miércoles, 31 de julio de 2013

Control de la luz – Héctor Ranea


De todos los trabajos asombrosos que consiguió José Ramón del Corazón en la Cruz Lombroso, el que más le aportó personalmente a su desarrollo fue el de probador de bombitas de iluminación inalámbricas. Lombroso fue tomado por el Gerente Subsidiario de la Empresa Nacional de Control de la Luz en el Reino de Gaetania precisamente por su apellido, derivado de las sombras, ya que una profecía había dictado que las sombras controlarían la luz. 
Tal como había hecho en la localidad de Gervasio Real Audiencia, Lombroso comenzó por exigir guantes para su tarea, cosa que no existía antes de él. Por lo que se denominaron guantes Lombroso o lombrosianos en honor al exigidor. Pero tenían dedos de gusano, porque él tenía los dedos finos. De todas formas, así los desarrollaron y luego se fueron modificando.
Tomaba las lámparas y las llevaba al centro de la habitación donde funcionaba un inductor menos espectacular que los de Tesla, aunque más espectacular que los del encendido de los viejos tubos fluorescentes que explotaban a menudo dejando un olor a leche de iguana quemada mezclado con pelo de zarigüeya preñada por el chotacabras. Por fortuna éstos no explotaban, por suerte para los probadores.
La tarea consistía en colocar las bombillas y verificar en qué orientación del culote con el diagrama cartesiano del pavimento, si éste se encendía, dejar constancia de ello en una tabla de base de datos.
Esto servía a la compañía de control para distribuir las lamparitas a diferentes localidades indicando el ángulo, así el usuario no perdía tiempo haciéndolo. De todas maneras, los usuarios eran los famosos extraterrestres estilo platelmintos que habían llegado guiados por las ondas hertzianas de la televisión para aprender a bailar y a tomar la teta, pero se habían encontrado con que la mayoría de las tetas (que ellos querían) eran de plástico y aplicaron políticas correctivas en el uso de la electricidad. No sirvió para las tetas.
Lombroso consiguió esa ocupación, como dije, por su apellido ilustre, si se permite la paradoja. Y como su sombra no era demasiado electromagnética sino más bien de origen cuántico, no interfirió demasiado, lo que desilusionó un poco al platelminto Jefe de Sección y al Gerente mencionado supra.
No era la intención de Lombroso quedarse en tal postura, pero la pasó bien ya que conoció varias de las señoritas atractivas de la televisión pues estaban contratadas en la misma empresa para hacer tareas de mantenimiento en las computadoras cuánticas y en los cerebros electrónicos de los platelmintos para adecuarlos a la realidad terráquea.
Nunca supo de dónde vinieron los extraterrestres. Y aunque esa podría ser una nueva ocupación para nuestro héroe, es motivo de otra historia, si usted permite.´

Sobre el autor: Héctor Ranea

Indiferencia - Jesús Ademir Morales Rojas


Tras una noche agitada, K despertó convencido de haberse transformado en un grotesco insecto. Todo era diferente para él, todo distinto. Esta nueva relación con su entorno, le ofrecía nuevas posibilidades de ser. Hasta algunas, que jamás había soñado. Salió de su habitación para ver cómo reaccionaba su familia, ante su singular metamorfosis. Ellos le aguardaban en la mesa, durante el desayuno. Pero al verlo llegar, no manifestaron ninguna reacción en lo absoluto. Lo saludaron con el tono de siempre. Sus alimentos habituales lo aguardaban. El, trató de hacerles saber lo mucho que había cambiado. Lo prodigioso de ese acontecimiento. Ellos lo escucharon con una sonrisa y le hablaron conciliatoriamente. Le explicaron que había tenido pesadillas, y que seguro aún no se recuperaba de ellas. Que se calmara y que comiera. K se alejó de ellos, airado. Se encerró en su habitación. No, no era posible. Le mentían, podían ver su nuevo yo, pero no querían aceptarlo. Era un insecto ahora, sentía sus antenas, su miríada de patitas a los costados, su caparazón rígido a la espalda. Le estaban engañando al no atestiguar su transformación evidente. Corrió a mirarse al espejo. También era falaz. Por algún mecanismo atroz, le impedía reconocer en ese reflejo alterado, sus nuevas facciones. K miró detrás del espejo, buscando algún truco. Angustiado de dudas arrojó el cristal al suelo, en donde se hizo trizas. K se inclinó y vio allí, en cada fragmento, su alterado rostro. Imposible contemplarse allí. Se arrojó al lecho a llorar su pena. Escuchaba a sus zumbidos tristes, logrando estremecer la casa entera. Súbitamente tuvo una esperanza. Su más querido ser, su hermana menor. Ella no podría mentirle. Estaban tan cercanos. Se agazapó en un rincón y esperó hasta la vuelta de su hermanita, ausente en ese momento. Pero pasó el día y la noche y ella no regresó. A la mañana siguiente, K desesperado, salió de la casa lleno de premura, ante la indiferencia de todos. Se aproximó al puente que cruzaba el río caudaloso. Y lleno de aflicción, se arrojó a las aguas. 
Cuando caía, en su último instante, K pudo ver el rostro angustiado de su hermana menor, llamándole asomada, en el barandal del puente. Y hasta en ese postrero instante guardó la esperanza, de que sus alas plegadas despertarían ya, y lo salvarían para llevarlo hasta ella… y más allá, detrás, hasta el mudo cielo azul.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

sábado, 27 de julio de 2013

La siesta – Héctor Ranea


—¡Sh, no joda, por favor! Estamos siesteando.
—¿Cómo quiere que no joda? ¿Qué hacen tantas cigüeñas por acá?
—Ahorita mismo, durmiendo la siesta. Por lo demás, lo que todos los años. Pasa que usted debería prestar más atención un poco más cuando viaja.
—¡No me va a decir que vienen acá todos los años y yo no las veía!
—Usted no mira, menos va a ver. Eso de que lo esencial es invisible a los ojos, tampoco me lo compro, créame.
—No quiero discutir nada. Estoy maravillado. Soy naturalista; estoy emocionado. ¡Y tantas que hay!
—Es una estrategia.
—Y… en tantos kilómetros para recorrer, siempre alguna se pierde.
—¿Kilómetros? Señor mío, me parece que nuestro atavío lo confunde.
—Son cigüeñas de África, no pueden ser más que unos miles de kilómetros de travesía. Es cierto que es enorme la distancia, pero la Naturaleza nos tiene acostumbrados a estas maravillas. Máxime con las tareas que ustedes cumplen.
—Si se refiere a repartir recién nacidos, mire que es una deformación de la realidad, me temo.
—¿En qué sentido?
—Nosotros nos encargamos de repartir nuestros recién nacidos. Recién sacados de la clonadora. ¿Me entiende?
—Me temo que no.
—Tenga en cuenta que nuestro viaje es de varios miles de pársecs. Por eso la siesta.
—¿Pársecs? ¿Tres años luz y un tercio, casi? ¿Qué le pasa, cigüeña, usted está loca?
—No. Ni le tomo el pelo, le adelanto. Pensé que nos había reconocido, porque hay entre ustedes varios de nosotros metamorfoseados como humanos.
El bípedo plumado hizo una pausa. Se aclaró la garganta y continuó:
—Muy a mi pesar, le comunico que vamos a tener que eliminarlo. Digamos que no fue su día de suerte. Le ofrezco clonarlo sin memoria de este evento, está entre las ofertas de colocación un puesto de profesor universitario con estadía en Ámsterdam, un cargo de músico andariego con base en Bucarest o vendedor de prendas femeninas por algunas localidades de Moravia.
—¡No, no quiero morir!
—Lo siento. No hay opción. De pronto, de naturalista usted pasa a ser un riesgo planetario.
—¡No tenía idea, discúlpenme ante sus superiores! ¡Díganles no tengo idea de esas lenguas!
—Lo siento, no es nada personal, chabón. Chau, pibe.
La cigüeña mató al humano pero conservó sus gónadas para la clonación prometida, aunque no entendía para qué tanta puntillosidad con esas copias si, al final, los humanos son todos iguales.

El autor: Héctor Ranea

Una superstición para un embarazo - Samanta Ortega Ramos


Pasaron los primeros tres meses y cuando respondí “sin novedades”, comenzaron a lloverme consejos, esos que vienen siempre del corazón y la experiencia, y a los que he decidido llamar supersticiones.
Lola, una amiga apasionada por la lectura de best sellers, vino de visita con tres libros que le ayudaron a cambiar su vida en este sentido. Ahora tiene tres hijos y todo, según ella, gracias los títulos No te hagas la cabeza, El estrés, el anticonceptivo natural y, por último, No te olvides de que también puede ser él. No supe cómo agradecérselo, por eso no lo hice, simplemente.
Isa, una chica muy actualizada, me reveló que la Maca Andina es un gran potenciador de la fertilidad y me pidió que no fuera tonta y que la empezara a tomar ya. “No se te ocurra comprar ni Jalea Real ni té de caléndula porque ya pasaron de moda”, me dijo con la última Vogue en mano. ¿Cómo desilusionarla?
Josefina, la más hiperactiva y sexy de todas mis amigas, me insistió, mientras corría en la cinta del gimnasio y yo andaba, en que no perdiera más el tiempo ni el dinero: “La posición del misionero/plegaria da resultados y no tenés que gastar ni un solo centavo. Si sos creyente, podés combinar el rezo con el llamado a la naturaleza”, me dijo riéndose. “Y no te olvides de poner una almohada debajo de la pelvis durante media hora si es que no te vas a ir a dormir después. Eso es más fácil que la postura Salamba Sarvangasana de yoga... la que te parás sobre los hombros (que no te recomiendo si no estás entrenada)”. “La verdad que como no tengo un mango…”, le dije para zanjar el asunto, en un intento de confundirla, e irme a la bicicleta.
La tía Choli aportó lo suyo también y en una hora al teléfono intentó evangelizarme y convencerme de que hiciera el ritual a la Virgen de la Esperanza. Sólo necesitaría tres velas de color: rojo, verde y amarillo (la parte fácil), y rezar lo que dice la estampita cada luna llena durante 9 meses, quede embarazada o no. Ese mismo día puse el identificador de llamadas, no por nada.
La vecina, a la que he etiquetado de rarita, no se quedó atrás y me pasó una carta por debajo de la puerta (supuestamente anónima) con un hechizo infalible: sostener un huevo blanco con las dos manos y, mirándolo, rezar tres padres nuestros, luego escribir bebé en la cáscara con un rotulador indeleble y dejarlo debajo de la cama 9 días. Después tendría que bautizarlo y enterrarlo, poniéndome de rodillas para pedirle a la Madre Tierra que me quede embarazada. Nunca más volví a saludarla.

