sábado, 22 de noviembre de 2014

Día de locura - Paula Duncan



                            


María estaba agotada, sentía un tembladeral en su cabeza, el día había sido realmente agotador, tantas situaciones en la que entraba y salía, su vida últimamente se había convertido en una comedia de puertas; cada vez que abría o cerraba una, la siguiente estaba esperándola.
Comió liviano, se sirvió un una taza de valeriana para tranquilizarse y dormir pero fue en vano, eligió un libro, apagó las luces solo dejando la lámpara del sillón y se sentó a leer, tenía en sus manos un volumen de aventuras, esas que tanto le gustaban de adolescente, con personajes fantásticos y lugares exóticos; justo lo que necesitaba para escapar de esa realidad demasiado concreta y aburrida.

El té fue haciendo su efecto y ya no pudo seguir, cerró por un instante los ojos y sintió como los personajes se escapaban del libro, se incorporó de golpe y vio la sombra de ellos caminando por la pared del frente; de pronto estaba en otro mundo, con otros colores y otros aromas que daban martillazos de luz en su cerebro.
Tomó su cartera que había dejado en el suelo para buscar los lentes y cuando la abrió un duende con una pierna casi separada de su pequeño cuerpo le pidió ayuda. Lo sentó sobre el libro, buscó cinta adhesiva y lo compuso, él le agradeció y salió corriendo.
Ella pensó “debo tranquilizarme o me volveré loca, seguro es estrés, no puedo estar viendo los personajes del libro paseando por mi pared...,¿o sí? ¿por qué no?”; necesitó un vaso de agua bien fría, la garganta le estallaba, sentía miles de pequeñas agujas de fuego en ella. Al ir a la cocina descubrió que en el espejo del pasillo había un hombre, que le sonrió encantadoramente, no sintió miedo sino curiosidad.
Fue a la heladera, bebió agua y volvió; al pasar nuevamente por el pasillo el caballero en cuestión seguía ahí, sonriéndole, detrás de él un universo infinito de puertas diversas se extendía hacia el horizonte, parecía que la estaba invitando extendiendo su mano; ella, aunque con algo de miedo, pegó la suya al cristal y éste se hizo permeable, estaba decidida a pasar del otro lado y en ese preciso instante un ruido fuerte la distrajo. 

Volvió al living, la habitación parecía haber implosionado sin perder su estructura. El libro estaba cerrado sobre la mesa al lado de la lámpara junto a su taza de té vacía; el duende se había convertido en un pequeño adorno verde, los personajes ya no andaban en la pared, probablemente habían vuelto al libro, todo estaba en orden; volvió rápido al pasillo, el caballero ya no estaba; de este lado, justo debajo del espejo, como si lo hubieran dejado desde el otro lado, un ramito de jazmines.
Apagó todas las luces y se fue a dormir, se sentía bien. Antes de meterse en su cama se dijo “ojalá mañana sea un día algo más tranquilo” y se durmió, con el aroma de los jazmines inundando su cuarto.



Acerca de la autora: Paula Duncan 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Relato de lo acontecido en Mantua, junto a un vado del río Mincio, en los primeros días de julio de 452 - Daniel Frini


León el Grande, Pontifex Maximus, va al encuentro vestido con toda la gala y magnificiencia de la que es capaz. A un paso lo sigue el consul Avenius; y, detrás de él, los prefectos Trigecio y Aluano. Sostiene fuerte, en su mano derecho, el cayado de pastor de la cristiandad, todo de oro con incrustaciones de las más extrañas gemas.
A León le dijeron que la pompa de Roma asusta a los bárbaros, que Atila es supersticioso, que tiene un enorme respeto por las personas que llevan nombres de animales y que, si bien no le importan los romanos, sí lo aterroriza la cólera de su dios crucificado. 
Pero el Papa sabe que el rey de los hunos no siente respeto por ningún nombre, y tampoco tiene el menor interés en el dios romano. A Atila solo le importa poner de rodillas a la ciudad arrogante. En cambio, a León le tiene sin cuidado lo que el bárbaro le pueda hacer a la Ciudad Eterna. Para él, sus verdaderos enemigos están en Oriente, se llaman Nestorio y Eutiques, y se empeñan en discrepar con los dogmas y en tergiversar la doctrina de Pedro, que habla a través de la voz del Papa. Por esa razón le exigió al emperador Valentiniano que los elimine de la Creación en lugar de pedirle que estacione a las legiones en las afueras de Roma, para defenderla de las hordas del Norte. Sabe, también, que es Valentiniano quien debería estar allí en su lugar; en vez de haber huído a esconderse tras las murallas de Rávena para escaper del saqueo; y que, si él tiene éxito, será la primera vez que el poder espiritual de la Iglesia se imponga donde falló la autoridad temporal del Emperador de Occidente. 

Atila, tanjou de todos los pueblos del norte y del este, martillo del mundo, está montado en su caballo. Lleva el torso desnudo y lleno de tatuajes color azul oscuro; el cabello largo y suelto; unos aros grandes, de oro; y unos brazaletes de plata que ciñen sus biceps. Está erguido sobre su montura, con su espada ―quitada a un general romano; y que, le gusta hacer creer, es la espada de Dios, y prometida para vencer en todas las batallas― desenvainada y cruzada sobre la grupa del animal. Siente curiosidad por conocer al representante en la Tierra del dios de los romanos. Su Mirada es adusta y terrible.
Detrás de él, están los ocho elegidos y su general Chanat.
Avanza para reclamar los territorios que hace unos años fueron de Alarico; y a Honoria, Hermana de Valentiniano, que le fuera prometida en matrimonio, que es otra manera de reclamar el Imperio. A su pueblo le cuesta moverse de un lugar a otro arrastrando tamaña cantidad de carros llenos de tesoros. A veces, se pregunta: «¿Para qué más?»; pero la sed de Gloria puede más. 

A León le dijeron que ese, que puede hacer que Roma se extinga, es muy educado, habla gótico, varias lenguas de los pueblos del norte, griego y, por supuesto, latín. Entonces dice, con corrección académica:
―¿Qué acelga, morocho?
Atila contesta, también en latín, aunque con acento de Panonia:
―¿Cómo andamio, cuervo?
―¿Así que andás con ganas de zamparte Roma?
―Ajá.
―¿Y se podría saber el porqué?
―Mayormente, porque la Honoria quiere que me case con ella. Hasta una carta me mandó. Me ruega que la salve, porque el hermano quiere casarla con un tal Baso; que parece que es medio carcamán. Y un anillo de ella, también me mandó. Mirá ―dice Atila, levantando el anular de la mano izquierda.
―Ah ―observa el Papa ―. Pero si la Honoria no está en Roma. Se fue con el hermano a la Galia.
―¡Notepuócreé!
―Se.
―¡Pero si me dijo que me esperaba allá! ―dice Atila, señalando al sur.
―Pero se fue con el hermano para allá ―dice León, señalando al norte.
―¡Entonces voy igual y me llevo todo lo que tenga valor! ¡Oro, plata, piedras preciosas!
―Piedras, ladrillos, botellas, ánforas pinchadas, pilas de madera para leña…
―¿Ah?
―Que no queda nada de valor en Roma. Alarico se llevó todo hace unos años.
―¡Los tomaré a todos como esclavos!
―¿Y a quién le vas a vender tullidos, desnutridos y viejos desdentados?
―Pero…
―Cualquiera que tenga capacidad de trabajar, hace rato que se fue de la ciudad. Andan por Galia, Lusitania, Alejandría o Constantinopla. Ahí no queda ninguno que sirva.
―¡No jodas!
―En serio. Roma está vacía.
―¡Ja! ¡Al menos, llevaré a mis hombres para que disfruten de las mujeres! ¡Los lupanares de Roma son famosos desde el Mar del Oeste hasta los confines de Asia!
―Eso era antes.
―¿Cómo antes?
―Se. Antes todo era una joda. Pero te hablo de la época de mis tatarabuelos. Desde que llegó éste ―dijo el Papa, levantando su cayado para que se viese la cruz― se puso jodida la cosa. Ahora todos son santos, y el ultimo quilombo cerró hace como cien años.
―¡Nuuuuuu! ¡Pero entonces…! ¡Es un embole!
―Satamente.
―¡Naaa! ¡Si mandé mis espías y me dijeron que es una ciudad fantástica!
―Fantasma. Una ciudad fantasma.
―¡Mirá vo!
―Se.
―¡Pero me imaginaba otra cosa!
―Vos sos un tipo culto ¿no?
―Algo.
―¿Oíste hablar del cielo y el infierno que tenemos nosotros los cristianos?
―Clá.
―Pensá en el infierno. ¿Quiénes van allá? Asesinos, violentos, malvados, taúres, ladrones y ―León hace una pausa para generar suspenso ―…promiscuos, prostitutas, mujeres livianas, mujeres infieles, ninfómanas. Ahora, pensá en el cielo. ¿Quiénes van allá? Santas y vírgenes. Y decime: ¿dónde hay sexo, orgías, vino, hidromiel y partusas? ¿En el cielo o en el infierno?
―Calculo que en el infierno.
―Ahí tenés.
―Ahí tenés ¿qué?
―Roma es el cielo.
―¿Ah?
―¡La pelota que sos lerdo! Roma es la sede de ¿quién? Del sucesor de Pedro, que vengo a ser yo. O sea que yo soy ¿quién? El representante de Jesucristo en la Tierra. Y yo tengo las llaves de ¿qué? Del cielo, claro. Yo vivo en Roma, por lo tanto ¡Los que están ahí van a ir todos al cielo! ¿Entendés?
―¡Ahora! O sea ¿nada de putas?
―Nada.
―¿Nada de orgías?
―Nada.
―¿Nada de sexo?
―Nada.
―¿Nada de bacanales?
―Nada de nada.
―¡Dejate de joder!
―¿Te das cuenta de la cruz que me toca cargar?
―¡Te compadezco!
―Es lo que se dice un sacerdocio.
―¿Y dónde queda el infierno? ―pregunta Atila.
―Por allá ―dice el Papa, señalando el Noreste.
Atila hace una larga pausa, mirando sin pestañear a León, a quien un sudor frío le perla la frente. En ese momento exacto se juega el destino del Imperio de Occidente y la superioridad de la Iglesia sobre los poderes terrenos.
Atila tira las riendas de su caballo, que gira sobre sus patas. Se dirige a sus hombres y les dice
―Vamos.
Roma se ha salvado.

