jueves, 11 de junio de 2009

El solipsista - Fredric Brown


Walter B. Jehovah, por cuyo nombre no pido excusas puesto que realmente fue su nombre, ha sido un solipsista toda la vida. Un solipsista, en el caso de que no conozcas la palabra, es alguien que cree que él es la única cosa que existe realmente, que el resto de la gente y el universo en general existe sólo en su imaginación, y que si él dejara de imaginarlos su existencia acabaría.
Un día Walter B. Jehovah comenzó a practicar el solipsismo. En una semana su mujer se escapó con otro hombre, perdió su trabajo como agente marítimo y se rompió la pierna en la persecución de un gato negro tratando de evitar que se cruzara en su camino.
Decidió, en la cama del hospital, acabar con todo.
Mirando a través de su ventana, hacia las estrellas, deseó que no existieran, y no estuvieron allí nunca más. Entonces él deseó que no existiera ninguna otra persona, y el hospital comenzó a estar demasiado tranquilo incluso para un hospital. Lo siguiente, el mundo, y se encontró suspendido en un vacío. Se libró de su cuerpo, y dio el paso final para tratar de acabar con su propia existencia.
No ocurrió nada.
Extraño, pensó. ¿Puede haber un límite para el solipsismo?
«Sí», dijo una voz.
«¿Quién eres?», preguntó Walter B. Jehovah.
«Soy el único que creó el universo que acabas de aniquilar. Y ahora tú has tomado mi lugar». Hubo un enorme suspiro. «Puedo, finalmente, acabar con mi existencia, encontrar olvido, y dejarte tomar posesión».
«Pero, ¿cómo puedo dejar de existir? Eso es lo que estoy intentando hacer».
«Sí, lo sé», dijo la voz. «Debes hacerlo del mismo modo que yo lo hice. Crea un universo. Espera hasta que alguien en él crea realmente lo que tú creíste y trate de dejar de existir. Entonces te puedes retirar y dejarle tomar posesión. Adiós.»
Y la voz se fue.
Walter B. Jehovah estaba sólo en el vacío, y era la única cosa que podía hacer.
Creó el cielo y la tierra.
Tardó siete días.

Lo podrido - Sergio Gaut vel Hartman


Corría por las calles de aquella ciudad deprimente; unas calles lúgubres, cubiertas de moho y verdín. Y a pesar de que parecía una alucinación, no pude evitar estremecerme, porque todo eso era real, más real que cualquier sueño. Los traficantes de peste bubónica, por ejemplo, insaciables, me habían obligado a fabricar nuevas cepas mutadas, o de viruela o de gripe canina, les daba lo mismo, o ya no lo recuerdo. Esa incertidumbre era lo que me impulsaba a ir en busca de la mujer que podía sacarme de ahí; pero encontrarla fue decepcionante, porque su estado era calamitoso, peor aún que el de la ciudad. Había perdido todo el cabello y los dientes, la piel se le derretía como cera fundida y los pesados párpados de hojalata que le cubrían los ojos estaban oxidados por culpa del humo fumado a lo largo del tiempo. Busqué el origen de un sonido solitario que reptaba y descubrí cuerpos entrelazados, demasiados brazos y pocas piernas, volando por el aire entre gemidos, fundiéndose con sábanas de seda que brillaban como negativos de viejas fotografías. Las fotos, para más datos, colgaban de alambres tendidos de un lado a otro de la calle, sin más motivos que los que proporciona la costumbre. Pero todo el paisaje no tardó en licuarse ante mi mirada atónita, giró sobre si mismo, enroscándose, y la energía que contenía se rasgó a mi alrededor, silbando en voz baja, bronca, un balbuceo que se volvió esponjoso, traslúcido; luego se transformó en barro y se dispersó... Por eso, aquel espejo fue providencial. No me miré, claro, hubiera sido un acto demente, pero de todos modos supe que yo también tenía el rostro hueco, cubierto de manchas violáceas, como si hubiera estado mucho tiempo pudriéndome en un pantano y me hubieran sacado unos minutos a la luz para burlarse de mi desgracia. Fue entonces que renuncié a comprender, me hice un ovillo y traté de organizar alguna pesadilla salvadora; nada podía ser peor. Pero no pasó nada, y seguí despierto.

Casa de la colina - Nedda González Núñez


La casa de la colina parece frágil para soportar los embates de este viento; sin embargo es muy antigua. Está de cara al mar, rodeada por hierbas ondulantes que se atreven a llegar hasta el borde mismo de los acantilados. Detrás, un horizonte liso y curvo; nada más.
Este lugar no tiene nombre. En mi soledad, un temor indefinido se agita deliciosamente bajo la manta con que me cubro hasta la cabeza, mientras me acurruco en un sillón destartalado. Ahora no hay nada más importante que su textura, y el calor que me mantiene viva.
Cierro los ojos con fuerza. En mi ceguera voluntaria, presiento la última luz del atardecer.
Las sombras que llegan arrastrándose sobre el suelo irán transformándose en dedos oscuros que trepan por las paredes, para luego deshacerse y desaparecer, ya que son fugitivas por naturaleza.
En la habitación, un espejo vacío refleja el infinito. En su centro, sólo está la casa de la colina, que tanto temo y tanto deseo.

Cómo pasar camellos por ojos de agujas - Daniel Frini


No es fácil y tiene sus trampas. Y lleva tiempo. Pero se puede hacer. En primer lugar, consígase una aguja de aquellas que usaban nuestras abuelas para coser colchones, de ojo grande, para no renegar tanto. Tome un camello, de tamaño mediano a chico; mátelo y proceda a trozarlo, prolijamente, en lonjas de un ancho no superior al alto del ojo de la aguja y en un espesor no mayor que el ancho de dicho ojo. Cuando mayor longitud tengan las lonjas obtenidas, mejor. A continuación deberá dejar de lado su asco, en el caso de no atraerle la carne cruda o la sangre de camello, pues deberá tomar, una a una, las lonjas obtenidas, sostenerla por un extremo entre sus dedos pulgar e índice, mojarla levemente entre sus labios; con los mismos dedos, pero de la otra mano, deberá hacer un movimiento entre circular y cónico para aguzar el extremo del trozo de carne, luego enhebrarlo en el ojo de la aguja en cuestión y pasarlo por él, con mucho cuidado. Repetirá esta operación con cada una de las partes en que haya dividido al camello. Con algunas, como los pelos, le será más fácil. Con otras, los huesos son un ejemplo, tendrá mayores inconvenientes. Por supuesto, puede ayudarse de anteojos o una lupa. No se desanime. Trate, sí, de apurarse porque esta operación le tomará varios días y quizá hasta años y el animal se irá pudriendo; haciendo, quizá, más repugnante la operación de mojar el extremo de cada parte entre sus labios.
Existe un truco para la sangre y fluidos derramados, consistente en construir un pequeño embudo que insertará en el ojo de la aguja. Con una esponja absorberá estos fluidos del piso o la mesa de trabajo; y la escurrirá en el embudo mencionado.
De esta manera, con paciencia, usted alcanzará el Reino de los Cielos.
El verdadero milagro no es este, si no armar el camello de nuevo, una vez que pasó por el ojo de la aguja. Y no me venga con ADN y clonación. Después le cuento cómo se hace. Esa es otra historia

