domingo, 30 de agosto de 2009

Condena - Esteban Dublín


Una turbamulta de indignados intelectuales irrumpe en la sala en la que usualmente un par de jueces absuelve o condena a todo aquel que expone sus textos al público. Claramente, el número de encolerizados a los que han destrozado con sus ácidas críticas supera por amplio margen a los que han sobrevivido a su exigente lectura. Dolida en su ego y con sed de venganza, la multitud arremete contra los jueces con furia y los conducen amenazados hasta un lugar terrible, a un terreno inhóspito y aterrador, a un infierno que ninguno de los dos habría imaginado jamás: allí los libros no existen, ningún tipo de escrito tiene cabida y no hay rastro de publicación alguna. Abandonados, condenados a la ausencia de literatura, la locura se ha apoderado de ellos. Y muchos dicen que, tratando de evocar a Joyce o a Faulkner, agonizan buscando una letra como si fuera un oasis.


Tomado de: http://estebandublin.blogspot.com/

Personajes extraviados - Javier López


Hace unos días los amigos de lo ajeno entraron en casa.
Seguro que cuando vieron la biblioteca, pensaron que entre los libros se escondería algún tesoro, en forma de billetes de banco. No sabían que el único tesoro eran las historias que cada uno de ellos narraba.
Cuando entré en casa vi, con desagradable sorpresa, todas las estanterías vacías y los libros sobre el suelo, algunos abiertos, otros con las encuadernaciones rotas. Con toda la delicadeza que pude les pasé el plumero, los acaricié con un trapo suave de gamuza y los volví a colocar en sus estanterías. Creo recordar que casi en el mismo orden que estaban antes del percance, porque tengo en la mente la disposición de la biblioteca. Aunque crece con frecuencia, el grueso de los libros lleva estando en su lugar desde hace años.
El problema es que tanto movimiento no ha debido sentar muy bien a los personajes: cada vez que abro un libro encuentro una nueva sorpresa.
En estos días, ya he tenido que rescatar a Don Quijote de la Odisea para devolverlo a La Mancha, de donde nunca debió salir. A Ulises tampoco se le dio bien la lucha contra molinos de viento... Y a un Aureliano Buendía totalmente desconcertado con su nueva trama, pues había recalado en el Café Triste de McCullers, tuve que indicarle el camino hacia Macondo, donde seguir con su centenaria soledad.
Algunos casos han sido más difíciles, los distintos personajes y tramas de Italo Calvino en "Si una noche de invierno un viajero...", se han entremezclado de tal manera en otras obras, que el puzzle resulta casi imposible de resolver.
Cuando he preguntado a algunos personajes por lo sucedido, me han dicho que como experiencia resultó interesante, pero que no soportaban por más tiempo estar fuera de contexto.


Tomado de: http://meriendaenelparque.blogspot.com/

Escritora - Susana Arroyo-Furphy


Sara era contadora… de historias. Le encantaba inventar cuentos y entretener a la gente. En ocasiones después de leer se ponía a escribir la continuación del libro y se preguntaba por qué el autor había dejado la historia con ese final o con este otro, a ella le habría gustado que no terminara nunca.
La madre de Sara preparó una magnífica fiesta de bodas.
—Parecerás una princesa —le dijo—. Serás como uno de tus personajes y para tu felicidad esta historia nunca terminará, será para siempre.
Tres años después de su divorcio, Sara seguía soñando con las historias que desarrollaba y plasmaba en sus cuadernos; se sucedían los acontecimientos, uno tras otro: lectura-reescritura. Se pensaba a sí misma viviendo con el mismo hombre, yendo a trabajar, llevando a los niños al colegio, regresando a preparar la cena, en fin, la vida común de una mujer casada. Era tal su imaginación que a veces llegaba a su solitaria casa y hablaba con sus personajes, los hacía reales en su vida diaria, eran reales en su escritura. Su sedentaria vida como bibliotecaria le ofrecía momentos excitantes… en su mente. Leía afanosamente tratando de encontrar la historia que más le agradara para continuarla con su muy peculiar estilo. Así, cambió el final de Aura, la novela de Carlos Fuentes, le dio vida a la anciana Aura/Consuelo y la mantuvo sin enfermarse en lo más mínimo. La joven Aura se casó con Felipe Montero, tuvieron muchos hijos y fueron felices. Poco a poco la anciana Aura se fue deshaciendo de tan viejita. En El amor en los tiempos del cólera, modificó el final de la historia pues no le gustó, le pareció demasiado bello para ser verdad aún en la ficción, así que decidió dejar vivo al marido de Fermina Daza y resolvió que Florentino la amaría para siempre en secreto, un día él moriría —quizá de una caída— y ella no se enteraría jamás ni de su amor ni de su muerte. Pensaba, Sara, en el amor eterno y frustrado, era más cercana a Rimbaud o a Mallarmé, que al propio García Márquez. Sufría pero esperaba, pensaba en la falta ideal de las rosas. En su vida no pasaba nada, solo el tiempo, el cual transcurría con lentitud. La espera se alejaba, la escritora contaba los días, contaba las horas, contaba sus historias en el letargo de su existencia, en la ausencia del reencuentro con el amado que había descrito puntualmente en el papel de su memoria. Aguardaba paciente la felicidad. Sara construía personajes reales… en su mente, hablaba con ellos, lloraba con ellos, se enfadaba, hacía todo lo que las personas suelen hacer con la gente real.
Un día, al terminar sus labores en la biblioteca y tras haber tomado el “metro” prefirió caminar a casa y luego de andar varias calles, llegó a su vecindario, siguió las veredas solitarias hasta perderse y ahí en la penumbra, casi en la oscuridad, se sintió por primera vez en su vida, sola. Miró hacia las bombillas públicas, alcanzó a ver la tenue lluvia que parecía nieve esparcida en un haz de hielo y se detuvo a pensar; dio varias vueltas en círculo, sintió su rostro húmedo, mojado, empapado, sedienta en la humedad de la prodigada lluvia, sonrió, rió, luego… a carcajadas. Continuaba dando círculos sobre su propio eje cuando un hombre la vio e intentó hablar con ella, pero Sara estaba extasiada, el placer de la lluvia en su cara, en sus cabellos, en su cuerpo, era inaudito. Llegó la policía como respuesta al llamado del hombre anónimo. Sara fue escoltada hacia una celda. No entendía por qué le habían impedido ser feliz por primera vez en su vida. Entonces contó historias, les habló de Los cuadernos de Don Rigoberto, de la “Casa tomada”, les habló de los temores, de las angustias, rogó, pidió, suplicó que le permitieran hablar con Juan Marsé, les explicó que Goytisolo tenía razón, les imploró que le preguntaran al Capitán de Whitman. Nada. Todo fue inútil. Sara ya no escribe. No se cuenta historias a sí misma, no las inventa, no las recuerda, no las hilvana, no las muerde, no las destroza. Sara está sola, perdida, no intenta ser feliz, ya no trata de encontrarse. Sara ha muerto.


Tomado de: http://www.cervantespublishing.com/Hontanar/2009/Hontanar_junio_2009.pdf

El club de los sufridores - Martín Gardella


Todos los lunes a la hora de la siesta, se reúnen en la sede de la institución, los miembros del Club de los sufridores. Cada uno de sus integrantes se jacta de ser víctima habitual de situaciones terribles y desgraciadas, que son causa de su constante infelicidad. Ubicados en las incómodas butacas del auditorio, debaten sobre los hechos negativos sufridos por cada uno de ellos durante la semana anterior.
—Estuve internado por una afección estomacal muy grave, por culpa de la cual no podré ingerir nunca más alimentos envasados —anunció el primero.
—¡Eso no es nada! A mí me echaron del trabajo por reducción de personal. Ahora no podré pagar mis deudas y seguramente perderé gran parte de mis bienes —explicó el segundo socio.
—Lo mío es mucho peor —exclamó el tercer miembro—. Se murió mi gato siamés, perdí una fortuna en las carreras de caballos y fui atacado por el perro de mi vecino. Definitivamente, esta semana no me llevé bien con los animales.
—Nada de eso se compara con lo que me pasó a mí —advirtió el cuarto socio expositor—. Tuve que iniciar los trámites de divorcio luego de encontrar a mi esposa en la cama con un compañero de trabajo. Dos días después, unos ladrones desvalijaron mi casa y, para colmo, mi médico me dijo que estoy perdiendo la vista y quedaré irremediablemente ciego.
Los restantes asistentes a la reunión continuaron exponiendo sus miserias, orgullosos de haber vivido aquellas tragedias dignas de todo miembro de esa renombrada institución. Finalmente, llegó el turno del pobre Norberto, que esperaba con ansiedad el momento de iniciar su discurso.
—Mi semana ha sido realmente terrible —lamentó—. Inicié una relación sentimental con la mujer de mis sueños, fui contratado por una empresa multinacional para una posición gerencial con condiciones inmejorables, compré un billete de lotería y gané una fortuna, mi equipo de fútbol se consagró campeón del torneo por primera vez en su historia y, tras diez años de distanciamiento, me reencontré con mi mejor amigo de la infancia. Es espantoso confesarlo, pero esta semana no he vivido ningún acontecimiento triste que les pueda relatar.
El auditorio se cubrió de un rígido silencio y todas las miradas apuntaron al presidente de la asociación que, tras unos segundos de análisis, debió tomar la decisión que todos los allí presentes imaginaban.
—Estimado socio, usted sabe que nuestro club no admite miembros con vidas felices —dijo el veterano dirigente—. Debo pedirle que tome sus cosas y abandone nuestra honorable institución para siempre.
Apenas alcanzó la calle, el rostro de Norberto se cubrió de lágrimas. Maldijo sus recientes días de bienestar, en que aquellos logros inesperados lo habían condenado a su exclusión del grupo selecto. Por culpa de ello, estaba viviendo el día más triste de su vida y ningún sufrimiento experimentado en el pasado podía compararse con aquella sensación de infinita angustia. Sintió que, por fin, había logrado convertirse en el más afligido de los sufridores, algo que seguramente hubiera despertado la envidia de los restantes miembros del club. Entonces, sabiendo que la vida que tenía por delante sería inevitablemente mucho mejor, secó sus lágrimas con una de las mangas de su camisa y comenzó a sonreír.

