domingo, 19 de julio de 2009

Repetición. Diferencia – Francisco Costantini


Año 1850.

El detective tiene una revelación: por fin sabe quién es el asesino y, lo peor, también quién la próxima víctima. Dejando las puertas abiertas de la oficina sale y agarra un caballo cualquiera. Hace mucho que no monta, pero la situación amerita el esfuerzo de no ser transportado en un carruaje elegante. Varios kilómetros lo separan de aquella casita en medio de la nada. Nubes negras han tapado la luna y comienzan a rugir. La lluvia cae sobre su integridad cuando por fin consigue ver una luz a lo lejos. Salta del caballo sin importarle demasiado qué sucede con sus botas, que se hunden en los charcos barrosos. Llama a la puerta. Nadie contesta. Sin pensarlo dos veces, toma distancia y hace saltar la cerradura con una patada certera, estudiada. Sillas caídas, papeles por el piso, vasos y platos rotos: es todo lo que ve. Avanza con pasos suaves, ahora. Su respiración se entrecorta. La garganta hecha un nudo imposible. Respira profundamente antes de abrir la puerta frente a la que se ha detenido. Cierra los ojos y gira el picaporte. Cae de rodillas cuando ve a su mujer descuartizada sobre la cama matrimonial.

Año 2000.

El detective tiene una revelación: ha descubierto al asesino y, también, a la próxima víctima. Las manos le tiemblan. Aun así consigue extraer de su campera el teléfono celular. Aprieta un par de botones y se lleva el aparato al oído. Espera, mordiéndose los labios. Por fin su mujer contesta. El detective le dice que cierre todo y no deje entrar a nadie a la casa, especialmente a X. Sin embargo, se entera, X ya está ahí. El detective trata de advertirle a su mujer que X es el asesino que está buscando, pero no consigue terminar la frase: el alarido desgarrador del otro lado del teléfono se lo impide. Tira el celular y sale de su oficina. Afuera llueve con furia. Se sube al auto y, aunque conduzca tan rápido como jamás lo ha hecho en su vida, sabe que llegará demasiado tarde a su hogar.

Año 2150.

El detective por fin sabe quién es el asesino y, también, quién la víctima. Sin perder tiempo, se introduce en el teletransportador, presiona las coordenadas adecuadas en el teclado y, en un par de segundos, está en un aparato similar situado en el living de su casa. Su mujer se sorprende gratamente de verlo. Él ni siquiera la saluda, pues ha visto al joven que se aproxima por detrás de ella con una cuchilla en la mano: su propio hijo. El detective echa a un lado a la mujer, agarra una silla por el respaldo y, antes de que pueda reaccionar, la destroza en la cabeza del adolescente, que se desploma en el piso. La esposa quiere explicaciones, pero le basta ver el arma junto al cuerpo inmóvil de su hijo para comprender. Los ojos del detective y la mujer se intersectan, cargados de lágrimas. Luego, ambos se funden en un abrazo que busca aquello que las palabras no pueden ni podrán jamás explicar.

Golemíadas - Héctor Ranea


Me miraba las manos y pensaba si habría modo de deducir la divisibilidad de un número con las manos.
—Sí, hay un modo —dijo el Golem.
Yo lo miré azorado. El mero hecho de que el Rabino Löw se fuera a jugar bridge con el Abate Suger no podía ser óbice para que el Golem anduviera suelto. Creo que fue en ese momento en que sospeché que algo andaba muy mal con el servidor del Golem.
Me miró desde sus no-ojos surcándome la cara con su visión guiada por láser y siguió contestándome la pregunta que yo aún no había exteriorizado.
—Sucede que todos olvidan algunos números para dividir y ahí está la clave.
Por mi parte no podía hablar. Como si con esa voz cavernosa no bastara para congelarme, su aliento era tan horrendo que me dejó sin respiración.
Cuando entró en la habitación el Rabino, se me cayeron las últimas páginas del Libro de la Cábala. Sonrió cómplice y me dijo
—Menos mal que el papel del Golem lo tengo yo, si no, qué cosas combinarías con ese libro y tu imaginación.
Se fue al terminar de decir esas palabras, pero antes de que cerrase la puerta, el Gólem ya estaba ahí, guiñándome uno de sus no-ojos.

viernes, 17 de julio de 2009

La muerte interior - Claudio A. Amodeo


La vi por última vez justo antes de la eclosión roja. El contacto fue efímero pero fatal. Su aguijón silbó en el aire y se hincó en mi cuello perforando la malla de acero del traje, para invadirme internamente con esa sustancia viscosa. Luego, en el tiempo que consume un pestañeo, se replegó y se alejó hacia aquel portal rojo que había surgido de manera súbita cuando nuestra victoria parecía definitiva. Los Aeríes retrocedieron sobre la superficie etérea dando brincos con sus patas traseras, haciendo vibrar el aire con una melodía nueva, agónica. La vi una última vez antes de traspasar el portal y, a pesar de su semejanza a una langosta gigante y de todo el odio que los humanos hubimos sentido por los de su raza durante la guerra, yo ya no pensaba lo mismo. Sus movimientos me parecían graciosos e incitantes. Sentí el influjo del líquido ponzoñoso arrastrándome tras aquella criatura y corrí arañando el aire con mi traje guerrero sin detenerme a pensar que moriría al atravesar el portal. Debía alcanzarla porque la necesitaba. Sentía un calor interno que me devoraba y me sofocaba. Sólo se aplacaría cuando nuestro cuerpos se unieran allá, del otro lado del universo, allá donde el fuego abrasador de los mil soles te envuelven y te transforman en energía, liberándote de la esclavitud de la carne.
La vi una última vez cuando el portal se la tragaba y vi sus ojos, pendiendo de dos antenas sutiles, que me hechizaban con una última llamarada de amor. La vi y corrí. Y descubrí que no corría sólo, sino que muchos de los guerreros humanos corríamos en la misma dirección con idénticos anhelos. Habíamos dejado caer nuestras armas y nuestros cascos para desarrollar mayor velocidad. Ya no podíamos recordar que unos instantes atrás disparábamos rayos de energía y aniquilábamos sin miramientos cuanto enemigo se nos cruzara. Algunos compañeros de batallón alcanzaron el portal eclosionado y su figura fue tragada por el rojizo fulgor de luz. La muerte, del otro lado, era instantánea, indolora . La hubiera vivido en carne propia de no mediar el sargento Melquíades, quien, al verme poseído por el efluvio hormonal, se lanzó a perseguirme y me alcanzó lanzándose pesadamente sobre mí, desviándome de mi destino inmediato.
—¡No capitán! —me gritaba mientras caíamos hacia la superficie planetaria— No se deje vencer por esos malditos.
—Dejame ir. La necesito. —gemía yo esforzándome por mantener mi vista fija en el portal.
—¡No, usted no la necesita! Es un engaño.
Y no me soltó en todo el trayecto que nos separaba del terreno blando de Florencia II. Los campos energéticos contuvieron el impacto de nuestros cuerpos y, tras varios rebotes, nos depositaron sobre el suelo húmedo y maloliente. Cuando pude reaccionar miré al cielo y mi corazón pareció quebrarse. El portal estaba involucionando y desaparecía. Lo contemplé sabiendo la futilidad de todo esfuerzo por alcanzarlo y caí de rodillas bañado mi rostro en lágrimas. Jamás la alcanzaría. Se encontraría a millones de años luz de mí, bailando bajo los rayos luminosos de los mil soles que le bañaban el cuerpo. Casi podía imaginármela, danzando para mí, esperándome por siempre. Lancé un grito de dolor y me desvanecí.
Cuando desperté fue como si continuara durmiendo. Una nube de vapor cubría todo mi entorno y un pesar indescriptible me aprisionaba el pecho. La tristeza y el desgano fueron los únicos sentimientos que albergaba. Divisé entre el vapor y el mareo las caras borrosas de varios médicos que me examinaban curiosos. Hablaban en un lenguaje desconocido y se movían agitados. Cerré los ojos ansiando soñarla nuevamente. Como no sabía su nombre, la había bautizado Danahel que era el nombre de la mujer que más hube amado tiempo atrás, cuando era cien por cien humano.
Uno de los médicos conectó unos tubos a mi brazo cibernético y comenzó a extraer líquidos de varios colores. Otro meneaba la cabeza y no se quedaba quieto. Danahel apareció otra vez y ahora poseía un cuerpo femenino humanoide. Sonreía y se asomaba por detrás de los médicos. Alzaba mi mano para alcanzarla pero ella se alejaba cada vez. Me agité en la camilla y gemí su nombre. El primer médico se acercó y me observó con una mirada borrosa. Miró al otro y dijo en voz alta algunas palabras que pude entender.
—Catatonia. Ejército diezmado. Muerte interior. Irrecuperable.
Entre las figuras e ideas borrosas alcancé a comprender que aquello que me hacía desear la presencia de Danahel era el producto del líquido viscoso que ella me inyectara en el fragor de la batalla. Afectaba el centro nervioso y lo modificaba. No era amor entonces, sino un arma tan letal como nuestros propios rayos de energía. No mataban al enemigo, sólo lo diezmaban plagándolo de heridos de muerte interior. Era una estrategia tan antigua como la propia guerra. Un soldado muerto no genera más pérdidas que la propia baja. Uno herido retrasa y produce gastos. Millares de muertos en vida podrían hacernos perder la guerra.
Por eso, cuando el otro médico dijo “Eutanasia” recibí la noticia con alivio. Por eso cuando la aguja brilló en el aire y trazó una parábola hasta alcanzar mi brazo, me sentí agradecido.
Danahel, lejana, me miró angustiada y mientras el veneno recorría mi sangre, se despidió para ya no volver.

miércoles, 15 de julio de 2009

Cada día - Sergio Patiño Migoya


Un hombre viaja cada día en tren desde su casita en el extrarradio hasta la capital, al trabajo. En un punto concreto del trayecto, levanta siempre la cabeza del diario y mira por la ventanilla. Allí está, en medio de un campo aledaño a la vía, rodeada de verde y amapolas, cada mañana, una niña vestida con el uniforme escolar y dos lazos celestes sujetando unas simpáticas coletas. Cuando escucha el tren, la niña deja su mochilita sobre la hierba, abre los brazos y empieza a balancearse hacia los lados como un avión, como, tal vez, un espantapájaros que quisiera saludar al tren y no pudiera. El hombre siempre le devuelve el saludo aun consciente de que ella no lo ve. Es feliz en ese instante, la aparición de la niña es para él como un buen augurio con el que comenzar la jornada.
Todo cambia el día en que el hombre deja que su pensamiento lo traicione. Se plantea la posibilidad de que algún día mirará por la ventanilla y la niña no estará allí. ¡Qué terrible! Tan terrible que desde entonces, cuando el tren se aproxima al campo de amapolas, hunde más sus ojos en el diario, se prohibe mirar afuera para poder imaginar que la niña sigue ahí, que siempre estará ahí, que el tren la deja atrás una vez más con sus bracitos abiertos al cielo y que no sea al revés, que ella lo haya dejado atrás a él, que se haya quitado los lazos de las coletas y haya seguido su camino, los brazos sabiendo ya volar.

