sábado, 6 de septiembre de 2008

Souvenir - Carlos Duarte Cano


Anochecía cuando She-hi-laa vio a sus padres difuminarse —¡al fin!— en la cámara de viajes. Se deslizó hasta la pieza de sus progenitores y abrió con su “Decod-V” el panel privado de su padre. Allí, reluciente, la esperaba el añorado Cronifalcus. 
Apenas si pudo controlar su ansiedad mientras lo trasladaba hacía su cuarto.  Percibía en cada poro de su piel la excitación de lo prohibido. Nada podía compararse con esto; al menos nada de lo que acostumbraban a hacer sus  insulsas amigas en las noches de sábado.
Se puso el vestido y los zapatos celosamente guardados para estas ocasiones. Frente al espejo dio los últimos toques a su maquillaje y se colocó la fina diadema. Introdujo la contraseña en el equipo y luego, con suma prolijidad, las coordenadas de las seis dimensiones. El torbellino temporal la ofuscó como de costumbre pero el efecto desapareció a los cinco segundos de su llegada. «Otra vez en el establo» pensó. Corrió afuera, subió por la alfombra escarlata y penetró en el palacio. 
Allí lo vio, sentado junto al trono, bello como sólo él lo era en todo el espacio-tiempo conocido. Reclinada sobre un tapiz esperó a que, como tantas otras noches, la descubriera y quedara prendado de su extraña belleza. Luego fue ese girar juntos al ritmo de la música, bebiendo sus miradas e ignorando la marcha del tiempo a través de la euforia de su amor. En el jardín, se rozaban apenas los labios con la timidez de un beso adolescente cuando, como tantas veces, la sorprendieron las campanadas.
Sin tiempo para más corrió lejos del atónito príncipe. Coordenadas introducidas y de vuelta a casa para devolver todo a su lugar antes de que regresaran los padres. O casi todo, porque en la atropellada huida había perdido algo. 
En algún universo paralelo, al que She-hi-laa nunca podría regresar, un apuesto príncipe aprisionaba entre sus desconsoladas manos un zapato de raro cristal.

De Jacques - Eliseo Diego


Llueve en finísimas flechas aceradas sobre el mar agonizante de plomo, cuyo enorme pecho apenas alienta. La proa pesada lo corta con dificultad. En el extremo silencio se le escucha rasgarlo.
Jacques, el corsario, está a la proa. Un parche mugriento cubre el ojo hueco. Inmóvil como una figura de proa sueña la adivinanza trágica de la lluvia. Oscuros galeones navegando ríos ocres. Joyas cavadas espesamente de lianas.
Jacques quiere darse vuelta para gritar una orden, pero siente de pronto que la cubierta se estremece, que la quilla cruje, que el barco se escora como si encallase. Un monstruo, no, una mano gigantesca alza el barco chorreando. Jacques, inmóvil, observa los negros vellos gruesos como cables.
—¿Este? 
—Sí, ese —dice el niño, y envuelven al barco y a Jacques en un papel que la fina llovizna de afuera cubre de manchas húmedas. El agua chorrea en la vidriera, y adentro de la tienda la penumbra cierra el espacio vacío con su helado silencio.

Tabula rasa - Libia Brenda Castro


El despojo, la sensación de horror, el vacío. Quién nos salva de la corrosión una vez que hemos dejado todo atrás y sólo se abre ante nosotros un pasillo largo, en penumbra. La quietud, el desconcierto, la última palabra.
Quién se lleva, como lavándolo, el imperioso asombro que produce el primer encuentro verdadero con la melancolía. Entre hoy y mañana, amor, sólo tendré una voz gastada. Y la ausencia de todo lo que una vez me llenó me produce ahora una sensación de extrañeza: eso no era yo, era sólo un traje a la medida.
Quiero creer que avanzo, camino despacio mientras tanteo con la palma de la mano una pared que alguien pintó de rojo. La única certeza de este día es la permanencia de la duda. El mayor sarcasmo fue alguna vez la ausencia de rencor, la falta de cualquier objeto interpuesto delante, para hacerme tropezar.
Es posible que mañana, cuando despierte, pueda tragar un poco mejor esta arena sobre la lengua, la rabia que rechinan mis dientes. Es posible que mañana, a través del cristal, mire hacia afuera y haya un mundo. Es posible, quiero creerlo, que mañana pueda respirar mejor tanto silencio.

Ciudad - Ramiro Sanchiz


Hemos salido a descubrir la ciudad. Tomamos una de las vías principales y la recorrimos hasta los barrios bajos; a partir de allí nos perdimos en callejuelas y caminos de tierra, hasta que un alto alambrado nos descubrió el fin de la ciudad. Entonces regresamos hacia la vía principal, luego a otra avenida importante y de allí en dirección al extremo, donde una vez más edificios y calles se perdían en cantegriles y descampados habitados por ombúes y eucaliptos. No tuvimos que caminar mucho para encontrar el gran muro de alambre, otra vez. Uno de nosotros sugirió bordear la ciudad. Descubrimos que hacia el sur la limitaba el río y hacia el norte una confusa trama de vías de cintura. Creíamos tener un mapa, aunque ninguno de nosotros era capaz de recordar dónde estaba o dónde había sido perdido. En base a recuerdos demasiado tenues recorrimos las márgenes de la ciudad hasta dar con una calle que nos parecía alentadora, y por la que optamos por internarnos. No muy lejos empezaron a verse chimeneas y tubos de refinerías, luego el delta empantanado de un arroyuelo, una villa miseria de casuchas de lata y un edificio imponente que, recordamos, había sido un frigorífico, ahora abandonado y poblado por fantasmas. Entonces aparecimos en otra de las vías principales, la primera que habíamos tomado, y regresamos a las callejuelas y los caminos de tierra, hasta que el alto alambrado nos miró desde una distancia bastante mayor de la que esperábamos. Supimos así que la ciudad había crecido, aunque teníamos también la hipótesis de un ligero movimiento de traslación, por lo que resolvimos visitar el otro extremo y constatar su ubicación exacta: tras una hora y media de viaje descubrimos que más allá de los ombúes y eucaliptos se extendían dos brazos de chabolas separados por un arroyuelo. Cruzando un puente precario dimos con un viejo camino empedrado que se perdía en el Este, hasta ser asesinado por el alambrado. Casi un kilómetro había sido añadido, por lo que concluimos el crecimiento indudable de la ciudad, y, como ante la proximidad de lo sagrado y horrible, entendimos que era necesario acercarse al río. Pasamos por los barrios de los ricos, vigilados por autómatas; atravesamos las zonas comerciales y administrativas hasta llegar a la costanera. Descubrimos entonces, como quien comprueba el cumplimiento de una antigua profecía, que el río estaba en bajante. Las aguas se habían retirado casi medio kilómetro, descubriendo un lecho poblado de fósiles y antiguas esculturas de mármol ennegrecido.

viernes, 5 de septiembre de 2008

En el insomnio - Virgilio Piñera


En el insomnio - Virgilio Piñera
El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que enseguida tome una taza de tila y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al medico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre esta muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.

Exilio - Héctor G. Oesterheld


Nunca se vio en Gelo nada tan cómico.
Salió de entre el roto metal con paso vacilante, movió la boca, desde el principio nos hizo reír con esas piernas tan largas, esos dos ojos de pupilas tan increíblemente redondas.
Le dimos grubas, y limas, y kialas.
Pero no quiso recibirlas, fíjate, ni siquiera acepto las kialas, fue tan cómico verlo rechazar todo que las risas de la multitud se oyeron hasta el valle vecino.
Pronto se corrió la voz de que estaba entre nosotros, de todas partes vinieron a verlo, él apareció cada vez más ridículo, siempre rechazando las kialas, la risa de cuantos lo miraban era tan vasta como una tempestad en el mar.
Pasaron los días, de las antípodas trajeron margas, lo mismo, no quiso verlas, fue para retorcerse de risa.
Pero lo mejor de todo fue el final: se acostó en la colina, de cara a las estrellas, se quedo quieto, la respiración se le fue debilitando, cuando dejó de respirar tenía los ojos llenos de agua. ¡Sí, no querrás creerlo, pero los ojos se le llenaron de agua, d-e a-g-u-a, como lo oyes!
Nunca, nunca se vio en Gelo nada tan cómico.