Acerca del autor: Daniel Frini

domingo, 9 de noviembre de 2014

Desconexión – Carlos Enrique Saldivar


—¡Al fin! —dijo el científico—. ¡He logrado crear la madre de todas las computadoras! ¡Y con ella he podido atrapar la infinita telaraña de Internet, conectando cada una de sus redes a un lugar común! He triunfado, al fin lograré mi gran objetivo: poner fin a esta enorme pesadilla, liberar al mundo de esta cárcel tecnológica que nos mantiene como animales, presos, idiotizados.
El hombre permanecía deslumbrado ante su magnánima invención, no era un artefacto grande, pero sí una creación genial. Esta iba atrapando poco a poco la enorme maraña de Internet hasta convertirla en parte de sí, de esta manera podría desconectar todas las líneas del mundo de golpe, haciendo que la reconexión fuese imposible. Dentro de poco llegaría el gran final. El sujeto tenía sus motivos personales para realizar el violento experimento. Había perdido a su familia, amigos y prometida por culpa del mundo virtual. Estaba solo y sufría. Había tardado nueve años en crear su fabuloso aparato, y al fin conseguiría su venganza.
El proceso se había completado. La Red y la inquietante máquina ya eran una.
—Únicamente he de apretar un pequeño botón y todo llegará a su fin —susurró el espabilado personaje.
Recordó entonces lo fantástica que era Internet. Lo asombrosa, magnífica e incontenible que podía llegar a ser. El libro de arena de Borges. La dimensión de los sueños de Cornwell. Quizá esta inmensa maravilla era también indestructible. O tal vez no. Era cuestión de intentarlo, de presionar el interruptor para anular el sistema que mantenía al gran prodigio con vida. En cuanto apagara el armatoste todo llegaría a su fin. El científico estaba nervioso, su corazón latía con rapidez. No, no debía acobardarse a estas alturas. ¿Podía salir algo mal? Nunca un ser humano común había llegado tan lejos. Nunca.
Oprimió el botón...
Y ocurrieron dos cosas:
La Internet se mantuvo.
La mente del hombre se desconectó para siempre.

Lima, diciembre de 2007

Sobre el autor: Carlos Enrique Saldivar

El compadre Molina - José Luis Velarde


Antes de venir a verte maté al compadre Molina. No te asustes, dentro de lo que cabe, creo que no padeció. Nada más se le fruncieron los labios y luego se fue de cara sin soltar un pujido. Allí mismo, frente al Estero de las Mojarras, hice un pozo bien hondo y lo enterré amortajado con el suadero de su caballo.
No me veas con esos ojotes de vaca recién parida, al fin y al cabo el difunto ya descansa en paz y a mí no me queda otra que volver con los carrancistas del general Patiño, si me quedo aquí capaz que me fusilan.
Regresé muy contento pensando en el gusto que te iba a dar, pero apenas me acerqué al pueblo me dieron el chisme. Te vieron con el compadre en el río. Qué lástima, más de tres veces me sacó de apuros, no se rajaba nunca con los pesos ni con las armas y menos si se le ponía enfrente una vieja franjolina como tú.
No, no te arrecholes en ese rincón, no te voy a pegar, aunque me gustaría amarrarte al palo del chiquero y que tragaras lo mismo que los puercos, pero ya ves que no. Agarra tus tiliches y lárgate, porque ya no aguanto las ganas de reírme. No porque te vayas, sino por el último favor de mi amigo.
No sé cómo diantres te metiste con él. ¿Recuerdas la llaga que traía el compadre más enconada que un pinolillo? ¿Te acuerdas de sus dolores de cabeza y de lo amolado que estaba por las reúmas?
Qué bueno, porque ahora te va a pasar lo mismo. Mi compadre ya no tenía remedio. Por eso lo ejecuté sin remordimiento. A ver si tú encuentras quién te mate, porque de otro modo tendrás que sufrir los mismos dolores que tuvo Molina.
Todo por culpa de esa pinche enfermedad que pegan las pirujas.

Sobre el autor: José Luis Velarde

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El callejón sin salida - Ana Caliyuri

Camino por el borde de la cornisa del imponente edificio. Estoy dispuesta a asesinarlo, claro que no será cosa fácil matarlo y luego huir.
El Dr. Hollystone ha sido de gran ayuda, hasta hoy en que deberé aprender a no escucharlo. No es cosa fácil, él es un hombre convincente, pero estoy dispuesta a hacer caso omiso a sus recomendaciones.
Le tengo vértigo a las alturas y no obstante ello, aquí estoy: agazapada como lince al acecho.
Los transeúntes, al verme en la punta del rascacielos, alzaron sus testas. Seguramente parezco un diminuto punto en el cielo mismo, aunque como ellos, también yo transcurro inadvertida por este lar llamado Tierra.
No alcanzo a distinguir sus delimitados cuerpos ocupando gran parte de la acera. Yo trato de extender mis confines. Los límites los he dejado a un costado de mi cuerpo. Alcanzo a divisar a través de los cristales de un inmenso ventanal al Dr. Hollystone; porta en sus manos un reloj antiguo que pende de una cadena. Lo mueve de un lado a otro, me quiere hipnotizar. Grita varias veces:
 
Artemisa, Artemisa, baja de ahí.
Me causa pena el Dr. Hollystone, tan empeñado en cuestiones del ego y el alter ego; aún no comprendió que soy un avatar. Ya hace mucho tiempo que la engullí a Artemisa, ahora voy por Apolo.


Acerca de la autora: Ana Caliyuri

lunes, 27 de octubre de 2014

La almohada ergonómica - Virginia Cortés


 Sí, señorita. Le repito que no deseo asentar una queja sino saber si la puedo trasplantar sana y salva. Usted no me está escuchando. ¿Hola? ¿HOLA? Pero la puta madre…

Una planta había crecido en mi almohada. No diré que de la noche a la mañana, pero en un período relativamente breve, sobre todo teniendo en cuenta que yo no la había plantado ahí.

Tengo mal dormir, soy alérgica a la picadura de mosquitos, abejas y no se cuántos bichos más, problemas en las cervicales, en vías respiratorias y con todos los tauro y géminis, así que probé comprarme té de tilo, una almohada ergonómica, cantidad de Loratadina, un nebulizador de los que no hacen ruido y una carta astral por internet por la que me habían advertido en insistentes mails que era “tan exacta que da miedo”.

Una noche algo en la almohada me picaba. Otra noche era más bien un pinchazo cuando me giraba de determinada manera. Luego simplemente me resultaba incómoda. Me parecía que tenía durezas, que estaba despareja, en fin. Podría ser por el uso, trataba de decirme a mí misma, pero sin mucha convicción. La almohada anti-ergonómica fue perdiendo protagonismo en mi cama, pateada y desplazada al vacío espacio “del acompañante” o a los pies, hasta que un día noté un fino tallo verde asomando de la blancura nívea del poliestireno.

Me asombró, no diré que no, y muchísimas dudas inundaron mi mente, pero una cosa era cabalmente cierta: eso era una planta y había que regarla. Así lo hice mientras le transmitía a Berta (me pareció que tenía cara de Berta), una a una todas mis preguntas, y a falta de respuesta de su parte, también mis especulaciones.

Pensé en trasplantarla, pero temí que sus raíces, delicadamente entrelazadas con la almohada se dañaran. Se me ocurrió entonces llevar la almohada con todo y Berta al balconcito, pero cualquier viento podía encajonarse ahí y sacar volando a Berta con la ligerísima almohada. En la mesada de la cocina, al lado de la ventana realmente no había espacio para la almohada. No parecía haber lugar mejor que la cama. Y allí volvió después de la breve peregrinación departamental.

Con Berta preparamos las nueve materias de derecho que me quedaban, hicimos el duelo del Gran Matías, de tres chongos casuales y de una compañera de la facu que estaba muy confundida y bastante buena. Para cuando instalé el 40” en la habitación, ya le asomaba redondo y prometedor un capullo de alguna flor. Empecé a anticiparme a cómo sería la flor, sus colores, su perfume. Incluso me replanteé el nombre, porque Berta es un nombre de una robustez injustificada si llegaba a ser una violeta de los Alpes, por ejemplo. No parecía que lo fuera, tenía el tallo carnoso y firme, pero es un decir.

