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lunes, 8 de abril de 2013

Profesor se orina en un bar - Alejandro Ramírez Giraldo


Después de la quinta cerveza, el profesor de literatura Duilson Horosco no aguantó más las ganas de orinar y se dirigió casi corriendo al baño, pero al llegar se encontró con una fila de más de siete personas. "Todos los viernes intento ser disc jockey en el bar Bantú y me pagan con cervezas". De hecho, hace siete años que lo hace y es amigo personal del dueño del bar. "Nunca pensé que hubiera tanta fila, en varios años nunca me había pasado. De haberlo sabido no hubiera aguantado tanto y habría hecho fila antes, pero es que siempre estoy pensando en la próxima canción y no me puede ausentar mucho tiempo porque alguien llega y me trastoca todo". Y el resultado fue desastroso: faltaban sólo dos personas cuando empezó a orinarse. "Pensé que si soltaba un chorrito imperceptible se me aligeraría un poco la vejiga, pero el efecto fue contrario y empecé a orinarme sin poder evitarlo". Cuando entró al baño orinó unas cuantas gotas y pudo ver que la parte delantera del pantalón era un desastre. "Volví a mi rincón a poner música, le pedí prestado un buzo a una amiga y me lo amarré en la cintura por delante, como si fuera un delantal". Entre la oscuridad y la ebriedad casi nadie se dio cuenta. Cuando llegó a su casa a las dos de la mañana, borracho y tiritando de frío, se asombró de que su perro no saliera a recibirlo. "Lo encontré dormido en el corredor, pero sabía que estaba fingiendo. Luego me compadecí del olfato del pobre animal y me fui a bañar".

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

viernes, 30 de marzo de 2012

Requiescat In Pace - Alejandro Ramírez Giraldo


Les he dicho hasta la saciedad que no me gustan los entierros y mucho menos las ceremonias religiosas. Todos de negro, llorando, recordando al difunto... y otros allí simplemente por obligación o cortesía. Este entierro no es la excepción. No asistiré. Sé perfectamente que es el entierro de mamá, pero eso no cambia el desenlace de la comedia. Mis hermanos han intentado convencerme: es mamá... es la última vez... podrías al menos fingir... la despedida. Nada. Ninguno de esos argumentos me convence. Puede ser cruel mi percepción, pero es mi perspectiva del asunto: una persona que vivió lo que tenía que vivir y falleció (da la casualidad que es mi madre), le organizan una ceremonia religiosa para abrirle las puertas del cielo (da la casualidad que los sacerdotes no saben fingir) y luego inhuman su cadáver en el cementerio (da la casualidad que es un recurso prosaico). Les he pedido el favor que no insistan más, que voy a quedarme en casa leyendo. Porque si voy no haré más que reírme de tanta hipocresía y será peor el espectáculo.

Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

martes, 1 de septiembre de 2009

El ermitaño milagroso - Alejandro Ramírez Giraldo


Un hombre licencioso se acercó hasta la cabaña del ermitaño y le pidió en tono suplicante:
—Santo hombre, vengo a solicitarle un milagro. Estoy gravemente enfermo y me siento cerca de la muerte. He dilapidado mi vida en el alcohol, las drogas y las fiestas. Descuidé a mi familia, no vi crecer a mis hijos y mi esposa no recibió el afecto que merecía de mí. Han sufrido conmigo, he sido un lastre en sus vidas, un peso insoportable del que han buscado deshacerse de todas las formas. Pero quiero vivir, quiero intentar recuperar el tiempo perdido, reconciliarme con mis hijos, con mi mujer, con la vida. No quiero morir en la cama, postrado sin fuerzas, sino luchando por los seres a los que nunca amé como debía.
El santo ermitaño meditó durante un instante y luego respondió:
—¿Has pensado en tu familia? ¿Acaso no eres consciente que tu muerte es un milagro para ellos?

Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

miércoles, 26 de agosto de 2009

Terapia para recuerdos invasivos - Alejandro Ramírez


El psicoanalista ha diagnosticado que me aqueja un recuerdo invasivo que ha empezado a ocupar de manera tormentosa todos los resquicios de mi vida. Pienso en ella cuando me acuesto, cuando me levanto, de camino al trabajo, en el trabajo, mientras veo televisión, cuando estoy con mi nueva esposa, cuando estoy sin ella, etc. Es un recuerdo despótico, avasallador e intolerante con las nuevas circunstancias.
El psicoanalista dice que va a aplicar en mí una terapia postmoderna y novedosa para luchar contra ese recuerdo opresor. Dice que va a reemplazar todos esos recuerdos de una manera artificial, pero eficaz, con la ayuda de mi nueva esposa. Vamos a reconstruir todas las escenas más importantes de mi antigua relación hasta que el inconsciente identifique a mi nueva mujer y lentamente sustituya al personaje (y todos los recuerdos) hasta que lleguemos al momento culminante de mi desgracias en el cual, si todo va bien, tendremos que darle un final diferente.
Empezamos con el día en que nos conocimos. He intentado ofrecerle la mayor cantidad de detalles posibles para poder reconstruir exitosamente esa primera cita. El lugar, los atuendos del día, nuestros estados de ánimo, la conversación y el inicio de una hermosa y próspera relación. Luego reconstruimos el día de nuestra boda, el nacimiento de nuestro hijo, el viaje de vacaciones a Cancún, el día de la adquisición de nuestro apartamento, etc., hasta la última escena, el día en que la asesiné.
Mi psicoanalista corre por todo el lugar intentando coordinar todos los detalles y puedo jurar que se siente dirigiendo una escena de Hollywood. Hemos planeado la reconstrucción de esta escena minuciosamente. Mi nueva esposa y yo debemos encontrarnos en el centro comercial y caminar hasta el apartamento (sin discutir y sin mencionar la palabra infidelidad); prepararé la cena como de costumbre (sin arsénico en el vino); iremos a la cama y haremos el amor (sin que ella me destroce la espalda con su uñas) y al día siguiente despertará sonriente a mi lado (no fría y obsesiva, abrazándome casi hasta la asfixia).
En ese momento, dice mi psicoanalista, quedaré liberado de esos recuerdos opresores y podré continuar mi nueva vida.

Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

martes, 21 de julio de 2009

Cuarenta años de prisión - Alejandro Ramírez Giraldo


Aquella noche discutí con mi esposa y nos acostamos enojados, en orillas opuestas de la cama. En un juego siniestro del inconsciente, el sueño de esa noche fue sobre lo mismo: discutimos durante horas y nos desahogamos de todas las mentiras y falsedades de nuestra vida matrimonial; después de una acalorada discusión me agredió y me pasó por la cara sus afiladas uñas; yo intentaba calmarla y le rogaba que habláramos, pero ella seguía golpeándome y dejando el doloroso rastro de sus uñas por todo mi cuerpo. En un momento dado no soporté más y fui a la habitación por el revólver mientras me perseguía porque intuía el desenlace. Con un sólo tiro la maté. Los vecinos, alarmados, llamaron a la policía y me capturaron en la escena del crimen con el revólver en la mano y con la confesión en los labios. En poco tiempo se instruyó el sumario y el fiscal pidió la pena máxima por lo que consideró un homicidio doloso. El juez finalmente me condenó a 40 años de prisión.

Lo que más me preocupa es que he purgado 13 años de la condena y no he podido despertar. Me pregunto si será necesario que cumpla la pena completa para poder salir de este sueño absurdo. Lo que sí me agobia profundamente son las aburridas noches de reclusión que me producen azarosas pesadillas; hay una en especial que me acosa sin tregua y me ha hecho perder el sosiego: sueño que despierto y la encuentro al otro lado de la cama.

