viernes, 22 de mayo de 2015

Mal sueño - Luciano Doti


Santiago había estado errando por las calles de la ciudad durante un tiempo indefinido. Pocos humanos quedaban con vida; no se comunicaban entre ellos. Estaban aturdidos, temerosos. Eran sobrevivientes de una explosión o de una catástrofe natural; él no lo recordaba y no hablaba con los otros; por lo tanto, sus chances de averiguarlo eran nulas. Los destrozos en el mobiliario urbano se veían por todos lados. La mayoría de los perros habían perdido su trato amistoso hacia las personas; ya al borde de la muerte por inanición, atacaban a la gente con el claro objetivo de devorar su carne. Santiago también tenía hambre, además de sed. Ahora que lo había perdido todo, se daba cuenta del valor de esos alimentos que jamás le habían faltado en toda su vida. El sentimiento de carencia le produjo un ataque de agorafobia. Sufría; se ahogaba; expiraba. Finalmente, se desmayó.
Cuando despertó, estaba con taquicardia y sudoroso. Sacudió la cabeza y sonrió como quien acaba de entender algo. Una vez que se tranquilizó, fue a la cocina y se preparó su desayuno de todos los días; luego, al consumirlo, lo disfrutó más que nunca.


Acerca del autor: Luciano Doti

Teléfonos modernos - Héctor García


Dado que andaba corto de dinero, no le importó reemplazar su teléfono averiado por uno nuevo en un negocio de dudosa reputación, donde le habían prometido un descuento interesante. En realidad, el celular que compró era usado, pero se trataba de un modelo mucho más reciente, con más y mejores funciones. De hecho, entre las aplicaciones que traía instaladas encontró una que parecía transportar al usuario en el tiempo. Por supuesto, no creyó que aquello fuera verdad. Sin embargo, la curiosidad lo llevó a investigar un poco, así que ingresó la fecha correspondiente a cien años atrás y presionó "Aceptar". Al instante descubrió que había viajado al pasado, pues veía que las construcciones, los vehículos e incluso la indumentaria de la gente que lo rodeaba eran antiquísimos. Impresionado por lo que estaba viviendo, comenzó a tomar fotografías para luego mostrarlas a sus familiares y amigos, y cuando notó que se estaba quedando sin batería decidió emprender la vuelta. Entonces la aplicación le informó que la versión "demo" que estaba usando no le permitía realizar viajes al futuro. Con gusto habría pagado la versión "full", de no ser que para ello necesitaba conectarse a internet, lo cual, en su situación, resultaba imposible. Cualquier persona hubiera caído instantáneamente en la desesperación, pero él tuvo la idea de redactar un mensaje de auxilio en el mismo dispositivo, y luego lo escondió, con la esperanza de que en el futuro lo encontraran y descubrieran la forma de ayudarlo a regresar.
Ante semejante discurso, ¿cómo no creerle un loco de atar? ¿Conoce a alguien capaz de entender toda aquella jerigonza de "celulares", "internet" y "demos"? Créame, oficial, que hice bien en ponerle un chaleco de fuerza y encerrarlo en una celda acolchada. Usted en mi lugar hubiera hecho lo mismo. Como sea, espero que mi declaración ayude a descubrir cómo hizo este sujeto para desvanecerse en el aire sin dejar rastro alguno.


Acerca del autor: Héctor García

Como en una caja - Raquel Sequeiro


Vivo en una casa rosa, en una ciudad en donde todas las casas lo son.
El principal divertimento es el algodón de azúcar, que se pega en el pelo y es más difícil de quitar que el chicle del doctor Lemonade.
Me encanta dar paseos con mi perra.
Odio los días lluviosos. Por ejemplo aquel en que te fuiste a comprar tabaco y no regresaste. Pese a todo eras mi padre; la anécdota la han contado mil veces.
El agua de la ducha está caliente. Restriego bien con una piedra pómez hasta dejarme la piel enrojecida.
Me quedo debajo de la cebolleta, pensando. Pensando estúpidamente en Clark Bacgammon y su pene de 20 centímetros. En el sabor acre de su semen.
Ahora sé que tengo posibilidades, porque me han contratado en esa tienda, aunque me paguen poco. Es un comienzo. Me he depilado las cejas, que lucen como un hilillo, dos tonos por debajo de mi pelo. En media hora, estaré pasando los códigos por caja como me han dicho. La señora Yers parece simpática; cualquiera pensaría que puedo empezar una nueva vida, sólo hay que mirarme. Mirar detenidamente mis ojos azules y el cabello cobrizo, casi naranja; los 40 pies que levanto del suelo, o lo que sea; un metro ochenta de tonterías condensadas en una ciudad gris.
Mi sueño es rosa. Tengo una perra que se llama Black.

