lunes, 19 de agosto de 2013

HISTORIAS DEL HOMBRE DEL SACO 3 - José Vicente Ortuño

Niño despierto, padres ausentes

David, el joven Hombre del Saco, entró en una casa siguiendo el rastro de un niño insomne. El dormitorio de los adultos estaba vacío y la cama sin deshacer. ¿Por qué habían dejado solo a un niño?
 El pequeño estaba en su cuarto. La atravesó la puerta como un fantasma. Un truco sencillo, cuando se sabe cómo hacerlo.
 Ante la pantalla de un ordenador había un niño de diez años, que parecía muy ocupado.

Se acercó. En cuatro pasos no podía andar lento, pesado, cansino, pero hizo lo que pudo. Arrastraba el saco, porque sabía que su áspero roce con el suelo provocaba estremecimientos de miedo. Sin embargo, el niño continuaba absorto en su videojuego y no había oído sus pasos. Pero de repente el niño se volvió, dio un salto y se refugió en un rincón.

—Qui… quién eres tú —dijo con voz temblorosa.

Soy el Hombre del Saco —dijo David utilizando su tono de voz más desagradable, el que recordaba una roca arrastrándose por suelo arenoso en medio de un tornado:

—¡Tú no existes! —dijo el niño desafiante.

¡Mírame! —replicó David irguiéndose— ¿Aún crees que no existo?

—¿Cómo has entrado?

—Puedo atravesar las paredes.

—¿Me vas a comer?

Depende —dijo pensándolo un instante.

—¿Qué tengo que hacer para que no me comas?

Deberías de estar durmiendo.

—Sí, lo sé, pero… —señaló el ordenador.

¿Dónde están tus padres?

—Se han ido a cenar con sus amigos.

¿Cuándo regresarán?

—No sé, siempre vuelven al amanecer. Vienen borrachos. Lo sé porque se mueren de risa cuando entran en su dormitorio. Luego duermen hasta muy tarde y se levantan de muy mala leche.

—Comprendo —dijo David dejando su voz siniestra—. ¿Y quién te cuida a ti?

—Nadie. Antes venía una chica, pero ahora dicen que ya soy mayor para quedarme solo. ¿Oye, me vas a comer o no?

El niño, impresionado por la siniestra figura de David, mantenía el rostro agachado mirándose los pies, aunque, de tanto en tanto, le echaba miradas de reojo.
—Me lo estoy pensando —respondió David.
¡Comérselo, qué idea tan ridícula! El niño no dormía, pero no era su culpa si sus padres no lo cuidaban. Le daba pena. Claro que él podría echarle una mano.

—He pensado que tú y yo podemos hacer un trato —dijo sentándose en la silla del chaval.

—¿No me vas a comer? —volvió a preguntar el muchacho.

—De momento no. Si en adelante te vas a dormir a las nueve y usas el ordenador sólo hayas terminado los deberes.

—Pero…

—No hay peros. Te prometo que volveré. No sabrás cuándo. Ten en cuenta que puedo visitarte sin que me veas. Mírame —David se hizo invisible. El niño reculó asustado y dio un salto hacia atrás cuando el Hombre del Saco volvió a aparecer—. ¿Te das cuenta?

El crío asintió.

—Si vengo y no estás dormido… —levantó el talego que tenía en la mano.

—Vale, Hombre del Saco. Te prometo que lo haré.

—Bien, apaga el ordenador y vete a la cama.

El niño obedeció. David lo arropó con cuidado, apagó la luz, abrió la puerta y se volvió hacia el pequeño.

—Estaré aquí hasta que vengan tus padres. Una cosa más: ¡No le cuentes a nadie que estuve aquí! Ni siquiera a tus padres. Será nuestro secreto. ¿De acuerdo?

El niño asintió bajo el embozo de la ropa de cama.



La pareja entró en la casa trastabillando. Ella llevaba los zapatos de tacón en la mano. A él le colgaba la corbata de un bolsillo. Entraron en el dormitorio, cerraron la puerta y echaron el cerrojo. ¿En esta casa todo el mundo cierra las puertas? Pensó David mientras la atravesaba. La mujer estaba intentando bajarse la cremallera del vestido. El hombre hacía esfuerzos por quitarse un zapato.

¿Lo han pasado ustedes bien? —dijo David con la voz que sonaba como cristales rotos machacados por engranajes oxidados.

El hombre se puso en pie tambaleándose. La mujer soltó un grito y cayó de culo sobre la cama.

—¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado? ¿Qué quiere? —balbuceó el marido con un zapato en la mano.

Uno: Soy el Hombre del Saco —dijo David mostrando el talego.

El hombre cacareó una risa nerviosa.

Dos: He atravesado la puerta.

El tipo miraba alrededor, quizás buscando algo con lo que defenderse.

—Y tres: Quiero hablar con ustedes. ¿Me escuchan con atención?
Asintieron.
Muy bien. ¿Saben cuál es la misión del Hombre del Saco?

—¿Se… se lleva a los niños? —balbuceó el hombre.

—¿Se va a llevar a Kevin Jesús? —preguntó la mujer.

Al niño, de momento, no me lo voy a llevar.

La pareja pareció relajarse un poco.

A quienes debería llevarme es a ustedes dos.

La pareja puso cara de confusión.

Dejan solo a su hijo. Un niño de esa edad no debe de abandonarse a su suerte. La obligación de los padres es cuidar, alimentar, educar y jugar con sus hijos. ¡Y procurar que duerma toda la noche!

—¡A usted qué le importa cómo educamos a nuestro hijo! —gritó la madre con voz estridente.

—Me importa. Esta noche debería de habérmelo llevado, pero él no tiene la culpa de estar solo, abandonado por unos padres irresponsables, que llegan a media noche completamente borrachos. Pero en adelante van a ser responsables y van a cumplir con su obligación como padres. En caso contrario, volveré y les haré esto… —David alargó el brazo y lo introdujo a través de la puerta del armario ropero. Sacó un traje colgado de una percha, que arrojó al suelo ante ellos.

—Es… es… un tru… truco —gimió el hombre.

Bonito truco, ¿verdad? Pues igual puedo hacerlo en tu pecho, sacarte el corazón y comérmelo crudo. ¡¿Comprendido?!

—Sí… sí… señor —dijeron los dos con voz ahogada.

Recuerden. ¡Volveré! —Dav dio media vuelta y atravesó la puerta, dejando a los padres del niño tan asustados que, sin darse cuenta, se les había pasado la borrachera.


 Continuará...

Sobre el autor: José Vicente Ortuño

HISTORIAS DEL HOMBRE DEL SACO 2 - José Vicente Ortuño

Otro niño, otro armario

Aquella noche era especial para David. Era su centésima abducción como Hombre del Saco licenciado. Se movía por la casa en total oscuridad. Seguro de que no iba a tropezar con nada. Tenía la vista y el oído tan sensibles como los de un gato, sin embargo, para encontrar a sus víctimas se guiaba por el olfato. Allí olía a niño despierto y asustado. También percibía el aroma de una mujer, un hombre y una adolescente. No le interesaba ninguno de ellos, sólo quería al pequeño que todavía no se había dormido.
Caminaba con pasos lentos, pesados, cansinos. Pasos que sólo podía escuchar el niño desvelado, que se escondería bajo las mantas, creyéndose a salvo de las criaturas que vagan en la noche. Quizás el truco funcionase con los engendros que vivían bajo la cama, o con los monstruos del armario. Sin embargo, contra los Hombres del Saco no había defensa.
David todavía recordaba con claridad la noche en que el viejo Max lo abdujo. Al oír sus pasos lentos, pesados, cansinos, se había escondido en el armario. Qué ingenuo pensar que allí no podría encontrarlo. Si entonces hubiese sabido lo que sabía hoy. Pero entonces era solo un niño. Ahora era una pesadilla infantil hecha realidad.
Su vida con Max había sido diferente que llevaba junto a su familia. Había vivido en la cueva de su maestro, de cuya limpieza y orden se tenía que encargar él. Su mentor le traía comida y le dejaba dormir en un jergón de paja, a los pies de su propio camastro. El lugar no olía bien, ya que Max aparcaba allí sus pesadas botas, de cuya limpieza también se encargaba David.
El viejo le enseñó a ser un Hombre del Saco, que no era tan sencillo como pudiera parecer. Lo primero era caminar con pasos lentos, pesados, cansinos, que sólo escuchaban los niños. Luego la respiración, que debía ser pesada y áspera, pero sin llegar a jadear. Después a hablar con voces espeluznantes. Por último a atravesar las paredes. Aprender todo aquello le llevó años.
Llegó a la habitación de los adultos. Dormían a pierna suelta. Él roncaba como un serrucho. Ella emitía un ridículo resoplido, que no llegaba a ronquido. Intentó recordar a sus propios padres, pero sólo recordaba el rostro de su madre.
Cuando el viejo Max lo metió en el saco gritó llamando a su madre, pero no acudió en su ayuda. Lloró y gritó hasta el agotamiento, de forma que, cuando el viejo Max lo dejó salir, no tuvo fuerzas para resistirse y se acurrucó en un rincón, esperando a que el malvado Hombre del Saco lo devorara. Pero bajo el enorme chambergo negro de alas caídas y el pesado gabán, también negro, había un hombre que no parecía capaz de alimentarse con niños. Era alto, escuálido, casi esquelético. En su rostro enjuto destacaban unos ojos amables y una leve sonrisa compasiva, como si le apenase abducir tiernos infantes.
David llegó al dormitorio de la chica. La puerta estaba cerrada, pero su agudo sentido del olfato captó que tenía quince años y que no hacía mucho había tenido contacto con un macho de su especie, con el que había intercambiado fluidos corporales. Sintió una punzada de celos. Una de las primeras cosas que había aprendido durante su estancia con el viejo Max, era que no había Mujeres del Saco. Al principio no le importó, pero, cuando pasaron los años y sus hormonas se despertaron, creyó que estaba enfermo. Hasta que su mentor le explicó que los Hombres del Saco eran hombres célibes, aunque entonces no terminó de comprender esa palabra, luego supo que era sinónimo de soledad. Mientras vivió como aprendiz, Max ocupó el lugar de su familia, pero cuando se graduó y le adjudicaron una cueva para él solo, comprendió cuán triste y solitaria era la vida de los Hombres del Saco.
Continuó hacia el final del pasillo. El olor a niño era insoportable. Alargó la mano hacia el picaporte…
Aunque podía atravesar puertas y paredes, le gustaba la sensación de girar el pomo y abrir muy lentamente, haciendo gruñir las bisagras. Giró el picaporte. Preparó el talego. Cuando se lo dieron era nuevo, pero lo había envejecido lavándolo a la piedra y arrastrándolo por el suelo para ensuciarlo. Había hecho un buen trabajo, tenía un aspecto repulsivo.
Empujó la puerta. Una pequeña lámpara en forma de cabeza de payaso iluminaba el cuarto con luz mortecina. A David no le gustaban los payasos, eran siniestros.
En la cama no había nadie. Venteó el aire. El niño tampoco estaba bajo el lecho. ¡Oh, estaba en el armario! A David se le hizo un nudo en el estómago. Se paró frente al armario. El olor y el sonido de la respiración del niño no dejaban lugar a dudas: estaba allí.
Por unos instantes se encontró muchos años atrás, acurrucado en su propio armario, escuchando la respiración pesada del viejo Max. Sintió pena. Pero tenía que cumplir con su labor. Abrió las puertas del armario. El pequeño dormía plácidamente.
Las normas de los Hombres del Saco hablaban de niños insomnes, pero no decían nada de niños que dormían en un armario. Abducirlo no tenía sentido. En fin, quizás otro día...
Pero no podía dejarlo allí en el duro suelo. Dejó el saco en el suelo y se quitó el molesto chambergo. Hubiese preferido una gorra de béisbol o incluso una boina. El enorme y pesado sombrero, formaba parte del uniforme de Hombre del Saco desde tiempos inmemoriales, pero le parecía anacrónico.
Se subió las mangas del gabán, metió las manos por debajo de la criatura y lo levantó con cuidado de no despertarlo. Con suavidad lo dejó en la cama y lo arropó.
Recogió el saco y el sombrero y se marchó cerrando la puerta tras de sí. Era la primera vez que se marchaba sin abducir a un niño. En fin, aquella noche tendría que patrullar más tiempo.

