
sábado, 6 de septiembre de 2008
Souvenir - Carlos Duarte Cano

De Jacques - Eliseo Diego

Tabula rasa - Libia Brenda Castro

Ciudad - Ramiro Sanchiz

Hemos salido a descubrir la ciudad. Tomamos una de las vías principales y la recorrimos hasta los barrios bajos; a partir de allí nos perdimos en callejuelas y caminos de tierra, hasta que un alto alambrado nos descubrió el fin de la ciudad. Entonces regresamos hacia la vía principal, luego a otra avenida importante y de allí en dirección al extremo, donde una vez más edificios y calles se perdían en cantegriles y descampados habitados por ombúes y eucaliptos. No tuvimos que caminar mucho para encontrar el gran muro de alambre, otra vez. Uno de nosotros sugirió bordear la ciudad. Descubrimos que hacia el sur la limitaba el río y hacia el norte una confusa trama de vías de cintura. Creíamos tener un mapa, aunque ninguno de nosotros era capaz de recordar dónde estaba o dónde había sido perdido. En base a recuerdos demasiado tenues recorrimos las márgenes de la ciudad hasta dar con una calle que nos parecía alentadora, y por la que optamos por internarnos. No muy lejos empezaron a verse chimeneas y tubos de refinerías, luego el delta empantanado de un arroyuelo, una villa miseria de casuchas de lata y un edificio imponente que, recordamos, había sido un frigorífico, ahora abandonado y poblado por fantasmas. Entonces aparecimos en otra de las vías principales, la primera que habíamos tomado, y regresamos a las callejuelas y los caminos de tierra, hasta que el alto alambrado nos miró desde una distancia bastante mayor de la que esperábamos. Supimos así que la ciudad había crecido, aunque teníamos también la hipótesis de un ligero movimiento de traslación, por lo que resolvimos visitar el otro extremo y constatar su ubicación exacta: tras una hora y media de viaje descubrimos que más allá de los ombúes y eucaliptos se extendían dos brazos de chabolas separados por un arroyuelo. Cruzando un puente precario dimos con un viejo camino empedrado que se perdía en el Este, hasta ser asesinado por el alambrado. Casi un kilómetro había sido añadido, por lo que concluimos el crecimiento indudable de la ciudad, y, como ante la proximidad de lo sagrado y horrible, entendimos que era necesario acercarse al río. Pasamos por los barrios de los ricos, vigilados por autómatas; atravesamos las zonas comerciales y administrativas hasta llegar a la costanera. Descubrimos entonces, como quien comprueba el cumplimiento de una antigua profecía, que el río estaba en bajante. Las aguas se habían retirado casi medio kilómetro, descubriendo un lecho poblado de fósiles y antiguas esculturas de mármol ennegrecido.
viernes, 5 de septiembre de 2008
En el insomnio - Virgilio Piñera

Exilio - Héctor G. Oesterheld

El mapa ecuménico - Álvaro Menén Desleal

El fin del obelisco - Ricardo Manuel Ganso

La batalla final – Sergio Gaut vel Hartman

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html
La amante - Susana Duré

jueves, 4 de septiembre de 2008
La máquina del tiempo - José Ramón Vila (Txerra)

