miércoles, 22 de diciembre de 2010

DEFCON 1 - Claudio G. del Castillo


–¡Hip! ¡Hiiip!...
–Señor presidente, ¿es usted?
–¿Sí?... ¿Aló?...
–¡Señor presidente!
–Sí, hola, hola. El presidente norteamericano a la escucha. ¿Qué desea?
–Le habla el coronel Bates, del NORAD, señor.
–Ya lo sé; tengo identificador de llamadas, ¿o qué creía?
–Necesito autorización inmediata para declarar DEFCON 1, señor. Esto no es un simulacro. Necesaria autorización para DEFCON 1, ¡ASAP!
–¿Ahora qué pasó? ¿Es que no puedo irme de vacaciones sin que arruinen de mala manera un rascacielos, o engalanen con pelos y tripas las alambradas de la Zona Verde? ¡Por Dios!
–Señor presidente, los radares de vigilancia del SAC lo han confirmado: los rusos lanzaron una andanada de sus Topol-M con cabezas nucleares múltiples. Aún no hemos precisado dónde, pero en diez minutos tocarán el suelo de los Estados Unidos de América.
–¿Y qué quiere que haga? ¿No les aprobé aquel presupuesto para un escudo? ¡Despliéguenlo entonces y comprueben de una vez si resiste o no! A que resiste, ¿va? Quejicas
–¡El Escudo Antimisiles no es…! El escudo no estará operativo hasta el año próximo, señor. Actualmente procurar la intercepción de los Topol-M sería una quimera. La única alternativa: dé usted su consentimiento para ripostar con nuestros ICBM en pleno. Batiremos cada palmo del territorio ruso antes que los cabrones vacíen sus silos.
–¡Juaj! “Ripostar”, dice el hombre. “Batiremos cada palmo”, dice.
–¡Señor, sí, señor!
–Pues resulta, Bates, que atendiendo a una invitación del Primer Ministro, me encuentro de visita en el Kremlin. ¡Impresionantes las cúpulas de la catedral de San Basilio…! ¿Considera descabellado reproducir ese elemento arquitectónico bulboso en el Pentágono?
–¿Está solicitando en código su extracción de la zona hostil, señor presidente? Si afirmativo, despídase de mí con el más ecuánime “Adiós, Don Pepito” de que sea capaz, e ipso facto congelamos el tema Bin Laden y despachamos hacia allá un comando Delta. El mejor.
–¡Ni extracción ni el mismísimo Al-Qaeda en su salsa, coronel! No hablaría tan barato si estuviera en esta cena de recibimiento; con caviar, Voronov y todo lo que le cuelga;En fin, ¿cuál era su pedido?, ¿DEFCON 1? Concedido. Eso sí, de poco le valdrá pulsar el Botón por su cuenta. Siempre que vengo a Moscú echo en la maleta el Remoto Rojo; y ni bien vi su nombre en el móvil, me entró un no sé qué y apreté la teclita de Inhabilitar Sistema.
–Pero… señor presidente... las perspectivas a corto plazo del escenario estratégico-táctico no pueden ser más desfavorables. Usted es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas; deme siquiera una sugerencia.
–Y se la doy, claro que se la doy. Intente a como dé lugar ;(insisto, coronel Bates: a como dé lugar) sacudirse el “Don Pepito” que le endilgaron. Denota falta de carácter y no contribuye a elevar la moral del Ejército. Por lo demás, yo que usted saldría de la oficina a la chita callando y atraparía el primer helicóptero que me pasara por delante. Hace un momento un generalote alzó su copa y me pareció que brindaba por que “¡Kohetova splôtashvili Guachintoski!” –¡Hurraaa!– ¡Hip! ¡Hiiip!… ¿Aló?... ¿Aló?...

sábado, 18 de diciembre de 2010

Abstracto – Héctor Ranea


Pintamos las maderas con suma prolijidad. Habíamos dejado nuestros pinceles lavados, la madera relucía bajo la capa sutil, pareja, tersa de pintura. Quedamos muy contentos de nuestra labor, sobre todo al ver que era tan pulida la superficie que nos podíamos mirar en ella casi como en el espejo de la habitación.
A la mañana siguiente, sin embargo, algo estaba mal. Las líneas estaban confundidas y nacían acá y allá diversos remolinos de colores que jamás habían entrado en nuestras paletas. La madera no relucía sino que resonaba en otros colores, otros tonos, oscuros, siniestros. Nos miramos las manos y estaban limpias. Volvimos a pintarlas esta vez con mayor cuidado, haciendo lo imposible por darles acabados relucientes. Las dejamos custodiadas por un armario sólo para ver, a la mañana siguiente, que los colores estaban aún más desordenados que antes. Sospechamos el uno del otro y la rabia empezó a formarse en nuestro espíritu para solventar tamaña desesperación. Cuando al día siguiente el cuadro en las maderas era desesperadamente abstracto, con los remolinos alcanzando las nubes y los supuestos ríos lavando la madera, me maté colgándome de una de esas maderas. Él no tuvo elección. Al matarme se disolvió su imagen.

Apenas minutos antes de la orden de ataque - Daniel Frini


—No me creo que llames desde Córdoba ―dijo, con un dejo de asombro y, mirando al auricular — ¿Cómo conseguiste hablar con el Cuartel General? ¡Vamos, que no es momento de bromas! ¡Por aquí todo está dado vueltas y no tenemos tiempo para conversaciones! ¡No mamá, no estoy con mis amigotes! ¡No, no estamos tomando nada! Es difícil de explicar, mamá, pero no podemos —repito: no podemos― hablar ahora. Estamos en alerta rojo y es una situación crítica, mamá ¡No, el idiota de Paco no está conmigo! ¡Y José María tampoco mamá! En este momento el General en Jefe está dando las últimas directivas antes de … ¡No, mamá, ya no estoy saliendo con Fernanda! ¡Y no es una cualquiera, mamá! Oye, debo cortar porque me requieren en Planificación de Operaciones y tengo … ¡Hace años que no apuesto mamá! ¡Y aquí no hay hipódromos! Tengo a cargo una división entera de marines y nos preparamos para… ¡No mamá! ¿Y qué hacés en Córdoba? Te avisé hace tiempo que no debías ir por allí ¡Y te rogué que me hicieras caso! No, mamá… No… Te lo repito, ahora… No... ¡Que te tenés que ir, te digo! ¡Ya! ¡No me importan tus amigas mamá! Me están llamando para… No, mamá. Mis soldados están esperándome. Si, mamá. Te lo ruego, márchate ya mismo. Daré la orden para que una nave de rescate pase a buscarte… ¡No, mamá, deja la perra allí! ¡Y tampoco puedes llevar contigo las begonias! ¡Mamá, la nave solo tiene lugar para vos! Que no, mamá ¡Soy Comandante Imperial de la Fuerza de Invasión Marciana a la Tierra, Córdoba será uno de nuestros primeros objetivos y vos no deberías estar allí de vacaciones, mamá!

Sexagenario - Juan Manuel Valitutti


Fue un superhéroe. Pero su tiempo había pasado. Contempló el antifaz que por tantos años lo había secundado en su tarea de combatir el crimen. Lo sopesó en sus manos con cariño paternal y, finalmente, lo remontó por sobre el barandal que se abismaba a la calle. Los peatones que circulaban por la arteria céntrica atisbaron un destello de carmín descendiendo en la brisa solariega. “Algún niño travieso”, pensaron. Pero interceptaron la prenda, y cuando comprendieron de qué se trataba quedaron enmudecidos. Entonces vieron caer la malla protectora, las armas, ¡y la capa, la capa carmesí de…!
—¡Es el Capitán Carmesí! —Las manos señalaban el balcón del edificio—. ¡Sabremos quién es!
Corrieron. Corrieron, y ocuparon los elevadores y las escaleras, y al rato llegaron los reporteros, con sus ansiosas cámaras.
El ahora sexagenario Capitán contempló el despliegue con una sonrisa nostálgica. “Está hecho”, pensó. Se volvió en el balcón e ingresó a la sala de estar. Las puertas se abrieron de un empellón y el público penetró en el secreto santuario. Las voces de asombro y los aturdidores flashes estallaron al unísono.
—Tiempo al tiempo, muchachos... —El ex Capitán trataba de calmar a la turba—. Contestaré a todas las preguntas que quieran formularme, ¡y hasta firmaré autógrafos!
Un reportero se adelantó e hizo alarmantes señas al Capitán.
Entonces el superhéroe retirado lo entendió…
“¡Demonios!”, pensó. “¡Estoy en bolas!”

