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martes, 27 de enero de 2009

Gazpacho - Eduardo Abel Gimenez


La gente sudaba. El sol caía sobre la plaza apenas contenido por las palmeras y una nube solitaria que escapaba antes que se le hiciera tarde. En las camisas azules se formaban manchas húmedas, gotas de agua salada caían por frentes y barbillas. Con los brazos en alto, la multitud cubría césped, caminos, aceras, calles, sin dejar un hueco, hasta donde los edificios impedían ver. Las voces gritaban al ritmo de los tambores:

¡Gaz-pa-cho!
¡Gaz-pa-cho!

Hubo un movimiento allá arriba, en el palco. Se abrió la cortina roja. La Casa de Gobierno relucía con pintura nueva, tan brillante que era difícil mantener la vista fija en esa dirección. Pero nadie quiso perderse el momento en que el Líder atravesó la cortina entreabierta, avanzó hasta el borde mismo del palco y levantó los brazos como convocando al cielo para que se acercara al pueblo.

Los gritos crecieron, se aceleraron:

¡Gaz-pa-cho!
¡Gaz-pa-cho!

El Líder dio un par de golpecitos en el micrófono. Su dedo índice, amplificado en los parlantes, logró reducir las voces a murmullos. Los chistidos recorrieron la plaza. Cuando el silencio fue suficiente, el Líder exclamó:
—¡Cortar el tomate!
La gente estalló en aplausos y vítores. Los tambores redoblaron. La nube solitaria terminó de ocultarse tras la torre de la catedral. El Líder sonrió con tanta amplitud que sus dientes blancos opacaron las paredes del edificio. Hizo gestos de apaciguamiento.
—¡Trozar los pimientos! —prosiguió—. ¡Picar la cebolla! —Hizo una pausa de efecto, con el timing de un actor experto. —¡Desmenuzar el pepinillo!
Otra ovación, más extensa, más calurosa. El Líder aspiró hondo, tanto que parecía agigantarse a la vista de sus seguidores. Alzó el brazo derecho e hizo un gesto giratorio con la mano.
—¡Echar los ingredientes en un cuenco grande! —gritó—. ¡Mezclar con la batidora! ¡Hacer un puré suave! —Y todo casi sin respirar, con la potencia que sólo alcanzan los privilegiados.
El suelo tembló con el estruendo de los tambores y las cajas de resonancia de cien mil pechos gritando al unísono. Pero el Líder volvió a lograr silencio con apenas un movimiento de los dedos.
—¡Poner la sopa en el refrigerador! —dijo, usando un tono de voz más medido, preparando el final.
La plaza entera se aquietó. Este era el momento culminante. El propio sol esperó en lo alto. Los pocos pájaros que no habían huido también miraban hacia el palco. El Líder, ahora sí, arrancó su voz de lo más profundo de la tierra:
—¡Y servir bien frío!
Todo estalló. Minutos enteros de ovación, parches castigados, césped arrancado por los pies que bailaban. El Líder reconoció el afecto de su pueblo con suaves inclinaciones de la cabeza, a derecha y a izquierda. Finalmente, a la menor indicación de que el furor disminuía, volvió a levantar los brazos y logró, por última vez en el día, un silencio profundo.
—Mañana —dijo, y volvió a mostrar los dientes más blancos que la nieve—, ¡mañana paté de pescado!
La multitud rugió de satisfacción, mientras el Líder desaparecía al otro lado de la cortina roja. Vítores y cánticos se sucedieron durante un largo rato. Pero sin el Líder para dirigirlo todo, el sol siguió su curso, la nube reapareció al otro lado de la torre, y los pájaros decidieron volar sin rumbo fijo.
No mucho después se inició la desconcentración. Algunos, los más inquietos, ya le iban poniendo música a la consigna del día siguiente.

