domingo, 14 de diciembre de 2008

El cuadro - María del Pilar Jorge


Cuando atendió el teléfono, no esperaba esa noticia: tía Olga había muerto. Los ojos vacíos, sin lágrimas, evocaron el rostro de la anciana. 
Ana era su única pariente viva, por lo que debía hacerse cargo de los trámites, se lo dijo el abogado. Pero no deseaba regresar a aquella casa; hacía años que no iba allí. Aún recordaba la escalera de mármol, la galería cerrada por una larga pared de vitraux en la que los dibujos subsistían eternos, aquella chimenea que rara vez estaba encendida.
El esposo de Olga había sido arqueólogo, y a su muerte, la mujer conservó todas y cada una de sus reliquias: cuadros, estatuillas de barro, jarrones rotos, vasijas quebradas. Cuando Ana era una niña, su tía le había hablado de los secretos y maravillas encerradas en cada una de esas piezas de museo. Eran historias de magia y maldiciones, que por años la persiguieron en sus pesadillas. Cuentos inventados, seguramente, para que la niña no tocara las cosas y las rompiera. Esa al menos, había sido la explicación del psicólogo al que había consultado, la explicación que finalmente logró calmar sus miedos.
Esta vez, al llegar a la casa, la recibió un tufillo a encierro. Prendió todas las luces y las sombras se escondieron en los rincones. Al contemplar los viejos muebles la inundó la nostalgia. Marchó directo a la cocina. Encontró a Félix acurrucado en un rincón, el pobre gato al que tanto torturara años atrás. Puso agua en el bebedero y algo de alimento en el plato del animal. Félix se acercó, receloso, y ella lo acarició, tratando de recuperar en el roce su infancia perdida. 
Después de una leve indecisión, resabio de viejos temores, entró al dormitorio. Verlo nuevamente le produjo una extraña sensación. Aún estaba allí el cuadro de la montaña florida y la lejana pagoda. El cuadro que le había hecho ganar una palmada. ¡Nunca lo toques!
No era el momento: tenía que buscar los papeles y el documento de identidad de su tía, los necesitaba para hacer los trámites, pero la pulsión fue irresistible. Avanzó y su mano rozó el lienzo. Nada. El breve paisaje se notaba pálido, deslucido ¡Tanto enojo por tan poca cosa! Ana sintió un sutil mareo. Cerró los ojos, sólo un instante. Luego, la sorprendió la brisa. Abrió los ojos alarmada: el viento agitaba su cabello y sacudía su vestido; la pagoda brillaba bajo el sol. Era totalmente absurdo, pero estaba allí, en ese lugar agreste con el que tanto había soñado. Quiso huir. Regresar. Miró a su alrededor buscando la entrada, o la salida, lo que fuera o como se llamara, pero a su alrededor sólo halló rocas, pasto, flores silvestres y, apoyado en una roca, un cuadro. 
En el cuadro se veía una casa, la casa de tía Olga.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Solipsista - Fredric Brown


Walter B. Jehová, por cuyo nombre no pido disculpas, pues en realidad ese era su nombre, había sido solipsista toda la vida. Un solipsista —por si acaso no conoce la palabra— es alguien que cree que él es la única cosa que realmente existe, que las demás personas y el universo en general sólo existen en su mente y que si dejara de imaginárselos dejarían de existir.
Un día, Walter B. Jehová se convirtió en solipsista practicante. En una semana su esposa se había fugado con otro hombre, había perdido su empleo de funcionario en una agencia de envíos y se había roto una pierna corriendo tras un gato negro para evitar que se cruzara en su camino.
Convaleciente en una cama de hospital, decidió acabar con todo.
Miró a través de la ventana, fijó la vista en las estrellas, deseó que dejaran de existir y ya no estaban allí. Luego, deseó que todas las demás personas cesaran su existencia y el hospital se tornó extrañamente callado, incluso para un hospital. Después, deseó que el mundo desapareciera, y se encontró suspendido en un vacío. Se deshizo de su cuerpo casi con la misma facilidad y luego dio el paso final al desear que él mismo no existiera.
Nada sucedió.
—¡Qué extraño! —pensó—. ¿Puede haber un límite para el solipsismo?
—Sí —dijo una voz.
—¿Quién eres tú? —preguntó Walter B. Jehová.
—Yo soy quien creó el universo que tú acabas de hacer desaparecer con tu deseo. Y ahora has tomado mi lugar. —Hubo un profundo suspiro—. Al fin puedo abandonar mi propia existencia, encontrar el olvido y dejarte a cargo.
—Pero, ¿cómo puedo yo dejar de existir? Es lo que estoy tratando de hacer, ¿sabes?
—Sí, ya lo sé —dijo la voz—. Tienes que hacerlo de la misma manera que yo lo hice: crea un universo. Espera a que alguien en verdad crea lo que tú creíste y desee que ya no exista. Luego te puedes jubilar y dejar que él tome tu lugar. Adiós.
Y la voz desapareció.
Walter B. Jehová estaba solo en el vacío y únicamente había una cosa que podía hacer: creó el cielo y la tierra.
Tardó siete días.

Es elemental, Edison - Jorge X. Antares


La anciana estaba inmóvil en el charco de su propia sangre, como un títere al que hubieran cortado las cuerdas de la vida. Los agentes de la uniformidad miraban el menudo cuerpo. La mayoría, sin expresión en sus rostros tras las gafas oscuras. Algo aprendido en la Academia, un recurso para no implicarse en los hechos. Otros, los pocos, con una congoja interna que amenazaba desbordarse por unos labios titubeantes.
—Era solo una vieja... No creo que hubiera hecho ningún daño, sargento —comentó un agente bisoño.
—No te confíes en las apariencias, Edison. Mira, en esa mano llevaba un papel... —El veterano policía se agachó y cogió una hojita rosa de la agarrotada mano de la difunta—. Y no un papel cualquiera. ¿Lo ves? Es una queja en toda regla. ¿Cuándo fue la última vez que viste una queja así presentada en una oficina de registro como esta? Seguro que nunca. Muy pocas personas saben cómo hacerlas. Sólo aquellos que están contra el sistema. ¿No saben que la administración es infalible? ¿Por qué quejarse, a menos que se tengan otras intenciones? Esta loca se quejaba de que le habían cobrado los impuestos de otra persona. 
El joven agente se fijó en otra cosa que la muerta tenía abrazada. Lo recogió y se lo enseñó a su superior. Este sonrió con cara de perro viejo. 
—¡Un Libro! Tenía que haberlo supuesto. ¡Qué irresponsables son con sus vicios! ¿Es que no leen lo que hay en la portada de todos los libros? Lo pone bien claro: "Advertencia: Leer puede matar".

