(No tan) Breve historia real III: De pingüinos y rivotriles – Bruno di Benedetto


Esto pasó hace muchos años. En el 81 o el 82.

Mi amigo Julio sufría de locura, pero de esas locuras mansas que se esconden detrás de un rostro casi inmóvil: amable, mínima expresión, apenas un poco de extravío y de infierno en los ojos.

Algunas mujeres cuyo amor compartimos (sucesivamente, nunca al mismo tiempo, esas cosas entre amigos no pasan) decían que Julio era un hombre hermoso. No puedo dar fe de eso. Sólo sé que Julio era un buen tipo.

Descendiente de un caudillo federal asesinado a traición, Julio seguía buscando su precaria paz tratando de salvar el mundo mediante pequeñas aventuras que, para mí, eran al mismo tiempo absurdas y deliciosas. Por entonces vivía con una médica que lo atiborraba de pastillas (recuerdo los trápax, los alplax, los rivotriles, aunque tal vez en aquella época esos químicos se llamaban de otra manera) para poder encontrarlo manso por las noches.

De todas maneras, Julio se las arreglaba para meterse siempre en problemas, y para meterme en problemas a mí. Una madrugada, por ejemplo, la doctora tuvo que rescatarnos de la única comisaría de Madryn: habíamos salido a pegar afiches pro Partido Intransigente: éramos de esos troskos que soñábamos con hacerle entrismo a la clase media bienpensante: ilusos por breve tiempo. El Bisonte Oscar Alende nos había embrujado de alguna manera cuando anduvo por acá.

Otra época memorable de Julio (aunque tal vez todo pasaba al mismo tiempo) fue su pasión ecologista. Hicimos largas excursiones buscando pingüinos empetrolados. Hasta que encontramos uno.

Fue la primera vez que vi de cerca uno de estos bichos. Créase o no, los pingüinos no pían, ni graznan, ni hacen cocó: rebuznan. Como burros. A éste lo bautizamos Platero.

Platero no era ni manso ni peludo ni suave. Estaba muriéndose de nuestro veneno y estaba furioso: cuando Julio alargó la mano para agarrarlo del cogote, Platero cerró ese pico como tijera y le abrió la mano entre el pulgar y el índice. Yo me saqué la campera, la tiré encima del pajarraco y lo embolsé. Nos fuimos dejando un rastro de sangre, entre rebuznos asesinos.

Ya en la casa de la doctora, llenamos la pileta de lavar con agua y detergente y zampamos a Platero desde mi campera, que no sirvió más, al agua emburbujada. Increíblemente, parece que el baño le gustó. Julio ató, con su mano vendada precariamente, un pincel a un palo largo, me lo dio y yo me dediqué a fregar las costras negras que lo estaban matando. Platero empezó a ahuecar las duras plumas. Y en algún momento se dejó acariciar por la mano sana de Julio.

Esa noche la doctora nos encontró a los tres frente al fuego de la chimenea y escuchando canciones de Zitarrosa. Platero picoteaba mansamente unos de sus mejores zapatos de taco alto.

Con el correr de los días, Platero se fue pareciendo cada vez más a un cachorro mimoso: lo llamabas y venía. Se dejaba hacer aúpa. Y hasta le encantaba que le rascáramos las plumas suaves y blancas del pecho.

Había un solo problema: Platero no comía. Nos gastamos muchos de los pocos pesos que teníamos comprando kilos de cornalitos que se pudrían en un plato mientras ese pajarraco adorable se iba poniendo cada vez más flaco y mustio.

Gran desesperación. La doctora, Julio y yo agotamos todos los recursos, todos los manjares disponibles en la pescadería. Era inútil.
Había un solo problema: Platero no comía. Nos gastamos muchos de los pocos pesos que teníamos comprando kilos de cornalitos que se pudrían en un plato mientras ese pajarraco adorable se iba poniendo cada vez más flaco y mustio.

Gran desesperación. La doctora, Julio y yo agotamos todos los recursos, todos los manjares disponibles en la pescadería. Era inútil.

Una tarde de ésas me fui a pasear al muelle. En aquella época el agua de Madryn era transparente y estaba llena de cornalitos que no se dejaban pescar por mi medio mundo: los salvaba la transparencia.

Me detuve a mirar los reflejos plateados y felices del cardumen. De repente, apareció, veloz como una flecha, un pingüino. Los pingüinos son torpes en tierra, pero en el agua asombran con su ballet. Atacan al cardumen desde atrás. El cardumen, obediente al miedo, dispara hacia adelante, moviéndose en un cuerpo único. Casi único: alguno de los cornalitos, tal vez muy joven, tal vez muy viejo, se separa por pura desesperación: ése será comido. El pingüino se lo traga entero desde atrás, desde la cola.

Vi la misma operación masacre unas diez veces, hasta que entendí.

Casi corriendo compré medio kilo de cornalitos de camino a la casa de la doctora. Julio me abrió la puerta sin preguntar nada, como era su costumbre. Llamé a Platero, tomé un cornalito y le puse la aleta caudal frente a los ojos, de manera de que viera solamente un pequeño círculo plateado y jugoso atravesado por una línea de encaje transparente. El picotazo fue certero, limpio, hambriento. Mis dedos se salvaron por medio milímetro.

Platero se comió, de a uno, desde atrás, todos los cornalitos del medio kilo. Fuimos a comprar un kilo más.

Unos días después, la doctora, Julio y yo fuimos a soltar a un Platero gordo y mimoso en una playa tranquila. Platero dio unas vueltas, se dejó besar en la cabecita y después se fue.

Poco después se fue Julio. Alguien me dijo que ahora se está por jubilar como ingeniero o bioquímico en alguna provincia cuyana.

La doctora y yo (aunque a veces la soledad apretaba) nunca cruzamos el umbral de la puerta de su dormitorio o del mío. Nos hicimos buenos amigos. Después, por esas cosas de la vida, dejamos de vernos. A veces nos cruzamos en alguna calle y sonreímos.

Es que queríamos tanto a Julio.

Con autorización del autor http://bruno-dibenedetto.blogspot.com/

El examen de Miss Daisy – Paulus Deluca


Como en política, la magnitud del tiempo es algo muy subjetivo y además, depende mucho de cómo se enuncien; equivalencia física de unidades aparte, no suenan igual —y no lo son— quince días que dos semanas, que medio mes que trescientas treinta y seis horas, como tampoco duran lo mismo los tres primeros años de libertad de quien acaba de cumplir quince de condena que los tres años de vida a los que como mucho y con suerte se refiere un médico con el resultado de una biopsia en la mano. Me recuerda en parte al Manual del Perfecto Soltero, que insiste en la importancia de la nomenclatura en la cocina del soltero, pues no es lo mismo invitar a Tosta riscalda d'ieri all'Italiana que Pizza recalentada de anoche, con los resultados previsibles en cada caso.
No he sido muy pródigo en palabras y vivencias durante las dos últimas semanas... He estado ocupado con esto y aquello como pocas veces: Un viaje a Barcelona que aunque inmediatamente infructuoso, —porque vaya el caso que me han hecho— con el tiempo descubriré que no fue tan estéril (de pronto se me ocurre por ejemplo que he podido tomar café con Tudela, uno de mis bastardos hermanos de whisky, que no veía desde hacía por lo menos quince años), seguido de la reunión anual de mi motoclub, esta vez en Seseña, más dos viajes a Valladolid, el primero para examinar una moto por la que pensaba podría cambiar a Carrie y un segundo viaje a Valladolid para efectuar el cambio.
No recuerdo ahora cuántos kilómetros hicieron los ganadores de las veinticuatro horas de Le Mans, pero para mí hacer —recuerdo al respetable que sin relevos, ni fisioterapeuta, ni cambio de neumáticos, frenos o aceite— los mil trescientos kilómetros hasta Valladolid y vuelta en veinticuatro horas después de los nosécuantos kilómetros que había hecho los días anteriores fue un esfuerzo considerable que me dejó reventado y del que apenas ahora me estoy recuperando... La carretera no es un circuito... dice la Dirección General de Tráfico.
—Ojalá —se me ocurre decir—. Porque así no habría animales cruzando la pista, ni alcantarillas abiertas en los ápices de las curvas, ni badenes en pleno peralte, ni cuchillas afiladas en las escapatorias... Pero en fin. Que no las toquen más, que por una que arreglan, tres nuevas que ponen.
En cualquier caso, volver a recorrer —al menos parcialmente— los horizontes castellanos desde que con mi hermano Manuel hiciéramos en bicicleta el Camino de Santiago cuando él contaba apenas doce añitos en canal fue un revulsivo... Alivia un poco ver que por más que uno ponga proa al horizonte, este se mantiene a esa ambigua distancia entre respetuosa y posible que alimenta la rencorosa inconstancia de un marino.
Los trigos estaban crecidos, aún en su mayoría verdes y cuajados de amapolas y el cielo que me acompañó era de un azul intenso, moteado con tormentas dispersas y lejanas, males ajenos que adornarán otras historias.
Tras mucho pensar y siguiendo el consejo de mi mecánico, que aunque vende y arregla BMWs, conduce una Paneuropean desde hace más de trescientos mil kilómetros, decidí cambiar a Carrie —quien recibirá un trato y mantenimiento más acordes con su edad, sus prestaciones y características y con el estatus de su marca— por Miss Daisy, quien merced al trato recibido y a sus características promete seguir rodando otros cien mil kilómetros sin más recambios que agua, aceite, goma y paciencia.
Dama de porte señorial, amiga tanto del paseo vespertino como del viaje largo a la velocidad de la luz, Miss Daisy es una señora coqueta de modales contenidos pero furia levantina, de voz siseante y suave que sabe convertir en un grave rugido capaz de bajarle las medias al más pintado.
Larga, muy larga y de porte más que considerable, muestra en el curveo rápido, en la maniobra lenta y en las reducciones una agilidad sorprendente y tan agradable, que durante el viaje de regreso a casa en más de una ocasión tuve que hacer los kilómetros que faltaban hasta el área de servicio más próxima, dándome de voces, abriendo el traje y manoteándome el casco para no quedarme dormido.
Aun así se nota que, como yo, fue educada en las maneras de otros tiempos más indulgentes quizá con la precisión y mucho menos con las intenciones, el ingenio y la lealtad, pues si bien me llevó a casa sano y salvo, al día siguiente me obligó a pasar un examen rápido y por sorpresa de mecánica y electricidad antes de querer salir de paseo.
Creo haberlo aprobado, pero aun es pronto para poder afirmarlo sin cruzar los dedos...

