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viernes, 13 de febrero de 2009

Fiel retrato de la realidad - Margarita Saona


Ella pintaba retratos. Conocía a alguien y pintaba un retrato. Los pintaba en un estudio luminoso. Los pintaba con colores y con formas, con sonidos, colores, texturas, temperaturas y con todas las horas de la luz. Mientras pintaba, la habitaba la certeza absoluta de que sus retratos capturaban fielmente las más claras formas de la realidad. Pero un día vino un hombre y le dijo:
—Me encanta tu retrato. Es perfecto. Veo tu retrato y me veo a mí mismo. Tienes una sensibilidad exquisita.
Ella lo miró y vio su retrato y encontró que su obra era ingenua y errada: demasiado brillante. Los colores empezaron a desvanecerse, a disolverse en el lienzo. El hombre enmudeció y se alejó moviendo tristemente la cabeza. Ella rompió el retrato con lágrimas en los ojos.
Más tarde vino otro hombre y le dijo:
—Ese no soy yo. En tu retrato no pasan los años. Mírame. Estoy triste y viejo. Tu retrato es engañoso.
Ella lo miró y miró nuevamente el retrato, y esta vez no veía discordancias.
—Pero sí, mira —respondió ella—, mira tus ojos, mira tus brazos, tus manos, mira mi retrato...
—No, tu retrato me hace daño. Quiero que lo destruyas.
Ella lo rompió adolorida y con rabia, con la mirada nublada por las lágrimas.
Cuando el día se aferraba a los últimos rayos del sol se acercó un tercer hombre. Se detuvo ante la tela que contenía su retrato y lo contempló largamente en silencio. Ella contuvo el aliento. Miraba al hombre y al retrato y veía una identidad tan absoluta que casi esperaba que uno y otro se fundieran en la más perfecta forma de la forma. Ella rompió el silencio:
—No me digas que no te reconoces en mi retrato.
—Es una hermosa obra de arte —dijo el hombre.
—Eres tú —respondió ella.
—Eres muy creativa —dijo él. Luego se dio media vuelta y se fue.
Ella miró el retrato hasta que la oscuridad borró formas y colores. Entonces se secó las lágrimas de los ojos y abandonó el estudio, las telas, los pinceles. En una habitación vacía colocó un espejo frente a otro y lentamente caminó hacia uno de ellos hasta atravesar el cristal.

Publicado en Comehoras, Ediciones Mesa Redonda, Lima, Perú, 2008 

lunes, 9 de febrero de 2009

El viaje - Margarita Saona


Tomar un ascensor no tiene nada de particular (normalmente). Normalmente, una toma el ascensor sin pensarlo; aprieta el botón; espera, a veces espera, espera y espera, pero finalmente las puertas se abren y el ascensor está allí. Una entra sola o con otra gente, aprieta otro botón, transcurren unos cuantos segundos, diecisiete, dieciséis, quince, primero, y ya no se está más en el piso diecisiete. Y como si hubiera una perfecta continuidad, una sale a la calle a esta garúa de abril y no piensa que aquí hay moscas y palomas, y esa humedad que se va colando entre la ropa y la piel, y mariquitas, y tantas otras cosas que no hay en el piso diecisiete.
Un viaje en ascensor no tiene nada de particular. Pasar del piso diecisiete al primero no es como, digamos, pasar de Chicago a Cusco o a San Juan. En esos casos una se resigna a esa sensación de extrañamiento. «Es otro mundo», se dice, y ya está. Y es tan fácil, porque son otros los colores del cielo y de la gente, el terreno, los acentos, los sonidos, porque a veces hasta la densidad del aire es otra, porque hay que subirse a un avión, despresurizarse, o tal vez dejarse llevar por la velocidad del tren que difumina el paisaje. Y una se dice «estoy viajando» y acepta la experiencia de ese pequeño quiebre interior. Pero una toma el ascensor todos los días como si estar a tantos metros del suelo no significara nada más que estar a tantos metros del suelo, como si no hubiera un abismo, un puente, un túnel, como si no hubiera distancia, y la continuidad entre el punto «a» y el punto «b» fuera perfecta, lisa, uniforme.
Una toma el ascensor todos los días. Pero hoy te ha dado un beso, y aprietas el botón y la puerta se abre y todavía sientes el calor de sus labios sobre tu piel y lo sigues sintiendo aunque el ascensor pase por el piso dieciséis y el quince y el primero, y sales, y la humedad y las palomas, y aunque conservas la sensación de ese mínimo contacto cálido, sabes que ahora estás en el primer piso, que no es el diecisiete, que está tan lejos, y sales al ruido de la calle, a esta mañana gris, y sabes que él ya no está, que no hay manera de volver a ese instante ante el ascensor en el mundo del piso diecisiete, porque aunque el calor de sus labios siga sobre tu piel, él ya no está, y no estará más, porque a veces un viaje en ascensor puede llevarte tan y tan lejos que no hay manera de volver.

