sábado, 30 de agosto de 2014

Intervalo de cinco minutos - Francis Picabia



Yo tenía un amigo suizo llamado Jacques Dingue que vivía en el Perú, a cuatro mil metros de altitud. Partió hace algunos años para explorar aquellas regiones, y allá sufrió el hechizo de una extraña india que lo enloqueció por completo y que se negó a él. Poco a poco fue debilitándose, y no salía siquiera de la cabaña en que se instalara. Un doctor peruano que lo había acompañado hasta allí le procuraba cuidados a fin de sanarlo de una demencia precoz que parecía incurable.
Una noche, la gripe se abatió sobre la pequeña tribu de indios que habían acogido a Jacques Dingue. Todos, sin excepción, fueron alcanzados por la epidemia, y ciento setenta y ocho indígenas, de doscientos que eran, murieron al cabo de pocos días. El médico peruano, desolado, rápidamente había regresado a Lima... También mi amigo fue alcanzado por el terrible mal, y la fiebre lo inmovilizó.
Ahora bien, todos los indios tenían uno o varios perros, y éstos muy pronto no encontraron otro recurso para vivir que comerse a sus amos: desmenuzaron los cadáveres, y uno de ellos llevó a la choza de Dingue la cabeza de la india de la que éste se había enamorado... Instantáneamente la reconoció y sin duda experimentó una conmoción intensa, pues de súbito se curó de su locura y de su fiebre. Ya recuperadas sus fuerzas, tomó del hocico del perro la cabeza de la mujer y se entretuvo arrojándola contra las paredes de su cuarto y ordenándole al animal que se la llevase de vuelta. Tres veces recomenzó el juego, y el perro le acercaba la cabeza sosteniéndola por la nariz; pero a la tercera vez, Jacques Dingue la lanzó con demasiada fuerza, y la cabeza se rompió contra el muro. El jugador de bolos pudo comprobar, con gran alegría, que el cerebro que brotaba de aquélla no presentaba más que una sola circunvolución y parecía afectar la forma de un par de nalgas...


Acerca del autor:  Francis Picabia



Beso y la ciudad - Héctor Ugalde


El ciudadano se asombra de ver una larga fila. Sigue la cadena de personas y encuentra que todos están formados para probar suerte y besar a la Bella Durmiente.
Una multitud está reunida para presenciar tan extraordinario suceso. Hay cámaras de televisión y reporteros de otros medios cubriendo el evento.
Algunos avispados aprovechan para vender y ofrecer sus productos. Camas, colchas, batas, piyamas, pantuflas... ahora está de moda parecer dormido. También hay lociones relajantes, cremas humectantes para los labios resecos y otros artículos diversos, sin faltar por supuesto las camisetas con una gran variedad de leyendas.
Uno a uno van entrevistando a los candidatos hurgando en su vida para ver sí encuentran datos jugosos que aviven más el espectáculo.
Finalmente, después de varios días, se termina el interés y todo mundo vuelve a sus labores. Queda un reguero de basura y en el centro la mujer dormida.
El ciudadano, aquel del inicio del relato de los hechos, no se ha ido, ha quedado prendado de su belleza. Se acerca y la besa.
La Bella Durmiente despierta y le sonríe.
Se toman de la mano y se alejan en el atardecer...
Nadie ha visto esto, ni siquiera yo, porque el amor es un acto privado entre sólo dos...

Sobre el autor: Héctor Ugalde

Karma - Silvia Milos


El prototipo C H 2 estaba listo para entrar al edificio. Tenía el olfato mil veces intenso que los humanos 1, y sus orejas recibían ondas de baja frecuencia capaces de captar hasta la más mínima respiración. Subió de cinco en cinco los escalones, saltó entre los escombros y alcanzó el tercer Nivel en tres segundos, uno por piso.
Luego se detuvo, una fracción de tiempo incontable para hacer un paneo absoluto parado frente al departamento. Divisó a través del humo y de las llamas el cuerpo de un humano en el suelo , y de dos simples perros, sin genes H estaban aterrados, casi al borde del desmayo. Dudó, antes de levantar a los animales hizo un llamado por el sonar, alertando a los humanos 1 de su par. Luego bajó como un rayo y los sacó del derrumbe.
 Afuera, nadie preguntó por el que faltaba, todos sabían que no era necesario tener un asesino de perros entre la gente.

Sobre la autora: Silvia Milos

martes, 26 de agosto de 2014

Y al final, se fue la señorita María Inés - Carmen Belzún


Amenazó, amenazó… ¡y cumplió! Yo no creía en su promesa de irse. Dejar todo, ir a meterse en una casita en la costa, empezar de cero… Porque era así: ¡de cero! Pedir el traslado era fácil; conseguirlo, más o menos; aceptarlo… ¡eso era lo jodido! Casa nueva, vida nueva. Otros amigos, otros compañeros de trabajo, otra vida. ¿Valía la pena? Ella creía que sí. Y nosotros, al principio, también. Sobre todo cuando la veíamos acercarse de la mano de él. El marido ¿quién iba a ser? No era ni lindo ni feo; alto como ella; el pelo medio rubión; sonrisa fácil. Siempre la acompañaba a la mañana, tempranito, ¿te acordás? Llegaban como dos novios. Así los llamábamos. Un besito delicado en los labios (un piquito, bah) ¡y a empezar la jornada! No sé de dónde apareció el proyecto; pero lo cierto es que ella nos comentó que querían mudarse a una casa frente al mar. Ella iba a pedir el traslado de su cargo titular, él iba a pedir que lo mandaran a otra sucursal de la fábrica. Fácil ¿no? Sí, si hasta nosotros lo entendíamos. ¡Tampoco éramos tarados! Sólo chicos. Y de pronto nos convertimos en compañeros incondicionales. Le preguntábamos por los trámites (¡como si supiéramos!), le dábamos aliento (¡lo único que podíamos!); una vez, aparecimos con un suplemento de viajes y paseos dedicado al partido de la Costa. Durante todo el año nos esforzamos por darle ánimo sin dejar en evidencia nuestras dudas. ¿Valía la pena dejar todo por acompañar a su hombre? ¿Sería feliz tan lejos de sus seres queridos? Cierto que él era el más querido… entonces ¿así terminaba todo? Su carrera, sus afectos, su vida; todo se limitaba al mundo que él le ofrecía. Nos resultaba raro. En realidad, ahora me doy cuenta de que repetíamos palabras de los adultos. Eran comentarios que hacían los viejos, todos: padres, algún que otro abuelo, las otras señoritas de la escuela. Había desconfianza en sus voces e, indudablemente, los pronósticos eran desfavorables. Pero ella cumplió. Con la exactitud de las ecuaciones que quería enseñarnos. Ella se fue. No le importó que le pidiéramos que se quedara (en verdad, fue una actuación más que un deseo). No le importó que la situación se presentara tan en contra. O, a lo mejor, aceleró el trámite por eso. No lo habló con nadie, sólo se fue. Sí, se fue de noche, sin avisar, sin despedirse; primero pidió una licencia por enfermedad, ¡todos lo entendieron! Y después se colgó de una viga del quincho. Una semana antes, el marido la había abandonado.

Sobre la autora: Carmen Belzún

Inevitable – Carlos Enrique Saldivar


Y tuve una maravillosa impresión, como cuando el río en invierno aumenta su caudal y crece. Así son las niñas cuando se hacen mujeres. Así es ella, un espejismo real, un milagro de hermosura. Como miro el océano la veo a ella, lo he hecho desde hace años. Quisiera ingresar en sus entrañas, nadar hasta extasiarme, sentir sus formas acariciar mi espigado y fuerte cuerpo. Aunque sé que no debo, no he de abandonarme a sus encantos. Me resisto. Pero ella me atrae con una potencia bárbara. La amo, creo. Algo es cierto, la deseo. Inevitablemente caeré en sus redes muy pronto. Su nombre es Linda, es más que eso, se lo he dicho, me ha sonreído y me ha tomado de la mano, no obstante he huido de su lado.
Inquieto, en mi elemento, tengo emociones que me destruyen.
No puedo dejar de pensar en su persona.
Desobedezco una vez más a mis ancestros. Salgo del océano, desnudo, camino hacia a la playa. Me crecen piernas con lentitud. Ya no duele como antes. Mi ropa se encuentra enterrada bajo la arena. Me visto. ¿Habrá de ser este mi destino? Sí. Esta noche cederé a su voluptuosidad. Sé dónde encontrarla. Se alegrará de verme. Entraremos a un universo de frenesí y tempestades placenteras. Ya nunca podremos abandonarnos. Y, como muchos de mi especie, en poco tiempo moriré en sus brazos, satisfecho, agradecido, lejos de mi gente. Me disolveré en el aire impuro de un mundo que no es el mío.

Lima, agosto de 2012

Sobre el autor:  Carlos Enrique Saldivar

El ataque - Patricia Nasello


Conoce los clientes del bodegón, sabe que debiera cantar otras canciones pero esta noche el hastío llegó temprano. El viejo hastío que, hasta hoy, siempre lo había atacado una vez puesta la llave en la cerradura de su casa, después de la actuación y de los vinos.
Ahora no canta, sólo puntea la guitarra.
Al primer chiflido se baja del escenario.
—Otra como ésta y olvidate —dice el mandamás.
—Traeme lo de siempre —replica con indiferencia mientras pone sobre la mesa el sombrero que calza cuando cumple rol de artista.
Para el sexto vaso de tinto, no sabe si es verdad que alguna vez fue un gran vocalista a quien el éxito acercó una multitud de admiradoras serviciales.
—¿Cómo pudo aquel tipo terminar cantando por monedas en un bar de mala muerte?
Quisiera responder a su pregunta pero la bebida no combina bien con el hastío prematuro.
—Quietos! —ruge alguien, un pibe con cara de loco, parece tener menos años que su propia pistola. Lo acompañan otros dos que podrían ser sus gemelos.
La adrenalina provoca el milagro, siente que la vida regresa para correr por sus venas, sonríe.
—Vos, el del sombrero, qué te pasa?
Mirá quien viene a reparar en el sombrero. Algo se agita en la boca de su estómago, tarda en reconocer la risa que asciende.
—Che puto de mierda querés que te queme? —tiembla de rabia y lo apunta
La carcajada es incontrolable.

