda para encontrar pájaros comestibles en las planicies de Nuevo México, otro de Manejo nocturno en carretera, uno de Reconocimiento de ovnis a la luz del día o durante la noche…
—¡Claro! Muy específicos. Al lector típico eso no le va.
—Como será que el único que le dio unos pesos fue uno sobre reconocimiento de Invasores.
—¡Pero eso es fácil! Se les reconoce por el meñique de la mano derecha. Ellos no pueden abducirlo.
—Lo mismo le dije yo y me contestó que en la serie lo habían inventado.
—¡Qué desilusión! ¿O sea que no? La cantidad de gente que uno podría haber mandado en cana… Menos mal que yo siempre dije que a la televisión mucho no hay que creerle…
—Menos mal. Lo que sí me dijo (y me regaló la información porque el libro está agotado) es la verdadera manera de reconocer extraterrestres.
—Y dígame, ¡ya que está! ¿De qué manera nos damos cuenta si estamos ante Invasores? O sea, la verdadera manera, claro.
—Parece, según David, que todos los varones cuando nos agachamos se nos ve la raya.
—¿Perdón? Por más que pienso… ¿Qué raya?
—No me haga poner escatológico, don.
—¡Ah, pardón! Continúe.
—No se sonroje. Está todo bien. El tema es con las mujeres. Están las que cuando se agachan también se les ve y las que no.
—¡Oh, pardiez! Supongo que a las que no, se las podría catalogar como… ¿No, no es así?
—Para nada. A las terráqueas no se les ve. Pasa que los Invasores copiaron todo pero ahí supusieron que eran iguales.
—Pero eso es incompleto, diga. ¿Y si son todos varones, cómo hago?
—No sé. No se me ocurrió. Para mí que Vincent nos quiere embromar, ¿no le parece?
—Ahora que lo dice… Supongo que querrá usar la información para seguir parando la olla. Si nos dice todo, capaz que se le termina el negocio. ¿Cómo dicen los gringos? Bísnes is bísnes…
Días después.
—¿Sabe que le pregunté a Vincent?
—¡Ah! ¿Volvió sólo para preguntarle eso de la raya del culo de los varones?
—Necesitaba un poco de coltan y aproveché.
—¿A usted también le está fallando el celular?
—¡Qué le parece? Es un problema. Todos andamos igual. Nos tendríamos que unir y que larguen esto de vender antenas de celulares que se autodestruyen. Es una estafa. Una estafa. Mire, después de todo, lo que le dan a uno en el negrero de David Vincent. Ahora se lo muestro… ¡Oh, se me ha caído! Con este peso…
—No hay problema, se lo alcanzo.
—Me va a tener que disculpar, buen señor, pero no me queda más que matarlo. ¡Usted es un Invasor que se lleva el Niobio a Zertao 23! Lo descubrí, gracias a que a usted no se le ve la raya.
(Aparece David Vincent)
—¡Detente! Este es mi contacto, si me lo amasijas estoy frito.
—Pero… pero… ¡Es un Invasor! ¡Usted me dio todos los datos! ¡No se le ve la raya del culo, como usted me dijo!
—Pero la vida es así, mi muchacho. Tengo que parar la olla. Lo siento, tenemos que proceder.
—¡Qué! ¡Por qué me miran así? ¿Me van a matar? ¡No, no me maten! Yo también soy Invasor. ¡Soy de la centésima décimo primera legión, tercera invasión, vengo de Marte!
—¡Otro perdedor! Vincent, mándelo a la nave. Éste va para la olla comunitaria en la Pequod 41. Esta noche, los niños comerán marciano.

Sobre el autor: Héctor Ranea

Una isla hermosa para naufragar - Daniel Frini


Algo salió mal cuando el colisionador alcanzó los mil ciento cincuenta teraelectronvolts y los iones de níquel impactaron en los isótopos de plomo. Nunca se supo qué falló, y en el Crater de Laconnex ―una perfecta media esfera, de treinta kilómetros de diámetro y quince de profundidad; que va desde lo que era Bellegarde-sur-Valserine, en Francia, hasta Cologny, en Suiza; y que se llenó con las aguas del Lago Lemán y de los ríos Ródano y Avre― ya no existe nada que permita un análisis.
Hablaron de disfunciones magnéticas, de vacío cuántico, de un microagujero negro inestable, de strangelets y catalización a materia extraña, de monopolos y decaimiento de protones. Sin embargo, nada está claro.
Tampoco han podido explicar los fenómenos colaterales.
Los doctores Wagner y Sancho aventuraron la hipótesis de la Esponja Cuántica. 
―Carece de sentido indagar sobre la causa ―dijo Wagner ―. Fuera lo que fuese, ocurrió una vez; y se debería construir un acelerador similar para estudiar, con detalle, aquel hecho. El riesgo es muy grande y existe un acuerdo general en no volver a incursionar en ese campo. Sin embargo, es interesante conjeturar sobre las anormalidades marginales que tienen lugar ahora. Creemos que el espacio-tiempo presenta una estructura similar a la de una esponja metálica de cocina donde las hebras de metal actúan como caminos. La imagen más próxima que se nos ocurre es la de un gran laberinto en el que usted puede pasar de una habitación aquí en la tierra, por ejemplo, a otra en una galaxia a millones de años luz de distancia, y a otra habitación en el centro de una estrella supermasiva, y a otra y a otra más. Asimismo, al pasar de un cuarto al siguiente, habrá cambiado de tiempo; digamos que a cualquier momento en el pasado. Y cuando llegue a otra habitación lo hará en cualquier momento del futuro, tan lejos o tan cerca como se imagine. Como es lógico, ese inmenso laberinto que abarca todo el Universo y todos los tiempos, debe ser imposible de resolver. Es probable que el Incidente de Ginebra, sea cual fuere su causa, haya roto una pared y nos haya unido a ese esquema infinito.
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Apoyado en su barcaza de madera, concentrado, el viejo reparaba la red de pesca, en la arena de una playa pequeña, al sur de la isla de Sikinos. Una borrasca persistente fustigaba al Egeo. Notó la presencia del otro cuando lo tuvo a unos pocos metros. 
Levantó la vista: a su frente estaba un hombre no muy alto, musculoso; de piel aceitunada, y vestido con ropas antiguas; el torso descubierto, sucio y con un olor más próximo al de un establo que al del mar. El pescador estuvo a punto de sonreir, pero la postura imponente del otro y la espada corta que llevaba en la mano derecha, lista para atacar, le infundieron cierto temor respetuoso. Notó que en la mano izquierda apretaba, con fuerza, un pedazo de hilo blanco de dos codos de largo. 
El recién llegado habló, con voz enérgica, en una lengua que al otro le resultó familiar, pero ininteligible. Como pudo, mediante señas, se hizo repetir por dos veces, hasta que entendió: el guerrero hablaba su mismo idioma, pero de una manera distinta, cerrada y, se figuró, muy antigua. Al final, el pescador entendió:
―Me llamo Teseo ―dijo el guerrero ―. ¿Tiene usted idea de dónde puede haberse metido Ariadna?

Acerca del autor: Daniel Frini

sábado, 11 de octubre de 2014

Tratado surrealista VIII - Esteban Moscarda




Definiciones. Ángeles que bajan a tomarse un whisky con vos, sí, con vos lector. Vos estás ahí y los ángeles te vienen a tomar el Glenlivet ese que tenés hace décadas. Y vos definiendo, porque sí, definiendo el humo del cigarro de seda y de hierba que te prestó un duende. Definiendo el sueño que acabás de tomar con soda, sueño de galpones oscuros y caminos de tierra manchados por el río turbio, el puerto lleno de putas y los bares cerrados porque ya todos están ebrios y en sus casas de cartón. Vino. Sí, y miel. Y lluvia sobre paradas de colectivo sin techo. Vos con traje y el peso del día gris sobre tus hombros firmes pero cansados, cansados de tanto estimulo visual, cansados —los hombros y tu cara— de tanto culo y tanta mugre y tanto pasillo y tanto hospital y tanta mentira y tanta fruta y tanta merca y tanta crisis y tanto iodo y tanta carne y tanto odio y tanta tantísimas cosas que mejor tomar un whisky con los ángeles, total después del Glenlivet te clavarán un cuchillo y te regalarán los brazos y las piernas de miles de vírgenes…



Acerca del autor:  Esteban Moscarda


La reina Lupita - Luciano Doti



Los pibes del lugar habían oído que a esa chica, que iba ahí algunos fines de semana, le decían “Lupita”. Además, se habían tomado la molestia de averiguar que no se llamaba Guadalupe. De allí que naciera en ellos la inquietud de querer saber por qué la apodaban así. Como en pago chico el infierno es grande, por rumores supieron que tenía que ver con una antigua reina llamada Lupa. Eso los llevó a guglearla, y entonces conocieron su leyenda y el significado de ese nombre que en latín quiere decir “loba”.
A partir de ese momento, comenzó a gestarse una nueva leyenda, la de Lupita. Esa nueva leyenda venía con diferentes versiones según quién fuera el narrador. En una de ellas, Lupita era una lobisona que en las noches de luna llena erraba por el bosque lindero a su casa, matando y devorando a sus víctimas. Ésa era la que más gustaba a los pibes.
Una noche de plenilunio, en que Lupita había llegado a pasar el fin de semana con unos amigos de la ciudad, los pibes se acercaron a la casa del bosque esperando ver algo. Lo que vieron no fue lo que habían imaginado, pero era incluso más gratificante: Lupita participaba de un bacanal junto a sus amigos bajo la luz de la luna; montada sobre uno de ellos, se movía y aullaba como una loba en celo. Los pibes recordaron lo que habían leído sobre la palabra “lupa”: que de ella también deriva “lupanar”.


