domingo, 30 de junio de 2013

Pasos - José Manuel Ortiz Soto



Aprendiste a rumiar palabras por necesidad, por miedo a que te escucharan y pagaras las consecuencias; desde muy temprano, el silencio que pegaste a tu flanco es tu mejor aliado. Aunque no lo has visto en kilómetros a la redonda, sabes que el mítico asesino apodado el Escalpelo de la Muerte no nació de las páginas de un libro, de la imaginación de los trasnochados que frecuentan los bares de la periferia de la ciudad, tampoco del recelo de las prostitutas sin nombre que pinchan con las agujas de sus zapatillas calles desoladas. Hay veces que no puedes dar un paso sin sentir su paso flexible junto al tuyo; su respiración fría y acelerada erizando la pelusa de tu cuello… Por más deprisa que te vuelvas, él escapa entre las sombras, pero te deja encima su miedo; sabes está por ahí con los ojos bien abiertos y las orejas levantadas, que nunca se cansa, que duerme de pie como caballo de lechero, y que cuántas veces el nuevo día cercene su cabeza, la noche siguiente la multiplicará como la hidra. No importa adónde vayas, ni de qué tamaño ni cuánto sea tu miedo, el asesino eres tú y estás en todos lados.


Acerca del autor:  José Manuel Ortiz Soto

El enemigo huía en lontananza - José Luis Velarde



—Los cascos de la caballería resonaron con brutalidad en la llanura —solía repetir mi abuelo que nunca fue parte de revolución alguna—. Aún guardo el pergamino donde se reconoce mi valor en ése y otros combates que aún me llenan de añoranza y felicidad.
A mi abuelo no le molestaba la repetición de sus hazañas imaginarias. Empezar una charla significaba tomar el control de ella. Preguntar y responderse era una habilidad bien aprendida. Las palabras eran un afluente impulsado por borbotones que muy pronto resultaban predecibles, porque las anécdotas no eran demasiadas. Cualquiera lo notaba pronto por más despistado que fuera, porque siempre las contaba con las mismas palabras. Algunos intentaban decirle con cortesía que ya habían oído con anterioridad lo que intentaba contarles. Entonces el viejo solía responder:
—Sí, sí, pero permíteme contarte lo que pasó después.
La charla se reanudaba en el mismo punto donde había sido interrumpida.
Hubo ocasiones en los interlocutores se marcharon sin que él lo advirtiera.
De tanto quedarse solo comenzó a dirigirse a los objetos que lo rodeaban. No porque los confundiera con personas sino porque comenzó a personalizarlos. Una tarde me presentó al señor Anaquel y a la señora Estufa a quien acompañaban dos muebles pequeños. El niño Horno de Microondas y el niño Sartén.
Lleno de tristeza intenté prometerle a mi abuelo que a partir de ese momento yo le dedicaría más tiempo. Me miró complacido antes de contestar.
—Sí, sí, pero permíteme contarte lo que pasó después.
Los cascos de la caballería volvieron a resonar con brutalidad en la cocina.

Acerca del autor:  José Luis Velarde

Mi agua - Anahí González


Hoy descubrí un mecanismo de mi mente que escribo para no olvidar, para que nunca más me encuentre desprevenida y así poder manipularlo a gusto y piacere, en cualquier momento que sea que me asalte, o que lo intente.
Desde hace bastante tiempo se me dio por pensar que no sé lo que quiero. Se me dio por buscar, cual perro obstinado y hambriento, el hueso que supongo alguna vez enterré en cierta tierra fértil de mi espíritu y que se llama esencia. Debo haberlo escondido muy bien entonces, porque no se deja ver, oler y menos tocar.
¿Quién soy? ¿Para qué estoy acá? ¿Cuál es mi camino? ¿Quién deseo ser? ¿Qué destino quiero forjarme si es que puedo escribir las hojas de cada día de mi existencia hasta que el libro se agote?
Ahora sé que el hueso siempre estuvo delante de mi nariz.
Una situación que puede parecer de lo más trivial me develó el misterio que encierra el control remoto de mi cerebro. Es un aparato que funciona en automático, pero que, conociendo sus tretas, podría intentar accionar a mi antojo. Play. Ahora stop. Pause, apreté pause. Ya me vas a obedecer.
Desde hace un tiempo me cuesta leer. No por pereza ni falta de entusiasmo, las palabras han sido siempre una tabla de salvación en medio de incontables tsunamis devastadores.
Me cuesta leer porque me da placer. Pause. Rewing. Me cuesta leer porque me da placer. ¿A qué clase de bicho le cuesta proporcionarse placer? A mí. Freno el goce en tanto y en cuanto osa asomar el esmalte de la delicada uña de su pie en punta de bailarina clásica.
Si en pleno invierno, recostada en el sillón de tres cuerpos del living de mi casa, con sahumerio de limón, té con leche con miel, frazada, llego a la mejor parte de un libro —situación que es para mí una de las caras auténticas de la felicidad— el éxtasis no puede durar más que un breve instante, el que tarda mi cabeza en hacerme jaque mate.
Cuando estoy llegando al núcleo proporcionador de orgasmos intelectuales, como puede ser el capítulo 32 de Rayuela, cierro el libro y me dispongo a hacer las cosas más estúpidas que haría el más estúpido de los hombres si le pidieran que hiciera las diez cosas más estúpidas que se le ocurrieran.
Y lo peor es que cumplo con el ritual autoimpuesto como si de ello dependiera la salvación de todas las fuentes de agua dulce del planeta o la paz de las naciones de todos los continentes conocidos y por conocer.
Confecciono listas de estupideces. A saber. Se me ocurre que mis repasadores están bastante gastados. Pienso que tengo que renovarlos. Un pensamiento de esa magnitud no debería ocupar en mi mente más tiempo que el que dura la frase “Tengo que renovarlo”. Pero no. ¡Soy infectamente capaz de creer que NECESITO recopilar todos los repasadores de la casa para saber cuántos merecerían ser renovados!
Así me hundo en infructuosas búsquedas —que me demandan el doble del tiempo que me hubiera llevado leer el capítulo 32 varias veces y de derecha a izquierda— y que me dejan, justamente, hecha un trapo sin ganas de nada más que de tirarme al sillón a lamentar mi cansancio.
Busco por horas en cajones en desuso, reviso los cestos donde se apila la ropa para lavar, abro y cierro el horno varias veces, miro debajo de las camas, desguazo los roperos de todas las habitaciones, le echo un vistazo a la ropa de la estación contraria, prendas que se me caen encima ni bien abro puertas a las que nunca llego sin subirme a una silla.
Al finalizar la tarea, en realidad, nada finaliza excepto mi inquietud de continuar leyendo. Jamás voy a saber cuántos repasadores tengo porque me importa un pito saberlo. Es más, me importa menos que un pito; los pitos me han importado más de lo que quisiera y en más oportunidades de las que quisiera.
Así opera mi mente. En cuanto ve que la felicidad o el placer, que se le parece bastante, están por asomarse al lago calmo de mis horas idénticas, activa un resorte que me dispara a millas de ahí. Es como si creyera que tanta belleza fuera demasiado para mí. “Tenés que…” lo que sea. Hacer compras, contar las baldosas que faltan en la vereda, sacarle los pulgones al rosal, hacer un llamado postergado que tal vez vuelva a retrasar por alguna otra actividad infértil.
Basta, mente podrida. Te agarré de las pestañas. No voy a tirar mucho, pero sí lo suficiente como para que no cierres los ojos. Te voy a mirar de frente para fumigar con mi insolencia tu mala entraña.
Desde hoy estamos en guerra. Voy a leer cuanto se me cante, voy a viajar a los países que quiera, como quiera, con quien quiera. Voy a inventarme un nombre que no conozcas para burlar tus prácticas. Me voy a reír de vos.
Y en mi mochila no voy a guardarte ni un chicle. Todos los bazooka de banana para mí. Te voy a dedicar los globos, eso sí. Globos bien grandes que voy a explotar de cara al cielo mientras pienso en Oliverio, en Neruda, en el toco tu boca. Llegó la hora de temblar como la luna del último verso del capítulo 7. En el agua. Mi agua.


Acerca de la autora:

jueves, 27 de junio de 2013

Venus impresionante - Luis Benjamín Román Abram


Los espectadores no dejaban de aplaudirla, la Venus de Willendorf estaba dando un gran espectáculo de ballet clásico. Si bien asombraba cómo a pesar de su rolliza figura se sostenía una eternidad sobre la punta de sus pies o la perfecta postura de su cuerpo, lo prodigioso eran sus gráciles movimientos
Los asistentes estaban emocionados hasta las lágrimas. Un anciano en primera fila no estaba seguro si lo que observaba era un sueño o una alucinación. Muchos caballeros susurraban sobre la aplastante belleza de la ejecutante. Algunos la atribuían a su labrada piel ocre, que impensadamente se apreciaba suave, otros a la sensualidad inherente a sus curvas paleolíticas.
Varias damas sentían celos al ver la expresión de sus parejas y una se decía a sí misma que habría que ver si la milenaria escultura podía ser así de buena en la danza contemporánea, donde la rigidez no sería su aliada.
Llegó el turno del bailarín, Rudolf Ovinof, uno de los más dotados de la última década. Ingresó al escenario y estiró los brazos, los puso como si fuera a mecerla. Lejos de rompérselos como habían temido los más pesimistas, le dio un elegante reposo. Luego completó la coreografía a la perfección. La elevó, con un tremendo esfuerzo, por encima de su cabeza, dejándola en horizontal. Después, la dejó de pie en el escenario teatral. Observando extasiado su rostro, ya no pudo contenerse. Mientras bajaba el telón, le dio un tierno beso en donde estarían los labios del holograma híper realista.


