martes, 9 de marzo de 2010

La niebla - Adriana Alarco de Zadra


El viento frío del otoño me golpea y yo corro. Piso la hojarasca seca sobre el suelo empedrado que emite un sonido lamentoso. Los árboles del parque se alzan mudos mientras corro entre la niebla.

Al llegar a la banca conocida me dejo caer desalentada. ¿Acaso no es esto lo que busco? Él me esperará para huir lejos de casa, lejos del mundo, los dos solos y el amor entre nosotros.

La niebla espesa baja lentamente cubriendo árboles, arbustos, ramas y senderos del parque. ¿Tendré miedo? Él me aseguraba ayer que será una nueva vida. No importa adónde. Basta estar unidos.

Se oye el ruido de las hojas secas al caer entre la niebla. ¿Y si pasa y me deja sola en medio de esta pared que me rodea? ¿Y si se pierde y no nos encontramos? Él conoce bien el parque y ha dormido en esta misma banca varias noches, no sé cuándo ni por qué.

No tiene cuatro reales en la bolsa y he traído mis ahorros. Los toco. Allí están en el bolsillo, debajo del abrigo. No es mucho pero alcanzará para comer algunos días. ¿Y... después? Estoy temblando. Será de frío con esta humedad que entra lentamente y me envuelve toda. Me levanto y camino hacia arriba y hacia abajo. No debo sentir frío. Es comprensivo, es tierno, amable. Soy yo la que no sabe comprender.

La niebla ha llegado hasta el suelo. Me he alejado y no veo ni la banca del parque. Llegará, no me verá y se irá, seguramente. ¿Adónde si no tiene casa? ¿Y, si me toca dormir a mí también sobre bancas en los parques? Miedo y niebla. Qué triste debe ser una vida toda gris. Pero no. Hace frío. Es la humedad...

Desde que me besó en el parque, en esta misma banca, no han pasado muchos días. Su negro cabello revuelto, sus ojos que se ríen del mundo, que se ríen irónicos... Ríen también de mí.

No se ve nada y no me muevo de la banca porque estoy temblando y no puedo controlarme. Oigo un crujido y no sé si es la hojarasca o si es la banca donde estoy sentada. El miedo y la niebla me confunden. ¡Ahora lo oigo! ¡Son sus pasos que se acercan! ¡La niebla no me deja verlo! ¿Por qué no me llama? ¿Por qué no quiere pronunciar mi nombre? Los pasos se detienen. Se detiene también mi corazón de miedo, de dolor, de frío...

De un salto me levanto de la banca y corro entre la niebla. Corro y tropiezo y me araño con espinos y otros matorrales. Me cubro la cara con los brazos y sollozo desconsolada, alejándome de nuestro encuentro mientras las lágrimas bajan en tropel por mis mejillas. Oigo que me llama: “¡Antonia!”

Me escabullo llena de inseguridad, de angustia, llena de niebla que me envuelve y me alejo de mi amor, perdiendo mi última oportunidad de ser felíz... llenándome de gris, de miedo y de tristeza sin fin.

3 comentarios:

Gabriel Coloma M. dijo...

Melancólico relato, pero al menos a mi me gusto. Felicitaciones

adriana dijo...

Gracias, Gabriel. Me encanta que guste lo que escribo.

adriana dijo...

Gracias Gabriel, me encanta que guste lo que escribo.