sábado, 20 de agosto de 2011

¿Son necesarias las religiones? – Héctor Ranea


—¿Me pregunta justo a mí eso? —le dije a la encuestadora.
—Para eso me pagan, señor —me respondió casi riendo.
—¿Si son necesarias las religiones? —me quedé pensativo. Ella me registraba como un analista.
—Mire. Por culpa de las religiones estoy casi acabado —le contesté—. Así que útiles, lo que se dice útiles… para mí, todo lo contrario. Todo empezó con esas promesas que uno hace a los santos o la virgen de que si me podía encamar con Adelma, visitaría todas las islas del mundo. Y encima, lo logré. ¿Se da cuenta?— La mujer me miraba absorta: había dicho algo que la tildó—. Me pude acostar con ella, así que empecé a visitar todas las islas, de mayor a menor. Años estuve. ¡Años! Y todo por la existencia de la religión, mecachendié. Usted dirá que es una superstición, pero vaya a contar en el rincón de los amigos que no fue capaz de cumplir una promesa… ¡Vaya!
—Me parece que exagera señor —dijo la muchacha y amagó con irse.
—No se vaya —le pedí—. Le cuento.
Ella dejó sus cosas y se sentó a desgano, haciendo rebotar el resorte de su columna.
—Al principio visité Australia, Groenlandia… después empecé con cada vez más chicas. ¿Sabe cuántas hay? ¡Miles, centenares de miles! Pero después de ver esta que le contaré hasta usted dejaría de hacer esas muecas que hace y se acojonaría. Porque no es como ir a las Galápagos, donde uno puede compartir unos tragos y sonrisas con turistas de muy buen espíritu, dispuestas a compartir. No. Esa isla era tenebrosa. No figuraba en el mapa que me dieron los del Departamento de Promesas Religiosas Poco Comunes y el cartel estaba roto o ilegible. No había nadie en la isla. Así que me bajé del barquito, lo amarré y me fui a una casita vacía. Ahí lo encontré. ¡Qué julepe me di, oiga! Era más feo que pegarle a la madre, le digo. ¡Qué bicho de porquería! Y encima, faldero. No me lo podía sacar de encima. Cada vez que escupía, le salía una llama por las fauces (que olían a seis cementerios hacinados y a cielo abierto) y si tosía para qué decirlo. No se me despegaba. Peor que un gato viudo.
La chica reía. Seguí:
—No se ría. No sabe lo que fue dormir ahí. De hecho, tuve que hacerlo porque no podía navegar de noche por esos lugares. El coso ese no se quería ir. Al fin lo eché, pero fue peor, porque lloraba como si con la cola le estuvieran haciendo salchichas en vivo. Tremendo el ulular, vea. Y cuando entró en la cama me pinchó todo. Harto, me puse a hacer solitarios con un mazo de tarot que me trajo pésima suerte, hasta que se durmió. A la mañana me fui. Cuando llegué a una isla civilizada, entre martinis, margaritas, caipirinhas y rones conté lo sucedido. Un viejo tuerto me señaló su ojo baldío: “Él me hizo esto. Tuvo usted suerte, después de todo.” Me dejó sin palabras el tuerto. Al final me dijo: “Usted acaba de visitar la Isla del dragón de Incomodo.”
—¡Usted es un tarado! —Me espetó la virginal encuestadora—. ¿Para esto me hizo perder tiempo? —se levantó furiosa refunfuñando vaya uno a saber cuántas cosas sobre mi madre, mi padre… en fin. Lo de siempre, cada vez que cuento esto. ¿Pero será posible que nadie me crea? En eso estaba cuando la chica de la encuesta volvió para pegarme una bofetada estruendosa.
—¡Encima mi madre se llama Adelma, así que usted debe ser mi padre! ¡Mi padre es un tarado! —gritó con conmovedora angustia, como si con sus entrañas alguien estuviera haciendo estofado.

2 comentarios:

Hernán Dardes dijo...

Me abstraigo del dragón y en el contexto de la encuesta, me pregunto si, de haber concluido la encuesta normalmente, a la encuestadora le correspondía dejar una religión nueva a manera de muestra gratis, para probar y devolver a la semana.

Ogui dijo...

¡Tal vez se traía eso bajo el poncho! Más o menos como si los visitadores médicos fueran a domicilio. Te dejan una enfermedad y un remedio para estudiar si funciona... ¡o no! Interesante vuelco de la historia...