sábado, 28 de noviembre de 2009

Vals con un pie - Paloma Zubieta López


El grito de "no" se escucha en todo el local, seguido de una sinfónica interminable de berridos; cualquiera diría que lo estoy matando. Odio a este monstruo que se empeña en hacerme la vida difícil. Dos señoras me miran con muy malos ojos y les sonrío para no sentirme cual gusano pues sé que me reprochan la conducta con el pequeño, pero ¿qué quieren que haga? Se me ocurre cantarle esa canción con la que su madre puede controlarlo durante un buen rato; sin embargo, el muy infame, hace caso omiso de mis intenciones y sigue llorando a lágrima suelta. Me siento como un verdadero idiota al intentar mostrarle el caballito de peluche que tanto le gusta cuando, pérfido, da un manotazo que tira por los suelos además del caballito, los cubiertos y hasta el salero. Un mesero se acerca para ayudarme con el desperfecto y hace un gesto de complicidad, como para animarme un poco. Él debe saber a lo que me enfrento. Por qué me habré metido en este brete, si yo podría estar cómodamente en mi casa haciendo lo que me viniera en gana en vez de ser expuesto en público por este pequeño criminal. Yo nunca he querido tener nada que ver con los niños, de hecho, me molestan en exceso y considero que la mejor manera en que estén en el mundo es con una manzana en la boca y al horno. Por supuesto que no comparto este pensamiento con nadie, salvo algún amigo fiel que sigue pensando, como yo, que lo mejor es alejarse de estos aliens enanos que luchan por conquistar el mundo. Pero éste que tengo enfrente es el peor de todos y no encuentro la forma de hacerle callar; de comer, mejor ni hablamos. Hubiese sido tan fácil escabullirme de su presencia y, cuando su madre me pidió que lo recogiera de la guardería, haber dicho que no podía. Pero ahí voy yo, con mi tremenda bocota y mis ganas de agradar y conquistar a la dama en cuestión: me ofrecí inmediatamente como voluntario; en definitiva, tengo un gran corazón y este es mi castigo, lidiar con el dragón y hacer lo que pueda con esta batalla que de momento, voy perdiendo. Esto es un suplicio peor que la final de Cruz Azul y Pumas cuando van empatados a dos tantos y el árbitro silba el final del tiempo extra. El mocoso para de llorar y ahora... ¡no, por favor! Ha vomitado sobre mi traje recién sacado de la tintorería, me cae que lo mato por infeliz, ¿qué no se da cuenta que podría haberlo hecho sobre la mesa? Claro que no, me tiene a su merced, corsario del mal. Y lo sé desde el otro día cuando, después de cenar con su madre y de pasar a otros asuntos más meritorios, el cabrón se soltó a llorar y tuve que interrumpir mi mejor momento como paladín del amor para dejar que ella saliera corriendo de la cama y fuera a atender al querubín. Y por supuesto, después no hubo posibilidad de reanudar nada porque ella dijo que estaba cansada y que había perdido la inspiración. Nadie puede concentrarse con los chillidos que lanza, y eso que yo tengo buenas dotes pero, nomás no puedo. Intento sabotear el berrinche con un biberón pero ni me pela, ¿quién se cree que soy? Estoy sudando a mares, esto es peor que el cadalso. Ahora aparece la madre, ¡qué papelón! Le sonrío para que no me descubra en este momento de incapacidad máxima, y me pregunta como ha ido la cosa. El muy infeliz ha dejado de llorar en cuanto la ha visto y me mira, triunfante, desde sus brazos.
—Bien, muy bien, somos muy buenos amigos, ¿verdad? —y acto seguido, me muerde el dedo pero hago como si nada, no me derrotará. Me escucho decir que me encantaría repetir la historia, no puedo creer lo hipócrita que estoy siendo y ella me mira encantada, muerde el anzuelo y me devuelve un beso. Al menos, ahora han cambiado los papeles y me declaro vencedor. Le digo que voy al baño un momento, y mientras me lavo la cara sudorosa pienso si estará bien todo lo que hago por mantener a una mujer en mi cama. Cuando vuelvo a la mesa, el diablillo está dormido, y ella comenta que le gustaría tener hijos conmigo. Pongo mi mejor sonrisa y con un guiño, le respondo que siendo suyos, podría hasta tener cuatro o cinco...

Tomado de: http://deesquinasyrincones.blogspot.com/

1 comentario:

Verónica Guerrero Cajiga dijo...

jajaja..me encantó! amo ser testigo de aquellos hombres que "hacen puntos" con diablillos ajenos...