He tirado todos los recuerdos sucios del asqueroso de Clark Bacgoma. He tirado los libros del ‘insti’, la ortodoncia en la sucia estantería de mi cuarto alquilado, me he cambiado las bragas. Siete veces.
A veces me duermo despierta. Sueño con los ojos abiertos, y todos aquí dicen que es extraño. Me he mudado hace dos semanas, por el trabajo. Saludo al bajar al primer vecino que me cruzo. “¿Por qué coño las putas casas son de puto color rosa?”. ¡Yo qué sé! (¡Le estoy gritando al puto psiquiatra!).
A la mierda con el rollo de que tendría que haberme marchado. Ese estúpido de Clark que me quitó la ropa a tirones. Sólo veo casas rojas y letreros de neón, un coche que se para frente a mi casa, en uno de los peores barrios de La Vieta. Insiste en que no tenía que haberlo matado, y tiene razón. Pero ya estoy fuera, limpia de drogas. Ese chico era un rompecorazones. Nunca debió llegar hasta el barrio chino, siguiéndome hasta la casa de tío John, el cabrón que se había meado en mis pantalones. “¿Quieres?”, pregunta Ralph. El algodón de azúcar está tan cerca de mi cara que se me pega en la nariz. Ya hace mucho de mi otra vida, me digo.
Ellos vienen y van, como congelados, sin moverse ni un milímetro, rectamente colocados dentro. Como en una caja. Con sus patitas cortas y sus ganchos para aferrarse a la materia de mi cerebro. La memoria. Escupo en el suelo la sangre después del bofetón de Brian. Ese diente no volverá a crecer. El muy imbécil se ríe. Yo le cojo la cabeza y le paso la otra mano alrededor del cuello y aprieto. Froto con el puño cerrado, con los nudillos, hasta que dice ‘¡duele!’.
Faltan meses para que conozca a Ralph, para que me dé cuenta de que puedo ser otra persona. A veces me siento así, como si lo fuese –otra persona-. Despersonalización. Limpia de drogas duras. Sólo que he aprendido mal las cosas. De verdad pueden cambiarse. Todo el mundo lo hace. Cambiar, quiero decir. Todo el tiempo.
A veces van deprisa, otras veces se deslizan momentáneamente, deliberadamente despacio. Me pregunto qué secreto está oculto en Pannaccea, porque casi un tercio de sus habitantes tienen una de esas máquinas con las que cambiar sucesos. (Suelen empeorarlas; las cosas, quiero decir).
No sucederá esto hasta dentro de veinte años, cuando Ralph y yo tengamos tres hijos y una vivienda preciosa a 150 kilómetros del principal centro residencial. Un lugar bastante adecuado para la vida en familia, para los que no trabajamos. La urbe se queda para los de clase 2.
Cerca están las casas de las últimas cuatro tribus de Icks, cruzando el estrecho de Berin hasta la plataforma subacuática de Gonorrea. Mi hijo de quince años, Ángel, sonríe, avieso. Lo contará en todas las reuniones de los viernes con sus amigos, con las botellas cortadas de alcohol (¿qué importa el nombre si así no pueden emborracharse? Límite en sangre de 2,01 cl); pruebas a golpearlas, y, al romper, el cristal se funde con el líquido y se endurece. Tan duro como una de esas cabinas insonorizadas que ya casi nadie utiliza para relajarse, las cabinas de aire caliente.
Nosotros ya tenemos un rolltop y un coche con célula hidroeléctricas y un gato de centelleantes mejillas de plástico orgánico. Me despierto en la cama con la piel chorreando. ¿Qué ha sido esta vez, Laura?, preguntará el doctor; y yo estaré mirando al techo, contando en voz alta todas esas mentiras.


Acerca de la autora: Raquel Sequeiro

lunes, 11 de mayo de 2015

En el barrio judío de Praga - Raquel Barbieri


En el barrio judío de Praga, al norte de la Ciudad Vieja, cerca de donde se encuentra la maravillosa estatua de Kafka en que un hombre enorme sin cabeza lleva al cuello a un pequeño Kafka completo, vivía Lenka con su madre.
El departamento daba —como en tantos edificios de Europa central— a un corredor con pisos de mosaicos cuyos dibujos divertidos en blanco y azul cerúleo combinaban a la perfección con los herrajes de los grandes balcones que desembocaban al patio común.
Macetas tupidas de todo tipo de plantas suculentas, begonias, malvones y geranios aportaban vida a esos espacios compartidos cuya techumbre consistía en una galería alta con columnas de hierro ornamentado, en donde de vez en cuando trepaba alguna planta que en invierno desaparecía por completo. Mirando hacia arriba se veía el cielo, un espacio abierto y cuadrado que en primavera y otoño era una bendición para todos los sentidos, pero en verano y sobre todo en invierno, devenía en caldera o heladera respectivamente.
En el edificio de cinco pisos sin ascensor vivía también un hombre, Milenko, que significando “querido”, no era amado por nadie. Era invisible, ignorado, y él lo sabía; le dolía, pero no podía hacer nada al respecto. Ya había intentado ser apreciado y por algún factor inexplicable, ese ser dotado de gran paz y belleza interior, era despreciado por el resto.
Milenko tenía muchísimo pelo ya canoso, tez cetrina y ojos de ese azul grisáceo tan frecuente en los checos. Sus dedos estaban deformados por el trabajo rudo de albañil que ya había dejado hacía unos años por causa de una incipiente artritis y la edad.
Vivía en dos ambientes no muy amplios, en uno de los departamentos más baratos del edificio, y la única mirada hacia el afuera era la puerta de doble hoja que daba a la galería común y una ventanita simpática, alta y escueta que era lo único pintoresco que poseía su cocina de uno por dos.
Lenka habitaba uno de los departamentos grandes que daban a la calle, con dos ventanales amplios desde los cuales se veía gran parte de Josefov.
Ella siempre miraba hacia afuera y soñaba con salir de ese lugar, aunque se sentía incapaz de generar cualquier cambio por pequeño que fuese. Pensaba en su madre, en las gatas, en los muebles, en sus rutinas. Todo la ataba al edificio del boulevard Parizská.
Lenka era dependiente del tranvía 17, del 18, de la cercanía con el cementerio en donde estaban su padre y hermano, y hasta de la panadería a la que había ido siempre su familia.
Milenko pasaba las horas leyendo, iba una vez por semana al cementerio a poner una piedra sobre la tumba de sus padres, regresaba caminando mientras era ignorado por todos y cada uno, y hacía las compras para luego encerrarse en su oscuro departamento a transcurrir sus días.
Lenka estaba aburrida. Hablaba con su madre durante las comidas, pero no eran conversaciones sustanciales sino superficiales sobre el cotidiano vivir, la limpieza, la compra… charlas repetidas, escuetas, propias de una convivencia abúlica y prolongada.
Milenko se sentía agradecido de tener un techo sobre su cabeza y comida en la mesa; por lo demás, no tenía con quién hablar y eso le dolía profundamente. Se preguntaba qué podría haber hecho él para recibir ese destrato cuando había sido amable siempre. Y cada vez que el dolor era demasiado grande, ponía un disco de Mendelssohn; en general, las canciones sin palabras, como también el concierto para piano número veintitrés de Mozart. Y en el alféizar del único ventanuco que su casa tenía, siempre había una plantita preciosa y bien cuidada dando vida. Ése era Milenko, aunque nadie lo amara.
Lenka vivía en el mismo edificio que Milenko y nunca habían cruzado caminos. Ella soñaba en silencio con un hombre como él, que la doblara en edad, que siendo protector y fuerte, la protegiera de la crudeza del mundo, que gustara de la misma música que ella, que tuviera muchas historias para contarle y careciera de las urgencias de los hombres más jóvenes. Lenka era capaz de quedarse sola con tal de no conformarse con un premio consuelo, como la mayoría hace.
Me gustaría contarles que se conocieron y se amaron, que ella hizo una valija con lo imprescindible y se mudó al departamento de la ventanita escueta, o que ambos decidieron dejar ese lugar para empezar un tiempo nuevo en un lugar también nuevo, quizás fuera del barrio judío de Praga, tal vez en la campiña o aún más lejos. Pero no, encerrados cada uno en su tristeza muda, caminaron siempre con la mirada baja que evitó el encuentro en el mercado, en uno de los corredores del edificio, en las escaleras, en el umbral de la puerta del edificio del boulevard Parizská.
Lenka y Milenko eran almas gemelas; sin embargo, les faltó un Hollywood que los uniera.


