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jueves, 4 de octubre de 2012

Ceci n'est pas une microfiction – Saurio


Decidió llamarla. No había hablado con ella desde... ¿cuándo? ¿Una semana?
El negro teléfono inalámbrico descansaba sobre la base cargadora, junto al módem y el router del wifi. Lo tomó con su mano izquierda y con la derecha marcó lentamente el número de ella, el número que recordaba de memoria, el número que nunca había necesitado anotar. Curiosamente, jamás lo había ingresado en la agenda del marcado rápido del teléfono. Esto le intrigó sobremanera y pensó si quizás esta omisión era una señal del Destino.
Un tono de llamado lo sacó de sus cavilaciones. Luego oyó otro. Y luego sonó otro más. Ella no contestaba. Un cuarto tono le hizo temer lo peor. El quinto ya le preanunció lo inevitable: la aparición en el auricular de la voz grabada de ella pidiéndole que dejase un mensaje en la contestadora automática luego del bip.
Cortó. Jamás había podido dejar un mensaje en una contestadora, se sentía estúpido al hacerlo.
La llamo luego, pensó mientras se servía un café.


Acerca del autor:
Saurio

lunes, 10 de octubre de 2011

El chanchito práctico - Saurio


Por fin había llegado el gran día. Después de semanas de ensayos, de haber pulido al máximo su discurso y su actuación, iría al encuentro de esos tres chanchitos que recientemente se habían instalado en el bosque. Iba a ser su opus máximo, de eso el lobo no tenía ninguna duda.
Con el ego henchido de gozo se dirigió hacia donde el primer chanchito había construido su casa con paja. “El timing lo es todo”, dijo en voz alta, para que lo escucharan los otros animales del bosque, “empezar con algo modesto pero interesante, como para captar la atención del público; después levantar la apuesta con una prueba un poco más difícil y finalizar el acto con una hazaña que los deje a todos boquiabiertos, aplaudiendo de pie y pidiendo por más”.
Encontrar la casa de paja destruida y un reguero de sangre que se alejaba fue un golpe muy duro para su autoestima. ¡Alguien se le había adelantado! ¡No podía ser! Si él había planeado todo con sumo cuidado, había descartado posibles competidores entre los depredadores de la zona, no había posibilidad de fallar...
Apuró su paso hacia la casa del segundo chanchito, el que había usado ramas para construirla. Tal vez, tal vez, tal vez llegase a tiempo, tal vez lo del primer chanchito fue sólo una casualidad, al fin y al cabo, era presa fácil, ¿a quién se le ocurre hacer una casa sólo con paja, eh?
Pero, ¡ay!, también de la casa del segundo chanchito quedaban ramas desperdigadas por el piso, y un reguero de sangre que se perdía entre los arbustos.
Desesperado, corrió hasta la casa de ladrillos del tercer chanchito. Grande fue su alivio cuando la encontró aún de pie y con luces en su interior. Incluso vio la silueta del chanchito detrás de una de las cortinas. “Bue, no será como me lo había imaginado, se arruinó todo el clima, pero algo es algo. Al menos el honor está a salvo”.
Así que inspiró hondo, cruzó los dedos, se autodeseó merde y exclamó:
—¡Cerdito, ábreme la puerta! Pues si no me abres... ¡Soplaré y soplaré y la casita derribaré!
Y estaba llenando sus pulmones de aire cuando sintió el frío del metal en su nuca.
— Largá el aire despacito y no hagas movimientos bruscos o te vuelo los sesos.— El lobo obedeció. Sabía identificar cuando era en serio una amenaza. —Vamos adentro y no intentes nada estúpido.
Ya dentro de la casa el tercer chanchito lo obligó a sentarse en una silla.
— La cosa es simple: en este bosque los dos seres más poderosos somos vos y yo. Podemos trenzarnos en una competencia para ver quién la tiene más larga y, como verás— el chanchito palmeó la AK-47 con la que apuntaba al lobo —el que la tiene más larga soy yo. O podemos unir fuerzas, afianzarnos en el territorio y luego extender nuestro imperio criminal a las comarcas cercanas. Y para que veas mi buena voluntad, un obsequio sin ningún compromiso.
El chanchito abrió un enorme refrigerador donde colgaban los cadáveres de sus dos hermanos y miró al lobo.
—Bueno, vos dirás.
“No cabe duda”, pensó el lobo, “realmente este es el chanchito práctico”
—Creo que este es el comienzo de una bella amistad— dijo.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Esto antes no pasaba - Saurio


―¡Ey! ¡Hola!
― ¿Uh?
― ¡Hola! ¿Qué te pasa? ¿Te colgaste?
― N… no exactamente… ando medio lento…desde hace tiempo que estoy así… ¿Sabías que me agarré un virus jodido, no?
― No, che. ¿Muy jodido?
― ¡Ufff! Me tuvieron que formatear todo.
― ¡Chaaaa! ¿Y tenías backup?
― Esa fue la otra joda, que el último backup era del año anterior. Decí que el médico pudo recuperar algunos archivos de mi cerebro y de Internet que si no estaba frito... pero igual hay dos o tres meses de mi vida de los que no recuerdo nada de nada.
― ¡Uh!
― Sí, un embole. Aparentemente estuve hackeado en esos meses porque hice cosas rarísimas. Mirá, decime, ¿para qué carajo me hice instalar un par extra de brazos?
― ¿Para rascarte el culo a cuatro manos?
― Dale, jodé, jodé. Ya te va a pasar a vos…
― Bue, sí, uno nunca sabe pero, te voy a decir, yo hago vida sana: me backapeo todas las noches, no cojo si no tengo antivirus, antispyware y cortafuegos actualizados y, por sobre todas las cosas, uso Linux.
― ¡Sos un aburrido!
― ¡Ah, claro, porque vos la estás pasando bomba!
― Ta’ bien, tá’ bien, perdoná…Tenés razón, tendría que cambiarme a Linux. Lo que me frena es que es la primera vez en mi vida que tengo Windows original y me da cosa… Aunque, la verdad, con los Windows truchos andaba mejor…
― ¿Viste?
― Bue, perdoname pero tengo que ponerme a laburar de nuevo. Esta joda me dejó lleno de deudas y si la cosa sigue así voy a tener que venderle mis clones a un prostíbulo.
― ¡Eh, pará! No tenés por qué caer tan bajo. ¿Necesitás plata?
― No, no, gracias, es de puro quejoso… pero, la verdad, a veces me pregunto si valió la pena hacerse digitalizar. Antes la gente se moría definitivamente y no tenían que preocuparse por todas estas cosas.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Antiguos orificios entremezclados - Saurio


El tiempo después del tiempo. Se funde. Se oculta.
Los pájaros más negros. Cuando para subir las paredes se oculta después de la lluvia. Dónde, para irse, los pájaros se vuelven escaleras, se vuelven para reorientar el tiempo de Europa.
¡Tiempo asesino!
(El tiempo. Inútilmente, el tiempo.)
Y para volver, para reorientar, no habla. Para subir, para subir grita. Y para reorientar se funde.
Sino del árbol después de más tiempo. Inútilmente, el tiempo.
La lluvia, las paredes, la lluvia, el tiempo.
¡No asesino negros!
Tiempo, tiempo del pájaro asesino, tiempo de la lluvia, escaleras del tiempo. El tiempo, la lluvia, sino más.
Sino del pájaro a Roma, y cuando se vuelvan a Roma no habla el árbol sangrante, para irse no habla, para destruir las paredes de Europa. Y se vuelven a la zona, para reorientar el pájaro en el alma. No, no habla inútilmente.
El instrumento para destruir es el Camino. El tiempo es el Camino.
El tiempo en el alma, tiempo para destruir los pájaros, las paredes, el tiempo. El tiempo, tiempo después de más tiempo, el tiempo sangrante.
Después el tiempo se funde por el instrumento.
¡Más negros en Roma!
Tiempo. El tiempo. El espacio. En el corazón. En el alma.
El camino: El espacio para destruir el tiempo.
Para volver después: Los pájaros.
El tiempo se oculta en el corazón.
Y grita el instrumento: ― ¡El pájaro! ¡Asesino! ¡Escaleras! ¡Paredes!
Y habla el árbol: ― ¡Los pájaros! ¡El espacio! ¡Roma!
Y el tiempo se oculta de la lluvia.
Escaleras para reorientar en Europa sangrante. Inútilmente el tiempo grita y, para volver, el espacio habla escaleras, escaleras a Roma. Tiempo después, (no más tiempo sino tiempo de la lluvia, tiempo tiempo, el tiempo es asesino de la lluvia) el tiempo habla a Roma y cuando es tiempo de irse, habla las paredes. En Europa: las paredes: las paredes: el tiempo.
El espacio en el alma grita, habla, no habla, no grita. Habla y grita después. Y cuando grita no habla. Grita las paredes que conducen sangrante el instrumento. Habla el camino en Europa (no después del árbol sino después del asesino). No grita las paredes que conducen para no irse del árbol. Grita el tiempo en el corazón sangrante. Y cuando los pájaros se vuelven a la zona, habla.
Para irse: Las paredes de los pájaros en Europa.
El asesino no habla, grita.
Y después el tiempo se oculta en el corazón.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Se prenden las luces y se ven las caras - Saurio