Tomado de: http://breventosybrevesias.blogspot.com/

A los espejos - Dagoberto Friguglietti


Me enteré que durante un tiempo Pablo no anduvo bien emocionalmente, que solía tener ideas y comportamientos extraños. Supe que una mañana se paró frente a un espejo bien grande y con gestos ampulosos denotó toda su bronca, mirándose de frente y de perfil hasta encontrar la pose que mejor lo reflejara. Enseguida ensayó el habla con una voz tan gruesa y áspera que parecía arrastrada desde el fondo de la garganta; sus medias palabras, apretadas y trabajosas, eran evidencia de problemas. Tuvo entonces la extravagante idea de grabar en un viejo Geloso lo que iba a decir: “voy a interpelar a los espejos que nos miran sin reflejar pieles y rostros con mudanzas en un monótono interlunio, y callan. ¿Por qué no delatan a los que fingen si con la mirada del que posa les alcanza? Si la figura reflejada adquiere fuerza gracias a la autenticidad de las formas que vienen desde adentro es justamente en soledad cuando uno mejor logra desnudarse. ¿Por qué los espejos no tienen el coraje de mostrarnos de verdad cómo somos? Quiero interpelar a esos espejos…y decirles desde el alma que se animen a denunciarnos tal cual somos en un viaje de ida y vuelta sin distracciones ni ropajes. Voy a denunciarlos por falsía porque no creo lo que dicen”. No había dudas que a Pablo lo atormentaba algo.
Días después tuve un encuentro con él. Su comportamiento resultaba tan extraño como inusual y nada sabía yo acerca del motivo. Recién comencé a saberlo cuando me hizo escuchar esa grabación, y a sospechar que su raro estado tenía relación con su acostumbrada manera de fingir. Incluso comprobé más tarde que no era capaz de reconocer el gran desasosiego que le producía vivir así. Cuando al final me confesó su angustiosa situación me conmoví. Me dijo que llegó a pensar cosas tan desmesuradas como que la cicatriz en su rostro era fiel reflejo de cuánto lo embargaba la pesadumbre, y que preso del pasado sentía que esa marca indeleble era una amarga secuela, un resabio de viejos engaños y fracasos. Llegó a decir que la cicatriz le reprochaba desde lo profundo de su espesura: “estoy en tu mismísima cara porque lo quiere la memoria. Te miro, te siento, y no me acostumbro aún a tus lacerados gestos que intimidan, ni a la desnudes de las palabras que pones en tu boca, siempre hirientes por su filo; ni a tu elocuencia muchas veces sanguinaria, por demás egoísta. Estoy aquí por dolor y a tiempo te prevengo que un día cualquiera esto terminará peor. Soy la que avisa malos presagios. ¿Recuerdas…o acaso olvidaste tus engaños? Una y otra vez te atreviste a marchitar nada menos que la confianza, haciendo perder su belleza. Y estoy a pasos de hacerte doler para que se te escape un sollozo. ¡Quiero prevenirte a vos, que mataste al amor y continúas descaradamente vivo, como si no te bastara la interrupción hacia ese paraíso que es la confianza, que no te sigas engañando, y por favor no culpes más a los espejos!
Enterado yo que Pablo tenía percepciones como esas no pude evitar preocuparme aún más recomendándole una consulta profesional.
Pablo finalmente pasó esa mañana sin otros sobresaltos y recuperado de su pesadumbre no dudó en tomar una decisión. Por la tarde, a la hora que acostumbraba caminar por el parque, llamó a Cecilia, una ex novia, concertando una cita con ella. En ese momento Pablo habló en forma temblorosa y entrecortada, sin embargo Cecilia no le hizo comentarios y pareció finalmente aceptarle la invitación. Se reunirían esa misma noche en un viejo bar donde circulaba poca gente. El hizo preparar una mesa con candelabros y velas encendidas, gesto demasiado ampuloso para la sencillez del lugar. El horario del encuentro fue fijado de común acuerdo a las nueve. Pablo llegó minutos antes y mientras esperaba reflexionó acerca de lo que quería decir, cuánta pasión ponerle a su súplica para que ella lo perdonase. Pasaron quince minutos, luego treinta y Cecilia finalmente no apareció. Pablo pasó de estar confuso, luego preocupado, a mostrarse por fin bien irritado. Le costó entender la ausencia de Cecilia pero se prometió llamarla hasta conseguir el perdón por aquello que él había cometido. De mala gana asumió su evidente pero“a la postre pasajera derrota” y quiso emprender la retirada.
Antes de abandonar el lugar cruzó su mirada con una joven que acababa de ingresar tiritando de frío y suplicando “un café bien caliente por favor”. Pablo entonces decidió quedarse, habiéndose olvidado aquello que hacía minutos nomás lo tenía preocupado. Desde que la vio supo que la mujer le había gustado y que había reciprocidad. En segundos pergeño una estrategia de seducción y plenamente decidido intentó conquistarla. Inventó una historia cualquiera con tal de entrar en conversación. Ella respondió siempre con una sonrisa rápida, transparente, jovial. Él dijo que era un estudiante avanzado de arqueología y otras cosas más, todo producto de su jugosa imaginación. Al rato su prédica dio frutos y ambos se fueron juntos para comenzar una historia que no se bien cuánto duró. En aquel momento Cecilia se le borró de la cabeza así como del corazón la pesadumbre. Pablo no tuvo lugar donde acomodar remordimientos sino más bien le nació un resquicio para otra cuota de cinismo: un sutil pensamiento le recordó casualmente a los espejos. Convencido que tenía sus razones repitió aquello de…“los espejos no nos muestran en realidad cómo somos. De nuevo los maldigo, denuncio, y sentencio por falsía porque no creo fielmente lo que dicen”, mofándose porque la cicatriz debería esperar la concreción de su presagio.
Por lo poco que pude saber, Pablo hoy continúa yendo solo por la vida.

lunes, 13 de julio de 2009

Mamá y papá – Francisco Costantini


Mamá y papá tuvieron un accidente feo y se ausentaron por mucho tiempo. Gente extraña y amable cuidó durante esas semanas penosas a Luquitas. Pero un día mamá y papá volvieron. Luquitas corría en torno a ellos, dando brincos, se subía a los hombros de papá para que le hiciera caballito, se dormía en los brazos de mamá mientras ella miraba sus novelas de la tarde... Él los notaba un poco distintos, seguramente como consecuencia del feo accidente, pero estaba feliz de que ellos hubieran regresado. Cada tanto venían hombres raros y se encerraban horas en la oficina a hablar con sus padres. A Luquitas lo dejaban jugando en el living con su consola de realidad virtual y no los molestaba, a pesar de la intriga.
Una mañana, mientras Luquitas dibujaba sus primeros números en el cuaderno escolar, a mamá se le cayó, tal vez del bolsillo pensó el niño, una chapita rectangular, muy bonita por su brillo. La misma tenía grabada unas letras que Luquitas deletreó —SATEmPaFaDA— no sin esfuerzo y, debajo, una serie extensa de números. Supo que se trataba de un número telefónico, así que ansioso por comprobar sus nuevos conocimientos, corrió hasta el videoteléfono y apretó, lentamente, cada dígito y, luego, como había visto hacer a papá, el botón verde. Un cosquilleo le recorrió el vientre cuando escuchó el tono de llamada. Al fin de una larga espera, una cara redonda de mujer apareció en la pantalla y dijo algo que Luquitas no consiguió comprender:
—Buenas tardes, Servicio de Androides Tutores Emuladores de Padres Fallecidos, Desaparecidos o Ausentes, ¿en qué puedo ayudarlo?