Publicado en Comehoras, Ediciones Mesa Redonda, Lima, 2008.

jueves, 5 de febrero de 2009

Distopía - Margarita Saona



Levantamos ciudades hermosas que se recortan imponentes contra el horizonte. Dibujamos paisajes de acero y concreto en el cielo y las nubes se reflejan en los cristales de los grandes rascacielos. Pero surgió un problema: nuestros paraísos urbanos se llenaron de palomas. Al principio los niños les echaban maíz en las plazas; sin embargo, con el tiempo se fueron convirtiendo en una presencia amenazante. Grises, gordas como gallinas, anidaron en nuestros rascacielos. Sus arrullos distraían a las secretarias en las oficinas e interrumpían sesiones de directorio en las empresas. Las lavanderías no se daban abasto para lavarlos trajes manchados de excremento.
Se habló de soluciones civilizadas: matarlas a tiros implicaba el riesgo de balas perdidas; envenenarlas, el de intoxicar también a nuestros niños. De pronto alguien ideó la solución ecológicamente correcta: importar halcones, aves nobles e imponentes, para que dieran cuenta de la peste.
Los halcones anidaron en las torres más altas y podemos verlos planear con elegancia. Entre nuestros altos edificios ahora caminamos pisando despojos de palomas, pedazos de cuerpos sanguinolentos, sobras del desayuno de los halcones. Hay que andar con cuidado para no embarrarse los zapatos o resbalarse, y acostumbrarse a sentir los restos de las palomas crujiendo bajo nuestros pies.

Tomado de Comehoras, Mesa Redonda, Lima, 2008

jueves, 6 de noviembre de 2008

Comehoras - Margarita Saona


Para Jorge
Lucía comía relojes. Los venía mirando con avidez desde que asomó la cabeza al mundo con sus ojos color del tiempo enormemente abiertos. Y cuando cumplió seis meses y se pudo sentar en su sillita y empezaron a intentar darle papillitas de arroz y de avena, ella se abalanzaba con la boca abierta sobre la esfera del reloj pulsera de su mamá y no sobre la linda cucharita amarilla que su papá le había conseguido. Pegotes de avena por todas partes.
Sus padres creían que la brillante esfera de cristal ofrecía una superficie irresistible para frotar esas encías sin dientes que tanto le molestaban, pero su afición por los relojes se acrecentó cuando aparecieron sus dos diminutos y afilados incisivos. Lucía intentaba roer todos los relojes que se le ponían al alcance, analógicos y digitales, de pulsera, de pared, despertadores y cucús. Con las visitas solía guardar cierto pudor, pero apenas entraba en confianza se lanzaba a morder el reloj de los brazos que pretendían cargarla.
Empezaron a encontrar huellas de sus pequeños dientecitos en el despertador, en el reloj de la cocina, en el de su cuarto; el reloj de la sala lo sacudió tanto, en su intento de comerse el tiempo, que todos los números se cayeron, haciendo difícil la labor de ver la hora para quienes no tuvieran un buen sentido espacial. Sus padres se preguntaban por qué se les iba tan rápidamente el tiempo de las manos y pronto notaron que faltaban esos relojes que, porque atrasan o adelantan o se quedan inmóviles, hace tiempo andan siempre abandonados en los cajones. Observaban a Lucía con cuidado, pero ella no parecía mostrar ningún síntoma de enfermedad: por el contrario, crecía fuerte y alerta y parecía una niña bastante contenta. Pero cuando desapareció el enorme reloj de pared que el tío Jorge les había regalado el día de su boda —«deseando que le depare largas horas de felicidad»—, y de pronto Lucía quería tirar un besito y decía tic, o practicaba su tatata y le salía un tac, decidieron llevarla a la doctora.
No le dijeron nada de los relojes, pensando que los acusaría de irresponsables por dejar todo ese tiempo al alcance de la niña, y porque supusieron que la doctora notaría cualquier anomalía. La doctora examinó a la pequeña Lucía y le pareció una niña saludable y con un desarrollo adecuado para su edad. No le pareció necesario mencionar que al auscultarle el pecho escuchó el tic-tac de una multitud de corazones sonando al unísono. Pensó que le hacía falta un estetoscopio nuevo.
Lucía se sabe todas las horas. Sabe cuando es hora de dormir y cuando hora de levantarse, sabe cuando es hora de jugar y cuando es hora de ir al parque, y sobre todo sabe que el tiempo no es una cuestión que tenga que ver con los relojes, con la luz del sol, ni con las buenas intenciones de sus padres. 

