domingo, 22 de noviembre de 2009

Despertares - Víctor Lorenzo Cinca


Se despertó, empapado de sudor, en el sillón de su ático. Ladeó la cabeza y observó, a través de la enorme ventana, que estaba amaneciendo. Se preguntó qué hacía durmiendo en el sillón y cómo había llegado hasta allí. Una serie de imágenes, un tanto confusas, se arremolinaron en su cabeza y se sumaron al martilleo interior que repiqueteaba en ella desde que había abierto los ojos. Recordaba haber estado tomando unas copas ―demasiadas, pensó mientras se dibujaba una sonrisa en su cara― con unos amigos en un bar del centro, pero después sólo conseguía que unas imágenes inconexas se mezclaran en el recuerdo. Una conversación ―sobre qué― con un joven oriental, una discusión ―por qué― con un vagabundo que dormía en un portal, un rápido trayecto en un coche ―hacia dónde― conducido con mucha prisa por un tipo con los ojos excesivamente abiertos, un antro atiborrado de humo y gente vestida de negro.

El seco ruido de unos cristales rompiéndose a su lado junto al sillón lo devolvió a la realidad de su ático, mientras un frío espantoso le recorría de arriba a abajo la columna. Vivía solo y únicamente él tenía la llave. Nadie podía estar allí sin su permiso, sin que él le hubiera dejado entrar. Se giró con un rápido movimiento, semejante a un espasmo, y su codo topó con un vaso que se desplazó unos centímetros, los suficientes como para que cayera al suelo, sin hacer el más mínimo ruido. Se quedó unos segundos inmóvil, aterrido, mirando el vaso hecho añicos sobre un líquido dorado que se desplazaba rápidamente hacia las patas de la pequeña mesa auxiliar de la que había caído. No lo podía creer. No lo quería creer. Todo tiene un orden. Primero tenía que caer el vaso y luego hacer ruido, las cosas funcionaban así, desde siempre. Le vino a la cabeza la lejana imagen de su maestro, gordo y calvo, mirándole fijamente y repitiéndole por enésima vez que el orden de los factores no altera el producto. Qué pasa ahora, pensó como si lo tuviera delante.

Para intentar quitarse el miedo de encima se repitió hasta creérselo que el alcohol tenía la culpa; seguramente había sido una pequeña alteración de sus sentidos. Tenía que serlo, no había otra opción. El timbre de la puerta sonó una vez, tímido y entrecortado; un momento después volvió a sonar, esta vez más enérgico. Se levantó del sillón un poco aturdido y, rodeando los cristales para no clavárselos en sus pies descalzos, se dirigió sigilosamente a la puerta y acercó el ojo a la mirilla. Quién podía ser. No vio a nadie en el descansillo y se sobresaltó. De repente se abrió la puerta del ascensor y apareció una chica joven, demasiado maquillada, que se aproximó poco decidida hasta la puerta. Desde el interior vio cómo la mano de la chica se acercaba vacilante hacia el pulsador del timbre y desaparecía de su campo de visión. No oyó nada. Quizás no se ha atrevido a llamar, pensó. La joven se ahuecó el pelo con ambas manos, respiró hondo, y volvió a tocar el pulsador con firmeza, aunque él, petrificado ante la puerta, no percibió ningún sonido. Había vuelto a ocurrir. La chica había pulsado el timbre segundos después de que éste hubiera sonado.

Una idea terrible le impidió abrir la puerta: los labios de esa chica moviéndose para pronunciar lo que él ya habría escuchado unos instantes antes. Pensó que quizás a su voz también le ocurría lo mismo, pero no se atrevió a decir nada. Intentar entablar una conversación con ella en esas condiciones le pareció tarea de locos y le faltó el coraje para hacerlo. Se giró en redondo y se dirigió lentamente, aturdido, hacia el centro de la pieza. Se tapó la cara con ambas manos y, con los ojos cerrados, intentó tranquilizarse un poco aunque no lo consiguió. La imagen y el sonido no coincidían, no eran simultáneos. Como en las películas piratas mal grabadas o en las conexiones vía satélite de los corresponsales, pensó mientras una mueca, mezcla de risa y horror, deformaba su rostro. Pasó las manos por sus cabellos, echándoselos hacia atrás, y al abrir los ojos, vio los cristales rotos en el suelo, con el hielo ya casi derretido. Escuchó un ruido sordo, como de pisadas que se alejaban de donde él se encontraba; el crujir de algo que caía y se astillaba; el estrépito de una cristalera que se hacía pedazos; un grito desesperado que se perdía pisos abajo. Reconoció su propia voz en ese grito y se estremeció. Miró fijamente la ventana a escasos metros, esperándole, y empezó a correr hacia ella, sin poder esquivar la mesita de madera que cayó al suelo y se destrozó silenciosamente.


Tomado de Realidades Para Lelos

Desde abajo de las sábanas - Martín Gardella


Aquella noche, mientras dormía, escuché un ruido estridente que me hizo despertar. Encendí la luz de la mesa de noche y pude ver un duende en el suelo, en plena búsqueda desesperada debajo de mi cama. Al verme despierto, se incorporó de un salto y arrojó sobre mí una mirada desafiante. Decía venir de una tierra de fantasía, tras los pasos de un hada rebelde que había logrado esconderse en algún lugar de Buenos Aires. Aseguraba que la mujercita alada era extremadamente peligrosa, por su capacidad de enamorar perdidamente al primer hombre que osara mirarla directamente a los ojos.
Los últimos informes recibidos desde su lugar de origen afirmaban que la dama fantástica se hallaba alojada en alguna de las múltiples viviendas de mi barrio. Aseguré no haberla visto y me comprometí a informarle en el futuro cualquier noticia que tuviera de aquella extraña doncella. Satisfecho, el pequeño sujeto vestido de verde inclinó su cabeza para agradecerme y escapó a la carrera, trepando ágilmente por la chimenea.
Dos minutos más tarde, ella abrió la puerta del baño contiguo y volvió a la cama. Allí noté, por primera vez, las marcas de la extirpación sobre su espalda.
―Ya no podrán encontrarme ―me dijo sonriente―. Me quedaré contigo para siempre.
Con su cuerpo mínimo enroscado al mío, sellamos nuevamente nuestros labios en un profundo beso de amor. A partir de entonces, aunque ya no tenga aquellas alas preciosas con las que llegó planeando hasta mi ventana, ella logra remontarme en vuelo diariamente, desde abajo de las sábanas.

Tomado de El Living sin Tiempo

La modelo - Javier López


—¿Le pongo algo de postre, señora? —preguntó el camarero esperando que la respuesta fuera "no". Tras los entrantes fríos, el pudding y el cochinillo asado acompañado de berzas braseadas, no podía pensar que en aquel cuerpo pudiera entrar un sólo gramo más de comida.
—Nueces con nata con una buena ración de crema de chocolate y caramelo... por favor —pidió la mujer sin que pareciera del todo convencida de que su lista de peticiones llegaba al final. Una vez que lo tuvo en la mesa, dio buena cuenta del plato.
—Así que me dijo que trabajaba usted como modelo —comentó el camarero cuando le entregaba la nota con la factura—. Ya me gustaría ver algún día el resultado de su trabajo —continuó, en actitud interesada.
—Algún día, pronto. Seguro que lo verá —afirmó ella antes de abandonar el local.
Poco después la mujer se dirigía al lugar donde desarrollaba su trabajo desde hacía algunos días. Una vez dentro del estudio, preguntó con su voz suave:
—¿Me desnudo ya, señor?
—Cuando estés lista, René —contestó el maestro Botero.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Zen - Mariela Anastasio


La mirada a un metro y medio del sueño, perdida en algún punto del espacio. Párpados a media asta. Hombre en mitad del jardín.
Allá a lo lejos una enredadera florecida, trepando por la pared enhiesta. Más abajo la tierra recién regada. El rocío flotando sobre la hierba azul. Olor a primavera, a tarde fresca. Pensamientos blancos. Bienestar.
La mirada se eleva liviana y despacio. La respiración es calma. Adelante el paredón verde enredado y... ¡un Buda! una figurilla de barro ha emergido de la tierra. Será una visión. Será de tanto meditar.
El hombre se para entusiasmado, estupefacto y camina -no sin cierto miedo- hasta donde se halla la figura trascendental. Buda levita, allá a lo lejos y tan cercano. Se sostiene en el aire; el otro se sostiene en la respiración. Taquicardia y fuerte expiración por la nariz: Buda se rompe, cae al piso, se hace añicos.
El hombre corre, solloza sobre los pedazos de la pieza de barro.
¡Qué solo se siente ahora! Con Buda roto en su jardín la paz se ha terminado. Todo se arremolina. El cielo se pone negro. Llueven cenizas. Se incendia el pasto. Rugen leones. Se cierran puertas, se caen techos.
La furia se ha desatado.
El hombre corre y se cae. Se estrella. Trastabilla contra el Buda y se duerme.
Tiene pesadillas.
Se despierta: en su jardín meditando.
La tarde es fresca.