Ana de los Gatos - Claudia Sánchez


Ana de los Gatos. Así la llamaban en el barrio. Así la conocieron en todo el mundo. Nieta e hija de veterinarios, ella no necesitaba serlo para proteger a los animales más que a su propia vida. El día de su entierro, detrás de las únicas dos vecinas que acompañaban el féretro, se formó una larguísima fila de animales de las más diversas especies, pero sobre todo, gatos. Numerosas familias de gatos se sumaban a la caravana a cada paso. Los abuelos aún recuerdan los maullidos lastimeros que enloquecieron a la ciudad durante la media hora que duró el entierro. Hubo madres que salían a la calle desesperadas, temiendo que algo catastrófico estuviera provocando esos llantos de criaturas. Cuando todo acabó, una tristeza inmensa invadió la ciudad. En medio de un nuevo silencio, notaron que no había animales en ningún lado. Ni hormigas trabajando, ni pájaros volando, ni perros ladrando. Tan insoportable era esa tristeza que uno a uno, todos los habitantes de la ciudad, se dieron cita en el cementerio, donde los animales velaban la tumba de Ana. Cuando el último de los ancianos presentó sus respetos frente a la lápida, los animales retornaron a sus vidas, marcando para siempre en el calendario local el día en que Ana de los Gatos murió.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Cuento de horror 1 - Guille de Horror


Sabía que no debía salir del baño. De cualquier modo era hombre muerto pero no por eso iba a facilitarle el trabajo a su asesino. Si lo habían contratado para matarlo tendría que, por lo menos, derribar la puerta del pequeño baño.
Se notaba que era un profesional, uno de los mejores sicarios de la ciudad.
Hacía más de tres horas que lo había visto entrar al viejo complejo y, desde entonces, no emitió sonido alguno. No pateó la puerta del departamento, no revolvió los cajones, no bajó el volumen del tele, no tosió. Seguramente estaba sentado en una de las sillas de la cocina, esperándolo, paciente, inmutable, fumando, viendo qué formas caprichosas tomaba el humo del cigarrillo antes de desaparecer.
De pronto se decidió, iba a salir. No era un buen final quedarse encerrado, esperando que otro eligiera el momento de su partida. “Si voy a morir, que sea cuando yo quiero” pensó, y abrió la puerta. Ésta crujió como crujía cada maldita vez que la abría.
No había nadie. Ni en la cocina, ni en la habitación, ni en el largo pasillo que los chicos del edificio usaban como autódromo. Respiró profundo, se alivió.
Pasaron unos minutos, quince, veinte o quizás más, y una sensación conocida, horrible y desagradable pero conocida, lo atrapó.
Era ella, la misma inmunda sensación que lo había paralizado un mediodía de febrero, allá por el ´87 u ´88, y que cada tanto volvía. Otra vez ella, otra vez la urgente necesidad de esconderse de su asesino. Y se encerró en el baño.

Donnatest - Samanta Ortega Ramos


Conozco a chicas que dejaron el romanticismo y la sorpresa a un lado y fueron directo a los test de ovulación desde el momento en el que empezaron a buscar. No fue mi caso: alegué que no me convencía la idea de traer al mundo a un bebé de forma robótica y que quería que fuera mágico. Pero la verdad: necesitaba tiempo para digerir la idea.
A los seis meses, como la idea ya estaba a punto caramelo y no había ni rastros del ‘prototipo’, supuse que era hora de intentarlo a la nueva usanza.
El problema fue cuando abrí la cajita y vi el manual de instrucciones. Me pedía que sacara el promedio de los últimos 6 ciclos para saber cuándo empezar a hacer los test. El problema: podría intentarlo sólo 5 veces y si calculaba mal tendría que comprar otra cajita. Eso significaba el 6% de mi sueldo. Como buena chica irregular que soy (cuando escribo esto no puedo evitar pensar en los productos de un outlet con pequeños defectos. Lo bueno es que siempre hay alguien que los quiere igual) lo iba a tener más difícil que nunca (sumado a los ya habituales y fanáticos granos de siempre, a los dolores que con los años se duplican y a los humores increíble-hulkistas). Demasiado.
Al mes siguiente cambié de marca como quien cambia de un partido político a otro en Argentina. El Donnatest, minimalista, era más higiénico, fácil y venía con material bonus: dos test más y uno de embarazo (además no hacía referencias desalentadoras para quienes tenemos ovarios poliquísticos como: los resultados pueden no ser fiables). Eso sí, habría que cumplir a raja tabla el procedimiento:
Hacerlo a la misma hora, entre las 10h. y las 20h.
No utilizar el primer ‘caldito’ de la mañana. (Un alivio. Cuando uno se levanta no se acuerda ni de cómo se llama).
No beber mucho líquido dos horas antes. (Mucho es un término ambiguo y no aporta información: ¿qué, un vaso, dos, un litro?)
Recoger el ‘caldito’ en un recipiente limpio y seco. (Mejor así. Imposible hacer bucear a la placa, en vivo y en directo, sin salir con la mano barnizada).
Dispensar con el gotero 4 gotas en la ventana de muestra de la placa. (Realmente es como sentirse en un laboratorio).
Esperar 10/12 minutos y leer el resultado. (¿Y mientras hago como que estoy en otros temas?)
Dos rayitas: positivo. Estará ovulando posiblemente entre las próximas 24-48 horas. (Ese día y los dos siguientes son los días más fértiles. Momento de ponerse la ropa de entrenamiento).
Claro que como mencioné antes, soy una chica irregular y parece que eso se arrastra al resto de la vida. Durante los últimos 6 meses, si no estaba en una reunión, almorzaba con una amiga entrañable o simplemente me olvidaba por la cantidad de trabajo que había, o estaba en otro país con un desfase horario imposible de hacer cuadrar (ni loca ponía el despertador una hora antes de las 4 para hacer pis y esperar despierta a que me vengan ganas otra vez, a las 4, para recoger el caldito bueno).
En fin, en mi mundo imaginario, las chicas regulares toman café regular (nada de descafeinado), son exitosas, con una bellaza constante, y comen helado y tiene hijos cuando quieren sin engordar. ¿Alguien sabe si es contagioso? Puedo camuflarme entre ellas muy bien si quiero. Es el momento de intentarlo todo.


Tomado del blog: http://unaembarazada.blogspot.com/
Sobre la autora: Samanta Ortega Ramos

Sueños ajenos - María del Pilar Jorge


La mujer gime. Rondas de sueños ajenos trepan por las telarañas de sus pensamientos; la atormentan con visiones de gigantes desgarbados acechándola con sus ojos perversos.
Los descomunales monstruos dejan escapar de sus gargantas sonidos guturales. Ríen, beben, bailan y pelean en torno de una eterna hoguera en la que crepitan los leños que ellos rescatan para alimentar sus candelas.
Ella desea huir. Si sólo pudiera abrir los ojos lo lograría, pero los extraños no la dejan y la obligan a seguir soñándolos. No es nada personal, es sólo que ellos no quieren disolverse en ese vacío que deja el final de las pesadillas en el infeliz durmiente que acaba de padecerlas.
Por eso, los gigantes danzan y seguirán haciéndolo hasta que el sueño de la mujer se convierta en otro sueño más profundo del que ya no podrá despertar. Nunca más.

martes, 14 de diciembre de 2010

La partida – Armando Azeglio


Nunca supo con exactitud cuál fue el momento, el instante en el que se terminó de mimetizar con la ola gris de oficinistas que a las siete de la tarde volvían a sus casas. Cientos, miles, millones en todo el mundo iban y volvían a sus trabajos detrás de las mismas cosas: mismos autos, mismas vacaciones, mismos objetos, mismos tipos de relaciones. A eso le llamaban libertad. A la posibilidad de elegir entre un tipo de gaseosa u otro. A eso llamaban policromía, a la mezcla apremiante de tonalidades que surgía de los anuncios publicitarios. Gris, no había colores.
Lo cierto es que un día se vio a si mismo con los mofletes caídos vistiendo esa coloración. Se vio a si mismo átono y mirando mas allá de las vidrieras. Sentía un agujero negro en el centro de su alma que devoraba todo lo que el percibía: casas, autos, homo sapiens disfrazados.
Llegó a su departamento. Lo esperaba una mujer inverosímil. La escrutó vacilante. Con minucia. Con cierta incertidumbre.
—Vamos —le dijo ella—; ya es suficiente.
Él tendió su mano.

Evolución - Daniel Sánchez Bonet


Con Lucía, no hubo más que sexo e instinto, como dos animales en celo sueltos en medio de la selva. Con Azucena, empecé a descubrir el amor y años más tarde, con Ángela, aprendí por fin a controlar mi naturaleza primaria. Con las dos siguientes, Teresa y Yolanda, averigüé los beneficios de la vida en sociedad, propia de los humanos y erguí definitivamente mi espalda para exhibir mi altivo orgullo de serlo. Pero, la rutina y el trabajo acabaron conmigo: fueron tan nocivos para mi organismo que desarrollé unas tóxicas mutaciones en pies y brazos. Entonces, alertado por mi instinto de supervivencia y aquejado por un molesto picor que recorría todo mi cuerpo, me arrojé al agua para calmar mi dolor. No había más, o sobrevivir o morir.
Ahora, ya en mi hábitat natural y sumergido entre las profundidades, sólo tengo ya una única preocupación: buscar a Lucía lo antes posible para recuperar el tiempo perdido.


Tomado del blog http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2010/12/03/evolucion/

domingo, 12 de diciembre de 2010

Madrugada - Laura Ramírez Vides


Escucho a una mujer gritar. El grito es largo y desgarrador, de esos que salen bien de adentro, de las entrañas; profundo.
Siento una presencia a mi lado. Me despiertan tocándome el pecho. Un dedo toca la base de mi esternón.
Giro mi cabeza al mismo tiempo que abro los ojos. Ahí está parada, mirándome; la veo al amparo de la media luz de la madrugada que entra por las rendijas de la persiana. Me muestra un brazo todo manchado, lo toco, está pegajoso. Me incorporo en un movimiento lento. La miro mejor y su cara parece mal maquillada, con pinceladas burdas que le rodean la boca, impregnan sus mejillas, invaden su nariz. Le pregunto si está bien. Asiente. Sus ojos denotan una sabia serenidad. La tomo de la mano y con calma nos vamos juntas al baño. Empiezo a lavarla, en silencio. La sangre corre despintando ese cuerpo que amo tanto. La ceremonia se interrumpe por mi voz.
—¿Te sangró la nariz?
—Sí, mamá.

