Camino
por el borde de la cornisa del imponente edificio. Estoy dispuesta a
asesinarlo, claro que no será cosa fácil matarlo y luego huir.
El
Dr. Hollystone ha sido de gran ayuda, hasta hoy en que deberé aprender a
no escucharlo. No es cosa fácil, él es un hombre convincente, pero
estoy dispuesta a hacer caso omiso a sus recomendaciones.
Le tengo vértigo a las alturas y no obstante ello, aquí estoy: agazapada como lince al acecho.
Los transeúntes, al verme en la punta del rascacielos, alzaron sus
testas. Seguramente parezco un diminuto punto en el cielo mismo, aunque
como ellos, también yo transcurro inadvertida por este lar llamado
Tierra.
No alcanzo a distinguir sus delimitados cuerpos ocupando gran parte de
la acera. Yo trato de extender mis confines. Los límites los he dejado a
un costado de mi cuerpo. Alcanzo a divisar a través de los cristales de
un inmenso ventanal al Dr. Hollystone; porta en sus manos un reloj
antiguo que pende de una cadena. Lo mueve de un lado a otro, me quiere
hipnotizar. Grita varias veces:
—Artemisa, Artemisa, baja de ahí.
Me
causa pena el Dr. Hollystone, tan empeñado en cuestiones del ego y el
alter ego; aún no comprendió que soy un avatar. Ya hace mucho tiempo que
la engullí a Artemisa, ahora voy por Apolo.
Acerca de la autora: Ana Caliyuri
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miércoles, 5 de noviembre de 2014
viernes, 17 de octubre de 2014
El arte de comprender – Ana Caliyuri
John Speek era un niño aficionado en el arte de montar caballos. Una tarde de abril conoció el mal carácter de un pura sangre. Cayó pesadamente sobre una valla dispuesta allí para el circuito de salto. Sintió un fuerte dolor en su espalda, y creyó no sentir más las piernas. Luego de unos minutos, todo retornó a la normalidad y John, un tanto avergonzado por el espectáculo que lo había tenido por protagonista, escondió su rostro tras su padre. La familia decidió que el niño debía tomar clases de equitación. Su madre solía repetirle hasta el cansancio:
—John, tú puedes. Es cuestión de mentalizarte.
—Madre, no subiré más a un caballo…decía el niño por lo bajo.
Una noche en que estaban reunidos durante la cena, el niño dijo:
—¡Padre! Hoy no he saltado ninguna valla, pero dí muchisimas vueltas montado sobre un alazán hermoso.
Su padre, un hombre ocupado en el negocio inmobiliario, le devolvió una ausente sonrisa. Su madre en cambio, sentía henchidas las venas del orgullo. ¡John sería un gran jinete!
Como todas las tardes, salía John rumbo a las clases de equitación de la mano de Clarisa, la niñera.
Ella, demostraba alegría en su rostro cada vez que debía realizar tal tarea pues,sentía una fuerte atracción por Antonio, el encargado del Club, tal es así, que sólo reparaba en el niño a la hora de regreso.Así se sucedieron varios meses, hasta que la madre del niño decidió ver los avances de su primogénito. ¡Hoy le daré una gran sorpresa a mi niño! Es el momento indicado , pensó ella, pues John ama tanto los caballos que cada día relata con pelos y señales el aspecto de cada uno de ellos. La noche anterior, el niño visiblemente emocionado, le había dicho:
—Madre, que he montado uno blanco con pintas negras. ¡Corcovea y me aferro, ya no me caigo!
Ese comentario la impulsó definitivamente a concretar la idea de ir a verlo durante la clase junto al instructor. Esperó que Clarisa y el niño se fuesen rumbo al Club. Sorpresas, son sorpresas, se dijo a si misma. Tomó su auto y en cuestión de minutos, estuvo aparcando en el estacionamiento. Descendió del auto y con paso seguro se dirigió a la pista de equitación. Miró hacia un lado y otro, pero no divisó a John, tampoco a Clarisa. Una leve inquietud se apoderó de su cuerpo. Seguramente el profesor estará dando clases en otro lugar, pensó. Preguntó aquí y allí,acá y acullá, pero nadie había visto a John, ni a Clarisa ni al instructor.