Acerca del autor:  Luciano Doti


Faltan dieciséis y van cero a cero - Daniel Frini


Está parado en el centro del campo. Apenas participó en el partido.
En el área del equipo contrario, la jugada es confusa para suponer un riesgo serio. El arquero toma la pelota y saca del arco con un derechazo imponente. La pelota se confunde con las luces del estadio, y pasa la mitad de la cancha. Alguien la recibe de cabeza, otro se arrastra y toca mitad pelota, mitad pantorrilla. Un compañero suyo despeja. 
Ve que la pelota viene hacia su zona. Sus músculos se tensan. El balón cae, suave, a tres metros por delante suyo. El arco está lejos, pero sólo se interponen un defensor y el arquero. Corre. Pasa la pelota de pie a pie. Un toque a la derecha y el defensor queda atrás. Ve al arquero que sale a achicar. No lo piensa. La emboquillada es perfecta. Uno a cero. El gol se recordará por siempre. Él ya es leyenda. 
El partido sigue trabado y nada cambia el resultado. El árbitro marca el final. La Libertadores es suya. El estadio se cae, todos corean su nombre. Invaden el campo, alguien lo levanta en andas, le arrancan la camiseta, los botines; las medias desaparecen. Le gritan, lo tocan, le pegan, le tiran el pelo. Lo adoran.
Algún fanático arrancó el silbato del árbitro y empieza a sonarlo a unos centímetros de su oído; con mucha fuerza, hasta hacerse molesto. Gira su cabeza para buscar al cargoso, pero solo ve manos que lo buscan.
Su mujer pasa la mano por sobre él y apaga el despertador. 
―Apurate ―le dice ―. Después llegás tarde y el Mudo te descuenta el presentismo.
Mientras orina, recuerda que alguna vez, cuando era chico, tiró una emboquillada en el campito que estaba cerca de las vías, donde ahora está el corralón del Tano; pero el arquero era el gordo Pereyra, que le llevaba dos cabezas, así que la atajó sin problemas.

Acerca del autor: Daniel Frini

martes, 7 de octubre de 2014

Almas de diamante - Fernando Andrés Puga


— Aquí tiene, mi princesa.
Ella extiende la mano y aguarda. Cuando palpa la suavidad del vestidito y de las alas que tiene en la espalda, responde.
— Gracias, señor Quasimodo. Esta hadita azul es una de las más bonitas que me ha traído. Vino del cielo ¿verdad?
— Sí, desde cielos lejanos, montada sobre una golondrina.

Después de sonreírle, Esmeralda se aleja del brazo de la chica que la acompaña hasta el puesto de muñequitas de porcelana fría que Quasimodo tiene en la feria artesanal que se inauguró hace un año en la plaza del barrio. Desde aquel lejano día, pasa cada domingo a buscar un hada. Juntos le inventan un color, le ponen un nombre, le entonan canciones de cuna y vaya uno a saber cuántas otras cosas. No se ausenta ni aunque llueva o el frío se haga sentir. 

Hoy Esmeralda no vino y ahora que el sol se pone y hay que levantar los puestos, Quasimodo se resiste a partir. Ya llegará, se esperanza, pero con la noche cae también la ilusión de volver a oír esa voz cantarina capaz de transformarlo por un instante en el príncipe que la llevará a palacio en su brioso corcel.

Acerca del autor: Fernando Andrés Puga 

El ejército de las sombras – Sergio Gaut vel Hartman & Ana Caliyuri


Era uno de esos días lluviosos y gélidos de pleno invierno. Margot, intentaba arroparse con su abrigo, pero sus esfuerzos por protegerse no impedían que la fina lluvia la empapara. Caminaba abstraída en sus pensamientos y aún así sentía el frío en su cuerpo. Anochecía, y la ciudad, entre medias luces, prácticamente desierta, aunque se cruzó con algún ocasional transeúnte, resultaba desoladora. Parecía caminar sin rumbo alguno hasta que algo la hizo detenerse. En apariencia, era una inmensa figura de color plomizo, inquieta, en medio de la acera. Sintió temor, y no obstante ello decidió aproximarse. Los pasos, progresivamente más lentos, el temblor de su cuerpo y el corazón acelerado eran síntomas que Margot conocía demasiado bien. De pronto, divisó un oscuro charco. Espejismos, sin duda, se dijo a sí misma. No quería verse reflejada en ese ancestral pozo. Sin embargo, no pudo evitarlo y se inclinó para ver de cerca el aguazal, y apenas lo hizo oyó las voces y los llantos. Luego, todo fue oscuridad. El corazón de la mujer se detuvo; ella era efímera pero el ejército de las sombras es inmortal. En el último instante supo que no había por qué alarmarse: estaba siendo reclutada y pronto renacería como un soldado más.

Acerca de los autores: Ana Caliyuri - Sergio Gaut vel Hartman

Madame y yo – Raquel Barbieri


Salgo a caminar en busca de un poco de aire oxigenado porque deduzco que mi malestar físico y anímico se debe a una mala combustión de la estufa de mi dormitorio que hace que mi cerebro produzca pensamientos tristes y mi cabeza estalle de dolor. Tengo una sobredosis de monóxido de carbono que ha logrado que mi manera de pensar de hasta hace poco, haya cambiado casi totalmente. La química tiene un gran efecto en los seres vivos y yo estoy sometiéndome voluntariamente a ella, por pasividad, por dejadez o tal vez por falta de temor a una contaminación paulatina de mi sistema.
Entonces, como todo tiene un límite, tengo que salir; agarro la calle sin rumbo y pienso en cosas, en las grandes decisiones, en las pequeñas e insignificantes, en mi mundo interior plagado de contradicciones. Tomo envión y camino cada vez a paso más veloz, y me alejo. Siempre me han dicho que es difícil seguirme el ritmo de la caminata, pero es así la manera en que funciona para mí, respirando profundamente y soltando el aire en siete, diez veces, cantando para adentro como cuando nado en la pileta, o hablando bajito conmigo misma cuando veo que nadie está cerca. Mi barrio da para eso porque es posible caminar tres cuadras sin cruzarse con nadie. 
La estufa era mi gran amiga, luego pasó a ser una amiga a secas, después una desconocida antipática y ahora se ha convertido en una acechanza que me espera cada día, que hace arder mis ojos y estallar mi cerebro; también calienta mi cuarto, lo cual no es poco, aunque su calor está saliéndome caro. Esta amistad se ha convertido en una relación forzada por las circunstancias, por su ensañamiento combinado con mi negligencia; mala junta. No sé cómo abordarla, cómo decirle que nuestro vínculo es tóxico, como se usa ahora describir ese tipo de relaciones enfermas. Así somos nosotras, y cuando ella-- llamémosla Madame La Chaleur—me ofende con sus emanaciones, me voy, huyo lo más lejos posible y respiro un aire frío y purificador, seco o húmedo, lejano a las malas intenciones de Madame L. C.
Me siento amenazada por su presencia y no me atrevo a entrar tanto a mi dormitorio, sólo lo justo e indispensable; la miro de soslayo para que ella piense que no la percibo, para que ella sola intente morirse y me obligue con dicha muerte a encontrar a una nueva amiga que sólo me dé calor sin envenenarme y sin exigir tanto de mí. La muy puta no se da por aludida. Entonces, para ofenderla solapadamente, abro la ventana de par en par y anulo su efecto nocivo. Al parecer, ella hace lo mismo que yo, me mira de reojo y sigue con su objetivo en mente, que no es otro que matarme. Y es vehemente.
El otro día decidí ir a dormir a mi estudio. Tiré el colchón de las visitas al piso y me arropé; sin embargo, ella parecía llamarme a la distancia. No pude pegar un ojo. Me levanté con un cansancio extremo y añorando la comodidad de mi cama.
Ya está. Tomé una decisión sabia. Dejaré a Madame La Chaleur sola y me iré con mi perro. Viviremos en la calle, aquí cerca nomás; ya tengo visto un pequeño terreno baldío discretamente ubicado, un sitio ideal para esconderse. Cualquier cosa haré, menos darle el gusto a la maldita. Se quedará más sola que cualquier otra estufa en este mundo, y lo que es más importante, no tendrá a quien asesinar. Tendrá toda la casa a su disposición, si quiere. Yo me llevaré unas frazadas y el carrito de las compras con mis pertenencias más básicas. Tejeré un pullover para mi perro y estaremos bien en el baldío. 
Sí, creo que tomé la decisión más sensata y lógica.

