miércoles, 12 de agosto de 2009

Documento 101 - Sergio Gaut vel Hartman


El humo se espesó un poco más; alguien tosió deshilachando sus pulmones.

—No hay modo —dijo Kurt. Se encendieron más velas y alguien preguntó, intranquilo, qué hacer con la llegada tarde al trabajo, si no sería bueno que alguien, con autoridad suficiente, les diera a todos un justificativo escrito, firmado, sellado...
—Este tipo de oscuridad —dijo Gassid con calma y sin deseos de reír, aunque aquella la estupidez lo ameritaba— no se puede iluminar ni con todas las lámparas del mundo.
Kurt pensó y pensó, y al final algo crujió en su mente. No se puede perder el sentido del humor, ese es el asunto. El problema no es la luz sino el aire, y tampoco; el problema es la risa, o su ausencia.
—Hasta le pegué un tiro a uno de ellos —dijo Gassid, que era un tipo muy valiente cuando se trataba de acusar el propio miedo. Kurt trató de verle el rostro, pero el humo parecía haberse condensado en ese rincón del refugio.
—Los niños pequeños… —empezó a decir Kirilan, una mujer alta como una torre de ajedrez. Pero Kurt la interrumpió.
—¿Cuán pequeños, cinco, diez centímetros?
—No tan pequeños —dijo la mujer—, del tamaño de... niños.
—Entonces no son pequeños, son simplemente niños.
—Bueno —dijo ella, y no volvió a hablar durante un largo rato, acobardada.
—Me molesta —dijo Kurt, cambiando de tema— la deslealtad de los oficiales del estado mayor. Ni siquiera cuando me mandaron a primera línea de fuego me sentí tan humillado como ahora.
—Aquí estamos a salvo —dijo un hombre enjuto de cabello ralo. Parecía haber pasado las mil y una antes de terminar con sus huesos en ese refugio a prueba de pestes. Ya no era el zángano hirsuto y andrajoso que había hecho ostentación de su arma y que había desafiado a todo el grupo una semana antes—. Me llamo Stefan. El informe de los médicos no fue falsificado.
—¿Está seguro? —dijo Kirilan—. Yo no. Le digo que miente. ¿Puede probar lo contrario? —Aquella mujer poseía la fantástica habilidad de predecir cualquier simulación, incluso la mentira más ingenua de la vida diaria. ¿Hubiera servido engañarla?
—Aquí la idea más osada —dijo Stefan—, queda disimulada entre los pliegues de la religión y se transfigura como parte de la configuración extraterrestre de las religiones reveladas del mundo.
—¿De qué habla? —dijo Kirilan, irritada.
—¿Qué diferencia hay entre creer en un Dios que no se puede ver y creer en un hijo a quien no se puede ver? —Stefan hablaba sin inmutarse, ensoberbecido por la inminencia de la muerte—. Espera el final sin capacidad para imaginar la clase de vida que le tocará cuando sea un fantasma, una cáscara de nuez vacía; ni siquiera la muerte puede protegernos de nuestro propio ego.
Gassid miró su reloj. —Son las ocho. ¿Tienen planes para esta noche?
—¿Planes? No me haga reír. —Kirilan se plantó ante el físico con los brazos en jarras; no le tenía miedo—. Dentro de poco seremos bolsas de mierda.
—¿Tendrá otro cigarrillo? —dijo Kurt abanicando con la mirada a todos los refugiados, pero dirigiéndose en particular a Gassid. Confundido, éste permaneció sin moverse, olfateando el aire, escuchando el lejano siseo del gas que seguía colándose por las grietas. Nada había cambiado salvo que la niña de Kirilan estaba muerta, aunque a la madre no parecía importarle. ¿Por qué tenían que morir los niños primero? ¿Qué tenía de diabólico el plan esencial de acuerdo con el cual habían procedido? Parecía increíble, pero había algo erróneo en toda la línea de pensamiento. Estaban en el refugio porque se hablaba de una peste irrefutable, aunque ninguno de ellos estaba enfermo. ¿Era posible que fueran tan manipulables? Un rumor vale lo que una certeza, una certeza lo mismo que una sentencia de muerte.
De pronto, la densa humareda fue cortada por una luz brillante que penetraba como un cuchillo caliente en la manteca.
—Se terminó —dijo un hombre de traje caro y corbata roja apareciendo como un personaje de ficción entre destellos—. La prueba terminó.
—¿Era una prueba? —Kirilan no lograba salir de su estupor—. Mi hija está muerta.
—No se puede hacer tortilla sin romper los huevos, señora —dijo el hombre de traje—. Pase por la tesorería dentro de sesenta días que le serán abonados los honorarios.
—¿De qué habla? —dijo Gassid—. Nadie nos dijo que esto era un experimento.
—No es un experimento —dijo Kurt—. Este hijo de puta nos metió en esto porque disfruta cagando a pobres diablos como nosotros.
—Se equivoca —dijo el hombre de traje—; se equivoca —repitió, pero no brindó más explicaciones. Les dio la espalda y empezó a sollozar.
—Y ahora, ¿qué le pasa? —Gassid tenía ganas de matarlo, pero no podía hacerlo sin saber antes qué ocurría afuera.
—Usted no sabe lo que me cuesta esto —dijo el hombre, aún gimiendo.
—La gente como usted me da asco —dijo Kirilan—. ¿No podían habernos dicho que era un experimento de alguna clase?
—Es una clase de experimento secreto, me parece —dijo Gassid.
—Sí —dijo el hombre de traje—; tan secreto que ni yo sé en qué consiste.
—Muy gráfico —dijo Kurt—. ¿Y cómo termina? ¿Cuándo termina?
—Termina así —dijo el hombre levantando una mano hasta que alcanzó una manivela que colgaba del techo del refugio—. Y termina en este mismo momento.

Un día casi perfecto - Saurio


Mañanitud de tormenta inminente en el centenario parque y todo el olor de agua y eucaliptos llegando en ráfagas intermitentes, como ataques de buenaventura en un páramo de somnoliento aburrimiento y uno cumpliendo el deber de dejar que el tiempo pase sólo porque los relojes indican que aún no es hora y entonces dedicarse a observar como peces, caracoles o quizás simplemente la podredumbre del fondo burbujean la superficie del estanque ondulando en círculos concéntricos, como recordatorio natural de la condición cíclica del presente cuando nada pasa.
Y cuando ya todo es trance dirigir la mirada a unas rocas colocadas en el medio de este gran charco verde y artificial para darnos una idea de islismos jardineriles de planificada urbanización sobre la cual un bichofeo busca rapaz una presa que, al parecer, escasea ya que el negriamarillo pájaro se mantiene inmóvil en su puesto, sólo girando ocasionalmente la cabeza para recibir la escasa brisa plomiza que desde todos los ángulos trae los innumerables ladridos de las jaurías de facto que genera la porteña costumbre de los paseadores múltiples, ocultas algunas de la vista por los árboles y la distancia y otras perceptibles apenas por obra y gracia de la rutina que nos hace invisible lo cotidiano y repetido.
Permanecer en este vacío constante flotando amniótico mientras se toma conciencia involuntaria de cuanto sonido nos rodea en el silencio y que de existir un infierno se parecería más a ésto que a un conglomerado de cavernas en llamas, que no hay peor castigo que esta inmensa quietud de gente que pasa mañanera pateando la basura del domingo anterior, lentos hasta decir basta, atravesando la humedad que si bien no mata jode hasta la nausea.
Y todo podría quedar así sumido en este eterno presente de brisas, ladridos y burbujas en el que ya no importa que el reloj marque el momento de la partida pues en realidad nunca se han movido las agujas y todo es una ilusión pero quiere la entropía que los ciclos del eterno retorno se transformen en espirales y por eso hace entrar a un aprendiz de saltimbanqui tambaleandose sobre zancos como una grulla en alto grado de ebriedad pero con la certeza que en esta quietud espesa la probabilidad de escollos es mínima y controlable, por lo que el futuro funámbulo comienza a tomar mayor confianza en el uso de sus largas prótesis y se anima a realizar proezas hasta ayer impensables no sabiendo o no notando que es esta feliz ingenuidad e ignorancia la que lo lleva a acercarse quizás demasiado a la desgracia encarnada en un grupo de perros que retozan por allí mientras que su líder se fuma algo tras de un árbol varios metros más allá.
Entonces ver al infortunado muchacho iniciar una extraña y arrítmica danza entre los efusivos canes quienes se desgañitan en bienvenirlo en ronda con su acostumbrada sutileza de ladridos y saltos y lengüetazos hasta que logran que la física pueda más que la voluntad humana y no se hace esperar más una caída que merecería más y mejores espectadores que los pocos y aburridos condenados caminantes del parque y el pobre acróbata no tiene más remedio que aceptar como un triste remplazo de los aplausos ausentes al frío y húmedo contacto de quince hocicos que se pelean por olisquearle la entrepierna con una insistencia digna de mejores causas.

El arte de reciclar – Sergio Gaut vel Hartman


—Bajó la excitación en la ciudad. —Al Shark sonrió luminosamente—. La fórmula estaba donde debía estar, fuera de peligro.
—¿Aprendió a hilar fino en la tienda de mascotas?
El terrorista de las palabras sacudió la cabeza. —Alquilé piezas de porcelana china para innovar en la materia. Pero parece que los odontólogos se escandalizaron. ¿Contesta eso a su pregunta?
—No. Hubiera sido mejor que me enseñara a pelear.
—Querida amiga: le voy a explicar algo que nadie se atrevió a enfrentar hasta hoy: escribir es lo mismo que resolver rompecabezas. Los mayores talentos se limitan a armar sus ficciones tomando una palabra de aquí y otra de allá. Nada, entiende, nada es un producto propio.
—¿Cuántas palabras? —dijo la aprendiz de asesino.
—¿Cuántas? —Al Shark se sintió desconcertado por primera vez desde que se habían encontrado en el bar de los piratas malteses.
—Cuántas palabras se necesitan para fabricar un buen relato.
—El asunto no es cuántas sino cuáles.
—Dígamelas, entonces.
—Ya se las dije. Tome la escoba, la pala; barra este texto, junte los sustantivos en un cesto, los adjetivos en otro, los verbos en el tercero. Las preposiciones, los artículos y las conjunciones puede guardarlas todas juntas en su cartera; ocupan poco espacio. Después redistribúyalas. Con un poco de ingenio y otro poco de picardía le pueden alcanzar hasta para escribir una novela.