Tomado de http://www.magicaweb.com/weblog/index.php

miércoles, 21 de enero de 2009

Controles remotos - Eduardo Abel Gimenez


Estoy aburrido frente a la tele, con el control remoto en la mano. Un presentador lee las noticias.
—El mercado de valores ha tenido un día tranquilo, en el que… —está diciendo, pero no le dejo terminar la frase. Con la rapidez que da la práctica, pulso un botón del control remoto. De inmediato, el presentador salta sobre su escritorio y se arranca la corbata—. ¡Pero esto no va a quedar así! —grita. Le crecen las cejas, se le amarillean los dientes. Bajo el saco que ya se está quitando a jirones tiene una camisa sucia de explorador.
Pulso otro botón. La decoración en tonos cálidos y apagados se disuelve en un río de llamas, o lava, algo rojo y amarillo que fluye de izquierda a derecha. Hay gritos distantes. El explorador, que ahora cuelga de una rama, hace un esfuerzo sobrehumano y salta sobre una roca. Rueda sobre sí mismo. Cae al otro lado, donde no hay llamas, y se pone en pie de inmediato.
Frente a él hay una mujer. Está atada al tronco de un árbol. Pulso un botón más, y el pecho de la mujer crece, se hace más alto, mientras la pollera se le rasga estratégicamente hasta la parte más interna y más secreta del muslo.
En este momento llega mi esposa del trabajo. El ruido de la llave en la cerradura me obliga a pulsar otro botón, de manera que el pecho de la mujer retrocede al nivel anterior y la pollera se convierte en pantalones anchos.
—No creo en ti —dice el explorador—, me estás tendiendo una trampa.
Mi esposa se acerca al sofá, nos damos un beso corto. Ella trae su propio control remoto en la mano, y mientras se sienta ya está pulsando botones. Por detrás de mis protagonistas, un joven abogado de traje negro desciende por unas escaleras de mármol y sonríe a cámara.
—Le ruego que se calme, amigo —pide al explorador, que ya está amenazándolo con un cuchillo que ha conocido sangre—. Tengo cobertura policial, así que le convendrá cambiar de actitud.
Mi hijo, que ha oído la entrada de su madre, viene corriendo por el pasillo. Él también enarbola un control remoto, y apenas saluda con dos palabras cuando pone en marcha el pulgar. Nadie es más rápido que mi hijo. La cámara se eleva, y resulta que a la distancia aparece un personaje dibujado, con los pelos largos en un extraño arabesco que le envuelve la cara, que eleva su puño derecho hacia el cielo. Grita:
—¡Invoco el poder de Krun-ka-món! —o algo así.
Todos, el explorador, el abogado y la mujer, que ya no está atada, se dan vuelta. La pantalla se pone azul. El cielo es un remolino. Hay una lluvia de rayos, y los tres personajes corren a protegerse bajo el toldo de una tienda cercana. Ahora todos están dibujados.
—¿Qué comemos? —pregunta mi mujer, mientras pulsa otro botón. El abogado saca un celular y lo abre. Los rayos siguen cayendo.
—No sé —digo, mientras muevo el pulgar sobre el teclado. Un rayo arranca el celular de las manos del abogado—. ¿Por qué me preguntás?
—Es tu turno de cocinar —dice mi mujer. El abogado, que no ha dejado de sonreír y además acaba de recuperar su composición de carne y hueso, saca un arma y apunta a la cabeza del explorador.
Mi hijo, que se cansa pronto de las cosas, tira el control remoto a un rincón del sofá y se va otra vez a su computadora, donde es dueño de todos los destinos. Los rayos se acaban de inmediato. Yo hago cálculos rápidos y me doy cuenta de que mi mujer tiene razón. También dejo el control remoto y me pongo de pie.
—Voy a ver qué hay —digo.
Mientras camino hacia la cocina, el abogado de ojos celestes y traje negro se acomoda tras un escritorio de color marfil y empieza a leer las noticias.

Tomado de http://www.magicaweb.com/weblog/index.php

sábado, 17 de enero de 2009

Lo más difícil fue conseguir el primero - Eduardo Abel Gimenez


Lo más difícil fue conseguir el primero. La gente pasaba de largo, pensando en otras cosas, mirando vidrieras o mirando a otras personas, porque no hay nada que les guste tanto como mirarse a sí mismos en los demás. Hasta que alguien, un hombre joven de saco y corbata, se dejó atraer por la luz plateada que salía del pozo y se detuvo junto a la valla protectora, estirando el cuello y alzando las cejas para ver mejor.
En segundo lugar cayó un hombre mayor, que venía caminando lentamente y vio la oportunidad de descansar un poco. Se paró junto al primero, lo miró a los ojos en busca de una explicación que no llegó, y luego se inclinó también hacia el pozo, que ahora mostraba una luz verdosa.
El pozo era igual a esas bocas redondas que suele haber en las calles, esas entradas a cloacas y otros mundos subterráneos. Lo habíamos rodeado con una valla de metal, porque no queríamos que nadie se cayera: podía estropear el acto. Desde un segundo piso al otro lado de la calle, medio oculto tras una cortina opaca, yo podía verlo todo con precisión y medir los tiempos de cada paso.
Una mujer delgada y bien vestida, que traía varias bolsas de plástico de las que dan en los shoppings, fue la tercera. Se acercó al hombre joven, le preguntó algo, y luego se asomó ella también al pozo. De la fuente de luz, ahora rojiza, subía una especie de antena con pelos, como una pata de araña amplificada, que asomó cosa de medio metro, se curvó en dirección contraria a los curiosos y se quedó quieta.
Para entonces era lógico que los curiosos aumentaran rápidamente en número. A la luz ahora amarilla, frente a la segunda pata de araña que ya estaba apareciendo, un chico de colegio secundario y un cartonero se pusieron codo con codo dándome la espalda. Los siguieron dos mujeres mayores, que venían juntas, y una nena que traía un perrito. Las patas de araña se trenzaron en una pelea, mientras la luz se hacía más intensa. Vinieron una mujer joven, otro hombre mayor, una pareja que se abrazaba, un empleado de McDonalds, alguien en bicicleta que tuvo que quedarse un poco más lejos.
Junto a las patas de araña surgió un globo rojo con luz propia, que palpitaba como un corazón, en la cima de una vara dorada. El globo se alzó hasta la altura de los ojos de los curiosos.
Ahí empezó el ruido, o la música, como lo quieran llamar. Ni una cosa ni la otra, en realidad. Algo que impulsó a la gente a mirar hacia abajo, y que atrajo una segunda ronda de curiosos, que trataban de abrirse paso entre los hombros de los primeros.
Era mediodía, por eso había tanta gente en la calle. Los que iban a comer, los que venían a comer, los que buscaban comida tropezaban unos con otros, y todos tropezaban con esa pequeña multitud que rodeaba el pozo y trataban de unirse a ella como hace cualquiera cuando encuentra algo novedoso.
El globo rojo subió otros dos metros, de manera que todos pudieran verlo, y empezó a expandirse. El ruido, la música, subió de volumen: rugidos con mucho eco, tambores lentos, lluvia. La gente que se quedaba a ver llenó la calle de lado a lado.
Alcé la vista hacia una ventana del edificio que estaba frente al mío, también en el segundo piso. Allí había una persona, que hizo una señal con la cabeza, a la que respondí con otra señal.
Entonces volví a mirar mi control remoto, alejé los pulgares de los botones verdes que había estado pulsando hasta ese momento, y mientras sostenía el aparato en la mano izquierda usé el índice de la derecha para apretar, con fuerza, con rabia, por fin tras tantos preparativos, el botón rojo.

martes, 13 de enero de 2009

Diario íntimo - Eduardo Abel Gimenez


Día 1
Me levanto de buen humor. Día templado. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 2
Me levanto de buen humor. Día templado. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 3
Me levanto de buen humor. Día fresco. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 4
Me levanto de buen humor. Día fresco. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 5
Me levanto cansado. Día fresco. Desayuno, viaje. Trabajo sin novedades. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 6
Sábado.