Acerca de la autora: Raquel Barbieri

Llaves - Héctor García


Le voy a contar un secreto: tengo la facultad, por cierto bastante peculiar, de encontrar en mi bolsillo, y al primer intento, la llave indicada para abrir o cerrar la puerta que se halla frente a mis narices en un determinado momento. Por supuesto, la única condición necesaria (algo no trivial, como podrá apreciar), es poseer la llave adecuada.
Usted dirá que, más que peculiar, esta facultad es algo estúpida. Permítame entonces introducir lo que algunos dan en llamar, quizás de forma impropia en estos casos, "condiciones de contorno". Si su llavero consta de cincuenta y dos llaves, y si además el tiempo, o el clima, o su esposa, o su marido, o su amante, o su jefe (o todo eso junto, o cualquier otra cosa o combinación de cosas) apremia, sabrá ver que esta habilidad inclina la balanza más en favor de la peculiaridad (y, sobre todo, de la utilidad) que de la estupidez.
No obstante, tal vez pueda usted seguir en su postura acerca de la futilidad de mis poderes. En ese caso déjeme agregar algunos detalles que, con suerte, harán que cambie de opinión. Resulta que este don no se aplica solamente a puertas de edificios y de vehículos en general, sino a todo tipo de cerraduras: hablo de candados (de bicicleta, de moto, de auto, de lo que se le ocurra), de cofres, de cajas fuertes, de armarios, de casilleros, de tanques de combustible, de motores, de turbinas... y la lista podría seguir indefinidamente.
Si a esta altura aún no le he convencido, deje que me explaye un poco más. Dígame, ¿cuántas veces ha oído hablar de bocas cerradas, de mentes impenetrables, de corazones herméticos? Ante cualquiera de estos obstáculos, el mero uso del gesto indicado (ya sea una mirada, un sonido, un suave movimiento de manos o la más sencilla de las palabras) equivale para mí a una llave con la que acceder, de forma prácticamente instantánea, a todo tipo de confidencias. Créame que, gracias a esto, puedo incluso doblegar la más férrea de las voluntades y alterar los sentimientos y los pensamientos de la gente a gusto y placer. Basta, como ya dije, con tener la llave correspondiente. Si, por ejemplo, finalmente le he persuadido sobre este asunto, querrá decir que entre estas palabras he utilizado la indicada para ello.

Acerca del autor:  Héctor García

jueves, 2 de octubre de 2014

Adictiva y cautivadora - Ada Inés Lerner



Nadie hubiera pensado que la tía Esther pudiera hacer algo así. Su suegra había hecho lo mismo, y la tía deploraba eso. Supo decirme, alguna vez, que por ese navegar a la deriva, sintió vergüenza ajena. La tía mantuvo silencio y luego el tío Negro se fue y toda la perra vida y también llegó Esthercita con su pequeño sol y bueno, ahora la tía había cortado amarras...
Por algún motivo la tía Esther regresó. Convenció a su amiga Mary y reservaron mesa. Esa noche la tía se maquilló con pequeños detalles y se vistió con sus mejores galas, aquella pollerita negra que tan bien le queda y la blusa blanca de cuello volcado que destaca su piel morena. Puso especial cuidado en elegir los zapatos de taco.
Encontré a Mary en el bar de la Estación. Prometió contarme. Está sentada en una mesita frente a la única ventana. Me saluda con cariño:
-Bueno, mirá no sé que le pasó a tu tía, dijo que sólo quería ir a bailar pero cuando llegamos buscó la mesa de él y se esmeró en saludarlo, creo que lo quiere pero a su manera y a su manera, la espanta.¿viste? Él miraba lejos o no quiso verla. Ya ubicadas, él cabeceó y la tía entendió las cosas a medias o las entendió bien, ¡vaya una a saber!
-Sí, nos ha pasado a muchas ¿Y entonces?
-Teté cabeceó y se pararon las dos, Esther y una, muy joven, sentada a su derecha; Teté salió a bailar con la otra, y tu tía se quedó en la mesa, con cara de perro atado al fondo ¿viste?.
Yo conozco esa situación, la mujer permanece con las manos varadas en la falda, vencida sobre las rodillas vacilantes, como un signo de pregunta que se agota en la mirada, mirada que naufraga en la orilla de un lago.
-¿Qué pasó luego?
-Un tanguero nuevo, en lo del Chino, la cabeceó y por supuesto ella aceptó, para darle celos al otro; el tipo resultó ser un cachafaz pero Esther siguió con él hasta que terminó el cuarto tango de Pichuco y volvió a la mesa. ¿Viste? Llegaron las milongas, Teté eligió otra compañera y a Esther la vi más tarde salir del toilette y me contó que estaba la otra, peinándose:
-Ché ¿cómo hiciste? –le preguntó una amiga-. ¿Viste?, me sacó Teté, baila suave, qué hombre! - ¿Lo conocías...?. - Algo, de la clase de tango - Todas la relojearon con admiración y envidia, claro
-¡Mary! –Un amigo. Se sentó a nuestra mesa y le presenté a tu tía. Volvió la tanda de tangos cuando mi amigo la invitó a Esther – Mary parece dudar, acaricia un medallón que lleva al cuello- bueno, ella aceptó. Después las milongas ¿viste?. Siguieron charlando entre los valses y se fueron temprano. Al día siguiente Esther no fue al laburo, el martes tampoco.
-¿Y entonces?
-Bueno, apareció el viernes, dijo que había estado enferma, el tronpa estaba furioso, pero como no tiene una costurera tan buena se lo bancó ¿viste? Aunque vos sabés que Esther...
-Sí, ya sé, no es la primera vez que desaparece con un fulano. Desde que el Negro se fue...
Me despedí de Mary y me dirigí a la casa de la calle Esquiú, la de los viejos del Negro. Y ahí la encontré. Plancha el delantal de Esthercita y matea con la suegra. El mismo perfume y la misma sonrisa con que abrió espacio en el tiempo para ser aquella muchacha con la mirada opaca y resbaladiza como piedrita hundida en el lago y la pollerita cuadrillé y de último, en los pies, las alpargatas.
-¿Cómo estás, tía? ¿A qué hora vas a laburar?
-En el segundo turno – desenchufa la plancha y se vuelve desafiante:- esta noche hay milonga y no quiero faltar, ¿sabés?
-¿Adónde vas a ir, tía?
-Es sábado, si las chicas quieren vamos a La Estrella, dicen que se pone bueno...
-Entiendo y ¿el tío? –Esthercita me saluda, sale con la abuela, a comprar dijeron.
-Y mañana a San Telmo, es verano y Pedro el indio organiza. Después, a eso de las once nos vamos a Almagro.
-¿Volviste a ver a Teté? -Silencio, interrumpido sólo por el agua que caía en el termo
-A veces en lo de José.
-¿Y el tío Negro? -insistí
-Hace años ... Le estaba prometiendo... Que hoy, que mañana. - Sorbe un traguito. Silencio
Se encoge de hombros y se mesa el pelo – Nunca más quiso ir a bailar ni esperar a que se me acabara la cuerda ... – se ríe, busca mi complicidad.
Pensé en el tío Negro, frío como un pescado dicen. A todos nos gusta la milonga pero la tía había sido siempre así, y el tío Negro y su familia... Flotan sin anclaje. Viven para la milonga y el levante. Esther se pasa los dedos por el pelo; y su mirada queda anclada en la espuma del amargo
-Un roce turbado, un candil envejecido, a gatas una pregunta y luego los brazos de un hombre con todas las promesas. ¡Después! ¿Qué importa del después? Así dice el tango, no?- Aprieta fuerte la manija de la pavita y camina hasta el sumidero. Quizá cree que puede elegir momento y lugar en la vida; los ojos de la tía se enturbian cuando tropiezan con una foto de Teté y ella, bailan. Quizá no está intranquila. Quizá me ha olvidado pero no, se vuelve hacia mí:
-Hay otra vida, ¿sabés? Adictiva y cautivadora, en la milonga...
Suena el timbre. La tía aprieta mi mano y sonríe, toreándole a la vida y al tiempo.


Acerca de la autora:  Ada Inés Lerner

Línea sucesoria – Héctor Ranea


—¿Cómo dijo?, ¿Kazka? ¿Entendí bien? —dijo el Dr. Furcis, el encargado de ablaciones.
—Efectivamente, soy el último de la serie.
—Según el anágrafe, además, es el único vivo.
—En efecto Kaaka murió en 1823 en una novela de dos centavos que escribió por encargue Flash Dickens.
—¿Cómo dijo?, ¿Flash Dickens? A ese aún no lo tengo.
—Es que publicó con pseudónimo. Eso. Escriba pseudónimo. No vaya a poner seudónimo que me viene la carraspera.
—Pero Kaaka murió hace mucho para nosotros, aunque no tanto para ustedes. ¿Lo conoció al famoso Kauka?
—Tío abuelo de mi abuelo. En los mentideros de la familia se dice que es tío por parte de la abuela. Hay un poco de cruces por eso.
—¿Y qué escribió? —cambió rápido el frente el Dr. Furcis como para forzar una contradicción.
—¿Kauka? Que yo sepa escribió un poco sobre el monóxido de carbono, sobre las manchas de estaño y una guía de restoranes de Praga. Se hizo famoso por un graffiti en la entrada de una posada.
—Me refería a usted.
—¡Ah! Perdón. Escribí una novela que quiere ser la continuación de América, del recontra-tatarabuelo Kafka.
—¿La tiene consigo?
—Ni loco la saco a pasear. Es peligrosa. Si la lee un desprevenido puede sentir demasiado terror. América es de terror, ¿sabe?
—¡Me lo va a decir a mí! —replicó casi con orgullo Furcis—. Estuve en todas. Pero en esa suya no lo recuerdo, le juro.
—Es que usted en esa continuación (no digo que no haya otras) apenas hace un papel de funámbulo dormido o sonámbulo y se cae a los dos capítulos de empezada la novela. 
—¿Muero y nadie me dijo nada? ¡Estos de la editorial son obscenamente crueles!
—Es que, en realidad, no lo hemos publicado aún. Está muriéndose.
—¡Acabáramos, muchacho! Bueno, supongo que mis últimas palabras serán: Gusto de haberlo conocido Mr. Kazka, saludos a Franz.
—Serán dados, pero me temo que por usted.
—Claro. Sí; claro. Tiene usted un gran sentido del humor.
—Heredado de Franz, por supuesto —contestó Kazka. Furcis ya se había excedido más allá de las últimas palabras, pero serían borradas de su archivo.
América seguirá navegando hasta que la publiquen: Kazka not dead.