Vicio - Sergio Gaut vel Hartman


Cuando cumplí noventa, poco antes de morir definitivamente, adquirí el insano vicio de meterme en los sueños de los moribundos. Debo admitir que mi don carecía de los mandos adecuados para elegir a mis anfitriones, pero de todos modos era divertido, y en no pocas oportunidades tuve ocasión de ser el espectador privilegiado del tránsito final de una persona a la que había conocido tiempo atrás; privilegios de la longevidad. No obstante, confieso que ninguna incursión me deparó mayor placer que la que efectué cuando una anciana cocinera, una alcohólica perdida que una vez me había insultado soez y gratuitamente, soñó su último guiso. Era una mujer solitaria y amargada, habitante de vidas ficticias y fraudulentas, aunque su muerte, valga la paradoja, amenazaba con ser un espectáculo digno del pincel de Caravaggio. En su sueño postrero, mientras agonizaba, unas figuras de cera y miel se acercaron a ella y danzaron a su alrededor, pero desaparecieron en cuanto la moribunda intentó tocarlas. Fuera de la vista, miles de seres hechos de fuego frío y con sus biografías incompletas escritas en las nalgas, recitaban a coro, como si se tratara de la clave mágica para pasar del otro lado, la lista de las perversidades perpetradas por la cocinera, incluyendo las recetas con ingredientes inocuos que, al combinarse, producían heridas internas, inspiradoras de abusivos dolores. ¡Todo un festival! Y como espectador privilegiado del mismo, me acomodé mejor y extraje un cucurucho de papel, confeccionado con la guía telefónica de 1952, que contenía maníes tostados en la locomotora de don Cosme, algo habitual en la plaza de mi infancia en Floresta, donde jugábamos a las escondidas y a la mancha hasta el anochecer. Durante un buen rato manipulé las preciosas vainas y las partí con los dedos de la misma mano. Estaba tan fascinado con los maníes de cuatro pepas que por momentos perdía el hilo del sueño de la cocinera, de por sí bastante incoherente. Pero cuando unos agentes de tránsito cubiertos con una capa de escamas de pescado hicieron sonar las trompetas del epílogo, ocurrió algo que justificó con creces el tiempo invertido: la cocinera me vio. Era la primera vez que me sucedía algo semejante. Hasta entonces yo me había limitado a practicar el rol de mirón sin culpa en todos los sueños finales en los que había logrado colarme; sin embargo, al ser descubierto, el peligro le agregó un ingrediente insospechado a mi incursión. En el sueño, pese a su condición de moribunda, la vieja caminó a paso vivo hacia mí, con el puño amenazante y tal expresión de odio en el rostro que temí por mi suerte. Siempre supe que la cocinera, además de alcohólica, estaba loca, pero nunca imaginé que terminaría mis días dentro de un sueño ajeno, machacado o, algo peor todavía —eso lo intuí cuando sacó un cuchillo de ocho por veinticinco—, descuartizado por una chiflada con sed de venganza. Me levanté de la banqueta y retrocedí desparramando maníes. La cocinera avanzó luciendo una expresión de ferocidad inaudita y con gran destreza alcanzó mi yugular al primer mandoble.
Pero sueños son sueños, y ese no era el mío, comprendí de inmediato; nadie muere en un sueño ajeno. Tomé la muñeca de mi agresora, con la otra mano le arrebate la cuchilla y la empujé hacia la mesa, donde una pirámide de cebollas esperaba ser picada.
—Llorar hace bien —le dije—. Tendrás una buena muerte cuando termines.
—Pero —protestó la cocinera— aquí hay cebollas para veinte años.
—¡Mejor! Mientras piques seguirás con vida, aunque en estado de coma.
Le devolví la cuchilla. No estaba demasiado convencida, aunque en cuanto descubrió el poder purificador de las lágrimas empezó a sentirse mejor.
Recogí todos los maníes que pude y desperté. Mi cama estaba imposible, llena de cáscaras, pero hacía siglos que no disfrutaba tanto. Me preparé el almuerzo y traté de imaginar la aventura de la hora de la siesta, pero no logré pensar en nada que superara lo que acababa de experimentar. Resignado, decidí hacer la salsa sin cebolla.

Epitafio - José Vicente Ortuño


Algo lo despertó cerca del amanecer. En el silencio nocturno escuchó un sonido áspero, como de algo que se arrastrara por el suelo, y una respiración jadeante. El roce se detuvo un instante cerca de la puerta del dormitorio, luego retomó su avance. El pomo de la puerta giró con un chasquido metálico. Tras el tenue gruñido de las bisagras, una vaharada de aire fétido entró en el dormitorio. 
Sacó la mano de su cálido refugio bajo las mantas y accionó el interruptor de la luz.
Una mujer joven se encontraba en el vano de la puerta. Llevaba la ropa destrozada, sucia y ensangrentada. Multitud de heridas laceraban su cuerpo. La mitad de su rostro estaba desfigurado, aplastado. De su blusa rasgada asomaba un seno pálido, milagrosamente indemne. 
Se estremeció al reconocerla y creyó estar soñando. 
Ella levantó penosamente un brazo y lo señaló con su mano deformada, que semejaba una garra, en la que faltaban tres dedos. La espantosa figura intentó hablar, pero en principio sólo emitió sonidos gorgoteantes. 
—¿Por… qué… —vocalizó con dificultad y de su boca cayó un borbotón de sangre negra.
Él comprendió. No necesitaba más para saber por qué estaba allí aquella mujer, sin embargo,  no le respondió. 
—Má… ta… me… —añadió ella, pronunciando con dificultad cada sílaba y emitiendo ronquidos agónicos entre ellas.
—No puedo —respondió él fríamente. 
—Por… fa… vor… —insistió llevándose la mano mutilada al pecho en un gesto de súplica—. Má… ta… me…
—No puedo —repitió él, impasible.
—Por… fa… vor… —insistió ella—. Duele… mucho… 
Una lágrima ensangrentada rodó por la mejilla intacta, dejando un rastro semejante al tajo de una navaja. 
—No puedo cambiar nada —dijo, imperturbable a la súplica desgarrada y agónica de la mujer. Ésta avanzó arrastrando una pierna que, fracturada por varios lugares, parecía una rama retorcida.
—Dolor… —insistió la joven—. Mucho… do… dolor… 
El escritor comprendió lo que le pedía su personaje. Dejarla agonizando al final de su novela había sido muy cruel. Sin embargo, sólo era un personaje de ficción —dudó un instante—, ¿o tal vez no? Parecía real, podía oler la sangre putrefacta de sus heridas y también el delicado perfume francés, que él mismo había descrito con deleite. Y, a pesar de las terribles lesiones, su cuerpo seguía siendo esbelto y deseable, como había imaginado y con el que había fantaseado en soledad. En ella había plasmando su ideal de mujer, aquella con la que siempre había soñado. Pero en el mundo real ellas lo habían rechazado, con altivez y desprecio, porque él era imperfecto y nunca fue suficiente para ninguna. Tal vez por eso la había matado al final de la novela. No, no la había matado. En aquel momento la sed de venganza hizo que la dejase gravemente herida tras el accidente de automóvil, para que agonizase hasta la muerte. 
—No eres real, eres fruto de mi imaginación, no existes —dijo al fin.
—Tú me… creaste... —alegó ella—. Me diste… vida… puedes… matarme.
—No. La historia ya está publicada, no puedo cambiarla.
—Sí pue… des… quie… ro… morir… —suplicó la mujer y se sacudió presa de dolores espantosos—. Si no me… matas… no moriré… jamás…
El escritor se apiadó de ella. Era imaginaria y por lo tanto inocente, no debía pagar por el daño que las mujeres reales le habían causado. Se levantó de la cama y se puso la bata. Fue a su despacho, se sentó frente a su ordenador y lo encendió. Mientras se cargaba el sistema operativo, vio que la joven lo había seguido, con su paso renqueante, y ahora se apoyaba en el marco de la puerta. Incapaz de decir ni una sola palabra más, emitía un silbido ronco, el estertor de una agonía sin final.
En el procesador de texto el autor repitió el párrafo final de su última novela: 
“Entre el amasijo de hierros retorcidos, los restos de lo que fuera su precioso coche deportivo, quedó Soledad malherida, agonizante.” 
Miró a la joven, que a duras penas se mantenía en pie, y continuó: 
“Por suerte para ella, instantes después su cuerpo roto dejó de respirar.” 
Un ruido sordo lo sobresaltó. Soledad había muerto al fin, desplomándose sobre la alfombra. Con la vista empañada por las lágrimas, el autor escribió otra línea más: 
“Y su alma torturada descansó en paz por toda la eternidad.” 
Luego le puso el título: “Epitafio”, añadió su nombre y guardó el archivo. Sólo entonces el cadáver de Soledad desapareció.