Día 7
Domingo.

Día 8
Me levanto cansado. Día fresco. Desayuno, viaje. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 9
Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, viaje. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 10
Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, caminata por huelga de transporte. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Un poco de tele, y a dormir.

Día 11
Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, caminata por huelga de transporte. Faltó el jefe. Regreso. Familia bien. Corte de luz. A dormir.

Día 12
Me levanto muy cansado. Día fresco. Desayuno, caminata por huelga de transporte. El único en la oficina. Regreso. Familia bien. Corte de luz. A dormir.

Día 13
Sábado.

Día 14
Domingo.

Día 15
Me levanto muy cansado y con dolor de cabeza. Día tormentoso. Desayuno, caminata por huelga de transporte. El único en la oficina. Regreso. Familia con fiebre. Corte de luz. A dormir.

Día 16
Me levanto muy cansado y con dolor de cabeza. Día frío y nublado. Nada que comer. Caminata por huelga de transporte. Imposible entrar al centro. Regreso. Familia en cama. Corte de luz. Poco sueño.

Día 17
Me levanto muy cansado y con dolor de cabeza. Día frío y nublado. Nada que comer. Colaboro en las barricadas. Familia evacuada gracias a vecinos que huyen. Corte de luz. De noche, fuegos.

Día 18
Estoy muy cansado, con dolor de cabeza y los pies muy fríos. Día helado. Nada que comer. Colaboro en las barricadas. Hay pocas explosiones. Corte de luz y de agua. De noche, fuegos.

Día 19
Duermo casi todo el día. Apenas puedo abrir los ojos. Dolor de cabeza y pies muy fríos. Día helado. Nada que comer. Alguien me habla de las barricadas. Sin explosiones. Corte de luz y de agua. De noche, fuegos.

Día 20
Sábado.

Tomado de http://www.magicaweb.com/

sábado, 10 de enero de 2009

Pelea - Eduardo Abel Gimenez


Están los dos de pie en el living de su casa, quietos, él cerca de la ventana y ella cerca de la puerta. Sólo mueven la boca. Por momentos se los ve desde arriba, como si el departamento tuviera diez metros de alto, y por momentos desde el piso o las paredes.
A espaldas de ella aparece un flash amarillo y rojo. Ella grita:
—¡Ataque mega cliché!
Entre ambos se forma una columna de humo, y de la columna surge un letrero gigantesco, que avanza y le golpea a él la cabeza. El letrero dice “Todos los hombres son iguales”. Doblegado por el dolor, él esconde la cabeza bajo ondas de cabello verde.
—Aahhhh —grita—. Eeeehhhhh. Aaaaahhhhhhh…
Cuando el humo se acaba, el cartel desaparece en el aire.
—Eso ha sido traicionero —dice él, agitado. Se lo ve de cerca: dos ríos de lágrimas le recorren las mejillas—. No tenía mis armas preparadas. Pero ahora…
Hace una pausa. Las lágrimas dejan de fluir. Levanta la cabeza, parece mucho más alto que antes. Un fondo parecido a una cascada de estrellas se desliza detrás de él, donde estaba la ventana. Levanta el brazo derecho y grita:
—¡Ataque hiper lógico definitivo!
Ella lanza un prolongado alarido:
—Oooooooohhhhhh…
Ha quedado sumergida en una especie de pantano gris, del que surgen dedos delgados y largos en actitud acusadora. Del fondo del pantano surgen voces cavernosas. “Lo que dije fue que”, empieza una. “No malinterpretes mi”, sigue otra. “Si lo piensas bien”, dice una tercera. Son muchas Se interrumpen entre sí. Ella se tapa los oídos y aúlla hasta que el pantano desaparece.
—Esto no es verdad —repite mientras tanto para sí misma, como si estuviera leyendo un libreto—. Es una ilusión creada por poderes que quieren librarse de mí. Debo mantener mi cordura y responder con el mayor ataque que las Bestias Familiares han puesto a mi disposición.
Ahora es su turno. Las cejas se le han convertido en dos líneas rectas que bajan oblicuamente hacia la nariz. El cabello escarlata gira alrededor de su cabeza respondiendo a vientos impredecibles. Una luminosidad creciente va creando contraluces en su ropa. Alza el brazo izquierdo, y de pronto tiene un rayo en la mano. Grita con toda la potencia de su voz:
—¡Ataque golpe bajo atómico!
El rayo parte hacia el techo y allí explota como un mundo de fuegos artificiales. De inmediato aparece el retrato tridimensional de una mujer mayor, inmensamente grande, una montaña. Ambos miran hacia arriba, ella con expresión de triunfo. Él, aterrado.
—Aaaaaaaahhhhhhhhh… —grita él, cerrando los ojos y tratando de cubrirse la cabeza. Pero es inútil, porque todos sabemos que el retrato tiene el poder de aparecérsele dentro de los párpados.
El retrato sonríe con colmillos afilados. Tiene los ojos rojos.
—Mírate en ese espejo —dice ella, mientras tanto, culminando el ataque vencedor—.¡Eres igual a tu madre!