Continuará...

Sobre el autor: José Vicente Ortuño

HISTORIAS DEL HOMBRE DEL SACO 1 - José Vicente Ortuño

David: El niño en el armario

En el reloj electrónico del salón sonó Para Elisa, de Beethoven, señal de que era medianoche, la hora en que la realidad vibra, se estremece, se retuerce y se rasga. La hora en que las criaturas que moran en los sueños atraviesan la barrera de la realidad para deambular por nuestro mundo. La hora en que seres creados en nuestras pesadillas acechan desde los rincones oscuros a los niños insomnes.
El pequeño David estaba acurrucado en la oscuridad del armario de su cuarto. Sentía mucho miedo. Tenía los ojos cerrados con fuerza y se apretaba en el rincón intentando ocupar el menor espacio posible. No quería que nadie lo descubriese, por eso procuraba no moverse, ni hacer ruido al respirar. A pesar de la calefacción tiritaba de frío. Para que el castañeteo de los dientes no le delatara, mordía con desesperación la manga de su pijama estampado de ositos de peluche. Deseaba que todo desapareciese y que sólo existiese el oscuro interior del armario, donde creía sentirse seguro. Pero en el exterior sonaron pasos lentos, pesados, cansinos, que le indicaron que más allá de la puerta existía un terror indescriptible.
En otras ocasiones, cuando tenía un mal sueño, era suficiente con llamar a su madre y ella venía corriendo a protegerlo y consolarlo. Aunque temía que ahora nadie vendría a calmarlo con palabras suaves, ni a arrullarlo entre sus cálidos brazos. Esta vez no era una pesadilla, lo sabía porque tenía mucho frío, el suelo estaba duro y porque había intentado despertar y no lo había conseguido.
Unos minutos antes escuchó como el hombre del saco subía por la escalera, con pasos lentos, pesados, cansinos. Pasos fuertes y espaciados como para darle tiempo a paladear el miedo. Al escucharlo, él se había tapado con la manta, como hacía siempre que despertaba asustado por una pesadilla. Luego escuchó como el malvado hombre abría la puerta del dormitorio de su madre, primero el crujido del picaporte, luego el leve gruñido de las bisagras y después los pasos lentos, pesados, cansinos que se internaban en la habitación.
No sabía lo que el hombre malo le podía haber hecho a su mamá, pero seguro que era algo terrible. Sus compañeros de guardería le habían contado que el Hombre del Saco hacía cosas muy malas, «cosas peores que la muerte», según la abuela de su amigo Kevin. David había visto una vez un gato muerto, tenía los ojos llenos de moscas y de la boca le colgaba la lengua ennegrecida. Suponía que estar muerto dolía y se imaginaba que algo peor debía de doler mucho más, sobre todo que le arrancasen a uno la piel para quitarle la grasa, como decían que hacía el Hombre del Saco. Por eso también lo llamaban sacamantecas.
Cuando se dio cuenta de que un hombre malo estaba en el dormitorio de su madre, salió de la cálida protección de la ropa de cama y se escondió en el armario. Estaba seguro de que allí el hombre malo no lo encontraría. Si su madre no era capaz de encontrarlo cuando jugaban al escondite, seguro que él tampoco lo haría. Al fin y al cabo su madre era la persona mayor más lista que conocía.
Los pasos siniestros, lentos, pesados, cansinos se aproximaron, muy despacio, por el pasillo. Parecieron detenerse en la puerta del dormitorio de David. Éste se imaginó al sacamantecas mirando por el cuarto, buscándolo. Pensó que tendría que haber apagado la lámpara de la mesilla de noche, que su madre le dejaba siempre encendida. Se encogió más en el rincón del armario. El desconocido entró en la habitación y provocó un ruido inesperado que sobresaltó al pequeño y estuvo a punto de hacerlo gritar. Algo había caído al suelo, pero se dio cuenta de que era su pelota favorita, la reconoció por el sonido que hizo al rebotar varias veces y alejarse luego rodando. Los pasos sonaron cerca del armario. Oyó una respiración pesada en el exterior, un gruñido, una tos bronca, el sonido de un roce contra la puerta, el crujido de la madera. El extraño parecía estar escuchando, para comprobar si había alguien en el interior. David aguantó la respiración y apretó los ojos todavía más. Le dolía todo el cuerpo de estar encogido. Le hubiese gustado poder desaparecer. Sabía que no tenía escapatoria. «¿Dónde está mamá?», se preguntaba.
El picaporte comenzó a girar, con lentitud deliberada, como deleitándose en la espera y, de pronto, la puerta se abrió. David gritó y gritó hasta quedarse sin aliento, pero siguió encogido y con los ojos cerrados, esperando que sucediese algo. Notó que se había orinado, pero no le importó. Sabía que su madre le reñiría. Su madre... ¿por qué no venía ya?
Una mano, grande y áspera como una garra de madera, lo cogió del cuello y lo levantó sin esfuerzo. David se quedó sin respiración y no pudo gritar más. Se sintió desplazado por el aire. Tras quedar un instante suspendido la presión cedió. Cayó y al golpear contra el suelo abrió los ojos. Vio el interior de un saco mugriento que se cerraba sobre él.

 Continuará... 


Sobre el autor: José Vicente Ortuño

sábado, 17 de agosto de 2013

La vida fiámbrica - Cristian Cano



Encontraron a Rodríguez caminando por la ruta nacional 66. Se hallaba ausente. Todavía sigue ausente y dicen que está desquiciado.
Su señora visitaba asiduamente su trabajo porque aprovechaba, decía, para dejarle la vianda para el mediodía. Siempre le llevaba ensaladas: ¡me queda de paso! Respondía, cuando en realidad otros eran los motivos de sus insistencias. Tenía miedo.
El frigorífico FAENA fue el único empleo que Rodríguez tuvo y, con esfuerzo, lograban solventar todos los gastos y hacerse alguna que otra escapada eventual en las vacaciones. En todo momento supo estar extenuado, pero hacía caso omiso y metía horas y horas extra. Era una persona que se encontraba en contacto continuo con las vísceras y sangre caliente de las filas interminables de animales. Los mataba con un cuchillo grande. A veces, usaba un martillo.
En una noche Rodríguez se despertó muy asustado. Silvia gritó de miedo y prendió la luz. De repente se encontró rebasada por la elocuencia enfática en el hilar de su esposo. Desorientada, vio a su pareja en la cama explicar, con ojos inflados y el cuello marcado, cómo creía estar convirtiéndose en un trozo de carne: que al momento de ingresar a su trabajo el mismo color harinoso en las paredes lograba irrumpir en su ánimo. ¡Treinta años contemplando la mirada de esas vacas! Dijo llorando. ¡Y recuerdo sólo la última! ¡Las otras miradas funden en calor y termino por olvidarlas! Silvia, mi adentro se diluye, le aseguró. Estoy vaciando. Medra el sin sentido.
Silvia lloró durante varias horas cuando Rodríguez, exhausto, sucumbió en su regazo.