El escape del náufrago - Juan Pablo Noroña

Un penique por tus pensamientos - Jorge X. Antares

El hombre que perdió su brocha de marta - Ramón Gómez de la Serna

De la torre - Eliseo Diego

Palacio de hielo - Luis Buñuel

Los charcos formaban un dominó decapitado de edificios de los que uno es el torreón que me contaron en la infancia de una sola ventana tan alta como los ojos de madre cuando se inclinan sobre la cuna.
Cerca de la puerta pende un ahorcado que se balancea sobre el abismo cercado de eternidad, aullando de espacio. Soy yo. Es mi esqueleto del que ya no quedan sino los ojos. Tan pronto me sonríen, tan pronto me bizquean, tan pronto se me van a comer una miga de pan en el interior del cerebro. La ventana se abre y aparece una dama que se da polisoir en las uñas. Cuando las considera suficientemente afiladas me saca los ojos y los arroja a la calle.
Quedan mis órbitas solas sin mirada, sin deseos, sin mar, sin polluelos, sin nada.
Una enfermera viene a sentarse a mi lado en la mesa del café. Despliega un periódico de 1856 y lee con voz emocionada: "Cuando los soldados de Napoleón entraron en Zaragoza, en la Vil Zaragoza, no encontraron más que viento por las desiertas calles. Solo en un charco croaban los ojos de Luis Buñuel. Los soldados de Napoleón los remataron a bayonetazos".
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Celulares - Eduardo Abel Gimenez

Aserrín aserrán - Julio Cortázar

Medianoche en Olvido - Jorge X. Antares

El efecto Passarella - Ricardo Manuel Ganso

Arca estelar - Jorge Martín

El zombie eléctrico - Sergio Gaut vel Hartman

Por entonces, si bien mamá no había muerto, hacía un año que estaba convertida en un zombie, un ser desvalido y vulnerable, víctima absoluta del despiadado Alzheimer. Esperábamos el desenlace de un momento a otro y como no quería perder la oportunidad, me apresuré a cerrar trato con el IRD sin reparar demasiado en las advertencias de los agentes de la empresa, que se aburrieron aclarando que el sistema estaba en fase Beta, que existían riesgos —firme aquí y aquí y allí—, exculpándolos de cualquier fallo que se pudiera producir. Firmé todo lo que me pusieron delante de los ojos sin leer.
Mamá falleció el 3 de agosto, en medio de una tormenta atronadora. No hubo velatorio, claro, y los del IRD se la llevaron en una caja de hielo seco a las dos horas de producido el deceso.
La trajeron de regreso diez días después. Bueno, en realidad la dejaron en la puerta de calle. Ella hizo el resto del camino por sus propios medios, abrió la puerta y casi nos mata del susto. Estaba radiante. Lucía la mejor sonrisa de los últimos tiempos. La habían maquillado con esmero y el volumen de la grabación estaba dos puntos por encima de lo adecuado, pero yo sabía que ese era el precio a pagar para que el sonido de los nanomotores y relés quedara disimulado en medio del incesante parloteo.
Fue maravilloso durante ocho minutos. Mamá estaba con nosotros de nuevo. Ya no era una pobre vieja en ruinas; habíamos recuperado a la mujer de siempre: risueña, dicharachera, jovial. Leticia leyó la felicidad en mis ojos. Entonces falló el motor del hombro derecho, el brazo se movió espasmódicamente, la mano se convirtió en una garra, se cerró con fuerza sobre el cuello de mi esposa y empezó a apretar y apretó y apretó y apretó.
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Escritor - María Castejón

