jueves, 12 de julio de 2012

Vapor en las calles durante la noche, sirenas sin dolor - Héctor Ranea


—¡Oyeme, hermano! —me dijo un anciano de color, en el muelle de la Calle 24, casi en la Bahía de Gravesend.
No le di lugar al pedido. A esa hora no hablaba con nadie. Hubiera querido ser un fantasma. Me encantaba caminar por New York de noche, pero a esos que quieren pegársete en cualquier instancia y a toda costa, no los aguanto. Días atrás, un petimetre de Manhatann Sur, blanco él, bien rosadito y angosajón, había creído, en ese bar de Tribecca tan atildado, que mi forma de deambular escondía un supuesto temor a confesarme gay y me persiguió por la mitad de la Greenwich hasta que en la esquina de Worth lo dejé durmiendo de un golpe. Eso no fue bueno para él, especialmente porque era noviembre y murió, supe después, de frío. Que se joda. No se molesta a nadie por querer ser un fantasma neoyorquino.
Pude dejar atrás a ese viejo y me adentré en el Village, otra vez, como si quisiera encontrar ahí algo que me faltaba para ser el fantasma que quería ser y, como solía suceder, entre el vapor de las alcantarillas, el ajetreo insensible de las ambulancias y los coches de policía, caí de nuevo en la esquina de Thompson y Bleeke. Precisamente, esa noche cantaba Nina Simone. No me dejaron entrar; logré colármeles por la entrada de servicio, donde nadie miraba a nadie, tratando de poner todo ese caos en forma de piscolabis ordenados. En el apuro, sólo atiné a quitar un vaso vacío y usado y me metí en el bar. Una vez allí, el barman, al verme con la copa vacía me ofreció llenármela. Le pedí un Old Fashioned, lo cual le sorprendió un poco, pero al poco rato me trajo uno rebosante en su copa límpida, recién pulida.
A Nina apenas se la veía, sentada en una silla baja, cubierta de periodistas y amigos, que celebraban el acontecimiento y, cuando yo la pude ver, supe por qué había elegido este destino de fantasma.
Si hubiera sido uno más en el metro, yendo y viniendo de la Columbia al Empire y viceversa, nunca hubiera podido conocerla y ella tampoco a mí. Como en las malas películas, nos vimos cara a cara a través del arco que el brazo de uno de sus productores dejaba al meterse las manos en los bolsillos. Era lindo ver cómo ella podía tomar de una copa igual a todos los blancos y se la veía contenta, feliz de estar en este bar, en ese momento, mientras pensaba sus canciones. En ese preciso momento, me vio. Y supo que había visto un fantasma. Su cara se iluminó diferente, con una sonrisa. Bella como era, le sonreí como a mi hermana, de modo que no me creyera realmente un fantasma. Ella gritó:
—¡Óyeme, hermano! ¡Quiero cantar “Just in time”, ya!
—¡Genial, hermana! ¡Vamos, que la gente te dará ánimos! Empecemos —dijo Hamilton, ya sentado a la batería.
Y ella, dulce, caliente comenzó:
—Just in time
you’ve found me just in time.
Before you came my time was running low...
No me quedé hasta el final de todas las canciones porque, en definitiva, había sido ésa la canción definitiva... “Te encontré en el momento preciso... me encontraste en el momento preciso”... Yo iba canturreando esa canción aún por Bleeke, bien dentro de la niebla, cuando me cruzó de nuevo el viejo negro. Rengueaba un poco.
—¡Hermano! Te encontré justo a tiempo. Acompañame. Esta vez no iremos al hospicio, te lo juro. Entrégate que esta vez será todo más tranquilo.
Juro que dijo eso y su voz apaciguó en mí toda la desesperación de esa noche magnífica. Me entregué, me dejé llevar.
—¡Hijo de puta, cómo nos hacés correr! Tres veces en tres días, con sus noches. Te escapás de todas. No sé cómo hacés, pero te juro que no lo volverás a hacer más. No señor. Beethoven vuelve a Central Park, ¡sí señor!
Mientras decía eso, dos lágrimas de bronce fundido se me escapaban de mis ojos, escuchando a Nina Simone cantar “I put a spell on you” tan caliente que me ablandaba. El guardia negro puso dos tapones en mis oídos para que siguiera siendo sordo aún muerto. Y acá estoy, parado, frente a toda esta gente que me mira sorprendida... Beethoven esculpido por Baerer, con un disco de Nina Simone entre sus ropas: primera canción “Just in time”.


Publicado en: http://ediciones-irreverentes.blogspot.com.ar/p/ny-relatos-oyentes.html
Acerca del autor:
Héctor Ranea

Con tiempo - Sergio Astorga




Espero que la cucharada del tiempo llegue para beberlo y las cacerolas con sus caras blancas se quiten el frac para bailar unos instantes con los corazones partidos por el centro.
Aquí te espero, con el rabo del ojo, con la sangre abultada, esperando tu traición a tiempo, exacta, desteñida por el salitre de tu alfabeto.
La tierra eructa sus geologías, tiempo para golpearnos la frente con nuestro propio limo.
Algunas muchachas traen monedas de cobre en sus bolsos y algunos gatos apuñalan la misma muerte en los tejados.
Aquí te espero, con el tuétano temporal de las heridas, en el ángulo impasible que hace esquina.
Sé que no se puede mezclar el tiempo cuando los insectos caminan extraviados y los rebaños de minutos no caben ya en los libreros.
Cuando el tiempo huele a cementerio, no duerme nadie, ni el olvido se refugia, ni el musgo crece.
Aquí te espero, engordando mi esqueleto a cada hora, hasta que reviente de tanto fermentar el vomito del tiempo.
Con tiempo, todo a su tiempo.


Tomado del blog Antojos

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Binario - Christian Lisboa




Coleccionaba unos y ceros como otros niños juntan insectos o caracoles. A los quince años tenía almacenadas miles de series en su cerebro, pero ninguna de ellas era la correcta.
Ese día, Miguel bebía chocolate mientras su mirada vagaba de la taza a la pantalla del televisor, la que en su parte inferior mostraba una rápida sucesión de ceros y unos sin orden aparente. De pronto, el chico se levantó y gritó:
—¡Ahí está, por fin!
Yo estaba limpiando una mesa, el padre de Miguel discutía con alguien por teléfono. Me acerqué y le pregunté:
—¿Qué encontraste, chico?
—¡El número, en la pantalla!
Con un gesto le dije que no entendía.
—Ese número se repite, 1011001 es el primo ochenta y nueve. ¡Es mi número!
Efectivamente, la serie se repetía.
Miguel era autista. Era la primera vez que hablaba así, generalmente usaba sólo monosílabos. Abrió el maletín de su padre y sacó el computador portátil. Ingresó en un sitio desconocido y comenzó a escribir a toda velocidad.
Yo aproveché la distracción de Miguel y cambié el canal en la pantalla de TV. Apareció un informativo de CNN urgente sobre cortes de energía inexplicables en las principales ciudades del mundo. Me asusté.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nuestro tiempo comienza ahora —dijo Miguel.
Nunca volví a verlo. Ahora que la nueva Confederación gobierna el mundo y muchos autistas son presidentes, quisiera hablarle. Tengo algunas preguntas.


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Christian Lisboa

Vecinos del 4º A - David Moreno



La vida apacible y serena de nuestra comunidad, se turbó el año pasado con la llegada al piso contiguo de unos nuevos inquilinos. Aunque se desconoce cómo y cuántos son. No salen de casa ni se les ve entrar nunca.
Desde el primer día comenzamos a oír gritos, al principio apenas audibles salvo cuando pegábamos la oreja en la pared. Poco a poco fueron aumentando tanto en intensidad como en frecuencia. Y a la par, eran numerosas las personas que llamaban a su timbre y entraban, desconociendo por dónde salían del inmueble.
Eran gritos de muy variada procedencia. De niños, mujeres, hombres, ancianos, de miedo, de dolor, aullidos, alaridos, de tonos graves y agudos, repentinos y prolongados, penetrantes y estridentes.
En alguna ocasión hemos intentado mi mujer y yo que nos atendieran, mas no hemos obtenido ningún resultado. Incluso también les hemos llamado con todas nuestras fuerzas desde el rellano, desde el otro lado de la pared y desde la calle. Pero nada.
Esta tarde hemos probado una vez más y como no hemos tenido suerte, hartos de esta situación, nos hemos decidido a derribar la puerta.
Una vez atravesamos el umbral, de repente, se hace el silencio absoluto. De puntillas nos asomamos a la cocina, no hay nadie; nos acercamos al salón, lo mismo. Y al llegar a una de las habitaciones, con el corazón encogido, descubrimos en el suelo numerosos cadáveres descuartizados y unas estanterías llenas de frascos de cristal. En cada uno de ellos pone un nombre, una edad y una profesión y al destaparlos son liberados gritos y gritos.
Sonia, veinte, camarera. Enrique, cuarenta y cinco, abogado. Rosario, sesenta, enfermera. Francisco, treinta y… ¡uy! Se oyen pasos aproximándose desde la entrada. 
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martes, 10 de julio de 2012

Asimetrías – Sergio Gaut vel Hartman


Amor problemático, si semejante cosa existe, es el que se profesan mutuamente Leonardo da Vinci y Thurma Nuna. Él tiene quinientos cincuenta y nueve años y ella solo diecisiete; él es homosexual y ella una ninfa del carajo, capaz de cepillarse a una docena de fuckers bien dotados entre la hora de la cena y medianoche; él es una enciclopedia con patas y ella tiene menos cerebro que un paramecio; él está muerto y ella vive, colea y atiende a sus clientes con una rigurosidad digna de Lucrecia Borgia. Podría seguir enumerando asimetrías, si no fuera que ninguna de ellas basta para desmentir la primera palabra de esta narración: “amor”. Porque no tengo la menor duda (y pretendo que tampoco ustedes la tengan) de que Thurma y Leonardo se aman honda, apasionada e incondicionalmente. ¿Cuál es el problema, dirán ustedes, si no hay nada más importante, trascendente, beneficioso y vital que el amor? El problema es que me propuse escribir un ejercicio de doscientas palabras (ni una más, ni una menos) y si me extiendo en consideraciones acerca de la naturaleza de la emoción que une a esos dos seres enfermizos, extravagantes y anómalos no podré cumplir con la consigna.