Hipnótico - Federico Laurenzana


Sus circulares vértigos se indefinían en el centro plural. Su micro silueta convergía en un macro universo infinito donde a cada instante más ondas recaían para desprenderse. 
Espiral que ni había menoscabado tras sones de un pendular minutero, se hacía constante, persuasiva por arrear más líneas hacia sí. Era una imagen móvil. Era una incisiva ronda de brotes curvilíneos sólo para atraerlo. Pues el hombre no había dejado de observarla, de mimetizarse ni siquiera cuando se agotaba y prescindía pestañear. 
Nadie se lo había impuesto. La espiral había estado encerrada bajo un cuaderno, bajo unos bosquejos de ordenamientos precisos. Al él ya tantos le habían sugerido que no la viera, que no se acordara, que esto fue estímulo tenaz para buscarla.
Se había sentado en un parque, junto a personas que se dispersaban, junto a desordenados imprevistos. Ahí había llevado a la silueta, pues no creía necesitar alejarse de ningún sitio. Es que, aunque le habían dicho que no habría de tolerar movimiento y sonido alguno cuando ante ella se viera, jamás advirtió sensatez en ello.
Cuando había desplegado la espiral, ya no podía ver ni oír sensación alguna. Ya estaba, sin predisponérselo, inmerso en aquél orbe de tiranía curva. Y así había pasado sus segundos.
Cuando la imagen lo había librado, ya todo le resultaba similar comparándolo con los momentos previos de esta experiencia, como si nada hubiera ocurrido.
Guardaba el disco y volvía del parque. Volvía para guardarlo sabiendo que las suposiciones del elemento hipnotizador habían sido mal hechas, mal decididas. Aún las de menor riesgo, pues nada en él se había modificado.
Aunque de vez en cuando notara que la figura movediza se intercalaba ante sí, no le prestaba atención. Es que se lo atribuía a su memoria. Y estos saltos de su percepción para nada incomodaban su estar. Pues tanto veía a la espiral como al entorno, a la imagen unívoca como a las apariciones inesperadas de la calle. Había llegado a ver todo —ambos cosmos— a la misma vez, sin dejar de caminar ni de preocuparse. 
Él ya creía que la hipnosis le había abierto un mundo, en vez de cerrárselo, que ahora era capaz de contemplar una silueta antes ignorada. 
Hasta que el hombre comenzó ovalarse.
Sus brazos se encerraban hacia un centro simple. Así, su micro cuerpo se extralimitaba y fundía en un macro núcleo sidérico, donde a cada instante más de sí se desprendía.
Se hacía arremolinado, aunque con orden. Se hacía circular, curvo, y en perpetuo movimiento.
Sin más ilusión ni esperanza de volver a ser hombre, espiral ya era. Sin más quietud ni dispersión dada a expandirse quedó hipnótico.

Sobre el autor: Federico Laurenzana

Las hormigas - Ricardo Bernal


Para el Aldán
 
1)
Para esconderse del señor Miedo, Edilberto enciende las luces, pone discos de Elvis Presley a todo volumen, cierra ventanas puertas persianas, mientras veinte televisores salpican su grisáceo arco iris en las paredes. Edilberto no halla sosiego. A veces le da por abrir algún libro: algo ligero, sin dramas ni sangre ni descripciones barrocas de callejuelas oscuras héroes atormentados o mares plagados de monstruos. Pero a los pocos minutos cierra el libro, saca otro, otro, otro más pues tiene miles. El señor Miedo aguarda afuera: ocioso y en pijama, sonriente, tenaz y reflexivo. Tal vez demasiado sonriente. 

2)
El señor Miedo nació el mismo día que Edilberto; sol en Libra, luna en Cáncer. Los arrullaron en la misma cuna, jugó con él en la escuela: le desataba las agujetas, le encajaba colmillos de arroz en el sueño o le hacía bromas pesadas que tenían que ver con sombras, gatos o pianos huyendo. Años después el señor Miedo se disfrazaba de rostros y se camuflajeaba en los retratos, en los reflejos verdes de cristos y cristales, o en el caer de aguaceros eternos que invitaban al sopor. Una vez el señor Miedo se duplicó para enredarse, serpientes gemelas recién nacidas, en las cadenas kundalini del columpio donde Edilberto divagaba.

3)
Edilberto duerme, da volteretas, es un gigantesco pollo rostizándose en su propio sueño. Afuera, el señor Miedo juega a aventarse desde lo alto del cielo en un paracaídas una y otra vez. Las nubes gruñen y la luna, aburrida, se rasca los sobacos en un rincón. Lejos de este cuento, un poeta malísimo dice: la noche es el terciopelo en el ataúd de Dios. Pero como siempre: el tiempo pasa. La luna se aleja en su silla de ruedas y el sol viene desde lejos pisoteando ciudades y campos con pasos de mastodonte. Tras el sol: las hormigas. Son cientos de miles de millones de hormigas como puntos suspensivos salpicando todas las páginas de la realidad. Oscuro.

4)
El señor Miedo se ha ido. 

5)
Martes 9:00 am: el inspector Bernal abre la puerta de la casa, las bisagras rechinan. Adentro hay un verdadero desorden, aunque Bernal sospecha que es falso. Todos los libros están abiertos en la página 57. Contemos: dos rebanadas de pizza en la mesa, veinte televisores apagados, cuarenta soldaditos de plomo en una repisa, tres discos de Elvis Presley en la alfombra, siete amuletos, un solo Dios, cero hormigas... En medio de la escena: el cadáver de Edilberto, grande como ballena. En el sueño de Edilberto: hormigas. El inspector Bernal se sienta en un sillón saca su libreta, cruza la pierna y anota. Los telespectadores creen que hace apuntes para resolver el caso. En realidad escribe un cuento.

El aplauso - Jacinto Deleble Garea


Él, acodado en la barra del bar, no puede dejar de mirarle las tetas.
—Si de veras eres escritor cuenta algo.
—Estoy borracho —rumia el borracho con tono de impaciencia mientras apura el vaso. 
—Pues yo creo que podrías...
 Qué manera de... cálidas abundancias. Y el triángulo del escote apuntando abajo... ¡Ufff! Era... ¿Foppa? ("Oculta rosa palpitante en el oscuro surco... ") Alaíde, sí.
 —... que no es lo mismo.
—¿Qué?
—Una anécdota, un cuento, no sé. ¡Venga, no seas aburrido!
 Al borracho le asoma una sonrisa forzada mientras señala su copa vacía.
—¡Marta! —pide, y la camarera sirve el licor.
¿Algo de Alaíde? No, mejor...
—Pues mira, el cuento comienza con tu mano sobre la mía; entonces, arriba por el antebrazo, lenta, sobre el hombro y hasta abandonarla en mi nuca. Me atraes luego hasta tu boca para un beso, que tendrá de todo menos amabilidad. Mientras, tu otra mano bajará hasta mi...
Y la mano baja, pero no con el destino que tenía él en mente. "Zas", resuena en el abarrotado establecimiento el bofetón que casi le tumba de la banqueta.
—¡La madre que la pa... ! —murmura el borracho mientras se agarra titubeante de la barra, lo justo para enderezarse y contemplar el enérgico bascular de caderas, que se aleja de él y de su ofensa en dirección a la calle.
Todo el bar le mira, muchos ríen, pero sólo Marta carcajea resuelta, con una alegría muy bebible, poderosa.
—¡Mira —dice— sonó como un aplauso! —y ríe con turbulencia mientras aparta, femenina, las lágrimas que amenazan su maquillaje—. Por fin te ganaste algo con tus historias.
Uhmm, Marta, sonrisa tan luminosa. Fulgente Marta.
—Y dime, ¿a ti no te apetece un cuento? ¡No será necesario que lo aplaudas!
—No, hombre, no —contesta ella, menos risueña—, ¡cómo te pasas! Ya me conozco tus cuentos. No se diferencian de los del resto.
—Lástima, tanta falta de originalidad.
—¿Qué?
—Nada, nada... —y señala su copa, vacía de nuevo.
Camareras tras las barras, por la mitad cortadas... Porque sólo de cintura arriba, claro. ¿No era Joyce? ¿Pero qué capítulo...? Uhmm, sumergidas en alcohol. Desgastadas por el trabajo y aún así brillando... Embriagando, sí... Sólo falta el canto y eso... como siren...
Le cambia la cara. Algo parecido a una certeza le asoma al rostro. Toma el bolígrafo y la servilleta más a mano. Murmura mientras la escribe, tacha algo, relee, vuelta a empezar. Toma otra, y otra. Sólo en la última parece satisfecho, mientras transcribe. Termina.
—¡Quédate la vuelta Marta! —proclama, ya a las puertas del local, mientras se marcha algo desequilibrado acera adelante.
La camarera recoge el billete y las monedas. Algo hay escrito en una servilleta debajo.
—"Traición" —lee tras desplegarla. Parece el título.
Continúa leyendo:
"Rellenó de nuevo su pipa el viejo farero. Esperó... Espuma naranja las pocas nubes. La mar, su vieja amiga, algo picada.
Justo cuando el atardecer se sumergió en las aguas bajó corriendo a la escollera. La sirena estaba, como siempre, esperándole.
—¿Y bien? —dijo ella.
—Terminé siete, toma —y entregó las partituras".
Marta sonríe al tiempo que guarda el papel en el bolsillo trasero del pantalón. Recoge pensativa el vaso del borracho, aún a medias lleno de licor, y lo apura.
—¡Ah! —dice para sí, mientras el ardor le invade el pecho— Hombres...