Penélope - Antonio Cruz


Mientras teje de manera monótona piensa en lo que ha sido su vida. Un inmenso páramo de soledad y aburrimiento.
Desde que ella recuerda lo único que ha hecho es tejer.
Le hubiese gustado tener hijos. Con ellos se sentiría más acompañada.
Pero está sola.
Agobiada, deja el tejido y se dispone a dormir.
Despierta sobresaltada y sintiendo su carne invadida. En su confusión tiene un instante de lucidez para darse cuenta que además de su miedo siente un extraño y cálido placer que estremece sus entrañas. Y lo disfruta.
Al momento siguiente vence su instinto. Atenaza al intruso con fuerza inaudita mientras muerde con furia escalofriante. El temerario asaltante se debate en desesperada agonía.
Apenas un relámpago de tiempo y los movimientos convulsivos cesan. El atacante está inerte, inmóvil, muerto.
Toma conciencia de lo que acaba de hacer.
Pero no siente remordimientos ni repulsión.
Sin un gesto de repugnancia arrastra el cadáver mientras comienza a babear adelantando el festín que se dará en un rato.
Sin remordimientos.
Sin arrepentimientos.
Sin culpas.
Al fin de cuentas, lo único que hará es cumplir con una ley natural.
Todas las arañas de su género matan a los machos durante la cópula y luego los devoran.

sábado, 11 de julio de 2009

Propiedad privada - Gabriela Aguilera


“Puta”, dices, aplastándome en la cama. Me acaricias en medio segundo, metes tu lengua en mi boca. Cuando te muerdo y saboreo tu sangre, muerdes también y me volteas sin darme tiempo a decir que sí. Tu furia revienta porque creíste algo que no ocurrió, pero que dejé entrever en una frase dicha sólo para provocarte, mirándote, mientras revolvía un café. Siempre dijiste que no te importaba que hubiera alguien más y yo quise saber si era cierto. Sonriendo, contestaste que cada uno es libre de hacer lo que quiera. Después de eso fuimos al Cero Catorce, como todas las veces.
“Puta”, aseguras, arrastrando saliva en mi oído, agarrándome del pelo, inmovilizándome, aplastando mi cabeza contra la almohada, ahogando mi voz. Está lloviendo afuera pero no puedo escuchar el sonido del agua. Tus palabras llenan este cuarto rentado.
“Puta”, murmuras sin detenerte y no me permites pedir nada, abriéndome las piernas con la fuerza de las tuyas, investigando otros caminos, rompiéndome en dos. Resisto el embate, intento atraparte, acariciar tu mano que esposa las mías, frenar lo que quieres hacer, lo que haces ahora conmigo boca abajo, vencida boca abajo.
“Puta”, deslizas, en la cadencia de una ternura que no esperaba, dejando caer tu cabeza junto a la mía, revueltos los dos en el sudor y la sangre, descansando en el placer, la respiración entrecortada, el dolor de las heridas, la humedad que mancha la sábana.
Es noche afuera y oigo tu voz diciendo “Ahora sí eres mía”. Y después de un minuto agregas “Nadie más. Nadie. Nunca más”.

Construcciones sobre el ojo - Mónica Sánchez Escuer


En este pequeño cráter cabe el orbe entero. Algo en sus bordes da vértigo, perturba. Parece un hoyo negro en medio de la carne. Un grito mudo. Tal vez es la boca del ojo, la fuente de todas sus tristezas. O quizá el sexo abierto de un cuerpo que espera. Es todo lo que podemos ver, lo que imaginamos, lo que nunca habíamos visto.
Tomar una fotografía es resaltar un instante o un detalle que para otros ha pasado de largo, ese doblez en la vieja cortina de un teatro, o los pliegues de la sombra cayendo como lluvia sobre un muro rugoso. Pero lo cierto es que en la fotografía, aunque nos muestra un trozo de realidad, hay siempre invención: el fotógrafo descubre y en su encuadre compone. Vemos lo que él nos muestra, lo que su ojo busca y, al encontrar, construye. El encuentro con el instante, con el detalle, nunca es totalmente fortuito; y Edgar Ladrón de Guevara lo sabe de sobra, por eso no sale a las calles a cazar arrugas en el asfalto ni a buscar atardeceres en los rostros del metro. No, Edgar nos muestra que cada ojo crea sus propios universos, que no hay azar ni fortuna en la mirada, sólo, tal vez, como decía Stravinsky, el “presagio de un descubrimiento”. No le interesan retratos ni líneas que sean límites: los ojos que construye no tienen contornos, se expanden o compactan, se pulverizan como tierra en la ventisca.
Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/

viernes, 10 de julio de 2009

Condiciones climatológicas - Alejandro Ramírez Giraldo


Sólo quien vive en el trópico pueden entender que es posible que llueva en cualquier momento del día. En un día soleado y despejado, sin previo aviso y sin necesidad de un fenómeno meteorológico importante, se viene un aguacero de grandes magnitudes.
Yo, por ejemplo, creí durante mucho tiempo que vivía en la ciudad más lluviosa del mundo. Siempre estaba lloviendo en el sector donde vivía, estudiaba, trabajaba o simplemente me divertía. No era raro que pudiera mirar desde la terraza del lugar donde estuviera que en el resto de la ciudad no llovía y que incluso hacía un calor canicular. Pero nunca me atreví a pensar en cosas extrañas porque no soy un hombre propenso a ideas esotéricas.
Mas con el paso del tiempo empecé a percatarme de mi extraña realidad. Y no sólo yo, también las personas de mi círculo: siempre llovía donde yo estaba. Sumamente extraño, sí, pero esa idea la despojé de todo manto de superstición.
Aunque era posible observar una enorme nube siguiéndome por toda la ciudad: estuviera en la casa, en el trabajo, en la universidad o simplemente tomándome unas copas con algunos amigos. Y debido a eso mi closet se llenó de chaquetas, bufandas, guantes y paraguas.
Poco a poco la situación se complicó. Aunque ya me había acostumbrado a la lluvia no dejaba de estar constipado la mayor parte del tiempo. Además una recurrente neumonía comenzaba a complicarme la existencia. Pero todo eso era soportable con relación a lo que luego sucedió: la nube empezó a encogerse lentamente hasta convertirse en una minúscula mancha gris en el cielo. ¡Gracias a Dios!, grité, se acabó esa extraña persecución. Qué tonto fui, no era más que el principio de otra persecución más despiadada: esa minúscula mancha gris empezó a asolarme a mí sólo... siguiéndome sin sosiego adonde quiera que fuera... mojándome sin compasión... haciéndome llevar siempre ropa de invierno y el paraguas abierto... y obligándome a la ridícula situación de tener que esperar en una acera el cambio de luz del semáforo, sosteniendo el infaltable paraguas y tiritando de frío, mientras a mi alrededor (¡a sólo unos centímetros de mí!) la gente lucía ropa de verano y me miraba con suspicacia como a un apestado fugitivo.
Además a esa minúscula mancha gris últimamente le ha dado por ensayar con las tormentas eléctricas.
Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

Último momento - Antonio Cruz


Un extraño incendio, que todavía no pudo ser sofocado, asoló varios distritos de Roma a última hora de ayer. Las llamas, que podían verse desde varios kilómetros, destruyeron casi todas las viviendas de diversas zonas suburbanas.
Una fuente de la oposición, que prefirió mantener el anonimato, dijo que el emperador Nerón, quien sería el responsable del siniestro, disfrutó del dantesco espectáculo mientras tocaba la lira y entonaba curiosas canciones, aunque él, entrevistado más tarde por nuestro corresponsal, negó enfáticamente la especie. “Yo estaba descansando con Popea en Antium desde donde tuve que regresar de manera urgente cuando me informaron del siniestro” sostuvo.
Asimismo dijo que ordenará una profunda investigación para encontrar a los culpables. “No tengo dudas de que esto fue un atentado de esos subversivos que se hacen llamar cristianos con apoyo del exterior y sepa el pueblo que no descansaremos hasta que paguen su culpa” dijo muy ofuscado. Al cierre de nuestra edición se habían iniciado redadas por los barrios bajos. No se descartan detenciones y ejecuciones sumarias como ha acontecido en los últimos meses.

Y volvió... - Rosi Garita


La busqué por toda la casa a trompicones, desesperado abrí la ventana y la llamé a grito pelado: ¡Zeneida… Zeneida...! De respuesta solo escuché el bramido del mar que desde ahí se veía como una hendija azul entre el trapo negro que cubría el cielo. Encalabrinado como estaba, rasgué las cortinas, las arranqué y las tiré al suelo. De la repisa que ella había clavado junto a la ventana, tiré las plantas, que una vez le oí decir que eran violetas y que ella había plantado y cuidaba con tanto esmero. Fui al baño e hice lo mismo. No quedó nada en su sitio. Pasé por el comedor y en la mesa había una chirimoya madura, me le quedé mirando con odio. Extendí el puño y la aplasté de un pescozón. La fruta aplastada se extendió por la mesa dibujando un mapa y a mí me llegó un chingrete al ojo que resbaló dulzón por media cara.

La buscaba, la buscaba como un animal verriondo. ¿Cuántos días habían pasado? Fui al closet, lo abrí con las dos manos esperando encontrar yo no se qué; pasé la mano por sus vestidos que colgaban, y exhalaron el olor de su perfume, eso me hizo pensar que no hacía mucho había estado ahí. Me di vuelta y repasé con la vista, el teléfono, el espejo, el tocador… En la cama, aún se encontraba el libro que ella estuvo leyendo. De un salto llegué a la salita donde tenía la computadora. Estaba prendida todavía… ¡No puede ser, no puede ser, no puede ser! Le grité a las paredes.

Todo alrededor estaba lleno de sombras, aunque la luz estaba encendida. Eran sombras que se podían tocar con la mano y hacerse trizas, o quizá era la locura mía. Metí la cara en las sábanas y lloré. Lloré hasta sumirme de nuevo en la negrura de mis sombras, que me venían rodeando desde el día que ella murió. Y creo que perdí el conocimiento. Cuando desperté, quise salir de ahí. A tropezones, pegando en las puertas y paredes llegué hasta la ventana de atrás y me asomé, en el muro detrás del jardincito solo suyo, parpadearon como ahorcados los polipodios que ahí colgaban. Sentí vahídos. Jamás hubiera pensado en la muerte, en la mía, por mi propia mano. Me hubiera gustado lanzarme por ahí, si estuviera lo suficientemente alto como para acabar de una vez. Corrí a la puerta para huir de ese lugar donde todo era ella y ella no estaba. Puse las dos manos en la puerta de salida y apoyé mi débil cabeza en ella. Los recuerdos me llegaban a golpes. Su entierro a mediodía. Recuerdo la sombra de un pájaro que trazó su vuelo en la tierra y se quedó pegada a mis zapatos. Recordaba flores y gente. Pero todo era nubloso. En medio de la tierra que caía sobre su caja, recuerdo a su madre llorando. El vestido que le pusieron… No había nada claro para mí, solo que había muerto. Había muerto. Ya no estaba más. Nunca más.