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Sergio Gaut vel Hartman

El encuentro con el tercer tipo - Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Lo malo de la pampa es que a veces, de lejos, no se sabe si la gente se fue a dormir la siesta o a cultivar zapallitos de tronco o bien están atendiendo a dos enviados de Zajhjon que quieren efectuar abducciones usando alguna excusa ingeniosa.
—¡Ah! ¿No provenían de ese planetoide infame? —dijo el Hermeneuto Garcés, hijo de Voliandro, el barriletero oficial de Liendres Belgas, estación Fulton Grande.
—¿Me va a decir a mí? —comentó con tono de pregunta Transvestido Wyshwyzewicz, alias “El Tape Bis”, a quien Tremebundo había dejado plantado como a un olmo que espera dar peras.
Erme Garcés miró en lontananza, donde un cielo arrebolado le daba que llovería toda la noche.
—Eso sí —justificó El Tape— fue por una mina.
Sin pausa, el Garcés asintió varias veces y tan profundamente que casi se le traba la bombilla del mate en la mandibolas.
Advirtiendo el hecho, el Tape Bis le frenó la sabiola.
—Tenga mano, Don. No vaiga a ser que se le obture ese coso.
—¡Achalay con el crioyazo! Gracias, Tape. Sabe que si se me tapa el mandibolas tengo la reproducción coartada.
—No se olvide, che, que seré gaucho polaco, pero a especialista en OVNIS no me copa nadie la parada.
Cuando Transvestido estaba por hacerle una breve historia natural del mandibolas al Garcés, oyó el galope inconfundible de Mandriavieja, el matungo de Tremebundo que viene cocinando barro con las herraduras al rojo vivo.
Ahí nomás se bajó el Tremebundo del flete y empezó a hablar del encuentro de tercer tipo.
—¡No hay derecho! —gritó desaforado el Tape Bis— ¡Que me lleven los diablos de Laredo! ¡Toda mi vida luchando por ver un OVNI y usté, primo inorante, de buenas a primeras tiene ese encuentro! ¡Ya está —gritó despechado—. ¿Sabe qué? ¡Me harté de que hablen de OVNIS!
—Está enfurruñado —comentó el primo que venía con la lengua del caballo afuera—. Siente envidia, nomás. Pero yo estoy defraudado porque me dieron poca bola, o nada.
—No se priocupe, Tremebundo se siente defraudado, eso es todo. ¿Y yo? Imagínese. Toda una vida atrás de los OVNIS y usté, gaucho sin más leturas que los clásicos, me viene a matar el punto.
—Yo entuavía no maté a naides, vea mire. Soy pacifista como una madre tero.
—¿No mató el punto? Hizo una carnicería con los signos de puntuación. ¡Qué digo una carnicería, una masacre, un genocidio!
—No es para tanto, che. Un encuentro frustrado de tercer tipo, ni que hubiera sido del cuarto.
—Me parece que lo que cuenta es puro cuento.
—Se lo juro por la salú de Tempo Giardinelli, que es más gringo que usté, si cabe.
—Cabe. Lo que no cabe es que no me haya presentado al tercer tipo.
Hermeneuto, que había permanecido respetuosamente callado, se animó a terciar.
—Se lo digo con todo respeto, don Wyshwyzewicz, ¿no será medio bufarrón, usté?
—Capaz que estaban buscando eso —dijo Tremebundo—, y yo no di con el tipo.
La pampa es amplia (y húmeda) y Tremebundo tiene cancha para correr, pero Transvestido está cada vez más cerca, y por la forma que mueve el cuchillo se ve que no se dispone a cortar una lonja de costillar vacuno.


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Campo magnético – Héctor Ranea


Alcancé a verlo sacar de entre sus ropas un revólver Smith & Wesson 9091 Luminox Beetle equipado con balas electromagnéticas. Una ironía. Me matarían con el arma que yo había desarrollado. Acá, en este planeta y con materiales totalmente autóctonos.
El desconocido me mantenía amenazado con el arma, mientras mascullaba vaya uno a saber qué en su lengua primitiva. Tenía tal intoxicación que se le escapó un tiro que voló una chimenea del parador. Menos mal que, siendo de noche, no había nadie debajo.
La bala eran pellets particulados hechos de nanotubos politexturados de sesquióxido de vanadio con sodio microencapsulado en contenedores fractales, bañados en platino con clad polimorfo que, al ser enormemente acelerados por los imanes superconductores del revólver, se incrustaban en los cuerpos para que luego, el agua que tenían estos seres, hiciera explotar el sodio. El bólido pegó en una cerca de aluminio, quedó expuesto a la poquísima humedad ambiente, de modo que ardió lentamente con llamas del tamaño de una pequeña cucaracha de quirófano. Eso distrajo a mi agresor, por lo que pude tomarlo del cuello, del arma y del pie izquierdo, mientras mis otras manos lograban hacerlo caer de espaldas.
—¡Strike! —gritó el desconocido—. Soy terrícola, ¡no me ataque! Sólo estoy buscando volver.
—Yo también soy terrícola, estúpido —le susurré al oído con la probóscide testicular—, y no por eso intenté matarte —reconozco que mi aliento es ofensivo para los tipos como estos alfeñiques de apenas siete piedras de peso, así que gocé poniéndole mis hocicos cerca de su napia.
—¡Por favor, le apunté para defenderme! —pronunció esas palabras con su voz gangosa pero estentórea, casi suplicando—. ¡Sólo quiero regresar!
—Defenderte, ¿de qué? Regresar, ¿a dónde? ¡Soberano estúpido! —tenía ganas de matarlo, ardía de ganas de matarlo. Podría haber matado a mucha gente. No sabía qué hacer con mis ganas de matar—. ¿Creías que la vida era fácil? Acostúmbrense a que nosotros mandamos —le grité.
—Nosotros creíamos en la libertad —alcanzó a decir con la voz ahogada por mis tentáculos que lo estaban revisando—. No los queremos acá.
—Pero tus líderes nos trajeron, nene. Fueron ellos y el agua.
Lo dejé tirado un rato, agarrándose el cuello. Tomé el revólver. Finísimo artefacto al que yo amaba profundamente. Verifiqué que tenía aún carga, di tres pasos para atrás, le apunté y disparé. Lo veo como en cámara en ralenti. El proyectil se aproxima al cuerpo inerme. El humanoide activa su imán deflector (¿por qué no pensé en eso antes?) y repele el ataque con tanta mala suerte, para mí, que la bala invierte su camino y se dirige a mi cráneo. Nunca nos caracterizamos por ser rápidos de reflejos. Ahora sigo andando, pero descerebrado. Una pena. Apenas si puedo escribir, de modo que, cuando mi comandante me encuentre me destruye, por inútil. Tendría que haber escuchado al humanoide, tal vez eso de la libertad no fuera mera tontería, después de todo. Tengó aún un tiro en el revólver y estoy pensando con las manos de escribir. ¿La muerte será la libertad?

Acerca del autor:  Héctor Ranea

Operaciones riesgosas - Sergio Gaut vel Hartman


—Este es el que me operó —dijo Adilas señalando a un hombre alto, de gran mostacho y habano entre los labios.
—¿Y qué te hizo hacer? —Gastro contempló a su amiga con expresión admirativa. Era la primera vez que ella admitía haber sido una marioneta.
—Me hizo ir a Génova para visitar a una tía anciana que estaba a punto de morir.
—¿Por qué no fue él en persona?
—Lo entusiasmaba la idea de usar una marioneta, me parece.
—O tal vez sea una persona impresionable y no quiso estar presente en el momento del fallecimiento de la tía.
Fue el turno de Adilas para sorprenderse. —Nunca lo pensé de ese modo. La tía había sido una sobreviviente de Dachau y tenía un aspecto tétrico.
—¿Y murió?
—No, aún vive. La operaron varias veces; en la última la embutieron en un cuerpo nuevo, flamante, una de esas prótesis totales de plexicarne.
—Sé lo que son. Mi padre vive en uno de esos cuerpos.
—La experiencia de ser una marioneta es alucinante.
—Me gustaría que me operes —dijo Gastro impulsivamente.
—De acuerdo. —Adilas sacó un cuchillo del cajón de los cubiertos y abrió el pecho de su amigo. Una maraña de cables saltó como si se tratara de una nidada de aspides. La mujer dio un paso atrás y soltó el utensilio, que rebotó contra el piso de mosaico produciendo un sonido similar al de una campana.
—¿Te sorprendí? —dijo Gastro. Sonreía beatíficamente.
—No demasiado. Una marioneta y un ciborg. ¡Qué pareja podríamos formar! ¿Tendrán que volver a cambiar la legislación?
—Es posible.
Adilas levantó el cuchillo y lo puso en su sitio. Luego se acercó a Gastro, retiró uno de los cables del pecho y se lo puso en la boca. La descarga eléctrica la arrojó contra la pared.
—¡Por las barbas del Profeta —exclamó Gastro—; qué mujer especial!
—No te confundas —dijo ella levantándose con dificultad—. Soy un desastre en todo, empezando por la cama y terminando en la cocina.
Gastre rió. —Nunca falta un roto para un descosido. 
—Atenta a la indirecta —dijo Adilas bajando un costurero del aparador—, te voy a coser. Hago unos zurcidos invisibles que llenan de orgullo a mi bisabuela.
—Llenaban —corrigió Gastro.
—Llenan. Mi bisabuela es la marioneta preferida del presidente de los Estados Unidos.
—¿El chino?
—El mismísimo Huang Tsé Kiang. La opera desde hace quince años; lo hacía aún antes de ganar las elecciones del 2044.
—¿Es médico, el chino ese?
—De los mejores. Cirujano Acupuntor de la Escuela Reikista de Nevada.
—Yo no me dejaría operar por él.
—Para eso tendrías que ser marioneta, no ciborg.
—Es cierto, perdón, me olvidé.
Adilas se concentró para enhebrar la aguja. Se concentró tanto que terminó convertida en un punto y después desapareció. Gastro, desolado, se arrancó todos los cables y si bien no murió, porque los ciborgs no pueden morir, dejó de existir, por lo menos en este cuento ridículo.