Cielito - Antonio Mora Vélez


Se llamaba Cielito y era un ángel en busca de amor. Tenía siete años, un solo vestido y las ganas de tener un papá que la consintiera. Mi madre era amiga de su madre, le compraba la lotería todas las semanas y le brindaba —a ella y a la niña— un vaso de chicha de Badea que ella hacía y vendía en su colmena del Mercado Público. Tantas fueron las visitas y los vasos de chichas que Cielito, a instancias de su madre, empezó a decirle abuela a mi mamá. La mamá de Cielito —es conveniente decirlo— había sido meretriz y de esa época de su vida le quedó la niña y se había convertido en vendedora de ilusiones para no marcar el destino de su hijita de padre desconocido con el estigma de la profesión más antigua del mundo. 
Un día cualquiera la citada vendedora de lotería le dejó a mis padres a Cielito para que se la cuidaran porque ella se iba a aventurar a Venezuela. Y mis padres, quienes residían en esa época en el barrio Montería Moderno, la recibieron gustosos. Desde entonces Cielito vivió con nosotros y alegró nuestro hogar con su encanto de niña. Y yo tuve que destinar de mis ingresos como locutor de radio una pequeña parte para la compra de su ropita. 
Una noche en la que se festejaba mi cumpleaños, mi mamá les presentó Cielito a mis amigos invitados y éstos, maliciosos, le preguntaron quién era su padre. Cielito miró a mi mamá y me miró a mí, y no sabiendo cómo explicar su venida al mundo, me señaló con uno de sus deditos. Todos me miraron con picardía entonces y yo, por mi inexperiencia de adolescente, cometí uno de los errores que más he lamentado en mi vida. En lugar de seguir el juego le dije altaneramente a Cielito que yo no era su padre y ella se retiró de la sala cabizbaja y no pudo seguir exhibiendo esa noche su vestidito nuevo y su hermosa sonrisa. 
Todos me regañaron. Hasta mi novia, diciéndome que no había necesidad de hacer esa aclaración porque todos sabían la verdad y que con ella no hice sino herir los sentimientos de la niña, que se distanció de mis afectos desde entonces. 
Unos meses después apareció la madre de Cielito con la decisión de llevársela para Maracaibo, porque ya contaba, según le dijo a mis padres, con unos buenos ingresos, los suficientes para darle a Cielito la educación que se merecía. Mi madre y mi padre —que se habían encariñado con la niña— quisieron oponerse pero no pudieron hacer nada. Y yo quise en ese instante ser el padre de Cielito para evitar que se la llevaran de nuestro lado, pero ya la niña no me veía con los ojos filiales del día de la fiesta y se fue con su madre para el país vecino. Y hasta el sol de hoy, como decía mi mamá. Sin siquiera una foto para recordar su angelical figura. Con la sola imagen de su ternura en mi memoria.

Inevitable - Oriana Pickmann


Se despidieron. Habían quedado en encontrarse al día siguiente en la iglesia del pueblo, tal como estaba predicho. Durante toda la noche se enviaron febriles mensajes de texto e incluso creo que hablaron por teléfono. Estaban seguros de lo que iban a hacer. Ya nadie podría separarles. 
Romeo se levantó temprano. Alistó su maleta y pagó la habitación del hotel. Se aseguró de tener los boletos de avión a Nueva York. Julieta se aseguró de borrar cualquier huella en la pared del balcón y en su cama. Esta vez decidieron darle un vuelco al final ya escrito. No, dijeron, ahora seremos el uno del otro, disfrutaremos sin cansancio de nuestro amor adolescente, envejeceremos lentamente, nos amaremos al salir el sol... y al ocultarse también. Escaparemos y nuestros padres tendrán que resignarse, al fin y al cabo, es mejor que el trágico final que William escribió para nosotros.
Se encontraron, tomaron un taxi, siempre mirando atentos en el aeropuerto. Nada podría salir mal. Ya en el avión, se pusieron los cinturones de seguridad entre besos, felices. Despegaron. Algo pasa. El destino es así, cruel. Era once de septiembre del dos mil uno.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Drummer 2 - Héctor Ranea


Syd Drummer manejaba la nave con la calma de un baterista experimentado. Todas las jornadas de trabajo las separaba con un solo de batería durante los cuales aceleraba su nave. Algunas veces sonaba solos de Krupa, Di Ciocca, Bonham, Shriever, Ábalos, Giles pero, siempre que podía, tocaba el solo Moby Dick, cantando las partes vocales como si fuera otra persona. Esos finales de jornada la nave aceleraba más. Alguna vez, en la consola de comando en Tierra lograron escucharlo sonar y sintieron cómo navegaba su colega, meditabundo, al comando de su enorme batería.
Llevaba diez años de retiro del trabajo de camionero por la Patagonia a la que había llegado por un motivo familiar, ya que descendía de Sundance, llamado el Kid. Por una cosa u otra había llegado a ser comandante del primer viaje a Júpiter, emulando al tripulante Bowman de la Discovery de ficción. Pero esta vez todo sería diferente. La supercomputadora no venía equipada con inteligencia artificial y toda ella estaba en el cerebro de Drummer. Y por eso estaba tan orgulloso además de solo.
La nave cargaba un combustible especial que apenas se consumía en breves intervalos de trabajo, el resto era la energía liberada por Drummer durante sus sesiones de batería.
En Tierra, treinta minutos después de haber sido emitidos, los solos de batería se grababan y vendían como pan caliente, con lo que los sabihondos que habían puesto a Drummer en viaje a Júpiter solventaban parte de los gastos del envío.
Era muy importante que la Rosaura, la nave de Syd, llegara a Júpiter antes del majestuoso evento que ocurriría, principalmente, en la atmósfera del gigante.
En una sesión por demás energizante, Syd rompió el platillo mayor, el crash de veintidós pulgadas, Batuque, según lo llamaba el piloto. Como había previsto esta situación, buscó un repuesto en los almacenes de la nave pero no lo halló. En Tierra no sabían decirle qué podría haber sucedido y más bien se inclinaban por pensar que Drummer estaba mal de la cabeza y no veía el enorme container con ésos y otros repuestos esenciales más.
Syd dio el bulto por perdido y siguió ejecutando sus solos, pero el sonido de Batuque no era el mismo y debía suplirlo con más energía puesta sobre el plato de veinte, pero eso podía terminar rompiéndolo, lo que hubiera sido peor que la condición inicial. Ese compromiso lo hacía ejecutar con ciertas ansias y la aceleración de la nave se resentía. 
El viajero no había salido del cinturón de asteroides y ya tenía un problema. Y grave. En Júpiter las cosas sucederían a pesar de que él no llegara. Los equipos robot de las Agencias Espaciales de mayor envergadura ya estaban colocándose en la vertical de la pequeña tormenta, donde la colisión tendría lugar. 
Mientras tanto, en el Rosaura, todas las veces que las diez de la noche sonaban en el reloj de péndulo, Drummer se convertía en Bonham, en Walker y aceleraba la nave concentrado como Sidharta ante el Universo congelado en una pausa de estrellas.

Motivo para un afiche - Juan Torchiaro


La casa estaba a medio construir. Los albañiles habían dejado tablones, alfajías y caballetes en inexplicable despliegue. El señor contratista recorrió, plano en mano, el laberinto esbozado por los muros incipientes y se detuvo debajo del marco vacío de una puerta. Desde allí observó atentamente. Cotejó con los planos. Inclinó su cabeza sobre un hombro. Invirtió la hoja con los planos. Volteó la cabeza hacia el otro lado. Se rascó la coronilla. Levantó la vista y miró atentamente el marco, sus ángulos superiores cruzados por sendas tablillas, las muescas de las bisagras. Amagó salirse pero cambió de idea y sin abandonar la línea del marco, giró ciento ochenta grados para observar del lado opuesto. La boca oscura de una mezcladora parecía apuntarle. Sobre el contrapiso húmedo se esparcían retazos de tablas erizadas de clavos. Consultó nuevamente los planos. Negó con la cabeza. Volvió a girar y dio la impresión que aumentaba su incertidumbre. No se salía por ese lado. Tampoco se entraba. O quizás ambas cosas, refunfuñó. No tenía sentido entrar o salir sin establecer antes dónde es afuera y dónde es adentro. Los planos no le aportaban una respuesta y en derredor todo se volvía confuso y hostil. Miró de soslayo los parantes del marco. Alisó su barriga. Metió una mano en el bolsillo del pantalón para acomodarse los huevos. Quedó perfectamente alineado. Entonces dejó caer la hoja de los planos. Colocó su cara de perfil y se resignó.
La luna con su fase más llena declinaba en el fondo de la noche. Entre las formas caóticas de la construcción, un hombre yacía enmarcado en dos dimensiones, atrapado por la ausencia de una puerta sin sentido.

