martes, 14 de abril de 2009

El Desierto - Pablo Dobrinin


Año tras año atravesamos el desierto, exhaustos navegantes de una sangre solar.
Nada nos detiene. Los bandidos nos ven desde lejos, pero ya nos conocen y ninguno se acercará.
Atrás dejamos las ciudades luminosas. Las aéreas de construcciones que se extienden como la forma de la música. Atrás quedan nuestras esposas e hijos. Atrás nuestros sueños inconclusos, el agua que tal vez nunca beberemos.
Bajo un silencio de estrellas hay una pregunta que ni siquiera asoma a los labios. La duda es un pájaro negro que aletea en nuestras mentes. El viento desata tormentas de arenas y se burla con acertijos que no tienen solución.
Uno de nosotros no regresará, pero no sabemos quién. La revelación llega siempre en el momento menos pensado.
Por fin, cuando ya estamos cansados, hemos perdido el temor y deseamos que todo concluya, aparece la señal.
En mi mano se ha abierto una herida inequívoca, como un ojo que no hace preguntas. Se la muestro al guía que suspira aliviado.
Casi de inmediato una luz roja e incandescente aparece en el negro cielo. Parece una criatura que agita sus extremidades. Me separo del grupo y avanzo hacia ella.
Me gustaría llorar. Ya no veré más a mi familia. Sólo espero que ellos sean felices.
La luz me apresa con uno de sus tentáculos, me eleva y desgarra mi carne. Un resplandor azul escapa de mi cuerpo muerto. El ritual sucede como siempre ha sucedido, como debe suceder.
La noche mira a través de mi espíritu y ve la caravana que emprende el regreso. Gracias a mi sacrificio, la raza, por un año más, perpetuará su inmortalidad.

1 comentario:

Nanim dijo...

El sacrificio, la inmortalidad, lo desconocido que gobierna los actos indicutibles. Temas eternos, tratados un una síntesis a la que nada falta y nada sobra. Perlita.