Acerca del autor:  Cristian Cano

miércoles, 14 de agosto de 2013

Traductora especial tiempo completo – Héctor Ranea


A Ildefonsa Licia Borja le pareció poco remunerativo al principio, pero aceptaba todo lo que podía ofrecerle un poco de dinero. Su compañía de traducciones multilingüe estaba pasando malos momentos, sobre todo desde la aparición de los traductores on-line.
Ahora se podía traducir del turco al afgani sin demoras y de éstos al moorkian y viceversa sin errores, gracias a los chips de última generación traídos allende el sistema solar. De modo que cuando recibió el llamado desesperado del Director de Prensa de la afamada compañía de turismo NPN (no ponemos el nombre por razones comerciales) aceptó aunque a regañadientes. Fue a entrevistarlo sin demora, eso sí.
—Tengo demasiadas conferencias de prensa para hoy —dijo el Director.
—¿Y en qué podría yo intervenir? —preguntó Ildefonsa, pensando para sí que estaba todo mal.
—Mañana tengo toda la mañana ocupada en el odontólogo.
—Sigo sin entender —dijo con cierta incomodidad Ildefonsa que pensó qué tendría que hacerle el odontólogo si perdía tanto tiempo.
—Un problema serio con los implantes de titanio y la nanoestructura de diamante del maxilar —dijo él, contestando telepáticamente a su pregunta.
—¿Es telépata? —preguntó ella.
—Para nada.
—Acaba de contestarme una pregunta que no formulé.
—Sólo fue algo casual, créame. Pasemos a la cuestión central. Necesito poner una conferencia teleholográfica en el horario del odontólogo. Y para eso pensé que usted podría ir traduciendo lo que yo diga a los otros miembros del panel.
—¿Y en qué les habla?
—De todo un poco. Pero eso no es problema. Usted tendría que traducirme a mí.
—No lo entiendo.
—Con la boca abierta seis horas no puedo hablar. Usted me prestaría su brazo y yo iría tipiando en él preguntas y respuestas. Algunas se las doy por escrito.
—¿Tipiar en mi brazo? ¿De qué está hablando?
—Morse. ¿Nunca oyó hablar de él?
—¿El sistema Morse?
—Bueno. No precisamente. Tengo otro mejor, pero parecido. Yo le tipeo en el brazo y usted traduce a lo que quiera. Por ejemplo a esto que habla. Después no hay problemas. ¿Cazó la idea?
Al día siguiente, en el consultorio, ahí estaba el robot cámara tomándolo al Director con la boca abierta por los fórceps y a Ildefonsa tratando de traducir. Ella decía, entonces, algo y los demás participantes entendían. Y, mientras, el odontólogo operaba los maxilares del Director. A veces ella decía
—¡Ay, por la madre del odontólogo acá presente, cómo duele! —y todos entendían que no había dicho eso exactamente, pero comprendían la traducción educada. Todos, menos el odontólogo, claro.
Así transcurrieron las primeras dos horas. El brazo de Ildefonsa estaba entumecido de tanto recibir mensajes. Mientras, el odontólogo iba tratando de evitar que se notara la sonrisa inevitable de quien sabe que se termina la tarea. Ildefonsa también se ponía contenta, los brazos del Director tenían aferrado su brazo de manera muy contundente como para ser placentero. De pronto, el Director empezó a decir con la mano cosas incoherentes que ella no se atrevió a traducir, pero la inquietud de los panelistas era evidente pues el cuerpo del Director comenzó a tener estertores violentos. En uno de esos, sus brazos quedaron trabados con los de Ildefonsa y no podían separarlos ni los asistentes del odontólogo, quien tampoco salió indemne, pues la boca del Director, venciendo los fórceps, se cerró sobre la mano del profesional. La escena era una locura de dolor y sangre. Uno de los panelistas se animó a decir que no entendía nada de lo que decían y mucho menos si los gritos de la traductora eran sus propios gritos o si traducía lo que gritaba el Director. El comentario causó mucha gracia entre los presentes.
Se dice que Ildefonsa debió matar al Director para poder salir de la llave, que el odontólogo fue responsable del incidente pues su risa causó pánico en el Director y que el panelista moorkiano se quedó con la compañía.
Cosas de los negocios y esos oficios extraños.

Sobre el autor:  Héctor Ranea

Luis e Istarien, el mago de la arena - José Enrique Serrano Expósito


Luis y sus compañeros disfrutaban del sol, del viento, del bello paisaje, en la playa. Habían olvidado traer la crema protectora y fueron a por ella, dejando a Luis solo, dormido.
Las gaviotas lo despertaron. Luis las miró allá arriba, a lo lejos. Le pareció que le llamaba la arena. De uno de los guijarros salió un diminuto ser, delgado y estirado, sus orejas puntiagudas cual palillos. Le sonrió; sus ojos rezumaban sabiduría. El entrañable personajillo miró a las gaviotas y profirió un grito agudo, penetrante… Ellas enfrentaron sus alas contra el viento y permanecieron quietas en el aire, giradas todas hacia lo profundo del mar. Fue entonces cuando gritaron con voz transfigurada:
–¡¡¡Tajamar, hija de Uinem!!!
Allá a lo lejos, emergió una gran bola de carne. La gran ballena miraba hacia la playa; hizo brotar del surtidor en su espalda un inmenso chorro que brilló a la luz del sol en mil destellos cristalinos multicolores; una vez más; por tres veces vio Luis surgir el gran chorro de agua marina.
Tajamar se sumergió de nuevo; las gaviotas continuaron su vuelo y canto habituales.
Luis se giró hacia la arena para agradecer todo aquello al simpático mago, pero ya no lo vio más. Conservó para siempre en su corazón el detalle de Istarien el día de su santo.

Despedida - Ada Inés Lerner


Él está ahí. Tendría que decir algo. Hace pocas horas cruzó la delgada línea que separa las dos vidas; estoy segura que puede escuchar y verse a sí mismo como nos observa a nosotros, a su alrededor.
En la funeraria lo han hecho bien. Acomodaron su cuerpo, lo maquillaron y cerraron sus ojos. Su rostro aparece y parece que nos espera.
Llegan hijos y nietos. Él ve ese cariño. Parece estar bien. ¿Cómo será esa sensación de estar y no estar?
Lo dejamos solo para que de una última mirada a su vida. Creo que piensa en su perro: lo extrañará, le llevaba la comida y le movía su colita.
El del estacionamiento evocará la propina. Por mi parte derramaré algunas lágrimas. A nuestros hijos les dejó una póliza. No debe creer que su amante guardará luto.
Nada en su conciencia pesa de modo inusual.
Lo acompañamos a cruzar los silenciosos portales. Al final del otro sendero nos reagrupamos para darle el último adiós.
“El camino del dolor se recorre una sola vez”
Yo sé que debe haber gritado hasta que comprendió que era inútil y emprendió el viaje definitivo y con él sus delirios de siempre.

La autora: Ada Inés Lerner

martes, 13 de agosto de 2013

Los veraneantes - Anton Chejov


Por el andén de cierto punto de veraneo, hacia arriba y hacia abajo, paseaba una parejita de recién casados. Él la sostenía por el talle; ella se ceñía contra él y ambos se sentían felices. La luna, por entre los jirones de nubes, les miraba frunciendo el entrecejo. Con seguridad sentía envidia y enojo por su aburrida y forzosa virginidad. El aire inmóvil estaba impregnado de olor a lilas y acacias. Al otro lado de la vía, lanzaba un pájaro agudos sonidos.
—¡Qué bien se está aquí, Sascha! —decía la recién casada—. ¡Decididamente, podría pensarse que estábamos soñando! ¡Fíjate en el modo acogedor y cariñoso con que nos contempla ese pequeño bosque! ¡Mira qué simpáticos son estos sólidos y callados postes telegráficos!... Con su presencia, Sascha, dan vida al paisaje y nos hablan de que allá..., en alguna parte..., existen otras gentes..., hay una civilización... ¿Acaso no te gusta sentir cómo llega débilmente a tu oído el ruido de un tren que pasa?
—Sí; pero...; ¡qué manos tan calientes tienes! Eso es que te agitas, Varia... ¿Qué tenemos hoy de cena?
—Tenemos okroschka1 y pollo. Es suficiente un pollo para los dos; y para ti he traído de la ciudad sardinas y pescado ahumado.
La luna, escondiéndose detrás de una nube, hizo un guiño, como si hubiera tomado rapé. Sin duda, el espectáculo de la humana felicidad le recordaba su propia soledad..., su lecho solitario tras los montes y los valles...
—¡Viene un tren! —dijo Varia—. ¡Qué gusto!
En la lejanía surgieron tres ojos de fuego, y el jefe del apeadero salió al andén. Sobre los rieles, de aquí para allá, corrieron las luces de los guardavías.
—Despediremos al tren y nos iremos a casa— dijo Sascha bostezando—. ¡Qué bien vivimos juntos, Varia; tan bien que uno mismo no se lo puede creer!
El oscuro monstruo se arrastró sin ruido hasta el andén y se detuvo. Por las ventanillas de los vagones, medio iluminados, se vieron desfilar rostros soñolientos, sombreros, hombros...
—¡Mira! —se oyó exclamar desde uno de los vagones—. ¡Es Varia! ¡Y su marido!...¡Salieron a esperarnos! ¡Aquí están! ¡Vareñka!... ¡Vareñka!... ¡Eh!
Dos niñas saltaron del vagón y se colgaron del cuello de Varia. Tras ellas descendieron una señora gorda, de edad avanzada, y un caballero, alto y delgado, de patillas canosas. Después, dos colegiales cargados de equipaje; detrás, la institutriz, y, por último, la abuela.
—¡Aquí nos tienes! ¡Aquí nos tienes, amiguito! —empezó a decir el señor de las patillas, estrechando la mano de Sascha—. Con seguridad llevan mucho tiempo esperándonos. ¡Como si lo viera, estabas ya reprochando a tu tío el que no llegara! ¡Kolia!.... ¡Kostia!... ¡Niña!... ¡Fifa!... ¡Hijos!... ¡Abracen a su primo Sascha!... Hemos venido toda la familia a verlos y a pasar tres o cuatro días con ustedes. Espero que no los molestaremos... ¡Tú, haz el favor de no gastarnos ceremonias!
Ante la llegada del tío y de toda su familia, el matrimonio quedó aterrado. Mientras el primero hablaba y repartía besos, pasó raudo el siguiente cuadro por la imaginación de Sascha: Se veía a sí mismo y a su mujer ofreciendo a los invitados sus tres habitaciones, sus cojines y sus mantas. Veía el pescado ahumado, las sardinas y el okroschka devorados en un segundo... A los primos, cortando las flores, vertiendo la tinta... A la tía, hablando solamente, el día entero, de sus enfermedades (su solitaria y su dolor de estómago) y de que por su nacimiento era baronesa Fintij... Sascha empezó a mirar con odio a su joven esposa y le murmuró al oído:
—¡Han venido a verte a ti! ¡Que se vayan al diablo!
—¡No!..., ¡a ti! —contestaba ella, mirándolo a su vez con aborrecimiento y maligna expresión.
—¡No son mis parientes, sino los tuyos!... —y volviéndose hacia los huéspedes los invitó con la más amable de las sonrisas—. ¡Vengan, por favor!...
Por detrás de una nube asomó lentamente la luna. Parecía sonreír... Parecía agradarle no tener parientes...
Sascha volvía la cabeza para ocultar a los invitados sus desesperados e irritado semblante; pero repetía, haciendo esfuerzos para dar a su voz acentos de alegría y benignidad:
—¡Vengan, por favor!... ¡Vengan, por favor..., queridos huéspedes!

