miércoles, 1 de abril de 2009

M. Abarbajián bebía su vaso de leche nocturno con bastante calma - Héctor Ranea


La leche nocturna calma la sirena de los bomberos o de la policía o de las ambulancias a lo lejos y M. Abarbajián bebe la leche nocturna y escucha cómo la sirena acuna un muerto a lo lejos.
M. Abarbajián bebe su vaso de leche nocturno bastante calmo y el blanco de la leche se pega a la superficie del vaso, en ella queda y salpica dos gotas en el sombrero que se apoya en la mesa; no pierde la calma, se pone de pie resuelto a no perder la calma y mira desde lejos las dos gotas de leche gorda en su sombrero absorbiéndose en el fieltro, la trama del sombrero de M. Abarbajián, sucio.
M. Abarbajián no quiere perder la calma oyendo a su mujer parir su primer hijo, mientras él lo ve saltar, también con bastante calma, desde aquella ventana al vacío, que termina diez pisos abajo. La ventana por la que mira M. Abarbajián, tratando de adivinar por dónde viaja la sirena.
Su hijo está naciendo y suicidándose desde un lóbrego cuarto de pensión.
M. Abarbajián mira su vaso de leche ya vacío y decide partir para siempre de ese cuarto, desde la ventana que su hijo usó para saltar al vacío que estaba diez pisos más abajo.
Bebe otro vaso de leche y piensa en no regresar jamás con calma, con la calma de la leche levitando al borde del vaso, oyendo a lo lejos las sirenas que enmudecen para oirle. Toma la decisión de no volver, la decisión de partir. Entonces cierra la puerta que dejará cerrada para siempre para que nadie entre a parir a su hijo, a la ventana también la cierra para que su hijo nunca más se tire al vacío desde allí.
Se pone su sombrero con dos inevitables manchas de leche, deja de escuchar lo oído durante el parto, deja de escuchar lo oído durante la autopsia de su hijo, camina sin su ropa de cama por la calle poblada de sirenas y de otros cantos más calmos y abismales.

2 comentarios:

Alejandro Ramírez dijo...

Muy buen relato.

Felicidades,


http://cuentominicuento.blogspot.com/

Ogui dijo...

Gracias!