Todo aquello lo consideré un poco prematuro porque hasta el año uno no debería de preocuparse, pero como no quise mostrarme descortés ni herir los buenos sentimientos de los que me quieren bien, guardé los libros junto con la carta ‘anónima’ en la mesilla de noche, empecé yoga y compré la Maca Andina para que Isa no me persiguiera más con el asunto. La estampita y las velas las recibí por correo un día antes de luna llena.


Tomado del blog: Una embarazada

Sobre la autora:  Samanta Ortega Ramos

El arcoiris desciende para mezclarse con nosotros - José Luis Velarde



El maestro habla de soluciones, peso específico, densidad y compuestos que me parecen mezcolanzas sin maldita gracia. Sólo me ha gustado la combinación de tres colores surgida cuando preparó una sangría con vino tinto que no quiso compartir. El gotero que sostiene en la mano derecha deja caer una gota de miel sobre el agua contenida en un vaso. Los alumnos la vemos descender hasta el fondo. Sube apenas mezclada. El maestro ni siquiera la mira mientras explica los cambios paso a paso. Pregunta monótono si la temperatura del agua o la altura desde la que se deja caer la miel introducen cambios en el producto final. El laboratorio parece un cementerio. Llueve en el exterior. Pienso en un poema. Escribo lo que pienso y se lo muestro a Laura.
“El arcoíris despliega velos de seda.
Van de la librería al cementerio.
Tú y yo estamos en cada extremo.
Muero mientras lees un poema.”
Siempre he dicho que tengo mala suerte y que la poesía es un buen instrumento para conservar un noviazgo.
Laura sonríe y tras ella otras dos compañeras se agitan cuando el maestro interrumpe la exposición de menjunjes para dirigirse a mí.
—Compañero Godínez, por favor lea el texto que tanta gracia causa a la clase.
El maldito. Me incorporo y leo como si fuera un trabalenguas de tan enojado que estoy.
—Espero que así como consiguió unas líneas bastante bien estructuradas pueda explicar los conceptos que me empeño en exponer.
Me disculpo. Permanezco en silencio. Recibo tarea extra que anoto sin reclamaciones.
Dos minutos después intento enhebrar un cabello de Laura en el ojo de una aguja que encontré sobre la mesa del laboratorio. Es imposible.
El timbre llega al rescate como todas las horas como todos los días. Es la hora de retirarnos. Laura sube a mi auto. Luce contenta. Arranco como si tuviera prisa por recorrer los cuatro kilómetros que separan el campus de nuestra ciudad. El arcoíris se ubica en los dos extremos señalados en mi poema. Laura lo advierte y me da un beso en la mejilla y me dice que me quiere. No respondo. A ella no parece importarle y habla sin parar sobre una fiesta próxima a la que no podemos dejar de asistir. Pienso en la olla de oro que aguarda en el final del arcoíris. Tomo el libramiento para ir hasta el cementerio. Frunzo los hombros cuando Laura pregunta por qué cambió la ruta que siempre seguimos. No respondo. Quisiera reconocer el final de un arcoíris. Laura pregunta si ya no la quiero. No respondo. ¿Y si termina en la librería y sigo una mala elección? Ella insiste con el interrogatorio absurdo y cada dos o tres frases dice que hará lo imposible por entender mi silencio, pero que de todos modos me quiere.
No respondo.
Laura grita y yo también grito al descubrirnos dentro de una nube roja. El aire se colorea conforme nos adentramos en el arcoíris. Me pregunta qué ocurre, pero nuestro velo ya es naranja. La neblina se espesa y es más difícil avanzar. Aún así nos movemos a unos diez kilómetros por hora. Al adentrarnos en el amarillo nuestro recorrido se interrumpe.
Afuera la combinación de colores muestra un dorado espléndido.
Me extraña el silencio de Laura.
La descubro brillante, muda y estatuaria.
Una mujer de oro sentada a mi lado sin proferir palabra.
Mi corazón late frenético cuando al dar marcha atrás Laura permanece sin cambios, en cambio el auto comienza a ganar velocidad.
Maniobro hasta reorientarlo. Me distancio del cementerio lo más rápido que puedo. Mientras me digo que la leyenda del arcoíris es cierta a medias. En ninguna parte te dicen que debes ir acompañado por alguien que te ame para recibir tu recompensa.
Debe tratarse de una mezcla efectuada en las condiciones correctas tal y como dice mi profesor de química.
Algo relacionado con la densidad, el amor o las soluciones que tampoco entiendo.
Por primera vez en muchos días me enorgullece no saber nada.


Acerca del autor:  José Luis Velarde

jueves, 25 de julio de 2013

Heridas en las manos - Raquel Sequeiro


Había ocho sillas. 4 estaban pegadas a la pared, cinco atornilladas al piso y 8 flotando en el aire. Había ocho sillas, como en el juego de las sillas, siempre faltan sillas, de modo tal, me invento algunas, aunque, en realidad, el total del total de las 8 sillas sean ocho sillas. Las atornilladas no sirven y las flotantes tampoco. En total tenemos ocho sillas para jugar al asesino y ocho manos con guante para robarle al ladrón.
Ha quedado una y me veo amordazado como un cabrón. La sangre me chorrea de un corte en la mandíbula. Tengo rotos los huesos de las manos y un par de balazos en las rodillas. Lo veo pasearse por la habitación. El muy hijo de puta coge una de las sillas que flotan.
—Se acabó la fiesta —dice. Pero la fiesta se acabó hace rato, cuando terminó de cantar la soprano y quedó el último jugador sentado en la última silla. Observo el ir y venir del taladro. Me perforará un pie. Me está quitando el zapato. Me está gustando esto, piensa. El silencio. El miedo. El sudor que se escurre entre la sangre. El olor a mierda. Arranca una de las sillas atornilladas. ¿Dónde dejaron las sillas que sobraban?, pregunta una niña. Sé que en la otra habitación hay siete sillas. Sé cuantos eran los comensales y cuantos los comidos. No quiero que me agujeree el pie. ¡Mía!, grita. Oigo risas. La soprano rubia podría romper los vasos, los cristales. Le conozco. Desde hace tanto.. Me sirve un vaso con whisky, me seca la boca con una servilleta de paño blanco, con curiosidad, con efervescencia, diría que con deleite.
—Sí, señor, encontraron todos los trozos en el ático, cuidadosamente atados; sí, señor, yo lo vi, señor policía. Yo sabía que no era bueno, señor policía. Me quedé como un sarmiento podrido.
Mi mente mentía todo el tiempo. Escribí un rotulador y cogió otra silla, arrancó otro asiento, mordisqueó con los dientes un trozo de mi dedo. ¿El escalpelo? : ¡Lo lanzó contra la pared! ¡Yo lo vi, su señoría, yo lo vi!
Por el contrario, me encontraba todavía en aquella habitación luminosa y vacía. Tenía 28 años, apenas entendía nada sobre las alteraciones de la conciencia. Creí encontrar respuestas en los libros de psicología. Creí saber lo que era un psicópata, un sociópata, un desquiciado, un histérico, un neurótico y un narcisista. Enarbolé mi carta como un loco delante de sus narices. Había ganado el juego de las sillas, y 5 estaban flotando y 4 ancladas al suelo, tal y como había pronosticado. En mis días de universidad, cuando me encerraba durante días para estudiar y ver la televisión, mientras me tragaba todos aquellos programas sobre muertes estúpidas, sobre casos horrendos, canibalismo y cosas así, meditaba ampliamente en el sentido de la existencia del ser humano, me perdía en todas las ramas del conocimiento, cavilaba en extremo y no dejaba descansar la mente. Tanto es así que dormía de pie y vestido. (He de decir que esto último es mentira). Hacer levitar las sillas era uno de mis trucos predilectos, para lo otro no necesité más que un martillo y unos clavos. Por supuesto, las patas de las sillas terminaban en un hermoso disco -como el disco solar de Hathor o el escudo de la infernales valquirias-. Atrajo mi atención un movimiento. Me había dormido y frente a mí aparecieron las 8 sillas. Todas las 8 —contando la mía, eran 9—. Se me infectaron. Daba igual lo que dijeran, que mis manos se recuperarían, que me coserían el dedo que no se había comido. Alguien me dio un osito. Abracé el osito muy fuerte. Me puse nervioso, verdaderamente nervioso. Cuando suceden estas cosas no te imaginas en una silla ni en ninguna otra parte. Me hice amigo de un criminólogo en seguida. Puede que suene extraño, pero yo utilizo una katana, no los encierro, no me dedico a hablar con ellos. Sólo, recuerdo que, en esa habitación, las heridas en las manos, los agujeros en mis piernas y toda esa sangre; que tuvieron que transfundir de otra bolsa a mis venas; todos esos golpes: el cráneo hundido, el pómulo derecho casi destrozado, la mandíbula.

