lunes, 30 de julio de 2012

Futbolista postrero – José Luis Velarde


De tantas muertes atestiguadas en mi vida creí encontrarme listo para afrontar mi propio deceso el día menos pensado. Dije repetidas veces que morir sería la última de mis acciones. Por supuesto que esa frase no es de mi autoría, pero de tanto repetirla comencé a sentirme menos frágil. Al poco tiempo añadí a mi repertorio: “Primero muerto que morir”. Otro dicho anónimo que me iba bien, aunque el transcurrir de los años comenzaba a incomodarme con achaques de todo tipo. Al cumplir los cincuenta y seis mis rodillas comenzaron a crujir; parecían recordar mis años inmerso en el fútbol de potrero con la disciplina de un iluso condenado a no pisar jamás un escenario profesional. Por esas fechas abandoné la liga de veteranos sin anunciarlo a los amigos y también comenzaron a incomodarme las fotografías. Abominé de todos los que intentaron retratarme con algún artefacto digital. Las dietas eran asunto condenado al fracaso y el aislamiento se volvió casi definitivo.
Más aún cuando tomé mis ahorros y me fui a una ciudad situada en la orilla de una montaña.
La familia crece sola y olvida con mayor rapidez de lo que uno puede percibir.
Yo agradezco la distancia que nos aparta y puedo dedicar mis días a mejorar mis condiciones físicas.
Espero poder enfrentar a la muerte con un albur de tintes románticos.
La convenceré de ir hasta una portería del llano de Tamatán, para tirarle un penalti donde se decida mi futuro.
Espero engañarla con una finta de inmortalidad postrera.
Ojalá acuda antes de ser consumido por el evidente deterioro de mi cuerpo.


Sobre el autor:
José Luis Velarde

Inversiones - Ana Caliyuri


Invirtió más de una década en leer poesía amorosa, debía conquistar el mundo femenino. Especialmente a la vecina del piso quinto.
La fortuna estuvo de su lado. Una noche se cruzaron en el ascensor y él aprovechó la oportunidad para decirle:
—Buenas noches. Linda noche…
La muchacha lo miró con desgano. Le respondió con voz indiferente.
—Ah, sí. Linda…
Él, absolutamente embriagado de fantasías prosiguió diciéndole:
—“¿Te enternece el azul de una noche tranquila?”
—No, loco… yo curto otra onda respondió ella con un dejo de fastidio.
Él no pensaba renunciar a la oportunidad de seducir a la pelirroja y continuó su plan.
—“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar” respondió con voz cautivante.
Ella no veía el momento de descender de ese maldito ascensor. Miraba los números de cada piso y el tiempo parecía estirarse como chicle. No obstante ello, le respondió.
¿Sabés que pasa, loco?, tenés que estar muy pirado para andar por donde no conocés…
El tiempo pareció detenerse y el silencio se apoderó del espacio.
Ya un tanto desahuciado, el hombre se dijo a sí mismo, ahora o nunca y lanzó su caballito de batalla al ruedo:
—“ Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.”
La muchacha miró de reojo el tablero de los números y supo que en instantes el ascensor se detendría en la planta baja y podría salvarse de semejante tipo pesado. Pero antes de que eso sucediese alcanzó a decirle:
—No sabía de dónde diablos te conocía. ¡Vos sos el que iba al taller literario de acá a la vuelta!
El hombre estupefacto solo atinó a decir:
—Ehhh… sí, fui un par de meses.
—Ah bueno, flaco, yo también fui porque todos van en este edificio y ¿sabes qué? Para que ustedes entiendan hay que hablarles en el mismo idioma… “No digas nada, no preguntes nada. Cuando quieras hablar, quédate mudo”. Esta es de Francisco Luis Bernárdez.
El ascensor abrió sus puertas y ella, visiblemente divertida, se perdió rumbo a la calle.


Acerca de la autora:
Ana Caliyuri

La fabricación de navajas en tierras de los gigantes - Daniel Frini


Entre los gigantes, se considera a las navajas fabricadas por la gente de la Marca de Oriente como la suprema expresión del arte de la forja de aceros. Una navaja oriental tiene la tenacidad óptima para resistir impactos sin sufrir fracturas, la elasticidad necesaria para tolerar deformaciones sin quebrarse y la dureza suficiente para romper el pecho del carnero como si fuese pergamino o la cota del enemigo como si fuese seda.
Estas navajas se conservan como valiosa heredad entre las casas nobles, cada una con su nombre propio e historia, transmitida de padres a hijos. Algunas, incluso, han adquirido un hálito legendario y son veneradas como sagradas.
La antiquísima técnica de fabricación, conservada en secreto bajo sentencia de muerte inmediata, es orgullo de los expertos acereros, que son tenidos en la más alta consideración.
El Maestro reúne en el crisol al azafrán de Marte y al mejor carbón de madera de roble del norte; y deja a los aprendices la tatrea de atizar, durante días, el fuego que calienta la mezcla. En los momentos justos, el maestro incorpora la tierra de alumbre, el corindón y el ácido boracino que quitan impurezas e igualan la preparación. Agrega, también, las cantidades exactas de plomo rojo y piedra de duendes que le darán al acero la característica dureza; el régulo de nickel, que le confiere tenacidad; el ácido de molybdos, la piedra de rutilo y la alabandina que le otorgan resistencia; el olivino, que le brinda elasticidad; y el erythronium y el cardenillo, que lo hacen resistente a los aires malos y al agua. Cumplidos los tiempos, se hacen los lingotes que más tarde van a la forja.
En la fragua, los aprendices disponen el metal bien arropado en Piedra Negra y accionan los fuelles que soplan el aire vital hasta lograr que el tocho tome el color rojo cereza que indica la temperatura justa para el trabajo en el yunque. El martillo estira y obra la forma buscada; y en sucesivas caldas, se trabaja el acero plegándolo sobre sí mismo innumerables veces. Los golpes endurecen aún más el metal y los plieges logran capas muy finas que, luego, permitirán un filo insuperable.
Después, las muelas pulen el aspecto basto de la forja y la lima logra los detalles de la hoja.
Más tarde, llega el momento clave: el temple; del que sólo se encarga el Maestro, como sacerdote de en un ritual religioso. A muy temprana hora lleva el acero por última vez a la fragua hasta que adquiere un color azul violáceo, toma la espiga de la hoja con sus guantes de diez capas de cuero, y lo introduce, muy lentamente, por el hombro derecho del humano seleccionado, hasta que la punta de la hoja asoma en la zona del ano. El humano está atado en cruz a un armazón de madera y durante la noche anterior le han obligado a beber agua del infierno para mantenerlo lúcido, quitarle el alivio del desmayo y hacer que no se ahorre ninguna etapa del tormento. El acero esquiva los órganos vitales; y la temperatura de la hoja cauteriza, a medias, las heridas internas. Al final de la mañana habrá perdido la voz de puros gritos, llamando a una muerte que aún tardará uno o dos días en llegar.
Cuando el humano expira, el acero se enfría y el olor a carne quemada abandona le herrería, el Maestro quita la hoja a la que la sangre le habrá dado su característico color acero morado.
Después, los aprendices montan la cruz, el puño de madera de palisandro y remachan el pomo en la espiga, lustran la pieza con aceites y ceras. Finalmente, el Maestro estampa su sello al pie de la cruz. Esta marca incluye, al menos, dos símbolos: el ideograma de la Acería, que es la firma del artista y define a cada pieza como única, y las dos líneas paralelas y oblicuas que indican que esa navaja ya ha probado carne humana.

Acerca del autor.

sábado, 28 de julio de 2012

Émulo – Sergio Gaut vel Hartman


Gaudensio Trapelli era un tipo grosero, ordinario, chabacano, tosco y también un poco lerdo, por lo que lo divertían aquellas cosas que al común de los seres humanos molesta o incomoda. Debido a eso, cuando descubrió la existencia de Joseph Pujol no dudó en hacerlo su ídolo y puso todo su empeño en emularlo.
La policía irrumpió en la casa de Gaudensio cuando este daba cuenta de su quinto plato de porotos pallares del día.
—¡Si yo no hice nada! —se defendió cuando le dijeron que lo llevarían detenido.
—Le ha dicho a medio mundo, sin guardarse nada —replicó el inspector Mazzagorda—, que usted es pedófilo.
—Lo soy, y a mucha honra.
—¿Pedófilo?
—Sí. ¿Qué tiene de malo? El gran artista catalán se presentaba en los teatros haciendo su número.
—¿De qué habla? —gruñó el inspector.
El teniente Sampirilo, que estaba estudiando acupuntura vietnamita y era, largamente, el más letrado de la comisión policial, tomó al inspector de un brazo.
—El sospechoso arguye que sigue los pasos del gran petómano catalán Joseph Pujol.
—En catalán, sí —dijo Gaudencio, orgulloso—. Petómano es en catalán, en castellano es pedófilo.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Rosa de los vientos - Fernando Andrés Puga


Bastará una ambigua palabra dicha al descuido para ponerme a la defensiva. Yo que era brisa fresca de verano, contendré la respiración dispuesta a todo en cuanto desconfíe.
Acércate con cuidado. Tendrás que caminar con pies de plomo sobre este terreno pantanoso y si descubro malicia en tu intención, largaré el suspiro retenido y desataré un huracán incontenible.
No siempre fui la misma. Cuando aún mi cuerpo no había abierto las ventanas, flotaba entre las hojas iluminando el día. Todo cambió cuando la ráfaga filosa de aquel deseo ladino se atrevió a levantarme la falda. ¡Vaya si cambié! De repente fui un tornado feroz arrancando de cuajo las palmeras de esas ansias salvajes.
Será mejor no decir nada. Que hablen los cuerpos. Deslízate subrepticiamente sobre mi geografía y búscame la rosa de los vientos hasta encontrar el sur de mis sentidos. Si oprimes el botón que abre el cofre secreto, te acompañaré a la cumbre inexpugnable donde habita ese dios que da la vida con el hálito que fluye de su boca.
Aire en movimiento que dispersa las sombras y nos hará bailar entreverados.