Al tiempo que abrió su primera flor, empezó a brotar otra, y pronto aparecieron otras dos más. Eran como bocas dentadas, verdes por fuera y rosadas por dentro. Su perfume era bastante desagradable, y ya estaba por deshacerme de ella cuando una noche de insomnio se cortó la luz. Hacía un calor de horror y sin poder usar el ventilador. Abrí el ventanal de par en par. No entraba nada de aire. Mosquitos, sin embargo, entraron unos ocho mil. Los oía zumbar y sentía sus vientos pequeños cuando volaban sobre mi cara. Puteé a Edesur y me preparé mentalmente para empezar a los cachetazos desesperados en todas direcciones. Traté de recordar si tenía Raid en aerosol y una máscara antigases, pero el tumulto pareció disiparse en el aire. Pronto ya no había más zumbidos, ni vientitos, y me dormí como una reina del Sahara.

A la mañana siguiente Berta estaba rozagante, gordita y sus flores dentadas parecían sonreír satisfechas. De una de ellas asomaba una patita fina de algo que podría haber sido un mosquito.

Me dio risa. Después de todo, yo me hice vegetariana recién a los 15.

Acerca de la autora: Virginia Cortés

Todo lo que hace falta - Cristian Cano


Llovía como nunca. Agarró la botella con las dos manos y se arrimó a la vidriera para observar la calle. Era ella, estoy seguro. Los brillos que el empedrado soltaba recortaban como con tijeras las figuras grises de la gente. El trasfondo de la avenida era brumoso e inquietante, hasta que recordé que ella siempre estaba en ese café. Al momento olvidé todo, y entré. No miré las primeras mesas debido a un primer miedo irreconocible. No quería abruptos. La intriga me carcomió, pero insistí y me senté en la barra para pasar un rato. Mientras preparaban mi cortadito, aguardé su realidad extraña abrumar mis segundos. Y fue así, porque la botella golpeó la barra, muy cerca de mis manos. Le dije que me había parecido verla, y sonrió sin abrir los labios: esa mueca que se esquina en un costado de su cara, sin preocupación ni miedo a perder muchas veces.

Acerca del autor: Cristian Cano

viernes, 17 de octubre de 2014

El arte de comprender – Ana Caliyuri


 John Speek era un niño aficionado en el arte de montar caballos. Una tarde de abril conoció el mal carácter de un pura sangre. Cayó pesadamente sobre una valla dispuesta allí para el circuito de salto. Sintió un fuerte dolor en su espalda, y creyó no sentir más las piernas. Luego de unos minutos, todo retornó a la normalidad y John, un tanto avergonzado por el espectáculo que lo había tenido por protagonista, escondió su rostro tras su padre. La familia decidió que el niño debía tomar clases de equitación. Su madre solía repetirle hasta el cansancio:
—John, tú puedes. Es cuestión de mentalizarte.
—Madre, no subiré más a un caballo…decía el niño por lo bajo.
Una noche en que estaban reunidos durante la cena, el niño dijo:
—¡Padre! Hoy no he saltado ninguna valla, pero dí muchisimas vueltas montado sobre un alazán hermoso.
Su padre, un hombre ocupado en el negocio inmobiliario, le devolvió una ausente sonrisa. Su madre en cambio, sentía henchidas las venas del orgullo. ¡John sería un gran jinete!
Como todas las tardes, salía John rumbo a las clases de equitación de la mano de Clarisa, la niñera.
Ella, demostraba alegría en su rostro cada vez que debía realizar tal tarea pues,sentía una fuerte atracción por Antonio, el encargado del Club, tal es así, que sólo reparaba en el niño a la hora de regreso.Así se sucedieron varios meses, hasta que la madre del niño decidió ver los avances de su primogénito. ¡Hoy le daré una gran sorpresa a mi niño! Es el momento indicado , pensó ella, pues John ama tanto los caballos que cada día relata con pelos y señales el aspecto de cada uno de ellos. La noche anterior, el niño visiblemente emocionado, le había dicho:
—Madre, que he montado uno blanco con pintas negras. ¡Corcovea y me aferro, ya no me caigo!
Ese comentario la impulsó definitivamente a concretar la idea de ir a verlo durante la clase junto al instructor. Esperó que Clarisa y el niño se fuesen rumbo al Club. Sorpresas, son sorpresas, se dijo a si misma. Tomó su auto y en cuestión de minutos, estuvo aparcando en el estacionamiento. Descendió del auto y con paso seguro se dirigió a la pista de equitación. Miró hacia un lado y otro, pero no divisó a John, tampoco a Clarisa. Una leve inquietud se apoderó de su cuerpo. Seguramente el profesor estará dando clases en otro lugar, pensó. Preguntó aquí y allí,acá y acullá, pero nadie había visto a John, ni a Clarisa ni al instructor.
Hizo esfuerzos por recordar el atuendo de su hijo, pantalón de montar, sweater color marrón y el infaltable casco de salto. La mirada pareció multiplicarse. Sin embargo, su hijo no estaba a la vista.
Una dulce melodía la condujo hacia uno de los salones del club. A John le gustaba la música, seguramente estaría alli. Recorrió los metros que la separaban del amolio salón con visible premura. Al entrar al lugar divisó a Clarisa, y un suspiro de alivio la recorrió enteramente. Luego, la voz alzada de su hijo John la sustrajo de los pensamientos.
—¡Madre! ¡Madre! ¡Mírame! ¡No me caigo! ¡Súbete conmigo!
La voz se perdía en el salón sin que ella pudiese reparar el lugar desde donde partía la voz.Ya la música dulzona, le comenzaba a molestar los oídos,no obstante ello, volvió a escuchar.
—¡Madre! ¡Súbete!
Divisó el casco del niño, la sonrisa plena de felicidad y el corazón de Teresa latió apresurado. Observó con detenimiento las facciones de su niño, el gesto feliz de todo su cuerpo. Sin dudarlo, se aproximó a la plataforma giratoria y en un instante estuvo junto a él. La calesita siguió girando, esta vez, John había montado un caballo dorado con arabescos azules y rojos.

Sobre la autora: Ana Caliyuri

Una isla hermosa para naufragar - Daniel Frini


Algo salió mal cuando el colisionador alcanzó los mil ciento cincuenta teraelectronvolts y los iones de níquel impactaron en los isótopos de plomo. Nunca se supo qué falló, y en el Crater de Laconnex ―una perfecta media esfera, de treinta kilómetros de diámetro y quince de profundidad; que va desde lo que era Bellegarde-sur-Valserine, en Francia, hasta Cologny, en Suiza; y que se llenó con las aguas del Lago Lemán y de los ríos Ródano y Avre― ya no existe nada que permita un análisis.
Hablaron de disfunciones magnéticas, de vacío cuántico, de un microagujero negro inestable, de strangelets y catalización a materia extraña, de monopolos y decaimiento de protones. Sin embargo, nada está claro.
Tampoco han podido explicar los fenómenos colaterales.
Los doctores Wagner y Sancho aventuraron la hipótesis de la Esponja Cuántica. 
―Carece de sentido indagar sobre la causa ―dijo Wagner ―. Fuera lo que fuese, ocurrió una vez; y se debería construir un acelerador similar para estudiar, con detalle, aquel hecho. El riesgo es muy grande y existe un acuerdo general en no volver a incursionar en ese campo. Sin embargo, es interesante conjeturar sobre las anormalidades marginales que tienen lugar ahora. Creemos que el espacio-tiempo presenta una estructura similar a la de una esponja metálica de cocina donde las hebras de metal actúan como caminos. La imagen más próxima que se nos ocurre es la de un gran laberinto en el que usted puede pasar de una habitación aquí en la tierra, por ejemplo, a otra en una galaxia a millones de años luz de distancia, y a otra habitación en el centro de una estrella supermasiva, y a otra y a otra más. Asimismo, al pasar de un cuarto al siguiente, habrá cambiado de tiempo; digamos que a cualquier momento en el pasado. Y cuando llegue a otra habitación lo hará en cualquier momento del futuro, tan lejos o tan cerca como se imagine. Como es lógico, ese inmenso laberinto que abarca todo el Universo y todos los tiempos, debe ser imposible de resolver. Es probable que el Incidente de Ginebra, sea cual fuere su causa, haya roto una pared y nos haya unido a ese esquema infinito.
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Apoyado en su barcaza de madera, concentrado, el viejo reparaba la red de pesca, en la arena de una playa pequeña, al sur de la isla de Sikinos. Una borrasca persistente fustigaba al Egeo. Notó la presencia del otro cuando lo tuvo a unos pocos metros. 
Levantó la vista: a su frente estaba un hombre no muy alto, musculoso; de piel aceitunada, y vestido con ropas antiguas; el torso descubierto, sucio y con un olor más próximo al de un establo que al del mar. El pescador estuvo a punto de sonreir, pero la postura imponente del otro y la espada corta que llevaba en la mano derecha, lista para atacar, le infundieron cierto temor respetuoso. Notó que en la mano izquierda apretaba, con fuerza, un pedazo de hilo blanco de dos codos de largo. 
El recién llegado habló, con voz enérgica, en una lengua que al otro le resultó familiar, pero ininteligible. Como pudo, mediante señas, se hizo repetir por dos veces, hasta que entendió: el guerrero hablaba su mismo idioma, pero de una manera distinta, cerrada y, se figuró, muy antigua. Al final, el pescador entendió:
―Me llamo Teseo ―dijo el guerrero ―. ¿Tiene usted idea de dónde puede haberse metido Ariadna?