La vuelta al 80 en medio mundo - Héctor Ranea


A Sergio Gaut vel Hartman


Desde mis tiempos de marinero que le tenía ganas. Desde esas épocas de compartir cuitas con hombres rudos, poco dados a confesiones y noches pasadas en la cubierta, soportando tormentas con mi capa flotando en fuegos de San Telmo. Esos tiempos los menciono sólo porque dieron origen a esta exageración mental que pronto se convirtió en obsesión.
La idea me vino al ver el primer marinero en la cubierta del velero, gritando cuando, a lo lejos, vio algo que no supo si era la costa de Zimbabwe o un cardumen de cebolleta de mar, una especie de alga navegante casi extinguida después de la desolación.
El capitán José Vicente, el grumete Sergio y yo corrimos hacia los medio mundos, sea para capturar esclavos de Zimbabwe si fuera la opción primera, como para capturar cebolletas, que en el mercado de Tokio se cotizaban mejor que el oro pues alargaban el pene o el clítoris de las damas que devorasen cebolleta seca. Esto generaba discusiones entre el capitán y la Tetona Mendoza, feminista acérrima, quien de vez en cuando aparecía para dar ánimos a la tropa.
Epifanía, llámenla si así prefieren, pero para mí fue mi momento de plata. Me dije que quería también yo aprovechar de las cualidades del pez cebolleta. Sólo que era un pobre marinero en la cubierta usando el medio mundo.
Por Internet, como si supieran de mi afán y de mis dimensiones, me llegaban no menos de sesenta mensajes por día asegurándome agigantar las partes con procedimientos que iban desde lo gastronómico (no sólo el pez cebolleta viene a dar esa bendición, sino también otras que me reservo nombrar) hasta lo astronómico (ciertos ejercicios de astrofísica resueltos a la luz de determinadas supernova) Mas ¡Ay! Semejantes procedimientos eran tan o más prohibitivos que el que venía del mar.
Hasta que, para mi consuelo, llegaría otra revelación. Efectivamente, la compañía que ofrecía el servicio era la Patmos Penis Palurdis SRL, ubicada en Aquino al 5200, ahí, en mi Buenos Aires querido, cuando yo lo vuelva a ver. Y a tres cuadras de donde me dejaba el 80 que tomaba en Beiró.
El conductor del bondi no me dejó subir con mi medio mundo, arguyendo que tenía olor a pescado podrido y seco. Le dije que sólo lo había usado para pescar peces de escayola, pero el maldito mutante me cerró el paso al grito desaforado de:
¡Salí de ahí marinerito trolo o te pongo de rodillas con la matraca!  Dicho lo cual me mostró algo que sacó de debajo de su trono pero no alcancé a distinguir y aceleró su vehículo desparramándome por la calle, con mediomundo y todo. Yo, que venía orgulloso con mi olor a yodo, me van y lo confunden con pescado podrido.
Al segundo colectivo no lo paré. Lo seguí. Mi mediomundo y yo seguimos al 80. Lo montaba, a mi improvisado vehículo, como si fuera un monociclo, la red quedaba colgando como un halo y sin saberlo repartía por el aire hormonas de cebolletas.
Al inicio todo estuvo bien, salvo que le erré a la letra del recorrido y me dejó (es un decir) en la puta autopista, volviendo a Cañuelas, como si quisiera ver otra vez esa magnífica y ceceosa amazona de polo.
Volví siguiendo a otro bondi pero me dirigió para la famosa Loma del Tujes, en donde, obviamente, no podría encontrar la calle Aquino de alta santidad. Así, estuve ochenta días persiguiendo al 80 en todas sus variantes y vericuetos. Eso sí, ahora me pueden preguntar todas las calles desde Barrio Sarmiento a Barrancas de Belgrano pasando por Liniers y parando en todas, de marzo a diciembre, de enero a enero y de cuatro a una de la madrugada.
Finalmente, lo que les quería contar. Llegué un tanto exhausto montando mi medio mundo al PPPSRL y me dieron turno para esa misma tarde. Me preguntaran los curiosos y los obsesos: ¿En qué consistía el tratamiento? Pues bien, a fe mía que les cuento acá. Debía hacer régimen de comida, de vida sexual y reproductiva y de respiración kármica, con todo lo que eso conlleva. Lectura de libros de Lobsang Rampa, de Jius y de las aventuras de Ernie Pike. Eso es lo que había en la sala de espera. Luego de ir y volver varios días, comiendo asmodelos en salsa de pitagra, brebisteplos en croute de galvois, sinvepisios asados y brebajes como agua de baluchiterio en chocolate, me atendió un médico que más me dio la impresión de ser una mujer travestida.
Me dio con mucha ceremonia y secreto una caja de libra y media de escamas de algo con olor fuerte y reconocible. Le dije:
-¡Oiga! ¡Esto es pescado cebolleta seco!
-¡Por supuesto, so estúpido! ¡Qué otra cosa esperaba! ¿Cirugía? En su caso, le adelanto, hubiera sido imposible. ¿De dónde íbamos a agarrar la prótesis? Usted, m’ijo, no tiene nada de dónde agarrarse.
De más está decir que pagué cabizbajo y me alejé meditabundo. O más bien, silbando un tango. Creo que era Mi Noche Triste. Lo seguro es que me olvidé el mediomundo, nunca regresé a reclamarlo. Por cierto, las escamas del pez cebolleta, posta, no funcionan.

El ojo facetado - Saurio


Con guantes de goma naranja y un guardapolvo azul marino una mujer corta el gris de la tormenta inminente mientras cuelga sábanas blancas en la terraza, siete motoqueros esperan nuevos destinos sentados en la grava roja de Plaza Roma, un cafiolo y sus tres putas planifican en un bar de San Martín y Tres Sargentos la noche por venir, en el interno 23 de la línea 152 un tipo aún trata de comprender cómo funcionan las máquinas de boletos y no lo logra, un chico orina contra el paredón del cementerio en Chacarita, tres autos frenan sobre una senda peatonal y a nadie le interesa, la disquería de la estación Palermo llena el aire con una música que uno jamás compraría, un cadete entra distraído a un ascensor sin fijarse que está clausurado con un cenicero de pie y recibe la burla del encargado y amigos, pierden mutuamente la virginidad dos adolescentes en Villa del Parque y por un momento se detiene la lluvia, en San Telmo alguien se pregunta cuál es el sentido de todo ésto y abre las hornallas, aspiran pegamento de una bolsa en Belgrano dos chicos, en Charcas y Thames un encargado conversa con un joven escritor sobre metafísica y temas esotéricos, cantan Aurora en los colegios y como siempre hay un gracioso que le cambia la letra, un perro abre las patas para cagar y se ve tan patético que es muy difícil resistir la tentación de pegarle una patada en el ano, en el Rosedal se canta por diezmilésima vez Rasguña las Piedras pero nadie en el picnic es consciente de este récord, sube al Mitre un ciego y no se le entiende qué dice para despertar nuestra piedad, “Siga tres cuadras derecho y después dos a la izquierda” le indica a un automovilista un almacenero que mataba el tiempo y la ausencia de clientes conversando con una vecina en una esquina de Coghland, un tipo canta Quiero Vale Cuatro aunque apenas tiene un siete de bastos y la suerte le sonríe, en un garaje de Pampa y Ciudad de la Paz se termina de definir el número cuatro de una revista alternativa, vuela el pesado fajo de diarios desde el camión hasta las manos del kioskero, se le cae una pila de platos a un lavacopas en una pizzería de Corrientes y el estruendo detiene todas las conversaciones, un ascensor se queda entre dos pisos y nace una amistad, siempre que pasa junto al cementerio de Recoleta ella comenta que siente olor a muerto saliendo y él le contesta que no puede ser pero la verdad es que el aroma es innegable, en Ciudad Universitaria se reúne un grupo de fans de Viaje a las Estrellas a los que no les importa las miradas socarronas de los choferes del 37 y 160, es un hecho que nadie recuerda entera la letra de un tango, se mete una paloma adentro de una oficina y termina muriendo extenuada de tanto golpear contra un vidrio sin darse cuenta que a un metro de ella había una ventana abierta, la vecina de enfrente no se sabe observada y toma sol desnuda en el balcón, alguien aporrea una máquina de escribir y siente que una luz extraña vence a las penumbras circundantes mientras pone las palabras finales a su novela, la alarma de un coche suena sin parar pero el dueño no aparece, aunque todos saben que se trata de un celular falso el tipo habla con seriedad y como si estuviera cerrando un negocio importante, en el supermercado la música funcional no ayuda a disminuir la histeria colectiva sino que la aumenta, ya es hora que alguien le diga a la vieja del 4°B que baje de una puta vez ese televisor que no se puede dormir la siesta en paz, mezcla detergente y lavandina para limpiar mejor el baño del bar y termina ensuciando mucho más el piso con los vómitos que le produce el cloro que se libera, en un arranque de furia rompe de un puñetazo la pantalla de la computadora y ahora sí que nunca va a terminar a tiempo el trabajo, una gata da a luz cuatro gatitos en un baldío, la botella de cerveza pasa de mano en mano bajo el cielo de Colegiales, el 141 que no viene, hoy es un buen día para vender discos en Parque Rivadavia, pasa un repartidor de pizza en moto y a un peatón se le hace agua la boca, alguien por fin comprende la lógica subyacente en el trazado de Parque Chas pero nadie le cree cuando intenta explicarla, en Jean Jaurés y Córdoba se sienta un buda de incógnito, las referencias evidentes son dichas pero son sólo similitudes casuales, hace cuarenta años que nadie abre esas ventanas por temor a que se escape el luto y los vecinos comenten.
Y,
bajo la lluvia
sobre un banco de cemento
una paloma muerta,
prolijamente muerta,
ordenadamente muerta,
la paloma
sobre un banco
bajo la lluvia.

