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martes, 27 de noviembre de 2012

Los fantasmas - María del Pilar Jorge


“No creo en los fantasmas”, murmuró, mientras contemplaba el luminiscente reflejo del monitor. Sus dedos se negaban a moverse sobre el teclado, su mente estaba en blanco. El escritor se sentía muy frustrado: el escepticismo le impedía, siquiera, imaginarse una aparición fantasmal y mucho menos una historia de terror. Pero le habían pedido que escribiera un relato sobrenatural; iba a salir publicado en una revista  muy popular, y eso le convenía: era publicidad.

Un ruido proveniente de la cocina interrumpió el curso de sus pensamientos, mejor dicho, el ruido lo distrajo de ese dejar de pensar en el que se encontraba inmerso. Se levantó con desgano y arrastró los pies hasta la cocina: no encontró nada, todo estaba en orden. Pero el ruido había venido de allí. Comenzó una inútil búsqueda, que lo único que logró fue incrementar su mal humor. Regresó a su escritorio y escribió el título del relato: “No creo en los fantasmas”, y se detuvo. Buscando inspiración, intentó enfocarse en aquel sonido sin dueño ni destinatario, pero que tenía que tener alguna explicación lógica. Tal vez algo se había caído en el departamento que estaba en el piso superior al suyo, o tal vez en el piso de abajo. En un edificio de departamentos nunca se puede saber de dónde vienen los sonidos.

En ese momento el ruido se repitió por segunda vez; el escritor se precipitó hacia la cocina. En su carrera, tiró al suelo a una de las sillas del comedor y terminó golpeándose la cara contra la puerta de la cocina. Un momento: él no la había dejado cerrada. Miró detrás de la puerta: nada.  Miró arriba, abajo, a derecha e izquierda: nada de nada. Todo se veía en orden.

Fastidiado, volvió a sentarse ante su computadora y leyó, una vez más, el título de ese cuento aún no nacido: “No creo en los fantasmas”. En la cocina se escuchó el eco de un quejido, pero el escritor esta vez no se movió de su asiento. Se limitó a borrar las tres primeras palabras y luego comenzó a escribir.  

Acerca de la autora: María del Pilar Jorge

viernes, 17 de agosto de 2012

Padre putativo – Sergio Gaut vel Hartman & María del Pilar Jorge


Cuando el artista crea asume una responsabilidad y yo no estaba preparado para semejante cosa. Por eso, cuando Punstilk, mi gnomo de ficción, apareció trepando por la cara exterior del monitor de mi computadora tuve la certeza de que mi mundo se desmoronaba.
—Odio los cuentos de gnomos —fue lo primero que dijo Punstilk.
—Tengo cierta responsabilidad moral por el mal que hice —argumenté—; pero no tanto como para hacerme cargo de un monstruo.
—¿Monstruo yo? —dijo Punstilk, mientras saltaba del monitor a los estantes de la biblioteca y comenzaba a roer la tapa de uno de mis libros.
—¿Qué hacés, demonio? —gruñí—; no destroces mis libros.
—Tengo hambre —dijo Punstilk.
— A su debido tiempo comerás —le contesté—, pero primero tenemos que continuar con la historia.
—No me mientas —gritó Punstilk— desde aquí puedo ver el sandwich de milanesa que estás masticando.
—Si regresás a la historia, te convido con un poco de milanesa —afirmé.
—Que sea la inversa, como la milanesa y luego regreso.
—Trato hecho— dije, mientras le quitaba una de las tapas de pan al sándwich. Punstilk, sin pensarlo más, se tiró de cabeza sobre la comida. Con un rápido movimiento, volví a colocar el pan y lo oprimí con fuerza. Punstilk gritó solo una vez. Como personaje era un desastre, pero como alimento resultó delicioso.

Los autores:
Sergio Gaut vel Hartman
María del Pilar Jorge

miércoles, 20 de junio de 2012

Apasionadamente Venus - María del Pilar Jorge


Ann_Té, con un gesto lúdico, hundió sus dedos en el frasco lleno de salmuera y extrajo una lombriz; se la introdujo en la boca y la saboreó. Sham apartó su vista del panel de navegación y observó a la venusina con disimulo: imaginó el sabor picante de la lombriz diluyéndose en la boca de Ann_Té, imaginó a esos labios amarillos, incitantes, recorriendo su cuerpo y lo inundó una oleada de calor. Las reglas de convivencia intergaláctica le impedían relacionarse con los habitantes de otros mundos, pero la mirada de Ann_Té fija en él era demasiado provocativa para ser eludida. La actitud de la muchacha tenía algo de desafío, un desafío que Sham evitó una vez más. Optó por concentrar su atención en las luminiscentes pantallas en las que se podía apreciar el espacio exterior. Dentro de una semana, cuando arribaran a Anouk XV terminaría su suplicio, no la vería más y podría finalizar una relación que jamás había comenzado.
Un imprevisible viraje de la nave regresó a Sham a la realidad y lo obligó a centrarse en los controles de la computadora madre. Solucionado el problema, Sham volvió a zambullirse en sus pensamientos. Especuló que, tal vez, si Ann_Té accedía a instalarse con él, cuando llegaran a destino renunciaría a su tarea de mecánico y navegador y haría las gestiones para que les asignaran uno de los edificios nuevos, modernos y de exterior impoluto que abundaban en Anouk XV. Allí nadie se iba a inmiscuir en sus hábitos sociales y podría disfrutar, sin culpas, de los placeres de la venusina. Por sus trabajos en la Flota le correspondía una anualidad fija con la que ambos podrían convivir. La próxima vez que ella intentara avanzarlo, se lo diría, estaba casi seguro de obtener una respuesta afirmativa. Después de todo, qué tenía que perder.
Pero cuando la volvió a ver, las palabras de Sham murieron antes de ser pronunciadas: el cuerpo de Ann_Té había cambiado, se notaba más grande, redondeado, informe, parecía que la venusina se encontraba a punto de estallar.
—Desovar —aclaró ella, al adivinar sus pensamientos.
Aunque no lograba entender lo que estaba sucediendo, presa de una irrefrenable excitación, Sham preguntó:
—… ¿y yo puedo acompañarte? Te ayudaría con tus pequeños.
—Por supuesto. Ésa siempre fue mi idea: mis crías necesitan alimento.


