martes, 18 de agosto de 2009

Un beso frío y breve - José Luis Vasconcelos


La pensé muchas veces, durante años. No tenía la menor idea de que un día pudiera aparecer así, de la Nada. Mi cara de bobo en su pupila, luego ella rozó mis manos suavemente. Mi rostro entre sus manos era un melón y luego depositó el beso más frío y breve que he sentido en mis labios. Años después la volví a ver. Estaba justo detrás de mi prima Minucia, colocando un par de alas en su espalda. Estaba enfrascada en sus labores porque no se inmutó con mi presencia. Quise correr hacia ella, reclamar su actitud y cuestionar su labor. Mis pies eran plomo, mi pensamiento flotaba entre la idea y el sueño. La veía de perfil, concentrada en eso de poner alas, de presionar suavemente con la yema de los dedos sobre las partes que se abultaban y que daban una ligera idea de imperfección. Minucia volteó para despedirse de mí y su mano se aferró a la de ella. Entonces se percató de mi persona y sonrió. Sus dedos rozaron una de las alas, con gracia desprendió una pluma y la aventó hacia mí. Luego empezaron a volar, se fueron haciendo más pequeñas entre esa combustión de nubes. Desde entonces llevo la pluma prendida en mi sombrero. Cuento -a quienes me preguntan- que esta pluma cayó entre mis manos cuando dos águilas blancas peleaban en las alturas y que, además, posee ciertos poderes porque los temores se alejan cuando me abanico con ella. Hace como un año la volví a encontrar al cruzar una calle. No había cambiado gran cosa, si acaso el peinado. Caminaba de prisa, con esas piernas largas y blancas que nunca he mirado en otro ser. Alcanzó al viejo gordo del bombín y se metieron al café de chinos, frente a la estación de ferrocarril. Tomaron asiento junto a la ventana y debían estar molestos porque discutían acaloradamente. Entonces llegó la mesera y derramó café sobre ellos. Eso fue suficiente para acabar con la disputa; sin mayores preámbulos ascendieron al cielo, mientras el bombín caía sobre la mesa junto con una moneda. Supongo que la veré nuevamente. No me asusta. De hecho me entusiasma su resolución y oficio. No sé a qué se dedica, pero evidentemente su labor está relacionada con menesteres que no son de este mundo. Bueno, veremos qué pasa un día de éstos. No tengo prisa en hallarla otra vez; llegará como esa primera vez que depositó el beso frío y breve sobre mis labios. Si me ha de poner alas, que sean mayores que las de Minucia y no en color pastel. También le pediré, si es que se presenta la oportunidad, que vayamos al café Nelson, no al de chinos, porque en el Nelson las meseras son más bonitas y discretas, cosa que garantizará que mi ascenso a los cielos no se mastique en boca de cualquier pelagatos.

El hombre gris - María del Pilar Jorge


Lo veo pasar todas las tardes, las manos en los bolsillos y el gesto ausente. Camina por las calles de mi barrio, medio encorvado, como si la vida le pesara sobre los hombros. Envuelto en un escudo de penumbra, desanda una y otra vez ese recorrido reiterado. Tal vez regrese del trabajo, de un trabajo lúgubre, tan lúgubre como su mirada. Retorna a su casa, que se me hace un lugar silencioso, de paredes solitarias, donde mueren los ecos de todas las conversaciones cotidianas. Allí, seguramente, esperará a la mañana. A otra mañana igual a las que ya pasaron, hecha de madrugadas frías, galleta, un jarro de café melosamente endulzado y recuerdos de sabor amargo. Recuerdos de la mujer que se le fue un día, cansada de vivir entre los cacharros mugrientos del cuartucho de un hotel sin estrellas ni cielo despejado. El hombre gris ya es parte de la calle, sólo una sombra que marca la hora. Tal vez por eso nadie lo advierte y ni siquiera le ladran los perros. Quizás la única que lo ve soy yo: todas las tardes, las manos en los bolsillos, el gesto ausente.

domingo, 16 de agosto de 2009

Antaño también es virtual - Amélie Olaiz


El joven se levanta de la mesa, da una palmada cariñosa al abuelo en la espalda y dice antes de subir hacia donde se encuentra su computadora.
—Nos vemos al rato abue, chido tu rollo man.
El abuelo lo mira irse y se vuelve para observar a quienes quedan alrededor de la mesa. Sólo su hijo y su nuera.
—Cuando yo era un niño —dice mirando sus manos arrugadas— siempre quería quedarme a la sobremesa para escuchar la conversación de los grandes, pero nos corrían porque los temas no eran propios para los niños. Así que oíamos a escondidas para ver si pescábamos algo.
—Sí, papá, pero ahora todo lo encuentran en internet. Ya no necesitan a los adultos para aprender.
—¿También se aprende a conversar en internet?
—Bueno, pues hay chats donde intercambian información, foros o páginas como facebook donde publican sus opiniones.
—Sí, don Sergio, pero pocos saben escribir bien, mucho menos conversar, la mayoría quiere ser leído y pocos leen —dice la nuera mientras sirve el café.
—Pues si no les importa me gustaría tomar el café junto a mi nieto en su computadora.

Tomado de: http://espaciosdispares.blogspot.com/

Reunión de negocios - Carlos Feinstein


—Pasen por acá por favor, Mi nombre es Dr. Epstein, soy el representante legal y técnico de las empresas Transworld Transtime Internacional, más conocidas como corporación TTI.
El señor Garrido y su abogado Hernández se acomodaron pesadamente en los mullidos asientos de cuero. Ambos eran hombres corpulentos, canosos, con exceso de peso y llevaban trajes que los hacían ver apretados.
—¿En que puedo servirlos? Aunque creo que lo sospecho –dijo Epstein con tono calmado que cortaba como un cuchillo la tensión que llenaba la sala.
–No se lo imagina, no puede comprender el daño que ustedes están haciendo, además es ilegal. No pueden trasmitir los partidos de fútbol, no tienen los derechos, hemos invertido una fortuna y son nuestros. Iremos a juicio tanto civil como penal. Ustedes van a pagar por lo que han hecho.
—Señor Garrido, los derechos de los partidos que usted posee son para televisar los juegos en directo, en tiempo real. Nosotros los trasmitimos por adelantado. Exactamente 3 horas antes de que los hechos sucedan. Tal como le explicará su abogado no violamos su contrato de exclusividad. No hay simultaneidad entre ambos eventos.
—Espere, interrumpió Hernández, ustedes toman y emiten una señal que tiene derechos de autor y que no les fue licenciada. Ahí tienen un problema, haremos que los dueños de los derechos originales los demanden.
—Abogado, calma por favor. Nosotros tomamos la señal del propio destino final, concretamente del único camino en el que evoluciona el universo. Este es de dominio público, no tiene dueño y tenemos la patente por el procedimiento de determinación variacional masivo cuántico para lograrlo. Ninguna de nuestras cámaras está a menos de 300 kilómetros de los estadios y estos instrumentos ni siquiera apuntan a ninguno de esos lugares. Pero si quieren jugar rudo lo haremos, si los directivos del fútbol nos demandan, publicaremos todos los resultados de todos los juegos de todas las divisiones que van a producirse en los próximos 20 años. Imagine conocer quien es el ganador de cada campeonato. Ya ninguna competencia tendría sentido y se quedarían sin audiencia. Como una prueba de nuestra capacidad y poder enviamos hoy temprano un sobre confidencial al director de la Asociación de Nacional de Fútbol con todos los resultados de la próxima semana para todos los partidos de los equipos profesionales del planeta ¿No les resultó raro que no viniera a esta reunión? El hombre tiene en este momento mucho para meditar y más para perder.
—Pero por qué no juegan a la lotería, a juegos de azar permitidos, hagan otra cosa, compren acciones en la bolsa ¿Por qué nos joden a nosotros?
—Señor Garrido, las TTI son empresas que llevan la ética profesional a su máximo nivel, con lo recaudado de los juegos de azar, muchos gobiernos, no sólo el nuestro, realizan obras de beneficencia, construyen hospitales y se invierten recursos en educación. No tocaríamos jamás ese dinero. Con respecto a las inversiones bursátiles, es ilegal comprar acciones en la bolsa contando con información privilegiada, su abogado puede confirmarle el funcionamiento de la legislación vigente. Le voy a pedir que se tranquilice y respire profundo, porque tengo algo muy importante que decirle. No sólo vemos los partidos de fútbol por adelantado, ya conocemos el resultado de esta reunión y de los procedimientos judiciales que proseguirán. Una y otra vez, nosotros ganamos.

Croando - Sergio Gaut vel Hartman

a A.L.