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

viernes, 10 de julio de 2009

Condiciones climatológicas - Alejandro Ramírez Giraldo


Sólo quien vive en el trópico pueden entender que es posible que llueva en cualquier momento del día. En un día soleado y despejado, sin previo aviso y sin necesidad de un fenómeno meteorológico importante, se viene un aguacero de grandes magnitudes.
Yo, por ejemplo, creí durante mucho tiempo que vivía en la ciudad más lluviosa del mundo. Siempre estaba lloviendo en el sector donde vivía, estudiaba, trabajaba o simplemente me divertía. No era raro que pudiera mirar desde la terraza del lugar donde estuviera que en el resto de la ciudad no llovía y que incluso hacía un calor canicular. Pero nunca me atreví a pensar en cosas extrañas porque no soy un hombre propenso a ideas esotéricas.
Mas con el paso del tiempo empecé a percatarme de mi extraña realidad. Y no sólo yo, también las personas de mi círculo: siempre llovía donde yo estaba. Sumamente extraño, sí, pero esa idea la despojé de todo manto de superstición.
Aunque era posible observar una enorme nube siguiéndome por toda la ciudad: estuviera en la casa, en el trabajo, en la universidad o simplemente tomándome unas copas con algunos amigos. Y debido a eso mi closet se llenó de chaquetas, bufandas, guantes y paraguas.
Poco a poco la situación se complicó. Aunque ya me había acostumbrado a la lluvia no dejaba de estar constipado la mayor parte del tiempo. Además una recurrente neumonía comenzaba a complicarme la existencia. Pero todo eso era soportable con relación a lo que luego sucedió: la nube empezó a encogerse lentamente hasta convertirse en una minúscula mancha gris en el cielo. ¡Gracias a Dios!, grité, se acabó esa extraña persecución. Qué tonto fui, no era más que el principio de otra persecución más despiadada: esa minúscula mancha gris empezó a asolarme a mí sólo... siguiéndome sin sosiego adonde quiera que fuera... mojándome sin compasión... haciéndome llevar siempre ropa de invierno y el paraguas abierto... y obligándome a la ridícula situación de tener que esperar en una acera el cambio de luz del semáforo, sosteniendo el infaltable paraguas y tiritando de frío, mientras a mi alrededor (¡a sólo unos centímetros de mí!) la gente lucía ropa de verano y me miraba con suspicacia como a un apestado fugitivo.
Además a esa minúscula mancha gris últimamente le ha dado por ensayar con las tormentas eléctricas.
Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