domingo, 9 de agosto de 2009

Desnudando a Rita - Javier López & Héctor Ranea


Como cada noche, Rita se transformaba en una diosa. En el club nocturno ella llenaba todo el escenario. Unos focos sobre el tablado, rojos, azules y violetas, iluminaban su piel, completamente uniforme de color. Tomaba el sol desnuda. Otro foco blanco la iluminaba frontalmente, creando un óvalo más claro a su alrededor para realzar la presencia de la preciosa mujer.
Decir que su cabello era rizado no daría una idea clara de los perfectos y simétricos bucles que enmarcaban su hermoso rostro. Una sonrisa amplia y sincera era lo más destacable de sus perfectas facciones. Sus senos macizos y de tamaño mediano deberían hacer reformular algunos enunciados de la física, para explicar su postura. Bajo los montículos, su cuerpo serpenteaba hasta estrecharse en una pequeñísima cintura, abarcable apenas con una mano, que daba paso a unas generosas caderas, en una inversión de curvas que provocaba el vértigo. En su vientre liso y ligeramente musculoso, el ombligo mostraba la única concesión al adorno que lucía en su cuerpo: una bolita de plata coronada por un pequeño brillante. Algo más abajo, mostraba entre sus muslos un delicado triángulo de una piel tan bronceada y lisa como la del resto de su cuerpo, enmarcado por una finísima línea de un vello corto y escrupulosamente cuidado. La rotundidad de sus muslos sólo tenía parangón con la de sus caderas.
Rita se movía oscilando, cimbreando su cuerpo en un ir y venir de olas suaves, a veces algo más agitadas, pero siempre delicadas. Al ritmo de la música iba a ir cubriendo su desnudez, lentamente, en un ritual que repetía cada noche durante el verano. Primero se ajustó un minúsculo tanga, haciéndolo subir a lo largo de sus piernas con una gracia inusitada. Tras colocárselo, dio la vuelta y se agachó ligeramente para tomar del suelo una segunda prenda, elevando el promontorio perfectamente esférico en el que culminaban sus muslos. Ahora podía apreciarse el por qué de esa exquisita amplitud de sus caderas. Cuando se giró de nuevo hacia el público lo hizo tapándose los senos con ambas manos, aunque ya tenía a medio ajustar un pequeño sostén, que abrochó con elegancia en su espalda.
La camisa se la colocó tras cogerla de un pequeño gancho que había en la pared del escenario. Mientras su cuerpo seguía el ritmo de la música, abrochaba cada uno de los botones con las manos y los dedos de un prestidigitador, con delicadeza, sin titubear en ningún momento, como si lo hubiera hecho muchas veces antes.
Desde un lateral del escenario le lanzaron una pequeña falda. Ella, sin dejar de bailar, la recogió al vuelo con la mano derecha, y con un movimiento similar al que haría un experto en el manejo de un látigo, la envolvió sobre sus caderas y fijó el cierre de velcro, quedando la faldita embutida en su cuerpo sin que apenas la hubiese tenido un instante en la mano.
Y llegó el número más esperado de la noche. Ahora Rita cogía un par de guantes de finísima piel blanca que habían estado situados en una pequeña tarima durante su número. La música tenía un cambio repentino, del ritmo house que había inundado su actuación, a un cálido soul cantado por una profunda voz negra. Con graciosos movimientos hacía encajar el guante primero en la punta de sus dedos, deslizándolo suavemente por su mano y haciéndolo correr por su brazo hasta poco más abajo del codo.
Un público masculino entregado aplaudía con fervor. La sala de fiestas de la comunidad nudista se convertía, como cada noche, en un templo a la pasión.
Los hombres, apenas terminado el número, se levantaban de sus asientos. Todos estaban desnudos. Algunos buscaban los lavabos del local para esconder su excitación. Los más, iban directamente a sus apartamentos dentro del club, esperando que sus parejas les ofrecieran la fantasía del increíble strip-tease inverso de la divina Rita.
Ella, profesional, imperturbable, impávida, tomaba el primer taxi que la llevara al próximo espectáculo. Esta vez debía actuar en el bar de Internet, frente a las cámaras que retransmitían a los parroquianos cómodamente sentados frente a sus monitores de alta definición, impacientes por ver cómo se vestía Rita. Ya se escuchaban los aullidos cuando por las pantallas circulaban las fotos de la anterior sesión. El primer trago iba a cuenta de la casa.

Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire - Eduardo Betas




Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire. Él había aprendido esa especie de ley de circo casi con los primeros saltos. Pero esa tarde, cuando estaba por dar la última y más difícil prueba de su función, sintió un cosquilleo en el estómago.

Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire porque, según dicen, les pueden suceder dos cosas: caerse o que ese amor sea para siempre. Y los trapecistas, que son valientes pero que también tienen miedo porque son humanos, muchas veces prefieren no arriesgar una caída que le puede costar la vida por encontrar su amor para siempre.

Tal vez porque estaba cansado de ver tantos amores a ras del suelo es que él esa tarde no quiso pero tampoco pudo evitarlo. Fue en los segundos en que cerró los ojos para concentrarse, que la imagen de ella se le hizo luz en la oscuridad de esa carpa remendada. Más luz que el raído reflector que lo enfocaba. Fue recuperar en la memoria su voz que se impuso al gastado redoblante que mellaba el silencio expectante del público. Fue todo ello lo que lo impulsó a volar como nunca antes lo había hecho.

Volar con los ojos cerrados y el tiempo corriendo con furia hacia atrás. Reviviendo almanaques que parecían haberse borroneado del todo. Pero no. Él lo supo cuando, ahí en el aire, miró un puntito de luz a lo lejos, quizás la luz de una estrella colándose por el agujero de la carpa, y se dio cuenta que allí estaba ella. Y estiró sus manos lo más que pudo para acariciarla, para tomarse de sus manos, para volar juntos…

Volvió a cerrar los ojos y se dio cuenta que ése era su último salto. Que ese vacío que abría su gran boca bajo suyo ya se relamía con su cuerpo, con su caída, con su probable fin como trapecista. En ese instante, porque hablamos de segundos, se sintió más liviano. Y hasta pudo pensar que ya había empezado a morirse. Que la sucia arena lo había recibido con la violencia de una trompada en el alma.

Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire, dice la ley de circo. Porque pueden caer y matarse o encontrar el amor para siempre. Y él no tuvo tiempo para volverlo a pensar. Se abrió a ese amor en pleno salto cuando se dio cuenta que el cansancio le había hecho crecer pelusa entre los dedos. Esos mismos dedos que apenas, por centésimas de segundo pudieron asirse de la mano de su compañero y llegar al otro lado del trapecio.

Cuando bajó, apenas saludó a la gente que los aplaudía y ya no salió con toda la troupe a recibir la ovación siempre exagerada del piberío al final de la función. Estaba en su camarín juntando sus cosas, guardándolas en un bolso gigantesco. Lloraba cada rincón de ese circo al que conocía de memoria. Lloraba porque se iba de allí para empezar a volver a otros lugares.

“Y es que el futuro se hace así”, apenas escuchó que le dijo uno de los payasos.

Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire. Pero cuando lo hacen y encuentran el amor para siempre, no pueden ni quieren hacer otra cosa que salir a buscarlo para construir ese vuelo que le da sentido a la vida.