Acerca del autor:

Con los números primos en la máquina – Héctor Ranea




—Toda curva de crecimiento es naturalmente sigmoidea —dijo el Profesor Pico degli Aldrovrandi, emérito de la Sala cuarta del Claustro primero de Regio Collegium Aureum de Rompiscatole.
—Sí, claro. Y al café lo endulza ser revuelto, por cierto que no el azúcar —replicó Lorenzo de’Tudeschi, primer candidato a Profesor de la Regale University de Roaringtuenis.
—Por cierto —terció Roberto Sánchez Girondo, del Departamento de Objetos Perdidos del Municipio de Montículos Errantes—, si no fuera por el azúcar no habría café.
Los integrantes del Cuarteto lo miraron con extrañeza. Nunca habían confiado en ese advenedizo que decía tener la máquina del tiempo pero nunca la había mostrado.
—La verdad, no me inspiran confianza —les había dicho—; si se las muestro me afanan la idea y ni podría ir a cantarle a Gardel.
Todo esto, a decir verdad, les sonaba extraño a catedráticos tan encumbrados, máxime en el Congreso Intercolegiado, donde se discutían temas tan asombrosos como el viaje en el tiempo y las propiedades edulcorantes de la rotación.
—Pero volviendo a mis sigmoides —insistió Pico— yo diría que en el talón del crecimiento reside el secreto de la propiedad de la rotación que usted tan preclaramente enunció en su sermón de esta mañana.
—¡Ah, profesor, qué gusto me da oír eso! —declaró orgulloso Lorenzo—. Que su Eminencia proclame su interés me llena de honor, loor y laureles, por cierto.
Sánchez los miraba atónito. Se dijo para sí: “Maldita sea mi idea de venir a esconder mi máquina a estos congresos de Patafísicos desquiciados. La próxima vez la escondo en una historieta de Rip Kirby.”
—¿Dijo usted Kirby? —la que hablaba era la cuarta integrante, Lucrezia Borges i Palmas—. ¿Rip Kirby?
—No recuerdo haber dicho nada, salvo a mí —se sorprendió el Bobby—. No seré catedrático, pero sí sé mis derechos. Usted me está robando los pensamientos.
—Vení para acá —dijo la bella Lucrezia—, tomátelo con calma, mi amor. ¿Una frutita de mazapán, cielo? —y le ofreció un ananá diminuto con aspecto delicioso, cosa que para el inventor era irresistible—. Tomá, mi dulzurita. 
Como Sánchez no era catedrático no sabía que para esa época el ananá no había sido descubierto por esa civilización. Murió en el atardecer de 1223, número primo para más datos, unos novecientos cuarenta y siete años antes de haber inventado la máquina del tiempo. ¿Qué cosa, no?


Acerca del autor



Malas noticias – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman



No nos gusta dar malas noticias, pero cuando no hay más remedio hay que ser directo. La cosa seria es así: la editorial china “Cuentos del Acervo” o Yahn Dang Ha ha detectado que el Grupo Heliconia adeuda la friolera de 211 sinoficciones (ellos las definen de 37 a 83 palabras) que exigen se hagan efectiva dentro del año regular que termina el alba del día 30. El representante legal de Dang Ho se reunió con los Administradores de Heliconia y han fijado que el término alba se refiere al equivalente a una ocupación celeste de un diámetro solar de nuestra estrella. Como es fácil advertir de nuestra alarma, no han fijado (ni quieren hacerlo) las penas que aplicarían a Heliconia, pero es fácil de predecir. Antes de pasar lista a estos efectos, les solicitamos como acto de reparación histórica, que se solidaricen y contribuyan con algunos relatos que cumplan los parámetros exigidos por esta Editorial. Para ello habrá que trabajar a destajo y, claro, después habrá que analizar hasta donde llega este despojo. Sabemos que al grupo “Dunas de marzo” les incautaron varios miles de relatos y los reconstruyeron para convertirlos en sinoficciones. Unos días atrás, vencido el plazo impuesto por la firma acreedora, al colectivo “Umami o nada”, le usaron varias fotos, las convirtieron a código binario, las transformaron en letras y de ahí las pasaron a extrañas sinoficciones, cuyos autores fueron elegidos entre los miembros del colectivo. El horrendo resultado ha provocado que varias de esas personas hayan debido ser internadas con un colapso nervioso debido a que muchos tenían cierto prestigio en el mundo de las letras. Ahora hasta las vocales se pedorrean de risa con sus apellidos.


Acerca de los autores
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman



¡Bendito sea México! - Héctor Ranea


¿Dijo que se tomaría ocho vasos de tequila, Usted? ¿Ocho caballitos? Con seis la mayoría de las personas se convierten en invisibles. Suelen encontrarse entre sí chasqueando los dedos, pero ni modo de interactuar. Se dice de uno que en la séptima copa se topó con un cuate de trompeta en ristre que lo invitó a las marimbas del bajo de la cumbre, en una ciudad de Chiapas cuyo nombre no se atreve a pronunciar nadie y desde entonces sólo se los ve cuando el sol le da a la trompeta de lleno después de pasar por una pirámide de Palenque. Ni dioses pampas permitan llegar a la octava copa. Si la séptima lo topa con el trompetista, la octava lo lleva a la mujer estática, la más truculenta de las bebedoras de tequila, la que tiene el gollete de una botella y la cintura de una botella de cerveza. Es arriesgado como tirarse a una chamana en medio de su invocación. Puede uno terminar aspirando el perfume de esa flor que lo pone en el lecho de varios muertos pero vivo y queda ahí, con su pene estirado, planchado, empapado en vísceras de algún dios invocado por la chamana triste. No, no tome esa tequila, esquive el caballito. Póngase a resguardo incluso de la tercera copa, la de la indestructibilidad. Porque si lee lo que dicen en la calle los carteles en celeste y negro, la tercera copa lo hace creer indestructible y se le atreverá a los zopilotes en el concurso de canto bello. El que gana gana apenas un florín perdido por el torpe Maximiliano, cabeza de chorlito, el día de su fusilamiento, deglutido y después vomitado por el zopilote que hurgó en el bolsillo cercano a su testículo derecho. El que pierde, en cambio, perderá sus tres ojos, las alas, el pendón fucsia que protege salvas sean las partes y por fin, lo más importante, la boca que le permite besar algunos de los labios más sabrosos de Mérida.
No. La tequila no paga. Ni paga cuando se diluye en lágrimas, ni paga cuando se leen las notas bajo el volcán. Ni modo.
Bébase helada o ardiente. Moderadamente tibia, como si la pusiera entre las piernas de esa persona que tiene enfrente mientras le gritan los pájaros negros de la fachada de la catedral. Espiando el brillo de los ojos iluminados por candelas pendulares. Esos ojos beba, no tequila; no caballero. Al menos nunca llegue al cuarto caballito. El de la inmortalidad. Es falso. El vaso se rompe, se rompe el alma y sale cantando con los mariachis muertos de sed en Plaza Garibaldi, a metros de la fuente de agua más pura. Y cuando se bebe con ellos está definitivamente perdido porque beben hasta descansar y no descansan casi nunca.
Todo esto, aunque les parezca mentira, a ustedes que leen y a la mexicana que ríe, lo leí en una camiseta, parte delantera y trasera, de una muñeca vestida en un escaparate de Mérida, cerca de una plaza tomada por aves negras a las que decían querer espantar desde el Cabildo tocándole una música de trompetas estridentes, mientras en algún lugar una morocha excepcional, vestida de volados azules eléctricos que no se podían tocar so pena de quedar hundido en un llanto tanguero interminable, bailaba al son de dos guitarras que parecían añorar algo por debajo de su cintura.
Todo a la sombra de una hermosa ceiba milenaria mientras la Luna le daba candor a la noche. Lo juro por ese vaso de tequila.