El nuevo campo de fuerza del Emperador - Gareth D. Jones


La flota del Emperador barrió todo a su paso a través de la Galaxia, conquistando mundo tras mundo. Ningún disparo fue realizado por sus poderosas naves. Todos sabían que el enfrentamiento era inútil. El nuevo campo de fuerza del Emperador era invencible, y nada podría dañar sus naves.
Cuando docenas de naves de batalla del Emperador llegaron al sistema Glasburg, el comandante de la flota local preparó su inmediata rendición. Sus propias naves, modernas y temibles como eran, no tendrían oportunidad alguna.
Archibald McNeil, prospector de asteroides, no estaba dispuesto a aceptar que su forma de vida estaba a punto de ser arruinada. En un fútil gesto de desafío disparó su láser de minería a la más cercana de las naves invasoras. En el impacto hubo un breve flash de energía seguido por un soplo de los desechos expulsados del casco.
—Lo siento —dijo el nuevo almirante del Emperador mientras el secreto de su escudo invencible era expuesto y su flota era destruida a su alrededor.

http://www.edicionesefimeras.com/

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Enfermedad - Sofía Ríos



Helena solía balancearse en las hamacas de la plaza del pueblo donde había nacido. Era un lugar tranquilo y sus días así se pasaban. Sus cabellos color avellana, sin brillo, y sin cepillo, se iban con el viento. Y su piel rosada perdía todo rasgo de rojo. Sus huesos esponjosos ya no caminaban, volaban. Volaban aún cuando Helena más necesitaba estar en tierra.
Un día, Helena encontró una bandana blanca; "como la paz", decía. Jugaba con esa bandana, pero no se atrevía a ponérsela; tan sólo imaginaba que el retazo de tela era una paloma, que la venía a buscar y no sé qué otras cosas.
Pero también se miraba al espejo. Ponía la bandana contra su piel y lo podía notar. Ambas se regalaron su color, lo intercambiaron. Así la bandana fue algo rosada, mientras su piel palidecía, hasta encontrarse nívea.
Y una vez, cuando todo proceso de intercambio cromático hubo acabado, Helena se descubrió desnuda ante el mundo. Y su cabeza era como una esfera de nieve, de seda. Y la intentó cubrir con la bandana. Por un rato.

Trazos que unen - Carmen Rosa Signes Urrea



“Aquella delgada línea, era algo más que una fina separación
entre dos zonas diferenciadas. Sonará a galimatías, puede
incluso que al delirio ilusorio de un demente, pero no es a mí
a quién deberían pedir cuentas. No fui yo quién conjuró este hechizo.”

Ar Razí (850-923)

El pulso firme enmarca el entorno, refugio oculto de mi realidad. La atracción que sintió por mí, le ayudó a rescatarme de la tumba ignorada de mi encierro.
Desde los primeros trazos, creería que estaba a punto de conseguir algo importante. Debía pensar que toda inspiración que golpeara su mano, salía de su mente de artista. No tuve necesidad de aliados, se convirtió en mi único ayudante.
Pero, ¿cuándo comenzó a cambiar? Él, pasó de mero observador a oficiante; y yo de admirada quimera a sumisa enamorada. No lo había visto, pero la suavidad de su pulso y la calidez de su voz, pudieron conmigo.
No es justo, debía haber concentrado en él, toda mi ira. Demasiados siglos, olvidada, como un genio en su lámpara apartada del mundo. Tenía que haber renacido como esas maldiciones surgidas de embotellados efrit, dejando caer sobre mi salvador, todo el peso de las consecuencias de su buena acción. Pero no fue así.
Derramaba en mí, como un amante, colores y líneas; conformando un encanto tanto tiempo perdido. Me desprendió de aquel rictus abominable, con el que hacía huir a los hombres. Incluso el vivaz remolino de mi cabello, entre sus dedos, se convirtió en sensual representaciones de las caricias y el sexo. ¿Por qué tenía que suceder?
En un principio mis intenciones estaban claras, pero en las postrimerías de su obra, cuando aquella delgada línea que nos separaba se hallaba cada vez más cerca de fragmentarse, me desviví por exhortarle en su empeño por terminar. Mis labios aún no se podían mover, pero mi pensamiento, aquel que le lanzó en la búsqueda, le conminaba fervientemente para que no concluyera.
—Los ojos… Sí, los ojos. Con ellos termino.
Repetía, mientras delimitaba los contornos, abriendo espacios infinitos que quebraban nuestros mundos, en una equívoca interpretación de mis deseos.
Infructuoso empeño el mío, que sucumbió en el mismo instante en el que terminó mis pupilas y pude verlo, al menos durante un segundo. Me queda la convicción de haberle complacido, pero maldigo este encuentro, esperando que nadie más me halle. No deseo eternizar la agónica desesperación del amor frustrado de esta Medusa.

Destino marcado – Sergio Gaut vel Hartman



La ficha de Lucrecia Mortellini estaba desolada.
—¿Viste lo que le pasó a Lucía Bormann?
—Ni idea —respondió Julieta Cantero, fresca como un pimpollo.
—Se ve que sos nueva —dijo Lucrecia.
—¿Eso que tiene que ver?
—¿No sabés lo que pasa con nosotras después de algún tiempo de tratamiento?
Julieta se retorció para negar de un modo enfático. No sólo no sabía: tampoco le importaba.
—La irresponsabilidad juvenil —terció Gabriela Achával, que para meterse en las conversaciones ajenas era mandada a hacer.
—No te dimos vela en este entierro —protestó Lucrecia—. ¿Por qué no te ocupás de tus cosas?
—Sos una amargada. Y veo que estás jugando con la chica. ¿Por qué no le decís la verdad?
—Eh, esperen —dijo Julieta—, me están asustando. ¿Qué te hacen después de algún tiempo de tratamiento?
Las fichas de Lucrecia Mortellini y Gabriela Achával se miraron y tras unos segundos de vacilación, dijeron a dúo:
—Te archivan, nena, te archivan. Y del archivo es difícil que te saquen alguna vez.

Extraño donante - José Vicente Ortuño



—¿Se encuentra usted bien? —preguntó la enfermera del centro de donación de sangre—. No tiene buen aspecto, está lívido.
El hombre alto delgado y pálido, que acababa de entrar, no tenía apariencia de donante, sino de necesitar una transfusión.
—Por supuesto, que no le engañe mi aspecto, me encuentro muy bien —respondió él—. Vengo a donar mi sangre.
—Claro, siéntese por favor —le indicó la camilla—, voy a tomarle la tensión arterial, súbase la manga, por favor.
Le colocó el tensiómetro evitando tocar aquella piel enfermizamente pálida. Observó la pantalla del aparato y se aseguró varias veces de que funcionaba correctamente.
—¡Es imposible, su corazón no late! —exclamó al fin—. Usted debería estar… —se interrumpió azorada.
—¿Estar qué? —preguntó el hombre enarcando una ceja. El gesto, que en otra persona hubiese parecido cómico, a la enfermera le provocó un escalofrío.
—Mu… mu… muerto —balbuceó la mujer, que templaba confusa.
—Debería estar no, señorita —rió el hombre—, “estoy” muerto. ¿No ve que soy un zombi?
—Zo… zom… —volvió a balbucear todavía más confusa que antes—. Enton… Entonces… ¡Usted no puede donar sangre! —exclamó con esa voz aguda que emite alguien que está al borde de la histeria.
—¿Puedo saber por qué? —preguntó el muerto viviente con expresión de disgusto. El gesto erizó los cabellos a la enfermera de forma tan brusca, que sintió como si le clavasen una aguja en cada folículo piloso de su cuerpo.
—Pues… —pensó alguna excusa rápida—. ¡Sólo pueden hacerlo las personas sanas! —una vez dicho se dio cuenta de que era una tontería, pero ya no podía rectificar.
—Yo no estoy enfermo sino muerto —replicó el zombi utilizando un tono de voz grave, cavernoso, casi siniestro, pero irónico a la vez—. Usted es enfermera y debería conocer la diferencia.
—No… digo sí, pero… —estiró sus palabras buscando una excusa para que el cadáver ambulante se marchara—, pero su sangre estará… —hizo un gesto de repugnancia.
—Mi sangre está perfectamente, la he cuidado durante ciento cincuenta años —dijo el zombi, ofendido por el desprecio que le hacía aquella mujer—. Además, quiero donarla toda —añadió, lo que aumentó el espanto de la enfermera—, hay gente que la necesita más que yo.
—¡Sí, pero… un muerto no puede donar sangre! —chilló la mujer a punto de pasar de la histeria a la psicosis.
—No soy un “muerto”, señorita, soy un zombi —aclaró—. Es decir, un muerto viviente, que no es lo mismo.
—¡Pues eso, un muerto! —exclamó jadeante la enfermera al borde del colapso nervioso.
—Se equivoca, los zombis estamos clínicamente muertos, sin embargo, como puede comprobar no nos descomponemos.
—¡Me importa un pito, señor Muerto! ¡Váyase de aquí ahora mismo! ¡No queremos gente como usted aquí! —gritó mientras forcejeaba intentando abrir la puerta, aunque no sabía si era para que saliera el zombi o para escapar corriendo.
—¡Su actitud es racista! —exclamó el zombi muy ofendido—. Sepa que voy a poner una reclamación por trato discriminatorio.
—¡Sí, seguro que le harán mucho caso a un cadáver putrefacto… que debería estar enterrado! —gritó asomada al abismo de la locura—. ¡Márchese ahora mismo o llamo a la policía y lo denuncio por violación!
Abatido, el zombi salió del centro de donación de sangre. En sus ciento cincuenta años de no-vida jamás lo habían tratado de esa manera. Podía comprender que los campesinos de la Transilvania decimonónica hubiesen querido quemarlo, pero en plena era de la información esperaba algo más de comprensión y toleracia.
Se le acercó un tipo que parecía haber estado esperándolo, vestía un elegante traje de Armani y lucía, zapatos, gafas de sol y reloj a juego.
—Ya te dije que los mortales no querrían tu sangre —susurró—. No saben apreciar una sangre con solera, ¡nada menos que cosecha de 1859! —se relamió los afilados colmillos que mostró de forma fugaz.
—Tenías razón Ivan —dijo el zombi—. ¿Sigue en pie tu oferta?
—¡Naturalmente! El conde Ivan Ivanovich Drakulovsky von Hunsterblich siempre mantiene su palabra —afirmó poniéndose la mano en el corazón con gesto serio.
—¡De acuerdo, mi sangre a cambio de tu Testarossa! —exclamó con un suspiro—. Pero una vez que te la bebas no me pidas que te lo devuelva.
—La duda ofende, querido amigo Boris —replicó el vampiro.
—Hecho, vayamos a tu castillo, pero yo conduzco, que tú vas como loco y yo todavía quiero no-vivir muchos años más.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Secretos - Olga Liliana Reinoso


Hay secretos que corroen el alma. Son monstruos que se agigantan con el tiempo, que trepan como enredaderas por la medianera entre el alma y el cuerpo hasta alojarse en la garganta. Y allí se desparraman, empetrolan, piquetean la libertad de ser feliz.
Pero hay otros secretos que son abeja destilada, dulce manta de viaje hacia las galas del placer, pasaporte de lujo al paraíso.
Y si, además, hay cómplices punibles que sellaron su boca, cada vez que se cruzan las miradas, que se desliza una mano negligente, que se espolvorea un beso distraído y se obsequia una palabra pimpollosa, el secreto renace, nos habita, nos toquetea por dentro, nos urgencia.
El cómplice se va y uno se va de polizón en su cabeza. Los dos saben que hay una ceremonia “dejá vú”, que otra vez el incendio es implacable.
Este secreto es una obra de teatro multipremiada que convoca otra vez los aplausos y destella sonrisas en los días siguientes para que los de afuera conjeturen: “qué boluda”.
¡Ay! Si supieran.

