viernes, 23 de julio de 2010

El pianista – Héctor Ranea


En medio de una presentación como la que estaba realizando, no fue nada apropiado que sus manos, reflejadas en el panel central, empezaran a tocar por sí solas en el teclado reflejo pero, como conservaron la armonía y el tempo la gente, lejos de notarlo, se sorprendió de la maravilla que estaba ocurriendo aunque sin saber bien qué era. Estaban escuchando, sin saberlo, un piano tocado a cuatro manos por una sola persona. A medida que transcurría el recital, el pianista comenzó a notar con espanto que esas manos reflejadas tomaban un acento diferente, el toque era un poco más preciso que el suyo, la velocidad algo mejor aunque aún menos expertas que sus manos reales. La gente no cabía en su asombro. Jamás habían escuchado un pianista con tanto talento. Al llegar al Segundo Concierto para Piano y Orquesta, el Director no estaba ya seguro de seguir dirigiendo o dejar todo y escuchar ese prodigio. Arrancó una ovación extemporánea (incluso de algún músico de la orquesta) en el pasaje de las octavas, porque nadie entendió cómo pudo hacerlo con tanta fuerza, precisión y velocidad; de hecho ni él mismo. Era estupendo, todos entendieron que estaban escuchando a un ser superior.
En los recitales que siguieron a ese, la muchedumbre se agolpó para agotar la taquilla, tanta era la fama del pianista. Y este repetía, cambiaba, tocaba piezas nuevas pero las manos duplicadas nunca fallaron. El pianista desesperado no sabía cómo retornar a su mediocridad inicial, porque al menos esa mediocridad podía manejarla, en cambio, esas manos endemoniadas no tenía idea cuándo podían fallar o volverse en su contra. Sus pesadillas estaban atestadas de manos que lo acariciaban para después propinarle palizas titánicas. Al despertar, empapado de sudor, recordaba cierta película en blanco y negro cuyo nombre no quería pronunciar.
Entre los compositores más afamados del momento, varios le ofrecieron partituras especialmente hechas para esas cualidades mostradas y nunca dejó de estrenar una sola, incluso con resultados más espectaculares que los buscados por los autores porque, fuerza es decirlo, él mismo estaba aprendiendo de sus manos como los boxeadores aprenden de sus sombras. Con el tiempo, aprendió que las manos del panel eran tan confiables como las suyas propias y comenzó a tranquilizarse y a disfrutar del momento que pasaban juntas, sus manos y las otras. A partir de ese momento, hasta los mismos críticos lo señalaron, su piano era una nueva forma de orquestar una pieza. Se había convertido en una estrella.
Hasta que llegó un aciago día, siempre llega, en que lo invitaron a tocar en un pueblo y él, como todo buen pianista, tomó el tren y apareció ahí. Cuando vio el piano se desvaneció. Tenía el panel frontal completamente despintado. Intentó tocar pero las manos suplementarias no podían aparecer. Se le acabó la magia.
Desde esa noche no volvieron las manos. Así como habían aparecido, desaparecieron. En poco tiempo lo hemos olvidado, o casi

2 comentarios:

Patricia dijo...

¿Escribiste frente a un espejo y se te duplicó la imaginación? Muy buen cuento,lástima no haber conocido a tu protagonista en sus épocas de gloria.

Ogui dijo...

¡Gracias, Patricia? ¿Y si me pasa lo mismo que al pianista?