Acerca del autor: Héctor Ranea

Arenga del Mariscal Zamudio al Octavo Ejército de soldaditos de plomo - Daniel Frini


Dirigió su ejército en veintiséis batallas, en cinco guerras. Las ganó todas. Recibió la Legión al Mérito, la Orden de Oro, tres veces la Cruz de Honor, cinco veces la Medalla al Valor en Combate. Fue nombrado Caballero de la Cruz de Hierro y Caballero de la Estrella Militar. Dejó el servicio activo con honores de Estado. Vivía alejado de la ciudad y de los juegos del gobierno. 
Hoy peleó la última batalla de su vida. 
Se encontraba en el sótano de la casona. 
Sobre la gran mesa en la que estaba maquetado el escenario del Some, uno de sus preferidos, esperaba su ejército: a la derecha, el Tercer y el Cuarto cuerpos ―doscientos cincuenta soldados de infantería y cinco piezas de artillería―. A la izquierda: el Primero y el Segundo ―trescientos soldados y ocho cañones―. Al centro, los ochenta integrantes de la Guardia Imperial y los ciento cincuenta combatientes del Sexto Cuerpo de caballería. Atrás, el Quinto de infantería, el Séptimo de Caballería y la Novena Guarnición de Artillería, con veintitrés cañones.
El Mariscal Zamudio vestía sus ropas de combate y cargaba todas sus medallas. Estaba reclinado, con sus nudillos apoyados en la mesa y los ojos cerrados. Todo estaba en silencio.
El viejo Winco carraspeó. En él giraba «La cabalgata de las Valquirias», del amado Wagner; en la versión de Furtwängler, de mil novecientos cincuenta. Apenas sonaron los chelos y tremolaron las maderas, el Mariscal habló:
―¡Soldados! ¡La hora del combate ha llegado! ¡Ustedes van a completar la obra más grande que el Supremo ha encomendado a los hombres: la de salvarnos de la esclavitud! ¡El día es hoy! No mañana, ni la semana próxima ¡Aquí y ahora! ¡En nuestra casa, en nuestro hogar!
Sobre la lluvia del disco, ascendió la escala de vientos y las cuerdas otorgaron una intensidad marcial. Fue como si se descorriese un manto de nubes, dejando ver a las Valquirias. 
―Camaradas de armas: ¡Somos invencibles! ¡Nadie nos negará, nadie nos desafiará, y nadie nos dirá quiénes somos, qué somos y qué podemos ser! ¡La derrota no está en nuestro credo! ¡La debilidad no está en nuestro corazón! ¡Tenemos agallas, tenemos huevos! ¡No hay cobardes entre nosotros!
Fagots, trompas, y chelos dieron paso al piano que creció hasta llegar al forte. Las Valquirias montaron sus caballos y galoparon hasta donde estaba el ejército. La progresión armónica tiñó el aire de misterio.
―Compañeros míos: ¡El enemigo que vamos a destruir, se jacta de treinta años de triunfos, de haber vivido apretando nuestras cabezas con su bota, pero no es digno de medir sus armas con las nuestras, que han brillado en mil combates! ¡El final de este día nos verá con nuestras espadas ensangrentadas o en la gloria de Dios!
La tonalidad cambió y se hizo más triunfalista. Las Valquirias celebraban y cantaban juntas. 
―Hermanos del alma: Subiendo esa escalera está el enemigo. ¡Carguemos contra él! ¡Derramemos su sangre! ¡Arranquémosle las entrañas y usémoslas para engrasar nuestras armas! ¡La Libertad será hija de ustedes! 
La música era impresionante. Todas las maderas hacían el trémolo, los fagots, las trompas y los chelos llevaban el ritmo de la cabalgata; las trompetas, los trombones y los contrabajos tocaban la melodía, con el acento marcado por los platos. Violines y violas dibujaban el ruido de los cascos de los caballos. 
―¡Soldados!: ¡Estoy orgulloso de comandarlos en esta lucha! ¡Mío es el honor de llevarlos al campo de batalla! ¡Conquistaremos aquello que no se ha conquistado! ¡Viva nuestra lucha! Octavo Ejército: ¡Armas a discreción! ¡Paso de vencedores! ¡A la carga!»
La espectacular escala descendente de las cuerdas acompañó el grito de las Valquirias. Los ojos de algunas de ellas estaban llenos de lágrimas. El resto, contuvo la respiración cuando el viejo héroe, blandiendo su sable, subió la escalera de tres en tres escalones. 
El Mariscal Zamudio perdió su última batalla. 
―¡Ah! ¡Ahí está el señor jugando a los soldaditos! ―dijo su esposa apenas Zamudio apareció en la cocina, con el sable en alto― ¡Dejá esa cosa antes de que te lastimes! ¿Dónde estabas? ¿Con tu glorioso ejército? ¡Hace dos horas que te llamé! ¡Andá a lavar esos platos!
El Mariscal bajó la cabeza, dejó la espada, se calzó los guantes de goma ―aún vestido de combate y con todas sus medallas en el pecho―, abrió el agua caliente, tomó la esponja, le puso un chorrito de detergente y tomó el primer cacharro sucio. Mientras, su mujer miraba la novela.
Las Valquirias desaparecieron, silbando bajito, apenas el brazo del Winco llegó al final del disco y el automatismo lo llevó a la posición de reposo. 
El Octavo Ejército de soldaditos de plomo ni siquiera se movió de la mesa.

Acerca del autor: Daniel Frini

sábado, 27 de septiembre de 2014

La basura que cayó del cielo – Guillermo Vidal


La costumbre de mandar la basura a la órbita y a viajar por el espacio terminó de manera imprevista cuando en todo el planeta llovieron desechos. El hedor era insoportable producto de la basura que caía en forma de lluvia constante sobre los techos desde el día anterior. Sin advertencia previa una mañana habían salido a la calle para encontrarse con montañas tapando las casas y los negocios estaban cubiertos de botellas de plástico vacías y papales de oficinas. “Reciclen” había sido el único mensaje recibido en todo el mundo enviado desde la órbita por naves de seres desconocidos. Luego descendieron maquinarias robóticas que procesaban y compactaban la basura y el siguiente mensaje fue: “Traigan la basura separada por materiales y dejara de caer sobre ustedes”. La resistencia fue inútil, cuando empezaron a reciclar disminuyó la lluvia de los desechos. Durante varios siglos la humanidad estuvo cargando basura hasta que un día los robots recolectores se alzaron de la tierra y se perdieron en el cielo. El último mensaje fue: “Ahora que limpiaron su casa pueden seguir jugando, cuiden o volveremos”.

Sobre el autor: Guillermo Vidal

Memoria – Patricia Nasello


—Desde entonces escribo —dice, obviando el saludo.
Entonces es ayer, cuando el médico aconsejó anotara los datos básicos de su vida para “demorar la enfermedad”.
Muestra con orgullo la breve lista.
País, Argentina
Escuela primaria, Carlos Paz
Luna de miel, Bariloche
De pronto recuerdo a Macondo y la terrible epidemia del olvido. Macondo me relaja y abro las manos que no sé desde cuándo tenía cerradas en puño.
Su letra ha cambiado. Falta poco para que entre de modo definitivo en algún mundo dentro de su cabeza donde yo no exista. Llegado ese momento, seré quien escriba para recordar. Pondré una nota que diga Mamá al mantel de la cocina, Mamá a los tapices que bordó, Mamá a la caja donde guarda desde mis primeros dibujos hasta la libreta de la Facultad. Colocaré una nota que diga Mamá al portafolios de papá: ella lo puso sobre la cama cuando él murió, contra la almohada, donde papá apoyaba la cabeza.
—Desde entonces escribo para no desconocerla —diré.

Sobre la autora: Patricia Nasello

Trompas de Falopio - Raquel Sequeiro




Las mal llamadas trompas de Falopio sobre las que descansaba le parecieron raras. Era vano saber que con eso habían construido un sofá -desde la última colonización aprovechaban cualquier víscera para hacer juguetes u otros enseres del hogar-; y pensar que estaba sentado sobre esas… trompas… argg… lo mismo le hubiese dado que fuera un pulmón.
-Número 17.
-¿Sí? –dijo, y se levantó.
-Aquí tiene a su bebé, y no lo pierda o tendremos que utilizar su caja torácica, la de usted, Alberto Salvador Muelle, porque no nos hacemos cargo de ojos que se salen de las órbitas; ya le dijimos… habitación 116.
Me disculpé con la enfermera por haber dejado a mi vástago a merced de trabajadores de intestino, cuando necesitaba un perito oftalmólogo.
-¿Cómo está el niño? –preguntó mi mujer al llegar a casa.
Sibilinamente me acerqué a la nevera, cogí mi merienda y me puse a merendar; si le cuento que, además de mi nervio ciático, he perdido los nervios ópticos de nuestro hijo, me manda a vivir con el vecino de corazón hidráulico de la casa de enfrente.