Sobre la autora: Olga Liliana Reinoso

Breve historia de la decantación - Adriana Med



La mezcla (combinación de dos o más sustancias en la que no ocurren reacciones químicas) A estaba perdidamente enamorada de la mezcla (combinación de dos o más sustancias en la que no ocurren reacciones químicas) B en secreto y no se atrevía a hablarle. A menudo se preguntaba: ¿Será realmente heterogénea (mezcla formada por dos o más componentes que se distinguen a simple vista)?, pues corría el rumor de que era reprimidamente homogénea (mezcla formada por una sola fase de la que no pueden distinguirse sus partes), como suele pasar en estos casos.

La masa (magnitud que cuantifica la cantidad de materia de un cuerpo) cayó por su propio peso (medida de la fuerza que ejerce la gravedad sobre la masa de un cuerpo) y nuestros cachondos protagonistas formaron una hermosa mezcla de cuatro componentes bajo el sol de la Toscana. Todo parecía maravilloso y mágico hasta que, ay, se acabó. SE ACABÓ. Firmaron los papeles de la decantación (método físico de separación de mezclas heterogéneas basado en la diferencia de densidad) y ésta se llevó acabo un frío 24 de abril entre elementos y sustacias puras.

Tomado de: http://ellatienehambre.blogspot.com/

Presentación - Jorge Ariel Madrazo



A Javier Villafañe, i.m.

De entrada nomás te sorprende la disposición de las sillas, injertadas unas en otras de un modo que suponés casual. Pero basta sentarte y quedás acollarado por un andamiaje de cuerina, de rodillas propias y ajenas. Y nalgas, horrendas nalgas, deleitosas nalgas. Estas últimas, lo sabes bien, incitan a la femenina seda a resbalar con languidez. Y sobre ella, las puntas de tus dedos.
Sentarse allí era un acto de arrojo al que te lanzaste sin pensarlo. Y allí estabas, apoltronado, soñando (el diablo sabe por qué) con «Rose of Picardy» en las grabaciones de Al Jolson e Ives Montand. La primera, de 1949, cuando con unción guardaste tu flamante libreta de enrolamiento; la segunda, del 80, el mismo año en que quedarías prisionero de una silla Tudor, dentro de un saloncito empenumbrado en reflejos celestes, esperando algo. ¿Tal vez a Fred Astaire, con su media sonrisa en aquel old fashion way? ¿Quizás una visión espléndida y distinta, como la que suspiraron los colonos Juan Cruz, Santiago Armella, Wladimiro Katz y Hermenegildo Aguirre, quienes al atardecer del 17 de setiembre de 1934, en las inmediaciones de Cerro Redondo, allá por Olavarría, embobados pero sin extrañeza vieron surcar el cielo a la poetisa Felipa Salgado, igual a un esquife, tan arriba y tan tranquila? ¿O estarás esperando una nueva, infinita función de «El Caballero de la mano Roja» y su villafañesco caballo «Temerario»?
Las caras de los contertulios empiezan a borrarse. Brota de ellas, en crescendo, un coro: «Rose of Picardy», «In the old fashion way». Felipa sobrevuela tu cabeza.
Tantos hechos te impidieron constatar el cerrojo de las sillas presionando a tu cuerpo enflaquecido. El momento cuando unas nalgas te oprimieron; primero te ganó una estimulante excitación, luego supiste: te arrastraban hacia el fondo, al subsuelo donde moran los insectos y adonde fluirán (algún día) tus cenizas.
Rogaste por auxilio, casi sin esperanza. Desde el escenario proseguía, imperturbable, la erudita presentación de un poemario a cargo de una profesora en Letras provista, cómo no, de esos anteojos de carey. En eso, Felipa Salgado arrojó, desde lo alto, su cable de heliotropos. Y por él trepás, jadeante. Hasta donde Temerario te aguarde sudoroso, entre brincos a lo Fred Astaire y en aquel viejo estilo elegante. Hasta un espacio abierto donde no te alcancen, ya, los poéticos aplausos de la jauría.

Golem en Viena - Héctor Ranea


Pasa todas las noches, guiado por una joven coja. Ella apenas lo puede arrastrar porque a veces extravía la palabra que lo mueve. El Golem pasa por ser un viejo vestido de negro, con barba y cabellos largos, trenzados bellamente y blanquísimos, pintados adrede con un buen minio. El sombrero de ala ancha, rígido, apenas se mueve cuando él camina. Sus piernas son maquinarias complejas, pero sus movimientos casi no reflejan tanta ingeniería y se arrastran con dificultad, rígidas y metálicas debajo del pantalón negro.
Cuando pasa cerca de los muchachos del bar italiano, ellos dicen escuchar la suave canción de la coja que a veces responde una voz triste, grave, que parece ser la del viejo.
Los mozos japoneses de la esquina aseguran que no es humano y la presencia de la hembra coja parece darle un escalofriante valor de verdad a su aseveración. Lo cierto es que nadie nota que cada vez que sale de su casa, un cuervo inquieto se transforma en gárgola de piedra gris, como su lomo.
Cuando lo pude ver, la camisa blanca se destacaba sobre el fondo negro de su traje y el negro paño vienés de su sombrero. Caminaba mal, apenas se mantenía en equilibrio, rolando como una nave mal estibada en cada paso. Ella lo sostenía aún con su cojera pero con la desesperación pausada de quien se enfrenta a un cataclismo.
De pronto, la campana desafinada de Juan de Nepomuk pareció despertarlo. La joven escribió algo sobre un papel pardo hecho con sisal de momias y se lo enfiló en la boca al viejo que comenzaba a pisar sobre cada paso. Entonces el viejo volvió a su inconsciente caminata, como antes de la campanada.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Deidad en desgracia - Damián Cés



Síganme, y me darán la razón. Así es, no soy inmune a este gélido viento que cala mis tegumentos y dispara diminutos cristales de sílice contra mis ojos.
Descuiden, el galpón oxidado y erosionado frente a la vieja e inutilizada estación de tren, nos dará cobertura. No importa que de sus paredes sólo quede el esqueleto de metal, que sean pocas las chapas de su calva techumbre que rechinan al son del vendaval y, que de sus vidrios apedreados, quien sabe si por los borregos o por las esquirlas, solo queden vestigios esparcidos en el suelo. Ellos no nos verán, los estúpidos, no nos verán. No, sé los aseguro, cómo podrían, si siempre nos ignoraron.
Espérenme aquí, quiero hacer esto solo. ¿Ven aquel que está justo frente a mí?, es el peor de todos, mi peor enemigo, puedo oler su sudor. Cree verme con esos desmesurados ojos grises. Maldito ciego, jamás lo logrará.
Ahora observo sus desagradables testas, desde aquí, parecen un hato de hongos.
¿Qué si tengo algún reparo a lo que estoy por hacer? ¿Qué si no temo a los remordimientos? Claro que no. Es una pregunta retórica, ¿no es cierto? Ustedes saben bien lo mucho que nosotros hemos sufrido ¿O acaso su jerarquía no se los permite? Además, no sería el primero, no, ni de cerca. ¿Pero porqué me miran así? Un momento, acaso debo refrescarle unas cuantas cosas, increíble.
Cuando llegamos, los primeros, estos seres eran unas pobres bestias. Tanto fue lo que aportamos, que pronto nos adoraron y rindieron tributo. Era algo que particularmente yo, no buscaba, aunque sé que algunos de mis compañeros, incluso me temo, que a varios de ustedes, les gusta, lo disfrutan, realza su ego a limites insospechados ¿No es así? Pero yo sólo quería integrarme con ellos. Por eso conocí a Asher, y desaparecimos por un buen tiempo, en un vano intento por tener nuestra propia y sencilla vida. No funcionó como hubiese deseado y por ella, acepté regresar. Pero todo había cambiado. Una nueva raza dominaba el lugar y me desconocía, me ignoraba, me discriminaba. Lo peor fue que el viejo pueblo también me negó. No, ya sé, esa no es una razón suficiente. Sí, también sé que es algo que le ocurrió a muchos de nosotros y en los lugares más disímiles, ¿pero saben qué? ninguno de ustedes sufrió el despecho que tuve cuando Asher se enamoró de unos de estos nuevos hombres.
Claro que intenté entender, ¿o me creen tan idiota? Primero me alejé y me dije que no me merecía. Luego intenté reencontrarme con ellos y volví a ayudar para que vieran en mí a un amigo. Pero jamás reconocieron nada.
Los odio, ¿entienden ahora por qué? Y quiero irme de está estepa estéril en la que estoy confinado. La única solución es matarlos, matarlos a todos, y es lo que voy a hacer en este preciso instante.
¡Qué! ¡No, esperen! No pueden, soy uno de los suyos, no, no…