—No se ponga nerviosa, señora —dijo el juez— y cuénteme lo que ocurrió la noche del 5 de mayo; trate de no omitir ningún detalle, por insignificante que parezca.
Estábamos en el despacho del doctor René Frog, juez de familia, un tipo singular por donde se lo mire. Lo primero que había llamado mi atención al entrar a la enorme oficina era un cuadro que representaba un sapo que sonreía en la mano de una princesa. Pero no tardé en advertir que el lugar estaba poblado por las más variadas representaciones de anuros que pueda imaginarse. Había ranas y escuerzos, renacuajos y adultos, bellos y espantosos; pero lo más sorprendente era la variedad de materiales: cristal, peluche, terracota, madera, paño, hierro...
—... entonces él me levantó la mano y trató de pegarme en la cara...
—Ya —dijo el juez Frog—. Ahora dígame: ¿había intentado golpearla en otras oportunidades?
Mi cliente era la señora Zapac, una mujer de unos cuarenta años, aún atractiva, que cargaba una cruz: un esposo drogadicto que había entrado en fase de violencia física. Pero no lograba concentrarme. El juez hablaba, mi cliente hablaba y yo sólo tenía ojos para los batracios. Allí una rana de ónix, sobre la biblioteca un sapo de plastilina, un escuerzo de acrílico me miraba desde una repisa. De pronto sonó el teléfono y Frog atendió; el aparato era otro animal de la familia, una enorme rana Goliat.
—Diga. (Pausa). Estoy en una audiencia. (Pausa). No me pase más llamadas.
—Le dije que no lo hiciera. —La señora Zapac empezaba a repetirse, aunque el juez no lucía impaciente. Más aún: una sonrisa líquida le empapaba los labios, como si disfrutara de la poco imaginativa descripción, casi hipnótica, de mi cliente.
—Señora —dijo Frog—: en estos casos hay que tener en cuenta que el manejo de la patología no es para aficionados...
Dejé de escuchar. Me pareció que la rana de la corbata del juez me guiñaba el ojo. Imposible. Casi de inmediato, un sapo de arcilla sacó la lengua y atrapó la única mosca que volaba en cien metros a la redonda. Juro que no había tomado nada, por lo que comencé a suponer que mi delirio procedía de los efluvios que emanaban de la boca de Frog. Traté de interrumpir a mi cliente, que empezaba a explicar por decimonona vez que ella no le permitía a ningún hombre que le levantara la mano, y el que ya no pudo levantar la mano fui yo. ¿Qué me estaba pasando? Asistir a una audiencia y no poder intervenir me hacía sentir un sapo de otro pozo.
—Señora Zapac —dijo el juez, babeando de un modo indecente—: tenemos suficientes elementos como para hacer que su esposo reviente como un escuerzo.
—¿Perdón? —Mi cliente parecía haber llegado de Júpiter en ese mismo momento. Sus movimientos se ralentizaron y no volvió a hablar.
—Digo que tengo sobrados motivos para suponer que está lista para la transformación. —De pronto, el juez se volvió hacia mí y sus ojos parecieron salírsele de las órbitas—. Y en cuanto a usted, doctor, le ruego que no trate de entender el proceso que se iniciará en pocos instantes. Pero me permito asegurarle que se convertirá en un bello sapo de seda, el ejemplar más hermoso de mi colección.

viernes, 14 de agosto de 2009

Nudo - Antonio Cruz


Noticias llegadas desde la lejana Gordión dan cuenta de un hecho asombroso ocurrido en esa región. Como es sabido, el rey Midas ofrendó al templo de Zeus un carro unido a su eje por un misterioso nudo al que llaman “Gordiano”. Una profecía asegura que quién pueda desatarlo dominará el mundo. Según la versión recogida por nuestro corresponsal en la zona, un tal Alejandro, originario de Macedonia, se habría hecho presente en la mañana del miércoles y enterado de las predicciones, desenfundó su espada y cortó el nudo de un tajo. Después se habría retirado entre los vítores de su guardia personal.

El sorprendente hecho ha provocado un gran revuelo porque el citado Alejandro, primogénito de Filipo, actual rey de Macedonia, de acuerdo con comentarios que circulan en la corte, habría sido engendrado por el mismísimo dios Amón.

Aparentemente nos encontramos ante una nueva escalada de violencia en la zona ya que no se descarta que Alejandro intente llevar adelante alguna guerra o invasión para que se cumpla lo que sostienen las tradiciones acerca del famoso nudo.

Javier lee - Javier O. Trejo


De todas las bibliotecas de su casa eligió la de madera oscura, la de algarrobo. Se sentó en el sillón de leer, prendió la lámpara y desde esa posición, que le permitía alcanzar a varios estantes, hurgó un poco hasta elegir un libro. No lo recordaba bien y al abrirlo descubrió una fecha, la de su cumpleaños número treinta y tres. Javier llevaba más de treinta años comprándose un libro para cada cumpleaños y escribiendo la fecha en él. Pero no recordaba a ese libro. Tapas duras, buena encuadernación, tipos clásicos, papel de buena calidad. El autor: Jorge Luis Benítez. El título: La muerte del lector. Javier lo sopesó, lo abrió más o menos en el medio, hundió su nariz en el papel y sintió el olor de muchos años de un papel de buena calidad. Fue al principio y un gran I en medio de una página presagiaba un capítulo, dio vuelta la hoja y leyó:

Debo advertirle, querido lector, que todos mis lectores han muerto. Es por eso que usted, en este preciso momento, se debate entre la sorpresa, infantil yo diría, de pensar ‘se dirige a mí’ y la sensación de sentirse un poco estúpido, de pensar cómo se va a dirigir justo a mí. Decía entonces que por un lado está la sorpresa y por el otro alguna certeza: ¿acaso no lo piensa?, ¿no se pregunta por qué no se acuerda de este libro?, de este humilde servidor que es el autor. No recuerda porque por un lado todos mis lectores han muerto y, por el otro, obvio ¿no?, dado que a usted, mi querido lector, y cuándo más exacto lo de querido lector, queridísimo yo diría, con precisión, le he adelantado que sólo me queda uno: usted. Decía que usted, mi querido lector, no me ha leído. Hasta ahora; corrijo, no me había leído, porque ahora, transcurridas algunas líneas y muchas comas, me está leyendo. ¡Vaya paradoja entonces! Si ahora me está leyendo, es entonces mi lector y, si es cierto que todos los lectores han muerto, usted, salvo que sea inmune, cosa que yo no creo porque es muy poco probable que uno solo, usted, justo usted, se salve. Entonces, si todos mis lectores han muerto y usted, que ahora lee, es mi lector, debería estar muerto. Perdóneme la sonrisa suave e irónica, pero ese casi sorprenderse suyo por lo que dije me suena un poco forzado y, por favor, deje de mirar a los costados que eso sucede en las novelas baratas. Lisa y llanamente está muerto. Piense un segundo, ¿qué razones puedo tener para mentirle?, un escritor basa todo en la reputación, en la confianza. En la confianza con la que sus lectores suspenden la incredulidad y creen en lo que leen. ¿Por qué cree usted que ha tenido éxito la fantasía científica (abomino del término ciencia ficción)? Por ese supuesto. Bien, ahora tenemos un lugar, un basamento para entendernos, a pesar de que el concepto es inasible. Decíamos pues que usted está muerto. ¿Y ahora de qué se ríe?, ¿quién le dijo a usted que no haber terminado la lectura no signifique estar muerto?

¿Estuvo usted muerto alguna vez? Ni siquiera lo sabe.

Javier decretó que necesitaba un respiro, apenas había leído una página, o menos, y tenía sensaciones encontradas. Pensó que si hubiese habido al menos una pequeña posibilidad de que fuese cierto, de que Benítez hubiese escrito algo verdadero, en aquel momento debería haber muerto o al menos haber estado esperando a la muerte. Dejó el libro por un rato, se fue a buscar un tequila y una barra de chocolate amargo. Lo hacía con frecuencia, para completar el paquete de placeres: la lectura, el sillón, la lámpara, la biblioteca, el silencio. Pero esa vez era porque lo necesitaba. Quitó el señalador de plata y retomó.
Querido lector, por segunda vez debo advertirle que todos mis lectores han muerto. Si la hipótesis en la que decíamos que usted debería estar muerte no fuese válida, y digo esto porque como usted sigue leyendo, bebiendo algo y sentado cómodamente, y tenemos algunos elementos como para creer que no es válida, entonces usted está vivo. Pero, eso de ninguna manera invalida el postulado principal que dice que todos mis lectores han muerto. Dicho esto pasamos a analizar las posibilidades: termina el libro y se muere, ¿suicidio tal vez?, se muere más adelante o sea en cualquier página desde aquí hasta el final, termina de leer el libro, no se muere, sale a la calle y muere atropellado por un auto, opción plena de posibilidades dadas las escandalosas estadísticas que muestran la vocación asesina de los conductores argentinos.
Javier se recostó en el sillón, alejó el vaso vacío y acomodó un almohadón, todo hecho con una mano porque en la otra sostenía el libro usando su dedo índice como señalador. Siguió leyendo.
Espero que a esta altura de la lectura usted haya pensado que al fin y al cabo, morirá. No sabe cuándo, pero la muerte es inevitable. Lo extraordinario del asunto es que la certeza que le traigo es la segunda con respecto a la muerte y muy pocos lo saben, usted es el único, los otros han muerto. Piense que todos ellos conocieron esta nueva certeza.
Javier fue a buscar su cuaderno de notas. Escribió ‘Debo advertirle, querido lector, que todos mis lectores han muerto’. Anotó algunas hipótesis de trabajo, le gustaba lo que estaba leyendo y quería usarlo para alguno de sus cuentos. De repente se le ocurrió que siendo también un escritor era posible que la hipótesis de la muerte de los lectores no fuese válida en su caso: un lector que escribe. Se preguntó si además de sobrevivir no podría terminar de leer el libro y luego usar esas ideas, plagiarlo, o hasta copiarlo como un Menard moderno, dotándolo de otro sentido. Escribió, en su cuaderno, una primera hoja con lo que se acordaba de la lectura. Lo leyó para ver si tenía sentido.
Encontraron el cuerpo recostado en el sillón y sosteniendo el libro sobre su pecho.