Sobre la autora: Raquel Sequeiro

miércoles, 24 de julio de 2013

Encuentro cercano - Luis Benjamín Román Abram


Alberto Jaramillo se había alejado unas decenas de metros de su puesto de investigación. Los granos de arena eran poco compactos en esa zona, por lo que tenía que exigirse para mover los pies que se hundían con facilidad. Le llegaban la resonancias de las corrientes eólicas que formaban las dunas de Sechura cuando escuchó otro sonido, uno estruendoso, y el científico pudo divisar como se alzaban partículas de polvo a unos cinco kilómetros al sudeste de su ubicación. Deshizo sus pasos, subió a su vehículo y, poniendo el aire acondicionado a máxima potencia, se dirigió al lugar. En apenas minutos llegó. Se veía una depresión en un montículo, despedía calor, mucho mayor a los cuarenta y tres grados que había estado soportando hasta ese momento. Encontró algo que le pareció un avión monoplaza destruido. Pronto cambió de opinión. Notó que no guardaba semejanza con otros, empezando por el color, que era púrpura, mostraba altorrelieves de símbolos no occidentales, pero además, pensó, atentaba contra la aerodinámica, ya que el ingenio no tenía rastro de alas. Una nave demasiado futurista comparada con los modelos peruanos o del vecino Ecuador.
      Transcurrieron diez minutos, la temperatura fue disminuyendo y una compuerta se abrió rápidamente, pero en silencio. Alguien salió, no cabía duda de lo que veía.
      — ¿Está bien? — Fue lo primero que le dijo al alienígena rojo, mientras pensaba en lo grande y extremadamente delgado de ese cuerpo. Como de tres metros de altura, cabeza similar a la de un bacalao, con una indumentaria de tela de todas las tonalidades del arcoíris, pero con una conformación humanoide. Aunque decididamente aun fuera más pequeño no podría pasar por un terrestre.
      Alberto sudaba copiosamente y se sentía invadido por el miedo y la emoción. «¡Fama mundial!, ¡honores! y quien sabía que más».
Y pensar que por un momento supuso que era un avión militar.
— ¿Está bien? –repitió Alberto, al tiempo que escuchaba latir sus sienes.
—Está bien—contesto el ser, quien con sus ojos membranosos y amarillos lo miraba inexpresivo.
— ¿Habla mi idioma? —respondió Alberto.
      Se aproximó y tras un tras pies en la arena, no pudo evitar tocar una de las manos de cuatro dedos del visitante.
—Casi al instante el alienígena se desplomó.
Lo alzó a su vehículo y sintió un sonido seco, la nave había implosionado.
— ¿Qué hago ?—se preguntó el científico.
      Una vez que llegaron a la base lo recostó en el suelo y comenzó a enviar mensajes y llamar a sus superiores del Instituto de Investigaciones para el Cultivo en el Desierto. Entretanto, el alienígena temblaba y respiraba con dificultad, a los pocos segundos su movimiento se detuvo por completo y para siempre.
El evento se volvió noticia mundial. Jaramillo fue llamado «científico extraterrestre». Fue entrevistado y premiado por muchas organizaciones privadas y estatales de todo el mundo. Incluso fue visitado por funcionarios de la ONU, le comunicaron el aprecio que le tenían por el hallazgo. Todo estuvo bien hasta que se inició el acoso por los fanáticos de los extraterrestres y hasta por los escritores de ciencia ficción. Y el colmo fue cuando un fiscal penal de la provincia de Piura lo denunció por el delito de homicidio culposo, lo que podría privarlo de su libertad en una sórdida cárcel. Una ONG de Miami — por los derechos de todo extranjero, aún fuera de los confines de la galaxia— interpuso una demanda ante un juez civil peruano por responsabilidad, al poner al mundo en peligro. Con lo que, de ser declarara fundada, él sería obligado a pagar una cantidad abultadísima de dinero que lo llevaría a la quiebra financiera.
      En los medios legales, los doctrinarios del derecho hablaban que la legislación entraría en un nuevo rumbo. Ya no solo se enseñaría diplomacia o derecho internacional, en adelante, a todo se le agregaría, interestelar. Los juristas civiles advertían un nuevo camino para la Reparación por Daños y Perjuicios.
      El juicio fue difundido en toda la Tierra.
— ¿Qué hacía en el desierto?
—Realizaba investigaciones conducentes a volver parte del área en un valle.
— ¿Qué sucedió?
—Encontré una cápsula procedente del espacio exterior con vida a bordo.
— ¿Qué hizo?
—Me acerqué
— ¿Y luego?
—Salió la especie alienígena y quise verlo, tropecé y toqué involuntariamente su mano derecha. Meses después los biólogos me dijeron que no debí tener contacto físico, que eso causó su deceso.
      Oficialmente se afirmaba que tenía que castigarse severamente la negligencia de contaminarlo. Extraoficialmente se sabía que la razón de encontrar un culpable, que no había, era para dar señales de buena fe, en caso vinieran más extraterrestres, para que observasen que se había dado una sanción ejemplar a causante y evitar represalias.
      Perdió cuatro años de su libertad y todos los bienes que había acumulado a la fecha, con lo que se construyó el Parque Homenaje a la Vida Interestelar. Han pasado cien años y no se sabe de alguna nueva visita espacial o que alguno de su especie haya reclamado el extraño cuerpo. Ahora se especula que no quieren saber de nosotros por ser injustos, y se está pensando en rehabilitar el honor de quien en vida fue, Alberto Jaramillo.


Sobre el autor: Luis Benjamín Román Abram

La casa de mi padre - Raquel Sequeiro




Tengo poco tiempo para contar la historia de mi vida, como la casa se transformó en un nido de serpientes y quedé a merced de los recuerdos. En realidad la historia acaba bien. Mi padre tenía una casa.Siempre cerrada. Una casa que escondía un secreto que, por mucho que quiera contar, nadie puede creer. No había nada especial en aquella casa excepto una vieja mecedora. Cuentan que la mecedora se movía sola y que la casa estaba llena de fantasmas; lo cierto es que sigue cerrada y yo no tengo la llave aún. Queda poco tiempo para descubrir el secreto. Meto la mano en bolsillo de su pantalón mientras está dormido, bajo ladinamente las escaleras, casi escurriéndome como un vegetal mustio, abro la puerta trasera que da a la cocina y al garaje, me subo en la bicicleta… Hace años, la casa de Sir Mathew Rowins estaba infestada de no sé que seres infernales, llegó un deshollinador, un tipo que desincrusta los cadáveres de otras dimensiones. La ciudad de los García se infectó de lagartos, poco sé yo de la casa, la casa de mis vecinos. Sé que el niño murió hace diez años. Pese a todo, al abrir las ventanas, no puedo evitar que una oleada de repugnancia se apodere de mi cuerpo. Atracamos el banco en el 46; no somos asesinos, aunque la mayoría terminó siendo culpable de demasiados pecados. Los de arriba nos controlan bastante; y está ese niño, ese que se acerca en bicicleta. No creo que le guste que le corten las venas con el trozo de vaso de whisky, intentaré distraer a estos bichos y meterme en otro tinglado yo solo. No puedo materializarme. Abro la puerta, es demasiado fuerte el olor a rancio.Tengo poco tiempo, sin duda, y los de la ciudad esperan que lo deje limpio y puedan dejar la casa abierta. Aquel niño, en 1946, es una leyenda. Dicen que entró por la puerta principal y que lo cosieron a hachazos, con el hermoso juego de colección del bisabuelo: hachas austrohungaras de hierro fundido con unas preciosas empuñaduras. Me despierto. Enciendo la luz de la mesilla, el reloj analógico marca las diez. Es ilógico que no me dejen ver la casa y la mantengan cerrada y que mi padre y yo vivamos en un apartamento diminuto. Cosas que pasan, dicen. Esta noche me ha visitado un tipo raro y me ha dicho que no coja las llaves de papá por la mañana.


Acerca de la autora:  Raquel Sequeiro

La muñeca de mamá y papá - Virginia Cortés




El lunes Susana había decidido dejar de hacerse la tonta. Todas las señales iban apareciendo una a una, en los mismos tiempos que la vez anterior. La primera vez que notó el cabello de Sabrina más fino y quebradizo se dijo que era idea suya. Muchas veces pretendió que era torpeza natural de niño cuando a Sabri se le caía la cuchara, el pincel o el marcador rosa, su preferido. Incluso miraba para otro lado cuando detectaba el comienzo del rictus de una convulsión, de esas que habían sido breves y pasajeras al principio y que finalmente habían partido una columna vertebral. Recordaba el sonido de la fractura, como de huesitos de pollo masticados por un perro grande; un sonido fuerte de ruptura ósea primero, seguido del crujir de las vértebras astillándose. Los médicos desconocían cómo curar esa peste horrible. No había precedentes de casos anteriores. Más parecía una maldición que una enfermedad. Susana no siempre había estado loca pero hay que decirlo, lo estaba ahora.
La locura se había instalado definitivamente en esa casa con los primeros síntomas de la enfermedad de su primera hija, a los 5 años de edad. Marcos se había refugiado en su profesión con la cual se evadía de su dolor y del de su esposa también. Trabajaba día y noche y más de una vez se quedaba a dormir en su estudio. Con su profesión trataba de burlarse un poco de la muerte, pero en realidad le parecía una victoria artificial. Le dejaba un sabor metálico en la boca, como de edulcorante barato.
Cuando Susana quedó embarazada por segunda vez, les pareció un milagro. Pero también los miedos volvían junto con las ilusiones. Susana y Marcos ya no eran los mismos. La casa todavía olía a tristeza y abandono, a depresión y oscuridad. El jardín del frente no tenía flores y el del fondo tenía un pastizal desatendido y salvaje de años. Las paredes se descascaraban. La pintura se había aglobado en varios sectores y se desprendía en tiras, como cortezas viejas de un árbol añoso. Había manchas en los pisos que eran huella del agua que se filtraba por más de una gotera todos los inviernos. La casa entera hedía a humedad. La ropa en los cajones, entre las naftalinas, se llenaba de una pelusa gris oscura si no la sacaban seguido de sus nichos.
El martes a las siete de la tarde Susana prendió la estufa del baño. Dudó un instante y sacudió la cabeza como para librarse de un mal pensamiento. Abrió las canillas de agua fría y caliente para lograr la temperatura justa, de modo que al llenarse la bañera el agua no quemara la delicada piel de su niña. El agua estaba deliciosa cuando Sabrina se zambulló en ella como un delfín. La enfermedad aún no le había apagado el brillo en los ojos, no le había nublado el cerebro tampoco, reconocía todos sus juguetes, los colores, los aromas de su jabón y de su shampoo. Recordaba los nombres de sus amigas del jardín y los de sus tres novios. El nombre de su maestra, de su conejo de felpa lila y de todas sus muñecas. Pero las muñecas no le gustaban tanto, tenían esa mirada vacía y ese aspecto inmaculado, impecable, que sólo aquello que no está vivo puede tener. Le recordaban el trabajo de su papá.
La mamá salió del cuarto de baño por un momento. Era raro, jamás dejaba sola a Sabri cuando se estaba bañando por temor a que le pasara algo. Algo malo. Sabrina sabía por experiencia propia que sus padres vivían con el temor de que algo malo le pasara a ella. No sabía por qué, pero sabía que era así. A ella no le molestaba en absoluto. Sus padres estaban pendientes de ella en todo momento. Rara vez le decían que no a algo que ella pidiera y la hacían sentir una princesa. La vestían con ropas hermosas con volados y bordados y apliques y flores y todo lo que ella quisiera. Si Sabri quería ir con su mamá al super disfrazada de reina de las hadas, podía hacerlo. Si deseaba cenar sólo helado de crema con galletitas, podía hacerlo. Si deseaba quedarse toda la noche en la cama con sus padres mirando la tele, podía hacerlo, y sin tener que ir al jardín al día siguiente. Sus padres se quedaban toda la noche felices jugando con ella.
Susana volvió al baño con los ojos hinchados de llorar. La tensión muscular le ladeaba un poco la cabeza hacia la izquierda. Con movimientos rígidos y rápidos saltó dentro de la bañera, con su hija y tomándola por los hombros la sumergió hasta que la chiquita estuvo completamente acostada bajo el agua. Se clavaron los ojos de una en los de la otra por un momento, luego las manitos crispadas forcejearon cuanto pudieron, pero las manos mayores eran más fuertes y no cedían. Arañó en su intento ciego por defenderse, los brazos de su madre, el agua, los bordes de la bañera, el aire por sobre el nivel del agua y también su propia carita. “Marcos no podrá arreglar esto” se dijo Susana. Alzó, sin pensar, el cuerpo sin vida de su hija y lo secó con esmero. Le desenredó mecánicamente los finos cabellos, como siempre, la vistió hermosamente y la recostó en su cama como siempre. Como siempre. O casi.
El miércoles Marcos llegó más temprano de lo habitual a su estudio. No había pegado un ojo en toda la noche y lo aguardaba un día abrumador. Era un taxidermista de renombre. Un profesional reconocido por sus trabajos excepcionales hasta el detalle. Pero nunca había hecho algo como esto. Sin embargo se lo había prometido a su esposa. Le daría una hija que no pudiera enfermar. Una niña que estuviera siempre impecable, siempre peinada, siempre sonriente, con las mejillas siempre rosadas. Tal vez estaría sentada… o parada en actitud de desplegar su falda, luciendo su vestido de princesa.