Sobre la autora: Patricia Nasello

El milagro – Ada Inés Lerner


En una caverna están recluidas tres personas ¿el motivo de su reclusión? Un tal señor Platón los puso ahí. Como este es un mundo donde los gritos de los pobres se pierden sin ecos y sus deseos han perdido velocidad, los habitantes de esta caverna tienen buena conducta. Quizás porque a los que nada tienen les sobra tiempo libre, estos cavernícolas mantienen ordenada y limpia su pieza, juegan a las cartas, a las sombras y al amor. Y como suele suceder los carceleros les permiten que salgan a trabajar, esporádicamente, a cambio de una comisión.
Cuando Magdalena regresa a la caverna después de trabajar, su hombre, que conlleva su reclusión con furia íntima, contenida y alerta,. la mira con cara de perro atado al fondo y le reclama que haga la comida. Ella les cuenta del calor del sol y la placidez de la luna, del aliento dorado del otoño, de la belleza de la rosa y la humildad del cardo.
El niño, Ángel, duerme demasiado. Madre y padre ignoran, con certeza, la razón. Poco importa. Ángel está triste y cuando alguien está triste no hay vuelta de hoja.
Sí, Magdalena, su hombre y su hijo son los tres humanos de la caverna platónica. Claro que no todos vemos las mismas cosas de la misma manera. Magdalena ha concebido a Ángel como el "milagrito" de un espejo equivocado. Ella no pudo ratificar si había pedido o no este favor al esposo. Y como bien dice Platón las ideas son lo más importante, por eso los tiranos creen que es peligroso permitirle pensar a un hombre desocupado. Yo creo que es más peligroso que un hombre esté desocupado.
Los nacimientos son milagrosos, traen luz. Cuando nació Ángel su cuna se convirtió en un lugar de peregrinaje, hasta los carceleros iban a pedirle favores. Pronto empezaron a llamar a estos favores, favores cumplidos: milagros.
Frente a la cuna muchos hablaron de necesidades nobles y solemnes. Otros pidieron cosas materiales y fútiles. Y la mayoría dijo que sus peticiones se vieron satisfechas.
Hubo quienes sugirieron al Director que se libere a Ángel. Al Director, esta historia comenzó a pesarle. Debía esperar la autorización de "arriba". Y ésta se demoró.
Para los que creen en las soluciones mágicas el tiempo todo lo resuelve. ¿Será por eso que pasado cierto tiempo Ángel ya no es el centro de atención?. Lo fueron olvidando y ninguno recuerda cumplir, al menos, con una obra de caridad. Muchos ingratos se confortan al mentirse: yo no le pedí nada.
El hijo regresa de una siesta y pregunta: Vieja, en mis sueños corría por la playa ¿la arena es verde y el mar rojo?. Sí, Ángel.
Cuando ya no tiene gracia llega la aprobación de “arriba”. Los carceleros se asoman a la caverna y encuentran dos cadáveres descarnados. Tres pobres que se murieron a tiempo de ahorrarse más disgustos. El de Ángel, se ha conservado casi intacto.
Los devotos que visitan su tumba necesitan de la magia para conservar la fe. Corren nuevos rumores: en el ataúd de Ángel no hay osamenta alguna. Esto indigna a la mayoría y libera a la minoría. El Director se ve presionado y manda otro rumor: "Ángel, el milagroso" se ha levantado de su tumba. El nombre de sus padres será purificado.
Ahora todos olvidan al hombre, la mujer y el hijo. Los pobres de la caverna ya no pueden ser utilizados. Ya no son, ni siquiera, una idea liberadora.

Sobre la autora:  Ada Inés Lerner

jueves, 21 de agosto de 2014

Autoestima - Ada Inés Lerner


Nadie puede cruzar la frontera,
que lo separa del otro por la sencilla razón
de que nadie puede tener acceso a si mismo.
Paul Auster

Raquel había conseguido armar una historia que ni su propia madre podría refutar. Raquel pensaba que la verdad no existe, es un accidente y como tal insignificante en el tiempo, la historia que ella armaba en su cabeza y repetía una y otra y otra vez había cobrado cuerpo y lo más importante es que la hacía feliz.
Podemos participar de ese salón del poema ilustrado —me dijo yo tengo un importante curriculum como pintora, mirá este cuadro obtuvo el 3er Premio en el Salón Nacional y aquel otro Mención especial en la Galería de las Artes y el que está en el bastidor tiene el Primero de la Primavera del Salón temático, pero ahora vamos a tomar el té. Me lo trajeron de China, directamente, un comisario de a bordo que fue mi amante en otras épocas, pero aún somos buenos amigos, las buenas relaciones hay que conservarlas ¿no te parece?
Qué buena suerte había tenido yo al conocer a Raquel, tenía algunos poemas que quería presentar y necesitaba de alguien como ella. Volví a mi estrella en una alfombra mágica y me dormí cuando ya no me iluminaron las tres lunas.

Sobre la autora: Ada Inés Lerner

Bancarios – Héctor Ranea


En el Banco Integral Orgánico de Reservas, Silos e Incorporaciones (BIORSI) los gerentes reunidos tenían poco de qué estar alegres. Lo que había dicho el Presidente fue terminante.
—Es, según dicen los científicos a cargo —continuaba —uno de los efectos reconocidos de la acción del Cesio 137 en conjunto con el Yodo 131. Y, claro, esa maldita dosis de Plutonio.
—Pero de esa manera, nuestros depósitos van a licuar el activo de varios otros Bancos menores indirectamente, Sire —manifestó con su habitual genuflexión el Gerente de Circulación y Encaje.
—En efecto. La avalancha producida hará que los Bancos afluentes que aportan se vean succionados por el fuerte tsunami inverso, si se me permite la metáfora, que va a producir nuestro superávit lanzado al mercado —quiso explicar el Síndico Universal de Contenedores de Capital. —Lo peor es que, aunque es nuestro capital el que puede generar esta conmoción, no saldremos indemnes de esta. No señor.
—Hará presión negativa por los canales normales de flujo —quiso aclarar el Gerente de Sucursales y Servicios Tercerizados— y arrastrará consigo toda la masa acumulada en los silos de las subsidiarias. Por cosas mucho menores se desataron la tercera guerra mundial y también la cuarta, les recuerdo —apuntó con el lápiz al ventanal.
Un visible estremecimiento fue unísono en los dientes de los gerentes. Imaginaban las escenas de pánico en el grupo y la clientela y eso los involucraba emocionalmente.
—Y diría —dijo el Gerente de Conexiones y Servicios —que nos tenemos que preocupar desde ya. Esto es urgente, a juzgar por estos gráficos.
Todos asintieron en medio de un silencio momentáneo que se les antojó lúgubre a los presentes.
—¡Es alarmante! —dijo con la voz quebrada la Gerenta de Comercialización de Subproductos, contagiando su congoja a la Subgerenta de Créditos Bursátiles y al Director de Sucursales de Recolección. El único no jerárquico que asistió a la reunión intentó evitar la lipotimia del Gerente de Conductos de Comunicación a quien ya estaba asistiendo la Gerenta de Salubridad y el de Seguridad Sustentable.
El Presidente se sentó con un gesto de opresión abrumadora sobre sus hombros y cejas. Por poco no baja la cara, cosa prohibidísima en la Reunión de Estrategias. Se hizo un silencio más significativo que mil palabras.
La Gerenta de Recursos Humanos revisó su ordenador en el cristal de la mesa de Directorio y comentó algo al oído de su Subgerente, quien pidió permiso en el acto para ausentarse.
—¿Puedo saber a qué se debe esta intempestiva salida? —dijo el Presidente.
—Señor, según nuestros informes lo anunciado por usted ya comenzó. Y parece ser que nuestro Banco ha sido afectado.
—¿Pero cómo? —clamó el Presidente no sin asombro— ¿No habían tomado las pastillas los empleados?
—Parece ser, señor, que las dosis de Plutonio han sobrepasado las esperadas y la diarrea es mucho peor.
—Entonces sí que tendremos el mega-tsunami tan temido —dijo apenas repuesto de la lipotimia el encargado de las cañerías o Gerente de Conductos.
—Ahora a las cloacas las administra el diablo, Sire— intervino el que tenía que proceder a la destapación de esos caños. —Todo se fue directamente al carajo. Esto nunca nadie se lo soñó. No estábamos preparados para…
—¡Cállese! ¡Háganlo callar! ¡Que venga seguridad y lo mate! ¡Quiero la Productora de Conferencias de Prensa para preparar una como la gente!
La gran diarrea universal que atacó a la población después de tanta irradiación, no pudo ser controlada por el BIORSI ni por ninguno de todos los emprendimientos conjuntos. Se pueden imaginar la situación. No quiero ser escatológico.