Ilustración: Jock Cooper

Datos del autor: Héctor Ranea

domingo, 8 de julio de 2012

¡Eh, Lucho, volvé! – Ana Cherñak


Como todos los días la niebla espesa y fría los persigue. Solo les permite ver hasta donde llega la mano extendida. De abajo, desde la basura sube un olor nauseabundo, muchos llevan un pañuelo tapándoles la nariz y la boca. La muchedumbre se abalanza. A veces entre esos náufragos hay seres temibles. Los chicos hasta con la basura juegan, demorándose entre las latas.
Lucho, tal vez el menor, avanza a zancadas con su pierna única, sucio, la piel encostrada de hollín y un andrajo envolviendo el muñón. Parece camuflado, vestido con desperdicios. Se entierra, mete primero una mano, con brazo y todo, después la otra y se ríe. Atraido por la blandura resbala entre cáscaras vidrios y bolsas de plástico. Flotando y con los ojos enrojecidos Lucho se apoya en un palo, toma su bolsa con las dos manos y aspira profundo... Penetra por su nariz y la boca abierta un aire transparente, tibio, todo su cuerpo siente el olor del pan, corriendo entra en la panadería, se calienta un poco cerca del mostrador y toma un bollo, la masa apenas roza su lengua cruje, traga un polvo crocante, dulce, sabroso. Sale caminando despacio, sintiendo en cada paso la goma de sus zapatos nuevos morder la vereda. Sube a su bicicleta roja reluciente y se dirige a su casa de paredes blancas, una mamá y un perro lo esperan en la puerta. Pedalea contento, el viento fresco y claro le despeina el pelo limpio y se le mete por debajo de la remera, en la espalda tiene el número 10. Lucho llega, afirma el pedal en el cordón de la vereda justo cuando los chicos del barrio lo llaman a jugar a la pelota. No entiende porque una voz, desde muy lejos, le pide que vuelva ¿qué vuelva a dónde?

Acerca de la autora:
Ana Cherñak

La espera inútil - Micaela Álvarez


A unos pasos del Cielo, lo vi.
Era él, sí, no había duda. Pasa que Rogelio no podía creer lo que había pasado y se atascó en pleno vuelo.
—¿Qué haces acá, che? —le dije con mi mejor sonrisa de amigos.
—No sé, pero decime vos, cómo andas y en dónde estamos, porque no entiendo bien y hace mucho que no te veo.
—Y sí, pasa que estuve con la gorda y los chicos, nos fuimos de vacaciones y yo nunca más volví, por eso estoy acá; sabes, tenemos que seguir hasta ese cartel, ese que está en amarillo ¿lo ves? Bueno dicen que ahí está San Pedro.
—Sí, eso ya me lo dijeron pero no entiendo.
—¿Qué no entendes Ro?
—¿Por qué estamos acá y todo eso?
—Bueno cada quien deja la vida como puede, después hay una ruta que se divide en un momento en tres grandes caminos, está el Cielo, el Purgatorio y el Infierno. Este lugar es el Descanso porque son muchas horas de viaje ¿viste?; mirá allá está ese café del que todo hablan, te invito a tomar algo, ¿dale?
—Bueno, pero no tengo un mango.
—Yo tampoco, acá no se paga, sólo se invita; siempre el mismo colgado vos, che.
Entramos al bar, yo me sentía contento de haberlo encontrado después de tantos años sin saber nada de él, pero me preocupaba mucho que no quisiera entrar al Cielo.
—Ya sé, ¿no me digas que tenés miedo?
—No miedo no, y entiendo todo lo que me decís, pero no sé si tengo que ir, sabés, mi familia no está acá todavía y no sé...
—Bueno ya les va a tocar, no te apures, esperálos adentro, si estás acá es porque vas directo al Cielo, si no unos ángeles te hubieran llevado a alguno de los otros caminos ¿viste?, acá no te dejan llegar a donde no debés; ¿y qué vas a hacer? ¿Te vas a quedar acá como un boludo vaya a saber cuántos años? No, viejo, no, esperálos adentro te digo. Hablando de esto ¿no te dieron el folleto?
—No, ¿qué folleto? ¡¿Ves, ves?! Por eso no me gusta morir, te tratan como si fueras un boludo y te lavan el cerebro
—No, pero ¿qué decís?
—Sí, es así, vos no te das cuenta, ya compraste el cuento ¡que vivo!
—Nada que ver, no jodas...
—Al final ¿qué Cielo ni qué Cielo?, es lo mismo que cuando vivíamos y teníamos ese laburo de porquería y esa existencia infame.
—Bueno mirá Ro, se ve que hay muchos indecisos como vos, ¡este café está que explota! Yo voy a pedir.
—Dale.
—Mozo, tráiganos dos cafés y cuatro medialunas, por favor, ¡ah! y sacarina porque no me gusta el azúcar.
Ro vos tenes que sentirte privilegiado, la mayoría no llega acá, hiciste las cosas bien se ve, entonces disfrutalo, allá adentro hay miles de cosas que valen la pena, y tu familia ya va a llegar, sólo tenes que aguantar unos años, no sé, lo que Dios diga.
—Sí ya se, pero si son unos años, ¿qué me cuesta esperarlos acá? No pierdo nada, es más, necesito ese tiempo para mí, porque nunca lo había valorado, ¿sabes?
—¿Pero de qué tiempo me hablas? ¿Qué joraca vas a hacer acá? ¡Te van a salir raíces en lo pies! ¡No jodas!
—En serio te digo Esteban, ya fue, yo me quedo acá y los espero.
—Bueno viejo, entonces cuando sea nos vemos adentro ¿eh?
—Sí y jugamos al ajedrez como antes
Memoricé la situación con tristeza. Ese día, tarde o noche, no lo sabría decir porque allí no existe verdaderamente el tiempo como lo conocemos, charlamos de todo, lo que habíamos soñado, aquellas cosas que nos perdimos por no arriesgarnos, las cosas lindas de la vida, la familia, la escuela, los momentos de descanso en el laburo, los viajes juntos en colectivo, las vacaciones compartidas, los perros que tuvimos y que esperábamos encontrar en el Cielo, la extrañeza de saber que de verdad existía Dios y todo eso que nos era desconocido nos lo explicarían a unos pasos del café. Rogelio se quedó, aunque le insistí mucho, no me dio bola; lo triste es lo que pasó después.
Habían transcurrido lo que en vida serían cincuenta años, y ni noticias de Amanda, su esposa. Yo lo podía ver desde una de las rejas, pero él a mí no, porque nunca salió del café y nunca en todo ese tiempo sacó sus ojos del camino que da al Cielo. La esperaba con locura, se tomaba café tras café, lo vi llorar, y ahí se me estrujó el corazón, ¿qué iba a hacer yo? ¡Nada, no podía hacer nada! Hasta que un día, ¡me costó reconocerlo! ¡Qué viejo estaba! Venía caminando muy lento, Jorge, sí Jorge, su hijo mayor. ¡Ni Rogelio ni yo pudimos creerlo y lloramos como locos en la distancia! Rogelito salió corriendo a recibirlo, vi que se abrazaron y entraron al café, charlaron largo  y tendido, pero después ¡sólo salió Jorge!, “no me jodas” pensé “el boludo se quedó en el café”.
Y cuando llegó Jorge al Cielo me acerqué, hablamos mucho y sobre todo esto que había pasado, y ahí me dijo:
—No. Él no viene porque espera a mi mamá, ¿sabes?
—¡Pero tu mamá se murió hace quince años me dijiste!
—Sí, por eso no entiendo
Cansado de esperar a Rogelio, fui a la Administración en busca de respuestas y ahí lo supe.
La muy turra, porque no encuentro otra palabra, le había metido los cuernos y por eso no iba a llegar nunca al Cielo, es más, ni siquiera estaba en el Purgatorio, porque por el largo tiempo que estuvo con el amante la mandaron directo al Infierno. Yo me quedé mudo, no lo podía creer de Amanda, pero así era. No le dije nada a Jorge porque no quería que se pusiera mal, además no me correspondía, pero no me aguanté más y ahí mismo en la administración rogué que le avisen a Ro, porque no soportaba más verlo sufrir.
Lloró muy triste apenas se enteró.
Cuando nos quisimos acordar, ya llevábamos tiempo acá, hasta jugamos ajedrez y todo.
Incluso Rogelito querido, encontró a su primer amor, y ahí esa historia no se las cuento yo, mejor lo dejo a él.

Acerca de la autora:
Micaela Álvarez

El regreso - Daniel Frini


La mañana estaba cálida y el sol calentaba, despacio, las paredes del palacio de Great Cumberland Lodge, en Windsor Great Park; residencia habitual de los Duques de Marlborouh. El anciano, vestido con harapos, tocó a la puerta y fue atendido por el mayordomo; quien al ver su traza le espetó
—Los señores dan limosna y hacen caridad los viernes.
El viejo respondió
—Volví.
El mayordomo, azorado, preguntó
—¿Cómo dice?
—Dije que volví —contestó el recién llegado, con un tono de voz apenas audible, casi de ultratumba.
—Y usted, ¿quién es?
—Mambrú
—¿Quién?
—Mambrú, el que se fue a la guerra
—No entiendo …
—Si, ¿no se acuerda?, Mambrú se fue a la guerra, chiribín, chiribín, chin, chin …
—¡Ah! … no sé cuando vendrá; do re mi, do re fa, nooo sé cuando vendrá
—El mismo, John Churchill, primer duque de Marlborough. Encantado.
—¡Pero usted se fue hace como trescientos años! ¡Debería estar bien muerto!
—¿Sabe qué pasó? Cuando los nuestros me abandonaron en la batalla de Malplaquet, los franceses me hicieron prisionero y me confinaron en Höchstädt. Huí. ¿Oyó usted decir que todos los caminos conducen a Roma? Pues bien, allá fui. Durante estos tres siglos salí y volví a ella unas mil quinientas veces. Solo esta vez llegué hasta aquí. Y por azar. No compre nunca un GPS chino.