Acerca del autor: Daniel Frini

sábado, 11 de octubre de 2014

Faltan dieciséis y van cero a cero - Daniel Frini


Está parado en el centro del campo. Apenas participó en el partido.
En el área del equipo contrario, la jugada es confusa para suponer un riesgo serio. El arquero toma la pelota y saca del arco con un derechazo imponente. La pelota se confunde con las luces del estadio, y pasa la mitad de la cancha. Alguien la recibe de cabeza, otro se arrastra y toca mitad pelota, mitad pantorrilla. Un compañero suyo despeja. 
Ve que la pelota viene hacia su zona. Sus músculos se tensan. El balón cae, suave, a tres metros por delante suyo. El arco está lejos, pero sólo se interponen un defensor y el arquero. Corre. Pasa la pelota de pie a pie. Un toque a la derecha y el defensor queda atrás. Ve al arquero que sale a achicar. No lo piensa. La emboquillada es perfecta. Uno a cero. El gol se recordará por siempre. Él ya es leyenda. 
El partido sigue trabado y nada cambia el resultado. El árbitro marca el final. La Libertadores es suya. El estadio se cae, todos corean su nombre. Invaden el campo, alguien lo levanta en andas, le arrancan la camiseta, los botines; las medias desaparecen. Le gritan, lo tocan, le pegan, le tiran el pelo. Lo adoran.
Algún fanático arrancó el silbato del árbitro y empieza a sonarlo a unos centímetros de su oído; con mucha fuerza, hasta hacerse molesto. Gira su cabeza para buscar al cargoso, pero solo ve manos que lo buscan.
Su mujer pasa la mano por sobre él y apaga el despertador. 
―Apurate ―le dice ―. Después llegás tarde y el Mudo te descuenta el presentismo.
Mientras orina, recuerda que alguna vez, cuando era chico, tiró una emboquillada en el campito que estaba cerca de las vías, donde ahora está el corralón del Tano; pero el arquero era el gordo Pereyra, que le llevaba dos cabezas, así que la atajó sin problemas.

Acerca del autor: Daniel Frini

martes, 7 de octubre de 2014

Madame y yo – Raquel Barbieri


Salgo a caminar en busca de un poco de aire oxigenado porque deduzco que mi malestar físico y anímico se debe a una mala combustión de la estufa de mi dormitorio que hace que mi cerebro produzca pensamientos tristes y mi cabeza estalle de dolor. Tengo una sobredosis de monóxido de carbono que ha logrado que mi manera de pensar de hasta hace poco, haya cambiado casi totalmente. La química tiene un gran efecto en los seres vivos y yo estoy sometiéndome voluntariamente a ella, por pasividad, por dejadez o tal vez por falta de temor a una contaminación paulatina de mi sistema.
Entonces, como todo tiene un límite, tengo que salir; agarro la calle sin rumbo y pienso en cosas, en las grandes decisiones, en las pequeñas e insignificantes, en mi mundo interior plagado de contradicciones. Tomo envión y camino cada vez a paso más veloz, y me alejo. Siempre me han dicho que es difícil seguirme el ritmo de la caminata, pero es así la manera en que funciona para mí, respirando profundamente y soltando el aire en siete, diez veces, cantando para adentro como cuando nado en la pileta, o hablando bajito conmigo misma cuando veo que nadie está cerca. Mi barrio da para eso porque es posible caminar tres cuadras sin cruzarse con nadie. 
La estufa era mi gran amiga, luego pasó a ser una amiga a secas, después una desconocida antipática y ahora se ha convertido en una acechanza que me espera cada día, que hace arder mis ojos y estallar mi cerebro; también calienta mi cuarto, lo cual no es poco, aunque su calor está saliéndome caro. Esta amistad se ha convertido en una relación forzada por las circunstancias, por su ensañamiento combinado con mi negligencia; mala junta. No sé cómo abordarla, cómo decirle que nuestro vínculo es tóxico, como se usa ahora describir ese tipo de relaciones enfermas. Así somos nosotras, y cuando ella-- llamémosla Madame La Chaleur—me ofende con sus emanaciones, me voy, huyo lo más lejos posible y respiro un aire frío y purificador, seco o húmedo, lejano a las malas intenciones de Madame L. C.
Me siento amenazada por su presencia y no me atrevo a entrar tanto a mi dormitorio, sólo lo justo e indispensable; la miro de soslayo para que ella piense que no la percibo, para que ella sola intente morirse y me obligue con dicha muerte a encontrar a una nueva amiga que sólo me dé calor sin envenenarme y sin exigir tanto de mí. La muy puta no se da por aludida. Entonces, para ofenderla solapadamente, abro la ventana de par en par y anulo su efecto nocivo. Al parecer, ella hace lo mismo que yo, me mira de reojo y sigue con su objetivo en mente, que no es otro que matarme. Y es vehemente.
El otro día decidí ir a dormir a mi estudio. Tiré el colchón de las visitas al piso y me arropé; sin embargo, ella parecía llamarme a la distancia. No pude pegar un ojo. Me levanté con un cansancio extremo y añorando la comodidad de mi cama.
Ya está. Tomé una decisión sabia. Dejaré a Madame La Chaleur sola y me iré con mi perro. Viviremos en la calle, aquí cerca nomás; ya tengo visto un pequeño terreno baldío discretamente ubicado, un sitio ideal para esconderse. Cualquier cosa haré, menos darle el gusto a la maldita. Se quedará más sola que cualquier otra estufa en este mundo, y lo que es más importante, no tendrá a quien asesinar. Tendrá toda la casa a su disposición, si quiere. Yo me llevaré unas frazadas y el carrito de las compras con mis pertenencias más básicas. Tejeré un pullover para mi perro y estaremos bien en el baldío. 
Sí, creo que tomé la decisión más sensata y lógica.

Acerca de la autora: Raquel Barbieri

Llaves - Héctor García


Le voy a contar un secreto: tengo la facultad, por cierto bastante peculiar, de encontrar en mi bolsillo, y al primer intento, la llave indicada para abrir o cerrar la puerta que se halla frente a mis narices en un determinado momento. Por supuesto, la única condición necesaria (algo no trivial, como podrá apreciar), es poseer la llave adecuada.
Usted dirá que, más que peculiar, esta facultad es algo estúpida. Permítame entonces introducir lo que algunos dan en llamar, quizás de forma impropia en estos casos, "condiciones de contorno". Si su llavero consta de cincuenta y dos llaves, y si además el tiempo, o el clima, o su esposa, o su marido, o su amante, o su jefe (o todo eso junto, o cualquier otra cosa o combinación de cosas) apremia, sabrá ver que esta habilidad inclina la balanza más en favor de la peculiaridad (y, sobre todo, de la utilidad) que de la estupidez.
No obstante, tal vez pueda usted seguir en su postura acerca de la futilidad de mis poderes. En ese caso déjeme agregar algunos detalles que, con suerte, harán que cambie de opinión. Resulta que este don no se aplica solamente a puertas de edificios y de vehículos en general, sino a todo tipo de cerraduras: hablo de candados (de bicicleta, de moto, de auto, de lo que se le ocurra), de cofres, de cajas fuertes, de armarios, de casilleros, de tanques de combustible, de motores, de turbinas... y la lista podría seguir indefinidamente.
Si a esta altura aún no le he convencido, deje que me explaye un poco más. Dígame, ¿cuántas veces ha oído hablar de bocas cerradas, de mentes impenetrables, de corazones herméticos? Ante cualquiera de estos obstáculos, el mero uso del gesto indicado (ya sea una mirada, un sonido, un suave movimiento de manos o la más sencilla de las palabras) equivale para mí a una llave con la que acceder, de forma prácticamente instantánea, a todo tipo de confidencias. Créame que, gracias a esto, puedo incluso doblegar la más férrea de las voluntades y alterar los sentimientos y los pensamientos de la gente a gusto y placer. Basta, como ya dije, con tener la llave correspondiente. Si, por ejemplo, finalmente le he persuadido sobre este asunto, querrá decir que entre estas palabras he utilizado la indicada para ello.