Laura Ramírez Vides
Tomado de El patio de la morocha

Cajas chinas - Walter Iannelli


Fumábamos casi en silencio frente a la última mesa de billar, cuando llegó el Ruso. Dejó el bolso en el suelo, arrimó una silla y se zampó el resto de mi vaso de ginebra. 
—Lo vi con mis propios ojos. Y con éstos— dijo y se agachó para sacar la cámara y acariciarla como si fuera un animalito. 
Nos miramos de soslayo entornando los ojos. El Ruso se pasaba la tarde espiando por la ventana y siempre se traía alguna historia soporífera. Pero estábamos aburridos, afuera había empezado a llover y El Ruso tenía una cara rara, como si hubiese visto un fantasma.
De modo que apoyamos las cabezas sobre la palma de una mano y le clavamos unos ojos permisivos, casuales y llenos de humo.  
El Ruso empezó diciendo que, esa tarde, enfocando a tientas, había visto a un viejo que tomaba mate en el balcón del tercer piso del edificio vecino. Camiseta gris llena de agujeros pegada a la panza, barba tupida, yerba en una bolsita, cortaplumas con mango de ónix. Parecía aburrido, miraba hacia abajo.
Abajo, en el patio del edificio, otro tipo leía el diario en una silla playera. Resultaban graciosos los movimientos de robot al correr las páginas, decía. El modo en que echaba hacia atrás la nariz para que el papel no le pegase en la cara. Una pelada perfecta y redonda que brillaba a la resolana y un reloj del tiempo de ñaupa en la muñeca izquierda. Lo podía ver muy bien, insistió el Ruso señalando los aparatos. 
—El del patio no sabía que el del balcón lo miraba, y del balcón no sabía que yo los miraba a los dos —recitó—: El hilo que une al mundo, para que no se desmorone.  
Suspiré y cerré los ojos. La filosofía del Ruso. Nunca le entendíamos un carajo. Apenas nos comunicábamos por propiedad transitiva, a través de las fotos que depositaba noche tras noche delante de nuestras narices. Un vínculo que se me ocurría frágil e inconsistente. 
—¿Y? —dijo Polo. 
El del mate tenía una maceta con un geranio, dijo el Ruso. Cada tanto tiraba un poquito de yerba en la tierra de la maceta, la movía de lugar sin motivo aparente. Y seguía al de abajo. Y el tipo de abajo leía frunciendo la nariz y achicando los ojos, quién sabe, las noticias. 
Levantó la vista, midió el auditorio.
—Estaba cantado— dijo, de pronto, levantándose. 
Nos quedamos con la vista en su silla vacía. Tres tipos entraron apurados por la puerta vaivén, y una brisa fresca de la calle corrió con olor a lluvia entre el tufo amarillo y caliente. Di vuelta la cabeza. 
El Ruso estaba del otro lado de la mesa de billar con un taco en la mano. El cuerpo flacuchento se recostaba sobre el verde más raro y sucio que nunca. Así, agazapado y en posición de tiro, cortado al medio, parecía un tullido abandonado sobre el paño.  
Con un movimiento suave del taco, los marfiles amarillos y rojos se rozaron con ruido a castañuelas.
Después sacó la cabeza y se movió hacia la oscuridad del tablero. Escuchamos cómo las fichas de madera se deslizaban sobre la pértiga de acero, chocaban entre ellas. El fósforo con que prendió el cigarrillo le descifró la cara llena de surcos.
—Un punto atrás del otro —dijo, hablándonos con voz lobuna desde la penumbra—, hasta completar la línea.
Sentí lástima. Sergio y Polo estaban con la boca abierta. Sentirían lo mismo. En otra ocasión se hubiesen reído.
—Mucha paja —susurró Bocha.  
El Ruso rehizo el camino y se inclinó para meter el aliento a muelas podridas entre nuestras cabezas.  
—Un tipo que lee el diario, otro que lo vigila con una maceta en la mano. Yo, arriba de todo con la Nikon —dijo. 
Acto seguido sacó un paquete del bolso y lo dejó arriba de la mesa. Pitó el cigarrillo y sopló el humo en dirección al techo.
—Un lindo geranio. ¿Qué otra cosa podía hacer que sacar fotografías?  
Guardó los aparatos, se colgó el bolso al hombro y caminó displicente hacia la puerta, alumbrado de la cintura para abajo por las tulipas rectangulares, como si hubiera venido nada más que a hacer un trámite. En un instante lo vimos salir a la lluvia, a la tormenta. 
Abrimos el paquete y nos quedamos mirando las fotos una a una en el orden en que el Ruso las había dejado. El geranio rojo congelado en el aire. Y después borroso en la caída que parecía volver aún más sólida la maceta. Y el tipo del patio. Inclinado en la silla. La cabeza redonda y calva que dejaba escurrir un hilo de sangre entre las baldosas. Una mirada sobre una mirada. Y ahora la nuestra arriba de todas. 
—Lo parió... — dijo Bocha.     
—Sí —dije. 
—Café —pidió Polo con un brazo en alto.

Tomado del libro Metano

Acerca del autor:

viernes, 10 de diciembre de 2010

Réquiem entre los árboles – Fernando Puga


Ella nunca llega tarde a la cita. Luce distinguida, sutil, resuelta; no necesita prepararse para llevar a cabo su cometido. Ella es su trabajo y lo hace sin culpa ni piedad. No recibe pago alguno; ningún tipo de recompensa la estimula. Cumple con su deber; puntual, poderosa, infalible.
La muerte.
Hace ya un tiempo que ronda nuestra casa del bosque, aguardando el momento preciso. Pasó por aquí hace unos días, se llevó a Juan, y ahora la estoy esperando. Sé que no ha de pasar mucho tiempo para que regrese por mí. Ahora que terminó todo, que él está bien enterrado y ya cumplimos con todos los ritos de despedida, ella volverá.
Desde que el alba empezó a dibujar los árboles del bosque, estoy sentado en esta galería de piso de ladrillo donde solíamos instalarnos por las tardes a matear mientras Juan revisaba papeles, escuchábamos tangos o conversábamos. Este era su lugar; su santuario; yo a su lado, en los días más bellos de mi vida. En su sillón de fina madera, pasaba horas contemplando los árboles. Juan amaba los árboles; no otra es la razón por la que finalmente tomó la decisión de vivir aquí y no sólo venir de vez en cuando a buscar algo de aire. Lo acompañé sin dudarlo apenas se atrevió a proponérmelo, aun sabiendo que saldría a la luz nuestro secreto. Ese secreto mantenido durante tanto tiempo por temor al daño que podría ocasionar la verdad a ese hijo que creció receloso, con su padre en casa pero tan lejos. Ese hijo que Juan tuvo en su juventud cuando intentó una vida contraria a su deseo para eludir la mirada inquisidora de los otros. Esos otros que ahora, al vislumbrar el final, nos darán vuelta la cara.
—No hace falta que la casa sea muy grande ¿verdad?
—No mi amor ¿para qué? —Solos, juntos en un cálido hogar del bosque. Eso sí, una amplia galería donde sentarnos a esperar al sol que vuelve día tras día a confirmar la presencia de esos árboles, compañeros fieles que nunca hacen preguntas.
Daba gusto verlo mimar esos tres abedules que plantó aún antes de empezar la edificación de la casa del bosque. Porque tenían que ser tres, ya se sabe. Por aquello de la salud, el dinero y el amor. Sólo esa peste inmunda, esa enfermedad que nos aprisionó a los dos con sus tentáculos de pulpo rosa cuando nadie comprendía nada, pudo impedir que alcanzara los tres objetivos. ¿Y los gigantes pinos centenarios? Los que resisten los embates urbanísticos y refugian a los guardianes del bosque; esos chimangos que graznan en la altura presintiendo la muerte. Hasta los aromos que crecen por doquier y son despreciados por los vecinos, eran para Juan de un valor incalculable.
Los años compartidos entre árboles, pájaros y senderos de barro nos hicieron mejores personas. Nos teníamos el uno al otro. ¿Y el mundo? El mundo algún día aprendería.