miércoles, 6 de mayo de 2009

La gallina vieja - Alejandro Ramírez Giraldo


Era la gallina más vieja y nadie la quería en el gallinero. El granjero decía que ya no servía porque no ponía huevos y estaba demasiado vieja y dura como para servirla en un plato de comida; pero la dejaba estar porque a veces le era útil para empollar otros huevos, mas no le daba su porción de semillas y la obligaba a esperar a que las demás comieran para ir a rebuscar algún sobrado. Las gallinas no le hablaban y la dejaban aislada en un rincón del gallinero; cuando necesitaban que les ayudara con algún huevo, le hacían saber que debía sentirse agradecida. De este modo, la gallina debía permanecer la mayor parte del tiempo recostada en su cama de paja o salir a caminar por el gallinero cuando las demás estuvieran acostadas.
Pero la gallina vieja no se resignaba a morir así. En otra época había participado activamente en el gallinero, había sido bastante prolífica en la producción de huevos, había organizado brigadas de protección contra los zorros y establecido métodos para ocultar la mitad de los huevos al granjero. Ahora deseaba con vehemencia recuperar el liderazgo en el gallinero, pero para ello debía planear una estrategia inteligente.
Una mañana se levantó temprano y recorrió el gallinero diciendo en voz alta que había percibido claros indicios que anunciaban desgracias. En tono dramático les anunció, ante el fastidio e indolencia de las demás, que pronto caería una peste en el gallinero que acabaría con la vida de más de la mitad de los polluelos; poco tiempo después, siguió, el granjero vendrá por una gran cantidad de nosotras para entregarnos asadas en un festín familiar y, esa misma noche, los zorros aprovecharán el descuido del granjero para acabar con nosotras y sólo sobreviviré yo... y las que estén de mi lado.
Nadie le prestó atención, por supuesto. Simplemente la dejaron hablar. No obstante, la gallina vieja no se sintió desilusionada pues estaba convencida de que había hecho lo correcto y que en cualquier momento volverían a requerir su liderazgo.
Poco tiempo después una enfermedad mató 23 polluelos en una sola noche. El gallinero se convirtió en un caos total y el granjero retiró los cadáveres y fue a toda prisa por el veterinario. Éste determinó que se debió a un brote de encefalomielitis aviar y ordenó un riguroso aseo además de vacunar los animales sobrevivientes.
Después de esto la gallina recuperó el respeto de otrora. La volvieron a mirar con condescendencia y consultaban con ella cualquier opinión, lo que aprovechaba para coordinar y mandar a su antojo. En todas las gallinas se percibía la angustia por lo que restaba de las predicciones: el festín del granjero y los zorros. Pero la gallina las tranquilizaba diciéndoles que era imposible saber con exactitud cuándo ocurriría, así que lo mejor era no perder la calma.
Cierto día, la gallina caminaba plácidamente por el patio del gallinero cuando percibió un extraño trajín en la casa del granjero. Sacaban muebles, entraban sillas, adornaban paredes... Se angustió al pensar que podría hacerse realidad su profecía. Pero prefirió guardar silencio para no atemorizar más a las gallinas, entre otras cosas porque nada podían hacer contra los deseos del granjero. Quiso decirle a unas cuantas para que se escondieran a tiempo, pero sabía que era injusto con las demás. Por lo tanto permaneció impasible cuando el granjero, la esposa y una ayudante de cocina vinieron y se llevaron, entre agudos gritos de dolor, 15 de las mejores gallinas.
Ahora nadie dudaba del poder de la gallina. Recordaban las dos profecías anteriores y pensaban en la tercera: vendrán los zorros y sólo sobrevivirán los que están de mi lado. Inmediatamente todo el gallinero se puso a su disposición para organizar una forma de defensa contra los zorros. Mas la gallina vieja respondía con evasivas porque no se le ocurría cómo podían evitar el feroz ataque de los zorros. Según la profecía todo el gallinero debía sobrevivir porque estaban sumisamente dispuestos a cualquier requerimiento que pronunciara la gallina.
A medida que anochecía se incrementaba la zozobra de la gallina. No sabía cómo tranquilizar el gallinero pues cualquier parte de tranquilidad era naturalmente falso. Recorría incesantemente el gallinero agarrándose las alas en pose de profunda meditación. Se sentía desolada.
Cuando ya el granjero disfrutaba de un desaforado festín, la gallina vieja se ofreció a iniciar la vigilancia para conjurar un ataque. Se montó encima de un palo desde donde podía ver mucho mejor el prado y empezó a escrutar atentamente el horizonte. El primer síntoma de la tragedia fue un aullido lejano... que se fue acercando progresivamente. Para ese momento ya estaba convencida de que la tercera profecía se haría realidad. Lentamente los zorros empezaron a rodear el gallinero y ella soportaba el asedio sin pronunciar un solo grito de advertencia. Cuando los zorros estuvieron lo suficientemente cerca para el asalto, la gallina vieja se tiró del palo y se paró al frente de la puerta. Había decidido ser la primera en ofrecerse al sacrificio porque temía que se cumpliera su propia profecía y sólo sobreviviera ella a la masacre.


Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

domingo, 26 de abril de 2009

Crimen en el seminario- Alejandro Ramírez Giraldo


Después de las oraciones de laudes el Padre Maestro me llamó a su despacho mientras mis demás hermanos desayunaban. Me dijo, bajo reserva, que en los últimos días habían asesinado a dos hermanos y que la comunidad no lo sabía. Necesitaba de mi colaboración pues todos mis hermanos hablaban muy bien de mi aguda capacidad de observación, de mi inteligencia y mis dotes para la deducción. Quería que descubriera al asesino y ojalá antes de la oración de completas.