Tomado de: http://livingsintiempo.blogspot.com/

viernes, 28 de agosto de 2009

Metamorfosis aérea explicada – Héctor Ranea


Cuando preparó sus valijas no se olvidó de su antiespasmódico. Lo que sucedió es que durante el viaje una inusual lluvia de partículas de altas energías produjo en las moléculas del medicamento una variedad que generó, por cascada autocatalítica un isómero con propiedades metamórficas extremas.
Poco después, ya en vuelo, nuestro pasajero debió tomar el medicamento disolviendo unas cuantas gotas del mismo en agua para aplacar esa sensación de indigestión que lo aquejaba desde hacía años, terminado lo cual, volvió a dormir.
Cuando despertó, Gregor Samsa se encontró convertido en un pequeño pero repulsivo coleóptero de la familia de los escarabajos de quirófano y sólo atinó a esconderse de la vista de los demás pasajeros.
Su impericia, explicable pero fatal hizo que fuera visto por la azafata cuando pretendía meterse en el compartimiento de los alimentos conservados y ella, como corresponde, lo aplastó.
Después haría la denuncia a Control de Higiene, como siempre, pero por ahora le preocupaba más encontrar al pasajero de aspecto fúnebre que parecía no estar en ningún lado. Ya era la séptima vez que le sucedía en vuelo y eso sí que no le gustaba denunciar.

Memorias - Héctor Ranea


En aquellos tiempos los niños teníamos posibilidades de tener un microscopio de fuerza atómica en casa para jugar a acorralar átomos de Cesio, de Bromo, de Xenón, en plataformas de variadas aleaciones. Eran juegos de niños, pero tenían su encanto, rememoro. Pero, se sabe, uno moldea la memoria como quiere. Entonces jugábamos, en aleaciones ternarias, a colocar átomos de cobre en estructuras tridimensionales que encerraran diversos átomos, lo cual tenía cierto grado de dificultad, dependiendo del grano de la aleación y de las valencias y cargas superficiales.
Mis primos y yo solíamos jugar contra una banda de pibes coreanos que transmitían su señal en tres dimensiones virtuales (en aquel entonces, ustedes no lo van a creer, no se podían transmitir hologramas por la red). Generalmente nos vencían en varias competencias, como la de mantener una molécula de excímero en una jaula homogénea de carbono (que podía ser un anticuado fullereno u otras cosas que se nos iban ocurriendo). Una vez vencimos en esa, recuerdo.
Nuestros padres, en cambio, tenían microscopios con otras habilidades. En particular, era muy popular el microscopio que ensamblaba virus de diferentes enfermedades del pasado y luego el oponente debía desarmarlos en priones inactivos y empaquetarlos en diferentes configuraciones cristalinas, de modo que no fuera posible determinar las estructuras de no contar con una clave y un algoritmo de deconvolución del cual se proveían pocas claves al comenzar la competencia.
Desde ya, el acceso a menores estaba prohibido desde que alguien sintetizara el virus de la rabia bovina y contagiara a cien mil individuos en una tarde. Afortunadamente, el brote fue controlado antes de que murieran más de tres competidores.
Así es, nos entreteníamos con nada. Ahora ustedes niños cuentan con toda la tecnología que quieren, pero en aquellos tiempos, por suerte, podíamos aún usar nuestra imaginación sin límites, no como ahora que les controlan todo. Hasta lo que piensan.

Ceguera - Alexandro Roque


Salió del baño con las manos por delante, desnudo. Nunca había estado en ese hotel y sintió que ver le era más necesario que nunca, él que se preciaba de tener en sueños una excelente vista. La vista es un sentido que muchos no deberían extrañar, con tanto que tocar y que oir, pero en ese instante él quiso saber qué se siente aproximarse al lecho donde yace un cuerpo que espera amoroso y apreciar sus curvas, sus colores, sus imperfecciones, hasta sus lunares. Ojos para leer ese cuerpo y esa mirada. Ella lo debió guiar con la voz para que él se dirigiera en la dirección correcta.
—Anda, Jorge, ven que te espero. Te imaginaba más viejo pero eres aún maduro, luces muy bien. Ansiaba estar contigo, y por fin aquí estamos, el uno para el otro, sin preocupaciones, sólo unidos por las palabras y la carne.
—He nombrado los sitios donde se desparrama la ternura, pero estoy solo —le dijo él al oído y dejó que la oscuridad se asentara entre las sábanas.
—Anda, Jorge Luis, recítame algo, quiero oír tus palabras inmortales —dijo ella cerrando los ojos—. Ven, amado, ahora estamos igual, tampoco veo nada y quiero que los colores se formen en nuestra mente. Te he admirado desde hace mucho y quiero llorar de emoción.
Las palabras inventan el mundo y todos inventamos el amor, que suele nacer de la vista. Todo lo que no tenemos se vuelve una tragedia para uno y un peligro para el otro. Él, que aborrece los espejos, la transformó en aleph por muchos minutos, reflejando ese encuentro en tantos otros, en aquellos que no tuvieron ni tendrán más historia que la entrega.

Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la privanza de tu cuerpo, aún misterioso y tácito de niña,
ni la sucesión de tu vida situándose en palabras o silencios
serán favor tan misterioso
como mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis brazos.

—Anda Jorge Luis, dime lo que sabes. Tu poesía es mi mejor estimulante, todo lo sé de memoria, hasta tus comas, tus silencios, porque has sido mío desde que abrí tus libros. —Él no podía ver nada, pero cerró los ojos y respondió concentrado al sudoroso embate.

Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha en la selección del recuerdo,
me dejarás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes.

—¡Jorge! ¡Jorge Luis, eres el mejor poeta del mundo! —gritó ella, estremeciendo al vecindario. La dicha. Ambos se tomaron de la mano y se tendieron boca arriba, con una sonrisa que sus retinas no compartieron pero sus almas quisieron suponer.
Él se quitó la venda de los ojos y la miró complacido.
—Bien, querida. Para mañana... ¿qué escritor quieres que sea?

El vuelo final - Damián Cés


Corrió hacia la puerta y la abrió esperanzado. “¡Otra vez aquí! ¡Basta, estoy harto!, ¿No aprenderé nunca a manejar esta máquina de porquería?” Nicolás Ráculo, gritaba, fastidiado consigo mismo, mientras una mujer con su faldón embarrado, corría alejándose de él.
Hacía semanas que pretendía llegar al futuro ¡No al siglo XIX! Pero una y otra vez caía en esa sucia calle, de ese pueblo, rebosante de basura y moscas. ¿Por qué no podía lograrlo? ¿Cuánto se perdería la humanidad, porque él había nacido en el siglo equivocado? Podría hacer viajar al hombre entre las estrellas, anular las pestes, trasformar el transporte...
La máquina del tiempo no debería ser un problema para su genialidad, sin embargo se empeñaba en fallar. ¿Acaso el vapor no tenía la suficiente energía? ¿La caldera era muy pequeña?
De súbito, apareció en la esquina un policía señalándolo. Un sudor frió corrió por la cara de Nicolás; sabía que estaba en problemas. Y todo, por culpa de la maldita máquina del tiempo. Es que el viaje anterior ya había colmado su paciencia y, cuando el desagradable vaho inundó una vez más sus fosas nasales; enloqueció. Arrojó piedras contra los comercios, pateó un carro de verduras y golpeó a unos asustados transeúntes.
Con presteza se reintrodujo en el recinto de la maquina del tiempo; aún tenía oportunidad de escapar. “¡Espérame futuro!”, gritó, mientras giraba enloquecido una gran válvula, y un quejumbroso chirrido aumentaba en intensidad.
La puerta de madera agrietada se abrió de par en par, saltando uno de sus goznes. El policía no estaba sólo, lo acompañaban dos robustos hombres vestidos de un sucio blanco. “¡Apúrate, apúrate!” gritaba Nicolás. Unas lágrimas comenzaban a rebasar sus parpados.
Se abalanzaron sobre él y, por más que se retorció y pataleó; lograron colocarle el chaleco, en medio de un ruido ensordecedor. Lo sacaron a la calle por la fuerza. Vecinos agolpados vociferaban contra él.
Los guardias lograron abrir la puerta enrejada del carromato, pero no llegaron a encerrarlo. La brutal explosión elevó a Nicolás, por los aires, junto a sus captores. Con una última sonrisa desde la oscuridad, pensó: “Hola, futuro, sabía que te alcanzaría”.

El dilema del Minotauro - Javier Montoro


Nadie -nadie- le había preguntado qué era lo que quería.
Hacia el mediodía la maraña de pasillos sombríos donde descansaba se volvió susceptible a los rayos del sol, que apuntaban directamente a sus ojos empapados. El suelo pétreo del laberinto se coloreó de luz, pero él siguió por mucho tiempo sumido en una noche eterna. Se preguntaba muchas cosas. “¿Por qué?”, quizá.
Los catorce jóvenes atenienses estarían en aquel momento maldiciendo a la vida en el mar, camino de Creta. Tendría que hacerlo otra vez. Y no sabía exactamente el motivo, pues desde que tenía uso de razón había vivido frustrado en las paredes de su cárcel ambigua esperando año tras año un banquete de carne humana. Tendría que hacerlo para no defraudar a todos esos cretenses que, por un día, dejaban de hablar de él como un monstruo y lo trataban como un héroe. Tendría que hacerlo, probablemente, para llevar a cabo la venganza en nombre de un territorio que ni siquiera había pisado.
Tendría que hacerlo como otros años; tendría que hacerlo como siempre lo había hecho. Tendría que devorar los cuerpos frescos y vivos de aquellos jóvenes, sin mostrar miedo, sin dejar que sus fuerzas flaqueasen. Pero no quería. Él no era así.
Horas y horas pasó el minotauro llorando, pensando, dejando de vivir a cada instante. Y finalmente decidió que esta vez no. Esta vez no lo haría.

