sábado, 5 de septiembre de 2009

Uñas - Mónica Sánchez Escuer


Mónica no quiere salir. Se mira las uñas como si en su irregularidad encontrara las respuestas del universo. Y sí, encuentra una: la feminidad nunca le llegó hasta ahí: odia el barniz y las limas y las tijeras especiales para cortar la cutícula. No sabe por qué (esa respuesta no la ha encontrado aún) pero siempre ha asociado el esmalte en las uñas con la proclividad al desliz, las diminutas faldas de leopardo y los escotes prominentes. Nada que ver con el atuendo de todas sus amigas que se hacen manicure cada semana, y cambian de color según la temporada, el evento o la pareja. Pero lo que más le molesta es el tamaño. De las uñas, por supuesto. Mónica no soporta que le crezcan. Una, dos o tres veces por semana, según el nivel de neurosis, el corta uñas cumple puntualmente su función. Ella nunca se las come, pero sí se arranca los pellejos. A veces se le hinchan los dedos, le sangran. Entonces sabe que es hora de ver a Tin Tan o de ponerse a bailar como Vitola.
Mónica escribe todo esto y se ríe. Qué tonterías se le ocurren con tal de no decir nada. Nada importante: lo que siente por aquella sonrisa, lo que piensa del silencio o de las tardes inútiles, de la escritura y sus aburridas historias. No, Mónica no quiere salir. Hoy prefiere verse las uñas, sacar la mugre de un lugar preciso, cortar y concentrarse, al fin, en no hacer ni decir absolutamente nada.

Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/

Tres tristes cerdos - José Luis Vasconcelos


NEVERLAND.- Por cometer allanamiento de morada y daños en propiedad privada, un lobo fue denunciado por tres cerdos iracundos, quienes fueron atacados en sus respectivos inmuebles por la fiera sedienta de sangre y venganza, pues tras el reciente brote de influenza porcina, decidió acabar con los puercos para seguir con el ejemplo de sus similares egipcios.
Uno de los porcinos, cuyo inmueble estaba fabricado con paja y material flamable, fue testigo de cómo la bestia —a soplidos ininterrumpidos— derribaba su morada.
El segundo afectado narró que el animal también empleó un método similar para echar abajo su construcción de madera —basado en la primitiva demolición eólica— misma que sucumbió en cuestión de minutos, ante el azoro de testigos que circulaban por las inmediaciones.
Ante tal situación, los muy puercos decidieron salir precipitadamente para refugiarse en la casa de su otro hermano —un prominente ingeniero civil y rico empresario del ramo de la construcción—, y ya dentro del sólido hogar (fabricado con cemento hidráulico de alta calidad) soportaron los embates del desquiciado depredador.
En tanto, agentes de la Policía de la localidad se apersonaron en el hogar del chancho industrial y aprehendieron a la bestia que manifestó vivir en el bosque próximo a esta capital y dedicarse a la recolección de ropa vieja.
Mientras era conducido a la comisaría, vociferaba que era influyente y que tarde o temprano acabaría con esos marranos, autores intelectuales y materiales de la pandemia que azotaba al país.
Finalmente, el lobo enloquecido fue turnado a la presencia del Juez, quien resolverá en breve su situación jurídica.

Tomado de: http://rojanota.blogspot.com/

jueves, 3 de septiembre de 2009

Blues - Myriam Belfer


Es una costumbre vieja nunca decirme por qué la calle me mira pesando mis dudas que duermen en la lluvia como mis culpas viajando después de un rato de girar como bolsas de plástico arremolinadas por el viento. No hay miguitas que devuelvan el camino a casa aunque ya estoy muy lejos de aquellas actitudes que me dejaban llorando casi desnuda, paralizada al lado de la cama, tiritando en esa enorme pieza con esa enorme ventana en esa casa tan chica metida en la montaña. Quiera la calle perdonarme. Es la única a quien pienso rendirle cuentas. Y si creyera en el juicio final y me tocara ser trinchada por todos los diablos para llevarme hacia las más furiosas llamas. Quiera la lluvia de la medianoche apagarlas de repente cayendo y cayendo hasta hacer un río por donde me vaya tumbada en una barca de cartones viejos de cara a mis culpas mecida por el viento mirando las estrellas y las luces de mercurio. Si al menos volara una luciérnaga...

Tomado de: http://myriambelfer.blogspot.com/
Sobre la autora: Myriam Belfer

Irrealidades - Jorge Oropeza


Rosa Delia me dice “la urbanidad a veces se va formando sola, callada, y visto así me parece un mundo hecho de diversas realidades, o incluso de irrealidades”. Aquí hay dos ideas muy bellas: la ciudad que se va construyendo de manera silenciosa, casi sin sentir, y sin embargo no deja de transformarse. Nosotros mismos somos parte de ese paisaje urbano que parece siempre el mismo, y sin embargo, nunca se repite.
La otra idea tiene que ver con lo irreal como parte de nuestra historia. El imaginario, lo que nunca existió, al final es también parte de una relación, un mundo o una ciudad. Lo que creemos, pensamos y sentimos sobre ciertas cosas, aún cuando nada de ello tenga un fundamento real, forman parte también de la historia personal. De modo tal que una historia, para ser aceptada por todos, debe ser contada en forma muy general; pero a medida que profundizamos en los detalles, el conjunto de las cosas reales e irreales la hacen válida únicamente para el que la cuenta.

Sobre el autor: Jorge Oropeza

Misterio balístico - Héctor Ranea


Cuando se mira en detalle, cada asesinato por medio de disparos de balas encuentra soluciones en términos de balística, las cuales llevan, eventualmente, a perfilar al asesino. En efecto, al menos en principio, es posible aseverar cuestiones importantes para determinar características del homicida. En el caso que nos ocupa ahora, el fatal atentado que sufriera un conocido político en campaña, que todos ustedes recordarán, está seriamente inmerso en el misterio. Los mejores peritos balísticos del mundo fueron reunidos para establecer con precisión micrométrica la trayectoria de la bala dentro del cuerpo del infortunado occiso, junto, claro está, a lo más granado de la medicina forense y sus auxiliares, tales como peritos tomógrafos, perito en Resonancia Magnética Nuclear y hasta peritos en detección de trazas de metal, para identificar por todos los medios al alcance de la tecnología, cómo se abriera paso esa bala, si es que la hubo. Porque hasta eso se pone en duda, ya que cien intachables agentes fueron comisionados a encontrar el proyectil y nunca fue encontrado, como tampoco se lo halló en el cadáver. La inexistencia de la bala hizo pensar en una armada con hielo de agua o con hielo de dióxido de carbono, pero ambas hipótesis fueron prontamente descartadas por considerárselas ridículas. Además, la pregunta clave era: ¿Quién querría cometer magnicidio sin que se enterasen de que lo fue a menos que su composición tuviera grandes posibilidades de delatar al bandido? Comenzaron la misma noche del atentado, revisando por todos los medios el orificio de ingreso en el cuerpo. La oreja izquierda. Se realizó el análisis de la trayectoria y, si bien seguía un segmento de recta hasta la epiglotis, ahí rebotaba perforando el callo cerebral partiéndolo en tres trozos grandes con vestigios de otros menores debidos a los daños del palatino. Pero no se detenía ahí, pues rebotaba inexplicablemente en la pía dura desde adentro y atravesaba la masa encefálica hacia abajo, perforando otra vez los huesos del maxilar superior metiéndose en la tráquea, llegando a los bronquios, en los que depositaba trozos minúsculos del hioides, sin detenerse, ya que rompía al hígado y rebotaba en una costilla para llegar al testículo derecho y terminar la carrera dañando mínimamente el escroto desde adentro. No había orificio de salida. El tomógrafo no dejaba lugar a dudas. Los científicos convocados no salían de su asombro, ya que la energía demostrada era enorme y, sin embargo, la bala no podía atravesar superficies frágiles como la membrana del cráneo o los mismos bronquios. En la oreja, por ser el lugar donde debe perforar, la bala habría dejado trazas de algún material, por lo que los peritos en Laser Induced Breakdown Spectroscopy, en el que un láser generaba un plasma que contenía iones de los materiales que estaban en la superficie, fueron los primeros en intentar un análisis multiespectral. El resultado dio un sorprendente exceso de Erbio, Estroncio e Iridio, respecto del fondo. Al dar estos resultados, todos se quedaron de una pieza, pasmados. Sólo había un arma que podría haber sido usada, pero casi todos los expertos, en su fuero interno, pensaron que era imposible. Un científico viejo, un Premio Nobel, dijo categóricamente: -Vámonos, señores, acá no hubo magnicidio. Fue un micrometeorito. Más tranquilos, comenzaron a despejar la sala de autopsias. Cuando estaban enfrentados a los periodistas sostenían una forzada sonrisa, hasta que el Intendente y el delegado del fiscal de la ciudad cayeron muertos y los primeros exámenes fueron contundentes: Habían muerto los dos de la misma manera que el anterior político. Ahí sí hubo un poco de pánico en todos los rostros. Son extraños los terráqueos.