El libro - Jose Rasero



Lo ideal sería explicárselo a ustedes muy bien, con exactitud. Para que después no haya malos entendidos, ni vueltas de hoja ni dobles sentidos. Pero es difícil de explicar, y yo no lo hago bien, no sé. En todo caso les cuento. Mi nombre es Alberto Pérez y Pérez, y eso no viene al caso, ni me ayuda lo más mínimo. Pero no quiero que piensen que me oculto en el anonimato. La mujer estaba sentada en un banco, en el parque. Hacía un día de invierno soleado, precioso. Ella estaba sola y bella. Leía. Yo tenía una cita de negocios, y comenzaba a impacientarme. Por los negocios, claro, pero también por otra cosa que me traía el día arruinado. Mi corbata azul claro de lunarcitos blancos tenía una mancha bien visible. No se rían. Era una mancha roja. Antigua. Imborrable. De algún vino de alguna ocasión. No sé cómo decirles. Además, observé, su contorno asemejaba un beso. Ya ven. Desde que me separé el manejo del hogar era un trastorno continuo. ¿Saben? Es difícil manejar una casa. Ya me pierdo. Pero lo cierto es que no había otra corbata que ponerse. Sólo aquella. Yo soy muy metódico. Y distinguido. Tiquismiquis, decía mi ex. Y los negocios son algo importante. Cualquier detalle cuenta. Así que, ya me ven, a primera hora del día me sentía, no sé, como un pordiosero. Pensarán que exagero, pero no. Yo soy así. La señorita no parecía esperar a nadie. La lectura la atrapaba. Y la hacía más bella, si cabe. La cita de negocios también era con una mujer. Con una mujer casada, para ser más exactos. Se retrasaba. ¿Les dije que soy un hombre metódico y elegante? La idea de sacarme la corbata y ocultarla en un bolsillo, con sus pros y sus contras, ya rondaba en mi cabeza cuando la vi aparecer. Vestía un distinguido traje negro. Un bolso a juego. Gafas oscuras. Era la segunda ocasión en que nos veíamos. Tiré la colilla al suelo y le hice un gesto. Nos dimos educadamente la mano y la invité a sentarse en un banco. Ella encendió un pitillo.
-¿Tiene las fotos?
Saqué un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y se lo ofrecí. Ella lo cogió, pero antes de abrirlo, se quitó las gafas oscuras. Vi que miraba mi corbata. Después me miró a mí.
—Tiene una mancha de carmín. Todos iguales. Dais asco.
La mujer echó un rápido vistazo a las fotografías del sobre. Después tiró el cigarrillo y sacó del bolso otro sobre, que me entregó con desprecio. Se levantó y se marchó.
Yo quedé allí, con el sobre entre mis piernas. No es la primera vez que provoco ese espanto, esa repulsión. Ese asco. Me ocurre a menudo. Con las mujeres. Hacía poco que la provoqué y la sentí. Con mi ex. Pero a pesar de estar acostumbrado uno no se acostumbra. ¿Saben? Es algo que duele. Dolor. Tengo el vicio de los sinónimos. Sufrimiento. Daño. Malestar. Molestia. Tormento. Suplicio. Martirio. Tortura. Pesar. Tristeza. Desolación. Volví a encender un pitillo. ¿Les dije que fumo rubio? Es más elegante. DOLOR. Así, a secas y en mayúsculas, decidí. La mirada de esa mujer dolía. Esa mirada de ira. Quizás más contra sí misma que contra mí. No sé. Por haber contado conmigo para el negocio. Pero la mirada la sufrí yo. Como tantas veces antes. Como hacía poco tiempo. Un dolor que no se puede explicar ¿No entienden? La muchacha del banco parecía estar acabando su lectura. Le quedaban pocas páginas y estaba bellamente expectante. Decidí esperar.
Cuando terminó el libro, lo posó con suavidad en su regazo, y quedó allí, con la mirada como perdida. Entonces me acerqué. Antes de llegar a su lado desanudé la corbata, la saqué al completo con la mano derecha, la oculté en un bolsillo, y así me senté sin más junto a ella. No quieran que les explique lo que sucedió después. Simplemente ocurrió. Ya les dije que no soy muy bueno para estas cosas. Pero en todo caso les resumo.
La ceremonia, la celebración, la primera noche. Ya saben estas cosas. Todas iguales. Ella maneja la casa que es un primor. Yo la amo. Estoy pensando cambiar de trabajo. Abrir un restaurante o algo. Ah, no me pregunten de qué libro se trataba.

Variación sobre una sombra - Nedda González Núñez


"Las dos de la madrugada.
La hora en que los cristales se enfrían,
en que mueren los enfermos,
en que Dios nos olvida...”

Aunque estaba en una discoteca, al echar una ojeada a su reloj Sebastián pensó en los versos de Apollinaire. Después de un par de tragos, no estaba muy seguro de que hubieran sido exactamente así, o escritos en ese orden.
Pero todo estaba bien; su compañera era agradable a pesar de ser amiga de su hermana. Estaban sentados en unos sillones de terciopelo de un deslucido color malva, tratando de conversar a pesar del volumen de la música y de la agitación que había a su alrededor.
Inesperadamente, unas manos suaves taparon sus ojos. Pero cuando intentó tomarlas para ver de quién eran, se llevó una gran sorpresa: no había nada ni nadie detrás de él. Inmediatamente observó el rostro de Lucía. No había indicios de que hubiera visto nada. En ese momento cambió el ritmo de la música, y alguien rió en voz demasiado alta; fue suficiente para distraer su atención, y olvidar el incidente.
Un par de horas más tarde, mientras se refrescaba la cara en el toilet, las manos suaves volvieron. Llegaron por su espalda, envolviéndolo en un abrazo cálido y profundo, exhalando un suave perfume. Sin embargo, lo único que pudo ver a través del espejo y de sus ojos húmedos, fue una sombra tenue que se diluyó contra los azulejos amarillos.
Pero aquel abrazo, no había sido cualquier cosa.. De pronto se burló de sí mismo. ¿En qué estaba pensando?... ¡No pudo haber existido tal abrazo!. Sería mejor salir un rato, cruzar al bar de enfrente, y tomar un café bien cargado para despejarse.
Fue a buscar su abrigo, se excusó con Lucía y caminó hacia la salida. Se abrió paso entre la gente que llenaba el lugar. Al cerrar la puerta, ingresó en la quietud de la noche que se envolvía en un fino manto de bruma. Más allá de las altas siluetas de los edificios, estrellas temblorosas continuaban su interminable huida hacia el oeste.
Sebastián respiró profundamente con todos sus sentidos en estado de alerta; caminó unos metros a lo largo de la acera, y se dispuso a cruzar para entrar al bar. Allí fue donde su persistente e incorpórea amiga volvió a acercarse. Esta vez la tibieza mórbida, su fragancia y su dulzura, se espesaron y se hicieron casi palpables. Nada deseó más que entregarse a ese abrazo, y así lo hizo. La sombra desplegó a su alrededor unas alas suaves como la seda, y lo envolvió por completo, exaltando su deseo y anulando su voluntad.
Entonces, cuando estuvo indefenso compartiendo aliento y latidos, la traidora soltó la trampa tan perfectamente urdida: un frío repentino, un ahogo angustioso, un ¡Dios mío!... que apenas llegó a murmurar, se mezclaron en el último instante. Y quedó allí solo, tirado en medio de la acera, con los ojos claros muy abiertos.
De las alas de sombra emergió la Muerte, poderosa y burlona. Rió impúdicamente con sus mandíbulas descarnadas, haciendo sonar los huesos puntiagudos en una percusión macabra. Luego, satisfecha con su propia astucia, se confundió con la oscuridad nocturna bajo los árboles de la calle, y desapareció.

Amor perimpimpudo - Paloma Zubieta López



Saben que son distintos pero no les importa. Él tiene un lado oscuro que atraviesa la mitad del rostro; fue por eso que ella lo encontró atractivo. Ella desenreda su cabello de serpientes frente al espejo, mientras él se pinta el bigote con tinta de calamar. Con delicadeza, ella cuelga un grillo en el borde del vestido; resplandecen sus ojos de escarabajo delineados con el kohl. Él se pone un sombrero de copa y guarda la llave de su corazón en el bolsillo. Ella camina hacia la puerta dejando rastros de colores en tanto que él, sonríe y emite lo que parece una flor al suspirar. Suben a la estufa que, al ponerse en movimiento, deja un rastro musical. Él enrolla con su larga lengua un cigarro y se llena con el olor a paja fresca que ella despide. Al llegar al magueyal, la cubre con un papalote y galantemente, le ofrece una mano para bajar. Ella escupe un sapo y lo mira con ternura. Es la hora del ocaso en que las sombras han pasado a ser sueños y los objetos parecen perfectos si no se tocan. Se sientan sobre un caparazón de tortuga vacío que hace las veces de cuna, él la cubre con sus cuatro brazos pero sin apretarla demasiado, sabe que es de vidrio. Ella recuesta una de sus dos cabezas sobre su hombro y susurra: si no te tuviera, amor… No hace falta decir nada más, son una pareja perfecta y su felicidad es a todas luces, inalcanzable.

Un martini bien helado para Rita Hayworth – Gabriela Aguilera



Lo pedí bien helado, pero el garzón me lo trajo así no más, a temperatura ambiente. Y en un vaso de jugo. Tenía la aceituna flotante, sí, como debe ser, pero de la temperatura ideal, estaba bien lejos. No sé qué era peor. “Lo quiero helado”, dije, “y en una copa triangular”. El garzón me miró con una cara de “vieja loca, por qué no te tomai la cuestión calladita no más y dejai de joderme”, pero volvió al rato, con una copa adecuada, aunque la temperatura igual. “Le podemos poner hielo”, dijo. “Por nada del mundo”, contesté, “eso sería matar mi trago”. Lo degusté con cuidado. Ese primer sorbo de martini siempre me deja en un espacio y un tiempo de infancia. Rita Hayworth era Gilda en los minutos previos al strip tease que no pasó de ser una sacada de guante. Tanto escándalo por tan poco. El vestido negro le ceñía el cuerpo tal como los guantes se apretaban a su mano y su antebrazo. Glenn Ford la contemplaba furioso porque no podía impedirle que se exhibiera así, sin ninguna vergüenza en medio del salón y cantando con buena voz además. Cuánto odió Glenn a Rita y cómo la amaba, Hubiera deseado arrancarle el vestido a tirones, castigarla volteándola en el suelo o donde fuera, metiendo las manos en su pelo rojo para quitarle cualquier arresto de poder. Eso que quisiste hacer conmigo cuando fui Gilda y en la fiesta de aniversario de tus padres, subí a la mesa para cantar, mientras me sacaba el guante negro. Era solo el guante, te lo juro, pero me arrastraste a la cocina y me diste un par de bofetones asegurando que yo era una puta, desvergonzada puta que te ponía en ridículo. Y después me encerraste contigo en el baño. Cuando saliste, advirtiéndome que tu familia no debía notarlo, me arreglé el vestido frente al espejo. Con el pelo revuelto, la cara hinchada, el cuerpo magullado y el maquillaje corrido, me dije que sería la última vez que me ponías la mano encima. Y salí a la calle con lo puesto, hasta este bar en que maldije a Glenn Ford y a los otros como él y como tú y pedí un martini bien helado. Un martini bien helado para Rita Hayworth.

jueves, 6 de agosto de 2009

Lo nocturno de la noche - Mariana Spagnuolo


No fue el hecho en si, tampoco el momento, ni la forma. No fueron sus ojos clavados como dagas en los míos, no, hubo algo más. No fue que era de noche tarde y la desesperación me perseguía entre los pasillos gigantes de la ciudad, ni que el alcohol irrumpía en mis venas con una fuerza inhumana dando vueltas al mundo como si jugara a la ruleta rusa conmigo. No fue tampoco el ardor en mi garganta por estar abriendo la segunda caja de cigarrillos en veinticuatro horas y que su saliva pareciera seda recubriendo mis cuerdas vocales, ni siquiera creo que haya sido el viento helado y cortante de invierno enrojeciendo mi piel. No pudo haber sido, ni por casualidad, la culpa o el miedo de estar haciendo lo que estaba haciendo, ni el retumbe del inconciente resonando en mis tímpanos. No fue eso, no fue en si nada de lo que sucedía, lo que me trastornaba por dentro sin dejar lugar a ningún otro tipo de pensamiento. Fue solo el hecho de sus manos congeladas a la par del viento arrancándome las ganas de cualquier otra cosa. Fue la liberación perfecta sujetada a lo prohibido y lo nunca antes hecho. Fue, quizás, no ver la gente con sus miradas aun más hirientes que la suya. Fue el crepúsculo de lo que nunca había entendido, ni querido entender. Fue en si, la aglomeración perfecta de la suma de las partes, la dosis anterior a la sobredosis, la ráfaga intensa que avecina la catástrofe. Fue la eternidad que se consume en tres segundos.