Acerca del autor:
Fernando Puga

jueves, 26 de julio de 2012

Discurso por la presidencia - Claudio G. del Castillo


Ciudadanos: Encaminar el proyecto Esperanza demandó ingentes esfuerzos. Eso hay que reconocerlo. Sus precursores enfrentaron incomprensiones de la burocracia, maliciosos recortes de presupuesto y, por ende, una escasez lamentable de personal. Pero debía hacerse: era cuestión de vida o muerte.
Demos atrás al calendario y recordemos que todo comenzó cuando un militante de Greenpeace algo cabreado vistió su escafandra, salió de la Cúpula de Supervivencia y plantó una solitaria postura de eucalipto  en el Megabasurero Norte.  Alguien lo vio y se le sumó. Así, poco a poco, el empeño alcanzó nivel planetario.
Han transcurrido largos siglos desde aquel día glorioso mas, como ustedes mismos pueden apreciar, la magna tarea ha dado sus frutos: la atmósfera se ha suavizado, la temperatura se estabiliza, las primeras cucarachas asoman  ya sus antenas…  Es incuestionable que la cosa marcha. Y por eso hoy recabo vuestro voto.
Les prometo… Es más, les juro, sí, les juro que  durante mi mandato daré el empujón decisivo a la terraformación de la Tierra.
Muchas gracias.
(APLAUSOS).

Acerca del autor:
Claudio G. del Castillo

Evitando males mayores – Sergio Gaut vel Hartman


La paradoja de Schrödinger es la consecuencia de un experimento con un gato guardado en una caja concebido en 1935 por el físico Erwin Schrödinger. Fue ideado para especular sobre un aspecto esencial de la mecánica cuántica: la acción del observador sobre lo observado. Según la interpretación de Copenhague, construida principalmente por Niels Bohr, Max Born y Werner Heisenberg, en el momento en que abramos la caja la mera observación modificará el estado del sistema de tal modo que veremos, aleatoriamente, un gato vivo o un gato muerto. Este colapso de la función de onda en la mecánica cuántica indica que el sistema se encuentra afectado por una superposición de estados potenciales hasta que interviene el observador. Del mismo modo, es inevitable que este texto que usted lee en este momento contenga una serie determinada de palabras porque, justamente, lo está leyendo, y seguramente otra si no lo lee. Y es gracias a que usted lo está leyendo que el sistema que denominamos “universo” no colapsa en este mismo momento.

Acerca del autor:

Margarita o el poder de la farmacopea - Adolfo Bioy Casares


No recuerdo por qué mi hijo me reprochó en cierta ocasión:
—A vos todo te sale bien.
El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:
—No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.
—El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho —contestaba.
—Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.
—No el triunfo —me interrumpía— sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.
A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de culpas examiné retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de química y en un laboratorio de productos farmacéuticos. Mis triunfos, si los hubo, son quizá auténticos, pero no espectaculares. En lo que podría llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas fórmulas mías originaron bálsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto país y que según afirman por ahí alivian a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relación entre el específico y la enfermedad me parece bastante misteriosa. Sin embargo, cuando entreví la fórmula de mi tónico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empecé a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, óiganme bien, como lo atestiguan las páginas de "Caras y Caretas", la gente consumía infinidad de tónicos y reconstituyentes, hasta que un día llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado está a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano recurre el mundo hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.
Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida, juiciosa, parecía una estampa del siglo XIX, la típica niña que según una tradición o superstición está destinada a reunirse muy temprano con los ángeles.
Mi nunca negada habilidad de cocinero de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcionó rápidamente e inventé el tónico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi diría inquietante. Con determinación y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la mañana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espectáculo que no olvidaré así nomás. En el centro de la mesa estaba sentada la niña, con una medialuna en cada mano. Creí notar en sus mejillas de muñeca rubia una coloración demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, todavía con vida, encontró fuerzas para pronunciar sus últimas palabras.
—Margarita no tiene la culpa.
Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.

Acerca del autor:
Adolfo Bioy Casares

martes, 24 de julio de 2012

Controversia sinológica – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¿Y quién es ese chino? —dijo don Incoloro Ñandufuz señalando a un rollizo mocetón de tupida barba blanca que aparecía en la foto de la cena celebrada en el restó Q’etonto para celebrar el retiro del fútbol del gran centrodelantero Crespo Villa.
—¿Ese? —replicó Ekinoxio Thorsiros—. Ese es Efem Efremovich Efremov, imposible que sea chino; los chinos son lampiños. —Así como lo ven, Ekinoxio era sinólogo.
—Se equivoca, mi amigo —insistió don Incoloro—. ¿Los chinos lampiños? ¡No me haga reír! El profesor Yantze Huang-Ho, compañero mío en la Universidad de Venado Tuerto, descubrió que los chinos de la Manchuria superior, también llamados manchegos amarillos o borgeanos, poseían luengas barbas, tan extensas como sus uñas de usted, con las que solían tañir complicados instrumentos musicales como el tahir, de seis cuerdas y media enroscadas alrededor de dodecágonos alabeados. Para lograr el sonido soñado ataban la barba al bastidor y, debido a su longitud, torsión y contorsiones, lograban tocar dos cuerdas por vez, sacando sonidos parecidos a los que hace el caftán de un rabino de Odessa cuando se quema en alcohol destilado de la pasta de unos frijoles saltarines manchados que los jasidim importan de México desde el siglo VIII a. C., en la época de la dispersión de las tribus israelitas.
—De un modo u otro —se exasperó Ekinoxio—; ese de la foto es un bashkirio de pura cepa, y no me va a venir a enseñar nada sobre los chinos que yo no sepa. Cuando encuentre un chino con barba, tráigamelo.
—¿Así nomás?
—Tráigamelo así nomás, que se lo compro al peso.
—¿Cuánto paga?
—Chinos con dentadura completa, seis con doce el kilo vivo. Chinos sin dientes, siete con ochenta y dos.
—¿Por qué son más caros los desdentados?
—Porque les tengo que masticar la comida.
—Ah, de acuerdo —dijo Incoloro se rascó la barbilla y volvió a mirar la foto. Estaba pensando de dónde iba a sacar a los chinos, cuando Ekinoxio cambió de idea.
—Bueno —dijo—; tráigame dos, pero que juntos no pesen más de cien kilos.


Acerca de los autores:
Sergio Gaut vel Hartman

El disoluto - Serafín Gimeno


—Vuelve pasadas las oraciones de los matines, sin respetar el rezo ni la meditación que le sigue —aseveró escandalizada sor Andrea.
—Y su aliento huele a vino —aseguró sor Beatriz.
—Y sus ropas a perfume de mujer —remachó sor Gertrudis.
—A mujer de vida licenciosa —puntualizó sor Teresa.
—No se preocupen, esto lo arreglo yo —tranquilizó a las congregadas sor María, la madre superiora.
En el convento se oyeron las risas y los pasos de un hombre.
—Ahí viene —advirtió sor Ángela —. Hoy regresa temprano.
Con un siseo de atuendos negros y blancos, el corro se fragmentó. Las monjas se encerraron en sus celdas o fingieron dirigirse hacia sus ocupaciones. Sor María se arremangó las mangas de la orden, la de las Carmelitas Descalzas, y se encomendó a la tarea. Se escucharon sonidos metálicos, una serie de golpes bien atinados.
—Ya está, de ahí no vuelve a bajar —anunció la madre superiora—. Con el tiempo, los orificios de las manos han ganado en holgura y los clavos ya no sujetan. Le he clavado unos cuantos en los antebrazos.
—Pero esos clavos de más contradicen el Nuevo Testamento. La crucifixión que tuvo lugar en el Gólgota contempló la perforación de pies y manos, en el libro no se menciona el hecho de que fuera ensartada ninguna otra parte corporal.
—Hermana, poco a poco la Iglesia debe incorporar algunos cambios en la nterpretación del dogma. Aunque sólo sea en el número y situación de los clavos de Cristo.