Poco después, un muchacho llamado Teseo salía radiante del laberinto, con el estómago lleno. Volvía como el superhombre capaz de haber matado a aquella alimaña que año tras año engullía a catorce atenienses sin remordimiento de conciencia.

Tomado de: http://trazandocaminos.blogspot.com/

El destino de un ser querido - Javier López



Laura acababa de cumplir los 35. Su madre estaba viviendo sus últimos días, era fácil percibirlo. Llevaba varios años cuidándola y cada vez estaba peor, con menos fuerzas, con menos ganas de vivir en su mirada. Ya hacía tiempo que no se levantaba de la cama.
Ese día estaba sentada a su lado, en la butaca basculante en la que gastaba las horas leyendo o mirando hacia ningún lado, cuando la anciana la tomó de la mano y, en un tono que nunca lograría olvidar, iba a escuchar de los labios de su progenitora un rápido repaso de su propia vida.
—Hija, ahora que siento que voy a morir, quiero agradecerte lo que has hecho por mí estos años. Siempre he tenido presente que el día que fuiste a hacer los trámites para quedarte en casa cuidándome, por eso que llamaron Ley de Dependencia, cambiaste tu vida. Dejaste tu empleo y sólo te dieron un pequeño salario por hacerlo, cuando sin embargo quedaba atrás tu brillante carrera como ingeniero. Sé que ganabas un buen dinero en la empresa de electrónica, que vivías bien, que tenías todo lo que deseabas a tu alcance, que nunca te faltaba el amor de un hombre a tu lado, ni viajes, salidas, fiestas y amigos... Sé que tenías todo eso, y que sin embargo ese día renunciabas a todo para poder cuidarme, porque yo había dejado de valerme por mí misma.
Aún recuerdo cuando ingresaste en la Universidad para estudiar tu carrera. Todo fue un gran esfuerzo para poder acabarla. De dinero andábamos mal en casa, pero siempre tuviste el arrojo para estudiar y trabajar en lo que fuera hasta obtener tu licenciatura.
Tampoco olvido cuando años atrás ibas al instituto. Ahí te revelaste ya como una chica brillante, con un futuro prometedor. Siempre has sido atractiva, inteligente... no podías tener otro destino que el éxito. ¡Si es que ya desde muy pequeñita tenías esos ojitos vivarachos, esa locuacidad impropia cuando apenas eras un bebé!.
Por todo eso y por tantas y tantas cosas, quiero que sepas que siempre recordaré el día del accidente como el más feliz de mi vida.
—¿De qué accidente hablas, mamá? —preguntó Laura asombrada, pues no tenía noticias de ese suceso.
—El que tuve el día que me dirigía a una clínica para abortar, hace casi 36 años.

El zoológico - Martín Gardella


Observaba a su hombre con sus penetrantes ojos de gata, dejándose envolver por palabras dulces, que llenaban su estómago de pequeñas mariposas. Luego, con la confesión de las mutuas fantasías, su cabeza femenina se inundó de pícaros ratones.
En la cama, se sintió tan libre como un animal al que le acaban de abrir la jaula. Por unos instantes, sus extremidades se convirtieron en los largos tentáculos de un fornido calamar, que envolvían al hombre para devorarlo. Aulló como una loba, lo rasguño como una perrita juguetona, voló como un colibrí y terminó acurrucándose en el pecho de su compañero, como un indefenso polluelo. A la mañana siguiente, con la puntualidad de un gallo cantor, abandonó la cama revuelta, imitando el silencioso andar de una serpiente.
—Te amo —dijo el hombre, mientras la observaba vestirse con la agilidad de una gacela.
—¡Shhh! —respondió ella, como una lechuza, y le arrojó, desde la puerta, un beso de delfín.

Tomado de: http://livingsintiempo.blogspot.com/

El hombre de lata - Antonio Mora Vélez


Después de muchos siglos de progreso material, el hombre pensó que las filmadoras y las cinematecas le quitaban tiempo en su trabajo y determinó que las computadoras se encargaran del cine, lo realizaran y distribuyeran directamente a sus hogares. Pensó que la pintura y la escultura constituían un desperdicio de horas útiles y decidió que la cibernética se encargara del asunto. Pensó también que la historia y la literatura ocupaban en el cerebro del hombre un espacio que podían llenar otros conocimientos menos esquemáticos y dispuso que la Central Ordenadora los guardara. Y como demostró que la música y el deporte le restaban tiempo y energías en exceso, encomendó a los androides la producción de ritmos y los colocó en los campos en lugar de deportistas.

Poco tiempo después se dio cuenta que no caminaba como antes y que sus visitas al hojalatero y la compra de aceites lubricantes eran cada vez más frecuentes.

9 de Julio - Camilo Fernández


Tomó una hoja en blanco, sabiendo que tenía una deuda de honor que saldar. Sostuvo la pluma con los dedos temblorosos, con un sinnúmero de emociones agolpándose en su garganta. Apoyó la punta sobre el papel y lo mantuvo en un punto eterno.
Tenía tantas cosas que contarle, tanto tiempo para recuperar que parecía un imposible. Sabía que con cada año la grieta se ampliaba y la distancia erosionaba la memoria. Calculó que el cumpleaños presentaba una oportunidad perfecta para recorrer la distancia que los separaba.
La pluma inició su viaje por el papel con un “Querido Papá:”. De inmediato, arrugó el papel y lo dejó caer al piso con desgano. Probó entonces con un simple “Papá”. Por primera vez en más de una década dejó fluir sus sentimientos, impregnando el papel con sus emociones contenidas. Firmó y la cerró sin releer.
Buscó las llaves del auto y salió. Condujo tratando de no pensar en la carta. Llegó a su destino y se quedó inmóvil durante varios minutos. Bajó del auto, cruzó el portón de hierro y avanzó a paso firme. Se arrodilló frente a la tumba y dejó la carta junto al frío mármol.

Tomado de: http://2centenas.blogspot.com/

Hombre gordo 1 - Diego Muñoz Valenzuela


El tipo había engordado tanto que ya no cabía por la puerta. Mediante su laptop solicitaba alimento y manejaba sus inversiones. Afortunadamente no necesitaba trabajar, así que tampoco necesitaba salir. Por otra parte, no habría podido hacerlo: sus piernas eran incapaces de sostener aquel peso desproporcionado. Era un cetáceo varado en una cama gigante, provisto de pequeñas extremidades fofas con las cuales escribía las instrucciones en el teclado. Obtenía todo lo necesario gracias a Internet. Era un enorme molusco rosado buscando satisfacción en la red virtual. Los proveedores dejaron de acudir a su casa, pues el alimento –de variadas clases, incluido el alcohol- se cargaba en receptáculos conectados a tuberías a solicitud del solitario e invisible comprador. Antes de cerrar para siempre su puerta, conectó sus puntos sensibles a robots de estimulación sexual. Se las arregló con el hampa para instalar dispensadores de droga. Finalmente la casa estalló, nadie sabe la causa. Los alrededores eran un asco, cubiertos de grasa, sangre y restos de órganos, tendones y huesos.
Pudo ser resultado de un crecimiento grotesco del cuerpo; o una explosión de placer ilimitado; o una simple indigestión.

Pronto se sabrá: tiene seguidores y algunos de ellos se financian mediante contratos con canales de televisión que transmiten segundo tras segundo -como contraprestación y en virtud de un nítido contrato- el desarrollo de los acontecimientos. Algún científico aprovechará esa información, estoy seguro.

Tomado de: http://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/

miércoles, 26 de agosto de 2009

El arrepentido - Javier López


No, yo no me arrepiento de todo lo que pasó, porque hice lo que tenía que hacer.
No le voy a decir que las palizas que me dieron durante el interrogatorio no me dolieran. Claro que sí, y mucho. ¡Pero yo soy fuerte, oiga! Que para eso me crié en un barrio donde si no eras más fuerte y más rápido que los demás, estabas muerto desde antes de nacer.
Tampoco me iba a hundir porque delante del juez tuviera que escuchar esas cosas de mí, que yo era un asesino porque maté al tendero de varias puñaladas y disparé al otro hombre. ¿Y qué querían que hiciera? Le pedí el dinero de la caja y el muy cabrón lo único que intentó es sacar un palo de debajo del mostrador para atizarme. Entonces yo no podía perder el tiempo en solucionar aquello y dejar que viniera la policía. Tuve que hacer algo, ¿qué cree?
Y claro que disparé a bocajarro al otro tipo que vino a ayudar al tendero. No me iba a poner a pedirle explicaciones. Yo necesitaba el dinero, tengo hijos y una mujer que esperan que lleve algo a casa para comer y para todo lo demás. ¿O es que usté no haría lo mismo?
¿Que entonces de qué me arrepiento? De lo único que me arrepiento es de que estuviera allí esa puta cámara de seguridad. Por culpa de eso he tenido que estar viéndome, una y mil veces durante los interrogatorios y durante el juicio, matando a aquellas dos personas. De eso me arrepiento. Porque ¿sabe usté?, no es lo mismo hacerlo que verse a uno mismo haciéndolo. Eso sí que me perseguirá cada día durante el resto de mi vida, durante el resto de mi condena.
¿Se da cuenta usté ahora de qué me arrepiento?

