martes, 19 de octubre de 2010

Servicios sociales - Serafín Gimeno


Subí al autobús como cada mañana, pagué el billete y me senté pegado a una cristalera lateral. Cuando el vehículo se puso en marcha, observé el desfile de degradación urbana que sufría esa parte de la ciudad, el lugar donde vivía. Parcelas invadidas por la mala hierba, edificios ruinosos cuyos cascotes se detenían en el borde de las aceras; como si se tratara del oleaje de un océano de descomposición urbana. Escombros, ruinas, basura amontonada por todas partes, algún coche carbonizado, transformado en metal informe, en arrecife de aristas afiladas en el que encontraban refugio criaturas furtivas pertenecientes al fondo abisal en el que habitábamos.
El autobús se detuvo en una parada. Subieron dos jóvenes, un chico y una chica. El transporte arrancó. Los recién llegados se acercaron a mí. El chico me tendió una jeringuilla envasada en una bolsa plástica.
—Somos de los servicios sociales del ayuntamiento, ofrecemos este donativo entre los usuarios para evitar el contagio de enfermedades —dijo.
Me impactó el eufemismo utilizado: “usuarios” en lugar de “yonkis”. Cogía aquel autobús cada mañana para acudir al trabajo. Era una persona normal; al menos, así me consideraba. Tenía una mujer, un par de hijos, un televisor y una hipoteca. Pero vivir en la parte más degradada de la ciudad, te impregnaba de su misma decrepitud. No supe si reír o llorar.


Acerca del autor:
Serafín Gimeno

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