Atrapado - Francisco Costantini

En vez de la calle, en vez de las casas vecinas, se abría ante mí un desierto de arena, de límites difusos, al menos desde mi posición. Creí, apelando al recurso de aquellos que se topan con sucesos extraños, que seguía dormido. Avancé unos pasos y pisé la arena. Me agaché y recogí un puñado. Todo muy real. Arriba, un cielo diáfano. Aunque esto no duraría demasiado.
A lo lejos, el horizonte comenzó a ponerse oscuro; una columna negra brotaba desde el suelo, muy rápido y avanzando hacía mí. Pronto comprendí que se trataba de una tormenta de arena. Reaccioné a tiempo, mientras el cielo ennegrecía y las primeras ráfagas de viento arañaban mi piel; ingresé al hogar y cerré la puerta. Corrí desaforado a asegurar las ventanas, pero, nuevamente, quedé sorprendido por lo que descubrí: detrás del vidrio se veía la calle de siempre, donde había vivido por años y, del otro lado, la casa de los Saez; incluso pude ver a la señora que barría la vereda.
¿Qué había sido aquello? Transpiraba tanto que necesitaría otra ducha. Observé la hora; era demasiado tarde, dentro de diez minutos comenzaba la clase. Pensado en eso enfilé hacia la puerta. Entonces, advertí los granos de arena en el piso. Me puse nervioso, tuve miedo. Mi mano permaneció suspendida varios segundos sobre el picaporte. Cuando por fin lo giré y quise cruzar el umbral, comprobé que el desierto seguía allí, impasible, sin tormenta. Caí de rodillas y comencé a llorar, desesperado.
Una idea cruzó por mi mente. Fui hasta la ventana, traté de abrirla, traté de romperla incluso… Nada. Lo mismo sucedió con las demás aberturas. Quise llamar a Julieta por teléfono: no había tono. La única salida posible me internaba en un mundo desconocido, ajeno al que contemplaba a través de la ventana. Insulté a Dios.
Decidí, entonces, cruzar ese desierto, comprobar sus límites. Apenas puse un pie sobre la arena, la tormenta se desató. Intenté continuar, hasta que perdí el conocimiento. Cuando desperté, estaba tirado en el piso de la cocina, con arena por todos lados. Pese al anhelo inicial, entendí que nada había sido un sueño y que detrás de la puerta el desierto persistía.
Me acerqué hasta la ventana; pasó un auto. Me largué a llorar de bronca, de miedo, de desolación.
Días después volví a intentar la fuga, con idénticos resultados. Está claro que debo esperar a que se acaben los víveres que ya escasean, o, de una buena vez, tendré que tomar coraje y ser yo quien abra la puerta que me saque al fin de este infierno.
Y esta soga será mi llave.
martes, 2 de septiembre de 2008
El mal actor de sus emociones - Julio Torri

Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio.
—Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: "Oye tu propio corazón, y el amor que tengas por tus hermanos no lo celes". Y desde entonces no encubría mis pasiones a los hombres. Mi corazón fue para ellos como guía en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino.
El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo:
—Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de tus emociones.
Esperanza - Christian Lisboa

—Hace frío hoy, ¿verdad? —dijo Maya.
—Diez grados. Sí, un poco.
—Todos los días siento frío. Creo que ya queda poco tiempo.
—No hables así. No sabemos lo que va a pasar. Sólo tenemos conjeturas.
—Las probabilidades... —comenzó a decir ella.
—¡Las probabilidades y el carajo! —respondió irritado Errol—. No creo en las probabilidades. Son otra forma de manipular la realidad, al igual que las estadísticas.
—Pero...
—Pero nada. Piensa. ¿Qué harían estos imbéciles que nos gobiernan sin sus queridas cifras de encuestas, probabilidades entre A y B? Ellos mismos nos hacen elegir entre A y B, ellos también mantienen una opción C que resume todo lo malo, todo lo que debemos odiar.
—Hablas como un resentido, Errol.
—Soy un resentido. No por el chato presente, sino por el futuro. Sobre todo, porque podría ser muy distinto. Pero a Ellos no les conviene.
—Tampoco les conviene lo que está pasando.
—En eso te equivocas. Ellos, sus hijos y nietos, tendrán tierra y agua y bosques por al menos doscientos años. Durante ese tiempo, tendrán la tecnología para emigrar. Los demás, que se jodan.
—No puede ser tan horrible.
—Pero es. Por eso te traje aquí.
—Y yo, ¿qué puedo hacer? Soy la última persona que puede cambiar algo.
—Es verdad. Pero tuviste otra vida, antes del último cambio. Pudiste elegir, y te equivocaste.
—Eso no se puede cambiar —dijo Maya, casi sollozando.
—¿Sabías que el pensamiento puede viajar más rápido que la luz?
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Si es así, puedes escapar al tiempo cuando estás pensando.
—Sólo por ese momento.
—¿Y si mantienes el estado atemporal? Estudié todas las posibilidades. En una de ellas, no intentaste suicidarte. Ni dejaste el proyecto de Sincronización en la Escuela Secundaria.
—Eso ya pasó. No puedo cambiarlo.
—Sí puedes. Basta que te dediques a ello con todas tus energías. Será difícil, pero yo puedo ayudarte. Mañana tendré una reunión con el Subsecretario de Educación. Él no lo sabe, pero podremos cambiarlo todo a partir de mañana. Y no podremos hacerlo sin tu ayuda.
—¿Tú crees...?
—Lo sé. Nuestros hijos podrán continuar el camino.
—¿Nuestros?...hijos... —dijo ella sorprendida.
—Sí, nuestros —dijo Errol.
Eutanasia - Olga A. de Linares