Tomado de: http://paulus-de-best.blogspot.com/

Feliz cumple - Max Goldenberg


Entró en puntas de pie intentando no hacer ruido. Seguro que ella dormía y no quería despertarla. Era su cumpleaños y tenía todo listo. En la bandeja había dispuesto todo como lo imaginó: la taza con el café con leche con dos de azúcar y dos gotitas de edulcorante, con más leche que café pero no lo suficiente para que se convierta en lágrima. Al costado, tres tostadas recortadas con el cuidado necesario para que forme la “Rosa del Tupungatao”. Una extraña rosa de procedencia brasilera que es negra y amarilla en partes iguales. Un pétalo de cada color. Ella siempre se identificó con ese raro pimpollo. Para lograr el efecto necesario, se levantó a las cuatro menos diez de la mañana. Ahora, seis horas después contemplaba su obra sobre el platito.
Para que la garganta de su amada se hidrate adecuadamente, exprimió doce damascos y los mezcló con gajos de tamarindo, traído de su Costa Rica original. Ese trago, cuyo costo final superaba cualquier sueldo promedio, llevaría el mensaje del esfuerzo que un hombre puede llegar a realizar por amor.
Cerca del borde de la bandeja estaba el pequeño florero individual del que sobresalía una espiga. “Encontrar la belleza en las cosas bellas es muy simple” siempre decía ella mientras acarciaba a Manolo, su puercoespín.

Empezó la caminata en la oscuridad total de la habitación. Dió tres pasos y chocó su rodilla con el borde del banquito que ella siempre utiliza para sentarse durante sus dos horas de peinado previo a dormir. Nunca entendió ese ritual. Peinarse para luego acostarse y dar vueltas en la cama como si se tratara de la protagonista de “El Exorcista”. No le encontraba sentido. “Encontrar el sentido a todas las cosas es como querer encerrar un beso en un frasco de mayonesa” le respondía ella.
El banquito estaba manufacturado en la Isla de Pascua. Estaba hecho totalmente de roca volcánica con más de trescientos años de antigüedad y reproducía a Petzoatl, el mítico hombre-rinoceronte. Se trataba de un hombre con el torso del rinoceronte. Cuando su rodilla chocó con el borde de Petzoatl, la electricidad dentro de su pierna derecha de disparó con la velocidad del dolor más agudo. Porque el ángulo del choque fue el exacto, en el hueco que se forma a la izquierda del hueso de la rodilla, donde los médicos golpean con su martillo de punta de goma para probar los reflejos.
El suyo seguía intacto. El impacto hizo que su pierna se doblara en dos. En el esfuerzo por no tirar la bandeja, mantuvo los brazos en alto mientras su cabeza y pecho bajaban respondiendo al reflejo lanzado por el golpe.

Quizás fue la oscuridad total del cuarto o su frágil memoria pero no se percató de que, pegado al banco, se encontraba el cambiador donde ella siempre dejaba colgada su ropa de día. Ese cambiador que habían traído especialmente del norte de Africa, estaba formado por ramas de cactus disecadas en savia de banano. Esa savia lograba mantener las espinas originales firmes y duras como cuando el cactus vivía en el medio de la nada.
En el momento en que la frente pegó con el cambiador, las espinas se clavaron haciendo que él realice un brusco movimiento hacia atrás.
Los años de yoga impidieron que la bandeja tambalease, aún cuando él saltaba sobre la pierna izquierda, tratando de despertarla del adormecimiento por el golpe del banco ahora con los ojos cerrados por el dolor de las espinas que sobresalían de su frente cual agujas de acupuntura.

En ese retroceso clownesco no pudo esquivar el incienso que, encendido, ahuyentaba a los malos espíritus. Ella todas las noches encendía cuarenta y ocho ramas de calíndroma verde para refrescar el ambiente. “Todos podemos refrescar como la alondra refresca a sus alondritos a la vera del río, como refresca la tigresa a sus tigritos en los días de calor, como refresca… ¡cómo refresca! Prendamos la estufa” dijo la noche anterior, lo que hacía que en ese momento la temperatura ambiente superara los cincuenta y siete grados Celsius.

Entre el calor, el dolor de la frente y la pierna adormecida no pudo percatarse de las varas aromáticas que, al pisarlas, lanzaron chispas sobre el empeine de la pierna sana y prendieron la botamanga del pantalón pijamas que llevaba puesto a pedido de ella. “El monje no transita por su templo en calzoncillos de Racing” lo convenció con su mejor cara, sabiendo que era la víspera de su cumpleaños.
Fue el calor que subió por su pantorrilla derecha lo que le avisó que el fuego había tomado proporciones siderales. Apoyó la bandeja sobre el borde de la cama y, con el almohadón de plumas de ganso de Jujuy, intentó amainar la fogata sobre su extremidad.

En ese instante aprendió dos cosas que le servirían por el resto de su vida: que siempre hay que chequear las costuras de los almohadones y que las plumas de los gansos de Jujuy son sumamente inflamables y por eso es una raza en extinción. En el verano jujeño, con más de cuarenta grados de temperatura promedio, esas aves se prenden fuego por si solas y se calcinan en menos de doce segundos.
El golpeteo con las plumas saliendo del interior del almohadón hicieron que se inicie sobre su humanidad una danza de fuego propia de los festejos por fin de año de las tribus del sudeste de Rusia.

Cayó sobre su pierna y rodó sobre su eje para apagar el fuego, que cedió. También cedió la mesa de noche que, golpeada por ese rotar endemoniado, se desbarrancó sobre el estómago y lo obligó a emitir un sordo pero curiosamente sonoro quejido.
Si un hombre del bosque de Trelpinsko, en Hungría, hubiera esuchado ese sonido, lo reconocería como un cerdo anglosajón manteniendo relaciones sexuales con una cebra parda normanda.

Al escuchar el sonido, ella abrió los ojos y descubrió casi sobre sus piernas la bandeja. Sin poder creerlo y con las lágrimas de la emoción pugnando por salir en busca de sus mejillas levantó la mirada buscando a su amado y lo descubrió de rodillas a su lado tomándose la frente, con los ojos cerrados, húmedos.

“Feliz cumple” le alcanzó a decir él mientras comenzaba a llorar.

Ella, sorprendida, empezó a comer las tostadas y a contemplar la exótica belleza de la espiga.
“Por muchos más como este” le dijo “Por muchos más, amiguito que Dios te bendiga. Y que reine la paz en mi día. Y que cumpla muchos más”.

Él se tendió en el piso, cerró los ojos y buscó el lado positivo a la situación. Y lo encontró. Le quedaban trescientos sesenta y cuatro días para prepararse.

Con autorización del autor: http://max.com.ar/

Reinalda - Mónica Sánchez Escuer


Estaba borracha, pero nadie lo notó. Reinalda tiene el don de fundirse con el ambiente y no ser vista, pasar de largo sin que nadie la vea trastabillar, despeinarse o maldecir al mesero. Por eso todos la recuerdan dulce y serena en las fiestas. Como un mantel que combina con las cortinas y el tapiz claro de las sillas: un mantel discreto que no compite con las formas audaces de una vajilla sueca ni con los colores vivos de los platillos gourmet.
Esa noche Aldo cantó milongas. A saber por qué. Desde la silla barcelona, orgullo de Margot, Reinalda parecía escuchar tangos con la mirada ida y el cuerpo suelto. Tan suelto, que daba la sensación de haber sido abandonado, puesto ahí como por descuido por el mismísimo Mies van der Rohe en los años treinta. Sí, ella iba bien con la silla, con los tangos. Pero no con Aldo ni sus milongas. Alguna vez él me dijo que Reinalda le remitía a otra época, tal vez por el arco de sus cejas o su voz tenue y acompasada como la que imaginaba en las actrices del cine mudo. Me molestó más que el comentario, el tono engreído de quien se sabe admirado y desdeña a su admiradora, pero no le dije nada. Ni a ella tampoco. Para qué. Los dos nunca serían una sola historia. Y menos después de esa noche.
No supe en qué momento llegó tanta gente a casa de Margot: la reunión se hizo fiesta y todos terminaron bailando en la terraza. Aldo, besando a una jovencita que nadie conocía. Cerca de la una, me encontré a Reinalda en la puerta del baño: no entraba ni salía de él. Me estoy muriendo, me dijo, como decir la hora o el clima. Sólo estás borracha, le dije apartándola de la puerta. No, de verdad... Se dio la media vuelta. ...Me muero. La vi caminar deteniéndose de la pared, de las espaldas y hombros de algunos invitados. Me tranquilicé al verla subir a un taxi.
Al día siguiente la llamé pero su teléfono estaba suspendido. El celular, fuera de servicio. Después de tres cafés y una aspirina, caí en la cuenta de que ella no estaba en condiciones de llamar un taxi. Ninguno de los amigos hizo la llamada ni la vio partir. Ni siquiera recuerdan haberla visto en la fiesta.
Su departamento está vacío desde hace meses, me dijo la portera.
Cuando la platiqué a Margot con detalle lo sucedido se sorprendió: ¿Borracha? ¿Reinalda? No, eso es imposible. Seguramente eras tú quien se había tomado más de seis tequilas.

