miércoles, 18 de enero de 2012

Experiencia china - Diana Sánchez


La cita era a las tres. Él mismo abrió la puerta. Parecía nervioso. Impaciente.
Subimos la escalera sin hablarnos. Entraba una luz tenue a través de la puerta entreabierta que daba a la terraza. Me indicó con un gesto que me sacara la ropa. Enseguida, que me sentara frente a él. Accedí en silencio.
La música apenas audible palpitaba en la pequeña sala. El sahumerio proyectaba perfumes misteriosos. Una mezcla de mirra y de sándalo.
El chino tomó un papel de seda y haciéndole un agujero en el medio lo acercó a mi rostro. Después, me indicó que bajara la cabeza hasta hundirla en un hueco acolchado y pequeño como mi cara.
Las piernas entreabiertas a cada lado de una especie de banquillo, los brazos flojos rodeando la cintura.
Cuando puso las manos sobre mi cuello, me sobresalté.  Las manos del chino empezaron a recorrer desde la cabeza, los hombros, los brazos hasta la cintura.
Las manos del chino se detuvieron ante mi súplica en el centro de mi espalda.  Fue una tregua.
Entonces aproveché. Tomé la ropa y corrí escaleras abajo. El chino corrió detrás de mí hasta adelantarse. Mi miró perplejo.
Yo me detuve frente a la puerta y le dije: —Le ruego me disculpe.
—Está bien, señola —contestó el chino—. Me debe cualenta pesos.
Pagué y me fui.
Cuando alcancé la calle sonreí. A medida que avanzaba, empecé a reír. Subí por el ascensor a las carcajadas.
Mi marido se sorprendió cuando esa noche, lo convidé con Sake.


Acerca de la autora:

La llaga – José Antonio Parisi


Dormían en el magro colchón. Los pies aglomerados asomaban por debajo de la cobija. Ellos dormían desnudos, con la placidez del amor bien hecho.
Aquella mañana el hombre iba a llevar la tropilla al remate, y ella le jugaba una alegría que, una vez más, a él le pareció un poco tonta. Ya no montaba de un envión al picazo malacara, ahora estribaba y desde arriba  le ordenó a Joaquín:
—¡Apurate, muchacho! ¡Largalos, nomás! —Y por la alameda fue sacando la media docena de alazanes, boleaba el rebenque y cruzaba algún chiflido. Según su costumbre, se inclinó sobre el pescuezo y abrió la tranquera. Pronto alcanzó el Camino Real, y un poco al tranco un poco al trote, los arreaba con destino a la feria de Navarro. En cuatro o cinco días volvería a Mercedes, traería la plata suficiente como para pasar tranquilo con ella el invierno que venía. Tuvo suerte, no hubo necesidad de llegar a Navarro y menos de aguantar el azar del remate. En el trayecto, un puestero le hizo saber que a su patrón podría interesarle la caballada. Se trataba de una buena persona, que lo llevó a comer el churrasco con su gente y rápido cerraron trato. Pegó la vuelta antes de lo previsto.
Se encorvó sobre el picazo y abrió la tranquera. Al enderezarse, el sol encendido del atardecer se le clavó en los ojos y lo encegueció por un momento. El aire portaba el zureo de las palomas. La hojarasca de los álamos empedraba el camino a la casa y, palpando el rollito de los billetes, él volvía contento. Pero al desmontar la encontró vacía. Receloso fue al galpón. Listones de sol entraban por los agujeros de las chapas atacadas por el óxido. Su cara descarnada, ida en pliegues, se endureció al ver entreabierta la puerta del cuartito de Joaquín. Y ellos dormían. Descolocado en su ánimo volvió al patio, la sombra del molino se le tumbaba en los pies. Un impulso le hizo echar la mano áspera y huesuda al cuchillo, y se convino: así como el caballo hace al jinete ellos harían al criminal. Entró de nuevo, la mujer advirtió el movimiento y se sentó en el colchón. Se cubrió los pechos con la manta y quedó inmóvil en posición de estatua, la mirada altiva ni siquiera el rostro pálido de la sorpresa. Y él dobló la frente.
Así son las cosas. Lo supe desde el principio, aunque me empeñé en desconocerlo acaso confiado en una magia cruel.
Se acuclilló en el patio, las manos juntas entre las rodillas. Alzó la vista y a su frente, irónica, la enorme llaga abierta en el tronco del paraíso. Ínfimo y desgraciado en el espíritu montó y se largó de la casa, como quien huye.
Vivió conforme a su antigua vida errante, la de antes de afincarse con ella. A campo traviesa, un rencor helado en fantasma de mujer le galopaba a la par. Y en las noches, el olor a pasto exacerbado por el rocío, le traía todo y con más fuerza. Siempre, hasta que encontró el fin de su historia.

El autor: José Antonio Parisi

lunes, 16 de enero de 2012

La sentencia - Javier López


El juez Suárez, que se imponía con su formidable corpachón enfundado en una toga negra, comenzó la lectura de la sentencia. La sala se sumió en un sepulcral silencio, roto únicamente por su voz grave, magnificada por un micrófono saturado de eco y por la acústica del recinto.
—Por los horribles crímenes cometidos, en los que hizo gala de una monstruosa frialdad para concebirlos y ejecutarlos y de una absoluta falta de piedad para con las víctimas, y en uso del poder que me concede este Tribunal, solicito para el acusado la máxima pena que contempla nuestro Código de Enjuiciamiento Criminal: treinta años de reclusión mayor sin posibilidad de reducción de la condena. Antes de que se haga firme esta sentencia —prosiguió—, doy al acusado una última oportunidad para mostrar su arrepentimiento público por los execrables hechos aquí juzgados.
Poniéndose en pie con una parsimonia casi provocadora y acercándose a su micrófono con la misma calma chulesca, el sicario manifestó:
—No he venido aquí para discutir con usted. Pero ¿cómo puede enviarme a prisión, cuando lo que acaba de hacer ante esta Sala es describir una brillante trayectoria profesional?

Acerca del autor:
Javier López

Los muertos no hablan - Xavier Blanco


La lluvia continuaba tamborileando la techumbre. Las gotas resbalaban por los cristales opacos, semejando lágrimas, lloros cansados. La muchedumbre comprimía la estancia -un espacio diminuto y descarnado-. La humedad impregnaba, carcomía los huesos; el aire pastoso, mefítico, convertía el aposento en un hontanar. Siempre la lluvia, la maldita lluvia que no respeta ni a los muertos. La luz de la noche encumbraba el féretro, y aquella tez pálida cortada por una sonrisa irónica presidía la sala, como si se tratara de un tótem, de un árbol sagrado. María, ataviada con su máscara de pena, disfrazada de negro azabache observaba: no hay peor muerte que el mutismo del velatorio, peor martirio que la melodía fúnebre que canturrea un coro de plañideras cercando el ataúd. En ese instante, cuando el silencio de la expiración desgarraba sus tímpanos, sin razón aparente, como si las campanas de la iglesia hubieran tocado a retirada, la gente, los amigos, los familiares, empezaron a desfilar marcialmente. Se fueron despidiendo, uno detrás de otro, en fila, ordenados. Ella, como si fuera una enseña, una triste bandera, sentía sus abrazos sudorosos, sus resuellos fétidos, sus pésames cansinos.

Ya sola, miró la luna, insignificante, acuchillada por la lluvia, suspendida en ese cielo desabrigado de estrellas. Cerró la puerta y abrió su alma, desbordada de lamentos. Contempló por última vez el sarcófago, el cuerpo de su marido amortajado, su mirada pétrea. Su sombra, obligada por la luz alicaída de la vela, se reflejaba en el techo desconchado, raído por el tiempo, y fragmentada en mil pedazos eclipsaba su cuerpo diminuto. Tragó saliva invadida por el miedo. Cansada, asediada por la vida, se dejó caer en el escaño, fue capaz de mirarlo otra vez, la última. Creyó escuchar su voz, se estremeció al pensar que podía ser un sueño, una pesadilla, que la puerta se volvería a abrir y él, esbozando una sonrisa macabra, traspasaría el umbral. Se quedó sin aliento, se asfixiaba, su boca garabateó una sonrisa, tantos años sin respirar que su cuerpo se había acostumbrado a vivir sin aire: los muertos no hablan, no gritan, ni siquiera maltratan, pensó. Los muertos están muertos, no son nada, sólo pasto de gusanos, recuerdo de beatas. “Con la cuchara que escojas comerás”, le dijo su madre días antes de casarse, cuántas veces recordó aquella sentencia, treinta años comiendo sobras, ayunando felicidad. Miró la garrafa de aguardiente, solitaria encima de la mesa, llena de veneno, de ese bebedizo que había finiquitado la vida de su marido, que había lacerado la suya durante treinta años. Poco para toda una vida.

Se quitó la máscara, se despojó de esas ropas enlutadas, se hubiera quitado la dermis si hubiera podido; dispuso la maleta sobre la cama, que rellenó con cuatro trapos y un par de zapatos. Cerró la puerta con fuerza. La muerte llega en un relámpago, en un instante, pero la vida es eterna, comienza cada día. Si te dan a elegir entre la vida y la muerte, por aciaga que sea, uno prefiere vivir, y al final aprendes que la muerte es solo eso, una tomadura de pelo.