No se cómo pasó, ni porqué. Me sentía débil, las piernas no me sostenían. Fui resbalando y caí de rodillas en el piso. Empecé a llorar de nuevo. Fue cuando sentí su mano en mi hombro. Me ayudó a levantarme. La miré como si mirara un espectro, pero su dulce mirada me calmó. Era ella. Seguía muerta, llevaba el vestido con que la habían sepultado, hasta los ruedos los tenía llenos de tierra. Pero estaba ahí. Me sonrió y delicadamente me condujo hasta el dormitorio. Con su mano derecha apartó las pequeñas sombras que como telarañas me rodeaban continuamente desde su muerte. La tomé de la mano, su mano fría, tan querida. De paso al dormitorio entró a la salita donde estaba la computadora, se detuvo ante ella, y sin soltar mi mano, fue a my share folder y buscó. Luego se escuchó por todos los espacios de su apartamento que era solo suyo, la guitarra de Andrés Segovia que ella seguía amando desde sus sombras, y que amó desde antes de morirse. Entonces me empujó a la puerta y me llevó al dormitorio. El viento entró por la ventana que yo había dejado abierta y movió las persianas temperando el aire. Se sentó en el borde de la cama y me sonrió de nuevo atrayéndome hacia ella. Ya me sentía calmado y la abracé. Besé sus labios, que alguien había pintado de un rosa subido, que ella no usaba y no hubiera usado jamás. Fue cuando pensé, que si le hubieran consultado cuando estaba viva, que si le pintaban los labios de ese color, hubiera dicho: ¡ni muerta!
Así son las cosas en la vida. Muy diferentes, muy diferentes… Entonces, volví a besarla. Ella se recostó. Le desabroché el vestido. Me temblaban un poco las manos al tantear la muselina fría del vestido que usara dentro de su ataúd. Me hubiera gustado que se lo hubiera cambiado, pero era pedir demasiado. A saber de dónde venía la pobre. La acaricié. Estaba fría. No había razón para que no lo estuviera. La desnudé completamente. Su cuerpo seguía tan bello como siempre, si no hubiera sido por eso, por la herida. La herida mal cosida de la autopsia. Cubrí la herida delicadamente con una esquina de la sábana, no porque me molestara verla, sino, porque, temía hacerle daño al amarla…
Desde ese día, así, muerta y fría, vive conmigo. A la herida… ya me acostumbré.

Solución final — Sergio Gaut vel Harman


En el observatorio lo tenían por lento porque hablaba poco, aunque escuchaba mucho, escuchaba todo, en realidad. Hablaban del asteroide que fatalmente chocará contra la Tierra en 2028, o en la siguiente pasada, en el 2036. Y él no decía nada, pero se angustiaba.
—Usted ya no va a estar, don Felipe, no se preocupe —le dijo un día Torres Anderson, el astrónomo que se había entrenado en la NASA para subir algún día y limpiarle los mocos al Hubble—. ¿Cuántos años tiene? Más de sesenta.
Cuando pase el asteroide ya va a estar todo comido por los gusanos.
Pero Felipe se preocupaba igual y aunque no tenía hijos ni nietos la perspectiva de que la humanidad desapareciera, como había ocurrido con los dinosaurios, no le gustaba en absoluto.
Por eso, cuando se quedaba solo, limpiando el polvo, los papeles, las cáscaras de frutas y las colillas de cigarrillos fumados a escondidas, prendía todas las computadoras y probaba combinaciones de teclas con la inocente intención de hacer desaparecer al asteroide. No lo logró, por cierto, o no directamente.
—Che, loco —dijo una mañana Torres Anderson toqueteando el teclado como un poseso—. Júpiter, ¿dónde mierda se metió Júpiter?

jueves, 9 de julio de 2009

Estimulación casera - Daniel Frini



—¡Dale nomás! —decía la madre—. ¡Seguí con la guitarrita tocando idioteces!
—¡Andá a trabajar, atorrante! —decía el padre—; ¿o creés que te voy a mantener toda la vida?
—¡Soy un artista! —decía el hijo—; ¡las musas han venido a mi lado y me dictan mi obra magna!
—Pásenme la sal —decía el abuelo.
—¡Generaciones venideras alabarán mi genio! —decía el hijo.
—¿Generaciones venideras? —decía el padre—. ¡Lo único que veo venir es que mañana venís a la obra conmigo, a revolear ladrillos!
—¡Blasfemo! —decía el hijo.
—¡La puta que te parió! —decía el padre.
—¿Y yo qué tengo que ver? —decía la madre.
—¿Me pasan la sal? —decía el abuelo.
—¡Soy un artista! —decía el hijo—. ¡debo acatar el llamado de Euterpe!
—¿Quién carajo es esa? —decía el padre.
—La musa de la música... —decía la madre.
—¡La sal, porca miseria! —decía el abuelo.
—¡Vas a acatar el llamado de la musa del pastón de cemento! —decía el padre.
—Ella me inspira, me estimula... —decía el hijo.
—¡A vos te va a estimular un patadón en el culo! —decía el padre.
—¡La sal!¡la sal!¡la sal!¡la sal! —decía el abuelo.
—Pero nene...tenés que trabajar. ¿Por qué no dejás la guitarra para los fines de semana? —decía la madre.
—Para la creación no hay tiempo ni momentos —decía el hijo.
—¡Para la joda, querés decir! ¡Para trabajar sí hay tiempos! ¡Mañana a las seis te quiero conmigo, cagándote bien cagado de frio! —decía el padre.
—¡Cuando me recuerde la historia, dirá, también, que mi padre era un tirano! —decía el hijo.
—¡Y mi hijo un pelotudo! —decía el padre.
—¿Me pasan la sal? —decía el abuelo.
—Pero viejo... —decía la madre.
—¡Viejo, las pelotas! —decía el padre.
—Te va a subir la presión ... —decía la madre.
—¡Ahora lo defendés! —decía el padre—. ¡A este sinvergüenza, defendés!
—Ustedes no me comprenden… —decía el hijo.
—Madonna santa... Las milanesas no tienen sal —decía el abuelo.
—¡Termínela con la sal! —decía el padre.
—¡No te metás con papá! —decía la madre.
—¡Viejo de mierda, es más zángano que tu hijo! —decía el padre.
—¿A quién le decís viejo de mierda? ¡Que si no fuera por él, que nos ayudó con la casa, hoy me tendrías viviendo en una villa miseria! —decía la madre.
—¡Dejate de joder...! —decía el padre.
—¿Quién está jodiendo? ¿O el señor se cree que con la porquería de sueldo que trae, alcanza? —decía la madre.
—¡¿Porquería de sueldo?! ¿Y vos que mierda aportás? ¡Y arriba hay que mantener a tu viejo! —decía el padre.
—Me voy a tocar la guitarra a mi pieza... —decía el hijo.
—¿Me van a pasar o no la sal? —decía el abuelo.

martes, 7 de julio de 2009

Odradek, el Centauro - Héctor Ranea


Me atajó y me dijo que venía de Helicón. Yo tenía una leve noción de esa montaña, tal vez citada en una de las tragedias desconocidas de Sófocles que había encontrado en la Biblioteca de Bagdad cuando la asaltamos.
Insistió tanto en hablar conmigo que pensé que era un yiro y como andaba medio solo desde hacía tiempo, me quedé conversando con ella hasta bien tarde. Ahí, en la Isla de Elba, me enamoré de una Musa.
Me contó que su hermana era su madre, Mnemósine, pero que un tal Pausanias estaba tan horrorizado cuando supo la verdad, que la hizo figurar como su madre. Ella era, supuestamente, Meletea. Y me prometió que iríamos a su casa en Firenze, donde residía desde hacía siglos, a encontrarnos con sus otras dos hermanas, Mnemea y Aedea.
Yo la dejaba hablar, en realidad más preocupado por saber qué llevaba debajo de sus ropas que de su supuesta historia. Me importaba un bledo que fuera buena en meditación y esas pamplinas, más vale tenía otras intenciones y sólo me reprochaba haberme tomado media botella de vino aleático antes de verla aparecer.
El asunto que la preocupaba no era mi dinero, aparentemente, por lo que colegí que no era tan puta como parecía. Pero era una bella mujer en sus cuarenta y pocos que tenía, por supuesto, sus encantos intactos.
Pero no había caso. Sólo hablaba y hablaba de ese centauro que la había llevado a la isla, Odradek, lo llamaba. Pero yo había leído de Odradek en algún ensayo de Benjamin, así que no entendía qué hacía un corderito suave convertido en un centauro, que uno se los imagina fuertes y poco amigos de modales suaves.
Ahí estaba esa Musa. Ahí estaba yo. Por algún lugar se había ido el Sol y la acción lunar de esa mujer me estaba entibiando demasiado otras partes del cuerpo, quitándole sangre al cerebro.
No sé cómo. Pero realmente no sé cómo, no es que no lo quiera decir, al día siguiente, sin conciencia de haber consumado nada con esta bella griega, estábamos en Firenze con sus hermanas.
Vivían en una casa con jardín, bellísima y secreta, y cada una en su cuarto me prometía con la mirada lo que olvidaba yo al día siguiente con la llegada del Sol. Mnemea era, creo, artífice de tal encanto. Aedea me enloquecía con su voz que me transportaba a los muertos de la guerra, a los gritos de las mujeres que perdían sus hijos bajo mis manos y a los más sublimes cantos de amor que jamás hubiera yo escuchado. Después, Meletea me daba paz, olvidándome de todo.
Conocí a Mnemósine: no podría decir si era su madre o su hermana, de modo que me quedé con la versión de que fue su hermana, más por gusto por lo escabroso, que en honor a la verdad.
Me comentaron las Musas que en una época sonaban como las tres cuerdas de la lira y por eso un poeta les inventó hermanas. De ahí en más, aparecieron falsas Musas, Musas apócrifas. Inútil que repita todos los posibles nombres. Reconstruiría el registro de todas las voces que nombran la memoria, las voces, los cantos, las formas de bailar, los modos de llorar con la música. Todo tiene su Musa, parecían decirme las hermanas.
Ellas pueblan jardines o plazas, de modo que hoy es posible encontrarlas vestidas en forma extraña, aunque hay ciudades que ya no quieren habitar, ciertamente. Son aquellas adonde las quiere llevar Odradek, para calmar a la humanidad, pero ellas tienen justificados temores de que eso las desgaste demasiado.
Una mañana en la que mis Musas me dejaron libre, fui a la Plaza San Marco. Conocía un bar en el que hacían unas masas rellenas de crema pastelera que eran una delicia y decidí compartirlas con ellas. En el trayecto, un hombrecito muy singular me dio un volante anunciando el Circo del enano Kedardo, una especie de muñeco bastante vulgar, por la apariencia de la foto.
Las Musas quedaron, al parecer, encantadas con las masas y con la idea de ir al Circo. Jamás debieron hacerme caso. Una vez allí, la estupidez abismal se me hizo patente pues el nombre del enano mutante era el del centauro tan temido escrito al revés.
Desde entonces no he tenido más noticias de mis Musas, pero puedo recordar cada vez que tengo sexo con una mujer desde entonces. Eso sí. No tengo más paz. Vuelvo a Elba por más vino aleático.