Y ahora yo, solo, sentado en ese mismo sillón, entre nuestros árboles, a la hora del alba. La espero. Sabiendo que no tendré quién me tome la mano, quién esté a mi lado más que los árboles. Porque sé que ella volverá por mí; que si aún no volvió es por no importunar.
Ella sabe que yo tenía que tomar la mano de Juan, sentir su último aliento, levantarme deshecho hasta el teléfono para llamar al médico, confirmar la noticia. Que tuve que soportar la mirada maliciosa de ese hijo al que Juan había perdido, no sin dolor, tantos años atrás; ese muchacho tan circunspecto en su sobretodo de pelo de camello, llegando en su coupé para cumplir y asegurar su herencia, escrutarme de costado y despreciarme; ese hombre distante y prepotente ignorando mi presencia y mis derechos, que huyó enseguida del entierro a seguir con su vida en la gran ciudad. Ese hijo que no pudo entender cómo Juan se enamoró de mí. Y no me lo perdona. Ni yo a él.
Ahora ya es tarde. Él disfrutará de los bienes de su padre y yo…
A mí Juan supo darme lo que necesitaba y ahora, sin él, sólo deseo seguirlo. Por eso, mientras la luz se entrevera entre las ramas de los árboles a medida que el sol avanza en su diaria rutina, la espero.
Y esperándola, y bañándome en el recuerdo de las tibias caricias de Juan, tengo la certeza de que hoy será la última vez que frente al espejo me transforme para él.
En este día del adiós delinearé con cuidado mis cejas, pintaré de carmesí mis labios y mis uñas, un poco de rubor en mis mejillas, y elegiré cada prenda: las medias caladas de nylon, la pollera corta, el sostén con relleno y la remera ajustada, los tacos altos, el abrigo de piel de nuestro aniversario… Y la vieja peluca rubia; la que Juan desenredaba con sus dedos rústicos, delicados, húmedos, ansiosos.
Y al atardecer, repleto de amor, hecho mujer, regresaré a este sillón de la galería con la sola compañía de los árboles y mientras el viento me arrulle entre las hojas, entornaré los ojos anhelando que la hija de la noche, otra vez puntual y segura, silencie mi boca, tome mi mano y me entregue a los brazos de Juan.

Tauromaquia zombi - José Vicente Ortuño


El zombi salió de su tumba vestido de luces y enrollado en un capote, tal como lo habían enterrado sus devotos seguidores. En su menguado intelecto, un poco superior al que había disfrutado en vida, sólo giraba una idea: regresar a la plaza y hacer la mejor faena de su vida. Aunque las calles eran un campo de batalla, llenas de cadáveres destrozados y coches en llamas, nadie lo detuvo. Entró a la plaza de toros. Las gradas, como se decía en el argot taurino, estaban llenas de zombis hasta la bandera. En el albero un toro intentaba cornear a los que se escondían tras los burladeros. A los que conseguía cornear los destripaba y pisoteaba sus restos, hasta convertirlos en pulpa que se fundía con la arena amarilla. El torero-zombi desplegó el capote, dispuesto a lucirse y matar al torote una certera estocada. Entonces el público lo ovacionaría y le concederían las dos orejas y el rabo, tras lo cual lo sacarían a hombros por la puerta grande. El toro-zombi observó al torero y lo reconoció, era aquel humano que lo había torturado clavándole en el lomo repetidas veces unos objetos cortantes, que había provocado muchísimo dolor. Luego él había empitonado al humano y le había sacado las tripas. Había disfrutado devolviéndole el dolor que le había inflingido. Luego otro humano vestido de verde lo había matado a él con un objeto que sonaba como un trueno. Sin embargo, ahora estaba vivo, ambos estaban vivos de nuevo, y la escena parecía que iba a repetirse otra vez.
La figura renqueante desplegó el capote y citó al toro: —¡Eh, toro! ¡Eh! El toro-zombi sintió el impulso irrefrenable de embestir contra aquel trapo de color rojo, pero los recuerdos de la agónica tortura que había sufrido le hicieron contenerse un instante.—¡Eh, toro! ¡Eh! —repetía el torero haciendo oscilar el capote, que lo tentaba con sus movimientos hipnóticos. El toro-zombi embistió. Sin embargo, cuando el torero se hizo a un lado para engañarlo, no siguió la tela roja, sino que continuó derecho hacia el torero, embistió con todas sus fuerzas y le clavó un cuerno por debajo de la barbilla. El pitón le atravesó el cráneo y la montera, pero era tal la fuerza de la embestida que le arrancó la cabeza. Los miles de zombis que llenaban las gradas aullaron y aplaudieron enardecidos, mientras el toro-zombi daba la vuelta al ruedo luciendo su trofeo ensartado en el asta.

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/jose-vicente-ortuno.html

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Alquimia de la reencarnación - Antonio Báez Rodríguez


No debo decir que he sobrevolado la ciudad, pero se me permite decir que he soñado sobrevolarla. Todo empieza a darme un poco igual, sinceramente. Habrá quien piense que he perdido el juicio y quizás no le falte razón. Estoy subido a un árbol, soy mi hijo mayor subido a un árbol y soy mi mujer en ese mismo árbol cuando era niña. El suelo está lleno de flores, hermosas flores carnívoras. Leo el libro que más me ha gustado en mi vida, un libro imposible, un libro que no se lee, no puede leerse, pero yo lo leo concienzudamente y hallo en él un consuelo y una paz inefables. El libro me cuenta que estoy muerto, que he de empezar a pensar que estoy muerto, que el jardín en el que me hallo nunca existió, que el árbol al que estoy subido hunde sus raíces, existentes, en un espejo, que las plantas me quieren jamar. Es destino de todo aquel que pierde la vida ser devorado y ha llegado mi momento. Bajo del árbol, poso los pies en el suelo y enseguida empiezo a ser engullido. Sé que muchas personas han deseado lo que me está ocurriendo. A medida que desaparezco una de las flores va adquiriendo forma de homúnculo. Conforme menguan, zampadas, las extremidades de mi cuerpo, van surgiendo de un tallo grotescos apéndices soñados. No para ahí la cosa. Ya no existo. Existe ahora un ser hombreárbol que quiere encontrar el camino que lo traiga aquí, de donde borrará toda huella que haga referencia a mí.


lunes, 6 de diciembre de 2010

Peticionar - Héctor Ranea


El tinterillo cagatintas de cuarta categoría Flavio Josefo Algunis miró con cierta desconfianza al que tendía ese papel, pero correspondía a la etiqueta para un abogado. Tenía traje negro, corbata azul, camisa. En fin, la camisa estaba bastante sucia, el pelo bastante alborotado aunque fijado. No sería gomina, pero estaba fijado, como pedía el Juez. Mientras trataba de leer la nota presentada, de reojo Flavio veía al abogado que miraba hacia su cabeza con fruición, pero tampoco lo preocupó demasiado. Sucedía con alta frecuencia que gente rara se entusiasmara con su peluca, por lo que no le dio ninguna importancia y se dedicó al documento. Este rezaba, en resumen, que consideraban que el colectivo que era representado por quien presentaba el documento, debían ser considerados con otro término, ya que éste tenía connotaciones peyorativas, alejadas de la corrección política necesaria para la convivencia. Era, según ellos, una ignominia cómo se los denominaba, ya que en realidad sólo (en este punto el Procurador, según viera Flavio, se acomodó de manera ostensible la nariz y el labio superior así como la oreja izquierda) se trataba de personas que habían sido rechazadas por un organismo constituido por personas con opiniones, no basado en hechos científicos y por lo tanto no comprobables ni certificables. Además, al no tener terminología en buen castizo, se apelaba a una palabra con connotaciones ofensivas. El tinterillo observaba con el rabillo del ojo al peticionante, que estaba en un estado de ansiedad casi delirante. Siguió leyendo, como si fuera imperturbable. En la demanda, el grupo de rechazados sociales levantaba una denuncia difusa a toda la sociedad pero, en particular, al Estado, por haber cultivado en la población una aversión peculiar hacia la circunstancia en la que vivían (así decía el documento) ellos y, aunque veladamente, mencionaban que obrarían con todos los medios de que los dotaba la ley (¿cuál ley? —pensó el tinterillo) para su reivindicación.
Repitió, inconscientemente, la palabra ‘reivindicación’ y la fórmula de despedida usual. Levantó la cabeza y lo que vio lo alarmó. El apoderado firmante estaba echando espuma por la boca. Una espuma bastante hedionda y de mal color. Se había arrancado el saco y la corbata haciendo jirones la camisa mugrienta. Aullaba de manera perturbadora y, en lo que tardan los ojos en parpadear, saltó al mostrador de Flavio, agazapándose con una mueca parecida a una sonrisa en la boca deformada por los colgajos de labios podridos. Se abalanzó apuntando a la cabeza del cagatintas, pero éste lo esquivó con elegante agilidad, dejando que el atacante se aplastara contra el piso. Retuvo el cuerpo con su pierna sobre el cuello del agresor, sacó una estaca de plata, la clavó en el pecho y el otro, en un grito escalofriante, se sublimó en forma de espuma gaseosa. Antes de que se disipara, Flavio Josefo, tinterillo de cuarta dijo, dirigiéndose a otros peticionantes:
—¡Zombis de cuarta! ¿Aprenderán alguna vez a comportarse frente a nosotros, los zombis de primera? —Y sin más concluyó con amabilidad, suavemente —¡Que pase el siguiente!

