viernes, 15 de agosto de 2008

Madre tierra - Sergio Gaut vel Hartman


Dejó de pensar. Tal vez alguna de sus conjeturas hubiera servido para parar el ataque, pero de todos modos él podía funcionar en piloto automático. La conducta libre y la verdad eran bazofia, no existían; lo había descubierto cuando todo aquello empezó. Comió apenas; un mendrugo de pan y una gota de coñac eran suficientes para alcanzar el estado de paz interior que se necesita para dominar el sol, para que las fuerzas invisibles que inundan el universo se pongan al servicio de quien las invoca. Apeló a sus recuerdos y retazos de viejos movimientos llegaron en su auxilio. Los árboles, los viejos amigos vegetales, hicieron de barrera al desierto psicológico que intentaba tomar posesión de la realidad. Los animales salvajes avanzaron ciegamente, sin saber a qué o quién atacaban. Funcionó. Un análisis simplista hubiera dicho que los invasores eran poderosos, pero aunque hubieran sido capaces de llegar a la meta y colgar sus banderas de los balcones, eso no tenía ningún significado. No iba a ocultar que era el último de la especie, pero justamente por eso los vencería. La Tierra era su mundo y no estaba dispuesto a perderla. Hizo la señal decisiva. El planeta comprendió el mensaje y actuó. Tal vez lo hizo para darle el gusto, imposible saberlo, pero todos y cada no de los trozos de materia que formaban a los invasores fue expulsado hacia el espacio y esparcido de tal modo que les llevaría un millón de años volver a reunirse. Recuperó el control y supo qué necesitaba de la Tierra para reiniciar el proceso y lograr que aquellas criaturas fastidiosas e interesantes volvieran a medrar sobre la superficie y ocupar los espacios vacíos. Lo supo con tal claridad que por un momento creyó haberse equivocado al suponer que su intervención había sido decisiva. Reaccionó a tiempo. Se tendió sobre la superficie del planeta y éste se redujo hasta alcanzar la forma de una mujer, joven y deseable. La abrazó con firmeza y ternura. Ella respondió a las caricias y se dejó amar.

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

Sonrisa ausente - Libia Brenda Castro


Su dentadura no era perfecta, pero como ella se lavaba los dientes con aplicación, no tenía mayores quejas. Sin embargo, el mal aliento persistía. A pesar del enjuague azul eléctrico, del cepillado matutino, después de comer y por la noche, no podía librarse de la sensación de halitosis, de la realidad de la halitosis. Evitó durante mucho tiempo besar a nadie.
Un miércoles soñó que se le caían los dientes, no todos, sólo algunos, y los que se desprendían estaban negros, como si se hubieran chamuscado. Se asustó. Recordaba haber paseado la lengua por la boca, en el sueño, y haber sentido primero los dientes flojos, luego, las encías sensibles, rosas y blandas. Le escribió a su astrólogo de cabecera “dicen que soñar que se te caen los dientes significa que alguien va a morir”. Él contestó tranquilizadoramente: “en realidad, según los astros, el cosmos y los arcanos, significa que viene un periodo de renovación en tu vida”. Casi se emocionó ante la perspectiva de un cambio.
Pero el astrólogo era ignorante de todo lo relativo a la odontología y la estomatología, por lo que impuso a sus palabras un dejo de misticismo y creyó, él mismo, que hablaba de cosas trascendentes: un viaje, una mudanza, quizás un nuevo amor. Se equivocaba, desde luego. A ella se le aposentó un virus maligno, se le cayeron varios dientes, el dentista le arrancó el resto y le puso una nueva, reluciente, durísima dentadura postiza.
Ella siguió lavándose la dentadura con aplicación, pero cada mañana y cada noche, al esparcir o eliminar el adhesivo con cuidado, maldecía meticulosamente al astrólogo de cabecera, a los arcanos, el cosmos y los astros, por haberle deparado semejante cambio en su vida. Su mal aliento desapareció, pero ahora sentía un perenne dejo a resistol, que le impedía besar a nadie.