Había matado muchas, muchas veces; y aunque siempre supo que eso era malo, no fue capaz de evitarlo.
Finalmente, lo habían atrapado.
Ahora, el peso de sus crímenes lo va aplastando como a una mosca; sin matarlo nunca del todo, apenas un poco cada día, hora tras hora, sin esperanzas, sin apuro, sin olvido.
Los jueces no han tenido piedad. ¿Por qué no condenarlo a muerte? ¿Es que no la merece, acaso? ¿Por qué darle una no-vida dentro de este ataúd blanco, de esta jaula? ¿Piensan, acaso, haber sido generosos?
El sol se burla de él a diario, pero la luna es peor aún.
Ella despega fantasmas de los muros, llena la noche de ojos, de voces, de lamentos.
Bajo su luz helada revive aquel sonido, como de cristal quebrado, entre sus manos, y vuelven las miradas que apagaba así, sí, así de fácil, igual que cuando se sopla la llama miserable de una vela.
Relojes rotos. Títeres con los hilos cortados. Siempre llorando, siempre pidiendo clemencia, como antes, de nuevo, todavía, esas sombras hambrientas.
Suele hacerse un ovillo en el rincón más oscuro, para que ellas no lo alcancen, y grita, grita, grita...
Hasta que vienen los pasos blancos, las voces sólidas, para envolverlo en sus redes apretadas.
En su mente, vuelta un rastro lento de babosas o un estallar de luces, las palabras de la súplica no llegan a formarse. O si lo hacen, no alcanzan los oídos de ningún dios misericorde. Sólo sus demonios lo escuchan. Y le han regalado este infierno.
Una noche sueña que llega hasta una cuna. Mejor dicho una caja. En ella hay un chico.
Y él sabe. Los dos son uno. Germen y fruto. Pasado y presente.
Y mientras agradece a quien sea que le brinda la ocasión de huir, por fin, de sí mismo, aprieta ese cuello endeble. Fuerte, muy fuerte.
Con alegría ve a la oscuridad que guardan sus manos extenderse otra vez sobre un rostro, ese rostro-espejo y, apagando su larga pesadilla, devorarlos a ambos.
De las sábanas familiares - Eliseo Diego

Signos - Marcelo Di Lisio

En un momento u otro la vieja se detiene en alguna acera, a la entrada de una vivienda cualquiera y observa la fachada. Mira a los costados desde la perspectiva inusual que le brinda su postura deforme, se acomoda la melena gris y decide entrar.
Como todas las demás, esa casa también está deshabitada y a punto de venirse abajo. A la vieja Elvira no le importa, eso es todo lo que necesitamos. Recorre las habitaciones de paredes descascaradas, deambula por los pasillos apenas iluminados por la luz del día, deteniéndose en los más ínfimos detalles: un sillón polvoriento con sus almohadones hundidos, la mugre que años de manoseo dejaron junto a las llaves de la luz, las marcas en la madera de los zócalos y los muebles, el desgaste en los picaportes, las alfombras raídas por el uso, cada aroma peculiar suspendido en cientos de habitaciones. Es posible que la disposición particular de los libros en una biblioteca, la forma en que se encuentra desordenada una pila de CD’s o las manchas en las paredes de una ducha, la ayuden en sus deducciones. La vieja sabe leer en el abandono y reconstruye sucesos a partir de los objetos presentes y ausentes. En ellos ve los sentimientos y las emociones de quienes los usaron.
Hunde sus manos en las bolsas de la basura o en algún cajón y empieza a relatar. Mientras revuelve llora y hace gestos como lo hacen los malos actores o como si estuviera aprendiendo a llorar. Otras, abre un placard, desliza sus dedos sobre las prendas de vestir y es capaz de ponerse a bailar, reviviendo quién sabe qué momentos de vidas ajenas.
Nuestra tarea es transcribir lo que la vieja Elvira ve para reconstruir la ciudad y las historias de quienes vivieron aquí hace décadas. Juntos recuperamos el pasado. La vieja Elvira dice que por suerte ella olvida todo, que le es suficiente con su propia y anciana vida como para, además, tener que cargar con las vidas y las emociones de los demás.
En el fondo creemos que miente.
Don Señor - Armando Rosselot