Murmullos de Juan Rulfo - Mónica Sánchez Escuer



A mi padre, admirador de Rulfo, en el cumpleaños de ambos

Dicen que no nació donde nació, que a él le gustaba esconderse en sus historias. Sí, dicen que Juan Rulfo era una aparición de Juan Rulfo, por eso se inventaba biografías. Otros aseguran que no, que era una ánima en las calles de Comala que le dio por escribir el aliento de los muertos. Y de los vivos que aún no saben que están muertos. Y de todos los ruidos del dolor y de las ganas en el tallar de los cuerpos. Dicen que miraba mucho el cielo y que ahí encontraba las figuras de sus difuntos, que se quedaba horas sentado en una piedra escuchando los chillidos del aire entre las rocas. Dicen que era callado, que sólo entre silencios y murmullos se movía, pero otros dicen que no es cierto, que colgaba frases lapidarias por todas partes, como quien sabe de los rumores de las sombras y los reparte entre la gente.
Dicen que escribía con la tierra entre los dedos, arañando los huesos enterrados, siguiendo las huellas del sol sobre los muros. Lo cierto es que sus historias nos abren el tacto de la mirada, la vista del oído, nos meten el paisaje seco entre los huesos, nos arrastran por la tierra, nos muestran, así como si nada, en una puerta, en el filo de una arruga, el perverso rencor del tiempo.
Hay quienes dicen que Rulfo era de esos escritores que ni en sueños uno puede seguirles el rastro, que su voz se nos queda pegada, pera nadie es capaz de pronunciarla.
Algunos aseguran que Pedro Páramo le quebró los dedos, que el sol de Comala le quemó las letras. Pero la verdad es que él seguía escribiendo, hablando con sus fantasmas, viviendo con los ojos y el tacto y la garganta a la altura de su cielo. Y retrataba los chorros de luz sobre una piedra, los tejidos de un tronco, la sonoridad de una tumba. Dicen que le gustaba mirar de cerquita la edad de los muros, la piel delgada de una hoja, la rugosa superficie de un gesto. Hay quienes aseguran que murió hace casi veinte años, pero algunos juran que a Rulfo se le ve en ese andar a tientas por el aire, en nuestro esquivo caminar por la penumbra entre alegres calacas de azúcar y amaranto. Porque los muertos regresan para decirnos que aquí no pasa nada, que aquí no vive nadie, que todos somos espectros, apariciones de un tal Juan Rulfo.

Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/

jueves, 12 de noviembre de 2009

Velocidad - Camilo Fernández


Mis dedos tiemblan al empujar la palanca de mando, la transpiración me acaricia el antebrazo. La nada del espacio se profundiza a cada minuto, como si el sol estuviera a punto de apagarse. Cuanto más me acerco a la tierra, más me aturden los gritos del silencio.
A través de la pantalla, mi querido planeta tiene el extraño tinte de la irrealidad, como queriendo confundirme. Con simples toque sobre el visor, compruebo los parámetros de viaje. Velocidad de impulso constante; distancia, menos de cinco horas. Insatisfecho, prefiero estirarme hasta la escotilla y ver el azulado reflejo de nuestra vieja roca a la deriva.
Han pasado cuatro años desde que dejé mi hogar, y más de cinco desde que decidí enredarme en este extraño experimento psicológico, o “Psicoespacial” como me gusta llamarlo.
Pocos tuvieron el coraje para registrarse en el programa, y muchos menos de acercarse al final. Los que lo logramos, fuimos asignados a diferentes regiones aisladas de nuestro sistema solar, en bases que si bien eran poco menos que improvisadas, proporcionaban más comodidades de las que yo conocía.
Reviso los cálculos. Aún estoy a tiempo. Ingreso los cambios. Los odio... y me odio por darles la razón.

Tomado de: http://2centenas.blogspot.com

Peor el remedio que la enfermedad – Sergio Gaut vel Hartman


Sus padres lo habían llamado Jonas por Salk, el biólogo que desarrolló la primera vacuna eficaz contra la poliomelitis. Pero a él no le gustaban los médicos, no le gustaban hasta el punto de que prefería retorcerse de dolor antes de aceptar ir a un hospital o un consultorio. Su extremismo terminó siendo obsesivo y perverso, y durante su juventud se enroló en una suerte de militancia que elegía a los profesionales de la medicina como blanco de sus agresiones. Pero Jonas no era necio. Desconfiaba de los hombres que ponían en práctica los avances científicos, no de la ciencia en sí misma. Por ese motivo, a medida que fue envejeciendo, empezó a pensar cómo se las arreglaría para no morir de alguna estupidez, ya que su fuerza de voluntad no sería suficiente para evitar la enfermedad y el envejecimiento. Y la solución llegó de la mano de la informática. Adicto a las computadoras desde su aparición en el mercado, no tardó en advertir que, si lograba describir con precisión los síntomas de una dolencia, podía obtener una respuesta a cualquier pregunta utilizando Google. Así se curó de una laringitis, de una mastoiditis y de una endocarditis sin necesidad de visitar a un médico. Poco a poco se convirtió en un experto y no tardó en estar adecuadamente preparado para enfrentar a las amenazas mayores como el Parkinson, el Alzheimer, varios tipos de cáncer y la terrible Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. No estaba equivocado. Fue resolviendo los problemas a medida que se presentaban, y al cumplir 70 años, Jonás pudo decir, orgulloso, que tenía una salud de hierro y que ninguna enfermedad podía matarlo, que todas aumentaban su fortaleza.
Murió de sobredosis informática el mismo día en que Google inauguró los buscadores de implante craneal.

martes, 10 de noviembre de 2009

Problemas de desconexión - Jason Fischer


Sr. TempID # 701536
(anteriormente conocido como Cyrus J Willard)
c / o YMCA Hostel
55 Jeff Kennett Boulevard
NEW MELBOURNE VIC 9001
AUSTRALIA

17 de septiembre 2078

RE: PROBLEMAS DE DESCONEXIÓN POR FALTA DE PAGO DE LAS TASAS

Estimado Sr. TempID # 701536,

Según nuestra reciente correspondencia, reiteramos que su identidad ha sido revocada. Ahora se han agotado todas las vías de apelación jurídicas y queremos recordarle lo siguiente:

• Sus derechos a la identidad conocida como Cyrus J Willard han sido vendidos a un nuevo cliente, junto con todos los derechos subsidiarios (domicilio, pareja, empleo e historial de crédito).
• Tras una serie de enfrentamientos altamente inapropiados, se adjunta una orden de restricción que prohíbe que usted se ponga en contacto o se acerque a Cyrus J Willard, Stacey Willard y Cyrus J Willard Jr.
• Cualquier intento de seguir en contacto con Stacey Willard puede ser considerado causal de divorcio por falta, en cuyo caso Cyrus J Willard recibirá automáticamente el 100% de los activos maritales según el acuerdo prenupcial firmado por usted mismo.

A continuación del pago INMEDIATO y TOTAL de su deuda pendiente de pago, podemos ofrecerle una nueva identidad. Puede elegir entre los siguientes paquetes:
a) Básico - El paquete Básico mantiene su TempID por una tarifa mensual baja, permitiéndole acceder a servicios públicos básicos, membresía en instituciones financieras y derechos de voto.
b) FreshStart - ¡Con una cuenta FreshStart usted puede empezar una nueva vida, bajo el nombre (disponible) de su elección! Viva a la manera antigua, estableciendo relaciones, empleo y crédito.
c) LuckyDip - El paquete LuckyDip ofrece una identidad de segunda mano. ¿Quiere ser médico, técnico de saneamiento o servidor público? Le proveeremos todos los aspectos de identidad de un moroso aleatorio.

Tenga en cuenta que su TempID ha sido proporcionado a usted gratuitamente durante este difícil momento de transición, pero expira en un mes. La no-identidad es un delito federal.

Atentamente,

Atención al Cliente,
Identicaticorp


Traducción de Saurio.
Original en The Daily Cabal

Dolor en las rodillas - Héctor Ranea



¡Ay! Ahora viene el hombre de las mil voces y me pide que bese la puerta. Obedezco a medida que el sol cae y no me preocupa que todo siga girando mal a medida que la pintura no me obedece más. Tal vez el pomo de la puerta sea dulce. Quién sabe. Con este hombre con los ojos en la cabeza nunca se puede saber. Es más. Ayer me pidió que me ajuste mis calzones. Ahora el dolor de besar la puerta, ayer el dolor en las rodillas debido al ajuste. Claro. Él porque tiene los ojos en la cabeza, pero nosotros, los seres del súcubo, con nuestros ojos dentro de los calzones, tenemos serios problemas de dolor en las partes cuando nos tapan los ojos. Y eso sin contar con los cuentos que tenemos que leer con los calzones tan ajustados. En realidad, no sé si no será mejor volver y no intentar invadir este planeta llena de gente que besa puertas, fastidia los calzones y cierra días con azotaínas y verborragias. Sí. Mejor le digo al líder alfa que nos vayamos de acá cuanto antes. Se lo digo no bien logre sacarme los calzones de los ojos.