Acerca del autor:
Daniel Frini

viernes, 6 de julio de 2012

A punto de tirar la toalla - Fernando Andrés Puga


No se me ocurre nada. Es un silencio grande entre mis parietales. Leo, veo, pienso, charlo… y no… nada se abre camino entre los huesos planos de mi cráneo. ¡Ya sé! Tengo una idea… ¿Y si me pongo a pensar con otras partes del cuerpo? Veamos… puede ser con los pies, como los deportistas; con el estómago, como los angurrientos; con el pene, como los calentones… en fin, hay varias opciones. Habrá que probar, alguna tiene que servir…
Intentando dejar la mente en blanco, salí a caminar. Era la primera alternativa. A lo mejor los pies tienen algo para decir… ¿Cuánto hace que salí? Pero no pasa nada y ya empiezan a doler los callos… Mejor probemos con la comida. Tampoco. Ya me mandé un plato de tallarines, una buena porción de carne al horno con papas, varios pancitos, una torta de chocolate con crema… Voy a parar, ya empiezan los retortijones. ¿Será que tengo que pensar con el pene? Aunque pensándolo bien no creo que sirva de nada y seguro que me agarro una venérea.
Ma’ sí, yo me voy a dormir y que sea lo que Dios quiera. Los sueños suelen depararnos más de una sorpresa… y si no… ¡tampoco es para tanto! Me dedico a otra cosa y listo.

Acerca del autor
Fernando Puga

Cuestión de precio – Sergio Gaut vel Hartman


Elías Cartier había sido programado para matar a cualquiera que se saliera del camino prescrito. Y eso incluía tanto a los potenciales habitantes de Vogt como a sus propios compañeros de misión. Era, de hecho, el único que tenía impresa esa consigna entre los trece hombres y mujeres que habían viajado desde la Tierra al cuarto planeta de Gliese 581, rebautizado Vogt en honor a su descubridor. Vogt era, de todos los planetas terriformes, el que contaba con mayores posibilidades de albergar vida entre los hallados por la especie humana fuera del sistema solar. Había que preservar la inversión realizada, pensaron en la Tierra, y unas pocas vidas, eventualmente, eran un precio que podía pagarse. Por eso, además, Elías era el único que estaba autorizado a portar armas.
Pero Elías ignoraba que Central había previsto un antídoto, y aunque lo hubiera sabido, no le habría servido de nada. El psicólogo, Huang Tze, adiestrado para detectar cualquier desviación de los patrones de conducta de los demás miembros de la misión, percibió la señal de alarma y bastó con que Elías expresara su aversión hacia las criaturas que pululaban por el suelo de Vogt para que Huang Tze pasara al segundo nivel de atención. Ese reconocimiento no tardó mucho en ser puesto en acto mediante un certero disparo de la novísima Glock Space 2101 de Elías, que desintegró a uno de los aborígenes. El chino buscó al biólogo Aquiles Sandoval y lo hizo partícipe de su inquietud.
—Tenemos que matarlo, antes de que sea tarde. Ese tipo quedará pronto fuera de control y nos va a enterrar a todos.
Aquiles, un hombre pacífico que solía entretenerse resolviendo complejos acertijos matemáticos, miró a los ojos a Huang Tzu y escupió el arcilloso suelo de Vogt.
—Esa propuesta hiede, además de ser impracticable —dijo, y antes de que Huang Tze pudiera replicar, agregó—: somos apenas doce contra él. Haría falta el doble para dominar a esa fiera. ¿Estás pensando en poner en riesgo el plantel cuando todavía no hemos terminado de armar el campamento?
—¿Más de veinte para detener a un solo tipo?
—Sin armas, contra la Glock… ¿qué te parece?
—Elías fue programado para eso. Ignora lo que yo sé. Todo lo que no concuerde con las actividades permitidas que contiene el Registro es un delito. Y todos los delitos pueden ser penados con ejecución sin aviso previo.
—No voy a discutir el Registro, amigo, pero es muy estúpido enviar una expedición a veinte años luz de la Tierra para arriesgarla en un giro de ruleta. Además, ¿cómo ejecutarías la pena? ¿Nos arrojaríamos todos sobre él, al mismo tiempo? Ya te dije que es impracticable.
—Hay algo raro en todo esto, entonces.
—No te quepa la menor duda. Las criaturas de Vogt, por ejemplo.
—¿Qué pasa con ellas?
—Son sospechosamente estúpidas; se dejan matar sin oponer resistencia.
—Lo noté, por supuesto. ¿Qué deberíamos hacer?
—Desconfiar.
—Ya desconfiamos de Elías; ¿de los aborígenes también?
—De los aborígenes más que de Elías. Después de todo, él solo cumple órdenes, obedece a un programa. Los vogtianos son imprevisibles.
—¿Esos renacuajos, esas crías de rata lampiñas?
Aquiles se rió con ganas. —¿Esa es la impresión que te provocan? Pues te va a sorprender lo que sigue.
El chino se movió incómodo, pasando el peso del cuerpo de un pie a otro; empezaba a hacer frío y una bruma pegajosa descendía desde las formaciones cristalinas que coronaban el farallón contra el que habían apoyado los bloques premoldeados del campamento.
—¿Qué sigue?
—La doctora Wolfson registró una inusitada actividad cerebral en esos bichos.
Huang Tze tragó en seco. —¿Central lo sabía?
—¿Cómo iban a saberlo? A duras penas vinimos hasta aquí contando con mapas de superficie. No teníamos idea de qué criaturas íbamos a encontrar.
—Entonces Elías era necesario.
—Elías es inútil.
—No te entiendo.
—Los vogtianos nos indujeron a viajar y ahora se están apoderando de nuestros cerebros.
—No hay modo de que sepas eso —se espantó el psicólogo.
—Te lo garantizo —dijo Aquiles—. Y si me atrevo a decírtelo es porque será lo último que escuches en tu vida como ser humano. —El biólogo permitió que el pensamiento de los vogtianos hiciera pie en su hipotálamo y se proyectara hacia la cabeza del chino. Cuando el proceso se hubo completado, ambos fueron en busca de Elías.
—¡Hola! —dijo el hombre programado para matar. Aquiles Sandoval y Huang Tzé lo contemplaron con fijeza y vieron que la Glock salía de su cartuchera, se posaba sobre la sien y se disparaba. Los vogtianos también podían pagar cierto precio para conseguir sus objetivos.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Trataré de no dormirme mientras esté muerto - Daniel Frini


Soñaba que estaba sufriendo el ataque de un malón de la nación ranquel. Quinientos bravos de Calfulcurá, ciento cincuenta de Painé Guor, doscientos del feroz Paguithruz, veinte comanches y un sioux. No nos iba bien. Resistíamos detrás de una línea informe de carretones volcados y animales muertos. Pedí a mi kure un arma cargada. Ella no me respondió. Giré la cabeza y la encontré muerta. Al lado del cadáver, un oberstumführer de las SS, con su uniforme negro impecable en medio del polvo de la pampa y las botas charoladas brillantes aún en el barro, apuntándome con su lugger.
— Erhalten, von der hose!!— gritó
Imposible convencerlo de que se había equivocado de sueño. Yo nada de alemán, él ni una pizca de castellano. Insistí hasta el cansancio, pero no hubo caso. Él gritaba cada vez más fuerte
— Vorbereitung der esel!!
— ¡Este es mi sueño! — decía yo.
Finalmente disparó y me voló la cabeza.
El estampido me despertó.
Pero no entiendo la sangre, el agujero en mi frente, la punta de lanza de tacuara clavada en mi hombro, mi familia llorando desconsoladamente a los pies de mi cama, ni porqué el alemán está ahora detrás de ellos y le hace cuernitos a mi viuda, mientras un comanche y el sioux se rien.

Sobre el autor:
http://biosdelosblogsh.blogspot.com.ar/2010/11/daniel-frini.html

jueves, 5 de julio de 2012

Los ficcionales – Carlos Enrique Saldivar


Eva Luna caminaba por los inmensos sembríos. Un largo viaje de sur a norte. A medida que recorría barrios, pueblos y ciudades, compartía con los demás asombrosas aventuras llenas de emoción, acción y romance. Los niños, los adolescentes y los adultos quedaban embelesados por las historias que la elocuente joven narraba. La invitaban seguido a quedarse a vivir con ellos, al menos un mes, una semana, dos días. Ella siempre descansaba una noche en cada lugar que visitaba y al amanecer partía rauda hacia su destino. Deseaba llegar pronto a Perú, el País de las Maravillas. Era un lugar siniestro, se decía que los cuentacuentos que lo visitaban nunca volvían y que la gente que allí vivía no gustaba de leer libros, ni tan siquiera escuchar narraciones de amor, encanto o fantasía. Adoraban la violencia y los relatos reales sobre muerte y destrucción. Eva se había deprimido cuando escuchara hacía tiempo los rumores sobre aquel país, pero al instante surgió un gran ánimo en su interior. Haría la diferencia, enamoraría a los habitantes de aquella tierra oscura.
Estaba a unos metros de su objetivo. Se veía un enorme letrero que decía:

BIENVENIDO A PERÚ, PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Eva avanzaba, empero se tropezó con un curioso caballero andante, el cual montaba un corcel igual de flaco y viejo que él. La muchacha se sintió confundida, el personaje le parecía conocido, ¿pero de dónde?
—¡ Buenos días, hermosa doncella! ¿Qué hacéis por estos lares?
—Buenos días, señor, quisiera ingresar a Perú.
—¿Con qué fin, preciosa dama?
—Soy narradora de cuentos. Compartiré mis historias con todo aquel que desee oírlas.
El caballero se jaló ligeramente el bigote, acto seguido, haciendo un gesto de decepción, dijo a la muchacha:
—Lo siento, pero está prohibido el ingreso a los narradores de cuentos.
La joven se perturbó. Muchos pensamientos vinieron a su mente de golpe:
«¿Pero este sujeto quién es para impedirme el ingreso? ¿Por qué no pueden ingresar cuentacuentos? ¿Habrá una entrada alterna por la parte trasera? ¿Debo tomar esa ruta y arriesgarme? ¿Debería darle un buen coscorrón a este vil anciano y pasar corriendo? Es flaco y senil, puedo vencerlo con facilidad. ¿Pero qué estoy diciendo? Es un chocho enclenque e indefenso, ¡de repente lo mato sin querer! ¿Qué haré? ¡Qué haré!»
Al fin Eva pudo decir dos cosas:
—¿Quién es usted? ¿Y por qué me prohíbe la entrada?
—Yo, mi honorable doncella, soy el guardián de Perú. Mi nombre es Don Quijote de la Mancha.
«Ya sé quién es», pensó Eva. «Es el personaje de Miguel de Cervantes. ¿Qué hace en el umbral de este país? ¿Y por qué está en contra mía cuando debería ser al contrario? ¡Acaso él…! No, no debo sacar conclusiones apresuradas. Tal vez se trate de un loco o de un actor representando un papel. Me andaré con cuidado».
—Señor, yo me llamo Eva Luna y soy famosa. Recorro el mundo narrando cuentos. Una conocida escritora, Isabel Allende, redactó mi biografía en un libro que lleva mi nombre y luego recopiló mis mejores relatos.
—Oh, claro, ya la reconozco, encantadora dama. Igual no puedo dejarle pasar.
—¿Y eso por qué?
—Por un decreto presidencial. La verdad no sé los motivos, pero la ley es la ley y yo soy un loable caballero que la hace cumplir. Arriesgaré mi vida para realizar mi misión, la cual es: impedirle el paso a los cuentacuentos.
Eva lo comprendió todo al instante. Decidió hablarle con lentitud al caballero para que le entendiese:
—Quijote, lo que ocurre es lo siguiente: el gobierno de Perú no quiere que la gente lea ni escuche historias ficcionales venidas de otras partes del globo. Un pueblo que lee es un pueblo que se culturiza y que reclama sus derechos. Este proceso de embrutecimiento ha estado ocurriendo en todas partes del mundo: en América, en Europa, en África, por eso muchos personajes de cuentos y novelas han adquirido vida. Para salvar estos lugares donde los libros no son leídos, donde no llega la creación literaria.
—No puedo creerlo… Acaso tú, preciosa damisela, ¿no eres real?
—Sí soy real. Ambos lo somos. Aunque hasta hace unos años no lo éramos. Talentosos escritores nos crearon y eternizaron en libros. Tu creador ya ha fallecido, la mía sigue con vida, luchando por combatir la ignorancia y el analfabetismo. Esa es nuestra verdadera misión.
—Pero a mí me dijeron que yo debía cuidar esta entrada con mi vida…
—Lo sé. Te engañaron. Tú llegaste aquí antes que yo, ellos te capturaron, encontraron el modo de borrar parte de tus recuerdos con el fin de convertirte en su lacayo. En realidad tú eres como yo, un personaje ficcional que adquirió vida y tiene que ingresar a Perú, el último país inculto del mundo. Debemos dar nuestro mensaje literario.
El Quijote sintió una pena inmensa. ¿Y si todo eso fuera verdad? ¿Y si fuese cierto que él llegó a Perú hacía algún tiempo para obsequiar Literatura? ¿Lo tomaron prisionero? ¿Le borraron su pasado? ¿Lo convirtieron en un peón más de su maligna estratagema?
Al notar su pesadumbre, Eva Luna, que había leído con deleite los dos tomos de «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha», le narró aquella historia.
Y todos los recuerdos del anciano volvieron; las aventuras, los amigos, los amores.
El viejo caballero andante descendió del equino y tomó la mano de la muchacha. Ella dijo, emocionada:
—Ahora entraremos a este país y contaremos nuestros respectivos relatos. Aunque el gobierno sea maligno, el pueblo es inteligente. Hombres, mujeres y niños nos escucharán.
—Debemos tener cuidado —dijo el Quijote—. Los que controlan el gobierno son muy malvados, tienen cautivos a muchos personajes de la ficción, entre a ellos a mi querido compañero Sancho.
—No te preocupes, Quijote. No podrán con nosotros. Somos indestructibles. Los personajes de las ficciones más leídas del mundo son imperecederos.
Al momento que ingresaron a Perú fueron observados con fascinación por los habitantes. Los «entes ficcionales» se sintieron dichosos. Y comenzaron su tarea de inmediato.

Lima, diciembre de 2011

Acerca del autor: Carlos Enrique Saldivar

Traductor no siempre traidor – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Yo —dijo Flatulensio Gaseoso— escribí una serie de cuentos tan sencillitos que una editorial de Karcuvia Alta, en Neptuno, no sólo los tradujo de una sino que me pidió autorización para hacerlos algo más complejos ya que tienen los mismos giros verbales, sinécdoques, arbalafurcios, interjecciones programáticas, construcciones sintagmáticas y paraleznas que las películas porno allá.
—¿Pornos neptunias? —Esquemático Cuadrado contempló al escritor con la devoción sacrosanta que solo se reserva a los mesías futbolísticos y a las diosas de la pantalla 3D—. Me cuesta imaginar a los tricéfalos esos hincando el protuberante superior en el acceso lateral de la hembra dextrógira a la vez que hunde el apéndice frontal en uno de los ombligos maxilares de la levógira.
—Pornos neptunias. Y eso sin rememorar las construcciones extensas de modo que, para evitarles el bochorno a las maestras del séptimo grado (que son como las de acá pero con cuatro vejigas natatorias) accedí a que usaran un lenguaje más cruento, realista y costumbrista. Confieso que debí copiar algunas líneas de Don Segundo Sombra, de la Silva a la Agricultura y de Las Aguas Bajan Turbias, pero el conjunto no quedó tan mal como yo hubiera creído al principio. El cuento es corto. En Karcubi el relato no ocupa más que seis hajals que son como los caracteres egipcios acá. Si lo tradujera por sonidos diría que sonaría como un bbb-nnnt-bbb, sólo que más monocorde, como el lapón oriental que todos conocemos, el de los helados Laponia.
—¿Suena así? —Y Esquemático movió sus labios hacia abajo y al costado para reproducir unos ruidos que sonaron más o menos como: “Ju ciu ju... r sci ij ju ah huy ja m as as ja ju cu ciu ju jansnajñaral”.
—¡Exacto! Muy bueno lo suyo, Esquemático. Como ve, los sonidos como la jota y la hache en las consonantes son dominantes y la u da al conjunto del relato una tónica especial. Al final la obra tiene el tamaño de una novela para los Karcubis. En castellano me hubiera llevado trescientas una páginas.
—Y —acotó Esquemático—, las traducciones tienen eso... pero lo que no entendí es si al final a Abelardo le cortan el miembro y lo hacen sostenerse frente a un caldero con puchero de capón o no. Pero bueno... ¡mientras venda bien!
—Como kiubi helado, que es lo mismo que pan caliente acá cuando allá es verano y en las braks de Karkuvia baja las hembras dextrógiras y levógiras (por igual) leen mucho, muchísimo, en especial obras como la mía.
—¿Se da cuenta de por qué lo admiro tanto, Flatulensio?
—Y... sí, me doy.
—Me emocionó, de veras. Sobre todo el final. Adoro esos finales.
Un silencio sobrecogedor llenó la sala.

Acerca de los autores
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

Reencarnación - Fernando Andrés Puga


A media luz. Sin flores, ni lágrimas, ni palabras de ocasión. Solo. Unas mecánicas manos enguantadas en látex acomodan con desgano la sábana blanca, colocan la tapa y ajustan las clavijas. Cierran el cajón. Atrapado en lo oscuro, abro los ojos. No hay túnel. Ningún sonido arrullándome. La boca quieta. Las manos secas. Nada. Sólo este olor espeso, como de líquido amniótico, que sin prisa lo va inundando todo y yo que busco a tientas la otra salida, la nueva, la que me devolverá a la vida una vez más. Una vida que acaso tenga aroma a jazmines o a nardos o aunque sea a esas nomeolvides que crecen en el bosque entre la mala hierba. Pujo. Me abro camino. Se expande el hueco que me permitirá salir de la caverna. ¿Hay alguien ahí?, intento preguntar. Sólo llanto y la luz que encandila y un arrullo y el aire en los pulmones y la grata caricia de unas manos que ríen, más acá del gran dolor, inventando las flores para vestir el día.

