lunes, 29 de marzo de 2010

Resurrección - Walter Böhmer


―No voy a poder hacerlo mi Señor.
―No te preocupes, es muy fácil y nadie se dará cuenta. Tengo que ir lejos a reencontrarme con mi espíritu, a recibir nuevas fuerzas que me ayuden. Sabes que no es sencillo hacer esto, por eso te pido este favor Judas. Te pido que me ayudes.
Judas se secó el sudor de la frente.
―Está bien mi Señor, repítame por favor que es lo que desea.
―No es nada que no puedas hacer, por eso te lo pido a vos ―lo animó Jesús apoyándole una mano en el hombro―. Sólo tienes que decir esas palabras y todo el mundo creerá que tú eres yo. Pronto volveré y te libraré de ese peso y te estaré eternamente agradecido.
Judas miró a Jesús y lloró. Como había dicho Jesús, no era difícil hacerlo, se parecía mucho a él físicamente y la tarea era simplemente presentarse en un lugar y decir una frase. Nada de qué preocuparse. Llegó el día, Judas estaba muy nervioso, Jesús se había ido hacía unas semanas y le había dicho lo que sucedería. Nunca había preguntado como lo sabía, era Jesús y Dios su padre, suponía que eso era suficiente, aunque no fuera cierto. Obedecería sin más, fin de la cuestión. Entró al poblado lo más calmado que pudo y se dirigió al Templo de los Fariseos, muchos le besaron las manos agradeciendo que haya vuelto del monte Olivos, muchos otros miraron con odio al supuesto Jesús, enviados a espiarlo. Una vez en el Templo le llevaron una mujer a sus pies, acusada de adulterio, de la muchedumbre surgieron gritos y brotaron piedras hacia ella. Judas tomó todas las fuerzas de su interior y se puso de pie, tal como le dijo Jesús que sucedería, levantó las manos y, lo más calmado que pudo, dijo:
―El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.
Y como le habían anunciado, nadie lo hizo.
Pasaron los días, las semanas, los meses y no supo de Jesús mientras él desempeñaba cada vez mejor su papel; al tiempo, junto a los demás discípulos que sabían del cambio y reunidos en medio del bosque, apresaron al supuesto Jesús, quién rápidamente fue enjuiciado y sentenciado a morir en la cruz. Se supo que Judas lo había vendido por unas monedas, pero lo que nunca se supo es que el propio Jesús en la piel de Judas se había ocultado donde sepultarían al hijo de Dios. Porque Dios era todopoderoso para el mundo, pero todavía no podía resucitar a su propio hijo que, escondido, sólo tuvo que sobrevivir en una cueva, y reaparecer al tercer día.


Tomado de Apología de los Miedos

2 comentarios:

TratoHecho.com dijo...

Excelente. Es de esas ironías del destino por la cual uno comprende la intuición de los griegos antiguos acerca de que existen fuerzas, como Ananké, que superaban incluso los designios de los dioses.

Una idea digna de Nikos Kazantzakis e ideal para hacer un relato más largo.

Ojalá que así suceda para el deleite de los lectores.

Gracias!

Ademir

Florieclipse dijo...

Lo disfruté muchísimo. Muy bien narrado.