El mapa ecuménico - Álvaro Menén Desleal


Sé aquello que Suárez Miranda cuenta en Viajes de Varones Prudentes (libro IV, capitulo XIV, etcétera): "...En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos: en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas". Eso cuenta Suárez Miranda en "Viajes..." etcétera. A Jorge Luis Borges le ha gustado tanto, que se lo he leído, exactamente como lo transcribí, en tres de sus Libros: en la página 167 de la Antología de Cuentos Breves... etcétera, que compiló con Bioy Casares; en la página 103 de El Hacedor y en la 131 de Historia Universal de la Infamia.
Sé también una variante, sucedida en otro Imperio, más Imperio que Todos. Las Generaciones Siguientes, crecidas sobre el Propio Mapa, acostumbradas a jugar con sus Imágenes a escala natural, contribuyeron a la Destrucción de las Ruinas del Viejo Mapa, y hasta desalojaron violentamente a los Animales y Mendigos que las habitaban. Pero un Imperio necesita de Mapas, especialmente cuando es más Imperio que Todos. Así, las Generaciones Siguientes comenzaron un día a levantar uno, en que se logro tal perfección que el Mapa de una sola Ciudad ocupaba todo el Imperio, y el Mapa del Imperio ocupaba el mundo entero. Por eso fue más Imperio que Todos.

El fin del obelisco - Ricardo Manuel Ganso


Todo empezó con aquella vieja pregunta: "¿Qué hay adentro del obelisco?" El doctor Rossi intuyó inmediatamente que estaba vacío. Cuando realizó su anuncio en el Club de Violadores de Leyes Físicas todos sus colegas sacaron la misma conclusión: el obelisco de Buenos Aires, estando vacío, es el lugar ideal. ¿Ideal para qué? Pues para concretar su más ansiado y postergado proyecto: el agujero de gusano.
—¡Ya tengo todo listo! —anunció extasiado el licenciado Lezin—. Sólo falta que lo instalemos.
—El Grupo de Intervención de Prepo está siempre preparado —agregó el Capitán González.
Esa noche rodearon de vallas el obelisco. Mientras los miembros novatos del club simulaban pintarlo, los expertos colocaron dentro del obelisco las bocas de entrada y de salida al agujero de gusano. La de entrada en la base, y la de salida en la cúspide. Un grupo de albañiles hizo una nueva ventana, vidriada, a media altura. Finalmente, llenaron el obelisco con gusanos; cincuenta y dos camiones de gusanos.
A la mañana siguiente, los porteños que transitaban por Corrientes y 9 de Julio descubrieron la nueva ventana en su querido símbolo, y pudieron apreciar a través de ella como unas lombrices descendían eternamente. Al llegar a la base entraban al agujero de gusano. Como la salida estaba en el tope del obelisco, salían por allí sólo para volver a caer hacia la base y repetir el ciclo.
El Club de Violadores de Leyes Físicas envió gacetillas a toda la prensa explicando el funcionamiento de tan extraña cascada vérmica. Nadie les creyó. Se habló de fraude y bombas centrífugas que movían los gusanos. Los religiosos buscaban vírgenes y rostros de Jesús o Satanás en los cambiantes patrones que las lombrices dibujaban en la ventana. Biólogos jungianos hablaron de un multi-verme transgénico con conciencia colectiva. Defensores de los animales exigieron la liberación de los anélidos en cautiverio torturados por la ciencia capitalista. Un grupo de trotskistas propuso la existencia de una revolución permanente en las lombrices al interior del obelisco, pero se escindió en tres fracciones al realizar su primer congreso general. La televisión se llenó de expertos que citaban a Stephen Hawking, al Dalai Lama y al ingeniero Juan Baigorri Velar. O sea, todo normal. Y el obelisco siguió en su sitio.
Pero llegó el nefasto día en que un radioaficionado de Castelar tuvo la idea. Influenciado por décadas de lectura de “Mecánica Popular”, concibió un aprovechamiento práctico del fenómeno mientras comía canelones junto a su madre.
—Vieja, con esta nos forramos —le dijo a su progenitora—. Si ponemos dentro del obelisco una turbina Pelton acoplada a un dínamo, sacamos electricidad gratis.
En ese momento el Universo reaccionó ante la flagrante violación de la primera ley de la termodinámica. Un vórtice gravitacional entró a la 9 de Julio por el lado de Retiro y avanzó hacia Constitución llevándose el obelisco, los gusanos, el agujero de ídem y desplazando 50 metros el edificio del Ministerio de Obras Públicas.

La batalla final – Sergio Gaut vel Hartman


-La batalla de Talas-vociferaba el comentarista-que acabamos de presenciar, FUE UNO de los Enfrentamientos decisivos de la Historia de la Humanidad. Los Ejércitos del califa abasí de Bagdad derrotaron a Los Chinos de la Dinastía Tang, un Pesar De que ESTOS SE batieron estafa fiereza ...
- ¡Otra vez te enganchaste estafa Cualquier Cosa! -Refunfuñó la mujer; estába rodeada de Críos y lucía desgreñada y sucia.
-No molestes-DIJO el hombre, Dando Otro sorbo un su cerveza de mijo. Estoy Mirando. 
- ¡Que no Moleste! La casa en sí cae de mugre, el Seguro de Desempleo no Alcanza párr Una mierda, no hay plata de Tenemos comprar párr comida, los chicos del tanto fastidiana Que en Cualquier Momento degüello a UNO y el señor dados Que No Moleste.
-Estába viendo definitiva de la Asia central Entre los Musulmanes del califato abasí y el Ejército chino del emperador Tian Bao. ¿No escuchaste lo de DIJO el comentarista? De Si hubieran Ganado Los Chinos ...
- ¿Y Musulmanes chinos? ¿Y desde CUANDO VES las Batallas de los Musulmanes y Los chinos, vos? ¿Que te OEN IMPORTANTES? Si FUERA Una empre francos y moros, Vaya y Pase, podria entenderlo, he aquí Por Que nos toca, o ESA tan buena Que le ganaron los Polacos a Los turcos ...
-Vení, no paspada mares. Sentate acá conmigo Que Empieza la de Ain Jalut, Por El Control de Palestina y Egipto, Entre el los mamelucos y Los mongoles. Va un servicio terrible, masacre Una. Seguro de Que Ganan El los mongoles. Apostas ¿Que? ¿Querés apostar?

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

La amante - Susana Duré


Ocho menos diez de la mañana. Marcelo se vistió apresurado mientras ella lo miraba desde la cama tibia. Llegaría tarde a la oficina, pero poco le importaba; aquella noche había sido inolvidable.
Tuvo tiempo para un último beso mientras esperaba el ascensor. La mujer tomó un sobre de la mesita de luz y lo hizo bailar entre sus dedos un segundo.
—Esperá, querido. ¿Le das esto al portero cuando bajes? Las expensas... —le pidió ella, aún en la cama.
Él tomó el sobre y salió apurado del departamento, el ascensor lo esperaba.
Pulsó “planta baja” y aprovechó los escasos segundos que el ascensor de altísima velocidad le daría para ponerse el saco. Reparó en el sobre, trescientos pesos y una notita. “Gracias por sus servicios”.
Marcelo vio como la luz indicó el “0” en el panel, pero el ascensor no se detuvo. Esperó un momento, pero era evidente que el ascensor seguía bajando y bajando.
Marcelo gritó, pulsó la alarma, pateó las puertas con toda su furia. Pero nada pasó. Marcelo siguió bajando, por largos minutos. Se desesperó. Pasó media hora. El visor luminoso marcaba dígitos ininteligibles. Marcelo golpeó la puerta, gritó y lloró hasta caerse de cansancio; y siguió descendiendo. Dos horas. Tres días. Una eternidad.
El portero vio que el ascensor se detenía, pero permanecía cerrado. Usó su llave maestra para abrir las puertas, y vio la pila de huesos, enfundada en un moderno traje. Bonito reloj. Marcaba las 8 en punto.
Se apoderó del sobre con el dinero y sonrió leyendo la nota de la señorita Styggian.

jueves, 4 de septiembre de 2008

La máquina del tiempo - José Ramón Vila (Txerra)


El profesor Güells comprobó con satisfacción cómo las teorías de Einstein se verificaban una por una en los simuladores virtuales. No cabía ninguna duda sus fundamentos científicos eran irrefutables y se cumplían a la perfección.
Lo había logrado.
Tantos años de investigación, tantos días robándole tiempo al tiempo y tantas noches sin dormir al fin habían dado sus frutos. A partir de ahora el tiempo sería suyo y de nadie más.
Se acomodó en el asiento ergonómico y repasó una vez más las notas de su esmerado trabajo. Una vez satisfecho, accionó los controles de comprobación.
Positivo. Hasta el momento, todo estaba en orden.
Con pulso ligeramente tembloroso activó el módulo de ignición. De inmediato notó una leve vibración, síntoma de que el artefacto se ponía en marcha. A través de los cristales de su máquina evidenció que el espacio/tiempo se curvaba y plegaba a su paso según se aproximaba a una velocidad cercana a la de la luz. 
Güells era el primer ser humano, testigo excepcional, que contemplaba cómo el universo se plegaba sobre sí mismo hasta casi tocarse. 