La costa del mar de la isla de Seto - Lucila Pinto


Un sacudón sin viento y Japón llegó a Buenos Aires. Así, seco, bruto. Por sobre todas las cosas, atemporal. Hiroshímiko. Ya por esos años, pocos para una vida, debía haber escuchado la teoría, que si se hace un pozo en Argentina se llega a Japón. Cuatro años debía tener. O tal vez faltaban cuarenta y cinco para mi nacimiento. La cosa es que una bomba explotó en Japón y se sintió en Buenos Aires. A mí no me lo contaron, lo escuché.
Años de recapacitación, meditación, aproximación, teorización y otros ción y la conclusión es esta: Promediaba el año 1944 cuando. O mejor empezar con: Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima. ¿Hiroshima es costera? Google. Wikipedia. Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima, que fue fundada en 1589 sobre la costa del mar de la isla de Seto, y tiene una población estimada de 1.157.962 personas, una densidad de población de 1.279, 5 personas por km² y una superficie total de 905,01 km². Asakusa era un muchacho tranquilo. Un muchacho tranquilo suena mediocre. Asakusa no llevaba el viento en la sangre, como todo buen muchacho japonés, cortés y burgués, sabía reprimir en tiempo y forma sus instintos y pasiones. Respetuoso de quienes lo precedieron en el honor de portar su mismo apellido, es decir, sus mayores, disfrutaba de pasar horas mirando el cielo y el mar (la costa del mar de la isla de Seto), permitiendo a su mente deambular por rincones éxoticos de su imaginación, mientras pretendía escuchar las historias que su abuelo remitía. Una tarde de marea baja, en el que la ausencia de viento y olas obligaba al joven a atender las palabras del anciano, se enteró de la teoría. Fue una revolución para su intelecto chaval enterarse de que un pozo en Hiroshima lo arrojaría en Argentina. Allí el General se imponía como figura central de la política y la sociedad, un terremoto destruía la ciudad de San Juan y cincuenta años más tarde lo mismo haría una bomba con la Asociación Mutual Israelita Argentina. Efemérides.
Los días de Asakusa Yanurabi se volvieron monótomos, con un objetivo escrito en su frente que perturbaba su visión en el espejo por no verse realizado. Primero fue una cuchara, después una pala y por fin un sofisticado sistema extraetierra. La locación cuidadosamente premeditada, lo más lejos posible de la playa, de la costa del mar de la isla de Seto, porque su experiencia le dictaba que cuando se cavaba en la arena pronto emergía el agua del agujero. Cacofonía. Agua agujero.
Y la parte trágica. Acá hay que cuidar que el tono sea trágico, bien dramático. Signos de exclamación, ahí va. ¡Aquel pozo que no representaba otra cosa que un agujero profundo, cual la profundidad del mar de la isla de Seto, en la infancia y en la inocencia de Akakusa Yanurabi! Y la tierra que de él extraía, que no era sino el vestigio, las ruinas de lo que algún día sería. ¡Un gran hombre! Padre de jóvenes tan prudentes como él lo había sido mientras cavaba, cavaba y cavaba agotando a cuentagotas la fuente de su juventud. No eterna, efímera, juventud pura. Esposo, más que eso, ¡fiel compañero!, de una hermosa doncella que cuidaría su virtud, ¡hasta la noche de su boda!, para después cuidar de él, de Asakusa, hasta que este pereciera en su lecho. Todo eso sería. No, no sería. Todo eso hubiera sido a no ser por la bomba, por la implosión que con ella se llevo el pozo y la joven vida.
Y acá viene lo contario de una analepsis, porque es para adelante. Buenos Aires a destiempo. Corría el año 1994. Las suelas de los zapatos de una mujer fueron sacudidos de su estable contacto con el piso, una leve pero notoria vibración subió por su cuerpo recorriéndolo hasta llegar al lugar donde se les atribuyó una significación que fue posteriormente relacionada con una noticia leída en el diario. Cincuenta años tardó el estruendo en atravesar el agujero zurcado por Asakusa Yanurabi y llegar a los cien barrios porteños. A uno de ellos, al menos, llegó, como un eco japonés, hiroshímiko, el temblor desde el mar de la isla de Seto. Como un sacudón sin viento. Partículas de aire japonés volando por Buenos Aires. Y qué extraño, estadounidenses, japoneses, judíos y menems estaban involucrados en la cuestión. Y cabía en la unión de esos dos átomos de oxígeno la política, la violencia, la guerra y la estupidez.
Otra no queda, tiene que haber sido así, sí o sí.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Uninfiernotriangular - Mariela Anastasio


Atrapada en un espacio raro. Tengo que contarlo para que se entienda de lo que hablo, aunque creo que yo misma nunca lo entenderé. Un lugar amplio, asfixiante por lo extenso, por lo infinito. Todo cielo (azul oscurísimo, sin luna), y un suelo dividido en enormes triángulos, que por su perfección parecían diseñados por el hombre, pero que a la vez revelaban algo más extraño, como de otro universo. Los triángulos estaban dispuestos en calidoscopio, repitiendo cuidadosamente sus materiales: madera lustrada, finísima, mármol verde, tierra rojiza recalcinada, granito blanco y arena. Detrás un manto azul.
¿Qué era aquello?
¿Por qué me sentía tan vacía y triste en aquel lugar?
Más tarde lo descubriría: aquello era la nada. Hacia donde mirara, allí y aquí, los triángulos se multiplicaban infinitamente, y el manto azul que parecía ser el horizonte —tal vez el límite y tal vez la salida— se me alejaba ilusionándome en vano.
¿Estaría muerta?
Se oyó un eco. Un eco de mi voz que no era mi voz. Una repetición distorsionada.
Giré mi cabeza… giré… giré: me encontré con otra mujer, vestida igual a mí. Igual a mí.
Nos miramos largamente.
Caminé hasta ella. Los pasos me parecieron años.
Efectivamente algo pasaba con el Tiempo, porque cuando llegué, ella había envejecido.
—Vos también estás vieja —me dijo.
Miré mis manos y descubrí la piel sin gracia, ajada, transparente.
¿Quién era ella?
¿Quién era yo?
¿Nos conocíamos?
El lugar me aterrorizaba: sin tiempo, sin caminos. Una nada que se extendía en nada hasta el hartazgo.
“Este es el infierno”, pensé.
—El infierno —repitió.
—¿Vos sos yo? —dije tímida.
La mujer me dio la espalda. Caminó en dirección a lo que parecía ser un mar azul y desapareció.
Algo inesperado pasó entonces. Una luz atravesó el espacio, y pronto advertí que se trataba de un tren que venía a buscarme. Un tren sin pasajeros ni conductor.
Subí en silencio.
Al sentarme, era otra vez una mujer joven.
¿Adonde me dirigiría ahora?
El tren surcó triángulos.
¿Qué era aquello? No lo entendía.
Estaba sola y los pensamientos me abrumaban.
“El infierno”, me repetía la voz.
Quise morirme, pero no pude.
La eternidad fue mi castigo.
Yo sin mí.
Los triángulos perfectos.

Morfeo - Guillermo Fernando Rossini


La morfina es una potente droga opiácea usada frecuentemente en medicina como analgésico. Fue bautizada así por el farmacéutico alemán Friedrich Wilhelm Adam Sertürner en honor a Morfeo, el dios griego de los sueños. En la mitología griega, Morfeo (en griego antiguo, de morphê, ‘forma’) es el dios de los sueños. Según ciertas teologías antiguas, es el principal de los Oniros, los mil hijos engendrados por Hipnos (el Sueño) y Nix (la Noche, su madre), o por Hipnos con Pasítea. Era hermanastro de Tánatos (la Muerte).

Las dosis de morfina eran cada vez más altas.
Postrado en una cama de hospital, esperando que la muerte anunciada por los médicos llegara, Tomas empezó a tener un sueño repetido. La primera vez que lo tuvo, soñó que podía viajar en el tiempo y llegar hasta esa noche en que la vio por última vez. Se encontró sentado frente a ella, en aquel bar, apenas prestando atención a lo que ella le estaba diciendo. Se sirvió más vino y esperó a que María terminara de hablar, sin dejar de mirarla. Cuando ella bajó la vista, él le tomó la mano y le dijo que la amaba. El sueño, recurrente, llegaba siempre hasta ese instante. Después, el dolor lo despertaba
El médico de la mañana entró, lo revisó y anotó algo en la historia clínica colgada a los pies de la cama. Le preguntó si le dolía mucho y Tomas contestó que el dolor ya no importaba. El joven doctor lo miró como evaluando la respuesta, y, sin decir nada, siguió su recorrida por las otras camas de la sala. Tomas quería volver a dormirse para seguir soñando. Recién con la dosis de la tarde, pudo volver a dormir. Esta vez, el sueño era algo confuso, diferente: María estaba mirándolo fijamente, con ojos extraños.
—Anoche tuve un sueño muy raro —le dijo ella, con tono grave.
—Contame —dijo Tomas, ya sin dolor.
—Soñé que viajaba en el tiempo, al futuro. Y te iba a buscar a un hospital, y me llevaban a una sala llena de camas con gente moribunda.
—Seguí, por favor. —Algo anda mal, pensó. ¡Llamen al medico de guardia, por favor! (“¿Y esa voz?” —pensó-soñó-imaginó— Tomas).
—Yo te buscaba entre las camas —siguió contando María—, y no te encontraba. Me iba de ese lugar con una tristeza enorme, porque sabía que tenías algo que decirme.
Salieron a la calle y el amanecer los encontró abrazados en algún lugar. En un momento, Tomas recordó lo del sueño de María
—Vos sabes que esto no está pasando ¿no?
—¿Qué decís?
—En realidad yo nunca te dije que te amaba, esa noche cada uno se fue por su lado y el tiempo nos alejó cada vez más, hasta que el olvido hizo su trabajo. Nunca más te vi.
Ella lo miró asombrada y lo besó. Él se dejó llevar por sus labios hasta lugares inexplorados, inclusive por la morfina.
Pero no por la muerte, que también estaba besando el alma de Tomas.
La enfermera la llevó hasta la sala común y le mostró una cama vacía.
—Se lo llevaron esta mañana. Murió mientras dormía. ¿Usted era familiar?
—No precisamente —dijo la mujer.
—¿Viene de lejos?
María no contestó. Cuando la enfermera se alejó, se recostó en la cama y apoyó la cabeza en la almohada, esperando soñar.