Arroz con leche - Javier Montoro



Abuela y nieta disfrutaban enormemente con este ritual. Todos los sábados, al llegar la tarde, ambas se remangaban gustosas y se lavaban las manos como buenas cocineras; se ponían sus delantales y se decían con la mirada:“manos a la obra”.
La función comenzaba con el estruendoso ruido de la tormenta que se precipitaba sobre una cacerola pequeña. La abuela, que con una mano vertía el arroz calculando a ojo las cantidades, sostenía con la otra el teléfono para cerciorarse del número de comensales que asistirían a la degustación. Mientras tanto, la niña se subía a una silla para cubrir de agua el contenido de la olla y se divertía ahogando los granos que, agonizando, teñían el agua con su bandera de almidón blanco.
Ambas se sentaban a mirar el reloj y la abuela decía:
—Hija, avísame cuando hayan pasado los tres minutos, que yo sin gafas ya no veo nada. No podemos dejarlo ni un minuto más, si no se pasará luego.
El siguiente acto encerraba algo más de misterio. El arroz enfriaba en su recipiente, y las dos maestras se compenetraban para cocer y aromatizar la leche del postre. Tras llenar la cazuela con la leche, la abuela añadía abundante azúcar, una ramita de canela y un trozo de cáscara de limón. Justo después, guiñaba un ojo a su nieta, se asomaba a la puerta de la cocina para advertir posibles visitas y, viendo que no había moros en la costa, sacaba una naranja de la despensa y añadía su cáscara a la cazuela, diciendo:
—Será nuestro secreto.
Y ambas reían ilusionadas.
Cuando todos los elementos habían infusionado debidamente, los sacaban y se deshacían de ellos para eliminar pruebas; mezclaban el arroz con la leche y esperaban pacientemente para que la cocción fuese perfecta. Finalmente, servían el arroz en sus respectivos cuencos y espolvoreaban con canela; y después, satisfechas por el trabajo, chocaban sus manos y se sentaban a charlar hasta el gran momento.
Pronto la noche llegaba, y todos los comensales rodeaban la mesa con excesivo alboroto. El tintineo de los cubiertos era crispante, el ruido de las sillas rallando el suelo, insoportable. A todo esto se sumaba la mezcla entre risa y llanto de los niños, que parecían competir por la atención de los adultos.
La comida se desarrollaba como siempre, los platos iban pasando por la mesa hasta que, en algún momento de la comida, alguien preguntaba astutamente:“¿qué hay de postre?”. Realmente, todos sabían cuál era el postre, no obstante, esperaban a que la nieta contestase emocionada:
—¡Arroz con leche! ¡Lo hemos hecho entre la abuela y yo!
Y algunos ponían cara de sorpresa.
Cuando el momento llegaba, el ritual volvía a tener sentido. Abuela y nieta paseaban garbosas por el pasillo con sus cuencos de arroz con leche, y los depositaban en las mesas, mientras había voces que ya susurraban: “¡qué buena pinta!”. Sentados ya todos en la mesa, las cucharas iban hundiéndose en el postre y eran llevadas a la boca ansiosamente. En aquel momento era preciso un absoluto silencio.
Los comentarios no tardaban en llegar. Todos alababan las gracias de aquel arroz con leche cremoso y exquisito, se deleitaban simplemente con tenerlo delante. Una de las nueras solía decir:
—No sé porqué, hago lo que me dice y nunca consigo que me salga igual. ¿Nos dirá usted algún día el secreto, abuela?
—¡Qué secreto, hombre! Sólo hay que poner cariño en las cosas que uno hace y ya está —contestaba ésta, sintiéndose protagonista.
Pero había una persona que no descansaría hasta descubrirlo. El abuelo, gran admirador del arroz con leche de sus cocineras particulares, cataba el postre detenidamente, como si de un crítico profesional se tratase e intentaba, de una forma u otra, decir ingredientes al azar (“clavo, miel, licor,…”) para descubrirlo.
—Algún día me enteraré yo de qué es lo que le ponéis para que salga tan rico —decía siempre.
Hoy es sábado, pero la casa está vacía. La niña pasea por el pasillo mirando el suelo, nada garbosa. El abuelo, en el comedor, contempla mudo una foto de la pared; parece querer escuchar lo que ésta le dice.
La niña entra en la cocina. Ya no necesita una silla para cubrir de agua el contenido de la olla, sólo ponerse de puntillas. Mira el reloj para no excederse en el tiempo y, mientras que el arroz enfría, cuece la leche junto con el azúcar, la cáscara de limón y la canela en rama. Sin misterios, añade a la cocción un trozo de cáscara de naranja. Por último, sirve en dos cuencos y espolvorea con canela.
Hoy no esperará a la noche para terminar el ritual.
Se dirige al comedor con dos cuencos y dos cucharas. Con un poco de trabajo, la niña consigue que el abuelo recupere parte de su ánimo y pruebe el postre que le ha preparado. Al hacerlo, dos lágrimas de angustia recorren su cara. La niña llora con su abuelo y en silencio comen el arroz con leche.
La foto de la abuela los mira desde la pared, sólo la foto. La nieta se acerca lentamente a su abuelo, que todavía no ha reaccionado, y le susurra al oído unas palabras. El abuelo le besa el pelo y miran la foto extasiados. La niña lo abraza diciendo:
—Será nuestro secreto.



Tomado de: http://latintaescarchada.blogspot.com/

martes, 1 de septiembre de 2009

Veneno – Olga Liliana Reinoso


Cuando abrió ese sobre se sintió una hormiga. Así de mínima y en una cueva sin salida.
Muerta de miedo se presentó en la sala y ofreció su brazo casi en sacrificio.
Como un biplano trató de sobrevolar la zona para alejarse de aquella mancha púrpura que se extendía hasta cubrirla.
Tenía muchas ganas de llorar, pero no sabía bien por qué. Si por la futura verdad que le sería revelada o por su atroz estupidez al haber caído en la trampa de ese reclamo tan cargoso.
Si ya sabía que ese pastel no le gustaba, y que sólo quería comer una o dos veces. ¿Qué quiso demostrar?
Ya no habría incienso en el ritual de la purificación. Debería consumirse en el fuego del castigo divino por pretender emular a la Eva mancillada y desoír el mandato sagrado y el mandato materno.
Había renunciado al celibato. Vendió su virginidad a un espécimen indigno, corrupto, envenenado.
Y ahora, el veneno, estaba en su sangre.

Sobre la autora: Olga Liliana Reinoso

El ermitaño milagroso - Alejandro Ramírez Giraldo


Un hombre licencioso se acercó hasta la cabaña del ermitaño y le pidió en tono suplicante:
—Santo hombre, vengo a solicitarle un milagro. Estoy gravemente enfermo y me siento cerca de la muerte. He dilapidado mi vida en el alcohol, las drogas y las fiestas. Descuidé a mi familia, no vi crecer a mis hijos y mi esposa no recibió el afecto que merecía de mí. Han sufrido conmigo, he sido un lastre en sus vidas, un peso insoportable del que han buscado deshacerse de todas las formas. Pero quiero vivir, quiero intentar recuperar el tiempo perdido, reconciliarme con mis hijos, con mi mujer, con la vida. No quiero morir en la cama, postrado sin fuerzas, sino luchando por los seres a los que nunca amé como debía.
El santo ermitaño meditó durante un instante y luego respondió:
—¿Has pensado en tu familia? ¿Acaso no eres consciente que tu muerte es un milagro para ellos?

Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

La bella Papioka - José Luis Vasconcelos


Podríamos hablar de la bella Papioka, esa gorda cantarina que asoma al balcón cuando escucha los clamores del lechero. También sería interesante discutir acerca de la asfixiante situación económica. Cualquier tema, supongo, estaría muy ad hoc en esta noche sin estrellas.
No me mires así. Piensa que las cosas que principian llegan a su fin. No podemos perder más tiempo, así que iré al grano. Ya no deseo estar más contigo. No es nada personal. Simplemente considero que nuestra convivencia ha llegado al límite. Te molestan mis ronquidos, me desquicia tu verborrea crónica.
Sí, sé que dirás que me intereso en Papioka. No andas muy equivocada. Las mujeres rollizas de pechos generosos han sido mi debilidad desde mi más tierna infancia. Quisiera despejar esa duda. Papioka tiene un atractivo animal y me seduce. Lo nuestro es distinto.
Pero la cosa no va por ahí. Tengo que ser justo contigo. Hemos pasado años juntos. Me conociste pleno. Ahora soy diabético y mi visión empeora. Poseías una sonrisa hermosa hasta que tu dentadura fue víctima de la caries. No eras sorda y ya ves.
No estoy muy seguro del por qué nos alejamos. Nuestras idas al súper se hicieron menos divertidas. Ya no te agradaba que me robara un libro o dos. Tampoco era grato para mí ver cómo atropellabas a las vecinas con las bolsas del mercado.
Y sí. Me reprocharas que me volví más presuntuoso desde que la fortuna me favoreció y gané ese dinero que me ha permitido viajar por el interior del país. Acepto que mientras viajo y conozco lugares tú permaneces en casa. Piensa que lo hago por tu bien. Puedes sufrir mareos o bajas de la presión arterial. Sería criminal de mi parte llevarte por esos caminos de Dios y que, el día menos pensado, quedaras tiesa sobre la cama de un hotel.
En suma, quiero que nos separemos. Lo deseo y lo ansío. Sé muy bien que a una madre debe resultarle espantoso escuchar eso de un hijo, pero mi honestidad me impele a plantear las cosas de frente. Estoy a punto de cumplir medio siglo y debo hacer mi vida.
No seas egoísta. Mientras tanto bebamos este delicioso champurrado y recordemos juntos las penurias que vivimos junto a mi padre. Elevemos una oración por su alma. Es de humanos perdonar.
Por cierto, no dejes que los rencores aniden en tu alma. Muchas ancianas pasan los últimos días de su vida en un asilo. Cuando me veas entrar por esa puerta junto a Papioka serás feliz porque tu hijo es feliz. Piénsalo bien y deja de gimotear. Deja esos lloriqueos para aquellas madres que sólo han parido hijos ingratos.

Tomado de: http://rojanota.blogspot.com/

domingo, 30 de agosto de 2009

Condena - Esteban Dublín


Una turbamulta de indignados intelectuales irrumpe en la sala en la que usualmente un par de jueces absuelve o condena a todo aquel que expone sus textos al público. Claramente, el número de encolerizados a los que han destrozado con sus ácidas críticas supera por amplio margen a los que han sobrevivido a su exigente lectura. Dolida en su ego y con sed de venganza, la multitud arremete contra los jueces con furia y los conducen amenazados hasta un lugar terrible, a un terreno inhóspito y aterrador, a un infierno que ninguno de los dos habría imaginado jamás: allí los libros no existen, ningún tipo de escrito tiene cabida y no hay rastro de publicación alguna. Abandonados, condenados a la ausencia de literatura, la locura se ha apoderado de ellos. Y muchos dicen que, tratando de evocar a Joyce o a Faulkner, agonizan buscando una letra como si fuera un oasis.


Tomado de: http://estebandublin.blogspot.com/

Personajes extraviados - Javier López


Hace unos días los amigos de lo ajeno entraron en casa.
Seguro que cuando vieron la biblioteca, pensaron que entre los libros se escondería algún tesoro, en forma de billetes de banco. No sabían que el único tesoro eran las historias que cada uno de ellos narraba.
Cuando entré en casa vi, con desagradable sorpresa, todas las estanterías vacías y los libros sobre el suelo, algunos abiertos, otros con las encuadernaciones rotas. Con toda la delicadeza que pude les pasé el plumero, los acaricié con un trapo suave de gamuza y los volví a colocar en sus estanterías. Creo recordar que casi en el mismo orden que estaban antes del percance, porque tengo en la mente la disposición de la biblioteca. Aunque crece con frecuencia, el grueso de los libros lleva estando en su lugar desde hace años.
El problema es que tanto movimiento no ha debido sentar muy bien a los personajes: cada vez que abro un libro encuentro una nueva sorpresa.
En estos días, ya he tenido que rescatar a Don Quijote de la Odisea para devolverlo a La Mancha, de donde nunca debió salir. A Ulises tampoco se le dio bien la lucha contra molinos de viento... Y a un Aureliano Buendía totalmente desconcertado con su nueva trama, pues había recalado en el Café Triste de McCullers, tuve que indicarle el camino hacia Macondo, donde seguir con su centenaria soledad.
Algunos casos han sido más difíciles, los distintos personajes y tramas de Italo Calvino en "Si una noche de invierno un viajero...", se han entremezclado de tal manera en otras obras, que el puzzle resulta casi imposible de resolver.
Cuando he preguntado a algunos personajes por lo sucedido, me han dicho que como experiencia resultó interesante, pero que no soportaban por más tiempo estar fuera de contexto.


Tomado de: http://meriendaenelparque.blogspot.com/

Escritora - Susana Arroyo-Furphy


Sara era contadora… de historias. Le encantaba inventar cuentos y entretener a la gente. En ocasiones después de leer se ponía a escribir la continuación del libro y se preguntaba por qué el autor había dejado la historia con ese final o con este otro, a ella le habría gustado que no terminara nunca.
La madre de Sara preparó una magnífica fiesta de bodas.
—Parecerás una princesa —le dijo—. Serás como uno de tus personajes y para tu felicidad esta historia nunca terminará, será para siempre.
Tres años después de su divorcio, Sara seguía soñando con las historias que desarrollaba y plasmaba en sus cuadernos; se sucedían los acontecimientos, uno tras otro: lectura-reescritura. Se pensaba a sí misma viviendo con el mismo hombre, yendo a trabajar, llevando a los niños al colegio, regresando a preparar la cena, en fin, la vida común de una mujer casada. Era tal su imaginación que a veces llegaba a su solitaria casa y hablaba con sus personajes, los hacía reales en su vida diaria, eran reales en su escritura. Su sedentaria vida como bibliotecaria le ofrecía momentos excitantes… en su mente. Leía afanosamente tratando de encontrar la historia que más le agradara para continuarla con su muy peculiar estilo. Así, cambió el final de Aura, la novela de Carlos Fuentes, le dio vida a la anciana Aura/Consuelo y la mantuvo sin enfermarse en lo más mínimo. La joven Aura se casó con Felipe Montero, tuvieron muchos hijos y fueron felices. Poco a poco la anciana Aura se fue deshaciendo de tan viejita. En El amor en los tiempos del cólera, modificó el final de la historia pues no le gustó, le pareció demasiado bello para ser verdad aún en la ficción, así que decidió dejar vivo al marido de Fermina Daza y resolvió que Florentino la amaría para siempre en secreto, un día él moriría —quizá de una caída— y ella no se enteraría jamás ni de su amor ni de su muerte. Pensaba, Sara, en el amor eterno y frustrado, era más cercana a Rimbaud o a Mallarmé, que al propio García Márquez. Sufría pero esperaba, pensaba en la falta ideal de las rosas. En su vida no pasaba nada, solo el tiempo, el cual transcurría con lentitud. La espera se alejaba, la escritora contaba los días, contaba las horas, contaba sus historias en el letargo de su existencia, en la ausencia del reencuentro con el amado que había descrito puntualmente en el papel de su memoria. Aguardaba paciente la felicidad. Sara construía personajes reales… en su mente, hablaba con ellos, lloraba con ellos, se enfadaba, hacía todo lo que las personas suelen hacer con la gente real.
Un día, al terminar sus labores en la biblioteca y tras haber tomado el “metro” prefirió caminar a casa y luego de andar varias calles, llegó a su vecindario, siguió las veredas solitarias hasta perderse y ahí en la penumbra, casi en la oscuridad, se sintió por primera vez en su vida, sola. Miró hacia las bombillas públicas, alcanzó a ver la tenue lluvia que parecía nieve esparcida en un haz de hielo y se detuvo a pensar; dio varias vueltas en círculo, sintió su rostro húmedo, mojado, empapado, sedienta en la humedad de la prodigada lluvia, sonrió, rió, luego… a carcajadas. Continuaba dando círculos sobre su propio eje cuando un hombre la vio e intentó hablar con ella, pero Sara estaba extasiada, el placer de la lluvia en su cara, en sus cabellos, en su cuerpo, era inaudito. Llegó la policía como respuesta al llamado del hombre anónimo. Sara fue escoltada hacia una celda. No entendía por qué le habían impedido ser feliz por primera vez en su vida. Entonces contó historias, les habló de Los cuadernos de Don Rigoberto, de la “Casa tomada”, les habló de los temores, de las angustias, rogó, pidió, suplicó que le permitieran hablar con Juan Marsé, les explicó que Goytisolo tenía razón, les imploró que le preguntaran al Capitán de Whitman. Nada. Todo fue inútil. Sara ya no escribe. No se cuenta historias a sí misma, no las inventa, no las recuerda, no las hilvana, no las muerde, no las destroza. Sara está sola, perdida, no intenta ser feliz, ya no trata de encontrarse. Sara ha muerto.