Ella - Bárbara Wall


Se escuchaban la teclas de una antigua Remington en un papel que estaba en blanco. En ese escritorio había un vaso con whisky, las aspas del ventilador de techo rodaban como si de un remolino se tratara, todo estaba en una completa desolación. El hielo se había deshecho ya, la máquina de escribir seguía sonando, la alfombra denotaba que unos tacones la habían pisado, muy fuertemente.
La ducha estaba lista, se escuchaba al fondo del pasillo en aquel apartamento; las dos puertas de los dormitorios estaban entreabiertas y unos susurros se dejaban escuchar cuando se acercaban más.
Ella estaba hecha un lío, no sabía que hacer con ese trabajo, con la soledad que carcomía sus entrañas, por su edad, por no querer saber más acerca del “que dirán”. Estaba en posición fetal, sentada en ese solitario cuarto de baño, desnuda, llorando, por un bloqueo, por una máquina de escribir que no servía, por su vida que estaba perdiendo.
Todo lo había abandonado para ese instante, ya nada le importaba, dejó que la pequeña aguja del tocadiscos saltara sobre aquel disco de jazz que tanto le gustaba. Se sentía perdida, ya nada valía para ella.
Era la vida de una escritora, pensaba para sí. No quiero más preguntas, no quiero estar aquí, quiero más libertad, me quiero a mí, gritaba llorando bajo el agua de esa ducha tibia que se tornaba fría ante sus nervios. Estaba estancada en un lugar que no le pertenecía, al que no sabía cómo había llegado, ni por qué. Siguió por horas llorando por lo que era, mas no por lo que fue, ya que no lo recordaba.
De repente se escuchó de nuevo el rasguido de ese ventilador y las teclas de esa máquina de escribir sobre una hoja en blanco, eran más fuertes que sus gritos y un estallido rompió la monotonía del ambiente. Una mancha cayó sobre la alfombra, alguien había tirado el vaso de whisky al suelo y había roto en pedazos el vaso.
Se vieron unas llaves que ciertas manos dejaron caer sobre el escritorio y unos pasos caminaron directamente hacia el baño, la luz estaba apagada. Había sangre derramada en la tina pero ya no había nadie; nadie excepto Ella que estaba harta de llegar desde la calle y volver a la rutina de siempre. Esa agonía que poco a poco la estaba matando. No se sorprendió por lo que había visto, estaba realmente furiosa y era más que una mujer para ese lugar y esa época. Sabía que no era la primera vez que pasaba, su mente era muy fuerte y le jugaba esas malas pasadas, eso de lo que no podía acordarse más tarde, su llamada esquizofrenia.
Se lavó las manos con agua fría y su cara con jabón de olivo, se miró al espejo mientras se secaba con una toalla, vio sus ojos y sus ojeras, su palidez, no había comido; ahora sólo escuchaba esa tonada con ese trompetista que tanto le gustaba, Miles Davis; decidió ir a su dormitorio y así encontrar una nueva historia, una nueva imagen, quería descansar de esa vida, tomó sus medicamentos, se desvistió tratando de conservar la calma, primero los zapatos, la falda, su saco, y mientras seguía con su blusa de seda, fue quitando poco a poco sus medias, cuidando que no se rasgaran, todo bajo la luz de su lámpara de noche, se deshizo de todo lo demás y ya en la cama quedó sumergida entre las sábanas mientras se ocultaba tras la oscuridad de aquellas cortinas, la máquina; la vieja Remington dejó de escribir. El tocadiscos siguió sonando y las lágrimas en la ducha siguieron corriendo.
Habían pasado ya varios días… Ella no se había percatado de ello. Se había suicidado y ya estaba muerta… su alma rondaba en ese apartamento y ella pensaba que era sólo uno más de sus trastornos psicológicos. No podía descansar, nunca más podría hacerlo.

De diarios - José Luis Vasconcelos


Querido diario:
Hoy estoy melancólico y el recuerdo de mi padre nubla cualquier posibilidad de alegría.
Lo extraño tanto que —no me duele confesarlo—, odiaba hasta su sombra, porque después de las cuatro de la tarde, invariablemente, ponía sus ojos en blanco, como huevos cocidos y empezaba a balar.
Y no es que me importara que mis amigos se rieran de él. Total, la gente se ríe de cualquier bobería. Pero uno, desde lo más hondo, siempre desea que los seres amados no sean tocados por los demás ni con el pétalo de una risa.
Algunas veces pasaba la vecina y él apretaba esos glúteos enormes; la mujer serenamente le decía: "Hola don Emeterio, cada vez pellizca usted mejor"...
Por lo demás, era un señor normal como cualquiera. Es cierto que se quitaba las piernas para dormir —nunca lo negaré—, pero el dedo gordo de su pie le causaba profundos malestares.... Carajo, siempre sospeché que tenía gota y nunca fue con el veterinario.
Una vez, me parece verlo, sin más ni más extrajo su dentadura con todo y maxilar inferior...
—¡Papá, no hagas eso, es de mala educación sacarse los dientes cuando uno come! —dije.
—Tenía comezón —contestó. Tan inocente como era, luego rió y escupió la lengua.
Por eso, cuando dan las seis y media —más o menos— su imagen empaña algunas tardes y las convierte en mendrugos.
Me hubiera gustado ser como él, aunque mi sombra dice que no todos tenemos el don de la simpatía.
Bueno, a veces he pillado a mi perro atacarse de risa cuando introduzco mi mano por una oreja y la saco por la otra... Pero eso es harina de otro costal.
Debo partir, es hora de colocar nuevamente cada uno de los cabellos que me arranqué mientras escribía.
Hasta mañana, querido diario...
Tomado de: http://rojanota.blogspot.com/

Inefable - Susana Arroyo-Furphy


No sé cómo ni4 en qué edstoy escribiendo. No sé si escribir en un teclado iumaginario sea sensato, conveniente, prudente o al menos sirva para aklgo.
No sé si cometo errores tipográficos, creo quesí. No leo lo que escribo. Normalmente soy buena en lo que antiguamentre se llamaba mecanografìa. Pero hoy todo el mundo escribe en el tecladop de la computadora y puede regresar, corregir, releer y volver a escribir con gran faxilidad. Yo no. No veo nada. En fin,
Ddoy return para usar punto y aparte auqnue no sé si lo uso correctamente. Es màs, no hay teclado alguno ni monitor ni computador, nada. Escribo desde la invisibilidad del luagr en el que estoy. Pero esta necesidadf de escribir, vaya necesidad en estas circumstancias, me hace mover mis dedos como si toacara el piqano pero como no sé tocar el piano, escribo. Lo hago aquí, en la semioscuridad de este ¿...lugar? ¿Dónde estaré? No lo sè pero un yo interno me dice que tengo que escribir, debo continuarr ytratar de explicarle al mundo. bueno, a quien puedea leer mis ¿...letras? en algun lugar de un gran país. ¿no dijo eso Duncan dhu?
Sucedió mientras trabajaba en el proyecto de los diarios del monjke capuchjino. Yo como siempre leía en un monitor y registraba los datos en el otrop. El proceso de transcirpción se ha vuelto casi mecánico, conozco su escritura tanto o ma´s que la mía pues yo ya no hago nada o casi nada manuscriito, así qeu conozco muy bien al sacerdorte que hace 150 años escribiera lo que me haa encomendado la universidad. Se trata de un trabjo de paleografíia. ´El cuenta sus aventuras en la misión que fue afundar en la lejana Australia. Y de repente, como para sacudirme, la pantalla del regstro empezó a jugar, a hacerme travesuras. Si movía el cursdor, desaparecía el texto, si intemtaba escrivir la letra a por ehemplo, entonces se reducía o aumentaba la àgina que leía en propirciones desmesuradas. Pensé rprimero que era un virus, luego creí uqe era el dvd que tenía grabando desde la noche anterior. Sí, estaba<> Squé el dvd y reiniciè la compu. Esperè todo el tiempo pacientementr. Proceso que a ceces tarda mucho. O al menos a mí melo parece pueshay quequedarse biendo la pantalla y esperear lo cualpuede parecer eterno. Entocnes vi luces, sí, luces en mi monitor. Recordeñ que apenas unas horas antes vie n el noticiero de las 7, por la la tv que los jopurnalists británicos ttrataron de dar lap noticia en 1991 o 19923, no reuerdo bien el año, pero lo dieron a conocer y nadie les creeyó. Ahñi estaban, estaban ellos, los aliens.
ç
Entopnves Vi las luyces de los pixeles. vi los puntos de luz que lentamente se iluminaban para dar paso a las imágnees de la pantalla. Vi y conté 640 x 480. uno por uno, no podìa creerlo, estaban alrededor mìo, como si me hubieran invadido. Hatsa que vi, cont`´e, descirfrè 1280 x 1024. es decir,m estaba dentro de la mayor nitidez imaginabñle. Estaba dentro de mi compu. Me di ceunta que me rodeabna la mayor iluminación posible, nadie, creo, en este planeta (o en otrros? no sé=) ha visto tant aluz. recordé las palabras de Paz en el proólogo de las Enseñanzas de Don Jujan de Carlos castaneda: la mucha luz es como la mucha sombra, no deha ver. Entocnes, ¡estoy ciega?
Pero, no, veo sombrasy puedo reconocer la sombra entrew la penumbra. O la oscuridad entrela luz. Vaya, esto suena como una littote., esa figrua retórica que se refiere a los oppuestos.
En la tv dijeron que nadie les creyó cuando filamron, poruqe los filmaron, eran lucesa solamente, luces que volaban. Rcuersdo que PEedro Ferriz les llamaba Ovnis en un viejo programa ; un mucndo nos vigila. ¡Se llamaba asó? nO LO se creo que ya bo se nabda CREO QUE empeizo a desvariar y a estar más lñenta y má< retofrpe en el teclado, mias manosd estab penaasadas.. me temo que ya noc puedo swciribir on trelativa coherffencia. creo qeu si, qyue sdon ellllllos y hacen expietrientmentos conmmifgo. cogieeeron mi copmupuu y llueggo me llabraron con ellklos auqnuqaue espero peoder seeguir esc rfuoibiendo una poooco. nasdfuirheehi lo sietgonto, amigoas fdre dafahla ttierrrrrrrrrrzzsa, quizzaà deafbo decir aflggoa como hast a lab ista babiiiees...