Sobre la autora:
María del Pilar Jorge

martes, 29 de mayo de 2012

Espiral descendente – María del Pilar Jorge, José Luis Velarde, Héctor Ranea, Eduardo Poggi, Alejandro Domínguez, Odeen Rocha, Sergio Gaut vel Hartman


Me detuvieron el día que se declaró la guerra. Fui conducido a una oficina maloliente en la que tres tipos de los Servicios Especiales comenzaron a usar sus recursos habituales para obligarme a revelar los secretos que yo supuestamente conocía. Logré resistir sin mayores inconvenientes durante las primeras veinticuatro horas. Después no soporté más y lo dije todo. Revelé la ubicación del comando de organización, su funcionamiento, y lo más grave: su verdadero poder. Ahora preferiría haber muerto antes que haber revelado todo aquello. Porque desde entonces, todo cambió para peor.
A la luz tersa del cuarto de interrogatorios, los gorilas se pusieron contentos. Lógico, ahora el mundo sería de ellos. La felicidad los tornó tan dóciles que uno de ellos me invitó con un café, y me presentó una prima suya que estaba de visita, Lila. Lila, una gorila de mirada mansa y expresión tierna. Manoseó con curiosidad mis brazos doloridos, me acarició la espalda, y en su ansiedad por palpar mi cara me metió un dedo en el ojo derecho. Desesperado, comencé a parpadear: por mi rostro rodó una lágrima absurda. Al poco rato el llanto era incontrolable. Lila me miró con desconcierto durante unos segundos, y luego también lloró desconsolada. Parecía entender que mis revelaciones me conducirían a la muerte. Por eso, en un acto de bizarría, la gorila me ayudó a escapar. El plan pergeñado era simple: sedujo a dos guardias, rompió los seis candados de cada puerta y me llevó a la parada del subte. No la vi más. Recuerdo sus ojos empapados en lágrimas cuando me dio el último beso. Se fue dejándome a merced de los dos guardias que me empujaron del andén a las vías en el momento que el subte salía del túnel. Si me hubieran tirado unos segundos más tarde, yo no habría podido escapar. Trepé al andén de servicio, y cuando la formación pasaba a mi lado empujé una pesada puerta de hierro con el hombro. Me encontré en un pasillo oscuro que olía a grasa y excrementos de rata. Recordé que tenía un led de bolsillo y, mal que mal, alumbré el lugar. Al final del pasillo, observé otra puerta de la que asomaba un ligero resplandor. Caminé hacia ella y la abrí sin dificultad. El extraño fulgor salía de una gran pantalla en la que varios tipos observaban videos de distintas etapas de mi vida. Ahí se veía mi nacimiento, mis cumpleaños, mi graduación. Los tipos estaban detrás de una mesa de madera, y en ese momento se mostraba el suceso que, tres años atrás, había iniciado la guerra y por la cual, recientemente, había yo pasado por todo aquel desbarajuste. El primer ministro, un viejo con poco pelo, sometía sin pudor a una figura pequeña. Yo, con mucha mala suerte, sostenía mi celular a través de esa ventana y registraba la escena. Recuerdo que me había parecido una idea genial delatar las costumbres licenciosas de nuestros gobernantes. Pero la mujer era una espía de nuestros enemigos y cuando el incidente salió la luz, a mí se me acusó de ser cómplice de aquella mujer, y el viejo corrupto se convirtió en la víctima de una supuesta maniobra de descrédito. Ahora, por fin, sabía quién era el responsable de las torturas que acababa de padecer. Era una revelación terrible, pero lo peor fue mirarme y descubrir que mi vida no me pertenecía. ¿Quién era capaz de llevar un registro tan minucioso de mi existencia? De pronto me vi en situaciones olvidadas, aunque sin duda era yo. Surgían imágenes de mis seres queridos. En esa teoría de primos y parentela varia, me vi con la imagen de Santa Apolodora de Bulgria colgando del cuello el día de mi graduación, pues mi abuela quería que la portara. Recuerdo ahí la vergüenza que yo, un ateo consumado, me humillara así para satisfacer a la vieja. Pero un trompazo me volvió a la realidad de las torturas: mi hijo abofeteándome, golpeándome, picaneándome las encías hasta provocarme una baba amarilla y espumosa; la mujer que había amado, convertida en una espía, me arrancaba las uñas. Creí que aquello formaba parte de una horrible pesadilla. Pero no era una pesadilla, sino la cruel y triste verdad. Me desesperó la imposibilidad para escalar la realidad y reducir los hechos de las últimas horas a una serie de simulacros vacíos. Desde esa perspectiva, todo lo vivido era una larga sucesión de errores y actos fallidos. Para aquellos momentos, lo único real era el dolor; no sabía si estaba despierto o no, pero el dolor estaba ahí, burlándose de mí. Recordé que en mi bolsillo traía mi pequeño diario en el que escribía todo lo que me sucedía. Lo tomé y lo abrí en la última página escrita, pero lo que leí me llenó de un terror inimaginable.
Levanté la vista, los tipos seguían alternando sus miradas abstraídas entre mi vida y el video incriminatorio. La cabeza me daba tantas vueltas que sentía que en cualquier momento caería sobre mis rodillas, irremediable, a vaciar el estómago de por sí vacío, sin esperanza de ponerme en pie de nuevo. Los tipos seguían ignorando por completo mi presencia, y yo allí, mirando con expresión imbécil la última anotación de mi diario. La fecha estaba borroneada, pero la entrada no era reciente: describía el momento en que los dos guardias me empujaron del andén a las vías en el instante mismo en que el subte salía del túnel. Después, no más palabras, solo una mancha de sangre. Mi pecho enrojecido.
Ahora aparezco en la pantalla del televisor en tiempo real. Los tipos gritan y aplauden al ver mi imagen. Parecen felices. Los insulto y no vuelven la mirada. Cierro los ojos y me hundo en la mancha carmesí extendida alrededor de mis pies. Alguien me acaricia la cara, me da un beso, abro los ojos y la reconozco: Lila. Lila que me mira con sus ojos empapados en lágrimas. ¿Por qué se había ido? ¿Por qué había vuelto? Me extraña verla acompañada por los dos guardias que había seducido para que yo escapara.
—La comedia ha terminado —dice uno de ellos. 
—¿Comedia? —Balbuceo. Mis palabras se descuelgan de los labios como baba viscosa.
—¿Acaso pensabas que esto es real? —La risa de Lila me taladra los tímpanos.
¿Y el dolor? ¿Y mi angustia? Me apoyo sobre un codo. Estoy en medio del escenario. El público prepara las palmas. No obstante, en un foso profundo de mi ser, intuyo que se prepara una nueva vuelta de tuerca.
—Mírate las manos —dijo Lila con una carcajada infernal.
Me vi solo tres dedos en cada mano.
—¿Quién está jugando con nosotros?
—Seis dedos, seis candados, seis puertas —dijo Lila—. Acaso, ¿crees que es un juego?
El calor infernal me confirmó que Lila no era Lila, y que la oficina maloliente era mucho más que eso.