Acerca de la autora: Raquel Barbieri

María y Mario - Fanny Blanco


15 de abril del 2015: 8:15 de la mañana, el avión va a despegar y María está en el aeropuerto cargada de maletas. Mario va en el taxi con gestos nerviosos y desencajado apura al taxista, quien rápidamente enciende los faros, pone primera y arranca. Está lloviendo; apenas se ve nada. Mario desempaña con la mano los cristales ahumados de aquel lento Mercedes que no daba llegada al aeropuerto.
 
8:25: María se acerca a la cafetería, espera pacientemente la cola pues el avión despegarà a las 9:25. Compra una revista, un café y un croasant, y mira el teléfono mientras moja el croasant en el café.

 
8:35: Mario nervioso sujeta su pelo en una coleta y vuelve a llamar a María; le salta un contestador... no tiene cobertura y vuelve a apurar al taxista.

 
8:45 María termina relajadamente su café y su croasant, y sale del aeropuerto a que le dé un poco el aire.

8:55: María entra en el aeropuerto desilusionada, porque Mario no le ha escrito ningún whatsapp que la hiciera por unos minutos dudar en tomar aquel avión con destino a Ibiza.

9:00: Mario llega a el aeropuerto; le tiemblan todas las extremidades de su cuerpo. Está agotado pero avanza a pasos agigantados hacia el mostrador de información donde le recibe una mujer poco cordial.

9:10: María se rinde y con la mirada perdida coge sus maletas y se dirige hacia la puerta de embarque destino a Ibiza. Sube la rampa de entrada y cruza el avión en busca del asiento con número 300, le tocó encima del ala derecha, coloca sus maletas en la rejilla superior, se sienta, pide un refrigerio y espera a que las azafatas le den indicaciones de seguridad.

9:12: La mujer poco cordial indica a Mario que ha llegado tarde. Todos los pasajeros con destino a Ibiza permanecen en el interior del avión. A Mario deja de latirle el corazón por unos segundos....
No logró alcanzar a María para contarle aquello.

9:15: las azafatas del vuelo 231, con destino a Ibiza, indican a sus pasajeros las medidas de seguridad. El piloto acciona los botones de mando y el avión emite un ruído atronador ... va a despegar.

9:18: Mario observa, con lágrimas en los ojos, como el avión sobrevuela su cabeza; se suelta el pelo, mete la goma en el bolsillo y con la cabeza baja vuelve a la parada de taxis para dirigirse a su casa.

10: 15: Mario está en una cafetería del centro de su ciudad, coge el periódico, ojea las noticias sin enterarse de nada y toma su café solo largo para despejar las ideas. María ya no estaba y tenía que afrontarlo.

10: 18: en la televisión del bar están dando un programa del corazón; de repente cortan el programa con un "avance informativo": el avión número 300 con destino a Ibiza se ha derrumbado en Madrid a la altura de la sierra de Torremolinos; por el momento se desconocen las posibilidades del accidente; llevaba 352 pasajeros desde Lugo hasta Ibiza con recorrido de aproximadamente dos horas y cuarto.

11:30: Hallan las dos cajas negras del avión, y en el reconocimiento de cadáveres, los familiares de María, destrozados, encuentran partes de su cuerpo sin vida. María había fallecido...

17 de abril del 2015. 11:15 de la mañana. Mario está frente a la tumba de María; le entrega un ramo de flores con una nota, y sin decir lo que tenía que contarle, en la nota ponía:

"María; cariño..., perdona por haber llegado tarde". Firmado: Mario.


Acerca de la autora: Fanny Blanco

Voces del pasado - Pablo Sanucci


Podrían ser los cristales de las ventanas, o de los cuadros, que guardaban y repetían las vibraciones, se decía a sí mismo cuándo comenzó a notar el fenómeno. Hasta que un día, hace muchos años, entró a la habitación de un hotel de cuarta de una región tropical que no tenía vidrio en la única ventana, ni cuadros tampoco, y los sonidos igual aparecieron. No siempre le sucedía, pero cuando escuchaba las voces anteriores lo hacía incluso en presencia del muchacho que le ayudaba con el equipaje. Más de una vez preguntó si ellos también las sentían. No. Las vibraciones sonoras del cuarto de hotel, emitidas por otros huéspedes en tiempos anteriores indeterminados, retumbaban únicamente en los tímpanos de él como si estuviesen sonando en ese mismo instante. Escuchó una conversación telefónica de alguien que extrañaba a su esposa. Escuchó a alguien gritando un gol de un juego que seguía por la radio a principios de los sesenta. Escuchó gemidos de una pareja manteniendo sexo. Escucho una discusión entre un viajero y el administrador de aquel momento en un lenguaje que no pudo entender. Escuchó a uno cantando bajo la ducha una vieja canción del siglo pasado. 
Ahora, recién llegado a la hostería de un pueblo pequeño en el sur de Italia, entra a la número cinco y los gritos desesperados de una mujer que fue asesinada ahí mismo a golpes secos, lo estremecen hasta caer de rodillas en el umbral de la puerta.