domingo, 5 de julio de 2009

El poder de la mandrágora – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Para Mandrake fue algo imposible de superar. Es cierto que su fuerte era el ilusionismo y que con la capacidad hipnótica efectiva que poseía era capaz de neutralizar a los peores criminales y malhechores, pero eso no se verificaba sobre sí mismo. Por eso, cuando se enteró que su nombre era el de una planta fanerógama de la familia de las solanáceas que habitualmente ha sido usada en rituales mágicos, entró en un estado depresivo incomparable. Se pasaba todo el día pensando en las bifurcaciones de las raíces, que tienen cierto parecido a una figura humana y las sinuosidades y rizos le evocaban el llanto de un bebé… o de un felino hogareño. Porque hay ciertos momentos en que los gatos imitan a los bebés humanos, en especial cuando quieren resucitarnos de los sueños o pesadillas en las que nos sumen nuestros placeres ocultos. Y la mandrágora hace eso todo el tiempo. Mandrake estaba desolado… más que cuando Narda se fue con Lothar.

Ojo por ojo – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


-Uy! ¡El gato Casi me saca un ojo!
-Sí; pero tenés dos.
-Pero el otro lo dejé en la heladera para ver quién me roba el mate helado.
-¿Y el gato Casi usa tu ojo?
-Si lo dejo, si. Lo que pasa es que a veces Casi se pone a buscar comida con él.
-¿Encuentra más comida?
-Y, sí. Casi se pone un ojo en cada pata, dos en cada oreja apuntando para atrás, uno en la cola y el que me robó.
-¡Pero eso hacen ocho ojos!
-Claro. Diez ojos ven más que dos.
-Pero si vos tenés ocho ojos sos una araña.
-Sí. Ciertamente.
-¡Uy, pardiez! Pero yo soy una mosca. Y las moscas somos el alimento por antonomasia de las arañas.
-Cierto. Vení que te como.
-Bueno. Pero lo hago por mi propia voluntad. Que conste.
-Constará, no te aflijas.

La giganta de Baudelaire - Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman



Me enamoré de sus tetas de giganta, de sus grandes labios y de su cuerpo enorme, capaces de albergar mi boca y mis manos en un abrazo incoherente. Pero era demasiado pequeño para ella. Me tomó entre dos de sus dedos, me hizo oscilar como si fuera una mosca atada a un hilo y me arrojó al tacho de basura.
Recuperé el sentido doscientos años después. El mundo había cambiado bastante. Baudelaire, tras resucitar para reclamar el premio Nobel, me llenó de patadas en el culo porque yo pretendía a la giganta. ¡Qué tipo prepotente y cerril! ¿Cómo podía yo saber que iba a resucitar? Me fui mascullando furia y me encontré con otro imbécil, Rimbaud, el infatuado, ese demente autodestructivo cuyo mayor anhelo era jugar en Boca.
—¿Seguís obsesionado con jugar en Boca? —le pregunté.
—No es una obsesión. ¡Si volviera el tiempo, el tiempo que fue! Porque el hombre ha terminado, el hombre representó ya todos sus papeles.
Me encogí de hombros y caminé hacia la estación de trenes. Con esa actitud de mierda nunca te van a poner en el equipo, tontito, pensé. Unas cuadras más adelante esperaba Verlaine con un revólver en la mano. El disparo no era para mí, pero lo recibí agradecido. La vida había perdido su consistencia desde que murió la giganta. Y como no tengo la certeza de que pueda resucitar me despido de ustedes en este mismo momento. The end.
Abro los ojos. Montada sobre el puente de mi nariz hay una mujer de cinco centímetros.
—Te amo, gigante —dice.

viernes, 3 de julio de 2009

Bestia - Antonio Cruz


Para María Luisa Valenzuela

Como era un burro, sus compañeros de escuela lo bautizaron “Bestia”; no hubo apodo mejor puesto en el pueblo. Con el paso de los años honró dicho mote. Fue la oveja negra de la familia. Más ladino que un zorro, astuto como un hurón, chismoso como loro. Venenoso como alacrán, tenía lengua de víbora. Por ser amigo de lo ajeno parecía una urraca, pero cuando lo apretaban se apichonaba y simulaba ser una dócil y sumisa paloma. Las veces que estuvo preso cantó como una calandria y mandó en cana a todos sus amigos.
Con las mujeres se hacía el gallito, pero a la hora de los bifes no alcanzaba a ser otra cosa que un cerdo. Un asqueroso gusano. En fin, una miserable rata que reía como una hiena.
Ya cincuentón, se volvió hombre de confianza de un caudillo lugareño, pero cuando el jefe cayó en desgracia, trató de acomodarse con las nuevas autoridades hasta que cometió una gansada y se hizo perdiz. Desde entonces nunca más tuve noticias de él.

Relatividad - Francisco López Castro


Dos hombres avanzan lentamente por un húmedo pasillo alumbrado sólo por algunas antorchas. Se detienen ante una de las muchas puertas que hay. Desde las celdas llega el sonido de los lamentos en diferentes intensidades. La mayoría de las celdas fueron excavadas en la roca viva, el resto de la estructura que era menos sólido se encontraba completamente empedrado.
—¡Albert! tu comida —grita el carcelero con voz grave, sosteniendo en una mano un cuenco metálico con sopa aguada con un pan rancio flotando.
El carcelero deja la comida en el suelo alejada unos centímetros de una abertura que tiene la puerta en su base. Una mano huesuda y maltratada aparece por ella tanteando. El carcelero la pisa y se siente un grito lastimoso del otro lado.
—Lo primero y más importante. Revisa sus manos: si las tienen oscuras, están infectados y si no nos damos cuenta a tiempo, estamos muertos. ¿Entiendes?¡Muertos! —sentencia alzando la voz y con un dejo de locura en sus ojos—. Éste está bien.
Libera la mano y con el mismo pie empuja el plato. Del interior de la celda se escucha el roce del recipiente metálico contra la piedra. El aspirante a guardia, lleno de curiosidad, se acerca a mirar por la ventanilla que esta en la puerta a la altura de los ojos.
—Te recomiendo no acercarte mucho, podrías devolver todo el desayuno. Aunque con la mierda que dan acá, no vale la pena conservarlo en el estómago —dice el carcelero con un gesto de asco.
—Jefe, cuénteme entonces, ¿quién es? —dice el joven guardia.
—No sé. Éste es bien extraño. Un día pidió un trozo de tiza, como al mes después me llamó y me dijo que se llamaba Albert, que era descendiente de un tal Einstein o como diablos se pronuncie y que había descubierto algo. Que venía del futuro y necesitaba volver. Qué imbécil.
—¿Del futuro?
—Sí. En este pasillo hay solamente criminales locos. Los de arriba piensan que son espías. Por eso torturaron a todos los malditos. Varios murieron. Los que quedan acá terminaron más locos de lo que estaban.
—Jefe, ¿qué se hace si un prisionero se enferma con peste negra?
—Un par de flechazos. Luego, desde la puerta se ensarta el cadáver con lanzas y se tira por la trampilla en el suelo que se abre con esa cadena a tu derecha, el piso de abajo lo convertimos en una hoguera. Cuando veas uno infectado grita inmediatamente "cerdo a las brasas". Luego, como dijo nuestro maestre, se baña la celda con alcohol y se le prende fuego. Hago un pequeño infierno. Las rocas soportan cualquier cosa.
—Jefe, ¿sabe por qué se hace eso?
—Para matar la puta infección en la celda.
—Que inteligente para ser carcelero...jefe. Debería estar arriba con los que mandan.
—Haces muchas preguntas para ser de los nuevos.
El carcelero sigue adelante solo, cortando en seco la conversación. El joven se queda unos metros atrás y le dice:—Amigo, lo siento, a dormir.
El joven saca un arma y dispara un dardo tranquilizante que deja inconsciente al hombre. Obtiene las llaves de las celdas y libera al preso conocido como Albert. En un dispositivo digital marca unos números. Ambos desaparecen.