martes, 9 de junio de 2009

De madera - Sergio Gaut vel Hartman


Las dulces y amorosas princesas, todas ellas embarazadas, caminaban como podían por el bosque. Aurora, Blancanieves y Cenicienta iban en busca de la cabaña en la que, si eran correctos los datos proporcionados por el guardabosque, jugosamente gratificado, hallarían al Príncipe Azul consumando su felonía. Para Blancanieves, más que para las otras dos, el bosque evocaba sucesos dolorosos, pero todas estaban decididas a terminar con el infame, al precio que fuera. Por fin, cuando ya caía la noche, encontraron la cabaña y, tras recuperar el resuello, golpearon a la puerta.
Casi de inmediato, como si las hubieran estado esperando, se oyó el ruido de movimientos precipitados y confusos. Alguien se estaba escondiendo. Pero las mujeres no se intimidaron por eso. Sabían que las cabañas de los bosques de los cuentos sólo tienen una puerta. Toc toc, insistieron.
—Sabemos que estás allí —dijo Blancanieves con voz resuelta—. Deja de esconderte y da la cara, rufián.
—No seas cobarde —se animó Aurora—. De todos modos has sido descubierto.
Del interior de la cabaña llegaron de nuevo los signos de una actividad alocada y difusa, como si alguien arrastrara muebles de un lado a otro.
—¿Abres la puerta o la echamos abajo? —dijo Cenicienta, quien después de haberlas pasado brutas con la madrastra y las hermanastras no se iba a dejar intimidar por un Príncipe más o menos Azul.
—Abro —dijo una voz rugosa y agitada desde adentro—, ya les abro. —Los pasos revelaron que alguien se acercaba a la puerta y el movimiento del picaporte demostró que el que había hablado no mentía. La puerta se abrió y en el vano pudo verse a un Príncipe Azul un tanto fuera de norma, en camisa y con los botones de las calzas mal prendidos. Poco o nada tenía que ver con el joven elegante que se las había ingeniado para seducirlas. Detrás, la modesta cabaña —sin lugar a dudas indigna de un Príncipe Azul— lucía desordenada y sucia.
—¡Pillo, miserable! —se descargó Blancanieves, sin darle al Príncipe la oportunidad de armar una defensa.
—¡Vil gusano, canalla despreciable, sapo repugnante! —reforzó Cenicienta, duplicando la munición, por si hiciera falta.
— Truhán, basura despreciable, infeliz —triplicó Aurora, más que nada por no quedarse atrás.
—¡Mis amadas esposas! —balbuceó el Príncipe Azul.
—¿Entonces, lo admites? —croó Blancanieves, en la cúspide de su indignación.
—¿No esgrimirás ni siquiera una excusa, una mentira? —lloriqueó Aurora, que había empezado a sentir contracciones.
—¿Quién es ella? —soltó Cenicienta, roja como un tomate.
—¿Admitir, excusas, mentiras, ella? —dijo el Príncipe, que nunca se había distinguido por sus dotes oratorias y a quien lo que mejor le salía era repetir las palabras de su interlocutor.
—Si no vas a mentir —dijo Blancanieves con su tono más severo— di de inmediato qué significa esta triple vida, por qué nos engañaste aprovechando nuestra inocencia de doncellas y quién es la dama que has escondido con tanto alboroto.
—Puedo explicarles todo —barbotó el Príncipe tratando de aplacar a las mujeres con algo de humor, pero al ver aquellos ceños adustos extendió los brazos y dijo—: lo que me ocurrió con ustedes...
—Dilo de una vez, hombre —dijo Cenicienta—, ¿o no ves que esta está a punto de romper bolsa?
—¿A punto de qué? —El Príncipe Azul se rascó la cabeza.
—Déjalo ahora —dijo Aurora—. Quiero saberlo antes de empezar a parir.
—Bien, ya que lo pedís con tanta insistencia... —El Príncipe se llevó los dedos a los labios y silbó como un vulgar carrero.
Los movimientos del interior de la cabaña se resolvieron en crujidos y chasquidos. Una figura de gran porte a la que no era posible imaginar como una doncella, se acercó hasta la puerta.
—Lo nuestro es amor verdadero, cabezas de pájaro —dijo Pinocchio mostrando todo el esplendor de su cuerpo de madera. Avanzó hacia las mujeres y empujando al Príncipe Azul sin miramientos miró a Blancanieves, Aurora y Cenicienta con desprecio, arrogante y aparatoso como siempre—. Ustedes son incapaces de entender lo que sentimos.

lunes, 8 de junio de 2009

Diálogo de tigres - Lilian Elphick


Al que camina las madrugadas en busca de su sombra.

En el bosque de los desprotegidos, dos tigres se encuentran y, como si el agua les bebiera las palabras, se miran. En los ojos de uno se reflejan los del otro. Cuatro soles en la oscuridad, y una distancia enorme que los separa. Ellos lo saben. Conocen los espejismos, los inextricables paisajes de la nada en donde pueden saltar en la agilidad del viento.
Pequeños gruñidos quiebran el silencio. El acto de reconocerse entra por sus narices y sale por las alas del pájaro sin nombre.
El acercamiento es cauteloso: hay demasiadas historias en cada una de sus rayas y un territorio que defender.
Pero se encuentran, y los dos están tan cerca que sus orejas se crispan con los latidos y el ensanche de las venas que permite que la sangre corra ferozmente, sin detenerse ni un segundo, abriéndose a la respiración y al acecho.
Tengo hambre —dice uno.
Yo también —responde el otro.
Se matan en un combate limpio y digno del más solitario de los recuerdos.

Tomado de: http://lilielphick.blogspot.com/

Correo electrónico impreso en la puerta de mi baño – Francisco Costantini


Escribía la autobiografía de mi amigo Santiago Fernández Subiela —qué nombre para una vida— cuando sonó el timbre. A pesar de mi refunfuño, abrí la puerta de la heladera y me dirigí hasta el baño. Allí me esperaba el cartero con un correo electrónico impreso que había llegado a mi nombre. Era extraño, pues nunca nadie me redactaba la más mísera línea. Aparte, tres años atrás internet había desaparecido y nadie se había molestado en buscarla. De todos modos me encogí de hombros y tomé el papel. Ya daba media vuelta cuando el cartero me histó. “Firmemé”, dijo. Tomé la lapicera que sostenía en su mano y sobre su frente —no hallé lugar más propicio para la empresa— estampé el más hermoso “me” de mi vida. Él quedó muy agradecido. Luego metió los pies en la taza del inodoro, apretó el botón, y se marchó. Yo, antes de regresar a la heladera, leí el mensaje. “Tu existencia es una f cción”, decía. Noté que faltaba una vocal —tal vez un error de la impresora—, sin la cual me resultaba arduo comprender el significado de la frase. Pronto descarté mamarrachos como “facción” o “ficción”; tales palabras no existen. Que mi vida sea una fección es algo con lo que no estoy muy de acuerdo. Una focción es mucho decir. Opté, ergo, por que mi existencia es una linda fucción. Después de todo, ¿a quién no le gustan las fucciones? En fin, contento por lo que un anónimo me había hecho conocer de mi propia existencia —aún queda en el mundo gente tan altruista—, volví a la impostergable escritura de aquella autobiografía también impostergable.

Máscaras - Olga A. de Linares


¡Carnaval, carnaval!
Al grito todos nos colocamos las máscaras, nadie ha de ver la propia, como siempre sucede.
Esta vez, es fácil adivinar el rostro ajeno tras los antifaces, tras los simulacros. Reímos, captando de inmediato el ridículo que no nos pertenece, ilusionados con la idea de que en el reparto el azar nos deparó una suerte más digna. Pero el azar no tiene esas delicadezas y es muy probable que la nuestra sea la más grotesca.
Alguien pide auxilio, la máscara la asfixia, impávida en su muerta blancura. Antes de que logre su cometido la arrancamos, dejando el rostro desnudo que, de inmediato, reclama el cobijo de otra.
Algunas se resisten a favorecer ocultamientos, pero al cabo resulta inevitable hallar la que mejor se ajusta a cada uno.
Llega la hora de las palabras. Cada quien las caza como a oscuras liebres en un bosque aún más oscuro y se enmascara, revelándolas. Curvas y líneas se suceden, diciendo, no diciendo, mostrando, no mostrando. Punto final. Es el momento de descubrirse. No es posible partir con ellas, no hay negativa que valga.
Lo intento. Imposible. La máscara se funde a mi rostro, ya olvidado, lo reemplaza. Deberé ir por el mundo con esta faz que ignoro y evitar todo espejo que señale su falsedad -o acaso su verdad-, ambas igualmente irremediables.


Tomado de: http://olgalinares.blogspot.com/

domingo, 7 de junio de 2009

El cuerno sanador - Laurie Anderson


Cuando estuve en Los Ángeles fui a varios servicios religiosos ofrecidos por una organización llamada la Iglesia Universalista Mundial. Los servicios se realizaban en un enorme auditorio, que antes había sido un salón de exposición de autos usados. La cabeza de esta organización era un hombre llamado el Dr. J., egiptólogo, predicador y artista de grabación. En la parte trasera de la iglesia vendía cassettes que había producido en su estudio casero. Los cassettes tenían títulos como "Los OVNIs y las Criaturas que Los Conducen". Su asistente era una mujercita llamada Miss Velma, una soprano que también era la encargada de administrar el Óleo de la Juventud en el Cuerno Sanador. El Cuerno Sanador era realmente un cuerno de orígenes no identificados todo recamado en joyas. Cuando tocabas el cuerno sentías una rejuvenecedora ola de energía, de unos cincuenta voltios, siempre y cuando estuvieses de pie sobre la plancha metálica empotrada en el altar.
El evento más espectacular del año en la Iglesia Universalista Mundial era el servicio de navidad. Había una gigantesca pantalla pintada con una escena del pesebre. Un montón de animales estaban pintados en la pantalla, con huecos en el lugar donde deberían estar sus cabezas; y detrás de cada hueco había un micrófono. Durante el servicio Miss Velma se colocaba detrás de la pantalla y sacaba su cabeza por esos huecos, usando una voz diferente para cada animal. "Hola. Yo soy la vaca y lo vi todo". "Hola. Yo soy la tórtola. La amorosa tórtola. Y también estuve allí y lo vi todo".
Entonces el servicio pasaba abruptamente al Dr. J., quien anunciaba: "Primero Miss Velma va a atravesar un globo con una flecha. Luego ella ejecutará una danza india. Y finalmente interpretará para ustedes una canción en el melofón". Sin más explicación, Miss Velma salía de atrás de la pantalla. Primero ella atravesaba un globo con una flecha. Luego ella ejecutaba una danza india. Y finalmente interpretaba una canción en el melofón.
Y esto era en cierto modo fascinante. Primero él te dice lo que va a pasar y luego efectivamente pasa, exactamente como él había dicho. Era como una profecía que se cumplía.