Acerca del autor:  Héctor García

jueves, 2 de octubre de 2014

Arenga del Mariscal Zamudio al Octavo Ejército de soldaditos de plomo - Daniel Frini


Dirigió su ejército en veintiséis batallas, en cinco guerras. Las ganó todas. Recibió la Legión al Mérito, la Orden de Oro, tres veces la Cruz de Honor, cinco veces la Medalla al Valor en Combate. Fue nombrado Caballero de la Cruz de Hierro y Caballero de la Estrella Militar. Dejó el servicio activo con honores de Estado. Vivía alejado de la ciudad y de los juegos del gobierno. 
Hoy peleó la última batalla de su vida. 
Se encontraba en el sótano de la casona. 
Sobre la gran mesa en la que estaba maquetado el escenario del Some, uno de sus preferidos, esperaba su ejército: a la derecha, el Tercer y el Cuarto cuerpos ―doscientos cincuenta soldados de infantería y cinco piezas de artillería―. A la izquierda: el Primero y el Segundo ―trescientos soldados y ocho cañones―. Al centro, los ochenta integrantes de la Guardia Imperial y los ciento cincuenta combatientes del Sexto Cuerpo de caballería. Atrás, el Quinto de infantería, el Séptimo de Caballería y la Novena Guarnición de Artillería, con veintitrés cañones.
El Mariscal Zamudio vestía sus ropas de combate y cargaba todas sus medallas. Estaba reclinado, con sus nudillos apoyados en la mesa y los ojos cerrados. Todo estaba en silencio.
El viejo Winco carraspeó. En él giraba «La cabalgata de las Valquirias», del amado Wagner; en la versión de Furtwängler, de mil novecientos cincuenta. Apenas sonaron los chelos y tremolaron las maderas, el Mariscal habló:
―¡Soldados! ¡La hora del combate ha llegado! ¡Ustedes van a completar la obra más grande que el Supremo ha encomendado a los hombres: la de salvarnos de la esclavitud! ¡El día es hoy! No mañana, ni la semana próxima ¡Aquí y ahora! ¡En nuestra casa, en nuestro hogar!
Sobre la lluvia del disco, ascendió la escala de vientos y las cuerdas otorgaron una intensidad marcial. Fue como si se descorriese un manto de nubes, dejando ver a las Valquirias. 
―Camaradas de armas: ¡Somos invencibles! ¡Nadie nos negará, nadie nos desafiará, y nadie nos dirá quiénes somos, qué somos y qué podemos ser! ¡La derrota no está en nuestro credo! ¡La debilidad no está en nuestro corazón! ¡Tenemos agallas, tenemos huevos! ¡No hay cobardes entre nosotros!
Fagots, trompas, y chelos dieron paso al piano que creció hasta llegar al forte. Las Valquirias montaron sus caballos y galoparon hasta donde estaba el ejército. La progresión armónica tiñó el aire de misterio.
―Compañeros míos: ¡El enemigo que vamos a destruir, se jacta de treinta años de triunfos, de haber vivido apretando nuestras cabezas con su bota, pero no es digno de medir sus armas con las nuestras, que han brillado en mil combates! ¡El final de este día nos verá con nuestras espadas ensangrentadas o en la gloria de Dios!
La tonalidad cambió y se hizo más triunfalista. Las Valquirias celebraban y cantaban juntas. 
―Hermanos del alma: Subiendo esa escalera está el enemigo. ¡Carguemos contra él! ¡Derramemos su sangre! ¡Arranquémosle las entrañas y usémoslas para engrasar nuestras armas! ¡La Libertad será hija de ustedes! 
La música era impresionante. Todas las maderas hacían el trémolo, los fagots, las trompas y los chelos llevaban el ritmo de la cabalgata; las trompetas, los trombones y los contrabajos tocaban la melodía, con el acento marcado por los platos. Violines y violas dibujaban el ruido de los cascos de los caballos. 
―¡Soldados!: ¡Estoy orgulloso de comandarlos en esta lucha! ¡Mío es el honor de llevarlos al campo de batalla! ¡Conquistaremos aquello que no se ha conquistado! ¡Viva nuestra lucha! Octavo Ejército: ¡Armas a discreción! ¡Paso de vencedores! ¡A la carga!»
La espectacular escala descendente de las cuerdas acompañó el grito de las Valquirias. Los ojos de algunas de ellas estaban llenos de lágrimas. El resto, contuvo la respiración cuando el viejo héroe, blandiendo su sable, subió la escalera de tres en tres escalones. 
El Mariscal Zamudio perdió su última batalla. 
―¡Ah! ¡Ahí está el señor jugando a los soldaditos! ―dijo su esposa apenas Zamudio apareció en la cocina, con el sable en alto― ¡Dejá esa cosa antes de que te lastimes! ¿Dónde estabas? ¿Con tu glorioso ejército? ¡Hace dos horas que te llamé! ¡Andá a lavar esos platos!
El Mariscal bajó la cabeza, dejó la espada, se calzó los guantes de goma ―aún vestido de combate y con todas sus medallas en el pecho―, abrió el agua caliente, tomó la esponja, le puso un chorrito de detergente y tomó el primer cacharro sucio. Mientras, su mujer miraba la novela.
Las Valquirias desaparecieron, silbando bajito, apenas el brazo del Winco llegó al final del disco y el automatismo lo llevó a la posición de reposo. 
El Octavo Ejército de soldaditos de plomo ni siquiera se movió de la mesa.

Acerca del autor: Daniel Frini

domingo, 21 de septiembre de 2014

Antiguo aforismo – Ana Caliyuri


Ella pensaba que algún día la mandaría a llamar Herácito, Sócrates o Platón para felicitarla. Había visitado varias veces el mentado Templo de Apolo en Delfos donde rezaba la inscripción: “Conócete a ti mismo” atribuido a varios sabios antiguos. Eufemismo puro; en verdad nunca conoció tal lugar pero si descubrió lo mejor y peor de sí misma. Ella era un trozo de fragilidad envuelta en silencios y un retazo de fortaleza labrada por fuego antiguo. En definitiva esto de conocer la balanza que pesa dentro de uno mismo es trabajoso. Pero conocer los propios límites y la ilimitada ignorancia es todo un desafío. El reto de saberse ignorante, aún diezmando esa condición cada día, es una de las tareas más difíciles. Hay menesteres factibles de ser aprendidos y aprehendidos, pero el tiempo es finito para cada uno de nosotros: guerreros anónimos de ideales perdidos. Sin embargo, ella a fuerza de soñar siguió pensando que algún día la mandarían a llamar para reconocer en sus zapatos ese antiguo aforismo.

Acerca de la autora: Ana Caliyuri

El Gol de los Tiempos - Héctor García


De todas las barbaridades que se han dicho sobre el fútbol, Alexei Semionov, pensador ruso y jugador de principios del siglo XX, planteó algunas de las más curiosas acerca de la razón de ser de este deporte tan festejado por niños y adultos. En uno de sus más olvidables ensayos, gestado presumiblemente durante su breve y funesta campaña como líbero del Dínamo de Moscú, afirmaba haber llegado a la conclusión de que "Dios ha colocado sobre las frágiles espaldas de los hombres la solemne responsabilidad de mantener el equilibrio del Universo entero sosteniendo cierto número de encuentros futbolísticos hasta el Día del Juicio. Y los hombres, ignorando este asunto, debemos limitarnos a divertirnos (o ganar dinero, según corresponda) jugando. Así, hemos de saber que todos los partidos habidos hasta el día de la fecha han resultado como resultaron porque, de haber resultado de otra forma, probablemente hoy no estaríamos contando el cuento.
"Entendamos que lo que hay aquí de fondo es, básicamente, un paralelismo entre balones de fútbol y partículas subatómicas. Cada partícula tiene su propósito sagrado en la Naturaleza, y lo mismo ocurre con las pelotas de fútbol. Así como los electrones orbitan alrededor de los núcleos atómicos gracias a la extraña confabulación de leyes en extremo complejas, las pelotas en los estadios siguen trayectorias de difícil predicción debido a la presencia y las acciones, siempre causales aunque a veces se las crea azarosas, de aquellos que ofician como jugadores.
"Vamos a detenernos un poco en este punto. Imaginemos por un instante que, en un determinado momento y en un determinado lugar del Universo, uno solo de los trillones de trillones de electrones que han de existir recorre un camino que no está destinado a recorrer. Las consecuencias serían, como mínimo, catastróficas. La realidad se vería obligada a adaptarse a este evento de tal manera que todo cambiaría abruptamente: la duración de los días en Yakutsk, la aceleración de la gravedad en Toulouse, el punto de ebullición del agua en Realicó, el período de gestación de los elefantes africanos, los procesos sinápticos de la mosca de la fruta, la química a base del carbono y tantas otras cosas dejarían de ser lo que hoy son por causa de esta modificación no prevista. Tengamos en claro que, en algunos casos, es posible que ningún tipo de vida resulte compatible con hechos de esta clase, lo que daría como consecuencia un Universo triste y carente de testigos.
"Algo similar ocurre con la pelota de fútbol. Este proyectil de cuero exalta y conmueve a las masas no solo por la pasión que despierta el juego en sí, sino además y principalmente porque la gente, aunque inconsciente de ello, intuye que hay algo especial y determinante en sus movimientos hipnóticos y en sus rebotes inesperados. Una finta que no debió ser o un tiro libre ejecutado fuera de ese guión definido por reglas que no comprendemos porque ni siquiera imaginamos que están allí, y todo se acaba. Todo.
"Pero dejemos un poco de lado estos razonamientos trágicos y pensemos que, así como nuestro electrón no irá de excursión porque sí a las Montañas Rocallosas en lugar de quedarse tranquilo junto a su núcleo de carga positiva, la pelota de fútbol no entrará en el arco si no es ese su destino, y las cosas seguirán siendo como siempre las conocimos. Una consecuencia llamativa de esto es que absolutamente todo lo que vemos en un partido, incluso sucesos tan nefastos como una expulsión o un penal mal cobrados, tienen su razón de ser y, de hecho, es preferible que así sean si deseamos continuar con nuestras vidas cotidianas.
"Advirtamos, además, que esta visión del fútbol explicaría por qué sus protagonistas son considerados con frecuencia titanes de la Humanidad, mientras que otros miembros de la sociedad que, en principio, merecerían con creces gozar de dicho título, logran alcanzar un grado de notoriedad más bien exiguo. Nuevamente, esta idolatría es puramente intuitiva: el hombre promedio no adivina ni por asomo que venera al futbolista ni más ni menos que por su rol de guardián de la realidad de la que forma parte."
Al margen de lo que podamos decir acerca de los conocimientos científicos y religiosos de este filósofo de potrero, los pocos que se han interesado en su vida concuerdan en que sus teorías son cuanto menos llamativas. Por un lado, otorga a acontecimientos como el Maracanazo un sentido muchísimo más profundo del que suponemos que tienen, y por otro no duda en aceptar ciegamente los arbitrajes decadentes como ladrillos imprescindibles de la realidad que percibimos. En el ocaso de sus días, completamente pobre, solo y víctima de delirios místicos, mantenía incansablemente que el Mesías "volverá como jugador de fútbol y será el único capaz de violar los libretos divinos preestablecidos, al convertir un gol tan magníficamente glorioso que todos comprenderán al instante que el Apocalipsis habrá comenzado."
Una aguda enfermedad del corazón envió a Semionov derecho a la tumba siendo relativamente joven, y dejando a sus escasos seguidores la ardua tarea de hallar, entre todos los habilidosos del balompié que nos entrega esporádicamente la Historia, a Aquel que señale el Fin de los Días. Hoy, varios años después de su muerte, algunos de sus discípulos esperan con impaciencia la inminente venida del Rey de Reyes y su Gol de los Tiempos, mientras que otros opinan que el Elegido ya llegó, anotó y nos condenó sin que nos percatáramos de ello. Un tercer grupo, cada vez más numeroso, ha dado a luz la novedosa idea de que existen, en verdad, no uno sino varios Mesías capaces de cambiar el curso de nuestras vidas sin más herramientas que sus gambetas ineludibles y sus jugadas maravillosas. Sea cual fuere el caso, queda claro que el fútbol seguirá emocionándonos hasta el delirio por los siglos de los siglos.