Sobre el autor: Luis Benjamín Román Abram

Sobre la superficie de la Tierra - Raquel Sequeiro


Teníamos treinta y cinco años, el doctor Abbot y yo, y nos reuníamos en un café (estudiantes, científicos y eruditos, en el ámbito de la conciencia y la formación del espíritu humano, dentro de unos cánones de convivencia y estructuras arquitectónicas aplicadas hábilmente para nuestra supervivencia con una cierta armonía y comodidad, debido a que las ciudades, y hombres y mujeres —sabíamos— nos encontrábamos al borde de una hecatombe de magnitudes considerables). El doctor Abbot era el único amigo de la infancia que conservaba. Era un tipo bastante absurdo en sus conclusiones, antropólogo por vocación y urbanista por obligación; también estaba Laura, que había hecho méritos para pertenecer al grupo, demostrando sobradamente que era una de las mejores psicofísicas de nuestra época. Sobre Mathew no tengo mucho que contar, era el benjamín de la confabulación y casi en cualquier caso debía limitarse a escuchar, dada su juventud y parciales conocimientos. Estudiaba en la Universidad de Michigan mecánica aplicada, era el primero en llegar y el último en marcharse. Benedict Parrot se dedicaba a las ciencias comunes. Clare Denison era experta en asimetrías y campos magnéticos; el doctor Blent trabajaba en mundos alternativos.
—¿Estamos de acuerdo, entonces? Ese edificio no puede ser situado en esa zona, las placas están frágiles y puede producirse un hundimiento –.Charles era geofísico.
Laura sonrió aviesamente, todos dirigimos la vista hacia Sir Abbot, Abbot y su mostacho asintieron moviéndose de arriba a abajo, con movimiento sincopado. El dueño de "El gato negro" dejó las bebidas sobre la superficie marmórea de la mesa.
—¿Quién lo presenta en la cumbre? En la decimoctava conferencia del doctor Flecher nadie quiso dar su brazo a torcer —dije.
Charles adujo que no era tan difícil hacerles comprender el objeto, el propósito y la enmienda de nuestras conjuras clandestinas (esto es un resumen mío, él es bastante menos pretencioso y grandilocuente).
—Por lo tanto, a mi entender, consideras que no presentemos nuestro terriblemente elaborado proyecto, sólo nos quejamos por el edificio en construcción. —Mathew me rió la gracia, Charles se puso blanco como el papel, se acomodó en otra postura en el asiento y no contestó.
—Propongo, sus señorías —dijo Laura Dinisen, refiriéndose al catedrático Madson y a mí— que presentemos nuestro ideario completo; el cisma que pueda producirse en la cúpula no es asunto nuestro, ya no. Sabes de sobra, Charles, que es insuficiente atentar contra la construcción de un edificio. Pregúntale a Denison cuánto queda de selva amazónica, o a ti —expresó claramente, girando en el asiento—; Ed, ¿cuántos milímetros de tierra edificable quedan? ¿Cuál es la proporción de CO2, metano e hidrocarburos...? —Éramos once; aquí se refirió a Marga Muton, que se revolvió los pelos cobrizos, resoplando, y contestó en un mal inglés que era el momento de hablar con los de la ‘suprema corte’. Acordamos por unanimidad dejar de estar en las sombras en lo referente a toda la información que poseíamos.
—¿Sigues teniendo buen contacto con Aredilel-1? —le pregunté a Dinisen.
—Inmejorable.
Nos levantamos. Broker y Ed Harrow, apenas habían intervenido en la discusión. Alguno de nosotros había pedido algo de comer, aún lo llevaba pegado a los bigotes como una rata: dos bolitas pequeñas de bizcocho. Atraje la atención de Charles y Mathew cuando se marchaban.
—Procurad que ese edificio no tenga ni planos. Presentaremos nuestro proyecto este 18, yo me encargo de lo trámites, pese a que estamos un poco escasos de tiempo. —Mathew sonrió, pues conocía mis métodos. Yo era un cirujano de los buenos, además del mejor conferencista y un adulador de los altos cargos implacable, odiado por mi carencia de escrúpulos para saltarme los pasos y acceder a cualquier programa o plataforma divulgativa, abierta o privada. Estábamos dispuestos a representarle al mundo una vía de escape. Lo primero que se eliminó del urbanismo consistió en los mastodontes de acero y amianto; si les relato aquí cuantos cambios se sucedieron en el siglo convulso en el que nos movíamos, sus ojos y oídos no podrían dar crédito a semejante semblanza. "El gato negro", con lo vivido allí, quedó en un recuerdo, nos hicimos viejos, dejamos de juntarnos tan asiduamente y, cuando lo hacíamos, una caterva de chiquillos jugaba en el jardín de Lawrence Denison. Nuestro ideario se completó: En la Cumbre Internacional de Bruselas de 1945, conseguimos mucho más que la supresión de edificios con poder para destrozar con su peso las frágiles placas tectónicas del planeta. Copiamos a la perfección sus discursivos giros aleatorios y obviamos sus refutaciones; apoyados por el Grupo Interestatal de Agrupaciones Extraterrestres, hundimos, en unas horas, a los cuatro ministros y al presidente. Alguien derrocó el gobierno. Laura escuchaba con atención las palabras de su hija de seis años: —¿Y Charles impidió que construyeran esas cosas, mami? —La pequeña Prest llevaba un precioso vestido, se le habían caído dos dientes y farfullaba al hablar. Laura le contó por enésima vez que su padre no construía ‘dinosaurios’, se marcharon a jugar al croquet-flauta.
En los jardines me topé con Broker. Hacía mucho que no lo veía, nuestra amistad se había roto por una diferencia de opiniones absurda, ambigua y desastrosa sobre si debíamos colocar el catéter en la vejiga de un paciente por incisión o a través de la uretra; cuando el paciente está muerto esas discusiones calvinistas no deberían producirse. Acodado en uno de los setos del laberinto de la campiña —solía internarme en él para pensar y alejarme de los ruidos y los juegos— allí me di de cara con Broker. No hablamos de lo sucedido, me comentó algo sobre su esposa Claire y los niños, estaban en Brasil, donde él volvería en escasamente tres horas, eché de menos la ingenuidad e ilusión que todavía poseíamos en nuestras primeras reuniones y en los años posteriores. Broker era octogenario, y, qué decir de mí… había engordado y encanecido, acomodándome a la vida un burgués retirado, con la compañía de mi sirvienta, mis investigaciones sobre cloruros, mi perro Bonn y un gato.

Acerca de la autora:
Raquel Sequeiro

Imágenes difusas en un paisaje gris - Cristian Cano





Abrió la puerta y entré. Esperé unos minutos para decidirme, pero ahora sí que estoy decidido. Ahora, veo el circo completo. La mesa colocada en el medio de la sala y los muebles apretujados en un rincón. El personaje me había asegurado que iba a estar solo unos cuántos días y decidí acercarme, ¿para qué? Ni bien cierro la puerta caigo en sopor. Así llamo a estar melancólico cuando sé que no me va a durar mucho. Siempre trato de apartarme de los recuerdos. No tendría que haber venido. Camino por la sala sin decir nada. Los engendros me riegan con miradas lacerantes que me confirmaban teorías en las que vengo sumergido desde hace mucho tiempo. Mantengo la vista en la alfombra. Sé que no voy a salir vivo de esta, pero me siento fuerte. Con fortaleza. Juegan al póquer y se pelean por tonterías. Huelo la sangre en el suelo y escucho gritos en los alrededores. Pedidos de ayuda que te pondrían la piel de gallina. Debe andar por acá, sé que está por acá. Cuando lo encuentre voy a enfrentarlo. Cara a cara. A los personajes hay que rescatarlos y entenderlos. Hay que ponerse en sus zapatos y mirar a través de sus ojos, por más miradas esquivas que estos insinúen. A veces buscarlos cuesta mucho y hasta puede ser peligroso cuando la historia se convierte en un monstruo que te domina. Aún así, vale la pena. Estos desconocidos personajes saben todo sobre nosotros y es seguro que aprender de ellos es posible, por eso hay que enfrentarlos. Para seguir en la búsqueda de saber quiénes somos.

Acerca del autor:  Cristian Cano

martes, 25 de junio de 2013

Renoir de Dublín - Mempo Giardinelli


Sueño que no sólo de grandes poetas se hizo Irlanda. Estoy en Dublín una madrugada fría y entro secretamente en el Lane Museum of Modern Art. Allí creo descubrir que las dos muchachas que pintó Renoir en Le source (la que está desnuda sobre la fronda verde) y en Les parapluies (la del canasto en primer plano) son, en verdad, una misma y única joven de pelo castaño oscuro y ojos de mirar intenso. Bonita, con aire entre inocente y capaz de todo pecado, en ambas obras ella mira al pintor o, como diríamos hoy, a la cámara.
Me fascina tanto el hallazgo, en el sueño, que en la vigilia consulto el catálogo. El primer cuadro es de 1869/70 y el segundo es de 1881/86. Es dudoso que sea la misma chica, a menos que se trate de una sublimación.
Cuando despierto, pienso en esa especie de desilusión que producen los descubrimientos frustrados. Conjeturo acerca de la idealización visual en Renoir. ¿O no seguimos enamorados de la primera muchacha que amamos, en cierta forma, acaso porque en ese amor amamos piadosamente a quienes fuimos?

Acerca del autor:
Mempo Giardinelli

Memoria – Walter Iannelli

 