Sobre el autor:  Héctor Ranea

Billete de ida - Xavier Blanco





A veces la vida es un camino que nos lleva a ninguna parte...

Pronto aprendió que la vida era un camino perpetuo que se bifurca de forma caprichosa. Había que tomar decisiones. Se lió la manta a la cabeza y, un mal día, inició su viaje de ida hacia ninguna parte. Al final llegó a su destino, y allí nació su hija. Imaginar la entristece, se le disipaban los recuerdos. Podía visionar cómo su abuela tejía con su cabello diminutas trenzas. Resonaba en su memoria el sol inmenso de las mañanas, los atardeceres policromos, las noches claras de primavera.

Hoy es domingo, de los de verdad, libra uno de cada cuatro, deambula, pasea con su retoño del brazo por los parques y avenidas de esta gran ciudad. Existir es un desafío. La urbe la oprime, la maltrata, la empequeñece, enmudece su alegría, ahoga su silencio. No se ha acostumbrado a vivir sin cielo. Le falta el aire, añora el aullido del viento, el crepitar de la madera presa por el fuego. Mientras camina, entre el retumbo de los cláxones y el humear de los vehículos, sueña con su vida pasada. Fantasea con su niñez no vivida, con los árboles que crecían en su país, con el cielo inmenso y azul, lleno de estrellas, con el que cubría sus noches. Imagina el trinar de los pájaros, el aroma de la hierba que ascendía bajo sus pies. Divaga sobre el color de la lluvia, sobre el olor del firmamento. Sentada en el banco, su vista se pierde en la nada, y cuando el sol se derrumba fantasea con la luna que se mece en el horizonte, y sueña los sueños que nunca vivirá. Se siente sola, vacía, despoblada. Mira a su hija, le caen lágrimas, que surcan sus mejillas.

Han pasado los años, pero todavía le cuesta dormir. Algunas noches los sueños se convierten en pesadillas: en gritos que ahogan su cuello, en la sombra de la muerte que acecha tras el batir de las olas, en el agua salada que abrasa su piel, en el miedo al miedo. Revive los días a la deriva, al albor del viento, la noche infinita, los amaneceres fríos e inciertos. Se estremece al recordar aquella maldita patera que naufragó en las costas del primer mundo, donde ella se siente la última, sólo basura. De nada sirve lamentarse, sabe que no es cuestión de tiempo. Ya no recuerda cuando perdió las ilusiones. Al borde del precipicio vagabundea la voz de su madre que le susurra historias, siente sus besos y esa es su única dosis de esperanza. Abraza a su niña, que nunca conocerá a su padre ni a su abuela. Llora, le abate la niebla. Hace tiempo que sabe que no hay billete de vuelta.



Acerca del autor:  Xavier Blanco
Tomado del blog Caleidoscopio http://xavierblanco.blogspot.com/2011/10/190-billete-de-ida.html

Panopea - Ada Inés Lerner




Procuro no dejar rastro porque Panopea me descubre si camino libre y me sigue con amor casi virtuoso. No es que me encele o me preocupe porque Panopea no es ligero, infiel, o indolente, sí es constante en el lenguaje y se pone feliz cuando acierta a la hora de comunicarse con los niños. Antaño me ocurrió soñar con libertad alguna pero desde que lo conozco mi destino está infecto y deambulo casi a su ritmo. Me invade cierta apatía y desconcierto porque representa una parte de mi futuro y por su obsecuencia no acierto a dar con la fuerza que necesito. Su presencia es popular entre la barriada. Un aficionado a la ufología, barbudo y extraño, sostiene en la mesa del bar que Panopea llegó a nuestra calle desde una nave espacial. Referente al fenómeno de la llegada de Panopea alguien ha postulado, asimismo, que su origen familiar habría sido ya conocido en los vecinos antiguos, en los cuales se han relatado este tipo de sucesos. En este traspaso de información genético, postulan que sería posible reconocer episodios relacionados a la presencia de ascendientes panopeos y también de cierta inclinación a defender su territorio. El que Panopea no sea bello no me apura. Así es mi Panopea.


Acerca de la autora:  Ada Inés Lerner

sábado, 16 de agosto de 2014

Veintisiete - Giorgio Manganelli




Un señor que poseía un caballo de excepcional elegancia, una mansión fortificada, tres criados y una viña, creyó entender, por la manera como se habían dispuesto los cirros en torno al sol, que debía abandonar Cornualles, en donde siempre había vivido, y dirigirse a Roma, en donde, suponía, tendría ocasión de hablar con el emperador. No era un mitómano ni un aventurero, pero aquellos cirros le hacían pensar. No empleó más de tres días en los preparativos, escribió una vaga carta a su hermana, otra todavía más vaga a una mujer que, por puro ocio, había pensado en pedir por esposa, ofreció un sacrificio a los dioses y partió, una mañana fría y despejada. Atravesó el canal que separa la Galia de Cornualles y no tardó en encontrarse en una zona llena de bosques, sin ningún camino; el cielo estaba agitado y él con frecuencia buscaba abrigo, con su caballo, en grutas que no mostraban rastros de presencia humana. El día decimosegundo encontró en un vado un esqueleto de hombre, con una flecha entre las costillas: cuando lo tocó, se pulverizó, y la flecha rodó entre los guijarros con un tintineo metálico. Al cabo de un mes encontró una miserable aldea, habitada por aldeanos cuya lengua no entendía. Le pareció que le prevenían de alguna cosa. Tres días después encontró un gigante, de rostro obtuso y tres ojos. Le salvó el velocísimo caballo y permaneció oculto durante una semana en una selva en la que no penetraría jamás ningún gigante. Al segundo mes cruzó un país de poblados elegantes, ciudades llenas de gente, ruidosos mercados; encontró hombres de su misma tierra, supo que una secreta tristeza arruinaba aquella región, corroída por una lenta pestilencia. Cruzó los Alpes, comió lasagna en Mutina y bebió vino espumoso. A mediados del tercer mes llegó a Roma. Le pareció admirable, sin saber cuánto había decaído los últimos diez años. Se hablaba de peste, de envenenamientos, de emperadores viles o feroces, cuando no ambas cosas a un tiempo. Puesto que había llegado a Roma, intentó vivir allí al menos un año; enseñaba el córnico, practicaba esgrima, hacía dibujos exóticos para uso de los picapedreros imperiales. En la arena mató un toro y fue observado por un oficial de la corte. Un día encontró al emperador que, confundiéndolo con otro, lo miró con odio. Tres días después el emperador fue despedazado y el gentilhombre de Cornualles aclamado emperador. Pero no era feliz. Siempre se preguntaba qué habían querido decirle aquellos cirros. ¿Los había entendido mal? Estaba meditabundo y atormentado; se tranquilizó el día en que el oficial de la corte apuntó la espada contra su garganta.



Acerca del autor:  Giorgio Manganelli


Hacia delante - Rafael Blanco Vázquez


Cuando dejó de fumar le dio por beber, aunque también se puso a hacer ejercicio, si bien es verdad que comía cada vez más.
Había dejado atrás su juventud, pero ahora follaba mejor, claro que también se enojaba más, y eso que por fin se estaba quedando solo.
Se acordaba con nostalgia de la época en que se rapaba la cabeza, de las chicas que le pasaban la mano por el cráneo ahora que chicas más grandes le acariciaban el pelo.
Ni siquiera comprar champú era anodino.
Vivió en varios países, siempre presa del mismo balanceo entre el descubrimiento y la melancolía, entre la exploración y el rechazo.
Antes iba más al cine, ahora leía más libros.
Antes leía de todo, ahora sólo novela negra.
Ahora las películas las veía en casa, y eran todas de terror.
Y por las noches, mientras tomaba whisky y rememoraba los tiempos en que leía otros libros y veía otras películas y tenía otras edades y transitaba otras calles y fumaba y follaba peor y apenas se enojaba, indefectiblemente se hacía la misma pregunta: ¿qué va a ser de mí?

Sobre el autor: Rafael Blanco Vázquez

El dedo - Feng Meng- lung




Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.


Acerca del autor:  Feng Meng- lung


martes, 12 de agosto de 2014

Una camarera abre los ojos - Fernando Andrés Puga




Un whisky no siempre es efectivo para asimilar las derrotas. Creyó que sí; sería de tanto ver a los parroquianos que noche tras noche se dormían frente al vaso. Ella había sido abandonada después de haber sido seducida por el más apuesto de los galanes que frecuentaban el bar y supuso que entre el dorado brillo del scotch podría olvidar la humillación que sentía. No pudo. Lo único que consiguió fue un cambio marcado en la mirada de sus ojos deslumbradores apenas entreabiertos, unas profundas ojeras y una estrepitosa caída desde la banqueta que la sostenía frente al viejo mostrador.
Al volver en sí encontró a su Adonis pidiéndole disculpas. La camarera enamorada del príncipe encantador creyó estar soñando, pero no. Era él quien durmió enroscado en el viejo sofá de la desvencijada habitación del hospital esperando que ella despertara. No podía creerlo. Pensó que sería la resaca, algo que nunca había experimentado pero que todos decían que hasta podía producir alucinaciones. Le dolía la cabeza, sentía el revoltijo en el estómago, quería ir al baño… mientras él seguía con las disculpas.
—No sé por qué te dejé sola. De haber sabido lo que pasaría no lo hubiera hecho, pero quién podía imaginar que te emborracharías. ¡Y con ese whisky barato! Por suerte llegué a tiempo antes que algún depravado quisiera aprovecharse de vos.
—Está bien, no importa —susurró ella, pensando que el oportunista había sido precisamente él y que no contento con eso, volvía a la carga. Quería que se fuera, que no la viera en ese estado. Tenía que mirarse en el espejo, segura de que parecía un monstruo—. ¿Por qué no me dejás sola? ¡Por favor! En cuanto salga de acá te llamo. ¿Te parece?
—No, no. De ninguna manera. ¿Cómo te voy a dejar sola?
—Pero eso es lo que quiero.
—No, de ninguna manera. Estoy en falta y tengo que acompañarte —. Insistió él con cara de borrego degollado.
De pronto ella se dio cuenta. Tenía ante sí a un reverendo pelotudo que no sería capaz de respetarla ni amarla como ella se merecía. Esta nueva lucidez ¿sería consecuencia del alcohol? Al fin de cuentas parece que algo pasa después de unas cuantas copas.
Cerró los ojos, los oídos, la boca y todo su cuerpo, segura de que al día siguiente él ya no estaría.