Al respecto, Don Perro le explicó a Don Guillermo que, lamentablemente, él no era la persona más indicada para dar la fatal noticia del triste fallecimiento de Don Gato, al Presidente del Consejo Municipal, ya que Doña Muerte es muy quisquillosa en esos temas y más vale seguirle el amén.
—Pero, ¿quién se ha creído esa señora que soy yo, para negarme el legítimo derecho de dar a conocer esta fatídica noticia a mi hermano, el Presidente del Consejo? —dijo enfurecido Don Guillermo.
—Es la ley —contestó Don Perro.
—Pero, qué se han imaginado ustedes, ¿acaso piensan que soy un Don Nadie?
—No —contestó esta vez amigablemente Don Perro—, Don Nadie viene en camino, y le aseguro que no anda de muy buen humor, si hasta Doña Muerte le anda haciendo el quite. Yo que usted me retiro.
Todos quedaron en silencio. A los pocos minutos, el puesto de Don Guillermo estaba vacío.
Aviso fúnebre - Miguel Sardegna

—Marta, Marta —llamó Carmen, sin levantar la vista—, mirá quién escribió. ¿Te acordás de la Beba?
Carmen agudizó la vista: leer cada vez le exigía más esfuerzo. Todas las mañanas le leía los titulares a su hermana, mientras ella preparaba el desayuno. Marta tenía apenas dos años más que ella, pero hacía ya mucho —cuando cumplió los setenta o los setenta y cinco— que había renunciado a leer la letra pequeña del diario. Comentaban las noticias y luego charlaban de la familia y de recuerdos, de amoríos viejos e inventados. La memoria se comportaba con ellas de manera caprichosa, obligándolas a menudo a inventar algún énfasis donde sólo había sucesos repetidos y olvidables. Ninguna de las dos se había casado, y tras cuarenta años de vivir juntas se habían acostumbrado a compartirlo todo, a pensar en voz alta, a esperar una respuesta, una conformidad.
Con el brazo, hizo a un lado algunas tazas. El día anterior había sido de visitas: las amigas del club de jubilados, con sus achaques de señoras grandes, y las primas de Adrogué con sus falsas compasiones, y las condolencias de los tíos, de los sobrinos nietos y del resto de la familia Arancibia: un montón de gente preocupada que la veía incapaz de manejarse sola. La noche tampoco había sido más tranquila: los preparativos generales la habían dejado agotada.
—¡Maaarta! —dijo una vez más, y leyó en voz alta:
ARANCIBIA, Marta, q.e.p.d. Su tía hermana Beba participa con dolor su fallecimiento a los ochenta y cuatro años de edad. Se ruega una oración en su memoria.
Una lágrima cayó sobre el diario. Recordó de pronto que no tenía sentido seguir llamando a su hermana.
Y que por primera vez debería acostumbrarse a leer el diario en silencio.
El faro - Juan José Arreola