Acerca de los autores:

lunes, 26 de marzo de 2012

Sobrevivientes – María del Pilar Jorge


Al principio, el temporal fue tomado por un evento meteorológico más, se recurrió a las medidas de rutina y tratamos de retornar a la normalidad. Pero solo había sido el primer anuncio: cuarenta y ocho horas después el tornado azotó la ciudad. Cientos de vidrios estallaron, cayeron árboles y, cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos contando muertos. Los equipos de rescate no se daban abasto para auxiliar a los sobrevivientes.
La reparación de los daños se convirtió en una tarea lenta e ingrata: hubo personas que pudieron albergarse con familiares o amigos, en los barrios suburbanos o en los poblados vecinos. Pero muchos se resistían a abandonar sus semiderruidas moradas, a pesar de la insistencia por parte de la gente de Defensa Civil en que buscaran lugares más seguros. En medio de esa desorganización, toda la camada de gente que había quedado sin vivienda vagaba por las calles, eran cientos de individuos desorientados y en estado de shock.
La tercera vez el peligro no vino del cielo. Cuando la tierra tembló, el caos fue completo: lo que nos afectaba era un terremoto que tenía su epicentro en el río. Los pulsos se repetían a espacios irregulares y duraban entre 59 y 90 segundos; la intensidad crecía y decrecía desde el 6.1 hasta el 7 en la escala de Richter.
El saberlo fue suficiente para mí, comprendí que tenía que huir de la ciudad. Fui afortunado, el terror había paralizado a la mayoría y aunque con dificultad, aún se podía transitar por las calles. Cargué una mochila liviana, con lo indispensable, y elegí alejarme en mi motocicleta; en caso de enfrentar a algún derrumbe, podría escurrirme más fácilmente. Por supuesto, cada vez que se repetían los temblores tenía que detenerme.
Recién me sentí más seguro cuando crucé la ruta para alejarme de la zona urbana. Desde el puente al que había subido pude divisar a una caravana de gente que se acercaba, cada vez más, hacia donde me encontraba. Cuando ya estaban demasiado cerca, retomé la marcha, ellos, como yo, avanzaban atrás, ellos, como yo, buscando sobrevivir, caminaron sin detenerse.


Acerca de la autora:
María del Pilar Jorge

sábado, 25 de febrero de 2012

Pordiosero - María del Pilar Jorge


Apoyado contra una pared, callado, inmóvil, el pordiosero mira indiferente la noche solitaria. Sus manos se crispan, temblorosas, en los bolsillos. Los recuerdos le llegan como fogonazos débiles: gran parte de su vida quedó atrás. Para él ya pasó el tiempo de la risa fácil: ahora, solo tiene hambre, hambre y sed; pero los transeúntes lo ignoran, como si fuera un poste, un objeto, un trasto viejo que alguien abandonó en la esquina. Las monedas, en la lata, se ven opacas, deslucidas, escasas. Tanto como para no pensar, extiende una mano y poniendo su expresión más plañidera murmura por centésima vez “Unas moneditas po’ favó’, unas moneditas para la leche de mis hijos”. El papel cae sin ruido dentro de la lata: es un billete de cinco pesos. Lo saca y lo guarda con avidez en un bolsillo; y sigue agitando la lata, como una campanilla oxidada. Pronto, ya muy pronto va a tener la guita que le falta para ir hasta el kiosco de la esquina. Se le hace agua la boca de solo pensar en esa botella de birra que necesita para poder dormir con el estómago caliente, otra noche más.