Tomado del blog: Caleidoscopio

sábado, 14 de enero de 2012

El esfuerzo de Minerva - Ricardo Giorno


Parapetado detrás de las cortinas, Jorge se ratoneaba disfrutando del esfuerzo de Minerva.
Minerva había pasado de su silla de ruedas al piso. Y desde allí, arrastrándose, alcanzó la cama. No le fue fácil sortear semejante precipicio. Mejor: cuanto más difícil, cuanto más sacrificio de la mina, mayor goce recibía él.Agitada, boca arriba, respirando el perfume barato de las sábanas, Minerva se sacó pollera y tanga en un solo movimiento. Tarea sencilla para alguien que por piernas sólo lleva muñones.Rotando, llegó a la cabecera. La fuerza de sus brazos le permitió sentarse, y se apoyó contra el respaldo. Pausadamente, como a él le gustaba —¿Dónde estará escondido ahora?—, se desabotonó la blusa y la arrojó a un costado.Antes de quitarse el corpiño, se acarició los pechos.
—Lo único bueno en mí —dijo, al aire—. ¿Te gustan, papito? Y Minerva se quedó ahí sentada, a la espera, tocándose para mantener el calor. Tocándose y pensando en él, en complacerlo a cualquier costo.Sonriendo, Jorge salió de detrás del cortinado y se tendió en la cama.Ella fue desvistiéndolo. Sintió las gotas de sudor bajándole por la espalda desnuda. Pero al fin lo consiguió. Lo consiguió despacio y con esfuerzo, tal como él le pedía siempre, sin olvidarse de mantenerle la erección con ocasionales jugueteos de los labios y la lengua.En el bolsillo trasero de los pantalones de él encontró las esposas.Mansamente, Jorge se entregó: llevó las manos atrás para que lo esposara al respaldo.Y Minerva lo hizo.Bien, había tomado el control. Un control con muchas reglas, sí, pero control al fin.Se montó en él. Y lento, muy lento, comenzó con la rutina de su deleite.
—Decímelo de nuevo, Jorge.
—¿Qué? —él dio una pitada y le tiró el humo en la cara y se quedó mirándola.
—Eso de que cómo me ves.
—¿Que cómo te veo? Bárbara te veo. Me gustás.
—No, no. Eso de que soy igual a vos.
—Y sí: te veo igual a mí.
Le puso la pollera y la tanga y la cargó hasta la silla de ruedas.
—Aparte de que vos sos mujer y yo hombre, no encuentro otra diferencia.Le alcanzó corpiño y blusa.
—Pero yo no puedo vernos así, Jorge —ella la emprendió a puñetazos contra los muñones—. ¡Por más que quiera, no puedo!
—Es que no te estás esforzando, che —él agarró la silla de ruedas por los manillares—. Poné actitud, ¿querés? Tenés que enfocar el asunto desde otra perspectiva.
—¿Otra… perspectiva?
—¿Ves? Ahí está tu problema. Sos dubitativa, Minerva. No vas a fondo, hasta las últimas consecuencias no vas.
Saludaron al conserje antes de entrar a la cochera.
—¿Vos creés, Jorge?
—Mirá, Minerva, yo te tengo mucha confianza. Tratá por cualquier medio. Pero esforzate, nena.
—Otra perspectiva. Hummm… Cualquier método, decís. ¡Voy a probar!
—¡Bien, así me gusta! A propósito, che: ando medio escaso de efectivo. ¿Me podés tirar algo?
—Sí. En la guantera hay guita. La puse para vos.
—Esa es mi chica.
Caminando por Artigas hacia Juan B. Justo, Jorge atendió el llamado Minerva.—Hola, mamita. Acá estoy, caminando. Sí, sí, caminando: voy a ver un laburo —mintió—, a ver si esta vez la pego, ¿sabés? ¿Qué? ¿Cómo? ¡Me estás jodiendo! ¿En serio que tu viejo te regaló una casa? ¡Y qué carajo me importa si es pasillo al fondo! Claro que voy a ir. Y más si estás preparada. ¿Muy preparada, estás? ¿Hay lugar para esconderme, la cama es bien alta? Bueno, bueno, dame la dirección.
Mansamente, Jorge llevó las manos atrás para que lo esposara al respaldo.Y Minerva así lo hizo. Es más, sacó debajo de la almohada un nuevo par de esposas, y le sujetó también los pies.
—¿Sabés mi amor? —dijo ella mientras se tocaba, frenética, como nunca Jorge la había visto—. Estuve pensando mucho en lo que me dijiste.
—¿En lo que te dije? ¿Y yo qué te dije? —Jorge tensó las piernas—. Che, el amigo se está durmiendo. Dejemos la charla para después.Ella sólo sonrió.Abrió el cajón de la mesita de luz y sacó una libreta, una tiza y un metro de modista. También sacó unas tiras extrañas, de lienzo, y dos cortas varillas de maderas —¿Qué hacés, loca?
Sin hacerle caso, Minerva leyó algo en la libreta. Midió con el metro. Y le marcó con la tiza en las dos piernas.Enrolló los lienzos justo antes de las marcas. Entre la piel y la tela pasó las varillas de maderas, y retorció con ellas los lienzos.
—Che, dejate de joder, ¿qué estás haciendo? Minerva, boca abajo, buscó debajo de la cama.
—¡Loca de mierda, pará! —Jorge vio la sierra de cadena y forcejeó para desasirse— ¡No me estoy riendo, pelotuda!Sin hablar, Minerva ajustó un poco más los torniquetes. Ante los gritos de él, de la repisa arriba de la cabecera sacó una pelota de tenis y cinta de embalar. Una vez silenciado Jorge, ella arrancó la sierra.Cuando todo estuvo consumado, se abrazó a un desfalleciente Jorge.
—¡Ahora sí, mi amor! —dijo ella—. Cuánta razón tenías. ¡Por fin puedo vernos iguales!

Mis allegados - Rafael Blanco Vázquez


Por un lado está Juan Luis, que se pasa el día follando. Es un tipo de los que a mí me gustan, errático, simpático y carismático. Pero cometí el error de presentarle a mi madre. Se la folló inmediatamente. En fin, no se lo tengo en cuenta, sobre todo porque mi madre andaba más bien necesitada, con la cosa de la menopausia.Luego está Silvia, que también arrambla con todo, venga a follar. Es una tía como a mí me gusta, discreta pero sin bragas, o al revés. Y bueno, también cometí el error de presentarle a mi padre, si es que no aprendo. Eso sí, a ella sí se lo tengo en cuenta, que mi padre es un tipo sensible y desde entonces se pasa el día llorando por las esquinas.Y mira que me lo veía venir. Mi padre se pasea desnudo por la casa, de modo que Silvia, nada más entrar y verle la churra, no se pudo resistir y se la metió en la boca (hay que decir que la churra de mi padre está para comérsela). En cuanto vi que el muy inconsciente le abría las patas a la muy guarra, se lo dije:
—Papá, ni se te ocurra metérselo que te conozco.
—Metérsela, niño, se dice metérsela.
—¿Que no me puedo referir al cipote?
—Cállate ya, coño. Mira y aprende.
Y la verdad es que no se manejó nada mal. Con ritmo, con paciencia, con mucha sabiduría. Pero yo no podía dejar de pensar en las consecuencias. Que es que la gente lo ve todo muy fácil, sobre todo estos amigos errabundos que me han tocado en suerte:
—Errar sin objetivos, chaval, ésa es la sal de la vida –le gusta repetirme a Juan Luis.
—Con el coño en bandolera –es el lema de Silvia.
Y a mí me parece muy bien todo eso del errar sin objetivos. Pero luego el que tiene que apechugar y tragarse los llantos de mi padre soy yo. ¿Acaso está ahí Silvia para limpiarle los mocos? ¿Acaso está ahí Juan Luis para decirle venga, machote, ahora te presento yo a otra amiga con el chumino bien jugosito? No. Silvia y Juan Luis están por ahí comiendo pelo sin reparar en daños mortales.Estamos solos en esta vida, es un hecho. ¿Quién me comprende a mí? ¿Quién me ayuda a mí? Mis hermanas desde luego que no, que también son más guarras que la Potota. Y mis padres ni te cuento. A mi madre, por ejemplo, le ha dado por referirles a sus amigas durante el té de las cinco que tengo un amigo con una polla que ya quisiera yo. Y es lo que yo le digo:
—Mamá, por Dios, que yo tampoco lo tengo tan chico. Lo único que pasa es que soy tímido.
—Tan chica, niño, se dice tan chica.
—¿Que no me puedo referir al pirindolo?
—Ay, hijas, de verdad –les dice a sus amigas haciendo una mueca de disgusto–, qué porquería de hijo me ha dado el Señor.
Y yo hago como si nada porque sé que no lo dice con mala intención y que en el fondo me quiere. Como mi padre, cuando lo estoy consolando y le dan esos ataques de ira y me hincha la cara a hostias. El pobre no lo hace con maldad, es que la Silvia es una pécora que no se da cuenta de las cosas.
Yo no sé por qué les cuento todo esto, pero me estoy desahogando y eso es importante. Por cierto, me llamo Antonio y tengo 37 años. Podría llamarme Emilio y tener 42, pero no, esa angustia ya la he superado. La gente dice que soy feúcho, aunque yo me miro al espejo y me veo guapote. No sé. ¿Tienen razón ellos? ¿Tengo razón yo? ¿Tiene alguien razón en esta vida que nos ha tocado vivir? ¿Tiene algún sentido la palabra razón en este mundo de pollas tiesas y coños húmedos, todo el día pimpán dale que te pego toma que toma triqui triqui chof chof? Juan Luis siempre me dice que si sigo siendo tan tímido nunca dejaré de tenerla pequeña. ¿Pero cómo se lucha contra la timidez? ¿Podría él volverse tímido? En fin, qué se le va a hacer. Las cosas son lo que son y no hay más. Así que nada. Mi madre seguirá lamentándose por no tener un hijo como Dios manda, mi padre seguirá con su sensibilidad a flor de piel, Silvia y Juan Luis seguirán follando sin discriminaciones y yo seguiré con esta idea que se me ha metido en la cabeza de leerme todos los buenos libros que existen. Sabiendo que moriré en el intento.