Demasiado dramatismo quizás en tu entrada con un silencio extremo sólo perturbado por el repiquetear de tus tacos sobre un piso de maderas flojas, como requisito de un mediocre guión, entrecortada respirando desencajes faciales, sudando iras arcanas entre bisagras crujientes con hambre de untuoso aceite y yo, nadando entre el lugar común y el asco, en un dormir despierto, con el oído avizor que el desvelo cría, percibiendo tu demasiado mal actuada entrada revólver en mano dispuesta a matarme, por razones que sólo vos o ni siquiera vos conocés o sabés o comprendés, quizás todo sea un malentendido, una confusión como la que una vez nos llevó a posiciones que en otras circunstancias nos hubieran parecido impropias o precipitadas o ni siquiera dignas de ser tomadas en cuenta, pero es que hay vectores que llevan a las cosas a moverse y a estar en determinado sitio en un mismo instante de tiempo para conservar la perfecta armonía geométrica del universo y entonces los torbellinos y las acciones de las cuales nos arrepentiríamos si tuviésemos algo de conciencia, y sin embargo aquí estás, esperando a que despierte porque una vez dije o te dije o creí decir “Mi destino es morir luego de desayunar, inmediatamente después” y vos, que no sos ninguna traidora, esperás, con demasiado dramatismo, cumpliendo paso a paso la mediocridad de un guión que reclama silencio y tacos resonando en un xilófono piso, con vengativa intención de ocultos propósitos, respirando entrecortada desencajes faciales, con una sobreactuación digna del mayor de los escarnios que te lleva a recordar o intuir o suponer que en alguna ocasión dije o te dije o creí decir que decir “Mi destino es morir luego de desayunar, inmediatamente después” y vos, guiada quién sabe si por un código moral o sentido de la justicia o inseguridad o cobardía o ni siquiera eso, no aprovechás la indefensión de mi sueño para cumplir tu propósito y acabar con mi vida y ejecutar tu venganza o cumplir tu misión o cobrarte daños, perjuicios, obras, palabras y omisiones, como la que realmente cometí, porque cierta vez te prometí o creí prometerte o pensé en prometerte escribirte un poema y si no lo hice no fue porque no quisiera sino por la imposibilidad del estómago a soportar poemas de amor o pena o ira o alegre gozo o cualquier otro sentimiento sublime o meridiano pues yo no puedo por más que quiera o desee o me esfuerce en perpetrar una obscena exposición de las partes pudendas de mi alma o psiquis o ego o voluntad o aura o energía vital, como si esto, además, fuese causa o razón o motivo o móvil de tu furia y tu deseo asesino, aunque pocas cosas en el universo tienen una real y verdadera y auténtica y razonable explicación, y entonces demasiado dramatismo en tu espera de mi postergado despertar porque no pienso hacerlo, ni en lo inmediato ni en el largo plazo, sólo observar con el ojo ciego que todo lo mira tus ampulosos gestos y un rostro desdibujando sus rasgos tras borrones de sanguinaria furia como requisito de un guión mediocre para señalar tu arrebatador deseo de venganza por un crimen que no cometí o que creí no hacerlo o que no consideré como tal, porque lo nuestro no fue más que un sofisticado modo de eliminar los súcubos e íncubos que se retorcían prisioneros entre nuestras piernas, una forma elegante de llamar a la lujuria o a la lascivia o la calentura o a la rijosidad o a la fatal atracción que nos lleva a vender nuestras almas por un trozo de carne o un agujero en la misma, y entonces no tiene sentido que vos esperes a que yo abandone mi letargo porque sabés o recordás o intuís o adivinás que alguna vez afirmé o deseé o supuse o enuncié que mi destino era morir inmediatamente luego de desayunar cumpliendo tu barato código de honor de ridícula película de espías o de guerra o policial de conceder un último deseo al condenado o quizás por la ególatra satisfacción de lograr que yo sepa que sos vos y no otra que me mata, como si eso contase o importase o sirviese de algo, en un estático cuadro de pasiones que se prolonga por siglos o décadas lustros años meses días horas minutos segundos, en una sucesión temporal que es demasiado corta para llamarla eternidad pero demasiado larga como para hacerlo de otra manera y entonces sin demasiado dramatismo en tu caída, con un silencio extremo sólo perturbado por el golpear de tu apergaminado cuerpo muerto sobre un piso de flojas maderas, seco de hambre el envase de un encendido arrebato de odio o furia o ira o amor o encono hacia mí, momificada faz desencajada, huesuda mano que aún en tan irreversible estado no suelta el arma homicida, y entonces sí, como consecuencia lógica de la cursileria y la obviedad de este guión mediocre, despierto y con demasiado dramatismo en mi avance hacia la cocina donde entre oscuras infusiones y enmantecados panes escribo o proclamo o pienso o supongo que escribo o proclamo o pienso ésta mi última memoria, pues en cuanto se acaben los cafés y las tostadas moriré tal como es mi destino o mi deseo o mi presunción o mi voluntad o mi única razón de estar vivo.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Libertad de los acontecimientos - Saurio