Una gota de rocío - Edgar Omar Avilés


Una gota de rocío, en la punta de una temblorosa hoja de sauce, se niega a caer y ser tragada por la tierra. La gota, desesperada, con sus ojillos cerrados, suplica a los dioses misericordia: entonces de ella surgen dos gotas y luego cuatro; y la gota se convierte en gotera; y la gota se convierte en lluvia; y la gota se convierte en tormenta; y la gota se convierte en río y cascada; y la gota se convierte en un mar; y la gota se convierte en el océano que se derrama, inundando puertos y ciudades: los llantos y gritos de los seres abarcan al mundo, cuyos continentes también sucumben ahogados.
Poderosa, la gota de rocío se carcajea, pero deja de hacerlo al sentir la seca garganta de la tierra devorándola; entonces abre sus ojillos, y ve arriba al sauce y a la hoja, todavía temblorosa, de la que ha caído.






La pradera, la casa - Ricardo Giorno


La casa de la pradera persiste quieta. La pradera no. No bien se ingresa, la casa muestra los dientes plagados de caries. La pradera, el cascarón cambiante.
La pradera explota una vez por año. Año tras año. La casa no cae.
Entrando en la cocina, la heladera ataca, mintiendo contenidos que no superan lo superficial.
La pradera muta cuadro a cuadro y permite que se falsifique la idea de eternidad. Y que debajo del verde, del caramelo y del dorado, nada recapacite. Sólo deja que madure un cuento que cuentan los que cuentan y que, generación tras degeneración, en la casa se hable de cada propio impulso en desmedro del prójimo.
La casa mira y respira. Y huele. Y apesta. Y es atacada y es defendida por miserias de pensamientos transparentes para que se asocie con escaleras circulares, tan grandes que parecen carecer de principio y de fin. Y que dejan que los hijos de los nietos en la pradera coloquen escalones en lugares donde el verde, el caramelo y el dorado reinarían, mientras que en la casa, el cuento que te cuentan los que cuentan sigue rodando escaleras arriba o escaleras abajo, donde no hay abajo, pero tampoco arriba.
La pradera tuvo principio y tiene fin. La casa lo desconoce.
Entrando en la sala la caja parásita acomete contra el sillón, solucionando problemas que no existen, corrompiendo la percepción de la pradera, que no puede evitarlo pues no entra en los deseos que no posee, y que, poniendo los pies al revés, tampoco se arregla, sólo se redistribuye.
A la pradera la mojan, a la casa también. Las manos son distintas.
La pradera lo ignora. La casa también.
La pradera mata para regenerar otras muertes. La casa de la pradera te mata el deseo de que la pradera te cobije.
Entrando en un cuarto de la casa, las señales te falsean en horizontal y simulan la importancia de vidas paralelas. A la pradera no le importa. A la casa tampoco.
Nada les importa.
Hasta el fin.
Nada.

A deux - José Luis Zárate


A deux

A veces un puro sólo es un puro. Y hay ocasiones en que es un refugio. No apetecía el tabaco, pero era un pequeño placer que se daba para compensar lo que vendría. Miró sus apuntes.
Por primera vez tenía que vérselas con lo que, a falta de nombre mejor, llamaba “folie a famille”. Un individuo había contagiado sus delirios a la familia entera, que orbitaba la obsesión del enfermo como si fuera la realidad. La realidad se había roto en mil pedazos para esas personas y todo era posible. Todo.
Se estremeció.
Había citado aparte a la persona dominante, “folie imposée”, para tratar de entender el mecanismo de la infección mental. Y se arrepentía.
El Dr. Freud deseó la droga que tan duramente había dejado porque tenía miedo. Miedo porque creía escuchar un caminar quitinoso acercándose a su despacho, un arrastrar líquido e inmundo, porque algo inconcebible entraba en ese instante, y se movía plural e inhumano hasta el sofá.
Soy un doctor, el doctor. Razono, soy la razón.
Pensando eso encontró la calma y pudo dirigirse a la monstruosidad con una voz normal:
—Dígame qué le pasa hoy, señor Samsa.