GRAVE PÉRDIDA EN LA COMUNIDAD CIENTÍFICA

La policía científica aún está investigando las extrañas circunstancias que condujeron al accidente mortal del profesor Güells. Al parecer, según las fuentes consultadas, sus ayudantes encontraron al reputado físico del C.S.I.C. literalmente aplastado (sic) dentro de una extraña máquina de su propia invención. Por el momento se desconocen los motivos que impulsaron al profesor a realizar tan sorprendente prueba.

 

El escape del náufrago - Juan Pablo Noroña


Si nuestro común amigo Reinaldo se materializa junto a ti en un bar o restaurante, por favor no permitas que perciba tu asombro. Sé casual, actúa con naturalidad; la vida de Reinaldo depende de eso. Primero se quejará por la incomodidad del asiento –dirá que le parece estar sobre arena húmeda–, luego expresará tener un hambre feroz y una sed beduina. Pedirá entonces cojines extra, y acto seguido ordenará cantidades pantagruélicas de comida y bebida; tu pasmo será mayúsculo al verlo ingerir tales volúmenes. Por supuesto, un cuerpo astral no tiene límites, y suponemos que muy poca de esa pitanza podrá de hecho beneficiar a su carne material. Si el local es silencioso, querrá acercarse a las paredes exteriores, y si no considera suficiente el ruido callejero, pagará a los músicos para que toquen fortissimo. Por desgracia, de no haber una orquesta o conjunto presentes, requerirá de ti y otros parroquianos que entonen el himno nacional o alguna de esas canciones que definen a una generación. Cualquier cosa con tal de encubrir el ruido de las olas; hemos concluido que el oído es el sentido más difícil de engañar; el olfato, por ejemplo, se contenta con un habano regular o el bouquet de un Chianti.  No te preocupes por la cuenta, él puede materializar buenos fajos de billetes... que duran al menos hasta ser ingresados en caja. Trata de no interrumpir su rutina, pues le es más fácil sostener una proyección preconcebida, e incluso así debe ser una carga para un náufrago tirado en la playa de un atolón sin nombre. Debemos agradecer a su elevada preparación filosófica el hecho de que haya subsistido alimentando su espíritu en estas bilocaciones. Es nuestro deber apoyarlo en su ordalía mientras dure, así que trata de no sacarlo de situación. Vigila su rostro: una expresión de sufrimiento o congoja te indicará cuando su mente flaquea. Entonces debes llamar su atención hacia algún manjar o placer presentes, o hacia algo hermoso, como por ejemplo una dama. Sólo esperamos que Reinaldo muera en paz, sin mucho dolor, preferentemente mientras esté disfrutando a la vez de la Rapsodia Húngara y un plato de cuz-cuz con carnero. Si algo nos preocupa en verdad es que sea hallado con vida y vuelva a la civilización blandiendo ese poder adquirido como defensa contra su infortunio. El menor de los males, considerando esta situación, es la muerte natural de nuestro amigo.


Un penique por tus pensamientos - Jorge X. Antares


—Me gusta esa holopantalla portátil. ¿Cree que podré pagarla? 
—Ha hecho una buena elección, señorita. Es uno de los modelos más vendidos en su segmento de edad. Veamos que nos dice el análisis crediticio —dijo el vendedor pasando el neuroescáner por la nuca de la joven de dieciséis años que lucía un piercing en el párpado. Desde que el patrón dinero había sido sustituido por el patrón conocimiento, el pago con neuronas para chips orgánicos se había convertido en el medio habitual de hacer transacciones. 
—Un poco justo. La capacidad regenerativa está en el límite legal. No sé si debo. Tal vez afecte a su potencialidad intelectual —comentó el vendedor mirando las estadísticas en la pequeña caja del neuroescáner.
—¿Bromea? ¿Y por un 'tal vez' perderme esta fabulosa pantalla? Déjese de tonterías y haga la microcirugía. No se preocupe por mis capacidades intelectuales que no voy a ir a la universidad, ni voy a crear ninguna puñetera teoría de la relatividad.
—Como dice mi jefe, el cliente siempre tiene razón...


El hombre que perdió su brocha de marta - Ramón Gómez de la Serna


Cuando llegó a Madrid de vuelta de Berlín, abrió la maleta y se encontró con que le faltaba su brocha de pelo de marta.
Inquieto, desolado, paseando de un lado a otro de la habitación, saltándose las butacas, comprendió que aquella brocha de marta era como una de esas esposas muy pequeñitas, con las que a veces suelen casarse los hombres.
Todas las brochas de las perfumerías se le ofrecían como las mujeres al viudo reciente. A todas las despreciaba porque sabía por experiencia de otros olvidos, que ninguna sustituiría a la brocha pequeñita y verdadera, la única que no despeluchaba, la única fiel en guardar su pelo para todas las afeitaciones, la única que le superviviría y le cuidaría hasta el final de su vida.
Rehizo la maleta y salió para Berlín en el tren de la noche dispuesto a encontrar su brocha de marta.

De la torre - Eliseo Diego


El cazador, echado en el suelo pétreo del valle, sueña. Sueña un león enorme. Irritado comprueba en el sueño que su bestia apenas tiene forma. En un esfuerzo que estremece su cuerpo logra diferenciarle las pupilas, las cerdas de la melena, el color de la piel, las garras. De pronto despierta aterrado al sentir un peso fatal en el cráneo. El león le clava los colmillos en la garganta y comienza a devorarlo.
El león, echado entre los huesos de su víctima, sueña. Sueña un cazador que se acerca. Su rabia le hace aguardarlo sin moverse, esperar a distinguirlo enteramente antes de lanzarse a destruirlo. Cuando por fin separa las venas tensas en las manos, despierta y es demasiado tarde. Las manos llevan una fuerte lanza que le clavan en la garganta rayéndola.
El cazador lo desuella, echa los huesos a un lado, se tiende en la piel, sueña un león enorme.
Los huesos van cubriendo todo el valle, ascienden por la noche en una alta torre que no cesa de crecer nunca.


Palacio de hielo - Luis Buñuel


Los charcos formaban un dominó decapitado de edificios de los que uno es el torreón que me contaron en la infancia de una sola ventana tan alta como los ojos de madre cuando se inclinan sobre la cuna.
Cerca de la puerta pende un ahorcado que se balancea sobre el abismo cercado de eternidad, aullando de espacio. Soy yo. Es mi esqueleto del que ya no quedan sino los ojos. Tan pronto me sonríen, tan pronto me bizquean, tan pronto se me van a comer una miga de pan en el interior del cerebro. La ventana se abre y aparece una dama que se da polisoir en las uñas. Cuando las considera suficientemente afiladas me saca los ojos y los arroja a la calle.
Quedan mis órbitas solas sin mirada, sin deseos, sin mar, sin polluelos, sin nada.
Una enfermera viene a sentarse a mi lado en la mesa del café. Despliega un periódico de 1856 y lee con voz emocionada: "Cuando los soldados de Napoleón entraron en Zaragoza, en la Vil Zaragoza, no encontraron más que viento por las desiertas calles. Solo en un charco croaban los ojos de Luis Buñuel. Los soldados de Napoleón los remataron a bayonetazos".

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Celulares - Eduardo Abel Gimenez


Desde primera hora de la mañana los clientes empezaron a olvidarse los teléfonos celulares. Si en una mesa había dos personas, allí quedaban dos teléfonos. Si había tres, tres teléfonos. Pronto las camareras optaron por sugerir a los clientes que pensaran en sus aparatos antes de irse, pero nada cambió.
Hacia el mediodía había docenas de celulares en una gran caja de cartón, tras el mostrador.
El turno de la tarde siguió recolectando más y más teléfonos. Casi todo el tiempo sonaba alguno, pero nadie era capaz de descubrir cuál.
El cielo se nubló, y mientras caía la noche empezó a llover. La caja se llenó de teléfonos, y pusieron otra al lado.
Mucho más tarde, cuando estaban por cerrar, entró un hombre de saco y corbata, empapado por la lluvia, y fue derecho al mostrador.
—Disculpe —le dijo al encargado—, ¿por casualidad no me olvidé un paraguas?

