sábado, 6 de abril de 2013

Cavalleria rusticana y otras músicas – Héctor Ranea


Mi padre tenía los trentinueve discos 78 RPM de Cavalleria Rusticana guardados en un estuche de cartón con ilustraciones alusivas y ensobrados cada uno por separado. Edición italiana, creo. Por lo menos recuerdo que todo estaba en esa lengua y se veían las estampillas del gravamen aduanero en cada sobre. En cambio, el tocadiscos era nacional, un hermoso mueble de madera, con el plato automático y todo, que cargaba hasta tres discos por vez, de modo que había que levantarse bastante para escuchar toda la ópera. Esto lo hacía mi primo que era quien manejaba el aparato con más soltura, a pesar de que sólo venía verano por medio al campo a visitarnos.
Recuerdo que no le gustaban ni medio las chicharras, pero eso era un pecado menor. Por otro lado, el estúpido de mi otro primo, el del pueblito de al lado, le jugaba siempre la mala pasada de tirarle un par de cigarras muertas para que se asustara y no pudiera dormir la siesta.
Lo que le gustaba era escuchar la ópera que, ahora sé, es de Pietro Mascagni. Un fervor patriótico tremendo nos agarraba al escucharla. No teníamos límite, salvo el del volumen de la música, que ponía fuera de sí al capataz, septuagenario ya, que le daba por imitar los que él llamaba gritos de los cantantes.
Un día de esos de verano en los que arrecian los rayos y los refucilos, el viejo se jugó la vida tirando al torrente todos los discos. Mi padre no podía creer lo que vio al escampar. Los discos rayados, violentados, no sirvieron más, en la práctica, porque, sin las etiquetas, hechas un guiñapo junto a los cartones y sobres, la ópera era extremadamente difícil de seguir. Elegíamos al azar los discos y escuchábamos como podíamos las arias, tratando de memorizarlas y ordenarlas, de refundir lo que el viejo había disuelto. Pero fue una tarea inútil.
El capataz dicen que se fue con la próxima lluvia. Mi padre asegura que le pagó también los gastos de traslado en tren, pero no recuerda a qué ciudad. Al cabo de unos años nadie recuerda más, excepto yo y mi gato, los discos amontonados en una caja llena de carapachos de cigarras muertas. Lo último que recuerdo de mi padre es que le enseñaba a mis primos a construir instrumentos con esos bichos. Todo muy rústico, pero menos patriótico que en aquel entonces.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

3 comentarios:

Ogui dijo...

¡Gracias, JL! Cuando lo escribí no tenía idea de cuánto podría ser de actual, lamentablemente. ¡Salud!

JL dijo...

Los buenos textos siempre encierran actualidad.
Veo que mi comentario original no aparece. Así que reitero lo dicho.
Decía más o menos así:

Este cuento me gustó desde lo que leí en Abducidores de Textos y lo confirmo. ¡Felicidades!

Ogui dijo...

Sí. No sé qué pasó con tu comentario, lo contesté y vi que quedaron ambos pero al día siguiente no aparecía. Cosas del blogger...