Hizo esfuerzos por recordar el atuendo de su hijo, pantalón de montar, sweater color marrón y el infaltable casco de salto. La mirada pareció multiplicarse. Sin embargo, su hijo no estaba a la vista.
Una dulce melodía la condujo hacia uno de los salones del club. A John le gustaba la música, seguramente estaría alli. Recorrió los metros que la separaban del amolio salón con visible premura. Al entrar al lugar divisó a Clarisa, y un suspiro de alivio la recorrió enteramente. Luego, la voz alzada de su hijo John la sustrajo de los pensamientos.
—¡Madre! ¡Madre! ¡Mírame! ¡No me caigo! ¡Súbete conmigo!
La voz se perdía en el salón sin que ella pudiese reparar el lugar desde donde partía la voz.Ya la música dulzona, le comenzaba a molestar los oídos,no obstante ello, volvió a escuchar.
—¡Madre! ¡Súbete!
Divisó el casco del niño, la sonrisa plena de felicidad y el corazón de Teresa latió apresurado. Observó con detenimiento las facciones de su niño, el gesto feliz de todo su cuerpo. Sin dudarlo, se aproximó a la plataforma giratoria y en un instante estuvo junto a él. La calesita siguió girando, esta vez, John había montado un caballo dorado con arabescos azules y rojos.
Sobre la autora: Ana Caliyuri
Publicado por
Tanya Tynjälä
domingo, 21 de septiembre de 2014
Antiguo aforismo – Ana Caliyuri
Ella pensaba que algún día la mandaría a llamar Herácito, Sócrates o Platón para felicitarla. Había visitado varias veces el mentado Templo de Apolo en Delfos donde rezaba la inscripción: “Conócete a ti mismo” atribuido a varios sabios antiguos. Eufemismo puro; en verdad nunca conoció tal lugar pero si descubrió lo mejor y peor de sí misma. Ella era un trozo de fragilidad envuelta en silencios y un retazo de fortaleza labrada por fuego antiguo. En definitiva esto de conocer la balanza que pesa dentro de uno mismo es trabajoso. Pero conocer los propios límites y la ilimitada ignorancia es todo un desafío. El reto de saberse ignorante, aún diezmando esa condición cada día, es una de las tareas más difíciles. Hay menesteres factibles de ser aprendidos y aprehendidos, pero el tiempo es finito para cada uno de nosotros: guerreros anónimos de ideales perdidos. Sin embargo, ella a fuerza de soñar siguió pensando que algún día la mandarían a llamar para reconocer en sus zapatos ese antiguo aforismo.