Una última pregunta: ¿Es Ud. homosexual?
Recuerdo una vez, cuando era joven, que me crucé con un niño, de no más de seis años, montado sobre un triciclo, gritando: "¡Viva la Patria! ¡Viva la Patria!". Fue en ese momento que comprendí que hay vectores que llevan a las cosas a moverse y a estar en determinado sitio en un mismo instante de tiempo para conservar la perfecta armonía geométrica del lugar.
Ud. me oculta información.
Ciertamente. También lloré por la muerte de mi padre, no por tristeza sino porque me sentía obligado a sentir tristeza, porque tenía la tristeza de querer y no poder tener tristeza por la muerte de mi padre, porque me embargaba la tristeza de no ver señales de tristeza en mi madre y mis hermanos, porque fluía la tristeza en gruesas gotas de mis ojos, gotas amargas como la miel, gotas pegajosas, gotas ambarinas, gotas con olor acético, y de mi boca caía una baba verde, de mi boca caía una baba roja...
¿Cuántos años tiene Ud.?
Diecisiete el mes que viene, señor.
¿Y no le parece que es hora que me confiese la verdad?
En ningún momento he faltado a la verdad. Tampoco he mentido. Simplemente, y usted lo sabe bien, me dediqué a manipular ciertas variables para acomodar la realidad a mis deseos. Nada que esté prohibido por la ley, dicho sea de paso.
Sin embargo, el 24 de Noviembre Ud. me aseguró que, durante los sucesos que nos interesan, se encontraba duchándose en la casa del señor Dentaku.
Por supuesto. No siempre tiene uno la desgracia de cruzarse con trece gatos negros simultáneamente. Así que corrí. Tampoco es un crimen tomar té de menta mientras se escucha a los Rolling Stones.
¡Vamos! ¡Si los relojes se la pasan suspirando en los rincones!
Una noche mi padre me dijo: "Hay más misterios en tus dientes que sabiduría en lo que lees". Pero no le hice caso y aquí me ve, picado de viruelas y con siete hijos.
Entonces no me queda más remedio que recordar la paradoja del Infierno, que dice que si el masoquismo es una perversión sexual y las perversiones sexuales son pecados mortales y los pecados mortales se castigan con las llamas del Infierno, y si la esencia de los masoquistas es ser castigado, entonces resulta que el Infierno más que un castigo es un premio, por lo tanto los masoquistas deberían ser condenados al ir al Paraíso.
Yo amaba a aquel pez. Lo llevaba siempre a pasear conmigo, con una correa de seda natural. Pero se murió de sed. Y yo no supe qué decir. En realidad, sí supe. Pero no lo dije. Y ese silencio me resultó fatal. Porque aquella noche, cuando Madame Edouarda me preguntó dónde quedaba la ciudad de Abidjain yo lo único que atiné a contestar fue: "En Costa de Marfil". Y luego me puse a llorar, no por tristeza sino porque me sentía obligado a sentir tristeza, porque tenía la tristeza de querer y no poder tener tristeza por la muerte de mi pez, porque me embargaba la tristeza de no ver señales de tristeza en Madame Edouarda y sus bellas hijas, Yvette e Yvanna, porque fluía la tristeza en gruesas gotas de mis ojos, gotas dulces como la bilis, gotas pegajosas, gotas cerúleas, gotas con olor nítrico, y de mi boca caía una baba naranja, de mi boca caía una baba violeta...
Dígame, ¿cuántos años tiene usted?
Veintinueve el mes que viene, señor.
¿Y no le parece hora que me confiese la verdad?
Son simplemente las siete y cuarto. A las ocho y veinticinco se pondrá el sol y entonces se hará de noche.
Ah. Pero entonces, ¿no fue usted quien asesinó salvajemente a Sir Thomas Baskett, esq.?
Yo creo que es una injusticia negarle un sandwich de sardinas a un beduino. Más aún, deberían agregarle más sal a los ojos y a los labios, o si no todo será en vano. Porque, y usted bien lo sabe, cuando los perros se huelen las colas están buscando al que se tiró un pedo en la casa de Dios, tarea infructuosa ya que el olor provenía del hocico de uno de ellos, que había comido carroña durante la peregrinación. Por eso, el que se acuesta con viejas amanece jubilado.
¡Hijo!
¡Padre!
Una última pregunta: ¿Es Ud. homosexual?
Yo he visto a un caballo fornicando con una mujer,yo he visto a una oveja saltar sobre un arroyo, yo he visto salir la luna siete veces en la misma noche. Pero jamás he visto a los perros orinar en el jardín del viejo Buda.
Sin embargo, el 17 de Enero Ud. me aseguró que, durante los sucesos que nos interesan, se encontraba afeitándose en la casa de la señora Kalajiné.
Siempre te amé, Natalia, y tú bien lo sabes. Nunca te oculté lo que yo sentía por ti. Entonces, ¿Por qué te has casado con Nicolás Montalbán?
¡Acá las preguntas las hago yo!
¡Hijo!
¡Padre!

Un día casi perfecto - Saurio


Mañanitud de tormenta inminente en el centenario parque y todo el olor de agua y eucaliptos llegando en ráfagas intermitentes, como ataques de buenaventura en un páramo de somnoliento aburrimiento y uno cumpliendo el deber de dejar que el tiempo pase sólo porque los relojes indican que aún no es hora y entonces dedicarse a observar como peces, caracoles o quizás simplemente la podredumbre del fondo burbujean la superficie del estanque ondulando en círculos concéntricos, como recordatorio natural de la condición cíclica del presente cuando nada pasa.
Y cuando ya todo es trance dirigir la mirada a unas rocas colocadas en el medio de este gran charco verde y artificial para darnos una idea de islismos jardineriles de planificada urbanización sobre la cual un bichofeo busca rapaz una presa que, al parecer, escasea ya que el negriamarillo pájaro se mantiene inmóvil en su puesto, sólo girando ocasionalmente la cabeza para recibir la escasa brisa plomiza que desde todos los ángulos trae los innumerables ladridos de las jaurías de facto que genera la porteña costumbre de los paseadores múltiples, ocultas algunas de la vista por los árboles y la distancia y otras perceptibles apenas por obra y gracia de la rutina que nos hace invisible lo cotidiano y repetido.
Permanecer en este vacío constante flotando amniótico mientras se toma conciencia involuntaria de cuanto sonido nos rodea en el silencio y que de existir un infierno se parecería más a ésto que a un conglomerado de cavernas en llamas, que no hay peor castigo que esta inmensa quietud de gente que pasa mañanera pateando la basura del domingo anterior, lentos hasta decir basta, atravesando la humedad que si bien no mata jode hasta la nausea.
Y todo podría quedar así sumido en este eterno presente de brisas, ladridos y burbujas en el que ya no importa que el reloj marque el momento de la partida pues en realidad nunca se han movido las agujas y todo es una ilusión pero quiere la entropía que los ciclos del eterno retorno se transformen en espirales y por eso hace entrar a un aprendiz de saltimbanqui tambaleandose sobre zancos como una grulla en alto grado de ebriedad pero con la certeza que en esta quietud espesa la probabilidad de escollos es mínima y controlable, por lo que el futuro funámbulo comienza a tomar mayor confianza en el uso de sus largas prótesis y se anima a realizar proezas hasta ayer impensables no sabiendo o no notando que es esta feliz ingenuidad e ignorancia la que lo lleva a acercarse quizás demasiado a la desgracia encarnada en un grupo de perros que retozan por allí mientras que su líder se fuma algo tras de un árbol varios metros más allá.
Entonces ver al infortunado muchacho iniciar una extraña y arrítmica danza entre los efusivos canes quienes se desgañitan en bienvenirlo en ronda con su acostumbrada sutileza de ladridos y saltos y lengüetazos hasta que logran que la física pueda más que la voluntad humana y no se hace esperar más una caída que merecería más y mejores espectadores que los pocos y aburridos condenados caminantes del parque y el pobre acróbata no tiene más remedio que aceptar como un triste remplazo de los aplausos ausentes al frío y húmedo contacto de quince hocicos que se pelean por olisquearle la entrepierna con una insistencia digna de mejores causas.

El ojo facetado - Saurio


Con guantes de goma naranja y un guardapolvo azul marino una mujer corta el gris de la tormenta inminente mientras cuelga sábanas blancas en la terraza, siete motoqueros esperan nuevos destinos sentados en la grava roja de Plaza Roma, un cafiolo y sus tres putas planifican en un bar de San Martín y Tres Sargentos la noche por venir, en el interno 23 de la línea 152 un tipo aún trata de comprender cómo funcionan las máquinas de boletos y no lo logra, un chico orina contra el paredón del cementerio en Chacarita, tres autos frenan sobre una senda peatonal y a nadie le interesa, la disquería de la estación Palermo llena el aire con una música que uno jamás compraría, un cadete entra distraído a un ascensor sin fijarse que está clausurado con un cenicero de pie y recibe la burla del encargado y amigos, pierden mutuamente la virginidad dos adolescentes en Villa del Parque y por un momento se detiene la lluvia, en San Telmo alguien se pregunta cuál es el sentido de todo ésto y abre las hornallas, aspiran pegamento de una bolsa en Belgrano dos chicos, en Charcas y Thames un encargado conversa con un joven escritor sobre metafísica y temas esotéricos, cantan Aurora en los colegios y como siempre hay un gracioso que le cambia la letra, un perro abre las patas para cagar y se ve tan patético que es muy difícil resistir la tentación de pegarle una patada en el ano, en el Rosedal se canta por diezmilésima vez Rasguña las Piedras pero nadie en el picnic es consciente de este récord, sube al Mitre un ciego y no se le entiende qué dice para despertar nuestra piedad, “Siga tres cuadras derecho y después dos a la izquierda” le indica a un automovilista un almacenero que mataba el tiempo y la ausencia de clientes conversando con una vecina en una esquina de Coghland, un tipo canta Quiero Vale Cuatro aunque apenas tiene un siete de bastos y la suerte le sonríe, en un garaje de Pampa y Ciudad de la Paz se termina de definir el número cuatro de una revista alternativa, vuela el pesado fajo de diarios desde el camión hasta las manos del kioskero, se le cae una pila de platos a un lavacopas en una pizzería de Corrientes y el estruendo detiene todas las conversaciones, un ascensor se queda entre dos pisos y nace una amistad, siempre que pasa junto al cementerio de Recoleta ella comenta que siente olor a muerto saliendo y él le contesta que no puede ser pero la verdad es que el aroma es innegable, en Ciudad Universitaria se reúne un grupo de fans de Viaje a las Estrellas a los que no les importa las miradas socarronas de los choferes del 37 y 160, es un hecho que nadie recuerda entera la letra de un tango, se mete una paloma adentro de una oficina y termina muriendo extenuada de tanto golpear contra un vidrio sin darse cuenta que a un metro de ella había una ventana abierta, la vecina de enfrente no se sabe observada y toma sol desnuda en el balcón, alguien aporrea una máquina de escribir y siente que una luz extraña vence a las penumbras circundantes mientras pone las palabras finales a su novela, la alarma de un coche suena sin parar pero el dueño no aparece, aunque todos saben que se trata de un celular falso el tipo habla con seriedad y como si estuviera cerrando un negocio importante, en el supermercado la música funcional no ayuda a disminuir la histeria colectiva sino que la aumenta, ya es hora que alguien le diga a la vieja del 4°B que baje de una puta vez ese televisor que no se puede dormir la siesta en paz, mezcla detergente y lavandina para limpiar mejor el baño del bar y termina ensuciando mucho más el piso con los vómitos que le produce el cloro que se libera, en un arranque de furia rompe de un puñetazo la pantalla de la computadora y ahora sí que nunca va a terminar a tiempo el trabajo, una gata da a luz cuatro gatitos en un baldío, la botella de cerveza pasa de mano en mano bajo el cielo de Colegiales, el 141 que no viene, hoy es un buen día para vender discos en Parque Rivadavia, pasa un repartidor de pizza en moto y a un peatón se le hace agua la boca, alguien por fin comprende la lógica subyacente en el trazado de Parque Chas pero nadie le cree cuando intenta explicarla, en Jean Jaurés y Córdoba se sienta un buda de incógnito, las referencias evidentes son dichas pero son sólo similitudes casuales, hace cuarenta años que nadie abre esas ventanas por temor a que se escape el luto y los vecinos comenten.
Y,
bajo la lluvia
sobre un banco de cemento
una paloma muerta,
prolijamente muerta,
ordenadamente muerta,
la paloma
sobre un banco
bajo la lluvia.