Sobre el autor: Héctor Ranea

Der rattenfängen - Daniel Frini


En junio de mil doscientos ochenta y cuatro, Hameln estaba infestada de ratas.
Los buenos hombres de la ciudad no encontraban forma de librarse de ellas, aún después de haber recurrido a los más afamados alquimistas de la comarca. Cierto día se hizo presente un músico extraordinario, pero misterioso, que decía venir de la vecina Hadessen. Prometió librarlos de la plaga a cambio de un fabuloso extipendio. Desesperados, los habitantes aceptaron. El Virtuoso estaba acompañado por un séquito de diez sirvientes y pajes, que montaron su enorme órgano tubular y lo dispusieron en la Plaza Mayor, cinco chantrés, cuarenta integrantes del coro; y, claro está, seis diáconos y un déan.
El Músico se sentó al frente del instrumento y durante dos días, de continuo, entonaron motettos, discantos, conductos, gymels, faux-bordones, duplos y triplos, rondellós, hoquetos, responsorios, canons, ave verum corpus, imitaciones y fugas, tropos y secuencias. Costó mucho, pero al final de la segunda jornada, la plaga había dejado Hameln rumbo al río Wesser.
El Cazador de ratas exigió el pago, pero los habitantes de Hameln no pudieron reunir la fortuna acordada. Con parsimonia, el músico ordenó a su cohorte que se alistasen nuevamente. Otra vez se sentó frente a su órgano, suspiró y descargó sus manos sobre las teclas. El tritono prohibido «Mi contra Fa», el diabulus in música, atronó el aire. Chantrés, coro, diáconos y dean se trasvistieron en trouvés y juglares cazurros, ministriles, goliardos, minneängers, saltimbanquis, equilibristas, meretrices y bailarinas. De sus viejas carretaas sacaron sus instrumentos: rabés, fídulas, cornamusas, zanfoñas, arpas, cémbalos, laúdes, cornetas, chirimías, sacabuches, añafiles, trombettas, flautas de pico, alboques, traveseras, bombardas, dulzaínas, caramillos, cromornos, bajones, darbukas, tamboretes, panderos, olifantes, buccinas, crótalos, vihuelas, cornettos y pífanos; la mayoría de ellos censurados por la Santa Madre Iglesia.
Durante otros cinco días entonaron baladas, madrigales, virelays, frottolas y caccias, cançós, sirventés, laudas, cántigas y canciones del alba, lays, canciones de mal casada y canciones del trabajo, pastorellas, estampiés, tençós y hasta jarchas y moaxacas. Bailaron basse danse, salterello, danse macabre, branle y tresque, carolas, y tantas otras danzas prohibidas desde las olvidadas bacanales del pasado. Bebieron vino, cerveza, hipocrás, claré, hidromiel, sidra y perada expropiados de las casas de la ciudad. Se emborracharon hasta caer y escandalizaron a todos con sus gritos, sus obsenidades y exhibiciones orgiásticas.
Al fin de la séptima jornada, cansados de tanto vicio y vulgaridad, alarmados por tanta ostentación demoníaca, los buenos vecinos de Hameln negociaron con los varegos del rey noruego Magnus el sexto; y les vendieron, como esclavos, ciento treinta de sus niños.
Cuando le hubieron pagado, el Músico ordenó a los suyos que desmontasen el gran órgano, guardasen los instrumentos y se preparasen para partir.
Dejaron la ciudad el veintiséis de junio, día de los santos Juan y Pablo.
Acamparon en Emmerthal, a un día de marcha de Hameln. Dos de los sirvientes del Músico se adelantaron, con una gran carreta, hasta Ottenstein y se detuvieron a unas trescientas yardas de distancia da las puertas de la ciudad. Allí liberaron el cargamento.
En julio de mil doscientos ochenta y cuatro, Ottenstein estaba infestada de ratas y los buenos hombres de la ciudad no encontraban forma de librarse de ellas. Cierto día se hizo presente un músico extraordinario, pero misterioso, que decía venir de la vecina Hameln. Prometió librarlos de la plaga a cambio de un fabuloso extipendio.

Sobre el autor: Daniel Frini

Nada se pierde - Sergio Gaut vel Hartman


El abuelo estaba sentado en su sillón preferido y hacía como que leía. Pero en algún momento su mano quedó en el aire, repitiendo automáticamente el movimiento de dar vuelta la página, cuando ya no había páginas que dar vuelta. Muy desagradable.
—¡Mamá! —gritó Juana—. El abuelo se tildó.
—Tal vez se le terminó el libro —dijo Lidia, madre de Juana y nuera del abuelo, desde la cocina.
—Sí, eso.
—Estoy amasando tallarines. ¿Podrías ocuparte?
—¡No! Me da asco tocar a un muerto.
—Es tu abuelo, y no está muerto. A tu padre le costó una fortuna reciclarlo.
—¡No me importa! No está vivo como nosotros.
—Todos esos sensores, relés, micromotores, y los demás chismes le han devuelto la vida.
En ese preciso momento, el abuelo se irguió en el sillón y con voz sonora dijo:
—¡Jóvenes soldados! ¡La patria reclama vuestra sangre! ¡El clamor de la batalla…!
—¿No te dije? —Juana se tapó los oídos con las manos.
—¿Dónde está el control remoto? —preguntó la madre.
—Igual no tiene pilas.
—¿Será posible?
—Y el viejo no está a mi cargo —concluyó Juana.
El reciclado alzó el brazo. —¡Nuestros ilustres antepasados! ¡La gloria de los que dieron su vida…!
—¡Dale un golpe en la espalda!
—¿Yo? ¡Ni loca!
—Sí. Tengo las manos llenas de harina. ¡Vamos, o se va a pasar toda la tarde pasando esa grabación ridícula de cuando era coronel!
Con infinita aprensión, Juana se acercó al abuelo y le dio el milagroso golpe en la espalda. La voz se apagó al instante, pero luego de vacilar un momento, la cabeza rodó hacia un costado y cayó sobre las cerámicas del piso con gran estruendo.
—¡Por favor, no! —exclamó la madre con voz quebrada—. La última vez que se le cayó la cabeza nos arrancaron los ojos. —Y previendo la posibilidad de que Juana interpretara eso literalmente, agregó—: Los técnicos.
—Siempre estuve en contra de esa idea de papá.
—¡Hija, es tu abuelo!
—Mi abuelo se murió hace dos años. Esto es carne que no se pudre gracias a los líquidos que le inyectaron y a las varillas que tiene metidas entre los huesos. —Juana se acercó al reciclado y metió la mano en el hueco que había dejado la cabeza al caer; sacó una cápsula de plástico—. ¡Esto es el abuelo! Un símil, una falsificación. Todo el abuelo que nos queda cabe en este cartucho.
—Es mejor que ir al cementerio —dijo Lidia entrando a la sala—. A ver si lo puedo arreglar. —Colocó la cabeza sobre el cuello y trató de atornillarla.
—Para el otro lado —dijo Juana.
—Para el otro lado, okey. —Pero luego de cinco o seis intentos infructuosos se dio por vencida—. ¿Dónde está el número de la empresa?
—¿No era que nos iba a salir un ojo de la cara?
Lidia se detuvo y miró a su hija con malicia. Luego, sin dar mayores explicaciones tomó el atizador que estaba junto a la chimenea y empezó a machacar el cuerpo del reciclado. Juana no tardó en captar la idea y fue a buscar algo semejante en el cuarto de las herramientas. Cuando regresó con una azada, su madre le dijo:
—No es asesinato.
—Claro que no es. A un lado que me toca a mí.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Taxi - Víctor Lorenzo Cinca


Aunque no me apremia el tiempo, pues todavía faltan dos horas para la cita, decido coger un taxi para que me lleve cómodamente al teatro. No tengo ninguna prisa, pero no quiero llegar agotado por el paseo; prefiero esperar allí tomando una copa. Enseguida aparece uno en la esquina, y con el mismo gesto con el que pido la cuenta en los bares, hago que se detenga. Entro por la parte trasera ―no me gusta ir de copiloto en los coches―, intercambiamos un tímido saludo, y mientras me acomodo en el asiento escucho débilmente la voz del taxista:

―Avenida de Madrid, número doce, por favor.
―¿Perdone?
―Avenida de Madrid, número doce, por favor ―repite el taxista.

Se gira, conecta el taxímetro y se incorpora con seguridad a la circulación, no sin antes recomendarme que me abroche el cinturón. En realidad no hace tanto que vivo en esta ciudad, y aunque todos aseguran que debo verla, jamás he estado en la Avenida de Madrid, por lo que no protesto y me dejo llevar. Mientras me observa como si nada por el retrovisor, me comenta lo difícil que está el oficio, las dificultades económicas por las que pasa el sector, la amenaza de la crisis, y termina, como todos, despellejando a políticos de uno y otro bando. Advierto, mirando distraídamente por la ventanilla, que el conductor no ha elegido la ruta más corta, pero tampoco muestro mi disconformidad: se ve que el tipo no está pasando por un buen momento y me compadezco de él. Al fin, detiene el taxi en doble fila, enciende los cuatro intermitentes, y parando el taxímetro masculla:

―Ya hemos llegado: Avenida de Madrid, número doce. A ver, serán catorce con quince...
―¿Cuánto dice?
―Catorce con quince ―repite con claridad―. Un momento por favor.

Mientras busco en mi cartera el dinero, el taxista se vuelve y me alarga dos billetes, uno de diez y otro de cinco. Me dice que me quede con el cambio, y se despide de mí con un guiño y un hasta la próxima.

Ya en la acera, con los billetes todavía en la mano, contemplo la avenida de la que tanto me han hablado y me decepciona: hay poquísimos árboles y casi nadie, excepto algún coche, pasea por ella. Me guardo el dinero en el bolsillo trasero mientras pienso lo fácil que ha sido obtenerlo, y como todavía tengo tiempo se me ocurre volver a intentarlo, subir de nuevo a otro taxi y esperar a ver dónde me lleva y cuánto me pagará por ello. Aparece otro al momento y le hago un gesto para que pare. Una vez dentro, en silencio, espero ansioso las palabras del taxista, que me pregunta:

―Buenas tardes, ¿dónde le llevo?
―¿Perdone?
―¿Que dónde le llevo, por favor?
―Lo siento, no le había oído ―miento―. Al teatro principal, por favor ―contesto al final desilusionado.