Aserrín aserrán - Julio Cortázar


Empezaron por quitarle la pipa de la boca.
Los zapatos se los quitó él mismo, apenas el hombre de blanco miró hacia abajo.
Le quitaron la noción del cumpleaños, los fósforos y la corbata, la bandada de palomas en el techo de la casa vecina, Alicia. El disco del teléfono, los pantalones.
Él ayudó a salirse del saco y los pañuelos. Por precaución le quitaron los almohadones de la sala y esa noción de que Ezra Pound no era un gran poeta.
Les entregó voluntariamente los anteojos de ver cerca, los bifocales y los de sol. Los de luna casi no los había usado y ni siquiera los vieron.
Le quitaron el alfabeto y el arroz con pollo, su hermana muerta a los diez años, la guerra del Vietnam y los discos de Earl Hines. Cuando le quitaron lo que faltaba —esas cosas llevan tiempo, pero también se lo habían quitado—, empezó a reírse.
Le quitaron la risa y el hombre de blanco esperó, porque él sí tenía todo el tiempo necesario.
Al final pidió pan y no le dieron, pidió queso y le dieron un hueso.
Lo que sigue lo sabe cualquier niño, pregúntele.

Medianoche en Olvido - Jorge X. Antares


Kid Espuelas miró a su victima mientras el frío nocturno le golpeaba el rostro, curtido como cuero. Le habían contratado para acabar con el viejo sheriff del pueblo de Olvido y eso iba a hacer. Un trabajo rutinario. Sonrió pensando en el tequila y la juerga al otro lado de la frontera, besando los carnosos labios de Rosita.
—En el momento que acabe con él, la gente sabrá quien manda aquí —le había comentado el coronel Macarthy, el hombre más rico del condado y que, a pesar de sus riquezas, no había podido doblegar al maduro agente de la ley. 
—Prepárate a morir, sheriff —sentenció Espuelas.
—Estaba a punto de cenar. Así que acabemos cuanto antes, 'muchachito'.
¡Muchachito! Si querías enfadar de verdad a Espuelas, esa era la palabra clave. El pistolero no esperó más y desenfundó su arma.
El sheriff Horace permaneció quieto mientras recibía todas las mortales balas en su anciano cuerpo.
Kid Espuelas esperó ver caer al viejo... pero no fue así. Por imposible que fuera, el sheriff empezó a andar hacia el pistolero. Le agarró con manos que parecían garras y le mostró los agudos colmillos.
—Nunca le digo que no a un aperitivo —dijo el viejo Horace mientras el resto del pueblo se preparaba para un banquete final en la hacienda del coronel Macarthy.

El efecto Passarella - Ricardo Manuel Ganso


I
El Viajero del Tiempo tomaba una taza de café acodado en la mesa de mi cocina. Desvió la mirada hacia la derecha. Cuando hice lo mismo aprovechó mi distracción para secarse el bigote con el borde del mantel, ese mantel a cuadritos blancos, azules y celestes que era todo lo que quedaba de mi matrimonio. Sorprendido in fraganti, escapó diciendo:
—Hoy a mediodía deberé volver. Estoy muy agradecido por todo lo que ha hecho por mí. Si hay algo que pueda hacer por usted antes de irme, estoy a sus órdenes.
En un primer instante no supe qué contestar, pero de repente vino a mi mente aquel viejo anhelo de la infancia.
—Tiene que prestarme la bicicleta por un rato —dije con mal disimulada fruición.
El Viajero del Tiempo amagó una protesta, pero lo corté en seco antes de que hablara: —Usted dijo que está a mis órdenes.

II
Desde el borde de la pampa de Vilcapugio, el general Belgrano observó como el resto de las tropas de Joaquín de la Pezuela huían en desorden hacia las montañas del norte. Cientos de muertos yacían sobre la meseta, pero la atención de Belgrano se desvió inmediatamente hacia su propia artillería. Buscó los cañones con su catalejo y vio reunidos en corro a sus jefes de batería, los artífices del triunfo sobre las fuerzas realistas. Montó su
caballo y se dirigió hacia allí escoltado por su guardia personal.
—¡Los felicito! —exclamó mientras desmontaba—. ¡Teníamos la batalla perdida y hemos logrado la victoria gracias a vuestra puntería!
—De eso hablábamos, general —contestó el teniente Balmaceda—. Y todos debemos agradecerle al raro visitante que pasó por aquí al inicio del
combate.
—¿Qué visitante? —inquirió Belgrano.
Balmaceda, convertido en portavoz, contestó: —Todos lo hemos visto y oído.
Estaba vestido con unos calzones negros, sueltos y largos hasta la rodilla. Llevaba una extraña camisa con franjas verticales celestes y blancas. En la
espalda llevaba pintado un "10" en grandes números negros y en su pecho podía leerse la palabra VISA. Cubría su cabeza con un lienzo con nudos, pero lo más extraño es que iba montado en un pequeño vehículo de dos ruedas.
—Yo vi algo parecido en París —acotó el sargento Lemonier—. Lo llamaban celerífero.
—Tuvimos la intención de tomarlo prisionero, pero dudamos al verlo ataviado con los colores de nuestra bandera —continuó Balmaceda—. El hombre recorrió nuestras baterías gritando. Con las primeras descargas ignoramos sus palabras, pero al ver que todos nuestros disparos fallaban el blanco, cada uno de nosotros decidió apuntar teniendo en cuenta lo que el visitante gritaba con tanta vehemencia. Y ya lo ve general, hemos derrotado a Pezuela a puro cañonazo. ¡Quién lo hubiera dicho!
El general Belgrano preguntó ansioso: —¿Pero qué era lo que ese hombre gritaba que les hizo tener tanto éxito al apuntar los cañones?
Balmaceda miró en redondo a los otros oficiales y contestó: —¡En el Alto Perú los cañonazos no doblan!

Arca estelar - Jorge Martín


Sabía que era su miedo, su ignorancia o su inquietud la que les regalaba palabras al vacío. Se guardaba muy bien de decirlo. Le dolían los ojos, lo miraban como un náufrago al que no lograron extenderle la mano para que subiera a la balsa en la que navegaban. No le importaba en verdad a quien le adjudicarían la buena o mala fortuna, ni los nombres que repetían, ni los buenos propósitos que apilaban; romperían las promesas, olvidarían las catástrofes, cometerían los mismos errores.
Se podían ver las costas de este mundo nuevo y fresco, lo había encontrado casi al fin de sus víveres y con las últimas gotas de energía de sus máquinas.
Era un paraíso, un paisaje que en su mundo sólo se veía en los recuerdos y en los sueños.
Aterrizaron sobre un mar azul oscuro y tranquilo, la línea del horizonte dibujaba una tierra que prometía descanso y paz, frutos por mucho tiempo perdidos. Se preguntó, como nadie lo hacía en esa nave, cuanto tiempo tardarían en aniquilar lo que ahora veían como una bendición, cuanto tiempo guardarían la sensación de que pisaban una tierra sagrada. ¿A qué distancia estaban del humo y el fuego ardiente? 
Los mismos que mataban su viejo mundo, ahora levantaban los brazos para agradecer los nuevos frutos. Ellos habían sido los primeros en abordar las naves cuando la catástrofe se desató sin remedio. Pero el aire suave y una pequeña ave que enviaron a la costa volvió por así decirlo contenta y le despertó una sensación nueva, o tal vez una muy vieja y perdida. Sintió la sin razón de los que creen, sintió esperanza. 
También él levantó los brazos y recitó en una plegaria silenciosa, por si había alguien allí que la escuchara. 
Sólo pedía un poco de tiempo, disfrutaría de los árboles y el sol, volvería a luchar con la ilusión gastada. Tendría sentido, tal vez, para los muertos, los que habían defendido el mundo hasta el final y se habían consumido con él, los que se habían perdido o no habían resistido la travesía.
Apenas pisó la tierra, esparció su bendición sobre los sobrevivientes con una rama embebida de este mar sin nombre todavía; después de todo él también podría creer un poco en un cielo como ese, después de todo era un sacerdote.