Acerca de la autora:  Raquel Sequeiro

domingo, 21 de septiembre de 2014

Antiguo aforismo – Ana Caliyuri


Ella pensaba que algún día la mandaría a llamar Herácito, Sócrates o Platón para felicitarla. Había visitado varias veces el mentado Templo de Apolo en Delfos donde rezaba la inscripción: “Conócete a ti mismo” atribuido a varios sabios antiguos. Eufemismo puro; en verdad nunca conoció tal lugar pero si descubrió lo mejor y peor de sí misma. Ella era un trozo de fragilidad envuelta en silencios y un retazo de fortaleza labrada por fuego antiguo. En definitiva esto de conocer la balanza que pesa dentro de uno mismo es trabajoso. Pero conocer los propios límites y la ilimitada ignorancia es todo un desafío. El reto de saberse ignorante, aún diezmando esa condición cada día, es una de las tareas más difíciles. Hay menesteres factibles de ser aprendidos y aprehendidos, pero el tiempo es finito para cada uno de nosotros: guerreros anónimos de ideales perdidos. Sin embargo, ella a fuerza de soñar siguió pensando que algún día la mandarían a llamar para reconocer en sus zapatos ese antiguo aforismo.

Acerca de la autora: Ana Caliyuri

El Gol de los Tiempos - Héctor García


De todas las barbaridades que se han dicho sobre el fútbol, Alexei Semionov, pensador ruso y jugador de principios del siglo XX, planteó algunas de las más curiosas acerca de la razón de ser de este deporte tan festejado por niños y adultos. En uno de sus más olvidables ensayos, gestado presumiblemente durante su breve y funesta campaña como líbero del Dínamo de Moscú, afirmaba haber llegado a la conclusión de que "Dios ha colocado sobre las frágiles espaldas de los hombres la solemne responsabilidad de mantener el equilibrio del Universo entero sosteniendo cierto número de encuentros futbolísticos hasta el Día del Juicio. Y los hombres, ignorando este asunto, debemos limitarnos a divertirnos (o ganar dinero, según corresponda) jugando. Así, hemos de saber que todos los partidos habidos hasta el día de la fecha han resultado como resultaron porque, de haber resultado de otra forma, probablemente hoy no estaríamos contando el cuento.
"Entendamos que lo que hay aquí de fondo es, básicamente, un paralelismo entre balones de fútbol y partículas subatómicas. Cada partícula tiene su propósito sagrado en la Naturaleza, y lo mismo ocurre con las pelotas de fútbol. Así como los electrones orbitan alrededor de los núcleos atómicos gracias a la extraña confabulación de leyes en extremo complejas, las pelotas en los estadios siguen trayectorias de difícil predicción debido a la presencia y las acciones, siempre causales aunque a veces se las crea azarosas, de aquellos que ofician como jugadores.
"Vamos a detenernos un poco en este punto. Imaginemos por un instante que, en un determinado momento y en un determinado lugar del Universo, uno solo de los trillones de trillones de electrones que han de existir recorre un camino que no está destinado a recorrer. Las consecuencias serían, como mínimo, catastróficas. La realidad se vería obligada a adaptarse a este evento de tal manera que todo cambiaría abruptamente: la duración de los días en Yakutsk, la aceleración de la gravedad en Toulouse, el punto de ebullición del agua en Realicó, el período de gestación de los elefantes africanos, los procesos sinápticos de la mosca de la fruta, la química a base del carbono y tantas otras cosas dejarían de ser lo que hoy son por causa de esta modificación no prevista. Tengamos en claro que, en algunos casos, es posible que ningún tipo de vida resulte compatible con hechos de esta clase, lo que daría como consecuencia un Universo triste y carente de testigos.
"Algo similar ocurre con la pelota de fútbol. Este proyectil de cuero exalta y conmueve a las masas no solo por la pasión que despierta el juego en sí, sino además y principalmente porque la gente, aunque inconsciente de ello, intuye que hay algo especial y determinante en sus movimientos hipnóticos y en sus rebotes inesperados. Una finta que no debió ser o un tiro libre ejecutado fuera de ese guión definido por reglas que no comprendemos porque ni siquiera imaginamos que están allí, y todo se acaba. Todo.
"Pero dejemos un poco de lado estos razonamientos trágicos y pensemos que, así como nuestro electrón no irá de excursión porque sí a las Montañas Rocallosas en lugar de quedarse tranquilo junto a su núcleo de carga positiva, la pelota de fútbol no entrará en el arco si no es ese su destino, y las cosas seguirán siendo como siempre las conocimos. Una consecuencia llamativa de esto es que absolutamente todo lo que vemos en un partido, incluso sucesos tan nefastos como una expulsión o un penal mal cobrados, tienen su razón de ser y, de hecho, es preferible que así sean si deseamos continuar con nuestras vidas cotidianas.
"Advirtamos, además, que esta visión del fútbol explicaría por qué sus protagonistas son considerados con frecuencia titanes de la Humanidad, mientras que otros miembros de la sociedad que, en principio, merecerían con creces gozar de dicho título, logran alcanzar un grado de notoriedad más bien exiguo. Nuevamente, esta idolatría es puramente intuitiva: el hombre promedio no adivina ni por asomo que venera al futbolista ni más ni menos que por su rol de guardián de la realidad de la que forma parte."
Al margen de lo que podamos decir acerca de los conocimientos científicos y religiosos de este filósofo de potrero, los pocos que se han interesado en su vida concuerdan en que sus teorías son cuanto menos llamativas. Por un lado, otorga a acontecimientos como el Maracanazo un sentido muchísimo más profundo del que suponemos que tienen, y por otro no duda en aceptar ciegamente los arbitrajes decadentes como ladrillos imprescindibles de la realidad que percibimos. En el ocaso de sus días, completamente pobre, solo y víctima de delirios místicos, mantenía incansablemente que el Mesías "volverá como jugador de fútbol y será el único capaz de violar los libretos divinos preestablecidos, al convertir un gol tan magníficamente glorioso que todos comprenderán al instante que el Apocalipsis habrá comenzado."
Una aguda enfermedad del corazón envió a Semionov derecho a la tumba siendo relativamente joven, y dejando a sus escasos seguidores la ardua tarea de hallar, entre todos los habilidosos del balompié que nos entrega esporádicamente la Historia, a Aquel que señale el Fin de los Días. Hoy, varios años después de su muerte, algunos de sus discípulos esperan con impaciencia la inminente venida del Rey de Reyes y su Gol de los Tiempos, mientras que otros opinan que el Elegido ya llegó, anotó y nos condenó sin que nos percatáramos de ello. Un tercer grupo, cada vez más numeroso, ha dado a luz la novedosa idea de que existen, en verdad, no uno sino varios Mesías capaces de cambiar el curso de nuestras vidas sin más herramientas que sus gambetas ineludibles y sus jugadas maravillosas. Sea cual fuere el caso, queda claro que el fútbol seguirá emocionándonos hasta el delirio por los siglos de los siglos.

Acerca del autor:  Héctor García

Locura - Paula Duncan


Hacia bastante frío esa noche; Juan se encontraba cavilando frente a la ventana admirando un cielo estupendamente helado, tanto que hasta la luna y las estrellas parecían adornos de hielo.
Pensaba, como puede ser que existan días tan áridos e insustancialmente planos sin una sola cuota de imaginación.
Desde que se levantó esa mañana sintió un estado preocupante de normalidad absoluta; todo encajaba perfectamente, la hora en que dejó la cama, el llamado que recibía casi todos los días a la misma hora, las noticias que a la tercera repetición dejaron de importarle; hacia el mediodía se sintió absorber en la centrífuga rueda de lo habitual, la cotidiana rutina lo dejó sin pensamientos propios, sin aire, sin nada, y su cuerpo comenzó a cobrarle peaje; primero un leve mareo, después un poco de náuseas lo obligaron a quedarse quieto frente a la TV para no caer en pánico y sentir la absurda sensación de compañía, pero la verdad era que estaba solo; muy solo con su arma más poderosa obturada por la normalidad de un día común, después vinieron los vómitos y el malestar general lo obligó a descansar un rato.
Al ir cayendo la tarde sobrevino el sentimiento de pérdida; el estómago ya estaba tranquilo, sus mediciones en orden y en su cabeza un hermoso caos; trato de dejar de lado la habitualidad para salvar al menos unas horas; pero la muy ladina se le había enroscado hasta en su sombra, y aunque estuviera seguro que no era ese el camino, abandonó por esa noche la pelea y tomando el último trago de su copa frente a la ventana se fue a dormir.
Al meterse en la cama tibia, tomó conciencia que no resistiría un dia mas así gris y anodinamente normal; que debería sacarse la gelatinosa rutina de encima al menos por un rato.
Casi quedándose dormido decidió que diariamente haría uso de una cuota de esa locura que lo convertía en un ser especial, y que además le permitía estar sanamente loco …

Acerca de la autora: Paula Duncan

jueves, 18 de septiembre de 2014

La manicurista - Jaime Arturo Martínez






Un corazón es tal vez algo sucio.
Pertenece a las tablas de la anatomía
 y al mostrador del carnicero.
Yo prefiero tu cuerpo.
Margarite Yourcenar

Ayer cumplí cuarenta años. Antes de dirigirme al trabajo, me senté frente a la playa y me vi como cuando era niña. Quería ser bacterióloga como la señora vecina y amiga de mamá. También quise ser cantante. Mejor dicho, quise ser muchas cosas…Desde los diecisiete años me desempeño como manicurista y hoy trabajo para los huéspedes de un hotel de lujo que está frente al malecón. Vivo con mi madre, que se ocupa de la casa. Ella empieza a preocuparme, porque ahora lo olvida todo y anda desgreñada. Ella antes no era así. No conocí a mi padre y mamá nunca lo menciona. Cuando niña le inquiría por él y siempre me respondía lo mismo: que debía de estar en el infierno.
Me gusta mi trabajo. Allí, conozco gente nueva todos los días. Mientras les presto mis servicios, les escucho sus historias o les hablo de la ciudad. Disfruto este ambiente, limpio, adornado y elegante.
Me gustan los hombres. Son la razón de mi vida, tanto como lo es mamá. No prefiero un tipo especial. Me impresionan los alemanes y los gringos por sus cuerpos enormes y sus cabellos rubios, como también el talante de los italianos, los franceses y los argentinos, que se hospedan aquí. A cientos de ellos me los he llevado a la cama. Los elijo entre los clientes más hermosos. Los elijo por sus manos nervudas, fuertes y grandes. Mientras les arreglo las uñas, percibo el olor de sus cuerpos, el brillo de sus ojos, los dejos de sus voces y entonces, llegado el momento de la elección, toco sus pies con mis pies, levanto un poco mi falda y entreabro mis piernas. Me emociona ver su turbación y el temblor de sus labios.