Acerca de la autora:

martes, 7 de febrero de 2012

Pordiosero - María del Pilar Jorge


Apoyado contra una pared, callado, inmóvil, el pordiosero mira indiferente la noche solitaria. Sus manos se crispan, temblorosas, en los bolsillos. Los recuerdos le llegan como fogonazos débiles: gran parte de su vida quedó atrás. Para él ya pasó el tiempo de la risa fácil: ahora, solo tiene hambre, hambre y sed; pero los transeúntes lo ignoran, como si fuera un poste, un objeto, un trasto viejo que alguien abandonó en la esquina. Las monedas, en la lata, se ven opacas, deslucidas, escasas. Tanto como para no pensar, extiende una mano y poniendo su expresión más plañidera murmura por centésima vez “Unas moneditas po’ favó’, unas moneditas para la leche de mis hijos”. El papel cae sin ruido dentro de la lata: es un billete de cinco pesos. Lo saca y lo guarda con avidez en un bolsillo; y sigue agitando la lata, como una campanilla oxidada. Pronto, ya muy pronto va a tener la guita que le falta para ir hasta el kiosco de la esquina. Se le hace agua la boca de solo pensar en esa botella de birra que necesita para poder dormir con el estómago caliente, otra noche más.

domingo, 8 de enero de 2012

Chiaroscuro – María del Pilar Jorge


Recién amanecía: era demasiado tarde para irse a dormir y demasiado temprano para ponerse a llorar. La vida te curte, te endurece, incluso puede embrutecerte pero Julián, después de que encontró un niño, envuelto en ese trapo hediondo, durmiendo en un oscuro zaguán, solo deseó salir corriendo. Contrasentidos, contradicciones, el blanco y el negro, el yin y el yang: adentro, el lujo dispendioso y platos con restos de comida, apilados en la cocina. Afuera, la mugre y la vida miserable de los linyeras.
Julián caminó. Caminó por las calles vacías de una ciudad adormilada. Recordó a Amanda y a Carlos, a Luisa y a Jorge y a su soledad de hombre sin pareja estable: los muchos amigos no remplazan al amor. A cierta altura de la noche, después de los brindis y los saludos efusivos, la bebida le había soltado la lengua y por un rato que se le hizo eterno logró experimentar el efímero placer de la venganza. Les dijo a todos y a cada uno lo que pensaba de ellos. Pero nadie se molestó, al contrario, todos reían, festejando lo que llamaron su “peculiar sentido del humor, entre negro y sórdido”. Sus risas lo enardecían más y más, malditos sean todos, pensaba mientras redoblaba la apuesta y arremetía con cizaña destacando los defectos, fallas y vicios de sus amigos. A Amanda, de tanto llorar se le había corrido el rímel, Carlos cabeceaba adormecido, indiferente a los epítetos de “gordo inútil y obsoleto” y “fracasado pelafustán” con que lo describía. Jorge —la copa siempre llena— disfrutaba de la escena como si nada de lo que Julián decía pudiera afectarlo. Solo Luisa, después de las primeras carcajadas, había caído en el silencio, observándolo con sus enormes ojos muy abiertos, como quien contempla a un loco. ¿Loco?, si tal vez lo estuviera, pero los locos, por lo menos, pueden decir impunemente lo que piensan, con la tranquilidad de que nadie se va a ofender, porque están locos. Además, era muy probable que cuando despertaran solo tendrían un recuero ambiguo de esa fiesta de fin de año.
Un sabor acre le subió a la boca y en su garganta nació una arcada. Julián se acercó al cordón de la vereda y vomitó; un fuerte efluvio de alcohol se desprendía del lechoso líquido rojizo con el que enchastró la vereda y su camisa. Se apoyó en un árbol y respiró hondo: se sentía mejor, pero no lo suficiente. Debía regresar; subiría a su auto, se recostaría en el asiento trasero y dormiría hasta que ese odio por la humanidad que le había despertado la borrachera se diluyera una vez más, mutándose en la habitual plácida complacencia. Pero antes haría algo, pensó, porque si el mundo se hunde irremediablemente en la indiferencia, es hora de despertar. Trastabillando y luchando contra el mareo que quería ganarle la partida deshizo las pocas cuadras que había caminado y regresó al punto de partida. En el zaguán, el niño abandonado todavía dormía. Julián buscó la billetera y sacó algo de dinero y se quedó ahí, con el dinero en la mano, mirando al chico. Se lo pondría debajo de la campera que usaba de almohada, subiría a su automóvil y chau. Pero no pudo, la náusea y el mareo fueron más fuertes. Se apoyó en un poste y volvió a vomitar: fue sólo líquido y ese olor pestilente a alcohol. No bebería más, a partir de ese nuevo año no bebería más.
Usó la alarma del automóvil para encontrarlo, con un poco de trabajo logró embocar la llave en la cerradura de la portezuela. Adentro, en el bolsillo de la puerta delantera encontró la botella de agua mineral, bebió un largo trago, se sentó en el asiento y cerró los ojos. Lo envolvió el sopor y su cabeza se deslizó hacia atrás.
Lo despertó un rayo de sol y el insistente gorjeo de los pájaros. La ciudad aún dormía. Bebió más agua y se mojó la cara. Miró el zaguán: el niño seguía allí. Sí, estaba loco, lo sabía, también sabía que se iba a arrepentir, pero se bajó del auto y avanzó hacia el chico. Lo alzó con trapo y todo, y lo acostó en el asiento trasero; después, cerró las puertas de su vehículo, encendió el motor y se alejó.