La mucama guardó el libro de tapas duras y el cuaderno en el único hueco que había en la biblioteca.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Libertad de los acontecimientos - Saurio


Una última pregunta: ¿Es Ud. homosexual?
Recuerdo una vez, cuando era joven, que me crucé con un niño, de no más de seis años, montado sobre un triciclo, gritando: "¡Viva la Patria! ¡Viva la Patria!". Fue en ese momento que comprendí que hay vectores que llevan a las cosas a moverse y a estar en determinado sitio en un mismo instante de tiempo para conservar la perfecta armonía geométrica del lugar.
Ud. me oculta información.
Ciertamente. También lloré por la muerte de mi padre, no por tristeza sino porque me sentía obligado a sentir tristeza, porque tenía la tristeza de querer y no poder tener tristeza por la muerte de mi padre, porque me embargaba la tristeza de no ver señales de tristeza en mi madre y mis hermanos, porque fluía la tristeza en gruesas gotas de mis ojos, gotas amargas como la miel, gotas pegajosas, gotas ambarinas, gotas con olor acético, y de mi boca caía una baba verde, de mi boca caía una baba roja...
¿Cuántos años tiene Ud.?
Diecisiete el mes que viene, señor.
¿Y no le parece que es hora que me confiese la verdad?
En ningún momento he faltado a la verdad. Tampoco he mentido. Simplemente, y usted lo sabe bien, me dediqué a manipular ciertas variables para acomodar la realidad a mis deseos. Nada que esté prohibido por la ley, dicho sea de paso.
Sin embargo, el 24 de Noviembre Ud. me aseguró que, durante los sucesos que nos interesan, se encontraba duchándose en la casa del señor Dentaku.
Por supuesto. No siempre tiene uno la desgracia de cruzarse con trece gatos negros simultáneamente. Así que corrí. Tampoco es un crimen tomar té de menta mientras se escucha a los Rolling Stones.
¡Vamos! ¡Si los relojes se la pasan suspirando en los rincones!
Una noche mi padre me dijo: "Hay más misterios en tus dientes que sabiduría en lo que lees". Pero no le hice caso y aquí me ve, picado de viruelas y con siete hijos.
Entonces no me queda más remedio que recordar la paradoja del Infierno, que dice que si el masoquismo es una perversión sexual y las perversiones sexuales son pecados mortales y los pecados mortales se castigan con las llamas del Infierno, y si la esencia de los masoquistas es ser castigado, entonces resulta que el Infierno más que un castigo es un premio, por lo tanto los masoquistas deberían ser condenados al ir al Paraíso.
Yo amaba a aquel pez. Lo llevaba siempre a pasear conmigo, con una correa de seda natural. Pero se murió de sed. Y yo no supe qué decir. En realidad, sí supe. Pero no lo dije. Y ese silencio me resultó fatal. Porque aquella noche, cuando Madame Edouarda me preguntó dónde quedaba la ciudad de Abidjain yo lo único que atiné a contestar fue: "En Costa de Marfil". Y luego me puse a llorar, no por tristeza sino porque me sentía obligado a sentir tristeza, porque tenía la tristeza de querer y no poder tener tristeza por la muerte de mi pez, porque me embargaba la tristeza de no ver señales de tristeza en Madame Edouarda y sus bellas hijas, Yvette e Yvanna, porque fluía la tristeza en gruesas gotas de mis ojos, gotas dulces como la bilis, gotas pegajosas, gotas cerúleas, gotas con olor nítrico, y de mi boca caía una baba naranja, de mi boca caía una baba violeta...
Dígame, ¿cuántos años tiene usted?
Veintinueve el mes que viene, señor.
¿Y no le parece hora que me confiese la verdad?
Son simplemente las siete y cuarto. A las ocho y veinticinco se pondrá el sol y entonces se hará de noche.
Ah. Pero entonces, ¿no fue usted quien asesinó salvajemente a Sir Thomas Baskett, esq.?
Yo creo que es una injusticia negarle un sandwich de sardinas a un beduino. Más aún, deberían agregarle más sal a los ojos y a los labios, o si no todo será en vano. Porque, y usted bien lo sabe, cuando los perros se huelen las colas están buscando al que se tiró un pedo en la casa de Dios, tarea infructuosa ya que el olor provenía del hocico de uno de ellos, que había comido carroña durante la peregrinación. Por eso, el que se acuesta con viejas amanece jubilado.
¡Hijo!
¡Padre!
Una última pregunta: ¿Es Ud. homosexual?
Yo he visto a un caballo fornicando con una mujer,yo he visto a una oveja saltar sobre un arroyo, yo he visto salir la luna siete veces en la misma noche. Pero jamás he visto a los perros orinar en el jardín del viejo Buda.
Sin embargo, el 17 de Enero Ud. me aseguró que, durante los sucesos que nos interesan, se encontraba afeitándose en la casa de la señora Kalajiné.
Siempre te amé, Natalia, y tú bien lo sabes. Nunca te oculté lo que yo sentía por ti. Entonces, ¿Por qué te has casado con Nicolás Montalbán?
¡Acá las preguntas las hago yo!
¡Hijo!
¡Padre!

Documento 101 - Sergio Gaut vel Hartman


El humo se espesó un poco más; alguien tosió deshilachando sus pulmones.

—No hay modo —dijo Kurt. Se encendieron más velas y alguien preguntó, intranquilo, qué hacer con la llegada tarde al trabajo, si no sería bueno que alguien, con autoridad suficiente, les diera a todos un justificativo escrito, firmado, sellado...
—Este tipo de oscuridad —dijo Gassid con calma y sin deseos de reír, aunque aquella la estupidez lo ameritaba— no se puede iluminar ni con todas las lámparas del mundo.
Kurt pensó y pensó, y al final algo crujió en su mente. No se puede perder el sentido del humor, ese es el asunto. El problema no es la luz sino el aire, y tampoco; el problema es la risa, o su ausencia.
—Hasta le pegué un tiro a uno de ellos —dijo Gassid, que era un tipo muy valiente cuando se trataba de acusar el propio miedo. Kurt trató de verle el rostro, pero el humo parecía haberse condensado en ese rincón del refugio.
—Los niños pequeños… —empezó a decir Kirilan, una mujer alta como una torre de ajedrez. Pero Kurt la interrumpió.
—¿Cuán pequeños, cinco, diez centímetros?
—No tan pequeños —dijo la mujer—, del tamaño de... niños.
—Entonces no son pequeños, son simplemente niños.
—Bueno —dijo ella, y no volvió a hablar durante un largo rato, acobardada.
—Me molesta —dijo Kurt, cambiando de tema— la deslealtad de los oficiales del estado mayor. Ni siquiera cuando me mandaron a primera línea de fuego me sentí tan humillado como ahora.
—Aquí estamos a salvo —dijo un hombre enjuto de cabello ralo. Parecía haber pasado las mil y una antes de terminar con sus huesos en ese refugio a prueba de pestes. Ya no era el zángano hirsuto y andrajoso que había hecho ostentación de su arma y que había desafiado a todo el grupo una semana antes—. Me llamo Stefan. El informe de los médicos no fue falsificado.
—¿Está seguro? —dijo Kirilan—. Yo no. Le digo que miente. ¿Puede probar lo contrario? —Aquella mujer poseía la fantástica habilidad de predecir cualquier simulación, incluso la mentira más ingenua de la vida diaria. ¿Hubiera servido engañarla?
—Aquí la idea más osada —dijo Stefan—, queda disimulada entre los pliegues de la religión y se transfigura como parte de la configuración extraterrestre de las religiones reveladas del mundo.
—¿De qué habla? —dijo Kirilan, irritada.
—¿Qué diferencia hay entre creer en un Dios que no se puede ver y creer en un hijo a quien no se puede ver? —Stefan hablaba sin inmutarse, ensoberbecido por la inminencia de la muerte—. Espera el final sin capacidad para imaginar la clase de vida que le tocará cuando sea un fantasma, una cáscara de nuez vacía; ni siquiera la muerte puede protegernos de nuestro propio ego.
Gassid miró su reloj. —Son las ocho. ¿Tienen planes para esta noche?
—¿Planes? No me haga reír. —Kirilan se plantó ante el físico con los brazos en jarras; no le tenía miedo—. Dentro de poco seremos bolsas de mierda.
—¿Tendrá otro cigarrillo? —dijo Kurt abanicando con la mirada a todos los refugiados, pero dirigiéndose en particular a Gassid. Confundido, éste permaneció sin moverse, olfateando el aire, escuchando el lejano siseo del gas que seguía colándose por las grietas. Nada había cambiado salvo que la niña de Kirilan estaba muerta, aunque a la madre no parecía importarle. ¿Por qué tenían que morir los niños primero? ¿Qué tenía de diabólico el plan esencial de acuerdo con el cual habían procedido? Parecía increíble, pero había algo erróneo en toda la línea de pensamiento. Estaban en el refugio porque se hablaba de una peste irrefutable, aunque ninguno de ellos estaba enfermo. ¿Era posible que fueran tan manipulables? Un rumor vale lo que una certeza, una certeza lo mismo que una sentencia de muerte.
De pronto, la densa humareda fue cortada por una luz brillante que penetraba como un cuchillo caliente en la manteca.
—Se terminó —dijo un hombre de traje caro y corbata roja apareciendo como un personaje de ficción entre destellos—. La prueba terminó.
—¿Era una prueba? —Kirilan no lograba salir de su estupor—. Mi hija está muerta.
—No se puede hacer tortilla sin romper los huevos, señora —dijo el hombre de traje—. Pase por la tesorería dentro de sesenta días que le serán abonados los honorarios.
—¿De qué habla? —dijo Gassid—. Nadie nos dijo que esto era un experimento.
—No es un experimento —dijo Kurt—. Este hijo de puta nos metió en esto porque disfruta cagando a pobres diablos como nosotros.
—Se equivoca —dijo el hombre de traje—; se equivoca —repitió, pero no brindó más explicaciones. Les dio la espalda y empezó a sollozar.
—Y ahora, ¿qué le pasa? —Gassid tenía ganas de matarlo, pero no podía hacerlo sin saber antes qué ocurría afuera.
—Usted no sabe lo que me cuesta esto —dijo el hombre, aún gimiendo.
—La gente como usted me da asco —dijo Kirilan—. ¿No podían habernos dicho que era un experimento de alguna clase?
—Es una clase de experimento secreto, me parece —dijo Gassid.
—Sí —dijo el hombre de traje—; tan secreto que ni yo sé en qué consiste.
—Muy gráfico —dijo Kurt—. ¿Y cómo termina? ¿Cuándo termina?
—Termina así —dijo el hombre levantando una mano hasta que alcanzó una manivela que colgaba del techo del refugio—. Y termina en este mismo momento.