Sueños de cartón - Francisco Costantini


Un día de estos ustedes despertarán y se sentirán distintos, mejores. Querrán ayudar al prójimo, despojarse de esos objetos que, entenderán, los aprisionan, los cosifican. Tendrán intenciones sinceras de cambiar la realidad injusta que, ya no lo negarán, contribuyeron a crear. Sin embargo, no tardarán en comprender que la metamorfosis va también por fuera: sus cuerpos serán de cartón. Sí, de cartón. Como siempre, en pocas horas estarán acostumbrados a las nuevas condiciones de vida, a pesar de la incertidumbre y el pavor iniciales. Y saldrán a las calles a transformar el mundo. Pero no será necesario esforzarse. Nosotros, como cada tarde, partiremos de las villas rumbo a la ciudad; su ciudad. Llevaremos a tiro los carros, algunos contaremos con la fuerza del algún caballo cansado o con los brazos de nuestros hijos. Y entonces nos dedicaremos a hacer el trabajo de todos los días. Experimentarán cierta contrariedad al vernos llegar, aunque a ninguno de ustedes se le cruzará por la cabeza la idea egoísta de estorbar la labor, necesarísima, de los humildes y carenciados cartoneros.

jueves, 14 de agosto de 2008

Hacia arriba - Enrique Anderson Imbert


El autobús lleno de turistas se detuvo al pie del cerro, saltamos a la cuesta y, todos en grupo, empezamos a subir.

Tomó la delantera un hombre extraño, delgado, alto, rubio, ágil, con movimientos de ave o de ángel. Yo no había reparado en él durante el viaje. Ahora vi cómo se distanciaba de nosotros, con ligeros y seguros pasos, siempre hacia arriba.

Subió y subió, y yo, junto con los demás turistas, lo seguía sin quitarle la vista. Cuando llegamos a una roca que él había dejado atrás, sin esfuerzo, como si no fuera un obstáculo, nosotros teníamos que pararnos, rodearla y treparla penosamente.

No había modo, no digo de alcanzarlo, pero ni siquiera de disminuir la ventaja que a cada paso nos sacaba. Lo vi llegar a la cumbre y encaramarse a la roca más alta. Esperé que continuase ascendiendo por el aire azul de la mañana pero decidió, no sé por qué, acaso para no avergonzarnos, quedarse allí.

Pedazo de cielo - Gerardo Horacio Porcayo


Sus pisadas. La calle vacía. La taquicardia. Las preces. El rayo de luz. El arrebato. La ingravidez. La ascensión. Las nubes. Los párpados abajo. El frío. ¿Una recámara? El clóset. La rubia desnuda. El colchón contra su espalda. Una mano en su pecho. Otra en su cara. En sus muñecas. Más y más rubias desde el clóset. Suma de carne. El gemir. Más que manos en todo su cuerpo. La risa insecta. El placer muta. Los ojos cerrados. Las súplicas. Más risas. La gravidez. En su vientre. La calle vacía. Los ojos abiertos. La sangre. Las horas. La gente a su alrededor. El hospital. Las enfermeras. Las agujas. Lo que crece en su cuerpo. No en su vientre. Los días. Las noches. Un cambio de turno. En el azogue una rubia. Su reflejo. La calle vacía. El rayo de luz. Su risa. Las risas...