Acerca de la autora:
María del Pilar Jorge

jueves, 3 de noviembre de 2011

Su nueva oportunidad – María del Pilar Jorge


Mabel se abrió paso, a codazos limpios, hasta lograr subir al vagón del subterráneo. Haciendo piruetas y eludiendo el bolso de un gordo, que ocupaba casi el espacio de dos personas, consiguió sentarse. El tren arrancó: por las ventanillas penetraba un poco de aire, demasiado poco para ventilar el olor acre del sudor y otras emanaciones aún menos agradables que se desprendían de ese conglomerado de cuerpos humanos.
Cuando llegó a su destino, tuvo que hacer un similar esfuerzo para lograr descender. Por fin, la escalera mecánica la condujo hacia la salida y se encontró en la calle, una calle atestada de transeúntes que iban y venían, caminando a ritmo frenético. Alguna vez se habían desplazado en colectivos, automóviles, motos y bicicletas. Pero esa época ya había pasado hacía un par de décadas; el exceso de vehículos había terminado por causar un caos tal, que solo se pudo solucionar permitiendo que únicamente los ciudadanos de primera categoría circularan en sus sofisticados vehículos.
En la esquina del que alguna vez había sido llamado Palacio de Justicia, ya se había formado la acostumbrada fila de personas que esperaban pacientemente ser atendidas en la Oficina Estatal de Asistencia a los Desocupados.
Durante todo el trayecto —apenas unas cinco cuadras— Mabel fue empujada, golpeada, pisoteada y llevada por delante, por lo menos una docena de veces. Ya en la recepción del impoluto edificio donde trabajaba, y tras acomodarse un poco la ropa, pasó por la arcada electrónica de ingreso, donde insertó su tarjeta identificatoria. La agencia de viajes Su Nueva Oportunidad era el mejor trabajo al que podía aspirar una ciudadana de segunda categoría como ella. Allí Mabel, junto a un nutrido plantel de asesoras orientaba a los potenciales clientes: gente acaudalada dispuesta a pagar una pequeña fortuna para poder viajar a una de las nueve ciudades construidas en las plataformas satelitales que circunvalaban la Tierra, tiñendo el cielo nocturno de extraños e incitantes colores. Se decía que allí existían el espacio, las comodidades y el disfrute del que ya no se podía gozar en el mundo. Los interesados, una vez prestada su conformidad con las condiciones de la agencia de viajes, y tras abonar el precio, eran conducidos a la sala de tele-transportación. Después de acomodarlos en la cabina donde se debía efectuar la traslación temporal de los aspirantes a colonos espaciales, Mabel accionaba los controles y completaba la operación de transferencia, de una manera pulcra e impecable, tal como se le había enseñado en la Escuela de Instructores.
Sus clientes partían una sonrisa satisfecha: no llevaban equipaje, no era necesario, en las ciudades satelitales encontrarían todo lo necesario. Mabel, además, le aconsejaba a las mujeres que no llevaran sus alhajas y a los hombres que dejaran sus relojes, el portar esos inútiles adminículos, rémora de otra época, podía perjudicar la eficacia de la traslación. Mabel había encontrado la manera de escamotear joyas y relojes, para luego venderlos en el mercado negro.
Esa mañana —tras verificar que diez pulseras y treinta relojes se encontraban perfectamente ocultos entre sus pertenencias— reflexionó que ya pronto tendría suficiente capital como para convertirse en una ciudadana de primera categoría. Después, comenzó a verificar en su ordenador los ingresos de la jornada en la nueva fábrica de chacinados y embutidos que se encontraba en la zona oeste de la ciudad: durante esa jornada, ella había sido la responsable del ingreso a la procesadora de treinta nuevas unidades alimenticias que servirían para saciar a los hambrientos habitantes de la city porteña.
Una mancha en el piso, junto a la cabina seis, atrajo su atención; sacó de uno de los cajones de su escritorio el paño esterilizado que utilizaba para esos menesteres. Tendría que avisar de la probable falla al equipo técnico. Tras limpiar y antes de descartar el paño, hizo una pequeña mueca: sí, señor, pronto dejaría su trabajo.
Concluida la jornada, Mabel salió a la calle. Buscó la zona de los restaurantes y desdeñando los tradicionales, entró a uno vegetariano. Mientras tanto, en el cielo las luces de las nueve seudo ciudades espaciales seducían con sus reflejos a los incautos habitantes del planeta.


Acerca de la autora:
María del Pilar Jorge

jueves, 6 de octubre de 2011

Obsesión: receta sencilla para escribir ficciones - María del Pilar Jorge


Busque una imagen, foto o escena inspiradora y obsérvela de manera fija y atenta. Es probable que una vez que la eligió, ya no le guste; pero le aviso que no hay vuelta atrás. Analícela: lamentablemente las figuras no hablan. Váyase a dormir e intente soñar con ella.
Cuando ni siquiera en estado alfa logre nada, deje de asaltar la heladera, apague la pc y huya de su casa. Practique yoga, relájese para que circule su energía, utilice posturas invertidas para que se le irrigue bien el cerebro, repita el mantra om con toda la potencia de sus pulmones, intente doblar las rodillas, brazos, cuello, y otras partes de su humanidad, pero no demasiado, no sea cosa que se quede duro en el intento. Después olvídese de la condenada ilustración, tome un buen libro y lea cosas como ésta: "La obsesión se construye... sólo se necesita de un acontecimiento que nos altere drásticamente la vida" o "La obsesión nos hace perder el sentido del tiempo, uno confunde pasado con remordimiento" (Prisión perpetua - Ricardo Piglia).
Probablemente descubra que algo comienza a fluir dentro de su cerebro. Igual no se confíe, porque aunque todo escritor en ciernes posee una buena dosis de "obsesión", acostumbra a perder el tiempo y los recuerdos del pasado suelen confundírsele. No sea vago, siéntese y escriba antes de que se le escapen las ideas: garrapatee algo, cualquier cosa, y si no se le ocurre nada, por lo menos invéntese una receta sencilla para escribir ficciones.