Tomado de: http://www.cervantespublishing.com/Hontanar/2009/Hontanar_junio_2009.pdf

El club de los sufridores - Martín Gardella


Todos los lunes a la hora de la siesta, se reúnen en la sede de la institución, los miembros del Club de los sufridores. Cada uno de sus integrantes se jacta de ser víctima habitual de situaciones terribles y desgraciadas, que son causa de su constante infelicidad. Ubicados en las incómodas butacas del auditorio, debaten sobre los hechos negativos sufridos por cada uno de ellos durante la semana anterior.
—Estuve internado por una afección estomacal muy grave, por culpa de la cual no podré ingerir nunca más alimentos envasados —anunció el primero.
—¡Eso no es nada! A mí me echaron del trabajo por reducción de personal. Ahora no podré pagar mis deudas y seguramente perderé gran parte de mis bienes —explicó el segundo socio.
—Lo mío es mucho peor —exclamó el tercer miembro—. Se murió mi gato siamés, perdí una fortuna en las carreras de caballos y fui atacado por el perro de mi vecino. Definitivamente, esta semana no me llevé bien con los animales.
—Nada de eso se compara con lo que me pasó a mí —advirtió el cuarto socio expositor—. Tuve que iniciar los trámites de divorcio luego de encontrar a mi esposa en la cama con un compañero de trabajo. Dos días después, unos ladrones desvalijaron mi casa y, para colmo, mi médico me dijo que estoy perdiendo la vista y quedaré irremediablemente ciego.
Los restantes asistentes a la reunión continuaron exponiendo sus miserias, orgullosos de haber vivido aquellas tragedias dignas de todo miembro de esa renombrada institución. Finalmente, llegó el turno del pobre Norberto, que esperaba con ansiedad el momento de iniciar su discurso.
—Mi semana ha sido realmente terrible —lamentó—. Inicié una relación sentimental con la mujer de mis sueños, fui contratado por una empresa multinacional para una posición gerencial con condiciones inmejorables, compré un billete de lotería y gané una fortuna, mi equipo de fútbol se consagró campeón del torneo por primera vez en su historia y, tras diez años de distanciamiento, me reencontré con mi mejor amigo de la infancia. Es espantoso confesarlo, pero esta semana no he vivido ningún acontecimiento triste que les pueda relatar.
El auditorio se cubrió de un rígido silencio y todas las miradas apuntaron al presidente de la asociación que, tras unos segundos de análisis, debió tomar la decisión que todos los allí presentes imaginaban.
—Estimado socio, usted sabe que nuestro club no admite miembros con vidas felices —dijo el veterano dirigente—. Debo pedirle que tome sus cosas y abandone nuestra honorable institución para siempre.
Apenas alcanzó la calle, el rostro de Norberto se cubrió de lágrimas. Maldijo sus recientes días de bienestar, en que aquellos logros inesperados lo habían condenado a su exclusión del grupo selecto. Por culpa de ello, estaba viviendo el día más triste de su vida y ningún sufrimiento experimentado en el pasado podía compararse con aquella sensación de infinita angustia. Sintió que, por fin, había logrado convertirse en el más afligido de los sufridores, algo que seguramente hubiera despertado la envidia de los restantes miembros del club. Entonces, sabiendo que la vida que tenía por delante sería inevitablemente mucho mejor, secó sus lágrimas con una de las mangas de su camisa y comenzó a sonreír.

Tomado de: http://livingsintiempo.blogspot.com/

viernes, 28 de agosto de 2009

Metamorfosis aérea explicada – Héctor Ranea


Cuando preparó sus valijas no se olvidó de su antiespasmódico. Lo que sucedió es que durante el viaje una inusual lluvia de partículas de altas energías produjo en las moléculas del medicamento una variedad que generó, por cascada autocatalítica un isómero con propiedades metamórficas extremas.
Poco después, ya en vuelo, nuestro pasajero debió tomar el medicamento disolviendo unas cuantas gotas del mismo en agua para aplacar esa sensación de indigestión que lo aquejaba desde hacía años, terminado lo cual, volvió a dormir.
Cuando despertó, Gregor Samsa se encontró convertido en un pequeño pero repulsivo coleóptero de la familia de los escarabajos de quirófano y sólo atinó a esconderse de la vista de los demás pasajeros.
Su impericia, explicable pero fatal hizo que fuera visto por la azafata cuando pretendía meterse en el compartimiento de los alimentos conservados y ella, como corresponde, lo aplastó.
Después haría la denuncia a Control de Higiene, como siempre, pero por ahora le preocupaba más encontrar al pasajero de aspecto fúnebre que parecía no estar en ningún lado. Ya era la séptima vez que le sucedía en vuelo y eso sí que no le gustaba denunciar.

Memorias - Héctor Ranea


En aquellos tiempos los niños teníamos posibilidades de tener un microscopio de fuerza atómica en casa para jugar a acorralar átomos de Cesio, de Bromo, de Xenón, en plataformas de variadas aleaciones. Eran juegos de niños, pero tenían su encanto, rememoro. Pero, se sabe, uno moldea la memoria como quiere. Entonces jugábamos, en aleaciones ternarias, a colocar átomos de cobre en estructuras tridimensionales que encerraran diversos átomos, lo cual tenía cierto grado de dificultad, dependiendo del grano de la aleación y de las valencias y cargas superficiales.
Mis primos y yo solíamos jugar contra una banda de pibes coreanos que transmitían su señal en tres dimensiones virtuales (en aquel entonces, ustedes no lo van a creer, no se podían transmitir hologramas por la red). Generalmente nos vencían en varias competencias, como la de mantener una molécula de excímero en una jaula homogénea de carbono (que podía ser un anticuado fullereno u otras cosas que se nos iban ocurriendo). Una vez vencimos en esa, recuerdo.
Nuestros padres, en cambio, tenían microscopios con otras habilidades. En particular, era muy popular el microscopio que ensamblaba virus de diferentes enfermedades del pasado y luego el oponente debía desarmarlos en priones inactivos y empaquetarlos en diferentes configuraciones cristalinas, de modo que no fuera posible determinar las estructuras de no contar con una clave y un algoritmo de deconvolución del cual se proveían pocas claves al comenzar la competencia.
Desde ya, el acceso a menores estaba prohibido desde que alguien sintetizara el virus de la rabia bovina y contagiara a cien mil individuos en una tarde. Afortunadamente, el brote fue controlado antes de que murieran más de tres competidores.
Así es, nos entreteníamos con nada. Ahora ustedes niños cuentan con toda la tecnología que quieren, pero en aquellos tiempos, por suerte, podíamos aún usar nuestra imaginación sin límites, no como ahora que les controlan todo. Hasta lo que piensan.

Ceguera - Alexandro Roque


Salió del baño con las manos por delante, desnudo. Nunca había estado en ese hotel y sintió que ver le era más necesario que nunca, él que se preciaba de tener en sueños una excelente vista. La vista es un sentido que muchos no deberían extrañar, con tanto que tocar y que oir, pero en ese instante él quiso saber qué se siente aproximarse al lecho donde yace un cuerpo que espera amoroso y apreciar sus curvas, sus colores, sus imperfecciones, hasta sus lunares. Ojos para leer ese cuerpo y esa mirada. Ella lo debió guiar con la voz para que él se dirigiera en la dirección correcta.
—Anda, Jorge, ven que te espero. Te imaginaba más viejo pero eres aún maduro, luces muy bien. Ansiaba estar contigo, y por fin aquí estamos, el uno para el otro, sin preocupaciones, sólo unidos por las palabras y la carne.
—He nombrado los sitios donde se desparrama la ternura, pero estoy solo —le dijo él al oído y dejó que la oscuridad se asentara entre las sábanas.
—Anda, Jorge Luis, recítame algo, quiero oír tus palabras inmortales —dijo ella cerrando los ojos—. Ven, amado, ahora estamos igual, tampoco veo nada y quiero que los colores se formen en nuestra mente. Te he admirado desde hace mucho y quiero llorar de emoción.
Las palabras inventan el mundo y todos inventamos el amor, que suele nacer de la vista. Todo lo que no tenemos se vuelve una tragedia para uno y un peligro para el otro. Él, que aborrece los espejos, la transformó en aleph por muchos minutos, reflejando ese encuentro en tantos otros, en aquellos que no tuvieron ni tendrán más historia que la entrega.

Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la privanza de tu cuerpo, aún misterioso y tácito de niña,
ni la sucesión de tu vida situándose en palabras o silencios
serán favor tan misterioso
como mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis brazos.

—Anda Jorge Luis, dime lo que sabes. Tu poesía es mi mejor estimulante, todo lo sé de memoria, hasta tus comas, tus silencios, porque has sido mío desde que abrí tus libros. —Él no podía ver nada, pero cerró los ojos y respondió concentrado al sudoroso embate.

Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha en la selección del recuerdo,
me dejarás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes.

—¡Jorge! ¡Jorge Luis, eres el mejor poeta del mundo! —gritó ella, estremeciendo al vecindario. La dicha. Ambos se tomaron de la mano y se tendieron boca arriba, con una sonrisa que sus retinas no compartieron pero sus almas quisieron suponer.
Él se quitó la venda de los ojos y la miró complacido.
—Bien, querida. Para mañana... ¿qué escritor quieres que sea?

El vuelo final - Damián Cés


Corrió hacia la puerta y la abrió esperanzado. “¡Otra vez aquí! ¡Basta, estoy harto!, ¿No aprenderé nunca a manejar esta máquina de porquería?” Nicolás Ráculo, gritaba, fastidiado consigo mismo, mientras una mujer con su faldón embarrado, corría alejándose de él.
Hacía semanas que pretendía llegar al futuro ¡No al siglo XIX! Pero una y otra vez caía en esa sucia calle, de ese pueblo, rebosante de basura y moscas. ¿Por qué no podía lograrlo? ¿Cuánto se perdería la humanidad, porque él había nacido en el siglo equivocado? Podría hacer viajar al hombre entre las estrellas, anular las pestes, trasformar el transporte...
La máquina del tiempo no debería ser un problema para su genialidad, sin embargo se empeñaba en fallar. ¿Acaso el vapor no tenía la suficiente energía? ¿La caldera era muy pequeña?
De súbito, apareció en la esquina un policía señalándolo. Un sudor frió corrió por la cara de Nicolás; sabía que estaba en problemas. Y todo, por culpa de la maldita máquina del tiempo. Es que el viaje anterior ya había colmado su paciencia y, cuando el desagradable vaho inundó una vez más sus fosas nasales; enloqueció. Arrojó piedras contra los comercios, pateó un carro de verduras y golpeó a unos asustados transeúntes.
Con presteza se reintrodujo en el recinto de la maquina del tiempo; aún tenía oportunidad de escapar. “¡Espérame futuro!”, gritó, mientras giraba enloquecido una gran válvula, y un quejumbroso chirrido aumentaba en intensidad.
La puerta de madera agrietada se abrió de par en par, saltando uno de sus goznes. El policía no estaba sólo, lo acompañaban dos robustos hombres vestidos de un sucio blanco. “¡Apúrate, apúrate!” gritaba Nicolás. Unas lágrimas comenzaban a rebasar sus parpados.
Se abalanzaron sobre él y, por más que se retorció y pataleó; lograron colocarle el chaleco, en medio de un ruido ensordecedor. Lo sacaron a la calle por la fuerza. Vecinos agolpados vociferaban contra él.
Los guardias lograron abrir la puerta enrejada del carromato, pero no llegaron a encerrarlo. La brutal explosión elevó a Nicolás, por los aires, junto a sus captores. Con una última sonrisa desde la oscuridad, pensó: “Hola, futuro, sabía que te alcanzaría”.

El dilema del Minotauro - Javier Montoro


Nadie -nadie- le había preguntado qué era lo que quería.
Hacia el mediodía la maraña de pasillos sombríos donde descansaba se volvió susceptible a los rayos del sol, que apuntaban directamente a sus ojos empapados. El suelo pétreo del laberinto se coloreó de luz, pero él siguió por mucho tiempo sumido en una noche eterna. Se preguntaba muchas cosas. “¿Por qué?”, quizá.
Los catorce jóvenes atenienses estarían en aquel momento maldiciendo a la vida en el mar, camino de Creta. Tendría que hacerlo otra vez. Y no sabía exactamente el motivo, pues desde que tenía uso de razón había vivido frustrado en las paredes de su cárcel ambigua esperando año tras año un banquete de carne humana. Tendría que hacerlo para no defraudar a todos esos cretenses que, por un día, dejaban de hablar de él como un monstruo y lo trataban como un héroe. Tendría que hacerlo, probablemente, para llevar a cabo la venganza en nombre de un territorio que ni siquiera había pisado.
Tendría que hacerlo como otros años; tendría que hacerlo como siempre lo había hecho. Tendría que devorar los cuerpos frescos y vivos de aquellos jóvenes, sin mostrar miedo, sin dejar que sus fuerzas flaqueasen. Pero no quería. Él no era así.
Horas y horas pasó el minotauro llorando, pensando, dejando de vivir a cada instante. Y finalmente decidió que esta vez no. Esta vez no lo haría.

Poco después, un muchacho llamado Teseo salía radiante del laberinto, con el estómago lleno. Volvía como el superhombre capaz de haber matado a aquella alimaña que año tras año engullía a catorce atenienses sin remordimiento de conciencia.

Tomado de: http://trazandocaminos.blogspot.com/

El destino de un ser querido - Javier López



Laura acababa de cumplir los 35. Su madre estaba viviendo sus últimos días, era fácil percibirlo. Llevaba varios años cuidándola y cada vez estaba peor, con menos fuerzas, con menos ganas de vivir en su mirada. Ya hacía tiempo que no se levantaba de la cama.
Ese día estaba sentada a su lado, en la butaca basculante en la que gastaba las horas leyendo o mirando hacia ningún lado, cuando la anciana la tomó de la mano y, en un tono que nunca lograría olvidar, iba a escuchar de los labios de su progenitora un rápido repaso de su propia vida.
—Hija, ahora que siento que voy a morir, quiero agradecerte lo que has hecho por mí estos años. Siempre he tenido presente que el día que fuiste a hacer los trámites para quedarte en casa cuidándome, por eso que llamaron Ley de Dependencia, cambiaste tu vida. Dejaste tu empleo y sólo te dieron un pequeño salario por hacerlo, cuando sin embargo quedaba atrás tu brillante carrera como ingeniero. Sé que ganabas un buen dinero en la empresa de electrónica, que vivías bien, que tenías todo lo que deseabas a tu alcance, que nunca te faltaba el amor de un hombre a tu lado, ni viajes, salidas, fiestas y amigos... Sé que tenías todo eso, y que sin embargo ese día renunciabas a todo para poder cuidarme, porque yo había dejado de valerme por mí misma.
Aún recuerdo cuando ingresaste en la Universidad para estudiar tu carrera. Todo fue un gran esfuerzo para poder acabarla. De dinero andábamos mal en casa, pero siempre tuviste el arrojo para estudiar y trabajar en lo que fuera hasta obtener tu licenciatura.
Tampoco olvido cuando años atrás ibas al instituto. Ahí te revelaste ya como una chica brillante, con un futuro prometedor. Siempre has sido atractiva, inteligente... no podías tener otro destino que el éxito. ¡Si es que ya desde muy pequeñita tenías esos ojitos vivarachos, esa locuacidad impropia cuando apenas eras un bebé!.
Por todo eso y por tantas y tantas cosas, quiero que sepas que siempre recordaré el día del accidente como el más feliz de mi vida.
—¿De qué accidente hablas, mamá? —preguntó Laura asombrada, pues no tenía noticias de ese suceso.
—El que tuve el día que me dirigía a una clínica para abortar, hace casi 36 años.

El zoológico - Martín Gardella


Observaba a su hombre con sus penetrantes ojos de gata, dejándose envolver por palabras dulces, que llenaban su estómago de pequeñas mariposas. Luego, con la confesión de las mutuas fantasías, su cabeza femenina se inundó de pícaros ratones.
En la cama, se sintió tan libre como un animal al que le acaban de abrir la jaula. Por unos instantes, sus extremidades se convirtieron en los largos tentáculos de un fornido calamar, que envolvían al hombre para devorarlo. Aulló como una loba, lo rasguño como una perrita juguetona, voló como un colibrí y terminó acurrucándose en el pecho de su compañero, como un indefenso polluelo. A la mañana siguiente, con la puntualidad de un gallo cantor, abandonó la cama revuelta, imitando el silencioso andar de una serpiente.
—Te amo —dijo el hombre, mientras la observaba vestirse con la agilidad de una gacela.
—¡Shhh! —respondió ella, como una lechuza, y le arrojó, desde la puerta, un beso de delfín.