Acerca de la autora:  Virginia Cortés

lunes, 22 de julio de 2013

Punto seguido – Héctor Ranea


—¡La madre que la parió! —dije en tono de desesperación—. ¡El puto ordenador está hiperventilando!
En efecto, el enfriador de la máquina había empezado a funcionar demasiado rápido. Ahora era ya una desgracia porque el aire que expelía hacía volar mis papeles con notas, mezclándome la novela manuscrita. La tenía desde mis tiempos del exilio en una plaza del pueblo que nadie visitaba porque tenía fama de estar poblada de ladrones. Yo me instalaba ahí, con mi termo y mi mate y escribía, escribía.
Nunca vino nadie, salvo pájaros pedigüeños, a cagarme la vida. Y ahora, que estaba transfiriendo esa hermosa novela a la máquina, el puto ventilador se le da por soplármela. Pero eso no era todo, porque cuando se dice ventilar, la mierda de aparato esa ventila también mis secretos. Está mandando a mis amigos las cartas que escribo de uno al otro, sacándoles el cuero, desenmascarándolos. A mis ex mujeres les manda las direcciones porno en las que he visto siluetas parecidas a las suyas de antaño, por ejemplo. En fin, no sólo está arruinando mi novela, sino también mi vida, si todavía se puede arruinar más.
El único recurso que me queda es enviar, a todos y todas, un virus que les cercene la memoria de estos días, de modo que queden limpios todos los ordenadores de esas fatales impresiones sobre ellos que si no, me matan. Por ejemplo pienso en Esteban, violento tío que podría clavarme un puñal porque le he contado a Gilberto que él se le va al humo a la mujer de Evan; o pienso en la cara de Feni, cuando sepa que pienso que es lesbiana y no lo admite, sobre todo porque es esquizofrénica y violenta como un cuervo tuerto.
Por suerte, tengo a mano un virus elemental que han pasado todos por alto, ya lo mandé a mis contactos y espero que haya surtido efecto, pues no hay nada que lo detenga. Sopla la memoria de todos los días recientemente pasados. Y ahora ¡no va que el puto ordenador se declara en hiperventilación! Crisis. Me está leyendo la novela. Creo que la ordenó de otra manera. Ahora tengo un protagonismo menor. Me convirtió en un pájaro común del parque que mira los documentos de los tirifilos que pasan ahí el día escribiendo.
—¡Ese personaje no lo puse yo! —grito a nadie, porque sólo estamos el ventilador, el ordenador y yo.
Pero ahí anda el pájaro robando datos o sea que al final era cierto lo de los ladrones. Ellos me robaron la clave. Ahora veo que en mi novela aparece un vagabundo, mate en mano, que me ofrece un viaje por una moneda de cincuenta. Pago. Me dejo llevar por el aire del ventilador. Estoy volando, me veo, en la novela, con un puñal clavado en la yugular por una amiga a quien traicioné. En realidad la novela se equivoca: me clavó una aguja de tejer en el ojo y atravesó el cerebro. Estoy hiperventilando, ahora muero. Espero que esto quede en la memoria. Delete.


El Autor: Héctor Ranea

La noche del jueves es buena (para pelear) - Lisandro Varela


Atrevete, le digo al boludo metido a bouncer, en la puerta del Shamrock.
El boludo tiene músculos, pone cara de malo y se afeitó la cabeza. Sigue siendo un boludo. Hace un rato salimos a fumar marihuana y otro bouncer medio empujó y lo amenacé y ahora volvimos y no nos dejan entrar.
Nick La Bestia arregla que lo dejen pasar a buscar la mochila y a Rawson. Yo me quedo afuera viendo si me consigo una noche en la Diecisiete.
Los de la puerta no se quieren pelear, los provoco apenas, con las manos en los bolsillos. Comunicar que no te preocupa comerte el primer roscazo es clave con la gente de la ínfima metida a portero de boliche.
Nos vamos. Pasamos quince minutos en la puerta del falso Rodizio viendo si entramos, pero no entramos y vamos a uno en Rodriguez Peña en donde parece que hay chicas.
Cuando volvemos a pasar por el Shamrock le hacemos el dos uno a Rawson y le mentimos que volvemos para pelearnos.
Agarrá una piedra, dice Nick, y Rawson se pone pálido. Cuando estamos por llegar a la puerta cruzamos y Rawson respira. Rawson conoce que no es lindo comerse un proceso penal.
En el restaurant hay grupos de chicas en salidas de amigas. No hay nada que hacer ahí, pero Rawson ya está en Tony Montana y soborna a la recepcionista por una mesa sin espera.
A Rawson le viene el quemo cuando estamos adentro y la mesa no aparece. Nos vamos haciendo los ofendidos.
Ahora caminamos por Las Heras, fumando de la pipa como si estuvieramos en MVD.
Terminamos en Campechano, deprimente y al tubo fluorescente en Larrea. Hay un Crooner que afina una voz chiquita y canta oldies.
Hay algo de derrota en el Crooner, que usa traje negro y gomina. Canta que she may be the beauty or the beast y nosotros le hacemos el coro, despacito, para que no crea que lo jodemos.
En un taxi a Belgrano lo cruzo a Juanse, que todavia es rock, y a los dos segundos en la radio pasan que sigue girando.

Tomado de: http://vidadocampo.com/
Sobre el autor: Lisandro Varela

sábado, 20 de julio de 2013

El corazón de Hibernia - Héctor Ranea




Como con otras ciudades, fui al Dublin de Joyce para conocer el corazón de la Metrópolis de Hibernia. En el tranvía para Clonskeagh me tropecé al querer dar el asiento a un señor mayor y caí sobre la falda de una joven camarera del hotel donde estaba parando, que había sido un B & B pero sólo conservaba el nombre para los incautos.
—Disculpe usted —dije, con mi cara aún en su falda.
—¡Oh, no es nada señor! —contestó acomodándose mientras yo me incorporaba.
—Seguramente estaba pensando en tomar una cerveza —le dije— y me tropecé mareado por la stout antes de tomarla —reí; ambos reímos.
El viejo había hecho el ademán de alzarme pero pronto desistió. Yo seguía sentado en el piso cuando ya hablábamos con la camarera de pasear por los pagos de Mulligan y que ella se tomaría el día libre para ir conmigo hasta la Sandymount Tower para mostrarme dos pubs y un nuevo albergue que no sería tan caro como el pretencioso B & B donde ella trabajaba y entonces no me alzó sino que me acarició el pelo. Canoso como soy, estaba lleno de algunas cosas que tenía la señorita en su falda; entonces él me dijo, en tono de perfecto irlandés de r sonora:
—Si usted vino acá para recibir una monserga de Faraón, más le vale tomarse dos pintas en lo de Mister Quark antes que aceptar la oferta de esa señorita —dijo mirándola, mientras ella le miraba con obvio recelo.
—Ya hice mi elección, señor. Y no desdeño su gracia, le aclaro. Pero prefiero una pinta con ella —la señalo— que un viaje a Kilkenny en tranvía. Por cierto, usted me recuerda a alguien que conocí en Trieste, cuando seguía los pasos de Sciascia.
—Claro. Yo le hice de anfitrión en las ruinas del teatro romano. ¿Me recuerda?
—¡Cómo no recordarlo! Me aconsejó una trattoria donde comer pescado frito que, por cierto, resultó excelente. Pero acompañaré a la señorita, le ruego que me disculpe.
Ella se bajaba en esa parada, cerca de la torre del Almirante.
Miré al viejo cuando se retiraba el tranvía. Ella me esperaba, turgente y deseosa, en la parada de otro tranvía, el que nos llevaría a la gloria prometida. Me sentí Moisés, por un instante, desoyendo los consejos del gran Sacerdote egipcio. Y un relámpago hizo consciente en mí quién era el viejo. Pero ya era tarde, en el amplexo con la joven perdí todo, hasta la memoria de mi viaje. ¡Pero valió la pena, os lo aseguro!

Acerca del autor:  Héctor Ranea

El traductor - Silvia Milos



Atención. Pupilas contraídas, mirada convexa.
La garganta, flecha tensa. Quizá combatan.
Gime el cóncavo músculo traicionero, ladrido repetido en la madrugada.
Hace lo que se le da la gana. Aunque es su esclavo.
Son las dos.
Busca detonar en otro universo, acopla su ritmo al motor externo.
Capta cada sílaba. Silencio.
Perfume. Hay un orden exquisito en los poros.
Encuentro provocado. Afortunados: ¿Quién puede asegurarlo sino el tiempo?
Boca. Cilindro blando, tecla de palabras. Sentencia.
Se aceptan.
Otros seis minutos.
Escucho bajar corriendo los vocablos. Caracol del hemisferio izquierdo.
Cosquillas. Susurros.
Se dicen algo, finalmente para mi alivio (aunque no debo comprometerme en esto).
Los dedos, destinos prolongados, locos extremos.
Él la toca, mece sus huellas por el inacabable tajo de su vestido.
Un lunar imperceptible lo sorprende. Acabo de notarlo.
Investigan como ciegos sus secretos.
Todos los guardan, como si faltaran.
Traspiran.
Imperceptibles mariposas han caído sobre mis piernas.
En un mar de celos se ahogaron.
Aplaudo, como un polizón desesperado.
Veo sus gotas, prontamente las líneas de sus venas.
Un sendero en el alma. Agotador.
Misteriosa humedad, tenso delirio.
Chasquidos. Vibración del aire en la botella. Explosión convertida en trino.
Ovalo de abrazos. Amantes.
Que más…que… más.
Cueva. Azote musical, eco del pasado. Magos.
Acaso sin darse cuenta, bestias celestiales.
Fricción. Ardor, cansancio liberado en un grito.
Confundidos. Exhaustos. Redimidos.
Una hora. O segundos recalando mi cerebro.
Una imagen redentora.
Libres de dudas y de ruegos. Inexplorables de espaldas.
Qué mas…que más.
Labios. Y quiero decir, pronunciar su espacio.
Llamarla como él lo hizo. Aprieto los dedos.
Desorden. Desgracia.
Arranco la matriz. Elevo el sistema, adelanto los pasos. Voy.
Me pierdo. Inestable y vacío de Ella.
Cierro los micrófonos. Apago los visores.
Renuncio.
Yo también La quiero.