miércoles, 6 de mayo de 2009

La psicostasia entre los griegos - Saurio


Alcornoque, me decía. O quizás quería decir “al corno que” y se quedaba a la mitad de la oración. O tal vez creía que mi nombre era Al Cornoque. No lo sé. También me decía badulaque, majadero, atolondrado, mentecato, memo, ignorante, zafio, mameluco, botarate, adoquín, mostrenco, papamoscas, mogólico, pelotudo y tarugo. Imbécil no, imbécil era mi ermano. Sí, sin hache. Por eso era imbécil. Si no, hubiera sido himbécil.
La verdad es que me trataba mal. Me gustaría decir que me trataba como a un perro, pero ella a los perros los trataba bien. Bah, a su perro lo trataba bien, demasiado bien. Lo lavaba, lo peinaba, lo masturbaba y, ocasionalmente, hasta lo felaba. Era digna de ver la expresión del afortunado gran danés al sentir las caricias linguales en su glande. Creo que el perro estaba enamorado de ella. Ella no estaba enamorada del perro, de eso estoy seguro. A ella lo único que le interesaba era chupar pijas. Incluso me la chupaba a mí, aunque mucho no le gustaba porque decía que mi leche salía a borbotones y la hacía atragantarse. También me dejaba que se la metiera por el culo y una vez hasta me dejó que se la metiera por la concha. Creo que la embaracé, pero no estoy muy seguro.
A sus hijos los trataba con dulzura. Los dejaba morir de hambre a veces, especialmente cuando tenía demasiados, pero a los que quedaban vivos los trataba con dulzura. Nunca les pegó ni los hizo trabajar. Para eso estaba yo. Yo era el que trabajaba y el que recibía las bofetadas, y los insultos, y las patadas, y los escupitajos, y los latigazos, y los rebencazos, y los chorros de aceite hirviendo. Sus hijos no. Ser hijo de ella era fantástico, creo yo.
Un alcor es un cerro, un collado o una colina. Quizás no me decía alcornoque, quizás decía “alcor Noque” y yo lo interpretaba mal. Pero también me decía ganso, bestia, burro, cabeza de chorlito, cerebro de mosquito, sorete mental, bujarrón, sodomita, puto del orto, soplapitos, tarado de mierda, cretino, bobalicón, inepto, obtuso y sucia rata de albañal. Pero imbécil no me decía. Imbécil era mi ermano. No siempre fue imbécil mi ermano. De chiquito era un genio, resolvía integrales triples como quien se ata los zapatos y a los diez años creó un poroto transgénico con un valor nutritivo cien veces mayor al del poroto común. Pero a los doce se cayó de la escalera y se volvió imbécil. Creo que fui yo quien lo tiró de la escalera, aunque bien podría haber sido cualquiera de mis otros hermanos. Es que éramos tantos que a veces me confundo. Con decirles que una vez uno de mis hermanos se suicidó y estuve siete meses convencido que había sido yo quien había muerto. Bah, también influyeron en mi confusión los gusanos que comían de mi carne. Yo no sabía que hay gusanos que se alimentan de cuerpos vivos, de haberlo sabido no hubiera creído que estaba muerto. Algo yo sospechaba, para ser honestos, pero como ella, además de alcornoque, me decía “zombi”, yo interpreté lo que era una metáfora como una declaración fáctica y supuse que era un zombi. También creí que yo era un cuerpo en pena, que vendría a ser lo mismo que un zombi pero sin patrón y con un sentimiento de culpa. La cuestión es que no me morí sino que tenía parásitos, así que me di un buen baño de kerosén, me tiré un fósforo y dejé que la naturaleza siguiera su curso.
Una vez vino por casa un político, en una travesía de esas que emprenden los políticos para ejercer la demagogia. Nos soltó un discurso rimbombante y nos llenó de esperanza. Bah, eso es lo que creyó él. ¡Qué esperanza podía tener yo con lo mal que me trataba ella! “Rimbombante”. Linda palabra, ahora que lo pienso. Percusiva. ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! Creo que se podría hacer un buen ritmo con ella. Lástima que no me dejaba tener una batería, sino trataba de tocarlo. ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! ¡Rim! ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! ¡Ban! ¡Te! ¡Ban! ¡Bom! ¡Bom! ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! ¡Bom! Y arriba de eso una viola con el riff demagogiadema¬gogia¬demagogia deeem deeeema deeeeemaaagogogogogiaaaa. Y el bajo repite mentecato mentecato mentecato. Sí, y no le quedaría mal una percusión latina con al cor no que alcor no que al corno que al cor no no nono que. Creo que el ser humano aprendió a cantar antes que a hablar, por eso las palabras son tan musicales. Pero ella no me dejaba cantar. Ella era muy mala, a decir verdad.
Creo que por eso la maté. Bah, creo que la maté. No me acuerdo. Pudo haber sido cualquiera de sus hijos o el imbécil de mi ermano quien le cortó la cabeza, pero probablemente fui yo. Al menos yo soy el único de la casa que sabe usar un hacha, así que debo de haber sido yo quien la decapitó. No sé. Lo que sí sé que entre el gran danés y los chanchos se liquidaron el cuerpo. Tal vez alguna porción hayamos comido nosotros. Sí, ahora que lo pienso, hicimos un asadito después de que la maté y no recuerdo haber faenado ningún chivito y, mucho menos, un lechón o un ternero, así que seguramente nos la comimos. No toda, claro, no somos tan bestias como para comerle la cara o los ojos, y los huesos no son muy comestibles que digamos. Bah, también tuvimos una seguidilla de caldos después de su muerte y yo recuerdo que no compramos jabón por meses, así que tampoco es que tiramos sus huesos a la basura. Pero, bueno, los desperdicios sí se los comieron los chanchos y nada de ella quedó sin aprovechar, creo.
La extraño.