Dos hombres avanzan por el pasillo de un hospital. Se detienen frente a la puerta del ascensor y presionan el botón de llamada. Un reloj digital marca la hora y la fecha: 10:45 AM, 22 Julio del 2530.
—Extraño el olor a yodo.
—Estos hospitales son muy diferentes, muy modernos.
—¿Dónde vamos, doctor?
—A visitar a nuestro paciente estrella... el último descendiente de Einstein.

El cuento - Max Goldenberg


¿Un cuento querés que te cuente, hijita? Pero mirá que hora es… ¿por qué no te dormís, mi amor? A ver… ¿sabés que mañana papito se tiene que levantar tempranito para ir al trabajito? Entonces cerrá los ojitos y el sueño va a venir solito. Vas a ver. Contemos juntos: a la uuuuuna, a las doooosssss y alaaaaaaaaaaaaaasssss… No no… alas tienen los angelitos, hija. No no, yo no dije “alas” dije “alaaaaaaaaaaassss” para darte tiempo hasta que llega el tres y ahí si: te dormís. ¿Sabés mamita? Dor-mis. Arrorró mi nena, arrorró mi sol… duérmase pedaz… ¿Cómo? ¿Qué se yo qué quiere decir “arrorró”, lindita? Yo nunca te dije que yo sabía todo. Dije que papá, por ser mas grande, sabe mas cosas que vos. Pero todo todo no lo sé. No, mamá tampoco. ¿Que yo le digo que ella piensa que se las sabe todas? Eso se lo habré dicho alguna que otra vez cuando discutimos, mi princesita. Pero eso no quiere decir que mamá las sabe todas. Bueno bueno… me habré confundido. ¿Ves que papá no sabe todo? ¿Ves que papá se confunde? Porque papá es como todos, tiene sueño también y se quiere ir a dormir. Entonces vamos a dormir. ¿Si? No te voy a cantar una canción, hija. Porque no. Para eso te cuento un cuentito. Bueno, uno pero corto porque papá tiene sueño. Si, un cuento y a dormir. ¿Está bien? ¿Qué? ¿Soda? ¿Querés soda ahora justo? Bueno, el cuento y después la soda. No. El cuento y la soda y punto. La canción queda para otro día, corazoncito mío. Todo no se puede. Exacto, como dice mamá cuando le pregunto si cocinó algo rico en vez de las tartas de zapallito. Tenés razón. Bueno, va: había una vez un conde que vivía en un castillo. ¿Cómo decís? No sé mi vida por qué no vivía en un departamento como el nuestro. Que se yo. Porque es chico. No, no… mamá no tiene razón nada cuando se queja que vivimos en un sucucho de dos por cuatro. ¿Mamá es conde? No no, yo pregunto si mamá es conde no si esconde. Ya sé que esconde mamá. No linda, no digo que mamá es conde digo que estoy seguro que mamá esconde. Cosas. Golosinas por ejemplo. No, hijita, no podés comer golosinas. Prestá atención: resulta que el conde se esconde. ¿Dónde se esconde el conde?… ¿Cómo decís? No no… en el cuartito del lavadero no, mi vida. Nadie puede esconderse en el cuartito ese. ¿Qué señor? Esperá, lucecita de mi ser, ¿qué señor viene cuando yo no estoy? No entiendo… ¿El lustrador? ¿Qué lustrador? ¿Qué cuernos? ¿Cómo? ¿Qué el señor le dice a mamá que compre algo para lustrarme los cuernos y ellos se matan de risa? Uy, pero que graciosos que son… Sabés que yo no tengo cuernos, dulce… así no puede lustrarme ningún cuerno, ¿no? Mejor dormite que tengo que hablar con mamá. No no, no pasa nada. El tema es que no puede quedarse un señor en ese cuartito porque le puede hacer mal, ¿sabés? Y me parece que mamá debería cuidar que no pase. ¿Entendés? Entonces le voy a preguntar eso. No hija, nada mas le voy a preguntar. ¿Por qué me lo decís? ¿Qué mensajito? ¿Mamá vió un mensajito en mi celular? No hija, no tengo ninguna amiguita yo. ¿Por qué me preguntás, hermosa de mi corazón? Ah… no no… mamá seguro se confundió cuando dijo que yo tengo que dejar de salir con mis amiguitas o el señor que lustra iba a limpiarme a mi. Es chistosa mamá, ¿sabías? Jajaja… ay que risa… jajaja… si si, yo me río así ahora, hijita… jajajamejor no le digo nada a mamá ¿no? Y vos tampoco, ¿claro? ¿Para qué la vamos a preocupar? Total el señor que lustra debe estar cómodo cuando se esconde… Si si, como el conde, como el conde. Tomá la soda y dormite haceme el favor.

Extraído de: "http://max.com.ar/2009/02/23/el-cuento/"

Cuatro señales - Sergio Gaut vel Hartman


La primera señal fue el libro; lo vio en una mesa de saldos de una librería de Olivos, apilado sin piedad junto a otros de la misma colección. Años atrás había escrito tres novelas de suspenso para un editor que no tardó casi nada en hacerse humo. Pero lo más sorprendente era que los libros hubieran sido publicados; nunca le llegó la menor noticia. La novela estaba firmada con un seudónimo elegido al azar en la guía telefónica, Tristán Finch, pero el título era el mismo: El estafador. Tomó el volumen y lo sostuvo en la mano; sonrió. Así que finalmente… Buscó las otras dos novelas sin éxito, por lo que se quedó con la duda de si habían corrido igual suerte. Era posible que sí, ya que había cinco títulos más, dos firmados por Germán Lawer y tres por Justo Santols. Resistió la tentación de comprarla, aunque costaba sólo diez pesos. ¿Tenía algún sentido?La segunda señal le llegó al día siguiente. Se sorprendió mucho al recibir un llamado telefónico de Damián Martínez, un médico que solía escribir cuentos en sus ratos libres y que en un tiempo había asistido a su taller literario
—¿Te acordás del usurero que usaste de modelo para escribir aquella novela de suspenso que te pidió Piturno?
—¿Así se llamaba? No lo recuerdo.
—¿Al usurero o al editor?
—A ninguno de los dos.
—Del usurero te tenés que acordar; lo tuviste colgado del cuello durante años, tratando de arruinarte.
—Casi lo logra. Flor de hijo de puta, falso y miserable.
—Bueno, ese. Se hizo los análisis en la clínica en la que trabajo. Tiene un cáncer entre la lengua y la mandíbula; inoperable. Tres meses, es todo lo que le queda de vida.
—Como el de Freud.
—Sí, qué elegancia.
—Se lo merece.
—Cierto, pero me sorprendió la casualidad; la historia clínica quedó sobre mi escritorio, y eso que no es mi paciente.
—Yo vi el libro. Ayer. En una librería de saldos de Olivos.
—¿En serio? ¿Al final se publicó? ¿Con tu nombre? —Damián tosió al tratar de no reírse—. Es una doble casualidad.
—Con un seudónimo: Tristán Finch. Pero no veo nada casual en esto, más bien veo algo causal: los indicios de una reparación.
La tercera señal llegó desde España. Pablo Piturno le mandaba un giro por 5000 euros. Había vendido a Francia y Alemania los derechos de traducción de las tres novelas que le había hecho escribir. Y lo más sorprendente era la carta: Piturno se disculpaba por no haberle pagado antes y le pedía otras tres novelas. Como ya las tenía vendidas, era preciso que las escribiera en el plazo de un año. Esta vez serían 15.000 euros por las tres. Año verde. También le proponía que se instalara en Barcelona y se hiciera cargo de la edición de unos libros de autoayuda que dejaban muy buen dinero.
La cuarta señal fue la más difícil de relacionar con el caso, pero llegó puntualmente. Un físico suizo había formulado una teoría descabellada que fue recogida por un ingeniero japonés y llevada a la práctica. La teoría planteaba la reversibilidad de los eventos a nivel cuántico si mediante algún procedimiento se podían hacer “latir” las hebras de la trama última de la realidad. La implementación de Hinochi Akutawa se valía de un cachivache estrafalario, hecho de amplificadores, capacitores, chips y transistores, que se enfocaba sobre el individuo al que se pretendía trasladar a un continuo en el que su dolencia o problema no existiera. La única dificultad era que el transplazador (así se llamaba el artefacto) requería que alguien describiera las características de la persona, sus sentimientos y el contexto en el que deseaba vivir. La realidad cuántica es virtual, decía Akutawa en todas las entrevistas que le hacían en CNN, CBS y UHP de Liechtenstein.
—¿Un escritor para armar el escenario? —le dijo a su amigo, el físico Néstor Sandoval.
—Exacto. Se van a empezar a cotizar, ustedes.
—¿Describo y el tipo vive en el lugar que describo?
—Es mucho mejor que morirse —dijo Sandoval.
Respondió “claro” y, casi de inmediato, en su mente se formó la imagen del tipo que agonizaba gracias a la diligencia de un cáncer inoperable entre la lengua y la mandíbula; de los tres meses ya habían transcurrido dos y medio.
—¡Ni loco! —exclamó—. Que esa rata se muera retorciéndose de dolor.
En una semana hizo nueve compox, como empezaron a llamarse los croquis de realidades alternativas. Se pagaban fortuna si eran de buena calidad, y los de él lo eran. Sacó a una mujer de una depresión terminal y la envió a una realidad en la que el aire mismo era un poderoso estimulante y a un chico abusado por un cura lo puso en un continuo en el que las religiones eran un chiste de mal gusto.
—Hablé con Tauber —le dijo Damián un día que lo llamó a la hora de la siesta.
—¿Quién es?
—Tu querido usurero.
—¿Hablaste? ¿Qué se dijeron? ¿Contaron plata en varios idiomas?
—Quiere que le hagas un compox. —Damián hablaba con firmeza, como si estuviera protegiendo a Tauber. Parecía Smithers ocupándose de los asuntos turbios del señor Burns.
—¿Y te mandó a vos para que me convenzas? ¿Dejaste la medicina y ahora te dedicás a representar usureros con cáncer de mandíbula?
Del otro lado de la línea Damián resopló, fastidiado.
Pero finalmente le hizo el compox. Le cobró la tarifa más alta, como si en vez de las cinco páginas reglamentarias con el plan vital, los sentimientos y el contexto hubiera escrito Crimen y castigo o Madame Bovary. Y no sólo eso. Escribió un escenario en el que el usurero era monja de clausura, tenía pies planos y más granos que cara. La hizo estúpida y obsecuente, flatulenta y hemorroidal, pero eso sí, no tenía un cáncer inoperable entre la lengua y la mandíbula y no le quedaban unos días de vida sino probablemente sesenta o setenta años.