Tomado de: http://livingsintiempo.blogspot.com/

El hombre de lata - Antonio Mora Vélez


Después de muchos siglos de progreso material, el hombre pensó que las filmadoras y las cinematecas le quitaban tiempo en su trabajo y determinó que las computadoras se encargaran del cine, lo realizaran y distribuyeran directamente a sus hogares. Pensó que la pintura y la escultura constituían un desperdicio de horas útiles y decidió que la cibernética se encargara del asunto. Pensó también que la historia y la literatura ocupaban en el cerebro del hombre un espacio que podían llenar otros conocimientos menos esquemáticos y dispuso que la Central Ordenadora los guardara. Y como demostró que la música y el deporte le restaban tiempo y energías en exceso, encomendó a los androides la producción de ritmos y los colocó en los campos en lugar de deportistas.

Poco tiempo después se dio cuenta que no caminaba como antes y que sus visitas al hojalatero y la compra de aceites lubricantes eran cada vez más frecuentes.

9 de Julio - Camilo Fernández


Tomó una hoja en blanco, sabiendo que tenía una deuda de honor que saldar. Sostuvo la pluma con los dedos temblorosos, con un sinnúmero de emociones agolpándose en su garganta. Apoyó la punta sobre el papel y lo mantuvo en un punto eterno.
Tenía tantas cosas que contarle, tanto tiempo para recuperar que parecía un imposible. Sabía que con cada año la grieta se ampliaba y la distancia erosionaba la memoria. Calculó que el cumpleaños presentaba una oportunidad perfecta para recorrer la distancia que los separaba.
La pluma inició su viaje por el papel con un “Querido Papá:”. De inmediato, arrugó el papel y lo dejó caer al piso con desgano. Probó entonces con un simple “Papá”. Por primera vez en más de una década dejó fluir sus sentimientos, impregnando el papel con sus emociones contenidas. Firmó y la cerró sin releer.
Buscó las llaves del auto y salió. Condujo tratando de no pensar en la carta. Llegó a su destino y se quedó inmóvil durante varios minutos. Bajó del auto, cruzó el portón de hierro y avanzó a paso firme. Se arrodilló frente a la tumba y dejó la carta junto al frío mármol.

Tomado de: http://2centenas.blogspot.com/

Hombre gordo 1 - Diego Muñoz Valenzuela


El tipo había engordado tanto que ya no cabía por la puerta. Mediante su laptop solicitaba alimento y manejaba sus inversiones. Afortunadamente no necesitaba trabajar, así que tampoco necesitaba salir. Por otra parte, no habría podido hacerlo: sus piernas eran incapaces de sostener aquel peso desproporcionado. Era un cetáceo varado en una cama gigante, provisto de pequeñas extremidades fofas con las cuales escribía las instrucciones en el teclado. Obtenía todo lo necesario gracias a Internet. Era un enorme molusco rosado buscando satisfacción en la red virtual. Los proveedores dejaron de acudir a su casa, pues el alimento –de variadas clases, incluido el alcohol- se cargaba en receptáculos conectados a tuberías a solicitud del solitario e invisible comprador. Antes de cerrar para siempre su puerta, conectó sus puntos sensibles a robots de estimulación sexual. Se las arregló con el hampa para instalar dispensadores de droga. Finalmente la casa estalló, nadie sabe la causa. Los alrededores eran un asco, cubiertos de grasa, sangre y restos de órganos, tendones y huesos.
Pudo ser resultado de un crecimiento grotesco del cuerpo; o una explosión de placer ilimitado; o una simple indigestión.

Pronto se sabrá: tiene seguidores y algunos de ellos se financian mediante contratos con canales de televisión que transmiten segundo tras segundo -como contraprestación y en virtud de un nítido contrato- el desarrollo de los acontecimientos. Algún científico aprovechará esa información, estoy seguro.

Tomado de: http://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/

miércoles, 26 de agosto de 2009

El arrepentido - Javier López


No, yo no me arrepiento de todo lo que pasó, porque hice lo que tenía que hacer.
No le voy a decir que las palizas que me dieron durante el interrogatorio no me dolieran. Claro que sí, y mucho. ¡Pero yo soy fuerte, oiga! Que para eso me crié en un barrio donde si no eras más fuerte y más rápido que los demás, estabas muerto desde antes de nacer.
Tampoco me iba a hundir porque delante del juez tuviera que escuchar esas cosas de mí, que yo era un asesino porque maté al tendero de varias puñaladas y disparé al otro hombre. ¿Y qué querían que hiciera? Le pedí el dinero de la caja y el muy cabrón lo único que intentó es sacar un palo de debajo del mostrador para atizarme. Entonces yo no podía perder el tiempo en solucionar aquello y dejar que viniera la policía. Tuve que hacer algo, ¿qué cree?
Y claro que disparé a bocajarro al otro tipo que vino a ayudar al tendero. No me iba a poner a pedirle explicaciones. Yo necesitaba el dinero, tengo hijos y una mujer que esperan que lleve algo a casa para comer y para todo lo demás. ¿O es que usté no haría lo mismo?
¿Que entonces de qué me arrepiento? De lo único que me arrepiento es de que estuviera allí esa puta cámara de seguridad. Por culpa de eso he tenido que estar viéndome, una y mil veces durante los interrogatorios y durante el juicio, matando a aquellas dos personas. De eso me arrepiento. Porque ¿sabe usté?, no es lo mismo hacerlo que verse a uno mismo haciéndolo. Eso sí que me perseguirá cada día durante el resto de mi vida, durante el resto de mi condena.
¿Se da cuenta usté ahora de qué me arrepiento?

Lily se decide - Myriam Belfer


Digo bien, y esto podría ser el testimonio jamás publicado de la escritora ecuestre Griselda Zymanauskas. No siempre vigilante, a veces duerme, pero esta vez el sueño fue poco o casi nada. Suele aparecer en su perspectiva algún viejo cabrón que la mira demasiado de frente y ante el cual su cabeza y su corazón se ven obligados a girar hacia el lado contrario, provocándole calambres musculares y de los otros. La leche caliente es de demorarse, y prolonga la estadía de Griselda en la mesa del bar "El Odeón" de Ramos, justo frente al puesto de diarios desde donde D'Artagnan también la mira. Y si da vuelta la cabeza se encuentra otra vez con el viejo de saquito, así que se queda como está, hasta que el viejo verde se levanta y se va. La cosa viene ansiosa. Recién sale de lo del dentista (nada grave) y entra una minita a matar o morir.
—Nada que ver —piensa Griselda.
Son las 9 de la mañana y pasa el tren. Mucha pintura. Desborda sueño y leche caliente. Mi garganta. Tengo la voz desfigurada. Y pereza y enojo, todo al mismo tiempo. Otro viejo verde. La gente es infiel, endeble y debutante. Válganle los ojos, las manos. Ella escucha. Recorta el material, filtra y acomoda. Qué gran abatimiento. Qué historia adulterada. El último testimonio escrito de la Zymanauskas en prensa. Cuántas páginas.
—Torcete —me dijo.
El vidrio es blindado. Nadie te va a oír. Tranquila. Somos de la partida, el corazón blando y las uñas cortas.
(La minita está atenta. Espera a alguien).
Al principio costaba desprenderse de esa armazón de hierros tensos. Una mezcla de espanto y tersura.
Eso fue, y no imprimió.
Mis ambiciones literarias nunca fueron más allá del insulto disfrazado. Pero Griselda, Griselda Zymanauskas. Voy a entregar su nombre y su hambre al linotipista.
(Sigue bostezando y es como si las palabras que no dice ni inscribe engordaran su nariz y nunca hubiera despedidas). La minita habla por teléfono sin sacarse los taquitos. Algo falla.
Siguiendo con mi línea de pensamiento, admito el cruce de las aguas y de las vidas y de las letras. Habrá que encender la luz. El sueño puede más. La mano se me duerme. Lector, amigo mío, nos vemos en el kiosco.