Partida - Patricia Ortiz


Si la hubieran visto esa tarde a Clarisa, caminando por el campo, con su gran bolsa blanca al hombro y su carretel infinito de hilo azul, cualquiera hubiera pensado que se trataba de otro de sus juegos. Pero ese día, todo el pueblo estaba distraído, era un día especial ¡un velorio en el pueblo! Tanto era el rumor que corría por las calles que se levantaba polvareda.
—Es el hijo del abogado, parece que era medio rarito, comentaba doña Clotilde.
—¡No me diga! Yo en la panadería escuché que era el sobrino del alcalde, ese alto buen mozo, el que no iba nunca a misa, contestó doña Erminda.
—Nooooo, no diga, doña, ¿el Aníbal? Quién lo iba a decir, tan joven.
No se sorprendieron cuando vieron a Raquelita, la esposa del doctor, caminando calle abajo con un ramo de margaritas; ella siempre era la primera en llegar a los velorios, con un dejo de tristeza muy bien dibujado en sus ojos, y sus recitadas condolencias a flor de labios. Atrás de ella, a unos cuántos metros de distancia, una procesión de viejos y jóvenes, algunos niños, la seguían intrigados... Raquelita se detuvo frente a la casa del alcalde. Golpeó la enorme puerta de caoba con sus nudillos y doña Carmela compungida, abrió de par en par las puertas de la casa. Se apresuraron los curiosos, ocuparon todos los rincones del recinto espacioso, para observar absortos que el muerto ¡era el mismísimo alcalde del pueblo! Un ataque al corazón, comentaba la viuda entre sollozos. Salió a dar su paseo habitual esta tarde, y a duras penas llegó otra vez hasta aquí; quedó tendido a mis pies, sujetándose el pecho con ambas manos. ¡Oh Dios! Siguieron llegando los vecinos del lugar, algunos con sonrisa satisfecha, otros pensando en quién sería el sustituto... La última en llegar fue Clarisa. Los miró a todos con un dejo de superioridad, apenas dibujando una sonrisita irónica. Sacó de su bolsa blanca un gran tablero, lo depositó en el piso. Agitó los dados en el cubilete. Un seis, un tres. Avanzó nueve casilleros con la ficha de la muerte. Resbaló desde su bolsillo el ovillo de hilo azul y se enredó, tornándose invisible, en las piernas de Raquelita. Con sólo un breve chasquido de dedos, volvió el ovillo a sus manos. El pueblo aplaudió; el alcalde se sentó riendo en el ataúd. Sólo Clarisa podía ver el terror en los ojos de Raquelita; ella lo había entendido. El juego había terminado.... se daba comienzo a una nueva partida, dejando atrás la fantasía.


Tomado de: http://lascosasporsunombre.blogspot.com/

sábado, 7 de noviembre de 2009

La Paradoja - Pablo Moreno Romero


Llevo casi toda mi vida luchando contra el miedo, que no da tregua, que habita dentro de mí. Se asienta perpetuo en la boca de mi estomago y allí permanece vigilante, urdiendo planes de conquista. Para él no existen ni el tiempo ni el cansancio. Ataca en la vigilia y en el sueño, perpetra sus incursiones, plaga mi alma de angustias y regresa victorioso a su atalaya desde donde observa su reinado y vigila para que nunca haya paz.
Tiene facciones monstruosas y cicatrices que le recorren todo el cuerpo. Su sonrisa es de hielo y su espada de fuego. En su cinto, atados con gruesa soga, porta los trofeos de sus victorias: mis fracasos en la vida; se jacta vanidoso de que gracias a él yo no soy nada. Me dice jocoso que soy un ser anodino incapaz de dar un paso sin antes consultarle. Y tiene razón.
Vimos juntos como mi mujer me abandonaba, como mi jefe me despedía, como mis amigos me daban la espalda… hasta que sólo quedamos él y yo, enzarzados en una pugna perpetua que yo siempre pierdo, metidos en una violenta rueda que no se ha roto hasta hoy.
El doctor ha entrado en la consulta y me ha mirado a los ojos.
—Tres meses, máximo seis —-me ha dicho impostando la pena en su rostro.
Un súbito alivio me ha recorrido el cuerpo y al cerrar la puerta una sonrisa ha colonizado mi rostro. Luego una carcajada y las miradas de todos los que esperan su diagnostico fijas en mí. ¡Me ha dado igual! Hacía tanto tiempo que no reía que apenas he alcanzado a reconocerme. Andaba ligero, como cuando era un niño y nada me asustaba. La enfermedad y una muerte segura me han hecho vencer la guerra.
Es una paradoja, lo sé, pero todo acabará como comenzó: sin miedo a nada.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Clavado - Alejandro Pereyra


Al principio era apenas un puntito casi imperceptible en el cielo. Poco menos que un lunar entre las colosales escenas que representaban las nubes.
Quizás fue eso lo que capturó mi atención, el hecho de parecer fijo, retenido en la piel atmosférica; aunque es sólo una ilusión, en realidad crece, amenazante, se agranda como una perniciosa mancha de aceite en el tapiz casi turquesa, casi perfecto.
Es un hombre. Puedo reconocer su forma; cae con piernas y brazos abiertos, quizás para mantener la posición, como un eximio paracaidista al que su pericia le permite no perder nunca de vista el punto de aterrizaje. Por momentos, dejo de mirarlo, pues, como la dirección de su trayectoria es cenital con respecto a mí, para verlo debo mantener demasiado tiempo la cabeza inclinada hacia atrás, lo que me provoca un irritante dolor en la nuca. Aprovecho, entonces, esos instantes de descanso para reflexionar sobre la importante decisión que debo tomar al respecto, pues el hombre se dirige, en su libre caída, directamente hacia el punto exacto donde estoy parado. Parece increíble que hace sólo un rato fuese apenas un alfiler negro clavado en lo celeste. Además, al caer con las extremidades extendidas se acrecientan las posibilidades de que me golpee al llegar. He aquí mi dilema: si abandono la posición el hombre inevitablemente se estrellará contra el suelo con toda la velocidad acumulada desde su origen puntiforme; por otro lado, si en un gesto humanitario, amortiguo su caída manteniéndome en el lugar, no puedo ni siquiera imaginar, la gravedad del daño que infringirá el choque en mi cuerpo, ya sumamente dolorido.
A pesar de la innegable urgencia, antes de tomar una decisión definitiva al respecto, espero llegar a vislumbrar al menos el rostro del hombre; quiero decir, específicamente su expresión, la cual me intriga terriblemente. A veces me parece que sus facciones son serenas, como si volara, dominando las leyes de su caída, apaciguado, como un pájaro dormido; pero me cuesta discernir sus rasgos, pues los rayos del sol punzan mis ojos, divirtiéndose con mis inútiles esfuerzos.
Ya está muy cerca, quizás unos cinco, seis metros sobre mi cabeza. Cierro los ojos para poder concentrarme y se me ocurre que en realidad es su sombra la que oblitera mi mirada. En este mismo instante comprendo que el hombre se encuentra a una distancia desde la cual podría ver claramente la expresión de su rostro; por otra parte si abro los ojos y miro, perderé un tiempo primordial, tiempo que necesito para decidir si me apartaré de la meta final del extraño clavadista, o soportaré su caída heroicamente, olvidándome de mi persona.
Metro y medio, quizás menos, me decido y por fin abro los ojos. Es un hombre normal, nada extraordinario, en cuanto a su expresión, creo que parece feliz, o al menos tranquilo, tiene los ojos cerrados, como disfrutando casi extáticamente, mientras que yo, por todo deseo, sólo anhelo fervientemente que no los abra.

Manada - Camilo Fernández


Nos reunimos apenas pasada la medianoche, protegidos por las sombras del distrito financiero. Planeamos hasta el último detalle, incluyendo los disfraces. Hombres lobo. Una genial idea del Cabezón. Cacho se encargó del sistema de seguridad, asegurándose de dejar las cámaras funcionando. Sumar algo de humor me pareció oportuno.
Después de tantos trabajos exitosos, coincidimos en que era hora de dejar una firma distintiva. Revisamos el equipo por última vez y nos deslizamos por el tragaluz. Con los planos estudiados y memorizados, no fue difícil encontrar la caja fuerte ubicada en la oficina principal. Casi me ahogo cuando descubrí que era una Luoyang. Las cajas fuertes Chinas son casi un chiste, las puedo abrir hasta con un disfraz de lobo y una mano atada a la espalda. Pocos minutos después habíamos embolsado varios miles de pesos y un puñado de monedas de oro, gentileza del dueño de la financiera. Por supuesto que dejamos los fajos de cheques, ya nadie los lleva.
Otro trabajo fácil y bien planificado. Lo único que no tuvimos en cuenta es que las cámaras no solo grababan, sino que también las chequeaban en tiempo real. La policía nos acorraló. Los diarios nos apodaron: Manada de Bobos.

Tomado de: http://2centenas.blogspot.com

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Lecciones de paranoia mal aprendida 2 - Héctor Ranea



—¡Ni muerto! —dijo el condestable Conrol a su Archicondesa Venerable.
Se refería a la aplicación de siliconas en el pene para alcanzar la medida estándar del Reino y así competir por el premio de Pase una Noche con la Princesa. Que era la hija de la Archicondesa. La doncella, que llevaba quince primaveras concursando desde que había cumplido la mayoría de edad, que en el Reino se había fijado en treinta pasajes del Sol, no había podido dormir con nadie desde el primer concurso. Seguía con su doncellez a cuesta y, antes de llegar virgen a la provectitud, la Madre Deseable quería que tuviera una alegría. Pero los Reglamentos Reales sobre el Soberbio Certamen eran taxativos y rara vez se podían encontrar candidatos. Alguien había escrito en los mismos que la medida estándar de longitud peneal debía equivaler a dos manos de la Archicondesa y eso era imposible de conseguir y, cuando se lo hacía, difícilmente el miembro fuera viril. Así que la doncella seguía así, por los siglos de los siglos.
El Condestable Monrol había estado enamorado de ella antes de que estos concursos sacudieran la paz del Reino y -sospechaba la Soberana Inconmovible, la Archicondesa Venerable- había escrito dos en lugar de una mano, que era lo convencional para evitar que alguien desflorara a su amor. Pero la negativa a ponerse una prótesis era tan cerrada que las sospechas de la Madre de Todas las Madres no sabía a quién culpar. Supuso que los vecinos Pedestales eran los culpables y dio instrucciones para iniciar una guerra, convencida de que el Condestable confesaría. La apoplejía que le sobrevino la dejó sin poder de decisión y una noche el Condestable se acercó, abrió su capa con dos manos dejándole ver a ella, la Soberana Infalible, que había vivido equivocada. Y a fe de ella, con las puertas de la alegría al alcance de sus manos.