—Le decía. ¿Le decía? ¿Y por qué le estaba diciendo algo? ¿Se da cuenta?, ando mal de la memoria. Le empiezo a decir algo y me olvido. ¿Qué le decía?
—Que me estaba diciendo algo.
—Ah, que le estaba diciendo algo. ¿Y quién es usté para que yo le diga lo que le estaba diciendo?
—Su hijo, Tata.
—¡¿Mi hijo?!, ¿cómo va a ser mi hijo si no lo conozco? ¿Piensa que no sé reconocer un hijo?
—Andá mal de la memoria, Tata.
—¿Quién dice que ando mal de la memoria?
—Usted, por ejemplo. Recién lo dijo.
—¿Yo mismo?, usté es un impertinente.
—Tata...
—¿Tata? ¿Con quién cree que habla?
—Con usted, Tata. No me insulte.
—¿Y quién lo insultó a usté? Si todavía no empezamos a hablar.
—Está bien, está bien.
—A ver, dígame.
—Nada, Tata. Que lo tendría que ver un médico.
—¿Qué? ¿Qué me dijo? Hable despacio que no le entiendo.
—Que lo tendría que ver un médico, Tata.
—No, no. Lo que dijo primero de todo...
—Dije, “Cómo anda, Tata...”
—Cómo anda, cómo anda. Todo el mundo pregunta lo mismo. Lo que le pido es qué me diga que dijo después de eso que dijo al principio.
—Y... ya no me acuerdo, Tata.
—Así que soy yo el que no tiene memoria.
—No, Tata. Hace una hora que quiero decirle que sería bueno que lo viera un...
—Mire mozito. No sé que busca, pero no me importa.
—Nada Tata. Lo único que quiero es que lo vea un profesional porque me parece que anda un poquito mal de la memoria.
—Perdón, ¿me repite la pregunta?
—No, más bien no es una pregunta, Tata.
—Pero usté, en algún momento, ¿no me hizo una pregunta?
—No sé, Tata, puede ser, pero usted me desvía el tema.
—¡Y si usté no habla claro!
—Tata, por última vez: lo va a venir a ver un señor, con una valija, que quiere charlar.
—¿Quién? ¿Mi hijo?
—No, su hijo soy yo, Tata. El que viene es del hospital.
—¿Por qué, está enfermo? Mire que yo no quiero contagiarme nada. Si me va a traer a alguien mejor que sea sano y que sepa jugar Tute, si no que se vuelva a... ¿De adónde me dijo que venía?
—Del Hospital.
—Sí. Yo le decía a mi hijo que no anduviera con la Siambreta. Buena moto ésa, pero muy rápida. Así que ahora estuvo en el hospital...
—¿Quién?
—Pero si será tonto usté. Quién va ser. Ése. Ése.
—¿Quién Tata?
—Ése que venía en moto. ¿De dónde venía?
—No, Tata. Empecemos de vuelta.
—Que “Tata” ni “Tata”, ¿usté quién mierda es?
—Está bien. Está bien: soy un señor que quiere ayudarlo, ¿me entiende ahora?
—¿A qué?
—A que le funcione un poco mejor la cabeza.
—¿Y a usté qué le importa? De eso tendría que encargarse mi hijo, que flor de boludo es y no sirve pa’ mierda.
—Pero si su hijo soy yo, Tata. Eso es lo que estoy tratando de explicarle...
—Flor de mentiroso es usté, mozito. Primero me dijo que era un señor que venía en una Siambreta del hospital porque no andaba bien de la cabeza.
—El que no anda bien de la cabeza es usted, Tata.
—Hábrase visto. Retírese ahora mismo o llamo a la policía.
—Como quiera.
—¿Recuerda el número?
—Está bien, está bien. Me descubrió. Soy un tipo que se escapó del hospital en una Siambreta porque no anda bien de la cabeza. ¿Conforme?
—El que tiene que tiene que estar conforme es usté, que se cree una moto. ¿Por eso lo encerraron?
—Sí. Problemas de Carburación. Por eso vine aquí, necesito de lugares abiertos.
—¿Y qué espera?, ¿Que le dé una pieza?
—Hum... ya que lo dice.
—Además de la mía, la única pieza que tengo la ocupa mi hijo.
—¿Y qué problema hay? ¿No dijo que su hijo es flor de boludo y no sirve para mierda? Échelo.
—¡No le permito! No se meta con la familia, le advierto. El pibe apenas tiene un problemita, algo de la memoria, creo. Recién me lo estaba diciendo, antes de que usté viniera. Iba a venir un “dotor” a verlo.
—Bueno, aquí, entre nosotros, yo soy el médico.
—Pero, ¿usté no quería alquilar una pieza?
—Además. Es que el asunto es grave. Tengo que quedarme. Vigilar a su hijo todo el tiempo. De cerca.
—Ya veo.
—Sí.
—En ese caso puede quedarse en su pieza, junto con él. Hay dos camas.
—Le agradezco.      
—No tiene porqué. Entiendo que eso de andar escapándose de los hospitales... Pobre hijo mío. Me acuerdo de cuando era chico.
—¿Qué se acuerda?
—Nada. Eso sólo, que era chico.
—Pero, y de la infancia, la familia, ¿qué puede contarme?
—Ah, no sé, no la conocí.
—Hablábamos de su hijo...
—¿Y por qué no avisa?
—Shhh... silencio que ahí viene.
—¿Quién?
—Es ese que está bajándose del auto. El que tiene el maletín en la mano.
—¿Ése?
—Sí.
—Mierda que da guita vender motos. La última vez que lo vi andaba a pie y en alpargatas. Lástima que se haya quedado pelado.
—Sí, una lástima. Hágame un favor, no lo contradiga. Conteste todo lo que le pregunte. Acuérdese, no anda bien de la cabeza.
—Claro.

(del libro “Metano”)

Acerca del autor:
Walter Iannelli

Lejos - Paula Duncan



El sonido de las campanas le dio una súbita conciencia de si misma, dejo el sofá, se acercó a la ventana y miro el horizonte, algunos nubarrones corrían desbocados de oeste a este presagiando tormenta; pensó que en verdad no estaba en el cielo sino dentro de ella; el desasosiego volvió a pegarle una puñalada en el costado derecho justo debajo de la última costilla, “algo no esta bien”, pensó recordando la última tarde, pelea, gritos, miedo, la desesperación y la huida; el destino quiso cruzarlos, dándole una oportunidad, quizás la ultima y llego de su mano a ese lugar tibio y tranquilo; se hizo un ovillo en el rincón mas alejado, ahí en el ángulo como queriendo pasar desapercibida, mimetizándose entre cortinas, y muebles, se fue quedando dormida con la cara apoyada en las rodillas.
Lentamente el sueño se fue agitando trayéndole imágenes difusas que pasaban demasiado rápido para poder distinguirlas, le recordaba al viejo equipo de cine graft, los colores estallaban en sus ojos cerrados cegándola, un aroma especial la transporto lejos; físicamente y en el tiempo, a un lugar de paz; una mano tibia se poso en la suya y se despertó, tenia el cuerpo dolorido y la luz entraba con nitidez de recién nacida, por la puerta entreabierta profanando su territorio de semi-oscuridad, el le traía una taza de café, se sentó a su lado y la abrazó, sintió que el universo se hacía pequeño conformando un mundo solo para dos, abandono la cabeza en su pecho y la tibieza ahuyento el miedo, no creía estar preparada para que alguien la tratara con respeto y cariño, se sintió rara era mas fácil aceptar un golpe que un abrazo ¡Cuánto tenia que aprender!
Las horas fueron pasando, la inquietud era un peligroso péndulo entre el miedo y la desconfianza; entre la vida y la muerte; su corazón estaba estrujado, sabía que no iba a volver, pero pensaba en todos los años que había perdido destrozados en las garras de un ser terrible, las humillaciones, los golpes; todo lo que la convertía en persona y mujer había quedado sepultado y quería recuperarlo, el camino era arduo y necesitaría mucha ayuda. Otra vez la mano amiga dándole fuerzas con mucho respeto pero sin abandonarla le trajo algo de comer, pero su estomago se negó absolutamente; estaba a punto de amanecer en el sitio exacto en que la noche se torna mas oscura, el la tomo de la mano y confió, ya estaba convencida; era una buena persona; el frío de la madrugada los obligo a buscar refugio en la cama, le acomodo las almohadas, y la abrigó muy bien como mariposa en capullo, se tendió a su lado y tomados de la mano se quedaron dormidos, soñando en mañana…


Acerca de la autora:  Paula Duncan

La carta de Sísifo - Luis Benjamín Román Abram


Cuando estalló el conflicto a nadie se le ocurrió llamarla la Tercera Gran Guerra, así que los analistas del pasado no acertaron con el nombre. Más bien, a poco de empezado y mediante los medios de comunicación que aún funcionaban en una buena proporción, hubo un consenso global impulsado por los jóvenes que la etiquetaron como La Hecatómbica Nuclear. Los agoreros también fallaron en la duración de la beligerancia que no fue de uno o dos días. La tarea destructora se prolongó por tres meses. Definitivamente fue muy oscura pero había sido menos dañina, terrible y catastrófica de lo que se solía ver en las películas de anticipación. El poderío nuclear se asemejó a un hacha afilada fuera de control que daba golpes nefastos a sus rivales y al resto del mundo.
Yo sobreviví a pesar de la radiación. Antes de que me encerraran, escuché con alegría que había quedado con vida por lo menos el sesenta por ciento de la población. ¿Fui un cínico por no parecerme tan nefasto? ¡Cómo si no fuera una desgracia sin parangón que hubieran desaparecido cuatro mil millones de vidas! Quise creer que a partir de eso yo era una mejor persona, que había renacido moralmente pero solo deseaba que si hubiera naciones con población casi intacta, estas fueran las latinoamericanas.
No desvarío, recuerdo muchas cosas pero otras no. No sé desde cuándo o por qué estoy aquí. Mi celda es una gruta de muros verdes y ásperos, de una humedad hiriente y de un olor fétido. No tiene barrotes, tampoco puertas, todo es piedra. Una luz artificial que ingresa por unos pequeños agujeros en el centro del techo alumbra una roca grande que viene a ser mi cama.
Tal vez Hollywood acertó más que los historiadores y sociólogos y ahora este sea un mundo distópico de hombres acunados entre los brazos del dios de la guerra, de vagabundos iracundos con la piel desgarrada caminando por nuestras ciudades.
Pero, ¿qué tiene que ver esto para que yo esté retenido aquí? ¿Quién puede ser tan tonto para ser un cancerbero en estos momentos de paz y reconstrucción? Quizás la radiación haya tocado las conexiones eléctricas de las neuronas de mis captores y enloquecieron, y yo con ellos.
No me reconozco como escritor pero estoy aquí deseando tener algo afilado para cincelar mis pensamientos en estos muros desiguales. Quisiera poner mensajes de concordia ¿Habré sido un retro pacifista? No lo sé.
Solo un plato con una pasta insípida y un vaso con agua de sabor amargo me mantienen vivo. Los pasan por una apertura cavada a ras del piso. ¡Malditos! ¡Odio esa horrible rendija!
Esta mañana, por la hendidura llegó el sobre. Volví a recordar todo: fueron los progresistas de América del Sur y sus inesperados aliados izquierdistas (cómo es la desgracia o la ambición: une a perro, pericote y gato) los que decidieron el plan de ataque.
Un día estaba en Lima, en el centro de comando, cuando me di cuenta de que ya no bombardeábamos objetivos estratégicos sino lo que sea, hasta lagos y bosques. ¿No se supone que aun en las guerras debe haber respeto?
Sí, ya recordé todo de nuevo. Yo fui el peruano que hace cuarenta años inició y dirigió La Hecatómbica Nuclear. También recuerdo que olvidaré en horas mi crimen y flotaré en un penoso limbo hasta que nuevamente una maldita carta de Sísifo llegue a mis manos.

Sobre el autor: Luis Benjamín Román Abram

domingo, 23 de junio de 2013

Excesivos ladrones - Ana María Shua


Robaron el equipo de audio y los candelabros y la comida de la heladera y los ceniceros de cristal de Murano y el televisor y hasta los equipos de aire acondicionado y robaron también la heladera misma y la mesita del televisor y el resto de los muebles y los dólares guardados en la caja fuerte empotrada en la pared del dormitorio y después robaron la caja fuerte y también la pared del dormitorio y después robaron el resto de las paredes y los cimientos que la sostenían y el techo que en ellas se sustentaba y las cañerías de bronce que las atravesaban y después robaron los árboles y flores del jardín y después el jardín mismo y el terreno sobre el cual había estado construida la casa y robaron el basamento de granito y varias capas geológicas incluyendo una durísima, de basalto puro, y las napas de agua que en ellas había y siguieron robando y robando hasta provocar la irrupción de la lava en una explosión volcánica que ocultó por completo las pruebas de sus fechorías, los terrenos circundantes, el pueblo entero y buena parte del partido del conurbano en el que se produjera el hecho delictivo y varias zonas de los partidos aledaños y, merecidamente, a ellos mismos, por chapuceros, improvisados y sobre todo exageradísimos ladrones.