Ayer, en la mesa, nos contó una historia de cornudo. Era en realidad graciosa, pero como si Amelia y yo pudiéramos reírnos, Genaro la estropeó con sus grandes carcajadas falsas. Decía: "¿Es que hay algo más chistoso?" Y se pasaba la mano por la frente, encogiendo los dedos, como buscándose algo. Volvía a reír: "¿Cómo se sentirá llevar cuernos?" No tomaba en cuenta para nada nuestra confusión.
Amelia estaba desesperada. Yo tenía ganas de insultar a Genaro, de decirle toda la verdad a gritos, de salirme corriendo y no volver nunca. Pero como siempre, algo me detenía. Amelia tal vez, aniquilada en la situación intolerable.
Hace ya algún tiempo que la actitud de Genaro nos sorprendía. Se iba volviendo cada vez más tonto. Aceptaba explicaciones increíbles, daba lugar y tiempo para nuestras más descabelladas entrevistas. Hizo diez veces la comedia del viaje, pero siempre volvió el día previsto. Nos absteníamos inútilmente en su ausencia. De regreso, traía pequeños regalos y nos estrechaba de modo inmoral, besándonos casi el cuello, teniéndonos excesivamente contra su pecho. Amelia llegó a desfallecer de repugnancia entre semejantes abrazos.
Al principio hacíamos las cosas con temor, creyendo correr un gran riesgo. La impresión de que Genaro iba a descubrirnos en cualquier momento, teñía nuestro amor de miedo y de vergüenza. La cosa era clara y limpia en este sentido. El drama flotaba realmente sobre nosotros, dando dignidad a la culpa. Genaro lo ha echado a perder. Ahora estamos envueltos en algo turbio, denso y pesado. Nos amamos con desgana, hastiados, como esposos. Hemos adquirido poco a poco la costumbre insípida de tolerar a Genaro. Su presencia es insoportable porque no nos estorba; más bien facilita la rutina y provoca el cansancio.
A veces, el mensajero que nos trae las provisiones dice que la supresión de este faro es un hecho. Nos alegramos Amelia y yo, en secreto. Genaro se aflige visiblemente: "¿A dónde iremos?", nos dice. "¡Somos aquí tan felices!" Suspira. Luego, buscando mis ojos: "Tú vendrás con nosotros, a dondequiera que vayamos". Y se queda mirando el mar con melancolía.
El primer hombre en Marte - Frank Roger

Soy el primer hombre en Marte, pensó. Todo lo que estoy haciendo será un hito en la historia de la humanidad. El espacio nos llama a un glorioso futuro. Después de los primeros pasos en la Luna de Armstrong, esto será un gran salto hacia adelante.
Avanzó un poco más, probando la leve gravedad del planeta rojo.
—Estoy escribiendo la historia —le dijo por el micrófono al centro de control—. Mis huellas sobre el polvo marciano guiarán al hombre a las estrellas.
Pero en lugar de la voz del comandante del centro de control, escuchó los estridentes tonos de su despertador. Se sentó en el catre y comprendió que el sueño había terminado.
Había regresado a la fría y dura realidad. Se levantó y se vistió para otro aburrido día de trabajo en la base lunar Malzberg, un abandonado puesto de avanzada que era el amargo recordatorio del fracaso del sueño de la conquista del espacio.
Miró por una claraboya y vio a la Tierra —ese horrible lugar con su deteriorado medio ambiente— colgando en la negrura del cielo.
La cuna del hombre, pensó, y probablemente también su tumba. Tal vez debería sentirse feliz de estar allí arriba, en esa destartalada estación lunar con su inestable gravedad artificial.
Marte ya había sido olvidado.
Título original: The First Man on Mars
Traducción del inglés: María del Pilar Jorge
lunes, 1 de septiembre de 2008
Entre pestañas - Alberto García-Teresa

El zarandeo del vehículo acunaba sus resoplidos. Al llegar a cada estación, como al salir de un trance hipnótico, algunos pasajeros despertaban, y se apeaban apresurados. Otros se internaban en él, casi como quien se sumerge en un baño de agua caliente con especias; relajándose, suspirando, desabrochándose con deleite el cuello de la camisa. Y, a los pocos segundos, bien en su asiento o aferrados a una barra, como el bebé que rodea dichoso el dedo de su madre, tras un par escueto de cabezadas, el sopor les vence... y duermen.
Nadie sabe qué ocurre en el trayecto, qué transcurre en aquellos oscuros túneles, engullidos por lombrices eléctricas.
Y cuando un pasajero despierta, incómodo en su sueño, porque allí se le ha cruzado su jefe o la hipoteca, sólo puede llegar a atisbar pequeñas esferas mecánicas suspendidas sobre las cabezas. Unas diminutas máquinas que, como una nebulosa brillante, pausadamente, a través de finos alambres, chupan el tiempo a sus víctimas; las convierten en marionetas del vaivén del reloj, de la jornada, del calendario. Y, cuando llega a posar sus ojos en ellas, se evaporan entre ligeros chasquidos, con un leve olor a imprenta, y no le queda más que la sensación vaga de un vacío incómodo, de una legaña de pesadilla. Se levanta, mira la hora, aprieta su cartera, prosigue el viaje.
Acerca del autor:
Alberto García-Teresa
La gran serpiente - Max Aub