Acerca del autor:  Fernando Andrés Puga

El hámster - Rafael Blanco Vázquez



- Yo nunca pensé que la vida sería esto.
- Pues yo siempre pensé que sería esto.
- ¿Y a quién se le ocurre pensar que la vida será esto o lo otro en vez de esperar que la vida sea lo que sea?
- Pero la vida es lo que es según nuestro pensamiento.
- Pero ese pensamiento lo va modelando la vida.
- Pero pensar y vivir van de la mano.
- Pero se estorban.
- Pero el estorbo hace avanzar, ¿qué sería de la vida sin obstáculos?
- Yo conozco a un tipo que vivió sin estorbos y avanzó igual, de la cuna a la tumba.
- Pero la vida no es ir de la cuna a la tumba. Yo conozco a un tipo que nació en la calle y murió en un coche.
- Tú eres tonto, chaval.
- Eso es lo que tú piensas.
- No, eso es la vida misma.
- ¿Una vida sin pensamiento? Yo a veces tengo pensamientos sin vida.
- Los pensamientos son como la vida, no siempre es fácil distinguir a los vivos de los muertos.
- Eso es puro pensamiento. ¿Por qué no vives un poco?
- Déjame pensarlo.
- Pero mientras piensas vives.
- Estamos encerrados en una columna de aire. Salgamos de aquí.
- Socorro, auxilio, ¿quién nos ha robado el mes de abril?
- Qué lindo pensamiento esconde esa pregunta. Mi vida cobra todo su sentido.
- La vida no tiene sentido, pero nuestros pensamientos le otorgan uno.
- Pero la vida les va quitando sentido a los pensamientos.
- Pues vale, pero yo quiero ser pensado en vida.
- Todos somos el pensamiento de alguien que sin pensarnos no vive.
- Mi madre me llama mi vida. ¿Podría llamarme mi pensamiento?
- Podría, si no fuera porque es tonta, como tú.
- Así es la vida. ¿Pero quién nos convierte en tontos, nuestra vida, nuestros pensamientos o los pensamientos de los demás acerca de nuestra vida y nuestros pensamientos?
- Me cago en mi vida sólo de pensarlo.
- La verdad es que esto no es vida.
- ¿Te imaginas que antes de vivir pudiéramos pensárnoslo dos veces?
- Nos pasaríamos la vida a las puertas de la vida.
- Y como no sabríamos lo que es la vida diríamos que sí por curiosidad y estaríamos en las mismas.
- Di vida y vencerás, decía Julio César.
- ¿Ves como eres tonto?
- Puede ser, pero la vida es movimiento.
- No, la vida es pensamiento.
- Pero el pensamiento se mueve.
- Dando vueltas sobre sí mismo.
- Pero eso no le impide tener ritmo.
- ¿Te gusta el ritmo?
- Me gusta el ritmo.
- Pero el ritmo y el blues van de la mano.
- Pues entonces cantemos un blues.
- Un, dos, tres.

Ven acá nena
Y échame los brazos al cuello
Déjame sin resuello
Y dime que te da pena
Mi indiferencia

Ven acá hermosa
Y bésame sin parar
Abre mi cuerpo de par en par
Y dime que te da cosa
Tu impertinencia

Yo quisiera entregarme a ti
Yo quisiera vivir sin mí
Pero no puedo
Eso sí tú ven y bésame
Y dime que tienes fe
En tu remedio

Ven acá linda
Y bebe un whisky conmigo
No escuches lo que te digo
Sólo espera hasta que me rinda
Santa paciencia.


Acerca del autor:   Rafael Blanco Vázquez

El obrador - Guillermo Vidal



La nave apareció en el cielo sin que ningún instrumento la hubiera detectado abriéndose paso entre la espesa capa de nubes. Atravesó silenciosa la ciudad ante la mirada entre extasiada y temerosa de lo gente y se detuvo encima de la isla cubriendo toda su extensión. Un poderoso escudo impedía vulnerar el perímetro donde se instaló y los intentos de comunicarse con el descomunal artefacto habían resultado inútiles. La imagen despertó terrores profundos largamente alimentados por las películas de extraterrestres, pero pasaron las horas y nada sucedió que hiciera sospechar un ataque.
Sin embargo en el interior del espacio impenetrable se podía observar un intensa movimiento, la nave había descendido casi hasta tocar las chimeneas de la fábrica abandonada hacía años, extensos tubos fueron poblando el espacio entre la isla y el artefacto, especies de insectos de aspecto artificial se movían en las flamantes instalaciones con celeridad y cumpliendo órdenes secretas. Luego de varios días de actividad ininterrumpida un conjunto de estructuras empezaron a tomar forma.
—Es un obrador—dijo el general—,y lo más probables es que estén construyendo una base. Es lo que yo haría —concluyó por toda explicación.
—Entonces no se trata de una invasión —acotó el embajador.
—No, es una fuerza de ocupación, lo suficientemente poderosa como para no temer represaría y con una demostración de poder tal, que se propone por sí misma como instrumento de disuasión ante un posible ataque de nuestra parte.
—Entiendo, es una estrategia que conocemos.
—¡Nosotros no somos una fuerza de ocupación!
—Vamos general, no están aquí como turistas. Los dos portaaviones y tres destructores anclados en nuestra bahía podrían reducir a cenizas la capital, si acaso un día se despiertan de mal humor
—No lo creo —dijo el general—nuestro humor es muy estable.
—También lo sería el nuestro con ese arsenal en nuestras manos.
—Le recuerdo a su país que estamos aquí por propósito de defensa, para proteger sus intereses.
—Nuestros intereses que tanto los benefician. Pero me parece que es un propósito que ya no pueden cumplir. Por esa razón vengo a entregarle de parte de mi gobierno la invitación a la fiesta de despedida que le vamos a ofrecer.
—¿Nos están echando?
—Después de que se llevaron enormes beneficios durante largos años, hemos decidido que nuestra hospitalidad ha llegado al límite.
—No creo que sea decisión de ustedes.
—Claro que no lo era hasta hace pocos días pero hicimos un trato con los aliens, nos saldrá más barato que mantenerlos a ustedes.
—¿Entonces saben lo que vinieron a hacer los extraños?
—General, intuyó muy bien sobre la nave, es un obrador y están construyendo un colector de materia oscura. Le cedimos la isla por un siglo, a cambio nos darán protección y por supuesto no aceptaran que nadie intente dañar sus intereses.
—Esto no termina aquí.
—Le sugiero que guarde las amenazas y los barcos para proteger su propia nación, le aseguro que van a necesitar hasta los arcos y flechas, aunque sea para preservar la dignidad porque lo demás lo van a perder. La despedida empieza a las nueve en punto, no lleguen tarde, no les gusta esperar. Les sugiero que hagan las valijas, tienen hasta medianoche para retirarse. Después de las doce, general, sus poderosas armas pueden quedar convertidas en zapallos. Fue una idea de a los aliens, les encantan los cuentos de hadas.


