martes, 21 de septiembre de 2010

Eros y Thanatos - Francisco Costantini


Mauricio estuvo toda la mañana callado y tratando de evitarla; lo primero no le costó demasiado, pero lo segundo… Sobre el mediodía, mientras almorzaban, advirtió en los ojos de Elena un brillo especial que logró interpretar: ella sabía muy bien lo que lo atormentaba. Eso aumentó su turbación y sintió el impulso de abandonar la mesa para correr a cualquier parte, pero ya era tarde.
—¿Qué es lo que te pasa, Mauricio?
—Vos sabés muy bien.
Ella sonrió y sin quitarle los ojos de encima inclinó la copa de vino sobre sus labios. Después dijo:
—Es cierto, sin embargo quiero que vos me cuentes.
—¿Por qué?
Otra sonrisa.
—Un experimento
Mauricio analizó las palabras de Elena, su mirada, sus gestos; supo que no mentía. ¿Cómo podía ser tan cruel? Creyó que nunca acabaría de conocerla. Al fin respiró hondo y contestó:
—Tengo ganas de matarte, Elena.
La mujer apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó sus manos a la altura de la nariz.
—No voy a matarte, o eso espero, porque te amo —continuó él, al borde del llanto—, pero no puedo refrenar el deseo… ¿Qué me hiciste?
—Nueva configuración —contestó ella, imperturbable.
—¿Pero por qué?
Elena volvió a sonreír, aunque sus ojos dejaron traslucir cierta amargura que a Mauricio le pareció inédita.
—¿No querías ser más humano? —soltó—. Bueno, nada más propio del hombre que destruir aquello que ama.
El silencio los abrazó a ambos por segundos. Fue ella quien, con tono conciliador, se deshizo de él:
—Igual no te preocupes, después de lavar los platos te vuelvo a dejar como antes.
Pero para Mauricio eso ya no importaba demasiado, oía la voz de Elena como si llegara desde lejos mientras no dejaba de preguntarse, una y otra vez, qué cosa rara era el hombre, algo que ya no estaba tan seguro de querer ser, ni de obedecer.
Entonces comprendió que esos platos sucios jamás serían lavados.


Tomado de http://www.friccionario.blogspot.com/

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