Acerca de la autora:

Es cuento viejo - Héctor Ranea


Al abrir la ventana, en la persiana me encuentro una chinche verde. Ante la posibilidad de que se meta en mi casa, la ahuyento con lo que puedo: mis manos. Inmediatamente siento, entre uña y pulpejo del dedo anular izquierdo, una cierta humedad oleosa. Pensé: “¡me meó!”, aludiendo a la emisión de ese almizcle de olor nauseabundo en forma de fina lluvia. Instintivamente olí el dedo y, para mi sorpresa, parecía haber sido tocado por la axila de una mujer fatal, sensual, con un perfume exquisito a azahar de naranja amarga mezclado con el suave bouquet de los nardos, diluidos en uva de San Juan. Maravillado, volví a oler para convencerme, olí mis otros dedos y no cabían dudas. La chinche me había fumigado con un perfume exquisito. Sin detenerme a pensar en las innumerables aplicaciones que semejante bicho podría tener, pero casi desquiciado por el asombro, fui al patio a buscar a la chinche de marras.
Recordaba que tenía una marca negra, armada entre los dos élitros, que evocaba la máscara de la tragedia clásica, y un punto amarillo en cada costado. Me desesperé cuando noté que ya llegaba la noche y no encontraba al insecto pero al fin, desde el jazmín, escucho un claro chistido. Lo confundí con un grillo aunque al segundo volví la cabeza y ahí estaba la chinche, llamándome.
—¿Qué quiere usted de mí? —me dijo.
—Tu perfume es exquisito. Me hizo acordar a una mujer con la que estuve en Bombay hace años. Quería conocerte mejor.
—¿Es tu idea de una relación? —preguntó preocupada.
—¿Acaso...? —me asombré.
—Si me besas seré tu princesa —diría que se sonrojó si no fuera verde.
—De inmediato —dije y me abalancé sin pensar.
Dí mi ósculo y en el acto, la ladina me roció con vigor inusitado y en cantidad extraordinaria para tan pequeño continente, con el almizcle venenoso con el que se protegen de los agresores. Mientras estaba yo tratando de sacarme los anteojos llenos de esa porquería y con cara de preguntar qué había pasado, ella me dijo:
—Perdí un perfume carísimo para rajarme a tiempo, pero al menos me vengué como corresponde, humano idiota.
Y dicho eso, se fue. Sigo refregándome con jabón blanco, con shampú de algas y con limón verde y amarillo, hasta ahora sin resultados.


Acerca del autor: Héctor Ranea

En aguas turbias - Raquel Sequeiro


Juan lo tenía bien pensado: “me iré de viaje”. Susana no podía saber que su hermano mayor trataba de poner distancia después del entierro de su abuelo. Eso fue hace tres semanas, ahora iban en el coche, conduciendo él tranquilamente con el rostro sereno.
Esto es lo previsto: la caja no se abre y punto dijo Pablo.
No me gusta pescar, parecía pensar el abuelo Melquíades sonriendo dentro, con los brazos a los lados y su corbata azul favorita. La caja terminó abierta. Estaba serio, pero a Susana no le pareció importante, su abuelo siempre había sido un hombre extravagante, áspero, con un cerebro privilegiado para los negocios, tanto que había construido un pequeño emporio en La Habana. Todo eso terminó con su muerte. Vendieron el casino y el hotel, se quedaron con el 25% de las acciones; al fin y al cabo eran sus nietos. Pablo no quiso saber nada del asunto.
¿Recuerdas que no le gustaba pescar? Susana dejo de mirar los árboles; el descapotable volaba, se agarró el pañuelo. Me iré de viaje, esto es lo previsto: […] no me gusta pescar. Juan se rió a carcajadas, parafraseando al viejo.
Sí, lo recuerdo. No puedo creer que fuera tan maniático con ciertas cosas y tan permisivo con otros asuntos. —No pudo evitar burlarse también.
¿Te refieres a...? preguntó Juan.
Expliqué en dos palabras que no le importaba llevar al cuartito a algún jugador avezado y pegarle una tunda, no él, por supuesto, los de seguridad. Juan se hizo el sorprendido.
Bueno, princesa Juan solía tratarme genial— lo cierto es que nos vamos a Oklahoma y tendrás la oportunidad de cumplir tu sueño de escribir.
No contesté, tenía un nudo en el estómago. Mi mano bajo la barbilla y la cara orientada hacia el Este de nuestro recorrido, fueron todas mis palabras en ese instante, aunque estaba alegre. Echábamos de menos al abuelo.
La hacienda es fantástica, Juan. No dudo que podré terminar la novela y enviársela a Pablo lo antes posible, si además puedo montar a caballo serán unos meses estupendos. ¿Pablo sabe que te casas con María?
No Juan le restó importancia, como si a Pablo no fuese a importarle el enlace con su ex novia María Antonieta.
Rodarán cabezas, te digo, ya sabes como es Pablo.

No tardamos mucho en llegar a la casa nueva. Juan había pensado irse solo, pero en cuanto se le pasó el disgusto y empezó a replantearse su nueva vida, incluyó en ella a Susana. Siempre se habían llevado bien, compartían algunas aficiones y los dos tenían ganas de estar de retiro una buena temporada. Alquiló la pequeña hacienda. Esos días Pablo le comunicó a Susana que habían aceptado la propuesta de su libro, le envió el contrato y a Susan le entró el pánico y le pareció que la historia hacía aguas por todas partes; todavía tenía que hablar con varias personas para recabar información y terminarlo con la mayor fidelidad posible, y con los lugareños (incluyó la brevedad: tres meses para escribir doscientas páginas y reorganizar la historia). No contaba con encontrar un cadáver entre la paja de una de las cuadras. Cuando pasó no dejó de pensar que no quería que Juan viese a María bajo la pezuña de un caballo, tenía la marca en la cara, casi destrozada. Había poca sangre. Pablo estaba en la parte de atrás de los establos. Desde hacia dos días estaba irreconocible. Juan y él habían discutido acaloradamente en él salón, María los había calmado y todos entendimos perfectamente el mosqueo de Pablo. Ahora, inclinada sobre el cadáver de María, no paraba de pensar en que no era un accidente; desconfié de Pablo, lo traje de la mano como una chiquilla y Pablo se quedó mirando a María. Se afianzó en mí la sensación de que no era un accidente, de que María era víctima de un asesino y que Pablo tenía que ver en algo, no sabía en qué. Mis pesquisas para la novela habían dado sus frutos y estaba terminada, sólo le faltaba un vestido adecuado. Las botas de montar de María estaban embarradas, Pablo comentó que no había barro por las cercanías.

Las Charcas están a varios kilómetros, el lugar que conocen por aquí como Valdechiquitos. Juan no estaba en casa.
No vamos a llamar a la policía me dijo Pablo. Cogió a María en un largo abrazo.

Puede que Juan se vengara por lo de la muerte de nuestro abuelo, porque se había enterado de que Pablo tenía que ver con los turbios tejemanejes con un señor de Córdoba. Me iré de viaje, eso me decía la cara de María con su abolladura cerca de la sien. Juan estaba fisgando cerca del agua embarrada, buscando el anillo de compromiso que María le había tirado a la cara. No me gusta pescar, esto es lo previsto, pero temo que no tiene nada que ver con mi familia, era hierro de marcar a los caballos. Juan sigue buscando en la charca.

Acerca de la autora:   Raquel Sequeiro

viernes, 21 de junio de 2013

Quidunguen / Soledad - Hernán Gonzalo Pérez Guzmán


Me cogieron de guacho, sobre la zanja de Alsina, a consecuencia de un malón comandado por Juan José Catriel.
El "tata" yacía desgraciado en el suelo, lanceado y pisoteado por las vacas cimarrones, no exhibía tristeza su cuerpo inerte, el desarraigo debió haber sido una moneda corriente en su vida y finalmente perderla… tal vez una liberación. A la "mama", la llevaron cautiva…tal vez una liberación. Pero mi llanto de niño paria no discriminaba penas y para esos gringos que me miraban, sólo componía el cuadro.
Parecieron apiadarse de mí, ese pobre guacho despechado. Eran dos colonos noveles y prestigiosos, que los negocios habían juntado en las cercanías de Bahía Blanca. Brannock Evans procedente de la colonia galesa de Gaiman y el estadounidense George Newbery, recientemente llegado a este país impiadoso para dedicarse a la ganadería. Para el viejo Brannock, la piedad sólo llegaba hasta entregarme a alguna matrona de las que merodeaba el fortín, eufemismo que definía a las prostitutas del cuartel, así podría crecer junto a los de mi “condición”, el joven George creo, lo pensó diferente, como una forma de vincularse con esta tierra.
George, quien finalmente se convertiría en mi padre putativo, era de un carácter bondadoso, ingenuo y poco práctico, aunque aventurero y decidido. Junto a él emprendí el viaje a “Travül” que en mapudungun, idioma de la etnia mapuche, significa junta o unión, haciendo referencia a la junta de los ríos Traful y Limay ( y tal vez, al destino que me había ligado a él).
Allí conocí a su esposa Fany Taylor, mujer de armas tomar, me enseñó a carnear y rastrear animales, hacer jabón, velas y manejar un Winchester como ella lo hacía de niña en su Ohio natal, pero también los rudimentos de las letras y los números. Sin olvidar mi facilidad y avidez de incorporar y afianzar idiomas, inglés, español y mapudungun.
Finalmente lograron escolarizarme, aunque me incomodaba lo distinto que era de la cepa criolla, mi raíz. A la edad en qué me embarqué a Inglaterra para terminar mis estudios, el mayor logro de mi padre debió haber sido su “Tepe”, (rancho). Yo sólo había estado en el lugar equivocado en el momento oportuno y había trocado la desgracia en prosperidad…
Londres cosmopolita, neurálgica, centro obligado de la época, en contraste con su deslumbrante fachada, pude ver con los ojos de criollo que siempre me acompañaron ese contraste de riqueza, erudición y progreso, contra la pobreza, insalubridad y hacinamiento. La exclusión debe ser el precio justo pensé disipadamente, embriagado de superioridad, pronto mi sensibilidad daría correctivo a mi ligereza.
El tiempo que estuve allí me enriqueció porque además de estudiar y recibirme de odontólogo como lo deseaba George, (aunque yo eligiera el London College of Dental Surgery y no el Ohio College of Dental Surgery, de Estados Unidos). Me encontré con lecturas que sentí edificantes y saludables, así leí a Bastiat y su orden jurídico sugerido para una sociedad libre, Spooner, abolicionista y libertario, Thoreau, poeta y activista por la libertad.
Entonces, saturado de racionalidad se quebró en mí aquél en que me había convertido y ya no hubo lugar que me pudiera contener, como si el desarraigo maldito, fuera un amigo entrañable y decidí volver al pago, con la firme convicción de encontrarme nuevamente y salir de este estado peculiar de los sentimientos en que me encontraba.
Fue una sorpresa para George y Fany este reencuentro, para mí también, en cierta forma, al verlos luego de diez años de ausencia y lo que eso implica cuando se desempeñan en el que hacer rural, ellos parecían mellados pero fuertes.
Encontré al llegar muchas novedades, alambrados aquí y allá, escuelas, legislaciones y normativas que en conjunto desdibujaban el carácter sagrado de la naturaleza exuberante e imponente y el ahogo se pronunció elocuente…
Nunca hubo una charla, tampoco una despedida, esa mañana Fany ya había preparado un par de caballos, una tienda de campaña y provisiones como si de sus entrañas me conociera, llamó a George y me vieron partir, en busca del origen, de la raíz, del sentido común. No me sentí paria ni desagradecido… tal vez una liberación.