lunes, 4 de mayo de 2009

¿Qué es lo que está construyendo? - Saurio



—Terrorífico, lo que se dice terrorífico de verdad —dijo el viejo Venancio luego de bajarse media botella de ginebra de un solo trago— fue lo que pasó cuando yo era chico y vivía en el barrio La Bandarra de Villa Jalfmún. Resulta que se mudó al barrio este tipo, a la casa que llamábamos “La Juaquina”, más que nada porque tenía este nombre en bajorrelieve sobre su entrada. Un tipo raro era el tipo éste, hay que decirlo, flaco, algo bizco y con un ojo más alto que el otro, una palidez verdosa en su piel, pelo grasoso, una cicatriz en el lado izquierdo, medio rengo. Y no saludaba, nunca saludaba. Creo que eso fue lo que más les molestó a la gente del barrio, que no saludaba a nadie. Tampoco hablaba, sólo silbaba, me acuerdo, siempre silbaba lo mismo, una canción que nadie conocía. Tal vez eso también les molestaba a los vecinos, que el tipo vivía en su mundo. Y que era raro, muy raro, el tipo, casi todo el santo día encerrado en la casa, con las persianas bajas y las luces apagadas. Así que empezaron las murmuraciones, “Algo oculta este tipo” decían en voz demasiado alta para ser baja. “Algo nos oculta este tipo”, y siempre alguien comentaba “Se escuchan ruidos, como si estuviera construyendo alguna cosa”, pero qué, qué “¿Qué es lo que está construyendo?” A nosotros, los chicos, no nos dejaban acercarnos a la casa del tipo, lo que significaba que debíamos acercarnos y averiguar qué es lo que hacía ahí adentro. “Me dijeron que tiene una ex esposa en Santa Gregoria”, “Recibe mucha correspondencia, pero no tiene amigos”, “Mi nene vio que tiene una botella de veneno debajo de la pileta del lavadero”, “El mío me comentó que tiene formol como para embalsamar un caballo”, “¿Alguien me puede decir qué es lo que está construyendo?”, “¿Y qué opinan de todos esos paquetes que manda por correo privado?”, “Para mí que anda en algo raro”, “Dicen que estuvo preso por matar a un hombre”, “Dicen que era ejecutivo de una multinacional en Mergonesia y que tuvo un ‘problemita’ con una menor”, “¿Qué me dicen de todas esas revistas que recibe por suscripción?”, “¿Y qué es lo que está construyendo ahí dentro?”, “Por las noches se escuchan gemidos”, “L’otra noche lo vieron en el techo, haciendo señales con una linterna”, “En algo raro anda”, “Sí, en algo raro anda”.
El viejo Venancio le pegó un nuevo trago a la ginebra. Creo que fueron mi viejo, y el viejo de Fito, y el Tano Donato, o el marido de la Keti, los que tiraron abajo la puerta, y el Enri el que le partió la cabeza contra la pared, y la Mónica la que le reventó los ojos con las uñas, y el Moncho el que le quebró la columna con un caño, no me acuerdo si fue la Peluquera o la Gordita de la Despensa la que le cortó los huevos, pero seguro que la que le arrancó los chinchulines fue Doña Encarnación y que la Pirucha fue la que hizo morcillas con su sangre. Y nosotros, los pibes, mientras tanto, nos afanábamos todo lo que el tipo tenía, y el que no podía robar algo se ponía a cagar en el parquet o meaba en los enchufes o rompía las bombitas. Después nos hicimos un asado con el tipo, pero no alcanzó para todos así que tuvimos que salir a cazar algunos linyeras por las vías.
—¿Y qué estaba construyendo el tipo? —preguntó el gordo César, que se moría por decir algo.
—Ah, nunca lo supimos. Probablemente relojes cucús, porque nos afanamos cantidades. Pero entre el saqueo y el incendio que inició la Keti cuando se puso en pedo, nunca pudimos enterarnos bien qué es lo que construía el tipo. Tampoco nos importó averiguarlo, y eso fue lo más raro.

Inspirado en What's He Building? de Tom Waits

jueves, 30 de abril de 2009

Determinismos de la costumbre - Saurio


Una última pregunta. ¿Es Ud. homosexual?
Le diré la verdad. Yo creía que se trataba de un pavo real que, en vez de plumas, tenía flores. Sin embargo, resultó ser una mujer desnuda que cargaba un ramo de rosas. Por eso, creo que destruir los relojes con el único propósito de recordar este momento por siempre es una solución coyuntural y que, a la larga, nos llevará a una guerra fraticida.
Disculpe, pero no me está respondiendo mi pregunta.
Claro que no. Ud. tampoco está preguntando mi respuesta.
Sin embargo, hace sólo dos horas sugirió estar enamorado de su pez.
¡Ah, sí! Pero en ningún momento afirmé haber exclamado "¡Quiero comer tierra!" mientras siete colegialas cruzaban la avenida Pavón cantando "Corré, pintura, corré, corré". Además, ya es demasiado tarde y debo realizar una serie de llamados telefónicos.
¡Oh! Entonces ¿Dios existe?
¡Sí! ¡Y es exquisito con perejil!
¡Hijo!
¡Padre!
¿Por qué tuviste que fornicar con tu madre? ¿Acaso no te era suficiente con tu hermana?
Perdón, pero es un hecho científicamente aceptado que cuando el sol sale por el este es de día y cuando lo hace desde el oeste es de noche. Así que no me venga ahora con sofismas tales como que si lastimamos a quien más amamos entonces curamos a quien más odiamos.
Claro, claro. Sin embargo, también es un hecho científicamente comprobado que no es lo mismo ser oscuro que estar pintado de negro. Por eso, quiero que me conteste de una buena vez: ¿Asesinó o no a Madame Edouarda el 28 de Terriembre de 1427?
Me temo, mi querido Higgins, que Ud. se está confundiendo. Le recuerdo que quien la asesinó ese día fue Ud. y no yo, que lo hice el 27 de Retiembre de 1428. También, ya que lo menciona, fui yo quien le puso mermelada al fonógrafo de Yvette para evitar que su hermana Yvanna continuase quejándose de que sólo escuchábamos canciones amargas y ninguna dulce melodía de amor.
¿Cuántos años tiene Ud.?
Ciento seis el mes que viene, señor.
¿Y no le parece que es hora que me confiese la verdad?
Puede ser, puede ser. Lo que sí es seguro es que me parece que es inhumano negarle un fracaso a un cosaco, y mucho más si no se le adosa una alpargata bigotuda o un televisor destruído. Sobre la costumbre de arrancarle las tetillas a los cornudos con una tenaza al rojo vivo aún no tengo una posición tomada, pero si me llama dentro de media hora mi secretaria le dirá que estoy en una reunión, cuando, en realidad, y Ud. bien lo sabe, me encuentro llorando arrodillado frente al inodoro. Porque, al fin y al cabo, no es ningún crimen mirar la radio de vez en cuando.
Cierto, cierto. Pero no me va a negar Ud. que al colectivo 561 le dicen "La Cucaracha".
No, eso es innegable. Como también es innegable que el gato de Schrödinger no está ni vivo ni muerto sino que está vivo y muerto. Por eso yo he optado por orinarme encima antes que pedirle permiso a la maestra. Pero no se entusiasme, mi querido Hartman, que aún no hemos descubierto quién asesino al decimotercer Conde de Ffwagtington.
Perdone, pero el asesino es Ud. Lo confesó hace cinco minutos.
¡Imposible! ¡Si yo no tengo reloj!
¿Entonces...?
Entonces la verdadera quietud consiste en mantenerse quieto cuando hay que quedarse quieto y avanzar cuando corresponda avanzar, esas son leyes de santidad y justicia. Porque si el corazón piensa constantemente todo se complica, la mujer debe ser como nave de mercader, abrir la boca con sabiduría y la ley de clemencia estará en la lengua. Por eso mejor sería cortar por lo sano y no cantar victoria, que quién más anda más se cansa. Esto siempre lo decía mi madre. Mi padre no. Mi padre decía "Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista, así que hecha tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás". También me decía "No robes al pobre, porque es pobre. Mejor róbale al rico y cuando te acuestes no tendrás temor sino que te acostarás y tu sueño será grato". Y, ocasionalmente, decía "En vano he azotado a vuestros hijos, porque toda la tierra será asolada, pero no la destruiré del todo, ya que vuestras iniquidades permanecerán".
Una última pregunta. ¿Es Ud. homosexual?
No, soy morocho. Pero eso no me es impedimento para tener los cabellos rubios y los ojos claros. Es más, creo que, a la larga, resulta una ventaja. Quien sabía bien de estas cuestiones era mi pez, sin embargo, él murió, dejándome en la ignorancia y la estulticia.
No desespere, siempre es posible aprender de la experiencia.
¿En serio?
No.
Me lo temía.
Yo no. Yo me lo untaba en la tostada. Pero Ud. está evadiendo la cuestión principal: ¿Quién embarazó a las mellizas Yvette e Yvanna?
Quizás fue mi madre, quizás mi hermana. Yo no, yo siempre me abstuve de fornicar con ellas mientras menstruaban. Simplemente me conformaba con mojar el pan en la salsa roja y dulce que fluía entre sus piernas y corría, cual arroyo cantarín, por las cunetas suburbanas y las alcantarillas metropolitanas.
¡Onanista!
¡Animista!