Malvina y Hugo - Eduardo Betas


La galería de locales tristes fue un sonajero de risas. Todos los escaparates relucían para la ocasión, iluminados a pleno aunque para ello sus dueños habían pedido lamparitas prestadas. No era para menos. Esa noche celebraban allí su casamiento Malvina y Hugo. Él de 42 años; ella, 44; ambos sin techo pero desesperadamente aferrados a la vida.
Se habían conocido en la calle, donde sobrevivían. Hugo, con sus manos de herrero vacías de trabajo; Malvina, una de las tantas que había salido despedida del sistema tras la crisis económica.
Él la invitó a tomar mate a la plaza. Y ella llevó los bizcochitos. El frío actuó de Celestina y juntó sus cuerpos una de esas noches salvajes, a la intemperie. Entonces el amor volvió a sensibilizarles la piel magullada de tanto asfalto. Y el futuro, se abrió paso como una plantita.
Una noche descubrieron la galería de locales tristes y allí empezaron a pernoctar. Era mejor que la plaza. Por lo menos había un techo. Estando en ese lugar fue que decidieron casarse. Por eso la fiesta se hizo allí.
Los vecinos cocinaron pizzas y empanadas. La jueza les donó la libreta matrimonial. Un diario barrial les obsequió las fotos.
Fotos que la muestra a Malvina mirando a Hugo como si no lo creyera. “Es que lo conocí con barba, pelo largo, sucio, desgreñado y ahora me lo envidian”, dice.
Fotos que lo muestra a él abrazándola orgulloso.
Hoy aún viven en la calle, esquivándole a la miseria. Ella, con un subsidio de desocupados que apenas alcanza para los gastos diarios. Él, haciendo lo que puede. “Es que cuando vivís en la calle tienes que soñar día a día, para no llegar al extremo de tirarte bajo un tren. Pero ahora con ella, tengo una esperanza para toda la vida”, dice.
Malvina le toma las manos y desea en voz alta: “no queremos que la calle nos arrastre”, mientras cuenta una y otra vez cómo fue aquella noche de bodas que el centro comunal les regaló en un hotel de media estrella en el barrio de Primera Junta. Su primera noche de amor sobre una cama.

Tomado de: http://www.cafediverso.com

Año hebreo 10.000 – Sergio Gaut vel Hartman


Dijo Moisés: —No tendrás otros dioses. No adorarás imágenes. No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios. Acuérdate del día sábado para santificarlo. Honra a tu padre y a tu madre. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio. No codiciarás la casa de tu prójimo ni su mujer.
Dijo Abraham Cohen Levy: —¿Qué le parece, don Moisés, si aflojamos un poco la mano? Llevamos diez mil años haciéndole caso y lo único que logramos es que nos corran de todas partes. ¿Y si nos quedamos con el sexto mandamiento y prometemos no exagerar con los demás?
Moisés se indignó por las palabras de Abraham y le pidió a Yavhé que arrojara el rayo sobre la Tierra y destruyera a todos los impíos que vivían sobre ella. Pero Yavhé consideró que el pedido de Abraham era razonable; bajó de los cielos, adoptó una forma humana y convenció a Moisés para que cambiara su mala onda por una actitud más positiva. Ahora los tres toman cerveza en la terracita de un bar en una playa cerca de Jaffa, dejan que la brisa del Mediterráneo los acaricie, empiezan a pensar cómo sigue la noche y se permiten conjeturar que amanecerá luminoso y agradable, más agradable que nunca, en los últimos diez mil años.

martes, 4 de agosto de 2009

Cuando no se riega una planta – Ludmila Tavella


Como ya debés saber, las plantas tienen vida… y como todo ser vivo, necesitan agua. Y no te imaginás cómo de loca se pone una planta cuando no la regás…
Acá te voy a contar lo que pasa cuando no te acordás de darle agua.
Primeritas horas de la mañana: Son las seis y tu clavel está preparando su propio desayuno. Aquí comienza su inconveniente: se da cuenta que no tiene agua y, desesperadamente, se mueve hacia un lado y hacia otro tratando de encontrarte.
Vos lo mirás —él se ilusiona—, lo olés; y te vas a tu trabajo sin otra explicación. Él te mira, con una desilusión bárbara, y vos no te dás ni cuenta.
Al mediodía: Volvés a tu casa a las doce y media, con un hambre terrible. Te hacés algo rápido y lo comés mientras mirás el noticiero, acompañado de tu vaso lleno de gaseosa. Él siente envidia. Tiene ganas de tirarse a la mesa y tomarse todo. Pero se aguanta.
Tardecita. Ya se pone el sol: Tu clavel siente alguna satisfacción porque ya no tiene que aguantar el calor, pero sigue sediento. Llegás del gimnasio y él trata de estirarse cada vez más, para llamar tu atención. Siente tu olor y se aleja. Te vas a bañar, y nuevamente no te dás cuenta de su necesidad.
Ya de noche. Cenando: Te sentás a comer. Ahora una comida demasiado elaborada, como de reyes… y obviamente con tu gaseosa en la mesa. Tu pobre clavel se está muriendo de sed. Tampoco te das cuenta. Te vas a acostar enseguida en tu camita bien calentita.
Ya estás entrando a tu sueño y te acordás…
—¡¡Mi clavel!!
Vas corriendo, desparramando toda el agua en el suelo. Llegás y el pobre clavel está casi marchito. Le das el agua, y se recupera enseguida.
Todos piensan que las plantas se levantan porque ya se sienten bien y están contentas; pero, en realidad, tu clavel lo hace para decirte:
— Pelotudo y la concha de la vaca, me cagué de sed todo el día. Vos me veías y seguías mirándome y…

La Balada del Golden Boxer - Héctor Ranea


Ella paseaba orgullosa su Golden Boxer por las pasarelas no oficiales del Kennel’s en el muelle sobre el Badu Lake, cerca de los competidores. Ese año Chris, su notable fiel amigo, no había podido competir por un esguince durante una prueba de salto, pero estaba en mejor forma que todo el resto y ella se lo hacía notar a quien quisiera con gestos, naturalmente, como hacen los patricios.
El Golden Boxer era un ejemplar magnífico de bípedo envuelto en su sotana dorada, diminuta. Tenía escondido el rostro en una máscara también dorada con la sonrisa exagerada para hacerlo parecer más diabólico aún. Ella se pavoneaba por los pasillos del Club pisando con sus cuatro manos las diferentes clases de bosta aristocrática con elegante desdén. El año próximo este boxer destrozaría a los competidores en la lucha libre.

La existencia del alma en el Caio - Hernán Casciari


08 DE ENERO DE 2004

El Zacarías y yo tomamos mate. Siempre. A cualquier hora. Las veces que estuvimos a punto de separarnos, las veces que llegó un hijo nuevo a casa, cuando lo echaron del trabajo, cuando Argentina salió campeón del mundo, cuando se cayeron las torres gemelas. Cuando murió mamá... Entre el Zacarías y yo hubo días sin besos a la mañana, semanas sin dirigirnos la palabra, meses enteros sin juntar los pelos, años larguísimos sin un peso en el bolsillo. Pero no hubo nunca en nuestro matrimonio un solo día sin que él o yo nos sentáramos en silencio a tomar mate.
El mate no es una bebida, corazones de otro barrio. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse. El mate es exactamente lo contrario que la televisión. Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás sola. Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es “hola” y la segunda “¿unos mates?”.
Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan. Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos. Los buenos y los hijos de puta.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. El Caio empezó a pedir a los cinco. La Sofi a los nueve. El Nacho a los tres. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.
Cuando conocés a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza:
—¿Dulce o amargo?
El otro responde:
—Como tomes vos.
Yo les escribo siempre a ustedes con el mate al lado del teclado. Los teclados de Argentina y Uruguay tienen las letras llenas de yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. La yerba no se le niega a nadie. Ni a la vieja Monforte.
Escribo esto por algo. Hoy llegamos todos de la calle y el Caio estaba tomando mate solo. Nunca antes había tomado mate solo. Siempre con el Chileno Calesita, o con la hermana, o con nosotros. Solo jamás.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos. No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es porque ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera.
El Caio no sabe qué carajo le pasa. No va a recordar este día. Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un mate solos. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones. Yo no me acuerdo de mi día. Zacarías tampoco. Nadie se acuerda. Pero hoy el Caio empezó a tomar mate solo. Hoy, 8 de enero del 2004, a la madrugada. Su padre y yo, escondidos en el pasillo, empezamos a mirarlo con respeto.

