viernes, 5 de septiembre de 2008

El fin del obelisco - Ricardo Manuel Ganso


Todo empezó con aquella vieja pregunta: "¿Qué hay adentro del obelisco?" El doctor Rossi intuyó inmediatamente que estaba vacío. Cuando realizó su anuncio en el Club de Violadores de Leyes Físicas todos sus colegas sacaron la misma conclusión: el obelisco de Buenos Aires, estando vacío, es el lugar ideal. ¿Ideal para qué? Pues para concretar su más ansiado y postergado proyecto: el agujero de gusano.
—¡Ya tengo todo listo! —anunció extasiado el licenciado Lezin—. Sólo falta que lo instalemos.
—El Grupo de Intervención de Prepo está siempre preparado —agregó el Capitán González.
Esa noche rodearon de vallas el obelisco. Mientras los miembros novatos del club simulaban pintarlo, los expertos colocaron dentro del obelisco las bocas de entrada y de salida al agujero de gusano. La de entrada en la base, y la de salida en la cúspide. Un grupo de albañiles hizo una nueva ventana, vidriada, a media altura. Finalmente, llenaron el obelisco con gusanos; cincuenta y dos camiones de gusanos.
A la mañana siguiente, los porteños que transitaban por Corrientes y 9 de Julio descubrieron la nueva ventana en su querido símbolo, y pudieron apreciar a través de ella como unas lombrices descendían eternamente. Al llegar a la base entraban al agujero de gusano. Como la salida estaba en el tope del obelisco, salían por allí sólo para volver a caer hacia la base y repetir el ciclo.
El Club de Violadores de Leyes Físicas envió gacetillas a toda la prensa explicando el funcionamiento de tan extraña cascada vérmica. Nadie les creyó. Se habló de fraude y bombas centrífugas que movían los gusanos. Los religiosos buscaban vírgenes y rostros de Jesús o Satanás en los cambiantes patrones que las lombrices dibujaban en la ventana. Biólogos jungianos hablaron de un multi-verme transgénico con conciencia colectiva. Defensores de los animales exigieron la liberación de los anélidos en cautiverio torturados por la ciencia capitalista. Un grupo de trotskistas propuso la existencia de una revolución permanente en las lombrices al interior del obelisco, pero se escindió en tres fracciones al realizar su primer congreso general. La televisión se llenó de expertos que citaban a Stephen Hawking, al Dalai Lama y al ingeniero Juan Baigorri Velar. O sea, todo normal. Y el obelisco siguió en su sitio.
Pero llegó el nefasto día en que un radioaficionado de Castelar tuvo la idea. Influenciado por décadas de lectura de “Mecánica Popular”, concibió un aprovechamiento práctico del fenómeno mientras comía canelones junto a su madre.
—Vieja, con esta nos forramos —le dijo a su progenitora—. Si ponemos dentro del obelisco una turbina Pelton acoplada a un dínamo, sacamos electricidad gratis.
En ese momento el Universo reaccionó ante la flagrante violación de la primera ley de la termodinámica. Un vórtice gravitacional entró a la 9 de Julio por el lado de Retiro y avanzó hacia Constitución llevándose el obelisco, los gusanos, el agujero de ídem y desplazando 50 metros el edificio del Ministerio de Obras Públicas.

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