Acerca del autor:  Héctor García

jueves, 18 de septiembre de 2014

La manicurista - Jaime Arturo Martínez






Un corazón es tal vez algo sucio.
Pertenece a las tablas de la anatomía
 y al mostrador del carnicero.
Yo prefiero tu cuerpo.
Margarite Yourcenar

Ayer cumplí cuarenta años. Antes de dirigirme al trabajo, me senté frente a la playa y me vi como cuando era niña. Quería ser bacterióloga como la señora vecina y amiga de mamá. También quise ser cantante. Mejor dicho, quise ser muchas cosas…Desde los diecisiete años me desempeño como manicurista y hoy trabajo para los huéspedes de un hotel de lujo que está frente al malecón. Vivo con mi madre, que se ocupa de la casa. Ella empieza a preocuparme, porque ahora lo olvida todo y anda desgreñada. Ella antes no era así. No conocí a mi padre y mamá nunca lo menciona. Cuando niña le inquiría por él y siempre me respondía lo mismo: que debía de estar en el infierno.
Me gusta mi trabajo. Allí, conozco gente nueva todos los días. Mientras les presto mis servicios, les escucho sus historias o les hablo de la ciudad. Disfruto este ambiente, limpio, adornado y elegante.
Me gustan los hombres. Son la razón de mi vida, tanto como lo es mamá. No prefiero un tipo especial. Me impresionan los alemanes y los gringos por sus cuerpos enormes y sus cabellos rubios, como también el talante de los italianos, los franceses y los argentinos, que se hospedan aquí. A cientos de ellos me los he llevado a la cama. Los elijo entre los clientes más hermosos. Los elijo por sus manos nervudas, fuertes y grandes. Mientras les arreglo las uñas, percibo el olor de sus cuerpos, el brillo de sus ojos, los dejos de sus voces y entonces, llegado el momento de la elección, toco sus pies con mis pies, levanto un poco mi falda y entreabro mis piernas. Me emociona ver su turbación y el temblor de sus labios.

Cuando concluye mi labor los llevo hasta mi casa, a mi cuarto, allí les inundo de besos el rostro, los desvisto, lamo sus mieles y me rindo plena a sus armas desenfundadas. Ya satisfecha les doy un sitio en la memoria y me duermo feliz.


Acerca del autor:  Jaime Arturo Martínez

La cuerda – Ana Caliyuri


Recosté la cabeza sobre la almohada. Me cuesta conciliar el sueño sobre ese matete de gomaespuma. Mañana iré de compras, necesito un almohadón de plumas. Deseo volar con la imaginación, pero estoy presa de una mirada. No puedo decirle a nadie que me siento observada: en apariencia vivo sola. Mis vecinos suelen escucharme gritar por las noches, es más, alguna vez he revoleado por la ventana a ese ridículo muñeco vestido de payaso. Por las mañanas me levanto temprano para ir en su busca. Él, está despatarrado en la vereda. Los pelos arremolinados de todos colores me causan gracia y a su vez ternura. Jamás develaré aquello que me dijo una loca gitana; no sé si creerle o no, pero por las dudas no me deshago del muñecote. Cada cual tiene su meta y también su mitad. Hace tiempo que huí del escaparate. Soy algo más que un clon que sabe hechizar. Confieso que a él lo conocí durante el traslado. Cruzamos algunas miradas pero fuimos a parar a tiendas diferentes. No pierdo las esperanzas: aunque se le rompió la cuerda tal vez camine hacia mí…

Sobre la autora:  Ana Caliyuri

sábado, 13 de septiembre de 2014

La brújula herida - Daniel Frini


De haber sabido que esa era la última vez que la veía, hubiese guardado el enojo y le hubiese dicho cuánto la amaba. Ella hubiera sonreído y soltado la manija de la puerta. Pero no. Ella salió del bar y dobló a la derecha. 
Durante los treinta y ocho años siguientes, hasta su muerte, lo persiguió la imagen de un mechón de cabello movido por el viento; que fue rubio, al principio, y que, sobre el final de su vida, era casi como un trazo de caligrafía china. 
Un año después del episodio del bar, lo buscaron para un trabajo, con la promesa de un diez por ciento, y le dieron una Smith & Wesson. Su inexperiencia le costó un guardia, un policía y veintidós años en prisión. En alguna pelea, perdió la vision del ojo derecho y la movilidad de la pierna izquierda. Cuando salió, viajó al sur, a trabajar como peón en una estancia, cerca de Coronel Gregores. 
La lloró una y mil noches. Algunas veces la amaba; las más, la odiaba. Nunca más supo de ella. 
Murió un anochecer, entrando al invierno.

Acerca del autor: Daniel Frini

Historia de Cecilia - Marco Tulio Cicerón




He oído a Lucio Flaco, sumo sacerdote de Marte, referir la historia siguiente: Cecilia, hija de Metelo, quería casar a la hija de su hermana y, según la antigua costumbre, fue a una capilla para recibir un presagio. La doncella estaba de pie y Cecilia sentada y pasó un largo rato sin que se oyera una sola palabra. La sobrina se cansó y le dijo a Cecilia:
-Déjame sentarme un momento.
-Claro que sí, querida -dijo Cecilia-; te dejo mi lugar.

Estas palabras eran el presagio, porque Cecilia murió en breve y la sobrina se casó con el viudo.

Acerca del autor:  Marco Tulio Cicerón

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Naufragio etéreo - Ana Caliyuri


En mi memoria desdibujada aparece una frase de Constancio C. Vigil “Hay una especie de avaricia honrosa, y es la de las palabras.”
Es imposible poseer todas las palabras, mas si así fuese, siempre las entregaría perfumadas con la fragancia que devela mi alma.
¿Desnudarnos? No es necesario, pues nunca me he vestido con ellas. Ellas llegan desnudas a mí, y así como han nacido, en el más puro manantial primigenio, así las amo. Siento que es un acto de amor entregarlas desmesuradamente.
Pues bien, a mi manera… déjate llevar por la cristalina luz que lentamente corroe la impureza, quédate a merced del tifón del preciado tesoro que goza con su entrega.
Así de simple gorjea el alma con la ribera de las constelaciones de la imperfecta lengua, esa lengua que socava con su lava los misteriosos resuellos de un perfecto ensueño.
Mas. quizá es bueno saber, que una ventana abierta jamás devela el universo, hay que ir más lejos…
Me sumerjo en las profundas aguas de los misterios. Desentrañar cada uno de ellos es el goteo necesario para rozar la mar y su eterno movimiento.
Todos somos en sí mismos un Merlín por descifrar o si prefieres trata de ver en mí la bravura de la mar y el remanso de las arenas, o compárame delirantemente con las espumas de las cuales nació Afrodita, o tan sólo simplemente piérdele el respeto a tus viejos ojos, ya casi ciegos, y envuélvete en las pupilas de un soplo intenso. Voluptuosa es la sensación cuando un chasquido de luna se apodera del deseo hasta colapsar con el reflejo de dos frente a un mismo cielo. Sin embargo ,el amor nace del absurdo, del vendaval azul inesperado que nos reconvierte. Luego somos orfebres del Apocalipsis del cuerpo, algo así como morir en suspenso para renacer etéreos. La diferencia entre un juego y el magno sentimiento,es que en el juego el amor se adjetiva y en el magno sentimiento cobran vida los verbos. Derramar , azuzar, inspirar, expirar, paladear, sustentar, bramar, enervar, agonizar, acariciar, arrullar y tantísimos más para que el corazón con su río de fuego cruce todos los límites del cuerpo.