Acerca del autor:

Gato encerrado - Fernando Andrés Puga


Se desliza con la suavidad estudiada de una artista del sexo. Ella se despliega entre las sábanas, envuelve con la lengua mis pezones erectos, refriega la piel humedecida de su pubis sobre la parte baja de mi vientre que a punto está de vaciarse en ella.
—¡Pará, pará!— grito en voz baja y la obligo a hacer silencio. Se oye la cerradura de la puerta de calle.
—¡Salí! ¡Dale, apurate! Metete en el ropero.
Y así desnuda como está la empujo al interior. A los apurones junto la ropa que desparramó por todo el cuarto y también la tiro adentro. Me zambullo en la cama y apago la luz.
A tiempo. Marisa entra y se nota que trata de no hacer ruido. Bien. Cree que duermo. Ahora seguro que se acuesta a mi lado.
¡Uy, no! Parece que quiere guardar la ropa antes de meterse en la cama. Está corriendo el cierre de la valija…
—Hola, querida – digo, entreabriendo los ojos. Tengo que impedir que llegue al ropero.
—¡Ay! ¿Te desperté? Perdoname, yo no quería…
—No importa. ¿Por qué no venís a la cama y me contás cómo te fue?
—Sí, ya voy. Esperá que cuelgue el vestido nuevo que compré. No quiero que se arrugue.
Y sin más trámite estira la mano para agarrar el picaporte.
—¡Noooo! – grito, saltando de la cama.
—¿Qué pasa? ¿Vos no tendrás algo escondido en el ropero, no?
—¡No, no… para nada! Es que quiero que vengas a la cama de una vez.
—Mmmm… no sé. A mí me parece que acá hay gato encerrado.
De un tirón abre la puerta del ropero y un hermoso felino doméstico salta desde lo oscuro. Es atigrado y se eriza por la sorpresa. Maúlla lastimosamente desde atrás de la puerta.
—¡Mirá vos! ¿Así que te conseguiste la mascota que tanto querías?- dice socarrona, sacudiendo la cabeza y con los brazos en jarra.
—Perdoname, mi amor. Vos sabés las ganas que yo tenía de tener una. ¿No te enojás?— suplico con mi mejor cara.
¡Qué alivio! Parece resignada. Ya veré más tarde cómo hago para deshacerme de esa ropa tan insinuante que quedó hecha en un ovillo en el fondo del ropero.

Fernando Andrés Puga

La tía Gertrudis le pidió prestada una taza de azúcar a la vecina del sexto “A”, que tomaba sol en su balcón, en topless - Daniel Frini


Tocó a la puerta que, apenas segundos después, se abrió de golpe. Imagino la escena. Ella, solterona por decisión propia, mujer de misa diaria a las seis de la mañana, novenas por la tardecita y dos rosarios rezados durante el día; luto riguroso, medias hasta la rodilla y zapatos negros abotinados, cara lavada y pelo entrecano atado en un rodete; parada frente a la puerta sosteniendo la taza con ambas manos y, recortada en el marco, despampanante, la vecina de la que nunca supe el nombre pero a la que llamábamos La Potra: cuerpo extraordinario, envidia de los editores de Hustler, un metro ochenta, cabello rubio a lo Farah Fawcett, tanga roja y tetas así de grandes, libres de cualquier yugo.
Fue un choque de culturas. Marco Polo ante el Gran Kublai. Cortés ante Moctezuma. Nunca supimos qué hablaron durante ese encuentro; pero, a partir de allí, la tía abandonó la iglesia. Yo le conté doce amantes hasta que murió, hace poco. Solía pasar las noches acodada en la barra del Copenhague, donde la conocían como Gerty.
Unos meses atrás Tuve noticias de La Potra. Es pastora de un culto evangélico en un cine de Constitución, devenido en templo cristiano. Le va bien. Oficia los servicios en topless.

Acerca del autor:

Buen gusto – Carlos Enrique Saldívar


La conocí en una discoteca gay. Siempre había sentido curiosidad por asistir a uno de aquellos antros. Sabía que no tendría ningún interés sexual en mí, no obstante era hermosa y su imponente presencia me provocaba. Me hallaba apoyado sobre la barra, tomando un gin tonic; ella, acomodada a mi costado, no dejaba de mirarme el tatuaje que tenía en el antebrazo izquierdo. Me habló con una voz seductora y, a la vez, siniestra.
—He buscado mucho tiempo a alguien que tenga tu marca. Los 666 no son comunes. ¿Es de nacimiento? —Bebió un poco de su pisco sour.
—No. Es un tatuaje, me lo pusieron mis padres el día que nací.
—Qué padres tan excéntricos. ¿Cómo es posible que alguien tatúe a un recién nacido.
—Una vieja costumbre de su pueblo. Colocar la fecha y hora de nacimiento en el cuerpo. Para mí no fue doloroso.
—¡Salud por eso! Me llamo Lila.
—Yo me llamo Levián. —Vi un hermoso tatuaje azul en el hombro de ella. Una figura animal, una loba, en definitiva; lo deduje por los rasgos. Transcurrió una hora, bailamos, bebimos un poco más. Aclaramos que ambos estábamos solos (yo nunca me desplazo con gente), los amigos de ella ya se habían retirado, aburridos. También quedó en claro que mi acompañante era bisexual y yo, heterosexual, lo cual me brindaba la esperanza de tener una noche deliciosa. Platicamos sobre nosotros, algunas cosas banales. Yo notaba que Lila quería decirme algo importante, aunque no se animaba. Finalmente, cuando nos hallábamos sentados en una mesa, me perturbó con sus palabras:
—666 es la marca del diablo, ¿sabías?
—No soy católico.
—No tiene que ver con que seas católico, simplemente podrías resultar ser un demonio disfrazado que pretende beber mi sangre y devorarme en honor a su Amo. —Me reí a carcajadas. Ella permaneció seria.
—En tu bonito hombro tienes un estupendo tatuaje de loba, ¿debo pensar por ello que eres una mujer licántropo?
—Harías bien en hacerlo porque sí, lo soy.
—Pues yo no soy ningún diablo. —Me levanté de la silla y procedí a retirarme. Ella estaba pasándose de la raya y yo no pretendía seguirle el juego. Salí por la puerta equivocada, deduje, puesto que la calle estaba silenciosa. Seguí adelante, pasé a una callejuela desolada, un poco de niebla me envolvió.
Noté que me seguía.
Volteé a mirarla. Su espeso cabello negro, su piel blanca, su vestido azul oscuro, su figura perfecta, sus piernas largas y firmes, todo aquello me excitó. No soporté más y me acerqué, la rodeé con mis brazos y la besé, introduciendo mi lengua.
Ella sintió el mismo deseo que yo. Comenzó a aullar y a gruñir.
Entonces se transformó.

Un pordiosero me vio salir a la avenida para tomar un taxi. No diría nada. Pude confirmarlo al ver sus trastornados ojos. Me puse la gorra y cubrí mi cabeza, las dos marcas de hueso blanco eran notorias, aún de noche. Nunca en mi vida había probado ese tipo de carne. Era deliciosa, debía regresar pronto a esa discoteca por más. En seis días iré a la disco de la Calle Roja de Lima. Me comentaron que ahí suelen ir vampiresas, su sangre es dulce como la miel, de calidad. No como la carne humana, que es la peor del mundo.

Lima, mayo de 2011

Acerca del autor:
Carlos Enrique Saldivar

domingo, 22 de julio de 2012

Esto pasa ahora en la mitología griega - Daniel Frini


La Paradoja de Zenón, enuncia que Aquiles, el de los pies ligeros, el más hábil guerrero aqueo, matador de Héctor, compite en una carrera contra la tortuga. Siendo mucho más rápido que ella, le da una gran ventaja inicial. Luego de largar, Aquiles recorre la distancia que los separaba inicialmente en poco tiempo, pero al llegar allí descubre que la tortuga ya no está; sino que, lentamente, ha avanzado un pequeño trecho. Sigue corriendo sin desanimarse, pero al llegar de nuevo donde estaba la tortuga, esta ha avanzado un poco más. Zenón pronostica que Aquiles no ganará la carrera, ya que la tortuga estará siempre por delante de él.
Desconocedor de este augurio, el mirmidón no ceja en su empeño. Así puede vérselos a él y a la tortuga, en lo que los arqueólogos supusieron era una estatua, encontrada el mes pasado en Larissa, en el centro de Tessalia. Estudios tomográficos y de rayos equis han demostrado que, efectivamente, son ellos. Inmóviles, en una carrera iniciada hace más de tres mil años, que durará por siempre. A la fecha de hoy, Aquiles está unos diez centímetros atrás. Por el tamaño de su vejiga, se sabe que tiene unas ganas extraordinarias de orinar. Se conoce, también, que el muy tozudo tiene perdida esta carrera de antemano, si no se aviva de la existencia del cálculo infinitesimal.