miércoles, 22 de abril de 2009

Dios trabaja de maneras misteriosas 3 - Saurio


Obedeciendo a quizás ilógicas termodinámicas sociales acabar en uno de los cada vez más escasos espacios verdes, cuando con no asfaltar el pantano alcanzaba para no andar añorando libertades de aires no tan buenos y mucho menos puros debidos a la curiosa noción de que creer haberlos inventado justifica cualquier exceso en cantidad y necesidad de colectivos, buscar entre tomadores de sol y secretarias con tuppers la posibilidad de sentarse a solas y en sombras, recordar como siempre la ocasión que estando en un banco bajo una palmera leyendo recibir sobre la cabeza y el libro una sopa verde de clorofila, agua de lluvia y mierda de palomas que quizás por días había estado cocinándose en una de las hojas hasta que el viento decidiese que era hora de servirla sobre un incauto para diversión de turistas japoneses y culos de estatuas ecuestres.
Por lo que terminar por descarte y cobardía en la barranca reconquistada por la tozudez de la gente que ha hecho caminos por donde la lógica de funcionarios y arquitectos no transitaba, enfrascarse entonces en lecturas y alimentaciones como pequeño remanso del stress diario, pensar en la no casual coincidencia de que ambos placeres remitan de una manera u otra a la lengua, navegar por jugos gástricos y paisajes ajenos con ímpetus que desdibujan el tiempo y el espacio circundante y que nos convencen que todo es vanidad y anhelo de vientos, un lugar común en el que uno se queda la mayor parte de la vida sólo por comodidad o ignorancia, como peces en una charca seca que se soplan mutuamente para poder respirar la humedad del aliento.
Y sentir quién sabe cuanto después la contundente irrupción de las cosas exteriores, ver ante uno la presencia de un libro negro acompañado por una mujer demasiado austeramente vestida para ser sensata que ordena con prepotencia devocional Diga ‘Sólo Cristo sana y salva’, mascullar como única respuesta una onomatopeya de fastidio y desconcierto que produce una nueva enunciación del dictamen y la ganancia suficiente de tiempo para que uno regrese por completo a las zonas del aquí-y-ahora y pueda desafiarla con un No quiero que sólo tiene el efecto de generar un vicioso círculo de tercos digasólocristosanaysalvas y noquieros que se prolonga por varios minutos y del que sería imposible salir si no fuese por un redentor instante de lucidez que nos permite retrucar con la simulación de la derrota y el intento de llegar a un acuerdo: Está bien, yo digo ‘Sólo Cristo sana y salva’ si usted antes dice ‘Alá es el único Dios y Mahoma su Profeta’.
Ver entonces a la mujer alejarse sabiéndose vencida exclamando Blasfemo, como si eso realmente importara en el infierno en el que voluntariamente estamos metidos, y darse cuenta que todo ha sido en vano, que el mirar manchas de tinta sobre un papel no produce más sentido, que el estómago no contiene más que una repulsiva conjunción de algo que alguna vez fuera pan, queso, mayonesa y fiambre, mientras que el reloj en la británica torre indica la hora de retiro, el regreso a la vorágine, el fin de los tiempos.

Dios trabaja de maneras misteriosas 2 - Saurio


Sabiendo de la inutilidad del esfuerzo ya que el calor o tedio o ambos lo han mantenido dormido a uno la mayor parte del tiempo y por eso optar por el aire libre para evitar el sopor o por lo menos para mentirse que el intento fue hecho, dirigirse a una plaza cercana para estudiar por tercera o cuarta vez propiedades y reacciones de elementos químicos, recorriendo la tabla periódica con la certeza de que el olvido se hará presente, de que la memoria es un bien no renovable, que sólo será repetir un largo mantra de garabatos y símbolos que nos transportará a regiones absolutamente ajenas al propósito inicial.
Bajo palmeras que se extinguen para dejar lugar a cemento o carteles, presumiblemente reteniendo alcalinos térreos, recibir sobre la página el sucio dedo y la voz que dice de la reacción de formación del carbonato de calcio “He aquí la Esencia del Universo”, levantar entonces la vista hasta una nariz partida y un ojo nublado y recibir nuevamente la afirmación, con la certeza del converso, con la fe del que ha Visto y Sabe, para luego continuar con “Yo era un famoso científico y descubrí la Clave a la Quinta Dimensión, pero Ellos no querían que se sepa, no querían que haya más que Cuatro, y caí en desgracia” y uno contestar con ajaces obvios y claros, qué cosas, entre la fascinación y el temor, sabiendo que todo lo que se pueda decir será poco, que la oportunidad siempre será desaprovechada.
Por eso, escuchar lo más atentamente posible que el Universo que conocemos es sólo una sombra del verdadero Universo, que lo sobrenatural es el nombre de las filtraciones de lo Real, que esta conversación ya había tenido lugar y que aún no ha sucedido, que un reloj que nunca atrasa jamás da la hora exacta, y de repente ver aparecido de quién sabe dónde un amarronado paquete de 43/70’s cerrado y recibir la afirmación que “Sólo un ninja puede abrirlo”, contestar la obviedad de un sí entre dientes sonrientes para escuchar nuevamente y más categórico “Sólo un ninja puede abrirlo”, desconcierto que provoca una tercera versión de la frase más enérgica y entonces comprender o suponer que se lo hace.
Por lo cual quitarle la cinta, rasgar el celofán y romper el papel plateado, con la creencia de la misión cumplida pero sin embargo no, pues tras tomar un cigarrillo la mano devuelve el paquete, como si la propiedad del mismo fuera de uno y no viceversa, cometer pues el error de decir la verdad y perder así un magnífico trofeo e iniciar el final del encuentro, recibir pues un “Debo irme, mañana tengo que estar en Holanda, un Ángel me espera”, quedarse viéndolo alejarse, con andrajoso paso entre oficinistas y miradas de desprecio, y saber que no queda más qué hacer que cerrar el celeste libro ya que es imposible o improbable continuar y que la sentencia está echada y que el fracaso ocurrirá otra vez, como siempre y desde siempre.