Acerca de la autora:  Silvia Milos

El Kalpatierra - Mateo Alonso Ferrera


Nosotros, e incluyo en el plural a los cinco o seis que nos juntábamos de aquella para hacerle juventud al pueblo, a saber: Benautxe, Íkor, Amero, Karno, Ahitz, que hacía el seis cuando venían los veranos, y yo; nosotros, digo, empezábamos a tener esa edad en la que los mayores nos daban algo de libertad para explorar sus modos de vida. Como adultos incipientes, gustábamos de comprobar todo aquello que de niños nos llegó de oídas y que se nos quedaba dando vueltas en la cabeza como espuma en la orilla. Cuando íbamos con las vacas atrapábamos los moscones que rondaban las ancas de los animales y les clavábamos astillitas de caña en el abdomen, tan sólo para comprobar que, como decían, luego volaban dibujando rápidos círculos en el aire. También íbamos donde las tierras de la Txana a tirar de algún abedul joven contra el suelo: mientras cuatro o cinco, dependiendo del verano o no, lo manteníamos paralelo al suelo, el otro se agarraba a la parte superior del tronco. Entonces nos apartábamos de golpe y quien quedara aferrado sufría el latigazo lígneo y salía volando hasta el otro lado del pequeño valle. Fantaseábamos con la idea de que, encontrando un árbol lo bastante alto, podríamos pasar de provincia a alguien.
Cuando agotamos gran parte de las aventuras posibles, alguien sugirió ir a visitar al Kalpatierra, idea que ya todos manejábamos como gran colofón al verano. El Kalpatierra, según se contaba, había venido de tras de los montes, de Inzauz o de Alloki o de más allá, huyendo de una riña familiar por unos asuntos de faldas que comprometían la relación entre dos hermanos. Había venido a instalarse junto a la poza de Txeki, primero en provisión de escondite y luego como vivienda estable. Cuando llegó noticia al pueblo, fueron varias las madres las que se acercaron con hatos de vituallas que arrojaron al Kalpatierra desde el otro lado de la poza, en una bienvenida que se hizo costumbre. El Kalpatierra vivía de lo que le lanzaba el pueblo. Para acceder a él tuvimos que caminar aún un cuarto de jornada más allá del pico del pueblo. Los años le habían dado para hacerse una caseta con maderos y planchas que debió recolectar de aquí y acullá. Apostados tras unas rocas comenzamos a gritarle el nombre a coro: «¡Kalpatierra, Kalpatierra!», pero por el portón no aparecía nadie. Al rato se escuchó un ruido dentro de la caseta, y de nuevo el silencio. Fue Benautxe quien cogió al mismo tiempo la iniciativa y una piedra y la voló sobre el agua hasta impactar en el chamizo, a la voz de un «¡Kalpatierra!» con una «a» final muy alta y alargada. Enseguida cundió el ejemplo y pasamos gran parte de la tarde disparando guijarros, rocas y piedras con el fuego de nuestros brazos contra aquella estructura, que de vez en cuando devolvía un quejido metálico o un ahogo en madera.
Esto fue un jueves. El lunes ya todo el pueblo comentaba cómo al Kalpatierra lo encontraron bajo de la poza de Txeki, envuelto en su tabardo marrón oscuro, y cómo no bastaron apenas siete hombres para sacarle de allí, tanto era el peso que llevaba. Las mujeres jóvenes, ante la noticia, se preguntaban de qué habría vivido aquel hombre. Las viudas decían que de lo que le lanzaba el pueblo.

Acerca del autor:
Mateo Alonso Ferrera



miércoles, 17 de julio de 2013

Buscando la esencia - Cristian Cano


Alguien dobla la esquina y desaparece. Desaparece de mi vista. No lo veo. La pared se interpone. Pasó por ahí por algún motivo. Sé que dobló la esquina, lo tengo en mi memoria. Me quedo con ese evento que diluye y lo reconstruyo a conciencia. Mañana va a volver a pasar pero no va a ser lo mismo. Lo traigo a mi realidad y hago que vuelva a cruzar. Freno la imagen y la observo. La reviso de punta a punta. Hasta sé qué pudo llegar a pensar. A ese lugar también puedo llegar. ¿Por qué pasó por la esquina? Pasa por todas ellas y, para lo contrario, tendría que hacer desaparecer todas las esquinas y no quiero eso. Quiero retenerlo. Me interesa la situación y creo que si no encuentro en él algún sentido interesante en las partes que componen su todo, va a permanecer sin esa gravedad que atrae mi interés. Reviso y vuelvo a revisar. Intento no personificar porque todavía no quiero entrar en su mundo. No quiero distraerme. Por ahora lo necesito así, desconocido e inerte, cruzando la calle cuando yo lo disponga y doblando la esquina en el instante adecuado, quiero resolverlo. ¿Recordarlo es la idea final? No estoy seguro. ¿Por qué cruzás la esquina? No contestás la pregunta y me parece aceptable, aunque no estoy de acuerdo. No quiero que invadas mi esencia. ¡Ah! Tiene acceso a mi esencia. Dato interesante. Si reconozco su simiente voy a poder reparar en su sentido. Conocerlo y vivir su vida me abre otro camino principal. Si no reconozco lo fundamental de la situación sólo voy a describir el momento desde mi punto de vista y tampoco quiero eso. Deseo llegar al final y saber el sentido. El camino se personifica irremediablemente.
Me lanzo a la puerta para obtener un resultado porque sigo queriendo saber por qué pasó por la esquina. Me contento cuando la libertad extraña y ajena de una idea legítima me sorprende. Sé que me tengo que aferrar a ella para no engañarme e irrumpir con sus intereses. Ese es el momento exacto en el que descubro quién es realmente el personaje y si me interesa contar su vida.

Acerca del autor:  Cristian Cano

Androide - Raquel Sequeiro


Al despertar imaginó una ciudad blanca e inteligente, infestada de esos a los que llamaban Waitrons. No podía olvidar la mirada de ese chico en la universidad, tan triste y extraña. Se metió bajo el agua de la ducha. Tenía tres días para descubrir el misterio o su hermano moriría. No era violento, un tajo en la cabeza y ya no resucitaría jamás. Los zombis nos acosan en las discotecas porque fuimos vampiros y los hombres lobo pululan de noche por la ciudad. Deja de sonar la música. Traspaso la puerta para ir a trabajar, bajo por la escalera, me detengo a mirar mi rostro en el espejo, teatralmente mágico. A través del espejo las cosas son diferentes; el mundo, simplemente, está cabeza abajo.
¿Cabeza abajo? ¿Así? Nacho se cuelga de la barra de ejercicio del gimnasio. Estoy sudando. El monitor me pasa una toalla.
Hey, amigo sonrío. Otro día me pones una tabla suave. Me gusta tanto el ejercicio como ir a la sauna. Nada. Al despertar imagino que soy un androide y comienzo a rebuscar cables, circuitos, corto un par de tendones, abro músculos, cerceno pedazos de piel.
¿Quién te dijo que eres un androide? Nadie me dijo que lo fuese.

Acerca de la autora:

El intocable - Silvia Milos



Caía la noche y Arquímedes entró tiritando a su casa. Empujada por el viento la puerta se cerró violentamente. Adentro también hacía frío; por eso aseguró los postigones que sacudían las ráfagas heladas, encendió la estufa a kerosén y se frotó las manos delante de ella. Su hija Selena llegaría pronto de trabajar y entre los dos prepararían la cena; tal vez un guiso o algo sustancioso, ya verían.
Desde que Evelina se había ido, todo era improvisado; no lograba alejar esa desazón por su ausencia. Se había ido tan repentinamente como había llegado a su vida cuarenta años atrás. Aún podía recordar lo hermosa que era;. su belleza, robada por la muerte de una bofetada. Era verdad que la extrañaba, no le gustaba a su edad estar solo...A veces ella tenía algunas manías que lo alteraban y a menudo eran motivo de pelea. Una de las cosas que más detestaba era cuando Evelina lustraba las piezas del juego de ajedrez de onix verde y marrón. Él lo había ganado en un torneo, pero ella siempre lo hostigaba diciéndole que no era buen jugador; y siempre, cuando acababa de limpiarlo, cometía la torpeza de voltear al Rey con la franela.
¡ Cuántas veces apretó los dientes para no gritarle lo inútil y despiadada que era! Pero luego su bronca se iba apaciguando cuando ella le sonreía triunfante, como si le hubiera ganado descuidadamente la partida. Otra cosa que Evelina hacía en particular, era limpiar obsesivamente un espejo con agua avinagrada. Enorme y ovalado con un marco de madera tallada, dominaba el ángulo derecho de la habitación, y ella lo adoraba porque era una reliquia heredada de su bisabuela. Una vez mojado con la mezcla, lo secaba pacientemente con papel de periódico hasta que el cristal quedara totalmente impecable. El toque final se lo daba con su aliento; primero lo soplaba y luego lo volvía a repasar pacientemente con otra franela seca. Lo dejaba brillante, sin huellas; ni el detalle de las patas de una mosca se le escapaba.
Él sentía envidia del tiempo que Evelina le dedicaba a ese objeto. Ella hasta le había dado un nombre: El Intocable.
En cuestión de segundos el frío lo volvió a la realidad: la estufa se había apagado y no tenía más kerosén. Cuando llegase Selena, la mandaría a buscar otro bidón. Mientras tanto se pondría a ordenar un poco la casa que estaba hecha un desastre. Parecía que siempre llegaba demasiado tarde del club para hacerlo. Sólo limpiaba los fines de semana cuando su hija se quedaba para ayudarlo. ¡ Qué difícil se había vuelto todo sin Evelina ¡
Hasta ese espejo, que era su objeto consentido, se veía apagado tras el polvo y la grasitud. Después de todo era de ella y ya nadie se miraba en él. Se había vuelto inútil; sólo lo conservaba porque era como tenerla en parte a ella.
Una o dos veces un vecino suyo que era coleccionista, le había ofrecido una buena suma por él y había dejado permanente la oferta por si alguna vez cambiaba de idea.
Volvió a la habitación en penumbras y se detuvo frente al espejo. Su cristal estaba turbio como un río revuelto, turbio como sus pensamientos. Sopesó por un instante si realmente valía la pena quedarse con él; total nadie le reprocharía nada por venderlo. Es más, necesitaba el dinero: Ni su hija se opondría pues detestaba las “ cosas viejas” que su madre había amado. Era una idea, sólo eso ¿ Quién se daría cuenta? Por otro lado, Arquímedes guardaba la memoria de Evelina en otras partes, tal vez más insignificantes pero ciertas: Empezó a enumerarlas con los dedos: sus fotos, sus sábanas de algodón blanco bordadas por ella misma, su anillo de oro... No, ése ya lo había vendido la otra vez cuando Selena se había endeudado y el hipotecó la casa. Como ahora, justo igual.
Apenas llegara Selena le diría que lo llamara para concretar la venta. Estaba decidido.
Comenzó a colgar la ropa desparramada por la cama, incluso la que estaba tirada sobre el espejo que últimamente oficiaba de perchero. Cuando su vecino el coleccionista viniese a ver el objeto, al menos la habitación estaría más arreglada. Estiró un poco la colcha tejida al crochet, también hecha por sus manos laboriosas. En ese instante deseó que ella no lo viese desde arriba al concretar la venta... O tal vez hasta suponga que haga bien al deshacerse de él, y lo bendiga por ser tan práctico.
Dobló en dos el saco de lana gris mientras murmuraba ensayando la charla de compra-venta. Si le pidiera un precio, o si esperara la oferta, y luego regateara. Estaba concentrado en eso, cuando por el rabillo del ojo vio algo que se movía en la opacidad del espejo: era Evelina. Su reflejo pasó caminando ida y vuelta para que no le queden dudas. No estaba loco. Sintió su aroma, ése que la identificaba: una mezcla de lejía y agua de rosas que, al igual que su imagen guardada, apareció enrareciendo el ambiente. El reflejo sepia y ajado como una fotografía, se detuvo en el cristal blanco y polvoriento. Luego, mirando a Arquímedes, clamó de forma provocativa:
—¡Jaque Mate!
La imagen despareció dejando un halo de su aliento dibujado en el espejo, como si desde afuera – o desde adentro- alguien hubiese soplado en él.
La habitación se había calentado de manera insoportable; Arquímedes salió de allí corriendo impresionado. Tembloroso, llegó hasta la vitrina donde guardaba su juego de ajedrez. Su sospecha estaba confirmada: el Rey de onix yacía volteado en el piso.
—Lo siento, lo siento —advirtió hurgando en el aire la densidad de su aroma—. Me había olvidado de que era Intocable... Has ganado la partida.

Acerca de la autora:  Silvia Milos

lunes, 15 de julio de 2013

Las balas que faltan en la caja – Héctor Ranea


Entré solo dos veces al negocio del viejo Zien, como le decían en el bar. Tal vez tres. Y no sé bien por qué. Cada una de esas veces compré dos cajas de balas de calibre 22 largo, pero hubiera podido comprarlas en los del viejo Martín, la famosa Casa de la Caja de Sorpresas de la calle San Martín, casi tocando el edificio de Correo. Tal vez entré en lo de Zien porque quería comprobar lo que decían de él y su negocio de taxidermia. Y en verdad nadie se confundió o exageró. El olor que emanaba del local ya era indicio de que algo andaba mal, como si una obra de teatro se hubiera engullido a los actores y los hubiera podrido en sus fauces.
En el mostrador había un cadáver de pingüino bien armado pero que hedía a muchos calamares muertos, como si el viejo los hubiera diseccionado in situ, dentro del ave. Colgado del armario donde tenía las balas, un cormorán envejecido por la ceniza de la estufa, apestaba a mal podrida bosta y allá, en el fondo, un puma sin ojos rugía en silencio cada vez que pasaba el viejo hediondo a su lado.
Él paseaba demasiadas veces por el local buscando lo que uno había pedido. Supongo que con el secreto afán de que el cliente se entusiasmara con algo de lo que ofrecía. La primera vez salí de ahí y fui directo a darme un baño. El olor de las ropas del taxidermista me había enloquecido. Le sentía olor a las balas, me desnudé en la puerta de atrás de casa a pesar de los diez grados bajo cero de esa primavera excepcionalmente cálida. Pero todo era preferible antes de entrar a casa con semejante olor. Aunque confieso que mi esposa creyó que había perdido la razón al entrar así y encarar decidido al baño gritando que no entrara la ropa a la casa.
Supongo que si hubiera buscado mejor ella hubiera descubierto lagartijas, serpientes, lombrices, sapos que yo sentía viborear en mi cuerpo mientras corría las cuatro cuadras del negocio de Zien a casa. Pero dijo no haber encontrado nada.
No importa.
Con las balas acribillé ñandúes, martinetas, liebres, piches. Comimos de la caza esa primavera y el verano. Llegué a disparar contra un albatros rarísimo que apareció en la ría pero fallé el tiro y me imaginaba llevándoselo al Zien para que lo perpetuara, pero después relegándolo al patio para que no me apestara la casa. Fallé. El albatros remontó vuelo rumbo al Sur según lo seguí con la mirada.
La segunda vez fui a lo de Zien para matarlo. Lo encontré acariciando la piel de un extraño lagarto que no era de la zona, muy ensimismado. Tanto que no oyó cuando entré, aunque sigo pensando que me olió, seguramente porque no huelo como la mierda que él preparaba para exhibición. No pude matarlo esa vez pues el puma sin ojos me bloqueó la entrada y en silencio me obligó a la retirada. Disparé tres tiros con la carabina pero no pude darle, como había previsto, en la sien al viejo.
Por eso, conjeturo, debo haber vuelto la tercera vez. La que dicen en la policía que lo maté a Zien. Pero yo no tengo la certeza. Sólo sé que me faltan tres balas en la segunda caja. ¿Por qué tres balas? Tampoco lo podría decir con certeza. Yo, que siempre maté todo con una sola, no entiendo qué pude haber hecho con dos de más. Tal vez maté al puma. Tal vez al cormorán enfermo de ceniza. Tal vez me disparé yo mismo en la sien antes de matarlo. Eso. Tal vez fue así: me maté de un tiro después de eliminar al puma y luego le disparé al viejo cuando intentaba disecar mi cabeza. Es terrible el olor, tan terrible que no me deja ver claro.

Ése - Fernando Andrés Puga



Tengo un imitador. Un sosías. Un otro que soy yo y no, al mismo tiempo. Un alguien que replica mis movimientos, que repite en simultáneo mis gestos. A ése me lo encuentro a cada rato. En los baños, en el hall de casa, en las vidrieras, en los charcos que quedan en las calles después de las tormentas, en los lagos cristalinos que aparecen tras los cerros cuando pretendo eludirlo por un rato.
Desde el momento en que tomé conciencia plena de su presencia me he esmerado en la búsqueda de pequeños detalles que lo diferencien de mí. Por ahora sólo he descubierto uno, él es zurdo, pero es poco y no me resigno. Ha de haber algo que demuestre con creces y sin dejar lugar a ninguna duda que soy yo el original, el que decide, y él no más que un imperfecto reflejo.
No pienso bajar los brazos hasta que quede bien claro, aunque sé que en este instante vos, el del espejo, estás pensando exactamente lo mismo y con la misma determinación. ¿O acaso me equivoco, eh?


Acerca del autor:  Fernando Puga

Luna Suburbana - Hernán Gonzalo Pérez Guzmán



Todo esto me resultaba difícil pero no extraño, muchas veces había comenzado y terminado proyectos laborales y personales en mi vida. Ahora emergía la distancia como novedad, pero se imponía necesaria.
Hacía un par de semanas, estaba en mi departamento un viernes a la noche y después de preparar mi cena, decidí ver una película, recuerdo que no hice demasiado zapping ya que me encontré con “Perfume de mujer”, una película que hacía mucho había visto en el cine y me había impactado la actuación de Al Pacino.
Ocurre en la película, que Frank (Al Pacino), se encuentra en el restaurante del hotel antes de cenar y allí invita a bailar el tango a una hermosa mujer, luego de bailar vuelve a la mesa junto a su acompañante y realiza esta sorprendente comparación entre el tango y la vida: "En el tango uno no se equivoca. No es como en la vida, es sencillo. Eso es lo maravilloso. Si uno se enreda o se equivoca, sigue bailando".
Inesperadamente algo me ocurrió, no sé si encontraré las palabras para explicarlo. Surgió en mí una necesidad de “desapego”, pero no era emocional, era hacer lo necesario para generar un acto que marcara un antes y un después, que dejara una impronta singular en mi vida, como nunca antes, que diferenciara “vivir” de “pervivir”. Debía dejar de estar enredado, seguir bailando.
Y así me lancé, ese día, a la jornada incierta que con trayectos de espíritu y de materia amo y elijo, como los cafés bajo la luna suburbana de mi hermoso San Isidro.


Acerca del autor:  Hernán Gonzalo Pérez Guzmán

sábado, 13 de julio de 2013

El hombre invisible - Ana Caliyuri




Buscaba la amistad virtual. Un sol que entibiase su muerta vida. Hojeaba el periódico como era habitual en él, de atrás hacia adelante. Luego leía cualquier libro de ficción que cayese en sus manos; verdaderamente ninguna cosa que lo aproximase a la realidad le hacía bien. Se le atragantaban los logros ajenos, pues estaba enfermo de desamor y envidia. Un día, como tantos otros, decidió abrir la puerta de su mundo reducido e ir a tomar un poco de aire. Se acercó a la librería más cercana a su domicilio, en la batea que estaba en la puerta de entrada se topó con “El hombre invisible” de Wells. Lo miró con cierto desdén; hubiese dado lo que no tenía por hacer desaparecer del mundo de las letras a quienes lo opacaban; tenía un ácido sentido del ego y pensó que quizá desde la invisibilidad nadie sabría que él había sido el gestor de la idea. Cerró el libro, retornó a su casa y luego de leer las producciones de sus compañeros de red social los bloqueó, los borró de su lista de amistades. Ya más tranquilo intentó dormirse. Un cierto estado de incomodidad se apoderó de su esencia; sintió deseos de conocer las reacciones y los escritos de quienes había hecho invisibles, fue entonces cuando se miró al espejo y vio su cuerpo desnudo y golpeado: por enésima vez recordó que ya hacía como un siglo que había muerto.