Acerca de la autora: Ana Caliyuri
Publicado por
Daniel Frini
jueves, 18 de septiembre de 2014
La cuerda – Ana Caliyuri
Recosté la cabeza sobre la almohada. Me cuesta conciliar el sueño sobre ese matete de gomaespuma. Mañana iré de compras, necesito un almohadón de plumas. Deseo volar con la imaginación, pero estoy presa de una mirada. No puedo decirle a nadie que me siento observada: en apariencia vivo sola. Mis vecinos suelen escucharme gritar por las noches, es más, alguna vez he revoleado por la ventana a ese ridículo muñeco vestido de payaso. Por las mañanas me levanto temprano para ir en su busca. Él, está despatarrado en la vereda. Los pelos arremolinados de todos colores me causan gracia y a su vez ternura. Jamás develaré aquello que me dijo una loca gitana; no sé si creerle o no, pero por las dudas no me deshago del muñecote. Cada cual tiene su meta y también su mitad. Hace tiempo que huí del escaparate. Soy algo más que un clon que sabe hechizar. Confieso que a él lo conocí durante el traslado. Cruzamos algunas miradas pero fuimos a parar a tiendas diferentes. No pierdo las esperanzas: aunque se le rompió la cuerda tal vez camine hacia mí…
Sobre la autora: Ana Caliyuri
Publicado por
Tanya Tynjälä
jueves, 31 de julio de 2014
El oficio - Ana Caliyuri
Comencé a silbar mi canción favorita mientras camino cabizbaja, dicen que las damas no deben silbar, pero la canción comienza con un silbido que no esquivaré. No quiero persistir en el error de buscar las luces gloriosas de la creación en un tarro antiguo; sería algo así como esperar el renuevo de la inspiración bajo la lámpara a kerosene y no estoy dispuesta a ello. Cantaré a la dulzura de la luz para sostener el fortísimo lazo con las palabras. Creo en las herramientas ,en los espejos y en el lavoro. Cantar victoria es de palabras muertas y caer en la trampa de la verticalidad y el poder es celebrar un presidio. Amo la libertad del error porque es factible que en ese statu quo también encuentre el acierto. Me gusta la compañía de los ojos que imagino leyendo estas letras, y los ríos de cauce seco. La emoción se encarga de alimentar los ríos con lágrimas a cuestas, y el sol con su dominio profundiza en mis tinieblas. Llevo tiempo silbando mi canción favorita, se me ocurre susurrarla para trocar sus acentos por el vuelo infinito de las palabras. A veces siento el eco de esta libertad que se paga con soledad, pero, hay un hado poderoso que alienta a mi corazón para escribir la noche más oscura sobre la faz clara del alma. Cosas del oficio que no halla el alivio ni aun siendo luz indomable.
Acerca de la autora: Ana Caliyuri
domingo, 8 de junio de 2014
La ofrenda al amigo - Ana Caliyuri
Ya voy llegando, demasiada gente para mi gusto; alguna que otra palabra de aliento a la viuda por parte de gente que en verdad no sabe quién es él. A ella se la nota dolida. Lo ama, no sé si tanto como yo, pero si sé que lo ama… Ya voy llegando, unos metros más y estaré a su lado en el justo instante en que lo entierren. No es muy justo, él había pedido que lo cremasen o que lo tiraran al mar, no que lo enterrasen, pero bueno, cuando no tenés voz nadie te escucha. Si apuro el paso llegaré a tiempo. No sé si me dejarán estar muy cerca, poco me importa; ya él está muerto y yo acabo de perder a mi mejor amigo. Seguramente me rodeará la indiferencia; pero no será mi indiferencia quien lo rodee a él. Ya estoy llegando…entre nosotros no hay flores, entre nosotros hay complicidades. Uf! Acá es! Y bueno ya no jugaremos juntos…que se vaya con él.
Todos quedaron atónitos cuando Pichu depositó sobre el féretro de Juan el hueso de plástico.
Sobre la autora: Ana Caliyuri
Publicado por
Tanya Tynjälä
jueves, 5 de junio de 2014
Un mal día - Cristian Cano & Ana Caliyuri
…en el medio del café salió el tema. Reparó en una posibilidad que cuadró justo, ché. A partir de ese momento los colores se quebraron y mis manos fueron otras. Me dijo, con todas las ganas, que era un cobarde. ¿Te das cuenta, vos? ¡Un cobarde! ―Buscó al mozo―. ¡Sabés para qué escribo, yo! ¡Para olvidar, viejo! Para poder olvidar.
―Ernesto ―Interrumpió― ¿Alguna cosita más?
―No, dejá. Gracias nene.
―¿Pero, y por qué te responsabilizas de algo semejante?
― No, esperá, mi madre decía que la estrategia es tan importante como la acción. Bah, algo así. Es decir, estrategia sin acción no sirve y acción sin estrategia es algo así como escribir en el agua…
―¿ Te considerás un cobarde?