Me abrocho el cinturón y, para distraerme durante el trayecto, le pregunto cómo van las cosas en el mundo del taxi, si les afecta la crisis, y esas cosas, no sin antes indicarle que me lleve directo al teatro, sin hacer rodeos, porque –ahora sí- tengo un poco de prisa.


Tomado de Realidades para Lelos

sábado, 4 de diciembre de 2010

En el dentista - Fernando Puga


Ella se reclina sobre el sillón. Vino con la muela cariada. Esa muela, la que esconde un infrecuente tejido en las profundidades que él descubrió la primera vez que la atendió.
Había venido entonces a hacerse una limpieza dental y cuando el torno sopló sobre el segundo molar inferior derecho, sintió que se le humedecían los labios vaginales y se tensaba el clítoris. Él se sobresaltó cuando ella empezó a acelerar la respiración y retiró el torno de la boca. Ella suplicó que siguiera, que no dejara de hurgar en esa muela y él obedeció. Fuera de sí, ella arrancó la bragueta del doctor con la mano derecha mientras con la izquierda bajaba su calza y su bombacha y le ofrecía la vagina abriéndola con sus propios dedos.
Él entendió.
Desde entonces no ha habido semana en la que ella no tomara un turno con el dentista.
Pero hoy viene sin avisar, llora de dolor; sabe que el doctor tendrá que efectuar un tratamiento de conducto y matará todos los tejidos nerviosos que se asoman entre el esmalte dental.
Hoy será la última visita.

Génesis 8 bis - Víctor Lorenzo Cinca


Después de cuarenta días, Noé quiso comprobar si las aguas por fin se habían secado y soltó una paloma que tras volar durante horas regresó exhausta buscando una superficie en la cubierta donde posarse para descansar. Siete días más tarde —intuyendo ya la amenaza de un motín causado por la escasez de alimentos— volvió a soltarla confiando que encontrara tierra, pero de nuevo regresó agotada, sin ningún indicio de la bajada de las aguas. Esperó otra semana y casi sin esperanzas liberó de nuevo a la paloma. Esta vez regresó con una ramita de olivo en el pico, pero el águila la divisó en el horizonte antes que el capitán del arca y, muerta de hambre como estaba, la devoró. Al ver que no regresaba la paloma, Noé perdió la fe y se arrojó por la borda. Extendida la noticia entre la tripulación, su familia fue devorada por los animales poco antes de encallar en tierra firme. Más tarde, Dios solucionó el imprevisto con un poco de barro, un par de soplos y una pequeña manipulación de las escrituras.


Tomado de Realidades para Lelos

Nudo en la garganta - Daniel Paredes


—Madre, tengo un nudo en la garganta.
—Por qué no se afloja la corbata, hijo.
—Me refiero a otro nudo, madre.
—¿Será el nudo de los zapatos? Pero fíjese, hijo, que ese nudo no está en la garganta.
—¿Cómo que no, madre? Está en la garganta del zapato. El zapato tiene un nudo en la garganta.
—¿Usted cree que el zapato anda preocupado, hijo?
—No, madre; el que está preocupado soy yo.
—¿Qué le pasa?
—Tengo un nudo en la garganta.
—¿No traerá los zapatos atados al cuello, hijo?
—No creo. Esta mañana los aseguré contra mis pies y de ahí no se han movido.
—No se confíe, que yo los vi corretear por el pasillo llevándolo a usted encima. Eran dos zapatos, uno negro y el otro también, con sendos nudos en las gargantas. Piénselo bien, hijo; ¿no será ése el nudo de la cuestión?
—El nudo de la cuestión está en mi garganta, madre.
—Haberlo dicho antes, hijo: lo que usted tiene es un nudo-de-la-cuestión en la garganta. Mire que puede ser peligroso. ¿Por qué no se lo opera?
—Tengo miedo, madre, póngase en mis zapatos.
—¡Ni loca! No son mi talle y además son de hombre.
—No son de hombre, son míos. Y lo que quiero decir es que se ponga en mi lugar.
—¿Usted quiere que yo me opere de su nudo-de-la-cuestión-en-la-garganta?
—Sí, madre, hágame ese favor.
—No sé, hijo; de sólo pensar en un bisturí, se me hace un nudo en la garganta.
—¡Gracias, madre! ¡Ya me siento perfectamente!

jueves, 2 de diciembre de 2010

La historia de la mosca que se salvó del certero mamporro del sastrecillo valiente. Ejemplo de una historia inmerecidamente olvidada y de cómo influye la torpeza de unos en las desventuras de otros – Héctor Ranea


En un país lejano, un pueblo poco distante de la Capital se había desarrollado gracias a una ahora anciana viejecita que tenía extraordinarias dotes para la Alta Costura. Se llamaba Ña Ceni, sobre todo porque fue canosa desde su juventud, pero todos la conocían por su apodo de Manos de Hada y así llamaban a su negocio de costura. No porque ella lo quisiera sino porque era fama su capacidad para diseñar ciertas cosas que parecían sólo posibles para las hadas. Pero lo que era realmente extraordinario en verdad era la técnica con la que cosía, todo a mano y de suerte tal que era imposible distinguir las costuras del resto del hilado de las telas, no importaba cuán complejos éstos fueran. De hecho, los paños se unían entre sí por líneas perfectas que respetaban la trama de los diferentes tejidos de forma que parecía que éstos habían sido tejidos de una sola pieza, tan perfecta era la mano de Ña Ceni.
Estas extraordinarias facultades habían expandido de tal forma su lustre que de otros Reinos vecinos venían a por sus servicios los más exigentes usuarios de las vestiduras de alta calidad. Y ella, con ese tráfico incesante, había logrado que se desarrollase el pueblo con gran regocijo de mercaderes de toda laya y calaña. Su fama excepcional de no fallar nunca ninguna puntada era el motor de toda una industria que iba desde albergues a constructores de iglesias, de taberneros a mozas no tan lucidas en su profesión y cantantes, cerveceros, viñateros, sastres de menor calidad (aunque ellos también muy buenos), bailarines y soubrétes.
Una temporada, la Reina vino con el encargue de su vida, justo cuando Ña Ceni estaba anunciando su retiro, para coser el vestido de la hija en su casamiento con el Mandamás de Plafagonia, un país riquísimo que quería conectarse con el suyo por el enorme potencial de la costura de alto nivel. Ña Ceni aceptó, a condición de que sería el último vestido que cosería y diseñaría. Así como nunca había fallado una puntada, nunca, éste sería también el último vestido que diseñaría.
Ni qué decir del espléndido modelo que diseñó. Los mejores figurinistas se deshacían en elogios y envidias al ver cómo sería el vestido. Los periodistas y juglares se devanaban los sesos pensando cuántas puntadas debería dar. Millones, decían.
—¿Millones? —dijo Ña Ceni —algo más también.
En efecto, había calculado el número en la friolera de cien millones de puntadas, tal vez un poco más.
Al cabo de siete meses de paciente trabajo, el vestido estaba casi listo. Faltaban las últimas gemas para coser en el canesú. En eso estaba cuando la mosca que habíase salvado del mamporro proverbial del sastrecillo valiente en un pueblito poco distante, comenzó a molestar a la vieja mientras cosía su último vestido. En el momento de dar la última puntada, la mosca se atravesó en el camino de la aguja y ésta se desvió de modo tal que una milésima de la fibra de una seda carmesí que terminaba la costura, se quebró.
—¡La mierda con la mosca! —Gritó la viejecita, pero nadie la oyó.
El ojo de ningún mortal y de casi todos los dioses no hubiera podido distinguir el fallo. Sólo Ña Ceni era consciente del mismo. Vinieron de todos los reinos para admirar el vestido pero su costurera estaba cada vez más descompuesta. Si bien había matado a la mosca para equilibrar su ánimo, ella veía esa mancha horrible en el vestido debida a la seda ajada por la aguja desviada.
Murió con su secreto sin ser revelado y la enterraron con una lápida que contenía un canto laudatorio a sus dotes de Manos de Hada. Sobre la lápida, nadie sabe bien por qué, al anochecer reposan cientos de moscas inmaduras.

