miércoles, 5 de enero de 2011

Lo vi venir - Oscar Piolini


Otra vez los abrazos, otra vez los saludos, otra vez las idas y venidas. Y otra vez las ausencias.
Faltaban dos días para el fin de año. Los almacenes del pueblo ya exhibían los corderos recién carneados.
Como un ritual establecido, a la tía Tita le tocaba hacer las ensaladas. La tía Elda compraría las Quilmes, y el tío Agustín otra vez cedería el patio del fondo. Lo entregaba iluminado con lamparitas azules y amarillas, que colgaban de la parra centenaria.
Armando, Julián y yo —que ya estábamos grandecitos— teníamos como misión resolver lo del plato principal: el chancho.
—¿Por qué chancho? —protesto Julián.
—¡Se dice cerdo, bruto! —dijo Armando.
—Será porque el año pasado comimos pollo —contesté.
—Como sea —dijo Armando misterioso—, ese no es el problema. El problema es que al chancho hay que matarlo.
Y nos sonrió a todos con malicia.
—¿Matar al chancho? —acoté, sin importarme un comino a esta altura del partido si era cerdo o chancho. Yo me sentía incapaz de matar una hormiga, pero no lo dije—. ¿Y cómo se mata a un chancho?
—¡Le pegás un palazo en la cabeza y listo, salame! —Julián dio media vuelta, con esa sencillez del que ignora.
—Para mí que el asunto es mucho más complicado —siguió Armando, haciéndose el enigmático—. Creo que hay que desangrarlo. La sangre se junta y con eso se hace la morcilla. Yo escuché que se le clava una cuchilla en el cuello hasta que se desangre.
—Che… ¿La morcilla no era sangre de caballo? —retrucó Julián. Y no se lo veía muy convencido con eso del cambio de plan de ejecución.
—Del caballo se saca la mortadela —dije con aires de conocedor—. De caballo viejo —agregué, reforzando el concepto de una, como para que no se diesen cuenta que no estaba muy seguro de lo que decía.
—Como sea —sentenció Armando, ya sintiéndose líder—, hay que matar al chancho. Así que mejor nos ponemos de acuerdo, y entre los tres lo amasijamos. Lo adobamos, lo cocinamos y nos lo comemos.
—¿Y si lo envenenamos? —sugirió Julián, en voz muy baja, como para no ser oído.
—¡Sos boludo o te haces! —escupió Armando—. Si lo comemos, nosotros también nos vamos a envenenar, ¿no te das cuenta?
—¿Y si le preguntamos al tío Agustín? —dije—. Seguro que el viejo la tiene atada.
—¡Ni en pedo le pregunto a ese viejo! —dijo Armando, ya líder indiscutido—. Se nos va a cagar de risa un mes entero, y le va a refregar a todo el mundo lo inservibles que somos.
—Matar a un chancho es tan simple como eso —dictaminó Julián—. Lo agarramos entre nosotros tres. Después lo pasamos a mejor vida en un periquete.
—Jodido sería si fuese uno contra uno, cuerpo a cuerpo —Armando se veía pensativo—, por ahí se pondría más difícil. Pero entre los tres lo hacemos jamón en un santiamén.
—Hagámoslo —dije, desconociendo mi propia voz de autoridad—. Hagámoslo mañana al amanecer. Para que no haya discusiones, que cada uno empuñe el arma que más lo convenza —miré a Armando—. Vos, traéte la cuchilla esa, la que era del abuelo. Julián, andá armándote de un garrote de la leñera. ¡A las seis en punto! No me van a garcar, eh.
—¿Y vos —se burló Armando—, qué vas a usar, vos? ¿La palabra?
—Una piedra. Eso: una piedra inmensa voy a llevar.

Esa noche, sin despegar los ojos del despertador por miedo a quedarme dormido, pensaba que los otros tampoco dormían. Para peor, a medida que pasaban las horas, menos quedaba para dormir. A eso de las tres y media, caí rendido.
Soñé con el chancho: gritaba como un chico. Armando, implacable, le clavaba una y otra vez la cuchilla en el corazón. Julián no paraba de pegarle garrotazos. Con saña en la cabeza, le pegaba.
A las cinco y treinta en punto, sonó la campanilla del despertador a cuerda heredado del abuelo.
¡Poner el despertador para matar un chancho, había que ser pelotudo!
Desde la ventana, vi cómo los contornos de los arboles empezaban a cobrar forma, en ese misterioso intervalo de penumbra cuando no es de día ni de noche. El amanecer le daba a todo el asunto un aire marcial, como de fusilamiento. Como de último día. Como si la muerte inminente fuese mi propia muerte, y no la del chancho. Me vino un retorcijón de panza.
Deseoso de terminar cuanto antes, cerré la puerta con llave como quien se va de vacaciones por tres meses, ni supe por qué. Tampoco supe por qué miré las cosas de la casa como por última vez. Me detuve en los cuadros, en las fotos de cumpleaños. Y en la copa que ganamos en el fulbito cuando salimos campeones.
Sin preámbulos, el chiquero fue el lugar de encuentro previo a la batalla.
El aire se había vuelto pesado, espeso. Costaba respirar.
Nadie dijo palabra alguna.
Armando con su cuchilla oxidada, amenazante.
Julián blandiendo su garrote: un tirante de quebracho más alto que él.
La mañana hedía a carnicería.
Ya no había retorno. Aunque quisiéramos volver atrás, no había retorno. El corazón me retumbaba en el pecho.
Sacando fuerza de no sé dónde, me cargué al hombro la piedra más grande de las que hallé al costado de chiquero.
Ceremonioso, Armando abrió la tranquera.
Y, cuando los tres estuvimos adentro, la cerró con sumo cuidado.
Los espié de reojo: estaban muy pálidos.
Internamente, rogué que el chancho estuviese dormido.
Pero la bestia parecía esperarnos.
Lo vi enorme. Con esos ojos asesinos de animal acorralado.
Todo pasó demasiado rápido:
Primero fue por Armando. El pobre no había alcanzado ni a levantar la cuchilla. La bestia lo pisoteó, como para asegurarse de que ya no se movía.
Julián, queriendo escapar, tropezó con el tirante de quebracho. Y el monstruo le enterró el hocico en la garganta, sacudiendo jirones de músculos y pellejo.
Yo no podía moverme.
Lo vi venir.

Oscar Piolini

5 comentarios:

Eugenio dijo...

Muy bueno. Logra credibilidad y me mantuvo dentro del texto todo el tiempo
No se si es autobiográfico, pero también logra transportamos a nuestros propios recuerdos de infancia
Felicitaciones
Eugenio

fernanda dijo...

Sencillamente atrapante, con una descripción tan clara y precisa del lugar y sensaciones que hace que uno sea parte de la historia.
Felicitaciones!!!!
Fernanda

oscar dijo...

me retrotrae a la infancia. A una infancia en la que a todo nos animabamos sin medir las consecuencias. Huele a Cortazar todo el tiempo.Muy bueno
Julio
Felicitaciones !!!!

Marian dijo...

Gran atsmósfera para una breve extensión!
Felicitaciones.

Algún día vamos a vencer al chancho ( o cerdo, es verdad que no importa ), o al menos estaremos mejor preparados para hacerlo...espero.

marian

daniel delul dijo...

Muy bueno ..!!! Un relato espectacular y un final inesperado...FELICITACIONES..!!!