viernes, 31 de octubre de 2008

Morir del cuento - Margarita Saona


El cuento esta ahí, agazapado. Todos los días se asoma un poco, me llama con un gesto, un guiño. Yo lo miro de reojo y hago como que no lo vi, como que lo ignoro. Él insiste. Me suelta frases para provocarme. Es casi siempre la misma frase, me la sé de memoria, y la escucho como un eco incluso cuando ya al cuento no le veo ni la sombra. El cuento quiere que lo escriba y yo no quiero escribirlo. No sé. Una parte de mí quiere, supongo. Cree que es un buen cuento. Pero yo le tengo miedo. Sé que si pongo esa frase seguirán otras. No sé cuántas palabras están allí, agolpándose detrás de esa frase. No las veo, pero las intuyo. Palabras graves, palabras agudas, palabras tristes, duras, desgarradas, punzantes, y esas palabras tiernas, las peores, las que me dejarán expuesta, indefensa. Sólo unas cuantas esdrújulas juguetonas, las engreídas, las favoritas, las que no conseguirán más que una sonrisa en medio de ese cuento que me va a partir en dos.
Y además están los otros, los que leerán el cuento y creerán reconocerme en él (y tendrán razón) o creerán reconocerse en él (y tendrán razón). Y tendrá poco sentido decirles que los artificios de la ficción, que la libertad de expresión, que la chucha del gato, porque los lectores saben, yo sé que saben, porque soy una de ellos.
Y el cuento insiste. Ahora mismo insiste, me pregunta qué hago escribiendo esta mierda, si tengo una buena historia que contar. Pero la historia es mía y me duele y no quiero escribir con la mirada empañada, es un poco tonto. Y el cuento me mira como diciendo, ya pues, eso ya lo sabemos, pero ya ha pasado otras veces y tú sabes que es lo mejor, que es lo único que puedes hacer. Y sí, ha pasado otras veces, y en efecto, hay como un alivio, como una dulzura en dejarle a las palabras la responsabilidad de tanta historia tan pesada. Ya otros han hablado del oficio de escribir, de librarse de fantasmas, de curiosos exorcismos... Pero yo no puedo, ahora no puedo, y ese cuento palpita como una bomba de tiempo. Estoy ocupada, tengo tanto qué hacer... Y ya sé que estoy perdiendo el tiempo con estas palabras inútiles, cuando debería estar escribiendo las otras, las que sí cuentan... Pero les tengo miedo. Sé que esas otras van a rasgar piel y huesos y los más íntimos tejidos, que me tomará mucho recuperarme de ese cuento... El cuento me mira con sorna (palabra que sólo pertenece a los cuentos), que si acaso creo que puedo vivir con el cuento así encerrado, que si no me desgarra cada noche en mil sueños que no tienen la forma del cuento, pero que no son otra cosa que mil reflejos desdibujados de esa única forma que me duele. Anda, dale, me dice, qué es lo peor que puede pasar? Hoy no, le digo, hoy no, tengo qué hacer, mañana, tal vez mañana...