―No soy cobarde, ni me responsabilizo de algo que es inmemorial para mí. La culpable es ella. No sé si me entendés, ella es la que distorsiona la realidad. Te repito ¡ Yo escribo para olvidar! Y tenés razón, escribo en el agua. Escribo en el agua que cae de las mejillas de los que creen en mí… de los que aún creen en mí. Y si la historia la escribió quien en verdad jamás me conoció, sin dudas la culpable es ella: LA HISTORIA MAL CONTADA. No sé si me entendiste, pibe. Hoy tengo un mal día. Lo que sucede es que me vi tan mal retratado en un film que hicieron sobre mi vida, que más vale olvidarlo, ¡Ah! Y no le comentes a nadie que tomaste un café con el alma del Che. Nadie te creería.
Sobre los autores: Cristian Cano & Ana Caliyuri
Publicado por
Tanya Tynjälä
martes, 27 de mayo de 2014
Dilema vertiginoso - Ana Caliyuri
La nave estaba cuasi vacía, el comandante había pedido refuerzos a Don. El hombre colocó carteles en todas las latitudes posibles con el firme propósito de captar voluntades. En el segundo día de convocatoria se alistaron varias criaturas. Los seres de Loxis los esperaron con entusiasmo. El único dilema fue el vértigo a la altura. Un importante número de recién llegados a la estación espacial, entre náuseas y temores, pidieron el relevo. Don no supo si escarmentarlos con el enfado de los dioses o incentivarlos con el resplandor de una azulada ventana. El comandante Saw, antes de la expulsión definitiva los invitó a la sala de hologramas; allí todos y cada uno se vieron en el tiempo. Las verdades hicieron pininos de fantasías, y las mentiras se arrastraron como orugas. Desde siempre, para volar hay que pasar de estadío. De alguna manera el infierno arde para dar lugar a una superior altura, dijo Saw, mientras los instaba a Ser o No ser criaturas de batalla, blandiendo entre sus manos la espada de la palabra.
Acerca de la autora:
Ana Caliyuri
domingo, 6 de abril de 2014
Ella y él - Ana Caliyuri
El pertenecía a una casta reconocida . Para el barrio un “sangre azul”, un “paladar negro”; un privilegiado. Así lo demostraba su aspecto cuidado y hasta los rebuscados modales parecían indicar su clase y la educación recibida El caso es que nada es exacto y por más que su familia tuviese antecedentes “linajescos”; él se enloquecía cada vez que veía pasar a su vecina. Bah…creyó que era su vecina, pero en verdad , era una desmadrada; sin casa ni nadie que la sustentase. Ella se lo hacía notar. Cada vez que podía hacía gala frente a él de su libre albedrío. Él, visiblemente turbado, prefería acostarse a dormir. Dos meses fue demasiado tiempo para esperar. Una hermosa noche de luna llena, la casa se colmó de invitados; era el cumpleaños de Sara. Pero a él, nada le importó esa noche. Salió a la calle, con cierto nerviosismo caminó a lo largo de la cuadra, una y otra vez, cientos de veces, incontables veces. Luego, ya exhausto; la esperó pacientemente. Ella lo vislumbró desde la esquina. Con una loca carrera y en cuestión de segundos, estuvo junto a él. Juguetearon , se olfatearon, se aparearon. Después de todo ¿ a quién le podía importar que él fuese un Samoyedo y ella tan sólo la loquezna perra callejera?