Tomado de http://www.magicaweb.com/weblog/index.php

jueves, 8 de enero de 2009

Las bases del concurso - Eduardo Abel Gimenez


Vino una mujer que quería las bases del concurso. Entró a la oficina, se paró frente a la recepcionista y dijo:
—Vengo a buscar las bases del concurso.
La recepcionista le puso cara de haber estado mirando una planilla de Excel. Es una chica que no puede mirar una planilla de Excel y pensar al mismo tiempo. Dice que se marea.
—¿Qué cosa? —preguntó.
—Según la propaganda no hay obligación de compra —dijo la mujer—, así que ustedes me tienen que dar las bases para que yo participe sin comprar.
—Un momento, por favor —respondió la recepcionista. Se acomodó el headset para que el micrófono le quedara junto a la boca, apretó un botón en un aparato medio oculto junto al monitor y agregó, como hablando al aire pero en realidad dirigiéndose a su supervisor inmediato: —Tengo una señora que viene a buscar las bases —silencio—. Del concurso —más silencio—. Bueno.
Ahora la recepcionista se volvió hacia la mujer, que todavía estaba de pie al otro lado del escritorio.
—Siéntese, por favor —le dijo, señalando unos sillones que había en el rincón—. Están averiguando.
La mujer eligió el sillón del medio. Acomodó la espalda, acomodó las piernas, alisó una bolsa de plástico que traía y la puso en el sillón vecino, como si la bolsa también tuviera categoría de persona. Junto a la pared había un cenicero, y más arriba un cartel que pedía no fumar. La mujer, que no era fumadora pero disfrutaba de participar en concursos, cruzó los brazos.
Al otro lado de cables y aparatos, el supervisor de la recepcionista llamó a un chico de marketing, que a su vez llamó a su supervisor, quien llamó a la secretaria del gerente. La cadena de llamados avanzó como la cuerda de una horca en torno a la mujer de la bolsa de plástico, sin que ella lo supiera.
Pasaron los minutos. La recepcionista cerró una planilla de Excel y abrió otra, volvió a dejar de pensar, atendió una llamada telefónica, la pasó a alguien que seguramente estaría mirando otra planilla de Excel. Después se encendió la luz roja.
La luz roja estaba junto a un cajón del escritorio, invisible para cualquier otra persona que estuviera en la recepción. La chica todavía recordaba los ejercicios que había hecho en el curso de formación, el mes anterior, donde la luz roja había sido el elemento principal. Así que se quitó el headset, se puso de pie sin dar muestras de pánico, sonrió a la mujer y le dijo:
—Ahora vuelvo.
Tras lo cual salió por una puerta interior, que cerró detrás de sí. Un mecanismo automático trabó esa puerta y también la que llevaba al exterior. Otro mecanismo movió una plancha protectora por el interior de cada pared, por abajo del piso, por encima del techo. Con un chasquido que la mujer oyó pero atribuyó a algún ascensor distante, la habitación quedó aislada del resto del mundo.
Entonces, por el conducto de ventilación, empezó a salir el gas.

Tomado de http://www.magicaweb.com/

lunes, 5 de enero de 2009

Empezó la noche de un viernes - Eduardo Abel Gimenez


Empezó la noche de un viernes, sin darse cuenta, cuando cruzó la calle delante de un Fiat Uno blanco que venía a toda velocidad. La conductora del Fiat pegó un volantazo de último momento, empezó a frenar unos metros después de haberlo pasado, gritó algo por la ventanilla abierta y acabó yéndose como había venido, sin perdonar a los neumáticos.
Cuando llegó a la otra vereda supo que había descubierto algo.
A la mañana siguiente cruzó frente a un Volkswagen Polo de color más rojo que la sangre. No venía tan rápido, pero pasó más cerca. El conductor ni siquiera reaccionó.
Se quedó unos instantes en la vereda de enfrente, y en cuanto vio venir una camioneta Isuzu negra se preparó. Midió los tiempos, y a último momento saltó hacia adelante. Pasó justo. Nadie habría podido medir la distancia entre el paragolpes y su rodilla izquierda. A bordo de la camioneta iba una mujer con dos chicos. Tocó un bocinazo tardío, giró en dirección contraria, estuvo a punto de llevarse un árbol por delante y paró a media cuadra de distancia.
Hasta ese momento, la mejor experiencia.
Durante los días siguientes corrió frente a varios modelos de Renault, Ford, Chevrolet. Apenas esquivó un Honda. Estuvo a punto de caer bajo un viejo Opel. Ensayó, con poca emoción, una Harley Davidson que casi terminó estrellándose. Cuando ya todo parecía hecho, se le ocurrió empezar con las avenidas de doble mano.
Eligió otro Fiat Uno, también blanco, que venía a bastante velocidad por el carril de la izquierda. Corrió, pasó justo, y se detuvo en seco medio metro después, midiendo las distancias con toda exactitud porque por la mano contraria venía una manada de metal con ganas de sangre.
Un éxito. Varios conductores gritaron. Hubo bocinazos que rivalizaron con las frenadas a ver cuál hacía el ruido más fuerte. Y todo mientras él respiraba agitado en las líneas amarillas.
Lo siguiente fue un colectivo. El 113, que venía pidiendo espacios libres desde un par de cuadras más allá, pasando semáforos casi rojos. Fue fácil. El colectivero ni siquiera cambió el rumbo, ni pisó el freno, ni tocó la bocina.
Ahora tenía por delante un universo nuevo. No sólo cada línea de colectivos, sino toda clase de combinaciones entre colectivos y calles y avenidas de diversos anchos. Y luego de a pares: un colectivo y una camioneta. Y tríos: una moto entre un auto y un colectivo.
Las promesas de una larga y provechosa carrera le dieron vértigo.