Tomado de Historias Baldías

Resurrección - Walter Böhmer


―No voy a poder hacerlo mi Señor.
―No te preocupes, es muy fácil y nadie se dará cuenta. Tengo que ir lejos a reencontrarme con mi espíritu, a recibir nuevas fuerzas que me ayuden. Sabes que no es sencillo hacer esto, por eso te pido este favor Judas. Te pido que me ayudes.
Judas se secó el sudor de la frente.
―Está bien mi Señor, repítame por favor que es lo que desea.
―No es nada que no puedas hacer, por eso te lo pido a vos ―lo animó Jesús apoyándole una mano en el hombro―. Sólo tienes que decir esas palabras y todo el mundo creerá que tú eres yo. Pronto volveré y te libraré de ese peso y te estaré eternamente agradecido.
Judas miró a Jesús y lloró. Como había dicho Jesús, no era difícil hacerlo, se parecía mucho a él físicamente y la tarea era simplemente presentarse en un lugar y decir una frase. Nada de qué preocuparse. Llegó el día, Judas estaba muy nervioso, Jesús se había ido hacía unas semanas y le había dicho lo que sucedería. Nunca había preguntado como lo sabía, era Jesús y Dios su padre, suponía que eso era suficiente, aunque no fuera cierto. Obedecería sin más, fin de la cuestión. Entró al poblado lo más calmado que pudo y se dirigió al Templo de los Fariseos, muchos le besaron las manos agradeciendo que haya vuelto del monte Olivos, muchos otros miraron con odio al supuesto Jesús, enviados a espiarlo. Una vez en el Templo le llevaron una mujer a sus pies, acusada de adulterio, de la muchedumbre surgieron gritos y brotaron piedras hacia ella. Judas tomó todas las fuerzas de su interior y se puso de pie, tal como le dijo Jesús que sucedería, levantó las manos y, lo más calmado que pudo, dijo:
―El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.
Y como le habían anunciado, nadie lo hizo.
Pasaron los días, las semanas, los meses y no supo de Jesús mientras él desempeñaba cada vez mejor su papel; al tiempo, junto a los demás discípulos que sabían del cambio y reunidos en medio del bosque, apresaron al supuesto Jesús, quién rápidamente fue enjuiciado y sentenciado a morir en la cruz. Se supo que Judas lo había vendido por unas monedas, pero lo que nunca se supo es que el propio Jesús en la piel de Judas se había ocultado donde sepultarían al hijo de Dios. Porque Dios era todopoderoso para el mundo, pero todavía no podía resucitar a su propio hijo que, escondido, sólo tuvo que sobrevivir en una cueva, y reaparecer al tercer día.


Tomado de Apología de los Miedos

Es un espejo - Gilda Manso


Descargué el tercer golpe sobre la cara de Alicia.
-Me estás haciendo perder la paciencia, piba. ¿Cómo se pasa a través del espejo?
La chica lloraba; no se limpiaba las lágrimas porque no podía: tenía las manos atadas detrás de la silla en la que, una hora antes, yo la había sentado.
-Por favor, ya le dije que no sé. Simplemente pasé. No sé cómo se hace. Yo me acerqué al espejo y al instante estaba del otro lado.
Me limpié la transpiración de la frente. Esa chica resultó ser más dura de lo que había pensado.
-¿Qué hay exactamente al otro lado del espejo? –le pregunté, reprimiendo mis ganas de golpearla de manera definitiva e irreversible. No me gustan los juegos.
-Hay flores que hablan, y un ajedrez del que puedo ser reina, y una reina de verdad, la Reina Roja, y el Rey Rojo, y muchas cosas así. Pero por favor, no me pegue más.
A ver, las flores no hablan. Y nadie puede ser reina, caballo o peón en un ajedrez, porque el ajedrez es un puto juego de mesa. Y los reyes no existen, al menos no en Sudamérica. Y sin embargo, la piba parecía decirme la verdad. Que atravesó el espejo, que no sabe cómo lo hizo, y que allí se encontró con las flores, el ajedrez latente, y “muchas cosas así”. Una de dos: o Alicia estaba completamente chiflada, o había algo que se me estaba escapando.
Respiré hondo, le desaté las manos y le di un vaso con agua.
-Tomá agua. Tranquilizate, no te voy a pegar más. Te voy a hacer unas preguntas, y quiero que las respondas de acuerdo a tus conocimientos y a tu percepción, ¿está bien?
Alicia asintió; cualquier cosa era mejor que golpes, lágrimas y manos atadas.
-¿Cuánto es dos más dos? –pregunté.
-Tormenta –contestó.
La miré fijo.
-¿Decís que dos más dos da como resultado tormenta?
Alicia volvió a asentir. La mirada le temblaba; temía otro cachetazo.
-¿Qué hay en el fondo del mar? –pregunté.
-Algas, peces, y una ciudad de oro. Una vez fui y me nombraron Ciudadana Ilustre. Todo es oro, todo, menos la comida, que es comida de verdad: alfajores, torta de chocolate y café con leche.
Volví a mirarla fijo, pero no cuestioné su respuesta.
-¿Cómo soy yo? ¿Cómo es mi apariencia? –inquirí.
Alicia sintió pánico, no quería responder esa pregunta.
-Te prometo que, digas lo que digas, no te voy a pegar. Ahora contestame: ¿cómo soy?
Alicia cerró los ojos y contestó.
-Usted mide cinco metros de altura, tiene tentáculos (ocho), cuatro colmillos afilados, de su mirada salen cuchillos ensangrentados, huele a perro muerto, su piel es de color gris y está toda llena de clavos (como la cama de un faquir), su cabellera no es de pelo sino de culebras y su voz es de tormenta, como la suma de dos más dos. ¡Ah! Y tiene cinco pies; uno le sale de la espalda, debajo de las alas desplumadas.
Yo me quedé atónita. Otra vez parecía decir la verdad.
Me acerqué al espejo. Al espejo de Alicia. Me paré frente a él, me miré, y comprobé que seguía siendo lo que fui todo el tiempo: una mujer corriente, de un metro sesenta de altura, ojos normales (sin cuchillos), cabellera normal, olor normal, pies y espalda normales (dos y sin alas, respectivamente), piel blanca, voz normal tirando a grave, pero carente de rayos y truenos.
Puse mi mano izquierda sobre el espejo y nada pasó. Siempre permanecí de este lado. Miré a Alicia, pensé en sus respuestas; volví a mirarme al espejo, y finalmente entendí.
-Podés irte –le dije. Alicia no me obligó a repetirlo; salió corriendo de la habitación y jamás volví a verla.

Publicado originalmente en Guardagujas, suplemento cultural del diario mexicano La Jornada Aguascalientes: http://www.lajornadaaguascalientes.com.mx/guardagujas/?p=486

Metamorfosis encadenadas - Javier López & Héctor Ranea


Recuerdo que fue con 28 años cuando comenzaron a asaltarme las dudas sobre mi propia identidad. ¿Quién era yo y qué tenía en esta vida? Un puesto de trabajo insatisfactorio, novias de fin de semana y una casa en régimen de alquiler. No era eso lo que tenía previsto para mi futuro.
He de confesar que siempre he sido un poco extremo en mis determinaciones. Así que decidí cambiar de género y dejar de ser Luis para convertirme en Luisa. Y no piensen que fue por una inclinación hacia lo femenino. Fue por puro aburrimiento.
Quizá influyó en mi decisión una visita al Museo unas semanas antes. Contemplar el Nacimiento de Venus iba a llevar mi destino por otros derroteros durante un tiempo. La diosa, engendrada por los genitales de Urano, que habían sido cortados por su hijo Cronos y echados al mar —aunque algunos aseguran que nació de una nube de esperma arrojada directamente a las aguas por el mismísimo Zeus, en la que alguna deidad se dio un baño de espuma— estaba ahí, delante de mí, y quise ser como ella. Y lo conseguí.
No iba a tardar mucho en darme cuenta de mi error. Con mi nuevo género no acababa de encontrarme a mí mismo (aunque, recordando ese tiempo, debería decir "a mí misma"). No me terminaba de adaptar al hecho de que lo que antes era saliente ahora fuera entrante. Y mucho menos a que los hombres me piropearan por la calle.
Así que este episodio sólo duró unos meses, pero quedé trastornado por las operaciones y tuve que comenzar con las sesiones de psicoanálisis. Y eso no hizo más que agravar el problema. El psiquiatra me hacía dudar incluso de mi propia existencia, y en poco tiempo, en lugar de recuperarme, comencé a oír voces.
De manera que, tras haber vivido un cambio de género, ahora experimentaba un cambio de número. De nuevo no era Luis. También era Alfonso, y Antonio, y José... Adquirí varias personalidades diferentes. E iba a ser el sexo, una vez más, lo que se convertiría en un verdadero problema. Éramos demasiados hombres para buscar pareja y pronto surgieron los celos entre nosotros.
Para tratar de solucionarlo, tuve la idea de poner un anuncio en una revista de contactos, buscando siamesas y quintillizas. Afortunadamente respondieron en cuatro ocasiones al anuncio: una pareja de siamesas y 3 quintillizas. Como yo estaba en una fase en la que escuchaba hasta once voces diferentes, parecería que sobraban seis de ellas. Nada más lejos de nuestras apetencias. Alguna de mis personalidades gustaba de las orgías. Así que no sólo no sobraban, sino que tuve que volver a poner más anuncios.
Después de eso lo único difícil fue buscar habitaciones con el tamaño requerido. Por suerte, no faltaron patrocinadores que querían retransmitir en directo el lamentable espectáculo... Ellos ponían la casa y las cámaras y además nos pagaban. Mi vida se convirtió en un programa de televisión de veinticuatro horas al día y yo era un hombre plural con quienes me habitaban completamente liberados.
Durante un tiempo me fue bien así, pero ya les digo... me canso de todo. Entonces busqué el cambio definitivo. No era el género, ni el número. Lo que yo realmente siempre había deseado era cambiar de especie, ahora me daba cuenta.
Consulté con mi médico para ver si era posible hacerme una operación de agallas para convertirme en pez y tirarme al mar, que es lo que siempre me ha gustado. Ahora pienso que fue eso lo que me llamó la atención en el cuadro del Nacimiento de Venus, aunque confundí las señales y he perdido doce años de mi vida en los cambios infructuosos que les he narrado.
El cirujano me dijo que lo que pretendía era una barbaridad, una ignominia y una locura. Debía hacerme unas incisiones en el cuello para que tuviera mis agallas, por lo que la consideró una intervención de alto riesgo. Así que se negó a operarme. Por eso tuve que buscar un estudio de tatuajes, en un Puerto de cuyo nombre dejaré sólo mención en mi testamento, donde había un hombre de aspecto bastante salvaje que hacía modificaciones corporales radicales. Concretamos por un precio razonable y al fin tuve mis agallas.
Hoy estoy preparado para ser pez. Escribo, pues, esta historia antes de arrojarme definitivamente al océano y compartir mi vida con morsas y quién sabe si con sirenas.
De todos mis cambios, creo que éste será con el que alcance la verdadera plenitud. Sé que voy a poder sentirme, al fin, realizado. Y es que ya se me había hecho urgente convertirme en pez. Los humanos siempre me han parecido muy raros.

