domingo, 29 de diciembre de 2013

Dejo la puerta abierta... - Adriana Luna


Dejo la puerta abierta. Necesito luz. A esta hora de la mañana me resisto a cualquier electricidad para poder mirar. De afuera, todo el que pasa no entiende. Peligro. Descuido. Mire que en la otra cuadra, ayer nomás… Mas voces, más fantasmas, más soledad incrédula a esta realidad que no deja lugar a dudas y sin embargo...
Dejo la puerta abierta. Necesito aire. Me niego a la burbuja de aire enchufado tan temprano, cuando afuera no. Demasiado calor del otro lado y adentro, otra ficción. No. Quiero aire y del que no depende de un control remoto.
Alguien se para frente a la puerta. Me ve y no sabe, no, no sabe qué hacer frente a una puerta abierta. Golpea? Tose? No. Mira. Lo que puede, mira. Doña, dice.
(Por un momento, quisiera que hubiera pronunciado mi nombre. Hacerlo pasar y después de un mate cada uno, los dos sentados, preguntarle qué necesita. Para qué me necesita. Diciéndoselo a los ojos. Con la puerta abierta.) 
El vuelve a hablar. Doña, dice. Entonces reacciono. No, no quiero medias ni ajo ni que me corten el pasto. No, no me animo.  Ni a preguntarle el nombre siquiera me animo. El pantalón le queda corto y la remera, grande. Él sí me mira de frente. Sin enojo me mira. Acostumbrado. 
(Yo escribo versos pero él los sabe de memoria y los recita sin pausa, como la gota que termina rompiendo el pavimento, así recita puerta tras puerta. Y sabe, parece que sabe como yo, que nada hay después de los versos.) 
Doña, vuelve a decir. Algo que me dé. Miro alrededor. Nada útil. Después lo miro fijo. Tengo un mate y tortitas con dulce de leche. Querés? No sé cómo pude. Algo vuela acá adentro del comedor que es tan chico y de la mañana que es tan grande. Él me mira. Se sonríe. No termina de creer. Yo tampoco y también me río. Dale, le digo, pasá. Descansá un rato antes de seguir. No, doña, deje, no importa. Algo rojo en el gris de la piel lo vuelve hermoso. Y la sonrisa. La sonrisa que no se le cae. La sonrisa que me ilumina y me oxigena por todos lados. La sonrisa que se queda conmigo revoloteándome adentro. 
Cuando se va, cierro la puerta. No quiero que nada me robe la magia.

Sobre la autora: Adriana Luna.

1 comentario:

Pablo Moreiras dijo...

Qué buen cuento Adriana, se quedó la magia. Un abrazo