Acerca del autor:
Anton Chejov

Fionita - Anahí González


Cuando tirás el auto contra el cordón de una calle cualquiera para desparramarte en llanto sobre el volante, es porque duele mucho. Duele en el corazón, que no es ningún músculo bobo.
Mi mente le explica, trata de hacerle comprender, intenta convencerlo, lo reta, lo sacude. Y es peor. Mi cabeza cuelga sin protocolos en el hueco de mis antebrazos. No existe nada en el mundo más que mi llanto.
No quiero llegar a casa porque no vas a estar para recibirme con tu cuerpo macizo y movedizo, no te vas a colar por el portón para atribuirte la postestad de algún huesito del perro del vecino, no vas a molestar a Silvestre, que seguirá repitiendo frases desde su encierro plumado pero ahora sin entender qué pasó con su archienemiga, por qué ya no viene a entretenerlo en esos rituales de cacería frustrada en que él te picoteaba y vos lo olfateabas y se repelían casi con cariño porque en el reino animal los odios y los amores son tan sencillos.
Por eso mi amor hacia vos era sencillo. Simplemente estabas en mi vida.
No pudiste aguantar, gordita. Yo te pedía que aguantes, rezaba sobre tu cuerpo caliente, te miraba para que no te fueras, me clavaba en tu sufrimiento para no dejarte sola en eso que me imaginaba, era tu despedida. Me parecía que si te miraba podía retenerte.
Te decía todo está bien, te mentía de la manera más humana posible para que me creyeras, mientras tu corazón se extenuaba y tus pulmones se desinflaban. Sostenía tu pata esperando el milagro y te decía “Ahora viene Anita, mi amiga Anita, la veterinaria, te lleva en la camilla y te vas a poner bien. Aguantá, gordita.” Pero no aguantaste más y ahora tengo que soltarte.
Le dije a Matteo que seguramente estás en el cielo, que allá todo es lindo, que tenés mucho pasto, que vas de nube en nube, liviana. Ojalá sea cierto. Jurame que cuando te reencarnes vas a venir a visitarme y vas a hacérmelo saber.
Sé que luchaste hasta el final. Querías quedarte a cuidarnos, a rezongar por la incorporación de Pompón al territorio hasta entonces exclusivo de tus mimos, a babear a los invitados con impunidad. Te quiero, gorda.
Dondequiera que tu alma se vaya, que se filtre alguna vez en mis sueños para volver a sentir tu olor, para no olvidar el anormal ritmo agitado de tu respiración, tu nariz chata apoyada en la mía, momento en que sentía que los probelmas no existían, porque vos, representante del reino natural en su expresión canina me confirmabas que la vida era todo fluir en ese acto espontáneo de amar sin pedir nada a cambio.

Tomado de Espejitos de colores

Acerca de la autora:
Anahí González

Licores para el camino - Rafael Blanco Vázquez


En realidad no sé si me gustan los hombres o simplemente yacer con ellos, porque luego tampoco es que los aguante mucho.
(Estamos todos locos, decía el narrador de un relato de Carver).

El caso es que yo voy tan tranquila por la calle, veo pasar a un tipo que me gusta y pienso: “Éste para mi coño”. Y le entro y, más tarde o más temprano, me lo meto en el coño.
(Más temprano que tarde, porque soy impaciente y si me hacen esperar no insisto).

También me gusta besarlos. Me gustan todos los licores del hombre.

Soy una chica solitaria. Me gusta follar y decir yacer. No me gusta que me molesten cuando estoy leyendo. Me gusta acostarme sola y pensar que moriré sola. Me gusta estar sola en casa y pensar: “A ver a quién me cepillo hoy”. Y salir y buscar y encontrar y bajarme las bragas y fornicar, otro gran verbo. Creo que lo que más me gusta del mundo es el momento en que me bajo las bragas. Me gusta la emoción que se dibuja en las caras de algunos cuando ven los primeros pelos (debe de ser el misterio de la creación). Y me encanta el calor de mis tetas contra sus torsos.

Los tipos me duran más o menos, eso es una angustia que yo no tengo. A veces compartimos momentos inolvidables que al cabo se nos olvidan. A veces todo queda en un único encuentro. Pero siempre pregunto sus nombres y apellidos (me encantan los apellidos) y todo lo que empieza acaba.

Soy de llorar en soledad. Las lágrimas me lavan y a empezar de nuevo por donde lo dejamos. Soy de cambiar de país, de ciudad, de barrio. Soy de pocos amigos, soy de mis lecturas, mi música, mi nostalgia. Me alegra y me entristece no ser más que yo misma, quisiera y no quisiera ser todo el que no soy.

Deambulo por el mundo a la búsqueda de nada, quisiera perecer desposeída. Ni ancestros ni herederos, como un suspiro gratuito, como un viento arbitrario, sin haber sido más que mi trayecto.

domingo, 11 de agosto de 2013

Sueños y complementos – Cristian Cano



 

Hubo una época en la que, por las noches, solía despertarme exaltado; pero esos sueños anteriores no los recuerdo. Sí vienen a mi memoria los bellos erizados de mis brazos y la electrizada frazada. Sí recuerdo el particular centelleo que producía el chasquido de la electricidad estática al tocar las sábanas, y nunca olvidaré las innumerables lavadas de cara al espejo del baño, para poder mojarme un poco el cabello. Años después extrañé despertar de esa forma, uno se acostumbra a la gran mayoría de las cosas, aunque no profundicé al respecto. ¿Por qué tanta estática? No había tipo de frazada que sorteara la situación.

Con los años surgió un insistente sueño, siempre agazapado por detrás de la media noche, como un real recuerdo. Los personajes del televisor conversaban y el parpadeo del flash en la oscuridad regaba todo el ambiente. Las voces parecían alejarse para repentinamente regresar en presencia y volumen. Eso mismo me despertó. Al entender las imágenes que recibía, la esquina superior derecha del film se volvía verde para después amoratarse y finalmente regresar a la normalidad ―No dejo más los parlantes sobre el televisor. Sus imanes lo van a romper―. Pensé. Continué observando y el verde llegó de un respingo hasta la mitad de la pantalla. Era una onda monocromática, curva y deformaba la imagen. Con cuidado miré mis brazos y ahí estaban: los pelos erizados. Me senté en la cama mientras recordaba esas noches en las que despertaba exaltado y supuse que el televisor ya no iba a servir. Levanto la mirada y ahí está, muy cerca, espiándome a través de la venta de vidrio repartido. Los papeles que están sobre la mesa se mueven sin que nadie atente contra ellos. Sólo asoma su cabeza y parte del torso. Le emerge luz de la carne y no es más que una tenue luminiscencia. Cuando le encuentro los ojos el hielo trepa por la espalda hasta el centro de mi cuero cabelludo en una milésima de tiempo. Son negros, muy negros; como un exótico y ajeno ébano. Estoy paralizado por la eternidad adentro de tres segundos, hasta que se va. Cuando se va, la liberación es concreta. Al instante la verdosa aureola del televisor se opaca en morados dibujando media sombra en el yeso de la pared y la película vuelve a entenderse. Los pelos erizados persisten.

¿Por qué este sueño termina diciéndome que encastra a la perfección en aquellas noches de insomnio? ¿Por qué siempre me despertaba con tanta electricidad estática en el ambiente? Siento que en esos segundos en los que lo completo se resumen todos mis miedos y que, claramente, son los segundos que faltaban para seguir entendiendo los eslabones que no comprendo.
¿Y si por aquellas noches algo que desconozco yacía sobre el techo? ¿No sería ese el origen de aquella cantidad de electricidad estática? ¿Fue un sueño o no? Cada vez que intento profundizar más borroso lo encuentro. Hoy tengo otras certezas que me hacen dudar.