miércoles, 1 de julio de 2009

La Guerra Divina (La Primera Derrota) - Sarko Medina Hinojosa


Belial desgarró el cuerpo de Rafael hasta no dejar más que restos de lo que fuera un poderoso arcángel. Satisfecho por su hazaña llegó hasta donde estaba Luzbel y le entregó como ofrenda los despojos.
—Hemos luchado contra diez mil arcángeles y ángeles y hemos vencido y aquí está el cuerpo de su general —le dijo a su supremo comandante mientras el fuego de sus alas se inflamaba de orgullo. Entonces Luzbel atravesó con su tridente los tres corazones de su general.
—¡Basura!, hemos sufrido nuestra primera gran derrota: desde que Dios desapareció, también lo hizo la memoria colectiva del paradero de la Tierra y de la lanza de Longinos, los únicos que lo saben son Gabriel, Miguel y Rafael, ahora él único que entró en batalla está muerto y con él la tercera parte de la ubicación. —Para compensar su ánimo hizo diluir en ácido de belladona a los tres mil Ungarats sobrevivientes de la batalla contra las huestes del malogrado arcángel.

Plegaria para un niño dormido - Alan Frini


El Niño Que No Podía Dormir sufría. Veía a los demás niños durmiendo en el Jardín de Infantes, a sus padres y hermanos en su casa. Hasta los animales dormían. Pero él no. Él no podía. Anhelaba con todo su corazón el momento en que sus parpados se cerraran y se hundiera en un sueño profundo. Quería sentir la sensación de absurdez de los sueños. Quería sentir que volaba, que caía, que no podía correr, quería ver lo que los demás podían.
Él no lograba entender que pasaba con su cuerpo, se sentía diferente a todos. A sus compañeros no los llevaban a ver un doctor distinto cada semana. Ellos no tenían que oír a sus mamás llorando y sufriendo por su hijo incapaz de dormir. A ellos, sus hermanos no los fastidiaban todo el tiempo y los trataban de raros. Ellos tenían una gran vida, una vida que le era ajena al Niño Que No Podía Dormir.
El Niño Que No Podía Dormir tenía una hermosa cama en su habitación. Una cama roja en forma de auto de carrera, con un gran 09 pintado a un costado. Una frazada con dibujos de los más locos personajes, pero de nada le servía. No deseaba si quiera sentarse en ella. La creía culpable de que él sea distinto. No tenía sentido responsabilizar a la cama, pero, ¿a quién, si no? A pesar de su corta edad, sabía que nadie tenía la culpa y que él no podía hacer nada. Entendía, incluso, la frase que estaban escrita en un cuadro, colgado en la pared del consultorio del quinto psicólogo al que visitaron, y que sonaba una y otra vez en su mente: “Pobre no es el hombre cuyos sueños no se han realizado, sino aquel que no sueña.” Entendía su significado. Sabía que nunca iba a poder dormir. Sentir la suavidad de un sueño reparador, sentir la incomodidad de ser despertado, sentir la luz bañándole el rostro a la hora de levantarse. Nunca iba poder odiar al despertador. Mamá nunca iba a poder decirle buen día.
***
La grave enfermedad que él sufría requería de toda la atención de mamá. Las medicinas que tomaba estaban a prueba, y no se conocían muy bien sus efectos secundarios; pero sí se sabía que uno de ellos era sonambulismo. Mamá sabía que los sonámbulos corren mucho riesgo de dañarse a sí mismos, entonces, debía cuidar a su hijo, y pasaba todas las noches en vela al lado de su cama. Pero un día, el sueño la venció.
***
El Niño Que No Podía Dormir se preguntaba qué era él, por qué era así. Pasaba horas escrutando el cielo estrellado tratando de imaginarse cómo se debería sentirse al dormir. Ya no quería estar despierto. Quería dejar de pensar, quería dejar de llorar, quería dejarse llevar. Quería ser feliz, quería dormir.
En la cocina, mamá guardaba la antigua colección de cuchillos de la abuela, y sabía, porque le habían dicho, que éstos no son un juguete, y que pueden lastimar mucho si no se tiene cuidado. Y el cuidado era algo que él ya había perdido. Estaba más allá de un sueño, se había vuelto loco. Un niño loco. Un niño triste, un niño perdido. El Niño Que No Podía Dormir tomó un cuchillo, miró al cielo, escuchó en su cabeza el llanto de mamá, sintió el viento cálido tocando sus manos, empujando el cuchillo y clavándolo suavemente en su garganta. Sintió, por primera vez, que sus parpados le pesaban. El Niño Que No Podía Dormir ya no sintió tristeza, mamá ya no lloraría.
***
Unas horas después, en sueños, mamá recordó que debía preparar el desayuno para sus hijos y uno muy especial para su querido niño que hoy cumplía años. Ésta idea la despertó y se incorporó exaltada, dándose cuenta que había descuidado a su hijo. Miró hacía la cama donde él dormía, pero ya no estaba allí.
Preocupada, se levantó de la silla y corrió por la casa buscándolo y gritando su nombre. Lo encontró en la cocina. Su pequeño estaba en el piso, muerto. Un cuchillo de la abuela estaba clavado en su garganta. El Niño Que No Podía Dormir, miraba con sus ojos celestes, sin vida, al cielo y le sonreía.

Mamá ya no volvería a arropar a su hijo y desearle un feliz sueño. Ya no lo volvería a ver sonriendo mientras él dormía. Ya no volvería a cuidar de que él no se levantase sonámbulo. Mamá nunca dejaría de llorar. Mamá no volvería a dormir jamás.

El pastor mentiroso - Dalmiro Sáenz


En realidad la versión oficial es la correcta. El pastor solía alarmar a los vecinos gritando que venía un lobo para matarse después de risa diciendo:
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No hay ningún lobo! Era una broma.
Un día no fue broma. Un lobo apareció y cuando el pastor dio la alarma los vecinos exclamaron:
-Qué va. Debe ser otra de sus chanzas- y nadie vino en su auxilio y el lobo se comió todas las ovejas.
Arrepentido, el pastor pidió perdón a Dios e ingresó en una iglesia evangélica llegando con los años a recibirse de Pastor. Pero su fama no lo abandonó. Los feligreses lo seguían llamando el Pastor mentiroso y bastó que dijera en su primer sermón desde el púlpito:
"Dios existe" para que todos salieran ateos de la iglesia.
Dios, desde el cielo, se dijo:
-Yo mío, ¿qué hago con este pelotudo? Uno de sus asesores sugirió: -Un diluvio tal vez.
Dios sonrió y dijo:
-Apenas me creen el otro.
-Algo parecido a Sodoma y Gomorra tal vez. Dios volvió a sonreír y dijo: -Habeas corpus.
Cualquier cosa decía Dios a veces. Por fin decidió mandar un Angel.
El Angel se presentó ante el Pastor y le dijo: -Vengo de parte de Dios.
El Pastor lo miró y le preguntó:
-Pero ¿Dios existe? ¿En serio existe? Porque en el pueblo andan diciendo que no existe.
-No sólo existe -contestó el Angel- sino que os manda a decir que vengáis al pueblo, casa por casa, y pregonéis la noticia de que Dios no existe.
El Pastor lo hizo. Golpeó cada puerta v dijo: -Dios no existe.
-¿Quién lo dijo?
-Dios -contestaba el muy pelotudo.
Entonces el Angel decidió dar a esos incrédulos una lección.
-Vamos juntos -dijo el Angel.
A la primera puerta que golpearon los atendió una mujer:
-¿Qué deseáis?
El Pastor dijo:
-Traje conmigo un ángel enviado por Dios.
La noticia corrió de boca en boca. El Pastor mentiroso había traído a un Demonio enviado por Lucifer, por lo tanto era evidente que Dios no existía, pero sí el Demonio.
La primeras misas negras se organizaron en la plaza del pueblo. Se erigió una estatua a Lucifer. Las santerías empezaron a vender barritas de azufre y estampitas con la efigie del Diablo.
En las escuelas se enseñaba que las virtudes eran malas y que los pecados eran buenos y entre estos pecados la mentira era el más preciado.
Al Pastor mentiroso se lo nombró Obispo y se construyó para él una basílica. La maldad generó el progreso. Para defender la guerra se inventó la paz, para incentivar el sexo se inventó la prohibición, Para que pudiera haber ladrones se inventó la propiedad privada, para que existiera la soberbia se inventó la humildad, para que persistiera el caos se instauró el orden, para que existieran los dictadores se inventó la democracia, para resaltar el odio se generó el amor, para preservar la injusticia se creó la justicia y para justificar al Demonio se inventó a Dios.
El Angel retornó al Cielo y se presentó al Creador.
-Misión cumplida -le dijo, y el Señor se regocijó con él.

Dalmiro Saenz – Cuentos para niños pornográficos (1994)