Acerca del autor:
Daniel Frini

K en La Mancha — Lilian Elphick


K, Don Quijote y Sancho Panza frente a los molinos de viento.
Don Quijote: — ¡Ataque!
K: — ¿Yo?
Don Quijote: — ¿No vino aquí a desfacer agravios?
K: —Vine a La Mancha porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Hermann Kafka.
Sancho: — Ése caballero vive más al norte, señor K, donde hay ríos llenos de truchas y bosques encantados.
Don Quijote: —Vamos a buscarlo y nos olvidamos de estos gigantes de brazos largos.
K: — Pero, yo vengo del norte y él no está allí.
Sancho: — Seguramente es otro norte el que usted buscó.
Don Quijote: — Tiene razón el escudero: hay muchos nortes. ¡Andando!
K: — Yo tengo una brújula y el norte es siempre el mismo. Mire.
Don Quijote y Sancho: — ¡Válgame Dios!
Don Quijote: —Usted es nigromante, K, y no nos había dicho nada.
K: — Soy escritor igual que su amo.
Sancho: —Mi amo no tiene amo, ¿o sí?
Don Quijote: —El único escritor soy yo, ¿acaso sois ciegos?
K: — Usted es un personaje creado por Don Miguel de Cervantes y Saavedra.
Don Quijote: —Ha perdido el norte irremediablemente, K. Deme el aparato y finiquitamos el asunto. Usted se va por aquí y nosotros, por allá. ¿Le parece?
K entrega la brújula a Don Quijote.
K: — Ya no la necesito. Llegué al territorio de mis sueños y no me di cuenta. Ahora, debo ir al sur.
Sancho: — Si desea podemos acompañarlo, ¿no es cierto, mi señor?
Don Quijote: —Con la condición de que me llame “escritor” y no “personaje”.
Sancho: —Y que cuando diga “¡Ataque!”, usted ataca sin más ni más.
K: —Muy bien, señores, haré lo que piden. Dicen que en el sur hay volcanes activos y unos seres barbados que escriben historias mínimas que me encantaría leer. Ahí puede estar mi padre.

A Juan Armando Epple y Pedro Guillermo Jara
Del libro inédito “K”.

Acerca de la autora:
Lilian Elphick

Manual menudo para merendar merengues – Héctor Ranea


En las poblaciones de gran número de especímenes humanos, circula en secreto el MMPMM (manual menudo para merendar merengues) también denominado 2MPM2. Se trata de un instructivo de mano para saber cómo se pueden ingerir merengues sin sufrir alguna consecuencia de éstas, a saber: uno) los merengues pegotean ciertos merjunjes en los dedos, que se enchastran fácilmente y dos) al tomarlos, aun con suavidad inusitada, los merengues se parten, de desmigajan, caen al suelo y, uno por uno, c) pegotean toda otra superficie de contacto.
Estos inconvenientes se conocen desde la época más antigua. Ya los egipcios, en el Libro de los Muertos hacen referencia a algo similar al merengue, con idénticas propiedades, aunque es lícito pensar que hay autores que exageran un poco. Y el merengue se resiste, claro. Aunque tierno, sabroso, melancólico, tristón y oprimido, el merengue atraviesa las edades. Pero eso no obsta para que digamos que, en verdad, no se puede publicar el MMPMM porque en este momento carecemos de un ejemplar dado que circulan. Circulan por el éter, por el chisme gastronómico circulan. Pero no nos llegó el de hoy. ¿Cómo se merendarán merengues sin manual menudo? Mientras tanto, ¡quiero avistar ballenas en el zoo militar! Eggman Walrus, parlamentario patafísico.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

viernes, 20 de julio de 2012

Dirán, con temor, nuestro nombre en los fogones - Daniel Frini


Drop me miró, y supe lo que pensaba. Desde niños nos entendimos con la mirada. La bella Targ estaba bañándose en el arroyo que está a dos tiros de piedra de los Árboles donde pernocta el clan. Estaba hermosa con sus brazos peludos y sus pechos caídos. La ataqué con una piedra. La llevamos hasta el Gran Árbol Viejo. Mientras esperamos que despertase, se desató una tormenta. Como es tabú tocar mujer dormida, nos refugiamos bajo La Piedra. Un rayo tremendo impactó directamente en la cabeza de Targ. Así inventamos la picana. Generaciones venideras resolverán como hacerla portátil o regular la intensidad del voltaje. Menudencias.
Después atacamos a Zrup, hijo de Fluj. Lo empujé y una vez en el suelo, Drop puso las manos en su cuello. Zrup dijo:
—¿Uhgg pllu kkhhugg?
—¿Que dijo, Grog? —me preguntó Drop, que no entiende el lenguaje del clan de La Caverna.
—¿Qué hacen, muchachos? —traduje.
—¡Ghh kkugghh sshgguhh! —dijo Zrup
—¿Y ahora qué dice? —me interrogó Drop
—Nada. Ahora se está ahogando porque le apretás el cuello —contesté.
Entonces, Zrup se marchó junto al Gran Espíritu.
Luego matamos a Ull, la de cabellos amarillos; al viejo Grp, a la bruja Jjgh y a Zop, domador del Gran Tigre; a Yog, a Xtog, a la gorda Hgg, al pelado Dyp, a Xorg, a Kxarg y al rengo Dpog. Todo eso en un sol y una luna; y por diversión.
Seremos recordados.
Los primeros asesinos seriales de esta incipiente humanidad.

Acerca del autor:

Ejemplo práctico acerca del sentido del humor de los robots o porqué la Inteligencia Artificial presenta fallas que, al momento, son insuperables - Daniel Frini


—…y se tomó el último trago de aceite para máquinas de coser! ―remató Robot Uno A, usando tres microsegundos de su tiempo diario disponible para comunicaciones privadas entre robots, no monitorizadas por autoridad alguna.
—¡Haaak, hak,hak! ―se rió Robot Dos A
—¡Heeek, hek, hek! ―se rió Robot Tres A
—No entendí ―transmitió Robot Uno B.
―El aceite de máquinas de coser hace colapsar los circuitos neuronales subalternos de ustedes, los B —explicó Uno A.
—¡Ah! ¡Hoook, hok, hok! ―rió, ahora, Uno B.
—¡Yo sé otro! ¡yo sé otro! ―transmitió, exultante, Dos A―Resulta que un modelo B sube a un andamio de veinte metros. Lo ve un albañil humano y le recrimina diciéndole «¡Cacharro inservible! ¡Ustedes no están autorizados! ¡Vuele de aquí inmediatamente!» El B da media vuelta, salta y ¡cae!
—¡Hiiiiiiiik, hik,hik! ―se rió Robot Uno A.
—¡Heeeeek, hek, hek! ―se rió Robot Tres A.
—No entendí ―dijo Robot Uno B.
―Los B, como vos, no reconocen órdenes no específicas ―aclaró Dos A.
—¡Ah! ¡Entendí! ¡Hooook, hok, hok! ―rió Uno B.
—Un Zeta va a una terminal ZIP ―transmitió Tres A—, y pregunta «Disculpe, señorita, ¿me podría indicar qué conexión corresponde para una motherboard HUAC-Ocho?»
—¡Hiiiiiiiik, hik,hik! ―se rió Robot Uno A.
—¡Haaaaaak, hak, hak! ―se rió Robot Dos A
—No entendí ―dijo Robot Uno B.
—¡Ufa! ―se enojó Robot Tres A —¡No se puede estar explicando cada cuento! ¡Ves porqué a los B todo el mundo los trata como si fuesen multiprocesadoras de la era pre-cyber!
—No entendí ―insistió el B.
―¡Las HUAC-Ocho no requieren conexión física de ningún tipo, salame!
—¡Ah! ¡Hooook, hok, hok! ―rió Uno B.
―¡Ah, hok, hok! ¡Ah, hok, hok! ¿Es lo único que sabés transmitir? Ya estoy mufado. No cuento más cuentos —se encaprichó Uno A.
―Yo sé otro —transmitió un Alfa-A-Uno de última generación que, desde más de cinco mil metros, captó las transmisiones entre los A y el B―. Un humano pequeño le pregunta a su madre: «Mamá ¿porqué papá es pelirrojo, vos rubia y yo salí negro y de pelo enrulado?» La madre le contesta «Hijo, con el tremendo lío que hubo en esa orgía tenés suerte de no ladrar». ¡Huuuk, huk, huk! ―terminó, riéndose.
—No entendí ―transmitió Robot Uno B.
—No entendí ―transmitió Robot Uno A.
—No entendí ―transmitió Robot Dos A.
—No entendí ―transmitió Robot Tres A.
—Yo tampoco ―transmitió el Alfa–A-Uno―. Sin embargo, los humanos que activaron mis circuitos neuronales se reían mucho…

Acerca del autor:

La viajera inestable — Ada Inés Lerner


El satélite transbordador nos dejó en una ciudad desconocida para mí, me encontraba sentada en la vereda tomando un café, tenía a pesar de su escasa población, un teatro de conciertos de música clásica, cuidador de los edificios antiguos y el diseño de los parques públicos era un deleite para los visitantes. Me sorprendía no haberla conocido antes. Un par de hoteles pequeños y moteles ofrecían a turistas y viajantes una buena taza de café, mesas para sentarse a discutir, jugar a las cartas, mirar a las empleadas, señoras y señores recorrer las vidrieras y para el viajero ocasional que quiere conocer dónde vivir historias fascinantes, que sabe que tiene una cita amorosa que acabará por cumplir.
Cuando me desperté aquella mañana vi que estaba sola en la cama. Mi compañero se había ido. Así, sin más. Me dejó una pequeña esquela:
“Querida amiga: me voy, aprovecharé la nave del Correos del Espacio. Te deseo lo mejor. Julio”
No puedo decir que me tomó desprevenida, algo me decía que nuestro amor eterno iba a ser breve. ¿volvería? Debo reconocer que no me sorprendió. Había sido una experiencia pasional agradable mientras duró.
La ciudad, si podía llamársela así, todavía estaba envuelta en la sosegada y silenciosa luz de la mañana. En la lejanía los cerros se elevaban recortando el cielo contra las lunas en órbita.
Recordé que aquella noche me fui a casa con Vicente. Y pensé en todo lo que en aquella ocasión me contó mi amigo. Y el tono cariñoso de una advertencia. volvió a sonar en mi cabeza. Sospeché que Vicente esperaba mantener una prolongada relación amorosa conmigo y por eso trataba de decepcionarme de otros pretendientes.
Alguna tarde después del amor escuchábamos música, no hablaba mucho de si mismo y sus ojos parecían contemplarme con curiosidad. Yo prefería conversar con hombres maduros, de buena situación y reputación. Un tiempo después me enamoré de un piloto, Julio.
Creo que Vicente sospechaba que el día que yo amara a otro seria el último de mi vida. Y creo que él imaginó los peligros y la locura a los que una fuerte pasión puede precipitar a la más sensata de las mujeres. Y yo no soy la más sensata, precisamente.
El día que Julio se fue de mi vida Vicente se presentó sin anunciarse. Miró, como si fuera la primera vez la habitación pequeña, el extenso ventanal, los muebles bien conservados y el sillón rojo oscuro de coloridos almohadones y me arrastró hasta sentarme junto a él. Sonaron las campanas llamando a misa y supo que nadie vendría por un rato largo. Le escuché complaciente y recibí sus demostraciones de afecto, de amor, con mayor emoción de la que hubiera esperado, me pareció que lo que yo sentía era la embriaguez del deseo y el convencimiento de haber entrado en una época quimérica. Vicente era todo lo que una señorita de buenas costumbres merecía. Y mientras paseábamos un día feriado, atravesando jardines con el cielo de primavera comenzó a dejarme ver el futuro que soñaba conmigo en Venus, con un empleo estable y una familia.
De ahí en adelante se produjeron algunos extraños sucesos, que en cualquier
caso quedaron sin explicación. Así, un día, a la hora de cenar me encontró en la Plaza del Sol en compañía de un elegante caballero. Vicente se detuvo, pero yo lo saludé con frialdad y continué caminando con aquel desconocido. Subimos a una pequeña nave de cabotaje y nos marchamos. Aparecí cuando estaban dando las doce de la noche con un ramo de flores silvestres en la mano y le conté que había estado en la casa de campo de mi amigo y que me había dormido sobre una pradera.
Cuando lo llamó su jefe para encargarle una misión peligroso alrededor del sol, sintió espanto -- así me lo dijo -- pero había hecho el juramento de cumplir con todas las misiones que el Correo de Venus le encomendara, a eso debía su buen pasar y su posición social. Desesperado y urgente clamaba su anhelo de que formalizáramos nuestra relación, que ya había alcanzado una intimidad y pasión que yo no podía negar, según él.
Yo sentía que todas las posibilidades seguían abiertas y me daba lo mismo pensar en lazos estables o inestables. La posibilidad de trasladarnos a Venus y establecernos no cambiaba mi sentido de la vida. La mañana que nos embarcamos Vicente dijo que me sintió extraña, lejana. Las noches de pasión fueron las de siempre, a veces como un torrente liberado, otras apacibles. Vicente se ausentó en un par de ocasiones por algo más de una semana porque los viajes en el sendero de Mercurio eran peligrosos y volvía agotado por la tensión nerviosa. En su primer viaje aproveché para ir al Valle de la Luna Verde donde una amiga y su hermano Jon cultivaban varias colonias ictícolas. Jon era un amante perfecto, poco estable en sus afectos. No era problema para mí, yo sabía que Vicente pronto volvería a saciar mi sed.
Uno de los siguientes viajes de Vicente se presentó como algo peligroso, debían acercarse más al sol y no estaban seguros que el flanco deflector funcionaría. Esta vez Vicente estaba nervioso, él y su compañero sabían que la temperatura subiría y no era una buena perspectiva de modo que debían controlar los desecadores. Si el aire no es seco duraremos poco, me dijo.
----Querido, ¡es peligroso!
Y en tales momentos Vicente dudó si me encontraría al volver, pero no dijo nada.
Era demasiado orgulloso y creo que él tenía la sensación que desde el primer día nada había cambiado, que yo era libre. Antes de éste próximo viaje sentí por un instante que le pasó la idea de despedirse de mí. Lo que nos separaría podía ser un accidente, un antojo, otro hombre, resultaba del todo indiferente. Pensé que tal vez fuera bueno que lo inevitable hubiera llegado tan pronto.
Sí, pensé despedirme de él.

Acerca de la autora:
Ada Inés Lerner

miércoles, 18 de julio de 2012

Los dos reyes y los dos laberintos - Jorge Luis Borges


Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso." Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

Acerca del autor:
Jorge Luis Borges

Y nada más - Maru Alzugaray


En cuanto al tiempo, ella recuerda que había sol y nada más. No puede acordarse de si hacía frío o calor. Recuerda el sol, los juegos con los más pequeños, sus propias carcajadas surgidas únicamente para alejar “eso” que la hacía sentir mal y triste y desesperada. Sobre todo esto último, porque nada podía hacer ella para evitar lo que sabía que estaba por suceder.
Nadie le había dicho nada, pero el silencio de los mayores o las charlas espaciadas y los extraños movimientos que realizaban a escondidas ya se lo habían advertido.
Todos fingían y ella también.
Había aprendido los códigos, había descubierto cómo descifrar el sentido oculto de las palabras, había puesto voces que gritaban la verdad cuando las bocas estaban cosidas por inimaginables motivos.
Aunque era pequeñita, se había tomado la molestia de hacerlo casi sin proponérselo, porque de alguna forma tenía que sobrevivir. Y atragantarse era una manera de hacerlo.
La risa compulsiva se transformaba en algo bueno y malo al mismo tiempo. Era como un arma que tenía el poder de conjurar “eso” que la amenazaba, y también (ella no lo ignoraba) el de retardar lo inevitable.
Era maravilloso que se fuera el dolor por unos segundos, no llorar, no gritar, no sentir la herida.
Sólo puede verse a sí misma en dos momentos: cuando reía y después. No sabe tampoco cuánto tiempo pasó. Sólo que avanzó y avanzó.
El después aparece más claro y más preciso en sus recuerdos.
Iba con ella, con la otra que era como ella, a la que trataba de parecerse para no perderla, para no perderse. La otra la llevaba de la mano. Atravesaban en silencio ese pequeño camino que las dos sabían hacia dónde conducía. Sin embargo, pensaba, un milagro puede suceder, algo podré hacer, no de nuevo, no otra vez ese dolor en la herida, por favor.
Y el después llegó. Rápido, contundente, con la fuerza irracional que desconoce los sentimientos. Con la puntualidad exacta de la destrucción.
¿La otra soltó su mano? ¿Alguien les separó las manos? ¿O ambas desgracias coincidieron?
No importa. Ya estaba hecho. La otra se iba sin ella, o llevándose casi todo de ella, y ella se quedaba retenida por otras manos…y vacía.
Recuerda su llanto inacabable, su desconsuelo perpetuo, sus gritos que desgarraban aún más su herida, pidiéndole a la otra que volviera con ella y por ella; sus brazos extendidos, sus manos que trataban de alcanzar lo imposible y sus ojos que buscaban retener la imagen de la otra que partía y la partía a ella…y nada más.

Acerca de la autora:
Maru Alzugaray

Instrucciones para llorar - Julio Cortázar


Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.


Acerca del autor:
Julio Cortázar

A gusto – Ana Caliyuri


Es una ridícula ecuación, lo sé. Me dieron a elegir las cantidades de vidas de acuerdo a la tabla animalesca, o sea con ésta ya me gasté dos muertes. Parece que cuanto más muero más renazco, obviamente no es literal, pero sí al pie de la letra… de alguna fantasiosa letra. Me remonté al futuro, no es cuestión de ser carpe diem o “vive el momento” tan fácilmente. Sin demasiado preámbulo, cosa que agradecí, llegué en medio de rituales a un yermo vacuo. Ahí también hay cajitas categorizables para cada uno. No supieron bien en qué cajita estelar colocarme. La encargada de la constelación azulada me dijo: repeated baby. Uhhh Dio santo, empezamos mal. Allá abajo no aprendí inglés y acá tampoco aprenderé. Después de todo ¿que es esto de poner fronteras en el cosmos? Un cierto olor a pescado putrefacto pareció que inundaba la constelación. Me deslicé, a duras penas entre los recovecos de lo posible y aparecí en otra constelación y otra y otra. Creo que conté 88 o más, ya exhausta y congelada me trituré en cientos de miles de partículas. Los más terrenales dicen que fue morte súbita, jaj, ellos porque no dimensionan la travesía interestelar que debí realizar para morir a gusto.