Acerca del autor:
Rafael Blanco Vázquez

jueves, 12 de enero de 2012

El mundo se está quedando sin palabras - Francisco Costantini


El poeta camina hacia el café. Es un hombre frustrado, pero antes que nada se siente poeta, y eso aumenta su frustración. No le importan tanto sus desamores, su ruina económica ni el mundo que lo rodea. O quizás, el mundo, sí. Nadie lo entiende, o cuando lo hacen, siempre le reprochan lo mismo: su falta de originalidad. Si escribe como piensa que debe hacerlo, no lo comprenden, no oyen esa voz que brota de sus entrañas. Si escribe como los otros quieren, es para repetir lo ya dicho, lo ya sabido. El mundo se está quedando sin palabras, reflexiona mientras elige dónde sentarse. Un mundo sin palabras es como el infierno, concluye.
El café está lleno, tal como se lo imaginaba anoche cuando comenzó a planear todo. Palpa en su cintura el revólver y después extrae de un bolsillo una hoja plegada, sus últimos versos. Se pondrá de pie, los leerá en voz alta y, ante el asombro del público (porque será su público en ese instante) se disparará en el pecho, y así habrá consumado su última obra, la más original y la que todos comprenderán.
Siente la boca seca, está nervioso. Recuerda aquella tarde, hace quince años, cuando leyó en la biblioteca municipal sus primeros versos. La misma sensación. Despliega la hoja y recorre los versos del poema. Es breve, no tardará demasiado. Ya está por pararse cuando escucha un vozarrón estridente a sus espaldas. Gira, en la silla, y ve un sujeto de su misma edad y apariencia similar que recita de memoria unos versos que le ponen la piel de gallina, y que tanto se parecen a los que esperan en su papel. Luego el sujeto saca un revólver y se dispara en la sien, ante el asombro de todos.
Se escuchan gritos, el llanto de una niña, alguien que corre, y el poeta sólo atina a releer su poema. Finalmente hace un bollo con la hoja y la deja caer a su lado. Ya no podrá hacerlo. Nunca hará nada, nada nuevo. Hoy, ni siquiera tomar un cortado en ese estúpido café, de esa estúpida ciudad.


Tomado de: Friccionario

El autor: Francisco Costantini

De visita - Jaime Arturo Martínez Salgado


A las 8:10 a.m., Tzukiko caminó por el tanami y salió al jardín. Estaba vestida con un kimono rojo con estampados blancos. Su peinado, arduamente preparado indicada una fecha muy especial. Durante el día anterior, ella y sus hermanas habían aseado y aderezado la casa, desde el guardazapatos hasta la terraza interior, frente al jardín. Esa mañana su familia recibiría a Kentaro, el joven que había conocido el fin de año pasado y con quien se desposaría el próximo once de noviembre, número de suerte para los recién casados. Kentaro vendría a la ciudad en el primer vuelo de esa mañana, de modo que cuando ella escuchó el sonido del avión, sonrió y su corazón latió acelerado, eran las 8:12 a.m. Dos minutos más tarde sintió como si el sol se hubiera estrellado contra la ciudad. Ella y su quimono se esfumaron. El “ Enola Gay”, acababa de visitar el cielo de Hiroshima


El autor: Jaime Arturo Martínez Salgado

martes, 10 de enero de 2012

Viaje sin regreso – Sergio Gaut vel Hartman


Rafael Antúnez garabatea mientras piensa en su novia astronauta, a la que no volverá a ver a menos que se frice para esperar el regreso de su viaje a OGLE-2005-BLG-390Lb, el planeta que los expedicionarios, democráticamente (y haciendo gala de una originalidad digna de mejores propósitos), denominaron Terrabis. Rafael garabatea corazones, el nombre de la muchacha, el número de años que estarán separados, el costo del proceso de frizado. No es fácil olvidar que las cifras han gobernado la vida de las personas y que eso no cambia aunque sea posible viajar a las estrellas. Y en eso sigue Rafael hasta que el vozarrón de Eusebio Puertas lo saca de sus cavilaciones.
—No es la única mujer. Yo no gastaría esa suma para esperarla.
Rafael levanta la vista y clava la mirada en los ojos acuosos y crueles de Eusebio.
—Sé que no es la única, pero es la que quiero. Morir sabiendo que ella aún es joven no es algo que me llene de felicidad.
—No me gusta ser pájaro de mal agüero, pero ella podría morir en Terrabis; nadie sabe lo que encontrarán en ese mundo. ¿Y si la expedición regresa sin Balbina? —Eusebio hace una pausa efectista y se prepara como si estuviera a punto de dirigirse al público que aguarda sus palabras—. Me imagino al capitán diciendo: “La expedición ha sido un éxito, pero lamentablemente no regresamos todos los que partimos”.
—¿Diría eso? Podría dejarlo para más adelante.
—Ingenuo cagatintas de provincia. ¿Por qué habría de dejarlo para más adelante? Mejor empezar con las malas noticias y luego dar las buenas.
—¿Por qué moriría justo ella? ¿No puede morir el nigeriano?
—¿Obebe Nokocha? ¡Por favor! Ese no se muere ni con una bala entre ceja y ceja.
—¿Irene Holkberg-Nisenthal?
—Esa no puede morir porque ya está muerta. —La sonora risa de Eusebio retumba en las paredes y parece dispuesta a viajar hasta Terrabis sin necesidad de usar una nave como la “Plus Ultra”.
—No entiendo tu propósito. ¿Se supone que debería hacer lo que te place y no lo que yo deseo hacer?
Eusebio de encoge de hombros. —Solo quiero evitarte una frustración —dice.
—Las frustraciones no se evitan; uno es atropellado por los hechos, en todo caso.
—¿Cuánto te falta? —dice Eusebio virando ciento ochenta grados.
—¿Estás hablando en serio?
—El dinero es lo único serio que hay en mi vida. ¿Cuánto? Antes de que me arrepienta.
Rafael escribe la cifra, porque no se atreve a pronunciarla en voz alta. Eusebio silba, pero saca la chequera.

Apenas dos años más tarde, la “Plus Ultra” regresa a la Tierra. La misión ha sido abortada porque una nave equipada con el nuevo sistema desarrollado por un equipo de geniales ingenieros uzbekos, el impulsor Klimov-Ivanchuk, permitirá llegar a OGLE-2005-BLG-390Lb o Terrabis, en una décima parte del tiempo original. Balbina Argüello descubre que Rafael Antúnez se ha frizado y que no puede ser desfrizado hasta dentro de doscientos setenta y siete años. Decepcionada, embarca en la “Bliskavska”, y llega a Terrabis en once años objetivos. Durante el viaje, ella y Eusebio Puertas, que decidió embarcarse por razones que no conocemos, se enamoran y fundan una dinastía duradera. Doscientos setenta y cinco años más tarde, una chozna-6 de la pareja, viaja a la Tierra para asistir al desfrizado de Rafael Antúnez, pero lamentablemente nadie sabe dónde está la cápsula y Balbina Paredes regresa a Terrabis con el corazón arrasado por una inexplicable frustración.


De cómo se enfrió un plato de sopa - Claudio G. del Castillo


En una agradable casita del pueblo equis, en un país cualquiera de un plutoide lejano, vivía el señor Bam junto a su esposa Bim y el pequeño Bum.
Aquella mañana Bim y Bam miraban la CNN por televisión, comiendo hojuelas de maíz y sorbiendo refrescos.
–Admito, cariño –decía Bim entre sorbo y sorbo–, que esa noticia ya se torna un fastidio. Pasa lo que en nuestros seriales: cuando crees que el héroe resolvió el entuerto, el villano te sale con una podrida y vuelta a empezar; ¡venga otra temporada! O no sé… quizá me aburre porque no entiendo bien qué está sucediendo.
–Muy sencillo, querida. Ahora los terrícolas se han reunido de nuevo en esa especie de cónclave. El señor de allá, que aparenta ser el jefe y moderador, le grita “pendejo” al del arreglo peludo en la quijada, pues este ha dicho que enriquecerá el uranio por sus “santísimos cojo…”
–¿Lo ves? ¿Qué es “uranio”?, por ejemplo.
–¿Uranio?... El equivalente a lo que damos a nuestro Bum en el desayuno.
–¿Crosky´s? ¿Y qué sentido tiene enriquecer el Crosky´s?
–Sí que no entiendes nada de nada. ¿Te fijaste lo gordo, verde y fosforescente que se ha puesto Bum?
–Una preciosidad. ¿Verdad, guchurrumín de mami?... Caaacaa. En la trompa nooo…
–Eso se debe a que el Crosky´s no solo es exquisitamente radiactivo, sino que incorpora Gigatonix, el suplemento vitamínico por excelencia.
–Ah… Mal por el señor gritón entonces. ¿Qué puede haber de terrible en el Gigatonix?... Neneeé, deja de brincar que tu masa ya va siendo crítica y esta casa no resiiistee… ¿Y quién es el que ha subido a la tribuna y amenaza con el dedo a diestro y siniestro?
–Un terrícola poderoso, sin duda. Los demás le prestan suma atención cuando habla, incluso más que al gritón. Lleva meses prometiéndole al peludo que le cambiará su uranio por petróleo… Ubícate en el Mokandil plus, querida, el anticaspa que usas durante tus baños de magma.
–Hmm… No en balde el señor del dedo se ha tomado su tiempo para dar el “sí” definitivo. Y… Y esos cinco de allá; ¿qué se pasan de mano en mano con tanta parsimonia? ¡No será otro…!
–En efecto, es el documento que todos esperaban. Un acuerdo trascendental sobre el… Crosky´s y el Mokandil plus que el cónclave aprobará mañana y pondrá término a la discusión. ¡Mira, mira cómo aplauden!
–Si no hace tanto, por un papel igualito, se halaron hasta la saciedad el vello corporal superior. Típico el tópico, ya te dije. Mejor sintoniza el canal de novelas de Makemake.
–¡Ni loco! La jornada de hoy es vital para comprender la próxima sesión: ¿cuántos votarán a favor?, ¿quién se abstendrá y por qué?
–Lo siento, Bam; no habrá una “próxima”. Esta misma tarde cancelo nuestra suscripción a la CNN. ¿Qué gracia tiene pagar por noticias que nos llegan con un día de retraso? Me recuerda la final de la Hipercopa entre el Barza y el Troglodonys: uno cagándose en la tanda de penales y ellos tomando Red Bull para la resaca. ¡Dame el control remoto!
–¡Bah!, tienes razón. Pero, ¿sabes qué?, se me ha ocurrido una idea genial. Me teleportaré a la Tierra y presenciaré el desenlace del conflicto con mis propios ojos.
–Como gustes. Eso sí: te quiero aquí para el almuerzo.

