domingo, 28 de febrero de 2010

Hombre domingo - Griselda Frini


Ella está en la fábrica, con el uniforme color gris humo de ciudad; cansada, fastidiada. Cada treinta segundos mira el enorme reloj, vigilante fiel de quién trabaja y quién no.
La tarea de la costura en serie es fácil. Sólo se complica cuando las telas son muy finas y el carretel se enreda en el gastado porta ovillo inferior, el hilo se llena de grasa, aparecen una manchitas negras y en la futura prenda queda la impronta, similar a un papel troquelado.
Por ahí, algún supervisor gordo y desarreglado lo advierte y enseguida descuenta unos pesos al día trabajado; al grito de “la multinacional no quiere ropa de segunda…” Pero luego se va y la deja en paz hasta que termine la jornada.
Ya es la hora. En punto. Terminó. Se va a casa.
Anda unas cuantas calles abajo atravesando tinieblas y fríos de madrugada, sin más que un viejo abrigo heredado y una bufanda que poco cubre. La bicicleta recita una melodía monótona. Cruza un semáforo en rojo. Pasa frente al viejo museo que alguna vez fuera escenario de algún paseo familiar. Atraviesa el Hospital Ferroviario, que vio nacer sus hijos. Alguien se aproxima y ella cruza hacia la otra vereda. “Por la dudas”, piensa. Un par de cuadras más y, finalmente, llega.
Su casa. Allí puede tomar un café bien cargado y caliente, leer unas páginas de la novela que la atrapó hace unos días; y, luego, el merecido descanso reparador. Eso sería lo ideal. Pero debe ver con que se encuentra hoy.
Sentado frente a la mesa, mirando los goles del último clásico se encuentra su esposo. Fiel representante del hombre domingo promedio. Amanece cuando el sol brilla en su máxima expresión, tira unos trozos de carne al asador, toma mucho vino tinto y después, fútbol; condimento indispensable de un buen macho que se precie de tal. Para ver el partido debe salir de casa, ir a un bar, socializar, apostar y compartir más vino tinto. Cuando el día está por terminar, vuelve y se sienta frente al televisor para ver cómo la pelota pasa entre los jugadores y termina en el fondo de la red, por enésima vez.
Ella llega de trabajar. Cruza un frío beso por los labios de él y un impávido saludo matrimonial. Él quiere un poco más y la aferra de las manos, la sienta en su falda y le habla de lo linda que está, de lo bien que le sienta haber adelgazado… y más palabras huecas con olor a alcohol. Sus secas manos van mezclándose con la ropa que a ella le cubre el pecho, uno a uno los botones van saliendo se sus ojales hasta que queda expuesta la cadenita negra con el símbolo del infinito, y el corpiño de algodón, del mismo color. La yema de sus dedos intenta acariciar un poco más. Ella mira para otro lado y huye de sus pensamientos.
El desprecio a un beso de él en su cuello fue el detonante.
Él se enoja, enfurece, teje mil historias de terceros, que la fábrica, que la calle, que la casa. Todos son escenarios posibles para una relación extra.
Ella sólo atina a escuchar, ponerse de pie y cubrirse el pecho con ambas manos, como si se sostuviera el corazón.
Y viene lo de siempre, gritos que poco expresan, golpes de puño sobre una mesa marcada por los años, lo adornos de la humilde repisa de madera que caen, vidrios rotos y amenazas a cambio del nombre del otro, del que complacería a su mujer, del que no existe.
Ella, con una calma extraordinaria habla, intenta convencerlo, disuadirlo de una actitud equivocada; pero no, los ruidos del desorden continúan rebotando por las paredes…Como última carta, como si fuera lo peor que haría en su vida, toma el teléfono y finge marcar el número de la policía (cosa que jamás haría de verdad; la vergüenza, el temor a futuras represalias. No tendría sentido)
Él sabe que no lo hará. Está seguro y conoce perfectamente que ella no será capaz de hacerlo… entonces, a modo de desafío extremo disca y denuncia “violencia familiar” en la calle Pasco al 500.
En instantes, un sigiloso y lento patrullero sin sirena, refleja por las ventanas sus colores característicos. La puerta está abierta y un oficial pide permiso para entrar.
El esposo comienza con un monólogo poco convincente, el uniformado no deja de mirar a su alrededor, examina si se encuentra herida.
Ella con el corazón desgarrado, una vez más, con la impotencia de quien pierde los últimos vestigios de dignidad, con la bronca acumulada de un dios antediluviano, baja la cabeza y derrama lágrimas en silencio.
Él es retirado hacia el móvil y llevado a la comisaría, sólo para dialogar con ella y explicarle los pasos a seguir. Exposición. Denuncia. Juzgado. Asistente social. Abogado. Psicólogo. Terapia matrimonial.
No. Es demasiado para ella. No quiere nada de eso. Quiere imaginar que llegó a su casa, tomó el café bien cargado y caliente, leyó un pedacito de la novela que la atrapó y descansó.
Pero abre los ojos y la escenografía la trae a la realidad de un soplo. No puede soñar, no puede pensar, no puede reaccionar. Si tan sólo hubiera aceptado ese beso en el cuello. Y tal vez un poco más. Ella se cree culpable.
El policía sigue hablando cosas, para ella, sin sentido. Recita un manual aprendido en tres meses. Pero se da cuenta que ella no lo escucha, sabe que sólo quiere apagar el televisor que sigue enumerando formaciones de delanteros y defensores que jugaron durante la jornada, juntar los vidrios que están por el piso, ordenar la casa y cerrar la puerta como si nada hubiera pasado.
El policía cambia de estrategia. Se acerca. La abraza. Le levanta el rostro, penetra en sus ojos y la besa en la boca. Ella rompe en llanto.
Ella es vulnerable, y el guardián del orden aprovechó y se ofreció como fiel servidor.

3 comentarios:

Daniel Frini dijo...

Me gusta mucho, hermanita

luisa videla dijo...

terriblemente desgarrador , atrapa el relato , bien escrito, una sola critica el final es previsible, espero otros escritos

roy verdun dijo...

muy bueno flaca te pasaste