El Marqués Divino resucita un cuadro – Héctor Ranea


No cualquiera se daba en aquel entonces una vuelta por Madrid a mirar el tríptico de “El jardín de las delicias” de un holandés llamado Hieronymus Bosch. El Marqués de Sade quiso ir cuando supo de su existencia por dibujos que una pupila en el burdel de la Rue du Beaux Seins copiaba para divertir a sus habitués. Al joven Marqués lo fascinaban esas escenas de gente desnuda y diminuta en un parque dedicado a la lujuria y la lascivia, que para él no eran lo mismo, entreteniéndose solos, de a dos o de a varios.
En una calesa de gran alcance llegó a Madrid y se dedicó a buscar el lugar de tal excepcional regalo de los dioses. No poca sorpresa le causó saber que estaba en El Escorial, nada menos que el fasto templo del ascetismo fanático, y ahí se fue a visitar a un amigo, Marqués como él, cortesano por entonces, de un reino vestido de negro.
Unos sirvientes pícaros y amigos de los Luises de oro, le mostraron el cuadro a la luz del día pero escondido de la vista de todos. Ahí, de Sade tuvo el tiempo necesario para anotar todo lo que veía y gozaba con exquisitez de aquello con que se regodeaban en tan famoso jardín.
Pero primero tuvo que quitarle los ropajes con que habían ataviado esos culos floridos, esas tetas al aire; las escenas de jolgorio estaban poco menos que canceladas con grafito, los monstruos simpáticos que parecían juguetes sexuales habían sido transformados en gatos adormilados y perros de caza. Fue mucho trabajo, pero al hacerlo, de Sade supo que estaba ante una de las más grandes obras de toda la Historia y no podía concebir que estuviese en tan pacato ambiente, con los personajes vestidos en lugar de lucir sus cuerpecitos como quiso el artista.
De modo que, con la complicidad de aquellos dos sirvientes amantes de la buena vida, como él, se cargó el cuadro y lo llevó a su castillo en Lacoste. Ahí fue devuelto a su vida original, con paciencia y concupiscencia por parte del Divino Marqués quien probaba un desmedido apetito venéreo con cada pincelada original que podía revelar con su paciencia. Con el tiempo, en El Escorial notaron la falta, pero más los alivió que dejarlos preocupados, de modo que nunca más se habló de esto ante los monarcas.
En los albores de la Revolución, previendo una ola de prohibiciones y censuras, Donatien Alphonse dispuso regresarlo a El Escorial mediante similar ardid al de su robo, pero sin retocar un ápice esa hermosa muestra de voluptuoso placer pintado.
Recién fue redescubierto cuando todos los testigos de su desaparición o estaban muertos o fuera de palacio, de modo que para su traslado a El Prado a todos maravilló lo bien preservado que estaba, a pesar del descuido e indiferencia con el que fuera tratado tantos siglos.
Todo porque nadie olió el olor a mar de Francia que traía el tríptico. Todavía hasta 1980 era notorio. Ahora el cuadro ha sido colocado lejos del público y ya no está permitido olerlo.

Historia de unos amores bastante imposibles, de cómo se intentó resolverlos y de cómo fue todo un fracaso – Héctor Ranea


Él tomaba una copa de cabernet franc, yo sipaba de un frasco de W-38, un aditivo gel superfluido de mi refrigerante de memorias. Se lo notaba mal, como siempre que hablaba de mujeres, cosa que sucedía cuando volvía a su territorio.
La inteligencia de Gagemundo Nenelmes funcionaba bastante mal. Aunque se le permitía el vino, sus limb se le ponían molestas cuando bebía demasiado. Esa cepa lo dañaba al mismo nivel que a los nativos y sus reacciones a fe mía que parecían calcadas de ellos. De hecho, nueve de cada diez de sus conversaciones terminaban en el tema mujeres.
Evidentemente, las terrenitas eran difíciles para un extracentáurico, no sólo por las limb, no sólo por la tonalidad púrpura, no sólo por el aujero sino porque ellas eran, fundamentalmente, gente complicada.
–Es increíble. Mirando en perspectiva nada tiene el más mínimo dejo de lógica. Todo es un embrollo sin ton ni son.
Yo trataba de mirarlo con actitud de entender, pero no sólo no entendía nada sino que el W-38 me provocaba sulfatación por la presencia de Cr VII que me obnubilaba, pero si no lo sipaba, la situación de descontrol térmico me hacía penar aún más.
El aujero de Gagemundo era muy singular. Nadie tenía uno como el suyo. Él a veces lo usaba un poco tomándonos el pelo a todos, porque podía fungir tanto de máquina del tiempo como de teletransportador. Con ese tipo de abalorios había seducido a más de una terrenita y en varios planetas lo esperaban para que llegara con su aujero a llenar las noches de hastío con él. Por eso tenía su nave llena con ellos. En cierta forma, estaba perdiendo el knack. Eso le preocupaba.
Yo había empezado a sipar unas horas antes. Mi trompa de toma era menos proboscídea que sus limbs y me conformaba con acercar mis telemanos al cárter de mi flúido, de modo que tenía ya cierto nivel de envenenamiento por cromo cuando él llegó. Esto me haría algo torpe en la tarea de revisión y ensamblaje de máquinas de suspensión de animación, pero él empezó con su compleja trama de mujeres terrenitas y sus hazañas de aujero antes de que pudiera irme de ahí. Y seguí sipando.
No había cómo comparar los limbs de los Nenelmes con nuestras trompas, así que era inútil que mientras él hablaba de sus terrenitas yo tratara de entender el funcionamiento de ellos y corría serios riesgos de ser abrasado por el plasma que exhalaban al lagrimear. Era bastante menos corrosivo que el cabernet, pero me jodía los entornos cuánticos de las soldaduras hiperplanas, de modo que no era agradable mantener el nivel de cromo aceptable y mantener una conversación con riesgo lacrimal por otra.
En resumen, el problema de Gagemundo era que la terrenita Goldsisa le había hecho pasar, tiempo atrás, una excelente tarde de mecánica general de mantenimiento de aujeros y limbs. Una maravilla. Compartieron, incluso, un curso de fresado de alta precisión con máquinas trans-Orión que reparaban motores átomo por átomo. Esta terrenita tenía una mano que hacía que los limbs de Gagemundo se convirtieran en delicuescentes femtobots de pocos muones, la lejía de las manos terrenitas que sobaban su aujero no le producía el acostumbrado ardor.
Le extrañaba a Gagemundo, sin embargo, ese aire ausente que embargaba a Goldsisa durante el servicio. Ella, solía tener su overol bastante mugriento, tres o cuatro átomos de As por unidad de superficie, cosa que era suficiente como para intoxicar a cualquier Nenelmes extragaláctico hasta hacerle llorar el aujero y un poco abierto arriba, pero no daba ni noticias de entender que detrás de ese manojo de limbs había una sensible existencia de programación inteligente y que esas maniobras de resucitación de limbs fláccidos no pasaba inadvertida:
–¡Así que por qué me abandonaste! –gritaba Gagemundo después de la quinta copa de cabernet inundándome de lágrimas de plasma.
Nada de esto era oído por la percanta, ya que su función era munir al hexadodecápodo de un aujero pulido, lustroso, femtobotizado y no escuchar sus plegarias de amor eterno o sandeces de ese tenor.
No lo escuchaba simplemente porque todos esos bichos eran iguales.
–No entiendo –se decía– esos chirridos y tengo otras cosas en qué pensar, lo que no incluye andar tras una especie de linterna con patas sin control externo y que parece vivo sólo porque repite sus bips cuando le lustro cada limb.
Goldsisa, aunque el aujero de Gagemundo fuera tan atractivo como sus deseables limbs, no hacía más que lo estrictamente profesional. Al principio ella se daba cuenta de que Gagemundo retornaba siempre, con excusas estúpidas y voliciones absurdas y, sobre todo, malfunciones imaginarias de sus limbs. Complementos, siempre, de lo mismo. A ella, en la estación le habían asegurado que se trataba de esperpentos extragalácticos pero, en cierta oportunidad, un pitido salvaje le dio la pauta de que ahí dentro yacía algo más. De que no era una mera coordinación de electrones y superconductores.
Después de todo, el aparato ese nunca la había comprendido. Goldsisa sabía que muchas muñecas terrenitas cedían a los encantos de estos hexadodecápodos y les hacían creer que tenían por ellos altos sentimientos pero que, en realidad, todo lo que buscaban era un buen viaje en el tiempo para acertar en el bingo y poner créditos en su cuenta. La parte mala era que los “aujeros andantes” como los llamaban ellas, se creían dueños de sus vidas después del viaje y empezaban las fulerías.
La historia terminó mal. Antes de disipar mi envenenamiento, el Nanelmes pidió a Goldsisa, vía remota, un servicio no autorizado por el protocolo, aun sin confirmación del turno, cuando llegó lo esperaban del Consulado extracentáurico. Los mecánicos lo desarmaron y encajonaron casi instantáneamente. Lo único que no pudieron guardar fueron las lágrimas de plasma y las tiraron sobre mí como si fuera inmune.
Estoy recuperando mi coraza protónica con cabernet.