Tirando - Eduardo Betas


En base a un diálogo escuchado al pasar

–Fierro. Porque al revolver se le dice fierro ¿sabías mamá?
Al pibe, las palabras le salen a borbotones mientras bailotea alrededor de la madre que tira de un carro con una inmensa saca más grande que ellos dos juntos.
-Entonces, le dice… che, gato, mirá que estoy enfierrado… y lo que le quiere decir es que tiene el revolver.
No logro escuchar si la madre le dice “claro” o “ajá”, pero lo cierto es que sigue tirando del carro en esa mañana de sábado, bajo un sol de primavera, en Wilde, sur del Gran Buenos Aires.
-Y ahí nomás pela… o sea, saca el fierro y pum, pum, pum tira a la bocha…
Y el correteo del pibe se va haciendo baile con un ritmo que se le gatilla adentro. Mientras su madre sigue tirando del carro.
-Tirando la bocha / cuidao que te quemo / que yo no soy un gil… Como papá ¿te acordás cuando papá hacía quilombo?
-Sí -le responde la madre bajo ese sol que cae sobre el asfalto cuarteado de la calle de Wilde. Mientras, sigue tirando del carro…
-Papá se la rebancaba ¿no es cierto, mamá? Sacaba el fierro y empezaba pum, pum, pum…
De golpe el pibe se queda callado. Como si hubiese visto algo inesperado, nuevo, un billete de cien pesos en el piso. Detiene entonces su bailoteo y pregunta…
-¿Mamá?
La madre también se detiene. Baja la manija del carro y aprovecha para descansar…
-¿Qué, hijo?
-No, nada, nada… una boludez -dice el pibe y retoma el bailoteo- Papá era un capo tirando ¿no es cierto, vieja?
Pero no logro escuchar la respuesta de la mujer que sigue tirando del carro.

Con autorización del autor, extraído de http://palabrar.com.ar/

domingo, 8 de enero de 2012

Dentro y fuera del tiempo - Rafael Blanco Vázquez


Había una vez dos hermanas que vivían juntas.
Una tenía perro, la otra gata.
Ambas tenían un amigo que solía ir a visitarlas.
El amigo no tenía perro, ni gato, ni plantas, ni novia.
Aquel día la gata, de natural arisco y antisocial, se acercó hasta él gimiendo. Por primera vez dejó que la acariciase. Estaba como angustiada.
—¿Qué le pasa a ésta?
—Está en celo, la pobre. No para de sollozar.
Aquello lo afligió. Agarró a la gata y le acarició la panza.
—¿Por qué no la castráis?
—Si lo que queremos es que se la follen de una vez.
Y la gata se subió a los tejados a gritar. Era desgarrador.
El perro era dócil y algo pánfilo. Un perro madrero. Nunca se había interesado por el sexo.
El amigo lo llamó, pero el perro ni se inmutó.
—¿Qué le pasa a éste?
—¿Que no te lo he dicho? Se ha quedado sordo.
—¿Perdón?
—Me lo dijo el veterinario el otro día. Cosas de la edad.
—Ojú.
—A veces me busca y no oye que estoy en la ducha y se pone a llorar desconsolado.
Él le acarició con gesto triste las orejas al perro, que lo miraba con sus ojos ausentes.
Las hermanas se fueron un segundo a sus habitaciones. Él se quedó en el salón, pensativo.
Al rato fue a ver a una de ellas, que estaba algo mustia.
—¿Y a ti qué te pasa?
—Que estoy con la autoestima por los suelos.
—¿Y eso por qué?
—Un tipo con el que andaba yaciendo, que me ha llamado para decirme que no quiere seguir.
—Te jodes.
—Serás cabrón.
—La vida es muy dura.
—Dame un abrazo.
—Te voy a dar un pijote. Qué desastre de casa, estáis todos para el arrastre.
—La verdad es que sí. Mi hermana está fatal de la espalda.
—Voy a verla.
—Bonita tú. Que me he enterado de que te duele la espaldita.
—Pues sí, de tanto trabajar.
—Hártate de mierda.
—Serás becerro.
—De mierda pura, de mierda verde, de mierda con moscas.
Volvieron los tres al salón. La gata bajó de los tejados. No paraba de maullar. El perro le puso el hocico en el culo y ella se abrió de patas, complaciente.
Una de las hermanas se sentó al piano y tocó un poco de jazz. El amigo se puso a cantar. La otra hermana bailaba que daba gusto.
Compartieron unos whiskies y se prepararon para ir de fiesta.
Antes de salir él corrió al cuarto de baño. Desde hacía tiempo tenía problemas de flema. Se le subían grumos de moco como milanesas de ternera.
Estaba inclinado sobre el lavabo cuando oyó a las dos hermanas:
—Qué asco de tío, coño. ¿No podrías hacer menos ruido?


Acerca del autor:
Rafael Blanco Vázquez

Un poco más duradero – Sergio Gaut vel Hartman


—Me dijo un colega que usted tiene la costumbre de tomar párrafos de sus propios cuentos para convertirlos en microficciones.
—No voy a repetirme —dije mirando al personaje con cara de loco—. Si no puedo escribir algo original prefiero dejar las páginas en blanco.
—Pero no solo se plagia —se defendió atacando el personaje—: también asesina.
—Asesinar es una porquería, lo admito, pero no creas que me vas a abochornar planteándome situaciones paradojales. No puedo asesinar a un personaje de ficción porque, por principio, únicamente existe en el plano ficcional.
Bajó la cabeza y empezó a manosear el sombrero como había visto hacer a un personaje abrumado por la culpa en una película sueca.
—Me gustaría que no lo volviera a hacer —musitó finalmente. El tiempo empezó a deslizarse con parsimonia entre los intersticios de la realidad, y aunque no llovía, vi que el pobre personaje estaba escandalosamente mojado; temí que se pescara una pulmonía, por lo que me sentí responsable de su suerte y lejos de ensañarme con él empecé a pensar el modo de incluirlo en alguna ficción decente, ya fuera dramática o divertida. Pero no tardé en advertir que no alcanzaba, que solo urdía una trama para zafar; para cumplir con un mandato secreto y que a la primera de cambio volvería a hacerle lo mismo que les hago a todos.
—No me quiero calentar —le dije—. No quiero cometer el mismo error de siempre para luego recibir muestras de desaprobación del sindicato que los nuclea.
—¡Sí! —exclamó envalentonado—. Le vamos a hacer un paro general por tiempo indeterminado si no accede a nuestros pedidos.
—¿Pedidos? ¿Qué pedidos tenés que hacer, compadrito? ¿Acaso no sabés que tu existencia depende de mi humor?
Ahí el personaje reculó. —Perdone —balbuceó—. No quise ofenderlo.
—¿Ofenderme? No hay nada que un personaje pueda decir que me ofenda. ¿Y sabés por qué? Porque tengo la sartén por el mango. Porque yo soy el autor, el dueño y señor de lo que escribo. Y vos, en cambio, pobre criatura desvalida e inútil, sos un personaje sin nombre cuya efímera vida termina con este…
—¡No! No lo haga de nuevo —sollozó—. No ponga el punto final.
—¿Y escribir eternamente el mismo texto? ¡Ni lo sueñes!
—Puede darme una oportunidad. Hágame astronauta, mándeme a Alfa Centauro, donde encuentro un planeta habitado por los bellos lepideños, unas grandes libélulas inteligentes que construyeron una civilización exquisita…
—De acuerdo —dije, más que nada para sacármelo de encima—. Serás el astronauta Carter Raymond, irás al cuarto planeta de Alfa Centauro donde encontrarás un planeta habitado por los bellos lepideños, unas grandes libélulas inteligentes que construyeron una civilización exquisita…
Él se fue feliz, imaginando que vivía experiencias estimulantes. Yo me lo saqué de encima y pude ir a prepararme unos mates.

El autor: Sergio Gaut vel Hartman

El encuentro – Armando Azeglio


Trabajar como simple albañil teniendo un título universitario es desconcertante, pero terminar en el hospital por esto, puede hacerte perder el equilibrio. Me sucedió en Roma, en los noventa. Mientras convalecía tuve por compañero de cuarto a Giovanni, un solitario anciano que tenía mi misma pasión: la lectura. Al viejo le gustaban los clásicos. De noche leía a la luz de una linterna y me contaba historias de la segunda guerra mundial, de su fuerte antagonismo con los ingleses. Me dijo que una noche de 1942, yaciendo en una fría trinchera, se le apareció una mujer confina a la que Giovanni llamaba “la Diosa”. Le dijo que si sobrevivía aquella noche, y si no escribía algo que justificase su paso por la vida, simplemente la perdería. Giovanni sacó de entre sus ropas un texto cosido a mano, denso, abigarrado, intrínseco, barroco pero efectivo. Me pidió que lo leyera. A partir de este hecho, la narración continúa en tres líneas de acción. Según una de ellas, nada extraordinario había vuelto a ocurrir, aunque en una parte del libro se habla de una diosa embalsamada que había pasado a ser un símbolo de poder para una logia horrorosa. Otra línea de acción hablaba del regreso de un ser cósmico con el solo propósito de morir a los pies del cadáver embalsamado de su esposa. Por fin, la tercera variante refería el retorno del hijo de la pareja a Italia, convertido ya en un hombre, pero desconociendo su verdadera identidad y en búsqueda de algo que apenas atisba y no logra encontrar.