Ilustración de Laurie Anderson, traducción de Saurio

Estas reglas - Laurie Anderson


No sé cómo serán tus sueños, pero en los míos los temas son bastante básicos.
Vos sabés, de repente George y Barbara Bush aparecen. Después te estás cayendo por un acantilado. Ese tipo de cosas.
Y mi rol es siempre una especie de extra naif que entra y sale de las subtramas.
Una noche, durante un sueño, miré hacia abajo y me vi a mí misma bien en el fondo en un escritorio, escribiendo el sueño y desarrollando esos argumentos complicados para que esta soñadora medio estúpida los interprete a tropezones.
Y esta era como la relación entre un director y un actor, pero también era parecido a lo que le pasa a todo el mundo en el mundo de la vigilia cuando se inventan una personalidad creíble y más o menos consistente y después se las ingenian para vivirla.
Y es sólo cuando hacés algo realmente fuera del personaje - saltar impulsivamente en una fuente mientras vas a trabajar o que te agarre un ataque repentino de ladridos mientras estás esperando el colectivo - cuando te comenzás a preguntar:
¿Al fin y al cabo, quién escribió esto?
¿Quién escribió estas reglas?

Te voy a decir quién escribió estas reglas.
Mrs. Tjell.
¿Quién es Mrs. Tjell?
Ella era nuestra maestra de segundo grado. Y ella nos contaba esas historias sin fin, en las que cada oración planteaba una escena completamente diferente de la anterior. Eran más o menos así:
Una hermosa mañana el conejo gris se despertó. Mr. Edwards estaba por irse a la granja. Pero las gallinas y los conejos iban a salir de viaje. Y entonces la pequeña Barbara gritó: ¡Oh, no!
Me recuerdo mirando a los otros chicos para ver si estaban siguiendo el hilo de esto y la cosa extraña es que, aparentemente, lo hacían.

Ilustración de Laurie Anderson, traducción de Saurio.

Documentos falsos - Laurie Anderson


Fui a ver a una quiromante y lo más extraño de su lectura fue que todo lo que me decía estaba totalmente equivocado. Decía que me encantaban los aviones, que yo había nacido en Seattle, que el nombre de mi madre era Hillary. Pero parecía tan segura de esta información que empecé a sentir como que había estado toda mi vida con estos documentos falsos tatuados en mis manos. Había mucho ruido en el salón y los miembros de su familia entraban y salían todo el tiempo. Hablaban un lenguaje agudo y chasqueante que sonaba muy parecido al árabe. En el piso estaban desperdigados libros y revistas en árabe. De repente se me ocurrió que tal vez lo que había era un problema de traducción ― que tal vez ella estaba leyendo mi mano de derecha a izquierda en lugar de derecha a izquierda.
Pensando en espejos, le di mi otra mano. Entonces ella extendió su otra mano y así estuvimos sentadas por varios minutos en lo que yo supuse que era una especie de ritual participatorio. Finalmente me di cuenta de que había extendido su mano porque estaba esperando dinero.

Traducción de Saurio

Mach 20 - Laurie Anderson



Damas y caballeros, lo que están observando aquí son ejemplos magnificados o facsímiles del esperma humano.
Generación tras generación de estas pequeñas criaturas se ha sacrificado en su persistente, muchas veces fútil, intento de transportar el código genético masculino básico. Pero, ¿de dónde viene esa información? No tienen ojos. Ni orejas.
Sin embargo algunos de ellos ya saben que serán calvos.
Otros saben que tendrán dientes pequeños y torcidos.
Más de la mitad de ellos van a terminar siendo mujeres.

Cuatrocientos millones de criaturas vivientes, todas sabiendo con precisión la misma cosa ― copias carbónicas de cada uno de ellos en una carrera kamikaze contra reloj.
Algunos de ustedes se sorprenderán al saber que si un espermatozoide tuviera el tamaño de un salmón nadaría su viaje de siete pulgadas a 500 millas por hora.
Si el espermatozoide tuviera el tamaño de un cachalote, sin embargo, viajaría a 15.000 millas por hora, o a Mach 20. Ahora imagínense, si lo desean, cuatrocientos millones de cachalotes que parten de la costa pacífica de Norteamérica nadando a 15.000 mph y llegando a las aguas costeras de Japón en 45 minutos.
¿Cómo serían recibidos?
¿Se darían cuenta de que ellos traen información, un mensaje?
¿Habría lugar para tantos millones?
¿Sabrían que fueron enviados con un propósito?

Traducción de Saurio

viernes, 5 de junio de 2009

Herencia - Mónica Sánchez Escuer


Herencia - Mónica Sánchez Escuer
Esa noche, tu reloj de pulsera se detuvo justo en el momento en que entraste a la vecindad. Antes de dármelo, lo miraste: 7:15 p.m. Sabías que a esas horas el hombre, tu hombre, al que nunca quise llamar padre, estaría ya borracho. Y sí, lo estaba. Desde el patio se escuchaban los gemidos. Al subir, lo vimos golpear la puerta con los puños, como si en la madera estuviera estampada la imagen del zurdo ése que le tumbó de un trancazo los dientes y su título de peso gallo. Tú te quedaste en la escalera para mirarlo trastabillar, sonrojarse, maldecirte. Sonreías: quizá pensabas que terminaría demasiado cansado para echársete encima. Yo, con mis seis años, parada detrás de ti, no entendía tu pequeña venganza.
El hombre seguía gritando mientras, a sus espaldas, jugabas con las llaves. Sabías que él no venía por ti, sólo por su asquerosa dentadura con incrustaciones de brillantes y oro que desgranaba a cambio de los tragos. Mucho tiempo después entendí por qué dejabas el vaso con sus falsos colmillos muy cerca de la ventana y te divertía verlo arañar el vidrio, implorándote. Pero esa noche, él rompió el cristal de un puñetazo y con torpes movimientos trató de recuperar su orgullo bucal. Lo único que obtuvo fueron vidrios incrustados en el brazo.
Tú lo viste caer, manchar con su sangre el desgastado “bienvenidos” del tapete. Lo oíste gemir y, sin mirarlo más, brincaste su cuerpo y entraste a la casa. Yo me quedé quieta, mirando cómo sacabas la dentadura del vaso y metías algo de ropa en una bolsa.
Nos mudamos lejos. Otras casas, otros pueblos, otros hombres no borraron la memoria de los golpes. ¿Cómo podía olvidar si a donde quiera que íbamos llevabas entre tu ropa los malditos dientes? Yo sabía que no valían mucho —ni siquiera creo que alcancen para pagar tu entierro— pero tú te empeñabas en guardarlos: Son tu herencia, me decías.
Ahora que leo el improvisado testamento que me dejaste en una hoja de libreta, junto a la dentadura, al fin comprendo que te fueron útiles: “No los vendas, enséñalos a todos tus hombres y nunca nadie te hará daño”.
Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/
Ilustración: Nubes, Héctor Ranea