El zombie eléctrico - Sergio Gaut vel Hartman


Soy una persona racional, aborrezco a los que creen en supercherías, a los fanáticos que entregan su voluntad a cultos esotéricos o brindan ofrendas a ídolos de arcilla. Por eso, cuando el doctor Almitto anunció la creación del IRD no puede menos que sentir alborozo: una vez más un hombre de ciencia se plantaba frente a la ignorancia y la superstición.
Por entonces, si bien mamá no había muerto, hacía un año que estaba convertida en un zombie, un ser desvalido y vulnerable, víctima absoluta del despiadado Alzheimer. Esperábamos el desenlace de un momento a otro y como no quería perder la oportunidad, me apresuré a cerrar trato con el IRD sin reparar demasiado en las advertencias de los agentes de la empresa, que se aburrieron aclarando que el sistema estaba en fase Beta, que existían riesgos —firme aquí y aquí y allí—, exculpándolos de cualquier fallo que se pudiera producir. Firmé todo lo que me pusieron delante de los ojos sin leer.
Mamá falleció el 3 de agosto, en medio de una tormenta atronadora. No hubo velatorio, claro, y los del IRD se la llevaron en una caja de hielo seco a las dos horas de producido el deceso.
La trajeron de regreso diez días después. Bueno, en realidad la dejaron en la puerta de calle. Ella hizo el resto del camino por sus propios medios, abrió la puerta y casi nos mata del susto. Estaba radiante. Lucía la mejor sonrisa de los últimos tiempos. La habían maquillado con esmero y el volumen de la grabación estaba dos puntos por encima de lo adecuado, pero yo sabía que ese era el precio a pagar para que el sonido de los nanomotores y relés quedara disimulado en medio del incesante parloteo.
Fue maravilloso durante ocho minutos. Mamá estaba con nosotros de nuevo. Ya no era una pobre vieja en ruinas; habíamos recuperado a la mujer de siempre: risueña, dicharachera, jovial. Leticia leyó la felicidad en mis ojos. Entonces falló el motor del hombro derecho, el brazo se movió espasmódicamente, la mano se convirtió en una garra, se cerró con fuerza sobre el cuello de mi esposa y empezó a apretar y apretó y apretó y apretó.

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

Escritor - María Castejón


Gordon me preguntó cómo podía pasarme el día escribiendo sobre cosas que nunca había hecho y que probablemente nunca haría. Cómo podía describir la agonía previa a la muerte sin haberla visto antes. Llegué a casa lleno de preguntas, dudas, resquemores… Las interrogaciones me angustiaban y entorpecían mi prosa. No podía pensar con claridad. Cuando ella llamó a la puerta hablando de Dios, supe que aquella era una señal. Dios me la había mandado para dar fin a mi sufrimiento. Entró en mi casa, se sentó en una butaca y mientras hablaba de salvación, yo sólo pensaba como lo haría: estrangulada, degollada, envenenada. Se abría ante mí todo un abanico de posibilidades. Luego pensé horrorizado en la sangre y en los gritos. Le ofrecí una taza de café que aceptó sin vacilar. Fue la primera de una larga lista de creaciones aunque lo más curioso es que ya no escribo.

Atrapado - Francisco Costantini


Me levanté a las 8, tomé una ducha, me afeité y me vestí. Miré por la ventana para ver cómo estaba afuera; un típico día primaveral. Coloqué en el bolso las evaluaciones que había estado corrigiendo la noche anterior. Bebí un mate, comí la última tostada, y abrí la puerta. Lo que vi me dejó paralizado.
En vez de la calle, en vez de las casas vecinas, se abría ante mí un desierto de arena, de límites difusos, al menos desde mi posición. Creí, apelando al recurso de aquellos que se topan con sucesos extraños, que seguía dormido. Avancé unos pasos y pisé la arena. Me agaché y recogí un puñado. Todo muy real. Arriba, un cielo diáfano. Aunque esto no duraría demasiado.
A lo lejos, el horizonte comenzó a ponerse oscuro; una columna negra brotaba desde el suelo, muy rápido y avanzando hacía mí. Pronto comprendí que se trataba de una tormenta de arena. Reaccioné a tiempo, mientras el cielo ennegrecía y las primeras ráfagas de viento arañaban mi piel; ingresé al hogar y cerré la puerta. Corrí desaforado a asegurar las ventanas, pero, nuevamente, quedé sorprendido por lo que descubrí: detrás del vidrio se veía la calle de siempre, donde había vivido por años y, del otro lado, la casa de los Saez; incluso pude ver a la señora que barría la vereda.
¿Qué había sido aquello? Transpiraba tanto que necesitaría otra ducha. Observé la hora; era demasiado tarde, dentro de diez minutos comenzaba la clase. Pensado en eso enfilé hacia la puerta. Entonces, advertí los granos de arena en el piso. Me puse nervioso, tuve miedo. Mi mano permaneció suspendida varios segundos sobre el picaporte. Cuando por fin lo giré y quise cruzar el umbral, comprobé que el desierto seguía allí, impasible, sin tormenta. Caí de rodillas y comencé a llorar, desesperado.
Una idea cruzó por mi mente. Fui hasta la ventana, traté de abrirla, traté de romperla incluso… Nada. Lo mismo sucedió con las demás aberturas. Quise llamar a Julieta por teléfono: no había tono. La única salida posible me internaba en un mundo desconocido, ajeno al que contemplaba a través de la ventana. Insulté a Dios.
Decidí, entonces, cruzar ese desierto, comprobar sus límites. Apenas puse un pie sobre la arena, la tormenta se desató. Intenté continuar, hasta que perdí el conocimiento. Cuando desperté, estaba tirado en el piso de la cocina, con arena por todos lados. Pese al anhelo inicial, entendí que nada había sido un sueño y que detrás de la puerta el desierto persistía.
Me acerqué hasta la ventana; pasó un auto. Me largué a llorar de bronca, de miedo, de desolación.
Días después volví a intentar la fuga, con idénticos resultados. Está claro que debo esperar a que se acaben los víveres que ya escasean, o, de una buena vez, tendré que tomar coraje y ser yo quien abra la puerta que me saque al fin de este infierno.
Y esta soga será mi llave.

martes, 2 de septiembre de 2008

El mal actor de sus emociones - Julio Torri


Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio.
—Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: "Oye tu propio corazón, y el amor que tengas por tus hermanos no lo celes". Y desde entonces no encubría mis pasiones a los hombres. Mi corazón fue para ellos como guía en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino.
El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo:
—Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de tus emociones.

Esperanza - Christian Lisboa


Miró por la ventana hacia abajo, desalentado. Por la calle pasaba de regreso la turba, con sus banderas, gritando. Inflamados por un odio irracional que en unos minutos se disolvería entre litros de cerveza barata y grasa de papas fritas, increpaban a todos los que se cruzaban en su camino y arrojaban pedradas a cuanto objeto ostentase, casualmente, los colores de su equipo rival. Les observó con pena, pensando lo alejada que estaba esa masa de la realidad. Lo mucho que le convenía al gobierno fomentar su crecimiento, a pesar de los discursos en su contra. Los individuos que la componían nunca serían masa crítica, y serían fáciles de complacer, o incluso, de ser comprados. Sintió la presencia de Maya antes de que ella cruzara la puerta. Se volvió hacia ella, a lo que quedaba de ella.
—Hace frío hoy, ¿verdad? —dijo Maya.
—Diez grados. Sí, un poco.
—Todos los días siento frío. Creo que ya queda poco tiempo.
—No hables así. No sabemos lo que va a pasar. Sólo tenemos conjeturas.
—Las probabilidades... —comenzó a decir ella.
—¡Las probabilidades y el carajo! —respondió irritado Errol—. No creo en las probabilidades. Son otra forma de manipular la realidad, al igual que las estadísticas.
—Pero...
—Pero nada. Piensa. ¿Qué harían estos imbéciles que nos gobiernan sin sus queridas cifras de encuestas, probabilidades entre A y B? Ellos mismos nos hacen elegir entre A y B, ellos también mantienen una opción C que resume todo lo malo, todo lo que debemos odiar.
—Hablas como un resentido, Errol.
—Soy un resentido. No por el chato presente, sino por el futuro. Sobre todo, porque podría ser muy distinto. Pero a Ellos no les conviene.
—Tampoco les conviene lo que está pasando.
—En eso te equivocas. Ellos, sus hijos y nietos, tendrán tierra y agua y bosques por al menos doscientos años. Durante ese tiempo, tendrán la tecnología para emigrar. Los demás, que se jodan.
—No puede ser tan horrible.
—Pero es. Por eso te traje aquí.
—Y yo, ¿qué puedo hacer? Soy la última persona que puede cambiar algo.
—Es verdad. Pero tuviste otra vida, antes del último cambio. Pudiste elegir, y te equivocaste.
—Eso no se puede cambiar —dijo Maya, casi sollozando.
—¿Sabías que el pensamiento puede viajar más rápido que la luz?
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Si es así, puedes escapar al tiempo cuando estás pensando.
—Sólo por ese momento.
—¿Y si mantienes el estado atemporal? Estudié todas las posibilidades. En una de ellas, no intentaste suicidarte. Ni dejaste el proyecto de Sincronización en la Escuela Secundaria.
—Eso ya pasó. No puedo cambiarlo.
—Sí puedes. Basta que te dediques a ello con todas tus energías. Será difícil, pero yo puedo ayudarte. Mañana tendré una reunión con el Subsecretario de Educación. Él no lo sabe, pero podremos cambiarlo todo a partir de mañana. Y no podremos hacerlo sin tu ayuda.
—¿Tú crees...?
—Lo sé. Nuestros hijos podrán continuar el camino.
—¿Nuestros?...hijos... —dijo ella sorprendida.
—Sí, nuestros —dijo Errol.