miércoles, 13 de agosto de 2008

Títeres sin hilos - Ricardo Giorno


El títere sin hilos se detuvo en la habitación que el alimento indirecto presumía sagrada y se frotó las manos detrás del cortinado, satisfecho de su papel.
Ungido por la necesidad divina, preparó con cuidado sus próximas palabras, y se detuvo con placer en cada giro, cada inflexión, que su fe en Aquel le dictaba.
Satisfecho, hizo entrada elegante y subió al púlpito con la aprendida concentración que caracteriza a los de su comunidad.
—La paz sea con vosotros —dijo.
—Y con tu espíritu —contestaron los alimentos indirectos.
Imité los movimientos del alimento de al lado, y traté de seguir las canciones. Pronto me di cuenta que no había sido detectado. Pulse INVESTIGAR, me metí el registrador en el bolsillo, y aguardé.
Recién cuando el títere levantó los dos palos cruzados, noté la vibración del aparato. La tarea había concluido. Pero debía seguir manteniendo las apariencias. Comí la galleta desabrida que repartieron, y me dediqué a la contemplación de los aspectos divinos del evento.
A la salida, y para seguir con la misión, crucé la calle y entré al bar. Luego de una grappa y un grisín de anís, entré al baño.
Deje el registrador en el lugar señalado y salí caminando con aire indiferente.
Antes de subir al deslizador, me permití pensar que los títeres sin hilos son sólo eso, a pesar de nacieron humanos. Miré a mi alrededor: la gente pasaba sin levantar la vista, con los ojos clavados en el piso. ¿Sabían que eran alimento? No, no lo sabían porque lo que está en juego no es la carne sino otra cosa, más sutil, más... espiritual. Di gracias por haber entrado en la resistencia y a los científicos que hacen posible esta lucha. El cerco se está cerrando sobre los que comandan a los títeres.

La Teoría del Caos aplicada a la Literatura - Ramón San Miguel Coca


En aquel país escribir con libertad estaba prohibido. Entonces, un escritor compuso una hermosa historia sobre la libertad, un texto breve y sutil que recordaba al aleteo de una mariposa.
Aunque su publicación desde la clandestinidad empezó pasando desapercibida, su difusión originó poco a poco que las nubes de la disidencia aparecieran, amenazantes, en el horizonte de aquella sociedad tan cerrada, estricta y fundamentalista. Los vientos de la libertad soplaron sobre el país, creciendo, convirtiéndose en ciclónicos. Muchos disidentes fueron encarcelados pero eran como gotas de lluvia. Se desató una fuerte tormenta política. Cayó el Gobierno. El huracán de la guerra civil se abatió sobre aquella tierra, feroz, brutal. Los fuertes truenos de las armas sonaban, y a la luz de sus relámpagos, la anarquía y la muerte se enseñorearon del país.
Un rayo de aquella tempestad de violencia golpeó al escritor, pues fue ejecutado sin piedad.
Pero, como ocurre, después de la tempestad llegó la calma. Esta vez ya no fue la calma gris y acerada de la opresión y la prohibición, sino la de los miles de muertos. Pero al menos había salido el sol de la libertad.

martes, 12 de agosto de 2008

Hambrienta - Iván Olmedo


No sabían lo que hacían, sus amigas, cuando la llevaron por primera vez a comer a un chino. Ella, que los evitara siempre, con cierta aprensión ignorante. Así, un sábado que no tenía nada de especial, le cambiaron la vida. Fue un shock, la primera prueba. La segunda, un éxtasis. Todo estaba tan bueno en los chinos… Desde entonces, no necesitaba excusas ni invitaciones para regalarse a sí misma una comida. Como este viernes, uno cualquiera, impaciente por la espera, con la carta entre las manos, contemplando las fotografías de los manjares. El chino se acercó a ella, sumamente amable y, al recoger el pedido, se inclinó un poco hacia delante, por costumbre. “Una buena elección, señola”, y se alejó. Mientras ella, ansiosa, se enjuagaba la boca y se lavaba los dedos en los cuencos de cristal ad hoc, notó cómo su entrepierna se mojaba un poco. Ya traían el primer plato. Allí llegaba, musculoso y sonriente.