Sobre la autora: Ana Caliyuri

Sobre la clonación. Un encuentro con Fansi Carlon — Cristian Cano


—¿Cómo hacemos para terminar con esto? —dijo Fansi Carlon— Siempre venís y te hacés el que está todo bien. No está todo bien. Todo lo contrario
—Confío en que los lectores van a participar de su verdad. Está expuesto, pero a pesar de su postura, la gente va a saber entenderle. De ahí a que apoyen semejante locura, es otra cosa.
—No me cambies de tema —dijo el científico—. Soy lo que soy y si no tenés los huevos para darte cuenta que intento terminar lo que se debe, no me recrimines. Insisto en eso. ¿Por qué nos seguimos encontrando en este bar andrajoso?
—Intento saber por qué está en contra de la humanidad —le dije—. Todavía creo que podemos llegar a un acuerdo. Estoy dispuesto a volver con usted. A ayudarlo en el instituto.
—No me vengas con idioteces. Nadie va a confiar en tu palabra. No tengo nada que decirte al respecto. ¿Para qué me hiciste venir? Mi tiempo vale oro.
—Retráctese, doctor —le dije, y el hombre detrás de la barra se mostró impaciente. Después me di cuenta de algo fundamental. Los empleados eran otros. Fansi Carlon estaba recobrando sus influencias. Una situación que muchos deberían saber—. Puede que todos hayan olvidado lo que pasó en el instituto, pero eso no lo desliga de su compromiso. Aparte, me debe unos cuántos años de vida. Eso no tiene valor.
—Escuchame —dijo corriendo su café hasta el centro de la mesa—. La próxima vez que me quieras ver, es muy posible que no esté disponible —se levantó de la mesa—. Estoy cansado de ver cómo los escritores de mala muerte te manipulan en mi contra. Tengo cosas más importantes que hacer.

Sobre lel autor: Cristian Cano

jueves, 4 de septiembre de 2014

Trágico - Paula Duncan


Sube al tren, se sienta y con los ojos cerrados piensa, ¿me estará esperando?
Una vez a la semana; ella se escapa: de la rutina, de su casa, del trabajo, y marcha a verlo, no importa la distancia, en el viaje sueña, con sus besos, con su piel y su mirada, porque cuando se cruzan sus ojos; miles de estrellas estallan, verde esmeralda la suya, la de él, de noche clara, siempre encendida, sus ojos son dos brasas que desatan los deseos, cuando sus brazos entrelazan, y comienzan a besarse …, por la ventanilla, ve como la tarde pasa, sabe que antes del amanecer, el sueño se acabara, y cual cenicienta deberá volver a su casa, con el aroma de él, aun pegado a su espalda y deberá parecer que nunca a pasado nada, poco habla, poco dice, esquiva la mirada, hay que trabajar; y en eso esta concentrada, pero en su interior hay recuerdos apilados, esos que nos da el amor después de haberlo dejado y su corazón se escapa, y corre por los tejados, y en un golpe de brisa, vuelve a estar a su lado, y así tan distraída la calle va cruzando.
¡Detente! Gritan a voces los que caminando marchan, piensa un momento, y mira sin ver para los dos lados. ¡No cruces!, pero ella con él esta hablando, y no escucha los frenos, ni sabrá lo que la ha golpeado, sólo sabe que por fin, no deberá marcharse jamás de su lado...

Sobre la autora:  Paula Duncan

sábado, 30 de agosto de 2014

Intervalo de cinco minutos - Francis Picabia



Yo tenía un amigo suizo llamado Jacques Dingue que vivía en el Perú, a cuatro mil metros de altitud. Partió hace algunos años para explorar aquellas regiones, y allá sufrió el hechizo de una extraña india que lo enloqueció por completo y que se negó a él. Poco a poco fue debilitándose, y no salía siquiera de la cabaña en que se instalara. Un doctor peruano que lo había acompañado hasta allí le procuraba cuidados a fin de sanarlo de una demencia precoz que parecía incurable.
Una noche, la gripe se abatió sobre la pequeña tribu de indios que habían acogido a Jacques Dingue. Todos, sin excepción, fueron alcanzados por la epidemia, y ciento setenta y ocho indígenas, de doscientos que eran, murieron al cabo de pocos días. El médico peruano, desolado, rápidamente había regresado a Lima... También mi amigo fue alcanzado por el terrible mal, y la fiebre lo inmovilizó.
Ahora bien, todos los indios tenían uno o varios perros, y éstos muy pronto no encontraron otro recurso para vivir que comerse a sus amos: desmenuzaron los cadáveres, y uno de ellos llevó a la choza de Dingue la cabeza de la india de la que éste se había enamorado... Instantáneamente la reconoció y sin duda experimentó una conmoción intensa, pues de súbito se curó de su locura y de su fiebre. Ya recuperadas sus fuerzas, tomó del hocico del perro la cabeza de la mujer y se entretuvo arrojándola contra las paredes de su cuarto y ordenándole al animal que se la llevase de vuelta. Tres veces recomenzó el juego, y el perro le acercaba la cabeza sosteniéndola por la nariz; pero a la tercera vez, Jacques Dingue la lanzó con demasiada fuerza, y la cabeza se rompió contra el muro. El jugador de bolos pudo comprobar, con gran alegría, que el cerebro que brotaba de aquélla no presentaba más que una sola circunvolución y parecía afectar la forma de un par de nalgas...


Acerca del autor:  Francis Picabia



Beso y la ciudad - Héctor Ugalde


El ciudadano se asombra de ver una larga fila. Sigue la cadena de personas y encuentra que todos están formados para probar suerte y besar a la Bella Durmiente.
Una multitud está reunida para presenciar tan extraordinario suceso. Hay cámaras de televisión y reporteros de otros medios cubriendo el evento.
Algunos avispados aprovechan para vender y ofrecer sus productos. Camas, colchas, batas, piyamas, pantuflas... ahora está de moda parecer dormido. También hay lociones relajantes, cremas humectantes para los labios resecos y otros artículos diversos, sin faltar por supuesto las camisetas con una gran variedad de leyendas.
Uno a uno van entrevistando a los candidatos hurgando en su vida para ver sí encuentran datos jugosos que aviven más el espectáculo.
Finalmente, después de varios días, se termina el interés y todo mundo vuelve a sus labores. Queda un reguero de basura y en el centro la mujer dormida.
El ciudadano, aquel del inicio del relato de los hechos, no se ha ido, ha quedado prendado de su belleza. Se acerca y la besa.
La Bella Durmiente despierta y le sonríe.
Se toman de la mano y se alejan en el atardecer...
Nadie ha visto esto, ni siquiera yo, porque el amor es un acto privado entre sólo dos...

Sobre el autor: Héctor Ugalde

Karma - Silvia Milos


El prototipo C H 2 estaba listo para entrar al edificio. Tenía el olfato mil veces intenso que los humanos 1, y sus orejas recibían ondas de baja frecuencia capaces de captar hasta la más mínima respiración. Subió de cinco en cinco los escalones, saltó entre los escombros y alcanzó el tercer Nivel en tres segundos, uno por piso.
Luego se detuvo, una fracción de tiempo incontable para hacer un paneo absoluto parado frente al departamento. Divisó a través del humo y de las llamas el cuerpo de un humano en el suelo , y de dos simples perros, sin genes H estaban aterrados, casi al borde del desmayo. Dudó, antes de levantar a los animales hizo un llamado por el sonar, alertando a los humanos 1 de su par. Luego bajó como un rayo y los sacó del derrumbe.
 Afuera, nadie preguntó por el que faltaba, todos sabían que no era necesario tener un asesino de perros entre la gente.