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Eutanasia - Olga A. de Linares


Había matado muchas, muchas veces; y aunque siempre supo que eso era malo, no fue capaz de evitarlo.
Finalmente, lo habían atrapado.
Ahora, el peso de sus crímenes lo va aplastando como a una mosca; sin matarlo nunca del todo, apenas un poco cada día, hora tras hora, sin esperanzas, sin apuro, sin olvido.
Los jueces no han tenido piedad. ¿Por qué no condenarlo a muerte? ¿Es que no la merece, acaso? ¿Por qué darle una no-vida dentro de este ataúd blanco, de esta jaula? ¿Piensan, acaso, haber sido generosos?
El sol se burla de él a diario, pero la luna es peor aún.
Ella despega fantasmas de los muros, llena la noche de ojos, de voces, de lamentos.
Bajo su luz helada revive aquel sonido, como de cristal quebrado, entre sus manos, y vuelven las miradas que apagaba así, sí, así de fácil, igual que cuando se sopla la llama miserable de una vela.
Relojes rotos. Títeres con los hilos cortados. Siempre llorando, siempre pidiendo clemencia, como antes, de nuevo, todavía, esas sombras hambrientas.
Suele hacerse un ovillo en el rincón más oscuro, para que ellas no lo alcancen, y grita, grita, grita...
Hasta que vienen los pasos blancos, las voces sólidas, para envolverlo en sus redes apretadas.
En su mente, vuelta un rastro lento de babosas o un estallar de luces, las palabras de la súplica no llegan a formarse. O si lo hacen, no alcanzan los oídos de ningún dios misericorde. Sólo sus demonios lo escuchan. Y le han regalado este infierno.
Una noche sueña que llega hasta una cuna. Mejor dicho una caja. En ella hay un chico.
Y él sabe. Los dos son uno. Germen y fruto. Pasado y presente.
Y mientras agradece a quien sea que le brinda la ocasión de huir, por fin, de sí mismo, aprieta ese cuello endeble. Fuerte, muy fuerte.
Con alegría ve a la oscuridad que guardan sus manos extenderse otra vez sobre un rostro, ese rostro-espejo y, apagando su larga pesadilla, devorarlos a ambos.

De las sábanas familiares - Eliseo Diego


Estaba tendido en su antigua cama de ébano, frente a la ventana abierta del jardín, entre las sábanas blancas, durmiendo. Lo sabía porque soñaba que estaba así tendido, soñando que soñaba. Despertó luego de caer una eternidad por el hueco de su cuerpo y, la cara entre las manos ásperas, fue a la ventana por más aire. Una luz añil fogueaba los árboles con sus lentas llamas silenciosas; las hojas metálicas se movían pesadamente bajo el cuerpo macizo del alba, y en el cantero, minerales, coralinos, los tallos delegados del rosal soportaban flores de un feroz azul resplandeciente. Pensó que aquello era extraño. ¿Cómo imaginaba plantas verdes, de un verde apacible? "No entiendo —se dijo— este rojo entrañado de las hojas. Qué raro que no sean verdes". Y sonriendo propuso que quizás se habría equivocado de sueño. "Me levanto en la otra cama, la del sueño". Con el aire de quien dispersa sus pesadillas fue a sentarse al borde de su cama, repasando con las manos, ya tranquilizado, la conocida cabecera de piedra, las familiares sábanas cenicientas.

Signos - Marcelo Di Lisio


La vieja Elvira es la única que sabe ver. Con su andar encorvado va y viene delante de nosotros, desenreda las calles arrastrando su cuerpo delgado entre las ruinas y los desechos. La ciudad es un remedo de aquella que poco a poco se desdibuja en nuestras memorias, una maqueta arruinada a escala real.
En un momento u otro la vieja se detiene en alguna acera, a la entrada de una vivienda cualquiera y observa la fachada. Mira a los costados desde la perspectiva inusual que le brinda su postura deforme, se acomoda la melena gris y decide entrar.
Como todas las demás, esa casa también está deshabitada y a punto de venirse abajo. A la vieja Elvira no le importa, eso es todo lo que necesitamos. Recorre las habitaciones de paredes descascaradas, deambula por los pasillos apenas iluminados por la luz del día, deteniéndose en los más ínfimos detalles: un sillón polvoriento con sus almohadones hundidos, la mugre que años de manoseo dejaron junto a las llaves de la luz, las marcas en la madera de los zócalos y los muebles, el desgaste en los picaportes, las alfombras raídas por el uso, cada aroma peculiar suspendido en cientos de habitaciones. Es posible que la disposición particular de los libros en una biblioteca, la forma en que se encuentra desordenada una pila de CD’s o las manchas en las paredes de una ducha, la ayuden en sus deducciones. La vieja sabe leer en el abandono y reconstruye sucesos a partir de los objetos presentes y ausentes. En ellos ve los sentimientos y las emociones de quienes los usaron.
Hunde sus manos en las bolsas de la basura o en algún cajón y empieza a relatar. Mientras revuelve llora y hace gestos como lo hacen los malos actores o como si estuviera aprendiendo a llorar. Otras, abre un placard, desliza sus dedos sobre las prendas de vestir y es capaz de ponerse a bailar, reviviendo quién sabe qué momentos de vidas ajenas.
Nuestra tarea es transcribir lo que la vieja Elvira ve para reconstruir la ciudad y las historias de quienes vivieron aquí hace décadas. Juntos recuperamos el pasado. La vieja Elvira dice que por suerte ella olvida todo, que le es suficiente con su propia y anciana vida como para, además, tener que cargar con las vidas y las emociones de los demás.
En el fondo creemos que miente.

Don Señor - Armando Rosselot


En la junta de accionistas se acercó Don Perro, para hablar con Don Guillermo sobre lo acontecido en la noche anterior en la casa de Doña Isabel.
Al respecto, Don Perro le explicó a Don Guillermo que, lamentablemente, él no era la persona más indicada para dar la fatal noticia del triste fallecimiento de Don Gato, al Presidente del Consejo Municipal, ya que Doña Muerte es muy quisquillosa en esos temas y más vale seguirle el amén.
—Pero, ¿quién se ha creído esa señora que soy yo, para negarme el legítimo derecho de dar a conocer esta fatídica noticia a mi hermano, el Presidente del Consejo? —dijo enfurecido Don Guillermo.
—Es la ley —contestó Don Perro.
—Pero, qué se han imaginado ustedes, ¿acaso piensan que soy un Don Nadie?
—No —contestó esta vez amigablemente Don Perro—, Don Nadie viene en camino, y le aseguro que no anda de muy buen humor, si hasta Doña Muerte le anda haciendo el quite. Yo que usted me retiro.
Todos quedaron en silencio. A los pocos minutos, el puesto de Don Guillermo estaba vacío.

Aviso fúnebre - Miguel Sardegna


El diario, desplegado sobre la mesa de la cocina, no conseguía eludir los restos de una merienda de tazas de café con leche y bizcochitos.
—Marta, Marta —llamó Carmen, sin levantar la vista—, mirá quién escribió. ¿Te acordás de la Beba?
Carmen agudizó la vista: leer cada vez le exigía más esfuerzo. Todas las mañanas le leía los titulares a su hermana, mientras ella preparaba el desayuno. Marta tenía apenas dos años más que ella, pero hacía ya mucho —cuando cumplió los setenta o los setenta y cinco— que había renunciado a leer la letra pequeña del diario. Comentaban las noticias y luego charlaban de la familia y de recuerdos, de amoríos viejos e inventados. La memoria se comportaba con ellas de manera caprichosa, obligándolas a menudo a inventar algún énfasis donde sólo había sucesos repetidos y olvidables. Ninguna de las dos se había casado, y tras cuarenta años de vivir juntas se habían acostumbrado a compartirlo todo, a pensar en voz alta, a esperar una respuesta, una conformidad.
Con el brazo, hizo a un lado algunas tazas. El día anterior había sido de visitas: las amigas del club de jubilados, con sus achaques de señoras grandes, y las primas de Adrogué con sus falsas compasiones, y las condolencias de los tíos, de los sobrinos nietos y del resto de la familia Arancibia: un montón de gente preocupada que la veía incapaz de manejarse sola. La noche tampoco había sido más tranquila: los preparativos generales la habían dejado agotada.
—¡Maaarta! —dijo una vez más, y leyó en voz alta:
ARANCIBIA, Marta, q.e.p.d. Su tía hermana Beba participa con dolor su fallecimiento a los ochenta y cuatro años de edad. Se ruega una oración en su memoria.
Una lágrima cayó sobre el diario. Recordó de pronto que no tenía sentido seguir llamando a su hermana.
Y que por primera vez debería acostumbrarse a leer el diario en silencio.