Acerca del autor: Pablo Sanucci

sábado, 18 de abril de 2015

Vampiros en El Plata - Luciano Doti


Estamos en el año 1536 de nuestro Señor. La costa del río es un lodazal. Su color amarronado no luce ni genera un gran impacto. Para colmo, las condiciones de vida son de las más agrestes. Hay altos pajonales en la zona. Pasamos hambre. Yo no soy la excepción. Pero la mía es un hambre diferente a la de los demás. Desde que fui mordido...
Vinimos de España a la América. Atravesamos el mar Océano en nuestras carabelas y llegamos aquí. Entonces, nos encontramos con unos hombres indómitos que no aceptan ser civilizados. Y el hambre, ¡ay, el hambre! No hay nada que llevar a la boca, nada con qué engañar al estómago. Algunos han intentado cazar y comer a los caballos, los cuales son propiedad de Su Majestad; hemos tenido que ajusticiarlos, darles muerte y exhibirlos a modo de ejemplo al resto de la tropa. Pero el hambre...
Entre nosotros hay un sujeto de origen bávaro. Es extraño, suele evitar la luz del sol. Debería tener mucha hambre cuando mordió los cuerpos de los recién ajusticiados. A decir verdad, aún vivían en el momento en que sus dientes se hincaron en la carne de ellos. Lo vi comerlos; fue un espectáculo espantoso. Aunque más que comer su carne, bebía su sangre. Confesaré que yo también me sentí motivado a probar bocado de esa carne humana. Me acerqué tímidamente, y al llegar al lugar, el bávaro, borracho de su festín hematófago, me mordió; alcanzó a beber algo de mi sangre, creo.
Ahora mi hambre es diferente, no estoy tan presuroso de comer como de beber, y no precisamente agua. El agua no sacia mi sed. El hambre devino ansia.
Estoy harto de retorcerme en mi precaria morada. Hace frío y necesito beber. Así que, salgo afuera. Hay luna llena y los indios parecen habernos dado una tregua; ellos están tan famélicos como nosotros. Me acerco al lugar donde cuelgan los cuerpos de los ajusticiados; su sangre ya debe estar seca. Sin embargo, por allí anda Centurión, el que fue capitán de navíos del príncipe de Doria, luciendo su capa al reflejo del fuego. Podría beber de él, beber su sangre; tanto odio su actitud arrogante, que no sentiría ningún remordimiento. Lo ataco, hundo mi cuchillo en su cuerpo y bebo; al hacerlo sé que ya nunca podré abandonar esta acción que será un hábito hasta la última de mis noches.


Acerca del autor: Luciano Doti

Un Quijote - Fernando Andrés Puga


Hoy tocó a mi puerta un hombre vestido con armadura, bigotito, barba fina colgándole del mentón y modales anticuados.
—Buenos días, caballero. ¿Tendría usted la amabilidad de brindarme un poco de agua para que mi rocín se pueda refrescar? —dijo, mientras señalaba al viejo y flaco caballo que arrastraba con dificultad un carro repleto de cartones, envases de plástico y cosas por el estilo.
No suelo atender a quienes tocan el timbre para pedir o vender, pero esta vez era diferente. Se lo veía tan atildado, tan inofensivo y bien educado que decidí socorrerlo.
—¡Aldonza! Vení un momento —llamé a mi hija quinceañera—. ¿Podés llenar el balde con agua y traerlo a la puerta?
Cuando la vio, de inmediato se arrodilló frente a ella, le tomó la mano y besándola, exclamó:
—¡Al fin te encuentro, Dulcinea!
Y dirigiéndose a mí:
—¡Oh, noble señor! ¿Tendría a bien concederme la mano de su hija?
¡Qué oportunidad!, pensé. Y sin dudarlo accedí.
Allá van. Acaban de doblar la esquina. Intuyo que serán felices.


Acerca del autor: Fernando Andrés Puga

jueves, 19 de febrero de 2015

Mascota en fuga – José Luis Velarde & Lucila Adela Guzmán


La mascota de Lobsang Rampa salió a dar un paseo en 1961. Harta del escritor que la perseguía día y noche. El hombre anotaba cualquier miau y ronroneo. En la cabecita del siamés las palabras aparecidas vibraban a la altura de los bigotes. Punto sensible y neurálgico en todos los felinos. Una puerta astral como la descrita por Lobsang Rampa en El tercer ojo; la primera novela dictada a Cyril Henry Hoskin hasta constituir un best seller. 
Cyril dejó de ser un inglés del montón gracias al talento de aquella mascota capaz de cambiarle el nombre y volverlo médico del Tibet en dos novelas más. El siamés estaba conforme con las ganancias recibidas por la trilogía complementada por El médico de Lhasa y El cordón de plata. Vivía en un barrio tranquilo y no sentía necesario dictar más libros. Para entonces el tipo era acusado de fraude. Aconsejado por el felino declaró que fue Cyril Henry Hoskin, pero que abandonó esa identidad tras desplomarse de un abeto cuando intentaba retratar a un búho. Inconsciente pudo ver el alma de un monje tibetano llamado Lobsang Rampa. El inglés permitió la entrada del alma vagabunda al cuerpo maltrecho para sobrevivir.
Ahora escribía como Lobsang Rampa, porque en verdad lo era. 
La increíble explicación incrementó la fama del autor y la demanda de libros. Lobsang Rampa se revisaba la frente todos los días para buscar el tercer ojo colocado por la mascota en el texto. Nunca brotó. Lobsang Rampa aún carecía de imaginación y demandaba nuevas historias con gritos y uno que otro golpe. Así que el felino se escabulló por las azoteas como hacen las mascotas que desaparecen, pero el escritorzuelo convirtió aquella huída en un viaje astral.
Consiguió publicar otros libros. Ninguno tan exitoso como los dictados por Fifi Greywhiskers.

Acerca de los autores: Lucila Adela Guzmán & José Luis Velarde

El predador rectal del puerto del Callao – Daniel Alcoba & Carlos Enrique Saldivar