Acerca de la autora:  Ana Caliyuri

Una pesada carga - Paula Duncan



Las primeras luces del día se desperezaron ante sus ojos, salir de la noche era algo así como un parto, dejar la oscuridad atravesar dos planos para encontrar un hálito de vida; era difícil si hasta le costaba respirar; trató de ordenar ideas y pensamientos, le fue casi imposible entonces optó por recordar la última noche.
Comió muy liviano su estómago estaba algo inquieto, se fue a la cama, y se durmió con un sueño tan frágil como papel de arroz, al poco tiempo tuvo que levantarse al baño, nada conseguía quedarse en su cuerpo y fueron varios los paseos de la cama al baño y viceversa, le parecía estar acompañada; extraños personajes le hablaban, hacían ruido,se reían, a veces uno o dos, a veces muchos, estaba extenuada, con mucha sed y con la sensación de entrar y salir continuamente ¿de dónde? ¿Para qué? ¿Por qué? Preguntas sin respuestas.
Y llegó el alba; él, que durmió toda la noche a su lado nunca se enteró de nada, se fue a trabajar como todos los días; ella se quedó adormilada acompañada de sus duendes algo opacados por la situación.
Fueron ellos los que la obligaron a dejar la cama y prepararse un té que desde luego no se quedó en su estómago.
Y ellos también la ayudaron a pedir ayuda ante la inminencia de un trágico desenlace “llamen a un medico, me siento muy mal” dijo; no sabe como la bajaron de su casa cerca del cielo; lo último que escuchó antes de la sirena de la ambulancia que se la llevaba, fue la voz de la doctora diciendo “hay que internarla; esta desnutrida y deshidratada”, ahora su vida estaba en manos de otros, su carga se hizo mas liviana.
Las luces del día golpearon con fuerzas sus párpados, una nueva etapa estaba naciendo, ya no tenía que pensar ni recordar nada solo dejarse llevar, la salida estaba cerca.


Acerca de la autora:  Paula Duncan

jueves, 11 de julio de 2013

Fin de la apertura - Héctor Ranea




1e4 pero me muerdo el dedo índice de la mano izquierda (soy zurdo) para evitar que se apoye sobre la cola del gatillo de mi Beretta 92 y juego c5. Lo estoy empezando a poner en vereda. Ya debería saber qué sigue. Todo se va a desarrollar suave, como una tarde en Palermo, con una granita de pistacchi y mandorle. Suave. ¡Te tengo! Mi Beretta se calienta. Juega Cf3, la clásica. Pero le pongo un d6 y lo dejo boquiabierto. Ya sabe lo que le espera. Contesta: d4. Yo le tomo Cxd4. En eso veo aparecer una Colt1911 de su bolsillo, apenas la vislumbro. ¡Esto se va a poner lindo! El tablero mismo parece sudar. Antes del enroque ya tenemos cada uno la pistola en la mano. No vale la pena nada. Él dispara primero, apenas una fracción de segundo después lo hago yo, pero el reflejo del impacto de su bala hace que dispare dos veces. Las dos le dan en el pecho. Jaque mate.
—¿Qué pasó acá? —dice el comisario Bermunde.
—Una partida de ajedrez en solitario —contesta el agente Soli.
—¿Se pegó tres tiros él solo? ¿Usted me toma por boludo? —pregunta casi a los gritos el comisario.
—Estaba frente al espejo, Bermunde. El espejo tiene dos agujeros de la Beretta.
—Un caso más de suicidio a la siciliana —dice Bermunde mascando sus palabras con bronca.


Acerca del autor:  Héctor Ranea

Ausencias - Diana Sánchez


          ´´Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor. Felices los felices´´
                Jorge Luis Borges

Salgo a la calle y el mundo se esconde. Entonces vuelvo,  me siento frente al espejo. Y dejo la máscara sobre la mesa.
Me acuesto y en el no-sueño dibujo los rostros que deseo y la vida me niega. Día por día. Con sue tu dina riamente. Las horas caen como las hojas de los árboles en invierno. Es duro y áspero el invierno, tiene la fuerza de dios.
Entro al templo frío de olores cenicientos, aún estancados en mi garganta. Entro al templo, todo es violeta y gris. Gris y violeta. Palpito que las manos del sacerdote son heladas. Heladas y cenicientas, gris y violeta. También sus labios. Los ojos y las pieles de aquellos sacerdotes. Las cabezas sin pelo y los cuellos gélidos de los sacerdotes de cuando yo era niña.
Es duro vivir sin encuentros. Los rostros amados ya no salen a la calle. No a la calle por la que yo camino. Ni a la ruta, ni a las vías. Las orillas. No salen a la ribera, ni a los esteros. No están en los tajamares. Tampoco en la cuenca dejaron huella. Ni siquiera en las lagunas. Ni en los charcos.
Vuelvo a casa. Dejo la máscara sobre la mesa.
La canilla rota provoca un hilo de agua que atraviesa la puerta. Descalza, sigo el hilo de agua y empiezo a vislumbrar los rostros amados.
Cae la máscara de la mesa.


Acerca de la autora:  Diana Sánchez

martes, 9 de julio de 2013

Marea tropical- Paula Duncan



Se fue dando cuenta que los encuentros con él ya no eran lo mismo, los interrumpía el viento demasiado fuerte, el sol que se iba demasiado pronto , la luna que tardaba en aparecer; ya nada era igual ni siquiera el ambiente tropical que encendía la piel con música de tambores en la playa, lograba un acercamiento pleno
Ella había descubierto hacia un tiempo, que la comunión de dos cuerpos haciendo el amor era una danza perfecta que no se ensayaba, los movimientos eran precisos e inconfundibles, no había margen de error, porque no existía el error. Solo debían entregarse sin pensar, olvidar sus propios límites, lograr que el territorio de sus cuerpos dejara de ser individual para ser a ser una fusión de suspiros, piel y humedad; era algo único; maravilloso e inexplicable en palabras, solo se podía sentir
Una tarde se encontraron en la playa sin decir nada; se sentaron uno al lado del otro mirando el mar, hasta que el sol se fue en el momento oportuno, la luna llego a tiempo, el viento se transformo en brisa; cuando la marea comenzó a mojarles los pies se levantaron y se marcharon… por separado.


Acerca de la autora:  Paula Duncan

Le tengo miedo a la muerte - Ada Inés Lerner



Llegó al cementerio casi empujado por su tío paterno, y dado el compromiso afectivo con los muertos presentes en esa ocasión. (amén de los mandatos que vienen cargados por los ancestros). Sí, muertos en plural. Eran tres.
La historia de esta triple tragedia no comenzaba con un accidente automovilístico múltiple. Será mejor que se los cuente el personaje principal en persona.
Fue por este caso que comencé a temerle a La Muerte. Por esos tiempos andaba yo noviando con dos hermosas niñas, Silvia y Marina, aunque sus nombres no vienen al caso. El caso es que las dos sueñan casarse pronto. Y conmigo. Deben saber los lectores que soy un joven agraciado que pretende seguir estudiando la carrera más larga que se conoce, Diplomacia, con una noble idea: que mientras mi padre continúe sufragando mis pequeños gastos.
Ignoraban Silvia y Marina que yo había hecho votos de soltería (y lo que se ignora no hace daño) y no precisamente por motivos religiosos.
Como les contaba alguien al principio de este texto llegué al cementerio por una amable invitación de mi tío paterno que no ahorró improperios en su invitación:
—Zoquete, vago, ni siquiera caído del catre, se murió la cotorra de tu tía, el perro de tu papá y la gata de tu mamá y ¿ni siquiera movido por el amor filial vas a acompañarnos al cementerio?.
—¿Se murieron los tres? ¿Quién fue el asesino?
—Yo, la Muerte
Desde ese día le tengo miedo a entrar al cementerio y a mi tío —el Loro—.


Acerca de la autora:  Ada Inés Lerner

domingo, 7 de julio de 2013

Bucólicas - Héctor Ranea



El pasto todavía está mojado a esta hora y yo sé que salen los escarabajos, las lombrices, los bichos moros, las chinches y las vaquitas de San Antonio y que los pájaros carpinteros se vienen a comer al parquecito porque está rebosante de platos deliciosos. Los veo. Son tres que junto a un hornero deben estar comiendo hasta hartarse. Sólo me ven cuando estoy a dos pasos de ellos. Dos de penacho rojo junto al hornero vuelan con cierta dificultad hasta el gingko bilova casi desnudo a esta altura del año. Se posan en una rama con una sola hoja de ese amarillo alucinante. El otro, de espaldas amarillas, espera a que esté más cerca para decidirse a volar o no. Al próximo paso que doy camina cansino, está seguro de que no le voy a hacer daño. Me sonrío. Me enternece que hasta los pájaros me conozcan en mi jardín. Los otros tres gritan, casi confundiéndose en el coro, tan similares sus voces. Nos miramos largamente. Estoy tan cerca que no puedo creerlo. Yo tan grande, él pesado de lombrices y otros bichos. Tanta poesía hay en esa mirada. Pero a esta hora estoy con hambre. Los felinos no podemos aguantarnos tanta saliva en la boca.