Cuando concluye mi labor los llevo hasta mi casa, a mi cuarto, allí les inundo de besos el rostro, los desvisto, lamo sus mieles y me rindo plena a sus armas desenfundadas. Ya satisfecha les doy un sitio en la memoria y me duermo feliz.


Acerca del autor:  Jaime Arturo Martínez

La cuerda – Ana Caliyuri


Recosté la cabeza sobre la almohada. Me cuesta conciliar el sueño sobre ese matete de gomaespuma. Mañana iré de compras, necesito un almohadón de plumas. Deseo volar con la imaginación, pero estoy presa de una mirada. No puedo decirle a nadie que me siento observada: en apariencia vivo sola. Mis vecinos suelen escucharme gritar por las noches, es más, alguna vez he revoleado por la ventana a ese ridículo muñeco vestido de payaso. Por las mañanas me levanto temprano para ir en su busca. Él, está despatarrado en la vereda. Los pelos arremolinados de todos colores me causan gracia y a su vez ternura. Jamás develaré aquello que me dijo una loca gitana; no sé si creerle o no, pero por las dudas no me deshago del muñecote. Cada cual tiene su meta y también su mitad. Hace tiempo que huí del escaparate. Soy algo más que un clon que sabe hechizar. Confieso que a él lo conocí durante el traslado. Cruzamos algunas miradas pero fuimos a parar a tiendas diferentes. No pierdo las esperanzas: aunque se le rompió la cuerda tal vez camine hacia mí…

Sobre la autora:  Ana Caliyuri

Connotativo como un listado de palabras - José Luis Velarde




El director de prestigiada agencia de espionaje institucional se topó con una lista que aparentaba carecer de sentido. Era un conjunto infinito de grupos de siete palabras sin relación aparente que no fuera el azar. El investigador probó, uno tras otro, diversos procedimientos para descifrarlas sin resultado alguno. Fallaron los lingüistas, los traductores y los síquicos tanto como los programas computacionales capaces de combinarlas y obtener interpretaciones lógicas basándose en los significados semánticos y connotativos.
Meses después acumulaba tanto desencanto y frustración que cometió un descuido inusual. Expuso un grupo de siete palabras a un compañero que solía escribir cuentos y no participaba en el proyecto.
El tipo observó un rato las palabras del Grupo 71.
“recuperar - observaba - último - instantáneo - complejo - plan – cierto”
Luego comenzó a escribir.
“Observaba un plan complejo para recuperar códigos secretos con un ardid instantáneo. No será lo último de la moda, pero podría ser cierto”.
El desencriptador escribió entonces:
“Un conocimiento instantáneo puede ser complejo y cierto. Esto lo supe mientras observaba un plan destinado a recuperar el último desencriptamiento realizado por un compañero de mi equipo de trabajo”.

El amante de los códigos secretos supo entonces que la misión acometida era imposible y que jamás sabría los significados. A cada grupo de siete palabras podría corresponderle desatar la imaginación de cada hombre dedicado a la escritura, pero también la de aquellos que nunca se habían propuesto practicarla hasta generar una cantidad inaudita de interpretaciones.
¿Y qué pasaría de usar 11, 563, 937 o cualquier número primo como el 7 para establecer los grupos de palabras?
¿Y si el misterio se escondiera en los números pares y no en el señuelo puesto a su alcance?
Las conclusiones obtenidas en cada caso eran tan subjetivas como el razonamiento humano.
El creador del listado infinito era también el creador de un método creativo para describir cada una de las partes que constituyen el universo.
Nombrarlas era una tarea divina.


Acerca del autor:  José Luis Velarde

sábado, 13 de septiembre de 2014

La brújula herida - Daniel Frini


De haber sabido que esa era la última vez que la veía, hubiese guardado el enojo y le hubiese dicho cuánto la amaba. Ella hubiera sonreído y soltado la manija de la puerta. Pero no. Ella salió del bar y dobló a la derecha. 
Durante los treinta y ocho años siguientes, hasta su muerte, lo persiguió la imagen de un mechón de cabello movido por el viento; que fue rubio, al principio, y que, sobre el final de su vida, era casi como un trazo de caligrafía china. 
Un año después del episodio del bar, lo buscaron para un trabajo, con la promesa de un diez por ciento, y le dieron una Smith & Wesson. Su inexperiencia le costó un guardia, un policía y veintidós años en prisión. En alguna pelea, perdió la vision del ojo derecho y la movilidad de la pierna izquierda. Cuando salió, viajó al sur, a trabajar como peón en una estancia, cerca de Coronel Gregores. 
La lloró una y mil noches. Algunas veces la amaba; las más, la odiaba. Nunca más supo de ella. 
Murió un anochecer, entrando al invierno.

Acerca del autor: Daniel Frini

Emigrantes – Ada Inés Lerner


Nos detenemos antes de entrar al fango de aldeas situadas frente al flanco violento de la montaña. Antes de descender de las naves los científicos y navegantes mismos no aconsejan a los emigrantes establecerse allí porque los vientos son inestables, directos y complejos y por los mismos vientos que soplan en diferentes direcciones se forman dunas lineales longitudinales. Los proyectos mágicos de los futuros pobladores se convierten en sueños caóticos por el frío, el miedo y el viento que dilacera las carnes. Nuestra inmediata obligación es alertar a los pobladores sobre la vana apariencia de un desierto viscoso color del fuego. Esta tierra es impredecible y ellos tienen la inmediata obligación frente a la contradicción razonable de no caer en la vana experiencia y fatigan los campos en busca de árboles incesantes de hojas desconocidas. Hay un grito inconsolable de un pájaro que los alerta del clima tormentoso. Y si, hay raíces, verdes, germinación, ramas, troncos, campos para arar, semillas; sembrar, cosechar serán preocupaciones constantes para los hombres. Buscar bosques, sombras, luces, reflejos, gorgojos, agua, y todo aquello que significa alimento y protección para los suyos. Nuestra nave sigue su periplo buscando nuevas tierras para otros emigrados del Apocalipsis.

Sobre la autora:  Ada Inés Lerner

Historia de Cecilia - Marco Tulio Cicerón




He oído a Lucio Flaco, sumo sacerdote de Marte, referir la historia siguiente: Cecilia, hija de Metelo, quería casar a la hija de su hermana y, según la antigua costumbre, fue a una capilla para recibir un presagio. La doncella estaba de pie y Cecilia sentada y pasó un largo rato sin que se oyera una sola palabra. La sobrina se cansó y le dijo a Cecilia:
-Déjame sentarme un momento.
-Claro que sí, querida -dijo Cecilia-; te dejo mi lugar.

Estas palabras eran el presagio, porque Cecilia murió en breve y la sobrina se casó con el viudo.

Acerca del autor:  Marco Tulio Cicerón

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Espacio patafísico - José Luis Velarde


Altura para distanciarme de ti es lo que necesito. Bastará siempre y cuando no repliques mi rumbo. En algunas posibilidades tendré que desplazarme en otras direcciones. Arriba, abajo, hacia los lados. En realidad no me importa hacia dónde; siempre y cuando sirva para restablecer la soledad donde me encontraba antes de conocerte. Decir altura no tuvo intención ofensiva ni aires de superioridad. Pude haber dicho que necesitaba ir hacia el norte o a un infinito confín de la galaxia. Pude emprender un descenso hacia las profundidades de mi sinrazón para dejar claras mis intenciones de abandonarte sin añadir lastimaduras, porque supongo que todas las ausencias duelen. Tal vez pronuncio demasiadas pistas en vez de partir en silencio como lo hacen aquellos que se alejan para siempre.
No pretendo emprender un movimiento rotativo, apenas anhelo marcharme seguro de que no voy a regresar. Debería descubrirme seguro de mis pensamientos y no logro romper el encantamiento que me mantiene aquí. Es como encontrar las tres dimensiones repletas de tus imágenes. No todas duelen y mi semblante ajado titubea al descubrirme festivo en otras realidades. No son las escenas más abundantes, pero más allá de las ocasiones enturbiadas por la tristeza, la rabia o los malos entendidos predomina la calma. Me pregunto si huyo de la paz, pero me respondo que puede ser tan nociva como los combates emprendidos en nombre del amor. Afirmo y desmiento con un afán más creativo que demoledor. Pospongo la ausencia. Te nombro y pienso en la altura que necesito para aproximarme a ti.