El faro - Juan José Arreola


Lo que hace Genaro es horrible. Se sirve de armas imprevistas. Nuestra situación se vuelve asquerosa.
Ayer, en la mesa, nos contó una historia de cornudo. Era en realidad graciosa, pero como si Amelia y yo pudiéramos reírnos, Genaro la estropeó con sus grandes carcajadas falsas. Decía: "¿Es que hay algo más chistoso?" Y se pasaba la mano por la frente, encogiendo los dedos, como buscándose algo. Volvía a reír: "¿Cómo se sentirá llevar cuernos?" No tomaba en cuenta para nada nuestra confusión.
Amelia estaba desesperada. Yo tenía ganas de insultar a Genaro, de decirle toda la verdad a gritos, de salirme corriendo y no volver nunca. Pero como siempre, algo me detenía. Amelia tal vez, aniquilada en la situación intolerable.
Hace ya algún tiempo que la actitud de Genaro nos sorprendía. Se iba volviendo cada vez más tonto. Aceptaba explicaciones increíbles, daba lugar y tiempo para nuestras más descabelladas entrevistas. Hizo diez veces la comedia del viaje, pero siempre volvió el día previsto. Nos absteníamos inútilmente en su ausencia. De regreso, traía pequeños regalos y nos estrechaba de modo inmoral, besándonos casi el cuello, teniéndonos excesivamente contra su pecho. Amelia llegó a desfallecer de repugnancia entre semejantes abrazos.
Al principio hacíamos las cosas con temor, creyendo correr un gran riesgo. La impresión de que Genaro iba a descubrirnos en cualquier momento, teñía nuestro amor de miedo y de vergüenza. La cosa era clara y limpia en este sentido. El drama flotaba realmente sobre nosotros, dando dignidad a la culpa. Genaro lo ha echado a perder. Ahora estamos envueltos en algo turbio, denso y pesado. Nos amamos con desgana, hastiados, como esposos. Hemos adquirido poco a poco la costumbre insípida de tolerar a Genaro. Su presencia es insoportable porque no nos estorba; más bien facilita la rutina y provoca el cansancio.
A veces, el mensajero que nos trae las provisiones dice que la supresión de este faro es un hecho. Nos alegramos Amelia y yo, en secreto. Genaro se aflige visiblemente: "¿A dónde iremos?", nos dice. "¡Somos aquí tan felices!" Suspira. Luego, buscando mis ojos: "Tú vendrás con nosotros, a dondequiera que vayamos". Y se queda mirando el mar con melancolía.

El primer hombre en Marte - Frank Roger


Lewis apenas podía creer lo que estaba viendo. Marte: la nueva frontera. Contempló sobrecogido el cielo rojo y el paisaje estéril que se desplegaba ante él.
Soy el primer hombre en Marte, pensó. Todo lo que estoy haciendo será un hito en la historia de la humanidad. El espacio nos llama a un glorioso futuro. Después de los primeros pasos en la Luna de Armstrong, esto será un gran salto hacia adelante.
Avanzó un poco más, probando la leve gravedad del planeta rojo.
—Estoy escribiendo la historia —le dijo por el micrófono al centro de control—. Mis huellas sobre el polvo marciano guiarán al hombre a las estrellas.
Pero en lugar de la voz del comandante del centro de control, escuchó los estridentes tonos de su despertador. Se sentó en el catre y comprendió que el sueño había terminado.
Había regresado a la fría y dura realidad. Se levantó y se vistió para otro aburrido día de trabajo en la base lunar Malzberg, un abandonado puesto de avanzada que era el amargo recordatorio del fracaso del sueño de la conquista del espacio.
Miró por una claraboya y vio a la Tierra —ese horrible lugar con su deteriorado medio ambiente— colgando en la negrura del cielo.
La cuna del hombre, pensó, y probablemente también su tumba. Tal vez debería sentirse feliz de estar allí arriba, en esa destartalada estación lunar con su inestable gravedad artificial.
Marte ya había sido olvidado.

Título original: The First Man on Mars
Traducción del inglés: María del Pilar Jorge

lunes, 1 de septiembre de 2008

Entre pestañas - Alberto García-Teresa


Todos dormían en aquel vagón de Metro.
El zarandeo del vehículo acunaba sus resoplidos. Al llegar a cada estación, como al salir de un trance hipnótico, algunos pasajeros despertaban, y se apeaban apresurados. Otros se internaban en él, casi como quien se sumerge en un baño de agua caliente con especias; relajándose, suspirando, desabrochándose con deleite el cuello de la camisa. Y, a los pocos segundos, bien en su asiento o aferrados a una barra, como el bebé que rodea dichoso el dedo de su madre, tras un par escueto de cabezadas, el sopor les vence... y duermen.
Nadie sabe qué ocurre en el trayecto, qué transcurre en aquellos oscuros túneles, engullidos por lombrices eléctricas.
Y cuando un pasajero despierta, incómodo en su sueño, porque allí se le ha cruzado su jefe o la hipoteca, sólo puede llegar a atisbar pequeñas esferas mecánicas suspendidas sobre las cabezas. Unas diminutas máquinas que, como una nebulosa brillante, pausadamente, a través de finos alambres, chupan el tiempo a sus víctimas; las convierten en marionetas del vaivén del reloj, de la jornada, del calendario. Y, cuando llega a posar sus ojos en ellas, se evaporan entre ligeros chasquidos, con un leve olor a imprenta, y no le queda más que la sensación vaga de un vacío incómodo, de una legaña de pesadilla. Se levanta, mira la hora, aprieta su cartera, prosigue el viaje.


Acerca del autor:
Alberto García-Teresa


La gran serpiente - Max Aub


Voló la torcaz, disparé. Cayó como una piedra negra, mi perro fue a recogerla, entre breñales. Reapareció cuando, arrastrándose, gruñendo; tiraba de algo largo, oscuro, que principiaba. El animal retrocedía con esfuerzo, ganado poco terreno. Fui hacia él.
La tarde era hermosa y se estaba cayendo. Los verdes y los amarillos formaban todas las combinaciones del otoño; la tierra, friable y barrosa, con reflejos bermejones, se abría en surcos, rodeada de boscajes. Suaves colinas, alguna nube en lontananza.
El perro se cansaba. De pronto, le relevaron grandes cilindros, enormes tornos de madera alquitranada que giraban lentamente enroscando la serpiente alrededor de su ancho centro. Era la gran serpiente del mundo; la gran solitaria. La iban sacando poco a poco, ya no ofrecía resistencia, se dejaba enrollar alrededor de aquel cabestrante de madera que giraba a una velocidad idéntica y suave.
Cuando el enorme carrete negro no pudo admitir más serpiente, pusieron otro y continuaron. Se bastaban dos obreros, con las manos negras.
El perro, tumbado a mis pies, miraba con asombro, las orejas levantadas, la mirada fija: Era la gran anguila de la tierra, le había cogido la cola por casualidad.
Me senté a mirar cómo caía infinitamente la tarde, morados los lejanos encinares, oscura la tierra, siempre crepúsculo. Seguía sosteniendo la escopeta con una mano, descansando la culata en la muelle tierra.
Cuando se llenaron muchos carretes, la tierra empezó a hundirse por partes, se sumía lentamente, resquebrajándose sin estrépito; combas suaves, concavidades que, de pronto, se hacían aparentes; se metía a lo hondo donde antes aparecía llana, nuevos valles. La edad —pensé—, los amigos. Pero no cabía duda de que, si seguían extrayendo la gran serpiente, la tierra se quedaría vacía, cáscara arrugada.
Apunté con cuidado a los dos obreros, disparé. El último torno empezó a desovillarse con gran lentitud, cayó la noche. La tierra empezó de nuevo a respirar.