Tomado de http://www.magicaweb.com/

sábado, 3 de enero de 2009

Vidas paralelas - Eduardo Abel Gimenez


A M. le gustaba escuchar los aviones, sobre todo al amanecer, cuando los otros ruidos de la ciudad les dejaban libre el aire y también la imaginación. Todavía en la cama, giraba la cabeza hasta tener el mejor ángulo para los oídos y disfrutaba de la aparición de las turbinas, el crescendo apenas perceptible, la ilusión de poder distinguir cuándo el avión despegaba y, un momento después, daba un giro a la izquierda para apuntar al río.
Había distintas clases de turbinas, aunque no podría precisar cuántas, ni qué las diferenciaba: cada madrugada parecían diferentes, compuestas por un conjunto nuevo de subruidos, distorsionadas por un conjunto nuevo de vientos y presiones atmosféricas, interpretadas por un conjunto nuevo de emociones y expectativas.
M. no sabía nada de aviones, salvo que a esa hora del día, antes de que todo lo demás empezara, practicaban su ejercicio especial para ella, el ballet monótono, el encanto sin razón.
Cada vez que se ponía a escuchar tenía la misma fantasía, o deseo, o terror: que el ruido de las turbinas se interrumpiera con un ruido de catástrofe, un choque, una explosión. No tenía idea de cómo sería ese otro ruido, cuán fuerte en relación con las turbinas, cuán largo, y ese desconocimiento era un obstáculo para perfeccionar la ilusión. “Tal vez”, pensaba M., “la catástrofe acaba de ocurrir, y simplemente no llegué a oírla”.
En la ventana de enfrente, a T. le gustaba crear ruidos de la nada, sintetizando sonidos en las tripas de la computadora, manejando con el mouse y el teclado un universo arbitrario que sin embargo solía mostrar indicios del mundo de afuera. Los aviones eran su tema favorito: grandes jets, con turbinas mayores que un departamento sonando a lo lejos como un trueno constante.
Había logrado la imitación perfecta de ese ruido neblinoso en la distancia, y podía manipularlo para que se acercara o se alejara en la ilusión. Entonces jugaba a variarlo, a agregarle pequeños detalles que iban creando marcas y modelos de aviones de distintas épocas, distintas civilizaciones, distintos mundos. A veces eran aviones imposibles, aviones imaginarios, y otras eran aviones tan reales que casi saltaba a ver por la ventana el paso lento de una forma gris. T. no se documentaba, no buscaba el ruido verdadero, porque sabía que lo tenía en su interior, que podía extraerlo de las teclas y el mouse con la precisión de un sueño.
Pero T. quería ir más allá de ese poder creativo: esperaba tener los elementos suficientes para un día crear también la destrucción. Era difícil. Debía imaginar el ruido exacto de un choque, de una explosión, y su relación precisa con las turbinas. No necesariamente imitando la realidad, sino en sintonía exacta con esa fibra interna que parecía capaz de juzgar tales asuntos. El emprendimiento era tan complejo que aún no se atrevía a encararlo. Estaba claro que un fracaso inicial arruinaría las cosas para siempre, le quitaría ese carácter de espejismo que aún a él, el creador, lo envolvía. De manera que se armaba de paciencia y seguía explorando.
Sobre todo al amanecer.

Tomado de http://www.magicaweb.com/

lunes, 29 de diciembre de 2008

El intento de Golett - Eduardo Abel Gimenez


Al Norte y al Sur la ciudad no terminaba nunca, y al Este no iba nadie porque estaba el río. Al Oeste empezaban los barrios pobres y los días tristes, dos inventos que en esa época tenían mucho éxito pero que Golett prefería evitar. Entre esas cuatro paredes que le ponía la ciudad, Golett miró primero hacia arriba y luego hacia abajo. Arriba pasaba un avión que venía de la base. Abajo estaba el jardín de su casa de El Palomar.
Tardó un minuto en decidirse. Para salir de la ciudad había un solo camino, y se puso a cavar.
El primer día consiguió hacer un pozo de dos metros, y después se fue a dormir. A la mañana siguiente tropezó con una roca y tuvo que recurrir al martillo. Al mediodía ya tenía llagas en las manos, así que se permitió una siesta.
Los vecinos se fueron enterando del intento, como sólo saben enterarse los vecinos, y la noticia corrió de cuadra en cuadra. Al tercer día, Golett fue a ver la obra y descubrió que se la habían invadido.
Eran tiempos en que mucha gente quería irse de la ciudad, y no todo el mundo tenía el ingenio de Golett. Muchos eran envidiosos, y a nadie le preocupaba aprovecharse del trabajo de otro. Por eso, los más madrugadores habían corrido al jardín de Golett y se habían zambullido de cabeza en el pozo. Los que vinieron después llegaron a tal velocidad que no pudieron frenar y terminaron cayendo sobre los primeros. Los últimos, que eran de esos que siempre dependen de la suerte y del prójimo, se encaramaron sobre los otros, pensando que el peso de los cuerpos haría ceder el fondo del pozo y todos caerían en algún paraíso reservado a los inteligentes. Así que cuando Golett se asomó al jardín había una montaña humana más alta que el techo.
La policía también se enteró, y se llevó a Golett por sospechoso de algo que no estaba muy claro. Lo encerraron en un sótano, y esa fue la mayor profundidad que consiguió alcanzar en su intento.
Golett era capaz de reconocer sus errores. Esta vez había cometido dos: suponer que hacia abajo el camino estaba despejado, y creer que no había otra dirección que llevara fuera de la ciudad. Eran errores graves, porque abajo había tantos vecinos y policías como en cualquier parte, y además quedaba otra dirección para probar: hacia adentro.
Al principio, Golett se rió de sí mismo. Hacia adentro sólo se consigue entrar, y eso a veces. Salir, se sale hacia afuera. Pero después cambió de idea.
Llevaba apenas unas horas encerrado cuando empezó a salir hacia adentro. Nadie se dio cuenta, porque se iba achicando tan despacio que disimulaba bien.
—No sabía que era un enano —dijo el juez a la semana, cuando lo llevaron a declarar.
Los policías se rascaban la cabeza.
A los veinte días era tan pequeño que pudo pasar entre dos barrotes y salir a la calle. Ya ni siquiera parecía un enano. Teniendo en cuenta que el mundo seguía lleno de policías y vecinos, tuvo que encontrar un modo de pasar inadvertido. Se puso a andar como un perro.
El perro Golett anduvo por las calles durante un mes, primero como doberman, luego como cocker, finalmente como pekinés. Después se hizo gato, ratón, araña. Estaba cansado de comer porquerías, pero su intento tenía tanto éxito que siguió adelante, haciendo fuerza todo el tiempo para que sus partes y las partes de sus partes fueran saliendo de la ciudad, una a una y hacia adentro.
El último testigo de su desaparición fue un chico, que se quedó con la boca abierta ante el lugar vacío donde antes había un punto, y antes una mosca que se desinflaba.