El autor: Cristian Cano

El extraño caso de Benjamín Ramírez – Alberto Sánchez Arguello

Antes que Benjamín Ramírez estremeciera al país por sus actos aberrados, no era más que un chavalo moreno y larguirucho, de rostro fino y ojos tristes, uno más entre tantos otros que se ganaba sus realitos pescando descalzo en las orillas del lago de Managua.
Se mantenía cerca del asentamiento convertido en barrio de Los Martínez, sitio donde había vivido quince años en compañía de su madre María Arguello, una mujer flaca y encorvada, tuerta del ojo izquierdo. La señora tenía problemas para hablar y un reumatismo que cada día agotaba más sus posibilidades de subsistir, a base de elaborar las tortillas, que Benjamín vendía en Las Brisas, Linda Vista y Los Arcos.
El papá de Benjamín había sido un campesino venido de Jinotega, que entre borrachera y borrachera, apareció muerto un día por el parque Las Piedrecitas, cuando Benjamín comenzaba a gatear. Doña María era nacida en León. Se había venido a Managua, con la idea de montar una costurería, pero el destino le había dado muchos tumbos y terminó dedicando las horas en recuperarse del dolor de los reumas, para coser alguna camisa que le habían dado a reparar, antes de amasar las tortillas.
Dicen los vecinos que los dos vivían solos en una choza de plástico negro y latón oxidado. Adentro, solo contaban con una hamaca vieja de tela en la que dormían los dos, una mesita de plástico, un televisor cubano y algunos trastes de aluminio, para el fogón hecho de barro. De Benjamín nadie tenía quejas, aunque dicen que era arisco como gato de monte, no había forma de meterle plática. Cuando pescaba no hablaba con nadie y si era a la hora de vender las tortillas, solo las entregaba y extendía la mano mientras decía el precio, nada más.
La gente hasta había llegado a pensar que era sordo, pero luego lo miraban con su mamá y se daban cuenta que alrededor de ella, el muchacho era otro. Solo hablaba con ella, aunque en una voz tan bajita que nadie más podía escuchar.
Los investigadores de los diarios reportan, que unos meses antes del asesinato de doña María, ella se tuvo que ausentar una semana para ayudar a una hermana que estaba muy enferma en Chichigalpa. Benjamín quedó solo por primera vez.
Parece ser que en esos días el muchacho anduvo desolado por las calles de tierra de los Martínez y que un grupo de chavalos mayores que él, le dieron a probar piedra y aprovecharon para violarlo en el sueño de la droga. Benjamín no volvió a ser el mismo. Se volvió aún más huraño y agresivo. Se manejaba por las esquinas mordiendo a quien se le acercara y fue el retorno de Doña María lo que evitó que se lo llevaran preso.
Raquel Huerta, la vende nacatamales de los Martínez, narra que los dos se desaparecieron de las calles por una semana, nadie los miraba y la gente se empezó a preocupar. Un día, el pastor del culto local entró en la mañana a la choza y se encontró con el cuadro grotesco de doña María, muerta de días, en el piso, desnuda de la cintura para abajo y encima de ella, Benjamín, penetrándola con rapidez.
El caso estalló en todos los medios, la comisaría de la mujer, a partir de la insistencia de la gente, hizo pública la única declaración del parricida: “Mi mamá no quería darme un hermanito para que me acompañara, así que la maté para tener uno”
Nicaragua tuvo un nuevo monstruo al que examinar. Corrieron todo tipo de opiniones científicas y moralistas. Al final, en medio de complicaciones legales por el código de la niñez y la adolescencia, Benjamín fue trasladado al hospital psiquiátrico con un peregrino diagnóstico de esquizofrenia.
En aquella cárcel para enfermos mentales, Benjamín pasó las peores noches. De acuerdo a los enfermeros, no podía dormir pensando obsesivamente en el cuerpo de su madre, descomponiéndose lentamente en un féretro de madera, aprisionado entre tierra infecta de gusanos y cucarachas. Tuvieron que amarrarle a la cama para que dejara de salirse al patio a lanzarse contra las mallas, en su desesperado intento de marchar hacia el cementerio, con intenciones no del todo expresadas.
Fue sometido a punta de duchas heladas y psicofármacos y poco a poco, su delirio fue mermando. Meses después solo presentaba un afán inofensivo de respirar en exceso cada dos horas, con la idea fija de aspirar las partículas de polvo de su madre, que irían subiendo desde las profundidades de su tumba.
Algunos años después, el país se olvidó de él, ya no era noticia. En algún punto entre el bajo presupuesto y el aspecto anodino de Benjamín, no se dieron cuenta de que un día no estaba ya, se había escapado, como tantos otros.
Pocos días después, lo encontraron en el cementerio. Al momento del hallazgo, estaba hundido en la tierra con el féretro de su madre abierto y el celador nocturno en la superficie, muerto de una pedrada en el cráneo. Para ese momento, ya había terminado de comerse los restos óseos de su progenitora.
No opuso resistencia alguna a la policía y se le miraba plácido y tranquilo durante el juicio que finalmente le condujo por treinta años a la cárcel modelo en Tipitapa. Ahora ya era mayor de edad y los argumentos de locura de parte de la defensa no estuvieron a la altura del asco y repugnancia popular que los medios habían fomentado.
Cuando alguien le preguntó en su celda porque lo hizo, Benjamín Ramírez con una sonrisa se limitó a responder: “para no estar solo”

Sobre el autor: Alberto Sánchez Arguello

viernes, 9 de agosto de 2013

¿Quién es el del espejo? - Fernando Puga


Hay un hombre en los espejos. ¿Quién es? Aparece cada mañana cuando me acerco a la pileta del baño dispuesto a lavarme la cara y despertar. No se va de allí hasta que termino con la diaria rutina de dientes y barba. Se ve que mientras yo me ducho, él también lo hace, porque apenas abro la puerta del placard ya está en el gran espejo frente al que me visto. Sus pelos mojados y un toallón como el mío atado a la cintura. Conmigo elige la ropa y conmigo se viste; en el mismo orden y con la misma velocidad. Lo sé porque cuando levanto la vista para terminar de anudarme la corbata, él se encuentra en el mismo punto y al parecer con los mismos inconvenientes; nunca pude con corbatas y cordones.
No logro observarlo sin que él lo note. Parece estar pendiente y apenas apunto mis ojos hacia él, ya me está mirando. Lo que no sé es qué hace o qué mira cuando no lo veo, pero se las arregla para estar siempre ahí y a tiempo; nunca ni el más mínimo instante de atraso o de adelanto. Una inverosímil sincronía.
A lo largo del día me lo cruzo a cada rato. Está en cada uno de los espejos con los que me encuentro: el del living de casa, el de la pieza de los chicos, el de la entrada. En los espejos retrovisores del auto, en el del ascensor, en los de la oficina. Incluso en muchas vidrieras y charcos.
El hombre que habita en los espejos no me pierde pisada. Aunque vaya al más recóndito punto del planeta, no tengo la menor duda de que allí estará en cuanto me tope con una superficie espejada.
No sé quién es, no sé qué es lo que quiere. No sé adónde va cuando no lo estoy mirando y no sé qué será de él cuando me muera.
Me acompaña. ¿Me acompaña o me controla? El hombre que habita en los espejos me recuerda cada día que no estoy solo, que hay alguien que me espera en los espejos.
Cuando te invito al hotel de la otra cuadra, alquilamos la suite más hermosa y nos disponemos al amor, ¿Qué hace ese hombre en el techo abrazando a una mujer tan parecida a vos?

Sobre el autor: Fernando Puga

El auditor y el hombre en mono blanco - Mónica Ortelli


El hombre en mono blanco barre la pinocha que le cae encima como si fueran goterones.
—Dígame, ¿usted sabe por qué le llueve esto, verdad? —pregunta el auditor.
—Por supuesto, señor. Y ha sido una condena justa.
— ¿Y sabe de dónde viene? —el auditor señala la llovizna.
—Me han dicho que de la Luna.
— ¿Le han dicho…? ¿Quién? Si usted no habla con nadie.
— Eso es lo que usted piensa.
— A ver dígame con quién, si está solo aquí. Debe estar solo… ¿Entiende que tengo que anotar todo lo suyo, no?
— Sí, sí, cuando me leyeron el acta se incluía su visita, es su trabajo. Le explico: hablo con gente que viene a mi cabeza, y lo hago en todo momento. O cuando lo necesito.
—Ah, entonces habla con usted mismo. O lo que es igual: habla solo.
—No, no. De ninguna manera. Hablaría solo si yo me preguntara y me respondiera. Pero no es el caso. Ya le he dicho que hay gente, otras personas en mi cabeza.
—Claro, gente imaginaria.
—Mire, si quiere verlo de ese modo, yo no puedo impedírselo. Pero sepa que fui una persona muy limitada, casi no estudié. Apenas si leía el misal. Usted comprenderá que me faltan muchas respuestas y, sin embargo,  cuando tengo que resolver algunas cosas, alguien de los que anda por allí, adentro mío, digo, sabe darme lo que busco; cosas que yo ignoraba completamente.
—Ajá. Como el asunto del origen de la pinocha, ¿no?
—Exactamente.
— ¿Y quién fue el que le dijo eso?
—¿Usted quiere saber el nombre?
—Cualquier cosa: el nombre, qué hace, de donde sacó que la lluvia suya viene de la luna.
—Bueno, el nombre no se lo pregunté nunca -no soy curioso-. Además, como no los llamo, no necesito conocer ningún nombre. Pero, los reconozco por la voz. Eso sí. El que me contó lo de la lluvia es un tipo joven, más o menos de su edad, pero con canas. Cómo supo él lo de la Luna -con mayúsculas-, le puedo decir.
—Le escucho.
—Estaba en la cabeza de otro justo cuando al tipo le leyeron el acta. Allí informaba la procedencia del regalo. Claro que a ése le llovía otra cosa.
— ¿Regalo?
—Así le dicen ellos, sí.
— ¿Regalo por qué? ¿Qué había hecho?
—Había matado a un angelito.
— ¿A un niño?
—No, no, a un ángel de verdad.
—Entiendo, pero, entonces, me parece poco regalo una lluvia.
—No vaya a creer. Hay lluvias y lluvias. Sobre todo si vienen de la Luna.
—Tiene razón, lo que llega de la luna, perdón, Luna, es bravo siempre. Es que allí son especialistas, no hay nada que hacer…¿Y cuál era lluvia del que mató al angelito?
—Le caía azúcar encima.
—No me parece tan terrible el azúcar...
—Usted no se imagina lo que es barrer azúcar. Además tener permanentemente una cortina blanca adelante es muy molesto. Porque la lluvia del tipo era torrencial, no como esta garuita que tengo yo. El azúcar se mete en todos lados, se disuelve en las secreciones, se pegotea; además, se acumula rápido y hay que barrer y juntar, barrer y juntar. En cambio, la pinocha no es tan complicada. Fíjese usted que hace un ratito que no barro y no se ha amontonado tanto… Lo único que tengo que evitar es mirar hacia arriba, por las dudas, y me pierdo los cielos ¿me comprende?
—Claro que sí. Yo estoy asombrado por lo que sabe. Se ve que le han informado bien –sea quien sea- porque me ha dado ciertas respuestas que no tendría que conocer.
—¿No le dije?
— ¿Le puedo hacer una última pregunta ? Y esto no va a constar en mi informe porque es pura curiosidad personal. Por eso no tiene obligación de contestarla.
—Pregunte, nomás.
— ¿Por qué le llueve pinocha a usted? Ese dato no figura en mi planilla. ¿Qué fue lo que hizo?
—Yo fui el primero en matar a un auditor en infiltrados. Pero, venga, no sienta temor: ya me vacunaron para que no vuelva a ocurrir.