Tomado de: http://myriambelfer.blogspot.com/
Sobre la autora: Myriam Belfer

Terapia para recuerdos invasivos - Alejandro Ramírez


El psicoanalista ha diagnosticado que me aqueja un recuerdo invasivo que ha empezado a ocupar de manera tormentosa todos los resquicios de mi vida. Pienso en ella cuando me acuesto, cuando me levanto, de camino al trabajo, en el trabajo, mientras veo televisión, cuando estoy con mi nueva esposa, cuando estoy sin ella, etc. Es un recuerdo despótico, avasallador e intolerante con las nuevas circunstancias.
El psicoanalista dice que va a aplicar en mí una terapia postmoderna y novedosa para luchar contra ese recuerdo opresor. Dice que va a reemplazar todos esos recuerdos de una manera artificial, pero eficaz, con la ayuda de mi nueva esposa. Vamos a reconstruir todas las escenas más importantes de mi antigua relación hasta que el inconsciente identifique a mi nueva mujer y lentamente sustituya al personaje (y todos los recuerdos) hasta que lleguemos al momento culminante de mi desgracias en el cual, si todo va bien, tendremos que darle un final diferente.
Empezamos con el día en que nos conocimos. He intentado ofrecerle la mayor cantidad de detalles posibles para poder reconstruir exitosamente esa primera cita. El lugar, los atuendos del día, nuestros estados de ánimo, la conversación y el inicio de una hermosa y próspera relación. Luego reconstruimos el día de nuestra boda, el nacimiento de nuestro hijo, el viaje de vacaciones a Cancún, el día de la adquisición de nuestro apartamento, etc., hasta la última escena, el día en que la asesiné.
Mi psicoanalista corre por todo el lugar intentando coordinar todos los detalles y puedo jurar que se siente dirigiendo una escena de Hollywood. Hemos planeado la reconstrucción de esta escena minuciosamente. Mi nueva esposa y yo debemos encontrarnos en el centro comercial y caminar hasta el apartamento (sin discutir y sin mencionar la palabra infidelidad); prepararé la cena como de costumbre (sin arsénico en el vino); iremos a la cama y haremos el amor (sin que ella me destroce la espalda con su uñas) y al día siguiente despertará sonriente a mi lado (no fría y obsesiva, abrazándome casi hasta la asfixia).
En ese momento, dice mi psicoanalista, quedaré liberado de esos recuerdos opresores y podré continuar mi nueva vida.

Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

lunes, 24 de agosto de 2009

Consecuencias de la criogenia - Héctor Ranea


-Antes, cuando todo esto de los viajes interestelares recién comenzaba, la cosa tenía más glamour –dijo M’sa.

-Cierto –le contestó Sh’ha –pero viajaban pocos.
-¡Claro! Pero te trataban bien, no esta cortesía falsa y adocenada. Esperá que me acomodo el tubo.
-¿Ves lo que digo? –M’sa estaba enfático. –Están abaratando todo. Ese tubo antes no te hubiera molestado para nada y podrías respirar el plasma sin problemas.
-Bueno, es la idea de todo el sistema turístico. Tampoco se pueden pagar tantos avances tecnológicos con tan poca gente que compre los pasajes.
-¡Sí! ¡Exacto! Lo que pasa es que antes la inyección del tubo te la daban personas, en un ambiente muy cordial acorde con un viaje de mil siglos.
-Claro, concuerdo contigo. El uso de estos robots está despersonalizándolo todo.
-No sólo. A veces hay que rogarles que te inyecten. Si perdés el trazador, no hay caso, nunca más te inyectan.
-Conozco el caso del tío de un amigo, precisamente. Olvidó el trazador en uno de los trasbordos.
-¿Y qué pasó?
-Encontraron lo que se cree que son sus cenizas en el Neptune Holy que iba a Neptuno XIX en Omicron Cyclops.
-Y claro… es largo el viaje.

Mi Hermano - Rafael Novoa


Nunca le perdoné a mi hermano gemelo que me abandonara durante siete minutos en la barriga de mamá, y me dejara allí, solo, aterrorizado en la oscuridad, flotando como un astronauta en aquel líquido viscoso, y oyendo al otro lado cómo a él se lo comían a besos. Fueron los siete minutos más largos de mi vida, y los que a la postre, determinarían que mi hermano fuera el primogénito y el favorito de mamá. Desde entonces salía antes que Pablo de todos los sitios: de la habitación, de casa, del colegio, de misa, del cine -aunque ello me costara el final de la película. Un día me distraje y mi hermano salió antes que yo a la calle, y mientras me miraba con aquella sonrisa adorable, un coche se lo llevó por delante. Recuerdo que mi madre, al oír el golpe, salió de la casa y pasó ante mí corriendo y gritando mi nombre, con los brazos extendidos hacia el cadáver de mi hermano. Yo nunca la saqué del error.

Diálogo sobre un Diálogo - Jorge Luis Borges


A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo./ Z- (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron./ A- (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Historia del joven celoso - Henri Pierre Cami


Había una vez un joven que estaba muy celoso de una muchacha bastante voluble.Un día le dijo:-Tus ojos miran a todo el mundo.Entonces, le arrancó los ojos.Después le dijo:-Con tus manos puedes hacer gestos de invitación.y le cortó las manos.“Todavía puede hablar con otros”, pensó. Y le extirpó la lengua.Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes.Por último, le cortó las piernas. “De este modo -se dijo- estaré más tranquilo”.Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba. “Ella es fea -pensaba-, pero al menos será mía hasta la muerte”.Un día volvió a la casa y no encontró a la muchacha: había desaparecido, raptada por un exhibidor de fenómenos.

sábado, 22 de agosto de 2009

Pro Anatomías - Héctor Ranea



–Nuestra próstata, Profesor –me decía el gusano T’si mientras deglutía una ensalada de perejil, -es una organela parecida a un cinturón, pero derivada de una modificación de las hemorroides.
Mis náuseas me impedían seguir tragando el cordero al horno con salsa de berenjenas.
Él continuó:
–Mis prótesis dentales nanométricas las cuida un escarabajo provinciano que hace las veces de proctólogo, pues nuestro ano produce una sustancia provitamínica que les sirve para eso, para promover su apetito y potencia sexual.
Yo sabía que debía mantenerme impasible frente a su afrenta pues estos gusanos no sólo gozan de nuestros vahídos sino que después se alimentan comiendo lo que dejamos en el vómito y eso, como se sabe, es considerado falta grave por nuestras autoridades.
Se sabe que un Orco Huymans dejó su pata de conejo ante los embates escatológicos de cierto gusano T’si y las autoridades trasladaron al Huymans a otra cámara con resultados nefastos para su vida.
–Proceda –me instó el gusano. No se complique el prontuario, Profesor. Proceda.
Seguí comiendo. Y él gusano se dirigió a mí.
–Prostitutas como las de Espaitos no se ven así nomás. Les gusta que procedamos a proponerles nuestro cuerpo procreador. Les gusta. Aparte de nuestra contribución a su prominente posición social, claro.
Ya me venía el vómito pero debía evitarlo. Pero no pude más cuando el ladino gusano T’si, digno sucesor de Odiseo de Ítaca, me dijo:
–Prometo que si lo proponen para formar parte del programa de alimentación de la soberana, le diré al procanciller qué receta propone Usted para sí mismo. ¿Le gustaría ser propósito cárneo o fúngico?
Ahí vomité porque el sonido pro me superó y el gusano aprovechó para comer de los miasmas hasta dejar todo limpio.
Luego vendrá mi castigo. Está prohibido terminantemente alimentar a los gusanos T’si. Ellos están apoderándose de nuestras conversaciones.

Sodorra de Sidim - José Luis Vasconcelos



Temo a Dios y detesto a casi todas sus criaturas, menos a la Sodorra de Sidim. Sé de la bestia por unos textos adjudicados a la última virgen de Zeboim. Palabras más, palabras menos, asentaba que por las mañanas balaba y por las tardes se convertía en una caravana de ramas quebradizas que se hundía en el desierto. Dicen que se nutría de un arbusto hediondo que supuraba angustias por las noches y apagaba la sed con lágrimas de estatuas.
Precisaba que mucho se había fantaseado en torno a esta bestia de torpe balido, levantisca y micótica, desafortunada fusión de seres pertenecientes a los reinos, mineral, animal y vegetal y que, según testimonios antiguos, los de Adma solidificaban su orina y la convertían en gemas de variado valor.
De acuerdo con el manuscrito, las Sodorras de Sidim no son de fiar, arrojan el cardo y esconden la mano. Rejuvenecen con el dolor ajeno y el canto matinal de las nubes les provoca migraña. Tienen el aura de un color verde oasis, por eso lucen escleróticas en tiempos de guerra y fulinginosas en períodos de paz.
Casi al final, en la parte andrajosa de la última página, se lee que a pesar de la mala fama que se les imputa también otorgan alguna que otra buenaventura; quien posea la boca de su estómago tendrá más suerte que Birsa, pues todas las carencias económicas serán resueltas; el poseedor de tal órgano gozará de posición holgada de por vida, viajará fácilmente de una caverna a otra y accederá, sin invitación previa, a tertulias de vírgenes.
Si de paciencia están hechos los días, alguna tarde hallaré una Sodorra de Sidim que sorba mi infortunio con su lengua de arena, pues juran en Zeboim que convierte a los camelleros malolientes como yo en nobles apreciados a lo largo del Valle del Jordán.