Los gusanos Trépano proceden de Triphis P 675 S 2 Alpha Centauri. Pero igual se colaron en las naves que invadieron Inglaterra hacia 1956, como ratas que son. Primera evidencia de exo génesis de la especie Trépano de Triphis es su densidad: 4,9; próxima a la del hierro. Los tejidos del Trépano trífido recuerdan el haz de conductores de fibra óptica en el interior de una manguera. Los dientes son gemas de opaca oscuridad y mayor dureza que el diamante, que engranan como las hojas de una trituradora de carne. Algunos de estos bichos empezaron a salir de los sanitarios y lastimaron gravemente o asesinaron personas en todo el mundo. La raza más peligrosa es el predador rectal del puerto del Callao, el cual sobrevive muchas horas bajo el agua, es fuerte, veloz e imposible de domesticar; sin embargo, muchos delincuentes comenzaron a utilizarlo como arma para sus fechorías; por ejemplo, cuando asaltaban una tienda: llevaban al Trépano en una caja y lo liberaban ante el dueño del local, el gusano saltaba con rapidez y se le metía a la víctima por el ano. Aunque el episodio más cruento fue la guerra de mafias que duró tres años. Los conflictos territoriales entres narcos, sicarios y extorsionadores condujeron a una serie de batallas urbanas donde los gusanos Trépano eran protagonistas. Los predadores rectales no se atacan unos a otros, mas sí son campeones cobrando vidas humanas. Rufianes de todo el planeta intentaron copiar a los facinerosos chalacos, sin resultados óptimos; solo el predador rectal del puerto del Callao, asociado con ciertos hombres, masacraba otros hombres. Hace dos años el conflicto finalizó, los Trépanos habían acabado con casi todos los criminales chalacos. Hoy han vuelto a lo suyo que es salir por los inodoros para destrozarles el colon a los ciudadanos comunes.

Acerca de los autores: Daniel Alcoba & Carlos Enrique Saldivar

El Cuerpo – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


Lo encuentran en el medio de la calle y nadie sabe si está vivo o no. Llaman al hospital, pero la ambulancia no viene. La policía se niega a tener participación en el asunto. Los vecinos se van desentendiendo. El cuerpo del desconocido queda allí, en una postura un tanto llamativa que con el tiempo pasa a ser cotidiana. Los días corren y nos terminamos acostumbrando a su presencia. El cuerpo forma parte del paisaje. Cierto día de primavera, unos niños que juegan a la pelota cerca del cuerpo reparan en un detalle que hasta entonces había pasado inadvertido: la cabeza ha girado algunos centímetros hacia la izquierda. Pasan las semanas y la medición del lento movimiento se convierte en un deporte practicado por todo el pueblo. Tardamos casi un año en comprobar que la cabeza, completado el ciclo hacia la izquierda, ha empezado a moverse hacia la derecha. Ya anciano, en mi lecho de muerte, uno de mis nietos me comunica algo que yo siempre había sospechado: el cuerpo está diciendo que no.

Acerca de los autores:  Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman

jueves, 5 de febrero de 2015

La Condesa Drácula - Luciano Doti


Me encontraba yo en una suerte de limbo, donde todo se mostraba etéreo y volátil. Alcanzaba a divisar una dama no muy lejos de mí. Ella me parecía conocida, pero mi sentido racional me indicaba que no podía ser; esa mujer estaba fallecida, sumado a que en caso de estar viva no luciría tan joven. De todas maneras, no pude evitar mirarla; y ella, al mismo tiempo que se acercaba con su andar sensual, me dijo:
—Sí, soy yo.
—¿Vos?
—Ingrid Pitt, "la Condesa Drácula".
—No entiendo.
—Es difícil de explicar. La conversión es así, te saca del orden temporal que conociste hasta aquí. Somos como éramos y siempre seremos.
—¿Perdón?
—A partir de este momento sos uno de nosotros, igual que yo.
—Vos sos...
—No todo es ficción. Hay algo de realidad. Como actriz quise interpretar lo mejor posible mis papeles; investigué sobre el vampirismo, me introduje en ese mundo, hasta que di con cierta gente y me convertí.
—Yo como escritor también investigo sobre el vampirismo, para escribir mejor sobre eso.
—Y por ahí ahora no te acordás, pero diste con la misma gente.

Acerca del autor: Luciano Doti 

El destripador de Milwaukee - Mario Cesar Lamique


No es que el tiempo pase muy rápido,sino que nunca se detienen en su andar, será por eso que el Sargento Juan Simón Satafuza no podía cree que 20 años de su vida se hayan ido en perseguir al destripador de Milwaukee,un asesino al que no podían etiquetar en ningún Perfil,intento que les resultó infructuoso a todos los expertos de todas las temporadas de Criminal Minds.
Quien le hizo notar las dos décadas de persecución fue su esposa, esta cuenta, año tras año ausencia tras ausencia, formo parte de la nota de despedida que el encontró el día en que al llegar su casa la encontró vacía de esposa e hijos.
J.S. Stafuza por primera vez frenó su alocado ritmo persecutorio y se puso a ver cuanto había perdido,pero no corrió a buscar a su familia.Preparo la valija porque salia en un vuelo a Buenos Aires ya que una pista firme ubicaba al destripador en el lejano Sur como jefe de campaña del candidato preferido de las masas,quien por fin traería Paz y Seguridad.
El Sargento se adaptó bastante rápido a este nuevo país, cooperaba con interpool y estuvo varias veces cerca muy cerca, cerquísima de arrestarlo.
¿ Qué sintió?: Una mezcla de sorpresa, alegría y hasta una cierta sensación de vacío cuando por fin pudo atraparlo al salir de la sesión de un grupo terapéutico de control de la ira que el mismo coordinaba.
Veinte años de búsqueda en EEUU, 3 años en Buenos Aires le costo para atraparlo.
Una semana después todo era soledad, un freno abrupto que lo dejó sin posibilidad de inercia.
Tres meses le tomo darle forma al plan.
Media Hora tardó en ayudarlo a escapar de la cárcel.
Se arrepintió,pero puntualmente lo hizo después de terminar de culminar con las acciones.
Culpa,vergüenza y alivio fueron sus nuevos compañeros de cuarto.

La cacería continúa.

El día que el Juan Simón Stafuza falleció hubo un gran pesar entre los integrantes de la fuerza, en el seno de su familia,sus vecinos y sobre todo repercutió de manera directa y profunda en el Destripador de Milwaukee quien sin pensarlo demasiado decidió salir de su escondite e ir a un canal de televisión a entregarse a las autoridades,planeó hacerlo en vivo en un programa periodístico de la CNN.
El Destripador tuvo que esperar su turno ya que se difundía en vivo la Cadena Nacional del Presidente de la República que desde la Casa Blanca,en un solemne acto,estaba devolviendo el Premio Nobel de la paz.