Un día casi perfecto - Saurio


Mañanitud de tormenta inminente en el centenario parque y todo el olor de agua y eucaliptos llegando en ráfagas intermitentes, como ataques de buenaventura en un páramo de somnoliento aburrimiento y uno cumpliendo el deber de dejar que el tiempo pase sólo porque los relojes indican que aún no es hora y entonces dedicarse a observar como peces, caracoles o quizás simplemente la podredumbre del fondo burbujean la superficie del estanque ondulando en círculos concéntricos, como recordatorio natural de la condición cíclica del presente cuando nada pasa.
Y cuando ya todo es trance dirigir la mirada a unas rocas colocadas en el medio de este gran charco verde y artificial para darnos una idea de islismos jardineriles de planificada urbanización sobre la cual un bichofeo busca rapaz una presa que, al parecer, escasea ya que el negriamarillo pájaro se mantiene inmóvil en su puesto, sólo girando ocasionalmente la cabeza para recibir la escasa brisa plomiza que desde todos los ángulos trae los innumerables ladridos de las jaurías de facto que genera la porteña costumbre de los paseadores múltiples, ocultas algunas de la vista por los árboles y la distancia y otras perceptibles apenas por obra y gracia de la rutina que nos hace invisible lo cotidiano y repetido.
Permanecer en este vacío constante flotando amniótico mientras se toma conciencia involuntaria de cuanto sonido nos rodea en el silencio y que de existir un infierno se parecería más a ésto que a un conglomerado de cavernas en llamas, que no hay peor castigo que esta inmensa quietud de gente que pasa mañanera pateando la basura del domingo anterior, lentos hasta decir basta, atravesando la humedad que si bien no mata jode hasta la nausea.
Y todo podría quedar así sumido en este eterno presente de brisas, ladridos y burbujas en el que ya no importa que el reloj marque el momento de la partida pues en realidad nunca se han movido las agujas y todo es una ilusión pero quiere la entropía que los ciclos del eterno retorno se transformen en espirales y por eso hace entrar a un aprendiz de saltimbanqui tambaleandose sobre zancos como una grulla en alto grado de ebriedad pero con la certeza que en esta quietud espesa la probabilidad de escollos es mínima y controlable, por lo que el futuro funámbulo comienza a tomar mayor confianza en el uso de sus largas prótesis y se anima a realizar proezas hasta ayer impensables no sabiendo o no notando que es esta feliz ingenuidad e ignorancia la que lo lleva a acercarse quizás demasiado a la desgracia encarnada en un grupo de perros que retozan por allí mientras que su líder se fuma algo tras de un árbol varios metros más allá.
Entonces ver al infortunado muchacho iniciar una extraña y arrítmica danza entre los efusivos canes quienes se desgañitan en bienvenirlo en ronda con su acostumbrada sutileza de ladridos y saltos y lengüetazos hasta que logran que la física pueda más que la voluntad humana y no se hace esperar más una caída que merecería más y mejores espectadores que los pocos y aburridos condenados caminantes del parque y el pobre acróbata no tiene más remedio que aceptar como un triste remplazo de los aplausos ausentes al frío y húmedo contacto de quince hocicos que se pelean por olisquearle la entrepierna con una insistencia digna de mejores causas.

El arte de reciclar – Sergio Gaut vel Hartman


—Bajó la excitación en la ciudad. —Al Shark sonrió luminosamente—. La fórmula estaba donde debía estar, fuera de peligro.
—¿Aprendió a hilar fino en la tienda de mascotas?
El terrorista de las palabras sacudió la cabeza. —Alquilé piezas de porcelana china para innovar en la materia. Pero parece que los odontólogos se escandalizaron. ¿Contesta eso a su pregunta?
—No. Hubiera sido mejor que me enseñara a pelear.
—Querida amiga: le voy a explicar algo que nadie se atrevió a enfrentar hasta hoy: escribir es lo mismo que resolver rompecabezas. Los mayores talentos se limitan a armar sus ficciones tomando una palabra de aquí y otra de allá. Nada, entiende, nada es un producto propio.
—¿Cuántas palabras? —dijo la aprendiz de asesino.
—¿Cuántas? —Al Shark se sintió desconcertado por primera vez desde que se habían encontrado en el bar de los piratas malteses.
—Cuántas palabras se necesitan para fabricar un buen relato.
—El asunto no es cuántas sino cuáles.
—Dígamelas, entonces.
—Ya se las dije. Tome la escoba, la pala; barra este texto, junte los sustantivos en un cesto, los adjetivos en otro, los verbos en el tercero. Las preposiciones, los artículos y las conjunciones puede guardarlas todas juntas en su cartera; ocupan poco espacio. Después redistribúyalas. Con un poco de ingenio y otro poco de picardía le pueden alcanzar hasta para escribir una novela.

La vuelta al 80 en medio mundo - Héctor Ranea


A Sergio Gaut vel Hartman


Desde mis tiempos de marinero que le tenía ganas. Desde esas épocas de compartir cuitas con hombres rudos, poco dados a confesiones y noches pasadas en la cubierta, soportando tormentas con mi capa flotando en fuegos de San Telmo. Esos tiempos los menciono sólo porque dieron origen a esta exageración mental que pronto se convirtió en obsesión.
La idea me vino al ver el primer marinero en la cubierta del velero, gritando cuando, a lo lejos, vio algo que no supo si era la costa de Zimbabwe o un cardumen de cebolleta de mar, una especie de alga navegante casi extinguida después de la desolación.
El capitán José Vicente, el grumete Sergio y yo corrimos hacia los medio mundos, sea para capturar esclavos de Zimbabwe si fuera la opción primera, como para capturar cebolletas, que en el mercado de Tokio se cotizaban mejor que el oro pues alargaban el pene o el clítoris de las damas que devorasen cebolleta seca. Esto generaba discusiones entre el capitán y la Tetona Mendoza, feminista acérrima, quien de vez en cuando aparecía para dar ánimos a la tropa.
Epifanía, llámenla si así prefieren, pero para mí fue mi momento de plata. Me dije que quería también yo aprovechar de las cualidades del pez cebolleta. Sólo que era un pobre marinero en la cubierta usando el medio mundo.
Por Internet, como si supieran de mi afán y de mis dimensiones, me llegaban no menos de sesenta mensajes por día asegurándome agigantar las partes con procedimientos que iban desde lo gastronómico (no sólo el pez cebolleta viene a dar esa bendición, sino también otras que me reservo nombrar) hasta lo astronómico (ciertos ejercicios de astrofísica resueltos a la luz de determinadas supernova) Mas ¡Ay! Semejantes procedimientos eran tan o más prohibitivos que el que venía del mar.
Hasta que, para mi consuelo, llegaría otra revelación. Efectivamente, la compañía que ofrecía el servicio era la Patmos Penis Palurdis SRL, ubicada en Aquino al 5200, ahí, en mi Buenos Aires querido, cuando yo lo vuelva a ver. Y a tres cuadras de donde me dejaba el 80 que tomaba en Beiró.
El conductor del bondi no me dejó subir con mi medio mundo, arguyendo que tenía olor a pescado podrido y seco. Le dije que sólo lo había usado para pescar peces de escayola, pero el maldito mutante me cerró el paso al grito desaforado de:
¡Salí de ahí marinerito trolo o te pongo de rodillas con la matraca!  Dicho lo cual me mostró algo que sacó de debajo de su trono pero no alcancé a distinguir y aceleró su vehículo desparramándome por la calle, con mediomundo y todo. Yo, que venía orgulloso con mi olor a yodo, me van y lo confunden con pescado podrido.
Al segundo colectivo no lo paré. Lo seguí. Mi mediomundo y yo seguimos al 80. Lo montaba, a mi improvisado vehículo, como si fuera un monociclo, la red quedaba colgando como un halo y sin saberlo repartía por el aire hormonas de cebolletas.
Al inicio todo estuvo bien, salvo que le erré a la letra del recorrido y me dejó (es un decir) en la puta autopista, volviendo a Cañuelas, como si quisiera ver otra vez esa magnífica y ceceosa amazona de polo.
Volví siguiendo a otro bondi pero me dirigió para la famosa Loma del Tujes, en donde, obviamente, no podría encontrar la calle Aquino de alta santidad. Así, estuve ochenta días persiguiendo al 80 en todas sus variantes y vericuetos. Eso sí, ahora me pueden preguntar todas las calles desde Barrio Sarmiento a Barrancas de Belgrano pasando por Liniers y parando en todas, de marzo a diciembre, de enero a enero y de cuatro a una de la madrugada.
Finalmente, lo que les quería contar. Llegué un tanto exhausto montando mi medio mundo al PPPSRL y me dieron turno para esa misma tarde. Me preguntaran los curiosos y los obsesos: ¿En qué consistía el tratamiento? Pues bien, a fe mía que les cuento acá. Debía hacer régimen de comida, de vida sexual y reproductiva y de respiración kármica, con todo lo que eso conlleva. Lectura de libros de Lobsang Rampa, de Jius y de las aventuras de Ernie Pike. Eso es lo que había en la sala de espera. Luego de ir y volver varios días, comiendo asmodelos en salsa de pitagra, brebisteplos en croute de galvois, sinvepisios asados y brebajes como agua de baluchiterio en chocolate, me atendió un médico que más me dio la impresión de ser una mujer travestida.
Me dio con mucha ceremonia y secreto una caja de libra y media de escamas de algo con olor fuerte y reconocible. Le dije:
-¡Oiga! ¡Esto es pescado cebolleta seco!
-¡Por supuesto, so estúpido! ¡Qué otra cosa esperaba! ¿Cirugía? En su caso, le adelanto, hubiera sido imposible. ¿De dónde íbamos a agarrar la prótesis? Usted, m’ijo, no tiene nada de dónde agarrarse.
De más está decir que pagué cabizbajo y me alejé meditabundo. O más bien, silbando un tango. Creo que era Mi Noche Triste. Lo seguro es que me olvidé el mediomundo, nunca regresé a reclamarlo. Por cierto, las escamas del pez cebolleta, posta, no funcionan.