Declaración - David Lagmanovich


Es cierto que no me llamo Vanessa y es cierto que casi todo lo que usted ve lo hizo el cirujano y también es cierto que no soy ni tan alta ni tan rubia ni tan flaca como parezco, pero él no tenía derecho a echarme nada en cara, porque si un hombre me levanta en la calle tiene que saber que todo es de mentira, una ilusión que fomentamos porque es parte del oficio y además porque nos dan pena los hombres solos, por lo menos a mí me dio pena éste que parecía tímido, que hasta me abrió la puerta de la habitación y me dejó pasar primero, con modales que usaría con las señoras de verdad. Pero después comenzó a quejarse de las mentiras del mundo, tomándome a mí como ejemplo, y eso no lo pude soportar. Cuando ya no daba más agarré el puñal que siempre llevo en la liga y se lo hundí hasta el mango. Esto no es una mentira del mundo, le dije pero él ya no podía oírme. Lo demás usted ya lo sabe, señor fiscal.

De Casi el silencio, Fundación Tiempo de Compartir, Tucumán, 2005
Tomado de http://convozpropiaenlared.blogspot.com/

Pueblo natal - Bruce McAllister


El niño inmortal, ese que me ha estado siguiendo por años desde que visité Calcuta, se me apareció en la avenida de mi pueblo natal. Sus ojos tan blancos contrastaban con su piel. El pavimento estaba húmedo En ese camino pacífico del pueblo donde los vientos suelen soplar, una hoja seca o dos nos pasaron volando. Aunque yo no le había preguntado nada, me dijo:
—No, estás equivocado. Esa a la que llaman Madre Teresa no acostumbraba a hacer lo que hizo por  nosotros para salvarnos de nuestro sufrimiento. Eso hubiera querido decir que ella creía que el sufrimiento es real y que finalmente es lo que importa, lo que por supuesto no es así. ¿He sido claro, señor?
Asentí. No estaba demasiado seguro, pero deseaba ser amable, porque aunque sus monólogos habituales me cansaban solía apreciar su devoción. Me siguió por un rato, y luego, viendo una mujer que paseaba un perro, al que llevaba de la correa, se precipitó hacia ella para contarle lo que la mujer más deseaba, porque eso es lo que hacen los niños inmortales.

Título original: Hometown
Traducción del inglés: María del Pilar Jorge

Estructura de las casas – María Rosa Lojo


Dentro de un dedal había un salón de costura donde la abuela bordaba rosas cuando era una niña obligada a quedarse del revés de la luz para que no la distrajesen los ruidos del mundo.
Dentro de una foto del padre había un joven que regresaba a las montañas cruzando campos ardidos por la guerra, y había cuerpos acabados de fusilar pudriéndose en el fondo de las pupilas. 
Detrás de un guante viejo había un hermano desaparecido, en un pastillero vacío acechaba la locura; sobre los platos cascados comía una familia sentada en torno de una mesa de roble; dentro de un cofre la madre guardaba cartas de pretendientes, y con las cartas esperanza y pobreza y plumas que avanzaban despacio sobre el papel rugoso de las vidas pasadas. 
En tu historia había historias imposibles de limpiar y cuartos cerrados que no se abrirían nunca porque las estructuras de las casas son cajas chinas interminables y concéntricas y de la misma manera misteriosas.

De Esperan la mañana verde, 1998. Tomado de http://www.mariarosalojo.com.ar/

El balance - Vera Nazarian


El hechicero más grande del mundo, Liir, tras haber alcanzado el pináculo de su aprendizaje, decidió un día observar el mayor de todos los misterios.
Habiendo conjurado una trinidad de hechizos poderosos que lo arrastraron fuera de su cuerpo terrenal y de su estado actual de existencia, él —o en ese punto, para ser preciso, la Entidad—, él/ella/eso se encontró en un espacio y un continuo temporal imposible de describir con palabras humanas. Rodeado de la pulsación brillante de energía de la nebulosa cósmica que es el universo, Liir vio el principio del Macho y de la Hembra, los dos representados para él en sus respectivas figuras humanas, trabados en un gran eterno abrazo/combate. Liir percibió esta pelea con el respeto que sólo los sabios del más alto grado pueden experimentar. ¡Que maravilla, que paradoja sublime, la Entidad comprendió que el balance universal se apoya en un combate eterno! ¡Ninguno de los Dos se rendiría antes que el otro, o todo se desmoronaría en el abismo del Apocalipsis! ¡Que pensamiento inconcebible! Y entonces, Liir meditó sobre lo perfecto que es el Universo gracias a esos dos grandes Principios absolutamente equilibrados en poder, y acerca de que nunca nada podrá desnivelar el balance, en favor del Uno o del Otro.     
En ese instante cósmico, el Hombre, notando de repente que Ellos eran observados, Hizo una pausa en el Combate divino y movió su rostro radiante hacia la Entidad.
—¿Que es esto? ¿Quién eres, mortal?
Fue en ese momento que la Mujer, encontrando que su poderoso puño tenía el camino libre, derribó al Hombre con un perfecto golpe divino.

Título original: The Balance
Traducción del inglés: Carlos Feinstein

From Marion Zimmer Bradley's Fantasy Magazine, Issue 9, Special Short-Short Issue, Summer 1990.

Centauro - Orlando Van Bredam


Si para un hombre cualquiera la vida está llena de obstáculos y contrariedades, qué decir para un centauro como yo. ¿Qué soy, al final? ¿Hombre o caballo? ¿Una burla de los dioses? Con mi amigo Omega hemos decidido huir del Olimpo, visitar esta tierra de los mortales, confundirnos con los animales, las plantas y la gente. En la ciudad es imposible. Todos se ríen de nosotros. Los momentos más tristes llegan en primavera con la excitación de la sangre. Somos todavía muy jóvenes, casi adolescentes. En este instante, por ejemplo, en esta llanura que nos insulta con tanta belleza nueva hemos descubierto dos yeguas pastando y ahí nomás, en una breve laguna, dos muchachas se bañan alegres y desnudas. Nuestros ojos van de un lado al otro. La primavera nos acosa.
—¿Y ahora qué hacemos? —me pregunta Omega.
—No nos podemos pasar la vida dudando —le respondo—, habrá que tomar una decisión.
—Claro que sí —dice Omega. Y arremetemos.

Tomado de http://colgadodelostobillos.blogspot.com

jueves, 11 de diciembre de 2008

El periplosaurio - José Luis Vasconcelos


Navegante, si a medio océano miras un remolino que susurra o un volcán con forma de nabo que regurgita, huye; aférrate al timón y escapa, porque puede ser el último día de tu vida.
El periplosaurio carnívoro del Indostán —también conocido como periplo rex indostano— es pariente lejano del tiranosaurio pero, a diferencia de éste, es cien veces más grande y de su cerviz emerge un cuerno de talla señorial.
En tierra, causa calamidades a su paso; en las aguas, verdugo de embarcaciones —Ulises vivió para contarlo—. Su cola, larga como muralla, funge como enorme mazo y de sus heridas brotan ríos de bilis negra.
Los arqueoptérix, rivales acérrimos, devoraban con fruición sus restos, explica Horatius Nicomedeus, quien detalla las características del animal en el undécimo volumen de Incredibles Creatures (Bönn, 1565).
"De día, su mirada era tierna, subraya Nicomedeus —y colige que su cerebro debió ser mayor que una trufa—. Por la noche, sus pupilas resplandecían como faros y confundían a pilotos experimentados que bordeaban desde direcciones opuestas.
"Gusta de atacar naves de gran calado que retornan de extenuantes travesías; emplea apenas la punta de su pitón y las quiebra como nueces", apunta.
Hiberna en el polo norte y la punta de su cuerno asoma como iceberg descomunal —el Titanic puede dar cuenta de ello—. Cuando recorre aguas templadas, las crestas de su espinazo se deslizan como cordilleras dóciles que van tras el sol que muere en el océano. 
Muchos quisieron atraparlo y cayeron en el intento; otros, al verlo, perdieron la razón. Uno de los argonautas juró ante la tumba de su madre que sobre el lomo de la bestia temblaban islas andrajosas y, sobre éstas, gigantescos lobos de mar aullaban a la luna. 