Fábula frugal - Héctor Ranea


—Algo tenemos que hacer, nosotras, las manzanas de variedades importantes —dijo la Granny Smith, visiblemente enojada.
—¿A qué se refiere? —le contestó con aire distraído la Cox’s Orange Pippin, imbuida en su historia—. Creo no seguirla.
—¡Siempre tan distraído! —le espetó la verde manzana ya enojada.
—Perdóneme, pero usted divaga seriamente.
—Le digo que algo tenemos que hacer. Es inconcebible que sigan esas King David como si nada. Está bien que tienen esas vetas que tanto les gustan a algunos humanos, que tengan un sabor extraño que produce cierto embeleso. Precisamente por eso, debería hacerse algo.
—Confieso que no la sigo —y esta vez terció la Renetta del Trentino, que solía estar de acuerdo con la verde, pero esta vez se le cruzó.
—¡Pero tengo que explicárselo todo! ¡No entienden nada! —bufó sin tapujos la Granny.
—En realidad, no comprendo a qué quiere llegar —le dijo, desde lejos, porque le temía un poco, la Braeburn, que bebía su ración hidropónica al lado de la Fuji, ya estudiando con calma oriental lo dicho por la Granny Smith.
—Claro, entre ustedes seguramente hay varias bicolores. No pueden entender lo que decimos las puras.
—¿Puras? Entre ustedes también hay con varios colores —gritó la Red Delicious sin enojarse, pero decidida a no dejarse avasallar.
—No me chicanee Doña “manzana sin origen conocido” —dijo con desprecio la Granny, convertida en una bestial enemiga. Y siguió—: Ustedes, las manchadas, las bicolores, las de sangre pinta, no entienden. Nosotras estamos en la búsqueda del talismán que usó la Gran Manzana para superar el periodo del cajón en la que fue sacrificada para que todas tengamos un destino de mesas distinguidas: La famosa manzana de las Hespérides que recuperó Hércules, que después desapareció de la historia sin dejar rastros, con su savia y su mágica pureza perdida para siempre.
—Disculpe —dijo la Renetta con algo de ironía—. ¿Con qué la han regado últimamente? Me gustaría que me dieran un poco de esa ración.
Todas las otras manzanas rieron. La Granny Smith se sulfuró sin ambages, y dijo:
—¡Cuando terminemos con las King David, ya van a ver ustedes, colaboracionistas de esa manzana inferior!
La Cox, que había intentado seguir las noticias en los diarios en que estaban a medio envolver, le dijo con total desparpajo: —Usted está hablando de olvidarnos de una manzana tan especial, sabrosa, rica en aromas extraños. ¿Se da cuenta a qué está llevando a sus seguidoras?
—¿Seguidoras —interrumpió la verde—. Usted me dice que tengo seguidoras? —dijo con sorna—. Se confunde, y muy mal —manzana inglesa tenía que ser— porque yo misma soy seguidora. En realidad, somos millones que nos reunimos a tomar jugo de manzanas inferiores a vivar a nuestra líder.
Todas las otras manzanas se alarmaron. Se podía decir que chacoteaban pero, en realidad, estaban alarmadas.
—¡Sí, alármense! ¡Sobre todo Usted! —gritó señalando a la Gloster 69—. ¡Viciosa! Ya veremos en qué la convertimos. ¡Manzanas degeneradas!
La aludida, indiferente, quedó en silencio. Acudieron a defenderla la Janet, la Golden, la Gala (con una bandana pintada con un cuadro de Dalí con ella como Leda).
—Cálmese, doña Smith —le dijeron las más conciliadoras—. ¿A dónde nos llevarían estos aires de superioridad varietal? No empecemos aventuras violentas, por favor.
—¿Ustedes llaman a mis gritos violencia? ¡Pues no saben lo que les espera, entonces! ¡Están al borde del abismo y nosotras vamos a empujarlas! ¡A las King David las borraremos de la faz de la Tierra y todas ustedes irán al mismo gástrico para hacer sidra!
La Stark Jongrimes, una de las más jóvenes, se interpuso tratando de rodar con cierto control por entre las demás. Al estar frente a frente, dijo, con calma pero sin superficialidad pacifista:
—¿Dónde es que se reúnen, señora Granny Smith? Acaba de decir que son millones. ¿Dónde se reúnen?
—¿Me está tratando de sonsacar información, jovenzuela barata?
—Por el contrario, abuela, quiero asistir con usted a esas maravillosas reuniones.
La manzana casi madura de golpe del violento brote de orgullo y le dijo dónde se reunían las manzanas.
La Stark se fue en silencio. Al ser de las más jóvenes poseía cierta agilidad que le permitió acercarse al escritorio del controlador de la fábrica de sidra y escribió con su jugo el lugar de reunión de las manzanas fanáticas. A la mañana siguiente, las apisonadoras irían allí para tener sidra de Granny Smith que, sin ser la mejor, tenía buena salida en el mercado. De paso, las manzanas preservarían su dignidad.


Ilustración: Nubes, Héctor Ranea

En el matadero de Buenos Aires, hace cien años - Carlos Barbarito


En el matadero de Buenos Aires, hace cien años - Carlos Barbarito
Cada tres o cuatro días, en tranvía, en tren o a pie llegaban desde el centro. Andaban por el mismo camino por el que entraban las vacas, por el barro y la suciedad, hasta los corrales. Allí, padres e hijos de las familias más adineradas, esperaban que los matarifes concluyesen sus tareas y, entonces, entre ruegos y súplicas, estiraban sus brazos para alcanzarles una copa, de madera o cristal. Cada copa era llenada, si del otro lado había alguien piadoso, con la sangre de las bestias. De esa sangre bebían tísicos y tuberculosos en la creencia de que en ella estaba la curación. Otros, enfermos de reuma, ponían sus piernas o brazos doloridos dentro del vientre abierto y caliente de los animales recién sacrificados. Luego se marchaban por donde habían venido, por el lodo y la mugre, hacia sus mansiones levantadas en anchas calles empedradas. Los paisanos llamaban los extranjeros a ese repetido y angustiado cortejo.

Ilustración: Nubes, Héctor Ranea

miércoles, 3 de junio de 2009

Una experiencia satánica - Martin Gardella


El demonio se apoderó de mí sin invitación ni aviso previo. Entró a mi cuerpo dándome un beso corto pero profundo, que me irritó la garganta y adormeció mi cuello por dentro y por fuera. Obstruyó mi esófago con sus manos y bajó hecho fuego hasta mi pecho, anestesiando mis pulmones para dejarlos reducidos al mínimo movimiento necesario para respirar.
—Un buen vaso de tequila mata todo —me dijo un experto y acercó la bandeja plateada que contenía una botella a medio tomar, un limón cortado en forma de triángulo y un platito cubierto con sal fina.
El convidador hizo un gesto cortés para invitarme a iniciar el exorcismo y seguí su consejo sin recordar que el alcohol extiende el fuego. El diablo absorbió el trago con la boca abierta, gozoso de recibir aquel complejo vitamínico ideal para su poderío. Mi cabeza latía enérgicamente como si el cerebro dilatado estuviera pujando para abandonar su espacio a través de mi roja mirada. Sudé mares, sufrí escalofríos y, atacado por las náuseas, intenté expulsarlo asomando mi confundida cabeza sobre el inodoro, pero el ocupante resistía el desalojo.
Ávido por escapar de esa pesadilla, arrastré mis pies dormidos por el camino de regreso hasta la habitación del hotel en la península de Yucatán donde me hospedaba. A la mañana siguiente, ya recompuesto, garabateé el primer borrador de esta historia, para nunca olvidar los terribles efectos colaterales que puede sufrir mi organismo si vuelvo a tener la pésima idea de degustar aquel diabólico picante mejicano.

El prisionero del sueño - Guillermo Fernando Rossini


No supo como llegó a quedar atrapado en el sueño recurrente de la mujer, pero ahí estaba, esperando, con el coche en marcha, a que se abriera la puerta del caserón y ella viniera corriendo, con un bolso en cada mano y la cara marcada, y se subiera como una tromba y le implorara que arrancase lo más rápido posible, que si el marido los veía los mataba a los dos. Y él hundía el pie en el acelerador, sin saber adónde ir, ni quien era esa mujer, Ella hablaba y lloraba, mientras doblaban en una esquina y un cartel decía: "Amanecer 20 Km." y la esquina se convertía en ruta y la ruta en noche y la noche en cama y ella que despierta y el marido está con el cinturón - otra vez- en la mano mirándola con una furia alcohólica que inexorablemente mutará en placer para él y dolor, demasiado dolor, para ella, que va a volver a soñar esa noche que un desconocido la viene a rescatar de esa vida de mierda pero nunca la rescata del todo y ya implora que ese coche en el que huye, que va tan rápido, choque de una puta vez y se termine todo y ahora sí el hombre parece comprender mientras suelta el volante y se tapa la cara y ella también se tapa la cara porque el cinturón vuelve a caer una y otra vez y no tiene fuerzas para decir basta y el choque es inevitable y el tipo piensa ahora sí me salgo de este sueño de mierda y cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir está en una sala de hospital, lleno de tubos y enfermeras que lo miran y lo tocan y le dicen que tuvo suerte porque la mujer que iba con él en el auto se había matado y él piensa que ahora ella no va a poder soñar y por fin va a poder volver a vivir normalmente, sin estar preso en los sueños de alguien que lo había elegido para algo que ahora no podía recordar con exactitud.

Vida de perros - Julio Miranda


Somos pobres. Nunca hemos podido tener un perro. ¡Y nos gustan tanto! Por eso decidimos turnarnos: cada uno haría de perro un día entero.
Al principio nos dio un poco de vergüenza, sobre todo a mis padres. Lo imitaban muy mal. Algún ladrido y mucho olfatear. Yo era el que más gozaba, orinando donde quería.
Pero se convirtió en una fiesta. Esperábamos que nos tocara, nerviosos. La noche antes ya se nos escapaba algún grrrr, algún guau. Mamá no se ocupaba de la casa. Papá no iba al trabajo. Yo me salvaba de la escuela. Y ellos se divertían más que yo, saltándose las reglas, mordiéndose y lamiéndose y rascándose y montándose encima y revolcándose, aunque a los dos no les tocara ser perro. Les decía que era trampa. Me mandaban al cuarto.
La casa está hecha un asco. A papá lo botaron. Yo tengo que ir a clases todas las mañanas y luego las tareas. «Otro día haces de perro», me dicen, «otro día», riéndose.
No es justo.

