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viernes, 18 de enero de 2013

La carta - Luisa Hurtado González


Si estás leyendo estas palabras, ya habrás visto la foto que las acompaña. Quizás ahora mismo hayas vuelto a mirarla, entre perplejo y sorprendido, esperando que te explique.
¿Sabes? El 3 de septiembre fue nuestro aniversario, sí, el día desde el que no nos vemos y no te respondo. Supongo que esa noche esperabas encontrarme a la misma hora de siempre, pero lo cierto es que yo había hecho otros planes, llevo un tiempo haciéndolos, desde que tu voz casi es un susurro y tu mirada nerviosa se pierde por encima de la pantalla. Sabía que tú no me ibas a contar qué pasaba y yo… yo me descubrí pensando en tenernos, en tocarnos, en una vida juntos.
Llegué a tu ciudad drogada de nervios. No te puedes imaginar la cara del taxista mientras le contaba lo nuestro. Recuerdo que me dijo que ya empezaba a envidiarte y que yo le sonreí.
Después, frente a la puerta de tu casa, me extrañaron las carreras infantiles pero finalmente llamé. Una niña rubia me dijo que, cuando su papá estaba en el despacho, no podía molestarle; después me pidió que la dejase soplar las velas, pero yo me negué. Cuando cerró la puerta, creo que ambas habíamos empezado a llorar por los deseos que sólo serían eso.
Volví a mi hotel en metro, anestesiada de dolor y le pedí a un japonés que me hiciese la foto que ves, la que acaba de mandarme, la foto de la noche en que supe que conmigo sólo habías hecho tiempo hasta que la cena estaba lista y tu hija, tan rubia, asomaba la cabeza y te decía: “Ya está, papi”.
Y ahora, y ya para siempre, ni tú ni yo sabremos como es la piel del otro. Nunca.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor
Sobre la autora: Luisa Hurtado González

domingo, 5 de febrero de 2012

Victoria - Luisa Hurtado González



El carruaje paró con suavidad frente a su casa pero ella esperó a que el caballero que la acompañaba bajase para ayudarla. Cuando la pequeña puerta se abrió, extendió la delicada mano cubierta con guantes de encaje y se apoyó en él con suavidad.
Él la habló en un murmullo, la voz le temblaba, y ella le contestó mientras se ruborizaba:
–Estaré encantada en tomar el té mañana con usted en el campo del Oeste. Incluso –añadió–… creo que podríamos despedir a su cochero.
Él se inclinó ante ella visiblemente halagado y continuó:
–La recogeré a las cuatro, si me lo permite; cumpliré encantado con la sugerencia que me hace y que coincide con mi deseo.
Minutos después, perdido el ruido del carruaje en la noche, la joven dama se internaba en su habitación tras haber despedido a la criada. Se quitó el gran sombrero con cuidado descubriendo un interior cubierto de espejos. Se despojó de la falda y de la ajustada chaqueta, no sin esfuerzo se libró del incómodo e incomprensible polisón para colocarlo junto a la ventana y aflojó el corsé para estar más cómoda. A continuación, durante algunos minutos, se entretuvo situando el sombrero, el polisón y un camafeo en unas posiciones aparentemente muy concretas mirando de tanto en tanto a un punto del firmamento. Jugó con el collar de perlas, acarició las plumas que habían adornado sus cabellos, se abanicó con coquetería hasta que el camafeo pareció iluminarse desde dentro, lo que ella estaba esperando: “Mañana tendremos al humano”. Ése era el mensaje que tenía que trasmitir y el fin del trabajo de campo que le habían encomendado en este planeta y en este lugar del tiempo.


Tomado de: http://microrrelatosalpormayor.blogspot.com/

miércoles, 8 de junio de 2011

Círculos – Luisa Hurtado González


La mujer de pelo oscuro y largo iba deprisa por la calle, no quería llegar tarde a su cita, a aquella tras la que esperaba que su vida diese un vuelco y le permitiese olvidar su miserable pasado; entonces, tropezó con él, con el hombre de los ojos azules, el mismo que aún tenía en su piel el recuerdo de la mujer delgada, aquella mujer a la que amaba, con la que esperaba algún día poder compartir su vida pero que aún estaba atada a su marido, un hombre atractivo y de mediana edad, al que ella había dejado de querer, un hombre que acababa de descubrir el desfalco cometido por su socio, ése que había sido su mejor amigo, al que había aconsejado una y otra vez que saliese del armario y que tirase por tierra el matrimonio de conveniencia que representaba, el mismo al que le estaban sometiendo a chantaje y que ahora esperaba en un café del centro, con un abultado sobre en el bolsillo interior del traje, el hombre que iba a encontrarse con una desconocida de pelo oscuro y largo, encuentro tras el cual él esperaba recuperar su vida y ella, como ya se ha dicho, olvidar su miserable pasado.