Lily se decide - Myriam Belfer


Digo bien, y esto podría ser el testimonio jamás publicado de la escritora ecuestre Griselda Zymanauskas. No siempre vigilante, a veces duerme, pero esta vez el sueño fue poco o casi nada. Suele aparecer en su perspectiva algún viejo cabrón que la mira demasiado de frente y ante el cual su cabeza y su corazón se ven obligados a girar hacia el lado contrario, provocándole calambres musculares y de los otros. La leche caliente es de demorarse, y prolonga la estadía de Griselda en la mesa del bar "El Odeón" de Ramos, justo frente al puesto de diarios desde donde D'Artagnan también la mira. Y si da vuelta la cabeza se encuentra otra vez con el viejo de saquito, así que se queda como está, hasta que el viejo verde se levanta y se va. La cosa viene ansiosa. Recién sale de lo del dentista (nada grave) y entra una minita a matar o morir.
—Nada que ver —piensa Griselda.
Son las 9 de la mañana y pasa el tren. Mucha pintura. Desborda sueño y leche caliente. Mi garganta. Tengo la voz desfigurada. Y pereza y enojo, todo al mismo tiempo. Otro viejo verde. La gente es infiel, endeble y debutante. Válganle los ojos, las manos. Ella escucha. Recorta el material, filtra y acomoda. Qué gran abatimiento. Qué historia adulterada. El último testimonio escrito de la Zymanauskas en prensa. Cuántas páginas.
—Torcete —me dijo.
El vidrio es blindado. Nadie te va a oír. Tranquila. Somos de la partida, el corazón blando y las uñas cortas.
(La minita está atenta. Espera a alguien).
Al principio costaba desprenderse de esa armazón de hierros tensos. Una mezcla de espanto y tersura.
Eso fue, y no imprimió.
Mis ambiciones literarias nunca fueron más allá del insulto disfrazado. Pero Griselda, Griselda Zymanauskas. Voy a entregar su nombre y su hambre al linotipista.
(Sigue bostezando y es como si las palabras que no dice ni inscribe engordaran su nariz y nunca hubiera despedidas). La minita habla por teléfono sin sacarse los taquitos. Algo falla.
Siguiendo con mi línea de pensamiento, admito el cruce de las aguas y de las vidas y de las letras. Habrá que encender la luz. El sueño puede más. La mano se me duerme. Lector, amigo mío, nos vemos en el kiosco.

Tomado de: http://myriambelfer.blogspot.com/
Sobre la autora: Myriam Belfer

Terapia para recuerdos invasivos - Alejandro Ramírez


El psicoanalista ha diagnosticado que me aqueja un recuerdo invasivo que ha empezado a ocupar de manera tormentosa todos los resquicios de mi vida. Pienso en ella cuando me acuesto, cuando me levanto, de camino al trabajo, en el trabajo, mientras veo televisión, cuando estoy con mi nueva esposa, cuando estoy sin ella, etc. Es un recuerdo despótico, avasallador e intolerante con las nuevas circunstancias.
El psicoanalista dice que va a aplicar en mí una terapia postmoderna y novedosa para luchar contra ese recuerdo opresor. Dice que va a reemplazar todos esos recuerdos de una manera artificial, pero eficaz, con la ayuda de mi nueva esposa. Vamos a reconstruir todas las escenas más importantes de mi antigua relación hasta que el inconsciente identifique a mi nueva mujer y lentamente sustituya al personaje (y todos los recuerdos) hasta que lleguemos al momento culminante de mi desgracias en el cual, si todo va bien, tendremos que darle un final diferente.
Empezamos con el día en que nos conocimos. He intentado ofrecerle la mayor cantidad de detalles posibles para poder reconstruir exitosamente esa primera cita. El lugar, los atuendos del día, nuestros estados de ánimo, la conversación y el inicio de una hermosa y próspera relación. Luego reconstruimos el día de nuestra boda, el nacimiento de nuestro hijo, el viaje de vacaciones a Cancún, el día de la adquisición de nuestro apartamento, etc., hasta la última escena, el día en que la asesiné.
Mi psicoanalista corre por todo el lugar intentando coordinar todos los detalles y puedo jurar que se siente dirigiendo una escena de Hollywood. Hemos planeado la reconstrucción de esta escena minuciosamente. Mi nueva esposa y yo debemos encontrarnos en el centro comercial y caminar hasta el apartamento (sin discutir y sin mencionar la palabra infidelidad); prepararé la cena como de costumbre (sin arsénico en el vino); iremos a la cama y haremos el amor (sin que ella me destroce la espalda con su uñas) y al día siguiente despertará sonriente a mi lado (no fría y obsesiva, abrazándome casi hasta la asfixia).
En ese momento, dice mi psicoanalista, quedaré liberado de esos recuerdos opresores y podré continuar mi nueva vida.

Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

lunes, 24 de agosto de 2009

Consecuencias de la criogenia - Héctor Ranea


-Antes, cuando todo esto de los viajes interestelares recién comenzaba, la cosa tenía más glamour –dijo M’sa.

-Cierto –le contestó Sh’ha –pero viajaban pocos.
-¡Claro! Pero te trataban bien, no esta cortesía falsa y adocenada. Esperá que me acomodo el tubo.
-¿Ves lo que digo? –M’sa estaba enfático. –Están abaratando todo. Ese tubo antes no te hubiera molestado para nada y podrías respirar el plasma sin problemas.
-Bueno, es la idea de todo el sistema turístico. Tampoco se pueden pagar tantos avances tecnológicos con tan poca gente que compre los pasajes.
-¡Sí! ¡Exacto! Lo que pasa es que antes la inyección del tubo te la daban personas, en un ambiente muy cordial acorde con un viaje de mil siglos.
-Claro, concuerdo contigo. El uso de estos robots está despersonalizándolo todo.
-No sólo. A veces hay que rogarles que te inyecten. Si perdés el trazador, no hay caso, nunca más te inyectan.
-Conozco el caso del tío de un amigo, precisamente. Olvidó el trazador en uno de los trasbordos.
-¿Y qué pasó?
-Encontraron lo que se cree que son sus cenizas en el Neptune Holy que iba a Neptuno XIX en Omicron Cyclops.
-Y claro… es largo el viaje.

Mi Hermano - Rafael Novoa


Nunca le perdoné a mi hermano gemelo que me abandonara durante siete minutos en la barriga de mamá, y me dejara allí, solo, aterrorizado en la oscuridad, flotando como un astronauta en aquel líquido viscoso, y oyendo al otro lado cómo a él se lo comían a besos. Fueron los siete minutos más largos de mi vida, y los que a la postre, determinarían que mi hermano fuera el primogénito y el favorito de mamá. Desde entonces salía antes que Pablo de todos los sitios: de la habitación, de casa, del colegio, de misa, del cine -aunque ello me costara el final de la película. Un día me distraje y mi hermano salió antes que yo a la calle, y mientras me miraba con aquella sonrisa adorable, un coche se lo llevó por delante. Recuerdo que mi madre, al oír el golpe, salió de la casa y pasó ante mí corriendo y gritando mi nombre, con los brazos extendidos hacia el cadáver de mi hermano. Yo nunca la saqué del error.

Diálogo sobre un Diálogo - Jorge Luis Borges


A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo./ Z- (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron./ A- (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Historia del joven celoso - Henri Pierre Cami


Había una vez un joven que estaba muy celoso de una muchacha bastante voluble.Un día le dijo:-Tus ojos miran a todo el mundo.Entonces, le arrancó los ojos.Después le dijo:-Con tus manos puedes hacer gestos de invitación.y le cortó las manos.“Todavía puede hablar con otros”, pensó. Y le extirpó la lengua.Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes.Por último, le cortó las piernas. “De este modo -se dijo- estaré más tranquilo”.Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba. “Ella es fea -pensaba-, pero al menos será mía hasta la muerte”.Un día volvió a la casa y no encontró a la muchacha: había desaparecido, raptada por un exhibidor de fenómenos.

sábado, 22 de agosto de 2009

Pro Anatomías - Héctor Ranea



–Nuestra próstata, Profesor –me decía el gusano T’si mientras deglutía una ensalada de perejil, -es una organela parecida a un cinturón, pero derivada de una modificación de las hemorroides.
Mis náuseas me impedían seguir tragando el cordero al horno con salsa de berenjenas.
Él continuó:
–Mis prótesis dentales nanométricas las cuida un escarabajo provinciano que hace las veces de proctólogo, pues nuestro ano produce una sustancia provitamínica que les sirve para eso, para promover su apetito y potencia sexual.
Yo sabía que debía mantenerme impasible frente a su afrenta pues estos gusanos no sólo gozan de nuestros vahídos sino que después se alimentan comiendo lo que dejamos en el vómito y eso, como se sabe, es considerado falta grave por nuestras autoridades.
Se sabe que un Orco Huymans dejó su pata de conejo ante los embates escatológicos de cierto gusano T’si y las autoridades trasladaron al Huymans a otra cámara con resultados nefastos para su vida.
–Proceda –me instó el gusano. No se complique el prontuario, Profesor. Proceda.
Seguí comiendo. Y él gusano se dirigió a mí.
–Prostitutas como las de Espaitos no se ven así nomás. Les gusta que procedamos a proponerles nuestro cuerpo procreador. Les gusta. Aparte de nuestra contribución a su prominente posición social, claro.
Ya me venía el vómito pero debía evitarlo. Pero no pude más cuando el ladino gusano T’si, digno sucesor de Odiseo de Ítaca, me dijo:
–Prometo que si lo proponen para formar parte del programa de alimentación de la soberana, le diré al procanciller qué receta propone Usted para sí mismo. ¿Le gustaría ser propósito cárneo o fúngico?
Ahí vomité porque el sonido pro me superó y el gusano aprovechó para comer de los miasmas hasta dejar todo limpio.
Luego vendrá mi castigo. Está prohibido terminantemente alimentar a los gusanos T’si. Ellos están apoderándose de nuestras conversaciones.