miércoles, 3 de agosto de 2011

En huelga - María del Pilar Jorge


—¿Dónde te metiste, desgraciada? Claro, seguro que te fuiste a pasear y estás vaya a saber dónde, paveando, mirando vidrieras. ¿Estará con otro? Es capaz… ¡Mujer tenías que ser! El escritor se levantó del asiento y dejó encendida la computadora. La pantalla del monitor estaba tan en blanco como su mente, y era culpa de ella, por supuesto. Sin ella, se sentía incapaz de escribir dos líneas; su única inspiración era su cuerpo incitante y esa mirada dulce con que lo contemplaba, mientras le murmuraba palabras suaves. La necesitaba y, precisamente por eso, la amaba y la odiaba, al mismo tiempo. Aunque la buscó en todos los espejos, no logró presentir su reflejo. Tampoco alcanzó a escuchar el fluir de su voz en ningún lugar de la casa. Sin embargo, la Musa aún estaba allí, riendo en silencio. Cansada de darle ideas para sus cuentos e historias, sin recibir siquiera una sonrisa, una palabra amable, una expresión de cariño o reconocimiento, había resuelto declararse en huelga. Huelga de ideas fugaces, de frases geniales, de palabras no pronunciadas. —Ya vas a volver ¡Sin mí no existís! —El escritor seguía mascullando su bronca. La musa, en su otro espacio, después de cubrirse con un velo, bajo el que también ocultó la notebook de última generación que se acababa de comprar, atravesó el vidrio de la ventana y desapareció.

martes, 28 de junio de 2011

En huelga - María del Pilar Jorge


—¿Dónde te metiste, desgraciada? Claro, seguro que te fuiste a pasear y estás vaya a saber dónde, paveando, mirando vidrieras. ¿Estará con otro? Es capaz… ¡Mujer tenías que ser! El escritor se levantó del asiento y dejó encendida la computadora. La pantalla del monitor estaba tan en blanco como su mente, y era culpa de ella, por supuesto. Sin ella, se sentía incapaz de escribir dos líneas; su única inspiración era su cuerpo incitante y esa mirada dulce con que lo contemplaba, mientras le murmuraba palabras suaves. La necesitaba y, precisamente por eso, la amaba y la odiaba, al mismo tiempo. Aunque la buscó en todos los espejos, no logró presentir su reflejo. Tampoco alcanzó a escuchar el fluir de su voz en ningún lugar de la casa. Sin embargo, la Musa aún estaba allí, riendo en silencio. Cansada de darle ideas para sus cuentos e historias, sin recibir siquiera una sonrisa, una palabra amable, una expresión de cariño o reconocimiento, había resuelto declararse en huelga. Huelga de ideas fugaces, de frases geniales, de palabras no pronunciadas. —Ya vas a volver ¡Sin mí no existís! —El escritor seguía mascullando su bronca. La musa, en su otro espacio, después de cubrirse con un velo, bajo el que también ocultó la notebook de última generación que se acababa de comprar, atravesó el vidrio de la ventana y desapareció.

martes, 17 de mayo de 2011

Perdidos en Imboc – María del Pilar Jorge


Tamara miró por la ventana, era temprano y la niebla se notaba muy densa. Había aceptado esa misión, porque la paga le significaba una pequeña fortuna, pero Venus no es un lugar muy tentador como para pasar allí unas vacaciones. Además, lo que tenían que hacer no era un chiste: averiguar lo que había sucedido en Imboc. Uno a uno, los primeros exploradores habían desaparecido sin dejar rastros.
Tamara se vistió con el traje térmico y salió.
La luz del sol traspasaba la niebla, tiñendo todo con los colores del arco iris. Podía decirse que el paisaje era hermoso. Sin embargo, al contemplar la media docena de construcciones que se alzaban en medio de esa inmensidad solitaria, la recorrió un escalofrío. En el campamento no se escuchaba ningún ruido. Sus compañeros aún dormían. Comenzó a caminar, necesitaba estirar un poco las piernas. Un movimiento la sobresaltó, una pequeña criatura había salido de un matorral y la contemplaba fijamente. La mujer y el animal permanecieron quietos por un segundo, luego la bestezuela huyó. Aunque la niebla le entorpecía la visión, Tamara trató de alcanzarla. Sin embargo, unos metros más adelante, una roca le hizo perder el equilibrio y comenzó a rodar por la pendiente. Intentó incorporarse, pero —sin que pudiera hacer nada para evitarlo— se cayó a una oquedad de consistencia esponjosa, que la succionó inexorablemente.
Abajo, una multitud de diminutos seres, zumbando como si fueran un enjambre de abejas, saltaron sobre ella y, a pesar de su resistencia, la inmovilizaron. El que parecía ser el líder, con una sonrisa en su rostro verdoso, se le acercó.
—Bienvenida a nuestra mesa, te damos las gracias por haber llegado, para que nunca nos falte el alimento.
Fue lo último que escuchó. Luego, cientos de minúsculos cuchillos se clavaron en ella.