La cabaña - Elenir Alves


Renato tiene diecinueve años y Lucas dieciocho; se conocen desde la infancia. Un determinado día, Lucas invitó Renato para acampar en un bosque cuyo nombre codificado era “Invasión”. Sus padres les explicaron que en ese bosque había una cabaña sombría y llena de trampas, y que hacía veinte años una familia fue muerta y descuartizada allí por seres desconocidos. Aún sabiendo lo que había ocurrido, los jóvenes no vacilaron y les dijeron a sus padres que el peligro formaba parte de la adrenalina que ellos sentían al frecuentar lugares extraños y sombríos. Tres días después,  los amigos estaban acampando en la floresta cuando resolvieron visitar el lugar del crimen. Al llegar en las proximidades de la cabaña distinguieron una enorme placa con el aviso “PELIGRO, NO ENTRE”. Renato tuvo una sensación extraña y le pidió a su amigo que se fueran de allí, pero Lucas ignoró el aviso y resolvió entrar, dejando su compañero del lado de fuera. En cuestión de segundos, Renato oyó un barullo muy extraño, miró en dirección la puerta y vio pedazos de cuerpo que eran lanzados a gran velocidad desde el interior de la cabaña. Intacto, sólo un grito agudo salió de la garganta de Renato: “Noooo...”. Y el deseo de diversión se deshizo al contacto con la más brutal realidad...

Título original: A cabana
Traducción del portugués: GvH

Diez años en el bar - Gareth D. Jones


Una historia del Mare Inebrium, universo creado por Dan L. Hollifield

El scritch es una especie cuya capacidad de permanecer inmóvil pondría a un líquen en evidencia. Su habilidad para integrarse con el entorno haría que un camaleón pareciera un extrovertido sin límites. Su interés en las relaciones sociales de otras especies habría sido legendario si alguien lo hubiera advertido.
—Bien —dijo Skape, el más viejo de los dos scritch que habían pasado los últimos diez años sentados a la barra del Mare Inebrium—. Ciertamente fue interesante.
—En efecto —convino Scroot, la frase más larga que había pronunciado en una década.
Ambos abandonaron sin prisa la barra, subieron las tres escaleras y salieron.
Trixie se inclinó sobre la barra y miró fijamente, asombrada. Entonce se encogió de hombros. Había visto cosas más extrañas en el Mare Inebrium que un par de taburetes largándose del local sin ayuda.

Tomado de: http://www.edicionesefimeras.com/

martes, 9 de diciembre de 2008

Andén - José Luis Zárate


Ser el último en salir, escuchando los ecos de tus pasos en el vacío anden, las luces apagándose ya, y de pronto tener la certeza de estar rodeado de personas pasando con prisa a tu lado, del fantasmal eco de los altavoces anunciando la próxima salida. De un tren que llega resoplando los frenos, pero nada hay más que las sombras, tu respiración asustada.
Averiguar durante meses, entrevistar a empleados, a testigos, la certeza de que hay una hora exacta en que un tren insustancial llega entre sombras para ser abordado por susurros y ecos: las 12.03.
El gradual convencerse de lo invisible, el irse desgastando de las certezas de la realidad. La obsesión de saber, a dónde va, quién aborda, qué sucede cuando esas puertas se cierran.
El no saber si estar alegre o aterrado porque esta mañana llega un boleto con tu nombre para el tren de las 12.03.

Sortilegio - Ricardo Bernal


Qué chistoso, creíste que las moscas habían sido invitadas por papá para ver el fut, pero luego del fut siguieron los anuncios de podadoras de césped, los anuncios de cañas de pescar y remedios infalibles para el insomnio; y después la tele sólo fue rayitas y un zumbido que se confundía con el canto de las moscas. Entonces viste que algunas se paseaban despacio por la cara de papá y papá no se movía, ojos fijos en rayitas inmóviles, las moscas volaban y dos de ellas entraron por su boca abierta que ya no te gritaba para pedirte otra cerveza y notaste un olor fantasma, dulce y extraño; un olor que tal vez habían inventado las moscas. Papá, ¿me oyes?, pero él estaba serio, muy concentrado en las rayitas, y temiste que enfureciera si lo interrumpías y fuiste a acostarte pues ya eran más de las doce. Al día siguiente te despertaste cuando el sol te clavó sus largas uñas en los párpados, juro que no soñé nada, diez de la mañana y no hiciste el desayuno y corriste con el corazón mandarina desgajándosete dentro del pecho, y eso que escaleras arriba seguían zumbando las moscas y tu papá era un enorme barco verde camaleón morado viendo en la tele azul el noticiero de los accidentes automovilísticos, y las moscas entraban por su boca, cada vez más numerosas y relamiendo sus trompitas labios fauces minúsculas de moscas hambrientas que en realidad, entonces lo supiste, eran un disfraz negro que se teje a sí mismo. Papá, ya me voy a la escuela, dijiste con voz de pollo, pero él no contestó y pudiste ver que había agua violeta encharcando sus terribles pantalones de militar, adiós papá, pensaste, y viste tu imagen en el espejo del vestíbulo, el pelo revuelto y lleno de cenizas, los ojos hinchados de tanto sumergirte en el tanque de las pesadillas, los grises labios grietas floreciendo, y saliste de puntitas para que papá no dijera esas palabras glaciales que dice cuando no eres como él se imagina que eres: una niña buena y dulce, ya tengo cuarenta años, papá, y en la escuela el hombre de la bata ya no me dice nada, ya no me sabe agria la leche, ya no lloro cuando me acuerdo de mamá que se fue a otra casa donde vive con un papá distinto que dice palabras distintas, palabras que la han hecho olvidarse de ti, olvidarse de este otro papá quien seguía viendo la tele cuando regresaste después de andar quién sabe dónde, y el olor había crecido, furioso, dispuesto a hurgarte con ganchos invisibles la memoria. Papá, ¿quieres comer algo? Silencio. Pero papá, no es posible que estés viendo la tele todavía, además a ti nunca te han gustado las caricaturas, y sus ojos han perdido ese brillo mercurial que tienen siempre que él se mueve feroz, y te persigue, y te arrincona, no papá, no, y con su navaja te arranca los velos, no papito, y ahora sus ojos ya no te pueden ver con esos párpados de alas móviles, nunca más vas a saber dónde me escondo, nunca más me vas a espiar cuando me bañe. Te acercas despacio, el olor golpea tu rostro como un pedazo de infierno, desconectas la tele y las moscas cantan óperas nerviosas alrededor del silencio de tu padre tan quieto, y tú por fin te atreves a tocarle el hombro y le hundes los dedos en la carne como si fuera plastilina, y cierras los ojos, y en tus adentros ves un triciclo oxidándose en el patio bajo la lluvia; ves muñecas sin cabeza debajo de la cama. Retiras la mano y ves a un par de gusanillos que trepan lentos por tu dedo índice, papá ya no tienes lengua, sólo gusanos brotando apenas de tu boca, gusanos paseándose por los pliegues, explorando las articulaciones para buscar debajo de la carne al niño que fuiste hace mucho tiempo, al niño que jugará conmigo a la casita y me llevará a un reino de charcos donde yo seré princesa para siempre, y para siempre quedarán en esta casa las moscas, tristes de tanto ver nuestros retratos en las paredes de polvo, y después de jugar yo dormiré contigo, papá, sin miedo, sin rencores, dormiré entre tus brazos amorosos hasta que la muerte nos separe. 