Sodorra de Sidim - José Luis Vasconcelos



Temo a Dios y detesto a casi todas sus criaturas, menos a la Sodorra de Sidim. Sé de la bestia por unos textos adjudicados a la última virgen de Zeboim. Palabras más, palabras menos, asentaba que por las mañanas balaba y por las tardes se convertía en una caravana de ramas quebradizas que se hundía en el desierto. Dicen que se nutría de un arbusto hediondo que supuraba angustias por las noches y apagaba la sed con lágrimas de estatuas.
Precisaba que mucho se había fantaseado en torno a esta bestia de torpe balido, levantisca y micótica, desafortunada fusión de seres pertenecientes a los reinos, mineral, animal y vegetal y que, según testimonios antiguos, los de Adma solidificaban su orina y la convertían en gemas de variado valor.
De acuerdo con el manuscrito, las Sodorras de Sidim no son de fiar, arrojan el cardo y esconden la mano. Rejuvenecen con el dolor ajeno y el canto matinal de las nubes les provoca migraña. Tienen el aura de un color verde oasis, por eso lucen escleróticas en tiempos de guerra y fulinginosas en períodos de paz.
Casi al final, en la parte andrajosa de la última página, se lee que a pesar de la mala fama que se les imputa también otorgan alguna que otra buenaventura; quien posea la boca de su estómago tendrá más suerte que Birsa, pues todas las carencias económicas serán resueltas; el poseedor de tal órgano gozará de posición holgada de por vida, viajará fácilmente de una caverna a otra y accederá, sin invitación previa, a tertulias de vírgenes.
Si de paciencia están hechos los días, alguna tarde hallaré una Sodorra de Sidim que sorba mi infortunio con su lengua de arena, pues juran en Zeboim que convierte a los camelleros malolientes como yo en nobles apreciados a lo largo del Valle del Jordán.

Tomado de: http://rojanota.blogspot.com/

La última operación de cerebro - Daniel Frini


Era un genio. Realmente un genio.
Tenía un CI de más de 250. Desde niño había sido sometido a innumerables tests y experimentos por quienes trataban de comprender su genialidad. Ya de mayor, con varios doctorados en su haber, él mismo se estudió con la esperanza de descifrar sus secretos y encontrar la forma de develarlos para transferírselos a otros, para bien de la Humanidad. Armó un equipo de trabajo extraordinario, para lo cual buscó en todo el mundo a los mejores en más de cien disciplinas, quienes trabajaron bajo sus órdenes durante mucho tiempo.
Diseñó una operación de cerebro tan difícil que sólo él era capaz de llevarla a cabo. Pero como el cerebro a estudiar era el suyo, pasó años preparando a sus técnicos y ayudantes para realizarla.
Experimentaron con animales y con personas para aprehender y perfeccionar técnicas absolutamente revolucionarias, tanto que cada una de ellas por sí sola le hubiera bastado al buen Doctor para ganar, como menos, el Nobel. De hecho, recibió este premio en cinco oportunidades.
Por supuesto, en sus investigaciones cometió errores y murieron pacientes, como siempre ocurre. Esto fue por el bien mayor de la ciencia.
Pensó y repensó miles de veces las diferentes eventualidades que podían presentarse. Los datos a obtener eran de una complejidad tal, que sólo él, al despertar, podría descifrarlos.
Cuando cumplió sesenta y ocho años, la operación, por fin, tuvo lugar. Intervinieron doce equipos de médicos. Demoraron veintiocho horas. Debieron pasar tres días hasta que despertara. Sus discípulos se consumían esperando el momento en que el Maestro reaccionase y, por fin, pudiese culminar el trabajo de toda una vida.
Se despertó. Abrió los ojos y miro a su alrededor. Con su voz profunda, pronunció sus primeras palabras luego de la última operación de cerebro:
—Nene quede pis

jueves, 20 de agosto de 2009

Vida televisada - Lisandro Varela


Con Nick La Bestia jugamos al Truman Show.
Caminando por Santa Fe hacemos como que vivimos un reality y que la ciudad esta llena de cámaras.
Ponemos los ojos en modo paranoia, y los autos empiezan a estar coordinados y la gente que camina y nos cruza esconde algo.
Si miramos nuestras vidas para atrás vemos los plot points, los personajes secundarios que entraron y salieron de la historia, las subtramas.
Y caminamos, tan distintos, tan seguros de que hacemos un dúo con rating, tan divertidos de jugar juegos idiotas.
Jugamos dos minutos, pero a veces trato de convencer a Nick de que es verdad.
Es cierto, boludo se impresiona Nick.
Ninguno de los dos se acuerda cuando nos hicimos amigos.
Hace más de diez años éramos proveedor y cliente, solo al teléfono.
Un día del 2001 lo contrate para que siguiera en los medios como se caía un gobierno que me tenía adentro.
Lo siguiente que nos acordamos es que fuimos al teatro a ver algo ridículo y que en la fila para entrar propuse intercambio de parejas.
Después fuimos amigos.
Pero no hay forma que sepamos cómo empezamos a ir por ahí riéndonos barato.
Es la parte Lost de la historia dice Nick y paramos en el kiosco de Paraná a comprar chocolate y coca de dieta.

Tomado de http://vidadocampo.com/
Sobre el autor: Lisandro Varela

Variación recurrente - Sergio Gaut vel Hartman


Dedicado a Esteban Dublín, Martín Gardella, Miguel Dorelo, Alejandro Ramírez Giraldo, Francisco Costantini, Héctor Ranea y Nanim Rekacz

En el blog de Esteban Dublín hay una puerta que conduce al blog de Martín Gardella. No pude resistir la tentación y pasé de uno a otro como quien pasa de la cocina al living. No había nadie; Martín se había ido al supermercado. Sobre una repisa había un cuento recién terminado; empecé a leerlo. Me sorprendí al descubrir que el protagonista del cuento era yo. Seguí leyendo. No parecía escrito por Martín. En el cuento yo estaba en el blog de Miguel Dorelo, e incapaz de resistir la tentación atravesaba la puerta que conduce al blog de Alejandro Ramírez. No había nadie allí; Alejandro había ido a cortarse el cabello. Envalentonado, tomé un cuento recién terminado que estaba sobre la biblioteca; empecé a leerlo. Me sorprendí al descubrir que el protagonista del cuento era yo, otra vez. Seguí leyendo. No parecía obra de Alejandro sino de Francisco Costantini, quien suele escribir cuentos en los que un personaje toma conciencia de su condición e increpa al autor porque coarta su libertad. En este caso era yo quien se encontraba en una situación delicada. En el cuento vivía en el blog de Héctor Ranea, quien mediante telecomando desde Praga, había garabateado un mensaje con lápiz labial en un espejo. En ese mensaje me indicaba que allí había una puerta que conducía al blog de Nanim Rekacz. No vacilé y pasé. Nanim escribía, y absorta en su creación y no advirtió mi presencia. Traté de no molestarla, pero no pude resistir la tentación y tomé un cuento recién impreso que estaba encima de la mesa y empecé a leerlo. En el cuento, cuyo protagonista, una vez más, era yo, habían escrito una ficción breve en la que varios de los contribuyentes habituales a los blogs se complotaban para obligarme a organizar una antología de cuentos circulares, recurrentes y autorreferenciales, además de metaficcionales, absurdos y conjeturales. Decidí terminar con el complot del único modo posible. Activé la mininotedent alojada en mi muela de juicio y escribí esto. Espero que alcance para resolver el problema. Y si no alcanza ya veré cómo me las arreglo para no volver al punto de partida y encontrarme de nuevo en el blog de Esteban Dublín.

La prueba- Carmen Rolandelli


¡Por ese trapo rojo de mierda! gritó Julia, mientras se la llevaban.
Había sido precavida; nada de libros, no más que los manuales del alumno bonaerense que las editoriales mandaban periódicamente a los docentes. El Quijote no podía ser sospechoso, aunque pensándolo bien se dijo para sí pero se resistió a tirarlo; los discos de los Quilapayún (le costó desprenderse de la cantata a Santa María de Iquique), varios números de Estrella Roja y hasta los cuadernillos de Crisis; sobre todo el reportaje a Neruda y “El gran Orinador”(muy sospechoso por cierto, podría emular a algún aprendiz de dictador). Todo fue a parar a la parrilla la semana anterior. La casa estaba limpia, nada que la comprometiera. Si no fuera por esa maldita bandera de remate que su padre había usado para tapar el agujero de la chapa.
El tipo de verde miró hacia el techo y con un gesto de enorme complacencia ordenó que bajaran la prueba de la felonía.

martes, 18 de agosto de 2009

Un breve regreso - Martín Gardella


El hombre recién llegado se sentó a la mesa iluminada por la tenue luz de las velas, ante la ansiosa mirada de Silvia. Ella estaba entusiasmada de recibir al visitante y usaba el vestido negro que él le había regalado tres años antes, para su último aniversario.
El penetrante aroma de la carne asándose en el horno que provenía de la cocina se mezclaba con el dulce olor de los ardientes sahumerios hindúes, que transmitían energía y magia al ambiente. Ernesto adoraba la carne al horno con papas (ella recordaba que era su plato favorito) y el reencuentro era una oportunidad inmejorable para agasajarlo.
—Estás igual a la última vez que nos vimos —murmuró Silvia, mientras recorría al hombre con la mirada—. Parece que el tiempo no hubiera pasado para vos.
Ernesto la observaba en silencio, pero sonriente. Estaba tan sorprendido como ella de haber podido concretar aquel reencuentro después de tantos años de ausencia y melancolía.
Sobre la mesa, Silvia había dispuesto una botella de exquisito Syrah argentino, perfecta para la ocasión. Sin embargo, en el momento del brindis, un acontecimiento fortuito hizo que la velada se interrumpiera abruptamente. Sin que la anfitriona tuviera tiempo de impedirlo, el huésped tomó, por error, la copa invertida a través de la cual ella había invocado su presencia, y se esfumó repentinamente en el humo de las velas, dejando a la viuda nuevamente sola y envuelta en llanto, con la cena a punto de ser servida.