Tomado de: http://rojanota.blogspot.com/

La última operación de cerebro - Daniel Frini


Era un genio. Realmente un genio.
Tenía un CI de más de 250. Desde niño había sido sometido a innumerables tests y experimentos por quienes trataban de comprender su genialidad. Ya de mayor, con varios doctorados en su haber, él mismo se estudió con la esperanza de descifrar sus secretos y encontrar la forma de develarlos para transferírselos a otros, para bien de la Humanidad. Armó un equipo de trabajo extraordinario, para lo cual buscó en todo el mundo a los mejores en más de cien disciplinas, quienes trabajaron bajo sus órdenes durante mucho tiempo.
Diseñó una operación de cerebro tan difícil que sólo él era capaz de llevarla a cabo. Pero como el cerebro a estudiar era el suyo, pasó años preparando a sus técnicos y ayudantes para realizarla.
Experimentaron con animales y con personas para aprehender y perfeccionar técnicas absolutamente revolucionarias, tanto que cada una de ellas por sí sola le hubiera bastado al buen Doctor para ganar, como menos, el Nobel. De hecho, recibió este premio en cinco oportunidades.
Por supuesto, en sus investigaciones cometió errores y murieron pacientes, como siempre ocurre. Esto fue por el bien mayor de la ciencia.
Pensó y repensó miles de veces las diferentes eventualidades que podían presentarse. Los datos a obtener eran de una complejidad tal, que sólo él, al despertar, podría descifrarlos.
Cuando cumplió sesenta y ocho años, la operación, por fin, tuvo lugar. Intervinieron doce equipos de médicos. Demoraron veintiocho horas. Debieron pasar tres días hasta que despertara. Sus discípulos se consumían esperando el momento en que el Maestro reaccionase y, por fin, pudiese culminar el trabajo de toda una vida.
Se despertó. Abrió los ojos y miro a su alrededor. Con su voz profunda, pronunció sus primeras palabras luego de la última operación de cerebro:
—Nene quede pis

jueves, 20 de agosto de 2009

Vida televisada - Lisandro Varela


Con Nick La Bestia jugamos al Truman Show.
Caminando por Santa Fe hacemos como que vivimos un reality y que la ciudad esta llena de cámaras.
Ponemos los ojos en modo paranoia, y los autos empiezan a estar coordinados y la gente que camina y nos cruza esconde algo.
Si miramos nuestras vidas para atrás vemos los plot points, los personajes secundarios que entraron y salieron de la historia, las subtramas.
Y caminamos, tan distintos, tan seguros de que hacemos un dúo con rating, tan divertidos de jugar juegos idiotas.
Jugamos dos minutos, pero a veces trato de convencer a Nick de que es verdad.
Es cierto, boludo se impresiona Nick.
Ninguno de los dos se acuerda cuando nos hicimos amigos.
Hace más de diez años éramos proveedor y cliente, solo al teléfono.
Un día del 2001 lo contrate para que siguiera en los medios como se caía un gobierno que me tenía adentro.
Lo siguiente que nos acordamos es que fuimos al teatro a ver algo ridículo y que en la fila para entrar propuse intercambio de parejas.
Después fuimos amigos.
Pero no hay forma que sepamos cómo empezamos a ir por ahí riéndonos barato.
Es la parte Lost de la historia dice Nick y paramos en el kiosco de Paraná a comprar chocolate y coca de dieta.

Tomado de http://vidadocampo.com/
Sobre el autor: Lisandro Varela

Variación recurrente - Sergio Gaut vel Hartman


Dedicado a Esteban Dublín, Martín Gardella, Miguel Dorelo, Alejandro Ramírez Giraldo, Francisco Costantini, Héctor Ranea y Nanim Rekacz

En el blog de Esteban Dublín hay una puerta que conduce al blog de Martín Gardella. No pude resistir la tentación y pasé de uno a otro como quien pasa de la cocina al living. No había nadie; Martín se había ido al supermercado. Sobre una repisa había un cuento recién terminado; empecé a leerlo. Me sorprendí al descubrir que el protagonista del cuento era yo. Seguí leyendo. No parecía escrito por Martín. En el cuento yo estaba en el blog de Miguel Dorelo, e incapaz de resistir la tentación atravesaba la puerta que conduce al blog de Alejandro Ramírez. No había nadie allí; Alejandro había ido a cortarse el cabello. Envalentonado, tomé un cuento recién terminado que estaba sobre la biblioteca; empecé a leerlo. Me sorprendí al descubrir que el protagonista del cuento era yo, otra vez. Seguí leyendo. No parecía obra de Alejandro sino de Francisco Costantini, quien suele escribir cuentos en los que un personaje toma conciencia de su condición e increpa al autor porque coarta su libertad. En este caso era yo quien se encontraba en una situación delicada. En el cuento vivía en el blog de Héctor Ranea, quien mediante telecomando desde Praga, había garabateado un mensaje con lápiz labial en un espejo. En ese mensaje me indicaba que allí había una puerta que conducía al blog de Nanim Rekacz. No vacilé y pasé. Nanim escribía, y absorta en su creación y no advirtió mi presencia. Traté de no molestarla, pero no pude resistir la tentación y tomé un cuento recién impreso que estaba encima de la mesa y empecé a leerlo. En el cuento, cuyo protagonista, una vez más, era yo, habían escrito una ficción breve en la que varios de los contribuyentes habituales a los blogs se complotaban para obligarme a organizar una antología de cuentos circulares, recurrentes y autorreferenciales, además de metaficcionales, absurdos y conjeturales. Decidí terminar con el complot del único modo posible. Activé la mininotedent alojada en mi muela de juicio y escribí esto. Espero que alcance para resolver el problema. Y si no alcanza ya veré cómo me las arreglo para no volver al punto de partida y encontrarme de nuevo en el blog de Esteban Dublín.

La prueba- Carmen Rolandelli


¡Por ese trapo rojo de mierda! gritó Julia, mientras se la llevaban.
Había sido precavida; nada de libros, no más que los manuales del alumno bonaerense que las editoriales mandaban periódicamente a los docentes. El Quijote no podía ser sospechoso, aunque pensándolo bien se dijo para sí pero se resistió a tirarlo; los discos de los Quilapayún (le costó desprenderse de la cantata a Santa María de Iquique), varios números de Estrella Roja y hasta los cuadernillos de Crisis; sobre todo el reportaje a Neruda y “El gran Orinador”(muy sospechoso por cierto, podría emular a algún aprendiz de dictador). Todo fue a parar a la parrilla la semana anterior. La casa estaba limpia, nada que la comprometiera. Si no fuera por esa maldita bandera de remate que su padre había usado para tapar el agujero de la chapa.
El tipo de verde miró hacia el techo y con un gesto de enorme complacencia ordenó que bajaran la prueba de la felonía.

martes, 18 de agosto de 2009

Un breve regreso - Martín Gardella


El hombre recién llegado se sentó a la mesa iluminada por la tenue luz de las velas, ante la ansiosa mirada de Silvia. Ella estaba entusiasmada de recibir al visitante y usaba el vestido negro que él le había regalado tres años antes, para su último aniversario.
El penetrante aroma de la carne asándose en el horno que provenía de la cocina se mezclaba con el dulce olor de los ardientes sahumerios hindúes, que transmitían energía y magia al ambiente. Ernesto adoraba la carne al horno con papas (ella recordaba que era su plato favorito) y el reencuentro era una oportunidad inmejorable para agasajarlo.
—Estás igual a la última vez que nos vimos —murmuró Silvia, mientras recorría al hombre con la mirada—. Parece que el tiempo no hubiera pasado para vos.
Ernesto la observaba en silencio, pero sonriente. Estaba tan sorprendido como ella de haber podido concretar aquel reencuentro después de tantos años de ausencia y melancolía.
Sobre la mesa, Silvia había dispuesto una botella de exquisito Syrah argentino, perfecta para la ocasión. Sin embargo, en el momento del brindis, un acontecimiento fortuito hizo que la velada se interrumpiera abruptamente. Sin que la anfitriona tuviera tiempo de impedirlo, el huésped tomó, por error, la copa invertida a través de la cual ella había invocado su presencia, y se esfumó repentinamente en el humo de las velas, dejando a la viuda nuevamente sola y envuelta en llanto, con la cena a punto de ser servida.