Niños - María Castejón


Me gusta trabajar con niños por su capacidad para sorprenderme. Desde hace años, vivo en sus armarios y cuando me ven o me intuyen, la situación varía: unos lloran, otros tienen pesadillas, hasta algunos mojan la cama. Entonces empieza la parte que más me gusta, la parte más creativa: hay niños que sonríen maliciosamente y piden a su padre cuentos sin fin mientras el adulto lucha entre el sueño y la culpabilidad. Otros, en cambio, piden a sus madres dormir con ellas realizando así su más oscura fantasía, en la que pedían a sus padres por poder oler el cabello de ellas. Pero en mi último trabajo me colé en el armario de un niño y cuando supo de mí se acercó y me preguntó: 
—Hola, ¿quieres ser mi amigo? 
—¿Por qué quieres ser amigo del monstruo de tu armario? —No salía de mi asombro. 
—Porque no tengo amigos. Nadie quiere jugar con el hijo del verdugo. 
Desde aquel momento íbamos juntos a los armarios de los otros niños. Nos lo pasábamos muy bien. Fue una pena que creciese tan rápido. 

Publicado en MicroHorror: http://www.microhorror.com

Incidente desafortunado - Sergio Gaut vel Hartman


Beethoven no oye entrar a Borges, naturalmente, y el escritor no ve al músico, por lo que choca con él y recibe un soez insulto en alemán. Borges, que sospecha el idioma de Schiller, no piensa que ha atropellado a tan ilustre personaje; más bien deduce que su víctima es Otto Pflegger, un guardia de Treblika o en todo caso Hans Schwartzenegger, el feroz guardabosques bávaro. De todos modos se disculpa en inglés, como cuadra a un caballero, aunque el genio de Bonn tampoco capta la disculpa y lejos de interpretar que está ante el autor de “El Aleph” imagina una conspiración judeo-masónica destinada a robarle la partitura de la Décima Sinfonía. Reacciona mal y descarga una furiosa trompada sobre Borges, le destroza el tabique nasal y dispara el hueso como un dardo de ballesta que se incrusta en el lóbulo frontal del cerebro del escritor. Pero en contra de lo que los lectores pueden estar imaginando, el escritor no se acobarda y antes de morir usa el bastón para machacar la nuca del músico con toda su fuerza remanente, lo que provoca el deceso de Beethoven. Es por culpa de este desafortunado incidente, y por ningún otro motivo, que la ópera en tres actos “El milagro secreto”, con libreto de Jorge Luis Borges y música de Ludwig van Beethoven, jamás se llegó a componer.

Anunciación - José Vicente Ortuño


—¡Despierta María, despierta! ¡Tengo algo muy importante que comunicarte!
La joven se incorporó en la cama sobresaltada y con el corazón a punto de saltarle del pecho. A la luz de la Luna, que entraba por el ventanuco de su dormitorio, distinguió a un joven a los pies de su lecho. Asustada se cubrió con la manta hasta la barbilla. El hombre parecía emitir un leve resplandor. A pesar del susto y lo extraño de la situación, pensó que aquel hombre era demasiado bello para ser real. La actitud del sujeto no parecía intimidatoria, sin embargo, que se hubiese colado en su habitación sin siquiera llamar a la puerta la puso furiosa. 
—¿Qué…? ¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado…? —preguntó ya completamente despierta. 
—Soy Gabriel, el heraldo del Señor —dijo el joven con voz suave pero profunda.
—¡Me importa un cuerno quién seas, fuera de mi dormitorio! ¡Salga de inmediato o gritaré!
—Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.
—Pero, ¿qué dices? ¡Estás borracho! ¡Largo de aquí, mamarracho!
—No temas María. Gracias a tu vida virtuosa y a la pureza de tu corazón, has encontrado el favor de Dios. Mientras dormías Él, con su infinito poder, ha concebido un hijo en tu seno. Cuando des a luz le pondrás por nombre Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.
La muchacha se quedó con la boca abierta, pasmada, anonadada y horrorizada al escuchar la parrafada grandilocuente del Heraldo Divino.
—Pero… pero… No puede ser… Es imposible, porque jamás he yacido con varón alguno —balbució María con un tembloroso hilo de voz—, ¡ni pienso hacerlo! —añadió gritando fuera de si.
—Para Dios nada es imposible, María —respondió el ángel—. Su poder ha descendido sobre ti; por eso el niño que nacerá será llamado Hijo de Dios y cuando nazca será adorado por todos, incluso por unos magos muy sabios que vendrán del lejano oriente guiados por una estrella y que…
—¿Se puede saber quién le ha dado permiso a Dios para preñarme? —gritó María saltando de la cama—. ¡Yo no quiero tener ningún hijo! ¿Entiendes?
—Bueno… esto… —vaciló el ángel—, pues eso ya no tiene remedio, estás encinta y como todavía no se ha aprobado la ley del aborto, pues…
—¡Será cabrón! —gritó haciendo aspavientos—. Sarah pensará que la he engañado, ¡y con un hombre, qué asco!
—¿Sarah…? —el ángel hizo una mueca de no comprender nada—. ¿Quién es Sara? 
—¡Es mi novia, pedazo de burro!
El ángel, confuso, sacó una nota que llevaba escondida en la túnica y la leyó varias veces.
—Pero si tu prometido se llama José, es carpintero y…
—¡Idiota, te has equivocado, “esa” María es la que vive en la casa de al lado! ¡Zoquete! 
La joven agarró el orinal que había junto a su cama y se lo arrojó al ángel, que lo esquivó por lo pelos, yéndose a estrellar contra la pared.
—¡Maldito asexuado con alas! —gritó fuera de si—. ¿No te has dado cuenta de que yo soy lesbiana? ¡Me has jodido bien jodida!
El ángel Gabriel, abochornado, salió de la casa de forma precipitada, desplegó las alas y se elevó hacia el cielo nocturno. Mientras se alejaba siguió oyendo los gritos de María adjetivando su incompetencia.
—¡Maldita sea la puta costumbre de llamar María a todas las vírgenes! —masculló aleteando más deprisa.

Ser de luces - Saurio


Calores cada vez más persistentes se adhieren al asfalto como larvas de algún chicle imposible transformando el laberinto de tumbas en espejismos sin desierto y el Muerto Paradigmático que fuma y sonríe desde el bronce mientras recibe la devoción de miles de fieles que lo han transformado en un santo o algo así, todo en conjunción con la efigie de una anciana milagrera que metros en diagonal más allá contempla desde lo alto como sus devotos compiten en arrojarle ramos de claveles y rosas, en un silencio que ensordece y una luz dominguera que endurece los grises y ajeniza los rituales de agradecimiento por los favores recibidos, como si embocar flores o encender cigarrillos a estatuas entornase siquiera las puertas del Paraíso o al menos detuviese las zozobras de lo cotidiano, y sentirse entonces un intruso entre iniciados, alguien que mira desde lejos y con sorna, con la ignorancia que da el conocimiento, preguntando lo obvio y sin respuesta bajo brillos filosos y temperaturas babosas.
Intentar siquiera poder conjeturar fragmentos infinitesimales de los pensamientos de quienes se acercan chuecos desde el crematorio tan sólo para depositar la palma de una mano sobre el bronce y persignarse con la otra o exclamar plegarias improvisadas y en este intento ser atrapado por apasionados que pese a ver una cámara de video siguen convencidos que uno es un periodista radial, escuchar diatribas sobre traiciones culturales y tiempos pasados que fueron mejores o por lo menos no tan peores, recibir estampitas de un gordo sudado que quizás lo insulta a uno en clave y que denomina al ídolo fatídico un “ser de luces”, para terminar siendo víctima de un tour caótico por tumbas célebres llevado de la mano por una anciana que relata con la certeza que le da la fe milagros realizados tras la muerte por aquellos que la historiografía oficial sólo recuerda como cantores o poetas, y entonces adquirir repentinamente una iluminación que permite comprender por fin que no miente aquella adolescente cuando afirma haber llorado de pena cuando tenía dos años al ver la foto del Muerto en la portada de un disco y que eso la llevó a descubrir que ella era la encarnación de aquella noviecita que Él dejase en el Abasto cuando partió a seducir a Madame Yvonne, ni que exageran o rozan el morbo quienes afirman haber sobornado cuidadores para ingresar nocturnos en la cripta y llevarse un trozo de mortaja o un diente suelto o una falange, y tras esta iluminación salir a afirmar, con la furia de un profeta, que es verdad tanto su fallecimiento en el accidente aéreo como que aún hoy está vivo, oculto en alguna parte de algún país limítrofe, centenario, deforme y sin mandíbula, sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso, tomando mates celestiales con próceres y futbolistas, ganando siempre en un hipódromo de ultratumba y que pasa su eternidad repitiéndose como un mantra, para nunca olvidarlo, que él cada día canta mejor.