El crucero - Víctor Lorenzo Cinca


Se levantaron tarde, por lo que no pudieron coger más que lo imprescindible para el viaje. Esa noche les había costado conciliar el sueño; todavía no habían podido comprender el porqué de aquel extraño premio que habían recibido la mañana anterior. Mientras se dirigían a toda prisa hacia el puerto, ella se mostró preocupada. Jamás había subido en un barco. Él tampoco, pero no parecía alarmado por ello; en cambio, sí le inquietaba la idea de no llegar a tiempo. Aligeró el paso e intentó tranquilizarla con cuatro palabras amables, que no consiguieron su propósito. No era sencillo mantener la calma sabiendo que se iban a embarcar en un misterioso crucero sin fecha fija de retorno, un trayecto que podía durar días, semanas, quizá meses. Un viaje en el que se sentirían desubicados, tanto ella como él, pues mantenían o ninguna o escasa relación con el resto de los viajeros, apenas conocían de vista a unos pocos. Todo ello sin contar que entre el numeroso pasaje se encontraban cinco o seis individuos por los que ambos sentían un odio irracional, incontenible, ancestral. Él, acelerando de nuevo la marcha preocupado por el retraso que acumulaban, probó de persuadirla con nuevos argumentos. Habían pronosticado unos días de lluvias intensas en la zona, de manera que emprender ese viaje los alejaría de esos nubarrones que ya amenazaban sobre sus cabezas. No podían desaprovechar esa oportunidad que les había brindado la suerte. Sin participar en concurso alguno, eran una de las parejas que, elegidas al azar, se encontraban entre la lista de los afortunados ganadores de aquel crucero enigmático. ¿Por qué no atreverse? Nada les obligaba a permanecer en tierra, pues disponían ambos de un largo y merecido período de descanso, sin obligaciones ni compromisos. Todos sus amigos y conocidos, furiosos por no ser ellos los premiados, morirían de envidia en sus casas al tratar de imaginar los tórridos lugares que visitarían, las plácidas tardes tomando el sol en la cubierta. Este último razonamiento quizás la terminó de convencer, pues avivó sus zancadas hasta emparejarlas con las de él, ansiosa como estaba por zarpar. Sin embargo, a pesar de apresurarse todo lo posible, no llegaron a tiempo. Desde el cerro que se elevaba próximo a la costa, vieron cómo su barco, repleto de parejas de animales, una de cada especie, se alejaba mar adentro. Abatidos —extinguidos—, se sentaron sobre sus patas traseras, bajaron las orejas y empezaron a notar cómo el agua empezaba a caer con una cólera divina sobre sus cabezas, sobre sus colas, sobre sus zarpas.

Fantasmas del Tuyú – Luciano Doti


Afuera oigo el murmullo del mar que me envuelve con su música. Pese a que hace poco que resido aquí, me voy acostumbrando a su presencia. El agua verde amarronada de la costa tiene pretensiones de azul allá en el fondo. El recuerdo de la ciudad se va diluyendo, tornándose menos añoranza que grata anécdota. El viento sopla y arremolina todo lo que halla a su paso; incluido lo subjetivo, el ayer y el hoy.
Muy cerca de la costa, de vez en cuando, unas embarcaciones se aproximan demasiado; algunas naufragan. Estamos muy cerca de la boca del embudo, la entrada al Plata. Las naves comercian con los saladeros del río-estuario.
Tuyú viene liderando un malón de los suyos; persiguen un grupo de ñandúes, hacia la zona de Ajó.
El cielo deviene plomizo, pesado. Amalgama de nubes cubre el cenit. El mar está bravo, lo oigo más. Las olas se quiebran en diferentes direcciones, hacen espuma, mucho viento. Vuela arena. Medanos de oro se sacuden el polvo hasta que el aguacero les cae encima.
Tuyú se ha percatado de que se aproxima una tormenta, y se fastidia porque la anciana no fue capaz de predecirla. Fue ese maldito retrato, dice para él. El huinca que los pintó les quitó su esencia, en el retrato quedaron sus poderes; ahora vagarán por la pampa a la deriva, sin la protección de su parte mística. Con el mar tan picado no da para pescar ni una corvina, así que los ñandúes son la única opción para una comida decente. Hay que apurarse, la arena que vuela desde los medanos se les mete en los ojos. Lagrimeando, uno de los indios bolea uno de esas aves, pura zancada y aleteo estéril.
Una carreta que se dirige a la estancia San Bernardo se detiene en el Jagüel del Medio; los caballos fueron exigidos de más para ganarle al temporal, al menos allí tendrán agua fresca.
Ahora llueve de manera torrencial. Yo estoy adentro, los sonidos me invaden. Además, experimento la sensación de estar viviendo un no-tiempo, como si hubiera caído en una suerte de agujero negro donde todo lo acontecido se mezcla por una fuerza centrípeta.
La oscuridad comienza a vencer su partida contra el día, prendo la hornalla y pongo la pava al fuego.
El ñandú será su cena. Los indios comienzan a pelar el animal y hacen una fogata.
Una nave británica se sacude en el mar embravecido. El capitán del Her Royal Highness se percata de que no lo lograrán. Por el oleaje y el fuego que se ve a lo lejos deduce que la costa está próxima.
Me cebo un mate espumoso, su espuma me recuerda la del mar. Pienso en los marinos del Royal, buscando desesperados una madera a la cual aferrarse; nadando hacia la orilla unos, expirando otros. No hay duda de que a esta zona la habitan fantasmas; me voy acostumbrando a ellos, como a la música que llega desde el mar.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Suicidio experimental – Sergio Gaut vel Hartman


No tenía hambre; funcionaba apenas, como en piloto automático. Oyó una melodía, y hubiera querido responder con otra. Luego comió la bazofia, de pie ante la ventana del balcón, mirando el patio desierto, inundado por la luz del reflector. ¿No podían plantar árboles? ¿Ni siquiera uno? Sus pensamientos avanzaban en un hilo débil; y en verdad no eran pensamientos, apenas trozos y retazos. Quizás éstos sean los nuevos métodos de investigación, pensó. Permitió que los tonos se empujaran entre sí como cuerpos de títeres sacudidos por descargas epilépticas. La revolución científica y tecnológica, y todo eso, reflexionó, o le pareció que lo hacía. Una conducta libre y fácil, y un ataque psicológico, directo a la glándula pineal. Pero el coñac, eso no estaba claro para nada. ¿Para qué el coñac? Piloto automático, control automático. Ni siquiera el sol parecía capaz de emitir calor o radiación coherente. ¿Y si realmente fuera una invasión extraterrestre, como cacareaban los delirantes de turno? La máquina, como si una súbita revelación la hubiera ubicado en una situación vulnerable, lo volvió a castigar con sonidos discordantes, sonidos que se desprendían de otros sonidos como la piel de una víbora. Tomó el micrófono y se puso a dictar a toda velocidad. —No tengo nada que perder —dijo—. Usaré lo que quede registrado sin pensar que todo es rémora, jirones de sueños, bagatelas. —Se apoyó en la rama, usándola como báculo, salió de la casa, y en el punto de intersección se dejó atropellar por el primer auto que pasó por allí. Los invasores congelaron el cuerpo y se tomaron una apreciable cantidad de tiempo, veinte años, tal vez cien, antes de revivirlo.

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

¡Fuera bombas! - Paul De Filippo


El escuadrón de largo alcance B-5 “Shelly O”, había salido de la base de la Fuerza Aérea McConnell, en Kansas, apenas unas horas antes.
Los bombarderos Stealth llegaron a Igboland, al sudeste de Nigeria a las 3:13 AM, hora local.
Las defensas aéreas de la dictadura hostil y recluida (con un Estado ausente, desde el colapso de la industria global del petróleo después de la aparición de la energía generada por microbios a partir de la basura), no pudo detectar a los invasores.
Sin embargo, la carga liberada por los bombarderos, fue un asunto completamente diferente. Cada paquete era tan grande como un baño químico, envuelto en una espuma protectora y con un conducto de paracaídas.
Pronto, una especie de hongos sintéticos, florecieron como puntos en el cielo nocturno de Igboland.
Las tropas nigerianas se movieron para enfrentarse con eso en cuanto descendiera.
Cuando las descargas tocaron el suelo, la espuma protectora y los paracaídas se destruyeron automáticamente, borrando toda evidencia de su aterrizaje.
En el noventa por ciento de los aterrizajes, los soldados llegaron primero a la escena, elevando sus armas al rodear las estructuras. Parecían efectivamente baños químicos: una estructura plástica, sin ventanas y con un panel curvo como puerta.
En esa posición amenazante, esperaron que los camiones militares llegaran para llevarse a los invasores.
En ocasiones, los ciudadanos comunes, llegaron primero a las bombas. En general cooperaban con las autoridades, entregando las estructuras. Algunos intentaron esconderlas, pero fue en general, fue en vano, porque aunque los ciudadanos se movían rápido, los soldados aparecían y se las llevaban. Muchas veces, con brutalidad y derramamiento de sangre.
Pero un pequeñísimo porcentaje logró pasar inadvertido y quedó a buen resguardo, en manos de civiles.