Recorrí todo el seminario, los observé a todos mientras oraban o comían, escudriñé la biblioteca y comparé las huellas de todos.

A la hora de la oración de completas le hice la relación de todo lo que había hecho. No había descubierto nada, el asesino parecía muy inteligente y no había dejado ningún rastro; además no lograba comprender ni él móvil ni la relación de los dos crímenes anteriores.

Antes de retirarme le dije que había encontrado un papel en la biblioteca y se lo entregué. En él yo había escrito, encriptándolo todo según la técnica del prusiano Friedrich Kasiski, la confesión de mis crímenes. Dudaba de su inteligencia.

Hacia la hora de las oraciones de maitines me metí en su cuarto y descubrí que había descifrado la mitad del mensaje. Al amanecer el Padre Maestro apareció muerto.


Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

viernes, 24 de abril de 2009

Amor a la ciencia - Alejandro Ramírez Giraldo


Después de obtener el más alto grado en la academia, me encerré como un monje a trabajar en el laboratorio.
Ya que mi campo de acción son los estudios genéticos, el Instituto de Investigación me asignó dos asistentes que prácticamente convivían conmigo. Fue así como me enamoré de Sara. Pasábamos juntos mucho tiempo entre tubos de ensayo, matraces, microscopios y morteros, y terminamos forjando una intimidad que creció hasta convertirse en una relación sentimental. De esta forma, en el día nos limitábamos a la relación profesional y en la noche, en el comedor y la cama, éramos pareja.
Un tiempo después, cuando nuestra relación había alcanzado una solidez inimaginable, Sara me confesó que quería un hijo. Estaba extenuada con la monotonía del laboratorio y quería un nuevo ser que alegrara nuestras vidas.
Quedé conmocionado varios días. Los hombres de ciencia somos egoístas y sólo nos importa la investigación de turno. No vemos quién está a nuestro alrededor ni en qué época del año estamos. En los días siguientes Sara me insistió de una manera tan tierna y prudente que terminé por ceder y programamos minuciosamente el embarazo.
Después de la larga gestación, el niño nació sin problemas. Sara abandonó el laboratorio y se dedicó a su crianza. Ella estaba muy feliz, y yo, la verdad, permanecía indiferente. Me contaba en las noches los recientes progresos del niño y yo la escuchaba mientras pensaba en la última reacción fallida o en cómo modular el elemento reactivo encontrado.
Una noche, varios meses después, llegué a la habitación cuando ella jugaba en el suelo con el niño que corría gateando en medio de una carcajada de felicidad. Ella era muy feliz. Y en la cama me hizo la petición escandalosa: quería que el niño permaneciera en esa edad ideal, lo quería tener así durante toda la vida. Me suplicó que hiciera algo para que no creciera más, que gateara toda la vida, que sonriera por cualquier nimiedad y que permaneciera cándido hasta el fin y no adquiriera la maldad de los hombres.De nuevo me sentí conmocionado. Pero fue tal su insistencia que terminé cediendo. Investigué infatigablemente durante días y noches hasta que por fin pude obtener que los genes Pit-1 y Prop-1 revirtieran o neutralizaran los efectos de la hormona del crecimiento. Luego le inyecté al niño una dosis semanal durante 8 semanas.
Como resultado, Sara duplicó su amor hacia mí y hacia el niño. Jugaban felices todo el día con la certeza de que ese instante de felicidad sería perenne. Lo cargaba y le hablaba con ternura y lo reconvenía dulcemente.
Pero con el tiempo lo comprendí todo. Sara, mi amada mujer, había comenzado a perder la razón sin que yo, con la cabeza clavada en el microscopio, me percatara de ello. Lentamente fue abandonando sus tareas domésticas y su conversación perdió coherencia. Después, al cabo de meses de inexorable deterioro, dedicó sus días a tener al niño en brazos todo el tiempo como si se tratara de un muñeco de felpa.
Yo, avezado conocedor de la biología y la química, había sido incapaz de entender el corazón de un humano.