sábado, 21 de mayo de 2011

La eternidad - Luisa Hurtado González


Agotada de las voces interiores que escuchaba en todo momento y que tantos abismos abrían a su alrededor, saturada de los susurros llenos de miedo en los que nadaban sus desafortunadas neuronas, cansada de luchar contra los negativos pensamientos que rebotaban como pelotas de tenis entre sus sienes, se quitó la vida buscando la paz.
Y sólo después de ser espectadora impasible de su propio entierro, cuando se quedó definitivamente sola, ya sin ser, para siempre, descubrió la terrible verdad, lo inesperado: detrás de la vida no se abría el frío del silencio que había ido a buscar, no, detrás estaban las voces de los muertos. Estaban sus gritos, aquellos en los que reclamaban la vida que habían perdido o que no llegaron a tener, en los que daban cuenta de los deseos insatisfechos, en los que contaban las injusticias de las que fueron objeto o las razones que les llevaron a actuar mal, los que llenaban de los recuerdos que querían guardar y que quizás habían ido inventando con el único propósito de hacerse oír y llamar la atención dentro de aquel interminable estruendo.
No, no era lo que ella había esperado encontrar pero pronto descubrió que, por lo menos, en aquella eternidad, le era absolutamente imposible oírse.

Sobre la autora: Luisa Hurtado González

sábado, 7 de mayo de 2011

Boris y Boris - Luisa Hurtado González


Boris, como tantos otros, transfirió al ordenador central del Ministerio de Defensa Estelar toda su mente y quedó vacío; preservaba así toda su esencia y, en caso de caer en manos enemigas, éstas no podrían obtener ninguna información útil de él.
Algunos días más tarde, la familia de aquel cuerpo de ojos vidriosos supo que éste había dejado de existir sirviendo al planeta tal y como se le había pedido.
Cien años más tarde, en el aniversario de aquella batalla en la que tantos héroes murieron, el Ministerio decidió volver a darles la vida. Se trasladarían las mentes de aquellos héroes a las cabezas vacías de un buen puñado de clones y los valientes volverían a vivir, serían capaces de realizar el milagro de dar humanidad a cada una de aquellas fotocopias de cuerpos.
La mente de Boris ocupó su envase y empezó a ser consciente de lo que había pasado, de dónde y cómo habían quedado truncados sus días; comprendió la oportunidad que se le brindaba y midió el esfuerzo que tenía que hacer para retomar su vida.
Quizás por eso, algún tiempo después, Boris cogió un arma, destruyó su clon y se dejó libre.

viernes, 1 de abril de 2011

Disco rayado - Luisa Hurtado González


Todavía, de vez en cuando, se echaban en falta. Todavía uno de los dos, él o ella, cogía el teléfono y llamaba al otro: “¿quedamos?”.
Algunos días más tarde, acudían a la cita nerviosos como flanes y, mientras él pensaba que ella era preciosa, ella se decía que era encantador. Se sentaban entonces y comentaban los proyectos que tenían en mente, lo que esperaban de la vida, los viajes que querían hacer o la familia que querían formar. Dejaban que la emoción devorase sus palabras, que el tiempo se parase en el brillo de sus ojos y en las caricias que dibujaban sus manos..
Después hablaban del presente, de cómo el trabajo y la rutina minaban sus deseos, del modo en que el silencio les separaba y el deseo empezaba a apaciguarse. Descubrían entonces, nadie sabía exactamente cuando, que sus manos ya no se tocaban y sus miradas habían empezado a evitarse.
Más tarde, cada uno haciéndose fuerte en un lado de la mesa que ocupaban, volvían a encontrarse para enfrentarse, para echarle en cara al otro que las promesas hechas nunca habían sido más que palabras, que cada uno de ellos por separado había luchado por su unión con más ahínco que nadie, que nunca fueron ni amigos ni amantes, que lo suyo había sido sólo una pérdida de tiempo, una mentira, una broma absurda y un engaño.
En ese momento pedían la cuenta, pagaban por separado y después salían a la calle tan solos como habían llegado, cada uno por su lado hasta el siguiente asalto.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

martes, 8 de marzo de 2011

Un gasto excesivo pero necesario - Luisa Hurtado González


Hasta él llegó un pitido. Era la agenda electrónica haciéndole saber que había sido invitado a una nueva fiesta o baile donde había sido reclamada su encantadora presencia.
Como era su costumbre, confirmó de inmediato su asistencia. Fue sólo después de hacerlo cuando descubrió con desesperación que la nueva cita interfería con siete actos sociales más a los que se había comprometido a ir como fuera.
Durante un momento se odió, odió esas malditas e inoportunas prisas suyas, sus temores y ese miedo que tenía de que se olvidarían de él si dejaba de asistir a todos los actos posibles como había hecho siempre.
¿Qué podía hacer con la última reunión social si sus siete clones ya estaban ocupados en representarle en otros tantos e igualmente importantes eventos? ¿Es que tendría que ir él mismo, en persona?
Qué pérdida de tiempo, pensó, y qué aburrimiento. Y, antes de que la cantidad exorbitante de dinero que se iba a gastar echase por tierra la idea que le andaba rondando por la cabeza, encargó que le hiciesen tres clones más mientras ponía como excusa que no tenía que ponerse.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Otra vez - Luisa Hurtado González