Tomado de "Diario de una Mujer Gorda"

domingo, 2 de agosto de 2009

Equilibrio - Camilo Fernández


Hace una semana que la tierra comenzó a temblar. En cada rincón del planeta aparecieron monstruosas grietas; los volcanes regurgitaron ríos incandescentes y lluvias de ceniza. La intensa actividad volcánica observada en los polos ha derretido aquellos hielos que creíamos eternos. En consecuencia, las ciudades costeras están siendo alcanzadas por olas gigantes que destruyen toda huella humana. Aún no se conoce cuánto ha crecido en nivel del mar.
El evento cataclísmico no fue inesperado. Diversas organizaciones ambientalistas lo anunciaron incontables veces durante años. Nadie los escuchó. La discusión ahora se centra en la gravedad de la situación. ¿El fenómeno desaparecerá tan fugazmente como se inició, o será sólo el comienzo?
Las redes informan que ciudades completas han sido devastadas. Tokio, Los Ángeles, San Francisco y Santiago son sólo algunas. El patrón es claro y lógico. Millones de vidas se han perdido.
Las miradas se han vuelto a la comunidad científica, instándolos a encontrar una rápida solución. Los más ilustres se han reunido en África, el continente menos afectado hasta el momento. Desde allí, emitieron hoy el primer informe oficial: “Hemos dañado el Planeta hasta convertirnos en una seria amenaza. Como todo sistema dinámico, está reaccionando para retornar al equilibrio”.

Mercado secundario - Sergio Gaut vel Hartman


Benjamín tenía el sorprendente don de estar siempre en el lugar adecuado en el momento preciso. Olfateaba accidentes de tránsito como quien encuentra almejas en la playa, y cuando la prudencia de los automovilistas ocasionaba una merma de siniestros, se daba una vuelta por la guardia de los hospitales públicos. ¿El objetivo? Lo diré con una sola palabra: memoria; Benjamín se hacía con la memoria de los que la perdían. Los golpes en la cabeza eran una fuente de suministro casi perfecta y nunca falta una esposa despechada, un taxista furioso o un acreedor sin esperanzas de cobrar que, golpe en la cabeza mediante, desparrame la memoria del más pintado. Pero ¿qué hacía Benjamín con las memorias? ¿Acaso es posible hacerse con una memoria ajena, una memoria extraviada, y utilizarla como propia? Seguro que sí, pero eso no es todo. El mayor talento de Benjamín no era hacerse con las memorias sino buscar en ellas las combinaciones de las cajas de seguridad, los números de teléfono de las amantes secretas, las vergüenzas ocultas de la familia, las fórmulas para convertir en manjares la basura y la chatarra en oro. Gracias a eso amasó una interesante fortuna, y otra más vendiendo las memorias, ya despojadas de sus partes más suculentas, en el mercado secundario; nunca falta el que compra los descartes. Todo salía a pedir de boca para Benjamín… hasta que un día la suerte dio una vuelta en el aire, giró ciento ochenta grados y la memoria que obtuvo en un accidente de tránsito entre un Porsche y una ambulancia fue la de un represor que, hasta el momento de la desgracia, recordaba hasta el mínimo detalle todas y cada una de las “operaciones” que había realizado. Por la mente de Benjamín desfilaron plantones, submarinos y picanas; torturas físicas y psicológicas, golpes, vejaciones, incertidumbre, muerte… Puede decirse que el pobre Benjamín murió de sobredosis.


Ci yacet pulvis, cines et nihil - Daniel Frini


¿Te acordás? En al esquina del comedor, que usábamos como sala de estudio, había un mueble chiquito en forma de rinconera donde poníamos los dos relojes despertadores, de aquellos a cuerda. Uno era rojo y nuevo; el otro de un verde pastel desteñido de tanto marcar el paso del tiempo. Nos asombrábamos del poder que tenían: jamás logramos que dieran la misma hora. En el centro estaba la mesa, de gruesos tablones de madera, con algo de estilo Luis XVI, y que alguna vez fuera hermosa; donde se amontonaban los libros de física, las tazas usadas, el mate olvidado del día anterior, los pedazos de pan y los restos de viejos paquetes de galletitas. En esa mesa pesada, escribimos nuestros nombres. Yo debo haber escrito el mío una docena de veces. Vos escribiste el tuyo una sola vez.
Solías venir a casa de mañana, temprano, y en más de una oportunidad revolucionaste el sueño de mis compañeros, con quienes yo alquilaba la casa. Sin embargo, nada importaba. Abrías tu carpeta y nos poníamos a estudiar. Así empezamos. Aprendimos a saborear nostalgias, a pelear por un pedazo de historia. Y fue así, bien simple, bien de todos los días, que aquel otoño te comencé a querer.
Algún diario de los que escribía debe guardar la fecha en que te lo dije y nos empezamos a pertenecer. Por aquella época inventé historias donde éramos los protagonistas. Soñé desde la casa hasta los hijos. Te hice dibujos, cartas y poemas. Nos peleábamos, nos encontrábamos, nos queríamos.
En alguno de esos momentos en que vos eras mi tiempo, me aislé. Desde entonces, mi mundo se compuso sólo por los momentos que compartíamos. Nada más.
Nadie debe haberlo notado, pero en esos días el sol era más naranja que de costumbre y el cielo un poco más azul. Eso fue cuando estábamos juntos.
Pero un día -y eso no creo que lo digan mis diarios- te perdí. Seguí viéndote. Físicamente estabas allí, pero ya no nos encontramos más. El silencio se metió entre los dos y no supe siquiera si ya no me amabas. Respeté tu decisión pero quería que, al menos, me lo dijeras.
Traté de hablarte yo, pero no pude. Y me puse a esperar.
De a poco, el sol cambió su color a un opaco blanco ceniza y mi cielo se llenó de manchas oscuras, cada una más terrible que las demás. Dejaron de importarme mis amigos, y hasta, cosa curiosa, dejó de importarme tu persona. Sólo esperaba tu palabra.
Solía pasar horas con la mirada fija en el picaporte de la puerta esperando que tu voz entrase a decirme el porqué, pero no pasó nada.
Con los meses, yo bajaba más y más. Llegó un tiempo en que podían gritarme en los oídos y ni siquiera pestañeaba. Soñaba que la puerta me hablaba con tu voz, pero no podía entender qué decía; entonces, yo seguía bajando.
Sin embargo, un día húmedo como sólo se puede encontrar en abril, decidí que no vendrías. Puse mis pensamientos en orden y abrí, por fin, mi mente al mundo. Vi nuevos pájaros y nuevas nubes, cosas que no estaban antes y gente en la casa que no recordaba. A la medianoche, salí al patio; miré a una luna distinta, y me suicidé.
Han pasado noventa años desde entonces, y nunca más te vi. Sé que en algún momento, en los siglos venideros, encontraré tu voz.
Hoy volví a la casa. Parece que nadie la ha habitado desde aquellos días. Me recibió una red de telarañas. Ci yacet pulvis, cines et nihil. Aquí yacen polvo, ceniza y nada.
Mis diarios han desaparecido.
Mi nombre ya no está escrito en la mesa. El tuyo sigue allí.
Los dos relojes aún juntan tiempo en la rinconera; y, aunque parezca mentira, siguen llevándose endemoniadamente mal.

viernes, 31 de julio de 2009

¿Arde Troya? - Héctor Ranea


¡Qué lo reparió! Inodoro Pereyra, la Tetona Mendoza y el Llanero Solitario se apersonaron a Layo y le ofrecieron ser sus acompañantes, pero se les adelantó Héctor, quien previamente había sometido sexualmente a la Esfinge con su consentimiento (de ella, cabe aclarar). Héctor desvió el curso de Edipo, quien dejó pasar a esos extraños vestidos tan raro, sobre todo por las tetas de la Mendoza. Obviamente, no se enamoró más que de ella y la siguió hasta Tebas, donde dos soldados troyanos recién venidos de la guerra del Dardanelos, como la conocían allá, comían salame de Milán (que se conoce como salame húngaro en Milán) mientras miraban la cartelera de espectáculos. Hete aquí que se representaba la comedia de Esopo: Tragedia de Edipo de Tebas, o Un Cubano en la corte del Rey Layo. Cuando fue a verla, ahí estaban, el Llanero Solitario haciendo de Tiresias y la reina misma Sor Arrayas representando con mucho realismo el papel de la Esfinge sometida por Héctor. A todo esto, Edipo, ya en el Bósforo, se dejaba acariciar por una Reina de Saba que estaba más caliente que una papa. No habían pasado más de diez años cuando en el horizonte, un rayo de luz verde alumbró un lugar del cual surgieron dos columnas de personas tristes que empezaron a beber agua y hablar de caracoles. Nadie le daba crédito a sus ojos, al principio, pero después, la tetona Mendoza se hizo a la mar para encontrarse con Edipo, mientras la obra de Esopo fracasaba en los tablados de mármol y él la reemplazaba por un despampanante despliegue musical con Ezra Pound vestido de milico persa y dos soubrettes de cuerpo afinado como alambres pero de buen paso. Nadie entendió nada de la obra. Algunos pensaron que era un refrito de bodrios anteriores. Esopo no colgó las chancletas, sin embargo, y comenzó a explorar a su naifa. Ahí encontró tema para dos tangos paradojales. Eso lo llevó a la escena y algunos espectadores se arrancaron los ojos con tijeras de entresacar pelo de oveja. El sacrificio de Ofelia, se llamaba la obra. Tiresias lo echó de la compañía para que se dedicara a lo único que podía hacer Esopo, que era servir de ayudante de limpiador de oídos. Nadie sabe qué más hizo la tetona para llegar a Edipo, pero Edipo consiguió colarse en la historia gracias a que robó el caballo del Llanero Solitario, y lo llevó a la guerra y allí distrajo a los troyanos mientras los griegos les entraban por el medio de la puerta porque nunca habían visto un caballo tan blanco como una hoja de papel que hablaba en inglés. Y así termina la historia de la guerra de Dardanelos, conocida como el tsunami de Trocha. Que no es lo mismo que Troya, pero queda cerca.
Colorín colorado, este cuento está acabado. Y no sé si lo quisiera ver publicado.

