miércoles, 27 de noviembre de 2013

La cruz gamada - María Ester Correa Dutari


Le habían dicho que allí encontraría la paz, que estaría a salvo. El sitio: el gran Hotel Viena en Laguna Mar Chiquita. Un lugar de bosques vírgenes, frente a una laguna de cuenca cerrada y avistaje de pájaros
Mete la mano en el gabán. Toca el objeto que es su salvoconducto. Águilas imperiales en mármol, y la insignia en el frontispicio. Hombre alto, peinado a la gomina, pelo cruzado sobre su frente, barbilla, grande, ojos negros profundos. Bigotes estilo germánico. Lleva un maletín de cuero negro. Escapa de la guerra y de una segunda muerte. Germanófilos hay en todos los sitios.
La noche y la bruma tornan el lugar en lúgubre. La tormenta arrecia. El rostro surcado por gruesas líneas de agua salada. Sube los escalones, y golpea el portal.
—¡La contraseña! —gritan desde dentro, en alemán. Por la mirilla muestra el símbolo de las SS.
Al abrir la puerta todo le es extraño. Objetos que en su vida no existen. Pantallas que emiten luces, muestran personas. Sonidos estridentes escapan de esas cajas. Los adornos futuristas, algo ha visto en las distintas ferias en Hamburgo. Camina. En la cocina el almanaque, diciembre 1974. Sorprendido y asustado aprieta su tesoro. Claves, y resultados de experimentos genéticos. Nadie lo recibe, extrañado se da cuenta que ha viajado a través el tiempo, desde 1945. —Otra oportunidad —murmura. Sonríe cínico. Se detiene, recuerda. La hoguera, el pacto, el arma, el tiro de muerte, Eva, los soldados, la mañana, la sangre, los despojos humanos por doquier, las bombas, Berlín sitiada….los rusos, los americanos, los soldados en la madrugada lluviosa haciendo el pozo en el fango, tapando con cal los cadáveres…
Abrumado, toma asiento. Emprolija papeles, los mira fijo y se frota las manos satisfecho, allí están…. Disfruta y descansa. Las huellas del pasado están en su cuerpo. Parecen cien años, o más. Los espejos del comedor reflejan un hombre de sólo cincuenta. Oye pasos. Tras de sí aparecen los que ya no están. Mutantes que se desarman y emanan olor fétido.
—¡El oro, queremos el oro! —reclama uno de ellos que luce un raído uniforme del Reich del que salen gusanos y alimañas.
—¿Qué oro?
—Ya sabe, el de la guerra. También queremos los informes que dan la juventud eterna. —A medida que habla caen brazos, manos, dientes. Los otros deambulan por las habitaciones desordenando el mobiliario.
—¡Jamás entregaré lo que piden! —Se aferra al futuro y el de las generaciones de nazis por venir. El sueño de lo eterno y la pureza de la raza no será objeto de mercadeo.
Forcejea. Saca la cruz gamada que esconde bajo el abrigo, la dirige hacia la luz, abre una pared cristalina. Escapa, corre por el parque. Se acerca a la humarada.
El cielo sangra, jadea, el lodo hace imposible la marcha. Resbala, se incorpora. A punto están de atraparlo, abre la maleta, el viento helado se lleva las hojas que contienen los secretos.
Se acercan. Los tiene encima, babosos, malolientes.
Divisa los soldados encargados de rociar su cuerpo. Remueven los cuerpos. Desaparece en las cenizas que han quedado como rastros del suicidio.

Acerca de la autora:

2 comentarios:

MarceJG dijo...

Excelente!!! Me encantó!!! Me alegro de que sea publicado amiga!!! Besosss

Maria Ester Correa dijo...

Gracias amiga, gracias Marcela Gutilla.!!