Acerca del autor:  Hernán Gonzalo Pérez Guzmán

Almas de diamante - Fernado Andrés Puga


—Aquí tiene, mi princesa.
Ella extiende la mano y aguarda. Cuando palpa la suavidad del vestidito y de las alas que tiene en la espalda, responde.
—Gracias, señor Quasimodo. Esta hadita azul es una de las más bonitas que me ha traído. Vino del cielo ¿verdad?
—Sí, desde cielos lejanos, montada sobre una golondrina.
Después de sonreírle, Esmeralda se aleja del brazo de la chica que la acompaña hasta el puesto de muñequitas de porcelana fría que Quasimodo tiene en la feria artesanal que se inauguró hace un año en la plaza del barrio. Desde aquel lejano día, pasa cada domingo a buscar un hada. Juntos le inventan un color, le ponen un nombre, le entonan canciones de cuna y vaya uno a saber cuántas otras cosas. No se ausenta ni aunque llueva o el frío se haga sentir.
Hoy Esmeralda no vino y ahora que el sol se pone y hay que levantar los puestos, Quasimodo se resiste a partir. Ya llegará, se esperanza, pero con la noche cae también la ilusión de volver a oír esa voz cantarina capaz de transformarlo por un instante en el príncipe que la llevará a palacio en su brioso corcel.


Acerca del autor:  Fernando Puga

La pluma se mancha de rojo - Norberto A. Cid


Esa mañana la casa se encontraba en un misterioso silencio, en esa ceguera en grises de luces y sombras, en sentimientos sin oxigeno.
Una pequeña luz  se filtra por el marco de la ventana como si fuera el filo de una espada.
El no lo sabía, sería una noche donde los recuerdos tomarían vida durmiéndose en el amanecer de un nuevo día.
Buscó los cigarrillos en medio de la penumbra, solo queda uno, lo encendió y la habitación toma vida, llenándose de sombras que bailan una danza macabra mientras dura la flama del fósforo.
No quería exponerse al frío. Dio vueltas buscando en los cajones pero fue en vano, con desagrado se puso el abrigo, observando que sus manos estaban empapadas de sudor al igual que su cuerpo. Pero debía salir a la búsqueda de un lugar abierto.
Mientras bajaba las escaleras la vida pasa llevándose el aire tibio, en mezquindad de palabras, en copas que nunca estuvieron llenas. Grito dentro de la ronquera misma buscando la respuesta a ese sentimiento que lastima. Y en voz alta se dijo así mismo; el hombre es el alimento del hombre.
La calle estaba desierta, la arboleda envolvía el contorno del paisaje como una madre protegiendo a su niño en la desnudes de esa calle muerta.
Se apresuro a cruzar, tropezó con una mujer vestida de negro que apareció entre la espesa bruma, de esa tormenta que envolvía la noche.
En el choque, la mirada de ella se posa en sus ojos con la misma suavidad de la luz que se recuesta sobre una piedra abandonada. Se paralizo. Alcanza a tomarse de ella, de sus cabellos largos, tirando desesperadamente de esas hebras que se le hacían un infinito como si fueran hilos de teléfono que se pierden en la oscuridad del tiempo. Se detiene en su rostro.
Ojos claros,  transparentes dentro de una mirada triste, esa mirada que reclama paz, contención, protección. Pero no tienen brillo. Están muertos.
Levanta la mirada entre la copa de los arboles, distingue el extremo ardiente de una media luna, la cual siente como una media fruta en una media luna que madura al sol de una mirada de mujer.
Le da la mano, su cuerpo se estremece, siente el pasado en esos dedos fríos, inexpresivos, le recorre una sensación por el cuerpo, como si arrasaran jinetes enlutados, como si la noche estuviera preparada para encontrarse con aquello que ha dejado atrás hace tanto tiempo.
Ella le deja suavemente una pluma en su mano.
Le habla, pero no la entiende. Escucha algo de cruzar un puente. Se acerca más para escuchar esa vos que susurra... “sos el hombre que me acompañara a cruzar el puente...”
Su mano  amoratada por el frío, su cara lloraba por el efecto de la lluvia y sus ropas se humedecían. No comprendía. Estaba solo en el medio de esa soledad sintiendo un golpetear pausado que repiquetea, acercándose cada vez más fuerte un sonido hueco, como cascos de caballos sobre adoquines, como una "minerva” que en su ir y venir envolviendo el papel contra el plomo imprime un solo verso.
El compás rítmico del sonido entra en paralelo con su corazón, y es su corazón el que perfora la roca cubriéndola de espuma gelatinosa, en el océano de la resaca de ese mar embravecido que se eleva como un caballo joven, es su propia furia que aprieta dentro de los gritos del silencio volviéndose en un doloroso minuto sin sonidos.
Se desprendió de la pesadilla, corre llegando al bar. Pide una “Legui” para entrar en calor y los cigarrillos. La luz de una vela perfora la penumbra, descubriendo personas perdidas en las mesas, hundidos en su mundo de brumas.
Está ahí, mirándolo como si estuviera esperando una respuesta definitiva. Sale corriendo sin mirar a sus costados, sube las escaleras desesperadamente y en la cama  deja caer su cuerpo que rebota contra el colchón. Se desprende de la ropa mojada, su cuerpo desnudo al contacto con el ambiente cálido, deja salir un humeante hilo gris de su cuerpo. Cierra los ojos buscando el silencio, sin embargo está lleno de pequeños latidos.
En la oscuridad de sus ojos se dice: si lo que oyes, no lo oyes de verdad, solo estas escuchando  tu propio silencio.
De sus ropas cae la pluma que la dama de negro le entrego. Ve que es una pluma blanca, la aprieta con sus dos manos contra su pecho, la vuelve a mirar... viendo cómo se va manchando de rojo, de rojo sangre...
No comprende, está desorientado. ¿De donde salió? ¿ quien era esa mujer? Esa mujer que ya no está y que aparece en las noches desgreñadas, pálidas de las medias noches, pero que son puntuales en el abuso y el despojo de quien camina en la soledad de la noche. Ni muerta, ni viva, es esa flor que germina en el pecho de los muertos y del sueño de los vivos.
Voces roncas, ojos muertos y hambrientos de vida, y los otros, que son miles y nadie. Se duerme pensando; mañana tengo que encontrar el sol. Secar mis ropas. Coser mi corazón que sangra.


Acerca del autor:  Norberto A. Cid

martes, 18 de junio de 2013

Vaivén (y viceversa) - Virginia Cortés


“No se puede llegar a ningún lado si uno no sabe a dónde va” me dijo este señor una tarde, “uno irá aquí y allá, pero todos los lugares parecerán un error.”
A los cuarenta y tantos él aún no sabía a dónde iba. No podía decidir qué vida deseaba vivir… si la de un bohemio sumergido en su arte, la de un padre de esos que son dos remos: compinche y ejemplo, la del marido estoico que se conforma con unas salpicaduras de placer y distensión entre oleada y oleada de frustración.
Todo lo tentaba por igual y lo aburría al tiempo. Cada meta que alcanzaba, cada proyecto que realizaba lo agobiaba luego y sentía unas irremediables ganas de huir.
Sólo una cosa se mantenía constante en su vida y en su deseo: la imponente gracia del mar.
Quizás porque jamás sería suyo. Acaso porque era cambiante, incesante, libre, ingobernable… Tal vez porque era eterno ante los ojos humanos… y al igual que él, nada se le resistía… y al igual que él, iba y venía sin rumbo…
De más joven le gustaba ponerse en manos del mar y que éste hiciera lo que quisiera con él. Se dejaba arrastrar mar adentro para ser devuelto luego en violentas roladas contra la playa. Flotaba, si no, calmo, mecido inquietamente, sin ritmo alguno. En sus treintas se pasaba largas horas hipnotizado por los cambios de la marea, por la espuma deshaciéndose en girones, volando por el aire, impulsada por el viento, por la música de las olas estrellándose incansablemente y levantándose de nuevo… ese mantra ensordecedor que lo empujaba hacia sí mismo.
A veces sentía que así como un cura oye el llamado divino, él había sido convocado por el mar.
No hallaba mayor paz que la que le brindaba la pasiva contemplación, la respiración salina y el aliento feroz de ese coloso, que estaba vivo y a la vez no lo estaba. Aquello que era inalcanzable aun cuando se lo podía palpar, respirar, tragar, hundirse íntegramente en él.
Todo cuanto deseaba, dentro del borde del mundo (fuera del domino del mar) le era concedido sin mayores trabas. Ya lo había pedido casi todo y lo había obtenido… y también lo había aborrecido.
En los últimos años se había encendido dentro de él una obsesión que lo volvía loco: cuando estaba sentado en la arena oía las mil voces del mar, entremezcladas gimiendo, aullando, ululando, superponiéndose unas a otras sin que llegara a descifrar qué decían. Había un mensaje… o una clave. Adivinaba una respuesta a sus angustias, un final a su continua crisis de identidad, una brújula susurrada por el mar, para él.
Y cuando dormía se soñaba en el mar también, subiendo a una barca, alejándose de la costa.
Una noche larguísima de invierno se adentró más en el sueño. A medida que se alejaba de la orilla, las voces de las olas rompiendo contra la arena y los riscos se iban apagando de a poco. Iban desapareciendo una a una, sofocándose sus sonidos con la distancia, hasta que sólo una quedó reverberando empecinada. Fue entonces que se dio cuenta de que todas decían lo mismo, repitiéndose en un eco que distorsionaba el mensaje, manteniéndolo oculto en el tumulto auditivo.
Se despertó con ese murmullo en la cabeza. Pero claro, quién sabe qué lengua habla el mar?
“Aham kaH”, así le sonaba. Aham kaH.
Persiguió esa cacofonía como un demente. Le preguntó a cuanta persona conocía si le sonaba familiar. Lo escribió de diversas maneras y lo buscó en diccionarios en tantos idiomas y dialectos como el mapamundi le indicara que había en los países de nuestra Tierra. Se dedicó luego al latín, al griego y a las runas. Finalmente incursionó en la mitología y el folklore. Aham kaH… un trabalenguas… un enigma… un acertijo vital que no podía resolver. Cuanto más lo eludía la respuesta, más lo apasionaba la búsqueda.
Pasados los cincuenta años decidió que tal vez estaba en la orilla equivocada y se fue a escuchar el mar a otras playas, pensando que en alguna pudiera encontrar el mensaje hablado en su propio idioma. Pero en Málaga como en Palma, y en Palermo, en Patrai, y en Iráklion, y en Alexandria, el Mediterráneo le decía lo mismo que el Arábigo y que el Rojo y que el Caspio. Lo mismo exclamaba el mar de China que el que exhalaba en la Bahía Bengalí. No le arrancaba al mar de Okhotsk una resonancia distinta de la que le llegaba del Báltico. Se concentró en escuchar los demás mares de las Américas entonces, volviendo a su casa con los ojos llenos de los miles de azules: brillantes, opacos, marinos, espejados, y de verdes, esmeraldinos, u oscuros, o salpicados, o transparentes, y blancos prístinos o llenos de yodo, y platas y oros, ya fuera que los rielaba la luna o el sol de mediodía o el del ocaso. Volvió con las narices plenas de múltiples combinaciones de salitre y dulzores de flores, de frutas maduras, de los aromas de las comidas que en cada lugar se preparaban.
Todo esto lo vivió con gran placer pero asomaba siempre en la comisura de su sonrisa esa voz, ese ruego, esa imperativa demanda del mar… Aham kaH…
Sin la sensación de triunfo, de conclusión, que ansiaba, todos los viajes le resultaban inconclusos.
Era un hombre viejo ya cuando yo lo conocí en San Bernardo, y me contó esta historia al verme sentada en la arena, totalmente sobrecogida por el espectáculo magnífico del mar. Nunca me canso del mar. Siento que en sus aguas, en su sal, en su declamación y en su tempestuoso vaivén está la esencia de mi alma.
—¿Aham kaH? —le pregunté—, significa “¿Quién soy?” en sánscrito.
El hombre me miró con incredulidad y comenzó a reírse con una placidez y una satisfacción que nunca logré antes con ninguna traducción.
Cuando se alejó de mí, todavía se reía, y hacía como que no con la cabeza.