Tomado de La Mágica Web: http://www.magicaweb.com/weblog/index.php

jueves, 25 de diciembre de 2008

Fácil - Eduardo Abel Gimenez


Estoy en la esquina de mi casa, de pie sobre el cordón de la vereda, mirando como si fuera a cruzar las calles en diagonal. Pienso que debería ser fácil empezar a escribir una novela y seguir sin detenerme, páginas y páginas por día, hasta el final. Pasa un auto pegado al cordón, sin necesidad, tal vez para asustarme. No es que tenga una idea para una novela, hace mucho que no tengo ideas para novelas, es sólo que me gustaría probar otra vez el gusto exótico de estar escribiendo algo largo, algo con la cantidad suficiente de palabras como para no poder controlarlo de una mirada, algo parecido a la vida. Me desequilibro, apoyo un pie en la calle y enseguida vuelvo atrás, al cordón. Y al mismo tiempo, quisiera extenderme en ese bosque o ese desierto de palabras sin depender de las ideas previas, sin tener que explicar algo que se me haya ocurrido antes, posiblemente en un sueño, y que luche todo el tiempo por escapar del papel. La bolsa del supermercado, que llevo en la mano derecha, empieza a pesar y la cambio de mano. Pero no sé, no me veo con la paciencia de otros tiempos, paciencia que en realidad era dolor, dolor que era obligación de llegar al final para demostrar algo que nunca entendí qué era. Miro por sobre el hombro que apunta hacia mi casa, giro y empiezo a caminar. Por ahora no quiero probar, no será otra tarea pendiente, no tengo ganas de tareas pendientes, aunque sí, pienso que debería ser fácil.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Lo que dicen - Eduardo Abel Gimenez


Dicen que tiene una amante en Las Catrinas, con la que pasa la noche de cada viernes. Que a su camino, cuando va a visitarla, los grillos se callan. Que en ese sitio, cada viernes, hay luna nueva.
Dicen que vuelve de Las Catrinas con un gato dormido en los brazos. Que vive en una cabaña incendiada hace medio siglo. Que a veces, en la oscuridad de la luna nueva, a escondidas, de la cabaña salen decenas de gatos bebés, y se dispersan por entre los yuyos como rayos de una rueda de bicicleta.
Dicen que tiene noventa y nueve años, que nadie le ha visto la cara, que nadie le ha visto los pies. Pero también dicen que murió en 1921, sin cara ni pies, y le llevará noventa y nueve años encontrar su propia tumba.
Dicen que tiene un billete de cien mil dólares cosido a un bolsillo del pantalón, y el pantalón escondido en el sótano de la cabaña. Que nunca se lo pone ni lo lava ni lo muestra, por temor a romper o perder el billete. También dicen que los billetes de cien mil dólares no existen.
Dicen que nadie vive en Las Catrinas, que en realidad el pueblo se llama Sauce Muerto, que todas las mujeres se han ido a la ciudad, que es zona mala para gatos.
Dicen que en el sistema de Sirio hay un planeta donde todo el mundo tiene noventa y nueve años, donde en cada casa hay un sótano y en el sótano una gata, donde los amantes llevan lunas nuevas en el bolsillo. Y donde un billete de cien mil dólares alcanza para comprar la inmortalidad.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Estoy en una burbuja - Eduardo Abel Gimenez


Estoy en una burbuja, flotando sobre la ciudad, recostado como en una hamaca paraguaya. Tengo los dedos de los pies a la altura de los ojos, los brazos cruzados sobre el pecho, y miro hacia la izquierda, al horizonte que queda justo por encima de la azotea del edificio más alto.
Dicen que los chinos inventaron las burbujas, como tantas otras cosas. Pero estaban reservadas al Emperador y a los miembros más elevados de su corte. Cuando el Emperador salía a flotar en una burbuja, a quienes vivían cerca de la Ciudad Prohibida les estaba vedado mirar al cielo.
Hay que estar quieto, porque si no resulta peligroso. Sobre todo si uno tiene las uñas largas y se le ocurre hacer presión en la membrana delgada. O si no se ha quitado los zapatos y mueve los pies con brusquedad. O si ha quedado un mosquito aquí encerrado y uno lo persigue sin mirar dónde pega. En cualquiera de esos casos es probable que la burbuja, y uno mismo, se convierta en apenas un sueño.