Sobre el autor: José Luis Velarde

Naufragio etéreo - Ana Caliyuri


En mi memoria desdibujada aparece una frase de Constancio C. Vigil “Hay una especie de avaricia honrosa, y es la de las palabras.”
Es imposible poseer todas las palabras, mas si así fuese, siempre las entregaría perfumadas con la fragancia que devela mi alma.
¿Desnudarnos? No es necesario, pues nunca me he vestido con ellas. Ellas llegan desnudas a mí, y así como han nacido, en el más puro manantial primigenio, así las amo. Siento que es un acto de amor entregarlas desmesuradamente.
Pues bien, a mi manera… déjate llevar por la cristalina luz que lentamente corroe la impureza, quédate a merced del tifón del preciado tesoro que goza con su entrega.
Así de simple gorjea el alma con la ribera de las constelaciones de la imperfecta lengua, esa lengua que socava con su lava los misteriosos resuellos de un perfecto ensueño.
Mas. quizá es bueno saber, que una ventana abierta jamás devela el universo, hay que ir más lejos…
Me sumerjo en las profundas aguas de los misterios. Desentrañar cada uno de ellos es el goteo necesario para rozar la mar y su eterno movimiento.
Todos somos en sí mismos un Merlín por descifrar o si prefieres trata de ver en mí la bravura de la mar y el remanso de las arenas, o compárame delirantemente con las espumas de las cuales nació Afrodita, o tan sólo simplemente piérdele el respeto a tus viejos ojos, ya casi ciegos, y envuélvete en las pupilas de un soplo intenso. Voluptuosa es la sensación cuando un chasquido de luna se apodera del deseo hasta colapsar con el reflejo de dos frente a un mismo cielo. Sin embargo ,el amor nace del absurdo, del vendaval azul inesperado que nos reconvierte. Luego somos orfebres del Apocalipsis del cuerpo, algo así como morir en suspenso para renacer etéreos. La diferencia entre un juego y el magno sentimiento,es que en el juego el amor se adjetiva y en el magno sentimiento cobran vida los verbos. Derramar , azuzar, inspirar, expirar, paladear, sustentar, bramar, enervar, agonizar, acariciar, arrullar y tantísimos más para que el corazón con su río de fuego cruce todos los límites del cuerpo.

Sobre la autora: Ana Caliyuri

Sobre la clonación. Un encuentro con Fansi Carlon — Cristian Cano


—¿Cómo hacemos para terminar con esto? —dijo Fansi Carlon— Siempre venís y te hacés el que está todo bien. No está todo bien. Todo lo contrario
—Confío en que los lectores van a participar de su verdad. Está expuesto, pero a pesar de su postura, la gente va a saber entenderle. De ahí a que apoyen semejante locura, es otra cosa.
—No me cambies de tema —dijo el científico—. Soy lo que soy y si no tenés los huevos para darte cuenta que intento terminar lo que se debe, no me recrimines. Insisto en eso. ¿Por qué nos seguimos encontrando en este bar andrajoso?
—Intento saber por qué está en contra de la humanidad —le dije—. Todavía creo que podemos llegar a un acuerdo. Estoy dispuesto a volver con usted. A ayudarlo en el instituto.
—No me vengas con idioteces. Nadie va a confiar en tu palabra. No tengo nada que decirte al respecto. ¿Para qué me hiciste venir? Mi tiempo vale oro.
—Retráctese, doctor —le dije, y el hombre detrás de la barra se mostró impaciente. Después me di cuenta de algo fundamental. Los empleados eran otros. Fansi Carlon estaba recobrando sus influencias. Una situación que muchos deberían saber—. Puede que todos hayan olvidado lo que pasó en el instituto, pero eso no lo desliga de su compromiso. Aparte, me debe unos cuántos años de vida. Eso no tiene valor.
—Escuchame —dijo corriendo su café hasta el centro de la mesa—. La próxima vez que me quieras ver, es muy posible que no esté disponible —se levantó de la mesa—. Estoy cansado de ver cómo los escritores de mala muerte te manipulan en mi contra. Tengo cosas más importantes que hacer.

Sobre lel autor: Cristian Cano

Inteligencia versus fe - Guillermo Vidal




Movió el vaso y el sonido seco al golpear contra la madera de la mesa lo sobresaltó, una imagen borrosa le vino a la cabeza, como si una pieza en el tablero se hubiera desplazado hacia el final de una definitiva batalla. El no sabía jugar a nada que estuviera contenido en un tablero, lo angustiaban esas celdas apretadas donde se ajustaban las piezas y los rígidos movimientos a las que estaban sometidas. Conocía las reglas y eso era todo. El otro apareció como si se materializara de la nada en la puerta del local. No lo había notado por la misma razón que su imagen en el espejo no lo sacaba de su humor ensimismado.
Parvis Onion y Bermín Dujardan se encontraron a las cinco de la tarde en el bar interregno. No eran parientes o gemelos separados al nacer, ni amigos o amantes, tampoco socios. Aunque si estaban estrechamente relacionados, tanto que eran la misma persona viviendo en épocas y mundos diferentes. Sus vidas estaban separadas por siglos, creciendo en especies, culturas y costumbres trabajando sin ninguna conexión.
—Siempre tuve la sensación de que una parte mía pululaba en alguna parte del cosmos, en otro tiempo y lugar, reencarnando por algún tipo de orden divina.
—No soy una vida pasada, ni dios alguno nos hizo esto. Somos un experimento de la psique cósmica, seres evolucionados tecnológicamente que se dedican a engendrar individuos y probarlos en diversos entornos es su deporte favorito, ensayo y error es también práctica común entre los señores galácticos. La ciencia más desarrollada no solo se confunde con la magia, también con la fe.
—Si es tan azaroso el devenir, no entiendo a que viene este encuentro, ¿otra casualidad en esta corriente fortuita?
—El motivo es el juego.
Otra pieza se movió hacia el destino fatal, Dujardan tragó saliva y contuvo la respiración, no quería escuchar lo que Parvis tenía para decirle, y sumar desazón a su ya vapuleada fe.
—Una apuesta miserable de todopoderosos hastiados de su omnipotencia. Fuimos veintitrés copias en el tablero
Dujardan sintió que se le congelaba la sangre en las venas, además de la ingrata impresión de que las gotas frescas que le poblaban la frente se transformaban en perlas frías desparramándose sobre la mesa y exponiendo su fragilidad.
—Y solo quedamos nosotros dos.
—No quiero saber.
—Lamento decepcionarte, tu interés no es algo que importa.
—No me imagine que pudiera ser tan cruel en ninguna versión de mí. Si se trata de luchar entre nosotros, me niego.
—No, se trata de caer en la cuenta que se aburrieron del proyecto y nos olvidaron.
—¿Podemos volver a nuestras vidas?
—¿Es todo lo que se te ocurre ante semejante revelación? No se ocurrió que ninguna versión mía fuera tan poco inteligente.
—¿Y cual es la ventaja de tanta perspicacia, la amargura?
—Me preocupa no saber cual es nuestro lugar en el cosmos, estamos lanzados al vacio, sin saber que hacer de nosotros.
—Tengo un par de ideas, voy a empezar por tomar el café con leche, ya que el interregno invita, después voy a revisar la carta, lo demás puede esperar.
—¡Superficial!, yo quiero lo mismo —dijo Onion al mozo que se acercó a tomar el pedido mientras cavilaba que, a pesar de no ser tan inteligente, a veces la fe de su símil tenía sus ventajas.


Acerca del autor:  Guillermo Vidal

jueves, 4 de septiembre de 2014

Trágico - Paula Duncan


Sube al tren, se sienta y con los ojos cerrados piensa, ¿me estará esperando?
Una vez a la semana; ella se escapa: de la rutina, de su casa, del trabajo, y marcha a verlo, no importa la distancia, en el viaje sueña, con sus besos, con su piel y su mirada, porque cuando se cruzan sus ojos; miles de estrellas estallan, verde esmeralda la suya, la de él, de noche clara, siempre encendida, sus ojos son dos brasas que desatan los deseos, cuando sus brazos entrelazan, y comienzan a besarse …, por la ventanilla, ve como la tarde pasa, sabe que antes del amanecer, el sueño se acabara, y cual cenicienta deberá volver a su casa, con el aroma de él, aun pegado a su espalda y deberá parecer que nunca a pasado nada, poco habla, poco dice, esquiva la mirada, hay que trabajar; y en eso esta concentrada, pero en su interior hay recuerdos apilados, esos que nos da el amor después de haberlo dejado y su corazón se escapa, y corre por los tejados, y en un golpe de brisa, vuelve a estar a su lado, y así tan distraída la calle va cruzando.
¡Detente! Gritan a voces los que caminando marchan, piensa un momento, y mira sin ver para los dos lados. ¡No cruces!, pero ella con él esta hablando, y no escucha los frenos, ni sabrá lo que la ha golpeado, sólo sabe que por fin, no deberá marcharse jamás de su lado...

Sobre la autora:  Paula Duncan

Artritis - Fernando Andrés Puga


El chirriar de las bisagras me recuerda el de mis articulaciones. ¡Ufa! Tendré que seguir la recomendación del médico y empezar a hacer los ejercicios que me indicó. No sea cosa que sea cierto lo que dice y empiecen a aparecer dolores en los huesos cada vez más intensos. ¡Ufa! Si no cambio hasta puedo terminar postrado. Ni siquiera levantarme para ir al baño. Se mojarán las sábanas, tendré que tener una asistente que me ayude... En fin, sin duda será un verdadero engorro, ¡y qué humillante! Desde luego ya no podré venir a la oficina y la idea de delegar en otro el manejo de la empresa me saca de quicio. Sería tremendo. Si son una manga de ineptos; buenos para nada. Se irá todo al carajo y junto con todo mi buen nombre.
El gimnasio de la esquina parece bueno. Tienen que tener algún especialista que se dedique a problemas como el mío. Sí, podría probar. O si no un personal trainer, solo para mí, sin hacer mucha alharaca, en las horas libres. Acá mismo, en mi despacho. Mmmm.... Sí, creo que va a ser lo mejor. Ya mismo me ocupo; en cuanto termine con este infeliz que se me plantó acá delante del escritorio vaya uno a saber para qué. Seguro que quiere un adelanto. ¡Mirá si voy a estar para adelantos!
—Hola, Bermúdez. Antes que empiece quiero avisarle que está despedido.
—Pero, señor. Yo sólo venía a traerle el informe que me pidió.
—¡Ma'qué informe ni informe! ¡Andate de una vez querés! Y cuando salgas ¡tratá de no hacer chirriar la puerta! Gracias.