Acerca de la autora:  Virginia Cortés

Receta - Luis Benjamín Román Abram


Safari en Lima era el negocio de moda en la ciudad. La idea de instalar un restaurante especializado en platos keniatas había sido un acierto. Tanta era la demanda que la única forma de asistir era previa reservación días antes. La idea gastronómica surgió de los gustos culinarios de su propietario, el señor Jorge Masías de Raygada, conocido como “El African”. De adolescente había pasado algunos años en Mombasa, en donde su padre fue cónsul de Perú. Allí, pudo disfrutar de imponentes escenarios naturales y aprender aspectos de la cultura masái, incluyendo sus extraordinarios potajes.
Para la alta sociedad limeña él era un empresario de treinta años, rico, culto, filantrópico y algo excéntrico. Lo observaban movilizarse en autos cuyos exteriores imitaban la piel de las cebras o el hermoso plumaje de aves coloridas. De vez en cuando le gustaba sorprender a los suyos imitando el poderoso rugido de un león hambriento. En su establecimiento la música de fondo que acompañaba a los clientes era el redoble de tambores tribales. También llamaba la curiosidad el atuendo y rasgos de sus trabajadores, ellos hubieran sido perfectos como extras para una película de Hollywood, de esas que ya no se hacen, en las que un explorador europeo del siglo XIX se encontraba africanos no contactados por occidente.
Todo iba bien hasta que un cliente lo acusó de haber encontrado las dos falanges de un pulgar humano en su comida. Los medios de comunicación amarillistas dijeron, directamente, que vendían carne humana y ya apostaban por sentencias judiciales drásticas. Ese día, él solo recordó que hacía veinticuatro meses, cuando constituyó el negocio, le había comentado a un amigo peruano que en Kenia le habían advertido que cualquier receta alimenticia que saliera de sus fronteras no podía alterarse bajo ninguna circunstancia o la vida del osado sería un infierno.
—No señor Juez, toda nuestra carne es importada del África y es sometida a un estricto control sanitario, tanto en Nairobi como en Lima.
—No señor Juez, nuestra personal es entrenado, no me explico por qué la dependencia de salud indica que no era carne animal. Era de cebra y de tapir, punto. O es un terrible error de ellos o es una vil conspiración de la competencia en mi contra. Ya sabe que nuestros compatriotas no perdonan el éxito. Pido un nuevo peritaje y por especialistas renombrados que propondremos las partes.
—No, el canibalismo ya no es una práctica en Kenia; y me reservo el derecho de llevar a la justicia a quienes vinculen a eso.
Antes de acudir a una segunda audiencia judicial y mientras se cambiaba de ropa seguía pensando en las instrucciones que le dieron sus abogados. Que negara todo, que nada le pasaría y el caso sería cerrado. Y eso fue lo que sucedió.
Más tarde, de regreso en su inmenso restaurante, se miró de cuerpo entero, contento, en el espejo que tenía en su oficina. Había triunfado en el juzgado, y es más, litigaría con el ministro de salud por difamarlo. Hasta le gustaría hacerlo por lucro cesante, pero la verdad es que nunca vio disminuida la demanda de los servicios culinarios, así que apenas sería por daños morales. Cuando, de pronto vio, además de su imagen reflejada, una fantasmal flecha de madera con punta triangular que como en cámara lenta se dirigía a su espalda, para disolverse antes de llegar a esta. Se dibujó la satisfacción en su rostro. De ninguna manera pensaba en innovar o fusionar con los ingredientes peruanos las fórmulas keniatas. Las recetas tradicionales se respetan y él seguiría importando carne humana de primera, ¡Claro está!


Sobre el autor: Luis Benjamín Román Abram

El desierto verde - Paula Duncan


Estaba saliendo de un grave surménage, ó al menos eso creía; demasiada presión, demasiada exigencia, no supo tomarse un respiro de vez en cuando y dedicarle un tiempo a lo que lo hacia feliz, había perdido sensibilidad; su cuerpo dejo de hablarle o el de escucharlo comenzó a poner distancia nadie podía acercársele o tocarlo, ya no podía sentir el placer de un abrazo, de un roce en su mano, una palmadita en el hombro o un beso en la mejilla, entonces sobrevino lo esperable: se enfermó; de nada diagnosticable, de todo lo posible y mas. Su presión arterial estaba muy alta o muy baja, sufría de vértigo, pero los potenciales auditivos evocados resultaron normales, le dolía tanto el pecho que se le cortaba la respiración pero el cardiólogo diagnosticó que estaba muy bien, hasta que se cruzo con un medico que le dijo: usted no tiene nada pero si no busca ayuda rápido la va a pasar muy mal.
Por esos días su mujer harta de que nunca la escuchara, se fue unos días al mar sola; al menos eso dijo
Solo en su casa, sin nadie que lo atendiera ni escuchara sus lamentos, se sintió morir, pasaron dos días y no había comido ni siquiera se había bañado; ella no lo llamó y no sabia donde encontrarla
Al tercer día llego a la conclusión de que debía hacer algo o moriría, recordó que su mujer hacia un tiempo le había buscado un terapeuta; que desecho diciendo “no estoy loco solo me siento mal, ella le dijo “pego su numero en la heladera por si te arrepentís”.
Llamo consiguió que lo atendiera esa misma tarde, de la primera entrevista salió mas confundido que al entrar, pero disfruto del paseo al volver a su casa.
La segunda vez comenzó a entender algo, quiso comunicarse con su mujer y no pudo, pero llego a su casa comió y limpio todo con verdadero placer.
Llego el fin de semana y ya la extrañaba tanto que se fue a buscarla, viajo ansioso pero con muchas ganas de hablar y contarle.
Llego al pueblito marítimo donde estaba, busco el hotel y desde la vereda se veía la confitería ahí estaba ella con un caballero tomando café; se la veía feliz y hermosa como cuando joven; estuvo un rato mirándola con los ojos llenos de lagrimas.
Cruzo la calle bajo a la playa y camino en la arena el mar tranquilo era un desierto verde, cayó la noche; al otro día en el borde del agua solo encontraron su abrigo…


Acerca de la autora:  Paula Duncan

domingo, 16 de junio de 2013

Remembranza - José Manuel Ortiz Soto


Aunque arcaica e impregnada de naftalina, la palabra fenecer me remonta a una época sublime, poética. Como si el vocablo nada tuviera que ver con el verbo morir, más frío, vulgar y contundente. Sin embargo, éste no es el único caso, a menudo me sucede lo mismo con ominoso o segregar, palabras capaces de sublimar terribles presagios y funestas consecuencias. Quien me oiga hablar así pensará que fui uno de esos chicos que no tuvieron niñez (¿debiera decir infancia?), que pasan su corta existencia (¿vida?) petrificados (¿absortos?) bajo la sombra contumaz de sus padres, siempre ajenos a todo lo que sucede (¿discurre?) a su alrededor. Seguramente dirían que, ciego en mi pequeño mundo, todo fue insignificante para mí. Quizá no estén del todo equivocados, no sé… Pero si se acercaran a leer con detenimiento la inscripción en lápida de mi madre, sabrían que en realidad jamás tuve oportunidad de vivir, que fui apenas como un alga que parasitó su útero un instante.


Acerca del autor:  José Manuel Ortiz Soto

sábado, 15 de junio de 2013

Desvarío - Cristian Cano


Los dos esperaban que la quiniela galáctica realizase los sorteos y fue en uno de aquellos momentos de tensión absoluta en los que Seis Puntas acuchilló a su compañero antes de que éste le disparase a quemarropa. La policía se encontró despistada cuando comprobó que las víctimas tenían un sólo número para el juego. Habían comprado el ticket a medias en la sucursal del Cíclope suertudo, que queda en Pico. El número es el 96, el mismo que salió a la cabeza. La Grande Supergaláctica casi nunca sale y al Comisario le temblaron las rodillas cuando desenrolló el papelito manchado de sangre: Setecientos mil trillardos de créditos pagaderos en dos veces. Observó el suelo y los cuerpos, y después le clavó la vista a su compañero novato. Dijo en voz alta que era demasiado crédito y el agente novato comparó ideas diciendo que él colmaba su heladera con veinte credines a la semana. La mano del Comisario Montalbán se acercó a la funda de su phaser y el joven académico le preguntó si quería quedarse solo en la escena del crimen. Levantando la pera y haciendo un ademán de desprecio, le contestó que sí. Cuando estuvo dentro de la patrulla trató de imaginar semejante cantidad de crédito. Una en mil millones, se dijo. Minutos después no dudó en denunciarlo.