La autora:
Ana Caliyuri

lunes, 16 de julio de 2012

Veneno nuclear – Héctor Ranea


El Profesor Pablo Linden había inventado el veneno nuclear, una medicina que era el verdadero curalotodo. Tenía la propiedad de, una vez inyectada en el enfermo, detectaba el núcleo del ADN del virus, bacteria o célula cancerosa y lo destruía, uno por uno, a razón de varios millones de ellas por segundo. Fantástico y veloz, podría haberse usado para vaciar literalmente los pabellones de desahuciados en todo el mundo. Tan así era esa panacea que cuando anunció la presentación pública, aplicada a un individuo, varias redes de información en el mundo se pelearon para tener acceso exclusivo a la nota, cosa que el Dr. Linden aceptó.
Pero alguien puso una trampa en el enfermo. Se podría decir que era un arma cargada por el diablo, ya que no tenía una enfermedad cualquiera sino que cien legiones de demonios se habían apoderado del desgraciado y, si bien la historia clínica declaraba que era un diabético con variadas putrefacciones internas, con visiones místicas debidas, probablemente, a la pelagra que lo acosaba por la mala alimentación, la verdad que subyacía era otra.
Justo antes de que el Dr. Linden procediera a explicar el funcionamiento del veneno nuclear, las cámaras mostraban a este caquéctico personaje gesticulando y gritando algo inconcebible. Quería, decía, morir empalado porque era un pecador. Echaba espuma por la boca y se relamía cuando las enfermeras pasaban a su lado.
El Dr. Linden explicaba que mucho del éxito de su veneno residía en que era posible, para las moléculas que lo componían, recolectar información sobre el paciente que fuera no sólo genérica sino específica, personal, íntima. De esa forma usaba los deseos más recónditos del paciente para lograr efectos de sanación. Lo que no sabía el pobre era que estos deseos del paciente jugarían a favor del infierno desatado en su interior y no por su salud.
No bien inyectó al personaje poseído, éste pareció curarse. De hecho, las marcas visibles de gangrena, los síntomas de la pelagra y otros cánceres que padecía el pobre hombre, desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos ante la mirada desconcertada de cientos de especialistas y millones de personas en todo el mundo. Pero pronto aparecieron los deseos del pobre diablo de jugarle una mala pasada y llegó el golpe de gracia para el veneno nuclear del Dr. Linden. De pronto se vio cómo se construía en el interior del paciente algo que parecía ser un árbol. De hecho, el pobre diablo murió empalado por dentro, tal como era su deseo.
No se sabe dónde fueron a parar los diablos contenidos en él pero, por la espuma que echaba por la boca el Dr. Linden,  la comunidad médica ha pasado a aceptar ciertas hipótesis acerca de la posesión satánica que antes hubieran sido descabelladas.


Acerca del autor:
Héctor Ranea

Nadie tiene la justa – Ana Caliyuri


Nadie tiene la justa, ni el hierro templado de un guerrero, ni la mano sedosa del hada, ni la aurora de un viejo sabio, ni la voz más desvastada. Ni ésta, mi voz de mar, ni la lluvia prosaica entre mis letras desacostumbrada,ni el aroma a manantial nacido de la raíz del alma. Ni siquiera el bullicio que siembra notas de encanto y deviene en sueño casi mágico. Sentí el viento romper castillos en la mente, y tampoco él tuvo la justa al momento de traer claridades. Tampoco el carpe diem tiene la justa al momento de emigrar cual golondrina de todos los tiempos en todos los aires. Ni las arcas repletas de envanecidos tienen la justa acerca de la faz más o menos heroica, más o menos teólogica, más o menos humana. Después de todo, no hay retórica ni dialéctica magistral que inclime la balanza, pues desde siempre el ovillo devana sus hilos alrededor del eje de lo que más amamos.

Acerca de la autora:
Ana Caliyuri

Instrucciones para subir una escalera - Julio Cortázar


Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Acerca del autor:
Julio Cortázar

Problema con los zombies – Odeen Rocha & Sergio Gaut vel Hartman


—Lázaro —dijo Odín mirando de reojo a Zeus que se removía en su silla— siempre ha estado orgulloso de su legado como Primer Representante Vitalicio del Pueblo Zombie.
—Pero nosotros impugnamos y repudiamos esa investidura —replicó el rabí Ezrah Ben Zión—. Ningún circunciso tiene permiso del Creador, cuyo nombre me está vedado, para regresar después de muerto.
—¿Puedo hablar? —dijo Lázaro.
—No es tu turno —amonestó Zaratustra. Lázaro se encogió de hombros y contempló a un demudado Viracocha que se arreglaba las uñas con la cola de un grifo importado de Orleans. Se sentía sapo de otro pozo, entre todos aquellos académicos.
—Ustedes se niegan a aceptar los hechos —insistió Odín—. Se es zombie de facto, no por derecho.
—Nosotros impugnamos y repudiamos la existencia misma de los zombies —dijo  Ezrah Ben Zión volviendo a la carga.
—¡Ustedes son una rémora! —exclamó Thor, exaltado. Hermes movió la cabeza, adhiriendo a la posición de su colega boreal.
—¿Puedo hablar ahora? —dijo Lázaro.
—¡No! —bramaron varios, a coro.
—El Creador —dijo el rabí con voz calma y templada—, cuyo nombre me está vedado pronunciar, llegará de un momento a otro y pondrá en orden este mamarracho.
—¿Cada cosa que ustedes no controlan es un mamarracho? —Zaratustra sepultó dos ciudades bajo una marea de cenizas. Estaba más que furioso.
—Puedo aportar algo importante —dijo Lázaro.
—¡Silencio! —dijo una oscura deidad de la selva amazónica cuyo nombre sonaba como la masticación de los escarabajos cuando preparan su bola de estiércol.
—¡Silencio! —repitió una voz maciza haciendo reverberar los universos—. Lázaro: ¿te dijo mi hijo que debías permanecer en la Tierra? —Todos buscaron el origen de la voz, pero no pudieron distinguir nada.
—No me dijo que debía abandonarla —respondió Lázaro—. Y los zombies me nombraron Primer Representante Vitalicio. No me pareció educado desairarlos.
—Estamos en problemas —dijo la voz, tal vez la Voz.
Todos se rascaron la cabeza; tenían caspa, sin excepción.
—¿A qué departamento pertenecen los zombies? —dijo un dios menor a quien ninguno de los otros conocía. El desconcierto aumentó: ¿quién había creado a los zombies?
—Mañana les contesto —dijo inesperadamente el Escritor, apareciendo en medio de la sala como un holograma—. No recuerdo con exactitud, pero si los creé a todos ustedes debo haberlos creado también a ellos.

Odeen Rocha & Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 14 de julio de 2012