El ojo facetado - Saurio


Con guantes de goma naranja y un guardapolvo azul marino una mujer corta el gris de la tormenta inminente mientras cuelga sábanas blancas en la terraza, siete motoqueros esperan nuevos destinos sentados en la grava roja de Plaza Roma, un cafiolo y sus tres putas planifican en un bar de San Martín y Tres Sargentos la noche por venir, en el interno 23 de la línea 152 un tipo aún trata de comprender cómo funcionan las máquinas de boletos y no lo logra, un chico orina contra el paredón del cementerio en Chacarita, tres autos frenan sobre una senda peatonal y a nadie le interesa, la disquería de la estación Palermo llena el aire con una música que uno jamás compraría, un cadete entra distraído a un ascensor sin fijarse que está clausurado con un cenicero de pie y recibe la burla del encargado y amigos, pierden mutuamente la virginidad dos adolescentes en Villa del Parque y por un momento se detiene la lluvia, en San Telmo alguien se pregunta cuál es el sentido de todo ésto y abre las hornallas, aspiran pegamento de una bolsa en Belgrano dos chicos, en Charcas y Thames un encargado conversa con un joven escritor sobre metafísica y temas esotéricos, cantan Aurora en los colegios y como siempre hay un gracioso que le cambia la letra, un perro abre las patas para cagar y se ve tan patético que es muy difícil resistir la tentación de pegarle una patada en el ano, en el Rosedal se canta por diezmilésima vez Rasguña las Piedras pero nadie en el picnic es consciente de este récord, sube al Mitre un ciego y no se le entiende qué dice para despertar nuestra piedad, “Siga tres cuadras derecho y después dos a la izquierda” le indica a un automovilista un almacenero que mataba el tiempo y la ausencia de clientes conversando con una vecina en una esquina de Coghland, un tipo canta Quiero Vale Cuatro aunque apenas tiene un siete de bastos y la suerte le sonríe, en un garaje de Pampa y Ciudad de la Paz se termina de definir el número cuatro de una revista alternativa, vuela el pesado fajo de diarios desde el camión hasta las manos del kioskero, se le cae una pila de platos a un lavacopas en una pizzería de Corrientes y el estruendo detiene todas las conversaciones, un ascensor se queda entre dos pisos y nace una amistad, siempre que pasa junto al cementerio de Recoleta ella comenta que siente olor a muerto saliendo y él le contesta que no puede ser pero la verdad es que el aroma es innegable, en Ciudad Universitaria se reúne un grupo de fans de Viaje a las Estrellas a los que no les importa las miradas socarronas de los choferes del 37 y 160, es un hecho que nadie recuerda entera la letra de un tango, se mete una paloma adentro de una oficina y termina muriendo extenuada de tanto golpear contra un vidrio sin darse cuenta que a un metro de ella había una ventana abierta, la vecina de enfrente no se sabe observada y toma sol desnuda en el balcón, alguien aporrea una máquina de escribir y siente que una luz extraña vence a las penumbras circundantes mientras pone las palabras finales a su novela, la alarma de un coche suena sin parar pero el dueño no aparece, aunque todos saben que se trata de un celular falso el tipo habla con seriedad y como si estuviera cerrando un negocio importante, en el supermercado la música funcional no ayuda a disminuir la histeria colectiva sino que la aumenta, ya es hora que alguien le diga a la vieja del 4°B que baje de una puta vez ese televisor que no se puede dormir la siesta en paz, mezcla detergente y lavandina para limpiar mejor el baño del bar y termina ensuciando mucho más el piso con los vómitos que le produce el cloro que se libera, en un arranque de furia rompe de un puñetazo la pantalla de la computadora y ahora sí que nunca va a terminar a tiempo el trabajo, una gata da a luz cuatro gatitos en un baldío, la botella de cerveza pasa de mano en mano bajo el cielo de Colegiales, el 141 que no viene, hoy es un buen día para vender discos en Parque Rivadavia, pasa un repartidor de pizza en moto y a un peatón se le hace agua la boca, alguien por fin comprende la lógica subyacente en el trazado de Parque Chas pero nadie le cree cuando intenta explicarla, en Jean Jaurés y Córdoba se sienta un buda de incógnito, las referencias evidentes son dichas pero son sólo similitudes casuales, hace cuarenta años que nadie abre esas ventanas por temor a que se escape el luto y los vecinos comenten.
Y,
bajo la lluvia
sobre un banco de cemento
una paloma muerta,
prolijamente muerta,
ordenadamente muerta,
la paloma
sobre un banco
bajo la lluvia.

domingo, 9 de agosto de 2009

Desnudando a Rita - Javier López & Héctor Ranea


Como cada noche, Rita se transformaba en una diosa. En el club nocturno ella llenaba todo el escenario. Unos focos sobre el tablado, rojos, azules y violetas, iluminaban su piel, completamente uniforme de color. Tomaba el sol desnuda. Otro foco blanco la iluminaba frontalmente, creando un óvalo más claro a su alrededor para realzar la presencia de la preciosa mujer.
Decir que su cabello era rizado no daría una idea clara de los perfectos y simétricos bucles que enmarcaban su hermoso rostro. Una sonrisa amplia y sincera era lo más destacable de sus perfectas facciones. Sus senos macizos y de tamaño mediano deberían hacer reformular algunos enunciados de la física, para explicar su postura. Bajo los montículos, su cuerpo serpenteaba hasta estrecharse en una pequeñísima cintura, abarcable apenas con una mano, que daba paso a unas generosas caderas, en una inversión de curvas que provocaba el vértigo. En su vientre liso y ligeramente musculoso, el ombligo mostraba la única concesión al adorno que lucía en su cuerpo: una bolita de plata coronada por un pequeño brillante. Algo más abajo, mostraba entre sus muslos un delicado triángulo de una piel tan bronceada y lisa como la del resto de su cuerpo, enmarcado por una finísima línea de un vello corto y escrupulosamente cuidado. La rotundidad de sus muslos sólo tenía parangón con la de sus caderas.
Rita se movía oscilando, cimbreando su cuerpo en un ir y venir de olas suaves, a veces algo más agitadas, pero siempre delicadas. Al ritmo de la música iba a ir cubriendo su desnudez, lentamente, en un ritual que repetía cada noche durante el verano. Primero se ajustó un minúsculo tanga, haciéndolo subir a lo largo de sus piernas con una gracia inusitada. Tras colocárselo, dio la vuelta y se agachó ligeramente para tomar del suelo una segunda prenda, elevando el promontorio perfectamente esférico en el que culminaban sus muslos. Ahora podía apreciarse el por qué de esa exquisita amplitud de sus caderas. Cuando se giró de nuevo hacia el público lo hizo tapándose los senos con ambas manos, aunque ya tenía a medio ajustar un pequeño sostén, que abrochó con elegancia en su espalda.
La camisa se la colocó tras cogerla de un pequeño gancho que había en la pared del escenario. Mientras su cuerpo seguía el ritmo de la música, abrochaba cada uno de los botones con las manos y los dedos de un prestidigitador, con delicadeza, sin titubear en ningún momento, como si lo hubiera hecho muchas veces antes.
Desde un lateral del escenario le lanzaron una pequeña falda. Ella, sin dejar de bailar, la recogió al vuelo con la mano derecha, y con un movimiento similar al que haría un experto en el manejo de un látigo, la envolvió sobre sus caderas y fijó el cierre de velcro, quedando la faldita embutida en su cuerpo sin que apenas la hubiese tenido un instante en la mano.
Y llegó el número más esperado de la noche. Ahora Rita cogía un par de guantes de finísima piel blanca que habían estado situados en una pequeña tarima durante su número. La música tenía un cambio repentino, del ritmo house que había inundado su actuación, a un cálido soul cantado por una profunda voz negra. Con graciosos movimientos hacía encajar el guante primero en la punta de sus dedos, deslizándolo suavemente por su mano y haciéndolo correr por su brazo hasta poco más abajo del codo.
Un público masculino entregado aplaudía con fervor. La sala de fiestas de la comunidad nudista se convertía, como cada noche, en un templo a la pasión.
Los hombres, apenas terminado el número, se levantaban de sus asientos. Todos estaban desnudos. Algunos buscaban los lavabos del local para esconder su excitación. Los más, iban directamente a sus apartamentos dentro del club, esperando que sus parejas les ofrecieran la fantasía del increíble strip-tease inverso de la divina Rita.
Ella, profesional, imperturbable, impávida, tomaba el primer taxi que la llevara al próximo espectáculo. Esta vez debía actuar en el bar de Internet, frente a las cámaras que retransmitían a los parroquianos cómodamente sentados frente a sus monitores de alta definición, impacientes por ver cómo se vestía Rita. Ya se escuchaban los aullidos cuando por las pantallas circulaban las fotos de la anterior sesión. El primer trago iba a cuenta de la casa.

Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire - Eduardo Betas




Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire. Él había aprendido esa especie de ley de circo casi con los primeros saltos. Pero esa tarde, cuando estaba por dar la última y más difícil prueba de su función, sintió un cosquilleo en el estómago.

Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire porque, según dicen, les pueden suceder dos cosas: caerse o que ese amor sea para siempre. Y los trapecistas, que son valientes pero que también tienen miedo porque son humanos, muchas veces prefieren no arriesgar una caída que le puede costar la vida por encontrar su amor para siempre.

Tal vez porque estaba cansado de ver tantos amores a ras del suelo es que él esa tarde no quiso pero tampoco pudo evitarlo. Fue en los segundos en que cerró los ojos para concentrarse, que la imagen de ella se le hizo luz en la oscuridad de esa carpa remendada. Más luz que el raído reflector que lo enfocaba. Fue recuperar en la memoria su voz que se impuso al gastado redoblante que mellaba el silencio expectante del público. Fue todo ello lo que lo impulsó a volar como nunca antes lo había hecho.

Volar con los ojos cerrados y el tiempo corriendo con furia hacia atrás. Reviviendo almanaques que parecían haberse borroneado del todo. Pero no. Él lo supo cuando, ahí en el aire, miró un puntito de luz a lo lejos, quizás la luz de una estrella colándose por el agujero de la carpa, y se dio cuenta que allí estaba ella. Y estiró sus manos lo más que pudo para acariciarla, para tomarse de sus manos, para volar juntos…

Volvió a cerrar los ojos y se dio cuenta que ése era su último salto. Que ese vacío que abría su gran boca bajo suyo ya se relamía con su cuerpo, con su caída, con su probable fin como trapecista. En ese instante, porque hablamos de segundos, se sintió más liviano. Y hasta pudo pensar que ya había empezado a morirse. Que la sucia arena lo había recibido con la violencia de una trompada en el alma.

Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire, dice la ley de circo. Porque pueden caer y matarse o encontrar el amor para siempre. Y él no tuvo tiempo para volverlo a pensar. Se abrió a ese amor en pleno salto cuando se dio cuenta que el cansancio le había hecho crecer pelusa entre los dedos. Esos mismos dedos que apenas, por centésimas de segundo pudieron asirse de la mano de su compañero y llegar al otro lado del trapecio.

Cuando bajó, apenas saludó a la gente que los aplaudía y ya no salió con toda la troupe a recibir la ovación siempre exagerada del piberío al final de la función. Estaba en su camarín juntando sus cosas, guardándolas en un bolso gigantesco. Lloraba cada rincón de ese circo al que conocía de memoria. Lloraba porque se iba de allí para empezar a volver a otros lugares.

“Y es que el futuro se hace así”, apenas escuchó que le dijo uno de los payasos.

Los trapecistas no deben enamorarse cuando están en el aire. Pero cuando lo hacen y encuentran el amor para siempre, no pueden ni quieren hacer otra cosa que salir a buscarlo para construir ese vuelo que le da sentido a la vida.

El libro - Jose Rasero



Lo ideal sería explicárselo a ustedes muy bien, con exactitud. Para que después no haya malos entendidos, ni vueltas de hoja ni dobles sentidos. Pero es difícil de explicar, y yo no lo hago bien, no sé. En todo caso les cuento. Mi nombre es Alberto Pérez y Pérez, y eso no viene al caso, ni me ayuda lo más mínimo. Pero no quiero que piensen que me oculto en el anonimato. La mujer estaba sentada en un banco, en el parque. Hacía un día de invierno soleado, precioso. Ella estaba sola y bella. Leía. Yo tenía una cita de negocios, y comenzaba a impacientarme. Por los negocios, claro, pero también por otra cosa que me traía el día arruinado. Mi corbata azul claro de lunarcitos blancos tenía una mancha bien visible. No se rían. Era una mancha roja. Antigua. Imborrable. De algún vino de alguna ocasión. No sé cómo decirles. Además, observé, su contorno asemejaba un beso. Ya ven. Desde que me separé el manejo del hogar era un trastorno continuo. ¿Saben? Es difícil manejar una casa. Ya me pierdo. Pero lo cierto es que no había otra corbata que ponerse. Sólo aquella. Yo soy muy metódico. Y distinguido. Tiquismiquis, decía mi ex. Y los negocios son algo importante. Cualquier detalle cuenta. Así que, ya me ven, a primera hora del día me sentía, no sé, como un pordiosero. Pensarán que exagero, pero no. Yo soy así. La señorita no parecía esperar a nadie. La lectura la atrapaba. Y la hacía más bella, si cabe. La cita de negocios también era con una mujer. Con una mujer casada, para ser más exactos. Se retrasaba. ¿Les dije que soy un hombre metódico y elegante? La idea de sacarme la corbata y ocultarla en un bolsillo, con sus pros y sus contras, ya rondaba en mi cabeza cuando la vi aparecer. Vestía un distinguido traje negro. Un bolso a juego. Gafas oscuras. Era la segunda ocasión en que nos veíamos. Tiré la colilla al suelo y le hice un gesto. Nos dimos educadamente la mano y la invité a sentarse en un banco. Ella encendió un pitillo.
-¿Tiene las fotos?
Saqué un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y se lo ofrecí. Ella lo cogió, pero antes de abrirlo, se quitó las gafas oscuras. Vi que miraba mi corbata. Después me miró a mí.
—Tiene una mancha de carmín. Todos iguales. Dais asco.
La mujer echó un rápido vistazo a las fotografías del sobre. Después tiró el cigarrillo y sacó del bolso otro sobre, que me entregó con desprecio. Se levantó y se marchó.
Yo quedé allí, con el sobre entre mis piernas. No es la primera vez que provoco ese espanto, esa repulsión. Ese asco. Me ocurre a menudo. Con las mujeres. Hacía poco que la provoqué y la sentí. Con mi ex. Pero a pesar de estar acostumbrado uno no se acostumbra. ¿Saben? Es algo que duele. Dolor. Tengo el vicio de los sinónimos. Sufrimiento. Daño. Malestar. Molestia. Tormento. Suplicio. Martirio. Tortura. Pesar. Tristeza. Desolación. Volví a encender un pitillo. ¿Les dije que fumo rubio? Es más elegante. DOLOR. Así, a secas y en mayúsculas, decidí. La mirada de esa mujer dolía. Esa mirada de ira. Quizás más contra sí misma que contra mí. No sé. Por haber contado conmigo para el negocio. Pero la mirada la sufrí yo. Como tantas veces antes. Como hacía poco tiempo. Un dolor que no se puede explicar ¿No entienden? La muchacha del banco parecía estar acabando su lectura. Le quedaban pocas páginas y estaba bellamente expectante. Decidí esperar.
Cuando terminó el libro, lo posó con suavidad en su regazo, y quedó allí, con la mirada como perdida. Entonces me acerqué. Antes de llegar a su lado desanudé la corbata, la saqué al completo con la mano derecha, la oculté en un bolsillo, y así me senté sin más junto a ella. No quieran que les explique lo que sucedió después. Simplemente ocurrió. Ya les dije que no soy muy bueno para estas cosas. Pero en todo caso les resumo.
La ceremonia, la celebración, la primera noche. Ya saben estas cosas. Todas iguales. Ella maneja la casa que es un primor. Yo la amo. Estoy pensando cambiar de trabajo. Abrir un restaurante o algo. Ah, no me pregunten de qué libro se trataba.

Variación sobre una sombra - Nedda González Núñez


"Las dos de la madrugada.
La hora en que los cristales se enfrían,
en que mueren los enfermos,
en que Dios nos olvida...”

Aunque estaba en una discoteca, al echar una ojeada a su reloj Sebastián pensó en los versos de Apollinaire. Después de un par de tragos, no estaba muy seguro de que hubieran sido exactamente así, o escritos en ese orden.
Pero todo estaba bien; su compañera era agradable a pesar de ser amiga de su hermana. Estaban sentados en unos sillones de terciopelo de un deslucido color malva, tratando de conversar a pesar del volumen de la música y de la agitación que había a su alrededor.
Inesperadamente, unas manos suaves taparon sus ojos. Pero cuando intentó tomarlas para ver de quién eran, se llevó una gran sorpresa: no había nada ni nadie detrás de él. Inmediatamente observó el rostro de Lucía. No había indicios de que hubiera visto nada. En ese momento cambió el ritmo de la música, y alguien rió en voz demasiado alta; fue suficiente para distraer su atención, y olvidar el incidente.
Un par de horas más tarde, mientras se refrescaba la cara en el toilet, las manos suaves volvieron. Llegaron por su espalda, envolviéndolo en un abrazo cálido y profundo, exhalando un suave perfume. Sin embargo, lo único que pudo ver a través del espejo y de sus ojos húmedos, fue una sombra tenue que se diluyó contra los azulejos amarillos.
Pero aquel abrazo, no había sido cualquier cosa.. De pronto se burló de sí mismo. ¿En qué estaba pensando?... ¡No pudo haber existido tal abrazo!. Sería mejor salir un rato, cruzar al bar de enfrente, y tomar un café bien cargado para despejarse.
Fue a buscar su abrigo, se excusó con Lucía y caminó hacia la salida. Se abrió paso entre la gente que llenaba el lugar. Al cerrar la puerta, ingresó en la quietud de la noche que se envolvía en un fino manto de bruma. Más allá de las altas siluetas de los edificios, estrellas temblorosas continuaban su interminable huida hacia el oeste.
Sebastián respiró profundamente con todos sus sentidos en estado de alerta; caminó unos metros a lo largo de la acera, y se dispuso a cruzar para entrar al bar. Allí fue donde su persistente e incorpórea amiga volvió a acercarse. Esta vez la tibieza mórbida, su fragancia y su dulzura, se espesaron y se hicieron casi palpables. Nada deseó más que entregarse a ese abrazo, y así lo hizo. La sombra desplegó a su alrededor unas alas suaves como la seda, y lo envolvió por completo, exaltando su deseo y anulando su voluntad.
Entonces, cuando estuvo indefenso compartiendo aliento y latidos, la traidora soltó la trampa tan perfectamente urdida: un frío repentino, un ahogo angustioso, un ¡Dios mío!... que apenas llegó a murmurar, se mezclaron en el último instante. Y quedó allí solo, tirado en medio de la acera, con los ojos claros muy abiertos.
De las alas de sombra emergió la Muerte, poderosa y burlona. Rió impúdicamente con sus mandíbulas descarnadas, haciendo sonar los huesos puntiagudos en una percusión macabra. Luego, satisfecha con su propia astucia, se confundió con la oscuridad nocturna bajo los árboles de la calle, y desapareció.

Amor perimpimpudo - Paloma Zubieta López



Saben que son distintos pero no les importa. Él tiene un lado oscuro que atraviesa la mitad del rostro; fue por eso que ella lo encontró atractivo. Ella desenreda su cabello de serpientes frente al espejo, mientras él se pinta el bigote con tinta de calamar. Con delicadeza, ella cuelga un grillo en el borde del vestido; resplandecen sus ojos de escarabajo delineados con el kohl. Él se pone un sombrero de copa y guarda la llave de su corazón en el bolsillo. Ella camina hacia la puerta dejando rastros de colores en tanto que él, sonríe y emite lo que parece una flor al suspirar. Suben a la estufa que, al ponerse en movimiento, deja un rastro musical. Él enrolla con su larga lengua un cigarro y se llena con el olor a paja fresca que ella despide. Al llegar al magueyal, la cubre con un papalote y galantemente, le ofrece una mano para bajar. Ella escupe un sapo y lo mira con ternura. Es la hora del ocaso en que las sombras han pasado a ser sueños y los objetos parecen perfectos si no se tocan. Se sientan sobre un caparazón de tortuga vacío que hace las veces de cuna, él la cubre con sus cuatro brazos pero sin apretarla demasiado, sabe que es de vidrio. Ella recuesta una de sus dos cabezas sobre su hombro y susurra: si no te tuviera, amor… No hace falta decir nada más, son una pareja perfecta y su felicidad es a todas luces, inalcanzable.

