viernes, 15 de noviembre de 2013

Consecuencias de un terremoto – Héctor Ranea


Tal vez fuera consecuencia del terremoto en Aldwych o de algún factor relacionado con el amor a Ariabella, pero un día Kirlian Josephson se despertó sin poder recordar nada de lo que había leído. No recordaba “De profundis” de su amado Wilde, ni ninguna novela de Joyce, mucho menos algo de Kipling de quien, se decía, nada había leído. Tampoco recordaba los trabajos de la relatividad de Einstein, su pasión en la vejez. Su mente estaba casi en blanco; aclaro, recordaba haberlos leído, pero no qué decían allí o sólo vagamente. Entonces emprendió la tarea de releerlos.
Comenzó, claro, con Homero. Ahí se enteró de la muerte de Héctor, su compadre. Lloró amargamente, como así también, en su momento, la ceguera de Edipo y muchas otras cegueras.
Durante una noche con Ariabella, toco algo de ella que le hizo recordar un libro que había olvidado leer sobre el que retornaría a la mañana siguiente: “Así hablaba Zarathustra” fue leído con dos vasos de agua y tres de whisky.
Pero el tiempo no le alcanzaba. K-J estaba desesperado. Ahí entró en su vida la chance que todos esperamos: una araña providencial.
Era del tipo araña lobo. Fea, ni siquiera veloz, salvo para atrapar moscas. Pero tenía la maravillosa aptitud para transmitir la velocidad de lectura y de escuchar música a alta velocidad. Tan alta que en media tarde, con dos gins y un capuccino, fue capaz de bajar media biblioteca casi sin pestañear.
A la semana del terremoto, Kirlian Josephson recordó todo lo leído durante su vida y la emprendió con otro de sus famosos libros inconclusos: “Citas de famosos e ignotos”. Pero mezcló todo sin perdón ni vergüenza. Por suerte, se sofrenó en la letra C cuando empezó a mentir frases de Confucio.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

5 comentarios:

Carlos de la Parra dijo...

Excelente descripción del quedar turulato y las variantes extremas en que puede caer un lector desmedido.
Me gustó el elemento imaginario de la araña que interacciona con el personaje.Observar arañas siempre da que pensar en que poseen un grado de comunicación con el humano.
En un lugar donde fuí huesped me tocó convivir con una araña patona que se descolgaba con cautela al escritorio como midiendo que no fuése yo a masacrarla.
Telepáticamente establecí que no tení ninguna intención de suprimir su simpática presencia, y cuando me pongo a pelar unas papas para cocinarme un guiso, el insecto crrió al bote de basura donde tiraba las cáscaras para alimentarse con ellas.
Siento que hay que tener en cuenta el estudio de todas éstas interacciones posibles con arácnidos. No así con mocas y mosquitos que se han ganado el odio a pulso.

Celia Delicia Flores dijo...

El relato me apareció atrapante de principio hasta el final.Muy convincentes las imágenes con que pinta la historia. La araña fue el ingrediente original y fantástico.

Ogui dijo...

Gracias, Carlos y Delia. Las historias con arañas siempre tienen mucha tela para cortar. Me gusta jugar con ellas (las historias, no las arañas). En este blog hay varios intentos.

Mery Larrinua dijo...

Muy bueno!!!!
un abrazo

Ogui dijo...

¡Gracias por pasar y dejar un comentario, Mery!