Un muchacho soltero y huérfano, Okoronkwo Mmadufo, cultivaba mijo perlado y criaba cabras, en el límite de una planta china, procesadora de coltan, que estaba abandonada. A nadie le interesaba esa tierra cubierta de desperdicios tóxicos.
A la granja de Okoronkwo le costaba proveer de alimentos a una sola persona. El suelo arruinaba los cultivos y la vegetación enfermaba a los animales.
Okoronkwo se desesperaba por ser rico y poder, algún día, sostener a una esposa y una familia.
La noche del bombardeo, el granjero estaba despierto atendiendo a una cabra enferma. Miró hacia arriba cuando escuchó un golpe y, entonces, vio la bomba asentarse sobre un manchón de plantas de mijo escuálido. Soltó la cabra y se apresuró hacia la estructura.
Empezó a empujar la bomba, inútilmente, ya que esta era casi tan grande como su casa Pero entonces vio un botón grande, rojo y sin etiquetar, junto a la puerta. Lo oprimió.
La bomba se elevó sobre un set de ruedas, con un efecto de colchón de aire.
Okoronkwo corrió con la bomba hacia la fábrica, decrépita y vacía. Una pequeña dependencia anexa parecía impenetrable tras derrumbarse sobre sí misma, pero Okoronkwo sabía el secreto de su acceso.
Movió algunas maderas y empujó una pared de acero galvanizado. Allí escondió la bomba. Luego, con una rama, borró las huellas que habían quedado al arrastrarla el artefacto desde su punto de aterrizaje.
Los soldados lo encontraron acunando a su cabra enferma. Luego de interrogarlo, y de discutir entre ellos, decidieron no investigar en la planta abandonada: habían escuchado decir que los desperdicios tóxicos remanentes podían causar el encogimiento de los genitales. Bromearon un rato acerca de los genitales encogidos de Okoronkwo y se fueron.
Okoronkwo esperó hasta la noche siguiente para investigar la bomba en el cobertizo. Cuando la puerta curva de plastico se abrió, la luz inundó el interior de la bomba. Okoronkwo penetró y cerró la puerta.
El interior de la estructura era mucho más pequeño que lo que aparentaba desde afuera, evidenciando que había maquinaria oculta. Las únicas características visibles eran: una tolva de entrada, un canal de distribución y un teléfono celular.
Okoronkwo tomó el celular que, de pronto, cobró vida y dejó ver el rostro de un joven blanco.
—Aquí, Pegajoso. ¿Cuál es su nombre?
—Okoronkwo Mmadufo.
—Voy a llamarlo OM. A partir de ahora usted es el orgulloso propietario de una BioFab Unidad de Campo. La misma viene provista de materias primas, cosas comunes que en el futuro usted podrá obtener con facilidad, y de microbios inteligentes que controlarán su propia reproducción. También está provista de la ingeniería de diagnóstico, y la instrumentación de la interfaz. Usted puede utilizar el BFU para hacer casi cualquier medicamento o producto, de todos los procesos orgánicos naturales o sintéticos. La Unidad de dosis medida de los agentes activos, así como su dispersión en el medio ambiente, se ejecuta a través del teléfono celular. Ahora en la pantalla táctil verá el panel de control, con un enlace a un tutorial interactivo. Haga clic en los términos del acuerdo, por favor, OM. Bien. ¡Adiós!
—¡Espere! ¡Tengo muchas preguntas!
—Perdón, pero los Federales no me pagan para responder sus preguntas. Soy estrictamente independiente. Así que, me voy. Salvo que… ¿puede conseguirme alguna grabación de shows en vivo?
—¿Le gustan los shows del Dr. Sir Warrior?
—¡Sí!
—Puedo conseguir de esos.
—Tráigame grabaciones que no tenga, y estaré a su servicio.
Durante la siguiente semana, Okoronkwo y su nuevo amigo, usaron la BFU para fabricar un tratamiento que mejorara el suelo, una cura para el mijo perlado y nutrientes para las cabras.
Okoronkwo tomó confianza en el manejo de la BFU, y eventualmente, le dijo adiós a Pegajoso. Supo que podía continuar ayudándose a sí mismo y a sus vecinos, y que en su vida personal, su futuro incluiría una mujer e hijos. Pero primero debía fabricar la cura para cierto virus letal, anclado solo en genoma de los hombres que dictaban las reglas en Nigeria. Esos hombres eran poco estrictos en el uso del condón, y ciertamente, obtener su simiente no sería un problema.

Título original: Bombs away
Traducción del inglés: Jorgelina Etze

Sin palabras - Fernando Puga


Constanza estudia en el jardín a la sombra del sauce que planté el día que nació. Su perro salta en el charco que la lluvia dejó bajó la ventana.
Hamacándome en la mecedora, la de siempre, los contemplo indiferente a través del vidrio.
Este viejo chaleco, esta copa de licor y esta taza de café me ayudan a disimular el frío que Constanza aún no siente.
Abrigado el chaleco marrón, sin botones, ya chingado; bien tejido por mamá hace años para este hijo que hoy se va. Dulce el licor de jengibre y miel que se macera en la oscura despensa de la casa. Llena de tibio café negro la taza decorada con flores.
El pelo me crece por detrás tapando la nuca, pero se cae por delante y no corrijo sus designios. Hay quien pretende hacerme sentir bien, como si bastara con encender el hogar, arroparme o tomar una bebida caliente.
No sé las consecuencias que traerá lo que hice. Atravesó mi boca y la dejó seca. Mis manos tiemblan mientras buscan gritar lo que hice, pero no tienen lengua. Se anuncia ya la náusea que antecede al final.
A mí las palabras me cuestan. Ya se sabe: no soy Borges, ni Rivera. Tampoco quise ser un loro que habla sin conciencia. En el silencio estoy a mis anchas y puedo deslizarme mansamente hacia la nada.
Junto a la mecedora no habrá más que una taza de café vacía, una fina copita de licor a medio beber y una lapicera sin palabras que espera en vano sobre un papel en blanco.

De maderos quebrados - José Antonio Parisi


—Está bien, Juliana. Ya está bien.
—Pero, don Anselmo, si no me ha probado bocado…
—Ya está, he dicho. Llevate el plato. El libro no lo toqués.
Y, bajo la enorme araña de alabastro, protesta Juliana al levantar la mesa :
—Hace días que no me come, señor.
—No. También dejá la copa. Y andate a tu cuarto, a descansar nomás.
 Anselmo se contuvo hasta que vio salir a la empleada del comedor. Tosió sus flemas y  repasó con el índice el lomo de aquel libro que últimamente tenía siempre a mano. Con el pañuelo se secó los lagrimales y, cargando la dificultad de la artritis, se levantó. Se acercó a la ventana, oteó la desolación del campo en el invierno. El viento roncaba y ponía en torbellino a la lluvia. El hombre echó un ala del poncho hacia atrás, para abrigar la garganta: desde hacía rato, el caserón estaba muy frío. Y él hoy no tenía planeada la siesta.
Una puerta se abrió con estruendo. Lerdo, sosteniéndose en los muebles, fue y le puso llave. Y de regreso se topó con un retrato gris. Agrisado por las décadas, mejor dicho. Hablaba de un tiempo de sol, de plenitud. Un tiempo ido en el tiempo. Aquellas glicinas en flor y la pérgola, hoy vencida de maderos quebrados. Su mujer, sus hijos matándose de risa. Los varones y las mujeres. Y él, el sombrero altivo, ancha la figura.
No era bueno recordar tiempos felices. Entristecía. Era un infierno.
Los viejos viven como los chicos, pensó, no ven un futuro. Pero a sus espaldas hay un pasado. Un pasado perturbador, que porfía lacerante para no perder presencia.
¿Y él? ¿Acaso ahora no se había convertido en un viejo más?
Y no era realmente la vejez lo que le pesaba, no. Los años le pesaban. Aquellos años plenos y bien vividos, que lo atrapaban como una ciénaga. Que lo hundían.
Volvió a la mesa y, antes de sentarse, vació la copa de vino sin respirar. Abrió el libro por el señalador: “El Horla”, de Maupassant. Una vez más, leyó en silencio:

Para las mentes que piensan demasiado, la soledad resulta peligrosa. Cuando nos quedamos solos mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío.

Y lo cerró acariciando la  tapa. No todo estaba muerto: quedaban los libros.
Vio agotarse el último leño en la chimenea, ya pronto el comedor se poblaría de fantasmas. Se pasó las yemas por la frente,  llevó la misma mano al cinturón y sacó la navaja. Una Rodgers, del viaje a Londres. Los dedos nudosos y titubeantes,  fuertes todavía, abrieron la hoja. Volcó la otra muñeca sobre el libro y aspiró hondo al surcarla con el acero. Un tentáculo de sangre desbordó la tapa y corrió  hacia el vaso. Y lo contorneó agrandándose.
Abatida su cabeza en el respaldo del sillón, el brazo se le descolgó de la mesa, y el dorso de la mano dio en el piso. Los ojos entornados, la respiración pálida y el pecho ya sin qué  bombearle; el viejo abrió una sonrisa mansa. 

Uñas - Cristian Mitelman


Una noche mis uñas crecieron de una forma desmesurada. Me avergoncé frente a esa señal de primitivismo y decidí cortarlas. Sin embargo, a medida que iban cayendo en el lavabo, comenzó a ganarme una tristeza mineral. Había algo injusto en ese ritual de aseo; una especie de profanación, tal como si se arrancaran las ramas de un árbol centenario.
Al siguiente amanecer volvieron a presentarse tan largas como la jornada anterior. Pero esta vez decidí que ellas prosiguieran su curso. La situación no era en sí tan problemática: no trabajo; las rentas que me llegan de antiguos negocios familiares colman mis expectativas. Enviudé hace años. Soy solo.
Gradualmente fueron incrementando su longitud; llegaron a ramificarse de un modo impensado. Lo que para muchos era algo repugnante, a mí me daba una desacostumbrada sensación de placer.
No eran las mías uñas profanadas por la suciedad del mundo. Crecían poderosas, blancas, como el nácar de antiguas formas geológicas.    
Hay días en que creo advertir en su desarrollo las formas cambiantes de un friso hindú.
Poco a poco me he ido cubriendo de mí mismo. Tengo un solo temor. El índice izquierdo, insubordinado, ha generado una formación demasiado filosa que, tras un largo rodeo por toda la casa, ahora apunta a mi cuello.
Tal como está la situación, es imposible que busque unas tijeras. Pero aunque las tuviera a mano, tampoco me animaría a cercenar una obra que orilla entre lo barroco y lo atroz.
Ya no espero piedad, sino que esa uña obre con rapidez.