Olvidada - Claudia Cortalezzi

Y entonces llegaron ellos
Serrat

Ella no se detendría por nada del mundo: seguramente el monstruo ya le pisaba los talones.
Todo por culpa del cofre, pensó.
Lo había robado del laboratorio de ciencias de la escuela, con ayuda de sus amigas. Y se había ofrecido a esconderlo en su casa. Pero lo había abierto sin esperar a que llegasen las demás.
¿Quién la había mandado a abrirlo sola?
Ahora, aquello que había salido del cofre, que en segundos se había hinchado hasta doblarla en tamaño, la obligaba a correr, a buscar un escondite.
Voces, gritos.
Gritos y otra cosa: un traqueteo metálico.
Ella se volvió —sin detener su carrera—, tropezó, y debió mirar rápido hacia delante. Pero había espiado lo suficiente. Detrás del monstruo, un grupo de hombres empujaba unas carretillas con enormes bateas. Ella conocía aquellas bateas: su padre —como todo el mundo en el pueblo— trabajaba en la fábrica de procesamiento de restos orgánicos —ella no sabía bien qué quería decir—, y le había revelado lo que guardaban en las bateas.
—Acá se almacena la harina de huesos —le había dicho.
—¿De huesos? —ella se había tapado la nariz—. ¡Qué asco! ¡No se puede respirar!
Ahora le llegaba, cada vez más cercano, aquel vapor hediondo que brotaba de las bateas. Y —giró apenas para comprobarlo— de ahí salía algo más que el vapor: un polvo pesado, una masa informe que cobraba vida. ¿Quería alcanzarla?
Siguió corriendo, mientras pensaba en cómo escapar, corriendo y corriendo —aunque un dolor agudo le punzaba el costado izquierdo, bajo las costillas—, cuando descubrió una puerta abierta y se escabulló lo más rápido que pudo.
Es el sótano del almacén de Pedro, reconoció al bajar los primeros escalones.
Una vez abajo, se detuvo a tomar aliento. Y miró atrás: el… polvo, aquella masa asquerosa, seguía tras ella. La cosa ya dejaba atrás los primeros peldaños. Avanzaba más rápido que el monstruo —el monstruo, recordó ella. Ya no la aterraba el monstruo—. Vio cómo la masa lo envolvía lentamente, capa tras capa. Ahogándolo, seguro.
Se dijo que el polvo no tardaría en llegar al piso húmedo del sótano. Ahí se iría acumulando.
Y se detendría por fin.
Toneladas de aquella masa movediza se le meterían por la nariz, la boca, los oídos. Y ella no podría respirar, quedaría enterrada para siempre. Olvidada. Nadie sabría jamás que eso la había sepultado. Todo por culpa de aquel monstruo que tanto terror le había causado antes, antes de que apareciera el polvo.

Claudia Cortalezzi

El beso - Mónica Sánchez Escuer



El beso - Mónica Sánchez Escuer
María toma el lápiz labial y comienza su trazo, lento, delicado, exacto. Dibuja sobre la boca una sonrisa amplia; unos labios más rojos, más gruesos que los suyos. Antes de salir, toma un pañuelo desechable, le da un beso y lo deja caer dentro del escusado. Sonríe al mirar en el agua el mapa de su boca. Sale.

Luis entra para llevarse las pocas cosas que dejó la noche de la disputa: unos libros, dos suéteres, un par de zapatos. Mira la pared amarilla, el cuadro que compraron juntos. Sus cosas, en una bolsa, al lado del sillón azul donde María lo desnudó por primera vez. Sí, la extraña. Tres años de risas y juegos y complicadas escaramuzas verbales perdidos. Todo por la huella del beso que Ana dejó en los cuellos de él y la camisa esa tarde de premuras. Luis se despide de la habitación con un parpadeo, como si tomara una fotografía. Antes de salir, pasa al baño, levanta la tapa del inodoro y se contiene. Los labios de María parecen hablarle desde el fondo. Luis sumerge la mano. Un trozo de papel queda deshecho entre sus dedos, pero la boca húmeda le sonríe completa sobre la palma. Lentamente se lleva el pañuelo hasta los labios, lo oprime. La lengua traza las curvas de la falsa sonrisa y penetra por su centro. Al tocar su propia piel, Luis se siente ridículo. Escupe. Sacude la mano, la talla sobre el brazo, el pantalón, hasta que el último trozo desaparece de su palma. Descarga la vejiga, recoge la bolsa y sale.
Ana lo espera en el café de la esquina. Sonríen. Se besan. Ella percibe un ligero olor a baño público en la boca de él, pero no dice nada. Luis le pasa el brazo por los hombros, casi le toca el pecho cuando ambos descubren una mancha de labial en la manga de la camisa húmeda.


Tomado de Historias Baldías

Un téologo en la muerte - Emanuel Swedenborg


Los ángeles me comunicaron que cuando falleció Melanchton le fue suministrada en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido en la tierra. (A casi todos los recién venidos a la eternidad les ocurre lo mismo y por eso creen que no han muerto.) Los objetos domésticos eran iguales: la mesa, el escritorio con sus cajones, la biblioteca. En cuanto Melanchton se despertó en ese domicilio, reanudó sus tareas literarias como si no fuera un cadáver y escribió durante unos días sobre la justificación por la fe. Como era su costumbre, no dijo una palabra sobre la caridad. Los ángeles notaron esa omisión y mandaron personas a interrogarlo. Melanchton les dijo: “He demostrado irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para ingresar en el cielo basta la fe.” Esas cosas las decía con soberbia y no sabía que ya estaba muerto y que su lugar no era el cielo. Cuando los ángeles oyeron este discurso, lo abandonaron. A las pocas semanas, los muebles empezaron a afantasmarse hasta ser invisibles, salvo el sillón, la mesa, las hojas de papel y el tintero. Además, las paredes del aposento se mancharon de cal, y el piso, de un barniz amarillo. Su misma ropa ya era mucho más ordinaria. Seguía, sin embargo, escribiendo, pero como persistía en la negación de la caridad, lo trasladaron a un taller subterráneo, donde había otros teólogos como él. Ahí estuvo unos días y empezó a dudar de su tesis y le permitieron volver. Su ropa era de cuero sin curtir, pero trató de imaginarse que lo anterior había sido una mera alucinación y prosiguió elevando la fe y denigrando la caridad. Un atardecer, sintió frío. Entonces recorrió la casa y comprobó que los demás aposentos ya no correspondían a los de su habitación en la tierra. Alguno contenía instrumentos desconocidos; otro se había achicado tanto que era imposible entrar; otro no había cambiado, pero sus ventanas y puertas daban a grandes médanos. La pieza del fondo estaba llena de personas que lo adoraban y que le repetían que ningún teólogo era tan sapiente como él. Esa adoración le agradó, pero como alguna de esas personas no tenía cara y otras parecían muertas, acabó por aborrecerlas y desconfiar. Entonces determinó escribir un elogio de la caridad, pero las páginas escritas hoy aparecían mañana borradas. Eso le aconteció porque las componía sin convicción.Recibía muchas visitas de gente recién muerta, pero sentía vergüenza de mostrarse en un alojamiento tan sórdido. Para hacerles creer que estaba en el cielo, se arregló con un brujo de los de la pieza del fondo, y éste los engañaba con simulacros de esplendor y de serenidad. Apenas las visitas se retiraban reaparecían la pobreza y la cal, y a veces un poco antes.Las últimas noticias de Melanchton dicen que el brujo y uno de los hombres sin cara lo llevaron hacia los médanos y que ahora es como un sirviente de los demonios.