lunes, 20 de abril de 2009

Hóng Miànzhào y el demonio Jiānguǐhǔláng - Saurio


Cuando Hóng Miànzhào era un joven monje en la provincia de Tónghuà fue llamado por el maestro Mǔqīn. Este le dijo: A orillas del río Héchuáng, en las afueras del bosque Sēnlín, vive un sabio muy anciano llamado Wàipó. Está muy enfermo y no puede alimentarse por sus propios medios, por lo que necesita que le lleven comida. Te encomiendo esa misión, joven Miànzhào. Partirás esta misma tarde. Hóng Miànzhào respondió: los deseos de Su Merced son órdenes para su humilde sirviente.
Entonces Mǔqīn instruyó a los criados para que preparan una canasta con alimentos, para que Hóng Miànzhào se los llevase al sabio Wàipó. Antes de partir, Mǔqīn le advirtió a Hóng Miànzhào: No te apartes del camino imperial. Atravesar el bosque Sēnlín puede ser muy tentador, ya que tu jornada se acortará a la mitad, pero también es muy peligroso, ya que allí habita el demonio Jiānguǐhǔláng. Si te apartas de la virtud y la rectitud el mal se hará presente. Ya lo dijo el poeta Zuìhàn: Temibles son los senderos de Sēnlín.
Partió Hóng Miànzhào rumbo a la choza de Wàipó. Por varias horas se mantuvo en el camino imperial, firme en su promesa al maestro Mǔqīn. Pero la fatiga y el calor lo llevaron a exclamar: ¡Grande es el cansancio de quien emprende la marcha de los diez mil li! ¡Más me valiera no haber respondido al llamado de mi maestro Mǔqīn! Mas hubo una vez un anciano que me instruyó, diciéndome: Aquel que no está dispuesto a correr riesgos tiene pocas posibilidades de alcanzar el éxito.
Hóng Miànzhào se internó, entonces, en Sēnlín. A las pocas horas se encontró con el demonio Jiānguǐhǔláng pero Hóng Miànzhào no lo reconoció como tal, ya que se veía como un peregrino. Jiānguǐhǔláng le preguntó: ¿Hacia dónde te diriges, joven monje? Hóng Miànzhào le respondió: Voy a la choza del sabio Wàipó a orillas del Héchuáng, en las afueras de Sēnlín. Wàipó está enfermo y necesita que le lleven alimentos. Jiānguǐhǔláng se alegró de oír esto, ya que hacía siglos que quería devorar a Wàipó y la magia del sabio se lo impedía. Con engaños le dijo al joven monje que siguiera por un sendero largo mientras él se dirigió por uno corto hacia la casa de Wàipó.
El asceta, debilitado, dejó entrar con confianza al demonio y fue devorado por este. Jiānguǐhǔláng se disfrazó como Wàipó y se metió en su lecho, esperando la llegada de Hóng Miànzhào.
Cuando el joven monje llegó no notó el engaño, pero más tarde comenzó a sospechar. Hóng Miànzhào le dijo al falso Wàipó: Las orejas de Su Merced tienen un tamaño desmesurado. Jiānguǐhǔláng le respondió: Con mis orejas puedo oír la caída de un alfiler en el palacio Mǐngdǐngdàzuì y el salto de una pulga en Tiàozǎo. Si puedo realizar con ellas estos prodigios, bien podré escuchar lo que tengas que decirme. Hóng Miànzhào replicó: También los ojos de Su Merced tienen un tamaño desmesurado. Jiānguǐhǔláng le respondió: Con mis ojos puedo ver a los gusanos de seda tejer sus capullos en Jiāngcán y a la princesa Měishàonǚzhànshì en la Luna. Si puedo realizar con ellos estos prodigios, bien podré ver lo que tengas que mostrarme. Hóng Miànzhào insistió: Y los dientes de Su Merced también tienen un tamaño desmesurado. Jiānguǐhǔláng le respondió: Con ellos puedo devorar de un bocado a un búfalo de agua y al enorme dàxiàng. Si puedo realizar con ellos estos prodigios, bien podré comer a un insignificante bocado como tú.
Dicho esto, Jiānguǐhǔláng abrió sus fauces y se tragó entero a Hóng Miànzhào.
Quiso el Cielo que en ese momento la diosa Qiáofū se encontrase paseando por Sēnlín y que escuchara los gritos de terror de Hóng Miànzhào. Presta acudió con su hacha de plata y abrió de un tajo la barriga del demonio Jiānguǐhǔláng. El joven monje y el anciano asceta salieron con vida del interior del monstruo y agradecieron a la diosa. En su honor levantaron un templo a orillas del Héchuáng.
Cuando se enteró de esta historia, el poeta Zhāngláng escribió: Tocar mi laúd entre los cerezos me regocija, pero más placer me causa lo sucedido con Hóng Miànzhào.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Cicatrices - Saurio


Con la maravillosa impudicia en que lo obvio se nos hace primero evidente y luego iluminación caemos en la cuenta de la involuntaria función del ferrocarril como preservador de estados previos a lo urbano. Y luego de esto ver cómo asoma la pampa que se oculta bajo la metrópoli, ya sea por necesidad de espacios ampliamente vacíos para guardar vagones o porque los yuyos crecen donde hay un poco de tierra o porque se le permite al señalero criar cabras bajo el puente para aplacar el aburrimiento y tener carne fresca para el asado.
A todo esto agregarle la cicatriz de las medianeras no pensadas para ser vistas sino para darle la espalda a un conglomerado de basura, enredaderas, ratas y pasajeros, y tener un panorama del dobladillo de la ciudad en el que son detectados los hilos que cosen las calles y mantienen en su lugar los edificios, que si así no fuera todo saldría volando por obra y gracia de la rotación terrestre o las topadoras municipales.
Y con esta epifanía bajar en una estación que de tanto mantener la altiva elegancia del pasado muchos creen que está abandonada, descender las escaleras postizas por la avaricia de propietarios que han preferido alquilar el hall para fiestas privadas antes que dárselo gratis al usuario, cruzar el empedrado de Dorrego y esquivando los azapallados residuos fecales de perros vegetarianos bordear la cancha de polo acercándose a la sastrería para ver venir a una mujer corriendo lentamente en una eléctrica desesperación, como quien está apurado por cometer una travesura o debe cumplir con un horario que no se rige por la lógica de los relojes, verla detenerse con la misma irracional convicción de que la prisa es fundamental para llevar a cabo su propósito y por eso debe embutir su campera en un hueco de un tronco y debe sacar una bandeja de carne picada de una de sus bolsas y debe armar amorfas albóndigas y debe arrojarlas al techo de tejas con fuerza y sin pausas mientras profiere secos y cortantes “Mish! Mish! Mish!” como gritos de guerra de un arte marcial que aún no conoce punto cardinal ni razón para su existencia salvo el acto de existir. 

martes, 9 de diciembre de 2008

Ser de luces - Saurio


Calores cada vez más persistentes se adhieren al asfalto como larvas de algún chicle imposible transformando el laberinto de tumbas en espejismos sin desierto y el Muerto Paradigmático que fuma y sonríe desde el bronce mientras recibe la devoción de miles de fieles que lo han transformado en un santo o algo así, todo en conjunción con la efigie de una anciana milagrera que metros en diagonal más allá contempla desde lo alto como sus devotos compiten en arrojarle ramos de claveles y rosas, en un silencio que ensordece y una luz dominguera que endurece los grises y ajeniza los rituales de agradecimiento por los favores recibidos, como si embocar flores o encender cigarrillos a estatuas entornase siquiera las puertas del Paraíso o al menos detuviese las zozobras de lo cotidiano, y sentirse entonces un intruso entre iniciados, alguien que mira desde lejos y con sorna, con la ignorancia que da el conocimiento, preguntando lo obvio y sin respuesta bajo brillos filosos y temperaturas babosas.
Intentar siquiera poder conjeturar fragmentos infinitesimales de los pensamientos de quienes se acercan chuecos desde el crematorio tan sólo para depositar la palma de una mano sobre el bronce y persignarse con la otra o exclamar plegarias improvisadas y en este intento ser atrapado por apasionados que pese a ver una cámara de video siguen convencidos que uno es un periodista radial, escuchar diatribas sobre traiciones culturales y tiempos pasados que fueron mejores o por lo menos no tan peores, recibir estampitas de un gordo sudado que quizás lo insulta a uno en clave y que denomina al ídolo fatídico un “ser de luces”, para terminar siendo víctima de un tour caótico por tumbas célebres llevado de la mano por una anciana que relata con la certeza que le da la fe milagros realizados tras la muerte por aquellos que la historiografía oficial sólo recuerda como cantores o poetas, y entonces adquirir repentinamente una iluminación que permite comprender por fin que no miente aquella adolescente cuando afirma haber llorado de pena cuando tenía dos años al ver la foto del Muerto en la portada de un disco y que eso la llevó a descubrir que ella era la encarnación de aquella noviecita que Él dejase en el Abasto cuando partió a seducir a Madame Yvonne, ni que exageran o rozan el morbo quienes afirman haber sobornado cuidadores para ingresar nocturnos en la cripta y llevarse un trozo de mortaja o un diente suelto o una falange, y tras esta iluminación salir a afirmar, con la furia de un profeta, que es verdad tanto su fallecimiento en el accidente aéreo como que aún hoy está vivo, oculto en alguna parte de algún país limítrofe, centenario, deforme y sin mandíbula, sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso, tomando mates celestiales con próceres y futbolistas, ganando siempre en un hipódromo de ultratumba y que pasa su eternidad repitiéndose como un mantra, para nunca olvidarlo, que él cada día canta mejor.

