viernes, 2 de enero de 2009

Condena - Mónica Sánchez Escuer


Ha muerto. Lo enterrarán en el panteón, junto a mamá, le dice su hermana. A él no le importa, no quiere saber los detalles. Ya había perdido todo desde antes: su madre, su mujer, hasta los discos que su padre se llevó sin avisar. No. No lo perdona. La hermana calla, él le pregunta: ¿Y tú a mí? Un largo silencio le responde. De pronto siente un malestar inexplicable, una náusea que le crece en el centro del estómago. Tengo que colgar, dice, y cuelga. Mira la mesa sin retratos, el teléfono empolvado, la mano, su mano, sobre el auricular, la sangre seca entre los dedos. La luz del mediodía entra por el filo de la cortina con la violencia de una daga y le recorta la muñeca. Sí, debió ser una daga y no un estúpido cuchillo de cocina, dice en voz alta al muro blanco. Debió ser ella, su mujer, la que enfrentara la condena. Pero no, huyó, como siempre, como el mismo día de su boda cuando nadie la encontraba a la hora del pastel. Como aquella madrugada en que abandonó la cama y se instaló en el cuarto de visitas. Desapareció como hace más de un mes en que le cerró el matrimonio con el último portazo. Siempre había huido de él, de sus manos, y él, ingenuo, nunca sabía dónde buscarla. Hasta hace dos días, cuando la llamó al celular para discutir los términos del divorcio y escuchó, al fondo, como marco de la voz dulce que tanto extrañaba, una grabación vieja de la suite número dos de Bach. Rostropovich. El compacto que recuperó y ahora da vueltas en su reproductor mientras se mira las manos manchadas. Aún no entiende por qué, después de esperarla tres horas en el restaurante, salió a buscarla, a reclamarle. Tampoco comprende por qué entró sin llamar, por la cocina, tomó el cuchillo y, sin interrumpir a Bach, subió la escalera. No sabe qué impulso lo llevó a girar la perilla, abrir la puerta del cuarto que fue de sus padres, y de su padre, y de ella, por qué encendió la luz. Su memoria apenas registra la imagen de su mujer cubriéndose el cuerpo, corriendo por el pasillo. Su padre desnudo, inmóvil, recibiendo el cuchillo en el pecho.

Tomado de http://mquinadecoserpalabras.blogspot.com/

1 comentario:

Gilda dijo...

Mónica es una grande.