Sobre la autora: Ana Caliyuri
Publicado por
Tanya Tynjälä
viernes, 7 de marzo de 2014
Hipótesis de vuelo - Ana Caliyuri
No hay nada más molesto que llegar tarde a ningún lugar. En definitiva también es engorroso llegar temprano o con puntualidad a tal lar. El tiempo no existe cuando el camino es quietud, menos que menos es una senda aquello que se devela estático. Intenté más de una vez mirarme en el espejo, no obstante ello, fue imposible divisarme. Sin ruta ni tiempo es factible no ser más que una “nada”; las nadas ocupan espacios, pensé. ¿Acaso seré una Serafina o Serafín? Sonreí en el vacío: veleidades de ángel, me dije , pero nadie corroboró semejante cosa. Entonces, quizá soy sólo un par de alas en reflejo; siento el impulso de cruzar mares y cielos para contemplar el seno de la belleza. La esplendidez me agita. El corazón iluminado en su máximo aleteo: es tiempo de escribir, me digo, mientras un claro esperanzador se mueve lento. Todo es relativo; desde la nada misma se puede resplandecer en absoluto cuando el espíritu despierta. Soy un camino inconcluso, infiero, pero ya no quieto…
Acerca del autor: Ana Caliyuri
miércoles, 25 de diciembre de 2013
Vecinas - Nélida Magdalena Gonzalez & Ana Caliyuri
Marta recibió la visita de su hija. Luego de casarse, Norah, la visitaba una vez a la semana. Tomaban mate con bizcochitos o comían una torta que preparaban entre las dos. Ése día la madre la recibió por la mañana temprano, ya que la joven se iba de viaje.
Cuando se despidieron, abrieron la puerta y Marta dijo:
—¡Mirá vos, la Petrona me baldeó la vereda!
—¡No puede ser, te quiso decir sucia, mamá! —dijo Norah, enojada.
Golpeó con furia la puerta de la casa de Petrona. Cuando la mujer salió le dijo:
—¡Tenemos que arreglar un asunto, nadie trata de sucia a mi madre! Usted anda baldeando la vereda con ánimo ofensivo…
—Su madre... su madre.
—¡Marta! —dijo furibunda Norah.
—¡Ah, Marta! ¿Y vos quién sos?
—Yo soy Norah, su hija —masculló nerviosa.
—¡Noritaaaaaaaaaa! ¡vos sos Norita! Pasá mijita, pasá, aún tengo guardada la escoba pequeñita con la cual barrías la vereda de mi casa. La guardé por treinta años, es un recuerdo de tu abuela (mi gran amiga). ¿Ya tenés alguna hija para que juegue con la escobita?
Acerca de las autoras:
Ana Caliyuri
Nélida Magdalena González de Tapia
Publicado por
Sergio Gaut vel Hartman
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Monólogo de la esgrima - Ana Caliyuri
Me gusta la esgrima verbal, es allí donde la ignorancia hace esfuerzos para recordar aquello que alguna vez fue saber y donde los saberes sacan chispas a otros conocimientos. ¿Cuál será el punto exacto donde la oscuridad asalta a la luz y viceversa? Tal vez es un cóctel de ingenua reflexión y solapada audacia lo que moviliza al desafío de esgrimir ideas. No se trata ya de ganar o perder, es mucho más que un balance: es poner a prueba la lumbre del pensamiento; es hacer uso de la retórica frente a un río que fluye siempre distinto. Entonces, o nos adaptamos al dinamismo o nos resignamos a la quietud repetitiva de la nada misma. Hace tiempo que sé de no saber, hace tiempo que olvido para recrear una perspectiva que me permita caminar en zigzag antes del jaque mate existencial. Somos piezas que asumen roles, nos defendemos y nos atacamos, sin embargo, aún conjugando el paradigma de la absoluta libertad, existe un jaque mate final que nos espera y nos iguala sin concesiones.
Acerca de la autora: Ana Caliyuri
martes, 3 de diciembre de 2013
Un kilómetro bajo tierra – Sergio Gaut vel Hartman & Ana Caliyuri
—Todos los experimentos realizados —dijo Kirb— llevan a una
triste conclusión. Los microorganismos irradiados han alcanzado un estado de
crecimiento desmedido y azaroso, lo que los ha llevado a producir órganos
sensoriales cuyas funciones no podemos siquiera imaginar.
—Eso ocurre, como siempre —argumentó Yaz— porque ustedes,
los científicos, juegan a ser Dios.
—Los resultados catastróficos son obra de Dios; nosotros
solo hacemos lo que manda el instinto.