sábado, 6 de diciembre de 2008

La ebriedad de los mándalas - Saurio


Considerar la posibilidad de volarle de una patada la cabeza a una paloma al pasar, sólo como una demostración de que la crueldad casual es posible, y perderse en la imaginación de caras airadas de alimentadores y transeúntes que aman a un animal inmundo que engorda cucarachas con su mierda, divertirse en llevar el asunto a niveles mayores, iniciar una cruzada colombofóbica, promover la extinción de una plaga con mejor marketing que los útiles murciélagos, y en este sangriento paladear atravesar toda la plaza, con un sol crepusculeando en gris y naranja bajo la sombra de árboles de nombre desconocido, a metros del punto donde coinciden tres barrios disímiles, entre escapes colectivos, practicantes de tai chi chuan y picados en los polvorientos caminos, observar como siempre y desde siempre el culo erecto del bebedor de mármol brillando en la fantasmal luz, como un ojo acusador de sinsentidos o meridiano de puntos neuróticos, y allí olvidar la masacre para pasar a la orgía, cientos de mendigos borrachos tentados a la sodomía con una estatua andrógina que se ofrece sensual y falsamente inocente, hacerse la imagen de los rostros de los pasajeros de colectivos que recorren profusamente dos de las aristas de la plaza quienes observan horrorizados o incrédulos algo que parece absolutamente imposible que ocurra y de hecho es así.
Hundido en esta marisma de enfermos pensamientos sentir de repente y a espaldas una vibrante voz micrófona acompañada por chinchines, tambores y un zumbón órgano portátil de nombre impronunciable, descubrir que uno se ha convertido en involuntario bastonero de un desfile de hare krishnas, que cantan en sánscrito, aunque uno nunca sabe con gente que llama suntuosa cena vegetariana a un miserable plato de plástico con un puñado de arroz frío y porotos negros o lombrices picadas, apurar el paso y comprobar que ellos hacen otro tanto, intentarlo nuevamente y ver que tal acto es imitado, y así seguir en este juego de aceleraciones por más de cinco cuadras, brindando un extraño espectáculo a los que transitan a pie o en auto la avenida quienes no saben si reír o llorar al ver a un pobre idiota corriendo seguido por una multitud de pelados en túnicas naranja que trotan y cantan.
Sólo la brutal irrupción de un sesenta que avanza con la cegata convicción de los rinocerontes pone fin a esta persecución de cine mudo, que la rueda del bondi es más temible que la del karma, o simplemente sea aburrimiento o casualidad.
O tal vez sea que en este mundo hay vectores que llevan a las cosas a moverse y a estar en determinado sitio en un mismo instante de tiempo para conservar la perfecta armonía geométrica del universo, como cuando uno ve desde la calle a un japonés durmiendo en un sillón en el lobby de un hotel mientras un carnicero con su delantal manchado de sangre espía a través de la cortina metálica de su negocio.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Un sueño ochentoso - Saurio


Soñado el 19 de mayo de 1986

Estoy parado en una esquina de Valentín Alsina o de alguna ciudad suburbana similar. Cada vez que piso con fuerza y me concentro comienza a aparecer un charco de agua sulfhídrica alrededor de mis pies descalzos. El charco se evapora ni bien saco los pies. Curiosamente, no tenía el clásico olor a huevo podrido.
El charco que estaba haciendo crecía y ya catarateaba dentro de una alcantarilla cuando aparece Isaac Asimov y me comienza a retar. Creo que me recrimina porque supone que me meé encima. En la calle hay mucho tráfico y le hago señas de que no lo puedo oír, pese a que lo escucho perfectamente. Por alguna razón, esta incomunicación me permite patotearlo:
—A vos, ¿qué te pasa, eh? 
Asimov se olvida de su enojo:
—No, nada, no pasa nada. —Se pone miedoso y servil, me invita a tomar algo en un bar. 
Me sirven un vaso de soda pero yo no tengo ganas de tomar nada, ni sentarme quiero, pero lo acepto. Cuando estoy por pegar el primer trago veo que hay una colilla de cigarrillo flotando en la soda. 
—Disculpe —le digo a Asimov y la saco. Vuelvo a intentar tomar la soda y descubro una caja de fósforos en el fondo del vaso. Me enojo. —Esto es demasiado para mí —digo mientras dejo el vaso en la mesa. Asimov me comenta algo sobre el mal servicio y luego empieza a burlarse de lo mal que dibujo. 
Salimos del bar y aparecemos en la vereda de la cortada Uriburu, en Adrogué, donde yo había dejado uno de mis cuadros secándose, porque lo que realmente estaba haciendo era pintar y no encharcar las aceras con SH2. Descubro que me robaron el cuadro. Le digo a Asimov (que para ese entonces había rejuvenecido unos cincuenta años) que corra para un lado y yo para el otro, así atrapamos al ladrón. Después de una cuadra o dos me doy cuenta de la inutilidad de mi plan y me pongo a llorar.
En la calle hay unos pibitos jugando. Les pregunto si vieron al ladrón. Una nena rubia me contesta con evasivas y fantasías. En la calle no hay casas sino negocios y están, por supuesto, cerrados. Me acerco a uno y pienso en el grupo neo-pop “Hilda” pero no sé por qué. No toco el timbre porque es de noche y voy a despertar a alguien. Alrededor del negocio hay un pequeño abismo pero sé que si caigo no pasa nada porque estamos bajo el agua. Lentamente despierto, quiero llorar por haber perdido el cuadro y por tener que pintarlo por tercera vez (?), pero no lloro. Luego me avivo de que todo fue un sueño, de que el original descansa sobre un atril y que no está terminado. Giro sobre mí mismo en la cama y tranquilo, vuelvo a dormir. No recuerdo lo que sueño después. Eso pasa.

domingo, 30 de noviembre de 2008

A mil la tre globa a mil - Saurio


Eternamente ronco podría decirse si no fuera porque eternamente es demasiado tiempo incluso para alguien que se emperra en una descripción por años y años y años, vendiendo globos semisentado en una baranda junto a las vías en la estación 9 de Julio de la línea D, con un omnipresente pucho en la comisura de sus labios colgando a punto de apagarse, contrabajeando con la pasión de una pizza mojada por la lluvia una letanía que tras varios días de escucha atenta puede ser interpretada como “A mil la tre globa a mil” aunque uno nunca sabe y quizás está diciendo otra cosa, quizás invoca a un demonio subterráneo y entonces los globos sostenidos inflados entre los dedos, la mirada amarilla y tal vez tuerta, la indolencia contra la boca del túnel y la eternidad de la presencia no sean más que un camuflaje, una cortina de humo para tapar su satánica misión, o quizás su frase sea “A mil la tre bomba a mil” y eso signifique una clave para cómplices en acciones terroristas disimulados entre la multitud que cada cinco minutos vomitan los trenes, lo cierto es que los mil a los que se refiere pertenecen a una unidad monetaria que ya hace demasiados años que no existe pero que la costumbre mantiene en uso, como inevitabilidad del karma de vivir en medio de un torbellino semiótico donde nunca nada significa siempre lo mismo o parecido.
Y con la misma fatalidad en que uno descubre que se ha tragado un diente encontrar el hueco de aire y entonces pensar en el final inevitable, ya que con sólo reclinarse un poco hacia atrás bastaba para viajar unos metros en la parte de afuera del subte y terminar convertido en un desparramo de sangre, tripas y basura, posibilidad que se mantiene en vilo y en el olvido hasta que es a la vez refutada y confirmada varios años más tarde al encontrarlo sin piernas ni un brazo en Constitución solicitando con su bramante rallador un poco de piedad monetaria de quienes siguen pasando sin mirarlo ya sea que venda globos o mutilación.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Mercado Retiro - Saurio


Cubiertos con unas sábanas blancas manchadas de sangre descargan medias reses de un camión y entran a la carrera, cegados por la inercia del peso del cadáver. La sierra mecánica aúlla y el aire se corta (la carne lo imita, para no ser menos). Los verduleros acomodan los colores vegetales, alcanzando sin proponérselo geometrías que aún hoy intrigan a los matemáticos. Las escobas van y vienen para que el piso no intranquilice la conciencia de los inspectores de salubridad. Entran y salen carros y cajones, botellas de gaseosas, cartones de leche, bandejas de yogures, paquetes de galletitas. Prestan juramento de fidelidad las balanzas. Un cuchillo rasga el envoltorio plástico y el queso disfruta los breves instantes de libertad antes de acabar en fetas. El carnicero afila su cuchilla en una barra de hierro y sonríe. Una vecina madrugadora espera con sus bolsas vacías a que salga el último baldazo espumoso. Las persianas metálicas se alzan. El mercado saluda a una angosta calle San Martín repleta de autos.

Y luego vienen gobiernos con fiebres neoliberales y del mercado no queda más nada.