Acerca del autor:  Guillermo Vidal

¿Esto será un mandala? - Oscar R. Ruiz


Miro el reloj y descubro Que las doce del Mediodía quedaron Cuarenta Minutos Atrás. Apenas me Quedan veinte párr almorzar y El Ascensor una hora this no está colapsado. Ningún tengo remedio Más Que lanzarme Por las escaleras Hacia la planta baja. Apurado, compro Una manzana en "El Altiplano", y estafa Resistencia le entrego al boliviano Que Me Atiende mis ultimos mangossueldo el cinco. Ante lo Evidente de mi Gesto, me dados:-Acá VENDEMOS Las Mejores manzanas de la ciudad.
Cruzo la calle. Alcanzó una sentarme en el banco de la placita, (milagrosamente Vacío). El sol de agosto me da de LLENO en la Cara y me reconforta. Sí Ahora, Sentado, Comodo y famélico saco del Bolsillo millas manzanalmuerzo, le doy sin Tarascón Que me permite (es Todo un EJEMPLO de Eficiencia) deglutirme, ONU de la estafa bocado solo, La Mitad. Dispuesto a Terminar el Asunto, abro la boca del hasta Que las comisuras me duelen, Cuando asoma Sobre la manzana medios, Primero, la cabeza de la ONU gusano e INMEDIATAMENTE DESPUES el resto de do Cuerpo. Me LLENO De Una SENSACIÓN naturales de asco, instalándose en mi Mente La Cara del bolivianoverdulero riéndose un mas no Poder. Me Siento
profundamente estafado. Prometo fervorosamente no comprarle Nunca Nada más, Y además, busque Fuerte de Como Para Qué me ESCUCHE del Otro Lado de la calle le grito A Modo de venganza luz: - ¡Hijo Chorro e'puta!
MIENTRAS del tanto el gusano, Totalmente despreocupado y ajeno de mi Reacción, Se Mueve Por La media manzana de Como Se Mueve Cualquier gusano: about el culo al cogote (o de como Quiera Que se LLAME el Extremo trasero y delantero y de los gusanos) En Un Movimiento de repliegue, Levantando el DE como lomo sin fuelle estafa CADA contracción. De verde de color claro, ojos rojos, repugnante y, Aunque No Mucho Que ya es chiquito y sin pelos Tiene. Apoyado en mi manzana, Levanta la cabecita, Arruga del los pliegues y me mira (Por lo Menos, yo Creo Que Me Mira), le devuelvo la mirada Pero la mía lleva odio incluido, y de como si me entendiera, le grito: - ¡Gusano de mierda! -Al Instante doblo HACIA Dentro mi dedo Índice, Apoyo la uña Sobre la yema del pulgar, párr Formar ONU Círculo y convertirlo en gatillo un, Que Disparo estafa Fuerza pegándole Con La uña de LLENO en el culo (o se del como LLAME EL
Extremo trasero Que Tienen los gusanos). Venta Despedido de la manzana Desafiando la Ley de gravedad. Cae al piso. Se Recupera y Sigue do rumbo en la plena ignorancia de Que do Destino es ENCONTRAR Alguna Otra fruta o perecer de inanición.
Entretenido Con El gusano no lo veo Venir al Tucu y ya Lo Tengo Encima. Nada Que Pueda Hacer.
- ¿Tenés la guita? -Me increpa de una, directo como siempre. Alcanzó un lo balbucear Primero Que se me ocurre:
- Eeeeee, siiiii, buenoooo, Ahora no. Eeeeee, a la Tarde. Cobro Hoy.
El Tucu, solo Que laburo Levantando quiniela, sí traga la mentira un Pesar Que Hoy Es Veintitrés.
- ¡A Las Cinco Estoy acá, y Mejor que Tengas la guita! -Se va. Me quedo estafa manzana mordida medios y sin quilombo entero Que No se como arreglar: Le Debo al Tucu mil mangos from HACE MAS DE mes de la ONU, (empecinado en agarrar al veintiocho, Que se Niega a salir), no sope ONU Tengo, mi Crédito no está agotado en Todos Lados y Encima No Se me ocurre nada. ¡Pienso! Pienso! Vuelvo al laburo.Sigo pensando. Me Morales llama:
- ¡Che, pendejo! Anda al banco, pagaté ESTO y Despues Archiva Las boletas. ¡Apurate te Que cierra! -Me da las boletas de luz y gas de la Oficina y la plata. Me Rajo de la Oficina. En el ascensor rumbo a la planta baja cuento la guita: setecientos Cincuenta pesos. Miro al cielo agradeciendo al de arriba y me la guardo en el Bolsillo.

A Cinco Estoy en las puerta del la del Trabajo. El Tucu ya no está Sentado en el banco de la placita, esperándome.
- ¿trajiste la guita?
- Tomá, seiscientos consegui. Achica la Deuda. En dos Días te doy Lo Que Falta. -Le paso la plata y agrego, Dandole Otro billete-: Jugame ESTOS CIEN al veintiocho a la cabeza.
El Tucu Empieza a juntar bronca. Los ojos en sí le inyectan de sangre. Cara Con de odio me agarra, me mira y me Fijo dados: - ¡Gusano de mierda! -Acto Seguido me pega patadón tremendo un, Que Me Hace aterrizar despatarrado estafa Toda mi Humanidad en El Medio de la Vereda de la placita. El Tucu sí va llevándose CONSIGO, los setecientos mangos y la raya de mi culo Pegado a la punta de do zapato. MIENTRAS me hago masajes en la instancia de parte dolorida, veo de como le pasa la plata al Capitalista. Onu gordo de Que ESTA Con Dos Ursos En Un Mercedes, estacionado en la puerta de la verdulería. De Repente bajan del los Ursos, lo agarran inmovilizándolo al Tucu. Se baja el gordo. Cara de odio. Ojos INYECTADOS de sangre, y le dados: - ¡Gusano de mierda! -Ahí nomás le Pone al Tucu patadón tremendo un, trastabillar Que lo Hace, Terminar párr contra Los Cajones de naranjas y manzanas de "El Altiplano". Las frutas Por Supuesto sí desparraman porción Toda la vereda HACIA Ambos Lados y also Hacia la calle, la Mayoría hijo aplastadas Por los autos Que circulan Pero Una manzana Llega rodando, del hasta intacta el  cordón de la vereda Donde me encuentro. Entonces, Si Como hubiese nada Pasado el gusanito verde claro, HACE UN agujerito en la manzana metiéndose en ella, sí about el bolivianoverdulero, la Levanta y la estafa junto Pone las Otras en El Cajón párr Poder vendérsela al prximo Cliente.

About del autor:
Oscar Ricardo Ruiz

jueves, 7 de agosto de 2014

El mar - Paula Duncan




Ella no conocía el mar, no sabía de su inmensidad, de su color, de su aroma, sólo conocía su sonido, lo tenia guardado en un enorme caracol, que le regaló un amigo al regreso de sus vacaciones en la Villa; lugar al que ella anhelaba ir con toda su alma.

Escuchaba anécdotas de guitarreadas en la playa de amores efímeros y amistades para toda la vida, y sentía que caminaba entre los médanos, bajo los rayos un sol abrasador; podía sentir el movimiento de las olas mojando sus pies, la espuma salpicando de pequeñas burbujas su cara, el perfume de sal metiéndose en el cuerpo por cada uno de sus poros.

Pasó la adolescencia deseando, muchas cosas; la vida no fue generosa con ella, muchas veces tenía lo mínimo indispensable para sobrevivir; pero ella deseaba ver el mar, no en una lámina ni en el cine, quería conocerlo en persona.

Por mucho tiempo tuvo que conformarse durmiendo con su gran caracol al lado del oído, y escuchar de amores en la playa con música de guitarra.

LLegó el tan ansiado momento, casi con lo justo para ir, volver y una merienda escasa se subió a un micro de segunda categoría lleno de valijas bolsos, paquetes, niños inquietos y bebés llorando nada le importaba ella era feliz esperando el ansiado encuentro…

En el viaje entablo conversación con un joven de su edad o un poco más, y se asombraron al ver que ambos iban en pos del mismo sueño, y que les costó mucho conseguirlo, días de ahorrar monedas privándose de algo en hogares donde todo faltaba; al rato de estar charlando parecían conocerse de años y planearon pasar el día juntos y a última hora emprender el regreso a su cotidianidad gris y plana

De madrugada cuando todo el pasaje parecía dormido, ellos comían caramelos para engañar al estómago vacío desde hacía muchas horas; se sabían cerca de su sueño, faltaba una hora escasa…

Una frenada brusca los sobresaltó, miraron a su alrededor algunos ni se despertaron, otros gritaban asustados hasta que el chofer los calmó diciendo que no pasaba nada solo debían esperar para reanudar la marcha.

Ellos, sin equipaje decidieron caminar; ya podían divisar la playa, el amanecer pintaba colores en sus ojos

La inmensidad del mar apareció detrás de un médano y se desplegó ante ellos en toda su magnificencia, la mirada no alcanzaba ante tanta desmesura, se sintieron pequeños ante semejante paisaje, jugaron se mojaron, se tiraron en la arena, almorzaron frugalmente y cuando caía la tarde se sentaron en unas rocas con los pies en el agua; el sacó su vieja guitarra y muy juntos recordaron viejas canciones de amores de verano, no se dieron cuenta pero tenían varios espectadores, algunos entre las pequeñas olas, otros en los granos de arena y también sobre las rocas, estaban cuidandolos, para que llegaran bien al viaje, y entre el rumor del mar y la música se olvidaron que tenían que volver a una vida angustiosa; ya ni el hambre molestaba y se fueron quedando dormidos abrazados…

Un señor ejecutivo de una gran empresa se dispone a desayunar antes de comenzar la jornada, entra el mayordomo y después de darle los buenos día le alcanza los diarios de la mañana; hay muchos; de informacion general, de finanzas, en varios idiomas y debajo de todos, un humilde periódico local al que decide no prestarle atención, sus negocios no están ahí, lo descarta y llega al piso con la primera plana hacia arriba, en ella una foto de dos adolescentes con un epígrafe: fueron hallados muertos abrazados en la orilla del mar, después de salvarse de un trágico accidente en la ruta…


Acerca de la autora:  Paula Duncan

Psico - Raquel Sequeiro




Tenía un calor abochornante. Miró por la ventana. Pablo se había despedido de ella media hora antes, cuando estaba terminando de ponerse el sostén. No mediaron palabra. Él bajó los escalones sin hacer ruido; olvidó los calzoncillos en algún lugar de la casa. Imaginar que Pablo iba en plan comando le hizo mucha gracia, ya no tanto que con el dichoso calor se estropeasen sus campos de fresas. Pablo levantó el auricular.
-Los enmarcaré en un cuadro. Cuando regrese tu hermana le va a encantar.
Pablo hizo una mueca al otro lado del teléfono, le dijo te quiero y colgó. Su hermana estaba muerta desde hacia tres semanas. La estúpida que sabía enconntrar su ropa interior perfectamente doblada en el galán, nunca descubría nada de interés, de hecho era la peor criminóloga que había conocido en su vida; eso pensó, hasta que un marco con cristal y sus calzoncillos perfectamente estirados dentro, le invitaron a pensar en la cena dentro de la cárcel, esperando, en el corredor de la muerte, que la chica no siguiera enfadada por haberle echado un polvo penoso. Se acarició el pelo. Se fijó en que los calzoncillos tenían una mancha de tomate.