—¡Qué ingeniosa coartada! Pero no le va a servir, Kirb.
Usted ha enrojecido el mundo, ha convertido la brújula de las creencias en caos
y ha logrado que sobre el hirviente
techo de este refugio hayan comenzado a movilizarse los bigmost.
—Querido Yaz, los bigmost son hijos de la oscuridad. Jamás
podrán descifrar el entorno. Son sólo energía vítrea de calidad monótona. No
constituyen un peligro cierto.
—Necesito saber más sobre los otismutis. ¿Cuál es la
condición de esos órganos que en algún tiempo sirvieron para percibir los
sonidos?
—Ellos son nuestros híbridos rebeldes. De algún modo hay que
escapar del canto de las sirenas. Es hora de conquistar la Tierra…
—Dios no quiere más sangre derramada.
—Dios es etéreo, Yaz, y los terrícolas están hechos a Su imagen
y semejanza.Acerca de los autores:
Ana Caliyuri
Sergio Gaut vel Hartman
Publicado por
Sergio Gaut vel Hartman
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Sin red – Ana Caliyuri
No puedo detenerme, ya es tarde. El pensamiento se hizo palabra hablada. Jack, me miró con ansias. Tal vez codicia la impronta de mi carácter. A orillas de la mar los pájaros hacen sus libres vuelos, él, mi compañero de picada, es amo de su mente; sin embargo se nutre de frío y tinieblas. Es inexorable su aparición, yo lo sé. Le teme al estribillo de los fuertes. No cualquiera asume el desafío de lo indómito. Es más fácil la tregua de quien nunca estuvo en guerra -pienso- mientras dibujo un cielo límpido. Tras el aire, las nubes se empeñan en caer a tierra. Huele el paisaje a tierra mojada, y todos los emisarios se convierten en lluvia. Es necesario abrazar las pupilas de una buena historia para subirse a su lagrimal y vibrar salado. Se acerca Jack, la lentitud con que lo hace habla bien de la consecución del relato. Es necesario destripar el miedo para escribir sin red.
Sobre la autora:
Publicado por
María del Pilar
lunes, 11 de noviembre de 2013
Combate – Ana Caliyuri
No le cuentes a la historia cómo es la oscuridad dentro de una noche perra. Haz de tu combate la sombra más tangible, le dije. Ella rió como ríen las criaturas sin corazón; la carcajada honda e inquebrantable me estremeció. Es obvio que la tangibilidad de la sombra dependía de mi cuerpo. Arrancarla de muy dentro para que se pudriese en la cavidad más profunda era mi desafío. Ella siguió riendo y mi alma deshilachada de grito y harta de su esquila, la enfrentó. Tomé dos sorbos de agua, me lavé la cara y me miré al espejo una vez más. Estoy decidida a no dormirme si persistes en hallarme, le espeté. Luego volví a mi sueño profundo y en un rincón de la mente comencé a diezmarla. Aún estamos en combate, a veces gano yo, a veces ella. La pesadilla me reconoce su dueña, pero aún no he matado la sombra que la sostiene.
Autora: Ana Caliyuri
domingo, 3 de noviembre de 2013
Libre de gestos - Ana Caliyuri
¡Caramba! dijo Kelly fastidiada, mientras escribía en la pizarra, con tiza indeleble, el principio secular para un nuevo mundo: vive hoy; amad la naturaleza y a todos sus hijos. Ella provenía de una primitiva tribu urbana. Hinchó el pecho y mirando de lleno a los alumnos los instó a escribir derivaciones del principio madre. Mark, un pésimo alumno, a su manera, volvió a hacer la seña que tanto había incomodado a Kelly. La mujer era una seguidora a ultranza de los preceptos que había delineado un tal Jiums. El gesto del discípulo Mark no se condecía con el respeto debido, es más le hacía retorcer las tripas ese grosero ademán en franca alusión a una proposición de índole sexual: un círculo formado con el dedo índice y el pulgar mientras con el dedo índice de la otra mano apuntaba al centro imaginado del círculo. Kelly expulsó al alumno de la clase y prosiguió como si nada hubiese sucedido. A la semana siguiente, la mujer fue citada al despacho de Mister Jium. Se preparó para semejante ocasión con sumo esmero: ropas claras sin excesivos adornos, cabellos sueltos y calzado bajo. El reconocido filósofo moderno la esperaba sentado tras un lustroso escritorio, con un simple ademán la invitó a sentarse en la silla vacía que se hallaba frente a la ventana.