Sobre el autor:- Fernando Andrés Puga

La guerrita perdida – Guillermo Vidal


Se da cuenta doblada sobre el sanitario que no tiene para reclamar ninguna soberanía sobre su cuerpo. Se siente usurpada por invasores que deciden sobre su organismo y ella atrapada en una isla lejos del continente no puede recibir ayuda a pesar de los reiterados pedidos de ayuda. Nunca debió lanzarse a esta aventura. Sucesivos sueños dejados atrás convergen en el estomago y la golpean sin piedad atrofiándole los sentidos con un punzante dolor, de allí una catarata de fluidos desborda por todos los esfínteres, algunos incluso que no sabía que estaban allí. Se dobla en noventa grados sobre si en un vano intento de aliviar los retorcijones, después en ciento ochenta y alcanza los trescientos sesenta convirtiéndose en un carro hidrante humano. Sale del baño trastabillando cuando cree superada la peor parte y con la poca lucidez que le queda alcanza a ver en el horizonte de la conciencia un frente de tormenta que avanza sobre su conciencia y borra cada palabra memorizada, y se avizora con la mente en blanco justo en el instante en que le profesor le dice: “¿Qué tema eligió?”. Las Malvinas, repite de manera mecánica como si fuera la boca de alguien más pero solo recuerda a Meryl Streep que ganó el óscar por la dama de hierro y en el milagro de su actuación que logró convertir una yegua en un personaje humano pero los burros que comandaban de nuestro lado no sufren la misma transformación. No parece suficiente para aprobar el examen. Esta perdida como aquella guerra, es de lo único que está segura.

Sobre el autor:  Guillermo Vidal

sábado, 30 de agosto de 2014

Intervalo de cinco minutos - Francis Picabia



Yo tenía un amigo suizo llamado Jacques Dingue que vivía en el Perú, a cuatro mil metros de altitud. Partió hace algunos años para explorar aquellas regiones, y allá sufrió el hechizo de una extraña india que lo enloqueció por completo y que se negó a él. Poco a poco fue debilitándose, y no salía siquiera de la cabaña en que se instalara. Un doctor peruano que lo había acompañado hasta allí le procuraba cuidados a fin de sanarlo de una demencia precoz que parecía incurable.
Una noche, la gripe se abatió sobre la pequeña tribu de indios que habían acogido a Jacques Dingue. Todos, sin excepción, fueron alcanzados por la epidemia, y ciento setenta y ocho indígenas, de doscientos que eran, murieron al cabo de pocos días. El médico peruano, desolado, rápidamente había regresado a Lima... También mi amigo fue alcanzado por el terrible mal, y la fiebre lo inmovilizó.
Ahora bien, todos los indios tenían uno o varios perros, y éstos muy pronto no encontraron otro recurso para vivir que comerse a sus amos: desmenuzaron los cadáveres, y uno de ellos llevó a la choza de Dingue la cabeza de la india de la que éste se había enamorado... Instantáneamente la reconoció y sin duda experimentó una conmoción intensa, pues de súbito se curó de su locura y de su fiebre. Ya recuperadas sus fuerzas, tomó del hocico del perro la cabeza de la mujer y se entretuvo arrojándola contra las paredes de su cuarto y ordenándole al animal que se la llevase de vuelta. Tres veces recomenzó el juego, y el perro le acercaba la cabeza sosteniéndola por la nariz; pero a la tercera vez, Jacques Dingue la lanzó con demasiada fuerza, y la cabeza se rompió contra el muro. El jugador de bolos pudo comprobar, con gran alegría, que el cerebro que brotaba de aquélla no presentaba más que una sola circunvolución y parecía afectar la forma de un par de nalgas...


Acerca del autor:  Francis Picabia



Beso y la ciudad - Héctor Ugalde


El ciudadano se asombra de ver una larga fila. Sigue la cadena de personas y encuentra que todos están formados para probar suerte y besar a la Bella Durmiente.
Una multitud está reunida para presenciar tan extraordinario suceso. Hay cámaras de televisión y reporteros de otros medios cubriendo el evento.
Algunos avispados aprovechan para vender y ofrecer sus productos. Camas, colchas, batas, piyamas, pantuflas... ahora está de moda parecer dormido. También hay lociones relajantes, cremas humectantes para los labios resecos y otros artículos diversos, sin faltar por supuesto las camisetas con una gran variedad de leyendas.
Uno a uno van entrevistando a los candidatos hurgando en su vida para ver sí encuentran datos jugosos que aviven más el espectáculo.
Finalmente, después de varios días, se termina el interés y todo mundo vuelve a sus labores. Queda un reguero de basura y en el centro la mujer dormida.
El ciudadano, aquel del inicio del relato de los hechos, no se ha ido, ha quedado prendado de su belleza. Se acerca y la besa.
La Bella Durmiente despierta y le sonríe.
Se toman de la mano y se alejan en el atardecer...
Nadie ha visto esto, ni siquiera yo, porque el amor es un acto privado entre sólo dos...

Sobre el autor: Héctor Ugalde

Karma - Silvia Milos


El prototipo C H 2 estaba listo para entrar al edificio. Tenía el olfato mil veces intenso que los humanos 1, y sus orejas recibían ondas de baja frecuencia capaces de captar hasta la más mínima respiración. Subió de cinco en cinco los escalones, saltó entre los escombros y alcanzó el tercer Nivel en tres segundos, uno por piso.
Luego se detuvo, una fracción de tiempo incontable para hacer un paneo absoluto parado frente al departamento. Divisó a través del humo y de las llamas el cuerpo de un humano en el suelo , y de dos simples perros, sin genes H estaban aterrados, casi al borde del desmayo. Dudó, antes de levantar a los animales hizo un llamado por el sonar, alertando a los humanos 1 de su par. Luego bajó como un rayo y los sacó del derrumbe.
 Afuera, nadie preguntó por el que faltaba, todos sabían que no era necesario tener un asesino de perros entre la gente.

Sobre la autora: Silvia Milos

martes, 26 de agosto de 2014

Y al final, se fue la señorita María Inés - Carmen Belzún


Amenazó, amenazó… ¡y cumplió! Yo no creía en su promesa de irse. Dejar todo, ir a meterse en una casita en la costa, empezar de cero… Porque era así: ¡de cero! Pedir el traslado era fácil; conseguirlo, más o menos; aceptarlo… ¡eso era lo jodido! Casa nueva, vida nueva. Otros amigos, otros compañeros de trabajo, otra vida. ¿Valía la pena? Ella creía que sí. Y nosotros, al principio, también. Sobre todo cuando la veíamos acercarse de la mano de él. El marido ¿quién iba a ser? No era ni lindo ni feo; alto como ella; el pelo medio rubión; sonrisa fácil. Siempre la acompañaba a la mañana, tempranito, ¿te acordás? Llegaban como dos novios. Así los llamábamos. Un besito delicado en los labios (un piquito, bah) ¡y a empezar la jornada! No sé de dónde apareció el proyecto; pero lo cierto es que ella nos comentó que querían mudarse a una casa frente al mar. Ella iba a pedir el traslado de su cargo titular, él iba a pedir que lo mandaran a otra sucursal de la fábrica. Fácil ¿no? Sí, si hasta nosotros lo entendíamos. ¡Tampoco éramos tarados! Sólo chicos. Y de pronto nos convertimos en compañeros incondicionales. Le preguntábamos por los trámites (¡como si supiéramos!), le dábamos aliento (¡lo único que podíamos!); una vez, aparecimos con un suplemento de viajes y paseos dedicado al partido de la Costa. Durante todo el año nos esforzamos por darle ánimo sin dejar en evidencia nuestras dudas. ¿Valía la pena dejar todo por acompañar a su hombre? ¿Sería feliz tan lejos de sus seres queridos? Cierto que él era el más querido… entonces ¿así terminaba todo? Su carrera, sus afectos, su vida; todo se limitaba al mundo que él le ofrecía. Nos resultaba raro. En realidad, ahora me doy cuenta de que repetíamos palabras de los adultos. Eran comentarios que hacían los viejos, todos: padres, algún que otro abuelo, las otras señoritas de la escuela. Había desconfianza en sus voces e, indudablemente, los pronósticos eran desfavorables. Pero ella cumplió. Con la exactitud de las ecuaciones que quería enseñarnos. Ella se fue. No le importó que le pidiéramos que se quedara (en verdad, fue una actuación más que un deseo). No le importó que la situación se presentara tan en contra. O, a lo mejor, aceleró el trámite por eso. No lo habló con nadie, sólo se fue. Sí, se fue de noche, sin avisar, sin despedirse; primero pidió una licencia por enfermedad, ¡todos lo entendieron! Y después se colgó de una viga del quincho. Una semana antes, el marido la había abandonado.

Sobre la autora: Carmen Belzún