Acerca del autor: Mario Cesar Lamique

Fauna de diseño y exofaunas - Daniel Alcoba


Sólo hay un animal más odioso que la jalamalaja, pulga de ingeniería genética, kamikaze hematófaga de hambre descomunal y unos cien gramos de peso. Dicho bestia abominable es el piojowicca de las sabanas pantanosas de Eurídice, planeta del Glóbulo Mayor de Arturo, que parasita a los dracodáctilos. Estos, más que animales, son continentes que vuelan. Fuera del tamaño, si tienen piojos es porque tienen sangre abundante para alimentar al monstruo de seis patas dos pinzas como par de cizallas manejadas con setenta quilogramos de músculos tenaces que succionan la sangre del dracodáctilo con una larga pipeta de acero inoxidable que clavan en su lomo. Estos piojos beben la sangre de cualquier ser vivo que se les ponga a tiro, con la excepción del linfa de los gurgurios de Titán, que los envenena; aunque otras naciones menos bárbaras que las de los pìojowiccas usen el suero linfático rico en gurgurina del gurgurio titánico, para colocarse. 
Las incursiones de los renreles, y en particular las de los flygurubios hermafroditas, jinetes de los dracodáctilos son mortíferas. Estos enormes animales sin gracia, son portaviones que navegan en las atmósferas habitables de los Bioplanetas. Seres buenazos, completamente bisexuales a quienes place seducir a parejas con sus ambiguos o prolijos encantos, a saber: 
Doble pelvis, es el remate y la cara interior de los flygurumuslos: una vulva rosada en el nacimiento de la pierna derecha, un pene de tamaño importante ante cunnus. Miembro acompañado de un par de testículos adentro de un escroto peludo, que protege los testículos de los flygurubios que no se visten sino que generan por automatismo biológico hasta dieciocho pelajes diferentes según la atmósfera donde permanezcan más de un día solar. Y casi siempre, llevan el pelaje rojo escarlata que conviene para exponerse a las gélidas atmósferas del Codo de Orión. 
Son criaturas lascivas, salvo cuando les da la hora biológica de reproducirse. Entonces se apartan de la vida mundana, se recluyen en sus casas cavernarias, y se pasan las horas aplaudiendo con el interior de los muslos una y otra vez -en ciertos flygurubios se vuelve actividad viciosa-. 
La esquizofrenia bipolar es la psicopatía más corriente de los flygurubios. Y el pacto suicida consigo mismos la causa principal de muerte.

Acerca del autor: Daniel Alcoba 

jueves, 22 de enero de 2015

Señales -Apuntes del natural - Paulus Deluca


Será por el nombre del lugar en que me encuentro, por la dualidad del mensaje de ese Carpe Diem en la puerta y ese demonio que, silueteado tras de mí me invita a beber y callar porque lo demás no es nada, que de pronto me ha entrado una ligera tentación de melancolía... Echo de menos a Anne... con ella escribía mejor, es cierto. ¿A quién voy a engañar a estas alturas?
No puedo resucitar a Sansón Restrepo y es una lástima, porque hoy me vendría bien su punto de vista.
No puedo decir que Maite me haga infeliz ni mucho menos; ¡Al contrario!.. Parece hecha especialmente para consentir todos mis caprichos y alimentar hasta la más pueril y frívola de mis ambiciones... Y no sé si eso es bueno.
Es un encanto de niña y no puedo negar que tiene un corazón de oro y una paciencia de santo, al menos en apariencia... y por ahora... Pero con ella cerca escribo menos y con menor frecuencia... incluso siento que mi inventiva se resiente: A base de comer todos los días, estoy engordando y me quedo sin ideas...
Es como si esa necesidad de inventar la rueda cada santa mañana hubiera disminuído, porque de algún modo sé que todo se acabará arreglando y que no puede pasarme nada malo mientras Maite ande cerca. Lo decía Zazie: Uno no escribe para decir que todo va bien, que va sobre ruedas... Por eso no escribo sobre ti...
Llamadme idiota, pero con esa arrogancia narcisista que brota en un alma bien dormida, bien comida y sin preocupaciones, que de repente se cree que su futuro depende únicamente de la propia voluntad, no puedo evitar plantearme si realmente todo el camino recorrido llevaba hasta aquí o si esto es sólo un claro en el bosque, un oasis en el desierto... una noche en el Ritz, camino de Auschwitz... o incluso algo peor, camino de ninguna parte... y la tumba como estación término.
Influenciado por un comic de superhéroes que he estado leyendo estos días, no puedo dejar de verme dibujado en colores planos, con un café en la mano mientras en grandes letras el dibujante de esta historia se pregunta: ¿Conseguirá el destino acostumbrar un alma incómoda a una relación serena? ¿Volverá a extenderse la carretera y a estrecharse el cerco en torno al cuello de nuestro héroe? ¿Será este el fin de las aventuras de Paulus de Best?
Y en esas estoy, a punto de escribir algo como: ...No os perdáis el desenlace en el próximo número, al tiempo que ruego al cielo una señal, cuando el teléfono me saca bruscamente de mis cavilaciones.
-¿Tocayo? -dice la voz al otro lado -¡Por fin te encuentro! Engrásate el culo y ponle pilas al magnetófono, que tenemos trabajo...
Y mientras pido al alto de la barra que me ponga otro café y hago cálculos mentales de cuánto costará poner a Miss Daisy a punto para la que se avecina en apenas dos semanas, noto cómo aflora nuevamente una de esas sonrisas...

Acerca del autor:  Paulus Deluca

Ese nombre - Luciano Doti





Era un día muy raro. Los hechos sucedían de un modo diferente a lo habitual. Ignoraba en qué hora transcurría mi existencia. Me sentía extraño, como habitando un no lugar en un espacio indefinido.
Llegué a casa y la hallé desierta. Sobre la mesa del comedor encontré unos papeles; daba la sensación de que habían buscado algo con apuro, para salir raudamente.
Sonó el teléfono y lo atendí. Preguntaban dónde era el velatorio de Gustavo. Respondí que no sabía, indiferente. Pero ese nombre...
Decidí ir al bar por unos tragos. En el camino pasé por la sala velatoria del barrio; en la puerta había alguna gente conocida. Cambié de planes y entré.
Ingresé cual ser invisible. Absortos en su dolor, nadie pareció percatarse de mi presencia. Me introduje en el sector donde estaba ubicado el féretro. Observé ante mí a un joven demacrado de rostro tan familiar que se me antojó que en un espejo me contemplaba a mí mismo. Hice fuerza para despertar creyendo todo eso parte de una pesadilla, pero no lo era. Estoy tan seguro de eso como de que en el estadío que llamamos vida mi nombre era Gustavo.