María del Pilar Jorge

jueves, 10 de marzo de 2011

Su otra vida – María del Pilar Jorge


Penélope teje, teje y recuerda: es lo único que puede hacer en ese mundo muerto, vacío, yermo. Antes había tenido otra vida, todos la habían tenido, ahora los pocos que sobrevivían, se mataban por apoderarse del primer mendrugo olvidado que descubrieran. Las ratas, palomas y alimañas habían desaparecido, devorados por los pocos sobrevivientes que quedaban. Penélope corrió apenas la cortina, la visión de un par de ojos desencajados, en una cara cadavérica y famélica, la hizo retroceder. Se dejó caer en la mecedora y retomando su tejido, se enredó en los viejos recuerdos. En aquella época, infancia llena de reprimendas y mimos, tenían dinero y en la casa sobraba la comida. Gracias a eso, el festejo por el nacimiento de Ulises se celebró como si hubiera sido una epifanía. Todos adoraban su seráfico semblante, él fue siempre el preferido y hasta ella terminó atrapada en su lúdico hechizo. Eres una niña mala... La voz de la madre, regresaba una y otra vez, la voz y aquellas nalgadas… a nadie pareció importarle que su hermano le hubiera destrozado su muñeca favorita, porque Ulises, gran ladrón de galletitas y pastelillos, lloraba. La habían obligado a besarlo. Aquel beso le supo a pastel de frutillas, como el que preparaba la abuela Helena. Pero las peleas y los desencuentros con su hermano continuaron por muchos años. Ahora, después de la gran pandemia, no quedaba nadie: los más ancianos, los más débiles se habían ido en ordenada secuencia. En el crematorio, la solución final, se eliminaba cualquier vestigio del virus culpable de la enfermedad. Penélope acercó la bola de lana a la nariz, hubiera jurado que tenía el mismo sabor de aquel pastel de frutillas, pero en ese momento, un ramalazo de viento le llegó desde la cocina trayéndole el aroma de la comida, esa comida que le duraría por muchos días. Por fin, Ulises haría algo por su hermana: le salvaría la vida.

martes, 25 de enero de 2011

Bon appétit – María del Pilar Jorge


Esa mañana, al despertar, supo que le sucedía algo diferente. Se levantó de la cama con dificultad y logró llegar hasta el baño. El espejo reflejó una cara gris, macilenta, en la que asomaban un par de ojos desorbitados. Tenía sed, sed y hambre; trató de beber algo de agua, pero una sensación de asco irresistible lo hizo vomitar un líquido amarillento.
La visión de los alimentos guardados en la nevera le produjo asco. Sin embargo, tenía mucha hambre.
Desconcertado y sin preocuparse por vestirse adecuadamente, salió a la calle para toparse con personas que vagaban como él, desorientadas y famélicas, musitando un pedido inaudible. El hombre también comenzó a vagar, hasta que se cruzó con esa muchacha de largos cabellos lacios y figura andrógina; el dulce aroma de su piel le produjo una rara excitación que lo hizo olvidarse de todo lo demás. Apoyando una mano sobre el hombro de la joven, murmuró:
—Tu eres muy bonita —pero ella lo miró, lanzó un alarido e intentó alejarse corriendo. La mano se convirtió en garra y la atrajo hacia sí con desesperación.
Finalmente, mientras saboreaba extasiado el azucarado sabor de esa piel tan tersa, tan rosada, el zombi comprendió.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Sueños ajenos - María del Pilar Jorge


La mujer gime. Rondas de sueños ajenos trepan por las telarañas de sus pensamientos; la atormentan con visiones de gigantes desgarbados acechándola con sus ojos perversos.
Los descomunales monstruos dejan escapar de sus gargantas sonidos guturales. Ríen, beben, bailan y pelean en torno de una eterna hoguera en la que crepitan los leños que ellos rescatan para alimentar sus candelas.
Ella desea huir. Si sólo pudiera abrir los ojos lo lograría, pero los extraños no la dejan y la obligan a seguir soñándolos. No es nada personal, es sólo que ellos no quieren disolverse en ese vacío que deja el final de las pesadillas en el infeliz durmiente que acaba de padecerlas.
Por eso, los gigantes danzan y seguirán haciéndolo hasta que el sueño de la mujer se convierta en otro sueño más profundo del que ya no podrá despertar. Nunca más.

sábado, 19 de junio de 2010

Nuevo comienzo - María del Pilar Jorge


Quieto, clavado, crucificado en esa cama blanca, mirando al techo, el hombre busca, desesperadamente escapar de ese cuerpo que ya se niega a seguir alojándolo.
Un enjambre de médicos y asistentes transcurren las mañanas. Ese día, como el anterior y el anterior, y muchos más atrás.
Alguna vez quiso vivir, quiso vivir una vez y seguir haciéndolo, pero se olvidó que había comenzado a suicidarse hacía mucho tiempo ya, y su cuerpo se lo recordaba una vez más.
La mujer, al costado de su cama, reza y llora, le suplica que no se vaya, que no la deje.
Las ventanas cerradas impiden que entren otras voces que lo reclaman, como quien llama a un padre, a un maestro, a un dios. Pero él sabe que están ahí, como siempre, aguardando por él, su voz, su sonrisa, su mirada.
Desearía estar en el lugar de cualquiera de ellos y ver el cielo, parado sobre sus piernas, respirando el aire, sorbiendo el viento. Se ahoga, y ¡maldita sea! ese enjambre de uniformes blancos se agita una vez más, y él sigue atado a esa cama, clavado, crucificado.
Cierra los ojos, murmurando palabras que ya no siente, pero el eco lejano de una canción le obliga a abrirlos. Un frío nuevo lo envuelve, lo calma, lo recibe y por una grieta que vislumbra por encima de él, poco a poco, comienza a escapar.
Aire liviano y helado, eso es ahora, eso y música. Comenzar de nuevo sin ahogarse, ahora sí, sonríe.
Abajo, en la cama, queda sólo un cuerpo y afuera, en la calle, nace un mito.