Publicado en: El guardián del museo. Caracas: Monte Ávila, 1992
Tomado de: http://ficcionminima.blogspot.com/

La esquina - Sergio Patiño Migoya


Temprano en la mañana, un hombre camina por la calle. Va pensando en lo que le gusta pasear a esas horas en que la ciudad todavía duerme y se prepara para la batalla diaria. Sus meditaciones se diluyen ante la vistosa realidad de una mujer escultural que camina hacia él. Sorpresivamente, ella se detiene y le da dos besos. Con el segundo, los carnosos labios se acercan a su oído y le susurran: “Cuidado con la esquina”. Luego, continúa su marcha. El hombre no sabe reaccionar, se queda allí quieto, acunado en el vaivén de aquellas caderas que se alejan. Al final piensa que es una loca, preciosa pero loca, y sigue caminando. Unos segundos después, un ejecutivo apresurado le golpea dolorosamente una pierna con el maletín al adelantarlo. Un amago de imprecación se le aborta en la lengua porque ya el trajeado ha doblado la esquina de la manzana. La esquina... Apenas la asociación mental empieza a estructurarse en su cerebro cuando escucha un alarido. Un maletín —el maletín— sale volando por la esquina y se despanzurra contra el asfalto enseñando sus tripas de documentos y emparedado de jamón y queso. El hombre se queda frío. En un primer momento, piensa en ir al socorro de aquella persona pero recuerda la advertencia de la chica y le entra el miedo. Duda. Lo sobresalta entonces una ráfaga de disparos y se pega a la pared. Del otro lado de la esquina le llega el sonido de chirridos de neumáticos, gritos, más disparos. El edificio entero tiembla cuando se produce una gran explosión y un resplandor de lenguas de fuego aparece hasta lamer el sándwich del maletín. Justo después, nada. El silencio absoluto. Tanto, que el hombre puede escuchar sus propios latidos. Ninguna masa despavorida surge huyendo, no se oyen sirenas ni helicópteros. Nada. Tras unos minutos, reúne el coraje suficiente para asomar la nariz por la esquina. Lo primero que ve es un perro escarbando en un cubo de basura al otro lado de la calle. Pasa por ella un coche. Luego otro. Se decide a doblar completamente la esquina y lo que se encuentra es una normalidad total. Transeúntes y coches, el quiosquero abriendo su puesto, la dependienta barriendo la entrada de la mercería. No da crédito. De locos, piensa, locos como la mujer hermosa. Vuelve sobre sus pasos, dobla la esquina y se detiene. Alguien se ha llevado el maletín. Otra vez dobla la esquina y mira. Todo normal. Una sonrisilla nerviosa aflora en su boca. Decide regresar a la seguridad de su casa —allí donde lo normal no es raro—, serenarse y buscar una explicación. Yendo, se cruza con una señora mayor que pasea una bola blanca peluda del tipo perro. No sabiendo muy bien por qué, le da dos besos y le dice que tenga cuidado con la esquina. De repente se siente feliz, con una satisfacción parecida a cuando ayudas a cruzar un paso de peatones a un ciego. Sigue su camino, se va silbando, las manos en los bolsillos, loco de normalidad.

Tomado de: http://breventosybrevesias.blogspot.com/

lunes, 1 de junio de 2009

Idunn - Lilian Elphick


Fui a ver a las Nornas. Urd y Skuld tejían y destejían; Verdandi tenía la rueca mala, y los destinos de algunos hombres se enredaban en las ramas de Yggdrasil. Al otro lado del río, un animal bellísimo me miraba. Le ofrecí una de mis manzanas. Tuve que nadar de espaldas, con la fruta al medio de mis pechos. No podía mojarse. Las hilanderas gritaban que me devolviera. Casi al llegar a la orilla, el animal se acercó a mí y devoró el pomo carnoso y fragante. Serás joven para siempre, le dije acariciando su hocico. Él gimió de alegría, y hundió lentamente sus colmillos en mi cuello. Se ahogó de inmediato con los vapores venenosos de las uñas de los muertos que yo guardaba debajo de la lengua, a modo de precaución.
Trepadas arriba de Yggdrasil, las Nornas soñaban con aguas rojas y batallas eternas. Salí en silencio. No quise despertarlas. Mis dedos estaban traslúcidos.

Tomado de: http://lilielphick.blogspot.com/

Celebrating Saint Paddy`s - Lisandro Varela


A San Paddy’s van las oficinistas putas.
La opening line se me ocurre en el sillón del living de Nick La Bestia. Decido mover el traste e ir a San Paddy’s solo para poder usarla.
Voy a usarla haya o no oficinistas putas.
En Viamonte Y San Martín se me confunde el centro y camino media cuadra al revés. Soy del interior.
Para doblar por Paraguay hasta Reconquista hay que pasar un retén policial blando.
Un agente me mira las manos.
-Hola, le digo de distraído y sin pensarlo.
-Hola, responde.
En la esquina de Reconquista hay otros policías dándole indicaciones a unos que están de civil. Parecen pibes chorros mejor vestidos. De uno, más viejo y con cara de asfalto, nadie sospecharía que es cana.
Los de civil empiezan a mezclarse entre la gente. Elijo a uno y lo sigo cincuenta metros. Placer paranoide al cuadrado, el de él y el mío. Placer para tocar de lejos. Dejo de seguirlo.
Miro chicas. Muchas en grupo, muchas en grupo sólo de chicas, algunas ya escabio.
Yo lo siento, pero acá vinieron las oficinistas putas.
También hay extranjeras. Nunca se sabe si una extranjera es puta.
También hay chicas de barrio. Putísimas todas.
También hay chicas mojigatas. Dos.
Tipos hay de todo. Trajeados a 400 pesos que no usan corbata como Clooney. Trajeados a dos lucas que no usan corbata como Clooney. Chicos Legacy. Chicos Gran Lebowsky. Chicos que merodean como hienas disimuladas, viendo cual esta suficientemente borracha.
Me encuentro con una compañerita de la facultad que me gustaba. Le brilla la cara de linda. Esta con un novio un poco gris.
Camino. Hay gente ensimismada que hace la cola para comprar cerveza en los bares que hoy atienden adentro y para llevar.
Hay una fila de media cuadra para comprar en el restaurant El Salmón. El chop de kilo cuesta veinte pesos.
A veinte metros unos motoqueros que paran siempre en Reconquista se dan el fernetazo. Usan una botella grande de coca cortada por la mitad.
Camino de idea y vuelta. Hay mucha gente cada vez mas borracha.
Ya no sé si las oficinistas son putas. Las chicas ríen como idiotas por su lado, los chicos ídem por el suyo.
Todos están más borrachos y todo empeora.
Me voy. Cruzo a Retiro por el Sheraton, en infracción. De casualidad no me pisa el 23, Soldati Retiro, Riestra, Tribunales.

Tomado de: http://vidadocampo.com/
Sobre el autor: Lisandro Varela

El precursor de Cervantes - Marco Denevi


Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas.

sábado, 30 de mayo de 2009

96 Lunas - Javier López


Me llamo Uhk y vivo con mi familia en una cueva. No se extrañen, soy un niño paleolítico, y ésta es nuestra manera de vivir. A veces un poco arriesgada, como cuando por las noches regresamos a casa y encontramos alguna fiera que ha elegido nuestro hogar para guarecerse. Entonces nuestros padres nos hacen salir y apartarnos de la entrada. Ellos, con sus antorchas, consiguen echar al animal, y cuando todo está tranquilo, podemos entrar a dormir. Pero el olor que queda después suele ser insoportable. A esto siempre me costó trabajo acostumbrarme.

Hoy he cumplido 96 lunas. Al menos, mis padres dicen que se sucedieron 96 lunas llenas desde el día de mi nacimiento. Por ese motivo papá me regaló unos crayones. Los ha hecho él mismo, con una especie de arcilla que él recoge y que es de color rojo muy intenso. Esta noche, a la luz de las antorchas, probaré mis crayones en las paredes de la cueva, y aunque no sé bien qué dibujar, estoy pensando en mi padre y sus compañeros de caza el día que, a lo lejos, vi cómo lanzaban flechas a unos bisontes.

Os lo cuento sabiendo que, posiblemente, a nadie importará nunca lo que dibuje un niño que acaba de cumplir 96 lunas.

Puertas y sombras – Héctor Ranea


Para Nanim y Sergio

Al despertar me di cuenta de estar en el vacío. En el vacío en el que no se puede respirar. Por eso me di cuenta. No podía respirar. Escribía en frases cortas. Para guardar el aliento que me dejó el sueño. Casi nada se podía ver en el vacío. Excepto una ventana. No podía caminar en el vacío. Pero la ventana y yo nos acercamos. Desde chico que sé eso. Las ventanas y yo nos acercamos. No sé bien por qué. Esta ventana estaba poblada de gente conocida. Pero no la podía abrir. Tenía poco aliento y la ventana se trababa en cuanto parecía que iba a ceder. Ahí estaban los cuadros de Caravaggio, las caras de unas tías antiguas, estaba una foto de mi abuela flotando sobre mi hombro.