Acerca del autor:  Luciano Doti

Burocracia - Héctor Ranea




—Me tendrá que acompañar —dijo el segundo atento al pasajero del rail-bus que no podía enteder por qué lo llevaban con petates y todo.
—¿Perdón? —atinó a decir, pero en el instante en que su tono de voz se alzó por sobre el promedio de ruido del motor, el tercer atento lo encañonó con un arcabuz tan arcaico como temible.
El primer atento le espetó
—Señor, le estamos pidiendo que se baje con todo y equipaje de este rail-bus. Ya seguirá el viaje cuando pueda, pero no haga que los demás pasajeros se retrasen por su tozudez.
Bajaron todos los atentos y el viajero. Amablemente, pero sin dejar de tener contacto físico con él, cosa sumamente molesta, lo llevaron a la oficina de control de tráfico y seres, ahí lo esperaba el jefe de atentos y el caporal de ejecutivos.
—¿Nombre?
—Juan de Dios Filiberto.
—¿Profesión?
—Músico.
—¿Especialidad?
—Tango.
—¿Nacionalidad?
—Se discute —contestó ingenuamente el interpelado.
Hubo un poco de intranquilidad en el cuerpo de los ejecutivos.
—¿Lo liquidamos, jefe? —dijo el caporal.
—¡Sh! —dijo este—. ¡Cállense la boca!
—¿Fecha de nacimiento?
—Más o menos en el 85, 1885.
—¿Sabe qué año es ahora?
—Si no me fallan las cuentas, el 2087.
—¿Sabe por qué lo está buscando la policía de Francia?
—Ni la menor idea —dijo Filiberti con no disimulada sorpresa.
—Lo buscan como desertor. Evitó hacer el servicio militar en tiempos de guerra por la Francia, señor.
—¡Pare un poco! Ni siquiera soy francés.
—Usted mismo dijo que su nacionalidad es materia de discusión —el que hablaba era el caporal de los ejecutivos.
Se hizo un silencio denso y oscuro.
—¿De qué guerra me acusan haber faltado?
—Incontables —contestó el primer atento—. Incontables. Desde la guerra de invasión a Anglia en 1033.
—¿Qué? Si ni siquiera había nacido, diga.
—Tenemos registros de que apareció durante la guerra de la oreja de Jenkins y no se alistó.
—¿De qué carajo hablan?
—Señor, modere su lenguaje —dijo el caporal acercando vistosamente la mano derecha a su pistola Ballester Molina calibre 45.
—¡Modere su locura! —contestó Filiberti—. Parece que me estuvieran tomando el pelo.
—Al parecer —dijo el jefe de los atentos—, usted no completó el formulario ZX23/40, señor Filiberti.
—Filiberto —lo corrigió—. No sé de qué me habla.
—¿No es usted un viajero del tiempo?
—Sí. ¿Y?
—Bueno, le informo que no llenó el formulario ZX23/40.
—¿Y de qué año es?
—Del 2045.
—Fíjese qué dice en mi documento de flete. Salí en el 1953. No estaba vigente.
—Las leyes no las hago yo —dijo el primer atento—. Tengo que vigilar que se cumplan.
—Bueno —concedió el viajero—. Dénme el formulario, lo lleno y listo.
—No es tan simple, señor. Me temo que va a perder el rail-bus.
—¿Y después, qué? —se alarmó Filiberto—. ¿Tiene idea del desbarajuste que van a armar con esta puta burocracia? Si pierdo el tren, habrá lío en todo el continente porque no habrá concierto y...
—¿Perdón? ¿Sugiere usted que nos salteemos un tema tan sensible? Por lo que a mí respecta, usted merece un tiro en la nuca, señor —exclamó contenido el caporal—. Es más, ¿procedo? —dijo dirigiéndose al jefe de atentos con la pistola ya desenfundada.
—Proceda —fue la última, fatídica palabra suya.
El disparo le sonó en el acorde de La Mayor a Filiberto que recordó, extrañado, a Discépolo en el último instante.
—Perdón Filiberto ¿me oye usted? —dijo la voz angelical de la revividora quinta.
—Sí; te oigo pero me retumba un La Mayor. Van a tener que hacer algo con el dolor. Esta puta burocracia me mata.
—Ni que lo diga. Tiene más entradas que nadie, Fili. Va a tener que hacer algo, parece que atrae a los atentos. Deje de usar sombrero.
—¿Usted tiene autoridad para darme consejos? ¿Desde cuando?
—Desde 2131, Fili.
—¡Caramba, cómo pasa el tiempo! —dijo y se durmió por un rato, apoyando su cabeza sobre el regazo de la revividora quinta, su favorita, a quien el llamaba su Clavel del Aire en flor.