La tarde era hermosa y se estaba cayendo. Los verdes y los amarillos formaban todas las combinaciones del otoño; la tierra, friable y barrosa, con reflejos bermejones, se abría en surcos, rodeada de boscajes. Suaves colinas, alguna nube en lontananza.
El perro se cansaba. De pronto, le relevaron grandes cilindros, enormes tornos de madera alquitranada que giraban lentamente enroscando la serpiente alrededor de su ancho centro. Era la gran serpiente del mundo; la gran solitaria. La iban sacando poco a poco, ya no ofrecía resistencia, se dejaba enrollar alrededor de aquel cabestrante de madera que giraba a una velocidad idéntica y suave.
Cuando el enorme carrete negro no pudo admitir más serpiente, pusieron otro y continuaron. Se bastaban dos obreros, con las manos negras.
El perro, tumbado a mis pies, miraba con asombro, las orejas levantadas, la mirada fija: Era la gran anguila de la tierra, le había cogido la cola por casualidad.
Me senté a mirar cómo caía infinitamente la tarde, morados los lejanos encinares, oscura la tierra, siempre crepúsculo. Seguía sosteniendo la escopeta con una mano, descansando la culata en la muelle tierra.
Cuando se llenaron muchos carretes, la tierra empezó a hundirse por partes, se sumía lentamente, resquebrajándose sin estrépito; combas suaves, concavidades que, de pronto, se hacían aparentes; se metía a lo hondo donde antes aparecía llana, nuevos valles. La edad —pensé—, los amigos. Pero no cabía duda de que, si seguían extrayendo la gran serpiente, la tierra se quedaría vacía, cáscara arrugada.
Apunté con cuidado a los dos obreros, disparé. El último torno empezó a desovillarse con gran lentitud, cayó la noche. La tierra empezó de nuevo a respirar.
Azares - Luis Cattenazzi

Tema del fin del mundo - Adolfo Bioy Casares

—¿Qué haría usted si supiera con seguridad que un día determinado acaba el mundo?
—No diría nada, por causa de las criaturas —respondió Ramírez—, pero dejaría anotado en un papelito que en el día de la fecha era el fin del mundo, para que vieran que yo lo sabía.
Anónima evolución - Jorge X. Antares

—Catalizador psíquico. Si, es un poco triste pero es así. Lo mismo que las reacciones químicas necesitan un agente para dispararlas, las carreras y habilidades de las personas necesitan para despegar de gente como tú. Tú eres ese agente.
—Ya veo. Así que toda esa gente con la que he tratado, esos artistas que han triunfado en música, cine, literatura... Sus triunfos se deben a que me conocieron.
—Efectivamente. Tu influencia, tus ideas, tus consejos, les han mostrado el camino. Sin ellos, nunca hubieran llegado a donde están, aunque nunca hayan sido conscientes de tu labor, ni se acuerden de ti ahora que han triunfado. Toda la humanidad avanza gracias a gente como tú. Anónimos catalizadores de artistas, científicos, filósofos...
—Bien por ellos... Y mal por mí. Eso quiere decir que nunca llegaré a ser conocido en lo que me proponga. Nunca reconocerán mis escritos, mi música, mis pinturas...
—Migajas de oropel. No te conformes con migajas. Te espera algo mejor.
—¿Sí? ¿Qué?
—Veras, lo mismo que hay catalizadores para las personas normales, también hay catalizadores para los catalizadores. Yo soy uno de ellos y voy a ayudarte a alcanzar tu destino.
—¿Mi destino? ¿Y cuál puede ser mi destino? ¿Cero a la izquierda integral?
—Créeme, ni en tus más fieros sueños te lo imaginarías. Confía en mí...
Camello declarado indeseable - Julio Cortázar