La carta - Andrés Terzaghi


Un periodista va a hacer un reportaje a un cementerio. Entra con una grabadora y por si ésta fallaba, con una libreta de anotaciones y lápiz.
Se detiene indeciso frente a una tumba cualquiera, la observa por un instante, sabe que sus preguntas jamás serán respondidas, pero también sabe que el pronóstico del tiempo en el noticiero en el cual trabaja ya ha errado sus cálculos más de una vez y, sin embargo, los televidentes le prestan su atención.
Añade una flor entre otras que coloreaban la gris piedra de la lápida. Su trabajo ahora le mostraba un verdadero desafío, insólito por cierto. El asunto es que su inclemente jefe, en vez de despedirlo por un grave desacierto cometido, le asignó esta imposible tarea. Si no la cumplía, quedaría sin trabajo.
El contrariado periodista, saludó respetuosamente dirigiéndose a la inaudita tumba y:
—¿Qué tiene que decir con respecto a su íntimo amigo?
Oyó cerca del lugar a un hombre que caminando en círculos hablaba solo y cabizbajo. Levantó súbitamente la mirada posándola en él. Se acercó caminando con expresión de curiosidad en su rostro.
—¿Qué le contestó?
—Nada, parece que no quiere hablar.
—Ajá. ¿Sabe por qué?
—Bueno, supongo que no tiene ánimos…
—Supone mal. Él es mudo. Se equivocó de muerto mi buen amigo.
—Entonces ¿con quién puedo hablar? Verá, necesito hacerle unas preguntas a algunos de aquí para el noticiero de la media noche.
—Mmmm…, no va a ser fácil señor.
—Dígame qué tengo que hacer.
—Primero tranquilícese. Recuerde, este es un lugar de silencio y descanso. La mayoría de ellos duermen profundamente y no lo atenderá ni por los siglos de los siglos. Otros están, pero en realidad no, se han ido muy lejos, lejísimo. Pero siempre hay uno o dos voluntariosos que no se resignan al descanso y se mantienen despiertos todo el tiempo que sea posible hasta que no lo resisten y deciden al fin apagarse.
—Bien. ¿Quiénes son ellos? ¿Adónde están?
—Tenemos que buscar arduamente. El cementerio es muy grande. Hay muertos por todas partes, su población creció cuando la otra hizo otro tanto.
—¿Por dónde empezamos?
—Usted sígame, yo me encargo. Le repito, no es fácil de encontrar uno disponible. Imagínese que usted ha muerto, es obvio que no tendría ganas de hablar con nadie.
—No importa. Es mi trabajo, no tengo otra cosa que hacer.
—Comprendo. También tuve que hacer cosas que no quería, y las hice; no me arrepiento, sin embargo, no las volvería a hacer, se lo juro. A ver, mientras buscamos, cuénteme qué desea saber.
—Cualquier cosa. Lo importante es poder hacerles unas preguntas, obtener las respuestas y volver a mi trabajo con el material. ¿Entiende?
—Si, claro. ¿Sufrió alguna pérdida recientemente? ¿Su mujer, su hijo, un amigo?
—Un amigo hace ya algunos años.
—¿Y cree que podría hablar con él? Es más fácil si el muerto lo conoce.
—Entiendo. Pero existe un problema.
—¿Cuál?
—Incineraron su cuerpo y arrojaron las cenizas al río. Tengo algunos parientes aquí. En vida los he visto una o dos veces y habré cruzado pocas palabras, nada trascendental.
—¡Chuik! No sirven. Es lo mismo que cualquier otro desconocido.
—Dígame ¿qué estaba haciendo antes de encontrarnos? Lo noté preocupado ¿me equivoco?
—Mi psiquiatra me dijo que sufro de una enfermedad desconocida. Según él, mi desorden de personalidad se debe a un severo trauma sepultado tan profundamente en mí, que solamente reconociendo estar enfermo de esta cosa, puedo sobrellevar mi desgraciada vida. Así que de vez en cuando vengo para aceptar mi destino. Este es un lugar tranquilo. Camino, hablo solo, pienso, contemplo a las palomas, los árboles, cómo el cielo perfila bóvedas, cruces y ángeles en el horizonte y cuando me encuentro a mí mismo, regreso a casa. El doctor me dijo que no es el sitio indicado para mí.
—Considero lo mismo, tiene razón. Acá encontrará tranquilidad y ningún pensamiento optimista.
—Al contrario. Día a día fui mejorando y el doctor aceptó frecuentes visitas como terapia complementaria. Gracias a esto he escuchado y visto cosas raras. En ocasiones oí a los muertos pensar en voz alta. Conversando con ellos pude avanzar positivamente sobre mi estado, tanto que no necesité más de las sesiones. ¡Qué me dice! Hace algunos años conocí a un muerto, afligido, hizo todo lo posible para ganarse mi confianza y compañía. Yo que apenas podía discernir entre la verdad y la locura. Tuve la suficiente lucidez como para asegurarme de que no era una alucinación producida por la enfermedad. El muerto siempre me esperaba ansioso a que regresara. Hablábamos durante horas de esto y lo otro, en fin, de cosas de la vida y la muerte. Le aseguro que es más sorprendente la vida que lo que está después de ésta.
—¡Que suerte! Al fin tengo a quien hacerle el reportaje.
—Perdone, no, no a él no. Le juré que no le diría a nadie sobre esto.
—Pero ¿por qué no? Es mi única oportunidad.
—No puedo, discúlpeme, lo juré, no puedo hacerlo.
—Por lo menos explíqueme por qué razón no quiere hablar con otro que no sea usted. ¿Cuál es el problema?
—Un día me pidió que consiguiese papel y lápiz. Corrí a buscar y regresé. Luego ordenó que tomara asiento junto a su tumba, quería estar seguro de que yo anotara cada una de sus palabras, y ahí estaba, solo, con un muerto, tomando el dictado de un cadáver. Aquí tiene una de sus tantas cartas, no sé a quién o quienes estarán dirigidas.
Me acomodé sobre la tumba y asombrado comencé a leer el amarillento papel. La carta estaba escrita con una trémula caligrafía, algo inquietante y perverso:
—Quien reciba este mensaje considérese muerto. El entregador de esta carta es un peligroso psicópata. Él le dará esta carta u otras que dicen lo mismo. Por su locura no puede razonar que estoy poniéndolo en aviso. Si puede huya de inmediato pero sin levantar sospecha. El loco criminal tiene en su poder un cuchillo con el cual ha hecho víctimas entre las cuales me encuentro ya consumado.
Lo miro. Está allí, quieto, de pie y sonriéndome. Lleva su mano a la espalda, a la altura de su cintura y extrae un cuchillo. Tengo miedo, mucho miedo…

Pecados y transgresiones – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Los salvadores de la patria —dijo el profesor Sandoval— recibieron, ya en la madurez de sus vidas, la invitación de un poeta forense para asistir a la reconstrucción del crimen cometido por el vizconde Calvino. La representación fue un castigo, el peor que pudieron haber sufrido, y tan penoso resultó todo que se retiraron antes del fin de la fiesta. Pero eso no los salvó. Hundidos hasta el cuello en un infundíbulo cronosinclástico fabricado por el almirante Vonnegut, cayeron en el tiempo cero y ahí siguen, incapaces de salvar nada, cristalizados como el latín de Cesárea y más aburridos que un dinosaurio en un desfile de anoréxicas desnudas.
—¿Me puede decir de qué está hablando? —inquirió el doctor Goodman. Sandoval miró hacia uno y otro lado, como si alguien pudiera estar observándolos y dijo:
—Le estoy dando la clave para no quedar demediado, profesor. Los sables de los que están hechas las palabras cortan su parte sana y la convierten en una porquería.
—Vaya, vaya —dijo Goodman—; cuanto más lo escucho, más creo que usted va a terminar matando a alguien, Sandoval.
—Entonces no me escuche… total, la patria ya no tiene salvación y yo estoy demasiado viejo para jugar con soldados de plomo, ¿no le parece?
—En eso le doy la razón —dijo Goodman. A continuación tomó su maleta de incongruencias, ñoñeces y dislates y salió como había entrado, abriendo un libro y perdiéndose entre sus páginas. En este caso la 326, me parece.

Vía del Quirinale - Mónica Sánchez Escuer


Te espero. Como todas las tardes, después del café. Y apareces puntual, al inicio de la calle, con tus amigas, caminando en fila india, como siempre. Cuando se acercan, no me atrevo a toser, a interrumpir el ritmo de las risas y voces que no alcanzo a distinguir. Ni siquiera puedo decir que he visto bien tu rostro, no sé el color de tus ojos, si tu labio inferior es más grueso, como creo; no conozco de cerca la línea de tus cejas, si forman una arruga en su centro cuando preguntas. Pero sí puedo ver, desde aquí, tu cabello castaño casi rubio, suelto como tú, recogido sólo a medias para mostrarle al mundo los cuatro dedos de tu frente. Veo tu delgada nariz, el perfil que dibuja tu sombra en los muros. Eres la más alta de todas, la única que ríe todo el tiempo. Pareces bailar con un rumbo preciso y natural cuando caminas. Tus piernas te siguen como mis ojos, llevan el ritmo discreto de tu oleaje, como mis manos que danzan moldeando tus hombros, tu pecho, que casi te tocan cuando me toco. Y por fin eres tú la que cae en la trampa, y no tu amiga de ayer, o las dos que siempre van juntas. Te agachas, recoges el hilo dorado que dejé en la acera, lo inspeccionas. Tu cara esquiva una sombra y de pronto se ilumina. Puedo verte. Eres hermosa, bellísima. Miro tu cuerpo todo, y el mío se tensa, te imagino aquí dentro, con el hilo dorado entre tus pechos. Hasta que una palma me sacude la espalda y toda tu imagen: el enfermero me dice que nadie quiere a un loco, que ya deje de soñar. Me asomo por estos cuadros de hierro que cuidan la ventana, que te cuidan de mí. Y tú ya no estás.


Este cuento fue elaborado a partir de la fotografía que me proporcionó Daniel Molina.