Tomado del blog Ni vara ni cuchillo
Sobre la autora: Mónica Ortelli

Él, ella y el oso de peluche - Francisco Garzón Céspedes


Ella aparece al anochecer con un oso. El oso tiene cara de buen animal. Es un oso rosa y gris. Un regalo para él, que se queda perplejo. Un oso de peluche. Un oso para niños muy pequeños, y él es un hombre, casi un adolescente todavía, pero un hombre. Ella es mayor que él unos cuantos años, y está llegando a esa habitación del hotel, una de las dos que ha alquilado en aquella ciudad de provincias. Ella es profesora. No profesora de él. El hotel, donde no hacen preguntas, es mezquino. Y los dueños se aprovechan de lo que intuyen. En las habitaciones que les alquilan ni siquiera hay sábanas, fundas, toallas. La que le ha tocado a él da hacia la calle y, por no tener, tampoco tiene bombillas. Él deposita el oso sobre la mesilla de noche mirando hacia la cama. “Para que aprenda algo.”, dice.


De Los cuadernos de las gaviotas 17: 50 formas literarias


martes, 6 de agosto de 2013

El falso testigo - Raquel Sequeiro



Lo mató antes, pero pensó que lo había matado después. Por lo visto el jurado no estaba de acuerdo.
—¿Dónde lo dejó? —preguntó el magistrado.
—¿Lo qué?
—El cuchillo.
—En la ducha.
—¿En la ducha de quién?
—Del asesinado, ¿de quién va a ser? —contestó el asesino—. Ustedes son de lo más raro, oigan. No lo digo por lo de ser verdes y fofos, que me da igual, lo digo por el destripamiento, el despanzurramiento y las vísceras.
Un abogado se sonó los mocos, alguien estornudó en el fondo de la sala.
—Esto es un mundo de ranas, asesino, aquí nosotros dictaminamos las leyes y su rana no me caía bien.
—Pero si era su rana —protestó el asesino viviseccionador—, ¿no pensarán dejarme en la calle, verdad?
—Oiga usted –dijo el juez con la voz ronca por la emoción—; en este lugar suceden cosas muy raras, ¿no ha visto que las ranas hablan? Yo mismo —obsérveme bien— soy una rana. —De un salto se acercó hasta el interpelado.
—Dimito. No son ustedes normales.
—Que suba al estrado el testigo, yo me voy a tomar un café. Alguacil.
Subió el alguacil e interrogó al testigo.
—¿Vio usted algo, señor Rana? ¿Pudo comprobar el ADN? ¿Se metió usted en su bañera?
—Nada de eso, yo estaba jugando al golf cuando este señor me cortó la tripa.
—Protesto —dijo el científico.
—No puede usted protestar —dijo el alguacil.
La rana croó.
—¡Esa es mi rana, maldita sea!

Acerca de la autora:  Raquel Sequeiro

Yo con Augusto no voy más a pasear - Isabel María González


Augusto es un revolucionario convencido: mitin andante, despertador de conciencias, libertador de ilusos y sumisos. Ni grillos, ni moscas, ni perros se salvan de sus discursos libertarios, para todos tiene unas palabritas. Con las ovejas es muy distinto, con ellas se exalta, grita, se sale de sus casillas; tengo yo que sujetar su rabia ante las caras incrédulas y aborregadas de incredulidad de las merinas que no aceptan el genocidio de su raza, que no ven la sangre negra de sus cinceles homicidas.
Luego están las sirenas, tarea difícil, porque sus dulces cantos le confunden. Su mitin invitándolas a abandonar su sumisión y sus serviles cantos, se entrecorta por la somnolencia dulce y placentera que le induce a seguirlas. Ahí estoy yo, para salvarle de ser arrastrado a las profundidades por esas esclavas bellezas incapacitadas para la vida terrenal. Entonces un sopor dulce le mantiene en brazos de Morfeo unas cuantas horas. Cuando despierta, yo, su amigo, el dinosaurio más libre y paciente de la tierra,... todavía estoy allí.


La Autora: Isabel María González

Silencio – Héctor Ranea


Sí. Me tenté y me los traje de Europa: un par de cuervos de Siberia. Compré los huevos en una ciudad cerca de Londres, no me pregunten nada más. Podría ser Saint Albans, pero no estoy seguro, me llevaron tabicado. Elegí dos huevos: uno de macho y otro de hembra. Los traje disimulados en, claro, no me van a creer. Sí. Ahí. Cuando nacieron se hicieron amigos y al llegar a la adultez, claro, tuvieron sus encuentros.
Para la gente son horribles. Yo los amo, por eso no dejo que los vean, aunque a veces se me escapan y los ven. Ellos aman a la gente, esperan que les den algo de comida y ejecutan sus piruetas. Son realmente buenos en eso: malabarismo.
¿Que cómo hacen malabarismos los cuervos? Fácil. Vuelan a la altura de una tapia con una pelota de ping pong en las garras, la dejan caer zambulléndose en el acto, la alcanzan, la cabecean hacia arriba y vuelta a empezar. Y si se equivoca uno, ahí está la otra corrigiendo. Son asombrosos. Pero eso a la gente la asusta.
Y ahí están, con sus ojos como preguntando eternamente.
Claro, a los jotes y caranchos del barrio no les caen simpáticos porque, aunque comen sólo partes muertas o vegetales y pan, ellos los ven como competidores. De hecho, Carbunclo es del tamaño de un carancho ya y Azabache parece más una gallina negra que un cuervo. Para los jotes el color negro es señal de venganza y estos se salvan porque tienen algunas plumas canas a pesar de su juventud.
Es llamativa la pluma sobre la nariz de Azabache: roja. Nunca supe que pudieran tener plumas rojas y, aparentemente, en ninguna parte del mundo se reportan cuervos así. Puede ser que el método para determinar el sexo en el huevo haya tenido alguna consecuencia.
Yo espero que antes de tener alguna experiencia traumática con los otros animales, puedan tener su cría. Anhelo verlos criar cuervos.
Son brillantes, de color y de inteligencia. Pero la gran contra es que no saben cómo tratar a las rapaces de esta zona. Son como niños en medio de un circo, solos y sin padres. Pasará el tiempo.
Han tenido sus huevos. Los puso Azabache en casa. Con la misma cara de pregunta que siempre tiene. Por suerte, no se enfermó, pero el instinto de alimentarlos lo ha llevado a Carbunclo al límite de lo imposible, a pesar de que le he dejado comida en los lugares habituales. Azabache usó ese alimento para las crías, pero él sintió que cazar era necesario y se fue una mañana. Regresó con señales de haberse trabado en combate. Por suerte, nada grave. Pero le sirvió de lección y no ha vuelto a salir tan lejos. Ahora sabe que en el lugar donde hay alimento para él, también está el alimento para sus pichones. Increíble cómo aprendieron los dos y cómo le enseñan a los pichones. Pero, evidentemente, tienen miedo de salir con ellos.
Uno de los pichones, el primer macho en cascar el huevo, Grafito, tiene plumas rojas en el cuello. Pocas. Se notan sólo mirándolas de cerca, cosa que no podría hacer nadie más que su madre o yo. Todo el resto del mundo está fuera del alcance pues, aunque ya ha tratado de sacarme los ojos, soy la única persona que puede acercársele sin daño.
Les cuento que los pichones son cuatro. Bueno, eran cuatro. Dos murieron a los pocos días. Eran muy débiles. Azabache los quiso revivir, pero al ver que no podía, los dió, como primera comida no regurgitada, a los otros dos. Carbonilla y Grafito. Vuelan poco, dentro de casa. Me voltearon dos cuadros y un par de copas. Las copas de la tía. Se cuelgan de la lámpara y me robaron varias fotos. No sé dónde las han dejado.
Ahora no sé qué hacer con ellos dos. Porque cuando maduren ¿qué futuro tienen? De quedar preñada Carbonilla sería de su padre o de su hermano. Eso es malo. Un cuervo de incesto es un objeto de brujería, casi. Pero llegué tarde. Carbonilla, antes de que pudiera yo hacer nada, tuvo su primer huevo, único, raro, negro. Nació Flaxen, un cuervo dorado zarco. Hembra.
Yo sabía que esto podía pasar. Ahora tengo cinco cuervos, uno que parece un faisán, dos con toques bermellón. Todos croan como si fueran campanas.
La miro a Flaxen, y sé que sus ojos me recuerdan a alguien. Un ojo marrón castaña, el otro azul claro. Es la única que me mira sin preguntar. Afirma, exige.
Mientras, a Carbunclo ya no lo joden los otros pájaros. Sólo se atreven a venir al jardín algunas cotorras a comerse los higos y las ciruelas amarillas. Pero los caranchos no aparecieron más, a pesar de que con los pichones hubieran podido hacerse un festín. Ahora son todos cuervos maduros, que siguen teniendo cuervos en casa. Ya no me quedan copas de la tía. Pero estoy contento porque el croar de los cuervos me hace recordar cosas que ni siquiera sabía que recordaba.
Miro las fotos del viaje a Inglaterra. ¿Qué será de las fotos cuando me muera? ¿Qué será de mis cuervos cuando muera? Tengo que dejarlos salir y pronto deberé empezar a abrir las ventanas. Son longevos los cuervos negros, pero los multicolores no lo sé aún. Han muerto algunos rojos, demasiado pronto. El cuervo dorado parece esperar siempre algo, me mira y me desespera cuando me mira porque sé que me pide algo, pero no sé qué darle.
Un día comprendí lo que quería. Sé que puedo dejarlos ir tranquilos. Es una verdadera jefa. Me mostró una foto, la eligió de unas que habían tirado los cuervos de la tercer o cuarta camada. Era un olivo solitario en un campo de amapolas con el cielo terso y el aire transparente. Flaxen quería silencio.
Los dejé volar tranquilo. Flaxen vuelve, cada tanto. Con su ojo marrón me agradece, con el celeste, como siempre, me demuestra su tristeza. Ambos exigen, no sé qué, todavía.