Acerca del autor:  Cristian Cano

Estado de guerra - Héctor Ranea


El gobierno había lanzado el ultimátum a los imperios. O se avenían a dejar en paz la zona o se iban a enfrentar a algo que no tenía precedentes, según informaban los voceros.
Del otro lado no se hicieron esperar las réplicas. Mostraron en cuanto canal de televisión había su poderío bélico, sus amplias naves nodriza, sus manipuladores de marcas territoriales.
Debo confesar, a pesar de mi confianza en la estrategia gubernamental, que pasé momentos difíciles. Me veía reducido a mis átomos, incluso a mis electrones y quarks y no me hallaba en medio a la explosión. No me hallaba.
Desde hacía un tiempo nuestra nación había encontrado los yacimientos que se necesitaban para la elaboración del material explosivo para los misiles, de modo que, en ese sentido, me tranquilizaba saber que no estábamos indefensos; es más, teníamos cómo golpear y sabíamos, espero, cómo hacerlo.
Sin embargo, un poco de pánico sentí. No era para menos: la relación de fuerzas era de 1717 a uno, aproximadamente, sin contar que el Mayor Imperio podía aliarse con otros los dos menores y hacernos desaparecer hasta la última mota de polvo. Aún así, el gobierno había lanzado el ultimátum de marras, donde, además, dejaba entrever que no quedaría nadie de su bando si no acataban lo ordenado.
A la hora señalada, puesto que las amenazas proseguían, los misiles salieron desde estas tierras. Al poco tiempo, un apabullante número de grandes bombas estalló en nuestras marcas, dejando chatarra atomizada. No sobrevivió nadie.
Pero los misiles lanzados por nosotros fueron llegando de a poco y muy tarde y fueron contagiando con sus libros, cuadros, grabados y juguetes a la gente, inocente de nuestra muerte y comenzaron por no creer más en su sistema. Al año vivían como nosotros o sea, los vencimos.


Acerca del autor: Héctor Ranea

Dibujos en el vidrio - Fernando Andrés Puga


Los dos hombres se recelan mutuamente. Hace tiempo. Cada martes por la tarde se cruzan en la puerta vaivén del bar que esconde en los fondos la cereza del postre. Uno, Juan, va de salida. Otro, Pedro, entra. Cada martes, los dos hombres se miran de reojo y, por un instante, se ven. Ambos saben del otro. Ambos visitan el cuarto de Rosita y pretenden que el otro ya no vuelva por allí. Los dos hombres se han visto dibujados en el vidrio de la mesa donde se sientan con Rosita a tomar una copa antes de ir a los bifes.
Hoy es martes. Juan se atrasó. Tuvo un inconveniente en la oficina y llegó media hora más tarde. Pedro, por su parte, se adelantó, treinta minutos. Tiene una importante reunión familiar y, aunque no debería haber venido por lo de Rosita, no se resignó y se dijo que si se apuraba podía darse una pasadita rápida.
Hoy Juan y Pedro empujaron juntos la puerta vaivén en la misma dirección, subieron la escalera uno al lado del otro y golpearon la puerta al unísono.
Rosita los invita a pasar y, como si tal cosa, pasea por ambos cuerpos y los va llevando a la cama haciéndoles olvidar el recelo mutuo.
Al terminar, y luego de despedirlos hasta la próxima, esbozó un nuevo retrato sobre el vidrio. El dibujo reproduce el momento en que Juan y Pedro se acariciaron entre sí, sin repelerse.
El martes próximo, y por no negarse al pedido de Rosita, vendrán juntos otra vez. Parece que ella la pasó estupendamente y ni se les ocurre negarse. Ninguno de los dos la quiere perder.


Acerca del autor:  Fernando Puga

jueves, 13 de junio de 2013

El coleccionador y otros cuerpos - Raquel Sequeiro


Andrew Matherson Hend, un afamado doctor nacido en Bruselas en el año 1945, tropezó y cayó por la terriblemente larga escalera en espiral de su casa de Malibú, al despertar no recordaba nada que tuviera que ver con su vida anterior. Sabía poner inyecciones y preparar jarabes, obtener cualquier disolución que sirviese de remedio para curar las enfermedades comunes, y lavarse los dientes, montar en bicicleta y manejar un vehículo a tracción. Matherson era a todas luces un superdotado para los Uranianos, que, observando el cuerpo del médico muerto, lo habían envuelto en una nube de vapor y lo habían disgregado en moléculas irreconocibles para luego recomponerlo. H2 se fijó en la masa de pelo que tenía en la cabeza y en la zona que ellos llamaban plúmbea.
—Calipso —dijo JK—, atiende al enfermo y no delegues, estás vago.
Calipso protestó: “¿Vago yo?”, dijo —el jefe de laboratorio se hizo el desentendido, salió de la enorme sala y dejó que Calipso hiciese su trabajo, en lo que tardo tres lustros—. En el Gran Hospital End de Maniatan Village New otros trabajaban en un proyecto de similares características, en el planeta natal del doctor.
—¿Cuántos meses lleva dormido? —La enfermera rubia estaba justo al borde de la cama. Se llamaba Samantha.
—Lo despertarán pronto —contestó el clon masculino de la chica.
El coleccionador siempre traía una maleta, la dejaba sobre la mesa y la abría. Samantha vio trozos de pelo adheridos a cuero cabelludo sanguinolento, dedos, ojos, pestañas y labios.
—¿Has visto eso?
—Por eso lo hemos traído con nosotros, H2. —Tenían a otro accidentado nuevo sobre la mesa.
—No lamento haberme marchado. Hay muchos en las camas.
Mathew Anderson Hend apartó el telescopio.
—Sólo dejamos los cuerpos, H2.


Acerca de la autora:  Raquel Sequeiro

El inmigrante - Luis Benjamín Román Abram


Anco Huallpa había corrido toda la noche, estaba a punto de llegar al tambo de Ollendo, era la última vez que lo hacía como funcionario del incario, por lo que alimentaba a sus zancadas no solo de sus poderosas flexiones sino de su ánimo vital. Sus sentidos estaban totalmente alertas, podía percibir los latidos de su corazón, el cantar de los pájaros que daban la bienvenida al amanecer. En cada milímetro de su cetrina piel podía recibir el acariciante magnetismo de la ciudad fortaleza que estaba detrás, Machu Picchu. Mientras, gozaba con el aire frío y penetrante que apenas permitía que sude. Alzó la mirada hacia el firmamento estrellado; reconoció en un pequeño astro, su hogar, y eso lo reconfortó. Se sentía agradecido de servir a un inca, lo había llegado a ver, pero nunca pudo dirigirle la palabra, bajo pena de perder su vida.  Sabía que no era el glorioso Pachacútec, pero no le había sido posible escoger otro gobernante en la línea de tiempo espacio.
Sus pensamientos seguían sucediéndose, él retornaría a lo que hacía antes y, sus pasos por los cuatros suyos del gran imperio quedarían como una experiencia que contaría a sus hijos cuando los tuviere. Bien habían valido todos los peligros, el tiempo sin ver a su propia gente o incluso la severa herida que sufrió por una cachiporra cuando llevaba un mensaje en plena batalla.
—¡Chasqui llegando!, ¡Chasqui llegando!, lo anunciaron desde el tambo.
Sus reflexiones se interrumpieron. Su relevo en la posta lo esperaba afuera de la gran construcción de piedra. Tras un brevísimo saludo, Anco Huallpa le entregó un paquete envuelto en un tejido de fina alpaca para que siga su destino. La emoción lo embargó y rápidamente ingresó al tambo, para evitar que vieran como se le escapaban unas lagrimas. Su administrador, Tocay Jatun, lo invitó a pasar a una habitación de descanso. Tomó bastante agua, se aseó y cambió de ropa. Luego pasó al ambiente comunitario. Le sirvieron una espumosa chicha de maíz y una estupenda ración de charqui de llama con papas y quinua. Lo que degustó lentamente, sabiendo que ya no tendría otra oportunidad, ya era la hora de dejar la Tierra.
—¿Cómo estás Anco?, le preguntó Jatun con auténtico interés.
—Sabes Tocay, algo triste, recordaré al Qhapaq Ñan, piedra por piedra y más.
—Bueno, así debe ser, es una gran obra de ingeniería. Te conozco solo desde hace dos años y no puedo imaginarte en algo distinto a correr, aunque tienes veinticinco de edad, superas a los jóvenes, eres especial. ¿En el tiempo que anduviste por el Tahuantinsuyo no le tuviste temor al odio de los pueblos, a los que hemos sometido?
—Tocay ¡guarda tu vieja lengua o acabarás como los peces que sacamos de los lagos!  Aunque creo que de muchos caseríos si pudieran hacerlo, hoy mismo nos matarían y recuperarían sus huacas retenidas en el Cuzco.
Anco podía leer con su poder mental los pensamientos del otro, lo que lo entristecía. Le hubiera querido advertir a aquel hombre de alguna manera, el Imperio se sostenía en plumas de aves que volarían con el primer vientecillo. Pero no sabía cómo. Se sintió egoísta y desagradecido, pero hay reglas que tienen que respetarse.
Espero regrese la noche y se dedicó a trasferir la información del día a su distante bitácora personal, más allá de la vía láctea. Decenas de veces había realizado tal protocolo, pero esta vez, estuvo teñida de una sensación distinta. Que lo descubrieran significaba una muerte segura ante lo incomprensible que sería. En la Tierra él no tenía ninguna protección especial, era parte de las normas a las que se comprometió para que pudiera venir a la civilización humana. Luego durmió y soñó con peces de gigantes de bigotes negros y árboles en enorme verde fluorescente.
En la mañana, se dirigió al ayllu cercano, al hogar del curaca Nami y volvió a oír rumores de guerra interna. Atahualpa no reconocía el poder de su hermano, el inca Huáscar. Recordó que durante siglos ese mundo no había conocido de paz, solo de conquistas y aplastamientos y que así sería por mucho tiempo más.
Con Chimbu Nami, la bella hija del jefe, de larga cabellera negra, ojos pequeños y penetrantes, con quien había estado saliendo desde hacía algunas semanas, fue a la feria de la comunidad. Ambos llevaron exóticas conchas marinas con lo que podrían hacer los mejores trueques. La feria ardía en llamas de vida y color. Se mezclaban los gritos de los niños con la música de las quenas, los olores de los potajes, la fragancia abrumadora de las frutas, el brillo de las telas que se ofrecían, los pájaros tornasolados que se lucían en las vasijas. El dios Inti comenzó a levantarse en mitad del cielo, todos al unísono se detuvieron y levantaron sus brazos hacia los rayos. Luego, prosiguieron con sus actividades.  Anco y Chimbu entrelazaron sus manos, mientras el suave viento los acompañaba. Anco recordó los sueños de la noche y los interpretó como la vida natural en el oriente del imperio, la selva apenas explorada. Pero, eso no podía ser para él.
Chimbu, para el asombro de él, deliberadamente le pisó el pie y sonriendo dulcemente le dio un beso de agua miel, era una invitación para que pidiera su mano en matrimonio. El chasqui estelar comenzó a dudar, tal vez no era momento de retornar a su retirado planeta, su tesis de sociología vivencial podía esperar. Ella era tan hermosa y trabajadora, ¿Por qué no quedarse ahí? No sería el primero en romper la regla, y migrar por tiempo indefinido a otro espacio tiempo, finalmente, había otra norma más poderosa, la regla cósmica del amor.
Evitaría que ella sufriera la lucha fratricida inca y el dolor de la conquista española. Sintió que tenían la posibilidad de amar verdaderamente, tal cual, como los hacían los humanos. Luego, miró al oeste, el verde los esperaba.