Me podrían decir por qué no pasé al lado de afuera de la ventana si no había nada más que ella y yo. Es que las ventanas, cuando nos acercamos, marcan el afuera y el adentro. Fue siempre así, incluso cuando fui un tigre de Mompracem o cuando fui invisible o fui una mariposa aplastada por un personaje de cuentos. Las ventanas sellan el lugar y me dejan adentro, siempre. Desde afuera nadie debe mirar por las ventanas. Excepto Caravaggio, claro. Y otros, pero no yo. Yo quedo afuera. Aunque a veces el aire me alcance para frases más largas. En la ventana siempre se ven cosas interesantes. Horribles. Fatales. Incongruentes. Malditas. Bellas. Frías. Gente. Cuadros. Góndolas. Matrices de números aleatorios. Agujas de tejer crochet. Todas esas cosas que pude hacer y las que no. Se agolpan de ese lado que es afuera y yo miro como ahogándome. O como si soplara pero con frío. Me hielo. Estoy tan afuera del vacío que siento frío. Quisiera una cobija que la ventana se abriera para dar calor que la puerta detrás de la ventana no fuera de hielo que la falleba no se calentara tanto hasta hacer estallar la mano que la risa de Caravaggio enfermo no me persiga más que no tengamos más el cerrojo puesto que la mano que abre la ventana no sea la del viento invernal que me sopla desde dentro de una estatua de bronce que habla conmigo porque no tiene a nadie más.

Esta vez, créase o no, la ventana se abrió. Pude respirar. Pude palpar la fruta de Caravaggio, la mano de abrir ventanas de vacío, la tela del tigre, los números incongruentes, los picaportes sombríos.

Suspiré tranquilo cuatro veces, cinco, seis. Estaba en casa. Por fin, estaba en casa.

jueves, 28 de mayo de 2009

Macedónico – Francisco Costantini


Un Lector, que pasaba por aquí y se dio cuenta de que esto era cuento —tan evidente resultaba para cualquiera—, decidió quedarse. Se sentó en un rincón a esperar, porque estaba convencidísimo de que algo sucedería. “Si esto es un relato —reflexionaba para sí— algo estará por pasar. Ya lo decía Poe, también Quiroga, si hasta Borges lo respetó: el cuento debe tener una introducción, un nudo y un desenlace, su esencia es la acción”. Y entonces se mantuvo esperando un buen rato, hasta el punto en que comenzó a perder la paciencia. “No puedo creer que en este cuento no pase nada. ¿Será, acaso, que el autor se olvidó de escribirlo?”. Atribulado por esta duda, comenzó a vociferar:
—¡Autor! ¡Autor! ¡Autor! ¡Autor!...
Y así hubiera estado toda la vida, si no fuera porque al Autor le llamó muchísimo la atención que un texto suyo tuviera Lector, cosa que jamás creyó posible, lo cual lo decidió a acercarse hasta aquí.
—¿Qué ocurre? —interrogó, sin mostrarse.
El Lector oyó una voz que resonaba por todas las aristas del cuento y la piel se le erizó. Sin embargo, recordando por qué estaba en este sitio, se armó de coraje y explicó:
—¿Que qué ocurre? —Se llevó las manos a la cintura—. Hace rato que estoy acá esperando que ocurra algo y nada. Absolutamente nada.
—Está bien —dijo el Autor—. Este no es cuento donde tengan que andar pasando cosas.
El otro emitió una breve pero explosiva carcajada.
—¿Pero dónde se ha visto eso? —preguntó después—. Un cuento donde nada ocurre, no es cuento.
El Autor no cabía en sí. ¿Quién se creía este Lector para andar diciéndole a él lo que tenía que hacer? Se lo dijo.
—¿Quién te creés que sos para andar diciéndome lo que tengo que hacer? ¿Eh?
—¿Quién? —Sacó pecho—. El Lector, la razón misma por la que vos, Autor, escribís. Y por eso te reclamo enmiendes este relato.
Hubo un silencio en el que el Autor se dedicó a pensar. Entonces habló:
—Bien. Querés que ocurra algo, algo ocurrirá.
Fue el momento en que el Lector vio un pulgar gigante que descendía directo sobre su existencia. Trató de huir, pero el cuento era —y sigue siéndolo, como ven— tan estrecho que no había dónde ir. Al final el dedo lo alcanzó y lo aplastó contra el suelo. Del Lector no quedó más que una mancha roja e informe.
El Autor limpió su dedo con un pedazo de papel de otro cuento tan descartable como éste, y se sintió satisfecho. El cuento le seguía gustando tal y como estaba, pero para evitar futuros inconvenientes, pegó en la puerta del mismo un cartelito en que aún puede leerse: “Prohibido pasar. Este cuento no admite lectores. El Autor.”

Rebote - Fredric Brown


El poder le llegó repentinamente a Larry Snell, surgido de la nada e inesperadamente. Cómo y por qué lo obtuvo, nunca lo supo. Vino a él; eso es todo.
Podía haberle ocurrido a un tipo mejor. Snell era un bribón de poca monta, que obtenía la mayor parte de sus ingresos mediante la venta de lotería y el tráfico de marihuana a los adolescentes. Era gordo y fofo, con los ojos siempre entrecerrados, que le hacían parecer casi tan perverso como era en realidad. Su única virtud redentora era la cobardía; ésta le mantuvo siempre al margen de la comisión de crímenes violentos.
Aquella noche estaba hablando con un corredor de apuestas, desde la cabina telefónica de una taberna, discutiendo acerca de una apuesta que había efectuado esa misma tarde. Finalmente, dándose por vencido, gruñó:
—¡Muérete! —y colgó el auricular con indignación. No volvió a pensar en ello hasta que más tarde supo que el corredor había caído muerto mientras hablaba por teléfono, justamente a la hora de su conversación.
Eso le dio a Larry Snell algo en qué pensar. No era un ignorante; sabía bien lo que era el mal de ojo. De hecho, ya lo había intentado antes pero sin resultado. ¿Había cambiado algo acaso? Valía la pena probar. Hizo una cuidadosa lista de veinte personas a quienes, por una u otra razón, odiaba, las llamó por teléfono una por una, espaciando las llamadas en el curso de una semana, y a cada una le dijo que se muriera. Lo hicieron, todas.
No fue sino hasta el final de la semana cuando descubrió que no sólo tenía esta facultad, sino el Poder. En cierta ocasión, hablando con una dama, una artista de strip tease perteneciente a un cabaret muy distinguido, que ganaba veinte veces más que él, le dijo burlonamente:
—Encanto, ven al camerino después de la última función, ¿eh?
Así lo hizo ella, lo cual fue una sorpresa, porque sólo estaba bromeando. La chica era objeto de las pretensiones de tipos con mucho dinero y de playboys bien parecidos, pero se rindió de inmediato ante aquella proposición casual, hecha en tono de broma por Larry Snell.
¿Tendría el Poder? Lo probó a la mañana siguiente, antes de que ella se marchara, le preguntó cuánto dinero tenía y se lo pidió. Ella le entregó todo lo que llevaba: algunos cientos de dólares.
Eso era todo lo que necesitaba para empezar un negocio en grande. A finales de la semana ya era rico; pedía prestado a todos los conocidos, incluyendo a amistades superficiales que ocupaban puestos sobresalientes en la jerarquía del bajo mundo y que, por lo tanto, eran bastante solventes, ordenándoles después que olvidaran el hecho. Se cambió de su hotelucho a un apartamento de soltero, y no es necesario decir que nunca dormía solo, a no ser por propósitos de recuperación.
Era una hermosa vida; pero, una semana después, Snell recapacitó y pensó que estaba desperdiciando su Poder. ¿Por qué no lo usaba primero para apoderarse de la nación y después del mundo, convirtiéndose así en el más poderoso dictador de la Historia? ¿Por qué no se apoderaba de todo, incluyendo un harén en vez de sólo una dama cada noche? ¿Por qué no tener un ejército para respaldar el hecho de que su menor deseo fuera ley para todos? Si sus mandatos eran acatados por teléfono, también serían obedecidos por radio y televisión. Lo único que tenía que hacer era pagar (¿pagar?, ¡exigir!) una cadena mundial para que todos le escucharan en cualquier rincón de la Tierra. O en casi todos: quedaría al frente, respaldado por una mayoría, y sería fácil meter en vereda a los demás, posteriormente.
Eso sí sería un asunto serio, el más serio que hubiera ocurrido jamás, así que decidió tomarse algún tiempo para planearlo de tal modo que no existiera la posibilidad de cometer un error. Decidió pasar unos días a solas, lejos de la ciudad y de todos, para redondear sus planes.
Contrató un avión para que lo llevase a una parte relativamente despoblada de la Tierra, y ocupó una posada mediante el simple procedimiento de decir a los demás huéspedes que se largaran. Empezó a dar largos paseos, pensando y soñando. Encontró un sitio que pronto se convirtió en su favorito: una pequeña colina en un valle rodeado de montañas, un magnifico escenario. Allí meditaba y dejaba crecer su euforia al analizar lo que podía hacer.
¿Dictador?, ¡cuernos! Se haría coronar emperador. Emperador del Mundo. ¿Por qué no? ¿Quién se enfrentaría a un hombre dotado de tal Poder? El Poder de hacer que cualquiera obedeciese las órdenes que él diera...
—¡Muéranse!... —gritó desde la cima de la colina, con maligna exuberancia, sin fijarse si había o no alguien al alcance de su voz...
Una pareja de chicos lo encontró al día siguiente y corrieron al pueblo a notificar que un hombre muerto se hallaba en la cima de la Colina del Eco.