El autor: Héctor Ranea

domingo, 4 de agosto de 2013

La Muerte camina al sol - Ada Inés Lerner


Habrá quien me crea, y quien no. Aclarado este punto les relataré mi encuentro con La Muerte. La encontré en una plaza de Ituzaingó frente a un damero dibujado en la pequeña mesa de piedra. Algunos juegan ajedrez otros damas, yo quiero jugar con Mi Muerte. La reconozco porque es parecida a mi. Nos une un destino de mujer. Me conmueve cierta mística, cierta creencia: ella muere un poco con cada una de nosotras.
Me siento frente a ella para conversar, si ella quiere, claro. Ella está allí atendiendo cartas y correos electrónicos: pedidos por enfermos y desahuciados. También hay algunos que quieren saber cuándo, cómo, dónde. Lee a todos con la misma dedicación, se nota que es un trabajo que la apasiona. Me repito: yo estoy despierta y viva y soy la única en este lugar que la reconoce. Se ve muy delgada y tiene esa presencia mágica que todos le otorgamos. Siempre se negó a envejecer. Desde que tengo memoria he visto que la han retratado vestida de negro, el mismo rostro enjuto y una profunda determinación Divina en el gesto.
Se dice que se la llevó un amor no correspondido en el principio de los Tiempos. Pero el Tiempo es una convención humana o ¿no? Se fue y volvió: su Superior le ha encomendado una tarea y ella parece necesitar más tiempo que la eternidad.
Hay una cierta pausa sin prisa en este encuentro fortuito. Me siento sin pedir permiso ¿qué hago yo aquí? y me doy cuenta que estoy emocionada y que mis pensamientos están desordenados y confusos. Yo también quiero sabe. Tengo derecho, tuve hijos, planté árboles y escribí libros. Quiero aprovechar esta última oportunidad que me da la vida, para conocer mejor a esta mujer. Aunque a veces creo que es un mito.
Ahora debería lograr interesarla en mis preguntas y escribir un buen cuento, aunque sea el último, que me perpetue aunque sea póstumo ¿y entonces? ¿A quién le va a interesar el reportaje a La Muerte? Por muy célebre que sea. Todo el aplomo del primer impulso se desarma en mi interior. ¿Cómo abordar a esta Muerte célebre?.
Busco apoyo en el respaldo de la silla y me enderezo un poco; me la quedo mirando seria, sin poder articular palabra. Ella sigue concentrada en lo que hace. Repite la lectura buscando vaya a saber una qué secretos. Todos los movimientos los hace con calmada precisión. ¿Es esta una intromisión de la vida en la eternidad? ¿Yo desapareceré de pronto?
Pierdo de a poco la timidez y sigo observándola casi con descaro. ¿Cómo serán los pensamientos de La Muerte? Ella me mira, sorprendida, por encima de sus papeles:
—¿Compañera? —me dice
Estoy confundida. Yo no estoy muerta. ¿Deberé decírselo? Creo que ella lo sabe. Sonríe. Me mira inquisitiva.
Ante mi silencio ella toma la delantera:
—Estoy perpleja.—dice.
Comienzo a sentir algo parecido al miedo
—Viniste por mí o por vos?
—Yo… señora … creo haber cumplido mi misión —estoy parapetada en un rincón de mí misma— y estoy enferma, ya no puedo ser útil como antes, más bien soy una carga.
—¿Me equivoco o preferís morir a bajarte del caballo? —la ironía me hace sonreír—
—Algo así…
—¿Crees ser dueña de tomar esa decisión ¿te corresponde?
—Soy dueña de mis decisiones, no me ata ninguna fe que me contradiga, doné mis órganos, dejé los papeles en orden, no le debo nada a nadie.
—¿No tenés miedo? ¿A lo desconocido? ¿Al más allá?
—No, no creo en un dios que castigue, no creo en los castigos divinos, tampoco creo merecerlos, no he sido una santa pero tampoco he hecho daño intencional a nadie. Mas bien tengo curiosidad. Quiero ver el universo desde esa visión. Lo que he visto acá... se repite desde que se escribe la historia
—Como suelen decir ¿“no hay nada nuevo bajo el sol”?
—Yo creo que sí, que hay mucho por ver, por aprender. Debe ser como un viaje espacial entre las galaxias.
En eso caigo en la cuenta sin saber por qué, mi tiempo se termina. ¿Sabe ella quién soy? ¿Será que a pesar de los muchos años que representa el personaje de La Muerte, se niega a abandonar sus ideales? No conozco su pensamiento, sólo por sus actos. Murmuro:
—¡Pero usted... está hablando conmigo!
—No le digas a nadie que me viste. No te creerían o lo que es peor sí, y quizá como yo debas afrontar la calumnia, la injuria, la infamia.
Ella mira su reloj. Mi tiempo se terminó.
—Señora, ¿qué pasará conmigo? ¿puedo verla otra vez?
—Sí, claro, voy a llegar en el momento preciso. Lo único que te diré es que hay muchas vidas y muchas muertes, habrás muerto con cada pérdida y luego renaciste y fuiste otra mujer, una y otra vez. Cada una muere como vive, no tienes nada que temer.

La Autora: Ada Inés Lerner

La dispersa mariposa de Neruda - Jesús Ademir Morales Rojas


Vuela la mariposa de Muzo en la tormenta:
todos los hilos equinocciales,
la pasta helada de las esmeraldas,
...todo vuela en el rayo…

Pablo Neruda

Muzo viajó en pos de Lecia hasta los Cús de Sapatria. Tormentas de esmeraldas aletargaban su marcha, pero el Yandos Vidara las evadía polenfragando su aliento en su refugio de estambre.
En cierta etapa de su peregrinación se encontró con Leva, quien volaba duros bajo la pasta de nube, agitada por bancos de bacterias. Leda hizo vibrar su larga vaina y los duros escaparon a las alturas. Pronto fosforecían en la densa nata, transmutados en el arrullo radiante de los microbios.
El Yandos Vidara acompañó a Leva entre las espirales de mariribeporosas, estremecidas por la llovizna ácida. Se separaron ante las murallas de Sapatria, tapizadas de gusanos y enredaderas de tobaldo.
Muzo se adentró en los Cús, recorriendo túneles de granos cristalinos. Poco después arribó al recinto del Gran Equino. Lecia yacía en sus fauces trémulas, mientras la tos azul de los clones asperjaba el ambiente penumbroso.
El momento había llegado: Muzo ofrendó esmerambres humeantes, al tiempo que entonaba las sacras stanzas: tercios de polos con voz grave que retumbaron en las húmedas membranas. Los clones temblaron tosiendo azul, en su danza inverosímil. De pronto, el Gran Equino agitó su mole grotesca y mueregreró a Lecia.
Con humilde reverencia, el Yandos Vidara tomó la preciosa vaina y abandonó el recinto, dejando tras de sí los gruñidos de los clones venerantes. Muzo desando la ruta de su peregrinación hasta que llegó de nuevo al sitio sagrado de Leva. Allí, el Yandos Vidara agitó la vaina. Cristalinos duros ascendieron con ligereza hasta el cielo infecto.
En breve, las notas que brotaron de las alturas viajaron hasta Sapatria y derrumbaron hasta el último Cú. El Gran Equino expiró con alivio y los clones tornaron a su eterna espera entre azules expectoraciones.
En su refugio de estambre, Muzo sintió la llegada de Leva, cuando polenfragraba su aliento. Al alba, Leva se hizo Lecia y siguió la ruta del Yandos Vidara por el camino del misterio. Juntos desaparecieron en la insomne sonrisa de las últimas terrestres.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

Bestiario las vegas - Luis Benjamín Román Abram


Ahora, que ya estaban pasados de moda los dragones, centauros, una princesa durmiente y otras criaturas que en su momento de gloria habían ayudado a repletar las arcas de los inversionistas, los dueños del jardín zoológico acicatearon con mucho dinero a su equipo de ingenieros genéticos y así agregaron esta vez a una sirena, a la que por comercialismo le dieron una finísima piel blanca que relucía como un espejo ante la luz. También una frente abovedada, barbilla pequeña, cabellos rojizos y ensortijados y una gran resistencia a los elementos naturales para preservar su salud. Cada vez que salía a la superficie, unos niños cantores le hacían los coros para así satisfacer a la concupiscente demanda turística. El que hubiese protestas de un sector de la sociedad al considerar a la hermosa de cola de pez como un ser humano eran desoídas por la justicia. Simplemente resolvieron que era una creación artificial y además, ni siquiera tenía la forma de una mujer. Ella, un día cambio su forma de cantar. Dejó embelesados y paralizados a todos, lo que aprovecho para dar saltos repetidos en el agua, midiendo a la perfección la fricción con esta, hasta saltar de su lagunilla al de las amables ballenas, y luego, al área de los delfines para quedar a un paso del recinto del gran reptil alado. Este hechizado por las ondas sonoras quiso extender sus alas, pero las cadenas con las que estaban sujetas lo impidieron, pero logró lanzar de su gigantesca boca, su abrazo incandescente que envolvió a la sirena, unos segundos antes de que le sonriera por su próxima libertad.

