lunes, 22 de diciembre de 2008

Infernófono - Campo Ricardo Burgos López


El teléfono sonó y lo contesté.
—Le llamamos desde el infierno.
—¿Perdón?
—Eso. Le llamamos desde el infierno para comunicarle que usted ha sido condenado y estará acá en breve tiempo.
—¿Pero qué broma es ésta? –colgué furioso.
El teléfono volvió a sonar y esta vez no contesté. Empero, dado que insistía en repicar, al final volví a descolgarlo.
—Le llamamos desde el infierno —repitió la misma voz de hacía un momento.
—¿Pero qué ridiculez es ésta? ¡Para ir al infierno primero hay que morir y yo no lo estoy!
—¿Está seguro? —argüyó la voz.
Esta vez la pregunta me desaseguró. Corriendo fui al dormitorio y para mi sorpresa encontré allí mi cuerpo tendido sobre la cama y a mi esposa llorando. Perturbado le grité, pero ella no lo advirtió. Volví a gritar, pero ella no reaccionaba. Era como si entre más fuerte gritara, ella no lo escuchara. Asustado, retorné corriendo al teléfono y lo retomé.
—¿Ve que no le mentía? Le llamamos desde el infierno.
—¡Espere! Supongamos que de verdad usted me llame desde el infierno y yo esté muerto ¿Cómo voy a ir allá si yo no era tan malo después de todo? ¡Yo no era un santo, pero era un tipo normal, con sus altas y bajas!
—¿Está seguro?
Angustiado guardé silencio y pensé ¿Será que en esto pasaba lo mismo? ¿Será que así como me creía vivo y no lo estaba, suponía que era bueno y no lo era? Volví al teléfono.
—¡Pero mi conciencia no me acusa de algún pecado mayor! ¡Al fin y al cabo mi esposa está llorando!
—¿Y es que usted puede creer a pie juntillas en esa fabricante de delirios que es la conciencia humana? Su esposa está llorando porque era una santa y lo apreciaba pese a la vida que usted le daba y a los muchos años que usted la torturó, no porque usted haya sido bueno.
Aquí si quedé frío ¿Toda la vida fui un malvado y no me dí cuenta? ¿Es que mi cerebro no servía para nada?
—Efectivamente, señor Rebolledo, ese es el problema: Su cerebro no sirve para nada.
De improviso miré frente a mí y allí estaba un médico junto a mi esposa, yo estaba en un consultorio.
—Es lo que le digo, señor Rebolledo, su cerebro sólo a ratos sintoniza con la realidad, demasiado a menudo se pierde y se sume en delirios.
—¿Entonces no hay infierno? ¿No estoy muerto? ¿No soy un malvado que debe quemarse en una paila por toda la eternidad? —interrogué ansioso.
—Claro que no, señor Rebolledo. Usted lo que necesita es un tratamiento psiquiátrico urgente. Desde hoy mismo empezaremos.
En eso sonó el teléfono y el médico o psiquiatra contestó. Por un momento escuchó, luego su rostro hizo una mueca de sorpresa, tras ello otra de resignación, y de inmediato me pasó la bocina sin palabras. Yo contesté.
—Le llamamos desde el infierno.
—¡No puede ser! ¡Estaba en el psiquiatra! ¡Había despertado de esta pesadilla!
—¿Cuántas veces debo decirle que no le crea a su conciencia? Usted está muerto aunque perciba lo contrario, fue malvado aunque perciba lo contrario, está en sus cabales aunque su mente invente el mecanismo de defensa de que usted está loco y necesita tratamiento psiquiátrico. En lo que equivale a unos instantes, todo se desintegrará a su alrededor de modo paulatino y de repente despertará aquí. Por fin usted se verá tal como es en realidad. El infierno consiste en esa lucidez dolorosa por toda la eternidad. Toda la vida usted se dijo mentiras y ahora está diciéndose las últimas de su historia. 

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