Acerca de la autora:  Raquel Sequeiro

Violencia en el espacio - Ada Inés Lerner




Durante un reconocimiento de rutina, dos astronautas sufren un accidente y quedan dando vueltas en la órbita de un planeta desconocido. El ingeniero Gabriel Byrne, astronauta con experiencia y su ayudante, John McArtur, un operador de radio e inexperto navegante van solos en su misión. Mientras buscan encontrar el momento propicio para abandonar la órbita que circunvala al planeta, Byrne prueba la comunicación con la Estación Espacial Tierra que está bloqueada por fallas en el buffer. Conecta el piloto automático y verifica la reparación del sonido. McArtur disgustado le reprocha su actitud, ésa es su tarea. Enfurecido enfrenta a Byrne y se trenzan en una agria discusión que los lleva a la violencia hasta que McArtur atontado flota en la falta de gravedad y golpea contra los comandos, apaga la computadora y la nave queda en caída libre hasta que Byrne logra estabilizarla aunque ya ha perdido el rumbo y las coordenadas, logra auxiliar a McArtur y acomodarlo en su sillón con las correas para evitar el peligro. Byrne se dedica ahora a reparar los daños y no advierte que su compañero, enceguecido, le clava una herramienta filosa por la espalda y lo hiere de gravedad. Ahora ninguno está en condiciones de pilotear y McArtur desesperado abre la escotilla y se tira al vacío.


Acerca de la autora:  Ada Inés Lerner

jueves, 31 de julio de 2014

El oficio - Ana Caliyuri



Comencé a silbar mi canción favorita mientras camino cabizbaja, dicen que las damas no deben silbar, pero la canción comienza con un silbido que no esquivaré. No quiero persistir en el error de buscar las luces gloriosas de la creación en un tarro antiguo; sería algo así como esperar el renuevo de la inspiración bajo la lámpara a kerosene y no estoy dispuesta a ello. Cantaré a la dulzura de la luz para sostener el fortísimo lazo con las palabras. Creo en las herramientas ,en los espejos y en el lavoro. Cantar victoria es de palabras muertas y caer en la trampa de la verticalidad y el poder es celebrar un presidio. Amo la libertad del error porque es factible que en ese statu quo también encuentre el acierto. Me gusta la compañía de los ojos que imagino leyendo estas letras, y los ríos de cauce seco. La emoción se encarga de alimentar los ríos con lágrimas a cuestas, y el sol con su dominio profundiza en mis tinieblas. Llevo tiempo silbando mi canción favorita, se me ocurre susurrarla para trocar sus acentos por el vuelo infinito de las palabras. A veces siento el eco de esta libertad que se paga con soledad, pero, hay un hado poderoso que alienta a mi corazón para escribir la noche más oscura sobre la faz clara del alma. Cosas del oficio que no halla el alivio ni aun siendo luz indomable.


Acerca de la autora:  Ana Caliyuri 

Nubila y el amor - José Luis Vasconcelos




Nubila salió a la calle. Aún temblaba. Hacía muy poco que la había estrechado entre sus brazos. Respiraba todavía su aroma. Sentía el calor de su piel tersa.
Nubila sabía que no la vería más, porque aun amándola tanto debía borrar su recuerdo. Todo se había complicado; una de ellas debía sobrevivir. Así estuvo mejor.
Nubila puso punto final a esa relación que le impedía ser completamente feliz.
El recuerdo del hombre que amaba surgió en sus pensamientos y todo lo que dejó atrás ya no importaba.
Nubila subió presurosa al auto de alquiler. En la calle vio a una niña pequeña que sonreía. Le recordó a su hija, a Nabila. Un llanto lejano y angustioso ardió entre sus venas. Cerró los ojos y sacando fuerzas de flaqueza trató de olvidar cómo se retorcía el cuerpecito entre las llamas. Ahora era libre para amar, libre al fin...
Nubila fue hacia su hombre, hacia el amor.



Acerca del autor: José Luis Vasconcelos


Esperanza será tu nombre - Lala Prior





Esperanza será tu nombre, al casco lo voy a reforzar con mas de la noble madera que natura puso en mi mano, pronto el formón la talla de tu cuerpo encontrará  y un destino de mar tendrás.
Esperanza se dijo como si la sola palabra lo acicateara para que el golpe sea dado con  mas sentido, con mas precisión en busca de la perfecta gestación.
Unir madera con madera, menudo trabajo, poco hierro mucho tarugo y la perfección del maestro.    
Las tablas ya trabajadas con resina relucen al celeste, el horadar del taladro inunda de aromas el aire provocando que se perciban los aromas del bosque, junto a los sonidos de miles de pájaros que se han posado en ellas, dejando el canto de muchas primaveras el arrullo de muchos inviernos y los nidos de vida que en la antigua rama claman  en gorgojos por la evocación, grandes nevadas y copiosas lluvias templaron tus fibras el hacha impertérrito cerceno tu épica historia pero tu esencia aun vive, avanza sirviendo para nuevos horizontes, solo un madero marrón claro ve el que solo mira por mirar,  vida interior, savia que el sol muy salado madura con ayuda del tiempo para renacer como fénix ofreciéndose generoso, ve quien siente al mirar.
Esperanza repitió, mientras el cepillo se atragantaba de viruta, una gota de sudor rodó por su frente bajando por la nariz para terminar perdida en la arena como las otras, la mañana esta soleada y el calor del verano se hace sentir humedeciendo los músculos de Antonio, no es el calor lo que mas le quema, es su fuego interno, sus ganas de no parar en su empresa, varios meses lleva él con su cometido, desde que se entero de que se llamaría Esperanza, pero ¿que es el tiempo? acaso él lo mide en números como los letrados, no, él simplemente lo acompaña en su andar sin contar las gotas de sudor caídas, la espalda ya no lo sigue como antaño pero la Esperanza lo alienta para hacerse fuerte, ignorando el dolor.
Sus manos cuando trabaja están separadas de su mente, se mueven precisas e independientes, dando forma al costillar de la embarcación, carabelas, nao, bajel, zabra, galeras, botes, cientos de nombres y muchos mares surcaron sus palmas para que memoriosas y artesanas repitan lo que sus ancestros por miles de años le dejaron, herencia marinera, esto no se aprende en la escuela, no se enseña en las universidades esto se hereda, se nace con venas de ríos, piel de arena, pelo de algas y manos de gaviota.
El sol empieza a fundirse con el mar para que en la marea los colores del azul al rojizo bailen junto a el ocaso, la pajarada alertada por tan singular melodía huye buscando el sueño reparador, constante en su ir y venir las espumosas olas avisan susurrante la baja con falsa quietud, y la playa por un momento parece detener esta danza marina para dar paso a las sombras del atardecer.
Caminando despacio entre aparejos, rotas redes y viejos toneles, el galerna sopla suave  acompañándolo al poblado, casi lo lleva abrasado hasta las primeras casas para luego diluirse por las polvorientas calles, Antonio saluda a quien lo nombre ofreciendo un gesto risueño, para seguir con su paso lento pero firme, la caja de herramientas en bandolera y el sosiego del que ya a concluido la diaria tarea entornan su silueta.
Pasar por la cantina es cuestión de costumbre, no más que un clarete como para atemperar el alma y a escuchar, que la sardina viene flaca, que los recursos naturales hay que cuidarlos, que si esto sigue así la pesca se muere, que los políticos prometen pero el pueblo no da para más, que sigue la huelga de mariscadores en el norte, y a escuchar, Antonio escucha, asiente o niega  a según la referencia, pero su mente esta todavía en la playa junto a las cuadernas , las descarnadas costillas del ser que esta creando y  pronto tomara forma, será la Esperanza “ muy mujer, muy marinera”, para poder abrasarla con las manos de gaviota y la ternura del marino ese que tiene venas de ríos, piel de arena y pelo de algas, su mente viaja por azules blancos celestes verdes turquesas y mucho le cuesta cambiar de colores olores o sonidos, el clarete, la cerveza y las tapas hoy poco lo atraen, la conversación con los amigos nada le significa. Abrir la puerta de su casa para que la Juani corriendo lo abrase con pasión si le significa, una panza llena de vida lo rosa sin decoro como para decirle acá estoy, y él ahora es todo esencia, olvida por un momento la playa mientras la Juani no para de besarlo, lo besa como si no lo hubiese visto por años, como si regresara de la guerra, o de la muerte, lo besa arrimándole ese vientre que la acompaña desde hace ya muchos días y que ahora él agachado acaricia con ternura mientras apoya su cabeza y siente el palpitante desarrollo de la existencia.
La siente llena de él y de ella, ve los jugos unidos como la savia dentro de las tablas madurando al sol, y sabe que por un segundo fueron uno, en el juego cariñoso el placer los elevo hacia las tierras del amor, sin buscar nada, sin pensar nada, a sus vidas la Esperanza les llegó.
Ve largos inviernos con interminables nevadas, lluvias, veranos calientes y borrascas entre juegos, sacrificios, el canto de los pájaros, el levante, y la playa con el astillero de otros barcos que sus manos crearan, esto si le significa.
Ella la bautizo Esperanza. Él puso a su disposición una nave que supo hacer con sus  manos, solo para que ella surque los mares recalando en los puertos de la imaginación, quienes la han visto dicen que tiene venas de ríos, su piel es de arena, su pelo de algas y sus manos de gaviota.
A la Juani y al Antonio con eso les basta...  