La desconocida – Javier López, José Luis Velarde & Ana Caliyuri


Puedo asegurar que es hermosa. No necesito conocer todas sus facciones para afirmarlo. La belleza de un rostro femenino se cimenta en un mentón armónico y una fascinadora sonrisa, aunque el resto quede oculto detrás de una máscara veneciana.
Y eso conocí de Marie, de la que únicamente sé su nombre porque lo pronunció, a modo de despedida, cuando sus dedos se escurrían entre los míos mientras se giraba para alejarse. Salió del salón y no volvimos a vernos. Segundos antes nuestras manos estaban entrelazadas. Bailábamos el “Trifoilen waltz” de los Strauss, y sé que fue amor lo que ambos sentimos durante esa pieza.
Por eso estoy dispuesto a buscarla por todos los países de los que había invitados esa noche en la Embajada. Pero sé que no va a ser fácil. Entre las que asistieron con ese nombre —la información me la proporcionó confidencialmente el embajador—, había una mujer ítaloamericana, otra francesa, y una tercera procedente de las colonias. Eso significaba que podía ser de cualquiera de los lugares del sistema solar asentados por humanos desde finales del siglo XXI.
El embajador no tenía más referencias y eso no era el mayor problema. Ideático como soy de pronto supuse la posibilidad de un nombre falso. Quizá Marie sintió raudales de amor por mí mientras valsábamos por la sala ajedrezada. No me atrevería a dudarlo. Lo extraño sería descubrir mujeres de sonrisas resplandecientes sin compromisos previos. Marie, de uso tan común, podía ser el nombre de cualquiera una vez entendido como complemento de una máscara. ¿Y si la máscara ocultaba tenebrosas cicatrices? ¿Marie sobreviviente de una guerra, un aterrizaje forzoso o un incendio en la cocina?
De inmediato quise retirar las acometidas de mis conjeturas. Sabía que estimularlas podía conducirme a consecuencias peores que las representadas por seguir mis instintos. A fin de cuentas no me representa mayores problemas viajar. Siendo comerciante libre y propietario de un yate espacial da lo mismo ir a Titán que a los mundos de Andrómeda. Indagaría sin mostrar demasiado interés en un rostro construido a partir de un mentón perfecto y una sonrisa tan reluciente como la porcelana finísima que la enmarcaba.
El embajador me ofreció una copa de champaña venusina y brindé por Marie un tanto meditabundo. Hice grandes esfuerzos por recordar su voz. Lo cierto es que un ligero temblor se apoderó de mi. ¡Su voz! No recordé haber escuchado con claridad la voz de Marie; sin embargo, tuvimos una completa forma de comunicación. Las palabras no fueron parte de nuestro concierto de almas. Abstraído en este pensamiento no reparé en mi derredor, hasta que sentí que alguien tironéo de mi chaqueta, al tiempo que una blonda mujer decía:
—Señor Verissimo, el embajador lo espera en su despacho. En quince minutisimos, luego que culmine las ejercitaciones diarias de comunicación esencial.
Sinceramente, todos pensaban que Monsieur Franoit había perdido un tornillo o mejor dicho, estaba en franco retroceso de sus capacidades lógicas. Yo no tenía nada para perder, por lo cual, asentí con la cabeza y me dirigí hacia el pasillo que comunicaba con el despacho. La puerta estaba entreabierta. No pude permanecer indiferente, y literalmente me dispuse a espiar. Pude ver como Monsier Franoit daba vuelta los ojos hasta convertirlos en dos bolillas de color blanco, luego absurdamente sonreía a la mismísima nada, pero siempre de cara al ventanal donde se colaba el sol. Pasado tal trance, hizo sonar sus dedos cual castañuelas y con voz alzada dijo:
—Señor Veríssimo, ya he terminado. Puede usted pasar.
Un tanto avergonzado por el descubrimiento de mi vulgar intromisión, carraspié a modos de borrar el instante y entré.
Antes de que pudiese yo decir nada, él apresuró sus palabras.
—Tengo la solución para hallar a Marie, Señor Veríssimo.
Una fuerte conmoción sacudió mi cuerpo, el corazón quiso salir de su sitio, lo domé a duras penas. Sin dudas, se leía en mi rostro los sentimientos que me embargaron. Sobre todo Amor e ilusión.Todo pareció luminarse, hasta yo mismo creí ver una cola de luz que escapaba de mi boca. Monsieur Franoit se alzó de su silla color púrpura y prosiguió diciendo.
—Tengo en mi poder la lista de invitados que asistieron a la Embajada la noche en que usted conoció a Marie. Daremos una nueva oprtunidad a las agujas del incipiente amor que usted dice que se profesan. Ya he ordenado todo al respecto. Se han cursado las invitaciones para la nueva gala ajedrecistica en la Embajada. Será dentro de 4320 minutillos. Está usted formalmente invitado Señor Verissimo. Y si su Marie asiste sabrá usted distinguirla entre miles. Déjese llevar por el sonar esencial.
Debo deciros, que a esta altura de los hechos, yo me sentía mareado. Todo giraba, incluídos mis pensamientos. Salí de allí a tientas, como pude. En el primer peldaño de la escalinata de la embajada, regurgité. ¿El Amor provoca todo esto?, me dije a mi mismo un tanto asustado. Conté cada minutillo al son de mi corazón. Usé la cábala del amor: me vestí con la misma chaqueta y el mismo pantalón que aquella noche. Espero que ella haga lo mismo. Aún recuerdo la sonrisa cautivadora que parecía espejarse en su vestido azul francia.
El momento indicado había llegado. Desesperadamente hurgué en cada mirada, en cada sonrisa femenina que había asistido a la fiesta. Ninguna mujer se parecía a Marie. Tuve deseos de abandonar el lugar y emborracharme con aire puro. Pero ello hubiese significado setecientos mil quinientos cincuenta y tres minutillos menos de vida para la estación espacial Spectrum. Desistí de ello. Recordé a Monsier Franoit. El sonar esencial. ¡El sonar esencial! Sisisisí, yes, ouiiii. Corrí hacia el Claxon sideral bidcret, de mis labios pareció brotar un pentagrama rojo. Mi mente concentró su poder en recordar los acordes de “Trifoilen waltz” de los Strauss. Algo sobrenatural se delineó frente a mi. Sentí los dedos deslizarse entre mis dedos. Un acorde similar a una voz que decía: mon amour. Marie estaba allí. Somos un indivisible arpegio minimalista…disfraz de nuestro prohibido Amor.

Acerca de los autores
Ana Caliyuri
Javier López
José Luis Velarde

Continuidad de los parques - Julio Cortázar


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Acerca del autor:
Julio Cortázar

El escondite - Flor Marina Yánez


Teresa mira de reojo, una vez más, la taza tirada en el piso. Está rota. La taza de cerámica china, o ¿tailandesa? la rompió ella. No miró, nunca mira, pasa corriendo siempre, como una tromba, eso dice la tía y tiene razón. No es como Julita o como Armandito, que son menores pero más compuestos. Por qué los llevaron a vivir con la abuela. Por qué sólo ella se quedó allí. Espanta los pensamientos con un estornudo y trata de concentrarse en una salida. Empuja los ojos lejos de los destrozos y observa alrededor buscando algún resquicio para esconder la falta, mientras piensa en una excusa válida que haga más ligero el previsible castigo. Tal vez si sale al patio y la entierra en los platanales. O la mete en el horno viejo, el que no se abre hace años, porque huele a ratón muerto. Tiene que apurarse, los niños vienen de visita y les encanta armar cuentos a conveniencia; cuentos incompletos como los pedazos que se esmera en contar uno, dos, tres, cuatro, falta ese trozo de asa, dónde está.
De todos modos se darían cuenta. ¿Quién se atrevería a pegar una taza de cerámica china esperando que los demás no lo noten?
Agarra un pedacito y se entristece de pronto. Quizás un chino en algún lugar de China diseñó esa taza y luego otro chino la hizo y quizá no le pagaron bien a ese chino que tiene una familia como la de ella, pobre, pero más pobre; una familia que no puede permitirse tener tazas, ni siquiera chinas. Porque hay en el mundo gente más pobre que ellos, según la abuela, aunque la tía no crea que son pobres. A la tía le gustan sus tazas finas, sus pañuelos de seda y sus lámparas de cristal de bacarat.
Ahora la taza está rota, la favorita, ella la rompió y vuelve a mirar alrededor sin ubicar un túnel de escape. ¡Qué difícil puede resultar esconder una simple taza rota! Tal vez eso pasó con sus padres, rompieron algo tan grande y tan difícil de ocultar que tuvieron que esconderse ellos y la dejaron sola para encargarse de este desorden, para tratar de pegar los pedazos de una familia que es como esa taza para la que no encuentra escondite. Quizás ellos encontraron el túnel. Habrá que comenzar a excavar.

Acerca de la autora:
Flor Marina Yánez

Información básica para huéspedes – Xavier Blanco


Querido visitante: Es nuestra obligación revelarte algunas historias sobre el bosque; indicarte que tal vez auscultes ecos melodiosos; incluso es posible que te susurren las margaritas. Escucharás cuentos fantásticos, leyendas sobre apariciones. Otearás nubes de unicornios alados que sobrevuelan fantasías. Algunas noches se percibe el canto de una sirena. Nada debe preocuparte. Podrás engalanarte con el traje nuevo del Emperador; conversar con Caperucita cogiendo moras en un recodo del camino. Dicen que por ahí vaga el espectro de la bruja y el alma de Campanilla. Algunas tardes Hansel y Gretel regalan golosinas al final del sendero. En otoño llueven palomitas y pompas de jabón. Los más afortunados cuentan exaltados que reconocieron a Alicia corriendo detrás del conejo, y a la cigarra, amenizando una procesión de hormigas. Explican que la liebre venció a la tortuga y que la Bella durmiente sigue adormecida bajo la espesura. Si interrogas a un roble, te expresará que Pulgarcito abandonó a sus hermanos, que el lobo se merendó a las siete cabritillas, y que los enanitos delataron a Blancanieves. Piérdete por el bosque como lo hacen los sueños en primavera. No preguntes. Aquí las cosas siempre pueden ser diferentes, de otra manera. Feliz estancia.

 © Xavier Blanco 2012.
Tomado del blog Caleidoscopio

Acerca del autor: 
Xavier Blanco

viernes, 13 de julio de 2012

La Franja - Claudio Biondino


Shon-Atán había soportado sólo doce inviernos, pero esta vez tendría que luchar junto a los mayores. Todo varón capaz de portar un arma debía defender la Franja. Los enemigos eran demasiados, y no se limitarían a robar provisiones; ya no había suficientes para todas las bandas. Recostado contra la Torre Central, el joven escuchaba la arenga de Kappo:
—No van a esperar que salga el sol. Ahora nomás vamos a ver quiénes tienen más aguante, si los de Franja Afuera o Franja Adentro. ¡Quiénes son más machos, mierda!
El grito grupal no se hizo esperar: —¡Franja Adentro se la banca, carajo!
Shon aferró el palo con clavos que le habían dado, y el terror lo dominó. Miraba la oscuridad, Franja Afuera. Apenas entreveía los escombros del territorio enemigo. Sabía que eran iguales a los escombros y chatarras de su propio lado de la Franja, pero nunca había caminado entre ellos. Sintió una mano en el hombro; su abuelo quería confortarlo. Aferrado a Shon, el anciano contemplaba la Torre, pensativo.
—Es un obelisco —dijo, recitando una de sus historias incomprensibles—. Así le decían en la época de mi abuela. Y por la Franja, que era la más ancha del mundo, la gente tenía que viajar en las chatarras, porque no existían los carros ni los caballos.
Pero Shon no lo escuchaba: sólo tenía oídos para los bombos y las canciones del enemigo, que ya entonaba su murga de la guerra.