Sobre el autor:  Luis Benjamín Román Abram

Parábola del amor traicionado - Colombia Truque Vélez


Después de haberse mirado intensamente: Te amo, dijo él. Te amo, dijo ella.
Se tomaron las manos y echaron a andar. El aire era tibio como sólo puede serlo en la primavera, con la misma tibieza que cada uno sentía emanar de la mano del otro.
Él es el Héroe y ella, la Heroína de esta historia que acaba de comenzar.
La luz ha ido cambiando, como si una pequeña nube hubiera velado pasajeramente el brillo del sol.
Me hieres, dijo él. Sólo el No Amor puede no herir, dijo ella; el amor es una guerra, no lo olvides.
Ahora, la Heroína tenía en su mano un arma extraña, de brillos siniestros.
Tú me heriste primero, dijo ella. No, tú me heriste primero, dijo él; Sólo el No Amor puede no herir. El amor es una guerra.
También el Héroe tenía en su mano un arma extraña, de brillos siniestros.
A medida que se herían mutuamente, sus sombras, proyectadas contra el muro y que al principio de la batalla estaban cogidas de las manos, comenzaron a separarse y a hacerse menos nítidas, como si la luz hubiera variado su ángulo sobre la escena. Las sombras se agitaban, haciendo esfuerzos para volver a unirse y, de repente, lo lograron. Los dos héroes que se herían en su lucha, habían depuesto súbitamente sus armas.
¿Me perdonas?, preguntó ella. ¿Me perdonas?, preguntó él.
La escena de la batalla y el perdón se sucedió varias veces más: el amor es una guerra.
Entonces ocurrió que, al final de una de esas luchas, las sombras se debatieron con desesperación, tendiendo la una hacia la otra sus brazos, que del color de la tinta china se habían vuelto como manchas grisáceas y amenazaban con desvanecerse completamente. Sin embargo, uno de los dos se alzó victorioso. No podríamos decir cuál, porque los cuerpos, al igual que las sombras, habían ido perdiendo consistencia. Ya iban a desaparecer por completo, cuando se oyó, no sabemos si salida de las sombras o de los cuerpos, una voz débil que clamaba: ¡Ayúdame!, seguida de otra que le respondía, ¡No puedo! Mi victoria es una herida más dolorosa, sangrante y mortal que la tuya...

Sobre la autora: Colombia Truque Vélez

Derroteros - Rolando Revagliatti


La fresca y pimpante criatura uniose en matrimonio a Feliciatti tres largos años antes de prendarse de Valentina. Con él tuvo gemelos robustos. Dejose destinar para Feliciatti por su padre, a quien también su esposa había sido destinada por el suegro. De blanco frente al altar, con todos los permisos y plácemes familiares recibidos, sociales y religiosos otorgados, regodeose por vez primera imaginándose a solas con Feliciatti. Feliciatti, de exactamente el doble de su edad.
Espléndida ella por simple existencia, sin artificios, casi sin poses. Feliciatti, barnizado comerciante en comestibles, en cambio, ampuloso y plagado de latiguillos. Amante ponderable después de todo, lograba estremecerla. Los gemelos, como dije, robustos, nacieron sin dificultad.
El flechazo entre Valentina y la fresca y pimpante criatura prodújose en la fiesta donde descubrieron que la progenitora de Valentina, en su condición de obstétrica, había asistido a la progenitora de la progenitora de los gemelos en el parto en el que vio la luz.
Cuando la obstétrica enviudó, Feliciatti, por despecho, enterado de la incidencia de Valentina en su cónyuge, decide seducir a la obstétrica. Empieza la noche misma del velatorio del marido, y redondea la entusiasmante tarea, semanas después. Valentina y la destinada a Feliciatti festejaron el salpimentado romance.
Cristalizadas perduran más o menos así las cosas. Socios y barnizados comerciantes, habiendo adoptado con naturalidad los latiguillos alocutivos de su padre, los gemelos, hombres de bien, se mantienen indeclinablemente robustos y ampulosos.

Sobre el autor: Rolando Revagliatti

martes, 11 de junio de 2013

El espejo - Ambrose Bierce


El espejo es un plano vítreo sobre el que aparece un efímero espectáculo dado para desilusión del hombre. El rey de Manchuria tenía un espejo mágico, donde el que miraba, veía, no su imagen, sino la del rey. Cierto cortesano que durante mucho tiempo había gozado del favor real y en consecuencia se había enriquecido más que cualquier otro súbdito, dijo al monarca: "Dame, te lo ruego, tu maravilloso espejo, para que cuando me encuentre apartado de tu augusta presencia pueda, a pesar de todo, rendir homenaje ante tu sombra visible, postrándome día y noche ante la gloria de tu benigno semblante, cuyo divino esplendor nada supera, ¡oh Sol Meridiano del Universo!".Halagado por el discurso, el rey ordenó que el espejo fuese llevado al palacio del cortesano. Pero un día en que fue a visitarlo sin anuncio previo, encontró al espejo en un cuarto lleno de basura, nublado por el polvo y cubierto de telarañas. Esto lo encolerizó tanto, que golpeó el espejo con el puño, rompiendo el cristal y lastimándose cruelmente. Más enfurecido aún con esta desgracia, ordenó que el ingrato cortesano fuera arrojado a la cárcel, y que el espejo fuese reparado y conducido a su propio palacio. Y así se hizo. Pero cuando el rey volvió a mirarse en el espejo, no vio su imagen, como antes, sino la figura de un asno coronado, con una venda sangrienta en una de las patas: que era lo mismo que siempre habían visto los autores del artificio, y los meros espectadores, sin atreverse a comentarlo. Tras recibir esa lección de sabiduría y caridad, el rey puso en libertad al cortesano, hizo instalar el espejo en el respaldo del trono y reinó largos años con justicia y humildad. Y al morir mientras dormía sentado en el trono, toda la corte vio en el espejo la luminosa figura de un ángel, que sigue allí hasta hoy.

Acerca del autor:
Ambrose Bierce

El aleteo de una mariposa en Pekín – Walter Iannelli


Te hubiera dicho que las cosas son raras. No la vida, sino el ordenamiento de las cosas en el universo. La forma en que éstas suceden, se encadenan como si quisiesen decirnos algo. Pero no te dije nada, por supuesto. No te dije nada porque sí, porque subiste al colectivo con esa expresión de vampiresa ausente, entallada en una pollera amarillo patito que te juntaba la piernas en un tubo hasta la rodilla, la boca semiabierta como si, debajo de los anteojos negros, estuvieses suspirando con los ojos. No te dije nada porque habíamos hablado muy pocas veces, casi nunca, un saludo apenas, y sobre todo porque caminaste por el pasillo del ómnibus mirando a todos y a nadie y te sentaste tres asientos por delante, también al lado de la ventanilla, con la misma languidez con que te había imaginado en la mañana, cuando había descargado mi mal humor soñándote despierto, y vos habías aparecido en mis sueños hecha una casualidad, una fatalidad cotidiana, y te habías entregado sin una palabra y yo lo había aceptado como se acepta lo deseado, una mano de plano sosteniendo el cuerpo contra la pared de azulejos del baño, la otra agitando las urgencias entre mis pantalones, donde te soñaba.
Una señora se sentó a tu lado y no pude dejar de pensar que desde la mañana, quizás desde el comienzo de los tiempos las cosas habían estado sucediendo para que nos encontráramos. Gente, calle, trámites, autos y señoras que fueron sentándose a tu lado en el colectivo, un mare magnum que se entrecruzaba como cables para que nos encontrásemos después del sueño. Claro que no como te había imaginado en mi cabeza, en la humedad, en la sordidez, sino en la tarde clara que brillaba y limpiaba el sabor a culpa y traía, como una ola, sólo la rémora suave y salada del amor  imaginado entre tus piernas. La pollera arriba, hasta la cintura, y mi boca hurgando entre tu blusa con una premura lenta que te hacía oler  igual que el viento antes de la lluvia. Ahora, no. Ahora estabas levemente inclinada hacia la ventanilla y podía ver el reflejo de tu perfil en el vidrio sucio. Ahora mirabas a través de ese vidrio sucio la calle. “El aleteo de una mariposa en Pekín puede producir un terremoto en Los Angeles”, pensé. Ibamos a viajar a tres asientos de distancia. A viajar a la misma velocidad en ese colectivo, siempre separados por esos tres asientos, unívocos e indestructibles, porque éramos dos tipos justificando el universo sin conocer sus leyes. Íbamos a mirar las mismas cosas, y nuestras miradas se unirían en algún punto. La vidriera de los negocios, los puestos de flores, el vigilante, el diente pintado de negro en la cara del político del afiche. La impertinencia de los que de una u otra forma querían hacer seguir andando el mundo, como si no supieran que ya no dependía de ellos.
Son raras las cosas, te hubiera dicho. La caída de un tenedor, la premonición fugaz de cruzarte de pronto con aquel que creímos descubrir en el lento agacharse a recogerlo. La sensación de que el tiempo es apenas una línea que nos resta recorrer como si fuese un pasillo sin salida, construido hace miles de millones de años, en el que sólo nos está permitido dar vuelta la cabeza de vez en cuando o atisbar poco más adelante, donde una última lamparita amarillenta y apocada por la mugre cuelga del techo. Pero no te dije nada porque era natural que yo me levantara primero del asiento al llegar a destino. Era natural que vos te levantaras después, y caminaras como un felino, aún con el bamboleo del colectivo, como si el roce de tu entrepierna pudiese producir polvo de estrellas. Natural que te quitases los anteojos para saludar con una breve sonrisa, y que yo, en vez de decirte que estabas verdaderamente linda, tan linda que metías miedo, te tocara una teta, tímidamente pero con toda la mano abierta. Natural que te bajaras puteándome del colectivo y yo me quedara callado, aguantando el ensañamiento de dos o tres tipos que me trompearon hasta tirarme por la puerta dos paradas más allá, no sin antes pisarme un ojo. Natural que sentado en la vereda siguiera pensando en vos. En los tres asientos que nos habían separado durante cuarenta minutos, y en tu mirada y la mía, que se habían tocado una y otra vez sobre los objetos, como la de dos viejos amantes que se hacían compañía  para soportar la derrota, lo indefectible.

Acerca del autor:
Walter Iannelli