Acerca de la autora:  Lala Prior

sábado, 26 de julio de 2014

A enredar los cuentos - Gianni Rodari


—Érase una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.
—¡No, Roja!
—¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”
—¡Que no, Roja!
—¡Ah!, sí, Roja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de papa”.
—No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.
—Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.
—¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.
—Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”
—¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”
—Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…
—¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!
—Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.
—¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.
—Exacto. Y el caballo dijo…
—¿Qué caballo? Era un lobo
—Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.
—Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?
—Bueno, toma la moneda.

Y el abuelo siguió leyendo el periódico.



Acerca del autor:  Gianni Rodari


El arroyo seco - Héctor Ranea




Blachto manejaba su camión de reparto con la concentración de siempre. Casi a la entrada del cementerio vio las tres mujeres caminando al borde de la ruta, con dificultad pero decididas. Iba la más joven atrás, vestida con una remera negra y una calza tan negra que podría haber pasado por carbón. La del medio era la más vieja y su atuendo no era menos negro. Un saco llevaba que parecía de hombre, la pollera amplia y negra, las medias negras, un pañuelo negro y los ojos tan llenos de negrura que Blachto se distrajo demasiado. Al frente del cortejo iba la madre, seguramente, de la más joven, a su vez hija de la del medio. De pies a cabeza vestida de negro, camisa, vestido, saco de lana y pañuelo en la cabeza. En las manos llevaba flores que parecían sangre de toro, oscuramente roja, de ese rojo que sólo combina con el negro.
Blachto supo que tenía que pisarlas. En medio de un estremecimiento casi involuntario, el camión se salió del estrecho camino, pisó la banquina que oficiaba de vereda a las tres mujeres de negro y las atropelló sin más ruido que sendos golpes secos en la parte de abajo del camión de reparto. El repartidor se descompuso y un vómito lo sorprendió al mando aún del camión desbocado y para cuando recordó el puente mínimo fue tarde. Cayó torpemente al arroyo seco. El golpe lo terminó de ahogar aplastando su pecho contra el volante, si no fue el vómito antes. Las mujeres continuaron caminando hacia el cementerio dando apenas una mirada al accidente. Y aún no han llegado.


Acerca del autor:  Héctor Ranea

Casas tomadas - Guillermo Vidal




Las casas no estaban habitadas y seguían funcionando en automático esperando a los dueños. Por la mañana el café humeante estaba servido en la mesa de la cocina, junto a las tostadas, el dulce y la manteca. Un jugo de naranjas recién exprimido y las noticias en la pantalla. Luego de una hora los servicios desarmaban la mesa y mientras se terminaba de asear las habitaciones, regar las plantas y verificar la provisión de alimentos, una suave música acompañaba las tareas. Con el mismo rigor sucedía el almuerzo, servido puntual, respetando el cronograma de alimentos, equilibrando nutrientes y al gusto de los dueños. Se retiraban intactos para servir el postre y el café.
Merienda y cena seguían el destino silencioso al bote de basura. Luego de una película, las luces se atenuaban para el descanso de los ausentes y los servicios automatizados entraban en modo pausa, un grupo reducido de vigilancia quedaba atento a los ruidos y los merodeos de extraños para proteger la casa. Era la hora de Palni, que se hallaba en el escondido para evitar las cámaras de seguridad y poder hurgar en la basura. Encontró una suculenta pechuga con ensalada. Se esforzó en dejar todo ordenado, los automáticos podían darle cacería si ensuciaba la vereda. Si hubiera escuchado las advertencias cuando era el dueño de casa, pensó con nostalgia, pero no estaba en peores condiciones que sus vecinos. Los automáticos eran inflexibles.


Acerca del autor:  Guillermo Vidal

miércoles, 23 de julio de 2014

Narices frías - Fernando Andrés Puga




—Podría dejarlo pasar, como otras veces, pero vos sabés lo que viene después si lo dejo pasar. Ya tengo esa experiencia. Empieza siendo una travesura y nadie sabe dónde termina. No, no lo dejaré pasar. Algo tenemos que hacer.— dije mientras aspiraba profundamente.
—¿Te parece? ¿Y qué podemos hacer, eh? ¿Se lo prohibimos? Si no nos hace el menor caso. ¿Lo amenazamos con no pasarle la mensualidad? No sé… nunca estuve de acuerdo con esos métodos y me parece que vos tampoco ¿o sí?— contestaste con la mirada perdida en el cielo raso.
—No, no… claro que no, pero algo hay que hacer. Habría que asustarlo, por ejemplo. A lo mejor así toma conciencia. Ya va siendo hora ¿no?
—¿Y cómo pensás asustarlo, a ver? No es fácil, nada fácil. ¡Si se las sabe todas el guacho....! ¡También, qué querés! ¡Con esa manga de vagos con la que se junta…!
—Ya sé, ya sé, pero alguna manera tiene que haber. No puede ser que se nos vaya de las manos y nos resignemos a ser simples testigos. Pensemos un poco, no puede ser tan imposible…— y se agitaba mi respiración al intentar buscar una respuesta.
—¿Y si hacemos lo siguiente?— exclamaste de pronto y vi cómo se encendía la lamparita en el fondo de tus ojos inexpresivos—. Paremos acá, total para nosotros ya fue suficiente. Levantemos todo y dejemos esta línea sobre la mesa, como al descuido, como si no nos hubiéramos dado cuenta, pero que en lugar de merca sea talco. Cuando él venga a casa, seguro que la ve y no se va a poder resistir. Cuando la aspire y descubra que no es lo que esperaba le va a agarrar pánico y tendrá que pedir ayuda…

No sé si fue una buena idea, pero era la única y ya estábamos cansados de dar vueltas y vueltas sobre el asunto. Sin pensarlo dos veces, limpiamos bien la superficie de la mesa, dejamos una pequeña raya de talco y nos fuimos a dormir. Fue un sueño largo, sin pesadillas.
A la mañana siguiente la línea seguía en el mismo lugar. Corrimos hasta el cuarto a ver si estaba en casa y lo encontramos despatarrado sobre la cama. Desnudo. Restos de cocaína punteaban de blanco la mesa de luz junto a una vieja tarjeta de crédito, casi destruida. Baba blanquecina rodeaba sus pálidos labios y un rictus dramático le desfiguraba la cara, tanto que no parecía él, el niño que creíamos haber criado con tanta libertad. El vaso, volcado. El whisky, derramado. La botella vacía, hecha añicos en un rincón, hablaba de largas horas solitarias.
No nos sorprendimos, apenas un amargo gesto dejó ver nuestra impotencia. Vos te encerraste en el baño, supongo que a llorar. Yo volví a la cocina, apoyé los codos sobre la mesa y la frente sobre las manos. Vi la línea y sin pensarlo aspiré, acaso en busca del camino que me acerque a él de una buena vez.


Acerca del autor:  Fernando Andrés Puga

Los morfemas del fracaso - Héctor Ranea




Aproximadamente un año después de comenzar su primera novela, Kirlian Josephson dio por terminada su tarea de intentar siquiera terminarla. Estaba harto de que los personajes hicieran cosas que él no quería.
Cuenta al paje, aunque él no entienda, que el colmo le llegó el día que estaba escribiendo sobre el Barón Razumi, un japonés en la corte del Rey Ludwig, tratando de que el oriental aceptase brindar con la mano izquierda porque sostenía con la derecha la mano de la Contessina Mizzi con quien planeaba una huída espectacular hacia América, pero con la complicidad de la señorita y su paje de ella, el Barón le dijo que por qué no se metía el champán en algún lugar que K.J. no mencionaría por pudor y por avaricia: una bebida tan fina así desperdiciada no merecería perdón de nadie.
De modo que el escritor resultó escrito. La novela del Barón Razumi se tituló “A la salud de Ludwig” que fracasó, al parecer, por su cacofonía. Kirlian Josephson, en cambio, la tituló: “El Barón ramplón”. El fracaso se debió a la homofonía con la novela de Ítalo Calvino. Nadie supo nunca para qué querría K.J. que el Barón brindara con la mano izquierda.