Chiaroscuro – María del Pilar Jorge


Recién amanecía: era demasiado tarde para irse a dormir y demasiado temprano para ponerse a llorar. La vida te curte, te endurece, incluso puede embrutecerte pero Julián, después de que encontró un niño, envuelto en ese trapo hediondo, durmiendo en un oscuro zaguán, solo deseó salir corriendo. Contrasentidos, contradicciones, el blanco y el negro, el yin y el yang: adentro, el lujo dispendioso y platos con restos de comida, apilados en la cocina. Afuera, la mugre y la vida miserable de los linyeras.
Julián caminó. Caminó por las calles vacías de una ciudad adormilada. Recordó a Amanda y a Carlos, a Luisa y a Jorge y a su soledad de hombre sin pareja estable: los muchos amigos no remplazan al amor. A cierta altura de la noche, después de los brindis y los saludos efusivos, la bebida le había soltado la lengua y por un rato que se le hizo eterno logró experimentar el efímero placer de la venganza. Les dijo a todos y a cada uno lo que pensaba de ellos. Pero nadie se molestó, al contrario, todos reían, festejando lo que llamaron su “peculiar sentido del humor, entre negro y sórdido”. Sus risas lo enardecían más y más, malditos sean todos, pensaba mientras redoblaba la apuesta y arremetía con cizaña destacando los defectos, fallas y vicios de sus amigos. A Amanda, de tanto llorar se le había corrido el rímel, Carlos cabeceaba adormecido, indiferente a los epítetos de “gordo inútil y obsoleto” y “fracasado pelafustán” con que lo describía. Jorge —la copa siempre llena— disfrutaba de la escena como si nada de lo que Julián decía pudiera afectarlo. Solo Luisa, después de las primeras carcajadas, había caído en el silencio, observándolo con sus enormes ojos muy abiertos, como quien contempla a un loco. ¿Loco?, si tal vez lo estuviera, pero los locos, por lo menos, pueden decir impunemente lo que piensan, con la tranquilidad de que nadie se va a ofender, porque están locos. Además, era muy probable que cuando despertaran solo tendrían un recuero ambiguo de esa fiesta de fin de año.
Un sabor acre le subió a la boca y en su garganta nació una arcada. Julián se acercó al cordón de la vereda y vomitó; un fuerte efluvio de alcohol se desprendía del lechoso líquido rojizo con el que enchastró la vereda y su camisa. Se apoyó en un árbol y respiró hondo: se sentía mejor, pero no lo suficiente. Debía regresar; subiría a su auto, se recostaría en el asiento trasero y dormiría hasta que ese odio por la humanidad que le había despertado la borrachera se diluyera una vez más, mutándose en la habitual plácida complacencia. Pero antes haría algo, pensó, porque si el mundo se hunde irremediablemente en la indiferencia, es hora de despertar. Trastabillando y luchando contra el mareo que quería ganarle la partida deshizo las pocas cuadras que había caminado y regresó al punto de partida. En el zaguán, el niño abandonado todavía dormía. Julián buscó la billetera y sacó algo de dinero y se quedó ahí, con el dinero en la mano, mirando al chico. Se lo pondría debajo de la campera que usaba de almohada, subiría a su automóvil y chau. Pero no pudo, la náusea y el mareo fueron más fuertes. Se apoyó en un poste y volvió a vomitar: fue sólo líquido y ese olor pestilente a alcohol. No bebería más, a partir de ese nuevo año no bebería más.
Usó la alarma del automóvil para encontrarlo, con un poco de trabajo logró embocar la llave en la cerradura de la portezuela. Adentro, en el bolsillo de la puerta delantera encontró la botella de agua mineral, bebió un largo trago, se sentó en el asiento y cerró los ojos. Lo envolvió el sopor y su cabeza se deslizó hacia atrás.
Lo despertó un rayo de sol y el insistente gorjeo de los pájaros. La ciudad aún dormía. Bebió más agua y se mojó la cara. Miró el zaguán: el niño seguía allí. Sí, estaba loco, lo sabía, también sabía que se iba a arrepentir, pero se bajó del auto y avanzó hacia el chico. Lo alzó con trapo y todo, y lo acostó en el asiento trasero; después, cerró las puertas de su vehículo, encendió el motor y se alejó.


Acerca de la autora:
María del Pilar Jorge

viernes, 6 de enero de 2012

Juego – Héctor Ranea


¡Asado! El andariego errante olía, a lo lejos, el olorcito inconfundible de un cordero Merino al asador. Hacía unos días que sus provisiones se fueron por la ladera del Collón y no había comido nada caliente desde entonces.
Caminó en dirección al humito tentador y descubrió una escena maravillosa. Frente al arroyo que él estaba siguiendo, una mujer cuidaba el asadito. Se acercó saludando desde lejos para no asustar. La mujer levantó los brazos como señal de bienvenida y, cuando estuvieron cerca, evaluado ya el estado deplorable del caminante, le preguntó si quería comer, con el cuidado candor del campesino acostumbrado a no imponer su voluntad bajo ningún aspecto.
Esto era lo que al extranjero lo mantenía perplejo de esta gente. Se diría que tenían el mundo descentrado respecto de la Europa que orgullosa pensó haberles impuesto a todos su modo de vivir. Y, sin embargo, acá estaba él, en medio de la pradera más feraz que hubiese conocido, rodeado de fauna exótica para él, como caranchos, piches, bandurrias, caikenes, zorros plateados y hasta algún guanaco y, al menos en el rastro, pumas, departiendo alegremente con una señora de sólida figura europea pero que hablaba mejor mapudungun que castellano, ofreciéndole una comida gustosa de un animal para nada autóctono.
—Falta un poco para comer —dijo ella, quien se había presentado como Eulalia Fraser— si quiere lavarse un poco, viendo cómo está, pase a la casilla que le tiro un poco de agua por el tanque.
—¡Gracias, Eulalia!, los subo yo.
—No; no puede. No te anda el tanque —dijo, errándole la declinación.
Terminado el preparativo, se dio una ducha breve y aproximada, mientras ella lo miraba, evidentemente, aunque trataron de no cruzarse las miradas.
Cuando estuvo listo el cordero, lo comieron con vehemencia él, con exquisita tranquilidad Eulalia.
—¿Cómo te llaman? —dijo ella.
—Abraham Werkmeister, de Alemania. Mis padres vinieron él de Chile y ella de Argentina.
La rotunda mujer asintió mientras con las manos ya rascaba las costillitas del cordero.
—Por eso hablás bien. ¿Ellos hablaban la lengua contigo?
—Sí; en casa sí. Yo hablaba alemán en la calle, en la escuela, la facultad…
—¿Querés vino? Tengo un poco que dejó mi marido.
Abraham levantó la cabeza con un gesto inconsciente de alerta. Miró a la mujer con un imperceptible gesto de decepción en la mirada que por primera vez se cruzó con los ojos de ella, notando que su suave color índigo tenía un brillo especial que lo estaba subyugando irremisiblemente.
—¿Sos judío usted?
—Sí: Abraham es un nombre judío —dijo él sonrojándose porque había creído que el candor inicial de Eulalia se correspondía con una ignorancia supina del mundo exterior.
—Pensaba más bien en cómo tenés eso —comentó ella desparpajadamente señalando inequívocamente a la entrepierna de Abraham.
Se hizo un silencio en el que sólo algún grito de carancho o de jote pudo escucharse. El caminante agachó la cabeza mientras comía sus papas de acompañamiento. Ella se dispuso a lamer unos huesos de la pata para chupar luego el tuétano.
La conversación después pasó por el camino que él había seguido, por el arroyo que lo salvó de perderse cuando su mochila se cayó en el cañadón seco junto con sus instrumentos de localización. Y en poco tiempo llegaron al tema del marido.
—Mi marido se fue para la mina de arcilla de la barda de Ameghino, ¿sabés? La abrieron de nuevo a la mina que estuvo cerrada desde que descubrieron los árboles antiguos. Pero ahora llaman más gente, así que se fue para allá.
—¿Y cuándo se fue, Eulalia?
—Hace como tres meses. Pero no vuelve, porque la mina esa no cierra. Además, a él no le intereso, hace como dos años una doctora de Tecka me dijo que me llegó la menopausia. Eso le sonó al Calixto como una enfermedad y no me toca mínimo desde entonces. Pero yo soy fuerte como una mula. Acá me ves. No estoy enferma.
—La menopausia no es una enfermedad, Eulalia —dijo él con el candor que antes había criticado en Eulalia.
—Ya lo sé. Pero la verdad, no hice nada para convencerlo al Calixto de que no fuera. La médica se lo dijo, pero él siguió creyendo que no poder tener hijos venía de ahí.
—¿No tienen hijos con el Calixto?
—No, che. Tuve hijos con mi otro marido, el leñero. Pero se le cayó un ñire que le partió la cabeza. Mis hijos se fueron. Uno se murió en el norte, en Zapala, por ahí tengo el telegrama. Estaba en el Ejército y no sé qué le pasó ahí, no pude viajar.
—Triste historia, Eulalia.
Ella no contestó. Le preguntó si quería seguir comiendo pues tenía el plato vacío. Abraham negó con la cabeza y quiso tomar el plato de Eulalia como para ir a lavarlos, pero ella se lo sacó de la mano y, mientras iba a la batea para lavarlos, le señaló para la casa
—Éntrese que hay un cajón con manzanitas y otras frutas.
El caminante obedeció luego de una pausa para levantarse de ese lugar cómodo. Sería bueno aportar otros nutrientes al cuerpo. Eligió un par de manzanas y un puñado de cerezas. Cuando quería salir para el lugar del asador, Eulalia lo encaró y con su porte y parada especial, le cerró el camino.
—¿Dónde vas?
—Me invitaste a comer fruta… —ensayó él, estúpido.
Ella lo empujó suavemente y, al apoyarle sus senos, ambos dejaron en el aire suelto un lánguido quejido al que siguió un raudo evitarse y comprimirse las bocas en un beso en la que demostraban ser voraces de esos ojos índigo, de ese cuerpo golpeado. 
Las últimas gotas de grasa del cordero chirriaron sobre las brasas y fue una invitación para un carancho que se acercó sin timidez, seguro de lograr un buen bocado antes de que aquellos dos terminaran lo que habían empezado. Desde afuera de la casa los suaves deslizamientos de una piel sobre otra sólo podían oírlos ese pájaro y el puma, al que poco le importaba.