Acerca del autor:
Fernando Andrés Puga


Imagen: Sarah Klockars-Clauser para openphoto.net CC:Attribution-ShareAlike

martes, 3 de julio de 2012

Leyes no escritas acerca del tamaño, discutidas bucólicamente en la costa de Magallanes - Daniel Frini


Tres días hace que la nave está fondeada a una legua de la costa de la Tierra del Fuego, cerca de un islote que la protege del viento.
Annëken, kon de los selk’nam que habitan el centro de la isla hace tres días que la vio y espera sentado, apenas cubierto con su chonhkoli de piel de guanaco, impávido y abstraído del frío y el viento, a que algún c'ón baje, para hablar con él. Es un chamán instruido e inteligente, que domina el idioma de los hombres que dicen venir de la España de Fernando sexto y la lengua de los hombres que vienen de la Inglaterra de Jorge segundo.
Por fin, cuando el viento amaina, se desprende una chalupa con un solo hombre. Llega a la costa, baja y se aproxima a él. Con voz altiva, le dice
—Buenas tardes, doctor Lemuel Gulliver, a su servicio.
—Lo hacía más alto.
—Son habladurías. No crea todo lo que escucha.
—Me pasa lo mismo. Dicen que tenemos pies grandes; y solo porque algún español confundió nuestras huellas en la arena.
—Es cierto, me había llegado esa noticia.
—Conocí a una compatriota suya. Vio mis pies calzados, y luego, cuando me vio desnudo en la intimidad de mi kawi, me llamó mentiroso. Citó alguna regla acerca de la dotación del que tiene pies grandes.
—Lo entiendo. En Liliput solían hacerme chanzas por lo mismo, envalentonados por ser petisos y no sé qué cosas con la ley de la “L”.


El Autor: Daniel Frini

Las formas de las nubes - María Gimena Barboza Dri


Es de destacar que en el cuaderno de Nerea los renglones garabateados de palabras mal escritas contaban con precisión el avance que, aunque imprudente, se producía lento en el transcurrir del cielo durante esa tarde.
Según ella, volaba primero un cocodrilo desdentado con la cola tan doblada que le rozaba el hocico, y luego en otra nube, sobre el cocodrilo, se producía el acto fallido de un bebé sobre una silla queriendo alcanzar a duras penas un zapato algo gigante.
Las horas se le pasaban casi sin sentirlas cuando las nubes estaban blancas y pomposas como ese día, porque se armaba fácilmente un film secuencial con diferentes situaciones inusuales, algunas tanto así, que hasta resultaban cómicas. Lo que Nerea no anotaba en su cuaderno (ni esa tarde, ni nunca) era cómo las imágenes se iban deformando de modo algo aterrador, frente a sus ojos, y cómo todos los personajes proyectados eran asesinados cuando el viento los corría y los soplaba tan livianitos como si fueran plumas. No quería recordar cómo le parecía que el bebé moría lentamente y que el zapato se le fusionaba con la cabeza, y cómo ambos también caían sobre la cola del cocodrilo, quien iba perdiendo poco a poco la parte inferior de la mandíbula.
Sin embargo, paralelamente, Geremías dibujaba en otro cuaderno precisamente esas emocionantes deformaciones monstruosas que tanto le intrigaban y apasionaban. Los renglones de Geremías estaban repletos de hombres decapitados, de perros que perdían las orejas y las patas, de pájaros sin alas, y hasta de mujeres que se iban ensanchando tanto, hasta que la piel no resistía y quedaban pedacitos blancos de cuerpo esparcidos sobre todo el contraste celeste del cielo. Geremías se armaba las tragedias más emocionantes, las situaciones más tristes y los personajes más desdichados.
A la hora de regresar, Nerea se llevaba las historias escritas por Geremías. Y él, las de Nerea.
Ambos las leían antes de dormir y al otro día, si la mañana no amanecía nublada, ni demasiado despejada, volvían a encontrarse a la hora de la siesta para devolverse los cuadernos y comenzar historias nuevas.

Acerca de la autora: María Gimena Barboza Dri

Umbria - Raquel Barbieri


Umbria está sola, triste y sin ganas. Los años han ido pasando sin que se diera real cuenta de que la última década se consumió como cigarrillo fumado al viento, así de veloz, casi violentamente. Y ahora que se ha dado cuenta de que el tiempo no vuelve atrás, que ningún día perdido se recupera, Umbria ha decidido morir porque no hay quien la quiera profunda y verdaderamente.
Hasta ayer sintió que alguien la amaba, y hoy sabe que no es así, que ella es prescindible, no digo descartable pero sí cambiable, olvidable, innecesaria, y con esos atributos por demás deprimentes, no tiene voluntad de seguir viviendo. Ella se siente como esos regalos que no gustan tanto, que no parecen merecer que el agasajado los estreche contra su pecho y sonría, esos presentes que la gente guarda envueltos en el fondo de un ropero y olvida, hasta que se muda y encuentra el objeto sin recordar quién se lo había dado con ilusión.
Umbria sabe que el día menos pensado, cuando nadie lo presienta, quizás el día en que la vean contenta y radiante, se quitará la vida, porque hay vidas que valen la pena ser vividas, por amor, por méritos, talento, por lo brindado a los demás, por lo que sea que a ella no le pasa y querría que le pasase.
Su vida es una imitación de lo que podría ser una vida con todas las letras, un boceto, un borrador, tal vez, el equivalente al prefacio de un libro, pero sin el contenido del libro.
Umbria sufre, y nadie se da cuenta porque acostumbrados a que ella sea siempre quien levantó el ánimo de los demás, no la conciben triste, no preguntan, se alejan, y así entonces, cuando ella muera, seguramente se preguntarán si Umbria tenía un problema, si se sentía sola, triste, descorazonada, desgarrada, abandonada, infeliz. Y no faltará quien exclame que debió haber hecho algo más por ella, como tampoco faltará quien pregunte si le ha dejado algo en herencia.
Es un ave a la que le falta un ala, aunque no le falta de nacimiento.
Fue mutilada.


Tomado de Despertar de la Crisálida

Acerca de la autora: Raquel Barbieri

Imagen de Sarah Klockars-Clauser for openphoto.net CC:Attribution-ShareAlike

Peletero – Héctor Ranea


Cualquiera podría tildar a un peletero como un profesional insensible. Su mítico paseo cotidiano y regular por las cámaras frigoríficas, vistiendo imaginariamente a mujeres indolentes y más desinhibidos hombres, pasarán siempre por la imaginación de Pedro como las aventuras de un fabricante de vestidos ensangrentados, de adornos hechos de ojos de animales sacrificados.
Aunque él fuera el hijo del peletero, no podría pensarlo meramente como un artesano de tiempos pretéritos sin endilgarle la crueldad que todo aquel que trabaja con la muerte tiene que acarrear consigo como un escapulario. Y no lo pensaba tampoco como un gracioso profesional de ese periodo en el que el deseo brutal y la codicia hacía, de los fabricantes de pieles, invitados preciosos a programas de televisión vernáculos, llenos de glamur y de alegría sin arrepentimientos. Era su padre y lo veía más bien como un mercader de la sangre y no paraba de denostar su actividad, aunque tampoco podría evitar ejercerla, ya que de ella vivía.
Él, en realidad, no quería bajar a la cámara donde se guardaban las pieles, prefería quedar en la superficie, mirando con asco los sacones, las estolas con ese suave olor a naftalina que tanto lo afectaba. Prefería hacer de niño durmiente eterno, cobrando los arreglos, los depósitos en cámara, las reformas obligadas de tapados y bonetes que iban pasando de mano en mano por las familias como un precioso diamante.
Con la fuerza enorme de una explosión al azar, una noche debió bajar a las heladeras, ya que una vieja clienta aseguraba haber dejado su estola con una lentejuela especial hecha de vidrio de Murano y que, aparentemente, se había extraviado. Aunque se negó en tres instancias, la mujer amenazó con comenzar a gritar y de hecho mencionó que lo tenía asegurado, que llamaría a investigar el negocio, de modo que Pedro bajó al súcubo que se tenía prohibido. Al encender las luces, creyó ver las cabezas de las martas, los armiños, las nutrias gigantes, los corderos nonatos mirándolo. Pero fue un solo instante.
Todos esos animales que él había imaginado estaban muertos. Hacía frío, no tanto como hubiera imaginado, pero el frío era obvio. Vio brillar en el piso la supuesta lentejuela y al agacharse para alzarla arrastró un zorro plateado que, al caer, dejó una mancha de sangre en el piso.
Salió corriendo de ahí, entregó la pieza a la mujer desesperada y comenzó a cerrar el negocio pero al hacerlo escuchó un rasguño regular, suave y tímido en la puerta que daba a las heladeras. Huyó despavorido pensando en el zorro resucitado.
Al día siguiente encontraron al peletero muerto dentro de la cámara. Pedro descubrió, además, que las pieles eran sintéticas, que su padre había inventado un hilado perfecto, una piel artificial estupenda. Nunca hubo sangre en sus manos, excepto la que ahora teñían sus uñas en la última desesperación por respirar.

Acerca del autor
Héctor Ranea

Malas especulaciones – Sergio Gaut vel Hartman


Dadas infinitas alternativas, hay infinitos universos factibles, por lo que el universo de los espejos no es ni más raro ni más improbable que otros. Las criaturas espejo son bellas, transparentes y luminosas, aunque bastante tontas casi todo el tiempo. Una de las mayores frustraciones de esta especie es la imposibilidad que tienen sus integrantes para verse reflejados y conocer el propio aspecto sin necesidad de la opinión de un congénere. Pero el gran especulativo conjetural, doctor Tükör Glasspiegel, tras muchos años de investigación, dedujo que si existía un universo en el que unas criaturas de tejido blando podían verse reflejadas en seres semejantes a él y otros de su especie, debía haber florecido uno en el que vivieran criaturas de tejido blando en las que fuera posible verse reflejado. De más está decir que lo logró, pero a medias. El doctor Tükör Glasspiegel logró establecer contacto con una criatura de nuestro universo, pero con tan mala fortuna que no pudo verse reflejado en ella, lo que lo deprimió tanto que se suicidó arrojándose una piedra en el medio del cuerpo. Lamentablemente, lo que el pobre Tükör ignoraba es que había tratado de verse reflejado en el conde Drácula de Transilvania.