Tristezas del mar primigenio - Sergio Gaut vel Hartman


El mar era gris, deprimente, y servía para todo lo imaginable, y lo que no lográbamos imaginar, también. Pero todo empezó a cambiar cuando yo, Uno, me moví con torpeza para salir del huevo de espuma que me retenía. Pensé líquido, pensé sal, pensé espuma. No había mucho más en qué pensar, ni con qué hacerlo. Algo gruñía en alguna parte; no lograba identificar el origen; tripas no tenía.
—Estás loco —dijo Dos, saliendo de su propio huevo. No tenía la menor idea de lo que era la locura; hablaba por hablar: Freud estaba a millones de años en el futuro. Se sacudió el yodo que lo cubría y se sentó sobre la arena húmeda.
—Es culpa del mar —dije—, el maldito mar que nos domina y controla. Quisiera librarme del mar y de las olas. —Yo tampoco sabía de qué estaba hablando. La lógica no había sido inventada y de lo único que estábamos seguros era que el mar nos la tenía jurada.
—Tiene hambre —dijo Dos—, y nos devora.
—Peor para él —repliqué—: será cada vez menos mar.
—¡Fantasías! Se limita a recuperar la materia que nos prestó.
No le contesté, refugiándome en un silencio hosco, resentido. Odiaba que Dos hablara de los fenómenos de la naturaleza; los consideraba obscenos, una categoría de la intimidad, algo que no se ventilaba en público.
El mar adoptó un matiz extraño, azafranado, aunque el azafrán todavía no había sido inventado. Y lo digo aunque sé que me repito. Fue el momento elegido por Tres para aparecer en escena. Emergió con brusquedad y escupió un chorro de mar sobre la arena.
—Escuché la conversación —dijo Tres. Me encogí de hombros y le di la espalda. Dos se arrojó de cabeza al mar dejando detrás de sí una estela llameante de arena rojiza. Hice una mueca—. Se quejaban del mar, como siempre —agregó Tres.
—Ese es el problema —dije sin volverme—; sólo se habla del mar; no hay otro tema de conversación. Seremos todo lo primigenios que quieras, pero el aburrimiento es mortal.
—Hay otro asunto —insistió Tres—. Un sueño.
—¿Un sueño? ¿Qué es un sueño? ¿Algo nuevo? —Mi voz sonó abatida, como si me agobiara un peso insoportable. Tres me miró de reojo; yo lo enfrenté.
—Un sueño es una imagen ajena que se impone a las propias. Un suceso no ocurrido que reclama el rango de los que sí sucedieron. —Esperó mi reacción, pero no se produjo. —Soñé que tenía un perro y lo dejaba morir. Sentí pena y culpa, adentro, y luego afuera del sueño. Aún sufro por eso.
—Un perro —dije inexpresivamente. No sabía lo que era un perro. No conocía la culpa, la muerte, la pena. Ni siquiera hoy lo sé. Pero en aquel momento era peor, porque sólo conocíamos el mar, sólo existía el mar, aunque el mar bien puede ser el padre de los sueños, de los perros y la culpa y la pena; puede crear todo eso del mismo modo que nos crea y recrea a nosotros. En ese momento, una ola golpeó salvajemente contra las rocas. El residuo, de un gris tornasolado, se consolidó con rapidez, como una respuesta elemental a mis dudas: cabeza, tronco, extremidades.
—Miau, miau —dijo la condensación.
—Esto es un perro —dije, convencido.
El mar no nos daba respiro. Devolvió a Dos como si se tratara de un vómito. Una nueva demostración del poder absoluto del mar, de su voluntad superior.
—¿Qué es? —El terror dominó las facciones de Dos. Traté de apoyarme en la roca para neutralizar una sensación de profunda repugnancia, pero el mar volcó otra cortina de espuma.
—Es un perro —dije.
—Así era el perro en mi sueño—aclaró Tres.
—Nunca hubo un perro antes —dijo Dos con desconfianza.
Sin embargo empezábamos a sentirnos felices. Estábamos juntos y hasta teníamos un perro. La vida junto al mar se volvía interesante.
—Miau miau —dijo el perro.

La criatura - Jacques Sternberg


Como era un planeta de arena muy fina, dorados acantilados, agua esmeralda y recursos nulos, los hombres decidieron transformarlo en centro turístico, sin pretender explotar su suelo, estéril por otra parte.
Los primeros desembarcaron en otoño.
Edificaron algunos balnearios, y cuando llegó el verano pudieron recibir varios centenares de veraneantes. Arribaron, seiscientos cincuenta. Pasaron semanas encantadoras dorándose a los dos soles del planeta, extasiándose con su
paisaje, su clima y la seguridad de que ese mundo carecía de insectos molestos o peces carnívoros.
Pero hacia el 26 de julio, de un solo golpe y al mismo tiempo, el planeta se tragó a todos los veraneantes.
El planeta no poseía más forma de vida que la suya. Era la única criatura viva en ese espacio. Y le gustaban los seres vivos, en particular los hombres.
Sobre todo cuando estaban bronceados, pulidos por el viento y el verano, calientitos y cocidos.

martes, 26 de mayo de 2009

Estiramiento fatal - Sergio Gaut vel Hartman


Estaba suscripto a una organización de escritores que mensualmente le enviaba la lista de los concursos literarios convocados. Veamos que hay, se dijo. Barco de vela, cuentos para niños… vencido. Unicornio, novela. Bah, en mi vida voy a escribir una novela. La fábrica de sueños, cuento. Premio 100 euros; ni para pagar el papel. Veamos éste: Concurso de microficciones El dinosaurio apestado. Microficciones tengo, se dijo. De 100 a 200 palabras. Premio: 10.000 euros. Se puede mandar por e-mail. ¡Ideal!
Revisó a conciencia la carpeta de cuentos breves —de hecho, lo único que escribía— y contó las palabras. Doce, cuarenta, diecinueve. Ninguno de los textos que había escrito llegaba ni siquiera a cien palabras. Se rascó la cabeza y la uña tropezó con un montículo de seborrea. No debe ser difícil estirar un cuento brevísimo para que llegue a cien palabras. Veamos éste.
“Sábado a la noche en la ciudad vacía. Los androides ocupan sus lugares en las tabernas y las plazas, pero la alegría que expresan es tan falsa como la cerveza que beben”. Treinta y dos palabras. Vamos a estirarlo un poco. “Cae la noche sobre la ciudad vacía. Es sábado. Los androides salen de sus casas de plástico, viajan en las cintas de goma que han reemplazado a las antiguas calles humanas y ocupan sus lugares en las tabernas y las plazas, pero la alegría que expresan es tan falsa como la cerveza que beben y escupen casi de inmediato. La Tierra se ha llenado de carne plástica”. Más del doble, sesenta y siete. Otro tercio más. Veamos con algunos adjetivos sabiamente intercalados. “Cae la noche, lúgubre, sobre la ciudad vacía. Es el primer sábado de abril de 2101. Los relucientes androides salen de sus casas de plástico vitrificado, viajan tiesos en las anchas cintas de goma negra que han reemplazado a las antiguas calles humanas y ocupan sus lugares en sombrías tabernas y plazas sin árboles, pero la torpe alegría que expresan es tan falsa como la cerveza agria que beben y casi de inmediato escupen en las secas acequias. La vieja Tierra se ha llenado de fría carne plástica”. Ochenta y ocho. No está nada mal. Con un título suficientemente largo y mi nombre completo casi estamos. “Una herida abierta en la carne plástica”. Diego Damián Martínez Sez. ¡Noventa y nueve! Sólo tengo que meter una palabra en alguna parte.

Una herida abierta en la carne plástica. Diego Damián Martínez Sez.
Cae la noche, lúgubre, sobre la ciudad vacía. Es el primer sábado de abril de 2101. Los relucientes androides salen de sus casas de plástico vitrificado, viajan tiesos en las anchas cintas de goma negra que han reemplazado a las antiguas calles humanas y ocupan sus lugares en sombrías tabernas y plazas sin árboles, pero la torpe alegría que expresan es tan falsa como la cerveza agria que beben y casi de inmediato escupen en las secas acequias. La vieja Tierra se ha llenado de fría carne plástica. Amén.

El escritor separa los dedos del teclado. Una sensación de parálisis lo invade. ¿Qué hice mal?, se pregunta. Le pesan los párpados, se le ha secado la boca, le duele el estómago. Aterrorizado, trata sin éxito de alcanzar el teléfono; el escritorio se dilata y parece una vasta pradera. Hace un esfuerzo supremo y sólo logra tirar el aparato al suelo. Necesito hablar con un médico, se dice. Piensa que el teléfono móvil tiene que estar en alguna parte, piensa gritar pidiendo ayuda, piensa que todo es un mal sueño, una pesadilla y seguramente se despertará de un momento a otro. Deja de pensar. Su mente queda en blanco, tersa, lisa, como dispuesta a recibir un mensaje telepático. Con un último destello de lucidez se pregunta de qué mensaje se trata. No sabe ni puede responderse.