Estuve mucho tiempo con los ojos cerrados, respirando con dificultad, sólo alcanzaba a oír murmullos indescifrables, tenues pasos, roce de ropas, una puerta cerrándose y abriéndose suavemente. Descansé unos instantes más intentando reunir mis fuerzas. Cuando abrí los ojos, los ruidos crecieron a mi alrededor y aparecieron un par de caras amigas, él también estaba allí:
—¿Estás bien?
Y entendí que necesitaba que yo asistiese a su pregunta, que necesitaba mi sí, tan confuso, triste y desamparado empezaba a sentirse.
Le sonreí, ojalá que con la mejor de mis sonrisas.
—¿Y tú?
Y me sonrió con su mejor sonrisa.
¿Qué podía decirles? Que lamentaba el dolor que iba a causarles, que había muchas palabras y poco tiempo, que sentía dejarles solos, que… Busqué su mano y, al encontrarla, sonreí de nuevo, cómo no hacerlo al contacto de su piel.
—No os preocupéis, sólo estoy algo cansada.
Sólo me dolía el nudo que tenía en el pecho. Era la emoción, la maldita emoción que me impedía hablar con tranquilidad.
Ya casi no quedaba tiempo.
—Por favor, no me sueltes la mano.
Y un vértigo empezó a invadirme, obligándome a cerrar los ojos. Por un momento, quise coger fuerte su mano con las mías, pero se hubiese asustado, así que suavemente, imperceptiblemente, se la empecé a acariciar. La sensación de calor en mis dedos se iba perdiendo, me caía sin remedio. Cuando dejase de sentir, estaría sola en aquel agujero. Ya había dejado de ser, y no podía tan siquiera razonar lo que estaba ocurriendo. Todo era negro, no había nada, me quedaba solamente aquella suave oscuridad. ¿Iba a ser esto todo? ¿Así? No sé cuando, simplemente más tarde, empecé a sentir como un latido que inundaba aquel espacio, que me adormecía de puro monótono y constante. Ya no había días. Ya no había noches. Sólo aquella negrura y aquel tranquilizador ruido sordo que parecía acunarme. No, mientras había estado viva jamás había imaginado una eternidad así, un cielo u otra vida así. ¿Qué es esto? Un acompasado sonido en la oscuridad. Nada más. Ni el espacio, ni el tiempo.
En un momento, idéntico a otros muchos momentos, todo se trastocó. Me empujaban, primero despacio, más tarde con prisa, violentamente, hacia aquella luz difusa que se había abierto sobre mi cabeza. Mi suave universo me expulsaba con furia de él, de la luz algo áspero tiraba de mí. Hasta que me sacaron. Grité, lloré, ¡tenía tanto miedo!; entonces, oí unas palabras.
—Señora, es una niña.
¿Cómo entender su significado? Tenía que remontarme tan lejos para comprender….
Después de una eternidad, me colocaron junto a una piel suave y caliente, que me trajo el recuerdo, apenas un instante, de otra que acaricié buscando tranquilizarme un día. Cuando comprendí que aquella piel era mi refugio y oí, muy quedo, un latido, dejé de llorar.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

lunes, 3 de enero de 2011

Un juego nada infantil - Luisa Hurtado González


Era un luminoso día de verano. Había ido a pasar la mañana junto al río, cerca de donde los niños y niñas del pueblo aprendían a nadar.
Las risas, los gritos y los chapoteos llenaban el aire. Levantó la vista para disfrutar de ellos y, por un momento, creyó ver como una de aquellas criaturas dibujaba sólo para él un lascivo gesto de adulto. Fue un instante lleno de perplejidad, solamente eso, que enseguida borró de su memoria con un pestañeo por imposible.
Las mañanas se sucedieron unas a otras, también las extrañas miradas y, con ellas, una hipnotizante fascinación por comprender a qué jugaba la pequeña.
Antes de que el verano tocase a su fin, la respuesta a todas sus preguntas llamaba a su puerta en forma de denuncia. La niña había contado a sus padres cómo aquel hombre la espiaba y ahora, tantos días después, él se veía obligado a admitir que aquellos ojos enfermos eran efectivamente los suyos.