La botella – Héctor Ranea



La percanta se avivó de que el chitrulo venía con la tellebo bajo el brazo. Inconfundible. Vidrio verde, líquido violáceo. Entonces lo encaró así, liviana y seductora como siempre había sido, como no podría ser de otra forma.
–Tengo sed, marmota –le dijo.
El galán se acomodó porque el frío lo había puesto medio encogido dentro del perramus, pero incorporándose un poco la miró con ojos bastante rojos, señal de que se había bebido algo de la botella.
–¿Qué querés?
–Te quiero a vos, morocho. –Le dijo la impostora mientras se le acercaba como caminando con zapatos de cera en el hielo.
Se puso una mano en la cadera y se contoneaba haciéndose la gata. El flaco estaba entre animado y aterrado. Sólo le habían pasado cosas más terroríficas entre Constitución y Retiro, pero se las había sabido bancar a lo macho. En este caso apenas podía saber cómo actuar. La naifa parecía dispuesta a todo.
–Antes de empezar con el chamuyo –le dijo a la mujer –explicame qué me vas a hacer y cuánto me va a salir.
–Nene. Te hago lo que quieras, mi amor. Y no cobro mucho. Por ser vos, te dejo que pagués el telo y una yapa de pocos pesos. Lo que quieras con tal de estar con vos.
El tipo era de esos más desconfiados que mula tuerta y no se tragó el verso que le hizo la mina pero dejó que llevara un poco el bastón entonces accedió.
Fueron a un hotel que la muchacha conocía con lo cual al tipo empezaron a parársele las antenas de peligro. Aún así, siguió el juego de la araña y la mosca. En algún momento vendría el mordisco, eso con seguridad, pero la única cosa que tenía que hacer era estar atento.
Después de algunos momentos fogosos en el camastro del telo, el tipo se dio por vencido y se durmió. Que era lo que la mina estaba esperando. Le birló la botella y se tomó dos grandes sorbos. Antes de sentir el sabor amargo y escupir lo que tenía en la boca, ya había tragado lo suficiente.
Entonces el tipo abrió los ojos que estaban realmente enrojecidos y le dijo
–¿No querés seguir tomando la sangre de los zombies, papusa?
La mina no creyó lo que había oído hasta que no pudo creer en más nada. El flaco la desangró, hizo con la sangre de la pebeta una reducción y la metió en la botella.
Desde la primera vez que cazaba minas con esta botella se preguntaba cómo es que caían y no encontraba la respuesta pero bueno, funcionaba y un buen vampiro empirista no podía estar perdiendo el tiempo en filosofía barata.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Lecciones de paranoia mal aprendida - Héctor Ranea


Cuando fui a hacer lacrar el sobre con mis poesías para presentarlas al Gran Concurso Nacional, el dueño del negocio, un señor muy circunspecto se lo llevó para la trastienda. Un hombre de cara desencajada que estaba ahí, chupado de mejillas y mugriento, me dijo:
—No lo deje. Le van a robar la idea o los poemas. Son viles gusanos.
Yo no le hice caso.
Mal hecho, el tipo casi sin mejillas había ido a patentar la máquina del tiempo hace años. Después me enteré. El viejo circunspecto le robó los planos, construyó la máquina, con eso se me adelantó a publicar mis poemas dos años. Gané el concurso, pero me acusaron de plagio y, como era un ilustre desconocido, me hicieron pagar no sé cuánto ya. Después de eso inventé la máquina del tiempo, la fui a hacer patentar pero el viejo me robó la idea. Y acá estoy, tratando de prevenir a incautos pero tal parece que no quieren entender o será mi aspecto que no los convence. Ni siquiera a mí mismo logré convencerme. ¡Si seré!

El comprador de precios - Arantza Ruiz de Mendarozqueta


Él vivía con su mujer, en una casa que se ubicaba a dos cuadras del supermercado. Un día, revisó el cuadernito negro y descubrió que su esposa había escrito una larga lista de compras. “Tenés que ir a hacer compras, Álvaro” se leía en el final de la lista. Arrancó la hoja y se encaminó hacia el supermercado. Ya en la entrada, revisó la lista y caminó hacia los productos faltantes. Empezó a buscar y a buscar, y de repente, se empezó a sentir raro, extraño, en otro mundo. Miles y miles de precios rondaban por su cabeza, a la vez que los leía. Volvió a su casa con la misma sensación, y con la misma se sentía al otro día, cuando había regresado al supermercado. Compró los mismos productos que había comprado el día anterior, con excepción de una lamparita y un zapallo. Varios días se repitió la secuencia, hasta que un día su amor por los precios fue tan grande, que superó al amor que sentía por su mujer, y más tarde, empezó a llenar su carrito con precios, con la intención de comprarlos sin importarle que la seguridad lo echara del supermercado, y un día, se compró una máquina de precios. Llegó a su casa con la máquina quemándole entre sus brazos, y apenas la sacó de la caja, empezó a ponerle precios a todos los objetos de su casa ¡Y hasta a su mujer! Quince años después, falleció. Algunos piensan que era un loco, y otros que quería deshacerse de su mujer, por eso quería venderla.

Los más aptos - Sergio Gaut vel Hartman


Homero Prezit se consideraba un sobreviviente, un inmune. Como Isher, el protagonista de La Tierra permanece, había logrado eludir las epidemias de dos siglos, incluso la peor de todas, la viruela linfática que en 2010 diezmó la población del planeta. Más devastadora que la peste de 1348, la viruela linfática solucionó los problemas demográficos al producir cuatro mil millones de muertos. El golpe fue duro, durísimo, y la especie humana aprendió varias cosas. Una de ellas fue que la mayoría de los hábitos y costumbres del Viejo Mundo debían ser cambiados. Ya no hubo ejércitos ni magnates y una suerte de mansa sabiduría cayó como fina llovizna sobre las ahora vacías ciudades. Los nuevos humanos conservaron, por cierto, algunas de las conquistas tecnológicas más útiles; hubiera sido absurdo ensañarse con ellas: los artefactos no habían sido los responsables de los errores sino sólo sus instrumentos. Aislados unos de otros, pero conectados gracias a redes virtuales infinitas, las mujeres y hombres se prepararon para dar el salto evolutivo profetizado por Arthur Clarke: se salía, por fin, de la cuna para acceder a un estado de madurez intelectual y espiritual jamás alcanzado en otros tiempos.
Por eso, cuando a Homero se le llenó el cuerpo de escaras y úlceras profundas, perdió el apetito y progresivamente se le fueron atrofiando los cinco sentidos, no sólo se sorprendió atrozmente sino que despertó el estupor de los especialistas que se conectaban con él a través de la red. No había antecedentes de una enfermedad semejante, y médicos, biólogos y genetistas de todo el mundo empezaron a conjeturar acerca de cuál podría ser el origen de la dolencia, aunque no llegaron a ninguna conclusión. La impotencia ganó el ánimo de todos cuando descubrieron que Homero sólo era el primero, pero de ningún modo el único. Tomada por sorpresa, la humanidad no supo reaccionar. ¿Cómo es posible el contagio, se decían los científicos, si todos vivimos aislados, protegidos, sin contacto físico? La red nos nutre, nos mantiene comunicados y nos proporciona los recursos necesarios y suficientes para sostenernos. ¿Cómo es posible?, repetían. Y siguieron haciéndolo después del fallecimiento de Homero, el precursor, y siguieron haciéndolo mientras los seres humanos que habían sobrevivido a todas las pestes sucumbían a la última, la única que ellos mismos habían creado, la peste que nació como defensa contra todas las otras.

Antiguos orificios entremezclados - Saurio


El tiempo después del tiempo. Se funde. Se oculta.
Los pájaros más negros. Cuando para subir las paredes se oculta después de la lluvia. Dónde, para irse, los pájaros se vuelven escaleras, se vuelven para reorientar el tiempo de Europa.
¡Tiempo asesino!
(El tiempo. Inútilmente, el tiempo.)
Y para volver, para reorientar, no habla. Para subir, para subir grita. Y para reorientar se funde.
Sino del árbol después de más tiempo. Inútilmente, el tiempo.
La lluvia, las paredes, la lluvia, el tiempo.
¡No asesino negros!
Tiempo, tiempo del pájaro asesino, tiempo de la lluvia, escaleras del tiempo. El tiempo, la lluvia, sino más.
Sino del pájaro a Roma, y cuando se vuelvan a Roma no habla el árbol sangrante, para irse no habla, para destruir las paredes de Europa. Y se vuelven a la zona, para reorientar el pájaro en el alma. No, no habla inútilmente.
El instrumento para destruir es el Camino. El tiempo es el Camino.
El tiempo en el alma, tiempo para destruir los pájaros, las paredes, el tiempo. El tiempo, tiempo después de más tiempo, el tiempo sangrante.
Después el tiempo se funde por el instrumento.
¡Más negros en Roma!
Tiempo. El tiempo. El espacio. En el corazón. En el alma.
El camino: El espacio para destruir el tiempo.
Para volver después: Los pájaros.
El tiempo se oculta en el corazón.
Y grita el instrumento: ― ¡El pájaro! ¡Asesino! ¡Escaleras! ¡Paredes!
Y habla el árbol: ― ¡Los pájaros! ¡El espacio! ¡Roma!
Y el tiempo se oculta de la lluvia.
Escaleras para reorientar en Europa sangrante. Inútilmente el tiempo grita y, para volver, el espacio habla escaleras, escaleras a Roma. Tiempo después, (no más tiempo sino tiempo de la lluvia, tiempo tiempo, el tiempo es asesino de la lluvia) el tiempo habla a Roma y cuando es tiempo de irse, habla las paredes. En Europa: las paredes: las paredes: el tiempo.
El espacio en el alma grita, habla, no habla, no grita. Habla y grita después. Y cuando grita no habla. Grita las paredes que conducen sangrante el instrumento. Habla el camino en Europa (no después del árbol sino después del asesino). No grita las paredes que conducen para no irse del árbol. Grita el tiempo en el corazón sangrante. Y cuando los pájaros se vuelven a la zona, habla.
Para irse: Las paredes de los pájaros en Europa.
El asesino no habla, grita.
Y después el tiempo se oculta en el corazón.

viernes, 30 de octubre de 2009

Casi Génesis - Antonio J. Cebrián



Dios dijo: —Haya luz.
Y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó la luz de la oscuridad llamando “día” a la luz y “noche” a la oscuridad.
A continuación dijo: —Acumúlense las aguas bajo el firmamento y déjese ver lo seco.
Llamó Dios a lo seco “tierra” y a las aguas, “mar”.
Viendo que lo hecho estaba bien, dijo Dios:
—Produzca la tierra vegetación: hierbas y árboles que den fruto según su especie… En ese momento, sufrió uno de sus “repentinos cambios de humor” y dijo:
—O mejor, no.
Y volvió a su estado de letargo durante otra eternidad.

Biografía: Antonio J. Cebrián