Huésped - Hernán Domínguez Nimo


Los veo venir y dejo de revolver en la basura. Debo verme como un perro tranquilo, amable, acariciable. Y uno que revuelve la basura no lo es.
Son una familia. Vienen de la playa, cargados de reposeras, la sombrilla, una heladerita, baldecitos y palitas. El padre es el más cargado, quien más sufre la vuelta a casa, quien más la desea. Se da vuelta cada diez pasos y urge a los demás. Apenas lo hace, la madre repite sus palabras como un eco, para apurar a los chicos. Así los retos del padre no la salpican a ella.
El padre es quien toma las decisiones. A él debo dirigirme. Él será quien me aloje.
Pero para llegar a él, primero los más fáciles. Cuando están cerca, muevo la cola, agacho las orejas y camino hacia ellos. Siempre funciona.
—¡Mirá, papi! ¡Un perrito! —exclama el más grande.
—¡Miá papi! ¡Peito! —repite el más chico, debe tener dos años.
—No lo acaricien, debe estar sucio —dice el padre, precavido ante todo.
Así que mientras él abre la tranquerita del cerco de su jardín, me acerco y muevo la cola, pero sin forzar el contacto. En este momento solo lograría que me eche.
—¡Qué lindo perrito, papi!
—¡Eh ino peito, papi!
—Sí, que lindo perrito, vamos, entren a casa —dice el padre, sosteniendo la puertita.
Mientras los chicos entran, me acerco a él, porque a sus hijos todavía los siente vulnerables. Lo miro a los ojos, enarcándolos para acentuar la expresión dulce. La madre ya entró. Sólo quedamos él y yo. Pero no es el momento. Demasiado lugar para correr.
Me siento, me acerco, como si mi timidez fuera excesiva, como si la vida me hubiera maltratado tanto que yo desconfiara de él más que él de mí. Es la única manera en que él desconfíe un poco menos.
En este punto se agacha y me da unas palmadas suaves en la cabeza. Entonces me acerco, me pego a su pierna. Él me acaricia el lomo y mi cola se mueve de un lado al otro.
—¡Se te va a desatornillar la cola! —me dice, la puertita en la mano. Él está adentro, yo afuera, y lo miro y amago a entrar, pero no me decido.
Y eso es lo que lo decide a él: mi indecisión. Se aparta y me deja el paso. No tardo ni un segundo en entrar al jardín. Podría arrepentirse.
El padre cierra la puerta detrás nuestro y yo lo espero, moviendo la cola. Caminamos juntos. Cuando llegamos a la casa, me vuelvo, lo miro.
—A la casa no, amigo. En un rato te saco algo para comer —me dice y me tapa el paso poniéndose entre la puerta y yo.
Es el momento que elijo para salir del cuerpo del perro y entrar al suyo.

Un producto de calidad - Sergio Gaut vel Hartman


La pareja esperó delante del mostrador a que la recepcionista levantara la vista.
—¿En qué puedo servirlos? —dijo finalmente.
La que habló fue la mujer.
—Quisiéramos… encargar un hijo… un IPS, ¿puede ser?
—¡Sí, por supuesto! —respondió la recepcionista—. Uno de nuestros vendedores vendrá de inmediato a atenderlos. Tomen asiento, por favor.
La espera se hizo larga y tensa. La mujer miraba al hombre y en sus labios se formaba una sonrisa poco natural cada cinco segundos, y cada diez estiraba la mano, apretaba la de él, y la retiraba contrariada porque el hombre no alzaba la vista de los mosaicos de granito con diseños incaicos.
Al cabo de varios minutos eternos, el vendedor de la firma, un dios nórdico vestido con un traje de Poussy, camisa negra y zapatos italianos, los hizo pasar a un cubículo, y tras las presentaciones de rigor fue directamente al grano.
—¿Qué IPS tienen en mente?
—Utilizar esta tecnología con fines reproductivos —soltó el hombre—, ¿no es una irresponsabilidad ética?
—Amigo —respondió el vendedor—; esta es una era científica y tecnológica. No hay razones para no hacer lo que se puede hacer.
—¿Juegan a ser Dios? —insistió el hombre haciendo caso omiso al fastidio de la mujer.
—Tal vez somos un poco Dios —respondió el vendedor sin inmutarse—. ¿Por qué no?
—Eso —dijo entonces la mujer—. ¿Por qué no? Si el Dios tradicional no me ayuda a tener un hijo no veo una buena razón para que el nuevo Dios no lo haga.
—¡Excelente enfoque! —exclamó el vendedor. Y luego de una breve pausa—. Les mostraré el catálogo para que elijan el mix que mejor se adecue a sus preferencias y deseos.
—Eso es inmoral —dijo el hombre, aunque sin demasiada convicción.
—¿Le parece? No lo creemos así, aunque en definitiva, la decisión es de ustedes; no los vamos a forzar a nada.
La mujer movió el dedo a lo largo y ancho de la pantalla empotrada en la mesa de cristal y se detuvo varias veces para seleccionar atributos. Al cabo de un rato pareció satisfecha con su elección.
—Me gustaría que tenga la inteligencia de Einstein, el lomo de Schwarzenegger, los rasgos de Beckham, la salud de hierro de un campesino del Cáucaso, el talento para los negocios de Bill Gates y el carácter de mi esposo.
—Señora, por favor —dijo el vendedor—: ¿quiere que nos retiren la licencia por fabricar productos defectuosos?

jueves, 30 de julio de 2009

Instrucciones para cazar palomas - José Luis Vasconcelos


Tu autor favorito participa en un coloquio internacional que se realiza en la ciudad que habitas. Lee tres estupendos textos. Durante la sesión de preguntas y respuestas es interrumpido constantemente por el moderador.
Ahora toca el turno a un literato local que inicia su monótona lectura.
Aburrido, sales y te recargas sobre una fuente. Alzas la cabeza y ves palomas que vuelan en semicírculos bajo un manto negro. Recuerdas que llevas una resortera en el bolsillo de tu pantalón.
Siéntela. Ya la tienes en la mano y colocas una piedra, estiras la liga, apuntas hacia las aves y disparas el proyectil. Tu puntería anda mal. Repite la operación. Cada vez estás más cerca del objetivo.
Respiras hondo y sientes que llegó el momento. Te concentras, disparas y la piedra cruza entre dos palomas que se alejan. Piensas que fallaste, pero en ese momento ves que una estrella se precipita como ave herida sobre el presídium.
El público grita. Tu autor favorito levanta el astro sangrante que yacía dentro del cráneo vacío del moderador.
Te observa… también a la resortera que sostienes en la mano. Se aproxima hacia ti. En la mano lleva un libro de su autoría; escribe una dedicatoria y estampa su rúbrica.
Jamás olvidarás esa noche.

Ojalá esté muerto - Hernán Domínguez Nimo


El teléfono suena.
Lo imagino en el césped. Lautaro no está a la vista. Sólo el celular, tirado, rodeado por las llamas.
Por alguna razón me parece irreal, demasiado de película.
Así que el teléfono vuelve a sonar y ahora lo veo sobre una mesita de luz, en la penumbra. En ese momento lo pienso: ojalá esté muerto.
Me asusto de haberlo pensado. ¿Cómo puede ser, con el pánico a perderlo siempre presente, que vaya a pensar eso?
Pero es así. La idea de la tragedia es más tranquilizadora que la otra. Alguna herida grave, algo que le deje una marca. Algo que me sirva.
Sacudo la cabeza y vuelvo a poner el tubo en la oreja. Aún suena. Quizá está en el bolsillo del pantalón. Imagino el cuerpo tirado. Pero sólo la mitad. No sé por qué. El cuadro mental deja a fuera el torso y la cabeza.
Llama otra vez. Ahora el pantalón está solo, vacío, doblado en una silla. No, no. Está al pie de una cama, oscura, teñido todo de luz roja. El celular suena, perdido en el bolsillo, y no hay una mano (desnuda o vestida) que se estire para alcanzarlo.
Está muy ocupado. Es lo que dice el contestador que me va a atender en unos segundos. “En este momento estoy muy ocupado. Dejame tu mensaje y te llamo.” Odio de memoria esas dos frases.
Así que corto y vuelvo a mirar el noticiero, donde los bomberos intentan en vano apagar el monstruoso esqueleto de metal en llamas, el pájaro que nunca llegó a levantar vuelo y terminó por incrustarse en el driving de la asociación de golf, el mismo donde él dice jugar cada jueves. Doscientos muertos, cincuenta heridos dice el cronista. Y con angustia y esperanza aguardo el momento en que aparezcan los nombres. El suyo.

lunes, 27 de julio de 2009

Crisis de identidad - Daniel Frini


Con el cambio de hojas de la primavera perdí los ojos y me aparecieron branquias. Cuando llegó el verano, mis doce brazos mudaron en tentáculos. A principios del otoño aparecieron las primeras escamas, en reemplazo de las plumas. En el invierno mi trompa se transformó en una boca cavernosa y tétrica. A la siguiente primavera los cambios continuaron. Dejé la crisálida. Tuve frio por primera vez. Luego, me aparecieron pedipalpos, que trocaron en dientes filosísimos; y antenas, que después fueron aletas, y también membranas, y párpados verticales, y dentículos, y opérculos, babillas, cuernos, cercos terminales y quelíceros; mientras, las estaciones siguieron pasando.
El líquido que rezumo después de atravesar mis tres estómagos, y que regurgito para alimentarme, ni siquiera es sabroso.
Yo era un empleado administrativo, oscuro, pero sin problemas. Perdí mi trabajo, mi mujer, mi familia y mis amigos. Y ahora ¿qué soy?
Deseo morir. Con mi suerte, solo falta que no exista asteroide que se estrelle contra el planeta, y deba seguir así, mutando, estación tras estación, quién sabe hasta cuando.