Un beso frío y breve - José Luis Vasconcelos


La pensé muchas veces, durante años. No tenía la menor idea de que un día pudiera aparecer así, de la Nada. Mi cara de bobo en su pupila, luego ella rozó mis manos suavemente. Mi rostro entre sus manos era un melón y luego depositó el beso más frío y breve que he sentido en mis labios. Años después la volví a ver. Estaba justo detrás de mi prima Minucia, colocando un par de alas en su espalda. Estaba enfrascada en sus labores porque no se inmutó con mi presencia. Quise correr hacia ella, reclamar su actitud y cuestionar su labor. Mis pies eran plomo, mi pensamiento flotaba entre la idea y el sueño. La veía de perfil, concentrada en eso de poner alas, de presionar suavemente con la yema de los dedos sobre las partes que se abultaban y que daban una ligera idea de imperfección. Minucia volteó para despedirse de mí y su mano se aferró a la de ella. Entonces se percató de mi persona y sonrió. Sus dedos rozaron una de las alas, con gracia desprendió una pluma y la aventó hacia mí. Luego empezaron a volar, se fueron haciendo más pequeñas entre esa combustión de nubes. Desde entonces llevo la pluma prendida en mi sombrero. Cuento -a quienes me preguntan- que esta pluma cayó entre mis manos cuando dos águilas blancas peleaban en las alturas y que, además, posee ciertos poderes porque los temores se alejan cuando me abanico con ella. Hace como un año la volví a encontrar al cruzar una calle. No había cambiado gran cosa, si acaso el peinado. Caminaba de prisa, con esas piernas largas y blancas que nunca he mirado en otro ser. Alcanzó al viejo gordo del bombín y se metieron al café de chinos, frente a la estación de ferrocarril. Tomaron asiento junto a la ventana y debían estar molestos porque discutían acaloradamente. Entonces llegó la mesera y derramó café sobre ellos. Eso fue suficiente para acabar con la disputa; sin mayores preámbulos ascendieron al cielo, mientras el bombín caía sobre la mesa junto con una moneda. Supongo que la veré nuevamente. No me asusta. De hecho me entusiasma su resolución y oficio. No sé a qué se dedica, pero evidentemente su labor está relacionada con menesteres que no son de este mundo. Bueno, veremos qué pasa un día de éstos. No tengo prisa en hallarla otra vez; llegará como esa primera vez que depositó el beso frío y breve sobre mis labios. Si me ha de poner alas, que sean mayores que las de Minucia y no en color pastel. También le pediré, si es que se presenta la oportunidad, que vayamos al café Nelson, no al de chinos, porque en el Nelson las meseras son más bonitas y discretas, cosa que garantizará que mi ascenso a los cielos no se mastique en boca de cualquier pelagatos.

El hombre gris - María del Pilar Jorge


Lo veo pasar todas las tardes, las manos en los bolsillos y el gesto ausente. Camina por las calles de mi barrio, medio encorvado, como si la vida le pesara sobre los hombros. Envuelto en un escudo de penumbra, desanda una y otra vez ese recorrido reiterado. Tal vez regrese del trabajo, de un trabajo lúgubre, tan lúgubre como su mirada. Retorna a su casa, que se me hace un lugar silencioso, de paredes solitarias, donde mueren los ecos de todas las conversaciones cotidianas. Allí, seguramente, esperará a la mañana. A otra mañana igual a las que ya pasaron, hecha de madrugadas frías, galleta, un jarro de café melosamente endulzado y recuerdos de sabor amargo. Recuerdos de la mujer que se le fue un día, cansada de vivir entre los cacharros mugrientos del cuartucho de un hotel sin estrellas ni cielo despejado. El hombre gris ya es parte de la calle, sólo una sombra que marca la hora. Tal vez por eso nadie lo advierte y ni siquiera le ladran los perros. Quizás la única que lo ve soy yo: todas las tardes, las manos en los bolsillos, el gesto ausente.

domingo, 16 de agosto de 2009

Antaño también es virtual - Amélie Olaiz


El joven se levanta de la mesa, da una palmada cariñosa al abuelo en la espalda y dice antes de subir hacia donde se encuentra su computadora.
—Nos vemos al rato abue, chido tu rollo man.
El abuelo lo mira irse y se vuelve para observar a quienes quedan alrededor de la mesa. Sólo su hijo y su nuera.
—Cuando yo era un niño —dice mirando sus manos arrugadas— siempre quería quedarme a la sobremesa para escuchar la conversación de los grandes, pero nos corrían porque los temas no eran propios para los niños. Así que oíamos a escondidas para ver si pescábamos algo.
—Sí, papá, pero ahora todo lo encuentran en internet. Ya no necesitan a los adultos para aprender.
—¿También se aprende a conversar en internet?
—Bueno, pues hay chats donde intercambian información, foros o páginas como facebook donde publican sus opiniones.
—Sí, don Sergio, pero pocos saben escribir bien, mucho menos conversar, la mayoría quiere ser leído y pocos leen —dice la nuera mientras sirve el café.
—Pues si no les importa me gustaría tomar el café junto a mi nieto en su computadora.

Tomado de: http://espaciosdispares.blogspot.com/

Reunión de negocios - Carlos Feinstein


—Pasen por acá por favor, Mi nombre es Dr. Epstein, soy el representante legal y técnico de las empresas Transworld Transtime Internacional, más conocidas como corporación TTI.
El señor Garrido y su abogado Hernández se acomodaron pesadamente en los mullidos asientos de cuero. Ambos eran hombres corpulentos, canosos, con exceso de peso y llevaban trajes que los hacían ver apretados.
—¿En que puedo servirlos? Aunque creo que lo sospecho –dijo Epstein con tono calmado que cortaba como un cuchillo la tensión que llenaba la sala.
–No se lo imagina, no puede comprender el daño que ustedes están haciendo, además es ilegal. No pueden trasmitir los partidos de fútbol, no tienen los derechos, hemos invertido una fortuna y son nuestros. Iremos a juicio tanto civil como penal. Ustedes van a pagar por lo que han hecho.
—Señor Garrido, los derechos de los partidos que usted posee son para televisar los juegos en directo, en tiempo real. Nosotros los trasmitimos por adelantado. Exactamente 3 horas antes de que los hechos sucedan. Tal como le explicará su abogado no violamos su contrato de exclusividad. No hay simultaneidad entre ambos eventos.
—Espere, interrumpió Hernández, ustedes toman y emiten una señal que tiene derechos de autor y que no les fue licenciada. Ahí tienen un problema, haremos que los dueños de los derechos originales los demanden.
—Abogado, calma por favor. Nosotros tomamos la señal del propio destino final, concretamente del único camino en el que evoluciona el universo. Este es de dominio público, no tiene dueño y tenemos la patente por el procedimiento de determinación variacional masivo cuántico para lograrlo. Ninguna de nuestras cámaras está a menos de 300 kilómetros de los estadios y estos instrumentos ni siquiera apuntan a ninguno de esos lugares. Pero si quieren jugar rudo lo haremos, si los directivos del fútbol nos demandan, publicaremos todos los resultados de todos los juegos de todas las divisiones que van a producirse en los próximos 20 años. Imagine conocer quien es el ganador de cada campeonato. Ya ninguna competencia tendría sentido y se quedarían sin audiencia. Como una prueba de nuestra capacidad y poder enviamos hoy temprano un sobre confidencial al director de la Asociación de Nacional de Fútbol con todos los resultados de la próxima semana para todos los partidos de los equipos profesionales del planeta ¿No les resultó raro que no viniera a esta reunión? El hombre tiene en este momento mucho para meditar y más para perder.
—Pero por qué no juegan a la lotería, a juegos de azar permitidos, hagan otra cosa, compren acciones en la bolsa ¿Por qué nos joden a nosotros?
—Señor Garrido, las TTI son empresas que llevan la ética profesional a su máximo nivel, con lo recaudado de los juegos de azar, muchos gobiernos, no sólo el nuestro, realizan obras de beneficencia, construyen hospitales y se invierten recursos en educación. No tocaríamos jamás ese dinero. Con respecto a las inversiones bursátiles, es ilegal comprar acciones en la bolsa contando con información privilegiada, su abogado puede confirmarle el funcionamiento de la legislación vigente. Le voy a pedir que se tranquilice y respire profundo, porque tengo algo muy importante que decirle. No sólo vemos los partidos de fútbol por adelantado, ya conocemos el resultado de esta reunión y de los procedimientos judiciales que proseguirán. Una y otra vez, nosotros ganamos.

Croando - Sergio Gaut vel Hartman

a A.L.