Acerca del autor:  Héctor Ranea

Sobreviventes - Nélida Magdalena Gonzáles




Una guerra mundial devastó el planeta. Desde lo alto de una cumbre dos individuos observaban lo sucedido. Unos catalejos de gran alcance óptico les servía de ayuda.
Los ecosistemas presentaban un aspecto desolador. Peces flotaban sobre ríos y mares, mamíferos y aves yacían calcinados entre árboles carbonizados por el fuego.
Los cadáveres humanos se esparcían sobre tierras contaminadas, apenas un centenar de sobrevivientes trataban de levantarse. Los que lo lograban caminaban como zombis. Deformados por los efectos de las potentes armas usadas, no tardarían en pudrirse y morir.
—¿Cuál es el motivo por el cual no nos vimos afectados por la hecatombe? —preguntó Juana esperando respuesta.
—Somos una especie que ha evolucionado a tal punto de camuflarnos entre los humanos sin que se den cuenta —respondió Héctor iniciando un relato.
Durante años trataron de exterminarnos, al hacerlo nuestros antecesores trataron de encontrar la manera de penetrar en su interior para parecernos a ellos.
Mediante algunos cortes que con descuido se hicieron con vidrios un macho y una hembra, en un laboratorio, lograron introducir en su torrente sanguíneo gran parte de nuestro código genético.
Al aparearse y sin percatarse de lo que ellos mismos habían provocado tuvieron dos hijos que se reprodujeron hasta llegar a nosotros.
—¿Entonces somos los únicos sobrevivientes? —indagó.
—Creo que no entendiste lo explicado, al decir nosotros me refiero a miles de nuestra variedad que podremos sobrevivir hasta dos meses sin comida y quizás un mes sin agua. Hemos superado al hombre a tal punto que le robamos su inteligencia infiltrándonos en sus viajes espaciales.
Al llegar al planeta atribuido con el nombre Marte, clonaron a los verdaderos humanos, realizado este procedimiento se les dio muerte. Los que regresaron fueron programados para decir que no hallaron nada, pero en realidad el lugar era habitable.
La base científica que se formó allí alcanzó un poder de control sobre este planeta, a tal punto de dejarlos que lo arrasen los mismos mortales para tener el control del mismo.
—¿Entonces quizás podremos sobrevivir? —dijo atónita.
—Definitivamente, en horas vendrán a buscarnos a cada uno de nosotros, con las sofisticadas naves preparadas para este momento.
Cuando nos instalemos hallaremos la manera de descontaminar la Tierra. Nosotros no lo veremos pero para dentro de cientos de años programaron una limpieza total del lugar. Será entonces cuando los llamados “Insectos”, retornaremos nuevamente aquí, dando lugar a un cambio rotundo.


Acerca de la autora:  Nélida Magdalena González

jueves, 17 de julio de 2014

Revelaciones sobre la fama - José Luis Velarde




Los noticiarios informan el aparecimiento de un frenesí vicioso capaz de supurar lujuria durante días enteros. Acompaña sus manifestaciones con piezas de oratoria insuperable. Repite un síndrome advertido en Juan Tenorio, Casanova y otros parranderos de mayor o menor renombre según el anonimato disponible o el afán exhibicionista de cada uno de ellos.
Al anonimato contribuye la actitud asumida por los afectados, pues no siempre desean endilgar quejas tras concluir sus encuentros con un frenesí acompañado de oratoria insuperable. Resulta obvio que algunos se avergüenzan, otros manifiestan conformidad con lo conseguido y que son muchos los que consideran injusto pelear por un hallazgo que los ha hecho tan felices como nunca soñaron.
Otro factor influyente para que prevalezca el anonimato es la presencia de reporteros, cronistas de la vida social, historiadores, paparazos, detectives, comadres o chismosos; cada época les concede nombres diferentes, empeñados en saber cómo un frenesí vicioso llega a adentrarse en una persona para afectar a determinado sector de la humanidad. Es lógico suponer que ciertos cargos y posiciones cuentan con más analistas. Entre ellos uno puede referir los relacionados con la nobleza, los otorgados por la fama, el mundo del cine, los gobernantes y el monto de las fortunas involucradas.
No suelen difundirse las historias surgidas en otros estratos sociales a menos que devengan en hechos delictivos enredados con historias patibularias.
¿A quién le importa saber la vida de un miserable por más seductor que sea?



Acerca del autor:  José Luis Velarde

Historia de los O - Rafael Blanco Vázquez





Aquella noche, Lito O. volvía a su casa dispuesto a contárselo todo a su mujer, Gimena. Llevaba un tiempo acostándose con Vera, la mujer de su hermano Agustín. Agustín O. era un hombre al que no le importaba nada, salvo pescar con un par de amigos solterones. Se pasaba la vida en la costa, pescando y comiendo paella. Lito iba rumiando en su cabeza las palabras que utilizaría para suavizar la situación. Cuando entró en la casa, se fue directamente al dormitorio y se encontró con su mujer cabalgando encima de su otro hermano, Jotapé.
¿Qué haces, puta asquerosa?
Gran noticia, Lito: tu hermano Jotapé ya no es maricón.
Pues ya me quedo yo más tranquilo, no te jode.
Lito se fue al salón y se sirvió un whisky cuádruple. Al poco llegaron Gimena y Jotapé dándose besos.
No te pongas así, Lito— relativizó Jotapé. Además, ¿no te basta con follarte a Vera?
¿Perdón? —Se sorprendió Lito.
¿Que te pensabas que no lo sabíamos? rió Gimena. Ya sabes cómo es Vera, que lo cuenta todo.
Todo no  gruñó Lito. A mí no me había contado que os lo había contado a vosotros.
Lo importante en todo esto es que, como dice Gime, ya no soy maricón.
Lito se bebió el whisky de un trago.
Joder, hermano insistió Jotapé. Si me follo a tus amigos no estás contento, si me follo a tu mujer tampoco. Es que no compartes nada conmigo.
No empieces a lloriquear, Jotapé, que te conozco. Está bien. Podéis estar tranquilos. Yo me voy a dar una vuelta.


Lito O. salió a la noche y mientras paseaba pensó:
Hay que ver lo que son las cosas.
Entonces se encendió un cigarrillo. Se lo fumó. Tiró la colilla al suelo. La pisó. Pensó:
Si es que no somos nadie.
Y siguió caminando.

Al día siguiente hubo comité familiar. El gran patriarca de los O., Alejandro, presidía la mesa. Estaba enfurecido. Todos esperaban en respetuoso silencio, atentos a lo que tuviera que decirles. El patriarca golpeó la mesa con el puño.
Coño, joder, hostia.
 Pero papá exclamaron los hijos al alimón.
Papá mis cojones y se fue, enrojecido y desmelenado.
No se lo tengáis en cuentaterció Josefina, la mater familias. Ya sabéis cómo son los psicoanalistas.

Uno tras otro, con el rostro ensombrecido, fueron dejando la casa de su infancia. La madre los abrazaba a todos en la puerta, los besaba y alentaba, les decía:
—No os preocupéis, bonitos. Todo se andará.
El día estaba desapacible. Las calles estaban vacías. Por el cielo corrían nubes negras y por el suelo serpenteaban sombras inquietantes. Agustín se fue a la costa, donde lo esperaban sus amigos. Aunque ya lo conocía más que de sobra, Lito no pudo dejar de extrañarse:
¿Es que este Agustín no piensa cambiar nunca?
La gente no cambia, Lito sentenció Jotapé.
Sobre todo tú, maricón.
Tú siempre tan desagradable. Tú siempre dispuesto a soltar maldades. Yo de verdad que es que vamos.
Ya estás lloriqueando otra vez. Mira, yo me voy.
Los hermanos se separaron sin un abrazo.

En casa de Lito esperaba Gimena cocinando.
Lito, mi amor, te he preparado tu plato favorito.
Gracias, tesoro.
¿Cómo te fue?
Como siempre.
Las cosas de la vida, cariño.
A veces pienso que la vida es un cansancio. Pero otras veces pienso que no. Este valle de lágrimas es un lío.
Tranquilízate, pequeñuelo, ven a mis brazos.
Y se fundieron en un tierno achuchón que duró no menos de diez minutos, al cabo de los cuales Gimena preguntó:
¿Y tus hermanos? Bueno, Agustín se habrá vuelto a la costa, claro. ¿Pero y Jotapé?
No sé, apenas nos dijimos adiós.
Pobre, con lo sensible que es. Seguro que anda llorando por las esquinas. ¿No quieres que lo invitemos a comer?
Está bien. Llámalo y que se venga. Pero que se dé prisa, que tengo mucha hambre.


Acerca del autor:  Rafael Blanco Vázquez

Todas las piedras - Patricia Nasello




Con la firmeza varonil que siempre me ha caracterizado, un día decidí quitar de mi camino todas las piedras.
A las más vistosas las puse de adorno alrededor del gran molino que es de mi propiedad.
Llevé unas cuantas, chatas y rectangulares, a la biblioteca. Las coloqué sobre el estante destinado a los libros escritos en Braille. Una ciega rozó con las yemas de sus dedos la superficie de una de ellas y exclamó sonriendo “¡Nunca es demasiado tarde para leer Platero y Yo!”.
Lo más difícil fue encontrar un destino para las rocas ordinarias. Al fin decidí repartirlas entre las muchachas ordinarias. Les dije que formaran fila, que recibieran y cargaran las piedras, que se mostrasen agradecidas ante el obsequio.
Algunas lo hicieron.
Ahora no puedo recordar cuáles, porque para mí todas ésas tienen la misma cara. Parece que la ciega resultó ser la madre de una de ellas y ahora anda diciendo por ahí que soy un cretino.
Nada más falso.

Acerca de la autora:  Patricia Nasello

jueves, 3 de julio de 2014

Tema libre - Ana Caliyuri


El caso es que tenía que escribir algo. ¿Tema? Tema libre. Jaj. Como si fuese tan fácil la ecuación albedrío/palabra. Tema libre es cualquier tema, cualquier tema en verdad es ¿tema libre? Y siiiiiiii, uno goza esto de ser absolutamente libre, al menos escribanilmente. Es ahí cuando me pregunto ¿cuán libre es la mente? Y me contesta risueño el absoluto, como diciéndome: che, si vas a poner límites dedicate a otra cosa y otra cosa no siempre es tan libre, ni tan riesgosa, me respondo ya casi exhausta. Luego de poco pensar (en verdad la mayoría suele decir “luego de mucho pensar” pero, yo soy libre, ergo, luego de poco pensar me dije: libre es quien puede y no quien quiere. Y ahora me quedé en el dilema querer/poder y per favore, ni se te ocurra complicarme Sra Mente. No estoy hablando de amar y ambición, ehhhh estaba en el libre tema de ser libre..¿ no?

Sobre la autora: Ana Caliyuri