-Missis Kelly, lamento informarle que ha sido usted despedida.
La mujer no alcanzó a articular palabra cuando el Sr Jium se explayó diciéndole:
-Mark es mi mejor alumno. Usted osó echarlo de la clase en el momento de la revelación. En el justo instante en que él le decía que hay que perforar el centro del Universo con el pensamiento para poder parir un nuevo mundo.
Acerca de la autora: Ana Caliyuri
martes, 22 de octubre de 2013
¿Celoso yo? - Ana Caliyuri
Sentí unos deseos incontenibles de acabar con su vida, respiré profundamente y me acomodé en el sillón de cuero para estirar las piernas, relajar los músculos y reflexionar. Es necesario repensar las cosas, me dije malhumorado. Los celos son una amarga pócima que también habla del amor. Insano amor, ergo, amor infame. Ben era un ganador, un vencedor en todo aspecto, pero lo que más me molestaba es que había enamorado a mi amada. Ella no dejaba de hablar de él, aún a sabiendas de mi fastidio. Yo la escuchaba con mansedumbre aparente, pero por dentro me bullía la sangre. Ben aparecía retratado en periódicos y revistas de distintos países, su ascendente fama era notoria. Yo apenas me manejaba correctamente en ese mundo de histeria colectiva. Él era un típico “Don Juan” de este tiempo, seductor, bien parecido, ágil con la palabra y sobre todo con una interesante personalidad. No estoy a su altura, y debo tomar una decisión. La noche del jueves en que salí a cenar con mi amada decidí el asesinato. El único tema de conversación entre nosotros había sido los avatares de Ben, las conquistas y sus canciones favoritas. Mil veces él. En el momento del brindis, alcé mi copa, la miré a los ojos y le dije:
—Me molesta que hables tanto de Ben, es un buen amigo, incluso debo reconocer que nos ha cambiado nuestro futuro económico; es un buen socio pero, me desharé de él.
Ella se colgó de mi cuello y estampó sonoros besos sobre mis mejillas, luego replicó:
—Te amo, sufriré su pérdida…
Al llegar a nuestra casa encendí la estufa hogar; los leños crepitaban salvajes y las páginas de la tercera parte de la saga que tenía a Ben de protagonista se iban enrojeciendo a medida que las echaba al fuego para luego convertirse en cenizas. Los celos no son buenos, pero él había invadido mi vida privada. Soy además de escritor un hombre celoso.
Acerca de la autora: Ana Caliyuri
domingo, 22 de septiembre de 2013
Un tipo diferente - Ana Caliyuri
Tenía el alma aferrada a la esperanza, en el barrio lo habían apodado “el medio vaso lleno” por su constante actitud positiva frente a las adversidades. Él había perdido su familia durante la guerra, sin embargo jamás hablaba de la guerra como flagelo de la humanidad. No había extraviado la sonrisa ni los buenos modales. Era infinita su capacidad de superación, los dos matrimonios posteriores a los tiempos bélicos lo habían dejado viudo. Las heridas de la guerra habían marcado su cuerpo, no así su alma. Debido a todo ello, se propagó la noticia por el pueblo y ciudades aledañas de que el hombre no era humano. Llegaron investigadores, catedráticos, psicólogos, curas, parapsicólogos, médicos, maestros, etc. desde distintas latitudes para estudiarlo. Todos arribaron a conclusiones similares: el hombre había sido atacado por un virus que había borrado su memoria. Le inyectaron un antídoto hasta que la recuperó; se convirtió en el “medio vaso vacío”; desde ese día no deja de llorar razón por la cual el pueblo se ha inundado. Sin dudas, nadie escapa a su naturaleza, y Psyche era extremadamente diverso.