Un martini bien helado para Rita Hayworth – Gabriela Aguilera



Lo pedí bien helado, pero el garzón me lo trajo así no más, a temperatura ambiente. Y en un vaso de jugo. Tenía la aceituna flotante, sí, como debe ser, pero de la temperatura ideal, estaba bien lejos. No sé qué era peor. “Lo quiero helado”, dije, “y en una copa triangular”. El garzón me miró con una cara de “vieja loca, por qué no te tomai la cuestión calladita no más y dejai de joderme”, pero volvió al rato, con una copa adecuada, aunque la temperatura igual. “Le podemos poner hielo”, dijo. “Por nada del mundo”, contesté, “eso sería matar mi trago”. Lo degusté con cuidado. Ese primer sorbo de martini siempre me deja en un espacio y un tiempo de infancia. Rita Hayworth era Gilda en los minutos previos al strip tease que no pasó de ser una sacada de guante. Tanto escándalo por tan poco. El vestido negro le ceñía el cuerpo tal como los guantes se apretaban a su mano y su antebrazo. Glenn Ford la contemplaba furioso porque no podía impedirle que se exhibiera así, sin ninguna vergüenza en medio del salón y cantando con buena voz además. Cuánto odió Glenn a Rita y cómo la amaba, Hubiera deseado arrancarle el vestido a tirones, castigarla volteándola en el suelo o donde fuera, metiendo las manos en su pelo rojo para quitarle cualquier arresto de poder. Eso que quisiste hacer conmigo cuando fui Gilda y en la fiesta de aniversario de tus padres, subí a la mesa para cantar, mientras me sacaba el guante negro. Era solo el guante, te lo juro, pero me arrastraste a la cocina y me diste un par de bofetones asegurando que yo era una puta, desvergonzada puta que te ponía en ridículo. Y después me encerraste contigo en el baño. Cuando saliste, advirtiéndome que tu familia no debía notarlo, me arreglé el vestido frente al espejo. Con el pelo revuelto, la cara hinchada, el cuerpo magullado y el maquillaje corrido, me dije que sería la última vez que me ponías la mano encima. Y salí a la calle con lo puesto, hasta este bar en que maldije a Glenn Ford y a los otros como él y como tú y pedí un martini bien helado. Un martini bien helado para Rita Hayworth.

jueves, 6 de agosto de 2009

Lo nocturno de la noche - Mariana Spagnuolo


No fue el hecho en si, tampoco el momento, ni la forma. No fueron sus ojos clavados como dagas en los míos, no, hubo algo más. No fue que era de noche tarde y la desesperación me perseguía entre los pasillos gigantes de la ciudad, ni que el alcohol irrumpía en mis venas con una fuerza inhumana dando vueltas al mundo como si jugara a la ruleta rusa conmigo. No fue tampoco el ardor en mi garganta por estar abriendo la segunda caja de cigarrillos en veinticuatro horas y que su saliva pareciera seda recubriendo mis cuerdas vocales, ni siquiera creo que haya sido el viento helado y cortante de invierno enrojeciendo mi piel. No pudo haber sido, ni por casualidad, la culpa o el miedo de estar haciendo lo que estaba haciendo, ni el retumbe del inconciente resonando en mis tímpanos. No fue eso, no fue en si nada de lo que sucedía, lo que me trastornaba por dentro sin dejar lugar a ningún otro tipo de pensamiento. Fue solo el hecho de sus manos congeladas a la par del viento arrancándome las ganas de cualquier otra cosa. Fue la liberación perfecta sujetada a lo prohibido y lo nunca antes hecho. Fue, quizás, no ver la gente con sus miradas aun más hirientes que la suya. Fue el crepúsculo de lo que nunca había entendido, ni querido entender. Fue en si, la aglomeración perfecta de la suma de las partes, la dosis anterior a la sobredosis, la ráfaga intensa que avecina la catástrofe. Fue la eternidad que se consume en tres segundos.

Malvina y Hugo - Eduardo Betas


La galería de locales tristes fue un sonajero de risas. Todos los escaparates relucían para la ocasión, iluminados a pleno aunque para ello sus dueños habían pedido lamparitas prestadas. No era para menos. Esa noche celebraban allí su casamiento Malvina y Hugo. Él de 42 años; ella, 44; ambos sin techo pero desesperadamente aferrados a la vida.
Se habían conocido en la calle, donde sobrevivían. Hugo, con sus manos de herrero vacías de trabajo; Malvina, una de las tantas que había salido despedida del sistema tras la crisis económica.
Él la invitó a tomar mate a la plaza. Y ella llevó los bizcochitos. El frío actuó de Celestina y juntó sus cuerpos una de esas noches salvajes, a la intemperie. Entonces el amor volvió a sensibilizarles la piel magullada de tanto asfalto. Y el futuro, se abrió paso como una plantita.
Una noche descubrieron la galería de locales tristes y allí empezaron a pernoctar. Era mejor que la plaza. Por lo menos había un techo. Estando en ese lugar fue que decidieron casarse. Por eso la fiesta se hizo allí.
Los vecinos cocinaron pizzas y empanadas. La jueza les donó la libreta matrimonial. Un diario barrial les obsequió las fotos.
Fotos que la muestra a Malvina mirando a Hugo como si no lo creyera. “Es que lo conocí con barba, pelo largo, sucio, desgreñado y ahora me lo envidian”, dice.
Fotos que lo muestra a él abrazándola orgulloso.
Hoy aún viven en la calle, esquivándole a la miseria. Ella, con un subsidio de desocupados que apenas alcanza para los gastos diarios. Él, haciendo lo que puede. “Es que cuando vivís en la calle tienes que soñar día a día, para no llegar al extremo de tirarte bajo un tren. Pero ahora con ella, tengo una esperanza para toda la vida”, dice.
Malvina le toma las manos y desea en voz alta: “no queremos que la calle nos arrastre”, mientras cuenta una y otra vez cómo fue aquella noche de bodas que el centro comunal les regaló en un hotel de media estrella en el barrio de Primera Junta. Su primera noche de amor sobre una cama.

Tomado de: http://www.cafediverso.com

Año hebreo 10.000 – Sergio Gaut vel Hartman


Dijo Moisés: —No tendrás otros dioses. No adorarás imágenes. No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios. Acuérdate del día sábado para santificarlo. Honra a tu padre y a tu madre. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio. No codiciarás la casa de tu prójimo ni su mujer.
Dijo Abraham Cohen Levy: —¿Qué le parece, don Moisés, si aflojamos un poco la mano? Llevamos diez mil años haciéndole caso y lo único que logramos es que nos corran de todas partes. ¿Y si nos quedamos con el sexto mandamiento y prometemos no exagerar con los demás?
Moisés se indignó por las palabras de Abraham y le pidió a Yavhé que arrojara el rayo sobre la Tierra y destruyera a todos los impíos que vivían sobre ella. Pero Yavhé consideró que el pedido de Abraham era razonable; bajó de los cielos, adoptó una forma humana y convenció a Moisés para que cambiara su mala onda por una actitud más positiva. Ahora los tres toman cerveza en la terracita de un bar en una playa cerca de Jaffa, dejan que la brisa del Mediterráneo los acaricie, empiezan a pensar cómo sigue la noche y se permiten conjeturar que amanecerá luminoso y agradable, más agradable que nunca, en los últimos diez mil años.

martes, 4 de agosto de 2009

Cuando no se riega una planta – Ludmila Tavella


Como ya debés saber, las plantas tienen vida… y como todo ser vivo, necesitan agua. Y no te imaginás cómo de loca se pone una planta cuando no la regás…
Acá te voy a contar lo que pasa cuando no te acordás de darle agua.
Primeritas horas de la mañana: Son las seis y tu clavel está preparando su propio desayuno. Aquí comienza su inconveniente: se da cuenta que no tiene agua y, desesperadamente, se mueve hacia un lado y hacia otro tratando de encontrarte.
Vos lo mirás —él se ilusiona—, lo olés; y te vas a tu trabajo sin otra explicación. Él te mira, con una desilusión bárbara, y vos no te dás ni cuenta.
Al mediodía: Volvés a tu casa a las doce y media, con un hambre terrible. Te hacés algo rápido y lo comés mientras mirás el noticiero, acompañado de tu vaso lleno de gaseosa. Él siente envidia. Tiene ganas de tirarse a la mesa y tomarse todo. Pero se aguanta.
Tardecita. Ya se pone el sol: Tu clavel siente alguna satisfacción porque ya no tiene que aguantar el calor, pero sigue sediento. Llegás del gimnasio y él trata de estirarse cada vez más, para llamar tu atención. Siente tu olor y se aleja. Te vas a bañar, y nuevamente no te dás cuenta de su necesidad.
Ya de noche. Cenando: Te sentás a comer. Ahora una comida demasiado elaborada, como de reyes… y obviamente con tu gaseosa en la mesa. Tu pobre clavel se está muriendo de sed. Tampoco te das cuenta. Te vas a acostar enseguida en tu camita bien calentita.
Ya estás entrando a tu sueño y te acordás…
—¡¡Mi clavel!!
Vas corriendo, desparramando toda el agua en el suelo. Llegás y el pobre clavel está casi marchito. Le das el agua, y se recupera enseguida.
Todos piensan que las plantas se levantan porque ya se sienten bien y están contentas; pero, en realidad, tu clavel lo hace para decirte:
— Pelotudo y la concha de la vaca, me cagué de sed todo el día. Vos me veías y seguías mirándome y…

La Balada del Golden Boxer - Héctor Ranea


Ella paseaba orgullosa su Golden Boxer por las pasarelas no oficiales del Kennel’s en el muelle sobre el Badu Lake, cerca de los competidores. Ese año Chris, su notable fiel amigo, no había podido competir por un esguince durante una prueba de salto, pero estaba en mejor forma que todo el resto y ella se lo hacía notar a quien quisiera con gestos, naturalmente, como hacen los patricios.
El Golden Boxer era un ejemplar magnífico de bípedo envuelto en su sotana dorada, diminuta. Tenía escondido el rostro en una máscara también dorada con la sonrisa exagerada para hacerlo parecer más diabólico aún. Ella se pavoneaba por los pasillos del Club pisando con sus cuatro manos las diferentes clases de bosta aristocrática con elegante desdén. El año próximo este boxer destrozaría a los competidores en la lucha libre.