El autor: Héctor Ranea

Traidor a la patria – Sergio Gaut vel Hartman


—Creo que usted es la persona indicada. —Miré al extraterrestre que había pronunciado algo así como “jkty ghnm pñmr dgwt” y bendije al omnilingua que convirtió esos escupitajos en un mensaje comprensible. Estábamos en un bar del barrio de Boedo, respirando aire de tango impregnado de glicinas. El tipo (si corresponde denominar así a una berenjena verde gigante provista de ocho tentáculos y cabeza de horno eléctrico) me estaba proponiendo un negocio: conquistar el planeta Tierra y dividir las ganancias. Él ponía las armas y yo la logística.
—No puedo traicionar a mi gente —suspiré resignado.
—Dinero sin límites, viajes por la galaxia, poder, hembras de cualquier especie—insistió el alien, sin inmutarse por mi objeción.
—No funcionaría. Soy un pervertido sexual. ¿Se arriesgaría a cargar con alguien como yo?
—¿Y eso qué desventaja podría acarrearme? En mi mundo no tenemos la porquería restrictiva y castradora que ustedes llaman “moral”. Haz lo que quieras mientras otro no quiera lo mismo y te lo impida. Esa es nuestra única regla.
De pronto, como si una luz se hubiera encendido ante mis ojos, fui asaltado por una idea genial. Todo en uno, ¿es posible tanta felicidad?
—¿Las hembras de su especie son como los machos?
—Un poco más grandes y amarillas. ¿Por qué?
—¿Y si yo quisiera, es decir, si se me ocurriera…
—Diga, sea concreto.
—¿Sabe qué pasa? Además de ser un pervertido sexual muero por las berenjenas a la parmesana.

Hay que hacer algo para que sucedan cosas - Eduardo Betas


“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. La frase estaba escrita en la parte de atrás de una campera de jean que llevaba puesta ella. Ella, una chica simple que conversaba con una amiga en ese subte de maderas crujientes de la linea A. Ambas, pequeñas, menudas, se reían de nada o de todo mientras yo me dormía, parado, de regreso a casa.
“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. La frase estaba a medio bordar con mostacilla. El resto estaba escrito con varios trazos de birome. Las estaciones, de mientras, se sucedían unas a otras con el vacío de oscuridad en el medio. Cada tanto un empujón, un codazo, pero siempre las risas de ellas metiéndose en mi sueño.
“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. El vagón seguía tragando oscuridad. Una oscuridad así de pringosa como la que se le pegoteaban a los días de mi vida en ese momento. Tal vez por eso es que me dí cuenta de que ellas tenían un sentido allí paradas, charlando, riéndose. Estaban para que yo las viera. Y sino ¿por qué una de ellas, la que estaba mirando hacia a mi lado, me guiñó un ojo y me preguntó si tenía sueño o si tenía un sueño, ya no lo recuerdo bien…
“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. Esas palabras, a medio terminar, iban abriéndose paso en mi modorra hasta que un frenazo me hizo trastabillar y caí en los brazos de un muchacho punk que me miró divertido mientras me devolvía a mi estado natural de un empujón.
Claro, me dije. Hay que hacer algo para que sucedan cosas. Porque de la nada no sale nada.

Entonces me dí vuelta para encontrarlas. Para contarles cuánto ellas tuvieron que ver con esa revelación. Pero no las vi más. Ya no estaban. Y, la verdad, hoy no sé si alguna vez estuvieron allí. O si todo no fue una trampa para darme cuenta que sí, que hay que hacer algo para que sucedan cosas.

Con autorización del autor, extraído de http://palabrar.com.ar/

El acoso - Jaime Arturo Martínez


La relación era muy tensa desde antes de casarse. Le era intolerable que su marido dedicara todo su tiempo libre en leer cuento, tras cuento. Ella lo vigilaba y entonces encendía cuanto artefacto había para desconcentrarlo. Un día, él no aguantó más. Aprovechó un descuido de ella y se subió a un barco, donde unos jugadores apostaban sobre la legitimidad de un collar de perlas, luego recorrería Samoa, el río Paraná, en compañía de un moribundo picado por una culebra, y hasta a París fue a dar, al apartamento de una señorita amiga. Ella no se quedó con los brazos cruzados. Y visitó, día tras día todas las bibliotecas de la ciudad. Una vez, casi se da de frente con él, cuando andaba con Funes, otras veces lo siguió de cerca por la campiña toscana, por Canterbury y por Rusia, cuando él acompañaba a una dama con un perrito. Pero un día lo encontró de cuerpo entero, mientras estaba totalmente distraído. Veía asombrado como el pintor Wang Fo terminaba un cuadro y cómo para escapar del emperador, éste se embarcaba junto a su discípulo Ling en un bote que había pintado dentro del cuadro. El alcanzó a ver el visaje de ella y se lanzó tras el bote. Impotente, ella lo vio alejarse agarrado de la borda, flotando entre las aguas de ese mar de jade.

El autor: Jaime Arturo Martínez Salgado

miércoles, 4 de enero de 2012

La alternativa blanda – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Y si lo hacemos de otra manera? —Judas contempló a Jesús con expresión expectante, ansioso. No le gustaba el plan del Rabí.
—¿Por ejemplo?
Judas se rascó la barba; no era fácil plantearlo. —Yo te traiciono y te entrego al Sanedrín, cuyos miembros van a estar furiosos y desconcentrados por el asunto de Lázaro. Te meten en la cárcel y eso exaspera al pueblo. Yo los conduzco y vamos juntos a rescatarte. Habrá un choque con los levitas, por supuesto, y no serán pocos los muertos, pero no se pueden comer huevos sin quebrar la cáscara. Te liberamos y te proclamamos rey de los judíos.
Jesús quedó pensativo un minuto. Luego asintió. —Podría funcionar, no es fácil, pero podría funcionar. Si nos quedamos esperando que los fenicios nos entreguen las armas que compramos vamos a perder una oportunidad única. Los romanos nos tienen simpatía, ¿no crees?
Judas movió la cabeza, dubitativo. Jesús siempre tan optimista. Pero no quiso contradecirlo.
—Seguro. —Le palmeó la espalda—. Por lo menos no te van a crucificar como a Barrabás.

El autor: Sergio Gaut vel Hartman

De los hechos nunca acontecidos - Eduardo Poggi


Corría el año 2311, tiempos de verdades espantosas.
Yo estaba muy borracho como para saber por qué razón cinco individuos forzaron la puerta de mi laboratorio. Se me conocía por la maestría para resolver verdades ocultas, y asumí que me buscaban por ese saber. Obviaron transferirme la información directamente al cerebro —supuse que para evitar interferencias durante la transmisión—, y me entregaron las preguntas en un vetusto aparato digital.
Después, se fueron.
Y yo partí hacia donde imaginé encontraría las respuestas.

