jueves, 8 de enero de 2009

Las bases del concurso - Eduardo Abel Gimenez


Vino una mujer que quería las bases del concurso. Entró a la oficina, se paró frente a la recepcionista y dijo:
—Vengo a buscar las bases del concurso.
La recepcionista le puso cara de haber estado mirando una planilla de Excel. Es una chica que no puede mirar una planilla de Excel y pensar al mismo tiempo. Dice que se marea.
—¿Qué cosa? —preguntó.
—Según la propaganda no hay obligación de compra —dijo la mujer—, así que ustedes me tienen que dar las bases para que yo participe sin comprar.
—Un momento, por favor —respondió la recepcionista. Se acomodó el headset para que el micrófono le quedara junto a la boca, apretó un botón en un aparato medio oculto junto al monitor y agregó, como hablando al aire pero en realidad dirigiéndose a su supervisor inmediato: —Tengo una señora que viene a buscar las bases —silencio—. Del concurso —más silencio—. Bueno.
Ahora la recepcionista se volvió hacia la mujer, que todavía estaba de pie al otro lado del escritorio.
—Siéntese, por favor —le dijo, señalando unos sillones que había en el rincón—. Están averiguando.
La mujer eligió el sillón del medio. Acomodó la espalda, acomodó las piernas, alisó una bolsa de plástico que traía y la puso en el sillón vecino, como si la bolsa también tuviera categoría de persona. Junto a la pared había un cenicero, y más arriba un cartel que pedía no fumar. La mujer, que no era fumadora pero disfrutaba de participar en concursos, cruzó los brazos.
Al otro lado de cables y aparatos, el supervisor de la recepcionista llamó a un chico de marketing, que a su vez llamó a su supervisor, quien llamó a la secretaria del gerente. La cadena de llamados avanzó como la cuerda de una horca en torno a la mujer de la bolsa de plástico, sin que ella lo supiera.
Pasaron los minutos. La recepcionista cerró una planilla de Excel y abrió otra, volvió a dejar de pensar, atendió una llamada telefónica, la pasó a alguien que seguramente estaría mirando otra planilla de Excel. Después se encendió la luz roja.
La luz roja estaba junto a un cajón del escritorio, invisible para cualquier otra persona que estuviera en la recepción. La chica todavía recordaba los ejercicios que había hecho en el curso de formación, el mes anterior, donde la luz roja había sido el elemento principal. Así que se quitó el headset, se puso de pie sin dar muestras de pánico, sonrió a la mujer y le dijo:
—Ahora vuelvo.
Tras lo cual salió por una puerta interior, que cerró detrás de sí. Un mecanismo automático trabó esa puerta y también la que llevaba al exterior. Otro mecanismo movió una plancha protectora por el interior de cada pared, por abajo del piso, por encima del techo. Con un chasquido que la mujer oyó pero atribuyó a algún ascensor distante, la habitación quedó aislada del resto del mundo.
Entonces, por el conducto de ventilación, empezó a salir el gas.

Tomado de http://www.magicaweb.com/

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