La existencia del alma en el Caio - Hernán Casciari


08 DE ENERO DE 2004

El Zacarías y yo tomamos mate. Siempre. A cualquier hora. Las veces que estuvimos a punto de separarnos, las veces que llegó un hijo nuevo a casa, cuando lo echaron del trabajo, cuando Argentina salió campeón del mundo, cuando se cayeron las torres gemelas. Cuando murió mamá... Entre el Zacarías y yo hubo días sin besos a la mañana, semanas sin dirigirnos la palabra, meses enteros sin juntar los pelos, años larguísimos sin un peso en el bolsillo. Pero no hubo nunca en nuestro matrimonio un solo día sin que él o yo nos sentáramos en silencio a tomar mate.
El mate no es una bebida, corazones de otro barrio. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse. El mate es exactamente lo contrario que la televisión. Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás sola. Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es “hola” y la segunda “¿unos mates?”.
Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan. Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos. Los buenos y los hijos de puta.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. El Caio empezó a pedir a los cinco. La Sofi a los nueve. El Nacho a los tres. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.
Cuando conocés a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza:
—¿Dulce o amargo?
El otro responde:
—Como tomes vos.
Yo les escribo siempre a ustedes con el mate al lado del teclado. Los teclados de Argentina y Uruguay tienen las letras llenas de yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. La yerba no se le niega a nadie. Ni a la vieja Monforte.
Escribo esto por algo. Hoy llegamos todos de la calle y el Caio estaba tomando mate solo. Nunca antes había tomado mate solo. Siempre con el Chileno Calesita, o con la hermana, o con nosotros. Solo jamás.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos. No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es porque ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera.
El Caio no sabe qué carajo le pasa. No va a recordar este día. Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un mate solos. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones. Yo no me acuerdo de mi día. Zacarías tampoco. Nadie se acuerda. Pero hoy el Caio empezó a tomar mate solo. Hoy, 8 de enero del 2004, a la madrugada. Su padre y yo, escondidos en el pasillo, empezamos a mirarlo con respeto.

Tomado de "Diario de una Mujer Gorda"

domingo, 2 de agosto de 2009

Equilibrio - Camilo Fernández


Hace una semana que la tierra comenzó a temblar. En cada rincón del planeta aparecieron monstruosas grietas; los volcanes regurgitaron ríos incandescentes y lluvias de ceniza. La intensa actividad volcánica observada en los polos ha derretido aquellos hielos que creíamos eternos. En consecuencia, las ciudades costeras están siendo alcanzadas por olas gigantes que destruyen toda huella humana. Aún no se conoce cuánto ha crecido en nivel del mar.
El evento cataclísmico no fue inesperado. Diversas organizaciones ambientalistas lo anunciaron incontables veces durante años. Nadie los escuchó. La discusión ahora se centra en la gravedad de la situación. ¿El fenómeno desaparecerá tan fugazmente como se inició, o será sólo el comienzo?
Las redes informan que ciudades completas han sido devastadas. Tokio, Los Ángeles, San Francisco y Santiago son sólo algunas. El patrón es claro y lógico. Millones de vidas se han perdido.
Las miradas se han vuelto a la comunidad científica, instándolos a encontrar una rápida solución. Los más ilustres se han reunido en África, el continente menos afectado hasta el momento. Desde allí, emitieron hoy el primer informe oficial: “Hemos dañado el Planeta hasta convertirnos en una seria amenaza. Como todo sistema dinámico, está reaccionando para retornar al equilibrio”.

Mercado secundario - Sergio Gaut vel Hartman


Benjamín tenía el sorprendente don de estar siempre en el lugar adecuado en el momento preciso. Olfateaba accidentes de tránsito como quien encuentra almejas en la playa, y cuando la prudencia de los automovilistas ocasionaba una merma de siniestros, se daba una vuelta por la guardia de los hospitales públicos. ¿El objetivo? Lo diré con una sola palabra: memoria; Benjamín se hacía con la memoria de los que la perdían. Los golpes en la cabeza eran una fuente de suministro casi perfecta y nunca falta una esposa despechada, un taxista furioso o un acreedor sin esperanzas de cobrar que, golpe en la cabeza mediante, desparrame la memoria del más pintado. Pero ¿qué hacía Benjamín con las memorias? ¿Acaso es posible hacerse con una memoria ajena, una memoria extraviada, y utilizarla como propia? Seguro que sí, pero eso no es todo. El mayor talento de Benjamín no era hacerse con las memorias sino buscar en ellas las combinaciones de las cajas de seguridad, los números de teléfono de las amantes secretas, las vergüenzas ocultas de la familia, las fórmulas para convertir en manjares la basura y la chatarra en oro. Gracias a eso amasó una interesante fortuna, y otra más vendiendo las memorias, ya despojadas de sus partes más suculentas, en el mercado secundario; nunca falta el que compra los descartes. Todo salía a pedir de boca para Benjamín… hasta que un día la suerte dio una vuelta en el aire, giró ciento ochenta grados y la memoria que obtuvo en un accidente de tránsito entre un Porsche y una ambulancia fue la de un represor que, hasta el momento de la desgracia, recordaba hasta el mínimo detalle todas y cada una de las “operaciones” que había realizado. Por la mente de Benjamín desfilaron plantones, submarinos y picanas; torturas físicas y psicológicas, golpes, vejaciones, incertidumbre, muerte… Puede decirse que el pobre Benjamín murió de sobredosis.


Ci yacet pulvis, cines et nihil - Daniel Frini


¿Te acordás? En al esquina del comedor, que usábamos como sala de estudio, había un mueble chiquito en forma de rinconera donde poníamos los dos relojes despertadores, de aquellos a cuerda. Uno era rojo y nuevo; el otro de un verde pastel desteñido de tanto marcar el paso del tiempo. Nos asombrábamos del poder que tenían: jamás logramos que dieran la misma hora. En el centro estaba la mesa, de gruesos tablones de madera, con algo de estilo Luis XVI, y que alguna vez fuera hermosa; donde se amontonaban los libros de física, las tazas usadas, el mate olvidado del día anterior, los pedazos de pan y los restos de viejos paquetes de galletitas. En esa mesa pesada, escribimos nuestros nombres. Yo debo haber escrito el mío una docena de veces. Vos escribiste el tuyo una sola vez.
Solías venir a casa de mañana, temprano, y en más de una oportunidad revolucionaste el sueño de mis compañeros, con quienes yo alquilaba la casa. Sin embargo, nada importaba. Abrías tu carpeta y nos poníamos a estudiar. Así empezamos. Aprendimos a saborear nostalgias, a pelear por un pedazo de historia. Y fue así, bien simple, bien de todos los días, que aquel otoño te comencé a querer.
Algún diario de los que escribía debe guardar la fecha en que te lo dije y nos empezamos a pertenecer. Por aquella época inventé historias donde éramos los protagonistas. Soñé desde la casa hasta los hijos. Te hice dibujos, cartas y poemas. Nos peleábamos, nos encontrábamos, nos queríamos.
En alguno de esos momentos en que vos eras mi tiempo, me aislé. Desde entonces, mi mundo se compuso sólo por los momentos que compartíamos. Nada más.
Nadie debe haberlo notado, pero en esos días el sol era más naranja que de costumbre y el cielo un poco más azul. Eso fue cuando estábamos juntos.
Pero un día -y eso no creo que lo digan mis diarios- te perdí. Seguí viéndote. Físicamente estabas allí, pero ya no nos encontramos más. El silencio se metió entre los dos y no supe siquiera si ya no me amabas. Respeté tu decisión pero quería que, al menos, me lo dijeras.
Traté de hablarte yo, pero no pude. Y me puse a esperar.
De a poco, el sol cambió su color a un opaco blanco ceniza y mi cielo se llenó de manchas oscuras, cada una más terrible que las demás. Dejaron de importarme mis amigos, y hasta, cosa curiosa, dejó de importarme tu persona. Sólo esperaba tu palabra.
Solía pasar horas con la mirada fija en el picaporte de la puerta esperando que tu voz entrase a decirme el porqué, pero no pasó nada.
Con los meses, yo bajaba más y más. Llegó un tiempo en que podían gritarme en los oídos y ni siquiera pestañeaba. Soñaba que la puerta me hablaba con tu voz, pero no podía entender qué decía; entonces, yo seguía bajando.
Sin embargo, un día húmedo como sólo se puede encontrar en abril, decidí que no vendrías. Puse mis pensamientos en orden y abrí, por fin, mi mente al mundo. Vi nuevos pájaros y nuevas nubes, cosas que no estaban antes y gente en la casa que no recordaba. A la medianoche, salí al patio; miré a una luna distinta, y me suicidé.
Han pasado noventa años desde entonces, y nunca más te vi. Sé que en algún momento, en los siglos venideros, encontraré tu voz.
Hoy volví a la casa. Parece que nadie la ha habitado desde aquellos días. Me recibió una red de telarañas. Ci yacet pulvis, cines et nihil. Aquí yacen polvo, ceniza y nada.
Mis diarios han desaparecido.
Mi nombre ya no está escrito en la mesa. El tuyo sigue allí.
Los dos relojes aún juntan tiempo en la rinconera; y, aunque parezca mentira, siguen llevándose endemoniadamente mal.