Guk en el oasis come pasto un día, pasto otro día. Todos los camellos han pasado la frontera, Guk sigue esperando. Así se van el veraño, el otoño. Luego Guk de vuelta a la ciudad, parado en una plaza vacía. Muy fotografiado por turistas, contestando reportajes. Vago prestigio de Guk en la plaza. Aprovechando busca salir, en la puerta todo cambia: declarado indeseable. Guk baja la cabeza, busca los ralos pastitos de la plaza. Un día lo llaman por el altavoz y entra feliz en la central. Allí es declarado indeseable. Guk vuelve al oasis y se acuesta. Come un poco de pasto, y después apoya el hocico en la arena. Va cerrando los ojos mientras se pone el sol. De su nariz brota una burbuja que dura un segundo más que él.
Literatura - Julio Torri

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; y la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.
Para ir a jugar - Olga A. de Linares

Sin embargo, no deja de tener sus ventajas, mejor dicho, sus compensaciones. Por ejemplo, esas manchas de humedad, o los hongos que extienden negruras sobre la pared, alguna vez blanca. No se asombren. Todo es cuestión de tener imaginación.
Eso salva.
Porque una empieza a ver otras cosas allí, donde para cualquier hijo de vecino no hay más que decadencia o, peor aún, desidia.
¿Qué veo? A ver… Un día encuentro, por ejemplo, una pastora que se hace arrumacos con su pastor, igualito que en las Églogas de Garcilaso (¿eran de Garcilaso, no?).
Al día siguiente, por un crecimiento fungoso inesperado, el pastor se ha vuelto caballero, con yelmo y todo, y la pastora está embarazada (sucede en las mejores familias), o quizás se transformó en bruja… O ambas cosas a la vez.
A veces veo astronautas, a veces, demonios, en ocasiones encuentro un jefe sioux con su tocado, o una dama como la Pompadour.
Cuando llega el insomnio, la luz del televisor anima dragones, o caras que me miran con silencioso reproche, las muy turras. ¡En lugar de agradecer mi poco interés en esos productos de limpieza que, quizás, podrían erradicar sus bocas mudas, sus ojos enjuiciadores!
Y que tal vez, como por arte de magia, convertirían esta pocilga en una brillante imagen hogareña. Como esas con que la publicidad nos bombardea todo el santo día. ¿Cómo harán esas señoras para tenerlo todo tan resplandeciente, y verse, al mismo tiempo, tan arregladitas, tan monas, tan delgadas? Y tan chochas de la vida, vamos, ¡como si su salvación eterna dependiese del brillo de los sanitarios!
Pero ya me fui por las ramas.
Les decía que, a mí, ya no me molestan las manchas de techos y paredes.
Al contrario.
Porque hace unos días descubrí que, justo en la pared del fondo, en la cocina, sí, ahí mismo donde tan lindo sería tener una ventana, ha aparecido una gran mancha rectangular.
¡Si hasta a mi marido, que muy imaginativo no es, le ha llamado la atención! Pero a él lo único le asombra es que los hongos adopten una forma tan simétrica, tan precisa, tan parejita. Un rectángulo perfecto.
Yo, que quieren que les diga… yo, veo una puerta.
Y atrás de ella, un parque.
Con sol, árboles, un camino largo y verde.
Lo único que todavía le falta a esa puerta es un picaporte, o algo por el estilo.
Y ya me veo apoyando la mano en él, lo siento girar bajo mis palmas, e imagino el momento en que la puerta, sin más resistencias, ceda y se abra para mí.
Supongo que sólo será cuestión de tener un poco más de paciencia.
Y sigo esperando, boca muda, ojos bajos, el momento en que pueda, de una vez por todas, cruzarla.