Acerca del autor:  Héctor Ranea

viernes, 5 de julio de 2013

Diálogos del futuro - Luis Benjamín Román Abram





—Papá, te agradezco que en este día me hayas dado acceso a la biblioteca familiar, otros chicos ya lo hicieron en sus hogares, pero me dijeron que no podían revelarme nada al respecto. Ahora que he absorbido los autores permíteme preguntarte, ¿No resulta exagerado que tengas tantos libros de autores humanos? Incluso sobrepasan en número a los robóticos, por añadidura todos están en esa rara imitación que llamas holopapel.
      —Hijo, ¿acaso no te he enseñado que cada edad trae consigo sus propios hallazgos, y que dándose estos es que se logra el máximo crecimiento interno?
—Así es papá, me has ilustrado sobre eso y mucho más.
—¿Qué más hijo?
      —Me has inculcado que sabiendo de otras culturas, de sus tradiciones, podemos tomar lo bueno, y no caer en sus errores. Qué somos una sociedad pacífica y así debemos mantenernos.
       —Hijos, son algunas de las razones por las que poseo esas obras. Te diré lo que tus amigos no podían. Cada hogar del planeta tiene los mismos contenidos.
      » Ahora, te autorizo a absorber los títulos.
  —Papá, he terminado de revisar los millones de encabezados. Lo tengo más claro y tendré el tema resuelto cuando lea el contenido. Pero puedo decirte que estas creaciones literarias, de nuestros extintos orgánicos son tan valiosas porque tocan muchos temas que para nosotros son inspiradores, ¿No papá?
      —Así es hijo, aún te falta llegar a más conclusiones. Abre tu mente a la clasificación por género y subgénero literario.
      —Papá, lo tengo. Sé que no es un día cualquiera, estoy en el momento de la revelación.
       —Así es hijo, ya tienes doce años, y acabas de dar un paso a la siguiente etapa de tu existencia. Al conocimiento de nuestros orígenes. Hasta la fecha sabías que proveníamos de la llamada ultra tecnología androide, a cargo de entes inorgánicos casi idénticos a nosotros, pero en realidad ellos solo la perfeccionaron para alcanzar la familia, completándonos como entes inteligentes. Casi la mantuvieron inalterable y aún así en nuestros tiempos como un homenaje, con nuestra morfología, a nuestros queridos orgánicos que, de alguna manera, han sobrevivido, en nosotros, a la calamidad vírica.
      »Pero cómo te habrás dado cuenta lo que sabes ahora no tiene que ver con nuestros cuerpos, sino con nuestras almas.
      —Papá, ya absorbí lo necesario para saber que lo primero que tengo que leer corresponde a las extraordinarias visiones futuristas de los creadores, los que impulsaron nuestro ser. Los que volcaron en letras, sus anhelos, incluso sus temores, todo escrito en los siglos XX y XXI cuando solo éramos una promesa.
      —Una promesa, pero en esas letras estamos tú y yo sosteniendo este diálogo.
      —Así es hijo, esa es la magia de la literatura de la ciencia ficción robótica.
      El androide y su vástago se abrazaron.

Sobre el autor: Luis Benjamín Román Abram

Miserable - Cristian Cano


                                    

Tenía el revólver en la cintura. Por suerte, la camisa colgaba lo suficiente. Los androides se plantaron al otro lado de la calle. Cuatro manos contra mi único brazo. La ráfaga láser me había herido cuando me topé con ellos en el callejón. Programados para matarme, los dos caminaron hacia mí con la lentitud certera de los mismos asesinos a sueldo con los que seguía manejándose el gobierno. Uno de los androides levanta su arma con la velocidad de un rayo y me dispara en las piernas. Al caer, veo que enfunda dentro de su cintura. Ahora, la luminiscencia de sus ojos es clara. Creen que la misión terminó. Piensan que el miserable ha muerto. Saco el viejo Colt y gatillo apuntando a la cabeza: los resortes y tornillos vuelan por el aire y cae pesadamente levantando polvo. El miserable está de vuelta. El único ojo celeste del androide restante se torna oscuro mientras él retrocede. Ahora es un mano a mano. Disparo dos veces y el androide dice algo que no entiendo. Caer de rodillas y murmura por lo bajo. Me acerco y le apoyo el arma en la nuca. Es la primera vez que siento compasión por un enemigo.

Acerca del autor:  Cristian Cano

martes, 2 de julio de 2013

Impaciencia - Ana Caliyuri



La impaciencia carcomía mi cerebro, de tanto en vez, con esfuerzo, lograba detener algún pensamiento para explorarlo. Aunque normalmente la impaciencia lo dejaba raído a la vera de otro pensamiento que, por supuesto, no culminaba su proceso pues el virus de la impaciencia lo destruía. Una especie de intranquilidad lingüística era el síntoma. Ese día de primavera, por error entré en la Galería. Allí estaba él. Algunos, a escondidas, le sacaban fotos o lo toqueteaban un poco. Por primera vez no me sentí impaciente. Él nunca se enteró de mi fortuita curación, tampoco creo que me hubiese escuchado. Me quedé a su lado hasta que la Galería cerró. Luego, ya en la calle, supe que había estado allí, pacientemente, por espacio de más de ocho horas. Un pestañeo de tiempo, pensé. Cuando le relaté lo sucedido a un amigo, me miró con gesto divertido, para luego agregar:
—¿Estuviste ocho horas al lado de una estatua?
—Por supuesto —le respondí, un tanto incómoda—. Al principio tuve palpitaciones, pero luego, me transporté a su tiempo y creo que viajamos juntos.
—Eso que te sucedió se denomina Síndrome de Stendhal.
Obvio que no era cualquier estatua, era el “David” de Michelangelo. La belleza cura la impaciencia. Mi amigo no pudo comprenderme. Hace pocos días me encontré con su esposa en el andén de la estación de la línea Cero. Charlamos de bueyes perdidos, del virus de la impaciencia y finalmente me contó que tenían programado un viaje a Grecia pues su esposo, mi amigo, deseaba conocer a la Venus de Milo…


Acerca de la autora:  Ana Caliyuri

¡A la cucaracha! - Héctor Ranea



Al principio se hubiera podido decir que la campaña de la Organización Mundial de la Salud había tenido éxito completo, total, apabullante. La eliminación de las cucarachas domésticas era un hecho incontrovertible, al menos en las estadísticas.
Nueva York, de ser la capital mundial indiscutida de las cucarachas había pasado a ser un mero villorrio; en Estambul ya no se encontraban las malditas cucarachas de Sinople; en Buenos Aires la belga estaba sólo en algunos libros de nostalgias y la famosa cucaracha de quirófano, reina en varias capitales de la India y Pakistán, había dado lugar a frascos de insecticidas obsoletas. Fantástico. Era para exclamar, en rigor.
La campaña fue consistente, dura, casi penosa para los habitantes tanto de Barcelona como de Tombuctú y no menos para los de Hong Kong que para los de Malasia y los de la lejana Australia, más allá de algunas características especiales con cucarachas muy raras, como la pico de ibis o la de orejas de canguro, y todas esas mezclas zoológicas que tienen por allá. Dura pero sencilla como la tabla del dos: no dejar comida suelta.
Los mercaderes callejeros protestaron y protestaron en México los vendedores de carnitas y quesadillas, pero se impuso el bien común y las ciudades comenzaron a parecerse todas a Vancouver y a Estocolmo por afuera y por adentro. Las cucarachas, entonces, al quedarse sin comida emigraron al campo pero allá las esperaba lo peor. En los establos, las granjas, las plantaciones y sembradíos, los humanos habían previsto el cierre completo, total, absoluto, de granos, comida para pollos y afines o de cualesquiera tipos de alimentos balanceados o cereales, incluso hasta habíanse instalado controles sanitarios de gotas de leche derramadas. Todo bajo control: “cucarachas fuera”, había sido el lema y por una vez la Humanidad en su conjunto aceptó y jugó el juego de la OMS; y ganó. Hasta en Mongolia se reportó un nivel extraordinariamente bajo de blátidos: nulo. Cero total, nada.
En la ONU todos estaban felices. Ningún bicho se comería ahora los sánguches que esperaban en la oscuridad a que los comensales terminaran sus discursos sobre la paz mundial que habían comenzado en el 47, 48 y seguían hasta bien entrado el siglo XXIII. ¡Qué suerte! “No more Cockroaches” rezaba un cartel gigante en Times Square. De las 4467 especies de blátidos, se decía que sólo quedaban dos o tres, algunos en regiones aisladas en el Tibet, en Amazonia y en las alturas de las mesetas de Sudáfrica. Al máximo, se calculaban en 11 las sobrevivientes y todas ellas sin contacto con humanos de ninguna nación. Un alivio para la salud, un triunfo para la Humanidad. Por una vez, el acuerdo había resultado exitoso.
Pero hubo un pequeño problema. No contabilizaron bien. Hubo una cruza que se escapó a los entomólogos, mitad Blattella germanica, mitad Blatta orientalis. Tozuda, pequeña, fuerte. Se especializó en comer pelos de humano primero, luego pedazos de piel que desechan estos (provocando no pocas deflaciones de colchones en el mundo). Con el tiempo, no sólo comieron ratones sino que mordisqueaban subrepticiamente a la gente en el subte, en su trabajo sentados a la mesa de los ordenadores, a los asistentes a partidos de béisbol (tan sentados ellos). Algunas quejas por zapatos desaparecidos no inquietaron a nadie más que a sus poseedores en Irlanda y en algunas ciudades de Chile, del Sur de Chile. Nadie pensó en las cucarachas.
Cuando apareció el primer cadáver de un indigente en Honkji, empezó una cierta preocupación, sobre todo porque del cadáver sólo quedó la ropa y el testimonio de sus compañeros acerca de que no hubiera salido sin ellas en pleno invierno y que nada tenía. En China una persona es buscada hasta que se encuentra a sus familiares o a sus restos. Ni lo uno ni lo otro sucedió en este caso. Nada. Misterio. Aun con el caso abierto, el Inspector General Huo Xi decidió investigar y por las redes sociales que monitoreaba diariamente fue enterándose de casos similares en la Rusia de los nuevos zares, en los antiguos llanos de La Rioja y a orillas del Guadalquivir.
No se le escapaba nada al policía, tenía mejor olfato que las extintas cucarachas y, aunque al lector ya la pista le haya sido dada, es digno de saberse cómo él resolvió todos los casos, incluidos el de algunos jíbaros que se decía en Perú y Ecuador que habían aparecido cubiertos de élitros esclerotizados de colores raros y extravagantes.
A los trece años de estar casi a punto de declarar la epidemia de las cucarachas domésticas extinguida, los cerebros de la comunidad internacional se desayunaron con que las ladinas bestezuelas se habían adaptado a comer restos y luego vino una rápida aparición de hexápodos carnívoros, en particular antropófagos. No es este informe un lugar adecuado para dar detalles de cómo los blátidos acometían su tarea, podrían ocurrir desmayos entre los lectores.
Lo que sí es necesario aclarar que el Inspector a cargo tuvo que soportar varias de esas experiencias, incluso en su familia, un poco antes de que lograra que la ONU declarara la emergencia acerca de este nuevo peligro. Tarde: las especies de estos horribles bichos, sin contar las voladoras ya asciende a 7311.

Acerca del autor:   Héctor Ranea