Acerca de la autora: Ana Caliyuri
viernes, 6 de septiembre de 2013
Recetas del periódico – Ana Caliyuri
La ciudad de Jaijurimen es un privilegiado lugar en el mundo para asentar una familia. El artículo periodístico publicado por un conocido periódico matutino, escrito por un archiconocido periodista, aseveraba tal cosa. En verdad, era un buen destino, parece ser que en ese mentado lugar marítimo el agua hierve a ciento veinte grados (dicen) o sea que allí tendré menos posibilidades de quemar la comida (cabe destacar que me he doctorado en el arte de la quemazón);el tiempo, las pasiones y yo no nos llevamos muy armónicamente bien que digamos. Decidimos con la familia ir un par de días a Jaijurimen para conocer las bondades de ese lugar paradisíaco. Viajamos con cierto recelo, no todo lo que dicen los diarios existe , mejor dicho casi nada de lo que ellos dicen es; pero mi familia de origen italiano ama la pasta y no precisamente el engrudo de spaghetti al que suelo someterlos, razón por la cual le dieron cierto grado de credibilidad a la nota leída con el afán de comerse unos spaghetti al dente.
El departamento que alquilamos para el fin de semana era pequeño, la pava lustrosa sobre la cocina invitaba a calentar agua para tomarse unos ricos mates. El tiempo es esa nebulosa que se instala en algún lugar del cerebro; las caras largas dada la espera para que se calentase el agua me dieron a entender que era mejor unos mates tibios que una inflamada espera. Luego, llegado el mediodía, quise cocinar los spaghetti; me salieron a punto paquete, o sea, casi crudos; hecho este que tornó la ilusionada jornada en evidente malhumor colectivo. Al regresar a mi casa de siempre, pensé que todos tenemos un lugar en el mundo que cuaja o no cuaja con el alma, que algunos cocinan sus deseos en las cocinas de otros, que las recetas para vivir son caldo de cultivo de este siglo y que definitivamente los spaghetti pasados de cocción son un sello que me identifica.
Sobre la autora:
Publicado por
María del Pilar
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Permiso, soy alguien – Ana Caliyuri
Primero fue una lluvia fría, luego poco a poco desde el cielo se fueron despegando pequeñas piedrecillas de hielo; pensé en el hombre callejero que no conozco pero que murió anoche envuelto entre cartones. Todos construimos el destino, solía decir mi abuela, sin embargo me pregunto quién desearía construir un destino en la calle con lo lindo que es estar al lado del calor de algún leño, en una cama limpia, con un par de ojos que ofrecen un plato de sopa o guiso o pollo o algo humeante. Ya es demasiado tarde, la temperatura ambiente no deja ni rastros de un perro solo o un pájaro aleteando en la nada. Junto mis bártulos, hoy será una cruda noche; aliso mis cabellos frente a la vidriera, me miro sin compasión ninguna. Sólo me resta esperar el momento indicado para colarme dentro del habitáculo donde se encuentra el cajero automático del Banco. Espero que esta noche la puerta juegue a mi favor; anoche le gané de mano a él y me metí primero aquí adentro; extendí mi vieja bolsa de dormir y me quedé dormido en menos de lo que canta un gallo. Él no tuvo suerte anoche. Lo vi bien retratado en las fotografías de un matutino con un gran titular que rezaba: las bajas temperaturas cobran vidas en las calles. Siempre fui un anónimo y le vuelvo a decir al destino que me deje en paz, no me gusta nada que me fotografíen sin pedirme permiso…
Acerca de la autora: Ana Caliyuri
Acerca de la autora: Ana Caliyuri
Publicado por
Cristian Cano
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