Acerca del autor
Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 30 de junio de 2012

Cuestiones importantes sobre el ostracismo – Héctor Ranea


En casa le tocaba esa tarea a mamá. En otras familias más tradicionales lo hacía la tía más joven. Sobre todo porque resultaba penosa cuando la familia era grande; pero en casa, mamá podía con todo. Y nos hacía sentir seguros. La cuestión no era trivial, requería de mucha concentración y, sobre todo, de buena vista, sobre todo cuando había niños en la casa. En verano era todavía más complicado, pero no porque en invierno no fuera penoso.
Todos los primeros martes 13 de cada año, mamá tomaba la caja que desde el miércoles 14 del anterior había servido para la guarda de los restos, y la quemaba, pero no así nomás: ahí es donde intervenía toda la sabiduría transmitida sólo a las mujeres, que era su condena. Para colmo, por algún arcano se había elegido ese día, tan nefasto, nada menos que para ejecutar esa tarea asquerosa.
Mamá cuidaba todos los detalles, porque si bien la quema se realizaba con las primeras horas del alba del martes, todos los demás días debía realizarse la inmunda (pero escrupulosa) recolección y eso también estaba a su cargo.
Por esa razón, tal vez, nos ordenaba que advirtiéramos cuándo nos bañaríamos o, mejor, que nos bañásemos los días oficializados para ello. A los varones nos tocaba los jueves, a las niñas, los sábados. Los mayores se bañaban día por medio, alternando mujeres y varones. Se bañaban solos y, por ende, era más riesgoso porque podían olvidarse de realizar las operaciones estipuladas.
Cada uno debía realizar la rutina sobre sí mismos. No había tutela, salvo con los infantes, para enseñar cómo hacerlo con propiedad, seguridad y rapidez. Era opcional la recolección por parte de cada uno: los mayores parecían olvidarse, pero nunca dejaban todo desparramado y mamá sólo recolectaba sus residuos. Nunca supimos bien cómo hacía esa operación porque ocurría durante las horas de la siesta. Y no valía equivocarse y tratar de hacer trampa. Mamá pasaba a la hora señalada, recolectaba las cosas en silencio (dicen los grandes que contando) y salía; a partir de entonces no se podía acercarle nada. Ya quedaría sellado el destino para quien se equivocase.
Tampoco nos era permitido presenciar la ceremonia del martes 13, aunque por la ansiedad más de uno debe haberla espiado pero después nadie contaba nada. Decían haberse olvidado de todo, cosa posible ya que, entre otras manipulaciones, la de la memoria era habitual entre las personas que participaban en el rito.
De más está decir que toda vez que nos tocara acometer la faena estábamos como poseídos, sobre todo porque entre varios varones que éramos entonces, todo se podía mezclar; además, con el revoloteo de los más chicos, que no entendían bien de qué se trataba, los fragmentos más pequeños se perdían más fácil y no era un dato menor que después había que recolectarlos identificándolos, por lo cual, los más prolijos tratábamos de que todo saliera en un solo golpe pero con suavidad, para ir recogiéndolos de a uno por vez.
Las historias de quienes habían fallado o aquellos cuyas madres o tías no hacían las cosas como correspondían eran terribles, en verdad. No había noche en que alguno de nosotros no se despertara llorando creyéndose víctima de algún olvido, equivocación o desastre similar. Unas pesadillas particularmente atroces eran las de verano, ya que éramos más y eso aumentaba las probabilidades de equivocarse pues, entre otras cosas, estábamos distraídos con las parientes venidas de lejos. Sobre todo durante la adolescencia.
¿Por qué considero ahora que era un castigo para las mujeres? Pues bien, sucede que las calamidades ocurridas a la familia por fallas en la ejecución de los pasos los martes 13, los olvidos, las pérdidas de material, todo lo que involucrara ese tipo de cuestiones era adjudicado a las fallas y por ende a la mujer encargada de eliminar los residuos. Y, si bien cada uno era responsable de proveer los elementos, nunca se resolvía con precisión quién o qué había sucedido y entonces se condenaba a la mujer. La condena, claro, no era física, de esa manera no habría quedado quién hiciera ese trabajo. Más bien se la condenaba a una especie de ostracismo que duraba más o menos toda la vida, dependiendo de la gravedad de la catástrofe.
Mamá era bastante silenciosa, no hablaba más que lo estrictamente necesario, lo que me hacía suponer que tenía sobre ella varias condenas, pero demostraba que nos quería mucho y nosotros a ella, aunque poco podíamos hacer porque éramos sólo niños, sus hijos. Y ni siquiera podíamos ayudarla esos temibles martes 13.
Por aquel entonces ocurrió una desgracia muy grave. Después de conocido el hecho no vimos más a mamá.
Un verano, vinieron a buscarlo a mi hermano mayor. Eran hombres muy violentos. Tiraron la puerta, lo ataron a papá y a mamá la encerraron en el baño. Una de mis primas lejanas lloró mucho, gritó y por años siguió llorándolo. Le pegaron mucho a mi hermano y a la prima algo le hicieron pues la dejaron muy ensangrentada en el piso de la cocina. Nunca más volvimos a ver a mi hermano. Según me enteré después estaba (y estará) desaparecido. En aquel entonces pensaba yo que eso quería decir que se había desvanecido del mundo, pero era peor.
Algunos parientes culparon a mi madre porque –decían– el último martes 13 había encendido la hoguera olvidando algo del método tradicional. Mi madre nunca habló mientras continuó con nosotros. Al irse de casa abrazó a cada uno de nosotros, incluido a mi padre y nos dijo que nadie tenía la culpa, salvo esos hombres que arrebataron a su hijo. Que el hecho de que esa vez no hubiéramos cumplido estrictamente las normas no tenía nada que ver con ese horror. Que a ella se le pudiera haber olvidado algún trámite en la quema del cofre, tampoco era importante en esto.
Nunca encontró a su hijo, mi hermano.

Autor: Héctor Ranea

Los nuevos esclavos – Sergio Gaut vel Hartman


Había una ventana que daba al exterior, aunque no era mucho mayor que el ojo de buey de una fragata del siglo XIX. Sin embargo, la visión del vacío que se abría al otro lado me produjo una sensación indescriptible. Tau Ceti, un sol enceguecedor, ocupaba la mayor parte del panorama, y no pude dejar de pensar que había pasado varios siglos como un simple código binario, antes de ocupar el nuevo cuerpo que la Empresa me asignara antes de partir. Mecánicamente, extendí el brazo para conectar los filtros que evitarían daños a mis ojos. Debía recordar todo el tiempo que yo no me pertenecía, que era un esclavo al servicio de la Empresa, que había sido reclutado cuando, a punto de morir, toda mi memoria, mis recuerdos prácticos y los otros, personales, fueron a parar a una caja negra de la que emergieron cuando la nave ingresó al sistema de Tau. El tercer planeta, una vez más.
—Yang, a trabajar. No lo trajimos hasta aquí para que mire por la ventanilla; esto no es un viaje de placer.
Me encogí de hombros. Todavía no estaba seguro del carácter de mi nueva existencia, si era un premio o un castigo ser una especie de zombie al servicio de la Empresa. Pero decidí disfrutar la experiencia, hasta donde fuera posible. Percibí mi cuerpo como algo mecánico, artificial, aunque había sido fabricado con mis propias células; era un objeto eficiente y mi obligación era colonizar Germine, la segunda cuna de la humanidad. Fue en ese momento que una noción agradable ocupó mi mente. La nave había transportado un millar de cuerpos, pero solo cincuenta eran machos. Me esperaba una enorme tarea si quería cumplir con el mandato de la empresa: alcanzar la masa crítica de población necesaria para que la colonia fuera sustentable antes de treinta años.
—Insisto, Yang; Marie lo espera en el cubículo 157. Recuerde que usted nos ha salido muy caro y que tiene que empezar a producir trabajadores desde este mismo momento. ¿O se cree que vamos a colonizar otros planetas con clones vagos y mal entretenidos?


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El desquite – Diana Sánchez


La araña teje el hilo. El hilo enlaza mi pie. La araña carece de la noción del cuerpo. También, carece de entidades nostálgicas. De la era del vacío.
Hace oídos sordos la araña, a la irrupción pasional que invade mis senos. De tan grande el corazón parte mis pechos al medio. A través de los pezones, los pechos miran los costados de la casa. De las cosas. Alguien al pasar, los roza. Ellos responden, dispuestos. Erección de pezones, rigidez en los senos; sexualidad colectiva. Ilusión caníbal del fantasma arcaico. Mientras tanto, el deseo cabalga atado al pescuezo del caballo.
En una pulsión divina el jinete rodeando mi cintura, me atrae hacia él. Las bocas se buscan, desfallecientes. Las lenguas se alzan, interminables.
En el frenesí de los cuerpos nos hundimos en el pantano a la vez, un arco iris de amapolas surge del otro lado del horizonte. Después, una bandada de pájaros extraños como en una plegaria, ahonda sus gritos.
El caballo diestro, temible, se incorpora y el relincho lastimoso como una red infinita nos alerta. Volvemos a unirnos, urgentes.
La luna y el fuego derrumbe de toda ley se hunden en el pantano muy cerca de nuestros cuerpos y ya, sin aliento llega el final (ambos lo sabíamos).
Como siempre hay alguien que observa, testigo-secreto y antes de que la mano borre el paisaje, él (desde luego) envejecido de soledad, buscará lápiz y papel para contarlo.
Acaso, será el desquite.


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