—No se ponga nerviosa, señora —dijo el juez— y cuénteme lo que ocurrió la noche del 5 de mayo; trate de no omitir ningún detalle, por insignificante que parezca.
Estábamos en el despacho del doctor René Frog, juez de familia, un tipo singular por donde se lo mire. Lo primero que había llamado mi atención al entrar a la enorme oficina era un cuadro que representaba un sapo que sonreía en la mano de una princesa. Pero no tardé en advertir que el lugar estaba poblado por las más variadas representaciones de anuros que pueda imaginarse. Había ranas y escuerzos, renacuajos y adultos, bellos y espantosos; pero lo más sorprendente era la variedad de materiales: cristal, peluche, terracota, madera, paño, hierro...
—... entonces él me levantó la mano y trató de pegarme en la cara...
—Ya —dijo el juez Frog—. Ahora dígame: ¿había intentado golpearla en otras oportunidades?
Mi cliente era la señora Zapac, una mujer de unos cuarenta años, aún atractiva, que cargaba una cruz: un esposo drogadicto que había entrado en fase de violencia física. Pero no lograba concentrarme. El juez hablaba, mi cliente hablaba y yo sólo tenía ojos para los batracios. Allí una rana de ónix, sobre la biblioteca un sapo de plastilina, un escuerzo de acrílico me miraba desde una repisa. De pronto sonó el teléfono y Frog atendió; el aparato era otro animal de la familia, una enorme rana Goliat.
—Diga. (Pausa). Estoy en una audiencia. (Pausa). No me pase más llamadas.
—Le dije que no lo hiciera. —La señora Zapac empezaba a repetirse, aunque el juez no lucía impaciente. Más aún: una sonrisa líquida le empapaba los labios, como si disfrutara de la poco imaginativa descripción, casi hipnótica, de mi cliente.
—Señora —dijo Frog—: en estos casos hay que tener en cuenta que el manejo de la patología no es para aficionados...
Dejé de escuchar. Me pareció que la rana de la corbata del juez me guiñaba el ojo. Imposible. Casi de inmediato, un sapo de arcilla sacó la lengua y atrapó la única mosca que volaba en cien metros a la redonda. Juro que no había tomado nada, por lo que comencé a suponer que mi delirio procedía de los efluvios que emanaban de la boca de Frog. Traté de interrumpir a mi cliente, que empezaba a explicar por decimonona vez que ella no le permitía a ningún hombre que le levantara la mano, y el que ya no pudo levantar la mano fui yo. ¿Qué me estaba pasando? Asistir a una audiencia y no poder intervenir me hacía sentir un sapo de otro pozo.
—Señora Zapac —dijo el juez, babeando de un modo indecente—: tenemos suficientes elementos como para hacer que su esposo reviente como un escuerzo.
—¿Perdón? —Mi cliente parecía haber llegado de Júpiter en ese mismo momento. Sus movimientos se ralentizaron y no volvió a hablar.
—Digo que tengo sobrados motivos para suponer que está lista para la transformación. —De pronto, el juez se volvió hacia mí y sus ojos parecieron salírsele de las órbitas—. Y en cuanto a usted, doctor, le ruego que no trate de entender el proceso que se iniciará en pocos instantes. Pero me permito asegurarle que se convertirá en un bello sapo de seda, el ejemplar más hermoso de mi colección.

viernes, 14 de agosto de 2009

Nudo - Antonio Cruz


Noticias llegadas desde la lejana Gordión dan cuenta de un hecho asombroso ocurrido en esa región. Como es sabido, el rey Midas ofrendó al templo de Zeus un carro unido a su eje por un misterioso nudo al que llaman “Gordiano”. Una profecía asegura que quién pueda desatarlo dominará el mundo. Según la versión recogida por nuestro corresponsal en la zona, un tal Alejandro, originario de Macedonia, se habría hecho presente en la mañana del miércoles y enterado de las predicciones, desenfundó su espada y cortó el nudo de un tajo. Después se habría retirado entre los vítores de su guardia personal.

El sorprendente hecho ha provocado un gran revuelo porque el citado Alejandro, primogénito de Filipo, actual rey de Macedonia, de acuerdo con comentarios que circulan en la corte, habría sido engendrado por el mismísimo dios Amón.

Aparentemente nos encontramos ante una nueva escalada de violencia en la zona ya que no se descarta que Alejandro intente llevar adelante alguna guerra o invasión para que se cumpla lo que sostienen las tradiciones acerca del famoso nudo.

Javier lee - Javier O. Trejo


De todas las bibliotecas de su casa eligió la de madera oscura, la de algarrobo. Se sentó en el sillón de leer, prendió la lámpara y desde esa posición, que le permitía alcanzar a varios estantes, hurgó un poco hasta elegir un libro. No lo recordaba bien y al abrirlo descubrió una fecha, la de su cumpleaños número treinta y tres. Javier llevaba más de treinta años comprándose un libro para cada cumpleaños y escribiendo la fecha en él. Pero no recordaba a ese libro. Tapas duras, buena encuadernación, tipos clásicos, papel de buena calidad. El autor: Jorge Luis Benítez. El título: La muerte del lector. Javier lo sopesó, lo abrió más o menos en el medio, hundió su nariz en el papel y sintió el olor de muchos años de un papel de buena calidad. Fue al principio y un gran I en medio de una página presagiaba un capítulo, dio vuelta la hoja y leyó:

Debo advertirle, querido lector, que todos mis lectores han muerto. Es por eso que usted, en este preciso momento, se debate entre la sorpresa, infantil yo diría, de pensar ‘se dirige a mí’ y la sensación de sentirse un poco estúpido, de pensar cómo se va a dirigir justo a mí. Decía entonces que por un lado está la sorpresa y por el otro alguna certeza: ¿acaso no lo piensa?, ¿no se pregunta por qué no se acuerda de este libro?, de este humilde servidor que es el autor. No recuerda porque por un lado todos mis lectores han muerto y, por el otro, obvio ¿no?, dado que a usted, mi querido lector, y cuándo más exacto lo de querido lector, queridísimo yo diría, con precisión, le he adelantado que sólo me queda uno: usted. Decía que usted, mi querido lector, no me ha leído. Hasta ahora; corrijo, no me había leído, porque ahora, transcurridas algunas líneas y muchas comas, me está leyendo. ¡Vaya paradoja entonces! Si ahora me está leyendo, es entonces mi lector y, si es cierto que todos los lectores han muerto, usted, salvo que sea inmune, cosa que yo no creo porque es muy poco probable que uno solo, usted, justo usted, se salve. Entonces, si todos mis lectores han muerto y usted, que ahora lee, es mi lector, debería estar muerto. Perdóneme la sonrisa suave e irónica, pero ese casi sorprenderse suyo por lo que dije me suena un poco forzado y, por favor, deje de mirar a los costados que eso sucede en las novelas baratas. Lisa y llanamente está muerto. Piense un segundo, ¿qué razones puedo tener para mentirle?, un escritor basa todo en la reputación, en la confianza. En la confianza con la que sus lectores suspenden la incredulidad y creen en lo que leen. ¿Por qué cree usted que ha tenido éxito la fantasía científica (abomino del término ciencia ficción)? Por ese supuesto. Bien, ahora tenemos un lugar, un basamento para entendernos, a pesar de que el concepto es inasible. Decíamos pues que usted está muerto. ¿Y ahora de qué se ríe?, ¿quién le dijo a usted que no haber terminado la lectura no signifique estar muerto?

¿Estuvo usted muerto alguna vez? Ni siquiera lo sabe.

Javier decretó que necesitaba un respiro, apenas había leído una página, o menos, y tenía sensaciones encontradas. Pensó que si hubiese habido al menos una pequeña posibilidad de que fuese cierto, de que Benítez hubiese escrito algo verdadero, en aquel momento debería haber muerto o al menos haber estado esperando a la muerte. Dejó el libro por un rato, se fue a buscar un tequila y una barra de chocolate amargo. Lo hacía con frecuencia, para completar el paquete de placeres: la lectura, el sillón, la lámpara, la biblioteca, el silencio. Pero esa vez era porque lo necesitaba. Quitó el señalador de plata y retomó.
Querido lector, por segunda vez debo advertirle que todos mis lectores han muerto. Si la hipótesis en la que decíamos que usted debería estar muerte no fuese válida, y digo esto porque como usted sigue leyendo, bebiendo algo y sentado cómodamente, y tenemos algunos elementos como para creer que no es válida, entonces usted está vivo. Pero, eso de ninguna manera invalida el postulado principal que dice que todos mis lectores han muerto. Dicho esto pasamos a analizar las posibilidades: termina el libro y se muere, ¿suicidio tal vez?, se muere más adelante o sea en cualquier página desde aquí hasta el final, termina de leer el libro, no se muere, sale a la calle y muere atropellado por un auto, opción plena de posibilidades dadas las escandalosas estadísticas que muestran la vocación asesina de los conductores argentinos.
Javier se recostó en el sillón, alejó el vaso vacío y acomodó un almohadón, todo hecho con una mano porque en la otra sostenía el libro usando su dedo índice como señalador. Siguió leyendo.
Espero que a esta altura de la lectura usted haya pensado que al fin y al cabo, morirá. No sabe cuándo, pero la muerte es inevitable. Lo extraordinario del asunto es que la certeza que le traigo es la segunda con respecto a la muerte y muy pocos lo saben, usted es el único, los otros han muerto. Piense que todos ellos conocieron esta nueva certeza.
Javier fue a buscar su cuaderno de notas. Escribió ‘Debo advertirle, querido lector, que todos mis lectores han muerto’. Anotó algunas hipótesis de trabajo, le gustaba lo que estaba leyendo y quería usarlo para alguno de sus cuentos. De repente se le ocurrió que siendo también un escritor era posible que la hipótesis de la muerte de los lectores no fuese válida en su caso: un lector que escribe. Se preguntó si además de sobrevivir no podría terminar de leer el libro y luego usar esas ideas, plagiarlo, o hasta copiarlo como un Menard moderno, dotándolo de otro sentido. Escribió, en su cuaderno, una primera hoja con lo que se acordaba de la lectura. Lo leyó para ver si tenía sentido.
Encontraron el cuerpo recostado en el sillón y sosteniendo el libro sobre su pecho.