Acerca del autor:  Héctor Ranea 

jueves, 8 de enero de 2015

A destiempo - Paula Duncan





El sonido del despertador la sacó intempestivamente de un sueño agitado.
Dejó la cama cayendo en una realidad aún peor; como si fuera una película violenta, pasaron muy rápido por su mente las imágenes de la noche anterior: la pelea, los gritos, los golpes, el miedo y esa apremiante sensación de final y muerte; después como si fuera un mal chiste, las disculpas, los ruegos, las promesas como si sirvieran de algo, como si pudiera creerlas.
Hacía bastante tiempo que su pareja iba de mal en peor, estaba agotada, esa relación tan deteriorada ya casi no existía; pero la violencia hacia ella iba creciendo a pasos agigantados, como el alcoholismo de él; decía que tomaba porque no encontraba trabajo y el círculo vicioso imposible de romper sin esfuerzo seguía intacto , sumado a que ella mantenía la casa; no tenía mucha escapatoria, era como vivir sobre un terreno minado.
Se levantó y fue al baño, abrió la ducha; y dejó que el agua caliente la volviera a la vida, lavando tanto dolor, tanta tristeza; dejando que se llevase los golpes de su adolorido cuerpo, sentía que ella tenía el poder de hacerla sentir nuevamente una persona.
Miro el espejo empañado y vio como lentamente se iba dibujando un rostro amigo; era Manuel, a quien conocía desde siempre.Un hombre sencillo, sin grandes aspiraciones, que tenía la habilidad de hacerla sentir bien, contenida, amada. Pensó en la propuesta que le hiciera la última vez que se vieron: Manuel quería comenzar una nueva vida juntos, que ella pudiera deshacer el nudo que la ligaba a esa relación violenta, enfermiza y comenzar el camino, uno nuevo de paz, en búsqueda de la felicidad. El no quería ser una aventura, un amor de paso, el quería ser el definitivo o al menos intentarlo. Siempre se había negado,le faltaba valor; pero de solo pensar en él sintió que se le entibiaba el alma; no podía negarlo: Él ya estaba en su corazón.
Cerró la canilla, se envolvió en su toallon y el espejo le devolvió una imagen aún joven, un cuerpo esbelto…y unas ojeras espantosas.
Comenzó a vestirse para ir al trabajo. Le dolía terriblemente la cabeza; la noche anterior el incesante ir y venir de las sirenas policiales la había inquietado bastante.
Tomo una taza de té y una aspirina por desayuno mientras escuchaba sin ver la últimas noticias en la tele, ahí daban cuenta de la fuga de dos peligrosos delincuentes de la comisaría del barrio.
Antes de salir miró de reojo su habitación, él seguía durmiendo todavía borracho, cerró la puerta y llamo al ascensor.
Mientras bajaba decidió ir a ver a Manuel para decirle que estaba dispuesta a intentarlo, quería creer una vez más, tal vez la última.
Se miró en el espejo del ascensor y se agradó, la decisión había hecho desaparecer el dolor de cabeza y con él se fueron la ojeras, la blusa blanca le sentaba bien sobre la falda azul, tal vez le faltaba algo de color a las mejillas; se apresuró, debía caminar tres cuadras de más para poder verlo antes de entrar a trabajar, pero sabia donde encontrarlo: a esa hora él tomaba el primer café del día en el bar de la avenida, apuro el paso, ya lo divisaba en la mesa junto a la ventana.
Escuchaba mucho ruido a su alrededor pero no le interesaba.
La gente corría, gritaba.
Las sirenas volvieron, sonaban más fuerte que anoche.
Ella solo pensaba en que al fin sería feliz.
Oyó frenadas, extrañas explosiones, tal vez disparos, tal vez niños traviesos jugando con petardos.
No le presto atención.
Solo le faltaba cruzar la calle, Manuel al verla salió corriendo a la vereda.
Le gritaba algo que ella no entendió.
Él agitaba desesperadamente los brazos.
¿Qué le pasaba? pensó
Ella solo quería llegar a su lado.
Corrió y de pronto…algo golpeó fuertemente su pecho haciéndole perder el equilibrio.
Fue cayendo lentamente mientras pensaba ¿Qué sucedió?
Antes de llegar al suelo unos brazos fuertes la sujetaron, lo miró quiso hablar y no pudo, solo veía los ojos de él llenos de lágrimas.
Quería decirle que ya no tendría que preocuparse por ella, que había decidido estar a su lado para siempre; pero la voz había huido de su garganta.
Miró el cielo tan increíblemente despejado, se asombró del profundo silencio a su alrededor y entendió todo claramente.
Ensayo una sonrisa de despedida para su gran amor inconcluso mientras en su pecho justo a la altura del corazón se comenzaba a dibujar una flor roja.


Acerca de la autora:   Paula Duncan 

Venta de plasmas - Eduardo Poggi




―Señor, no ser posible lo que decir.
―Mirá, negrito, no te hagás el piola conmmigo. ―Lerchundi señaló el plasma última generación―. Te digo que en esa pantalla podés ver cualquier cosa que ocurra en el mundo, ¿no me lo vas a comprar?
―Yo decir verdad, señor ―el pigmeo mostró la cerbatana que sostenía en la mano―. Con esto cazar monos en selva y comer. Ahí no haber comida ―dijo, señalando el plasma.
Lerchundi no entendía, le vendía a mitad de precio los plasmas que había robado, y el negrito este no quería entrar en razones.
―Mirá, te los estoy dejando a mitad de precio. ―Sintonizó el canal Gourmet―. Acá también hay comida, ¿ves?
―No comer vidrio, comer mono ―dijo, volviendo a levantar la cerbatana con la que cazaba.
―¿Para esto viajé a kilómetros de Manaos? Para tener que soportar negritos pelotudos. ―Lerchundi subió el volumen al máximo―. Tiene SAP y sonido estéreo y…
El pigmeo salió corriendo despavorido y Lerchundi atrás de él.
Al otro día, sentado junto a su cerbatana, el negrito asentía con su cabeza.
―Más rico que mono ―dijo―. Mucho más rico que mono.



Acerca del autor:  Eduardo Poggi

El sembrador - Pablo Sanucci





La estepa quemada se desvanece poco a poco, se dispersa en pequeñas plantas y pastos secos. El viajero miró para atrás unos segundos; hacia el último arbusto espinoso y enfrentó al desierto. En despiadada ausencia, treinta y cinco días son caminados. Las pisadas que lo persiguen se esfuman hacia el horizonte. La soledad arrasa. Rocas grises, guijarros negros, dunas pálidas. La sombra de sí mismo se alarga en el atardecer. Se detiene. Gira atónito observando pequeños círculos verdes sobre una planicie infinita. Pecas de hierbas dispersas. Algunas en grupos. Otras solitarias y más notables, tal vez más grandes o claras. Cada círculo tiene una flor alta en tallo único y vibrante. Debió esperar la noche para comprender. El reflejo de la luna bordeó la silueta del niño ciego que camina lentamente entre los círculos de hojas suaves hasta salir más allá del más lejano. Entierra una aguja larga donde proyecta su luz una estrella. El viajero lo intuye porque el único que percibe el brillo sobre la arena es el niño ciego. El niño marca el lugar que impacta el firmamento sobre el desierto y traza un mapa de las constelaciones. Ese es su trabajo en cada noche y continúa hasta el fin de los tiempos cuando la tierra toda rebrote de motas verdes con una flor en el centro. Lo que ahora está en el cielo, nacerá aquí como ojos de vida en un planeta seco.


Acerca del autor:  Pablo Sanucci