martes, 23 de septiembre de 2008

La empresa hará esfuerzos - Eduardo Abel Gimenez


La empresa hará esfuerzos para adecuarse a los nuevos requerimientos, pero los perros ladran cada vez más fuerte, allá en las jaulas del fondo, y no tenemos puertas que den al oeste. He de ser honesto, entonces: las utilidades crecerán el día en que cada escritorio tenga raíces firmes, en que las marcas de las paredes tracen patrones reconocibles, en que los huecos entre los listones de cada persiana dejen ver la salida del sol. Es verdad que hay signos promisorios. Nuestro servicio de atención al cliente ha encontrado el camino en una combinación creativa de música sacra y fotos de Marte. El departamento de ventas se encuentra inundado hasta las rodillas, mientras el sótano se expande hasta abarcar la mitad de la playa de estacionamiento. Investigación y Desarrollo tiene más niños que Recursos Humanos. Así es, señores. Nuestro modelo corporativo permite animales y plantas, pero no minerales. Nada de minerales, y esta es mi última palabra.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Imaginemos una persona acostada - Eduardo Abel Gimenez


Imaginemos una persona acostada sobre una superficie de vidrio lisa, sin nada de donde agarrarse, y que esa superficie, al principio horizontal, se inclina lentamente. ¿A cuántos grados empieza la persona a resbalar? ¿Qué inclinación es necesaria para que la persona caiga? ¿Y si el vidrio está mojado? ¿Si está frío? ¿O caliente? ¿Si la persona se quita los zapatos, si se quita las medias? ¿Y si está desnuda, o abrigada para la Antártida, o si tiene guantes? ¿Y si es un hombre viejo, o un niño, o una mujer embarazada? ¿Si es alguien que no tiene nada que perder en la vida? ¿Si es alguien que todo lo espera del futuro? ¿Si es alguien que duerme, o dormita, o está bajo los efectos de un sedante? ¿Si es un deportista sudoroso, o si sólo le sudan las palmas de las manos? ¿Si tiene todos los dientes, o ninguno? ¿Y si por debajo del vidrio sólo hay un precipicio de quinientos metros?

lunes, 15 de septiembre de 2008

Ray siente la cabeza llena - Eduardo Abel Gimenez


Ray siente la cabeza llena. De pie junto a la puerta de servicio, embutido en el traje negro, con la mano en la pistola y la pistola apenas oculta bajo el saco, los lentes oscuros para disimular la mirada de reojo, el labio superior apenas torcido hacia arriba, Ray se da cuenta de que tiene el cerebro colmado. Ha visto demasiado, ha oído demasiado, los recuerdos verdaderos y los recuerdos falsos han ido llenando cada rincón de memoria hasta no dejar más sitio. En los últimos días Ray ha experimentado la pérdida de algún momento de su vida, especialmente de la infancia, pero ahora viene algo peor, algo enorme, definitivo, un colapso.
Ray piensa si debería sacar el celular del bolsillo, marcar unos números y despedirse de alguien, pero desiste. No vale la pena. Y tal vez ni siquiera tenga tiempo, porque ahora que se acerca ese niño en bicicleta, ahora mismo Ray sabe que otro golpe de pedal ya no encontrará lugar y así vendrá la catástrofe. No bastará esta vez con eliminar años enteros de la escuela, o las caras de sus amantes, o las estadísticas de béisbol aprendidas a lo largo de toda la vida.
Ray necesita una solución, ahora mismo, pero tampoco le queda sitio para pensar en soluciones. El dedo índice se enrosca al gatillo, la pistola asoma del saco y parece que fuera a apuntar sola.
Entonces se oye el primer disparo, pero no viene del arma de Ray sino de adentro del edificio, allá donde la explosión hiere las paredes cubiertas de graffiti. Con precisión de cirujano, la bala elimina en un instante cada fragmento de escuela, cada rasgo de amante, cada partido de béisbol, cada niño que ha pedaleado ante los ojos de Ray, y así Ray tiene un momento, un solo momento del que casi no llega a darse cuenta, un momento brevísimo pero suficiente, valioso, inapreciable, de alivio.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Percusión - Eduardo Abel Gimenez


Ya de pequeño descubrió que al golpear suavemente con los dedos en distintos puntos de su propia cabeza producía ruidos maravillosos, con una riqueza que merecía ser explorada.
Practicó mucho, especialmente de noche, cuando el silencio de alrededor le permitía apreciar mejor las sutilezas de sus golpes.
Cuando fue al conservatorio simuló estar interesado en los instrumentos de percusión. Pero en casa sólo tocaba en su propia cabeza. Egresó con honores.
Durante la adolescencia logró los mayores hallazgos. Por ejemplo, podía imitar la complejidad del tabla hindú tocando con los dedos índices y mayores en las mejillas infladas, permitiendo leves movimientos del aire dentro de la boca.
Su carrera no estuvo exenta de dificultades. Sin ir más lejos, cada intento qie hizo de grabar sus interpretaciones fue un fracaso. No había equipos adecuados para percibir esa música del modo en que él podía oírla desde su propio interior. De manera que inventó una notación especial que le permitía reproducir una pieza de modo exactamente igual cada vez: líneas y puntos para la nariz, para las cejas, para los diversos puntos del cuero cabelludo, combinados con figuras para cada dedo.
El verdadero virtuosismo llegó luego de los veinte. Fue capaz de reproducir, golpeando sólo en las orejas, el solo de John Bonham en “Moby Dick”.
El problema, entonces y por el resto de su vida, era que nadie más podía oírlo.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Estoy flotando entre mi edificio y el de al lado - Eduardo Abel Gimenez