Acerca del autor:
Claudio Biondino

Fracasador - Sergio Gaut vel Hartman


El día que Francisco Cazón cumplió sesenta años hizo balance de su vida y llegó a una triste conclusión: había fracasado. No se recibió de médico, ingeniero o administrador de consorcios; tampoco logró ser barrendero o fumigador. Su vida sentimental había sido un desastre y aun cuando llegó a casarse con Almita, fracasó en la noche de bodas y en todas las noches que siguieron. Tampoco tuvieron hijos, claro, y no se animó a recurrir a la adopción, fecundación asistida o clonación, ya que estaba seguro de que todo habría salido mal. Como lógica consecuencia, no se atrevió a plantar el árbol y mucho menos a escribir el libro. Así se escurrió la vida entre los dedos de Francisco Cazón, de fiasco en fiasco. ¿Qué quedaba por hacer? Sólo una cosa, y en esa no fracasaría: Francisco Cazón decidió morir por propia mano para tener éxito en alguna empresa, aunque no pudiera quedarse para ver el resultado. Pensó largo y tendido y descartó todos los métodos: podía errar el disparo, romperse la cuerda, el tren frenar a tiempo... Así que eligió un sistema infalible: se sentó en una silla frente a la ventana y esperó a que la falta de alimento hiciera su trabajo. Supo, con absoluta certeza, que esta vez no fracasaría.
Pero fracasó. Al cumplir ciento veinte años, Francisco Cazón reflexionó acerca de qué significaba pasarse sesenta años sentado en una silla y no morir. ¿Podía ser considerado un fracaso? No, ya que había logrado un relativo éxito en una dirección impensada: era inmortal, o por lo menos muy longevo. No había comido nada en sesenta años; había estado todo el tiempo sentado, mirando por la ventana. Era inexplicable, pero no se atrevió a moverse por temor a que cualquier acción lo hiciera fracasar. Así que siguió sentado, sonrió y, por primera vez en su vida, el éxito, o algo bastante parecido, circuló por sus arterias.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

jueves, 12 de julio de 2012

Vapor en las calles durante la noche, sirenas sin dolor - Héctor Ranea


—¡Oyeme, hermano! —me dijo un anciano de color, en el muelle de la Calle 24, casi en la Bahía de Gravesend.
No le di lugar al pedido. A esa hora no hablaba con nadie. Hubiera querido ser un fantasma. Me encantaba caminar por New York de noche, pero a esos que quieren pegársete en cualquier instancia y a toda costa, no los aguanto. Días atrás, un petimetre de Manhatann Sur, blanco él, bien rosadito y angosajón, había creído, en ese bar de Tribecca tan atildado, que mi forma de deambular escondía un supuesto temor a confesarme gay y me persiguió por la mitad de la Greenwich hasta que en la esquina de Worth lo dejé durmiendo de un golpe. Eso no fue bueno para él, especialmente porque era noviembre y murió, supe después, de frío. Que se joda. No se molesta a nadie por querer ser un fantasma neoyorquino.
Pude dejar atrás a ese viejo y me adentré en el Village, otra vez, como si quisiera encontrar ahí algo que me faltaba para ser el fantasma que quería ser y, como solía suceder, entre el vapor de las alcantarillas, el ajetreo insensible de las ambulancias y los coches de policía, caí de nuevo en la esquina de Thompson y Bleeke. Precisamente, esa noche cantaba Nina Simone. No me dejaron entrar; logré colármeles por la entrada de servicio, donde nadie miraba a nadie, tratando de poner todo ese caos en forma de piscolabis ordenados. En el apuro, sólo atiné a quitar un vaso vacío y usado y me metí en el bar. Una vez allí, el barman, al verme con la copa vacía me ofreció llenármela. Le pedí un Old Fashioned, lo cual le sorprendió un poco, pero al poco rato me trajo uno rebosante en su copa límpida, recién pulida.
A Nina apenas se la veía, sentada en una silla baja, cubierta de periodistas y amigos, que celebraban el acontecimiento y, cuando yo la pude ver, supe por qué había elegido este destino de fantasma.
Si hubiera sido uno más en el metro, yendo y viniendo de la Columbia al Empire y viceversa, nunca hubiera podido conocerla y ella tampoco a mí. Como en las malas películas, nos vimos cara a cara a través del arco que el brazo de uno de sus productores dejaba al meterse las manos en los bolsillos. Era lindo ver cómo ella podía tomar de una copa igual a todos los blancos y se la veía contenta, feliz de estar en este bar, en ese momento, mientras pensaba sus canciones. En ese preciso momento, me vio. Y supo que había visto un fantasma. Su cara se iluminó diferente, con una sonrisa. Bella como era, le sonreí como a mi hermana, de modo que no me creyera realmente un fantasma. Ella gritó:
—¡Óyeme, hermano! ¡Quiero cantar “Just in time”, ya!
—¡Genial, hermana! ¡Vamos, que la gente te dará ánimos! Empecemos —dijo Hamilton, ya sentado a la batería.
Y ella, dulce, caliente comenzó:
—Just in time
you’ve found me just in time.
Before you came my time was running low...
No me quedé hasta el final de todas las canciones porque, en definitiva, había sido ésa la canción definitiva... “Te encontré en el momento preciso... me encontraste en el momento preciso”... Yo iba canturreando esa canción aún por Bleeke, bien dentro de la niebla, cuando me cruzó de nuevo el viejo negro. Rengueaba un poco.
—¡Hermano! Te encontré justo a tiempo. Acompañame. Esta vez no iremos al hospicio, te lo juro. Entrégate que esta vez será todo más tranquilo.
Juro que dijo eso y su voz apaciguó en mí toda la desesperación de esa noche magnífica. Me entregué, me dejé llevar.
—¡Hijo de puta, cómo nos hacés correr! Tres veces en tres días, con sus noches. Te escapás de todas. No sé cómo hacés, pero te juro que no lo volverás a hacer más. No señor. Beethoven vuelve a Central Park, ¡sí señor!
Mientras decía eso, dos lágrimas de bronce fundido se me escapaban de mis ojos, escuchando a Nina Simone cantar “I put a spell on you” tan caliente que me ablandaba. El guardia negro puso dos tapones en mis oídos para que siguiera siendo sordo aún muerto. Y acá estoy, parado, frente a toda esta gente que me mira sorprendida... Beethoven esculpido por Baerer, con un disco de Nina Simone entre sus ropas: primera canción “Just in time”.


Publicado en: http://ediciones-irreverentes.blogspot.com.ar/p/ny-relatos-oyentes.html
Acerca del autor:
Héctor Ranea

Con tiempo - Sergio Astorga




Espero que la cucharada del tiempo llegue para beberlo y las cacerolas con sus caras blancas se quiten el frac para bailar unos instantes con los corazones partidos por el centro.
Aquí te espero, con el rabo del ojo, con la sangre abultada, esperando tu traición a tiempo, exacta, desteñida por el salitre de tu alfabeto.
La tierra eructa sus geologías, tiempo para golpearnos la frente con nuestro propio limo.
Algunas muchachas traen monedas de cobre en sus bolsos y algunos gatos apuñalan la misma muerte en los tejados.
Aquí te espero, con el tuétano temporal de las heridas, en el ángulo impasible que hace esquina.
Sé que no se puede mezclar el tiempo cuando los insectos caminan extraviados y los rebaños de minutos no caben ya en los libreros.
Cuando el tiempo huele a cementerio, no duerme nadie, ni el olvido se refugia, ni el musgo crece.
Aquí te espero, engordando mi esqueleto a cada hora, hasta que reviente de tanto fermentar el vomito del tiempo.
Con tiempo, todo a su tiempo.


Tomado del blog Antojos

Acerca del autor:

Binario - Christian Lisboa




Coleccionaba unos y ceros como otros niños juntan insectos o caracoles. A los quince años tenía almacenadas miles de series en su cerebro, pero ninguna de ellas era la correcta.
Ese día, Miguel bebía chocolate mientras su mirada vagaba de la taza a la pantalla del televisor, la que en su parte inferior mostraba una rápida sucesión de ceros y unos sin orden aparente. De pronto, el chico se levantó y gritó:
—¡Ahí está, por fin!
Yo estaba limpiando una mesa, el padre de Miguel discutía con alguien por teléfono. Me acerqué y le pregunté:
—¿Qué encontraste, chico?
—¡El número, en la pantalla!
Con un gesto le dije que no entendía.
—Ese número se repite, 1011001 es el primo ochenta y nueve. ¡Es mi número!
Efectivamente, la serie se repetía.
Miguel era autista. Era la primera vez que hablaba así, generalmente usaba sólo monosílabos. Abrió el maletín de su padre y sacó el computador portátil. Ingresó en un sitio desconocido y comenzó a escribir a toda velocidad.
Yo aproveché la distracción de Miguel y cambié el canal en la pantalla de TV. Apareció un informativo de CNN urgente sobre cortes de energía inexplicables en las principales ciudades del mundo. Me asusté.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nuestro tiempo comienza ahora —dijo Miguel.
Nunca volví a verlo. Ahora que la nueva Confederación gobierna el mundo y muchos autistas son presidentes, quisiera hablarle. Tengo algunas preguntas.


Acerca del autor:
Christian Lisboa