Tomado de Historias Baldías

La cuerda - María Fabiana Calderari


Flotaba en un líquido viscoso, caliente. En cada ademán que Daniel intentaba para escapar de ese fluido cerrado, se hundía más, sesgando su cuerpo. Permanecía atascado en un abismo extraño, en plena oscuridad, sin viento ni marea. Luego de unos instantes, una penumbra le mostraba el rostro desconocido de un niño que golpeaba contra unas extremidades sueltas. La oscuridad regresaba y sentía frío, una sensación de humedad que se escurría por sus muslos. El vaivén lo adormecía. Despertaba aturdido por los gemidos de una mujer que no lograba ver y luego se disipaban dejándolo mortecino. Sorpresivamente se rozaba con manos que se aferraban fuerte a él hasta lastimarlo. El líquido comenzaba a quemarlo y sentía dolor; ya ni siquiera podía moverse. Una luz circular crecía en lo alto reflejando su rostro en un espejo de agua clara; desde ese albor descendía una cuerda. Al pretender sujetarse de la misma, se resbalaba y la cuerda se movía en espirales virulentos que terminaban enroscándose en su garganta, hasta quitarle el último aliento.
Le bastaba cerrar los ojos para que este sueño lastimero le apareciera en su cabeza una y otra vez, recurrente y agravado.
Daniel tenía tendencias suicidas. Las marcas que se esforzaba por ocultar tras sus habituales atuendos se mostraban despejadas en sus ojos oscuros.
—Estos personajes que habitan mi sueño, ajenos e indiferentes entre ellos, comienzan a invadirme, como si la realidad no lograra esfumarlos. Buscaré ayuda —dijo para sí, mientras bebía pausado el café negro que encubriría entre los primeros atisbos del sol, las alargadas noches de insomnio salvaje.
El Dr. Gotier le pareció apropiado. La inmediata consulta al psiquiatra lo movilizó para afeitarse la barba descuidada y recortar los rizos de su frente.
La sala de espera era amplia y silenciosa y las paredes blancas le daban un aire de pureza. Al entrar sintió el miedo convertido en ganas de orinar.
El lugar olía a un revoltijo de desinfectante y encierro. No había ventanas. Se sentó en la silla de almohadones blandos, mientras olvidaba su mirada en la mesita de vidrio cuyo apoyo estaba formado por dos efigies indias. Se le agolparon recuerdos de su infancia. Las historias de su abuelo, desertor de la guerra. La supervivencia de los prisioneros en los campos de la India y las trapisondas de esos jóvenes obligados a ser patriotas. Las botas de cuero de reptil del tío Roan, los tacos y los pasos toscos que resonaban en el comedor de la casa vacía y su aliento fétido. Las remembranzas fueron detenidas por el estruendo de unas pisadas agitadas que se enredaban por la escalera. La puerta se abrió tempestivamente mostrando el rostro desconcertado de un muchacho.
—Hola —lo saludó Daniel, levantando la mano izquierda. El niño sin responderle se arrinconó en una silla alejada, sin respaldo y permaneció callado.
La expectativa le arrancaba a Daniel una impaciencia inusual. Se filtraba tras la puerta entreabierta el humo de un cigarrillo que traía consigo el cuchicheo de voces que por momentos sonaban confusas. El aire enrarecido le dio náuseas.
Daniel jugaba a abrir el picaporte con sus ojos pegados en la puerta del consultorio. Mientras el tiempo se eternizaba, una mujer llegó entre sollozos, con los ojos hinchados, la cara deforme y casi enterrada en un pañuelo mojado. Alternaba lágrimas y muecas nerviosas. Su presencia irritó a Daniel. Se puso en pie haciendo un gesto de molestia, mordiéndose los labios mientras se acomodaba la ropa. La mujer, se percató de la insolencia.
—¿Usted no llora? —le preguntó a Daniel.
—Nunca —le respondió con voz cruda—. Es un signo de debilidad —agregó fastidiado.
Ahogado en mudez y soledad, pegó una vez más sus ojos al picaporte. Esta vez se abrió y una voz ronca lo llamó a pasar.
—Acomódate en el sillón, en un momento estoy con vos —le dijo la voz ronca, como adivinando que no usaría el diván sino hasta entrar en confianza.
El cansancio vencía a Daniel lentamente, los párpados se le cerraban y cuando intentaba abrirlos dos piedras colgaban de sus ojos.
Recibió al psiquiatra casi dormido. La voz ronca se fue transformando en un conducto lejano. Le narró su sueño y todo lo demás.
—Has disociado tu personalidad. Cada personaje es soporte de tus traumas y debemos resolver los problemas para … —El psiquiatra fue interrumpido por un salto de Daniel—. Tranquilízate, debemos mantener la calma, te daré unas pastill… —Un empujón de Daniel lanzó al Dr. Gotier sobre el diván, desvaneciéndolo.
En una esquina del consultorio unas estacas ornamentales se sostenían mediante una gruesa cuerda. Daniel la desanudó con ágiles maniobras. Tras inmovilizar la cuerda sujetándola a una viga de madera, alzó al psiquiatra y retorciéndole el otro extremo por el cuello le dijo, casi con sus fuerzas agostadas: —No estamos hechos el uno para el otro —y siguió enroscándola en su garganta, hasta quitarle el último aliento.
Una sonrisa postrera y espantosa permaneció dibujada en la cara de Daniel Gotier, que la noche fue digiriendo en trozos lentos.

Avances en el mundo del arte – Mario Berardi


Estimados colegas:
Como experto que soy en estética socio-histórica, análisis cultural comparado y semiótica del arte universal, graduado en la Universidad Multiétnica del Cono Sur y doctorado en el Consejo Interplanetario de Estudios Filosóficos, cumplo en expedirme acerca de la reciente innovación presentada en el terreno de las artes del espectáculo, tal como me ha sido pedido.
Los artistas, como es sabido, han procurado siempre dotar a sus obras del mayor realismo posible, estimular los sentidos del espectador a los efectos de imbuirlo en mundos fascinantes y creíbles, presentar imágenes y personajes cada vez más completos. Por lo menos, así ha sucedido con los artistas consagrados, ya que a los que optaron por otros caminos la historia los ha olvidado.
Los orígenes de este fenómeno se remontan al Siglo XV, cuando la Europa renacentista del planeta Tierra inventó la “perspectiva”, sagaz método que permitió mirar las obras con la naturalidad de quien mira por una ventana. Con la llegada de la fotografía, el realismo fue aún mayor y se diría que casi automático. El cine arcaico aportó una fuerte dosis de realismo, al incluir el movimiento, el sonido, el color. Luego vinieron el “cine con aromas”, la pantalla táctil-cinética, el “cinetotal”.
Pero el Siglo XXV nos habría de deparar todavía una última y agradable sorpresa, cuyo estreno galáctico saludo en estas líneas: la presentación en escena de personas de carne y hueso, seres reales que hacen de sus propios cuerpos, gestos, vestidos y voces la obra de arte misma. No tengo dudas de que el “teatro” (tal como ha sido bautizado en homenaje a míticas prácticas que se habrían llevado a cabo entre los primitivos terráqueos), constituye un impresionante y maravilloso avance en el mundo del arte, que con tanta pasión nos dedicamos a estudiar.
Muchas gracias.

Ciclos – Sergio Gaut vel Hartman


Para poder salir del encierro se acostó a dormir. Durmió, en efecto, y soñó. Sus sueños tenían una textura vaporosa, por lo que pudo atravesar fácilmente los muros. Lo que no había previsto era el cansancio; atravesar los muros de la cárcel cansa mucho, se dijo, por lo que se acostó a dormir y soñó que estaba encerrado nuevamente. Y seguía muy cansado, así que decidió acostarse en el mugriento camastro en el que pasaba las horas. Se durmió. Soñó que cavaba un túnel; tardó veinte años en abrirse paso del otro lado del muro. Ahora, al cansancio se le sumaba un permanente dolor intestinal, producto de la ingesta de toda la tierra que sacaba del túnel. Finalmente pasó del otro lado, pero por entonces estaba tan infinitamente cansado que se tiró a dormir sobre la hierba. Allí lo encontraron los guardias y se lo llevaron prisionero. Compareció ante el juez, que lo condenó a muerte por fugas reiteradas. Él se rió de la condena y el juez lo contempló, perplejo.
—¿De que se ríe? —preguntó finalmente.
—De que me voy a despertar en cualquier momento y ya no voy a ser un condenado a muerte.
Pero no se despertó.

Soñar sonar - Héctor Ranea


Sólo sé que sonaba cuando soñaba. El bandoneón sonaba claro, como Pichuco, ¿viste? El gol sonaba fuerte, como en el clásico. Pero era sólo un sueño, esos que uno tiene cuando está dormido. ¿Vos no tenés? ¡Mirá! De purrete mi vieja decía que los que no sueñan viven cansados. No sé qué carancho quería decir, te digo la verdad. ¿Me alcanzás la damajuana? Te decía que en esos sueños sueno el bandoneón como Pichuco. ¿No lo conocés a Pichuco? Flaco. ¿De qué peña saliste, hermano? ¿No te sabés ningún chiste con bandoneón y con goles? ¡Ah, ya sé, no me digás! Está ése del bandoneón que cada vez que nuestro wing izquierdo hacía un centro pasado, le chiflaba al otario que tenía el nueve para que pateara. ¡Y hacía gol, nomás! Hasta que un día el bandoneón se cansó, no le chifló más y el nueve se durmió en la línea y se comió un gol más fácil que ser enterrado en la Chacarita. El flaco se enculó bastante con el bandoneón traicionero, te digo que bastante y le arrancó un quejido, dos resoplos que parecían asmáticos, como vos y el ojete del bandoneón empezó a sacar una canción y el flaco, al final, terminó tocando el bandoneón en las esquinas. ¡Ya sé que es un bajón! ¡Y qué querés! Después de perderse ese gol mi equipo se fue al descenso, loco. No podés esperar que me ponga cómodo, me rescate y te cuente lo bárbaro que es estar acá engayolado y con el equipo en la B. A propósito, me contabas algo de la rubita. Me dijiste que me cagó con el taita que me puso acá, chabón batidor. Decime cuánto querés para cargártelo y dejarnos de joder por un buen rato, así sigo soñando que sueno el bandoneón que arregla los goles del chitrulo.

Una mente retorcida - Daniel Frini


Tengo algo que confesarte: estás ahora en esta situación porque yo colecciono personas. Un tipo muy especial de personas. No. No pienses mal. No soy asesino ni sádico. Tengo, eso si, una mente algo retorcida (¿en esa condición no estamos varios, acaso?); pero no soy peligroso. Lo dicen los entendidos: ser coleccionista tiene algo de neurosis obsesiva-compulsiva, algo de manía, algo de ansiedad y, por supuesto, indica una gran adicción. Aunque yo me llamaría un loco lindo. Inocente e inofensivo. Así que no tenés nada que temer.
Mi empresa es, desde ya, imposible de completar. Mi terreno de caza es la humanidad, aunque me daría por bien pagado si pudiese atesorar sólo unos miles. Mayor cantidad sería un premio extraordinario.
Quisiera que te sientas cómodo, que te relajes y prestes atención. No deseo entretenerte mucho tiempo, y no me andaré con rodeos.
Soy escritor y recopilo lectores. Considerate coleccionado. Bienvenido a mi humilde muestrario.

Creencias - Mario Berardi


—¡Que levanten la mano los que creen en los platos voladores, no tenemos todo el día!— urgió el pequeñito.
La multitud de curiosos se agitó en un tenso silencio. Los ojos lastimados por la intensa luz pugnaban por mantenerse atentos, las manos nerviosas se restregaban solas, el tiempo se demoraba como una espesa ola. De a poco fueron apareciendo algunos creyentes: un niño levantó su bracito trémulo, una mujer tullida exhaló una aprobación desgarradora, una familia completa se apresuró a decir que sí. La multitud les abrió paso, pero ellos no se movieron.
—Bueno, adelante entonces, pasen y vayan acomodándose donde más les guste— dijo por fin el pequeñito, agitando graciosamente sus catorce brazos y babeando un zumo morado por los orificios laterales. Los creyentes, unos quince en total, ingresaron a la nave rodeados de miradas de admiración, de envidia, de estupor, de sorpresa, de incredulidad. El pequeñito subió detrás sin dejar de agitar los brazos, las compuertas se cerraron con un suave siseo y la nave se elevó en el cielo, se detuvo un instante sobre las cabezas de la multitud de incrédulos y desapareció de la vista en un estampido de luz.
A lo largo de todo el viaje, cuya duración exacta nadie habrá podido calcular, los creyentes no se despegaron de las lunetas de observación. El universo, mudo y extraño espectáculo, se mostraba a sus ojos: planetas multicolores, formas inconcebibles, paletas astrales de colores nunca vistos, la hondura incomprensible del espacio vacío.
La nave se detuvo, en algún sitio. La compuerta se abrió, esta vez sin ruido alguno. El pequeñito salió al exterior y permaneció allí, frente a sus ojos, sereno, contundente, como flotando en la espesa oscuridad, acariciado por miles de lucecitas parpadeantes.
—Ahora —dijo sin mover los brazos—, por favor levanten la mano los que creen en Dios.