domingo, 30 de mayo de 2010

Tribulaciones de un comerciante marciano – María del Pilar Jorge


Se abrió la puerta del local y el viejo Uhumel entró a la blopería, arrastrando su extremidad inferior izquierda. Helio advirtió que llevaba un ñuknac corto, que permitía que el marciano exhibiera sus pilosas patas marrones.
—Hola, don Uhumel, ¿qué anda necesitando?
—Una onza de eso que ustedes llaman pan miñón, no entiendo por qué no le dicen blopis a los blopis, como todo el mundo.
Helio, que dudaba de la solvencia del vetusto marciano, le contestó con su mejor sonrisa
—Recién se fía después de la oscuridad nocturna y los zapatec, en el horario de la segunda comida.
—Jer…jer… hoy ya cobré mis yonies, sólo tengo un problema —se defendió Uhumel.
Lo sabía, pensó Helio, pero curioso como todo terrícola, dijo: —Cuénteme, don Uhumel, ¿qué le pasa?
—Erpeginia, mi mujer, me arregló este ñuknac, que estaba roto, y como puede ver, tiene muchos llovol.
—¿Y cuál es el problema, entonces? ¿No sabe en cual llovol guardó sus yonies?
—Si, pero… ese es el problema.
—¿No le alcanzan?, no se preocupe. Le fío la diferencia, yo ya sé que usted es un buen cliente.
—No, es que… —dijo Uhumel, acongojado, mientras una lágrima verdosa, se deslizaba por la curtida piel que circundaba sus grandes ojos—, justo ese llovol lo dejó cosido y el doncor marciano es imposible de cortar.

martes, 18 de mayo de 2010

Mi amor en Emzú – María del Pilar Jorge


Yo vivía pleno, sin necesitar a nadie más, hasta el día que el humano llegó a Emzú. Cuando me vio, sus curiosos ojos, color cielo, se abrieron tan enormes como flores de iv.
Como tributo a su llegada, le ofrecí algunos frutos, pero él huyó. Ese día no lo ví más. La siguiente vez, al descubrirme, emitió sonidos que no pude traducir. Me retiré y él quedó librado a su tarea.
Me dediqué a espiarlo. Confieso que le tenía lástima: cuatro extremidades son muy pocas para cualquier criatura. Con las dos inferiores apenas se lograba mover, las superiores no le alcanzaban. Pero era ingenioso, se ayudaba con pinzas. Recogía muestras de rocas de ebonita y las guardaba en un bolsillo que colgaba de su cubierta exterior.
Cuando decidí dejarlo solo, él comenzó a perseguirme. Al principio, pensé que quería tomar una muestra de mi cuerpo, igual que hacía con la ebonita, pero si me cortan una extremidad tardan varios ciclos hasta que me crece otra. Ahora era yo quien lo rehuía. Pero el día que se acercó a mí agitando una de sus pinzas, comprendí. La gran pinza rugió y una ráfaga de fuego acarició mis escamas.
Fuego, ¡qué placer!, hacía tanto tiempo ya…
Era obvio: deseaba hacerme el amor. Excitado, me acerqué. Empezó a temblar. Temblaba tanto que tuve que prenderle fuego. Aullaba de placer, saltaba. Se revolcó en el suelo. Entonces lo abracé y ardimos los dos. Mis escamas se cayeron y apareció una nueva piel, en cambio cuando él perdió, en jirones, su corteza, sólo quedó una piel roja, hinchada. Había muerto.
Por eso viajé hasta Azor. Ya no puedo existir solo, necesito una mascota, eso sí, que no sea un humano, son muy difíciles de manejar.

viernes, 14 de mayo de 2010

Chuang Tzu - María del Pilar Jorge


Ayudado por dos de sus jóvenes nietos, Chuang Tzu da pequeños pasos. La artrosis y sus muchos años —nadie sabe cuantas lunas cuenta ya el anciano— hace rato que dificultan su desplazamiento. Los achaques, paulatinamente, lo han ido privando de los disfrutes más mundanos. Ya no son para Chuang Tzu ni los festines ni las cortesanas. Pero los males y los dolores no le impiden moverse.
Como todas las tardes, a la misma hora —cuando el sol es más cálido— con tozuda tenacidad, avanza por el sendero que lleva al jardín. El jardín con sus plantas, flores y la pequeña fuente que son su orgullo y su único placer.Asistido por los dos muchachos, quienes lo acomodan con afecto, Chuang Tzu se recuesta en la esterilla. Lanza un largo suspiro. Así, apoyado sobre su brazo más sano, contempla su pequeño refugio: sus flores favoritas, los peces del estanque, las mariposas.
Una mariposa cruza su campo de visión, para titilar tenuemente sobre una planta cercana. El anciano esboza una sonrisa y sus párpados comienzan a cerrarse. Un rumor ronco brota de su boca.La mariposa vuela sobre Chuang Tzu, un instante, para elevarse hacia el cielo.Y Chuang Tzu también es mariposa acunándose en la brisa. Colores. Tiene hambre de colores y de néctar, de sabor dulce, suave, fuerte o rancio.Se emborracha con el néctar de las flores.Percibe las vibraciones de las hojas meciéndose en el viento y el múltiple murmullo de las abejas.El placer del momento, la vida es sólo eso: un momento. Un momento que se esfuma, cuando la breve vida de la mariposa concluye.Eternidad. El viejo en su jardín es eterno, estará allí mañana y el otro mañana, aunque la mariposa muera ahora, después de su baile de néctar y colores.Y la mariposa sabe que su tiempo se va a acabar con la próxima ráfaga de viento y busca, sigue buscando sabores.
Chuang Tzu abre los ojos, emite un bostezo y ayudándose con los codos y las manos, consigue incorporarse y se sienta en postura de loto. Chuang Tzu medita; ya no le importan ni la artrosis ni los pies doloridos, porque en sus sueños fue mariposa