La mucama guardó el libro de tapas duras y el cuaderno en el único hueco que había en la biblioteca.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Libertad de los acontecimientos - Saurio


Una última pregunta: ¿Es Ud. homosexual?
Recuerdo una vez, cuando era joven, que me crucé con un niño, de no más de seis años, montado sobre un triciclo, gritando: "¡Viva la Patria! ¡Viva la Patria!". Fue en ese momento que comprendí que hay vectores que llevan a las cosas a moverse y a estar en determinado sitio en un mismo instante de tiempo para conservar la perfecta armonía geométrica del lugar.
Ud. me oculta información.
Ciertamente. También lloré por la muerte de mi padre, no por tristeza sino porque me sentía obligado a sentir tristeza, porque tenía la tristeza de querer y no poder tener tristeza por la muerte de mi padre, porque me embargaba la tristeza de no ver señales de tristeza en mi madre y mis hermanos, porque fluía la tristeza en gruesas gotas de mis ojos, gotas amargas como la miel, gotas pegajosas, gotas ambarinas, gotas con olor acético, y de mi boca caía una baba verde, de mi boca caía una baba roja...
¿Cuántos años tiene Ud.?
Diecisiete el mes que viene, señor.
¿Y no le parece que es hora que me confiese la verdad?
En ningún momento he faltado a la verdad. Tampoco he mentido. Simplemente, y usted lo sabe bien, me dediqué a manipular ciertas variables para acomodar la realidad a mis deseos. Nada que esté prohibido por la ley, dicho sea de paso.
Sin embargo, el 24 de Noviembre Ud. me aseguró que, durante los sucesos que nos interesan, se encontraba duchándose en la casa del señor Dentaku.
Por supuesto. No siempre tiene uno la desgracia de cruzarse con trece gatos negros simultáneamente. Así que corrí. Tampoco es un crimen tomar té de menta mientras se escucha a los Rolling Stones.
¡Vamos! ¡Si los relojes se la pasan suspirando en los rincones!
Una noche mi padre me dijo: "Hay más misterios en tus dientes que sabiduría en lo que lees". Pero no le hice caso y aquí me ve, picado de viruelas y con siete hijos.
Entonces no me queda más remedio que recordar la paradoja del Infierno, que dice que si el masoquismo es una perversión sexual y las perversiones sexuales son pecados mortales y los pecados mortales se castigan con las llamas del Infierno, y si la esencia de los masoquistas es ser castigado, entonces resulta que el Infierno más que un castigo es un premio, por lo tanto los masoquistas deberían ser condenados al ir al Paraíso.
Yo amaba a aquel pez. Lo llevaba siempre a pasear conmigo, con una correa de seda natural. Pero se murió de sed. Y yo no supe qué decir. En realidad, sí supe. Pero no lo dije. Y ese silencio me resultó fatal. Porque aquella noche, cuando Madame Edouarda me preguntó dónde quedaba la ciudad de Abidjain yo lo único que atiné a contestar fue: "En Costa de Marfil". Y luego me puse a llorar, no por tristeza sino porque me sentía obligado a sentir tristeza, porque tenía la tristeza de querer y no poder tener tristeza por la muerte de mi pez, porque me embargaba la tristeza de no ver señales de tristeza en Madame Edouarda y sus bellas hijas, Yvette e Yvanna, porque fluía la tristeza en gruesas gotas de mis ojos, gotas dulces como la bilis, gotas pegajosas, gotas cerúleas, gotas con olor nítrico, y de mi boca caía una baba naranja, de mi boca caía una baba violeta...
Dígame, ¿cuántos años tiene usted?
Veintinueve el mes que viene, señor.
¿Y no le parece hora que me confiese la verdad?
Son simplemente las siete y cuarto. A las ocho y veinticinco se pondrá el sol y entonces se hará de noche.
Ah. Pero entonces, ¿no fue usted quien asesinó salvajemente a Sir Thomas Baskett, esq.?
Yo creo que es una injusticia negarle un sandwich de sardinas a un beduino. Más aún, deberían agregarle más sal a los ojos y a los labios, o si no todo será en vano. Porque, y usted bien lo sabe, cuando los perros se huelen las colas están buscando al que se tiró un pedo en la casa de Dios, tarea infructuosa ya que el olor provenía del hocico de uno de ellos, que había comido carroña durante la peregrinación. Por eso, el que se acuesta con viejas amanece jubilado.
¡Hijo!
¡Padre!
Una última pregunta: ¿Es Ud. homosexual?
Yo he visto a un caballo fornicando con una mujer,yo he visto a una oveja saltar sobre un arroyo, yo he visto salir la luna siete veces en la misma noche. Pero jamás he visto a los perros orinar en el jardín del viejo Buda.
Sin embargo, el 17 de Enero Ud. me aseguró que, durante los sucesos que nos interesan, se encontraba afeitándose en la casa de la señora Kalajiné.
Siempre te amé, Natalia, y tú bien lo sabes. Nunca te oculté lo que yo sentía por ti. Entonces, ¿Por qué te has casado con Nicolás Montalbán?
¡Acá las preguntas las hago yo!
¡Hijo!
¡Padre!

Documento 101 - Sergio Gaut vel Hartman


El humo se espesó un poco más; alguien tosió deshilachando sus pulmones.

—No hay modo —dijo Kurt. Se encendieron más velas y alguien preguntó, intranquilo, qué hacer con la llegada tarde al trabajo, si no sería bueno que alguien, con autoridad suficiente, les diera a todos un justificativo escrito, firmado, sellado...
—Este tipo de oscuridad —dijo Gassid con calma y sin deseos de reír, aunque aquella la estupidez lo ameritaba— no se puede iluminar ni con todas las lámparas del mundo.
Kurt pensó y pensó, y al final algo crujió en su mente. No se puede perder el sentido del humor, ese es el asunto. El problema no es la luz sino el aire, y tampoco; el problema es la risa, o su ausencia.
—Hasta le pegué un tiro a uno de ellos —dijo Gassid, que era un tipo muy valiente cuando se trataba de acusar el propio miedo. Kurt trató de verle el rostro, pero el humo parecía haberse condensado en ese rincón del refugio.
—Los niños pequeños… —empezó a decir Kirilan, una mujer alta como una torre de ajedrez. Pero Kurt la interrumpió.
—¿Cuán pequeños, cinco, diez centímetros?
—No tan pequeños —dijo la mujer—, del tamaño de... niños.
—Entonces no son pequeños, son simplemente niños.
—Bueno —dijo ella, y no volvió a hablar durante un largo rato, acobardada.
—Me molesta —dijo Kurt, cambiando de tema— la deslealtad de los oficiales del estado mayor. Ni siquiera cuando me mandaron a primera línea de fuego me sentí tan humillado como ahora.
—Aquí estamos a salvo —dijo un hombre enjuto de cabello ralo. Parecía haber pasado las mil y una antes de terminar con sus huesos en ese refugio a prueba de pestes. Ya no era el zángano hirsuto y andrajoso que había hecho ostentación de su arma y que había desafiado a todo el grupo una semana antes—. Me llamo Stefan. El informe de los médicos no fue falsificado.
—¿Está seguro? —dijo Kirilan—. Yo no. Le digo que miente. ¿Puede probar lo contrario? —Aquella mujer poseía la fantástica habilidad de predecir cualquier simulación, incluso la mentira más ingenua de la vida diaria. ¿Hubiera servido engañarla?
—Aquí la idea más osada —dijo Stefan—, queda disimulada entre los pliegues de la religión y se transfigura como parte de la configuración extraterrestre de las religiones reveladas del mundo.
—¿De qué habla? —dijo Kirilan, irritada.
—¿Qué diferencia hay entre creer en un Dios que no se puede ver y creer en un hijo a quien no se puede ver? —Stefan hablaba sin inmutarse, ensoberbecido por la inminencia de la muerte—. Espera el final sin capacidad para imaginar la clase de vida que le tocará cuando sea un fantasma, una cáscara de nuez vacía; ni siquiera la muerte puede protegernos de nuestro propio ego.
Gassid miró su reloj. —Son las ocho. ¿Tienen planes para esta noche?
—¿Planes? No me haga reír. —Kirilan se plantó ante el físico con los brazos en jarras; no le tenía miedo—. Dentro de poco seremos bolsas de mierda.
—¿Tendrá otro cigarrillo? —dijo Kurt abanicando con la mirada a todos los refugiados, pero dirigiéndose en particular a Gassid. Confundido, éste permaneció sin moverse, olfateando el aire, escuchando el lejano siseo del gas que seguía colándose por las grietas. Nada había cambiado salvo que la niña de Kirilan estaba muerta, aunque a la madre no parecía importarle. ¿Por qué tenían que morir los niños primero? ¿Qué tenía de diabólico el plan esencial de acuerdo con el cual habían procedido? Parecía increíble, pero había algo erróneo en toda la línea de pensamiento. Estaban en el refugio porque se hablaba de una peste irrefutable, aunque ninguno de ellos estaba enfermo. ¿Era posible que fueran tan manipulables? Un rumor vale lo que una certeza, una certeza lo mismo que una sentencia de muerte.
De pronto, la densa humareda fue cortada por una luz brillante que penetraba como un cuchillo caliente en la manteca.
—Se terminó —dijo un hombre de traje caro y corbata roja apareciendo como un personaje de ficción entre destellos—. La prueba terminó.
—¿Era una prueba? —Kirilan no lograba salir de su estupor—. Mi hija está muerta.
—No se puede hacer tortilla sin romper los huevos, señora —dijo el hombre de traje—. Pase por la tesorería dentro de sesenta días que le serán abonados los honorarios.
—¿De qué habla? —dijo Gassid—. Nadie nos dijo que esto era un experimento.
—No es un experimento —dijo Kurt—. Este hijo de puta nos metió en esto porque disfruta cagando a pobres diablos como nosotros.
—Se equivoca —dijo el hombre de traje—; se equivoca —repitió, pero no brindó más explicaciones. Les dio la espalda y empezó a sollozar.
—Y ahora, ¿qué le pasa? —Gassid tenía ganas de matarlo, pero no podía hacerlo sin saber antes qué ocurría afuera.
—Usted no sabe lo que me cuesta esto —dijo el hombre, aún gimiendo.
—La gente como usted me da asco —dijo Kirilan—. ¿No podían habernos dicho que era un experimento de alguna clase?
—Es una clase de experimento secreto, me parece —dijo Gassid.
—Sí —dijo el hombre de traje—; tan secreto que ni yo sé en qué consiste.
—Muy gráfico —dijo Kurt—. ¿Y cómo termina? ¿Cuándo termina?
—Termina así —dijo el hombre levantando una mano hasta que alcanzó una manivela que colgaba del techo del refugio—. Y termina en este mismo momento.