Estoy flotando entre mi edificio y el de al lado, a la altura del quinto piso. Salí hace unos momentos, por la ventana del dormitorio. Vivo en el sexto, pero ya perdí unos metros de altura. Es difícil mantenerse en el mismo nivel. Abro los brazos bien anchos, estiro las piernas, levanto la cabeza, pero no hay caso: las pequeñas distracciones, los movimientos involuntarios, hasta un parpadeo me hacen perder centímetro tras centímetro.
Estoy sobre las cocheras. Mi objetivo es llegar a las del fondo, superar el techo de chapas que las cubre y mirar al otro lado de la pared. Quiero saber qué hay en ese sitio donde no llego a ver desde mi ventana.
De manera que allá voy. Me impulso con un movimiento de las manos y un movimiento de los pies. También muevo la cabeza, pero no creo que eso contribuya mucho. Avanzo de a poco, mientras sigo perdiendo altura. No es un auténtico vuelo. La trayectoria que yo quisiera horizontal es más bien una caída lenta en un ángulo de treinta grados. Acelero las manos. Acelero los brazos. Tal vez logre que los treinta grados se conviertan en veintiocho. Pero no es suficiente.
Aterrizo en el techo de las cocheras del fondo. No está tan mal. Aunque no es lo que quería. Me quedo un momento echado boca abajo, respirando con agitación, los ojos cerrados. Ahora podría arrastrarme un poco, pasar la cabeza por encima de la pared y mirar. Pero no lo merezco, con este ruido de gato borracho que hago sobre las chapas, con este cuerpo pesado que ya no puede desafiar al aire.
En cambio, me arrastro hacia el borde de las chapas y me dejo resbalar al piso. Caminando, atravieso las cocheras en dirección contraria a la del vuelo, entro al edificio, tomo el ascensor, vuelvo a casa.
Mañana volveré a intentarlo.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Al verlo junto a la amante - Eduardo Abel Gimenez


Al verlo junto a la amante, su esposa le dio una bofetada y se fue.
—¿Por qué no me dijiste que estabas casado? —reclamó la amante, y le escupió a los ojos antes de irse en dirección contraria.
El hombre caminó unos metros hasta la calle. Iba a cruzar cuando un auto se detuvo frente a él y se lo impidió.
—Me estafaste —dijo su mejor amigo, que estaba al volante, furioso—. Y aunque no lo creas, te voy a denunciar.
El ex amigo aceleró otra vez, y el hombre cruzó la calle. Al otro lado lo esperaban dos policías.
—Perdiste —dijo uno de ellos, mientras le ponía las esposas. El otro, por las dudas, le dio un puñetazo en el estómago.
Lo llevaron al patrullero. Estaba por entrar cuando cayó una maceta de lo alto y le dio en la cabeza. Es difícil que haya oído, mientras entraba en coma, una voz que gritaba desde el segundo piso:
—Así te esperaba agarrar después de lo que le hiciste a mi padre.
Jamás despertó, así que no llegó a enterarse de cuál fue el médico que lo reconoció y simuló un desperfecto eléctrico en el equipo del hospital.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Celulares - Eduardo Abel Gimenez


Desde primera hora de la mañana los clientes empezaron a olvidarse los teléfonos celulares. Si en una mesa había dos personas, allí quedaban dos teléfonos. Si había tres, tres teléfonos. Pronto las camareras optaron por sugerir a los clientes que pensaran en sus aparatos antes de irse, pero nada cambió.
Hacia el mediodía había docenas de celulares en una gran caja de cartón, tras el mostrador.
El turno de la tarde siguió recolectando más y más teléfonos. Casi todo el tiempo sonaba alguno, pero nadie era capaz de descubrir cuál.
El cielo se nubló, y mientras caía la noche empezó a llover. La caja se llenó de teléfonos, y pusieron otra al lado.
Mucho más tarde, cuando estaban por cerrar, entró un hombre de saco y corbata, empapado por la lluvia, y fue derecho al mostrador.
—Disculpe —le dijo al encargado—, ¿por casualidad no me olvidé un paraguas?

domingo, 31 de agosto de 2008

Woody Allen - Eduardo Abel Gimenez


Soñé que en un restaurante había una pareja bastante ruidosa, que de algún modo conseguía mancharle la corbata al hombre de la mesa de al lado. Ese hombre era Woody Allen.
Woody Allen iba al baño a limpiarse la corbata. De un gabinete pequeño, que colgaba de la pared, sacaba algo como un sobre de azúcar, que en realidad era un quitamanchas. Lo abría y rociaba un poco de polvo blanco sobre la corbata. En ese mismo instante la corbata quedaba limpia.
En el gabinete había un espejo oxidado y otros dos sobres de quitamanchas. Woody Allen, nervioso, bajito, se llevaba los dos sobres y empezaba a rociar con el contenido a los dos integrantes de la pareja ruidosa.
Por alguna razón los ruidosos ahora estaban callados, leyendo. Y por alguna razón permitían sin protestar que Woody Allen los cubriera con ese polvo blanco, el pelo, la cara, la ropa.
Ahí me desperté a medias, y fue un acto más consciente imaginar que el sueño terminaba con Woody Allen comiendo tranquilo, mientras el sitio que había ocupado la pareja, gracias al quitamanchas, ahora estaba vacío.