El misterio del cuarto cerrado - Ricardo Juan Benítez


Nadie había podido entrar, eso era un hecho. 
Puertas y ventanas estaban cerradas con doble traba. Apenas una mínima hendija para que entre el aire. Todo estaba tal y cual como cuándo habían partido de vacaciones. Ningún signo de violencia ni nada revuelto. Excepto aquellos dos cuerpos sin vida cubiertos de vidrios rotos. Yacían fríos y desnudos sobre el alfombrado. Despedían cierto hedor penetrante.  Lucían descoloridos.
¿Algún ataque? Pero ¿por dónde entraron y salieron? 
Tal vez un accidente. Pero ¿de qué clase? 
Todavía estaba consternado por el hallazgo. Aún más los niños.
Entonces halló la respuesta. En ese preciso instante pasó por las vías que bordeaban el jardín de su casa el rápido de las cuatro de la tarde. La vibración se sentía en las paredes de la casa. En el mobiliario y los utensilios en las alacenas. Eran solo unos minutos pero todo se movía. 
Tal vez si hubiera puesto el mantel de hilo sobre la mesa de roble. O la pecera más lejos del borde.

Sesión pionera - Jorge X. Antares


El club de cine se hacía en un pequeño garito de copas que todos los martes mostraba una selección de cortos de cineastas principiantes. Con un aforo de treinta personas, era un lugar ameno y familiar donde los artistas y aficionados charlaban entre jarros de cerveza aderezados con pequeñas raciones de patatas fritas. Luego de una charla de presentación inicial a cargo del maestro de ceremonias, se mostraban en la pequeña pantalla del fondo las películas, muchas de ellas producidas con métodos casi artesanales pero desbordantes de ilusión e imaginación. Algunos de los participantes de estas sesiones habían despuntado y la fortuna había llamado a su puerta ofreciéndoles un futuro en el negocio cinematográfico. Estos selectos elegidos regresaban de vez en cuando para dar ánimos a las nuevas hornadas y recibir un pequeño baño de multitudes. 
La sesión de hoy prometía una gran diversión e innovación. Cuando se cerraron las puertas para que nadie interrumpiera la proyección, de algún modo todos supieron que sería muy especial. Danny O, el director novel, empezó a hablar con su voz de soprano.
—Amigos míos, voy a hacer historia con esta película y tengo un papel para todos vosotros. Hay cámaras filmándolo todo. Va a ser la primera Snuff Movie colectiva del mundo, lo que llamo Gang Snuff Movie. Ahí vienen mis actores con las sierras mecánicas. Procurad parecer naturales ante la cámara. ¡Acción!...

domingo, 7 de diciembre de 2008

Penélope - Adriana Agrelo


Y pintó su cuerpo con grises rojizos, apoyándose en el muro con los ojos cerrados. Sintió el leve roce de otros cuerpos que a esa hora se sucedían vertiginosos rumbo al trabajo. Sintió el rumor de los autos, el imperceptible cambio de las luces del semáforo rojo verde amarillo. El silencio del rojo, la expectativa del amarillo, el ensordecedor movimiento del verde. Esperaba ser descubierta. Su cuerpo desnudo debajo de esa capa de pintura palpitaba anhelante, confundiéndose con el muro. Quizá con un leve movimiento de su mano, la palma hacia arriba, su piel blanca sobre la superficie de la pared delataría su presencia. Sentía el frío y la humedad, la rugosidad del cemento y el ladrillo. Pensó que tal vez todo era demasiado perfecto, que esa mimesis la desapercibía de los ojos de cualquier transeúnte, aún el más avezado, el más sensible, el que ve más allá de la superficie de las cosas. Ese era el hombre que quería para sí, uno que fuera capaz de descubrirla entre la multitud. Volteó la palma y la depositó suavemente sobre el muro como una paloma temblorosa. Y siguió esperando.

El olor del cielo - María Rosa Lojo


Un día por año, durante una hora, es posible abrir la puerta del Cielo. El único requisito es estar atento para percibir el resplandor muy leve que dibuja en la pared de enfrente los contornos delicados y precisos de una puerta.
Hay que empujarla con las dos manos y apoyar después todo el cuerpo, suavemente. Se sabe que uno ha entrado sólo por el olor del Cielo, que es peculiar e inolvidable y no se parece a ninguno de los olores de la Tierra, ni siquiera al jazmín del Cabo o a la algalia, o al clavel o a las rosas de Cádiz, o al almizcle.
No es posible recordar nada más porque el olor del Cielo marea y desmaya, confunde y oblitera todos los otros sentidos. Nadie puede relatar, por tanto, su visita al Cielo, porque su único recuerdo es un olor, y éste es indescriptible, e imperceptible para todos los demás seres humanos. Pero sí puede presentar la prueba, porque detrás del visitante se alinean los gatos y olfatean con adoración al que regresa del Cielo y maúllan, despechados, a la Luna que nunca baja, que siempre está demasiado lejos para olerla.

Tomado de http://colgadodelostobillos.blogspot.com

Visitante - Libia Brenda Castro


Para Ricardo

Alguien llama a la puerta. Me apresuro a abrir y, al encender la luz, la veo. La sombra se mueve suavemente sobre el dintel. Me digo que no pasa nada: es una mariposa. Negra, pero una mariposa. Parece que me mira, algo brillante me hace un guiño desde el centro de dos pupilas que son pozos esperando tragarse mi alma. Es una mariposa. Tomo aire, repito palabras como ‘inofensivo’, ‘frágil’, ‘animalito’. Avanzo hacia la puerta, el sonido del timbre me sobresalta. Es una mariposa. Junta las alas y veo el perfil ciego de una pequeña bestia con intenciones ocultas. Es una mariposa. Es enorme. Abro la boca y la voz se me atora en las encías. Es sólo una mariposa…
El sonido del timbre insiste. La mariposa ya no parece tan grande, pero no puedo cruzar la entrada bajo ese signo oscuro; mi invitado se va, no sabe que estoy de pie en el pasillo. Acabo de darme cuenta, la mariposa no se moverá nunca: yo tampoco. Dos ojos que no lo son, algo que brilla en el centro, las alas como sábanas que se extienden por la casa, que me cubren despacio quitándome el aire. Alguien llama a la puerta. 

Literal - Francisco Costantini


A mi hermano Nico.

Estuviste en cama una semana por culpa de la fiebre y ese dolor que te abrasaba la garganta. No hacías más que mirar televisión. A pesar de tus veintiún años, uno de tus programas favoritos era aquel de Disney Channel donde enseñaban cómo hacer dibujos, maquetas, disfraces… En fin, para matar el aburrimiento decidiste crear ese sapo. Le pediste a mamá que te consiguiera diarios viejos, que comprara pegamento y témperas de colores diversos. Te sentaste en el comedor y, con paciencia, armaste primero el torso, le pusiste patas y la cabeza de ojos saltones. La verdad, se parecía más a un gato que a otra cosa.  Cuando el pegamento se secó, lo pintaste; quedó un muñeco simpático —feo, pero simpático. Pensaste en regalárselo a tu ahijado y, con esa idea te fuiste a acostar. En medio de la noche, sentiste un peso sobre tu pecho. En seguida encendiste la luz del velador y gritaste de terror por lo que viste: tu creación, a escasos centímetros de tu garganta dolorida, sosteniendo una cuchilla. Sonreía y, aunque parezca absurdo en semejante situación, te preguntaste quién le había puesto esos dientes amarillos y disparejos. El monstruo hizo hacia atrás su delgado brazo derecho para tomar impulso, y lo único que le oíste decir antes de que te aturdiera el dolor más agudo, fue un estridente y literal: —¡¡Art attack!!