Azares - Luis Cattenazzi


Florida y Córdoba, y mientras espero a que el semáforo peatonal dé verde, veo pasar a la vieja. Va hacia el Bajo, camina como perdida por el asfalto para evitar la manada que formamos los oficinistas recién liberados. Me cuesta decidir si está loca, no parece una pordiosera: apenas el pelo revuelto, la pollera percudida de hollín. Dudo, sobre todo, por el cuaderno que lleva prolijamente bajo el brazo, casi un cuaderno escolar: tapa a cuadros y hojas de renglones amplios. Me recuerda a esos poetas urbanos que van con sus versos a cuestas. Pero... ¿qué apuntes podría tomar aquella loca? ¿Apuntes de la vida real? ¿Sueños en los que ella se convierte en un empleado gris que ve pasar a una desahuciada? Pienso, y siento que me observan. Busco sus ojos, nuestras miradas se cruzan un segundo. Entonces el semáforo da verde y apuro el paso, me apuro como puedo. Me duelen las caderas y las paspaduras, las piernas hinchadas se me enredan en la pollera. Pero prefiero no pensar en eso, no veo la hora de llegar por fin a la plaza. Son dos cuadras rumbo al Bajo; y me sentaré por fin en el banco de costumbre, y agregaré mi nombre en el cuaderno antes de que esta cabeza de vieja loca lo olvide para siempre.

Tema del fin del mundo - Adolfo Bioy Casares


Quizá el fin del mundo no es fácil de imaginar. Ramírez., que atiende el vestuario del club, me dijo que su hija oyó por radio, en el programa de algún aceite comestible, a un boliviano que pronosticó para el domingo 23 el fin del mundo. Mi consocio Johnny aseguró que todo eso eran macanas. Ramírez convino en que no debíamos creer una palabra del tal pronóstico y agregó que, por si acaso, el sábado a la noche no se privaría de nada, porque él estaba dispuesto, eso sí, a darse una comilona. Hombre del momento, pasó a declarar que esos anuncios debían estar terminantemente prohibidos "por causa de las criaturas". Recordó el caso de alguien que predijo, para no sé qué fecha, el fin del mundo y cuando dieron las doce de la noche "se abocó al revólver y se mató. Mientras tuvo fuerzas apretó el gatillo. No era para menos". Johnny le preguntó:
—¿Qué haría usted si supiera con seguridad que un día determinado acaba el mundo?
—No diría nada, por causa de las criaturas —respondió Ramírez—, pero dejaría anotado en un papelito que en el día de la fecha era el fin del mundo, para que vieran que yo lo sabía.

Anónima evolución - Jorge X. Antares


—Entonces me estás diciendo que nunca he triunfado porque soy un...
—Catalizador psíquico. Si, es un poco triste pero es así. Lo mismo que las reacciones químicas necesitan un agente para dispararlas, las carreras y habilidades de las personas necesitan para despegar de gente como tú. Tú eres ese agente.
—Ya veo. Así que toda esa gente con la que he tratado, esos artistas que han triunfado en música, cine, literatura... Sus triunfos se deben a que me conocieron.
—Efectivamente. Tu influencia, tus ideas, tus consejos, les han mostrado el camino. Sin ellos, nunca hubieran llegado a donde están, aunque nunca hayan sido conscientes de tu labor, ni se acuerden de ti ahora que han triunfado. Toda la humanidad avanza gracias a gente como tú. Anónimos catalizadores de artistas, científicos, filósofos...
—Bien por ellos... Y mal por mí. Eso quiere decir que nunca llegaré a ser conocido en lo que me proponga. Nunca reconocerán mis escritos, mi música, mis pinturas...
—Migajas de oropel. No te conformes con migajas. Te espera algo mejor.
—¿Sí? ¿Qué?
—Veras, lo mismo que hay catalizadores para las personas normales, también hay catalizadores para los catalizadores. Yo soy uno de ellos y voy a ayudarte a alcanzar tu destino.
—¿Mi destino? ¿Y cuál puede ser mi destino? ¿Cero a la izquierda integral?
—Créeme, ni en tus más fieros sueños te lo imaginarías. Confía en mí...

Camello declarado indeseable - Julio Cortázar


Aceptan todas las solicitudes de paso de frontera pero Guk, camello, inesperadamente declarado indeseable. Acude Guk a la central de policía donde le dicen nada que hacer, vuélvete al oasis, declarado indeseable inútil tramitar solicitud. Tristeza de Guk, retorno a las tierras de infancia. Y los camellos de familia, y los amigos, rodeándolo y qué te pasa, y no es posible, por qué precisamente tú. Entonces una delegación al Ministerio de Tránsito a apelar por Guk, con escándalo de funcionarios de carrera: esto no se ha visto jamás, ustedes vuelven inmediatamente al oasis, se hará un sumario.
Guk en el oasis come pasto un día, pasto otro día. Todos los camellos han pasado la frontera, Guk sigue esperando. Así se van el veraño, el otoño. Luego Guk de vuelta a la ciudad, parado en una plaza vacía. Muy fotografiado por turistas, contestando reportajes. Vago prestigio de Guk en la plaza. Aprovechando busca salir, en la puerta todo cambia: declarado indeseable. Guk baja la cabeza, busca los ralos pastitos de la plaza. Un día lo llaman por el altavoz y entra feliz en la central. Allí es declarado indeseable. Guk vuelve al oasis y se acuesta. Come un poco de pasto, y después apoya el hocico en la arena. Va cerrando los ojos mientras se pone el sol. De su nariz brota una burbuja que dura un segundo más que él.

Literatura - Julio Torri


El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y, sin embargo, iba a pintar los mares del Sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora como son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblada en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.
La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; y la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

Para ir a jugar - Olga A. de Linares


Vivir en una casa ruinosa por lo general deprime. No soy la excepción.
Sin embargo, no deja de tener sus ventajas, mejor dicho, sus compensaciones. Por ejemplo, esas manchas de humedad, o los hongos que extienden negruras sobre la pared, alguna vez blanca. No se asombren. Todo es cuestión de tener imaginación.
Eso salva.
Porque una empieza a ver otras cosas allí, donde para cualquier hijo de vecino no hay más que decadencia o, peor aún, desidia.
¿Qué veo? A ver… Un día encuentro, por ejemplo, una pastora que se hace arrumacos con su pastor, igualito que en las Églogas de Garcilaso (¿eran de Garcilaso, no?).
Al día siguiente, por un crecimiento fungoso inesperado, el pastor se ha vuelto caballero, con yelmo y todo, y la pastora está embarazada (sucede en las mejores familias), o quizás se transformó en bruja… O ambas cosas a la vez.
A veces veo astronautas, a veces, demonios, en ocasiones encuentro un jefe sioux con su tocado, o una dama como la Pompadour.
Cuando llega el insomnio, la luz del televisor anima dragones, o caras que me miran con silencioso reproche, las muy turras. ¡En lugar de agradecer mi poco interés en esos productos de limpieza que, quizás, podrían erradicar sus bocas mudas, sus ojos enjuiciadores!
Y que tal vez, como por arte de magia, convertirían esta pocilga en una brillante imagen hogareña. Como esas con que la publicidad nos bombardea todo el santo día. ¿Cómo harán esas señoras para tenerlo todo tan resplandeciente, y verse, al mismo tiempo, tan arregladitas, tan monas, tan delgadas? Y tan chochas de la vida, vamos, ¡como si su salvación eterna dependiese del brillo de los sanitarios!
Pero ya me fui por las ramas.
Les decía que, a mí, ya no me molestan las manchas de techos y paredes.
Al contrario.
Porque hace unos días descubrí que, justo en la pared del fondo, en la cocina, sí, ahí mismo donde tan lindo sería tener una ventana, ha aparecido una gran mancha rectangular.
¡Si hasta a mi marido, que muy imaginativo no es, le ha llamado la atención! Pero a él lo único le asombra es que los hongos adopten una forma tan simétrica, tan precisa, tan parejita. Un rectángulo perfecto.
Yo, que quieren que les diga… yo, veo una puerta.
Y atrás de ella, un parque.
Con sol, árboles, un camino largo y verde.

Lo único que todavía le falta a esa puerta es un picaporte, o algo por el estilo.
Y ya me veo apoyando la mano en él, lo siento girar bajo mis palmas, e imagino el momento en que la puerta, sin más resistencias, ceda y se abra para mí.
Supongo que sólo será cuestión de tener un poco más de paciencia.
Y sigo esperando, boca muda, ojos bajos, el momento en que pueda, de una vez por todas, cruzarla.