lunes, 16 de agosto de 2010

En la punta de un alfiler - Carlos Monsiváis


“¿Cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler?” El escultor Bernardo, absorto en el enigma ancestral, decidió tramitar por su cuenta la respuesta. Compró un alfiler perfecto y se dispuso al ejercicio miniatural. “Si consigo tallar un solo ángel, me consideraré afortunado.”
Ante su mirada sorprendida, cupieron el primero y el segundo y el tercero y, sin crecer de tamaño, el alfiler amplió su ámbito conteniendo sin esfuerzo a más y más ángeles. Para extender su proposición, Bernardo requirió ayuda de otros artistas, que organizaron turnos para esculpir ángeles, infatigablemente, veinticuatro horas diarias. Parecía la punta del alfiler el espacio más creativo del universo.
Bernardo se apiadó de Bizancio, víctima en sus últimos días de la mayor trampa de la metafísica. ¡Cómo no entendieron, en medio de los rigores del sitio, entre las llamas y el aullido de la soldadesca enemiga, la falacia de una pregunta cuantitativa! En un alfiler podían darse cita todos los ángeles y —para ser exactos pertenecía a la naturaleza de ese objeto su cualidad de albergue inconmensurable.
Ante la maravilla del alfiler hospitalario, los religiosos se alborozaron y los científicos se conmovieron. ¿Cómo se prodigan las criaturas de Lo Alto en espacio tan reducido? Unos argumentaron: “Pero son ángeles tallados, no ángeles verdaderos.” Otros razonaron: “Tal capacidad de alojamiento sólo se explica si son efectivamente ángeles.” Y hubo quien terció: “Sea o no capricho de Dios, y sean auténticos o esculpidos, lo notable es la voluntad de contención de un alfiler. Esto es asunto del más alto interés humano. El alfiler es lo importante. Los ángeles son extras.”
Los demógrafos acudieron en masa (con sus respectivos ayudantes) al cuarto de Bernardo y en ese pequeño sitio decenas de miles se sintieron a gusto derivando conclusiones útiles para el hipotético caso de un exceso de población en el mundo. Bernardo fue categórico: “No importa cuántos lleguen. En donde haya un alfiler que admita o pueda admitir a todos los ángeles, habrá un sitio contiguo que reciba a todos los espectadores”. En breve, según cálculos sagaces, se igualó el número de ángeles y demógrafos.
El fenómeno que rodeaba al fenómeno resultó noticia de nuevo. Miles de periodistas y de fotógrafos se abalanzaron al edificio e hicieron guardia en el deprimido vestíbulo frente a la habitación de Bernardo. Previsiblemente, hubo lugar.
Y llegaron los estudiosos de comunicación a ver a los periodistas que entrevistaban y fotografiaban a los demógrafos que analizaban el proceso que comprimía tal diluvio de ángeles en la punta de un alfiler. Y también ellos se esparcieron a sus anchas.
Bernardo entendió, como entre relámpagos, lo que los santos, los declamadores y los vendedores de imágenes religiosas conocen por razón de su oficio: cada metáfora es un hecho infinito, el espacio final de la realidad.

2 comentarios:

carlos de la parra dijo...

Buen cuentito de Monsivais,con excelente remate pragmático.

Patricia dijo...

Necesito ángeles, ya mismo salgo a comprar alfileres.

Tiene belleza tu cuento Carlos, ha sido un gusta leerlo.
Patricia