Círculos - Oriana Pickmann


El lugar estaba ya cercado. El cuerpo policial había iniciado la recopilación de pruebas, el crimen perfecto no existe aunque, a veces, así lo parezca.
Eran las dos de la madrugada cuando el inspector Leines recibió una llamada en el móvil.
―No, no estoy durmiendo. Voy enseguida ―fue lo que nadie le oyó decir, pues luego de muchas relaciones extrañas y dos divorcios habían hecho que tomase la determinación de no implicarse nunca más con persona alguna.
Se levantó de la cama y, al estirarse, no reconoció ese pequeño dolor en los brazos y en los hombros. Pensó que quizá ya estaba viejo para estos trotes, pero eliminó ese pensamiento rápidamente, pues no había pasado  mucho tiempo desde la celebración de su cumpleaños número cincuenta. Se enjuagó la cara, como para hacer que el sueño y el cansancio se escurrieran con el agua, se observó en el espejo y analizó cada arruga, cada cicatriz que el tiempo y su trabajo como jefe de la policía criminal le habían dejado. Se vistió lentamente, mientras trataba de convencerse una vez más el porqué de haber elegido esa profesión. “Lo excitante, los juegos psicológicos y la interacción con lo invisible... hasta que deja de serlo”, se repetía cada vez que encontraban algún cuerpo victimado por otro, una amenaza latente, una huella, un indicio de algo que no poseía aún respuesta. Edvard Leines se sentía como poseedor de todo y de nada, vidas que dependían de él, de sus interrogantes y de su habilidad para solucionar, hasta ahora, la mayor parte de los casos que se le presentaban. Estaba conforme con su equipo, pero le gustaba más trabajar solo, sin que nadie cuestionara su  comportamiento o su forma de proceder.
El delito, una mujer, de aproximadamente cuarenta años, había sido asesinada. No había sido violada y tampoco le habían robado cosa alguna. Un hombre que caminaba con su perro la encontró a un lado de la carretera, cubriendo la nieve con su sangre y la mirada muerta de quien no alcanzó a reaccionar a tiempo. El arma, objeto punzo-cortante, introducido limpiamente en el lugar del corazón. Al hacer la autopsia, encontraron pétalos de rosa en la herida.
―¿Otra vez pétalos?
―Sí, novena víctima del asesino de los pétalos. Ya va siendo hora de que atrapemos a ese cabrón ―era lo que respondía Leines repetidamente a sus colegas. Ya estaba cansado del mismo tema, de las mismas preguntas.
El asesino de los pétalos, como habían bautizado a este misterioso personaje, parecía no tener un patrón determinado en cuanto a la selección de sus víctimas. Parecían escogidas al azar, sin importar edad, ni sexo, ni posición social. Sus víctimas anteriores incluían una muchacha de catorce años, un hombre de sesenta y siete... y así por el estilo. Lo único que podían tener ellos en común era la cuchillada en el corazón y los rojos pétalos en el corte.
Empezaron con la rutina básica. Averiguar el nombre de la mujer, ocupación, domicilio, contactar con sus parientes, amigos y compañeros de trabajo, las últimas llamadas hechas y recibidas en el móvil, las actividades que había realizado los días previos. Nada. Tonje Røstad no era una mujer modelo, pero era amable con sus vecinos y con sus colegas, vivía sola, era ordenada y pulcra. Realmente era difícil pensar en un motivo para ser asesinada de esa manera.
Pero esta vez había un detalle diferente. Había un testigo. Helge Nordnes estaba seguro de lo que había visto. Y lo contó tal y como lo presenció a Kari Anne Jørgensen, la encargada de recopilar información. Descripción de un hombre, de un coche, matrícula, la forma en que él, ciclista por afición sintió la adrenalina de no creer lo que sus ojos observaban, pero que su entendimiento transformaba en la prisa por notificar a las  autoridades pertinentes.
Era muy simple, muy sencillo, para ser verdad. ¿Tenían ya todos los datos y al asesino de los pétalos identificado? Luego de tres años de exhaustiva investigación, parecía que el homicida se les presentaba en frente, por puro descuido.
El escuadrón policial estaba listo para aprehender al criminal. Cuando ingresaron a la casa, les agredió un empalagoso aroma a rosas. Y ahí estaba él, esperándoles, insanamente tranquilo.
―Este mundo está totalmente podrido. La gente no tiene corazón y yo quise poner algo hermoso y delicado en cada pecho. ¿No se dan cuenta?
Edvard Leines se sentía como poseedor de todo y de nada, al mismo tiempo que lo conducían esposado a la estación en la que él, tantas veces se había perseguido a sí mismo. Se cerraba el círculo.

Un juego - Patricia Kieffer


Entré a la sala de juegos virtuales advertido de la peligrosidad de este invento. Quise probar la sensación de crear una realidad donde vivir experiencias que no existen. “Es un juego”… pensé, “como soñar despierto”. Sin máquina, sin casco, sin joystick… a cuerpo suelto.
Me acompañaba mi amigo Martín, el que me convenció de venir a jugar. Un tipo muy especial; no lo asustaban los conflictos; más aún, se complacía provocándolos. Siempre jugó de ganador… pero alguna vez tenía que perder.
Al principio la sala estaba oscura, vacía. Luego empezaron a aparecer cosas como salidas de la nada. Seguramente serían proyecciones holográficas, pero eran tan reales… una abeja volaba en círculos alrededor de mi cabeza. Martín la aplastó de un manotazo; la arrastró hacia adelante y hacia arriba, diciendo “uno menos”. No comprendí hasta que me dijo “Acá, o matas o te matan, amigo”. Después intentó hacerme entrar en razón: “Vamos, jueguemos y ganemos”. No sé por qué, pero adiviné una mancha oscura en sus ojos.
Una voz en off se escuchó en la sala:
“Punto a favor. Ahora, tenga cuidado con las moscas venenosas”.
Vinieron como enjambre enloquecido. Yo atiné a protegerme la cara mientras Martín daba brazadas al vacío. Algunos objetos caían del ¿techo? Martín tomó algo del suelo y lo arrojó al aire, donde explotó. Ni una mosca quedó. A partir de allí no hubo respiro: la sala se llenó de animales, personas y objetos que volaban por doquier… un pandemónium que había cobrado vida a nuestro alrededor. Un robot plateado se acercó y me gritó “¡Usted se niega a aceptar que no es un ser humano! ¿Qué hacen acá? ¿Vienen a comerse mi comida? Enseguida se desplomó echando humo por la boca; seguramente colapsó su fuente de energía.
Mientras yo miraba atónito, Martín parecía haber enloquecido: corría por la sala, ahora iluminada, gritando “¡Me va a destrozar, me va a triturar!” y atacando todo lo que se le interponía en su carrera. Dos siamesas orientales blandían espadas tratando de cercenar su cuello. Las ensartó con un arado que encontró a su paso; las hermanas murieron abrazadas. Un grupo de enanos se acercó por detrás, intentando sorprenderlo. Martín giró rápidamente, armado con una Bazooka. Los enanos fueron avisados, pero no hubo tiempo: el disparo los hizo trizas. Hasta aquel día nunca había sabido lo que es odiar, pero en ese momento odié a Martín. Él parecía divertirse con la masacre desplegada.
Entonces lo rodearon cuatro fornidos marineros y lo inmovilizaron. Un hombre con gafas le abrió la boca. Allí mismo le sacaron dos muelas y él salió de inmediato en persecución del dentista, escupiendo chorros de sangre. Me quedé solo, temblando de miedo.
A lo lejos vi un hombre tocando el piano. Me acerqué y le pregunté si sabía cómo salir de ese lugar. De inmediato volvió Martín, enfurecido y con un garrote en mano.
—¡Cuidado! —me gritó.
El pianista dejó de tocar y lo miró horrorizado. Le dijo que el universo colapsaría pronto, que tenía un registro detallado de los movimientos de los invasores, que debíamos salir pronto, antes de la tormenta. Luego se puso de pie y le arrancó las teclas al piano, una por una, mientras reía como loco. Martín le asestó un garrotazo y el pianista se disolvió en el aire.
—¡Nunca hables con ellos! —gritó enojado.
Yo no sabía qué hacer, salvo escapar de allí.
—Ven, acá hay una ayuda —dijo señalando una consola con tres pantallas. Tocó algunos botones, encendió la computadora y se presentó el genio ¡qué personaje! Una mujer de rostro angelical. El cabello, largo y sedoso, le cubría la espalda. Martín se presentó ante ella como el perfecto asesino, armado hasta los dientes. Ella le dijo que se quedase tranquilo, que estaba para ayudarlo. Mi amigo aceptó la promesa de que no lo iba a matar y bajó la guardia. Se fueron caminando entre la masa de seres que pululaban en la sala. No pregunté, pero cuando regresó al cabo de varias horas, supuse que pasó una tarde formidable con ella. Sin entrar en detalles me contó que la genio le había dado varios trucos para ganar el juego, antes de matarla. Horrorizado, escuché cómo la había seducido para sacarle información y luego le incrustó una serie de palabras filosas que la hirieron en su parte vulnerable: la lógica. El genio —la bella mujer—, se deshizo en un mar de tinta. Al volver se encontró con dos elfos oscuros que le dieron una estatuilla; le aseguraron que aquel animal era un pegaso y que lo podríamos usar para escapar de los monstruos.
—¡Yo quiero salir de acá! ¿Entendiste? —grité desesperado.
—¡La única forma de salir es ganando el juego, idiota!
—¿Idiota? ¡Prefiero idiota que loco! ¡Estás loco de remate!
El duelo de voces alcanzó su máximo esplendor y fue interrumpido por el sonido de un trueno. Enseguida empezó a soplar un fuerte viento. Las tormentas fueron el augurio de la llegada de monstruos indescriptibles. La lluvia fue el síntoma de lo que iba a ocurrir: el juego se definía. Un vórtice negro apareció en el cielo  absorbiendo todo a su paso. La perturbación magnética formó triángulos de vapor que estorbaban la visión.
Martín corrió hasta la pared donde un cartel verde señalaba la salida; intentó abrir la puerta, pero alguien, del otro lado, lo impidió. Vi una palanca y tiré de ella. Se abrió un abismo en el suelo separando los edificios y muchos personajes cayeron por él, menos un trapecista que se balanceaba colgado de un cable. Un globo se acercó a rescatarlo, pero la sonda se precipitó en el pozo negro con todos los ocupantes. Perdí de vista a Martín. Sentí un temblor y  los edificios se vinieron abajo entre dos parpadeos. Caí junto con el trapecista, pero sólo yo morí. Fui sustituido por un androide en malas condiciones, el mismo que ahora les cuenta esto. Me quedan pocas frases sin usar, díganle a Martín que en cuanto lo encuentre, lo mato.