Sobre la autora: Silvia Milos

martes, 26 de agosto de 2014

Y al final, se fue la señorita María Inés - Carmen Belzún


Amenazó, amenazó… ¡y cumplió! Yo no creía en su promesa de irse. Dejar todo, ir a meterse en una casita en la costa, empezar de cero… Porque era así: ¡de cero! Pedir el traslado era fácil; conseguirlo, más o menos; aceptarlo… ¡eso era lo jodido! Casa nueva, vida nueva. Otros amigos, otros compañeros de trabajo, otra vida. ¿Valía la pena? Ella creía que sí. Y nosotros, al principio, también. Sobre todo cuando la veíamos acercarse de la mano de él. El marido ¿quién iba a ser? No era ni lindo ni feo; alto como ella; el pelo medio rubión; sonrisa fácil. Siempre la acompañaba a la mañana, tempranito, ¿te acordás? Llegaban como dos novios. Así los llamábamos. Un besito delicado en los labios (un piquito, bah) ¡y a empezar la jornada! No sé de dónde apareció el proyecto; pero lo cierto es que ella nos comentó que querían mudarse a una casa frente al mar. Ella iba a pedir el traslado de su cargo titular, él iba a pedir que lo mandaran a otra sucursal de la fábrica. Fácil ¿no? Sí, si hasta nosotros lo entendíamos. ¡Tampoco éramos tarados! Sólo chicos. Y de pronto nos convertimos en compañeros incondicionales. Le preguntábamos por los trámites (¡como si supiéramos!), le dábamos aliento (¡lo único que podíamos!); una vez, aparecimos con un suplemento de viajes y paseos dedicado al partido de la Costa. Durante todo el año nos esforzamos por darle ánimo sin dejar en evidencia nuestras dudas. ¿Valía la pena dejar todo por acompañar a su hombre? ¿Sería feliz tan lejos de sus seres queridos? Cierto que él era el más querido… entonces ¿así terminaba todo? Su carrera, sus afectos, su vida; todo se limitaba al mundo que él le ofrecía. Nos resultaba raro. En realidad, ahora me doy cuenta de que repetíamos palabras de los adultos. Eran comentarios que hacían los viejos, todos: padres, algún que otro abuelo, las otras señoritas de la escuela. Había desconfianza en sus voces e, indudablemente, los pronósticos eran desfavorables. Pero ella cumplió. Con la exactitud de las ecuaciones que quería enseñarnos. Ella se fue. No le importó que le pidiéramos que se quedara (en verdad, fue una actuación más que un deseo). No le importó que la situación se presentara tan en contra. O, a lo mejor, aceleró el trámite por eso. No lo habló con nadie, sólo se fue. Sí, se fue de noche, sin avisar, sin despedirse; primero pidió una licencia por enfermedad, ¡todos lo entendieron! Y después se colgó de una viga del quincho. Una semana antes, el marido la había abandonado.

Sobre la autora: Carmen Belzún

Inevitable – Carlos Enrique Saldivar


Y tuve una maravillosa impresión, como cuando el río en invierno aumenta su caudal y crece. Así son las niñas cuando se hacen mujeres. Así es ella, un espejismo real, un milagro de hermosura. Como miro el océano la veo a ella, lo he hecho desde hace años. Quisiera ingresar en sus entrañas, nadar hasta extasiarme, sentir sus formas acariciar mi espigado y fuerte cuerpo. Aunque sé que no debo, no he de abandonarme a sus encantos. Me resisto. Pero ella me atrae con una potencia bárbara. La amo, creo. Algo es cierto, la deseo. Inevitablemente caeré en sus redes muy pronto. Su nombre es Linda, es más que eso, se lo he dicho, me ha sonreído y me ha tomado de la mano, no obstante he huido de su lado.
Inquieto, en mi elemento, tengo emociones que me destruyen.
No puedo dejar de pensar en su persona.
Desobedezco una vez más a mis ancestros. Salgo del océano, desnudo, camino hacia a la playa. Me crecen piernas con lentitud. Ya no duele como antes. Mi ropa se encuentra enterrada bajo la arena. Me visto. ¿Habrá de ser este mi destino? Sí. Esta noche cederé a su voluptuosidad. Sé dónde encontrarla. Se alegrará de verme. Entraremos a un universo de frenesí y tempestades placenteras. Ya nunca podremos abandonarnos. Y, como muchos de mi especie, en poco tiempo moriré en sus brazos, satisfecho, agradecido, lejos de mi gente. Me disolveré en el aire impuro de un mundo que no es el mío.

Lima, agosto de 2012

Sobre el autor:  Carlos Enrique Saldivar

jueves, 21 de agosto de 2014

Billete de ida - Xavier Blanco





A veces la vida es un camino que nos lleva a ninguna parte...

Pronto aprendió que la vida era un camino perpetuo que se bifurca de forma caprichosa. Había que tomar decisiones. Se lió la manta a la cabeza y, un mal día, inició su viaje de ida hacia ninguna parte. Al final llegó a su destino, y allí nació su hija. Imaginar la entristece, se le disipaban los recuerdos. Podía visionar cómo su abuela tejía con su cabello diminutas trenzas. Resonaba en su memoria el sol inmenso de las mañanas, los atardeceres policromos, las noches claras de primavera.

Hoy es domingo, de los de verdad, libra uno de cada cuatro, deambula, pasea con su retoño del brazo por los parques y avenidas de esta gran ciudad. Existir es un desafío. La urbe la oprime, la maltrata, la empequeñece, enmudece su alegría, ahoga su silencio. No se ha acostumbrado a vivir sin cielo. Le falta el aire, añora el aullido del viento, el crepitar de la madera presa por el fuego. Mientras camina, entre el retumbo de los cláxones y el humear de los vehículos, sueña con su vida pasada. Fantasea con su niñez no vivida, con los árboles que crecían en su país, con el cielo inmenso y azul, lleno de estrellas, con el que cubría sus noches. Imagina el trinar de los pájaros, el aroma de la hierba que ascendía bajo sus pies. Divaga sobre el color de la lluvia, sobre el olor del firmamento. Sentada en el banco, su vista se pierde en la nada, y cuando el sol se derrumba fantasea con la luna que se mece en el horizonte, y sueña los sueños que nunca vivirá. Se siente sola, vacía, despoblada. Mira a su hija, le caen lágrimas, que surcan sus mejillas.

Han pasado los años, pero todavía le cuesta dormir. Algunas noches los sueños se convierten en pesadillas: en gritos que ahogan su cuello, en la sombra de la muerte que acecha tras el batir de las olas, en el agua salada que abrasa su piel, en el miedo al miedo. Revive los días a la deriva, al albor del viento, la noche infinita, los amaneceres fríos e inciertos. Se estremece al recordar aquella maldita patera que naufragó en las costas del primer mundo, donde ella se siente la última, sólo basura. De nada sirve lamentarse, sabe que no es cuestión de tiempo. Ya no recuerda cuando perdió las ilusiones. Al borde del precipicio vagabundea la voz de su madre que le susurra historias, siente sus besos y esa es su única dosis de esperanza. Abraza a su niña, que nunca conocerá a su padre ni a su abuela. Llora, le abate la niebla. Hace tiempo que sabe que no hay billete de vuelta.



Acerca del autor:  Xavier Blanco
Tomado del blog Caleidoscopio http://xavierblanco.blogspot.com/2011/10/190-billete-de-ida.html

sábado, 16 de agosto de 2014

Veintisiete - Giorgio Manganelli


Un señor que poseía un caballo de excepcional elegancia, una mansión fortificada, tres criados y una viña, creyó entender, por la manera como se habían dispuesto los cirros en torno al sol, que debía abandonar Cornualles, en donde siempre había vivido, y dirigirse a Roma, en donde, suponía, tendría ocasión de hablar con el emperador. No era un mitómano ni un aventurero, pero aquellos cirros le hacían pensar. No empleó más de tres días en los preparativos, escribió una vaga carta a su hermana, otra todavía más vaga a una mujer que, por puro ocio, había pensado en pedir por esposa, ofreció un sacrificio a los dioses y partió, una mañana fría y despejada. Atravesó el canal que separa la Galia de Cornualles y no tardó en encontrarse en una zona llena de bosques, sin ningún camino; el cielo estaba agitado y él con frecuencia buscaba abrigo, con su caballo, en grutas que no mostraban rastros de presencia humana. El día decimosegundo encontró en un vado un esqueleto de hombre, con una flecha entre las costillas: cuando lo tocó, se pulverizó, y la flecha rodó entre los guijarros con un tintineo metálico. Al cabo de un mes encontró una miserable aldea, habitada por aldeanos cuya lengua no entendía. Le pareció que le prevenían de alguna cosa. Tres días después encontró un gigante, de rostro obtuso y tres ojos. Le salvó el velocísimo caballo y permaneció oculto durante una semana en una selva en la que no penetraría jamás ningún gigante. Al segundo mes cruzó un país de poblados elegantes, ciudades llenas de gente, ruidosos mercados; encontró hombres de su misma tierra, supo que una secreta tristeza arruinaba aquella región, corroída por una lenta pestilencia. Cruzó los Alpes, comió lasagna en Mutina y bebió vino espumoso. A mediados del tercer mes llegó a Roma. Le pareció admirable, sin saber cuánto había decaído los últimos diez años. Se hablaba de peste, de envenenamientos, de emperadores viles o feroces, cuando no ambas cosas a un tiempo. Puesto que había llegado a Roma, intentó vivir allí al menos un año; enseñaba el córnico, practicaba esgrima, hacía dibujos exóticos para uso de los picapedreros imperiales. En la arena mató un toro y fue observado por un oficial de la corte. Un día encontró al emperador que, confundiéndolo con otro, lo miró con odio. Tres días después el emperador fue despedazado y el gentilhombre de Cornualles aclamado emperador. Pero no era feliz. Siempre se preguntaba qué habían querido decirle aquellos cirros. ¿Los había entendido mal? Estaba meditabundo y atormentado; se tranquilizó el día en que el oficial de la corte apuntó la espada contra su garganta.

Acerca del autor:  Giorgio Manganelli