Fuga infructuosa - Sergio Gaut vel Hartman


Desperté bañado en el viscoso aceite de las heridas que yo mismo le había provocado a Hipnos, lo que demostró que estaba saliendo a duras penas de una pesadilla profética. Entonces, seguro de mí mismo, arrogante, invicto vencedor, dejé que la idea fluyera arrastrando el tibio licor que la noche había depositado en mis recovecos internos y esperé la purificación, pero como eso no ocurrió, no tuve más remedio que meter los dedos en el hueco producido por los hechos de la vida pasada: extraje la nuez y descubrí el deterioro al primer vistazo; costras de savia seca se adherían a la rugosa superficie y un rastro de humo sugería que el núcleo estaba agotado. Eso sólo podía significar una cosa: en la vida real yo moriría dentro de las siguientes tres horas. ¡Ridículo! Esas cosas no se descubren en los sueños, traté de convencerme. Cerré los ojos y creo que escapé con facilidad. No obstante, cuando llegué a la otra orilla, un nuevo Hipnos, o el antiguo, renacido, preparó sus herramientas para aniquilarme. Empecé a reír nervioso, acorralado, admitiendo, por fin, que no había salida. Traté de imaginar otro territorio, ni sueño ni vigilia, que pudiera cobijar mis huesos. Y a último momento encontré este lugar, que no es gran cosa, aceptémoslo, y me dispuse a resistir. Pero no dio resultado: las palabras, monstruosas, despiadadas, incapaces de reconocerme como alguien de su estirpe, dieron cuenta de mí antes de que fuera capaz de elucubrar un nuevo plan de evasión.

sábado, 25 de julio de 2009

¡Qué bien suena Guerolito! - Leandro Javier Oyola


No sé de qué eran esas pastillitas que me diste. En la gira no hubo ninguna de esas. Rockler no eran. DRF tampoco. Pero qué bien que se escuchaba la música después de saborearlas. Guerolito de Beck sonaba muchos más loco de lo que suena normalmente. Me quedé sentado sin saber qué hacer. Vos hablabas de lo bien que te hacía el feriado, de lo bien que te hacía no hacer nada, lejos de esos pacientes que tenían problemas psicológicos de todo tipo y que dos por tres te llamaban a cualquier hora para que les regales la oreja por cinco minutos como mínimo.

Pero ahora, mientras sonaba Guerolito y el gato me acariciaba de pasada la pierna izquierda, me decías que estabas contenta porque durante toda la tarde íbamos a poder hacer lo que queríamos. ¿Lo que queremos? Le pregunté. ¿O lo que vos querés? Sí, mejor lo que yo quiero, me respondiste, y yo sentí que de todos modos siempre hacíamos lo que vos querías, cuando y como vos lo querías. Mi único poder era irme o no llegar. Lo demás no lo disponía y la verdad ni me interesaba. Además, en el estado en el que me había dejado esa pasta no podía ni caminar. El gato estaba cada vez más insoportable y mi cabeza parecía la de un derviche girador.

Dame un beso, me dijiste, y cuando me quise acordar estabas con tu ojos casi adentro de mi mente, como una telépata intrusa obsesionada conmigo. Yo, un pibe común que no sé cómo, justo pasaba por ahí y a la media hora, sentado en ese sillón de cuerina, ni se acordaba como se llamaba. ¿Éste soy yo?, pensé.

Dejáte de joder. Vos sabés que lo nuestro es la charla, tomar mate, leer algo. Lo nuestro es la ingenuidad, dejar que pase el tiempo, pero con la distancia de los que aún se pueden escuchar sin tener intereses en común, le dije.

¿A qué se debe ese beso?, le pregunté. Yo que sé, me dijo. No hago las cosas que hago sabiendo por qué las hago. Las hago y listo. ¿Acaso no te gustó?

Mirá, en este momento no me puedo ni mover... no creo que llegue muy lejos con vos.

Siempre te quise, me dijo mirándome ahora con una seriedad que no aceptaría la risa que comenzaba a escaparse de mí.

¡Gato de mierda!!! Grité como para disimular y le pegué una patada en la quijada, como para desviar el foco de atención. Si el gato se desmayaba el tema del amor iba a quedar relegado. Incluso, si el gato quedaba lastimado, puede que no me considerara digno y cambiara de deseos hacia mi. Si me odia, mejor, pensé, y antes de que el gato pudiera recuperarse lo pisé como sin querer.

Hizo silencio y me miró a mí y luego al gato. Yo disfrutaba un poco, debo decir verdad. No podía ni moverme, pero cuando me dijo que me quería, mi instinto de supervivencia vino de lo más profundo de mi y la ligó el gato, que no tenía nada que ver. Me vino al pelo ese gato blanquito, que ni sabía lo que estaba sucediendo entre nosotros. Después de todo ellos son bastante insoportables cuando a las tres de la mañana arman unos despelotes bárbaros con aullidos que parecen asesinatos terribles y crueles.

No alcanzó a decir nada. Seguía mirando al gato que se fue corriendo a la pieza.

Ahora el que la besaba era yo y le decía chau, me voy a quedar a dormir porque no doy más. ¡Disculpame por lo de gato!

Extraído con autorización de: http://leocarpediem.blogspot.com/

martes, 21 de julio de 2009

Cuarenta años de prisión - Alejandro Ramírez Giraldo


Aquella noche discutí con mi esposa y nos acostamos enojados, en orillas opuestas de la cama. En un juego siniestro del inconsciente, el sueño de esa noche fue sobre lo mismo: discutimos durante horas y nos desahogamos de todas las mentiras y falsedades de nuestra vida matrimonial; después de una acalorada discusión me agredió y me pasó por la cara sus afiladas uñas; yo intentaba calmarla y le rogaba que habláramos, pero ella seguía golpeándome y dejando el doloroso rastro de sus uñas por todo mi cuerpo. En un momento dado no soporté más y fui a la habitación por el revólver mientras me perseguía porque intuía el desenlace. Con un sólo tiro la maté. Los vecinos, alarmados, llamaron a la policía y me capturaron en la escena del crimen con el revólver en la mano y con la confesión en los labios. En poco tiempo se instruyó el sumario y el fiscal pidió la pena máxima por lo que consideró un homicidio doloso. El juez finalmente me condenó a 40 años de prisión.

Lo que más me preocupa es que he purgado 13 años de la condena y no he podido despertar. Me pregunto si será necesario que cumpla la pena completa para poder salir de este sueño absurdo. Lo que sí me agobia profundamente son las aburridas noches de reclusión que me producen azarosas pesadillas; hay una en especial que me acosa sin tregua y me ha hecho perder el sosiego: sueño que despierto y la encuentro al otro lado de la cama.

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

Un relato de otro autor - Martín Gardella


Parado frente al espejo mientras me afeitaba, noté con asombro que la imagen reflejaba el rostro de otro. Un sujeto de voz mortuoria me rogaba que escribiera un relato que él mismo me contaría. Decía haber sido un célebre escritor, asesinado injustamente por un lector insano al que no le había gustado su último libro. La muerte había sido tan repentina y dolorosa que su alma aún se encontraba activa, condenada a mudar de cuerpo en cuerpo hasta que el autor lograra vengarse. Según me explicó, si yo redactaba la historia que me requería, su espíritu podría migrar de mi cuerpo al de la persona que osara leerla y, a través de crueles y monstruosas apariciones, compensaría en ese lector todos los males sufridos hasta cumplir la venganza que le permitiría descansar en paz. Amenazó con permanecer en mi cuerpo eternamente si yo no cumplía con su extraño requerimiento. Espero sepas disculparme por no habértelo advertido, pero el cuento que estás leyendo es precisamente la historia que el muerto me pidió escribir.

Inevitable - Héctor Ranea


En el diario estaban escritas palabras fatalistas. El relato del conductor del camión que atropelló a Natalia, el de un ciclista que pasaba. Faltaba el relato de la madre, de su hermano y faltarían los relatos de sus nueve hijos, para siempre. El relato de toda su vida anterior, antes de conocer al hombre, después de conocerlo, todos aquellos también faltaban. Para el público el accidente sería olvidable en pocos meses y no era necesario pagar de más a los noteros.
El conductor repetía cientos de veces que ella se tiró bajo las ruedas del acoplado. El fiscal no quiso revisar más el cadáver para no encontrar que tenía heridas anteriores. Tampoco quisieron revisar el legajo del hospital, donde decía que desde hacía diez años Natalia concurría a dos cosas: a parir y a curarse heridas provocadas con objetos contundentes en todas partes del cuerpo. Y subrayaban, en todas partes de cuerpo. Y hubieran podido descubrir que eran con diferentes instrumentos convertidos en armas los que les provocaban las heridas que nunca sanaron del todo.
No alcanzan las palabras para describir una mujer a quien una rueda de camión aplasta, lanza contra el fondo del acoplado y rebota, se estrella contra el pavimento y da tumbos asustando a las vacas con el grito y es tomada así por otra pareja de ruedas duales que la arrastra breves instantes, luego la muele y la arroja hacia un costado, convertida en un trozo de nada, toda muerta. Ahora sí, en paz, Natalia no será más golpeada después de los más brutales golpes del camión, del hombre.
Para el ciclista esas palabras están vedadas porque nadie quiere escucharlo. Ni el periodista, ni el fiscal ni el juez ni la madre de la muerta. A mí algo de eso me recuerda al toro de Picasso.
El hombre quedó libre porque nadie quiso mirar su prontuario. El legajo de Natalia, las lágrimas de la madre tampoco fueron estudiados. Los hijos, los que la conocieron y los que no la van a conocer, tendrán sólo acceso a los recuerdos si el padre se los concede.
Un grupo acompaña todos los años a la madre con algunos carteles para recordar a Natalia, pero el resto de quienes transitan la ruta mira a esa gente con un dejo de desprecio. Es la verdad.