Polenta – Gilda Manso


-No vas a poder –me dijo mi mamá cuando le confesé que mi mayor ambición era tener a una mariposa de mascota. Y agregó que no podría porque las mariposas viven sólo un día, y porque son pequeñas y libres y jamás aceptarían ponerse una correa.
-¿Y para qué se molestan en ser libres si viven sólo un día? –pregunté.
-Porque así son las mariposas –contestó ella.
Pero así como las mariposas son libres, yo soy terca, y logré atrapar una mariposa azul con la red que usaba mi mamá para hacerse la toca. Mi meta era conseguir que la mariposa dejara de ser pequeña; había comprado una correa y quería ponérsela. A lo largo del día le cociné de todo: milanesas con puré, budín de pan, fondiú de queso, choricito a la pomarola, polenta con salsa bolognesa. Y aquí vino el éxito. La mariposa olfateó el último plato y se relamió; lo juro, yo vi cómo lo hacía. Agarré una cucharita de té, la llené de polenta, y la acerqué a la red. La mariposa se abalanzó y sorbió mi obra maestra con placer incontenible. Luego me pidió más. Me miró y movió las alitas. Quería más. Le di más. Durante cuatro horas, la mariposa no dejó de comer. Durante cuatro horas, yo vi cómo la mariposa crecía en altura y en volumen, y adquiría las proporciones físicas de un águila bebé. Cuando se hartó de manducar, se recostó en la mesa (la red ya estaba inutilizable) y posó las alas sobre su panza, como quien intenta hacer la digestión luego de un lechón a la parrilla.
Mi mamá entró a la cocina y gritó de espanto.
-La mariposa engordó comiendo polenta –le expliqué y, dispuesta a demostrar que ahora sí podía atraparla, agarré la correa e intenté ajustarla en una de las ya tres papadas del bicho. Pero la mariposa hizo una finta de experta fugitiva y levantó vuelo.
Juraría que, allá a lo lejos, la escuché reír.

The Full Monty - Martín Gardella


Ella se ubicó en el medio de la sala para regalarme un show que sería inolvidable. Al ritmo de un blues salvaje, comenzó a desvestirse. Se sacó el sombrero agitando sus cabellos enrulados, y aflojó su falda sensualmente, para dejarla caer con un suave movimiento de cadera. Revoleó sus tacones, se quitó las medias, siguió con la camisa, luego el sostén.
Frente a mi entusiasmo por su desnudez completa, decidió romper los límites. Aflojó su cabellera hasta retirarla por completo y extrajo con los dientes las uñas recién pintadas de sus manos. Deslizó hacia abajo su piel blanca, para descubrir su carne joven y delicada. Sacudió brutalmente su abdomen, para dejar caer los bíceps, los glúteos, los gemelos, el esternocleidomastoideo y las prótesis mamarias. Respiró profundo antes de arrancarse los pulmones, el hígado, el estómago y los intestinos. Siguió con la extracción delicada de sus huesos, desglosando los húmeros, los fémures, las tibias y los peronés, con un sacudimiento digno del Folies Bergère. Se aflojó la mandíbula, desprendió sus costillas y fue enrollando mansamente todo el sistema nervioso sobre su corazón galopante.
Finalmente, mientras me observaba por el cuenco de sus ojos, su lengua me preguntó si había disfrutado el espectáculo. Me encantó, respondí, y pude ver una amplia sonrisa suspendida, que luego se desarmaría contra el suelo, junto al resto de su inconstruible cuerpo. En el aire, aún se siente su perfume y se escuchan sus latidos.

Tomado de: http://livingsintiempo.blogspot.com/

Quimera - Andrés Terzaghi


El inventor de esta endiablada cosa enloqueció tratando de averiguar para qué sirve y qué es, porque en realidad sirve para todo pero no se sabe qué es. Al poner en funcionamiento el aparato comienza a cambiar de forma a cada segundo y por lo tanto también su utilidad. Hemos estudiado las combinaciones por separado con la ayuda de una sofisticada cámara fotográfica. En uno de esos cambios que alcanzamos a fotografiar, vimos un artefacto parecido a un reloj pero en vez de manecillas tenía dos barras de uranio. Nos dimos cuenta que si en ese preciso segundo que tomó dicha forma llegaba a marcar por ejemplo las doce en punto, coincidiendo ambas manecillas, el laboratorio junto con la ciudad y zonas aledañas se vaporizarían formando un gigantesco hongo de fuego y humo. Motivo por el cual no nos atrevimos a ponerlo otra vez en funcionamiento.
Nos resignamos contemplando en esta invención la solución de todos los problemas del mundo y simultáneamente su destrucción.
Fíjese, en esta otra fotografía que hemos tomado al principio. Advertimos en ella que el aparato había tomado la forma arquetípica de sí mismo, cual sui géneris. Hoy estamos estudiándola junto a un equipo de pacientes del hospital psiquiátrico porque consideramos que esa foto podría ser el manual de uso del aparato. Los locos entienden muy bien los laberintos de la ciencia. Por el momento descifraron el 50% de la enigmática forma arquetípica.  

Flores - Mario Capasso


Persuadido de los pies a la cabeza acerca de las dificultades de un acceso carnal más o menos rápido, quise probar a ver si la convencía por el lado de la belleza romántica y de la caballerosidad.
A un precio que me pareció exagerado, compré un ramo de flores en el puesto vecino a la parada del colectivo. Viajé todo el tiempo con él y se lo entregué apenas abrió la puerta, unas dos horas más tarde, a la hora que ella me había indicado.
Ella lo recibió y, con una leve inclinación del cuerpo, después de agradecerme la puntualidad, me hizo pasar.
Ya en el interior de su hogar, miró por segunda o tercera vez el ramo y, qué original, dijo.
Se expresó, además, con palabras de agradecimiento.
Me ofreció  una silla en la sala, que no era muy grande, más bien todo lo contrario.
Ella, después de dos o tres frases comunes, a las que contesté de la manera más común posible, sugirió poner las flores a buen resguardo.
Dijo que no la incomodaba en absoluto mi manera de tartamudear y aseguró confiar en que todavía le quedara un espacio libre en un lugar especial de la casa, al que le gustaba llamar “el vivero”, y que, si yo le concedía un permiso provisorio, ella saldría unos momentos de la sala y dispondría todo, tal como la ocasión lo merecía, dijo.
A su regreso, toda contenta, manifestó haber hallado el sitio justo, el último disponible en “el vivero”, así que bien pronto debería renovarlo. Agregó que había tenido un día ajetreado, muy movido, creo que dijo, pero eso no le importaba en absoluto y no quería convertir su pasado reciente en una excusa, según remarcó con una sonrisa. A continuación, comentó que me quedara tranquilo, que ya podía dejar de temblar tanto, que la brevedad de la vida la tenía apesadumbrada y que yo no me iría de allí sin antes tomar una linda copita de licor y sin haberme acostado con ella, aunque sea un ratito, dijo.  

Tostadas para papá - Sandra Rebrij


Era el tercer domingo de agosto y jugaba Boca. Los tres le habíamos prometido a papá ir a la cancha con él para festejar su día. El Día del Padre.
Me desperté temprano. Mis hermanos ya estaban levantados: Brenda jugando con sus muñecas, Javi con su videogame.
Fui hacia ellos en silencio, y en voz muy baja los convencí de que le fuésemos a preparar el desayuno a papá.En la cocina, luchando con una lata de atún, mamá cocinaba para el mediodía.
Hicimos tostadas con manteca y mermelada, café con leche, y exprimimos jugo de naranja: el desayuno preferido de papi.
Fuimos hasta la habitación en puntitas de pie, escoltando la bandeja como si en ella llevásemos la copa de cristal más valiosa del mundo.
Entramos haciendo equilibrio, y nos acercamos hasta su cama.
—¡¡¡Feliz día, papá!!! —gritamos los tres al unísono, destapándolo.
Pero lo que ciertamente destapamos fue… nada: papá se había levantado antes que nosotros. La poca luz, que borroneaba los contornos de las sábanas, nos había hecho creer que él todavía estaba acostado.
—¡Papá, papá! —lo llamó Brenda corriendo por el living.
—Debe estar en el baño —dijo mamá, con una voz rara.
Pero enseguida la puerta del baño abierta no fue lo único que nos desalentó.
—Se fue —Javi bajó los brazos, desconsolado, y las cosas de la bandeja se estrellaron contra el piso—. Papá se fue.
Pronto encontramos una carta que ya me sé de memoria:

Querida familia:

Lo único que puedo hacer es pedirles una y mil veces perdón. No quiero parecer un delincuente, huyendo así de mi familia. Ni quiero seguir mintiéndoles. Ni siquiera sé si esto es lo mejor. Pero es lo que tengo que hacer: juntar coraje y terminar con todo esto de una vez. Los quiere y los amará siempre,
Papá

Cuarenta años han pasado desde aquel día, y aunque siga llevando la inexplicable carta en el bolsillo, ya no lo busco más.