—Este es un mensaje del futuro. Mi pensamiento positrónico llega a tu mente para explicarte qué sucedió con la especie humana, aunque se trate sólo de un juego perverso, ya que te llevarás ese conocimiento a la tumba. La epidemia de gripe canina del 2010, que te afecta y te matará en contadas horas, exterminó a tu gente por completo. Nosotros, los androides, somos los herederos de tu estirpe. Fuimos fabricados en secreto por la corporación Philip Reckard a partir de los diseños de Dick Sheep. Nunca fuimos activados fuera del laboratorio. Pero la última frase de tu ficción, por un azar casi inconcebible, operó el milagro. “Fría carne plástica. Amén”, es todo lo que necesitamos para convertirnos en seres vivos. Gracias.

Lluvia - Natalia Gómez


No habría mejor lugar para estar en aquel momento. Llovía fuerte, después de muchos meses de implacable sequía que resecaba las narices y los espíritus, y el mundo parecía iniciar un proceso de limpieza profunda. Aunque la suciedad fuera grande, y a veces pareciera infinita —aún más en una ciudad como São Paulo—, sentía como si ahora todo pudiera cambiar, después de que el agua terminara de caer. Antes del comienzo de la lluvia ya habían caído creencias, miedos propios, compañeros de una vida poco espontánea, y habían caído también muchas, o todas, las certezas que tenía hasta entonces. Estaban estos restos, como pedazos de un aborto exitoso, desparramados por las calles, esparcidos bajo la forma de una vieja polvareda flotando en el aire, impregnando las nubes, manchando el hormigón agujereado. La suciedad la constreñía, como si hubiera entrado en la casa dejando un rastro de caca de perro pisada en la calle, sin darse cuenta.
La lluvia podría limpiar todo ahora. Y ella podría, entonces, comenzar otra cosa, algo que aún ni siquiera podía planificar porque no lo había imaginado por completo. Podría, finalmente, encontrarse con su verdad particular en cuanto la lluvia limpiara todo lo que había sido dejado atrás.

Título original: Chuva
Traducción del portugués: GvH
Tomado de: http://rotativaalternativa.blogspot.com

lunes, 25 de mayo de 2009

El propósito de la luna 9 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja. Quería mandársela a Marilyn Monroe, pero no sabía cómo hacerlo.
No podía permitirse el mandarla personalmente. No tenían amigos en común. Y si se la mandaba él al estudio de filmación, una mujer fornida en un traje de tweed seguramente la tiraría a la basura.
¿Correría el riesgo de confiársela a Railway Express? ¿A United Parcel Service? ¿A Brink's?
La oreja de Vincent van Gogh era su amor. Incapaz de enviarla a través de canales normales, fue al campo de trigo y la mandó por cuervo.

El propósito de la luna 8 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Inmediatamente tuvo dudas y cayó en una profunda depresión.
"Oh, ¿por qué fui tan presuntuoso?" se preguntó. "Una oreja es algo muy íntimo. ¿Qué tal si a ella no le gustan las orejas? Mejor debería haber enviado violetas o fósforo. Debería haber enviado papas, dentífrico o pinceladas de ancho significativo. Esa oreja la va a ofender, lo sé. Oh, deberían llamarme Vincent van Gaffe. Lo arruiné nuevamente."
En medio de toda su agitación una nota llegó desde Norteamerica. "Querido Señor," comenzaba, "Muchísimas gracias por el bolso de seda." Vincent van Gogh se relajó. Sonrió de oreja a...oops.

El propósito de la luna 7 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Paul Gauguin estaba horrorizado. "Eso fue de muy mal gusto, Vincent," dijo Gauguin. "Dentro de unos años, luego de que estés bien muerto, serás recordado más por haberte cortado tu oreja que por la belleza y la verdad de tu arte."
Desde atrás de sus vendas Vincent van Gogh miró a Paul Gauguin y sonrió. "No te preocupes," dijo. "El Arte se cuida a sí mismo. Y lo que el mundo piense cuando yo esté bien muerto me tiene sin cuidado. Lo que importa es la vida. Lo que importa es el amor. Yeah."
Al día siguiente, Paul Gauguin se cortó su esposa y se mandó a Tahiti.
"Pobre Gauguin," suspiró Vincent van Gogh. "Entendió sólo la mitad de lo que dije."

El propósito de la luna 6 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe.
La oreja mutilada le recordaba a Marilyn Monroe una luna creciente, y por horas la contemplaba a la luz de la luna.
Ella llamó por teléfono a Vincent van Gogh. "¿Tiene un propósito la luna?" preguntó.
Vincent van Gogh consideró la pregunta. Pensó que era tonta.
Albert Camus escribió que la única pregunta seria es si debés suicidarte o no.
Tom Robbins escribió que la única pregunta seria es si el tiempo tiene un comienzo y un final.
Camus claramente se había levantado con el pie izquierdo, y Robbins se debe de haber olvidado de poner el despertador.
Hay una única pregunta seria. Y es: ¿Quién sabe cómo hacer que el amor dure?
Respondeme eso y te diré si debés suicidarte o no.
Respondeme eso y tranquilizaré tu mente sobre el comienzo y el fin del tiempo.
Respondeme eso y te revelaré el propósito de la luna.

El propósito de la luna 5 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Poco tiempo después, Marilyn Monroe voló a París, condujo un auto de alquiler al sur de Francia y buscó a Vincent van Gogh.
Luego de una apropiada introducción, Marilyn Monroe sacó un paquete de Hostess Twinkies. Los Hostess Twinkies siempre viajan de a pares; al igual que el coyote, el gorila, la ballena asesina y la grulla americana, los Hostess Twinkies se aparean de por vida, había un Twinkie para cada uno de ellos.
Cuando la merienda se acabó, Marilyn Monroe buscó en su costurero, sacó una aguja y un carrete de hilo verde y se puso a coser la oreja de Vincent van Gogh donde pertenecía.
"Ya está," dijo, lamiendo un resto de crema de Twinkie de la comisura de su boca. "Ya está, picarón. Y la próxima vez que quieras cortarte una parte tuya como muestra de afecto deberías tener en cuenta la vieja costumbre judía. Es menos sucia y socialmente más aceptable. No te olvides, orejar es humano, prepuciar es divino."

El propósito de la luna 4 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Tras lo cual Marilyn Monroe se cortó una de sus orejas y se la mandó a Vincent van Gogh.
Vincent van Gogh se cortó el dedo chiquito del pie y se lo mandó a Marilyn Monroe. Marilyn Monroe le mandó uno de los suyos a cambio. Luego, Vincent van Gogh se cortó un párpado y lo envió. En el correo de regreso recibió un párpado de Marilyn Monroe. Su amistad se volvía más cálida.
Se intercambiaron anulares, lenguas, ombligos y pezones. Un día, Vincent van Gogh se cortó el corazón y lo envió rápidamente a Hollywood - pero para entonces Marilyn Monroe se había aburrido de todo el asunto y se había fugado a Tijuana con Warren Beatty.
Vincent van Gogh estaba destruído. Sin embargo, no debería sorprenderse. Este es el camino que muchas veces sigue el amor.

El propósito de la luna 3 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Unas semanas más tarde el paquete le fue devuelto a Vincent van Gogh. Le habían escrito REMITENTE FALLECIDO.
Vincent van Gogh hizo averiguaciones y descubrió que era cierto. En su investigación se enteró que Joe DiMaggio había ordenado que rosas rojas frescas se colocaran en la tumba de Marilyn Monroe cada tres días, por siempre. No por lo que durase la vida de Joe DiMaggio, nótese bien, no por lo que durasen Hollywood, sus films y sus cementerios, sino por siempre.
Vincent van Gogh se apoyó contra la mareada corona de un girasol epiléptico. Dijo, "Después del fin del mundo, a Joe DiMaggio le van a devolver algún dinero."

El propósito de la luna 2 - Tom Robbins


Vincent van Gogh se cortó la oreja y se la mandó a Marilyn Monroe. Cuando desenvolvió el paquete y se encontró con la oreja, Marilyn Monroe puso su famosa sonrisa de gato-que-se-comió-la-banana.
Marilyn Monroe colocó la oreja en una caja de palo de rosa en su vestidor. De tanto en tanto, ella sacaba la oreja de la caja, la acariciaba, la soplaba, la rascaba y se reía. Una vez ella enganchó la oreja en una cadena de plata y la usó como collar en una fiesta. Siempre tuvo la intención de escribirle al propietario original de la oreja una hermosa nota de agradecimiento, pero nunca se hizo el tiempo.
¿Fue Vincent van Gogh un tonto?
Quizás Marilyn Monroe fue la tonta. Después de todo, Vincent van Gogh hizo un grandioso gesto y Marilyn Monroe lo recibió frivolamente.