Sobre el autor: Luis Benjamín Román Abram

viernes, 2 de agosto de 2013

Una cajita - Paula Duncan



Después de demasiados entreveros con la vida, ella fue cerrando puertas, bajando cortinas y aprendió a subsistir en silencio, dejó de mirar el espejo, se fue quedando sin personajes… guardo en una caja de color violeta, con margaritas en la tapa , toda su identidad de mujer, nunca mas leyó una poesía; no volvió a usar ese encantador perfume que hacía dar vuelta a quien pasara a su lado, su mirada se opacó, y solo fue buena madre, buena ama de casa; se convirtió en alguien que siempre hacía lo correcto; no importaba cuanto de ella quedara en el camino. Dejo de ser la dueña natural de una seducción muy especial, pero aún estaba ahí; amordazada y atada; de vez en cuando pugnaba por salir, entonces corría; desde donde estaba, volvía a su casa buscaba desesperadamente la caja, volvía a esconderla, la tapaba con fuerza y ponía libros encima para que no se le ocurriera salir.
Pero nunca se puede controlar absolutamente todo y se cruzó en su vida un hombre, algo mas joven que ella muy seguro de si con un arma letal: la hacia reír.
Y ese hombre que hasta hace poco tiempo no conocía y no tenía ninguna injerencia en su cotidianidad… o si, se transformo en un ser peligroso para su vida donde primaba el deber ser; ese hombre la veía y sabía que ella no era lo que mostraba, el descubrió casi sin proponérselo a la mujer que yacía debajo de esa estructura patética de formalidad y le gustaba lo que estaba brotando ante sus ojos.
Se comenzó a sentir cada vez mas incomoda en su presencia; le parecía que el podía ver mas allá de la ropa anticuada con la que se vestía, y era cierto el sabia que debajo de ese disfraz de matrona aburrida había una mujer con la piel aun anhelante de pasión y comenzó a acercársele muy, muy despacio.
Una tarde en que se cruzaron por casualidad en la plaza e intercambiaron algunas palabras ella se descubrió en sus ojos como en un remanso donde vivía la mujer en libertad y con ansias, la cajita se había quedado vacía.
Los encuentros fueron cada vez mas frecuentes, hasta el punto en que no sabían vivir el uno sin el otro; eran dos personas que con solo mirarse podían hacer el amor sin quitarse una prenda;
Estaba decidido esa noche marcharían juntos a vivir una vida deliciosa, deberían dejar atrás todo lo que pertenecía a su vida anterior y olvidar; era la última oportunidad de ser felices.
La cita era a las diez en el bar de la estación; el llegó unos minutos antes presa de una gran ansiedad, espero; el tiempo se había convertido en un monstro enorme y pegajoso que no lo dejaba respirar. A punto ya de perder la razón, llegó un coche bajó un caballero con un paquete y se lo entrego después de preguntar su nombre; ahí quedo solo en la soledad mas absoluta; el mundo había dejado de existir
Lentamente abrió el paquete, en el había un pequeña caja violeta y una esquela, en la que ella le decía, perdón, la mujer que vos conociste no existe mas; vivía en esta cajita… adiós.


Acerca de la autora:  Paula Duncan

La fitesgomina — Carla Dulfano


Escuché en un noticiero que se inventó la fitesgomina, una sustancia que borra los recuerdos de lo acontecido en los últimos diez minutos. Yo estaba tentada de probarla en mi propio organismo. Un día tomé coraje: Compré una caja e ingerí un comprimido efervescente antes de salir de mi trabajo. Cuando recobré la memoria, diez minutos después, estaba en una comisaría, sin mi billetera. No recordaba absolutamente nada.
Un oficial me explicó que me asaltaron y que no pudo evitar que el rufián huyera. Me sirvió un café en su despacho, y comenzó a besarme. A los dos segundos recordé que era casada y a los veinte minutos me separé de su boca.
—Tengo que decirte algo —murmuré—. Soy casada.
—Y yo también tengo que decirte algo —dijo muy serio—: no soy celoso.
Nos reímos a carcajadas.
Llegué a mi casa. Mi marido tenía la cabeza detrás del diario.
—La cena no está lista —dijo.
—Sí, está lista— repliqué.
Saqué de mi bolsillo un comprimido de fitesgomina. Lo disolví en un aperitivo y se lo di. Después guardé en el botiquín el resto de la tableta. A los diez minutos, cuando recobró la memoria le serví unas salchichas con puré.
—¡Es cierto! —gritó— ¡La cena está lista! ¿Como hiciste, si acabás de llegar?
Y ocurrió un milagro: Después de veinte años, me sonrió. La última vez que le vi los dientes fue en nuestra luna de miel carioca, cuando abrió la boca para morder un choclo. Estaba tan sorprendido con las salchichas exquisitas, que al fin se despegó del diario, después de muchos años. Le quedaron unas letras marcadas en la frente.
Me sentía culpable por haber besado a Lalo. Así que fui al botiquín, agarré la tableta de fitesgominas y saqué una. La disolví en el café de mi marido. Después le conté todo lo que pasó con el oficial, y lo del beso.
—Igual en diez minutos no vas a recordar nada —le dije—. Pero me moría de culpa si no te lo decía.
Al día siguiente tomé una decisión: Ingeriría un comprimido y seguiría el romance con Lalo. Total después yo no recordaría nada, y entonces no sentiría culpa. Además no tendría que mentirle a mi marido, ya que para mi mente todo eso no habría ocurrido.
Tomé la fitesgomina, y a los diez minutos aparecí en la comisaría. Lalo estaba esposado. Mi marido prestaba declaración a una inspectora.
—¿Por qué estoy aca? —pregunté.
—Perdiste la memoria —contestó mi marido—. Un oficial aprovechó para usar tus tarjetas de crédito. Y parece que no fue la única vez.
—¿Lalo?
—Sí, creo que se llama así —dije con un leve sollozo ahogante.
—Esta bien, está bien —dijo mi esposo—, ya pasó; tomá este vaso de agua.
Yo estaba decepcionada. Al final Lalo había resultado un rufián, y seguramente fue él quien me robó la billetera la primera vez que tomé fitesgomina. Qué lástima.
Cuando llegamos a casa, mi marido dijo:
—¿Recordás algo de lo que pasó en la comisaría recién?
—No.
—¿Nada que me hubiera dicho o hecho la inspectora, o yo a ella...? —me preguntó limpiándose una mancha de lápiz labial en su cuello.
—No —contesté—. ¿Y vos recordás algo que yo te hubiera dicho la noche que te di las salchichas con puré?
—No, en absoluto.
Después de la cena nos fuimos a dormir. Me dolía mucho la cabeza y busqué una aspirina en el botiquín. Encontré la tira de fitesgominas, estaba dispuesta a tirarlas a la basura.
—Qué raro —pensé—. Hubiera jurado que había una más…

La Autora: Carla Dulfano

Elegía de las islas – Mónica Ortelli


Días de ocio en una eternidad de no hacer demasiado. A cadencia de remos, velas arriadas, surcas mi archipiélago de penas. No me ves y te observo: rondas cauteloso, te arriesgas dentro de mis aguas; tal vez te atrajo mi olor, pero no has oído mi canto. Patrón absoluto de tu barco, rezumas talento natural para el ritual que a mí me pierde; presiento de sólo mirarte poder amar para siempre.
En la orilla donde habita la razón, allá lejos, el humo azul me advierte, sin embargo: éste es sólo tiempo de festejos y vas a lastimarme. Pero estoy en otra orilla, aún hay rescoldos mi corazón, y la adivinación puede estar equivocada. Por eso cometo el desatino, reniego de mis promesas y, egoísta, oculto lo que te alejaría. Cuando el viento cálido levanta, desenredo las algas de mi pelo, del agua emerjo transformada. Con muslos vertiginosos, soy toda mujer ofrendada a tus ganas y estás tan obnubilado que no ves el rastro de escamas en la playa, el juego del cortejo como trampa.
Así, sucumbimos interés y deseo, la pasión recorriendo geografía de islas y de cuerpos. Frenesí contra frenesí dices quererme y como en las tempestades navegamos a la capa durante el largo tiempo en el que crece mi esperanza. Para ser la mujer del resto de tus días debes pedirme, sincero, partir contigo y se cumplirá mi anhelo: ser amada para permanecer dichosamente humana.
Hablas de irte, -ha llegado otra vez la hora de blandir espadas y tus hombres te reclaman-, pero no pronuncias las palabras, sólo prometes algún día regresar a buscarme.
Profunda herida con lamento silencioso restañada. El mar diluye mi llanto más salado, el presagio del humo fue certero; yo la equivocada. No eres quien me alejará de las islas, sino otro condenado.
Te despido y partes. La culpa quema mis entrañas mientras miro la niebla segadora que te alcanza. Pronto vuelvo a ser quien era y mi cauda me sumerge en lo profundo, donde duele el gesto azorado de tu cara, la certidumbre de saber qué hice. Triste paisaje te acompaña, barcos naufragados, túmulos de mis amantes. Y retorno a mi ocio de ninfa, mientras otro cuerpo en el abismo se deshila.


Tomado del blog Ni vara ni cuchillo
Sobre la autora:  Mónica Ortelli