Abrumado por la geografía desoladora del lugar, perdido el vigor y la esperanza de encontrar el rumbo correcto luego de ambular —según me pareció, siglos—, una mínima fuerza imprevisible perturbó la oscuridad del valle de la muerte, y entonces se presentó ante mí un espectáculo de aterradora magnificencia: de las entrañas de una nube, una infinita cantidad de estrellas multicolores empezaron a materializarse en la silueta de una enorme montaña.
La tierra era firme. A medida que me acercaba, se amplificaba el sonido de los pasos, la montaña mutaba: montaña con cuevas, con cavernas transparentes, túneles convertidos en ventanas, ventanas de fuego. Finalmente, un edificio moldeado en la roca viva, ventanas reflejando la luz del sol.
Un pórtico y grandiosas columnas esperaban mi entrada. Subí con esfuerzo la escalinata. El sol se puso, la oscuridad descendió sobre mí, y un acceso tortuoso, sombrío, me llevó por los recovecos de la caverna horadada en la piedra. ¡Jamás pensé que me alegraría escuchar lo inaudible! ¡Me deleitaba!
La caverna me llevó a una sala iluminada por tres intensos haces de luz: azul, verde y rojo. Dispuestos en triángulo, orientaban sus rayos hacia un consistente centro de luz blanca, centro en el cual vi a un viejo sentado en una silla, flotando lejos del piso. Me miraba fijamente con ojos esmeralda. Su expresión, llena de misterio y sapiencia, me sonreía con su boca desdentada.
—¿Quién eres, anciano? —pregunté, anhelando una respuesta.
No respondió. Acercándome al viejo, noté los párpados de cartón, sostenidos por sus ojos: dos esmeraldas incrustadas; en el centro de ellas, un orificio permitía ver la oscuridad interna de su cuerpo momificado. Estremecido, sentí la mano de una sombra apoyarse en mi hombro.
—¿Y quién eres tú? —inquirió la sombra.
—Soy un viajero —respondí tembloroso y sin atreverme a darme vuelta—. Soy un viajero perdido en el camino y en el tiempo.
—No temas. Si has llegado hasta aquí, existen razones.
Existían, sí. Sus palabras permitieron que me atreviera. Y me volví. Era mayor el miedo de darle la espalda.
Nada.
Nadie.
—¡Dónde te ocultas! ¡Dónde estás!
—No me oculto —me dijo serenamente—. Puedes oírme pero no verme. Así te acostumbrarás a no concederle excesivo valor a lo corpóreo. Ustedes tienden a lo tangible, a concretarlo todo.
—¿Nosotros? ¿Quiénes?
—Ustedes —me advirtió la voz—, tú lo sabes. No intentes engañarme.
Aun sin verlo, intuí su presencia. Tal vez sentado en su trono de marfil y en las sombras, el iluminado hereje sabía lo que yo buscaba.
—¿No eres consciente acaso —me dijo—, de que los frutos surgen dulces o amargos según el árbol que has plantado?
—¿Qué dices? ¡Hazte ver!
—Paciencia. Debes aprender a ser paciente. Si has llegado hasta aquí, vale la pena que te instruyas. Ven, pasa.
Y al decir esto, una puerta se abrió ante mí, invitándome a franquearla. Entré. Y vi una senda recta bordeada de estantes, un infinito de libros. Comencé a recorrerla. Observé el primero de la línea: “De los hechos nunca acontecidos - Tomo I”. Leí cuando la Madre Teresa no se detuvo a atender al que fuera su primer moribundo, siendo brutalmente violada una cuadra más allá. Quedé pasmado y sin aliento. Seguí recorriendo el estante perpetuo: “De los hechos nunca acontecidos - Tomo II”. Leí cuando el Reverendo King fornicó con una de sus feligresas, actitud que le permitió salvarse de morir asesinado, muriendo al poco tiempo, borracho y olvidado en un callejón de una ciudad perdida. La biblioteca se repetía, perdí la noción del tiempo. “De los hechos nunca acontecidos - Tomo MCMXLV”. Leí que Juan Pablo I rechazó una taza de té y eliminó la corrupción y el hambre del mundo. Y así seguí: Nelson Mandela vendiéndose para evitar la cárcel; Hitler muerto de sífilis antes del holocausto, y aquel muerto en una cámara de gas junto al islámico fallecido en la Guerra del Golfo, convertidos en los líderes de la paz en Palestina; Einstein ingresando al secundario y un japonés muerto en Hiroshima hablando con Yoko Ono. Llegué al más voluminoso “De los hechos nunca acontecidos – Tomo...”, imposible descifrar su número. Necesitaba una nueva oportunidad con aquel viejo sabio. Y entonces vi el siguiente, el Tomo I, y comprobé que, creyendo estar en una recta, había transitado por un círculo que me llevó al punto de partida.
La metáfora del hombre estaba allí, aguardando un tren que nunca llegaría: la degradación cotidiana y sistemática del hombre por el hombre, devorándose mutuamente, arrancándose pedazos.
—¿Qué es todo esto, viejo?
—Nuestra tarea —explicó el viejo—, es relatar lo que nunca sucede. De allí esta vasta biblioteca. En cuanto a mí, soy sólo una voz aunque creas que habito este cuerpo.
—¿Pero... sólo eso?
—¿Te parece poco? ¡Ah, tú nunca has plantado árboles de frutos dulces! Podría agregarte que felicidad y desdicha, vida y muerte, realidad y ficción son dos caras de una misma hoja de papel. Ustedes tienen toda la sabiduría pero no saben cómo usarla. Buscas respuestas para cinco hombres, y no entiendes que esta vida paralela puede ser tan real como la otra, pero las movidas no realizadas en una partida de ajedrez exceden al real movimiento. Y este es eficaz si es correcto. No es grande el esfuerzo de la elección, depende de ti. Pero es mucho el valor que debes tener para generar ese imperceptible y esencial cambio que logra transformaciones verdaderas. ¿Entiendes ahora?
Entendí que, esta vez, había fracasado.

El autor: Eduardo Poggi

Julien Sorel y Ligeia - Luciano Doti



Julien Sorel había podido por fin alejarse de la casa paterna. Ese lugar no era el más adecuado para desarrollar su vida, junto a un padre autoritario y unos hermanos que lo maltrataban constántemente. Por otra parte, él era una persona de letras, no un carpintero como el resto de los hombres de su familia.
En el pueblo, había experimentado la pasión desbordante del amor con una mujer casada; mal casada con el hombre más rico de ese pueblo. Tal relación le había dejado una huella indeleble, y le condicionaba su vida sexo-afectiva; de allí en adelante se enamoraría de mujeres refinadas y más grandes.
Ya en París, esa relación, como así también un paso por el seminario, eran vagos recuerdos. Sin embargo, no pudo evitar sentirse atraído por una sofisticada dama que cierta tarde caminaba cerca de él dando un paseo. El misterio de su mirada lo cautivó. Utilizó las influencias de la familia para la cual trabajaba y se hizo invitar a una tertulia frecuentada por ella. Aunque tímido, fue decidido a seducirla. Tras la presentación, supo que su nombre era Ligeia. La dama sonrió gustosa; como buena dominatriz, siempre había sentido predilección por los tímidos.

El autor: Luciano Doti

Bien frappé - Héctor Ranea



—¡Pero qué gusto, mister Joyce! ¡Usted por el Cremcaffé de nuevo! ¿Nos hace el honor de sentarse con nosotros?
—¡Ítalo, qué gusto hombre! ¿Siguen haciendo esos famosos frappé? Por cierto, ¿te siguen conociendo como Ítalo?
—¡Pues claro, hombre (ambas cosas)! Y después lo seguimos con un café, claro.
—¡Ah, delicioso! ¿Quién es ese joven que está junto a la ventana? No lo recuerdo.
—En realidad, yo tampoco lo conozco ¿por qué la pregunta?
—Su cara me resulta familiar.
El joven escucha que alguien habló de él, se levanta y va hacia la mesa.
—¿Puedo sentarme? —Ante el asentimiento de todos, insistió—: ¿Alguien me conoce? —y acomodó la silla.
Todos se miraron. Joyce comentó que hacía tiempo que faltaba de Trieste, pero que cierta familiaridad había pescado en su cara. Los demás se quedaron poco menos que boquiabiertos.
—¿Usted no sabe quién es? —dijo Zeno, que no paraba de escribir.
El recién llegado no podía decirlo. Comentó
—Recién vino un niño, me dio estas violetas y me llamó Tadzio. Ése es un nombre polaco ¿no?
—¡De ahí lo conozco yo! —exclamó Zeno—. Recordé a su familia, en Venecia, en tiempos de la anterior epidemia de cólera, el año en que murió Eschenbach, lo recuerdan, ¿cierto? ¡Usted estuvo ahí! —dijo señalando a Tadzio.
—¡Imposible recordar! —exclamó el polaco.
—¡Pero sí, se llama Tadzio!
—¿Como Nuvolari? —preguntó Ítalo.
—¡Pero no, so tonto! Era un niño en aquel tiempo, con su madre y varias hermanas.
—¡Mis hermanas! —exclamó Tadzio—. Las recuerdo, las recuerdo. Mi madre, pobre madre. ¡Recuerdo!
En eso estaban cuando se acerca un joven y se presenta muy formal ante Joyce.
—Me llamo Murray Gell–Mann. Usted debe ser Mr. Mark.
—Mi nombre es Joyce. Soy poeta y novelista como acá Ítalo. ¿Usted es…?
—Estudio física, señor. Me parece que lo confundí con alguien…
—Ciertamente, ciertamente. ¿Por qué no se sienta y nos explica algo del mundo de la física?
—Muchas gracias, señores —dijo el joven físico mientras se sentaba.
—¿Desea un frappé, señor… Gell–Mann? —preguntó Tadzio.
—No; gracias, prefiero una cerveza.
Varios se acoplaron a esa elección, mientras gritaban:
—Tres jarras para Mr. Gell–Mann y sus nuevos amigos.
Joyce, inclinándose un poco le preguntó
—¿Usted me confundió con Mark?
—Así es, ¿lo conoce?
—No. Para nada —mintió el irlandés—. Háblenos de la física, Mr. Gell–Mann.
—Bueno. Para empezar a hablar de física, debemos hablar del espacio y del tiempo —comenzó, pero la cámara se aleja saliendo hacia la Plaza Goldoni, como siempre, atestada de gente para ese momento del verano.

El autor: Héctor Ranea

Metamorfosis flamenca - Daniel Alcoba



Doce niños de entre siete y diez años celebraban el Día del Ser Andaluz en la Isla de la Cartuja de Sevilla, bien pegados a la orilla del Guadalquivir, después que el maestro payo y miembro de la comisión directiva del Real Betis Balompié citara las líneas más famosas del poeta Jorge Manrique a la gloria del maese don Rodrigo, su padre, o sea que Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar, en referencia a dicho al-wadi que corría frente a ellos, amarillo y caliente como un plato de sopa, pero que de todas maneras da en la mar como sucede casi siempre con todos los ríos —a excepción del Jordán y otros pocos—, a menos que los animales, la gente y la tierra seca no se los beban antes o los acabe la gran evaporación que coincide con el sonido de la quinta trompeta. Uno de los mayores (once años recién cumplidos) gritó:

¡Este río es nuestra vida,
que he de vivir a la vez
siendo humano, como pez!

Y sin más se quitó camiseta, pantalones, sandalias y en menos de lo que se tarda en decirlo se zambulló en el río, y otros once con él, o más bien siguiéndole, que se alejaron cauce abajo a velocidad de nuevo récord del mundo en los mil quinientos libres.

