viernes, 10 de julio de 2009

Y volvió... - Rosi Garita


La busqué por toda la casa a trompicones, desesperado abrí la ventana y la llamé a grito pelado: ¡Zeneida… Zeneida...! De respuesta solo escuché el bramido del mar que desde ahí se veía como una hendija azul entre el trapo negro que cubría el cielo. Encalabrinado como estaba, rasgué las cortinas, las arranqué y las tiré al suelo. De la repisa que ella había clavado junto a la ventana, tiré las plantas, que una vez le oí decir que eran violetas y que ella había plantado y cuidaba con tanto esmero. Fui al baño e hice lo mismo. No quedó nada en su sitio. Pasé por el comedor y en la mesa había una chirimoya madura, me le quedé mirando con odio. Extendí el puño y la aplasté de un pescozón. La fruta aplastada se extendió por la mesa dibujando un mapa y a mí me llegó un chingrete al ojo que resbaló dulzón por media cara.

La buscaba, la buscaba como un animal verriondo. ¿Cuántos días habían pasado? Fui al closet, lo abrí con las dos manos esperando encontrar yo no se qué; pasé la mano por sus vestidos que colgaban, y exhalaron el olor de su perfume, eso me hizo pensar que no hacía mucho había estado ahí. Me di vuelta y repasé con la vista, el teléfono, el espejo, el tocador… En la cama, aún se encontraba el libro que ella estuvo leyendo. De un salto llegué a la salita donde tenía la computadora. Estaba prendida todavía… ¡No puede ser, no puede ser, no puede ser! Le grité a las paredes.

Todo alrededor estaba lleno de sombras, aunque la luz estaba encendida. Eran sombras que se podían tocar con la mano y hacerse trizas, o quizá era la locura mía. Metí la cara en las sábanas y lloré. Lloré hasta sumirme de nuevo en la negrura de mis sombras, que me venían rodeando desde el día que ella murió. Y creo que perdí el conocimiento. Cuando desperté, quise salir de ahí. A tropezones, pegando en las puertas y paredes llegué hasta la ventana de atrás y me asomé, en el muro detrás del jardincito solo suyo, parpadearon como ahorcados los polipodios que ahí colgaban. Sentí vahídos. Jamás hubiera pensado en la muerte, en la mía, por mi propia mano. Me hubiera gustado lanzarme por ahí, si estuviera lo suficientemente alto como para acabar de una vez. Corrí a la puerta para huir de ese lugar donde todo era ella y ella no estaba. Puse las dos manos en la puerta de salida y apoyé mi débil cabeza en ella. Los recuerdos me llegaban a golpes. Su entierro a mediodía. Recuerdo la sombra de un pájaro que trazó su vuelo en la tierra y se quedó pegada a mis zapatos. Recordaba flores y gente. Pero todo era nubloso. En medio de la tierra que caía sobre su caja, recuerdo a su madre llorando. El vestido que le pusieron… No había nada claro para mí, solo que había muerto. Había muerto. Ya no estaba más. Nunca más.

No se cómo pasó, ni porqué. Me sentía débil, las piernas no me sostenían. Fui resbalando y caí de rodillas en el piso. Empecé a llorar de nuevo. Fue cuando sentí su mano en mi hombro. Me ayudó a levantarme. La miré como si mirara un espectro, pero su dulce mirada me calmó. Era ella. Seguía muerta, llevaba el vestido con que la habían sepultado, hasta los ruedos los tenía llenos de tierra. Pero estaba ahí. Me sonrió y delicadamente me condujo hasta el dormitorio. Con su mano derecha apartó las pequeñas sombras que como telarañas me rodeaban continuamente desde su muerte. La tomé de la mano, su mano fría, tan querida. De paso al dormitorio entró a la salita donde estaba la computadora, se detuvo ante ella, y sin soltar mi mano, fue a my share folder y buscó. Luego se escuchó por todos los espacios de su apartamento que era solo suyo, la guitarra de Andrés Segovia que ella seguía amando desde sus sombras, y que amó desde antes de morirse. Entonces me empujó a la puerta y me llevó al dormitorio. El viento entró por la ventana que yo había dejado abierta y movió las persianas temperando el aire. Se sentó en el borde de la cama y me sonrió de nuevo atrayéndome hacia ella. Ya me sentía calmado y la abracé. Besé sus labios, que alguien había pintado de un rosa subido, que ella no usaba y no hubiera usado jamás. Fue cuando pensé, que si le hubieran consultado cuando estaba viva, que si le pintaban los labios de ese color, hubiera dicho: ¡ni muerta!
Así son las cosas en la vida. Muy diferentes, muy diferentes… Entonces, volví a besarla. Ella se recostó. Le desabroché el vestido. Me temblaban un poco las manos al tantear la muselina fría del vestido que usara dentro de su ataúd. Me hubiera gustado que se lo hubiera cambiado, pero era pedir demasiado. A saber de dónde venía la pobre. La acaricié. Estaba fría. No había razón para que no lo estuviera. La desnudé completamente. Su cuerpo seguía tan bello como siempre, si no hubiera sido por eso, por la herida. La herida mal cosida de la autopsia. Cubrí la herida delicadamente con una esquina de la sábana, no porque me molestara verla, sino, porque, temía hacerle daño al amarla…
Desde ese día, así, muerta y fría, vive conmigo. A la herida… ya me acostumbré.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece un verdadero cuento. Mucha fuerza al escribir y mantiene al lector despierto y esperando. Con un final que uno no espera. Magnífico.
G. Montes

Joseph dijo...

Es un buen cuento. Un tema diferente y muy bien escrito. Le deja a una pensando sobre él, y deseando leer más.
Xiomara Aldo.

Anónimo dijo...

Qué buen cuento, lástima que sea tan breve.Me gustó mucho el uso de la computadora en la narración.

Criptax 7