viernes, 26 de septiembre de 2008

La Isla - Carlos Duarte Cano


El yate sortea apenas los arrecifes que surgen de improviso. Frente a ellos, la playa es una franja albiceleste que se curva invitadora.
El millonario y la mujer descienden.
—No encuentro esta isla en mis mapas.
—¡Qué extraño, querido! No puede haber surgido de repente.
Chozas rústicas, palmas, olor a pescado fresco. Ya llegan los nativos que los miran y gesticulan excitados.
—¿Alguno habla español? —demanda el hombre.
Un individuo gordo se adelanta. Un delantal de fibras de henequén cubre sus partes pudendas.
—Yo, señoría.
—¿Puedo hablar con su jefe?
—No tener, señoría, cada uno ser su propio jefe.
—Comunismo —musita el hombre, espantado—. ¿Algún representante de la autoridad?
—Tampoco, señoría; cada uno se representa a si mismo, cada uno es la autoridad.
—Anarquía —susurra horrorizado—. ¿Hay petróleo?
—No, señoría.
—¿Electricidad?
—Tampoco.
—¿Televisión? —intercala la esposa.
—No señora, no TV, ni Internet, ni radio.
Los viajeros se miran espantados. Retroceden temerosos hacia el yate. Una vez a bordo respiran aliviados.
—Malditos salvajes —exclama él.
El barco se pierde en el horizonte.
—¡Ya se fueron, Mario; desconecta el camuflaje! ¡Y a ver si averiguamos que falló esta vez con la Cortina!
Las palmas, las chozas, y los nativos ya no están. En su lugar se levanta un pueblo moderno con casas de mampostería, paneles solares y un cartel enorme que dice:
Viajero que puedes ver más allá de tu egolatría,
BIENVENIDO A UTOPÍA

2 comentarios:

Olga A. de Linares dijo...

Me gustaría saber dónde queda esa isla, creo que me mudaría de inmediato...

Martín Cagliani dijo...

Muy bueno! :)