¡Joder cómo nadan estos churumbeles, cuantas medallas de oro, qué equipo de water polo podremos tener en el Real Betis Balompié! pensaba el maestro, mientras daba voces desde la costa, junto a un buen número de madres entre asustadas y estupefactas. Pero los niños no volvieron jamás, para desesperación de ma(d)res y pa(d)res que de tanto en tanto, cuando hay mar calma, los llaman dando voces acordadas con gritos a veces convertidos en cantes, por las costas de Huelva:

¡Ay mi niño, ay mi niño,
ay el niño mío
que gritó ¡es mi ví(d)a!
y se tiró al río!

Cuando las chicas y chicos del éxodo marino, hoy ya en edad de transición a tritones, sirenas, delfines, atunes, o vaya uno a saber qué, puesto que no se dejan auscultar por los biólogos marinos ni tampoco por los terrestres, y ni siquiera se muestran a las cámaras, responden con otro cante de intención, se genera la sirenía, nuevo palo al alimón, de cantaor o cantaora terrícola con niño pez, o sirena —que había siete chicas y cinco chicos­- en la mar. Ictiosevillanos flamencos o flamenquizantes, que según dicen los marineros y pescadores, enloquecen a los seres humanos embarcados con sus cantes. Sin embargo las autoridades de la CEE y los gobiernos nacionales —incluido el autonómico andaluz—, ocultaron el hecho disfrazándolo de mitología gitana. Puesto que la historia se convirtió en motivo de cante, en tema recurrente de sevillanas, y otros palos más jondos, los medios de comunicación consiguieron disfrazar de leyenda flamenca un acontecimiento que alarma a los medios científicos como a los servicios de seguridad, aunque exalte a los flamencos, como se advierte en la copla de la Niña de las Marismas:

¡Qué decisión
soberana
Inspiró el
Guadalquivir!
Doce niños de
Triana
Que para no
malvivir
Se fueron al
mar materno
Porque la
tierra es infierno.
Tangos cantan,
y alegrías,
Dan palmas los
churumbeles,
Nadando por
bulerías
Entre atunes y
jureles (...)

El autor: Daniel Alcoba

martes, 3 de enero de 2012

De mujeres y lobos - Sergio Gaut vel Hartman


—Vi mujeres que corren con los lobos —dijo Clarissa.
—Es cierto —confirmó Ángela—; yo también las vi. Corrían en compañía de lobos y no les temían.
—Las vi en el crepúsculo —afirmó Stephanie.
—Hablan de lo que no saben —dijo Shakira mirando desafiante a las otras—. Sólo las lobas saben qué significa correr con los lobos... y qué consecuencias trae hacerlo.
—Todas ustedes hablan por boca de ganso —dijo Jenny—. En el lejano norte, en el país de largos días y noches, las lobas y los lobos compartimos el mismo cuerpo.
De pronto, sin brusquedad, una niña vestida con una caperuza roja irguió su cuerpo y elevó su voz para ser escuchada.
—Necias —dijo sin acritud ni enojo—. Yo estuve adentro de un lobo, y eso no se compara con nada.
—Una criatura de ficción —susurró Joanne.
—Cierto —aceptó Clarissa—, pero ella seguirá viva cuando todas nosotras estemos muertas.

Orificio de salida - Isabel María González



La bala, en tu sien, sin salida. Quieren apartarme del caso. Los puños, apretados, rígidos. Sin entrada. Es por mi bien, dicen, pero yo se bien que les importo una mierda. Cualquier excusa es buena para hundirme, hasta esta. No me soportan.
Consigo finalmente abrirte el derecho tras desencajar cada uno de tus dedos, se me quiebra alguno. Contengo mi dolor, debo hacer bien mi trabajo, no puedo darles motivos a esos pringaos para putearme, lo están deseando. Tienes un papel arrugado de arrepentimientos, perdones, despedidas, putas mentiras. En el otro, la rabia dibuja cinco pequeñas hendiduras rojas en la palma. Me quito uno de los guantes blancos, no me ve nadie, necesito tocártelas, una por una, para que me cuenten por qué. Ahora es mía la rabia con la que aprieto los puños.
Ha sido ella, lo sé, aunque todas las pruebas apunten a tu suicidio. Es tu pistola, sí, pero no hay huellas. Nunca te marcharías sin decírmelo, sin darme instrucciones, tu eras así conmigo.
Esta jodida placa que me permite ser la primera en tocarte no ha podido salvarte la vida.
Te dije que no me gustaba, que había algo oscuro en sus ojos cuando me miraba, yo a ella tampoco. Al principio pensé que su distancia era una cuestión de rivalidad, que no acaba de creer que lo nuestro fuese sólo amistad, como te reíste cuando te lo expliqué, luego me diste un abrazo y seguimos trabajando.
Respeté tu deseo de no investigarla. Yo te lo respetaba todo. Quizás fuese verdad que te amaba.
Ha sido ella, estoy segura. Mira sus ojos como lagrimean de uno en uno, rítmicos. Mira su boca, esa mueca que está negando al llanto. Mira como me mira la hija de puta.
De repente, la bala sale disparada de tu otra sien y se incrusta vengadora en su corazón. Fluyen todas la sangres. Cesan todas las lágrimas.

sábado, 31 de diciembre de 2011

La casa - Alex Corell


UNO
Dicen que todo el mundo tiene miedo a algo. Hay quién tiene miedo a los fantasmas, a los monstruos… etc. Yo le tengo miedo a una casa, no a lo que pueda encontrar dentro, sino a la casa en sí. Todos me dicen que dentro no puede haber nada extraño, lleva muchos años abandonada.
No me comprenden, igual que alguien que tiene miedo a la oscuridad, no le da miedo lo que hay en la sala oscura, le da igual donde sea, solamente le da miedo estar a oscuras.
Muchas veces voy hacia la casa. Está en medio de una calle a dos manzanas de la mía. La observo desde que llego a la calle hasta que la abandono. Ella también me observa, pensativa, tranquila, con sus barrotes, sus ventanas y su chimenea.
Es extraño, por más tiempo que pasa, la casa siempre sigue igual. Es como si no le afectase el paso del tiempo. Yo creo que me espera, espera a que me acerque para atraparme.

DOS
Tengo miedo, no sé porqué, pero le tengo a un hombre. Todos los días pasa por mi calle, y me observa, no sé si me ve, ya que mira a todas partes de la casa. Pero creo que sabe que estoy aquí dentro. Siempre que pasa se me hiela la sangre, cómo se puede tener un temor tan grande.
Me encontraba yo en medio de una de mis meditaciones diarias, cuando un crujido metálico me devolvió a la realidad. Me asomé a la ventana, creí que me moría. El hombre, mi mayor temor, estaba abriendo la reja metálica. Me escondí en mi habitación, estaba llena de polvo, hacía décadas que no la usaba, qué recuerdos cuando habitaba físicamente la casa, pero un día, no recuerdo bien qué pasó, me dormí una noche, y ya no desperté.
Esperé un largo rato, esperando, aterrado, a que aquel  hombre entrase. Pero como no entraba, acabé acercándome a la ventana otra vez. Allí estaba, delante de la casa, movía la boca, pero no sé que decía. También parecía aterrado, creo que yo no le importaba, dirigía su mirada hacia el segundo piso. ¿Y si lo que atraía su atención era la habitación cerrada del último piso? Nunca había intentado abrirla, pero reconozco que era algo extraña.

TRES
Estaba confuso, ¿debía entrar en la casa, o debía irme? Estaba a punto de irme, cuando vi que algo se movía en la ventana. Decidí que lo mejor sería entrar, ya estaba seguro. Me acerqué a la casa lentamente, como el hombre que camina hacía la silla eléctrica. Ya estaba abriendo la puerta.

CUATRO
El hombre estaba abriendo la puerta, sin pensárselo, subió al piso de arriba, era mi oportunidad, salí de la casa, el sol me acariciaba la cara, cuánto tiempo sin notarlo en mí. La puerta se cerró, me asomé  a la ventana y vi mi reflejo. Ya no era yo, era el hombre al que tanto temí. Ahora añoro la casa.

Cuestión de Tiempo - Claudia Sánchez

"Sentía que necesitaba más tiempo. Ese fin de año desafió las leyes naturales y a la hora del brindis, en lugar de tomar las doce pastillas, una con cada campanada, duplicó la cantidad y las tomó juntas con una buena copa de extra brut. Un leve rictus de decepción se dibujó en sus labios mientras saludaba a sus compañeros de brindis, quienes expresaban los mismos deseos de buena vida de siempre. Nada estaba cambiando. Se acomodó en un sillón, copa en mano y meditó sobre la falibilidad de las leyes naturales. Sospechaba que esas pastillas no contenían un mes, ni había que tomarlas, forzosamente, una por una al principio de cada año. Pensó que no eran más que un ardid de su inventor para ganar dinero. Él tendría que seguir corriendo para poder hacerlo todo y acabaría tan agotado como se sentía entonces.
Oyó que lo llamaban desde lejos. Quiso abrir los ojos pero sus pestañas le pesaban como barrotes. Sintió que le quemaba la mano que acababa de romper la copa. Un vértigo insoportable se apoderó de él. Su mente apenas reconocía palabras sueltas. Sobredosis. Tiempo. Estrés. Locura. Alcohol. Inconsciente. Emergencia. Shock. Coma.
Luego nada. Todo había desaparecido. Solo pudo rescatarse lo que quedó grabado en el chip negro con el código holográfico que todos llevamos en el occipucio y que, por suerte, el líder se apresuró a desprenderle en el minuto final.”
Sobre la historia de Jacques se escribió “El empleo del tiempo” que usted acaba de adquirir.
Le recordamos que, para una mejor visión estereográfica, la obra hologramada debe escanearse mediante su retina izquierda, a un nanomilímetro por segundo.
Su compra ayuda a mejorar la especie. Precio de tapa: doce días, tres horas y cuarenta minutos.
.